sábado, 19 de diciembre de 2015

Star Wars: El despertar de la fuerza, el renacer de una saga

Anoche vi el estreno de "Star Wars VII: el despertar de la fuerza". Durante la proyección, sonreí varias veces, se me pusieron los pelos de punta otras tantas, se me cortó el aliento en las escenas donde sobran las palabras y, al final, durante los créditos de cierre, aplaudí espontánea y sinceramente, como la mayoría de la sala, por cierto, absolutamente llena de espectadores. Creo que eso es lo mejor que se puede decir de esta película que aprovecha todo el poder de la nostalgia en beneficio propio y del espectador.

Las promociones de esta producción vienen a decir que cada generación tiene su propia trilogía de Star Wars. Dando eso por cierto, "El despertar de la fuerza" es el equivalente en el siglo XXI a "Una nueva esperanza" por muchos más motivos que el de ser la primera de una nueva tanda de películas ambientadas en una galaxia muy, muy lejana...No en vano, en este séptimo episodio las referencias, los ecos y los guiños al capítulo de 1977 son más que evidentes y acertados, ya estemos hablando de planos, diálogos, objetos, situaciones, naves u, obviamente, personajes. Como no quiero hacer ningún spoiler me limitaré a decir que cualquiera que sea fan de la saga en general, de las magistrales entregas IV a VI en concreto y de "Una nueva esperanza" en particular disfrutará bastante con esta película ya sólo por la complicidad que busca y consigue encontrar con el espectador. Además, "El despertar de la fuerza", se desarrolla sobre un esquema conceptual y argumental muy similar al de la película que hace 38 años lo cambió todo: por una parte, lo básico del famoso patrón narrativo conocido como el "viaje del héroe" está ahí (aunque de forma más condensada/abreviada); por otra parte, se reitera la ubicación de la génesis narrativa en un planeta desértico, el droide con un secreto, la lucha entre dos bandos (la "resistencia republicana", que antaño fue la "alianza rebelde", contra la "Primera Orden", herederos del "Imperio"), la elección de un trío de (anti)héroes como protagonistas, la figura de un siniestro villano enmascarado con un mundo interior más bien complicado (que, por cierto, está bastante inspirado en una historia antaño oficiosa y hoy apócrifa), el conflicto-tragedia familiar como una de las subtramas más importantes, la presencia de una figura patriarcal en busca de alguien a quien transmitir su legado, la lucha contra un arma gigantesca capaz de destruir planetas (cuyo nombre es otro gran guiño), la búsqueda de un viejo maestro Jedi, el sacrificio como forma de completar la iniciación de los protagonistas...Dicho de otra forma, muy "warsie": la fuerza de la nostalgia es muy poderosa en esta película. No obstante, decir que "El despertar de la fuerza" es un remake encubierto de "Una nueva esperanza" sería muy injusto porque J.J. Abrams demuestra el respeto, el ingenio y la personalidad suficientes para aportar elementos nuevos (la elección de una heroína como nueva y fuerte protagonista central, una multiculturalidad más acentuada incluso que en las trilogías precedentes) o propios (la maestría a la hora de jugar con los prejuicios y las certezas del espectador, la predilección por incluir misterios a resolver, el dominio a la hora de dar pistas que pueden o no ser válidas, la utilización del cliffhanger como punto de inflexión...). Es decir, que Abrams parece que con esta película ha buscado honrar al pasado al mismo tiempo que sentar las bases de algo diferente. Lo cual, por cierto, no es precisamente fácil.

En línea con esto último, la vocación de "El despertar de la fuerza" queda bastante clara y no es la de un "más de lo mismo" sino servir de puente entre lo ¿viejo? (lo clásico nunca caduca) y lo nuevo. Por eso, tiene mucho de "entrega del testigo", de relevo generacional tanto delante como detrás de las cámaras. Algo que queda bastante claro con la aplicación de la técnica de creación literaria del "kill your darlings", sintetizada en una muerte que no por verla venir deja de ser menos dolorosa...y útil para los propósitos y las necesidades de esta nueva trilogía. Dicho de otra manera: avanzar significa aprender a despedirse. Y hasta ahí puedo leer...

Así pues, como no quiero extenderme demasiado por miedo a destripar más de la cuenta o atenuar el seguro disfrute de quien vaya a verla, simplemente diré que el Episodio VII, tanto en lo argumental como en lo técnico, lo interpretativo y lo musical, está más próxima a la mítica trilogía inicial (episodios IV-VI) que a la terrible trilogía posterior (episodios I-III). Es eficaz sin ser efectista, es nueva sin renegar del pasado, es madura sin dejar de ser apta para todos los públicos (Disney se nota), es entretenida pero con cierta sustancia, es autoconsciente del legado sin renunciar a ofrecer algo nuevo y es, sin duda, muy prometedora. Por todo lo dicho, creo que cualquier reseña de "El despertar de la fuerza" podría titularse "Una nueva esperanza para los fans" o "El ingenio contraataca" o "El retorno del entretenimiento"...Y buena parte del mérito de ello, más allá del solvente reparto (aunque obviamente no se pueda ni deba esperar interpretaciones de Óscar) y de un guión aceptable (pese a algunas cosas que no quedan suficentemente explicadas), lo tiene J.J.Abrams, que ha sido capaz de hacer con Star Wars algo aún mejor que lo logrado con la otra saga galáctica por excelencia...

Con todo esto no quiero decir, como creo que ha quedado claro, que estemos ante una película perfecta, puesto que tiene cosas evidentamente mejorables (el poco carisma del reparto, una duración quizás excesiva, las lagunas del guión antes mencionadas...), pero sí que es una película que merece la pena verse por cómo se enfrenta al impresionante peso del legado, las expectativas y la nostalgia y, además, a las dificultades propias de todo inicio de trilogía (en las que se dedica más tiempo a presentar a los personajes y las tramas-río que a lo que es acción o entretenimiento puro y duro).  

