Mostrando entradas con la etiqueta Religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Religión. Mostrar todas las entradas
miércoles, 16 de mayo de 2018
La falacia de Coelho
"Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño". Probablemente tú, lector, hayas visto o escuchado infinidad de veces esta frase (o cualquiera de su versiones) parida por ese exitoso y encantador vendedor de humo llamado Paulo Coelho en su obra El alquimista. No sólo es una de las cursiladas más rimbombantes que se han dicho sino también una de las más extendidas falacias en esta era del llamado "pensamiento positivo" y de la majadería vaporosa. Conste que yo respeto totalmente a quienes admiren o incluso lean a los Coelho, Bucay y demás quasiescritores y pseudopensadores que anidan lucrativamente en la frontera entre la autoayuda, la tomadura de pelo y el viaje en aerolíneas LSD. Para gustos, los colores. No obstante, el problema no es que existan tipos como estos que he mencionado sino que haya gente dispuesta no ya a tomárselos en serio sino incluso a creer en afirmaciones que son, en lo literario o en lo filosófico, el equivalente a decir que el cáncer se cura con zumos y demás grandes éxitos de la charlatanería de nuevo cuño. Por eso escribo este artículo.
El error fundamental de la cita con la que comienzo este post consiste en pontificar como axioma algo que, contrastado con la vida real empíricamente demostrada y demostrable, es cuando menos difícil de sostener: creer que la voluntad o el deseo basta para lograr algo. Dicho de otro modo: situar en nosotros la responsabilidad del éxito o el fracaso, del triunfo o la derrota, del disfrute o del sufrimiento. Equiparar voluntad a resultados es, por tanto, un error descomunal: sin voluntad es imposible que haya resultados pero sólo con voluntad no llegan los resultados. Un error del que, por cierto, también se valen muchas filosofías y religiones (que no son más que filosofías con un dios como Macguffin). Una falacia que está muy bien como placebo para tranquilizar la conciencia y mantener alta la moral pero que está destinada a chocar con la realidad porque la vida no está hecha (sólo) de voluntad, deseo, ganas, creencia o fe. Por eso, todos esos postulados tan excesivamente simples y reduccionistas son en esencia y a la larga fraudulentamente nocivos porque implican, por ejemplo, descartar algo tan decisivo como la suerte (o la ausencia de mala suerte, si se quiere ver así) y algo tan profundamente cotidiano como es la imprevisibilidad de los acontecimientos. En una existencia dominada por la entropía como es la nuestra, ponerse estupendo pontificando con reglas o axiomas es abrir de par en par las puertas a la decepción, a la frustración, al desengaño. Por mucho que yo desee que dos más dos sumen cinco, siempre serán cuatro. Dicho de otra manera: no
basta con querer ni con luchar ni con resistir ni con creer en ti o en algo
trascendente. En la vida
intervienen muchos otros factores totalmente ajenos e impermeables a los
deseos, ilusiones, necesidades o creencias de una persona.
Por eso, las creencias (sean de origen filosófico, religioso o pseudoliterario) por sí solas no solucionan nada, más allá de sus efectos calmantes o estimulantes en la psique individual de cada persona. Me explico: un enfermo terminal está sentenciado por mucho que rece, crea, desee o quiera curarse; un parado no va a tener trabajo sólo por rezar, creer, desear o querer obtenerlo; un pobre no va a convertirse en multimillonario a base de rezos, deseos o pensamientos; un adefesio no va a tener una cita con Charlize Theron por mucho que lo quiera o lo pida a las alturas o lo piense en posición de loto. Y las excepciones a la cruda y pura realidad algunos las llaman "suerte" y otros "milagros". Punto. En resumen: las
creencias son las canciones de cuna que los adultos nos damos a
nosotros mismos para cuando los mitos o los cuentos nos parecen cosas de niños.
