domingo, 13 de agosto de 2017

El ataque de las canciones machistas

Supongo que igual que hay canciones del verano, hay noticias del verano que comparten con aquellas una característica esencial: mayor importancia de la que realmente tienen. ¿Un ejemplo de ello? La polémica en torno al machismo de canciones que lideran los rankings de más escuchadas, descargadas, compradas o pirateadas en el mundo hispanohablante y aledaños. Una polémica absurda y exagerada que sirve para rellenar noticiarios y tertulias y dar patente de corso a la Inquisición de lo políticamente correcto.

Antes de entrar en materia, un aviso para feministas de ojos en blanco y demagogos con espuma en la boca: estoy radical y sádicamente en contra de cualquier tipo de comportamiento abusivo, discriminatorio o vejatorio por razón de sexo (o de etnia, credo, ideología, nacionalidad, orientación sexual o patrimonio). Así que a pirañear a otro lado, que quien esto escribe estaría encantado de ver apalizados a todos los chulánganos, cerdos, salidos y demás cretinos que tienen una cosmovisión y ética genitocéntricas. Espero que haya quedado claro.

Volviendo al asunto, esta polémica de las canciones machistas no se puede entender fuera del contexto en que vivimos actualmente: el del totalitarismo de lo políticamente correcto; un marco en el que todo es susceptible de eufemismo, paráfrasis, hipocresía, censura, veto, reproche o persecución con tal de no herir sensibilidades y en el que han encontrado acomodo ideologías y reivindicaciones que son tan legítimas y variopintas como gilipollescas en tanto que son demasiado propensas a confundir la velocidad con el tocino, el culo con las témporas y las churras con las merinas. Por eso pienso que si alguien cree que con el machismo, la discriminación sexual, las violaciones o la violencia doméstica se acaba fumigando la playlist veraniega debería hacérselo mirar o darse a los crucigramas, los sudokus o la bebida.

Otra consideración previa que creo que hay que tener en cuenta para contextualizar esto es que la música en general y las canciones en particular son muy propensas a poner foco y letra a "lo que nos pasa por dentro" basando así su éxito y pervivencia en la empatía, en el reconocerse en el otro, en sentir que alguien canta lo que te pasa. Así, hay canciones que cantan a a la felicidad, a la tristeza, al amor, al desamor, a la melancolía, a los celos, a la nostalgia, al amor platónico, al despecho...¿Por qué chirría entonces que alguien cante al deseo, al cortejo, al apareamiento, al encoñamiento, a la libido, a la física y la química de las relaciones humanas, al calentamiento global de la zona genital? ¿Porque resulta menos pulcro o fino? ¿Qué pasa? ¿Somos todos elfos? ¿O es que nos reproducimos por esporas? Que alguien se haga de cruces con estas cosas es la mejor forma de identificar a measalves y/o colaboracionistas de la corrección política y, por tanto, la mejor forma de descubrir a gente que hay que evitar, orillar o ningunear. Con esto no quiero decir que las canciones dedicadas a esos "momentos" en los que Eros da vacaciones a Psique sean la releche sino que son tan legítimas como cualquiera de los Cantajuegos. Si sirven para algo es para reflejar algo que está en la sociedad: la evisceración sentimental de las relaciones, la cosificación del cuerpo, el narcisismo como placebo de los acomplejados, etcétera. Es decir: estas canciones son en el peor de los casos un reflejo, una consecuencia del problema pero no una causa del mismo y todo el mundo sabe (o debería) que un embrollo no se soluciona afrontando sus secuelas sino poniendo proa contra sus causas. 

Sinceramente, creo que el problema del machismo no está en las melodías y letras de ciertos hits sino en quienes los escuchan. Por decirlo de otra manera: si alguien utiliza un martillo para ablandar el cráneo del prójimo en lugar de remachar un clavo, ¿dónde está el problema: en el martillo o en el anormal que lo utiliza? Conceder a las canciones una especie de siniestro poder hipnótico como si fueran el doctor Caligari es bastante soplapollesco. Máxime cuando por lo general escuchas, cantas o bailas una canción con el cerebro en servicios mínimos y lo único que pretendes es que te anime o que conecte con tu estado de ánimo. ¿Que habrá falopensantes que se pongan rampantes con Maluma? Claro, pero yo por ejemplo, si tuviera la enorme desgracia de escuchar alguna canción de este tipo, no mutaría en verraco ni aunque la escuchara en bucle durante horas.

El machismo es un problema lo suficientemente grave y serio como para que se dedique tiempo y atención a majaderías como estas de las "canciones machistas". Cuando se haya solucionado la epidemia de delitos por razón de sexo o pareja, cuando se haya solucionado la discriminación salarial entre hombres y mujeres, cuando se haya solucionado la imagen que de ambos sexos se da en cadenas como Telecinco, cuando se hayan solucionado las reclamaciones feministas (que no feminazis), entonces sí será un buen momento para fijarse en las canciones del verano, del otoño, del invierno y de la primavera. Mientras tanto, polémicas como esta sólo servirán para distraer al personal de lo que es realmente importante y urgente en esta materia.

¿Estoy defendiendo con todo esto a las susodichas canciones? Cretinos en la siguiente ventanilla, por favor. Si alguien quiere hostiar o vilipendiar estos hits lo tiene muy fácil y, además, le ampara el buen gusto y el sentido común:
Por una parte, estas canciones están aquejadas en su mayoría del mismo mal que muchas otras tonadas: sus letras tienen la misma (in)coherencia semántica y/o sintáctica que un unplugged de Mariano Rajoy. Es decir: no hay por dónde cogerlas. 
Por otra parte, estos singles también se pueden criticar por su zafiedad, mal gusto o cutrez en las formas y/o en el fondo. Se puede hablar de "eso" sin parecer un ciervo en berrea, un chuloputas o un flipado de chiringuito. 
Y por último, no sería nada descabellado subir al cadalso del reproche a sus intérpretes (ni a los figurantes de los videoclips) por criterios meramente estéticos, dado que su aspecto les asemeja más a personaje desbloqueable de un GTA que al de un artista digno de tal nombre. DLC Maluma.

