domingo, 18 de noviembre de 2018

Resiliencia cum laude

La resiliencia consiste en esto. En levantarse. En volver. En insistir. En luchar. Y el Atleti es uno de los mejores ejemplos de ello en el ámbito deportivo, futbolístico y liguero.

Tras la masacre amarilla en Dortmund, meneo rojiblanco en Madrid. Tras un gol del Athletic, otro del Atlético. Tras las lesiones, los cojo**s. Tras el corazón en un puño, el alma en la garganta. Tras la muerte, la resurrección. Tras la lógica, el caos. Tras la tragedia, la epopeya. Todo muy intenso, muy loco, muy Atleti.

Lo del Atlético en los últimos partidos en Champions y Liga es complicado de describir y resumir desde lo convencional o lo razonable porque tiene que ver sobre todo con el coraje y el corazón, con un sentimiento sin rival, con lo íntimo, con las entrañas que transforman los sueños en campos de batalla de los que salir triunfantes. El Atleti ha escrito estos días una preciosa carta de amor a la resiliencia en dos veladas a doble cara. Un amor correspondido con dos victorias muy trabajadas y merecidas que, sobre todo en la última frente al Athletic de Bilbao, han traído al Metropolitano la magia añeja y épica del Calderón.

Y es que tiene bastante de mágico que el conjunto rojiblanco siga rampante a pesar de la plaga de lesiones, del lamentable estado del césped, de la baja forma de alguno de sus pilares en ambas áreas, de la inusitada porosidad defensiva y de las ocasiones falladas. Pero ahí está: en la vanguardia de la competición nacional y europea. ¿Cómo es posible? Sencillo: cuando tienes en tu plantilla a hombres como Saúl, Rodri, Godín u Oblak lo imposible es sólo una posibilidad más. Su tasa de pundonor en sangre es superior a la de una persona normal. Por eso, ellos escriben y protagonizan las leyendas. Porque se puede ganar o perder pero renunciar a darlo todo es el mejor camino hacia la mediocridad, la instrascendencia y la muerte. Y esto en el Metropolitano lo saben.

¡Aúpa Atleti!

domingo, 4 de noviembre de 2018

Las chicas supervivientes

Recientemente, mientras veía La noche de Halloween (curiosa secuela que también funciona como reinicio de la saga y que me gustó más de lo que esperaba al aunar lo mejor de la original de John Carpenter y de la versión de Rob Zombie), hubo una escena en la que las tres "generaciones de mujeres Strode" plantan cara a Michael Myers uniendo fuerzas y que me hizo pensar en cómo este arquetipo de personaje, el de la chica sobreviviente (final girl en inglés) ha ido evolucionando a lo largo de los años, pasando de ser un icono del puritanismo más rancio a ser actualmente emblema del denominado empoderamiento femenino, ya que donde los hombres fracasan, las mujeres triunfan y mientras ellos mueren, ellas perviven. Así, allí donde las películas de Disney patinan (salvo contadas excepciones, las "princesas" acaban salvadas por "príncipes"), las películas de terror aciertan al mostrar a las mujeres como las pu*as amas, siendo lo suficientemente poderosas y autosuficientes como para escribir su propia historia y derrotar o sobrevivir al villano de turno.

Con frecuencia se suele minusvalorar a las películas de terror, contemplándolas poco menos que como un repertorio de sustos y/o vísceras sin ton ni son. Y no. Las películas de terror son un excelente espejo de la sociedad de su tiempo. De ahí que, por ejemplo, en su día, las películas con alienígenas estuvieran de moda cuando el miedo al comunismo rampaba en EEUU, o que las películas con hordas de muertos vivientes estuvieran en auge cuando el voraz consumismo amenazaba el propio estado del bienestar, etc. Sobre esto hay mucho y muy bien escrito (por ejemplo, el sensacional Monster Show de David J. Skal), así que a ello me remito. En el caso de las final girls, surgen como personajes arquetípicos de un subgénero, el del slasher (es decir, películas de terror protagonizadas por un brutal asesino en serie), que nació al calor del puritanismo conservador que caracterizó yanquilandia a finales de los 70 y comienzos de los 80 del siglo XX y en el que la muerte estaba asegurada para todos aquellos personajes que vulneraran la moral y la estética conservadoras, asunto éste del que se supieron burlar fenomenalmente películas como Cherry Falls, Scream y Las últimas supervivientes. Sobre esto, también se han publicado análisis interesantes (como Hombres, mujeres y motosierras de Carol J. Clover), así que no es mi intención apuntarme ningún tanto con esto sino remarcar algo que es tan interesante como evidente.

