Volviendo al tema de la pretendida prohibición de los piropos, creo que es una muestra de que la necesaria y urgente sensibilización hacia el respeto a las mujeres en todos los ámbitos y sentidos puede desencadenar, llevada al paroxismo, estupideces contraproducentes y postulados sonrojantes pero que reportan una repercusión bastante notable e instantánea tanto en medios como en redes sociales. Tonterías que, por ejemplo, llevan a entender la cortesía como machismo (se acabó ceder el paso a las mujeres y actitudes similares), el elogio como ofensa sexista (supongo que la belleza estética o el atractivo físico son una maldición que provoca un sufrimiento vitalicio) y el halago como intimidación sexual (imagino que quizá tratar al personal como si fuera un troll de las cavernas es más llevadero y grato). El problema de todo esto creo que radica en mezclar churras con merinas y no es lo mismo una apreciación hecha con educación y respeto que algo perpetrado desde la grosería y la chabacanería más rampantes. No puede ser lo mismo un "¡Qué guapa eres!" que un "Te reventaba a polvos", ni un "Estás espectacular" que un "Dónde están tus padres para darles la enhorabuena", ni un "Te faltan las alas para ser un ángel" que un "Mamasita, ven conmigo para disfrutar con mi pija". No es lo mismo Bécquer que un salido pajillero de mierda. Creo que se entiende lo que quiero decir. Todos los piropos son gratuitos, no todos están justificados ni tampoco son todos pretendidos por quien los "recibe" ni son todos igualmente afortunados, pero de ahí a juzgarlos o descalificarlos todos por igual, va un trecho importante.
Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas
viernes, 20 de julio de 2018
Piropos, mentiras y cintas de vídeo
La historia de esta estupidez empieza con otra: la propuesta de Unidos Podemos del pasado 11 de julio de multar los piropos como delito leve, identificándolos como "intimidación sexual en la calle" y exponiendo al piropeador a multas (de tres a nueve meses) y trabajos comunitarios (de 31 a 50 días), de manera que alabar la belleza de una persona sea penalmente lo mismo que ciscarse en su estampa. No sé si semejante majedería se comenta sola pero lo que sí sé es que esa formación con vocación de escobilla de retrete (en lo estético, en lo ético y en lo intelectual) debería recalibrar su escala de prioridades porque España tiene problemas mucho más serios y urgentes que perseguir los piropos o convertir a un dictador en el nuevo Felipe, el hermoso post-mortem. Claro que para eso deberían esforzarse un poco más y proponer cosas menos efectistas y con mayor enjundia, lo cual es algo tan perfectamente descartable como esperar que Pablo Iglesias y el resto de su pandilla basura demuestren algo parecido a coherencia, honradez, etc.
Aclarada la raíz del asunto, vamos al meollo: Al calor de la parida de Unidos Podemos, el programa de Antena 3, Espejo Público, ha perpetrado un reportaje falso con el que tratar de demostrar que ser mujer y caminar por la calle es como ser marine espacial y meterse en un nido de xenomorfos, presentando a los hombres como un híbrido entre un morlock y un gorila en celo. Vaya por delante que nada de esto me extraña en esta época de la postverdad y las fake news y menos aún en un programa como el citado, que es todo un canto al amarillismo. Parece ser que la responsable de esto fue la protagonista del "reportaje", una tipa llamada Claudia García, quien probablemente tiene más de versión low cost de Mónica Naranjo que de periodista, habida cuenta de su exhibición de rigor, seriedad y honestidad en un documento audiovisual que no sólo es cutre y bochornoso se mire por donde se mire sino que además es evidente y patéticamente mentira, ya que los propios tipos que aparecían como piropeadores groseros y soeces no tardaron en destripar que había tanta realidad en ese pseudoreportaje como neuronas en el plató de Mujeres, hombres y viceversa. Así las cosas, el valor sociológico y periodístico de lo perpetrado por Claudia García alcanza el extraordinario nivel de "Para limpiarse las nalgas después de evacuar". Ignoro si toda la polémica que ha levantado este falso reportaje acabará con el despido de la moza y la cancelación del programa pero, de ocurrir así, harían un gran favor al periodismo en general y en España en particular; de momento, Antena 3 ha anunciado que tomará medidas. A ver si es verdad, porque "lo de Claudia García" es un despropósito de principio a fin, un desparrame con vete a saber qué excusa y algo que roza la autoparodia. Ese falso reportaje da sencilla y únicamente vergüenza ajena y asco profesional (soy periodista). Punto.
Volviendo al tema de la pretendida prohibición de los piropos, creo que es una muestra de que la necesaria y urgente sensibilización hacia el respeto a las mujeres en todos los ámbitos y sentidos puede desencadenar, llevada al paroxismo, estupideces contraproducentes y postulados sonrojantes pero que reportan una repercusión bastante notable e instantánea tanto en medios como en redes sociales. Tonterías que, por ejemplo, llevan a entender la cortesía como machismo (se acabó ceder el paso a las mujeres y actitudes similares), el elogio como ofensa sexista (supongo que la belleza estética o el atractivo físico son una maldición que provoca un sufrimiento vitalicio) y el halago como intimidación sexual (imagino que quizá tratar al personal como si fuera un troll de las cavernas es más llevadero y grato). El problema de todo esto creo que radica en mezclar churras con merinas y no es lo mismo una apreciación hecha con educación y respeto que algo perpetrado desde la grosería y la chabacanería más rampantes. No puede ser lo mismo un "¡Qué guapa eres!" que un "Te reventaba a polvos", ni un "Estás espectacular" que un "Dónde están tus padres para darles la enhorabuena", ni un "Te faltan las alas para ser un ángel" que un "Mamasita, ven conmigo para disfrutar con mi pija". No es lo mismo Bécquer que un salido pajillero de mierda. Creo que se entiende lo que quiero decir. Todos los piropos son gratuitos, no todos están justificados ni tampoco son todos pretendidos por quien los "recibe" ni son todos igualmente afortunados, pero de ahí a juzgarlos o descalificarlos todos por igual, va un trecho importante.
Por otra parte, creo que el tema de piropear a alguien, en público o en privado, es algo camino de convertirse en un anacronismo, algo tan en peligro de extinción hoy en día como las buenas maneras y el civismo. Por tanto, me parece que regular el tema de los piropos es algo tan trascendental y urgente actualmente como reglamentar el oficio de sereno.