En definitiva, la séptima entrega de Star Wars demuestra que, por suerte, no todo estaba perdido; al contrario: evidencia que todo eso posible cuando la Fuerza está contigo. Y quien dice Fuerza, dice talento. Así que, por todo ello, sólo cabe decir una cosa más: Gracias, J.J. Abrams: contigo re-empezó todo.
 

(Para descubrir más cosas sobre Star Wars no dudes en leer este otro artículo pinchando aquí)

lunes, 14 de diciembre de 2015

La luz del terrorismo

El terrorismo no es oscuridad. Es luz o, mejor dicho, traslación de luz. El terrorismo nos da miedo porque nos cambia el foco, desplazándolo para iluminar algo que de normal permanece en la oscuridad y que erróneamente ignoramos en lo sensible y despreciamos en lo cognoscible al considerarlo inexistente. Un “algo” que se constituye como un leviatán latente pero capaz de emerger en cualquier momento y lugar, de confirmar su existencia a los ojos de la consciencia como un arco voltaico que instantáneamente sacude nuestros patrones de pensamiento y comportamiento al tiempo que conecta personas, ideas, ideologías, territorios, sentimientos y vacíos. Un “algo” cuya revelación nos deslumbra y conmociona como una descarga eléctrica propagándose por una red de tiempo y espacio en la que la instantaneidad y simultaneidad exteriores se conjugan con una resonancia sensible, íntima y no explicable que cada persona contribuye a propagar como si fuera un repetidor de sentimientos tan universales como primigenios que al expandirse como círculos excéntricos acaban por convertir las distintas comunidades sociales en un único ser social, sintiente y desconcertado. Un “algo” cuyo poder conmocionador no depende
tanto de la concreción de la amenaza o el acto terrorista como de la imposibilidad de ubicarlo en ninguna ideología, credo, ética o moral y que, por tanto, no podemos abordar ni solucionar desde ninguna ideología, credo, ética o moral. Un “algo” que no podemos aprehender ni manejar ni física ni emocional ni intelectualmente pero con una utilidad manifiesta en tanto que sirve para definir y ubicar por contraste. Así, el terrorismo constituye una raya que simplifica las formas de estar y sentir(se) y que nos ayuda a posicionarnos, a saber qué o quién somos gracias a revelarnos qué o quién no somos. ¿Y qué es eso que no somos? Seres humanos en estado puro, despojados de cualquier ideología, ética, moral, interés o convención social. Por eso da miedo el terrorismo, porque ilumina la oscuridad sobre la que hemos construido nuestra identidad como individuos y como sociedades; porque nos obliga a confrontar aquello que, siendo y estando, no siempre vemos o estamos dispuestos a ver, recordar o reconocer.

sábado, 5 de diciembre de 2015

The Candidates

En las últimas semanas, los hemos visto hacer el tonto y hablar en serio. Los hemos visto bailar, cantar a capela, conducir, tomarse un café, jugar al futbolín, tirar a canasta, montar en globo, comentar partidos de fútbol, tomarse un café, dar collejas a hijos bocazas, contar intimidades, acomodarse entre los cojines de Osborne...Lo que sea con tal de evitar que parezcan meros expendedores de promesas electorales. Por ver, incluso hemos presenciado debates entre (casi todos) ellos. Parece que los medios y los partidos han consensuado que la mejor forma de hacer campaña en España en el siglo XXI es convertir a los líderes políticos en estrellas mediáticas, lo cual implica a su vez apostar más por la popularidad que por la credibilidad del candidato en cuestión, algo ciertamente discutible pero respetable. Así, del "programa, programa, programa" que diría aquél se ha pasado al "programa de radio, programa de televisión, programa de internet". Como consecuencia de ello, la necesaria, urgente y reclamada segunda transición española ahora mismo está más cerca del zapping que del cambio político, una curiosa estrategia cuyos resultados veremos el próximo 20 de diciembre.

Por eso, ahora que ya estamos en plena campaña presidencial y que hasta Francisco Ibáñez ha tomado cartas en el asunto, quiero hacer una breve reseña de los candidatos a La Moncloa.

Mariano Rajoy: No creo honestamente que sea mala persona ni un bastardo vocacional pero sí creo que es objetivamente un cenizo, mentiroso, enajenado, majadero, acomplejado, soso, perezoso, cobarde, perjudicial, extemporáneo y tarugo cuya habilidad para traicionar sus propias palabras sólo se ve superada por su colosal talento para quedar en ridículo a base de tautologías y declaraciones que lo sitúan en la senda de Ramón Gómez de la Serna y Groucho Marx. Por ello, que este líder de un partido copado por jetas, pelotas y mediocres y de un gobierno que ha dejado a la clase media, al mercado laboral y a la cultura hechos unos zorros siga teniendo opciones de ganar unas elecciones es algo que se merece un programa especial de Íker Jiménez, no vaya a ser que haya estallado un apocalipsis zombi que transforma a la gente en comecerebros votantes del PP y no nos hayamos enterado.

Pedro Sánchez: El tipo que vive, habla y se mueve como si estuviera permanentemente en un anuncio. Es científicamente imposible tomarlo en serio. Está muy bien que el hombre tenga confianza en sí mismo y en sus posibilidades como líder no ya de su partido sino hasta del país pero, las cosas como son, su infundada e indudable autoestima sólo es comparable a su ingenuidad mental y volatilidad ideológica. Su afán por llamar la atención, explotar su telegenia, ponerse estupendo y venirse arriba da mucho juego...siempre que lleves un par de copas encima. Así, Sánchez está más cerca de ser Joaquín Reyes imitando a Kennedy que de constituir una candidatura digna de ser tomada en serio. Al principio, su permanente "modo Teletienda" me parecía curioso pero ahora ya me parece irritante. En teatro se diría que está sobreactuando; en política, que está dando vergüenza ajena. Tanto que cada aparición suya debería aparecer acompañada de un rótulo que pusiera "Apadrina un capullo".