A lo mejor hay quien piensa que soy un cínico o un descreído. No. Una cosa es ser creyente (ya sea en un postulado filosófico, religioso, psicológico o terapéutico) y otra muy diferente es ser crédulo, que es lo que le ocurre por desgracia a buena parte del personal. Yo soy creyente pero no estúpido. Por eso, pienso que, volviendo a la frase del comienzo, me parecería más honesto y realista afirmar que, en el camino a sus objetivos, cada persona tiene el potencial para encarar las adversidades (lo cual no quiere decir que las supere) y casi hasta el deber de hacerlo, porque la vida no es más que eso: reaccionar. No hay mayor satisfacción ni tranquilidad, tras el triunfo o la derrota, que saber que lo has dado todo, que has luchado. Y eso no hay realidad que te lo discuta.
sábado, 31 de marzo de 2018
¿Existe el Infierno?
Hay entrevistas que las carga el diablo, nunca mejor dicho. Para muestra, el supuesto vis a vis entre el Papa Francisco, mandamás de la Iglesia católica, y Eugenio Scalfari, mandamás del periódico La Repubblica. Según el periodista, el pontífice negó la existencia del infierno, diciendo poco menos que lo inmediatamente posterior a la muerte es una especie de programa de lavado tras el cual lo malo simplemente desaparece como si fuera mera suciedad o mugre. Tras esta supuesta revelación, a la Iglesia le tembló hasta el genoma. Lo de menos es el prosaico paralelismo entre el destino postmórtem del alma y el destino de la ropa interior usada. El epicentro del problema tampoco está en que el actual titular del Vaticano enmende en plena Semana Santa la plana a sus predecesores Benedicto XVI (quien en 2007 afirmó categóricamente la existencia infernal) y Juan Pablo II (que en 1999 sostuvo la existencia del infierno no como un lugar físico sino como un estado del alma). El quid de la cuestión está en que negar la existencia del infierno, el lugar de castigo infinito, el eterno rincón para pensar (y sufrir), desmontaría por completo el sistema de recompensa-castigo sobre el que se asienta el cristianismo (como ocurre por cierto con la mayoría de religiones y credos, acostumbrados a tratar al ser humano como si fuera un cachorro de perro). ¿Qué más da portarse bien o mal si no hay castigo? Eliminando el miedo al castigo, se libera la conducta de toda moral y se instaura una "ética de barra libre" en la que no tiene sentido esa codificación que el cristianismo (como muchas otras religiones, repito) inocula a nivel indivual y colectivo amparándose con mayor o menor sutileza en un mecanismo coercitivo que tiene en el infierno su piedra basal. Y es, que las cosas como son, en el fondo las personas somos como niños pequeños: obramos más por el miedo a lo malo que por la aspiración a lo bueno. Hablando de "lo bueno", por extrapolación habría quien dijera que si el Infierno no existe, tampoco el Paraíso, porque no hay luz sin sombra. Por eso, es lógico que la curia y la feligresía haya estado al borde de la angina de pecho con esa supuesta revelación del Papa Francisco. Y más lógico todavía que al Vaticano le haya faltado tiempo para salir al paso de la polémica, desmintiendo el pasado Jueves esa negación del Infierno y alegando que el tal Eugenio se ha pasado por sus Scalfari el rigor que todo periodista debe tener. Vamos, que se lo ha sacado de su nonagenaria chistera, algo que, por cierto, parece que no es nuevo en la biografía de este individuo. Así las cosas, la Iglesia ha salvado un match ball.
Dejando al margen lo naif que resulta que la gente se deje influir por lo que diga o deje de decir una persona, por muy Papa que sea, creo que sólo un necio podría negar la existencia del Infierno...aunque no se corresponda con ese lugar imaginado en tantas religiones y mitologías (ej: el Gehena judío, el Tártaro griego, el Naraka hinduista y budista, el Nastrand nórdico, el Mictlán mexica, etc).
Creo que es evidente que el Mal existe en muchas y diversas formas: tanto las hemerotecas como nuestra propia memoria están llenas de indicios más que indubitados de ello. Tampoco habría que descartar la existencia del demonio como "ente", porque hay sucesos documentados que invitan a tomarse en serio el tema y no como una parida de cuatro frikis (ahí está Sante Babolin para demostrarlo), pero ese es un jardín en el que no me voy a meter. No obstante, con idéntica honestidad creo que flaco favor nos hacemos a nosotros mismos si pensamos que el Infierno es el siniestro parque temático del que nos han hablado dentro y fuera de la religión (estoy pensando en el primer canto de la Divina Comedia de Alighieri; El paraíso perdido, de Milton; en los lienzos de Brueghel y El Bosco; etc) o que el diablo tiene la forma del dios griego Pan (el cristianismo escogió como imagen del demonio la fisionomía de esa deidad por sus vínculos con lo visceral y sexual). No hay que ser idiotas, ni en un sentido ni en otro.