Además, de seguir así las cosas, con semejante hiperbolización, tergiversación y exageración, lo único que conseguiría todo este feminismo mal entendido es que un hombre ante una mujer, a efectos conversacionales, quede en catalepsia ya que no podría ni ensalzar sus virtudes (porque tendría supuestamente connotación sexista o sexual), ni sus defectos (porque entonces serías un machista aunque lo que estés criticando sean sus gustos literarios) ni siquiera recurrir a eufemismos para una cosa u otra ("curvy" en la boca de un hombre es una falta de respeto y en la boca de una mujer es un vocablo cool para referirse a alguien con sobrepeso antaño calificado como "gordo") ni interesarse por su vida profesional o personal (ya que quedaría automáticamente investido como lobo feroz) ni hablar de sí mismo (porque entonces serías estandarte del régimen heteropatriarcal que obvia a las mujeres y tiene al hombre por centro del universo).
Acabo ya. Espero que antes que tarde la sensatez aterrice en todo este debate, por el bien de todos. ¡Ah! Una cosa más: quien opine que soy un machista, machirulo, ayatolá del heteropatriarcado, paladín de la falocracia o alguna bobada similar, haría bien en leerse mis artículos Por ella(s) y Agradecimiento a La Manada y luego ya si eso discutimos, porque, de lo contrario, me pasaré su opinión por el mismo sitio por el que Claudia García y Espejo Público se han pasado la deontología periodística.
domingo, 13 de mayo de 2018
Eurovisión es otra cosa
Sería bueno, incluso aconsejable, que si queda por ahí algún incauto, insensato o necio que piense que Eurovisión es un festival de música salga cuanto antes del error. Pensar, creer o afirmar eso es dar carta de naturaleza a lo que es un oxímoron de manual: "Eurovisión" y "música" concilian tan bien como Leticia Sabater desfilando para Victoria's Secret. Eurovisión es otra cosa (desde hace ya bastantes años). Es una mediática celebración de lo kitsch, lo naíf, lo trash, lo queer y lo friki sostenida por la entusiasta histeria de sus fans. Es decir, está más cerca del Pink Flamingos de John Waters que del Concierto de Año Nuevo de Viena. Es una exaltación desacomplejada de la anomalía como trangresión en una sociedad narcotizada y ramplona. Por eso es necesario, legítimo y defendible Eurovisión: por lo que tiene de parada de los monstruos, pero no por nada que tenga que ver con la música. Por eso anoche se alzó con la victoria un manatí vestido de geisha imitando a una gallina en representación de uno de los países más hipócritas, metemierdas e intolerantes de todo el orbe. Supongo que el mérito de esta moza para haber ganado el sarao será analizado en algún programa especial de Cuarto Milenio porque racionalmente cuesta bastante explicar el galardón, más allá de las ganas de demasiadas personas de querer exhibir un exceso de corrección política y postureo hipócrita premiando a alguien de las "características" de la israelí.
Dejando a un lado el triunfo de la versión hebrea de la Venus de Willendorf, Eurovisión confirmó anoche no sólo que son los Óscar de la extravagancia con la música como excusa y víctima, sino también un estupendo manantial de memes y una coartada perfecta para sacar a pasear todo el ingenio, la ironía y el sarcasmo del personal dentro y fuera de internet. Moldavia y su numerito tipo José Luis Moreno (sin ciclado rubicundo eso sí), Dinamarca y sus "porteros" de garito nórdico, Francia y su Cifuentes postcremas antiedad, República Checa y su Steve Urkel centroeuropeo, Países Bajos y su híbrido entre Cocodrilo Dundee y Tino Casal, Chipre y su Beyoncé mediterránea, Israel y su Pucca con problemas con la cortisona...hay donde elegir. Eurovisión, un año más, no defraudó a la hora de sacar a la luz cosas más indescriptibles que los horrores que imaginaba H.P.Lovecraft. En definitiva, revalidó su condición de uno de los mayores "placeres culpables" que se pueden ver por televisión en abierto. Y por eso merece la pena disfrutarse...siempre que no se tenga nada mejor que hacer.
¿Y España? Pues bueno. Dejando a un lado que la abrasiva, diaria e insufrible pelma de TVE convirtió "Tu canción" en "Tu tostón" (ya me habría gustado que el ente público hubiera promocionado así, por ejemplo, El Ministerio del Tiempo), pasó lo que tenía que pasar. Este monumento al enamoramiento y atentado contra los diabéticos surgido de Operación Triunfo no es una mala canción (es una balada pasteloide y eficaz, como tantas otras que han pasado por Eurovisión a lo largo de su historia) pero...la excesivamente sobria e insípida puesta en escena ayudó tanto a las posiblidades de éxito españolas como el aparentemente gangoso Alfred a la inequívocamente talentosa Amaia. Estos dos mileniales forman una buena pareja sentimental pero como pareja musical no funcionan, por la sencilla razón de que la navarra tiene calidad mientras que el catalán tiene tanto arte como el estilista que lo vistió anoche, que me imagino que estará cumpliendo condena en algún centro penitenciario. Dicho de otra manera: Amaia tiene en Alfred simultáneamente su novio y lastre. Y anoche quedó bien claro tanto lo uno como lo otro. En resumen: ni por sobriedad ni por melodía ni por actuación España tuvo nada que hacer en el lisérgico reino eurovisivo. Cuartos por la cola y al carrer.
Así las cosas, Eurovisión una vez más cumplió con lo que se espera de este macroshow paramusical: ofreció mier*a de la buena. La música hay que buscarla en otro lugar.
lunes, 30 de abril de 2018
"Penny Dreadful": monstruos como nosotros
Dicen que todo lo bueno se hace esperar. Quizá por eso he podido disfrutar de un tirón de la serie Penny Dreadful cuando ha pasado más de un año desde su final y casi cuatro desde su estreno.