Pablo Iglesias: Un chaval con conflicto de personalidad. No se sabe si quiere ser Robin Hood, el Ché Guevara, Robespierre, Jesucristo echando a los mercaderes del templo, Stalin versión low cost, estrella del rock, el hijo imposible entre Carrillo y la Pasionaria, demagogo pancartero o parlante de bananero en la intimidad. Está claro que fue el primero en llevar la contraria al establishment y el primero al que el bipartidismo le ha partido la cara en lo político y en lo mediático. Pero también está cristalino que es el jefe de pista de un sinestro circo en el que podemos ver a una defecación con problemas fiscales, un niño batracio y los coros y danzas de porrolandia. Su calculada ambigüedad política, su tibieza ante el terrorismo (sea el etarra o el yihadista) o la dictadura venezolana, sus vaivenes entre el radicalismo antisistema y el postureo reformista, su reiteración en la bulla demagógica aun cuando carezca casi siempre de una base real, su inviable y mutante programa y su afinidad con escombreras (en lo estético, en lo ético y en lo político) como Bildu, Barcelona en comú o Ahora Madrid pueden y deben/deberían pasarle factura electoral, aunque es evidente que es la nueva y merecida cara de "la izquierda" a nivel nacional, al menos a corto plazo, toda vez que ha superado al ridículo Sánchez y al trasnochado Garzón en tal menester. Al fin y al cabo, la gente de izquierdas siempre ha sabido premiar la demagogia fácil y el arribismo: para muestra, un Pablo.

Albert Rivera: Al igual que ocurre con la democracia respecto a los otros sistemas políticos, Rivera es el menos malo de todos los candidatos políticos. Quizás su principal defecto es ser, parecer y mostrarse tan pluscuamperfecto que habrá muchos españoles con la razonable duda de saber si es un ser humano o alguien que ha visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. No obstante, es evidente que un tipo que, sin ser el campeón que debe revalidar el título, está siendo atacado con la misma saña por el resto de rivales-aspirantes (y sus medios afines y seguidores) no sólo es la referencia sino probablemente el único que electoralmente está haciendo bien las cosas y, de paso, deja carentes de contenido las críticas de quienes le acusan de ser "el nuevo PP" (que es lo que dice la izquierda) o "filoizquierdista" (que es lo que dice la derecha). Porque es innegable que pese a los obvios errores, deslices y torpezas que ha cometido su partido en el pasado (véase Libertas) y el presente (véase Junta de Andalucía), es la única formación política de las cuatro en liza que, al menos según parece, no se ha visto penalizada por el electorado. Dicho lo cual, alguien que apuesta por una nueva forma de hacer las cosas, por huir de las etiquetas, por no condicionarse, por no ser más de lo mismo, por cuidar la ética tanto como la estética, por tomarse la política en serio...me cae bien.

También debería hablar de la sección "Walking Dead", la parte de "lefties" de la política nacional, el terreno en el que existen partidos que sólo percibe el niño del sexto sentido: IU, UPDyD, Vox...pero hay que dejar tranquilos a los muertos.

Sea cual sea el desenlace electoral, lo único seguro es que las semanas que quedan hasta que pasemos por las urnas serán un tour mediático de los cuatro componentes de "The Candidates" intentando convencer a los indecisos, porque a sus groupies ya los tienen plenamente movilizados. Tan sólo espero que, sea cual sea el resultado de las elecciones, el 20-D se certifique la defunción del tóxico bipartidismo y de la vieja forma de hacer política y de servirse de ella. Al menos eso sí nos lo hemos ganado. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

"The Newsroom": ¡Es el guión, estúpido!

Una buena serie, como cualquier obra de ficción, necesita unos buenos personajes (buenos = definidos, carismáticos), unas buenas tramas (buenas = interesantes y bien desarrolladas) y una buena forma de contar y decir (buena = con personalidad y eficaz).
Una buena serie de televisión, como cualquier producto de ficción audiovisual, necesita un buen casting (bueno = interpretativamente solvente y creíble), una buena producción (buena = no cutre ni pretenciosa), un buen timing (el equivalente en televisión al tempo narrativo, un no-sé-qué que ya sea a través de las historias, los personajes, la estética o los actores consiga conectar/enganchar a una audiencia considerable, y, por encima de todo, necesita un buen guión.

Por eso, entre otras cosas, "The Newsroom" es una muy, muy buena serie. Por eso, no es casual que se emitiera en una cadena como HBO, madre de seriones como The Wire, Los Soprano o Juego de Tronos. Por eso, no es casual que su actor protagonista, Jeff Daniels, además de recibir nominaciones y premios por su interpretación, haya regalado al acerbo televisivo a uno de los personajes más carismáticos de la televisión con su magistral encarnación del periodista Will McAvoy. Por eso, no es casual que su creador, productor y guionista sea Aaron Sorkin, responsable de la también exitosa El Ala Oeste y problabemente uno de los mejores de su gremio y el más brillante(ex aequo con Tarantino) escritor de diálogos vivo, como ha demostrado tanto en cine como en televisión, del que esta serie es su penúltimo y sobresaliente ejemplo.

Pero...¿qué es/era "The Newsroom"? Es un dramedia (mezcla de drama y comedia) que sumerge al espectador en los avatares personales y profesionales del staff de un telediario nocturno que decide olvidarse del circo de la audiencia para centrarse en su responsabilidad de cara a la sociedad. Así, por sus tres únicas temporadas, junto a sucesos más o menos inventados, desfilan otros por todos conocidos: el desastre de la plataforma petrolífera de BP en el Golfo de México, la polémica ley inmigratoria de Arizona, la revuelta en Egipto contra el (ex)presidente Mubarak, el desastre nuclear de Fukushima, la muerte de Bin Laden, la crisis del techo de deuda, la reelección de Obama como presidente, los atentados de Boston…Hechos que escena a escena nos permiten descubrir la personalidad y la profesionalidad del mordaz y carismático presentador-editor Will McAvoy y de todo su joven equipo a la hora de lidiar con los desafíos puramente periodísticos pero también con los éticos (o deontológicos si se prefiere) ya que esta serie también cuenta los retos que suponen las influencias, injerencias y presiones ajenas a lo estrictamente informativo y procedentes de ámbitos tan fáusticos como el empresarial, el político, el gubernamental, el judicial o el marquetiniano. Todo ello mientras los diversos personajes intentan llegar a buen puerto o, al menos, no hundirse en lo que se refiere a su vida estrictamente personal.
Si a esto se le añade el hecho de contar con unos variopintos personajes ¿secundarios? (MacKenzie, Jim, Don, Sloan, Neal, Sloan, Charlie...) cuya carencia de matices se suple con un magnetismo descomunal, con un impecable factura técnica y con un respeto (también llamado sentido común) hacia los espectadores y hacia sí misma fuera de toda duda (por eso, como dijo Daniels, "acaba cuando debe"), "The Newsroom" está bastante lejos de ser una serie del montón. Si ya metemos en la ecuación sus diálogos...es simplemente una de las mejores series en ese aspecto de los últimos años/lustros/décadas.

