De todos modos, para mí, la enseñanza más interesante no la escuché en la función (al menos no literalmente) pero sí la he leído al Brujo en su promoción de esta obra, citando a los antiguos filósofos: "El mundo está en el alma. Es tu visión del mundo la que crea el mundo; luego no hay transformación del mundo si no empieza por tu propia transformación". Quiero pensar que es algo más que una frase bonita e interesante. Y me reconforta saber que este pensamiento tan estimulante y reconfortante proviene de gente que me hace saberme humildemente estúpido. Pero es que, aunque la hubiera dicho el tendero de la esquina, en la boca del Brujo tiene un pátina de trascendencia, de magisterio, de relampagueante hallazgo que uno no puede menos que dejar iluminarse. Y es que Rafael Álvarez, en obras como Autobiografía de un yogui, demuestra que es arte, teatro e ingenio indudables pero, sobre todo, es luz. Mucha luz.
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sábado, 22 de septiembre de 2018
La luz del Brujo
Anoche fui a ver por fin la penúltima obra de Rafael Álvarez "El Brujo" (1950) al Teatro Fígaro de Madrid (tras su paso por el vecino Teatro Alcázar), ahora que Autobiografía de un yogui se va a despedir de la cartelera madrileña mañana domingo. Suelo ser fiel a mis filias y mi admiración y afición por "El Brujo" viene de hace ya tiempo, lo cual me ha permitido ver buena parte de sus creaciones (Lazarillo de Tormes; Misterios del Quijote; San Francisco, juglar de Dios; El Evangelio de San Juan; Mujeres de Shakespeare; La Odisea; El asno de oro; La luz oscura...) desde que tuve la suerte de ver la primera un verano en Estella, hace ya muchos años.
La función, que sobrepasa con holgura las dos horas de duración, cuenta/adapta la vida de Paramahansa Yogananda, un famoso yogui, gurú y místico hindú que trajo el yoga a Occidente, cuya obra ha sido traducida a infinidad de idiomas y es, en palabras del propio Álvarez, su maestro. Ello le da pie al Brujo a hacer un interesante bosquejo de la mística oriental, entreverado de hilarantes anécdotas personales (como el proyeccionista Amperio o el "cura de mi pueblo") junto a ingeniosísimas pullas a la actualidad nacional y local.
De todos modos, para mí, la enseñanza más interesante no la escuché en la función (al menos no literalmente) pero sí la he leído al Brujo en su promoción de esta obra, citando a los antiguos filósofos: "El mundo está en el alma. Es tu visión del mundo la que crea el mundo; luego no hay transformación del mundo si no empieza por tu propia transformación". Quiero pensar que es algo más que una frase bonita e interesante. Y me reconforta saber que este pensamiento tan estimulante y reconfortante proviene de gente que me hace saberme humildemente estúpido. Pero es que, aunque la hubiera dicho el tendero de la esquina, en la boca del Brujo tiene un pátina de trascendencia, de magisterio, de relampagueante hallazgo que uno no puede menos que dejar iluminarse. Y es que Rafael Álvarez, en obras como Autobiografía de un yogui, demuestra que es arte, teatro e ingenio indudables pero, sobre todo, es luz. Mucha luz.sábado, 28 de julio de 2018
"Por los pelos": Elige tu propio asesino
Quedarse en Madrid durante el infernal verano tiene algunas ventajas. Una, por ejemplo, disfrutar de una ciudad desalojada de gente. Otra, poder entretenerse con divertimentos tan gratificantes y refrescantes como la obra Por los pelos de Paul Pörtner, recién estrenada en los madrileños Teatros del Canal.
Shear Madness, que así se titula en inglés, es una comedia policíaca de extraordinario éxito (más de nueve millones de espectadores en todo el mundo), especialmente en Estados Unidos, lo que le ha valido entrar en el Guiness con el récord de comedia no musical con más tiempo en cartelera. ¿La clave de semejante logro? Que el público, además de disfrutar y reírse como meros espectadores, se transforma en parte decisiva de la trama al condicionar con sus preguntas y decisiones el desarrollo y el desenlace de la misma. Es como mezclar una obra de Agatha Christie, un vodevil y uno de los legendarios libros de "Elige tu propia aventura". Algo bastante arriesgado, puesto que requiere de mucho ingenio, complicidad, precisión y capacidad de improvisación en el escenario y mucha agudeza, atención y predisposición en el patio de butacas. ¿El resultado? Dos horas de estupenda diversión.
Se suele decir que en teatro cada función es irrepetible. En el caso de Por los pelos, es literalmente así, ya que esa ruptura de la cuarta pared que permite involucrarse al espectador en la trama hace de cada representación algo simplemente imprevisible, único e inolvidable.
También se suele decir que el arte dramático es, en esencia, un juego. Un juego de la ficción con la realidad y del actor con el espectador a través de los personajes. Por los pelos cumple sobradamente con este espíritu lúdico ya que hace sonreír, reír y disfrutar al público dejándole ir más allá de lo que la mayoría de ficciones teatrales permiten ya que súbitamente la obra pasa de ser una comedia que ves a un "Cluedo" en vivo en el que participas.
Por todo ello, no cabe más que dar las gracias a L’OM IMPREBÍS y OLYMPIA METROPOLITANA por producir esta nueva versión, a Santiago Sánchez por dirigirla y adaptarla, y, muy especialmente, a Carles Castillo (el estrafalario peluquero y estilista Toni Carreras), Marta Chiner (Bárbara Marcos, la choni-ayudante de Toni), Lola Moltó (la "señora bien" Mª Elisa de Boluda y Agramunt), Carles Montoliú (el anticuario Eduardo Santamarta), Rafa Alarcón (el policía Miki) y el gran Juan Gea (el comisario). Decir que el reparto está estupendo es quedarse corto. ¡Qué ingenio! ¡Qué vis cómica! ¡Qué facilidad para empatizar y conectar con el público! ¡Qué capacidad para improvisar! Lo suyo bien vale no sólo el precio de la entrada sino el patio de butacas lleno (colgaron el cartel de entradas agotadas) y el largo y atronador aplauso que se llevaron como recompensa por su talento y esfuerzo.
¿Pero de qué va la obra? Pues de cómo una jornada cotidiana en una peluquería unisex se ve trastocada por el asesinato de la vecina del piso de arriba, suceso que provoca que los personajes pasen a ser sospechosos y...el espectador a ser simultáneamente testigo, detective y juez. El resto no te lo puedo contar. Será mejor que lo descubras tú. Pocos pasatiempos más divertidos, refrescantes y originales tendrás este verano, al menos en Madrid.
Y ojo: la función engaña. Me explico: no sólo es que vaya de menos a más sino que además comienza como una comedia ramplona y acaba por ser desternillante. El momento clave está en la ruptura de la cuarta pared, el instante en que el público pasa a formar parte de la propia historia y los actores despliegan todo su arsenal cómico gracias a una espectacular agilidad mental y un innegable talento para improvisar.