La serie de Showtime reimagina de forma respetuosa pero novedosa a los grandes personajes de la literatura decimonónica de terror (Drácula, Dorian Gray, Frankenstein, Doctor Jekyll, etc) y los arquetipos más universales y clásicos del terror (el vampiro, la bruja, el hombre-lobo, el no-muerto...) haciéndolos convivir en un mismo espacio y lugar, conformando algo similar a lo que logró Alan Moore en su magnífica novela gráfica La Liga de los Hombres Extraordinarios. Así, Penny Dreadful nos sumerge en una historia que básicamente cuenta las aventuras de un grupo de siniestros antihéroes contra el Mal, ya adopte éste la forma de vampiros acólitos de Drácula o de brujas al servicio de Satanás. A este respecto conviene aclarar que pese a su estructura episódica que la acerca al folletín y a su división en temporadas (tres), Penny Dreadful conforma una única historia en la que cada temporada constituye una parte diferente del esquema clásico de una narración: introducción (primera temporada), nudo (segunda temporada) y desenlace (tercera temporada). Narrativamente, creo que John Logan, creador y máximo responsable de esta producción, hace un gran trabajo, a pesar de ciertos problemas de "tempo narrativo" (en la segunda es excesivamente lento y en la tercera demasiado rápido) y de que algunas tramas y personajes
están peor resueltos que otros. Digo que ha hecho un gran trabajo porque combinar tantos y tan conocidos personajes, arquetipos y temas para ofrecer algo fresco y entretenido no es nada fácil. Y Penny Dreadful lo logra. A ello ayudan bastante un reparto muy solvente en sus actuaciones (Eva Green, Timothy Dalton y Josh Hartnett son sus rostros más conocidos), un diseño de producción muy cuidado que te sumerge con mucha facilidad en todas esas ciudades distintas que era el Londres de finales del XIX, una fotografía excelente (es complicado hacer que algo sórdido o truculento resulte tan agradable a la vista) y la sensacional y conmovedora banda sonora compuesta por Abel Korzeniowski. Tampoco hay que ningunear el acertado tratamiento de los personajes, puesto que están llenos de matices y
claroscuros que los hacen menos ficticios y más verosímiles y, además, están dotados
todos ellos, hasta los más secundarios, de un carisma magnético que hace
complicado no empatizar con ellos. En este sentido, he de reconocer que lo que hace Rory Kinnear encarnando a la criatura de Frankenstein me parece simple y llanamente a-co-jo-nan-te. Conviene añadir además que si bien es una serie con (lógicamente) varias concesiones al terror e incluso al gore, también exhibe escenas de una hondura emocional estremecedora que demuestran el alma de esta producción.
están peor resueltos que otros. Digo que ha hecho un gran trabajo porque combinar tantos y tan conocidos personajes, arquetipos y temas para ofrecer algo fresco y entretenido no es nada fácil. Y Penny Dreadful lo logra. A ello ayudan bastante un reparto muy solvente en sus actuaciones (Eva Green, Timothy Dalton y Josh Hartnett son sus rostros más conocidos), un diseño de producción muy cuidado que te sumerge con mucha facilidad en todas esas ciudades distintas que era el Londres de finales del XIX, una fotografía excelente (es complicado hacer que algo sórdido o truculento resulte tan agradable a la vista) y la sensacional y conmovedora banda sonora compuesta por Abel Korzeniowski. Tampoco hay que ningunear el acertado tratamiento de los personajes, puesto que están llenos de matices y
claroscuros que los hacen menos ficticios y más verosímiles y, además, están dotados
todos ellos, hasta los más secundarios, de un carisma magnético que hace
complicado no empatizar con ellos. En este sentido, he de reconocer que lo que hace Rory Kinnear encarnando a la criatura de Frankenstein me parece simple y llanamente a-co-jo-nan-te. Conviene añadir además que si bien es una serie con (lógicamente) varias concesiones al terror e incluso al gore, también exhibe escenas de una hondura emocional estremecedora que demuestran el alma de esta producción.
Dicho esto, creo que lo mejor de la serie es algo que simultáneamente subyace y trasciende la maraña de tramas que conforman las inquietantes y entretenidas peripecias de Vanessa Ives y compañía. En mi opinión, el gran logro de Penny Dreadful es hablar sobre la humanidad utilizando a "monstruos". Lo monstruoso para hablar de lo humano. La ficción para hablar de lo real. Nada nuevo bajo el sol literario. En ese sentido, esta producción constituye un recorrido por esa red de dicotomías, contradicciones y paradojas que conforma el tapiz de la condición humana. Así, el espectador constata al cabo de las tres temporadas cuánta belleza cabe dentro de la fealdad, cuánta fealdad puede ocultar la belleza, cuánta oscuridad hay en el interior de la luz, cuánta luz puede haber en las entrañas de la oscuridad, cuánta muerte existe en la vida, cuánta vida hay en la muerte, cuánta lógica hay en la locura, cuánta locura hay en la razón, cuánto dolor puede haber en la alegría, cuánta alegría puede anidar en el dolor.
Por todo ello, el principal tema de Penny Dreadful, por encima de la lucha entre el Bien y el Mal sobre la que pivotan las tenebrosas aventuras de sus protagonistas, es sin duda alguna la aceptación de la identidad, la asumción honesta y consciente de todas nuestras luces y sombras, de nuestras virtudes y defectos, de nuestro lado angelical y de nuestro lado demoníaco; lo cual no es precisamente fácil por esa alergia nuestra al reconocimiento de lo negativo y la propensión a la excusa como vía de justificación. En ese sentido, acertadamente, la serie muestra cómo sus protagonistas dejan de estar tan sumamente atormentados cuando se aceptan a sí mismos, liberándose así de todo lo monstruoso que hay en ellos y permitiendo emerger su humanidad y alcanzar de esta manera una agridulce serenidad. Una de las frases más memorables relacionadas con esto la dice el joven y atribulado Víctor Frankenstein en una de las escenas finales de la serie: "Es demasiado fácil ser monstruos. Vamos a intentar ser humanos".
Por si todo lo anterior fuera poco, Penny Dreadful permite al gran público conocer a dos grandes poetas del romanticismo inglés como son John Clare y William Wordsworth, gracias a los poemas que, en dos monumentales escenas, recita de forma absolutamente brillante y conmovedora la criatura de Frankenstein: I am! de Clare y Ode: Intimations of immortality from recollections of early childhood, de Wordsworth, poniendo por cierto este último poema un sobrecogedor "The End" que a mí me dejó con los pelos de punta y las lágrimas en los ojos.