La figura de la "chica sobreviviente" se ha hecho icónica tanto en el terror más contemporáneo (ahí están, por ejemplo, personajes como Mari Collingwood - La última casa a la izquierda, Jess Bradford - Negra Navidad, Sally Hardesty - La matanza de Texas, Ginny Field - Viernes 13 parte 2, Laurie Strode - Halloween, Nancy Thompson - Pesadilla en Elm Street, Kirsty Cotton - Hellraiser, Sidney Prescott - Scream, Julie James - Sé lo que hicisteis el último verano, Sarah Carter - The descent, Erin Harson - Tú eres el siguiente...),como en el futurista (con Ellen Ripley - Alien, y Sarah Connor - Terminator, partiendo la pana). Por eso, no deja de ser curioso cómo se suele asociar a lo femenino géneros como las comedias románticas o películas como las de Disney que, en el mejor de los casos, sirven más para enseñar cómo deberían ser los hombres que cómo deberían ser las mujeres, algo que sí logran, en mi opinión, las películas de terror. La prueba más tosca y evidente de esto es que en las horror movies ellos o caen como moscas o acaban siendo salvados gracias a ellas, que son las que se encargan de derrotar al ente aniquilador (por lo general una versión grotesca y exacerbada de todos los defectos del machismo) o de escapar de lo que parecía una muerte segura. Así, contra la versión endeble, frívola y ñoña de la mujer que se sublima en el pastelada de turno o en la mayoría de "princesas Disney", las películas de terror nos brindan por lo general una versión fuerte, resiliente, inteligente, adaptativa y autosuficiente de la mujer que es bastante necesaria y más cercana a la vida real que las de esas otras ficciones que mencionaba.

De todo ello parecen ser muy conscientes los responsables de La noche de Halloween ya que, más que como un homenaje a Michael Myers por el 40 aniversario de su incorporación al bestiario del terror cinematográfico, funciona como un enérgico subrayado de esas mujeres que sigue en pie cuando los hombres están hechos pedazos, figurada o literalmente. Así que, honestamente, cuantas más mujeres vean este tipo de películas, mejor, porque eso ayudará a destruir cuanto antes no sólo bochornosas desigualdades y sonrojantes tópicos que aún persisten en nuestra sociedad sino también a erradicar a todos esos monstruos que convierten domicilios y/o centros de trabajo en auténticas películas de terror.

domingo, 28 de octubre de 2018

Reacción de campeón

Tras caer, levantarse. En eso consiste la vida, el deporte, el fútbol y el Atlético de Madrid. Anoche se demostró una vez más. El Atleti reaccionó al sonrojante tropiezo en Liga de Campeones con una victoria sólida, asentada en un buen desempeño general del equipo rojiblanco. Una velada que comenzó con un oportuno recado y recordatorio tanto a Theo Hernández como a bocazas propios y ajenos: "Nuestro orgullo es la lealtad".

Los inesperados goleadores locales Godín y Filipe Luis reverdecieron laureles (y recuperaron parte del crédito perdido en partidos para olvidar) en una noche en la que el Atlético fue bastante fiable en todas las zonas del campo. Además, Rodrigo y Arias acreditaron méritos suficientes para conservar puesto en la titularidad. 

De la Real Sociedad basta decir que Oblak estuvo más cerca de coger un catarro que un balón. Así que el único picante lo pusieron las peculiares y afortunadamente intrascendentes decisiones de Mateu Lahoz, de quien empiezo a sospechar que es el resultado de varias generaciones de primos cruzándose entre sí.

Pero, como decía al principio, lo importante era levantarse después del hostión alemán que dejó al equipo rojiblanco hecho teselas. Y el Atleti se ha levantado como el campeón que es o, mejor dicho, como el campeón en que lo ha convertido el falible "Cholo" Simeone. Toca seguir mejorando, creciendo y luchando. En eso consiste la vida, el deporte, el fútbol y...¡Aúpa Atleti!

jueves, 4 de octubre de 2018

Sudadera verde con capucha

Estimado gilipollas:
 
Me dirijo a ti de esta manera porque desconozco tu nombre y me faltan datos para bautizarte como "hijo de puta". Así que lo dejo en “gilipollas” y tira millas.
 