El Infierno existe. Y no está en ningún plano ultraterrenal. Está aquí. En nuestro mundo. Al menos yo lo creo así. Me explico. Dando por válido que el Infierno es esencialmente agonía, sufrimiento, tormento y dolor ilimitado, creo que el Infierno está en la mente. Y no hablo sólo de esos monstruos que acechan en la sociedad hasta que rompen el anonimato y pasan a la posteridad rompiendo vidas de inocentes. Estoy hablando también de esos estados del alma, de la consciencia o de la psique que te hacen sentir, fundadamente o no, completamente a oscuras, roto, desnortado y/o hundido en la mierda. Un infierno que no hace distinción entre pecadores e inocentes. Un infierno que tiene desgraciadamente muchas puertas (la guerra, la muerte de un ser querido, el desengaño sentimental, la carencia de recursos para sobrevivir, el mobbing, la marginación, el bullying, la violación, el maltrato, el abuso sexual, el trastorno mental, la enfermedad incurable, la pérdida de un empleo, el desahucio, la bancarrota, la impotencia ante una adversidad sobrevenida...la lista es, por desgracia, larga). Pero, a diferencia del Infierno dibujado por las variopintas creencias, el Infierno de este mundo tiene una salida, una cuya importancia no reside en llegar a ella sino en querer hacerlo, siendo conscientes de que si bien hay cosas que no se pueden cambiar, sí que está en nuestra mano cambiar la forma en que las asimilamos o reaccionamos ante ellas. Cuando llegue la muerte, que nos pille intentando ser felices. Ese es el camino para salir del Infierno.
Acabo ya. El Papa sabrá si dijo o no lo que Scalfari le atribuye. Lo que sí debería decir Francisco es que no hace falta morir para ir al Infierno. Eso seguro que nadie se lo discutiría.
jueves, 4 de enero de 2018
Las reinonas magas
Hay que reconocer que la Alcaldía de Madrid, desde que está en manos de cierto batiburrillo, tiene cierta propensión a armar el Belén en Navidad con polémicas gratuitas, absurdas y, por tanto, fácilmente evitables. Este año, a diferencia de lo que pasó en 2016, la memez que ha levantado una desmesurada polvareda es la inclusión de una carroza en favor de la diversidad sexual en la cabalgata de Reyes de Vallecas. Esta decisión de homenajear a Priscilla, reina del desierto en plena noche del 5 de Enero ha suscitado, como digo, una polémica que ha devenido en noticia nacional. A mí, por lo pronto, me parece una majadería tanto la decisión en sí como la exagerada sobrerreacción de ciertas personas propensas a mear salves y rasgarse las vestiduras.
En cuanto a la carroza de las reinonas magas: Habiendo días más oportunos, circunstancias menos controvertidas y motivos mejores para visibilizar las diferentes opciones sexuales y reivindicar la normalidad para quien vive, ama y siente más allá de las fronteras heterosexuales, creo que la decisión de pasear este tema en la cabalgata de Reyes es algo fuera de lugar, forzado, inoportuno, incongruente e inconexo, tanto como me lo parece incluir en el desfile de Reyes a personajes del mundo televisivo o de diversos bestiarios que poco o nada tienen que ver con el sarao bíblico-religioso navideño. Ignoro si el tema de la drag-carroza es fruto de una cándida ingenuidad o bien resultado de una deliberada intencionalidad de dar la nota o de refrescar un discutible afán de protagonismo. Sea por el motivo que sea, me parece un error y no por el tema de visibilizar al mundo LGTB sino por la forma y la ocasión. Es como si Podemos leyera un manifiesto republicano en un acto a favor de la monarquía o los de Hazte Oír desfilaran en el Día del Orgullo o un charcutero hablara en una conferencia vegana o el PP encabezara una manifestación contra la corrupción: es algo totalmente legítimo pero chirriante, tonto, de mal gusto y contraproducente para los interesados. En resumen: cada cosa a su tiempo y cada tiempo a su cosa y, mientras tanto, nada de mezclar churras con merinas, por favor. Por cierto, un consejo para esos demagogos, histéricos de la corrección política o fanáticos arcoiris que piensen que soy homofóbico o alguna estupidez similar: leed ciertos artículos que publiqué en 2007 y 2017 y luego ya hablamos.