Decía al comienzo que "The Newsroom" es una muy, muy buena serie por varias cosas. Esas "otras cosas" tienen que ver con el Periodismo. Con lo que debería ser el Periodismo. Porque en esta serie, desde McAvoy hasta el último personaje sirven para recordar, a un lado y otro de la pantalla, que el buen periodismo no es sólo decir la verdad (aunque duela o tenga consecuencias negativas), sino también atacar la mentira, ser la molesta voz de la conciencia para ese magma de personas tan acostumbradas a olvidarla que reciben el nombre genérico de “poderosos” y no caer en el juego del "todo por la audiencia". Porque el Periodismo, más que una profesión, es un ejercicio de honradez, una responsabilidad. Es practicar la "religión de la decencia" (por citar al propio McAvoy). Algo que resulta evidente desde el comienzo con aquella memorable escena de "América no es el mejor país del mundo"). Una pretensión tan idealista como no disimulada pero francamente necesaria e inspiradora y que lleva a esta serie a ser más verosímil que realista y a emanar un espíritu quijotesco que impregna a todos sus protagonistas. No en vano, las referencias al Quijote, tanto en la propia ficción como en las declaraciones de Sorkin, son claras y decisivas, como muy bien remarca su excelente episodio final (por cierto, toda una lección de narrativa televisiva). Por eso, "The Newsroom" debería ser una serie de obligada consulta en las facultades de Periodismo y en las redacciones informativas de todo el mundo: porque lo que se hace actualmente, salvo raras y contadas excepciones, no es Periodismo ni se le parece. En el mejor de los casos, es fast food mediático (y así nos va). 

En definitiva, que ahora que hace poco ha salido a la venta su tercera temporada y faltan días para el aniversario de su desenlace, cualquier seriéfilo, guionista o periodista ya sabe qué hacer: honrar el recuerdo de una serie simplemente estupenda.

sábado, 28 de noviembre de 2015

(Meta)Cine de terror

Las obras de metaficción no son algo frecuente. Y menos aún las que merecen la pena: hay que tener ingenio, habilidad para tomar cierta perspectiva respecto al referente, empatía para conseguir la complicidad del receptor, etc. Por eso, siempre es una agradable sorpresa disfrutar con obras que aciertan a la hora de referenciar o jugar con las convenciones, los arquetipos y los clichés de los géneros de la ficción. El caso del género del terror, en su vertiente cinematográfica, es un buen ejemplo de todo esto que estoy diciendo.

En las últimas dos décadas, los aficionados al cine en general y al terror en particular hemos tenido la suerte de poder disfrutar con películas que se atreven a ir más allá de lo convencional y adentrarse en el campo de lo autorreferencial. Títulos como "Scream", "Zombies party", "Behind the mask: the rise of Leslie Vernon", "Tucker y Dale contra el mal", "Bienvenidos a Zombieland", "La cabaña en el bosque" o "Las últimas supervivientes" no sólo funcionan como productos de entretenimiento (dado que la mayoría son comedias o tienen una fuerte carga autoparódica como sucedía con El jovencito Frankenstein respecto a las películas de terror de la Universal)
sino también como análisis del género de terror en sentido amplio y de sus diferentes subgéneros y/u obras maestras. Así, mientras Scream, Behind the mask, Tucker y Dale y Las últimas supervivientes nos remiten al género del slasher en general y a clásicos como "Halloween" (Scream), "La matanza de Texas" (Tucker y Dale) o "Viernes 13" (Las últimas supervivientes), películas como las divertidísimas Zombies party y Bienvenidos a Zombieland se aproximan al género zombi al tiempo que otros títulos como la muy recomendable La cabaña en el bosque funcionan como un homenaje-compendio-análisis transversal de los grandes subgéneros, temas y personajes del terror cinematográfico de los últimos lustros.

El valor de estas películas que cito no está sólo en su capacidad para entretener (porque absolutamente todas te hacen pasar un buen rato) sino en que demuestran todo un ejercicio previo de introspección y conocimiento de la materia en cuestión que, en mi opinión, las hace mucho más interesantes que el resto de películas de terror al uso hechas en los últimos años (exceptuando las magistrales The conjuring o La visita) por cuanto no contribuyen a devaluar el cine de terror mediante innecesarias redundancias sino a enriquecerlo desde la originalidad, el cariño y la complicidad.

En ese sentido, me parece que la obra más reciente, "The Final girls" (una vuelta de tuerca al juego planteado por La rosa púrupura del Cairo) es un ejemplo de esto que acabo de decir: de cómo se puede hacer una obra desde el conocimiento y el respeto que tenga valía no sólo de forma autónoma sino también como ejercicio de metaficción y eso que esta película es muy modesta en sus pretensiones. La clave está en que tiene muy muy claras sus intenciones y, tal vez por ello, funciona tan bien no como producto de terror (que ni lo es ni quiere serlo) sino como comedia (especialmente a la hora de cachondearse del terror ochentero) y obra de metaficción sobre el género del slasher.