Así las cosas, mientras España se enzarza en aspavientos y "oyoyoyoyoyoy" contra Despacito, Felices los cuatro, Súbeme la radio y la madre que los parió, el problema del machismo seguirá campando a sus anchas porque, en el fondo y desde el principio, el machismo es una cosa distinta a una estupidez de canción.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Sin presunto delante

Te lo resumiré, lector: hace pocos días un presunto hijoputa de 23 años presuntamente forzó sexualmente a una presunta amiga suya de 21 a la vera de una piscina pública en la localidad en que vacaciono. De momento, el lance se ha saldado con una orden de alejamiento para el joven, una instrucción penal en curso y una innegable polémica en torno a lo que según las diligencias efectuadas hasta el momento más se trata de un caso de abuso sexual que de agresión sexual (los matices importan y más aún en el ámbito legal). Hasta ahí los hechos objetivos.

Ahora, lo subjetivo, es decir, lo que me llama la atención en lo personal:la reacción social en este municipio ha sido bastante contundente en la condena del suceso en sí (bravo por ello), pero algo controvertida en su valoración del mismo y es que se ha generado un ambiente que a mí me recuerda a ese crisol enfermizo tan magistralmente retratado por Arthur Miller en su drama Las brujas de Salem. Por un lado, están quienes no ven más allá de la nacionalidad ecuatoriana del sospechoso y están absolutamente convencidos de su culpabilidad,haciendo con la presunción de inocencia lo mismo que harían con la integridad física del tipo, siendo la "inmediata expulsión a su país" un trending topic en los mentideros locales como medida imprescindible para reparar el supuesto agravio contra esa chica que supongo tiene denominación de origen válida para las entendederas del personal. Por otro lado, los hay que, considerando esa misma nacionalidad, se enrollan sin embargo en una condescendencia francamente curiosa hacia el sujeto, como si el presunto abusón fuera un adorable cervatillo de Disney o un cándido figurante de La misión. Pues miren ustedes, ni A ni B. Para mí su nacionalidad o morfología étnica son tan relevantes y decisivos en este asunto como sus gustos gastronómicos o filias deportivas. A la gente hay que juzgarla, para bien o para mal, por lo que hace, no por lo que es ni por lo que no es, básicamente porque la nacionalidad no te predispone para nada (aunque no deja de ser antropológicamente curiosa la propensión de la gente andina a coger unas melopeas tremendas, al menos en estas latitudes en las que me hallo). Y precisamente en "lo que hace" está el otro embrollo que ha encendido los dimes y diretes locales. Según la investigación en curso, los indicios no son suficientemente claros como para determinar si ocurrió lo que todo el mundo entiende por violación o simplemente un cretino que se pasó de rosca durante la cópula, así que se ha creado una trinchera dialéctica entre los que, por xenofobia o feminismo desenfrenado, creen ciegamente que existió violación (pasando en estampida por encima de la minuciosa tipificación penal que hay en España y orillando simultáneamente las pesquisas hechas hasta el momento) y los que, seducidos por la rumorología, sostienen que la chica se arrepintió de haber consentido el folleteo con su ¿amigo? y ha montado este lío para tener la conciencia tranquila o llamar la atención. ¿Yo qué creo? Pues, de momento y ciñéndome a la verdad de las investigaciones, creo que la chica es probablemente una gilipollas que tiene peleada la libido con la sensatez y el chico muy seguramente un asqueroso descerebrado que se merece una ejemplarizante somanta de hostias (pena por desgracia no contemplada en el código legal vigente) para que pueda asimilar correctamente la moraleja de todo este cisco. Pero es una mera opinión.

Dicho esto, y a la espera de la resolución que finalice la fase de instrucción, conviene no perder de vista que, en este contexto mental de inevitable hipersensibilidad hacia la bochornosa y alarmante tragedia de las agresiones a mujeres (con fines o no sexuales, basta una mera chispa para que cualquier lugar se torne Salem y al tipo más inesperado se le ponga cara de John Proctor y devenga de la noche a la mañana en el justo que pague por pecadores. No hay nada más peligroso que la gente convertida en juez, jurado y verdugo. Por tanto, dejemos a la Justicia hacer aquello por lo que se le paga, consintamos que el tiempo ponga a los excopulantes en su sitio y reneguemos de historias y habladurías en un sentido u otro, porque, hoy como ayer, tan nocivo e indeseable es condenar al inocente y absolver al culpable como creer al mentiroso y desconfiar del honesto. Y este caso tiene suficientes interrogantes merodeando como para abrazarse
a la prudencia con fanatismo de groupie.