Respecto a la sobrerreacción: una cosa es discrepar y otra ponerse estupendo. Siendo ambas reacciones legítimas y legales, la primera es sana pero la segunda es tóxica. Baste como ejemplo de esto último la petición de la rimbombante Liga Española Pro Derechos Humanos de impedir la salida de la carroza LGTB: "El objeto de esta medida cautelarísima es evitar la tergiversación de las tradiciones religiosas,
en detrimento de los niños, cuya ilusión se basa en que los mismos
Reyes Magos que conocieron a Jesús en su lecho natal ofreciéndole
regalos de alto valor simbólico, celebran cada año el mismo día de su
llegada, ofreciéndole regalos a los infantes como tributo del propio
Jesús a la humanidad. (...) De ejecutarse la presencia de las Reinas Magas, cambiaría el criterio por el cual existen los Belenes
y la imagen de quienes adoran al Niño Dios a pocos días de su
nacimiento, lo cual causaría un daño de imposible reparación, porque en
ningún caso podría retrotraerse la imagen difundida. (...) La
celebración de la Cabalgata en el formato propuesto perjudica altamente
el interés general, el interés de los niños en su ilusión y tradición
además del interés legítimo de la Iglesia Católica por la irreverente y
ofensiva imagen que afecta a uno de sus principales símbolos" y rematan la faena recordando que las Reinas Magas no existen en la tradición religiosa, y que los Reyes
Magos "no son personajes sino citas bíblicas de las cuales el
Ayuntamiento de Madrid no es titular. Por ello no puede alterar la
inalterabilidad dogmática de la Iglesia Católica durante milenios". Esta petición, por cierto desestimada por motivos procesales, es como decía antes el mejor ejemplo de lo que entiendo por sobrerreacción. Dejando a un lado lo repugnantemente cursi y meapílico de la forma y el fondo de su escrito, creo que ejemplifica bastante bien que quienes estan protestando tan airadamente contra la estridente y errónea soplapollez de la drag-carroza quedan en evidencia por varios motivos: 1) Si nos ponemos rigurosos o, mejor dicho, ultraortodoxos con el tema de la Navidad, mejor sería ir cambiando la fecha de celebración de la misma y deconstruyendo el portal de Belén. 2) Los Reyes Magos que todos conocemos beben más de los apócrifos y el costumbrismo popular que de lo poquísimo que dice la Biblia. 3) La propia sexualidad de los RRMM está en ¿entredicho? por la Iglesia con el tema del "sueño de los Reyes Magos", así que mejor correr un tupido velo. 4) ¿Quién les ha nombrado a estos measalves portavoces y paladines del interés general? Puestos
a defender el "interés general" y hablar de "alarma social" sería más
necesario y digno alzar la voz contra la precarización del mercado
laboral, la enésima subida de la luz, el pésimo nivel educativo, la manipulación informativa, la conciliación trabajo-casa o cosas
así antes que por el paseo navideño de unos travestidos. 5) ¿Les molesta/cabrea/ofende que desfilen unas drags pero no Bob Esponja, Pocoyó o engendros que parecen sacados de un espectáculo de La Fura dels Baus? ¿En qué parte de la Biblia figuran esos personajes? ¿Fueron Las Supernenas a adorar a Jesús al pesebre? Y 6) La Iglesia Católica y sus leales defensores flandersianos harían mejor en solucionar el asqueroso tema de la pederastia que en protestar por lo que en el fondo no deja de ser una estridente mamarrachada. En resumen: no me parece mal comentar, criticar o protestar por la drag-carroza pero sí me parece gilipollesco exaltarse de semejante manera cuando está el patio como está. Ojalá todos los problemas que tenemos los españoles fueran del nivel de "hombres vestidos de putones galácticos desfilando en Reyes". Por
cierto, un aviso para todos esos papanatas que se piensen que soy ateo o agnóstico o iconoclasta: soy creyente, cristiano, católico y practicante...pero no tonto del culo.