En definitiva, que, para quien quiera descubrir las líneas maestras del cine del terror sin sobresaltos pero con una sonrisa de satisfacción, ya sabe unas cuantas películas que debería ver... 

viernes, 27 de noviembre de 2015

Un día especial

Aquella mañana, mucho antes de que la noche terminara de desangrarse, las tazas del desayuno ya humeaban en el comedor. La casa olía a café, colacao, zumo de naranja, tostadas recién hechas y a un insistente olor dulzón. Sobre la mesa, toda la panoplia de cubiertos, recipientes y alimentos estaba perfectamente colocada, como los utensilios de un forense listo para hacer una autopsia. Aquella mañana, mucho antes de que las alarmas de relojes y móviles decretaran la muerte del sueño, Gabriel ya estaba perfectamente trajeado, peinado y aseado. La gomina de su pelo, sus dientes blanqueados y el betún de sus zapatos competían por absorber la mayor cantidad posible del brillo que arrojaba la mortecina luz que velaba al comedor. Aquella mañana, mucho antes de que las calles se llenaran de autobuses con niños y coches con padres, Gabriel había recorrido ya sigilosamente los dormitorios. En silencio, sin encender ninguna luz, como un animal habituado a las sombras, se había cerciorado de que todos seguían en sus camas: Verónica en la de matrimonio, los mellizos Carlos y Esteban en su menuda litera y la pequeña Jimena en la cuna. Aquella mañana, mucho antes de que la ciudad se llenara de ruido y colores, en la casa todo era silencio y penumbra. Sólo las gárgaras de las cañerías y el enjambre de la cabeza de Gabriel rompían el sepulcro. Aquella mañana, mucho antes de que los informativos inocularan las noticias que debían interesar, Gabriel ya estaba plenamente convencido de que ese día iba a ser especial. 

Se acarició su barbilla recién afeitada. Miró la hora en su reloj. Se arregló por enésima vez el nudo de la corbata. Comprobó que la pantalla del teléfono móvil no presentaba ninguna novedad. Se humedeció los labios con la lengua. Escudriñó el silencio. Carraspeó. Se colocó los puños de la camisa. Miró hacia la puerta de la vivienda. Con sus ojos inquietos hizo inventario de todo el desayuno que había preparado y servido. Inspiró intentando meter dentro de sí más pausa que oxígeno. Volvió a mirar la puerta. Y su móvil. Y su reloj. Nada. Hurgó en su bolsillo. Sacó un caramelo de menta y empezó a masticarlo como quien intenta triturar el frenesí de una sangre que corría histérica por la ratonera de sus venas. En su cabeza, la tormenta. Ya no estaba aquella voz paternal, engolada y buenista que desde niño le empujó a llevar una vida como Dios mandaba y a dar parte en confesionarios de todo lo que hacía y pensaba y a buscar la constante aprobación de una moral que lo inundaba todo y a sentirse culpable por el vicio de vivir y a acudir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y a no tener sexo hasta después del matrimonio y a poner la otra mejilla ante todas las hostias del porvenir y a soportar con una sonrisa en la cara los cuchicheos y las chanzas a su costa y a tener todos los hijos con los que el Padre quisiera bendecir a su familia y a desterrar cualquier deseo, impulso o esfuerzo que no fuera "ad maiorem Dei gloriam" y a dedicar buena parte de sus ingresos, tiempo y pensamientos a consolidar su obra en la tierra y a perpetuar esta concepción de la vida en su mujer y sus tres hijos. Ahora, había otra voz. Una voz más recóndita, autoritaria y hostil. La voz que le había enseñado el auténtico camino para evitar el sufrimiento de un mundo podrido y sin esperanza. La voz que le había revelado el plan para brindar a los suyos el mayor regalo de todos. La voz detrás del olor dulzón.

Minutos más tarde, las tazas habían dejado de humear. El amanecer ya era un reguero de bronce derramándose entre los edificios. Sus sienes brillaban con el sudor. Su corazón centrifugaba dudas. Su mente se llenaba de reproches. Por eso, cuando llamaron a la puerta, una sonrisa se arqueó en su rostro. Por eso, cuando la policía y los paramédicos entraron como un torrente por el piso, les atendió con esa educación y templanza que más tarde llevaría a sus vecinos a comentar "Quién iba a pensar que él...". Por eso, cuando los cuatro cuerpos salieron por la puerta, su rostro no se había roto en despedida ni culpa. Al contrario. Estaba contento. La voz no le había engañado. Le prometió un día especial. Y así fue.

lunes, 23 de noviembre de 2015

¿Se puede cambiar el mundo?

¿Se puede cambiar el mundo? Sí ¿Permanentemente? No. ¿Globalmente? No. ¿Simultáneamente? No ¿Uniformemente? No. ¿Previsiblemente? No. Por tanto, ese “sí” es una afirmación llena de negaciones, de imposibilidades. Y lo es porque el devenir de la Humanidad ha demostrado que el mundo entendido como sociedad planetaria, como sistema humano, como organismo social está sujeto a la dinámica de acción y reacción que rige la física o a la dialéctica entre tesis y antítesis que vertebra el pensamiento, con el agravante de que, en el mundo, especialmente en la actualidad, están constante y simultáneamente activos miles de procesos que inciden unos sobre otros y bajo circunstancias muy dispares, lo cual hace bastante cuestionables las posibilidades de lograr un cambio suficientemente estable en el tiempo y en el espacio como para que tenga éxito. Cambiar el mundo obedece así a una voluntad de imponerse sobre lo inasible e imprevisible y, por tanto, destinada al fracaso, al menos entendido en los términos con los que se diseña y persigue ese objetivo de cambio. Pero, además, cambiar el mundo obedece a una visión del mismo que, aunque sea de forma inconsciente, menosprecia o ignora al otro o a la visión de los otros en favor de la cosmovisión individual y, por tanto, igualmente fallida. 

