jueves, 23 de diciembre de 2010

El gorila a las puertas

Vivimos unas fechas que incitan a todo el mundo a la alegría, la confraternización, el buen rollo, la cortesía...¿A todo el mundo? Perdón, no. Hay individuos que hacen de Ebenezer Scrooge un paladín de las buenas maneras. Individuos como al que dedico este artículo.

Imagínense que quieren degustar un estupendo desayuno de chocolate con churros en una chocolatería cuyo nombre no entraré a valorar ahora. Bien. Imaginen que la franquicia en cuestión está en el epicentro del ambiente navideño en  Madrid (Sol, Callao, etc). Correcto. Prosigan imaginando que, por avatares fácilmente disculpables y entendibles, uno de los comensales del desayuno se incorporará más tarde. De acuerdo. Ahora imaginen que no les dejan sentarse hasta que llegue el convidado rezagado. Adviértase el matiz de "no les dejan". Por último, imaginen que el cancerbero del local es un hombre de aspecto gorilesco y modales a juego, que, por su galanura, lo mismo podría estar ahí que de portero en un garito, camionero en puticlub de carretera, estibador en un puerto, matón de callejón, abusón de patio de colegio, forzudo en una feria o gorila en un zoo. Increíble pero cierto.

Ignoro dónde se han quedado las buenas maneras que han caracterizado proverbialmente el comercio y la hostelería, especialmente la más castiza, pero es innegable que los modales ya no hay motivo alguno para presuponerlos, sino para agradecerlos. Que en un local, sea del tipo que sea, traten al cliente con una chulería y desfachatez inversamente proporcionales a la educación que exhibe aquél es una insensatez cada vez más extendida. ¿Irremediable? Parece que, lamentablemente, sí.

Pero volviendo al simiesco impresentable, parece que el gachó, con menos pelo aún que finura, estila su peculiar delicadeza desde hace ya años. Muestra de ello es que hace tiempo se mostró muy contrariado  e impertinente a la hora de "permitir" sentarse a una fémina que llegó con inesperada demora a lo que era una celebración de cumpleaños en la susodicha chocolatería. O sea que el tío, además de educado y cortés, caballeroso tú. Menuda joya. Ignoro si la incitación a poner una reclamación es una nueva técnica de fidelización de clientes, pero parece que en esta franquicia es una directriz inviolable. Sólo así se explica la presencia y permanencia de este tipo como mascarón de proa del establecimiento.

Pero me gustaría acabar con una nota optimista: La próxima vez que quiera ver a un gorila en acción, ya no tendré que irme hasta el parque zoológico de la Casa de Campo; bastará con que me dé una vuelta por los aledaños de la plaza del Callao. ¡Y gratis, oye! Eso sí, a ese local, va a volver su santa madre. Palabra.

4 comentarios:

Chocoooolatera, rin, rin. dijo...

¿¿No será Chocolaterías Valor en la calle Postigo de San Martín?? Hay un tipo que trata muy mal a la entrada, calvo y, efectivamente, de modales rudos. Podría ser estibador en un puerto norteño.

Heimdall dijo...

Efectivamente. Un sitio a evitar por el perro Cerbero que tienen.

Jordi dijo...

Feliz Navidad !!!! :)

Heimdall dijo...

¡Igualmente! ;)