Con ello no quiero decir ni mucho menos que el joven ecuatoriano sea un mártir sino que lo único indubitado hoy por hoy es que es un cerdo sin presunto delante. Si la Justicia le pone el marchamo de hijo de puta, entonces sí será el momento de ciscarse con vehemencia en su estampa y linaje y clamar por su tormento perpetuo,
emasculación con serrucho oxidado (pena que debería recogerse en el Código Penal para castigar a este tipo de escoria que abusa de mujeres), evisceración sin anestesia, etc. Y si no se lo pone, pues será un buen motivo para que mucha gente haga examen de conciencia.

viernes, 4 de agosto de 2017

Viernes de Gigantes

Durante años fue la respuesta estival a la magia invernal de las Navidades. Aún hoy, en cierta medida, lo sigue siendo. El viernes previo al primer fin de semana de Agosto se envolvía de una adrenalina naif configurada en torno a una pintoresca comparsa de gigantes y cabezudos. Ese día, el "Viernes de Gigantes" era una de esas fechas que quien esto escribe marcaba en su calendario mental con la misma ilusión fosforescente que la Noche de Reyes o mi cumpleaños. Ese día, el "Viernes de Gigantes" extiende la alfombra roja y blanca por la que transitan seis días de festejos: los que conforman las fiestas de Estella (Navarra). Ese día, el "Viernes de Gigantes", la sobremesa de las calles estellesas se llena de hijos arrastrando a padres o padres arrastrando a hijos, según el nivel de valentía filial y entusiasmo paternal, para ir al encuentro de ese bestiario folclórico y entrañable que constituye la comparsa formada por los gigantescos reyes navarros y moros y un séquito de cabezudos menos regios pero más temibles para esas mentes y corazones tiernos puesto que son los que te forran a leches con sus botarrinas. 

Ese viernes, el primero de unas fiestas a medio camino entre lo berlanguiano, lo sacro y lo dionisiaco, está cargado de rituales y liturgias profanas, casi bufas, pero llenas de una solemnidad indudable y entrañable, como, por ejemplo, la que antecede a todas las demás: vestir el rojo y el blanco que uniformiza la alegría en estas latitudes y fechas constituye todo un ceremonial en el que te invade un no-sé-qué a medida que vas envainando el cinto en la cintura, anudando el pañuelo al cuello y atando las alpargatas a esos pies acostumbrados a zapatos urbanitas. El caso es que esos automatismos provocan la sensación de conectar con algo que te trasciende tanto en lo personal (unirte a los otros) como en lo temporal (remontarte al pasado propio y ajeno como una magdalena de Proust). Y aún hoy, con treinta y siete años en la canana, esa sensación sigue ahí: la que convierte tu memoria en un CinExin, la que te devuelve a esa época de tu vida donde las preocupaciones son irrisorias en su candidez y las ilusiones monumentales en su ambición, donde la vida aún no ha roto la tregua, donde cualquier lugar y momento pueden ser Disnelyandia, donde aún puedes corretear despreocupado, donde todo es una precuela preciosa y difusa, donde estás a salvo. Aún recuerdo cómo, una vez vestidos con la indumentaria rojiblanca y repeinados como si fuéramos carne de catálogo, me hacía una foto con mi padre y mi hermano, en escala de edad y tamaño, junto a una imposible lámpara de pie revestida de lo que parecía mármol y que haría sacarse los ojos a cualquier decorador de interiores (la lámpara, no la foto) y cómo nos precipitábamos a la calle Mayor en busca de los gigantes y cabezudos siguiendo el rastro que dejaba el sonido de las gaitas y cómo los codos se retorcían intentando liberarse de las manos a medida que te aproximabas a la comparsa, bien para encarar esos miedos infantiles encarnados en esos cabezudos de nombres lacónicos pero aún más rimbombantes que sus fenomenales cabezas ("Boticario", "Robaculeros", "Abuelita chocha"...), bien para ceder al pánico y volverte a un lugar donde tu orgullo y trasero quedaran a salvo de los zurriagazos de las botarrinas, y cómo al final te quedabas zascandileando durante horas por las calles del pueblo hipnotizado por el magnético carisma de la comparsa.

Hoy todo eso es pasado pero no olvido. Por suerte. Y digo por suerte porque todos los "Viernes de Gigantes" me pasa lo mismo: me acuerdo y me recuerdo y en ese ir y venir de la mente al pasado, se me traspapelan bonitos momentos de mi infancia: ir corriendo con mi padre en el "encierro chiqui" en la cuesta de Recoletas; la monumental tómbola y su "muñeca chochona" (sic); el espectacular "torico de fuego" que marcaba con su pirotecnia el punto y final del horario infantil; los cohetes del encierrillo como despertador; los churros azucarados y mañaneros de Solano; la caminata hasta Izu para que mi padre se comprara el periódico y yo un fascímil del Guerrero del Antifaz de los que estaban apilados en la trastienda; las inolvidables fiestas regadas de risas de mis primos Estíbaliz, Puy e Iñaki; el multitudinario show de marionetas de "Gorgorito" a la sombra de unos árboles con mucha historia; la rueda ferial de resignados ponys con nombres de personajes de western; la berlanguiana procesión en la que no sabes bien si estás acompañando a tu santo padre o a las reliquias de un santo; el concurso de bacalao al ajoarriero en el que mi padre cambiaba el quirófano por la cocina; el "chabisque" como Camelot de una cuadrilla más cercana a los galos de Astérix que a los Caballeros de la Tabla Redonda; el "baile de la era" que hace entrar en trance casi aquelárrico a todo un pueblo a medianoche; los ladridos frenéticos de mi perro mientras la gente se deshacía en "ooooh" al compás de fuegos artificiales...

Por eso, todos los días como hoy, Viernes de Gigantes, me invade una extraña y agradable sensación de melancolía, una nostalgia balsámica para estos tiempos en los que la vida ha roto la tregua y todo es un cara a cara improvisado entre tú y los contratiempos. Hoy no vestiré el rojo y el blanco. Lo haré mañana, al alba, cuando vaya al encierro, como un yonqui de la adrenalina, junto a mi padre, ya no como un niño acompañando a su antecesor sino como un cómplice para forjar recuerdos que te visiten un viernes como hoy. 

lunes, 31 de julio de 2017

Mala noche

Es esa hora en la que todo es sueño, pesadilla o pecado. Él está en la cama, dormido por naufragio y perdido en esa desconexión que tanto alivia a los que no encuentran consuelo en los ojos abiertos. Fuera, las alcantarillas bostezan una calima de cucarachas que acharolan el silencio. Dentro, el confortable siseo del aire acondicionado. El tic y el tac de su reloj de pulsera es un grillo perdido en algún lugar bajo las sábanas de una cama partida en dos: a un lado, el eco de quien se marchó; al otro, el trueno sollozado de quien se quedó.