En fin. Con todo este asunto de las drag-queens en la cabalgata vallecana creo que los de un lado y otro han perdido una oportunidad estupenda para no quedar como unos perfectos idiotas.
domingo, 3 de septiembre de 2017
Creencias
Al hilo del terrorismo yihadista, se ha desatado una especie de debate comparativo entre creencias que anda a medio camino entre la infantil (en tanto que irracional) postura de "la mía es la mejor/única" y la nihilista opción de "no creo en nada" pasando por reyertas dialécticas consistentes en arrojarse reproches de todo tipo. Como en cualquier polémica, creo que el exceso de furor se rebaja con un poco de educación (tanto académica como cívica) y un mucho de saber. Contra el paletismo rampante, cualquiera que sea su manifestación, no hay mejor remedio que el conocimiento, ya sea éste adquirido por viajes o por lecturas o por escuchas a esos sabios que siempre saben más y mejor que uno. De ahí que, en no pocos momentos y lugares, haya habido una persecución o censura del saber bajo pretextos "religiosos" porque el conocimiento es el antídoto perfecto para quienes quieren manipular o dirigir a conveniencia al prójimo.
Por eso, quiero sumarme a ese debate, pero intentando no apartarme de la honestidad ni del sentido común ni de lo que he aprendido en lo que va de vida ni renunciar tampoco a mi condición de creyente (cristiano, para más señas). Puede que en algunos momentos yo no sea políticamente correcto pero parte del problema actual se explica por la superpoblación de eufemismos, elipsis, perífrasis, paráfrasis y medias verdades con las que se toca un tema tan sensible como el de las creencias.
Antes de nada, quiero decir que yo entiendo como "creencia" toda corriente de pensamiento asentada en la trascendencia de la existencia (la consciencia de lo humano a partir de la aceptación de lo que le trasciende sería el punto de partida de todo credo), orientada a nortear la conducta del ser humano y que tiene un número de seguidores que le rinden culto. Por eso, entiendo como creencia las denominadas "religiones abrahámicas" o "religiones del libro" (judaísmo, cristianismo e islam), el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el confucianismo e, incluso, creencias tan obviamente "manufacturadas" como el movimiento de los santos de los últimos días (mormonismo) o la cienciología. Sé que omito mencionar otras creencias pero quiero simplemente hacer notar que para mí caben muchas cosas dentro del baúl de las creencias. Por caber, cabrían incluso el agnosticismo y el ateísmo, que no dejan de ser dos formas de creer en negativo, esto es, en "oposición a", pero ese es un jardín en el que no me voy a meter.
Respecto a las creencias pienso que es muy importante no perder de vista una cosa: nacen como una forma de relacionarse del ser humano con aquello que le trasciende. Una relación que ha vivido diversas etapas (el hombre pasó de adorar elementos puramente naturales a adorar a entidades antropomórficas, incorpóreas y ultraterrenales) y, en ese sentido, las diversas mitologías no son más que recordatorios de creencias que, en su momento, fueron tan decisivas como lo son hoy el cristianismo o el islam: Zeus no es más que un dios al que se le acabó del crédito de creyentes. Así, como dije en otro artículo, las creencias son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con aquello que escapa a la percepción sensorial u ontológica, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarse para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular.
Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy
similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un
navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las creencias pasa lo
mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas.
Antes de ir a lo negativo de las creencias, creo que es de justicia destacar su principal virtud que, en mi opinión, no es otra que servir de argamasa tanto de sociedades como de personas. La mayoría de las religiones son muy útiles en la medida en que pueden cohesionar la psique social (y, por tanto, contribuir decisivamente a la organización cívica mediante la configuración de la moral que hay en el trasfondo del ordenamiento explícito o tácito de un pueblo) como la psique personal (ya que facilitan un relato argumental asumible por el ser humano que, mediante una decisiva sugestión le orienta en este devenir imprevisible y carente de cualquier lógica o justicia que es la vida). Dicho de otra manera, sin ese componente de pedagogía maniquea (bien-mal, paraíso-infierno, mandamiento-pecado) que conlleva en mayor o menor medida toda creencia, sería harto complicado que el hombre hubiera conseguido organizarse como individuo y como colectivo. Por eso, la estabilidad social y psicológica del ser humano no se puede entender sin la incidencia de las creencias. Así, las creencias funcionan como filosofías a gran escala ya que, donde no llegan los tradicionales corpus filosóficos (que no trascienden el ámbito individual en fondo ni forma), sí alcanzan las creencias, que no dejan de ser filosofías que, en lugar de mirar al hombre, como hacen las "canónicas", se asientan en lo que hay más allá de él.