Así las cosas, no me extraña nada todo el fandom que originó esta serie (a sus fans se les/nos llama dreadfuls). Tan es así que debido a sus legiones de seguidores esta ficción ha continuado su andadura en formato cómic gracias a Titan Comics. Algo muy similar a lo que ocurrió en su día con Buffy, cazavampiros o más recientemente con El Ministerio del Tiempo. Y es que Penny Dreadful tiene un encanto extraño al que es imposible resistirse y del que es imposible olvidarse. Quizá porque lo bueno, cuando lo es de verdad, nunca conoce la muerte. Y esta serie es muy, muy buena.
Escrito por
en
22:31
0
comentarios
Categoría: Cine de terror, Cultura, Literatura, Series, Televisión
jueves, 25 de enero de 2018
"La peste": un entretenido thriller tenebrista
Recientemente he terminado de ver La peste, serie de Movistar + que, junto a El Ministerio del Tiempo, es quizá una de las mejores muestras de la buena salud de la ficción televisiva española.
La serie, creada por Alberto Rodríguez y Rafa Cobos (responsables del estupendo film La isla mínima), nos adentra en la Sevilla de mediados del siglo XVI, cuando España era EEUU y Sevilla su Nueva York, para hacernos testigos de la investigación de una serie de macabros asesinatos con trasfondo religioso, trama que casi constituye un delicioso Macguffin para hacer un asombroso fresco la sociedad de la época y donde vemos desarrollarse a unos variopintos personajes en busca de su identidad mientras la peste va diezmando la población. Misterio y revelación, sufrimiento y placer, pobreza y riqueza, religión y ciencia, humildad y ambición, ignorancia y conocimiento, luz y oscuridad, vida y muerte...toda esta ficción está asentada sobre un enjambre de antagonismos que ayudan magníficamente a dotar de cierto aire tenebrista a la ética y estética de esta producción.
La peste podría definirse como un thriller de época y lo es porque la trama principal viene a ser un Se7en en la España del Siglo de Oro. Pero, contemplada en su conjunto, esta producción trasciende el entretenimiento del "thriller" y el historicismo del "de época", para tocar temas que, por desgracia, no han pasado de moda: la corrupción, la degradación cainita en los tiempos de crisis, la minusvaloración de la mujer, el dirigismo ideológico, la persecución de cualquier disidencia, el clasismo, el conocimiento como herramienta subversiva, la ética de los prejuicios, el desarraigo identitario en un mundo febril y arrollador...Temas tan interesantes como estos están en La peste y son una de sus varias virtudes.
La serie tiene ecos de Rinconete y Cortadillo de Cervantes, El capitán Alatriste de Pérez-Reverte, Venganza en Sevilla de Asensi y La leyenda del ladrón de Gómez Jurado (que, por cierto, ha suscitado una acusación de plagio contra La peste). A ello hay que añadir que la pareja protagonista, el experimentado y desencantado Mateo Núñez y el novato pero espabilado Valerio Huertas, es bastante de deudora no tanto del legendario tándem Holmes-Watson de las célebres novelas de Arthur Conan Doyle como de la famosa dupla que formaban Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en El nombre de la rosa de Umberto Eco. Por todo ello, los amantes de la literatura estarán más que conformes con la narrativa de esta producción, incluso aquellos que les guste la pseudoliteratura porque La peste tiene un ritmo y unos giros de guión dignos de cualquier aventura del profesor Robert Langdon.
No obstante, en paralelo a su indudable calidad narrativa, merece la pena destacarse la dirección artística, la fotografía, el vestuario y el maquillaje porque resulta francamente impresionante la sensación inmersiva que provoca en el espectador tanto talento y esfuerzo conjunto, de manera que, más que ver una ficción, parece que la pantalla se convierte en una ventana desde la que el público se asoma al pasado. Hay fotogramas que poco tienen que envidiar a lienzos de Zurbarán, Velázquez o Caravaggio y eso son palabras tremendamente mayores y quizás el mejor elogio que se puede hacer al equipo técnico de La peste, artífice de que te creas totalmente la sordidez de los suburbios y la suntuosidad de los palacios que dan el marco perfecto a esa lucha de luz y sombra que vertebra todo el relato.
A todo lo dicho hay que sumar el estupendo trabajo del reparto (Pablo Molinero, Sergio Castellanos, Patricia López Arnáiz, Cecilia Gómez, Paco León, Manuel Solo, Paco Tous, Tomás del Estal, Antonio Dechent...) que interpreta con solvencia a personajes más o menos ricos en matices pero siempre verosímilmente humanos, con los suficientes claroscuros internos para alejarse de cualquier arquetipo o cliché. Por cierto, Paco León demuestra una verdad que a menudo se olvida: dentro de cada cómico hay un buen actor.
Por si fuera poco, quienes sean víctimas de la insaciable curiosidad, pueden ahondar en los entresijos de la serie, Sevilla y la época gracias a la interesante iniciativa interactiva de "La Ruta de la Peste".
¿Qué más se puede pedir? Una segunda temporada, tal vez. Llegará en 2019. Por tanto, nada más que pedir y sí mucho que disfrutar porque La peste es entretenimiento del bueno.
viernes, 19 de enero de 2018
"Vergüenza" o como reírte mientras lo pasas mal
He terminado de ver la serie Vergüenza, de Movistar +. Mejor dicho, he terminado de disfrutar con esa insólita, atrevida, provocadora, inteligentísima e hilarante producción que, a lo largo de diez capítulos, nos mete en la vida de Nuria y Jesús, una pareja esperpénticamente española en la que son fácilmente identificables los defectos tanto de nuestra sociedad (la precariedad laboral, la falta de empatía, la melancolía que provoca la urgencia de las expectativas propias y ajenas, la apariencia como placebo, la convivencia como foco de conflicto, el postureo como forma de comunicación, el "cuñadismo"...) como del español medio, ése que encuentra todas sus taras sublimadas en el personaje de Jesús, encarnando magistralmente por ese actorazo que es Javier Gutiérrez.