A lo largo de la Historia, se ha intentado cambiar el mundo partiendo de diferentes concepciones del mismo, alegando diversas motivaciones y empleando distintas maneras. Se ha intentado cambiar el mundo concibiéndolo como escenario y catalizador de la culminación de una polis o de una nación o de una clase o del propio individuo en sí mismo considerado. Se ha intentado cambiar el mundo apostando por la paideia, por la ley o por la lucha. Se ha intentado cambiar el mundo mediante una regulación compleja y rígida o mediante una legislación simple y laxa. Se ha intentado cambiar el mundo desde la acción individual y desde la acción colectiva. Se ha intentado cambiar el mundo creyendo que el bien individual y el colectivo son compatibles o bien pensando que la sociedad y quienes la integran son un buffet libre al servicio de las apetencias y objetivos individuales. Se ha intentado cambiar el mundo desde la cohesión y desde el apartamiento. Se ha intentado cambiar el mundo desde la transformación y desde la ruptura. Se ha intentado cambiar el mundo desde la imposición y desde la persuasión. Se ha intentado cambiar el mundo desde planteamientos filosóficos, políticos, económicos, religiosos y psicológicos. Se ha intentado cambiar el mundo de muchas maneras, desde muchos lugares y en muchos momentos y el mundo siempre ha seguido su propio camino, sin cerrar la puerta a la sorpresa, dejando en papel mojado todo tipo de cuadrículas y planteamientos. En ese sentido, se puede decir que el mundo en que vivimos se comporta, desde siempre pero especialmente en nuestra época, como lo haría un péndulo de Newton.

Quizás ello se deba a que basta una sola persona para iniciar el desmoronamiento de todo un sistema o planteamiento; a que siempre habrá alguien dispuesto a ir en contra de lo que diga otro o que vea beneficio en ir contracorriente o que se sienta atraído por hacer lo contrario, lo alternativo, lo prohibido. O a que somos tan propensos a la aplicación de esquemas y a la búsqueda de panaceas que acabamos por ignorar fenómenos como el “efecto mariposa” o el “cisne negro”. O, tal vez, a que, queriendo cambiar el mundo, es el mundo el que acaba por cambiarnos y entonces ya no es momento de ofrecer respuestas sino de buscar nuevas preguntas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Fuga

La tormenta emborronaba la ciudad convirtiéndola en una burda acuarela. La gente aún expuesta a la lluvia corría a refugiarse en medio de una esquizofrenia de paraguas, los coches bautizaban rítmicamente las aceras con agua estancada, las fachadas se llenaban de voyeurs de aquella ducha furiosa y las apps discutían si el tiempo previsto era poco nuboso o despejado. Abrió la ventana al gris, cerró los ojos y dejó que el mundo se redujera al siseo del aguacero estrellándose contra el suelo,a los aullidos de los árboles azotados por el viento, al bramido del cielo desgarrado por los relámpagos, al olor germinal de la tierra enfangada, al frío escupiéndole su pureza a la cara, a los relojes yéndose alcantarilla abajo, a los calendarios deshaciéndose en papel mojado, a la esperanza desangrándose en ceniza, al llanto musitado de mejillas rotas, al grito histérico de la vida dándole un portazo. Cerró la ventana. Se colocó el traje que ella le regaló hacía años. Se repeinó las canas con las manos temblando por el miedo más que por la edad. Se abrochó los zapatos cuarteados. Se puso el abrigo. Se guardó en el bosillo la disculpa que había tardado en escribir una noche y cuatro líneas. Y salió dejando atrás el paragüas y una casa aún por pagar.

Cuando el cielo reconquistó el azul, la tormentaba ya se lo había llevado.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Troya es cualquier parte

Anoche, de nuevo, el horror. Y la piel fría y los latidos lentos y los pensamientos frenéticos y el silencio quebrándose por un torrente de palabras a ninguna parte. Anoche, de nuevo, la muerte. Y el terror. Y la rabia. Y la pena.

La cadena de atentados que la pasada noche hirió a todo el mundo libre a la altura de París nos ha vuelto a dejar en shock. Las imágenes, las informaciones, las sensaciones, los testimonios, las reflexiones...todo lo que emana de la matanza en Francia lo afrontamos y sentimos como un demencial déjà vu y abre de nuevo las cicatrices de sucesos como los Ankara, los del Charlie Hebdo, los atentados en Londres, el 11-M, el 11-S...Y esto ocurre porque vivimos unas décadas vertebradas por el terror. El terror letal de quienes buscan la eliminación más despiadada y atroz de aquellos que no son como ellos se ha convertido en parte tanto de la historia oficial como de la íntima: está en las hemerotecas, en las noticias y en nuestros recuerdos.
 
Lo fácil (e injusto) ahora sería dejar que las vísceras se pongan a los mandos y ciscarse en todo lo que huela a Islam, clamar por la demolición de mezquitas, pretender la expulsión de los musulmanes, criminalizar sistemáticamente  a quien tenga pinta de moro, proponer la fumigación de Oriente Medio hasta que no quede nadie mirando a La Meca...
Lo estúpido (y políticamente correcto) ahora sería seguir apostando por la oración, la tolerancia, el diálogo, la diplomacia y los brindis al sol como remedios a un problema que sólo se puede solucionar de una manera y ésta no pasa precisamente por el Imagine de John Lennon ni por compartir hashtags o imágenes virales.
Lo inteligente ahora es saber poner en contexto lo que pasa y entender que todo esto no es más que el resultado de:
 1) Una siniestra interpretación de una religión. En este caso, ninguna religión está libre de que un lunático y/o malnacido la interprete de forma que legitime cualquier monstruosidad ni de que haya otros mierdas que sigan tal tergiversación. La Historia está llena de ejemplos de ello tanto en lo cronológico como en lo geográfico. Y ojo que con esto no quiero decir que el Islam sea un credo pluscuamperfecto, porque basta recordar las motivaciones que llevaron a Mahoma a crear esa religión para saber de qué va el tema. Lo que estoy queriendo decir es que todas las religiones tienen en su historial una sarta de barbaridades y salvajadas en nombre del Dios de turno suficente para no ponerse estupendo a la hora de demonizar. O, dicho de otra forma, la religión siempre será una excusa pero no la causa.
2) La hipócrita y pésima gestión de los conflictos en Oriente Medio: hacer negocios con quienes financian o amparan a terroristas, criticar públicamente el uso de armas que son vendidas por los mismos que critican, sustentar económica y armamentísticamente a "rebeldes" que al hacerse mayores se convierten en Al Qaeda o el Estado Islámico, no eliminar bélicamente y en su origen a los grupos terroristas, seguir confiando en gobiernos títeres y/o fallidos para que ¿solucionen? la papeleta, jugar al Risk con los territorios árabes por mero interés geopolítico o económico, ningunear las bajas civiles en los conflictos de aquellas tierras, ignorar cualquier problema del que no se pueda sacar tajada, cogérsela con papel de fumar cuando Israel decide masacrar o humillar a sus vecinos...En el terrorismo yihadista la culpa no la tienen sólo unos barbudos que sueñan con huríes.
3) La persistencia de un problema de falta de integración de personas que bien por ineptitud, bien por decisión propia no quieren formar parte de una sociedad libre.
4) La extraordinaria dificultad de combatir a células durmientes y lobos solitarios.
5) La propia cobardía o complicidad de las autoridades árabes, que los descarta como ayuda útil en este asunto.