Y ojo: la función engaña. Me explico: no sólo es que vaya de menos a más sino que además comienza como una comedia ramplona y acaba por ser desternillante. El momento clave está en la ruptura de la cuarta pared, el instante en que el público pasa a formar parte de la propia historia y los actores despliegan todo su arsenal cómico gracias a una espectacular agilidad mental y un innegable talento para improvisar.
En resumen: si Por los pelos no es ya el gran sleeper de la temporada teatral, va a estar cerca de ello. Y muy merecidamente
porque no todos los días te dejan sacar el Sherlock Holmes que llevas
dentro y elegir tu propio asesino.
miércoles, 20 de junio de 2018
Esto es teatro
En el teatro actual, hay en mi opinión dos formas de no equivocarse como espectador, al menos en España. Una, ver una función de Rafael Álvarez "El Brujo". La otra, ver en acción sobre un escenario a la compañía Shakespeare's Globe. Por eso, en Madrid, estos días estamos de suerte porque los herederos de la Shakespeare Company están otra vez (en abril 2015 nos regalaron un sensacional Hamlet) de paso por nuestra ciudad dentro de su gira mundial.
Anoche fui a los Teatros del Canal al estreno de su nuevo espectáculo, una propuesta enormemente interesante y entretenida que deja en manos del público la posibilidad de elegir la obra a representar (El mercader de Venecia, La fierecilla domada o Noche de Reyes) por ocho actores (cuatro veteranos y cuatro "noveles") de los que lo mejor que puede decirse es que honran el teatro con una maestría tan fluida y armónica que hace parecer sencillo algo que en absoluto lo es.
Ayer, la obra de William Shakespeare a representar, elegida por aclamación entre las tres comedias antes citadas, fue Noche de Reyes (literalmente La duodécima noche), una pieza que quizá no esté entre las más conocidas del mejor dramaturgo de todos los tiempos pero que sirve para recordar no sólo su colosal habilidad a la hora de crear personajes inolvidables sino también para reconfirmarlo como un excelente precursor de la teatral comedia de enredo, la cinematográfica screwball comedy y la televisiva sitcom. Luke Brady (genial su bufón Feste), Steffan Cennydd, Cynthia Emeagi, Sarah Finigan, Colm Gormley, Russell Layton, Rhianna McGreevy y Jacqueline Phillips lo bordan. Así de simple. Y eso que no era nada fácil su arriesgada pero interesante propuesta de jugar con la edad y el género de los actores respecto a los personajes a interpretar. Gracias a sus magníficas interpretaciones, las dos horas que duró la función se pasaron volando, haciendo disfrutar tanto que incluso supo a poco. Tal vez por eso, la rotunda y merecidísima ovación de los que anoche llenamos la Sala Verde de los Teatros del Canal obligó a salir a saludar en varias ocasiones al elenco, porque espectáculos como el de ayer no se ven todos los días.
Dicho esto, creo que hay que estar profundamente agradecidos a la Shakespeare's Globe por algo que trasciende la divertida comedia de noche. Hay que darles las gracias por recordar a quien lo olvidó y descubrir a quien lo desconociera que el teatro es, simultáneamente, una celebración, una fiesta y un juego (actuar y jugar comparten en inglés no por casualidad el mismo verbo: "play"). Es pura recreación: divertirse creando de nuevo (el dios-patrón del teatro es Dioniso, la única deidad del Olimpo nacida dos veces y algo de eso tiene el teatro). Es un festejo laico para hacer sagrado algo lúdico que habla de lo humano. Y esto es algo que los del Globe lo tienen muy presente, como dejaron bien claro los ocho actores incluso al inicio, al entreacto y al final de la función de anoche, derrochando música, buen humor y complicidad entre ellos y con los espectadores.
En resumen y por concluir: que si alguien quiere comprar un excelente recuerdo, que no lo dude y pague cuanto antes la entrada para ver hoy o mañana (aún quedan a la venta) a la Shakespeare's Globe. Su memoria y su ánimo se lo agradecerán.
lunes, 23 de enero de 2017
Marías se equivoca
Este fin de semana, el escritor Javier Marías ha originado con su artículo dominical una polémica en torno al teatro que ha movilizado tanto a partidarios como a detractores teatrales, especialmente en redes sociales. El académico Marías, prestigioso novelista e interesante analista literario, dedica la mayor parte de su artículo "Ese idiota de Shakesperare" a rechazar ásperamente el teatro que se hace en la actualidad, tanto en lo que se refiere a las obras que rompen la cuarta pared como a las "adaptaciones no canónicas" de los denominados clásicos universales. Marías está en su perfecto derecho de decir eso, como lo está cualquier otra persona si piensa que el literato ha patinado espectacularmente, como es mi caso.
En mi opinión, el escritor se equivoca principalmente en dos cosas: la primera, juzgar al todo por la parte, ya que si bien hay obras heterodoxas o "interactivas" que son un auténtico despropósito("sandez" dice el artículo), también las hay que son magistrales y, por otro lado, no todo el teatro que se representa hoy en día es como el que menciona Marías. El segundo error consiste en considerar que el teatro actual es parte del problema de ignorancia o incultura que hay en nuestra sociedad cuando lo cierto es que el teatro será siempre parte de la solución ya que constituye una fantástica arma de educación masiva, finalidad primordial otorgada por sus creadores, los antiguos griegos.
En su metralla contra el arte dramático de nuestro tiempo, Marías olvida o prefiere ignorar demasiadas cosas que resultan esenciales, singulares, vertebradoras, identitarias y distintivas del teatro y de las que quiero hablar a continuación.
En su metralla contra el arte dramático de nuestro tiempo, Marías olvida o prefiere ignorar demasiadas cosas que resultan esenciales, singulares, vertebradoras, identitarias y distintivas del teatro y de las que quiero hablar a continuación.
El teatro es por sí mismo pura heterodoxia porque, como toda creación, es subversiva respecto a "lo real". La poeisis en que se basa toda obra de arte en general y de ficción en particular requiere un ejercicio de recreación de la realidad y, simultáneamente, de sustitución de lo que podríamos llamar "normas de la literalidad" por el pacto entre autor y receptor por el que se acepta, percibe, siente y vive como real algo que no es más que una simulación. Es un engaño consentido que nos abre ventanas a otras realidades tan válidas como la física y cotidiana en tanto que la sentimos de igual manera y por los mismos cauces. En ese sentido, al contrario de lo que asume Marías, el teatro es un
juego pactado que se asienta no sobre la ignorancia o la credulidad del
público sino sobre la consciencia y la complicidad. Gracias al autor el
actor es pero es gracias al público por lo que el actor está. Por ello, el teatro deviene en un encuentro entre el ingenio, la
imaginación y el sentimiento auspiciado por el arte del gesto y la
palabra en el que el espectador no es parte pasiva sino activa en
calidad de cómplice y copartícipe de ese ritual del pensar y el sentir, porque en el fondo, en eso consiste el teatro, en ir más allá de lo que se ve y se oye; por eso, las formas no dejan de ser vehículos y herramientas al servicio del fondo, que es lo que permanece, cala e interesa al autor/adaptador, al actor y al público. En ese sentido, los únicos condicionantes a los que está expuesta una representación teatral son el ingenio y el presupuesto.