De pronto, un giro súbito espoleado por un sueño incómodo deviene en un involuntario manotazo, descendente como un dios derribado con la parsimonia procesionaria de un bostezo. Su mano cae casi ingrávida sobre el lado izquierdo de la cama, la tundra de tela delineada donde los días conjugan la separación entre ella y él con la diligente pereza de un notario, el mausoleo aséptico y ensabanado en memoria de quien hizo de la puerta de aquel domicilio un punto y aparte en su relato común e intransferible, haciendo de su cara espalda, dándole un buen revolcón a la brújula y derramando el tintero sobre varios calendarios en blanco.

Sus ojos aún no están abiertos pero sus dedos empiezan a deslizarse por la superficie de ese lado de la cama como cachorros que comienzan el tartamudeo del andar, avivando la inquietante cartografía de vértigos que remolcan miedos, la asepsia atroz del vacío, la suave y fría certeza de la ausencia, la desoladora geometría de la melancolía, el amargo peritaje de un hueco abierto de par en par al horizonte, la asfixia del silencio como huella arrolladora de una distancia que todo torna sombra, el peso de un aire tan cargado de pasado que apenas deja aliento de futuro al presente, la incansable escalada de la tristeza como hiedra despechada, la incertidumbre enroscándose en el pecho como un rosal de cuchillas, la impotencia de las ganas ante la dictadura del tiempo y espacio, la garganta deshaciéndose en ojos acechados por el salado runrún de las lágrimas.

Con una eficiente apatía funcionarial, su cuerpo se va reconectando con ese mundo que no admite soñadores. Sus ojos se abren con lentitud, como dos exclusas artrósicas y chirriantes, y comienzan a engullir la oscuridad convertidos en dos sumideros sedientos de sombra, de esa sombra que pesa y duele, de esa oscuridad que torna todo un blanco y negro sin happy end, de esos pensamientos enlutados de quien sólo encuentra sentido en un retrovisor donde todo empieza a desvanecerse como una espectral neblina, el único consuelo para quien se siente escupido de la noria del mundo, perdido en algún lugar entre lo que fue y lo que no será. Y así comienza a pensar en ella otra vez, desplegando en su mente un crucigrama de preguntas sin respuestas agradables donde cada espacio es una herida abierta por la que emerge el pus del vacío. Y así vuelve a estremecerse. A dejarse arrasar por los buenos recuerdos. A dejarse llevar por un pasado tan idealizado que hace aún más incomprensible su presente. Así es como las lágrimas empiezan su descenso suicida y discreto por su cara. Está harto de caer en la tentación de la autocompasión, de ceder al chantaje sensiblero de la melancolía, pero...empieza a tener la sensación de que se ha vuelto un yonqui del dolor y está dispuesto a atormentarse hasta lo patético si con ello se siente vivo. Así es como se dispone a pasar en blanco su enésima noche oscura. Así es como, unos minutos más tarde, su cuerpo se harta del melodrama y ordena inmediata inmersión con la esperanza de que mañana sea otro día.    

miércoles, 26 de julio de 2017

Errata natuRae

Limpia, fija y da esplendor. Este lema tan cercano al eslogan de un detergente caracterizó ancestralmente a la Real Academia Española de la Lengua (RAE para los amigos). Caracterizó, sí, porque, hablando en el tiempo presente, dicho lema se queda en guasa al calor de las innecesarias y absurdas polémicas en las que se ha visto involucrada tan distinguida institución estos últimos años y que han levantado tal polvareda que lo de la limpieza y el esplendor parece cosa más de chirigota que de ilustre pretensión.

Antes de seguir, aviso a navegantes aquejados de demagogia: estoy en las antípodas de ser un clasista, un pedante y/o un reaccionario. Lo que pasa es que, entre mis alergias, está la estupidez y el mal gusto. Como periodista y escritor, soy un gran enamorado de la lengua castellana no sólo por su versatilidad como herramienta sino por la riqueza que atesora en su dinámica evolutiva, esa que le permite hacer malabares con el léxico de antaño y hogaño al mismo tiempo que desbroza y abraza el mestizaje semántico y jergal. El castellano como lengua y el español como idioma son quizá la mayor y mejor aportación que ha hecho España al acervo  universal. Pocas lenguas han honrado más las cualidades que se le suponen genéricamente a un lenguaje en tanto que sistema de comunicación y punto de encuentro. En ese sentido, buena parte del éxito (en lo cronológico y en lo goegráfico) del español radica en su impresionante maleabilidad y permeabilidad, cualidades que siempre han encontrado en la formidable RAE un excepcional guardián y aliado. Pero eso es una cosa y otra muy distinta convertir a esta lengua en un after hour con barra libre, que son las trazas que parece seguir la RAE con ciertas decisiones ortográficas y léxicas en estos últimos tiempos.