6) La demoledora habilidad de los terroristas para aprovechar los defectos en materia legal, penal, migratoria, coordinación policial...
7) Una forma de estar en el mundo que convierte en diana a todo aquel que disienta de lo que mande el cabecilla de turno. Por eso, hay que entender que esto es sólo un ataque contra todos los valores arraigados o, mejor dicho, defendidos (con mayor o menor hipocresía) en la llamada "civilización occidental" sino contra toda persona que no sea ellos. Por este motivo, tanto cuentan (o deberían contar) las muertes en Europa como las que se producen en Oriente Medio a manos de estos locos sanguinarios. La única diferencia es que aquí en el ¿primer mundo? nos creemos a salvo por la falta de frecuencia en las barbaridades que, allende el Mediterráneo, son diarias desde hace mucho tiempo. De ahí que sea conveniente recordar al hilo de esto que la distancia, tanto geográfica como emocional, siempre juega a favor de quien mata y no de quien es matado.  
8) Creer que se puede solucionar desde la lógica lo que proviene de lo irracional.

Dicho esto, creo que el problema del terrorismo yihadista sólo se puede solventar apostando sin complejos por una extrema contundencia legal, policial y militar. Como dijo Edmund Burke:"Para que triunfe el mal, basta con que los hombres buenos no haga nada" y eso es lo que ha pasado, que no se está haciendo nada correctamente ni en fondo ni en forma. En ese sentido, prefiero lamentar errores a lamentar muertes, prefiero perder en libertad si con ello gano en seguridad tanto para los míos como para mí porque ha sido la tibieza a la hora de entender y resolver este problema la que ha llevado la inseguridad a todo el planeta, la que ha convertido a cualquier país y ciudad del mundo en Troya. 

Así que rezar, sí, por supuesto, recemos por las víctimas y sus seres queridos...pero esto no lo va a solucionar Dios ni ninguna clase de sugestión espiritual. La locura terrorista es una enfermedad con un único tratamiento posible y no pasa precisamente por oraciones ni por clases de integración ni por cumbres buenrollistas ni por fotos de concordia. Los responsables de estos y otros atentados, tanto materiales como intelectuales, donde quiera que estén, sólo pueden tener una respuesta por parte del mundo libre: su aniquilación. Como dicen en cierta película: "no tengáis piedad, pues ninguna habéis de recibir".

No quiero finalizar el artículo con tanta oscuridad. Quiero terminarlo con la admiración por la excepcional y magistral reacción tanto de las autoridades como de la población francesa ante la atrocidad. Contra el miedo, libertad. Contra la muerte, dignidad. Contra los desafíos, firmeza. Bravo por ellos.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Cuestión de Educación

En las últimas semanas, ronda en los medios de comunicación el manido y bochornoso asunto de la Educación en España, a cuenta de majaderías varias como el estúpido debate de qué hacer con la asignatura de religión (católica) o la no menos soplapollesca propuesta de valorar a los profesores por buenos o malos. Que estas paridas sean las que refresquen la polémica dice mucho de lo mal que se afronta un problema real, continuado, preocupante y con visos no sólo ya de ser generacional (que lo es) sino endémico y estructural. 

Como ya en su día analicé este mismo tema en profundidad, intentaré no extenderme demasiado. En mi opinión, la clave del despropósito no está en una asignatura ni en la calidad del profesorado tanto como en la concepción, en fondo y forma, de la Educación de los escolares. En ese sentido, mejor sería preguntarse por qué, para qué y cómo antes que meterse en fregados que llevan a muchos titulares y ninguna parte. La Educación hoy en día está concebida no para formar sino para adoctrinar, no para habilitar sino para moldear, no para aprender sino para superar trámites de una forma casi burocrática que, a la hora de la verdad, no garantizan nada, tal y como está el patio. Yo no digo que hagamos con la Grecia clásica, que concebían la formación del individuo mediante la paideia, que, dicho resumidamente, ofrecía al niño un selecto compendio de saberes intelectuales y técnicos gracias al cual podría convertirse en alguien de provecho dedicándose a aquello que
mejor supiera hacer. Implantar la paideia hoy sería tan deseable como imposible por la concepción que se tiene actualmente del concepto de "sociedad", "individuo", "saber", "trabajo", etc. Lo que sí digo es que habría que revisar por completo un sistema que se limita a cumplir el expediente (en todos los sentidos), que sirve conocimientos de garrafón, que se orienta y vertebra en torno a un discutible criterio de practicidad, que menosprecia con saña todo lo etiquetable como "Humanidades", que no estimula el pensamiento sino que lo dirige, que no despierta la curiosidad sino que sodomiza la atención, que sólo entiende por cultura lo que diga el Gobierno de turno, que se preocupa más de lo cuantificable que de lo cualificable, que se deja marear por la corrección política y el buenismo pedagógico, que prefiere igualar por abajo y no por arriba, que no diferencia entre materias ni personas, que comete el error de creer que todos pueden hacer todo, que en lugar de ver seres humanos ven recipientes a rellenar con "aquello que ponga el currículo de turno" y tira millas, que está concebido como una factoría dedicada a la producción en serie de gente homogeneizada y gregaria. Claro que un sistema así sería impensable en un país en el que existen un Congreso de los Diputados convertido en una
constante declaración de amor a la vergüenza ajena, un Telecinco desviviéndose en aupar, jalear y forrar a los más impresentables de su generación (también llamados "tronistas", "grandeshermanos", "colaboradores", etc), un Estado que penaliza fiscalmente el acceso a la cultura, una televisión pública que ha renunciado a su papel docente, una sociedad en la que se ha desvirtuado el sentido y el significado de "cultura", "arte" o "creatividad", un mercado editorial en el que parece que lo mismo da Juana que su hermana, una conciliación entre la vida profesional y laboral que convierte a los hijos en un sudoku... 