El teatro es una sagrada celebración de lo humano, una ceremonia donde se expone la Humanidad en toda su desnuda contradicción, grandeza y miseria, una ventana particular y temporal abierta hacia lo universal, un viaje simultáneamente personal y colectivo, una fiesta que profana las máscaras para mostrar las esencias y lograr así la catarsis que abre los ojos a la enseñanza, al aprendizaje, al descubrimiento y la reconciliación con lo que fuimos, somos y seremos. Así las cosas, dicotomías y etiquetas como "clásico"-"actual", "original"-"adaptación", "tradicional"-"innovador" tienen más sentido y valor pedagógico que real porque trazar clasificaciones estancas en aras de un purismo excesivo o una ortodoxia demasiado aferrada a lo literal es igual de absurdo e ineficaz que trazar rayas en el agua o querer enmarcar al viento. El teatro es un eterno diálogo del ser humano consigo mismo y, al amparo de ello, es también es una conversación de autores y actores a través del tiempo y el espacio sobre los grandes temas y las capitales pasiones del hombre donde la obra funciona a la vez como coartada y beneficiaria. En ese sentido, no hay teatro "clásico" ni "moderno": el teatro es teatro y la única distinción que cabría hacer al respecto es la de bueno o malo. Por eso, redundando en lo que comentaba antes, en ese intenso coloquio sobre las esencias, la forma no importará tanto como el fondo, porque en el arte dramático, cuando las cosas se hacen bien, todos los caminos conducen a Roma. Y esto es así desde que Tespis recorrió la Hélade con su carro. Por tanto, querer denigrar sistemáticamente toda adaptación o menospreciar automáticamente todo lo que se aparte de lo convencional demuestra una soberbia ignorancia o una ignorante soberbia, tanto da. Si todo el mundo hubiera demostrado esa clasista intransigencia que exhibe Marías en su artículo, el teatro no habría ido más allá de Esquilo, Sófocles y Eurípides y el mundo no habría conocido jamás a Shakespeare, Moliere, Calderón, Lope, Lorca, Miller, Fo y compañía. ¿Qué hay de malo en dejar al ingenio jugar con las formas mientras se respete el fondo? ¿Qué problema hay en reescribir las reglas si se logra el mismo efecto? ¿Qué peligro hay en dejar que el teatro, como cualquier otro arte, evolucione? Si el arte dramático es el más apegado a la realidad íntima del ser humano es absurdo querer prevenirlo del cambio, de la novedad, el contraste, el enriquecimiento y el mestizaje que existen en nuestra propia vida individual y social. El teatro nace de la imaginación y ésta nunca es estática, es volátil, juguetona, libertina, escurridiza, iconoclasta y libre, por encima de dogmas, cánones, convenciones, modas, gustos y opiniones.
Yo, por ejemplo, amante confeso y practicante del teatro, disfruto enormememte con obras como el soberbio Hamlet que se pudo ver hace un tiempo en los Teatros del Canal o con la estupenda adaptación de El asno de oro que hizo Rafael Álvarez, El Brujo o con los desternillantes espectáculos que hace Impromadrid. Obras todas ellas muy distintas entre sí pero con una cualidad en común: causarían una angina de pecho a Javier Marías.
En definitiva, que el "integrismo clásico" que rezuma el artículo de Javier Marías es tan desaconsejable y nocivo como querer innovar sin que acompañe el ingenio y el criterio y que critica el escritor con tanta saña. No obstante, lo peor de todo, ese ese injusto e injustificable desprecio de 360 grados que proyecta irresponsable e imprudentemente sobre el teatro, dando dentelladas aquí y allá (su ataque a las mujeres tampoco tiene desperdicio) como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Olvida el autor que se puede opinar sin agraviar a nadie ni parapetarse en ataques gratuitos e infundados. Quizás Marías sólo ha buscado notoriedad levantando esta estúpida polvareda pero a él ya no le hace falta notoriedad...ni tampoco quedar en ridículo.
El teatro es una sagrada celebración de lo humano, una ceremonia donde se expone la Humanidad en toda su desnuda contradicción, grandeza y miseria, una ventana particular y temporal abierta hacia lo universal, un viaje simultáneamente personal y colectivo, una fiesta que profana las máscaras para mostrar las esencias y lograr así la catarsis que abre los ojos a la enseñanza, al aprendizaje, al descubrimiento y la reconciliación con lo que fuimos, somos y seremos. Así las cosas, dicotomías y etiquetas como "clásico"-"actual", "original"-"adaptación", "tradicional"-"innovador" tienen más sentido y valor pedagógico que real porque trazar clasificaciones estancas en aras de un purismo excesivo o una ortodoxia demasiado aferrada a lo literal es igual de absurdo e ineficaz que trazar rayas en el agua o querer enmarcar al viento. El teatro es un eterno diálogo del ser humano consigo mismo y, al amparo de ello, es también es una conversación de autores y actores a través del tiempo y el espacio sobre los grandes temas y las capitales pasiones del hombre donde la obra funciona a la vez como coartada y beneficiaria. En ese sentido, no hay teatro "clásico" ni "moderno": el teatro es teatro y la única distinción que cabría hacer al respecto es la de bueno o malo. Por eso, redundando en lo que comentaba antes, en ese intenso coloquio sobre las esencias, la forma no importará tanto como el fondo, porque en el arte dramático, cuando las cosas se hacen bien, todos los caminos conducen a Roma. Y esto es así desde que Tespis recorrió la Hélade con su carro. Por tanto, querer denigrar sistemáticamente toda adaptación o menospreciar automáticamente todo lo que se aparte de lo convencional demuestra una soberbia ignorancia o una ignorante soberbia, tanto da. Si todo el mundo hubiera demostrado esa clasista intransigencia que exhibe Marías en su artículo, el teatro no habría ido más allá de Esquilo, Sófocles y Eurípides y el mundo no habría conocido jamás a Shakespeare, Moliere, Calderón, Lope, Lorca, Miller, Fo y compañía. ¿Qué hay de malo en dejar al ingenio jugar con las formas mientras se respete el fondo? ¿Qué problema hay en reescribir las reglas si se logra el mismo efecto? ¿Qué peligro hay en dejar que el teatro, como cualquier otro arte, evolucione? Si el arte dramático es el más apegado a la realidad íntima del ser humano es absurdo querer prevenirlo del cambio, de la novedad, el contraste, el enriquecimiento y el mestizaje que existen en nuestra propia vida individual y social. El teatro nace de la imaginación y ésta nunca es estática, es volátil, juguetona, libertina, escurridiza, iconoclasta y libre, por encima de dogmas, cánones, convenciones, modas, gustos y opiniones.
Yo, por ejemplo, amante confeso y practicante del teatro, disfruto enormememte con obras como el soberbio Hamlet que se pudo ver hace un tiempo en los Teatros del Canal o con la estupenda adaptación de El asno de oro que hizo Rafael Álvarez, El Brujo o con los desternillantes espectáculos que hace Impromadrid. Obras todas ellas muy distintas entre sí pero con una cualidad en común: causarían una angina de pecho a Javier Marías.