La otra gran virtud a mi entender es que la mayoría de las creencias buscan en el fondo lo mismo: el perfeccionamiento del ser humano, su ennoblecimiento, la bondad universal. Son toda una retórica del amor, un código ético del buenrollismo y como tal buscan "religar" al ser humano para alcanzar una armonía. Así, las creencias funcionan en la práctica como las aficiones o hobbies: son predilecciones placenteras que entroncan a gente diversa en lo geográfico, lo social y lo cronológico, con la diferencia de que en unas prima lo meramente ocioso y en otras lo virtuoso.
¿Dónde está lo negativo de las creencias? ¿Cuál es el problema de todo esto? Pues, de base, que no todos los seres humanos comparten la misma creencia y por tanto resulta más que complicado afinar la orquesta (lo cual ha motivado movimientos tan curiosos como el "abrahamismo", que pretende conformar un credo mayoritario basándose en los puntos de coincidencia entre judaísmo, cristianismo e islam). En línea con este problema, otro: la gestión de la ética de un creyente respecto "los otros", especialmente si esos otros no profesan la misma creencia, cuestión que ha suscitado no pocas "guerras santas", intolerancias, persecuciones, prohibiciones y desmadres varios a lo largo del planeta y la historia. Y luego está otro problema que a menudo se soslaya por aquello de no avergonzarse frente al espejo: por muy divina que sea la inspiración de una creencia, su traslación al mundo terrenal, su "transcripción" y exégesis corren siempre a manos de puros y simples mortales, que a lo mejor son bellísimas personas pero no están a salvo ni mucho menos de caer en esa sacra labor por el terraplén de la incongruencia (el Génesis del Antiguo Testamento, por ejemplo, es un festival de ellas, como lo son por ejemplo los Evangelios apócrifos en comparación con los canónicos), las fobias (el rol de la mujer en las religiones del libro, por seguir ejemplificando, no pasa de nivel "cameo" en el mejor de los casos), el interés político o el afán manipulativo. Y es que ha habido y hay mucho torpe, cretino o cabrón metido a portavoz de Dios. Todo aquello surgido de la mano o boca de un hombre hay que ponerlo en cuarentena. De haber hecho esto, el mundo se habría ahorrado mucha sangre derramada. Por eso, fenómenos como el yihadismo surgen por creencias extremistas e interesadas como el wahabismo que poco o nada tienen que ver con el credo central de referencia. Así, las creencias en sí mismas consideradas no serían buenas ni malas ni mejores ni peores: serían distintas entre sí. El problema viene con la interpretación y aplicación práctica que cada fulano haga de ellas. Las creencias no son malas per se, lo malo es lo que se ha hecho en nombre de esas creencias o deidades porque eso no viene en los libros sagrados ni viene de la boca de ningún dios: viene de las entrañas más negras del ser humano. Eso es lo terrible: lo espiritual o ultraterrenal como excusa o coartada para la vileza y cobardía del ser humano. Por eso hay muchos ateos que tienen errado el punto de mira: no es contra Dios ni contra una religión contra quienes tienen que lanzar sus reproches sino contra la propia condición humana.