Decisiones como la de liquidar la tilde diacrítica en el adverbio "solo" y en los pronombres demostrativos o la de incorporar al canon términos cuya valía para tal honor resulta muy cuestionable ya sea por su origen netamente vulgar ("asín", "arremangarse"...), por manar de meras modas léxicas ("amigovio", "papichulo", la inminente "posverdad"...) o por ser simplemente errores de ortografía o dicción imperdonables más allá de la educación primaria ("almóndiga", "toballa", "madalena", "dotor", "murciégalo", "crocodrilo"...) o la más reciente de todas estas controvertidas decisiones: admitir el "iros" como alternativa a "idos" (será que emplear correctamente el castellano les parece a algunos algo más propio de la época de Alonso de Entrerríos que de la de Kiko Rivera). Decisiones que, de facto, lo único que consiguen es empobrecer la lengua, ya sea por la vía del equívoco (el adverbio "solo" está dando ya mucho juego por desgracia) o la de la renuncia a emplear sinónimos consolidados y respetables (por ejemplo, se podría utilizar el clásico "ligue" en lugar del aceptado "amigovio" o del apócrifo "follamigo"). Es como si las farmacias empezaran a dispensar heroína o cocaína por el mero hecho de que hay muchas personas que las consumen o como si alguien decidiera poner a desfilar a Leticia Sabater y Belén Esteban junto a los ángeles de Victoria's Secret o como si Hollywood otorgara un Óscar a la Mejor Película a El vengador tóxico

Con esto no quiero decir que, por ejemplo, la RAE no tenga ojos para los vulgarismos sino que sepa ubicarlos donde corresponde (en un diccionario monotemático por ejemplo) y no en lo que se supone que es el Santo Grial del castellano (el célebre DRAE). El académico Arturo Pérez-Reverte ha alegado al respecto que la RAE no está para ser policía sino notario de la realidad del castellano. Correcto...pero, por la cuenta que le trae, ningún notario daría fe de nada que se apartara de la legalidad puesto que incurriría en el mismo fallo en el que ha caído la RAE al dar carta de naturaleza a errores como los que he citado en el párrafo anterior. Dicho de otra manera, hablando del español, la sociedad no debe ser el espejo en el que se mire la RAE sino justo al revés, porque dicha institución es el faro y el bastión que permite a esta preciosa lengua no encallar en los arrecifes que la incultura y el analfabetismo. Entre el integrismo y la permisividad hay un deseable término medio. Por eso espero que la RAE se mueva hacia el polo integrista para alcanzar así dicha equidistancia, dado que ahora está instalada en una permisividad demasiado preocupante por cuanto tiene de contraproducente.

No obstante, estos académicos disparates son meras anécdotas, erratas con más resonancia que recorrido si las comparamos con la sensacional labor que la RAE lleva haciendo durante siglos para que cualquier hispanohablante pueda sentirse más cerca de Cervantes, Lope, Quevedo, Galdós, Delibes o Lorca que de los tronistas, tróspidos, ninis, garrulos y tarados que atentan contra el lenguaje (entre otras cosas) en la televisión nuestra de cada día.

domingo, 23 de julio de 2017

Luz desde la oscuridad

Los últimos años están llenos de ellos: de artistas muertos como derramados por un violento golpe de viento, de creadores fallecidos con un borrón repentino y desolador. Amy Winehouse, Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman, Michael Jackson, Robin Williams, Whitney Houston...El último en sumarse a esa variopinta, fúnebre y triste lista ha sido Chester Bennington, vocalista y líder de Linkin Park, grupo musical que cuenta con millares de seguidores en todo el mundo, entre ellos, yo.

Aunque ya hablé de este tema con calma y profundidad en otro artículo publicado hace cerca de tres años (De creatividad y muerte), no quiero dejar pasar la ocasión para remarcar la estrecha relación que existe entre el ingenio creativo, la sensibilidad artística y una psique torturada por demonios externos o internos. Todos esas personas que he citado en el párrafo anterior, todos esos cracks-en-lo-suyo compartían su condición de tarados en tanto que heridos bien por la intrínseca imperfección de la vida, bien por la forma de sentir y sentirse en el mundo. Por eso, resulta emocionante y francamente asombroso cómo todos estos maravillosos artistas fueron capaces de coger toda su escoria interior para transmutar sus tormentos, miedos y lloros en puro, simple y luminoso arte. Como si tuvieran un excepcional metabolismo que destilara luz a partir de cantidades ingentes de oscuridad. En la ECH aprendí (gracias a esos maestros que son Alejandro Gándara, José Luis Corrales y Tomás Blanco) que para crear en general y escribir en particular hay que atreverse a ir a las zonas de sombra, a los callejones oscuros del alma humana, a esas regiones mentales y sentimentales donde estás más cerca del llanto y el crujir de dientes que del camino de baldosas amarillas. Creo que algo de esto hay en la vida y obra de estos artistas que se bajaron de la vida en marcha. Del mismo modo que un diamante anida en el carbón, para crear luz, nada mejor que partir de la oscuridad y todas estas malogradas personas, en el decisivo y determinante fondo, iban sobradas de oscuridad. Tanto que acabó por engullirlos. Por suerte, antes de irse (perdón por el estúpido eufemismo) decidieron dejar suficiente luz como para que ni su legado ni su nombre quedaran cubiertos por el polvo de la indiferencia o el morbo. 