En definitiva, que el "integrismo clásico" que rezuma el artículo de Javier Marías es tan desaconsejable y nocivo como querer innovar sin que acompañe el ingenio y el criterio y que critica el escritor con tanta saña. No obstante, lo peor de todo, ese ese injusto e injustificable desprecio de 360 grados que proyecta irresponsable e imprudentemente sobre el teatro, dando dentelladas aquí y allá (su ataque a las mujeres tampoco tiene desperdicio) como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Olvida el autor que se puede opinar sin agraviar a nadie ni parapetarse en ataques gratuitos e infundados. Quizás Marías sólo ha buscado notoriedad levantando esta estúpida polvareda pero a él ya no le hace falta notoriedad...ni tampoco quedar en ridículo.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Un sueño de veinte años
Tal día como hoy, hace veinte años, nació el grupo de teatro "La fragua y la luna". Habrá quien al leer esto piense: "pues vale". No es mi caso. Ni el de
otras personas: las que en algún momento formaron parte del grupo y las
que alguna vez se sentaron al otro lado del escenario para
presenciar cómo un grupo de chavales dio forma a una
aspiración de juventud mientras transcurrían los años y las obras.
Ahora, afortunadamente, es posible hablar de todo ello sin el sesgo del idealismo,
la inocencia y la vehemencia propios de la juventud. Y digo
afortunadamente porque, despojado de cualquier inmadurez,
romanticismo y cortoplacismo, el balance de lo que "La fragua y la luna"
hizo desde aquella Navidad de 1996 sigue siendo hoy tan positivo como en esos
años en los que el sentimentalismo desmedido y la falta de rodaje vital
distorsionaban la percepción de la realidad como los espejos del
callejón del Gato. Por tanto, se puede decir con entera tranquilidad que
aquella aventura "iniciática" ha pasado con éxito el chequeo de la
madurez.
Deconstruir en datos al grupo sería algo fácil pero enormemente
insuficiente (una estadística nunca será un poema) ya que lo cuantitativo no puede hablar de lo cualitativo ni
lo computable es útil para resumir lo intangible. Y es que la historia
de "La fragua y la luna" sólo se puede resumir con palabras (las dichas
sobre el escenario) y sin palabras (que en definitiva es en lo que
consistir vivir: acumular la mayor cantidad posible de experiencias que
no se pueden describir con palabras). En ese sentido, el grupo de teatro
estuvo lleno de vida o, mejor dicho, de vidas: las de los personajes a los que dimos voz y piel y las nuestras propias,
que quizás no necesiten ser contadas pero sí vividas. Baste decir al respecto que los que hace veinte años éramos unos adolescentes hoy ya
tenemos nuestras propias familias, salvo aquellos que nos dejaron antes
de tiempo para no salir jamás de nuestro corazón y recuerdo: Marta y
José. Y es que "La fragua y la luna", desde su nacimiento, tuvo todos los ingredientes que se pueden esperar de la vida: aprendizaje y puesta en práctica de lo aprendido, aciertos y errores, éxitos y fracasos, carcajadas y lágrimas, encuentros y desencuentros, nacimientos y fallecimientos, bodas y funerales, distanciamientos y reconciliaciones, sorpresas y desengaños, confidencias y secretos, ilusiones y decepciones...todo el trasiego de dicotomías y contrarios vitales es fácilmente identificable en la trayectoria teatral y humana de los "fragualuneros" desde aquel 1996. Respecto a nosotros, los que pase lo que pase siempre seremos parte de ese entrañable grupo de teatro amateur, estos veinte años han sido tiempo suficiente para que la vida, que es el dramaturgo por excelencia, nos asigne distintos roles, guiones y escenarios pero, con independencia de eso, no hay ni uno solo de nosotros que no vea en la amistad un punto de encuentro, un "sitio de nuestro recreo" en el que recordar el pasado, comentar el presente y, por qué no, hablar del futuro. Y eso, la amistad, es lo mejor que nos ha legado "La fragua y la luna" pero, por suerte, no lo único. Ahí están los cientos de recuerdos que cada uno tenemos. Para mí, por ejemplo, los mejores recuerdos de esa etapa son los referentes a lo que pasó "en bastidores": muchos de esos momentos vividos entre bambalinas son simplemente imborrables de mi memoria y la mayoría se costruyeron de una forma tan simple como inconsciente: miradas, sonrisas, gestos de complicidad, silencios que hablaban, abrazos, vellos de punta, lágrimas de alegría, confidencias en la penumbra, discursos entrañablemente épicos...lo que pasó en aquel backstage es algo que ni puedo ni quiero olvidar.
Antaño nos gustaba cerrar los programas de mano con una frase en la que todos creíamos: "Con su permiso, vamos a seguir soñando". Hoy sería muy temerario decir que el sueño se ha acabado. Temerario e injusto porque que el sueño vuelva a abrir los ojos y a respirar vida es sólo cuestión de tiempo. Y no importa quién encarne ese sueño, quién pise las tablas dejándose llevar por la magia del teatro. Lo que importa es que, sea quien sea, tenga el mismo atrevimiento que tuvimos hace hoy veinte años. El atrevimiento a ser, sentir y estar. Porque vivir, básicamente, consiste en atreverse. Y, como ya he dicho, "La fragua y la luna" estuvo lleno de vida.
Dedicado a todos mis amigos de La Fragua y la Luna: a los que fueron, a los que son y a los que serán.
Dedicado a todos mis amigos de La Fragua y la Luna: a los que fueron, a los que son y a los que serán.
jueves, 13 de octubre de 2016
El penúltimo bufón
Ha muerto Darío Fo, un bufón magistral que manejó como pocos la
provocación y la sátira. El ingenio siempre viene bien para tocar lo que
no suena y pocos se atreven y Fo de eso iba tan sobrado como de humor cáustico.
Con el fallecimiento de este gran comediante, la literatura europea (Fo fue también novelista) y especialmente el teatro (la fama de Fo viene principalmente de su faceta como dramaturgo y actor) pierde a uno de sus totems (siendo premiado, en este caso sí merecidamente, con el Nobel de Literatura) un tipo incorrecto, libre y honesto cuya mirada nos ayudó a pensar y cuyos pensamientos nos ayudaron a mirar. Y todo ello sin renunciar nunca al arte más difícil: el de hacer reír. Y es que Fo, maestro de lo bufo, fue quizás uno de los mejores arlequines que tuvo y tendrá la cultura europea.
Y es que el país en forma de bota siempre ha alumbrado grandes maestros a la hora de dar puntapiés a las conciencias desde la sátira. Se fue Fellini (también un octubre, por cierto) y nos quedó Fo. Se va Fo y nos queda Sorrentino. Italia, en cuestión de ingenio, ha tenido siempre un banquillo extraordinario.
Ahora que de Fo ya sólo queda sombra, sería bueno para sobrellevar el duelo no ya (re)descubrir su interesante obra sino permitir que esa ética iconoclasta tan suya deje algo de luz en nuestra mirada y actitud ante el mundo.
Eso sí: en España afortunadamente nos queda el consuelo de tener a otro gran comediante y librepensador que, como Fo, también gusta de hacer pensar y reír al público: el maestro Rafael Álvarez, El Brujo.