¿Qué sistema sería aconsejable? Para empezar, uno en el que existiera una armonía entre las materias y las asignaturas de forma que cada alumno reciba la formación adecuada no sólo para saber estar en el mundo sino también para saber ser. Para
continuar, uno en el que lo intelectual, lo físico y lo técnico convivan teniendo el mismo respeto y consideración por quienes enseñan y quienes son enseñados. Para seguir, uno en el que no meta la zarpa el político, el pedadogo, el psicólogo, el obispo o el iluminado de turno. Y para acabar, uno que no se preocupe tanto de qué clase de votantes o trabajadores formar sino de qué tipo de persona saldrá ahí fuera cuando acabe su travesía académica.

Una vez conseguido eso, ya sería el momento para hablar de debates como los que comentaba al principio del artículo. En lo referente a la asignatura de religión, me parece más necesario (y constitucionalmente coherente) que los niños aprendan correctamente filosofía para así elegir con libertad y criterio en qué creen y por qué. Y respecto a lo de distinguir a "profesores buenos" y "profesores malos" como garantía de no se sabe muy bien qué...Sencillamente, de lo que hay que preocuparse es de que el profesor esté bien formado, bien respetado y bien motivado; todo lo demás son marinadas mentales. 

Cambiar todo esto es muy difícil, básicamente porque "no interesa" a quienes deben cambiarlo, pero no por ello hay que dejar de pretenderlo y, mientras tanto, seguir disfrutando de esos pequeños focos de resistencia contra el disparate y la mediocridad, "partisanos del conocimiento" que ya sea individualmente en centros ordinarios o colectivamente en escuelas extraordinarias busquen y ofrezcan otra forma de aprender.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Jánovas como metáfora

Anoche Jordi Évole y su Salvados volvieron a demostrar por qué es importante que programas así se hagan en televisión, aunque sea en cadenas privadas. Porque, dejando a un lado que innegablemente en ocasiones pinche en hueso (como por ejemplo, el programa dedicado al Colegio del Pilar), Évole tiene la sana costumbre de ofrecer al espectador un producto de impecable forma (siempre) e interesante fondo (casi siempre); un programa que, sin ser periodístico (ni pretenderlo, ojo), sí se parece mucho a lo que tiene que aspirar el periodismo: decir, contar, denunciar y mostrar.

Anoche, como digo, fue una de esas ocasiones en las que ponerse frente al televisor fue un auténtico gustazo, aunque lo que te muestre la pantalla sea poco o nada agradable, festivo o divertido, como fue el caso. El Salvados sobre Jánovas fue un programa que repugnaba por lo que se decía y conmovía por cómo y quién lo contaba. Al verlo, no pude evitar tener la misma sensación que al leer a grandes narradores nuestros como Rafael Chirbes o Julio Llamazares, maestros a la hora de tomar como base un suceso "anónimo" y muy concreto en lo geográfico y cronológico para elaborar una radiografía de España y los españoles tan descarnada y vigente que siempre merece la pena aunque duela. Así, la trágica vergüenza del "no pantano" de Jánovas y sus dramáticas consecuencias para los lugareños entronca directamente con novelas de Llamazares como La lluvia amarilla o Distintas formas de mirar el agua y de Chirbes como La buena letra o En la orilla.

De todos modos, el programa de ayer, es decir, el programón de anoche no tuvo su mejor virtud en lo que denunciaba: por desgracia en este país, llueve sobre mojado a la hora de hablar de la asquerosa desvergüenza de políticos y empresarios de todo pelaje, época o lugar. Si acaso, podría servir para comprobar que ya en el Franquismo existía el "capitalismo de amiguetes", o lo que es lo mismo: el gentuceo en las altas esferas, el mamoneo entre los intocables, el menudeo de favores entre los poderosos, el mamporrerismo entre los que tienen el poder político y los que ostentan la soberanía económica...aunque, siendo rigurosos, ese infame trapicheo existe desde los tiempos del "Aula Regia".

Para mí, lo más acertado del último Salvados fue mostrar la habilidad y la sensibilidad necesarias para saber qué contar, qué decir y cómo hacerlo. Así, el excelente programa de ayer sirvió para convertir a Jánovas y su pantano fantasma en un remedo español del retrato de Dorian Gray en el que se pueden ver reflejados los principales males y disparates que han caracterizado la vida pública de España desde hace décadas. Un retrato que se hace difícil de mirar pero que no hay que olvidar si queremos llegar a ser algún día un país enteramente civilizado en lo ético porque el de Jánovas es un pantano que no existe pero en el que se ahogaron la alegría, la tranquilidad, el porvenir y los derechos de demasiadas personas. El de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuya superficie flotan como cadáveres putrefactos la honradez política, la ética empresarial y la deontología profesional de muchos medios de comunicación. Pero además, y quizás lo más importante y valioso de todo, es que el de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuyas aguas se alza desafiante la dignidad insumergible de las personas, ésas que saben llorar; que saben apretar los dientes; que saben levantarse tras ser derribados pero que no saben agachar la cabeza ni poner rodilla en tierra; que engrandecen su derrota mientras otros envilecen su victoria; que sostienen en silencio a un país más que miles de datos macroeconómicos, gráficos al alza y discursos triunfalistas. Héroes cuya única aspiración es poder disfrutar de una vida tranquila y digna. Personas que no tienen un Homero que les cante pero sí un Évole que los entreviste. Por eso, en mi opinión, lo mejor del Salvados de anoche no fue mostrar gentuza por la que sentir asco sino sacar del anonimato a gente por la que sentir una profunda, honesta y absoluta admiración.