![]() |
| Foto: Tamara Arranz |
Así, ese pobre diablo, ese perdedor a su pesar, ese individuo carne de astracanada, ese antihéroe esperpéntico, esa quintaesencia de lo políticamente incorrecto que es Jesús se revela ante el espectador como el "cuñado alfa": todos los vicios y defectos imaginables en un español los tiene ese personaje elevados a su máxima, horrible, vergonzosa...y descojonante expresión. Hipócrita, mentiroso, bocazas, fanfarrón, impertinente, manipulador, mezquino, cotilla, jeta, guarro, pretencioso, racista, envidioso, prejuicioso, machista, interesado, cutre, salido, veleta, pícaro, desconsiderado, acomplejado, vanidoso, prepotente, egocéntrico, inoportuno, indecoroso, imprudente, mediocre, hortera, sin gracia...Jesús Gutiérrez es todo eso y más pero, dentro de ese "más", hay un hálito de humanidad, de cotidianidad que lo hace entrañable, a pesar de que todo lo que hace y dice es patético y vergonzoso el 99% de las veces. El contrapunto y complemento perfecto a todo eso lo tenemos en el personaje de su pareja, Nuria, una mujer que sería perfecta si no fuera la encarnación de la torpeza, una torpeza asentada, eso sí, en una ingenuidad, bondad, timidez, paciencia y espontaneidad que la hacen infinitamente más entrañable que su novio, cosa, por cierto, bastante sencilla, visto el nivel del tipo.
![]() |
| Foto: Tamara Arranz |
En mi opinión, Vergüenza, entronca, en su esencia, con maestros como Berlanga, Azcona, Valle-Inclán y Muñoz Seca, y en sus formas, con el vodevil, el neorrealismo, la comedia romántica y un humor corrosivo propio de South Park, Rick y Morty o Padre de familia. Toda una mezcla a priori improbable pero que, gracias al trabajazo de Álvaro Fernández Armero y Juan Cavestany tras las cámaras y de Javier Gutiérrez, Malena Alterio, Miguel Rellán, Lola Casamayor, Vito Sanz y demás reparto ante las cámaras, resulta una rareza increíblemente adictiva, magnética, desternillante y eficaz. Ahí está su éxito en audiencia, críticas y premios (triunfó en los Feroz) para acreditarlo.
Y es que lo que esta serie hace es algo insólito en nuestra televisión y muy difícil de lograr en general: conseguir que te rías cuando deberías estar abochornado...o incluso estándolo, que de tu boca salga una carcajada en lugar de un "Madre mía...", que te enamores de esa radiografía del patetismo made in Spain, de esa crónica demencial de las miserias que los españoles guardamos en alfombras y armarios.
Uno de los grandes méritos de Vergüenza es que, pese a caminar a menudo al filo de lo grotesco, consigue que muchas de sus escenas o situaciones te suenen a conocido, ya sea por vivencia personal o porque te lo han contado. Sus creadores han sabido extraer el disparate y el bochorno de la España cotidiana y hacer con ello algo enormemente ácido y divertido. En ese sentido, creo que, entre los muchos momentazos que dejan sus diez capítulos, las secuencias de la clase de inglés y la comida con los suegros de Jesús son memorables.
Por suerte, la han renovado para una segunda temporada. Hasta que llegue, lo mejor será disfrutar de la primera porque a mí, que no estoy en unas circunstancias muy Disney, me ha sacado unas cuantas sonrisas y muchas más carcajadas. Que todas las vergüenzas sean tan llevaderas como ésta.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Honor y reputación
Fin. El Ministerio del Tiempo ha concluido. Y lo ha hecho con un capítulo nostálgico, entrañable, cómplice y autorreferencial; el complemento perfecto a ese otro desenlace, el del penúltimo capítulo, que, más allá del cierre de las principales tramas, fue un auténtico muestrario de calidad y calidez humana.
Finaliza así una producción que empezó teniendo espectadores y acabó por tener cómplices, partes indispensables de esta ficción a la que los contratiempos y las puñaladas domésticas han convertido en una epopeya casi subversiva contenida en una serie de culto y de culturas con proyección intergeneracional (e internacional gracias a Netflix). Una ficción que ha ido creciendo y arriesgando en cada paso sin prejuicios ni miedos, apoyándose para ello en el impagable pundonor de un sensacional equipo y el aliento de esa magmática, creativa y apasionada soldadesca llamada "ministéricos".
| Foto: Tamara Arranz |
Tras 34 capítulos y tres temporadas, El Ministerio del Tiempo ha enseñado que hay otra forma de contar la Historia y contar historias; que la mezcla y el mestizaje tienen mucho de tesoro; que la dignidad no se negocia; que pocas cosas hay más poderosas que el talento puesto al servicio del esfuerzo; que derrochando coraje y corazón siempre se compite como el mejor; que "Olivares" a muchos ya nos suena más a dos formidables cracks que a cierto Conde Duque; que la narrativa transmedia está aquí para quedarse; que hay otras formas de consumir televisión; que los audímetros son como teléfonos de cabina; que el Arte puede estar a la vuelta de un fotograma; que el riesgo siempre merece la pena; que el entretenimiento puede ser un arma de divulgación masiva; que la Cultura puede ser trending topic; que el orgullo de ser español no está en iconos ni emblemas oficiales ni en argumentarios patrioteros destilados de propaganda inflamada sino en dos cosas que hoy parecen en extinción tanto en la esfera pública como en la privada: tener la valentía suficiente para ser honesto y tener la honestidad suficiente para ser valiente. Dos cualidades que brillan con luz propia en ese trasfondo ético, moral e íntimo que ampara las tramas y los personajes de esta excepcional serie.
| Foto: Tamara Arranz |
Por si esto fuera poco, esta temporada, la tercera, además de realzar las virtudes de sus predecesoras, ha remarcado algo que creo que es muy importante y novedoso: que el significado está más allá de los significantes, que el concepto sobrevive a los nombres, que el espíritu trasciende lo particular. Por eso, las variantes en la configuración de "la patrulla", motivadas en parte por bajas en principio tan notorias como las de Julián y Amelia, han servido para enriquecer y ampliar lo que ya había, como quien añade nuevos matices a un cuadro pincelada a pincelada. Algo que, por cierto, los que conocemos tebeos de La Patrulla X, Los Vengadores o La Liga de la Justicia o series como Doctor Who, ya teníamos aprendido. Estar abierto al cambio es un buen remedio para evitar quedarte atrás. Y eso es una de las muchas lecciones que El Ministerio del Tiempo nos ha legado. Por eso, no cabe más que dar gracias a Aura, Rodolfo, Nacho, Hugo, Macarena, Jaime, Cayetana, Juan, Francesca, Susana, Julián, Natalia y ese estupendo y entrañable "etcétera" que ha consolidado a la serie como hito. El mismo agradecimiento debido a los hermanos Olivares, las hermanas Schaaff, Marc Vigil y todos y cada uno de los directores y guionistas que han hecho posible este milagro de la resiliencia contra viento y marea.