Con el fallecimiento de este gran comediante, la literatura europea (Fo fue también novelista) y especialmente el teatro (la fama de Fo viene principalmente de su faceta como dramaturgo y actor) pierde a uno de sus totems (siendo premiado, en este caso sí merecidamente, con el Nobel de Literatura) un tipo incorrecto, libre y honesto cuya mirada nos ayudó a pensar y cuyos pensamientos nos ayudaron a mirar. Y todo ello sin renunciar nunca al arte más difícil: el de hacer reír. Y es que Fo, maestro de lo bufo, fue quizás uno de los mejores arlequines que tuvo y tendrá la cultura europea.
Y es que el país en forma de bota siempre ha alumbrado grandes maestros a la hora de dar puntapiés a las conciencias desde la sátira. Se fue Fellini (también un octubre, por cierto) y nos quedó Fo. Se va Fo y nos queda Sorrentino. Italia, en cuestión de ingenio, ha tenido siempre un banquillo extraordinario.
Ahora que de Fo ya sólo queda sombra, sería bueno para sobrellevar el duelo no ya (re)descubrir su interesante obra sino permitir que esa ética iconoclasta tan suya deje algo de luz en nuestra mirada y actitud ante el mundo.
Eso sí: en España afortunadamente nos queda el consuelo de tener a otro gran comediante y librepensador que, como Fo, también gusta de hacer pensar y reír al público: el maestro Rafael Álvarez, El Brujo.
Hoy, con la muerte de este arlequín, la comedia ha perdido arte y el arte ha perdido comedia. Hoy, con la muerte de este bufón, la sonrisa ha perdido una excusa más para salir a flote. Hoy, el silencio tiene algo de sentido. Mañana, será un buen momento para seguir haciendo el Fo. Pocos tributos mejores que ese se me ocurren.
sábado, 25 de abril de 2015
Hamlet + Globe = puro teatro
Teatro es el encuentro entre la fiesta y el rito, entre lo universal y lo concreto, entre la palabra y el cuerpo, entre la voz y el silencio, entre el gesto y el latido, entre el juego y lo solemne, entre lo pensable y lo sensible, entre lo efímero y lo eterno, entre el hombre y la humanidad, entre la ficción y la realidad.
Teatro es dejar que el cuerpo y la voz se transformen en palabras y éstas en imágenes y éstas a su vez en ideas, sentimientos y emociones y que el paso del tiempo convierta todo ello en recuerdo en lugar de olvido.
Teatro es tener el honor y la suerte de vivir algo irrepetible.
Teatro es sentir el sentido que hay en toda obra de arte.
Teatro es dejarte llevar y dejarse ir.
Teatro es ser a través de otros.
Teatro es el arte de mentir la verdad.
Teatro
es conseguir que unos perfectos extraños conecten desde un escenario
instantánea e íntimamente con cientos de espectadores mientras aquéllos
trabajan, éstos pagan y todos disfrutan.
Teatro es lograr que una persona desconecte del ruido y la furia para pensar, sentir y disfrutar a través de la imaginación.
Teatro es que un escenario de Madrid del siglo XXI se convierta en el mítico Globe del siglo XVII y éste a su vez en el Elsinor medieval.
Teatro
es conseguir que después de tres horas todo un patio de butacas puesto
en pie te aplauda y ovacione durante casi cinco minutos seguidos.
Teatro es, en definitiva, lo que la compañía del Shakespeare's Globe ha hecho en Madrid desde el pasado día 21 hasta ayer viernes con su representación de Hamlet en los Teatros del Canal.
La casualidad ha querido que dicha compañía haya pasado por la
capital española justo cuando se cumple un año desde el comienzo su impresionante gira "Globe to Globe Hamlet" y coincidiendo con la celebración del 451º aniversario del nacimiento de William Shakespeare, uno de los mejores (o el mejor) dramaturgo que ha existido jamás. La casualidad...y la suerte. Porque ver algo como este Hamlet, representado por los "herederos" de la célebre compañía de Shakespeare, en el idioma original y sin tener que pagar billete de avión es como que te toque la lotería a nivel teatral.
capital española justo cuando se cumple un año desde el comienzo su impresionante gira "Globe to Globe Hamlet" y coincidiendo con la celebración del 451º aniversario del nacimiento de William Shakespeare, uno de los mejores (o el mejor) dramaturgo que ha existido jamás. La casualidad...y la suerte. Porque ver algo como este Hamlet, representado por los "herederos" de la célebre compañía de Shakespeare, en el idioma original y sin tener que pagar billete de avión es como que te toque la lotería a nivel teatral.
De primeras, al espectador más canónico, ortodoxo o desfasado se le puede poner una cara de póquer al ver un escenario que tiene más de tramoya y bambalinas que de decorado convencional. O al
comprobar la alegría, la energía y la música en directo con la que todos los actores irrumpen en las tablas antes de dar comienzo a la función propiamente dicha. O al percatarse del crisol étnico y generacional que constituyen los integrantes del Shakespeare's Globe. O al fijarse en un vestuario más propio de los Estados Unidos de la Gran Depresión que de un reino danés de hace unos cuantos siglos. O al presenciar cómo los diferentes espacios escénicos se van materializando moviendo o recolocando los elementos que hay sobre las tablas. O al darse cuenta de que ni Hamlet ni Ofelia ni Polonio son precisamente nórdicos. O al
percartarse de cómo un mismo actor puede interpretar más de un personaje y no necesariamente de su mismo sexo...Quizás ese espectador olvida qué significa "universal". Quizás ese espectador, ese que sólo mira y entiende desde el academicismo, la ortodoxia y la tradición olvida que en inglés el verbo "interpretar", en lo que a teatro se refiere, coincide con el mismo verbo "jugar": play. Y es que hay mucho de juego en este Hamlet: ingenio, dinamismo, atrevimiento, habilidad, inteligencia, frescura, complicidad... Y no sólo juego. También maestría: la naturalidad, la convicción, la riqueza de matices, la intencionalidad, la habilidad, la templanza, la entonación...Todo el elenco da una auténtica clase de interpretación de principio a fin: eso es actuar. Eso es ser actor. Eso es teatro. Y punto.
comprobar la alegría, la energía y la música en directo con la que todos los actores irrumpen en las tablas antes de dar comienzo a la función propiamente dicha. O al percatarse del crisol étnico y generacional que constituyen los integrantes del Shakespeare's Globe. O al fijarse en un vestuario más propio de los Estados Unidos de la Gran Depresión que de un reino danés de hace unos cuantos siglos. O al presenciar cómo los diferentes espacios escénicos se van materializando moviendo o recolocando los elementos que hay sobre las tablas. O al darse cuenta de que ni Hamlet ni Ofelia ni Polonio son precisamente nórdicos. O al
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| Hamlet, (C) 2014 Helena Miscioscia |
Pero, si los méritos de la compañía dirigida por Dominic Dromgoole no fueran suficientes (que deberían serlo), no hay que olvidar que, muy probablemente, la tragedia del príncipe de
Dinamarca sea la obra más redonda de todas las que escribió Shakespeare. Como toda buena obra teatral, especialmente las del género trágico, Hamlet supone un viaje al corazón del alma humana, allí donde luz y tiniebla se definen mutuamente; allí donde el amor y el odio, la lealtad y la traición, la honestidad y la mentira, la lucidez y la locura, la alegría y el llanto, la represión y el deseo, el estruendo y el silencio, la ilusión y el miedo, la venganza y el
perdón, la acción y el pensamiento juegan el mismo duelo de contrarios que define la propia condición humana: vida y muerte. Pero es que Hamlet es además una obra que fusiona, con una modernidad e inteligencia más que vanguardistas, géneros y subgéneros en unas pocas pero sólidas tramas que dotan al conjunto de una coherencia incuestionable. Y, por si eso fuera poco, en Hamlet encontramos algunas de las mejores reflexiones jamás dichas/escritas sobre el teatro, las relaciones sociales, las bajas pasiones o el aprendizaje existencial, por citar sólo algunos ejemplos. Y si no basta, desdeñar Hamlet es desdeñar una obra que contiene varias de las sentencias más brillantes de toda la Literatura universal.