En el caso concreto del líder de Linkin Park, creo que de no haber sido el suicida que ha resultado ser, sus monumentales canciones quedarían huérfanas de esa rabia desencadenada, de ese grito a medio camino entre el SOS y el fuck you, de esa melancolía furiosa que trenzaba romanticismo, nihilismo y existencialismo de una manera apabullante. No sé cuál será la huella que deje su muerte y tampoco me importa. Lo que sí sé es que muchas de sus canciones me iluminaron varios momentos, luminosos y no tan luminosos, porque eran capaces de activar esos resortes que te espabilan y te hacen querer pelear a la sombra si las flechas ocultan el sol. Por eso, temazos como What I've done o New divide me acompañarán durante bastante tiempo en esa banda sonora íntima e intransferible que cada cual tiene. De ahí que, aunque aún me dure el asombro por su suicidio y la pena por su pérdida, prevalezca la gratitud que siento hacia Chester Bennington por poner tanta oscuridad al servicio de la luz. Descanse en paz.

lunes, 17 de julio de 2017

Categorías de muertos

La muerte es el gran tabú íntimo y atemporal del ser humano en la medida en que supone la separación total de aquello que nos define. Por eso, nuestra relación con ella se entiende, al menos actualmente, desde las trincheras que interponemos entre la parca y nosotros, no tanto por el ancestral miedo a Tánatos o a las Keres como por su facultad para exponernos ante nosotros mismos. Unos cortafuegos cuantitativos y cualitativos que funcionan a pleno rendimiento cuando tenemos noticia de alguna muerte, especialmente si es por causas no naturales, y que dicen mucho (o muy poco, según se mire) de nosotros como seres sintientes y emocionales.
 
Tenemos como digo filtros cuantitativos, en la medida en que tiene más papeletas para llamarnos  la atención la muerte de diez que la muerte de uno y la muerte de cien más que la de diez. Lo que ocurre es que a partir de ciertos guarismos se activa algo así como un mecanismo de cosificación que nos permita asimilar sin que se nos atraganten ciertas tragedias o sucesos luctuosos; una especie de automatismo que impide el colapso del sistema límbico o que nos quedemos fuera de servicio por el nihilismo inherente a cualquier tragedia que implique pérdida de vida. Ejemplo de lo que quiero decir: "1000 patitos de goma fallecen en los últimos tres meses de guerra en Siria".
 
Pero, como decía, también tenemos unos filtros cualitativos. En un primer nivel están los que distinguen entre humanos y el resto de seres vivos, en particular los animales, de tal manera que se da el desequilibrio de que nos importe más la muerte de un bañista jubilado en Benidorm que la de mil peces en el Ebro. Superado ese filtro, se activa otro que condiciona la distancia emocional a la cercanía o lejanía geográfica, ideológica y/o cronológica entre nosotros y los fallecidos, de forma que por ejemplo nos impacta o importa más la muerte de un suicida en nuestro barrio hoy que la de cien niños en Sudán ayer y ésta a su vez más que la de millares de personas en la Primera Guerra Mundial. Las casi infinitas posibilidades que ofrece la combinación de esos tres factores que digo convierte el agravio comparativo en una obscenidad difícil de perfilar. Una discriminación apestosa que tiene mucho que ver con lo que cada cual entienda como "lo mío", con las etiquetas con las que diferenciamos a la gente entre "uno de los míos" y "los otros", y que entronca a cualquier ciudadano raso con los grandes tiranos y genocidas de la Historia.

La consecuencia de todo ello es que llevamos tiempo con la sensibilidad raquítica y la empatía desangrándose a borbotones, cóctel en el que también tiene que ver la sobreexposición gratuita, morbosa y mortuoria provocada por unos medios de comunicación que han hecho del amarillismo un rentable modelo de negocio en la época del share, el clic y el like, pero ese es tema para otro artículo. 

Y es que este artículo viene a colación de recientes noticias que evidencian una vez más la alarmante deshumanización emocional del ser humano, la cual ha devenido en infame sistema métrico conforme al cual unos muertos valen más que otros, como si nos hubiéramos convertido en una versión "cuñada" de Anubis. Yo pienso que toda muerte debe tener un mínimo denominador común: el respeto y la consideración que merece cualquier ser vivo sin distinción, salvo que estemos hablando de notorios e indubitados hijos de pu*a, en cuyo caso me importa y afecta infinitamente más la muerte de una hormiga que la de cualquier asesino, terrorista, dictador, tirano, maltratador, pedófilo, pederasta, corrupto o bellaco cotidiano cuya desaparición permanente te alegra, como poco, el día. Por eso, porque para mí (casi) todas las muertes valen lo mismo, idéntico trato creo que se merecen, por ejemplo, los asesinados por el terrorismo, los inocentes represaliados en ambas cunetas de cualquier guerra, los muertos en todos los conflictos olvidados, los fallecidos por causa natural o los que van al Hades previa catástrofe natural o accidente. De la misma forma que me importa lo mismo (como mínimo) la muerte del león Cecile en África que la del vecino de abajo.

Habrá quien diga: ok, vale, pero tú también acabas de hacer lo mismo que criticas. No, para mí esos "indubitados hijos de pu*a" que mencionaba antes no cuentan en absoluto como seres humanos, por motivos evidentes e intrínsecos a su condición de malnacidos. Tan malnacidos como quien es capaz de dar más valor a un muerto que a  otro. Quizá por eso la nómina de malnacidos de un tiempo a esta parte se ha incrementado notablemente con un buen puñado de políticos, periodistas y bocazas varios.

miércoles, 12 de julio de 2017

Rematando a Miguel Ángel Blanco

Hace veinte años, un inocente murió asesinado. Hace veinte años, una sociedad aparcó todas sus discrepancias para hacer frente común contra el terror. Hace veinte años, ETA se quitó de una vez por todas el pasamontañas y demostró a todo el mundo que nunca fueron, son ni serán otra cosa que una banda de hijos de pu*a para los que el Tártaro sería demasiado premio. Ni patriotas vascos ni gudaris euskaldunes ni luchadores por la libertad ni jóvenes idealistas ni garrulos confundidos por las invenciones nazionalistas de unos tarados. Unos simples y pu*os asesinos. Unos miserables capaces de asesinar a sangre fría y "cámara lenta" a un chaval. Unos monstruos que echaron un pulso a todo un país y lo perdieron, ellos y todos los que tenían y tienen detrás.