El Ministerio del Tiempo no es la serie que esta TVE merece pero sí es la serie que toda televisión pública necesita por su calidad, honradez, talento e interés. Lo que es seguro es que se trata de una producción que, pase lo que pase, no olvidaremos quienes ya la tenemos en un lugar privilegiado de esa videoteca que es el corazón.
Por eso, por todo lo vivido hasta aquí, por todo lo aprendido hasta hoy, por todo lo compartido hasta ahora, por todas las aventuras dentro y fuera de la serie de las que nos hemos sentido parte en estas tres temporadas, sólo queda la opción de poner la gratitud en la garganta y despedirla con esa proclama que empezó siendo de Spínola y hoy es santo y seña de los entusiastas tercios ministéricos: ¡Honor y reputación!
domingo, 24 de septiembre de 2017
"Los Médici": los padrinos del Renacimiento
Recientemente he terminado de ver, gracias a Movistar +, la serie Los Médici: Señores de Florencia, una producción simplemente impecable en sus formas y más que interesante en su fondo. La ficción cuenta la vida de Juan y Cosme de Médici, bisabuelo y abuelo de Lorenzo, el magnífico y máximos responsables de que los Médici no fueran un linaje del montón en la apasionante y apasionada Italia del siglo XV sino uno de los apellidos a citar cuando se habla del Renacimiento.
A lo largo de tramas y subtramas en las que la realidad histórica se entrevera con evidentes licencias creativas que poco o nada tienen que ver con lo ocurrido realmente, Medici: Masters of Florence nos muestra el alzamiento de la familia Médici, alternando para ello los flashbacks en los que el protagonista es Juan de Médici (un estupendo Dustin Hoffmann) con los sucesos en los que el eje es su hijo y sucesor Cosme (un sorprendentemente solvente Richard Madden).
Si bien esta serie creada por Frank Spotnitz y Nicholas Meyer es un excelente ejemplo de Historia ficcionada y un fenomenal estimulante para conocer más y mejor los personajes y la época que nos muestra (efecto similar al que consiguió por ejemplo la estupenda serie Isabel o la saga de Ezio Auditore en el videojuego Assassin's Creed), no deja de ser llamativa la influencia de El Padrino II en esta producción. Un buen referente (es un peliculón) que encaja perfectamente con el tratamiento que da la serie a esta familia, a la cual concibe como unos sofisticados Corleone renacentistas (la evolución de Cosme en esta primera temporada es muy parecida a la de Michael Corleone). Lo cierto es que en una época llena de luchas caníbales por el poder entre apellidos y blasones, los Médici supieron hacer lo necesario (Maquiavelo estaría encantado con su modus operandi) para ser los capo di tutti capi en lo que a mecenazgo artístico e influencia política y social se refiere. Y esta serie lo sabe mostrar fenomenalmente, valiéndose eso sí de licencias que renuncian abiertamente al rigor histórico para alentar aún más el atractivo de los avatares de esta familia que entendió que el arte es una excelente herramienta de poder (afortunadamente para los amantes de la cultura) y las finanzas una lucrativa forma de hacerse con él. Habrá quien piense que estos banqueros florentinos son primos lejanos de esos gerifaltes actuales del IBEX y aledaños: ya quisieran esos ricachones ensimismados pasar a la Historia como lo lograron los Médici.
Yendo al terreno puramente personal, el personaje más interesante de la serie me parece Contessina de Bardi, la esposa de Cosme, quien hace bueno aquello de "detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer". También me resultó curioso, como seguidor del serión Juego de tronos, el reencuentro en esta serie entre "Rob Stark" (Richard Madden interpreta a Cosme) y "Walder Frey" (David Bradley encarna a Alejandro de Bardi, suegro de Cosme) en ese banquete que mantienen los Médici y los Bardi para celebrar el casamiento de sus primogénitos Cosme y Contessina; de hecho, hay una secuencia en la que al conocerse suegro y yerno por primera vez se miran de una forma un tanto extraña, que no sé si es un guiño precisamente a esta casualidad friki de la que hablo.En definitiva, tras ver esta magnífica primera temporada estoy deseando que llegue la segunda, centrada ya en la figura de Lorenzo, el magnífico. Y es que los Médici, siglos después de su esplendor, siguen teniendo un magnetismo sensacional para quienes amamos la Historia y la Cultura. Y para muestra, esta seriaza.
martes, 5 de septiembre de 2017
Juego de Tronos: damas mandan
Hace ya días que acabó la séptima y penúltima temporada de Juego de tronos. He esperado un tiempo razonable a que la tormenta de comentarios, opiniones y elucubraciones pasara de huracán a brisa y, la verdad, hay algo que me sorprende. Tras la emisión del último capítulo, ese que evidenció la traslación del eje desde lo "shakespeariano" a lo "tolkeniano" y que acabó con ¿Jon? ¿Nieve? derribando un muro y el Rey de la Noche derribando otro, se desató online y offline todo un festival de onomatopeyas y glosas anfetaminadas que abarcó desde debates en torno a genealogías telenovelescas hasta polémicas a cuenta del inesperado uso de dos recursos narrativos como el "tempo" (que no tiempo) y la elipsis en una serie tan propensa a la parsimonia y la perífrasis (existía la duda legítima sobre qué dura más: un viaje por Poniente o un partido de Óliver y Benji) pasando por lo chusco que resulta, analizado en frío, el relleno de explicaciones mediante alguna de estas tres opciones: Bran lo vio, Sam lo leyó o la magia lo hizo (y un cuervo me lo confirmó, faltaría decir, parafraseando cierta canción).