Por todo ello, ver el Hamlet de la Shakespeare's Globe es algo tan extraodinario como agradable e inolvidable. Una auténtica delicia. Así que, vaya desde aquí mi agradecimiento y admiración a Ladi Emeruwa, Amanda Wilkin, Keith Bartlett, Miranda Foster, Rawiri Paratene, Beruce Khan, Tom Lawrence y Matthew Romain por hacer algo francamente difícil e inusual hoy en día: puro teatro.
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| Hamlet, (C) 2014 Helena Miscioscia |
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| Hamlet, (C) 2014 Helena Miscioscia |
Por todo ello, ver el Hamlet de la Shakespeare's Globe es algo tan extraodinario como agradable e inolvidable. Una auténtica delicia. Así que, vaya desde aquí mi agradecimiento y admiración a Ladi Emeruwa, Amanda Wilkin, Keith Bartlett, Miranda Foster, Rawiri Paratene, Beruce Khan, Tom Lawrence y Matthew Romain por hacer algo francamente difícil e inusual hoy en día: puro teatro.
domingo, 1 de febrero de 2015
Un asno, un brujo y un misterio
Rafael Álvarez no sólo es un brujo sino también un auténtico maestro de las tablas. Rafael Álvarez no sólo es un brujo sino también un verdadero valiente por atreverse a llevar a escena a autores y/o textos que a otros provocarían sudores y palpitaciones. Rafael Álvarez no sólo es un brujo sino también un asno con mucha alma. Y la mejor y penúltima prueba de todo ello es su particular versión de El asno de oro de Apuleyo.
La obra original, un clásico ya sólo por mero origen, es una novela latina (es decir, de la Antigua Roma, para entendernos) que funde lo picaresco y lo mistérico, lo mundano y lo ultraterrenal, lo carnal y lo espiritual, lo cómico y lo profundo para relatarnos las peripecias de un joven Lucio transformado en asno por culpa de una peligrosa mezcla entre pasión sexual y curiosidad intelectual. A ello hay que añadir que la narración
principal está acompañada de otras historias (como la famosa de Eros y Psique) que ayudan a contextualizar el ambiente mitológico e iniciático en el que hay que encuadrar la aventura del asno para poder comprender mejor tanto el sentido como el significado de lo que se dice y de lo que ocurre en la trama troncal. No en vano, El asno de oro es mucho más que una novela para pasar el rato porque de lo que habla en realidad es de algo trascendente en fondo y forma. Si a ello se le une el hecho de estar pensada para la lectura y no para la representación, llevar a escena esta obra por primera vez tiene mucho de arriesgado, de temerario, de complicado, de exigente. Quizás por todo ello, ya al comienzo de la función, el hombre que presta cuerpo, voz y alma a un tropel de personajes humanos y divinos durante casi dos horas nos recita y recuerda un verso del libro VI de la Eneida: "Facilis descensus Averno: noctes atque dies patet atri ianua Ditis: sed revocare gradume superasque evadere ad auras, hoc opus, hic labor est", que, traducido libremente, viene a decir: "Descender al infierno es fácil: día y noche están abiertas las puertas de la oscuridad pero retrodecer y regresar a la luz...ahí está lo difícil". Y es que en eso consiste El asno de oro ya sea en su versión original o en la exitosa adaptación de Rafael Álvarez: en llevarnos de la oscuridad a la luz, en descubrir, en aprender, en llegar a un estado de consciencia y conciencia que nos permita encontrarnos a nosotros mismos en la medida que ello implica hallar nuestra esencia y nuestro camino, que, en el fondo, es una misma cosa puesto que somos camino, aprendizaje, conocimiento constante, mente en acción.
Así las cosas, representar en un teatro la novela de Apuleyo es algo tan sencillo como regresar del inframundo: una tarea muy
exigente a ambos lados del escenario y que sólo puede resolverse de forma exitosa si la lidera alguien con la chispa, la versatilidad, la experiencia, el talento, la honradez y el carisma de Rafael Álvarez. Un cómico con mayúsculas y un titán del arte dramático que sabe perfectamente cuándo dar rienda suelta al histrión, cuándo liberar al bufón, cuándo sacar al pensador y cuándo mostrar al hombre de su tiempo sin dejar por un momento de retener la atención de un público cuyo reverencial asombro sólo se ve interrumpido por las carcajadas y los aplausos. Todo ello sin desmerecer la habitual y sencilla puesta en escena y la magnífica música en directo comandada por Javier Alejano.
Que El Brujo sale airoso de este colosal trance tiene una de sus mejores muestras en que, al finalizar la función, uno tiene las mismas dudas que al concluir la lectura de la novela: ¿De qué
trata "El asno de oro"? ¿Qué finalidad tiene? ¿Desnudar al ser humano de todas las vergüenzas que dan sentido a las palabras corrupción, fealdad, amoralidad o maldad? ¿Denunciar los vicios y perjuicios que, siendo antiguos, siguen hoy de actualidad? ¿Despojarnos de todo lo terrenal, lo mundano, lo fútil y lo accesorio para llegar a un estado de contemplación, de serenidad íntima, de equilibrio interior, de éxtasis intelectual y espiritual? ¿Mostrarnos cuál es la verdadera belleza de la existencia? ¿Revelarnos la clave para saber vivir? Quizás, por separado, ninguna de estas cuestiones sea suficiente para explicar o justificar la novela ni la adaptación teatral...pero, tal vez, consideradas todas ellas en conjunto, obtengamos la clave para entender el "por qué" y el "para qué" de El asno de oro. Lo cierto es que dar una respuesta contundente a todo esto. Ahí está el encanto de esta obra: en su
misterio, en lo que tiene de oculto y de descubrimiento, en lo que se puede entender pero no explicar. Quién sabe...puede que la solución esté, tal y como apuntan Apuleyo y El Brujo, en hallar y comer esas rosas capaces de tornar un asno en hombre, en saber encontrar y aprehender la verdadera belleza, ésa que nos libera de lo que no somos ni debemos ser, ésa que al hacerla parte de nosotros, nos hacer no sólo ser quienes somos de verdad sino ser mejores que muchos otros perdidos entre rebuznos y coces. ¿Qué es esa belleza? ¿Cómo y dónde encontrarla? Eso ya es tarea y aventura de cada uno.