Por si no te das por aludido, cafre, aquí van unas referencias: estabas anoche en la estación “Estadio Metropolitano” tras el partido de Liga de Campones; mides cerca de 1.90, eres joven, corpulento, de piel muy morena, pelo corto, andares simiescos y llevabas una sudadera verde con capucha. El cruce perfecto entre un boxeador y un macarra de barrio.
 
Éramos muchos los agolpados en el andén esperando para coger el metro. Tú estabas antes que yo, en el tiempo y en el espacio, como tantos otros de aquel gentío, esperando a que abrieran las puertas del convoy que iba en dirección a Pitis. Una vez abiertas, yo me encaminé insintivamente hacia su interior pues estaba ensimismado leyendo en mi teléfono móvil la crónica del partido del Atlético contra el Brujas en Champions. En esas estaba cuando tuviste a bien cerrarme el paso de un fuerte codazo en el pecho y encararte conmigo, con un tono a medio camino entre politoxicómano y matón de barriada, diciéndome: “¿Dónde vas, tío? ¿Dónde vas? ¡Eso no se hace!¡Eso no se hace!"(¿repites las cosas siempre dos veces para enterarte tú mismo? Lo digo porque a mí con una me basta). Imagino que, debido a tu indudablemente mermada sinapsis, pensabas que iba a colarme o algo similar. Con gusto te habría aclarado, machirulo cavernario, que mis intenciones eran las mismas que hago siempre en ese tipo de circunstancias: quedarme junto a la puerta dejando pasar a toda la gente que estaba antes que yo y luego ya entrar yo, porque uno afortunadamente está bien educado y ha tenido la inmensa suerte de no acabar siendo ni en el fondo ni en las formas un gorila con sudadera verde. Ya ves: soy de esas personas que ceden el paso, abren las puertas, dejan salir antes de entrar, se levantan del asiento para cederlo a mayores, mujeres o críos, etc. Lo mismo que tú, gentleman.

Por desgracia, domino el español y el inglés, soy diestro con el latín y entiendo algo de italiano, pero no conozco el dialecto putomierda, así que no fui capaz dialogar contigo, porque lo cual me limité a pedirte perdón y sonreír, dado que soy un gran amante de los animales y, más allá de tu oligofrenia, tus exquisitos modales evidencian que tú y los gorilas de lomo plateado, primos hermanos. La verdad es que pude haberte a respondido que iba a beneficiarme a tu progenitora previo pago o a ayudarte a encontrar a tu verdadero padre o a acompañarte de vuelta al zoo antes de que se preocuparan tus cuidadores, pero creo, homínido, que no habrías sabido valorar mi sentido del humor sin tener un ictus en el intento, así que lo dejé estar para evitar que el Instituto Jane Goodall luciera un crespón negro en tu memoria.

Tú entraste en el vagón literalmente bufando y cabeceando hasta incrustarte en el socarrat humano que se formó en el vagón. Te bajaste enseguida, creo que en la estación de Las Musas (que manda huevos que cojas el metro para tan escaso trayecto, pero imagino que la neurona no te da para más).

Lamentablemente, energúmeno, no pude despedirme de ti. Así que te escribo desde mi blog, con una profunda melancolía de tu estampa, emplazándote a que el próximo codazo en el pecho se lo endoses a la madre que te parió y deseando que la implacable selección natural acabe con tus días de morralla ambulante más pronto que tarde. So mierda.

Atentamente, el chico al que arreaste un codazo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

La luz del Brujo

Anoche fui a ver por fin la penúltima obra de Rafael Álvarez "El Brujo" (1950) al Teatro Fígaro de Madrid (tras su paso por el vecino Teatro Alcázar), ahora que Autobiografía de un yogui se va a despedir de la cartelera madrileña mañana domingo. Suelo ser fiel a mis filias y mi admiración y afición por "El Brujo" viene de hace ya tiempo, lo cual me ha permitido ver buena parte de sus creaciones (Lazarillo de Tormes; Misterios del Quijote; San Francisco, juglar de Dios; El Evangelio de San Juan; Mujeres de Shakespeare; La Odisea; El asno de oro; La luz oscura...) desde que tuve la suerte de ver la primera un verano en Estella, hace ya muchos años.