El caso es que en toda esa tempestad de análisis, dimes, diretes, predicciones y bulos, no tengo la impresión de que se haya remarcado lo suficiente (tan sólo he detectado un artículo en el Huffington Post y otro en Hipertextual) aquello de lo que quiero hablar en este artículo. Me refiero al hecho de que, de toda la amplísima variedad de magníficos y fascinantes personajes con los que cuenta esta extraordinaria ficción, son las mujeres las que han asumido sin ningún complejo un rol tradicionalmente asignado a hombres: el de líder. Así, en Game of thrones no se cumple aquello de "Detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer" sino más bien lo contrario. Y, la verdad, personalmente, me encanta, no sólo por ser un "novedoso" contracliché sino porque hace comulgar a la ficción con la simple realidad, esa que nos demuestra que las cualidades, las virtudes y los defectos no dependen del género. En el juego de tronos, las mujeres se han hecho las amas de la partida: Cersei Lannister ocupa el trono de hierro, Daenerys Targaryen lidera la alternativa, Sansa Stark rige en el Norte y Brienne de Tarth y Arya Stark son las mejores espadas de Poniente. Por si fuera poco, junto a estas "mujerazas", hemos podido disfrutar de otras féminas llevando las riendas de sus respectivos territorios y siendo piezas a tener en cuenta en el agitado tablero de esta ficción hasta su caída en desgracia: Olenna Tyrell desde Altojardín, Ellaria Arena desde Dorne y Yara Greyjoy dese las Islas del Hierro también han tenido su decisiva intervención en los acontecimientos de la trama y las subtramas. ¿Que hay grandísimos personajes masculinos? Indudablemente y ahí está Tyrion para despejar dudas. ¿Que las mujeres se han quedado ya como reinas absolutas del cotarro? También y no, no sólo por una mera cuestión de "descarte por defunción violenta". Han sabido triunfar donde otros fracasan.
Junto a esa interesante lección de que el éxito no depende de la configuración cromosómica, Juego de Tronos sabe realzar la importancia de una cualidad más que positiva en los tiempos que corren, la resiliencia, una virtud que encuentra sus mejores exponentes en Daenerys, Cersei, Sansa y compañía: todas han sabido conjugar su identidad con las circunstancias, llenándose de matices que han facilitado su evolución y sobreviviencia en un entorno tan inmisericorde y volátil como el de Poniente sin perder por el camino sus rasgos más identitarios e inconfundibles. Han sabido hacer frente a toda clase de adversidades, imprevistos y contratiempos y, gracias a eso, están ahora donde están mientras que otros hombres (y mujeres) quedaron atrás. Por eso, no es ninguna estupidez decir que Game of thrones ha hecho más y mejor por el empoderamiento de la mujer que decenas de charlas carísimas, vídeos inspiradores y libros motivantes. Una de las grandes moralejas por esta excelente ficción, con independencia de lo que ocurra en la octava y última temporada, tiene voz femenina: "Sé tú misma y no dejes que nada ni nadie te haga dudar o renunciar a ello". Y no, ser uno mismo no significa quedarse quieto cual Rajoy, significa abrazar el cambio desde la confianza en uno mismo, la perseverancia y la autocrítica, sabiendo que el futuro se gana en el presente y que el pasado es sólo un lugar del que aprender y al que no volver. Cada personaje femenino de Juego de Tronos tiene su propio manual para lograr todo esto pero es una auténtica gozada ver la evolución que han experimentado las principales mujeres de las casas Lannister, Targaryen y Stark, no sólo en su mera condición de personajes de una narración sino por su creciente resonancia en la historia y su valor referencial para una sociedad que aún anda enredada en el bucle de un trasnochado debate de género y etiquetas. Estas mujeres se han ganado estar donde están ahora y no ha sido ni por condescendencia ni por cuota ni por feminismo ni por sugestión de gurú ni por rebelarse contra el heteropatriarcado ni por majaderías de esas: han sabido aceptarse como son, ser ellas mismas, deshacerse de complejos, adaptarse a lo que la vida les ha arrojado, conservar sus metas, luchar por sus sueños, jugar bien sus cartas, romper pronósticos y ganar la partida, de igual a igual, a hombres y mujeres incluso más poderosas a priori que ellas.
Por todo ello creo que, entre otras muchas razones, merece la pena ver Juego de tronos: porque nos enseña desde la ficción algo que es necesario en el mundo real. ¿El qué? Que esto no va de ser hombre o mujer sino de ser persona y, cuando más extraordinaria, mejor. Y, si alguien lo duda, mejor que recuerde una palabra: dracarys.
viernes, 7 de julio de 2017
Tiempo de descanso
Difícil. Así se podría calificar lo que va de tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Y está siendo una temporada difícil más por las circunstancias que por la propia ficción, pero, parafraseando a Ortega, una obra es una obra y sus circunstancias, así que comentaré ambas cosas.
Hablando en primer lugar de las dichosas circunstancias, las de este serión no están siendo fáciles por el cúmulo de factores que las conforman: el retraso en tener luz verde; las reticencias de ciertos gerifaltes de TVE a ver con buenos ojos este producto (con todo lo que ello significa); las presiones al equipo para hacer algo bueno, bonito, barato y a tiempo; la nefasta y contraproducente programación en parrilla; la pervivencia del audímetro analógico como caducado sistema de ponderación de un producto televisivo; la fortísima competencia que tiene con la incansable y legítima telebasura; la proliferación en redes sociales de haters, trolls y bocazas on fire que encarnan aquello de "la ignorancia es osada"; la proverbial envidia cañí a todo aquello que destaca positivamente; los pros y los contras del soporte de Netflix; la manía persecutoria de ciertos tipos con licencia para escribir; los contratiempos que acontecen sobre la marcha; el esfuerzo que conlleva sobrevivir más allá del factor sorpresa; la lógica erosión de toda creación sostenida en el tiempo y la alargada sombra del propio y altísimo listón. Todo cuenta y todo lastra. Negarlo sería una estupidez. Considerarlo una excusa, otra. Principalmente porque no hay nada que disculpar sino que entender: el contexto en el que unos creadores (productores, guionistas, directores, actores...) han tenido y tienen que desarrollar su trabajo. Hacer una mierda es fácil. Hacer algo mejor que bueno no. Por eso se podría decir que esta temporada tres está siendo la del más difícil todavía por ese contexto que mencionaba antes. Otra cosa distinta es esa sensación (casi lindante con la convicción) de que, por razones que se me escapan, hay demasiado interés este año en tirar por tierra a El Ministerio del Tiempo haciéndola de menos o ninguneándola o ensañándose gracias a una valoración sesgada (la que ofrecen los desfasados audímetros) o directamente faltando a la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque la honestidad, la divulgación, la valentía, la originalidad y la calidad molestan en este país a quienes se benefician de la ausencia de cada una de esas cosas. Y esta serie va sobrada de ellas, así que...