De lo que no cabe ninguna duda tras ver la función es de que Rafael Álvarez, El Brujo, no es ningún asno de oro pero sí un artista que, como tal, vale oro. Y, por suerte, no es ni mucho menos la primera vez que lo demuestra. Ni será la última.
principal está acompañada de otras historias (como la famosa de Eros y Psique) que ayudan a contextualizar el ambiente mitológico e iniciático en el que hay que encuadrar la aventura del asno para poder comprender mejor tanto el sentido como el significado de lo que se dice y de lo que ocurre en la trama troncal. No en vano, El asno de oro es mucho más que una novela para pasar el rato porque de lo que habla en realidad es de algo trascendente en fondo y forma. Si a ello se le une el hecho de estar pensada para la lectura y no para la representación, llevar a escena esta obra por primera vez tiene mucho de arriesgado, de temerario, de complicado, de exigente. Quizás por todo ello, ya al comienzo de la función, el hombre que presta cuerpo, voz y alma a un tropel de personajes humanos y divinos durante casi dos horas nos recita y recuerda un verso del libro VI de la Eneida: "Facilis descensus Averno: noctes atque dies patet atri ianua Ditis: sed revocare gradume superasque evadere ad auras, hoc opus, hic labor est", que, traducido libremente, viene a decir: "Descender al infierno es fácil: día y noche están abiertas las puertas de la oscuridad pero retrodecer y regresar a la luz...ahí está lo difícil". Y es que en eso consiste El asno de oro ya sea en su versión original o en la exitosa adaptación de Rafael Álvarez: en llevarnos de la oscuridad a la luz, en descubrir, en aprender, en llegar a un estado de consciencia y conciencia que nos permita encontrarnos a nosotros mismos en la medida que ello implica hallar nuestra esencia y nuestro camino, que, en el fondo, es una misma cosa puesto que somos camino, aprendizaje, conocimiento constante, mente en acción.
Así las cosas, representar en un teatro la novela de Apuleyo es algo tan sencillo como regresar del inframundo: una tarea muy
exigente a ambos lados del escenario y que sólo puede resolverse de forma exitosa si la lidera alguien con la chispa, la versatilidad, la experiencia, el talento, la honradez y el carisma de Rafael Álvarez. Un cómico con mayúsculas y un titán del arte dramático que sabe perfectamente cuándo dar rienda suelta al histrión, cuándo liberar al bufón, cuándo sacar al pensador y cuándo mostrar al hombre de su tiempo sin dejar por un momento de retener la atención de un público cuyo reverencial asombro sólo se ve interrumpido por las carcajadas y los aplausos. Todo ello sin desmerecer la habitual y sencilla puesta en escena y la magnífica música en directo comandada por Javier Alejano.
Que El Brujo sale airoso de este colosal trance tiene una de sus mejores muestras en que, al finalizar la función, uno tiene las mismas dudas que al concluir la lectura de la novela: ¿De qué
trata "El asno de oro"? ¿Qué finalidad tiene? ¿Desnudar al ser humano de todas las vergüenzas que dan sentido a las palabras corrupción, fealdad, amoralidad o maldad? ¿Denunciar los vicios y perjuicios que, siendo antiguos, siguen hoy de actualidad? ¿Despojarnos de todo lo terrenal, lo mundano, lo fútil y lo accesorio para llegar a un estado de contemplación, de serenidad íntima, de equilibrio interior, de éxtasis intelectual y espiritual? ¿Mostrarnos cuál es la verdadera belleza de la existencia? ¿Revelarnos la clave para saber vivir? Quizás, por separado, ninguna de estas cuestiones sea suficiente para explicar o justificar la novela ni la adaptación teatral...pero, tal vez, consideradas todas ellas en conjunto, obtengamos la clave para entender el "por qué" y el "para qué" de El asno de oro. Lo cierto es que dar una respuesta contundente a todo esto. Ahí está el encanto de esta obra: en su
misterio, en lo que tiene de oculto y de descubrimiento, en lo que se puede entender pero no explicar. Quién sabe...puede que la solución esté, tal y como apuntan Apuleyo y El Brujo, en hallar y comer esas rosas capaces de tornar un asno en hombre, en saber encontrar y aprehender la verdadera belleza, ésa que nos libera de lo que no somos ni debemos ser, ésa que al hacerla parte de nosotros, nos hacer no sólo ser quienes somos de verdad sino ser mejores que muchos otros perdidos entre rebuznos y coces. ¿Qué es esa belleza? ¿Cómo y dónde encontrarla? Eso ya es tarea y aventura de cada uno.
De lo que no cabe ninguna duda tras ver la función es de que Rafael Álvarez, El Brujo, no es ningún asno de oro pero sí un artista que, como tal, vale oro. Y, por suerte, no es ni mucho menos la primera vez que lo demuestra. Ni será la última.
lunes, 27 de octubre de 2014
"Lluvia constante": perder para ganar
Mientras escribo esto, aún resuena en mi cabeza una larga e intensa ovación, una lluvia de aplausos con toda la contundencia y furia de un aguacero procedente de un público puesto en pie durante varios minutos. Así se despedía "Lluvia constante" de los Teatros del Canal después de más de dos semanas dejando sin butacas libres a su Sala Verde y sin palabras a los espectadores.
Este drama del productor y guionista Keith Huff, estrenado en 2007 y triunfante en Broadway, desembarcó en España el pasado 9 de octubre de la mano del cineasta David Serrano y con los actores Roberto Álamo y Sergio Peris-Mencheta en los papeles protagonistas. La obra, inspirada por un terrible hecho real, convierte al público en testigo de los trágicos sucesos que cambiaron para siempre las vidas de dos polícias, el visceral y violento Dani (Álamo) y el taciturno y alcohólico Rodo (Peris-Mencheta), dos amigos salpicados por toda la mierda y la crueldad de un mundo imperfecto, dos personas que intentan sobrevivir en una vida convertida en callejones sin luz.
Así, "Lluvia constante", pese a su trama y ritmo de thriller
policíaco, se descubre ante el espectador como un drama profunda y amargamente humano, un duro y conmovedor descenso a los infiernos del alma donde se desdibuja la frontera entre el bien y el mal, entre lo lógico y lo contradictorio, entre la redención y la destrucción, entre la lealtad y la traición, entre lo justo y lo necesario, entre la risa y el llanto, entre la felicidad y el dolor, entre la vida y la muerte.
policíaco, se descubre ante el espectador como un drama profunda y amargamente humano, un duro y conmovedor descenso a los infiernos del alma donde se desdibuja la frontera entre el bien y el mal, entre lo lógico y lo contradictorio, entre la redención y la destrucción, entre la lealtad y la traición, entre lo justo y lo necesario, entre la risa y el llanto, entre la felicidad y el dolor, entre la vida y la muerte.