Hace veinte años estaba muy orgulloso de mi país, de mi sociedad. Hoy ya no estoy tan orgulloso. Y no lo estoy porque esa sociedad entonces valiente, nítida y rotunda hoy ha dejado demasiado espacio a la tibieza, a la equidistancia, al eufemismo, al olvido, a la corrección política, al buenismo dialogante, a una ética de la cobardía. Un espacio que ha sido utilizado con astucia por los terroristas para cambiar los bosques y caseríos por los parlamentos y despachos oficiales.

Hace veinte años salí como tantos otros miles a manifestarme lleno de pena y rabia pero esperanzado en que esta distopía etarra crecida a la sombra del totalitarismo vasquista tuviera su justo merecido (una pretensión ingenua, vistos el Código Penal y la cobardía legislativa de los políticos) y los demás disfrutáramos de un merecido happy end. Hoy, veinte años después, sigo teniendo pena y rabia pero por otros motivos, porque pena y rabia es lo que me produce la majadería de pasar página, la absurda apuesta por una salida política y dialogada (¿quisieron los Aliados sentarse con Hitler para discutir el holocausto?), la vergüenza de oír "todas las violencias y víctimas", el siniestro eufemismo "conflicto", el disparate de aplicar a los asesinos etarras (con perdón por la redundancia) los mismos beneficios penitenciarios y normativos que un ladrón de pollos, la legítima y legal torpeza de derogar la "doctrina Parot", la presencia de gentuza al frente de administraciones autonómicas, provinciales y municipales (especialmente en Euskadi y Navarra), el infame escaqueo de homenajes por chusma a sueldo del erario público, el relato tibio de cierto sector de la izquierda, la rentabilización política de las víctimas por una parte de la derecha, el mercadeo asqueroso sobre la ubicación de los presos etarras y un penoso etcétera que me ahorro.

Es cierto que hay que celebrar sin matices que, gracias a la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a la resistencia de la sociedad, ETA entró en un coma inducido que ha ahorrado la muerte de decenas de inocentes...pero que ningún terrorista lamenta puesto que ETA y sus herederos siguen atentando contra la democracia y la convivencia aunque ahora lo hacen desde cortes y plenos. "Así al menos no vamos a a la cárcel y encima nos lo llevamos fresco", razonarán. Y este disparate no es mérito de esa banda de hijos de pu*a sino demérito del Estado como responsable y de la sociedad como colaboradora necesaria.

Hoy ya no muere nadie por pistola ni bomba pero la situación es, por culpa de unos y otros, tan lamentable que se está rematando el significado y el sacrificio de cada muerte firmada por ETA. Se está rematando a cada una de las víctimas de ese totalitarismo con chapela. Se está rematando a Miguel Ángel Blanco.

viernes, 7 de julio de 2017

Tiempo de descanso

Difícil. Así se podría calificar lo que va de tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Y está siendo una temporada difícil más por las circunstancias que por la propia ficción, pero, parafraseando a Ortega, una obra es una obra y sus circunstancias, así que comentaré ambas cosas.
 
Hablando en primer lugar de las dichosas circunstancias, las de este serión no están siendo fáciles por el cúmulo de factores que las conforman: el retraso en tener luz verde; las reticencias de ciertos gerifaltes de TVE a ver con buenos ojos este producto (con todo lo que ello significa); las presiones al equipo para hacer algo bueno, bonito, barato y a tiempo; la nefasta y contraproducente programación en parrilla; la pervivencia del audímetro analógico como caducado sistema de ponderación de un producto televisivo; la fortísima competencia que tiene con la incansable y legítima telebasura; la proliferación en redes sociales de haters, trolls y bocazas on fire que encarnan aquello de "la ignorancia es osada"; la proverbial envidia cañí a todo aquello que destaca positivamente; los pros y los contras del soporte de Netflix; la manía persecutoria de ciertos tipos con licencia para escribir; los contratiempos que acontecen sobre la marcha; el esfuerzo que conlleva sobrevivir más allá del factor sorpresa; la lógica erosión de toda creación sostenida en el tiempo y la alargada sombra del propio y altísimo listón. Todo cuenta y todo lastra. Negarlo sería una estupidez. Considerarlo una excusa, otra. Principalmente porque no hay nada que disculpar sino que entender: el contexto en el que unos creadores (productores, guionistas, directores, actores...) han tenido y tienen que desarrollar su trabajo. Hacer una mierda es fácil. Hacer algo mejor que bueno no. Por eso se podría decir que esta temporada tres está siendo la del más difícil todavía por ese contexto que mencionaba antes. Otra cosa distinta es esa sensación (casi lindante con la convicción) de que, por razones que se me escapan, hay demasiado interés este año en tirar por tierra a El Ministerio del Tiempo haciéndola de menos o ninguneándola o ensañándose gracias a una valoración sesgada (la que ofrecen los desfasados audímetros) o directamente faltando a la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque la honestidad, la divulgación, la valentía, la originalidad y la calidad molestan en este país a quienes se benefician de la ausencia de cada una de esas cosas. Y esta serie va sobrada de ellas, así que...