Puesto el marco, hablaré de la obra, de la ficción pura y dura. En líneas generales, para mí esta primera mitad de temporada ha ido de menos a más sin que ello implique un comienzo flojo (el primer episodio me pareció francamente bueno). Lo que no entiendo son esos comentarios de supuestos fans y presuntos entendidos que critican la pérdida de identidad o los cambios que ha experimentado la serie en esta tercera tanda respecto a las precedentes. ¿Qué pérdida? ¿Qué cambios? El Ministerio del Tiempo sigue mostrando los emblemas identitarios que lo han encumbrado: la innegociable honestidad a la hora de abordar cualquier tema y trama, el riesgo entendido como alergia al conformismo, la autenticidad como antípoda del efectismo, la dignidad en el fondo y en las formas, el presupuesto como única limitación a la libertad de creación y expresión, la variedad y el mestizaje de géneros y subgéneros, los guiños a nuestra Cultura y sociedad, el ingenio como salvoconducto, un fantástico equipo de profesionales delante y detrás de las cámaras...todo eso estaba en la primera y segunda temporada y está en la tercera. Otra cosa es que esto no se quiera ver o que nunca llueva a gusto de todos. Dicho esto, sí que se puede percibir cierta evolución en la serie, como sucede en cualquier persona o relación con el paso de los años: se van acumulando nuevos matices y detalles que amplían el significado total y que, sin traicionar su esencia, hacen que suene a algo distinto pero fácilmente reconocible. Como una canción de jazz. Dicho de otra manera: El Ministerio del Tiempo es puro jazz cultural y televisivo y eso se nota en esta temporada. La primera nos invitó a sorprendernos, a dejarnos llevar por la novedad. La segunda, a compartir el camino desde una camaradería ya cómplice. Y la tercera nos propone ir más allá, crecer, progresar, madurar juntos sin trampa ni cartón, sin exigencias ni reproches. Así que, aunque respeto las críticas en su acepción más negativa, no entiendo bien a santo de qué tanta vestidura rasgada y grito en el cielo. Dicho lo cual, reseñaré de forma muy concisa mi opinión de cada capítulo de esta midseason (capítulos 22 a 26):- Con el tiempo en los talones. Todo un festival de guiños cinéfilos (con epicentro en Vértigo) a propósito del gran Alfred Hitchcock que sirve como complemento a un capítulo bastante sólido donde se percibe ya un darkness is coming (con perdón de la expresión) tan interesante como impactante ya desde la despedida al entrañable personaje de Julián.
- Tiempo de espías. Nuevamente un capítulo subrayado por un dramatismo que acentúa los claroscuros de la condición humana a propósito de una operación de espionaje quizá no muy conocida pero que sostiene una atractiva trama a medio camino entre el género bélico y el thriller y que permite presentar a la joven, interesante y luminosa Lola Mendieta.
- Tiempo de hechizos. Un excelente homenaje al terror literario decimonónico con el célebre Gustavo Adolfo Bécquer como McGuffin insertado en una historia un tanto nihilista que sirve para poner en el punto de mira a algo tan humano y peligroso como la sinrazón, esa tara que anida tras muchos de los desastres históricos o cotidianos de la Humanidad. Estremecedor en muchos sentidos.
- Tiempo de ilustrados. Un claro ejemplo de que los guiones de
esta serie se mueven entre lo estupendo y extraordinario al brindarnos una trama donde aventura, política, comedia e intriga se intrincan de una forma habilísima y que propició escenas y dialógos rebosantes de un ingenio propio de Goya. Confieso que es desde entonces uno de mis episodios preferidos de toda la serie. - Tiempo de esplendor. Juntar a los tres mejores escritores del Siglo de Oro (dos nuestros y otro de importación) en una historia a medio camino entre la comedia y la aventura de época con más de un brillante pellizco a la lamentable corrupción actual parecía algo difícil de cocinar...pero el talento siempre allana dificultades y este capítulo va sobrado de él delante y detrás de la cámara.
- Tiempo de esclavos. Una masterclass por partida triple. El capitulazo que cerró la primera mitad de la temporada enseñó de forma magistral cómo clavar los giros de guión, cómo coger el corazón del público e irlo apretando hasta la conmoción y cómo homenajear a ese maravilloso binomio que es Adela Folch-Aura Garrido. Y todo ello tomando como pretexto una intriga más que interesante que, hablando de Alfonso XII, la esclavitud y las camarillas del poder en el XIX, vuelve a dar una bofetada a la España de nuestro tiempo. Un excelente capítulo que se cerró con una escena final simplemente memorable. En fin, uno de los mejores episodios de toda la serie.
Dicho lo cual, creo que los ministéricos deben/debemos hacer examen de conciencia y reconocer que esta temporada hemos dedicado demasiado tiempo a enredarnos en polémicas estériles, disgustos que no llevan a ninguna parte y/o tóxicas reyertas virtuales; un tiempo que deberíamos dedicar en su integridad a apoyar y disfrutar de una serie que siendo imperfecta ya ha hecho historia, ganándose con todo merecimiento un lugar en la memoria y el corazón de los espectadores. Y a quien no le guste que no mire, como se suele decir. Pero una serie capaz de poner la Cultura en prime time, la Historia en trending topic, la TV en las aulas, el talento en multipantalla y la ficción en tesis doctorales...se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que ha hecho por la manida "Marca España" más y mejor que muchos otros que se lo llevan fresco, merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie capaz de entretener, divulgar y emocionar ya sea en un televisor, un smartphone, un ordenador, un libro, un cómic o un juego de mesa se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie capaz de conciliar a gente distinta e incluso distante sin importar el año y lugar de nacimiento se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que es tan necesaria en tantos aspectos que cuesta delimitar dónde acaba esa imponderable necesidad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que tiene detrás tantas horas de pasión, esfuerzo, ilusión e ingenio se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que Pablo y Javier Olivares, más que crear, regalaron para la posteridad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Y luego que salgan los audímetros por Antequera y los haters por donde no da el sol.
En fin. Que bien merecido es este descanso estival después de esta portentosa exhibición de talento, coraje y corazón. Eso sí, la espera se me va a hacer eterna.
![]() |
| Foto de Tamara Arranz |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