Por si eso no fuera suficiente, este montaje cuenta con dos interpretaciones de las que dejan huella y buena advertencia de ello es que la escenografía es minimalista. Tanto Roberto Álamo como Sergio Peris-Mencheta componen sus personajes con una solidez, intensidad y honradez monumentales, dejándose el cuerpo
y el alma para llenar de vida y matices a Dani y Rodo. Ya desde el comienzo de la obra, cuando ambos avanzan hacia el proscenio para romper la cuarta pared, uno siente la presencia, el magnetismo y la química que los dos actores exhiben de principio a fin en "Lluvia constante". Su actuación es simplemente memorable, de las que te quitan las palabras y el aliento mientras te hacen sentir desnudo y cómplice al mismo tiempo. Dos encarnaciones apabullantes que consiguen algo a priori muy complicado como es que el espectador empatice con alguien tan conflictivo como Dani y tan oportunista como Rodo. En resumen: Álamo y Peris-Mencheta regalan a las butacas un tour de force del que se hablará mucho tiempo y merecidamente.
y el alma para llenar de vida y matices a Dani y Rodo. Ya desde el comienzo de la obra, cuando ambos avanzan hacia el proscenio para romper la cuarta pared, uno siente la presencia, el magnetismo y la química que los dos actores exhiben de principio a fin en "Lluvia constante". Su actuación es simplemente memorable, de las que te quitan las palabras y el aliento mientras te hacen sentir desnudo y cómplice al mismo tiempo. Dos encarnaciones apabullantes que consiguen algo a priori muy complicado como es que el espectador empatice con alguien tan conflictivo como Dani y tan oportunista como Rodo. En resumen: Álamo y Peris-Mencheta regalan a las butacas un tour de force del que se hablará mucho tiempo y merecidamente.
Y, coronando todo ello, la moraleja que desde la boca de Rodo se queda clavada en la mente del público: cuánto hay que perder para ganar. Una reflexión amarga, honesta y cierta y que conviene no olvidar porque, al fin y al cabo, nos guste o no, lo aceptemos o no, el mundo de Dani y Rodo es el nuestro.
Por todo esto, es lógico que, al apagarse las luces, cuando Dani y Rodo ya no están y vuelven a aparecer Roberto y Sergio, el tenso silencio se quiebre arrasado por una tormenta de aplausos de un público que puesto en pie durante varios minutos no tiene palabras pero sí sobrados motivos para estar muy agradecido por lo que acaba de ver, sentir y pensar.
Decía hace no mucho Sergio Peris-Mencheta en una entrevista que el teatro necesita la verdad del cine. Prueba superada.
lunes, 22 de septiembre de 2014
"La luz oscura de la fe": el Brujo y el místico
Antaño, los místicos alcanzaban el éxtasis a través de la soledad, la introspección y una comunicación íntima con Dios. Hoy, en el siglo XXI, es posible alcanzar el éxtasis sin vestir hábito, en compañía y con independencia de creer o no en Dios: basta con ir a ver una obra de Rafael Álvarez "El Brujo".
"La luz oscura de la fe" ha sido el nuevo montaje que ha estrenado en Madrid este excepcional dramaturgo y actor. En esta ocasión, después de adentrarse en el universo de célebres autores tan dispares como Cervantes, San Juan, Shakespeare, Homero o Apuleyo, "El Brujo" nos acerca a la vida y obra de uno de los grandes místicos y poetas españoles: San Juan de la Cruz, quien, por cierto, es el segundo religioso al que Rafael Álvarez presta atención e ingenio, después de haber hecho lo propio con San Francisco de Asís.
La obra es fiel al estilo de "actor solista" que encarna y ensalza "El Brujo" en España como hicieron en Italia otros dos monstruos de las tablas como Vittorio Gasman y Darío Fo. Así, durante cien minutos, el público tiene la oportunidad de conocer o redescubrir la vida y obra del místico castellano, de comprender qué luz es capaz de brillar allí donde no hay luz y de
ver en acción a uno de los grandes actores de los que quedan vivos en España y un auténtico maestro a la hora no ya sólo de actuar sino también de hacer pensar y hacer reír. Y es que las lecciones que da Rafael Álvarez "El Brujo" sobre un escenario van con frecuencia más allá de lo estrictamente dramático. Eso por no hablar de su habilidad para salir airoso de cualquier brete, ya sea éste meramente interpretativo, el IVA de Montoro o la gente que no sabe, no recuerda o no quiere silenciar un teléfono móvil durante una representación...Si, además de eso, está acompañado del excelente violín de Javier Alejano y el canto titánico de Enrique Morente (genial tributo, por cierto), pues no cabe ya duda ni reparo alguno en sentarse en la butaca con la total confianza en que vas a disfrutar. Y mucho.
Centrándome en el tema de "La luz oscura de la fe", esta obra, más allá de las andanzas vitales y la formidable poesía de San Juan de la Cruz, aborda como asunto último y profundo la belleza,
entendida no sólo desde la estética y lo exterior sino desde la consciencia y lo íntimo. En ese sentido, Rafael Álvarez consigue que el espectador comprenda que para descubrir y disfrutar la belleza hay que saber mirar o, mejor dicho, simplemente hay que saber. Así, la belleza se sitúa como algo mucho más allá de lo sensorial. Es algo que tiene más que ver con el conocimiento y la serenidad que con los cinco sentidos. Es un estado del alma que permite tanto alumbrar a otros como a uno mismo. Es esa luz oscura capaz de brillar allí donde no hay luz y de iluminar nuestros momentos más sombríos. Es la armonía capaz de conectarnos incluso con lo que no somos capaz de describir sino tan sólo de vivir. Es lo que nos hace sentir el placer de sentirnos en paz.
Así las cosas, "La luz oscura de la fe" supone una muestra más (y van...) de que presenciar una obra de "El Brujo" tiene toda la excelencia de lo sagrado y toda la complicidad de lo festivo. Sólo así se puede entender el extraordinario talento de Rafael
Álvarez para fusionar lo poético y lo mundano, la reflexión y el chascarrillo, la melodía y la palabra, la sentencia profunda y la chanza hilarante, la música y el silencio, lo universal y lo personal, la serenidad y el histrionismo, lo elevado y lo cercano, lo pasado y lo actual. Quizás todo ello forme parte de su embrujo. Como también forma parte de su arte arcano su habilidad para conseguir que un público tan heterogéno y dispar como el que le sigue reaccione de idéntica manera. Igual que forma parte de su encantamiento lograr que el espectador se sienta no sólo testigo sino cómplice, camarada y compañero de ese viaje que "El Brujo" propone en cada una de sus obras.
Por todo ello, después de haber tenido la suerte de ver a lo largo de varios años "El Lazarillo de Tormes", "El ingenioso hidalgo de la palabra", "San Francisco, juglar de Dios", "El Evangelio de San Juan", "Mujeres de Shakespeare", "La Odisea" y "La luz oscura de la fe", no puedo más que desear disfrutar más pronto que tarde de lo nuevo de Rafael Álvarez. Y es que quizás "El Brujo" no consiga que el espectador salga viendo luces (como le ocurría a San Juan de la Cruz) pero sí con una sonrisa a un lado y otro de la cara. Y eso, con independencia del precio de la entrada, es sencillamente impagable.
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