Puesto el marco, hablaré de la obra, de la ficción pura y dura. En líneas generales, para mí esta primera mitad de temporada ha ido de menos a más sin que ello implique un comienzo flojo (el primer episodio me pareció francamente bueno). Lo que no entiendo son esos comentarios de supuestos fans y presuntos entendidos que critican la pérdida de identidad o los cambios que ha experimentado la serie en esta tercera tanda respecto a las precedentes. ¿Qué pérdida? ¿Qué cambios? El Ministerio del Tiempo sigue mostrando los emblemas identitarios que lo han encumbrado: la innegociable honestidad a la hora de abordar cualquier tema y trama, el riesgo entendido como alergia al conformismo, la autenticidad como antípoda del efectismo, la dignidad en el fondo y en las formas, el presupuesto como única limitación a la libertad de creación y expresión, la variedad y el mestizaje de géneros y subgéneros, los guiños a nuestra Cultura y sociedad, el ingenio como salvoconducto, un fantástico equipo de profesionales delante y detrás de las cámaras...todo eso estaba en la primera y segunda temporada y está en la tercera. Otra cosa es que esto no se quiera ver o que nunca llueva a gusto de todos. Dicho esto, sí que se puede percibir cierta evolución en la serie, como sucede en cualquier persona o  relación con el paso de los años: se van acumulando nuevos matices y detalles que amplían el significado total y que, sin traicionar su esencia, hacen que suene a algo distinto pero fácilmente reconocible. Como una canción de jazz. Dicho de otra manera: El Ministerio del Tiempo es puro jazz cultural y televisivo y eso se nota en esta temporada. La primera nos invitó a sorprendernos, a dejarnos llevar por la novedad. La segunda, a compartir el camino desde una camaradería ya cómplice. Y la tercera nos propone ir más allá, crecer, progresar, madurar juntos sin trampa ni cartón, sin exigencias ni reproches. Así que, aunque respeto las críticas en su acepción más negativa, no entiendo bien a santo de qué tanta vestidura rasgada y grito en el cielo. Dicho lo cual, reseñaré de forma muy concisa mi opinión de cada capítulo de esta midseason (capítulos 22 a 26):
  • Con el tiempo en los talones. Todo un festival de guiños cinéfilos (con epicentro en Vértigo) a propósito del gran Alfred Hitchcock que sirve como complemento a un capítulo bastante sólido donde se percibe ya un darkness is coming (con perdón de la expresión) tan interesante como impactante ya desde la despedida al entrañable personaje de Julián.
  • Tiempo de espías. Nuevamente un capítulo subrayado por un dramatismo que acentúa los claroscuros de la condición humana a propósito de una operación de espionaje quizá no muy conocida pero que sostiene una atractiva trama a medio camino entre el género bélico y el thriller y que permite presentar a la joven, interesante y luminosa Lola Mendieta.
  • Tiempo de hechizos. Un excelente homenaje al terror literario decimonónico con el célebre Gustavo Adolfo Bécquer como McGuffin insertado en una historia un tanto nihilista que sirve para poner en el punto de mira a algo tan humano y peligroso como la sinrazón, esa tara que anida tras muchos de los desastres históricos o cotidianos de la Humanidad. Estremecedor en muchos sentidos.
  • Tiempo de ilustrados. Un claro ejemplo de que los guiones de esta serie se mueven entre lo estupendo y extraordinario al brindarnos una trama donde aventura, política, comedia e intriga se intrincan de una forma habilísima y que propició escenas y dialógos rebosantes de un ingenio propio de Goya. Confieso que es desde entonces uno de mis episodios preferidos de toda la serie.
  • Tiempo de esplendor. Juntar a los tres mejores escritores del Siglo de Oro (dos nuestros y otro de importación) en una historia a medio camino entre la comedia y la aventura de época con más de un brillante pellizco a la lamentable corrupción actual parecía algo difícil de cocinar...pero el talento siempre allana dificultades y este capítulo va sobrado de él delante y detrás de la cámara.
  • Tiempo de esclavos. Una masterclass por partida triple. El capitulazo que cerró la primera mitad de la temporada enseñó de forma magistral cómo clavar los giros de guión, cómo coger el corazón del público e irlo apretando hasta la conmoción y cómo homenajear a ese maravilloso binomio que es Adela Folch-Aura Garrido. Y todo ello tomando como pretexto una intriga más que interesante que, hablando de Alfonso XII, la esclavitud y las camarillas del poder en el XIX, vuelve a dar una bofetada a la España de nuestro tiempo. Un excelente capítulo que se cerró con una escena final simplemente memorable. En fin, uno de los mejores episodios de toda la serie.
Dicho lo cual, creo que los ministéricos deben/debemos hacer examen de conciencia y reconocer que esta temporada hemos dedicado demasiado tiempo a enredarnos en polémicas estériles, disgustos que no llevan a ninguna parte y/o tóxicas reyertas virtuales; un tiempo que deberíamos dedicar en su integridad a apoyar y disfrutar de una serie que siendo imperfecta ya ha hecho historia, ganándose con todo merecimiento un lugar en la memoria y el corazón de los espectadores. Y a quien no le guste que no mire, como se suele decir. Pero una serie capaz de poner la Cultura en prime time, la Historia en trending topic, la TV en las aulas, el talento en multipantalla y la ficción en tesis doctorales...se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que ha hecho por la manida "Marca España" más y mejor que muchos otros que se lo llevan fresco, merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie capaz de entretener, divulgar y emocionar ya sea en un televisor, un smartphone, un ordenador, un libro, un cómic o un juego de mesa se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie capaz de conciliar a gente distinta e incluso distante sin importar el año y lugar de nacimiento se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que es tan necesaria en tantos aspectos que cuesta delimitar dónde acaba esa imponderable necesidad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que tiene detrás tantas horas de pasión, esfuerzo, ilusión e ingenio se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que Pablo y Javier Olivares, más que crear, regalaron para la posteridad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Y luego que salgan los audímetros por Antequera y los haters por donde no da el sol.

En fin. Que bien merecido es este descanso estival después de esta portentosa exhibición de talento, coraje y corazón. Eso sí, la espera se me va a hacer eterna.
Foto de Tamara Arranz