La función, que sobrepasa con holgura las dos horas de duración, cuenta/adapta la vida de Paramahansa Yogananda, un famoso yogui, gurú y místico hindú que trajo el yoga a Occidente, cuya obra ha sido traducida a infinidad de idiomas y es, en palabras del propio Álvarez, su maestro. Ello le da pie al Brujo a hacer un interesante bosquejo de la mística oriental, entreverado de hilarantes anécdotas personales (como el proyeccionista Amperio o el "cura de mi pueblo") junto a ingeniosísimas pullas a la actualidad nacional y local.

Dejando aparte la inmensa suerte que tuve con la entrada (literalmente, a pie de escenario), la acertada escenografía y la magnífica música de Javier Alejano, la obra me resultó más difícil, densa o compleja que de costumbre, ignoro si por mi desconocimiento del "autobiografiado" y de la materia, por la infinidad de hechos y nombres que cuenta El Brujo a lo largo de la representación, por el cansancio tras una intensa semana de trabajo o por vete a saber qué. El caso es que ha sido su obra que más me ha exigido como espectador. Un esfuerzo que, honestamente, mereció la pena y que bien compensa el extraordinario desempeño del actor solista en su titánica adaptación. Digo que mereció la pena no sólo por el excelente rato que siempre te hace pasar Rafael Álvarez sino por todo lo que aprendí nuevo sobre el hinduismo. Así, al salir del teatro, estaba indudablemente cansado por el tour de force del Brujo, pero también innegablemente agradecido por las risas y la sabiduría. Es decir, lo habitual gracias a este genio del arte dramático.

Más allá de lo estrictamente biográfico de Yogananda (quien tuvo una vida bastante curiosa) y de las llamativas semejanzas entre la mística oriental y la occidental, Autobiografía de un yogui supone una catarata de reflexiones profundas, un torrente de pensamientos relampagueantes, una avalancha de ideas tan interesantes como estimulantes a la hora de meditar sobre ellas. Lógicamente, sería irreal quedarse con la copla de todo pero yo me quedé principalmente con las siguientes ideas: La primera, lo único real es la luz, ya hablemos en sentido literal o figurado. La segunda, para bien o para mal lo que existe no es más real que una ficción cinematográfica puesto que todo el cosmos no es más que un sueño de Dios, un teatro de sombras soñado por la divinidad. La tercera, nuestra mente es un reflejo de esa mente que nos sueña; por eso, hay en nosotros un inmenso poder creativo y transformador. La cuarta, del mismo modo que la mano que tensa y libera la flecha precipita a ésta hacia delante más allá del arco, así actúa en nosotros todo lo que conforma nuestro pasado, hasta que la propia flecha se vuelve pasado y todo vuelve a empezar. La quinta, la creencia metabolizada como convicción es lo que puede transformar y cambiar nuestras vidas. La sexta, la saludable necesidad de asumir que en la vida el bien y el mal deben alternarse como el juego inherente entre luces y sombras. La séptima, encontrarse a uno mismo es estar un paso más cerca de encontrar el secreto que hay más allá de toda la tramoya que conforma nuestra vida. La octava, todos somos parte de algo que nos trasciende y que, al mismo tiempo está dentro de cada uno de nosotros. Y la novena, la verdadera sabiduría no es la que te informa, sino la que te transforma.

De todos modos, para mí, la enseñanza más interesante no la escuché en la función (al menos no literalmente) pero sí la he leído al Brujo en su promoción de esta obra, citando a los antiguos filósofos: "El mundo está en el alma. Es tu visión del mundo la que crea el mundo; luego no hay transformación del mundo si no empieza por tu propia transformación". Quiero pensar que es algo más que una frase bonita e interesante. Y me reconforta saber que este pensamiento tan estimulante y reconfortante proviene de gente que me hace saberme humildemente estúpido. Pero es que, aunque la hubiera dicho el tendero de la esquina, en la boca del Brujo tiene un pátina de trascendencia, de magisterio, de relampagueante hallazgo que uno no puede menos que dejar iluminarse. Y es que Rafael Álvarez, en obras como Autobiografía de un yogui, demuestra que es arte, teatro e ingenio indudables pero, sobre todo, es luz. Mucha luz.