¿Por qué las creencias están detrás de muchas salvajadas, atrocidades y estupideces? Por una manfiesta carencia de autocrítica. En mi opinión, la gente ha olvidado deliberadamente que las/sus creencias no son de facto más que macroplacebos hasta que se demuestre lo contrario (prueba que sólo llega por desgracia post-mortem), no son verdades absolutas e incuestionables (son una forma de hacer creer en una lógica ultraterrenal según la cual dos y dos son cinco pese a que el mundo no hostie con cuatros con frecuencia). Así las cosas, una creencia debería ser tan respetable como cualquier otra: no dejan de ser alimentos que elegimos para nuestra psique, colores para singularizar nuestra conciencia, aficiones para hacer habitable la condición humana. En línea con esto de la no-autocrítica habría que encuadrar el engreimiento de unos creyentes respecto a otros, un "derbi" metafísico que se dirime en el barro social y que parte de un argumento bastante falaz: sólo hay una religión buena, válida y verdadera. Hasta que llegue el Juicio Final (si es que llega) o un vecino regrese de entre los muertos con la exclusiva para sacarnos de dudas, no hay una creencia que se haya demostrado pluscuamperfecta. Todas tienen sus taras, sus recovecos, sus lados oscuros. Y quien piense lo contrario, (se) miente, porque basta estudiar mínimamente las creencias para encontrar elementos a reprochar. Por ejemplo, el judaísmo vive en un permanente, endogámico y chovinista bucle, el cristianismo se echó a perder con esa "multinacionalización" que hizo punto y aparte entre las primeras comunidades y el emporio eclesial que buscó el poder terrenal, el impermeable Islam surge como alternativa pasivo-agresiva para competir contra judíos y cristianos, el budismo requiere más paciencia de la que tolera el mundo, la cienciología es un ejemplo de cómo la fusión de la autoayuda y la ciencia ficción produce monstruos, etc, etc, etc. Por eso, en el ámbito espiritual, como en cualquier otro, el purismo no es aconsejable. Y ese error, el del purismo, es uno en el que no sólo ha caído el Islam (la relación de Mahoma respecto al judaísmo y el cristianismo da para un par de divanes como mínimo) sino también el cristianismo: una religión nacida al albor de la influencia de la mitología y costumbres judaicas, por un lado, y de la pedagogía oriental (las parábolas vienen de oriente), por otro, no debió permitirse nunca la obscenidad de actuar como un macho alfa (véase Inquisición).
En fin. Que, en estas cuestiones de creencias, una excelente medida preventiva para no meter la pata es leer mucho y respetar más aún que leer porque, si no, al paso que vamos, este mundo no lo va a salvar ni arreglar nadie.
domingo, 20 de agosto de 2017
Para hacérselo mirar
He dejado transcurrir la prudencia necesaria para que al escribir este artículo sobre los atentados en Cataluña no pareciera que sufro de coprolalia. Así que, ahora que tengo los ánimos más serenados y las ideas más claras, me pongo a las riendas de las palabras para decir lo que pienso que, básicamente, se podría resumir en lo siguiente: hay demasiada gente que debería hacérselo mirar.
Cuando una persona aprovecha una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) para hacer un inoportuno y cobarde ajuste de cuentas movido por filias y fobias personales...está para hacérselo mirar. Con los atentados en Cataluña hemos visto, una vez más, cómo ha habido gente que, con los cadáveres aún enfriándose sobre la vía pública, ha utilizado las atalayas virtuales (las redes sociales son el mayor favor que ha hecho la tecnología a los estúpidos y los hijos de pu*a) como troneras desde las que disparar la bilis segregada por diversas fobias de índole política, religiosa, ideológica o racial. Hay momentos para cada polémica o discusión, pero el "durante" y el "después" de un atentado no son esos momentos. Por eso, da pavor, vergüenza y asco leer ciertos comentarios (e incluso columnas de opinión) en los que de manera populista, ventajista, rastrera y asquerosa sus autores han abierto con sutileza o sin ella las compuertas de la mierda contra catalanes, independentistas, musulmanes, magrebíes, refugiados y etcétera; como da idéntico pavor, vergüenza y asco aprovechar el foco mediático para evidenciar urbi et orbe tu naturaleza de "idiota pata negra" (como ha hecho, por ejemplo, el Consejero de Interior catalán, distinguiendo entre víctimas catalanas y españolas o hablando en una lengua cooficial en detrimento de la lengua oficial del Estado). Es un espantoso y vomitivo alarde de confusión de churras con merinas, culos con témporas y velocidad con tocino. En este sentido, estos días se han publicado comentarios tan lisérgicos como el de una conocida periodista que invocaba la Reconquista (sería bueno que esta mujer se repasara quién, cómo y por qué se habilitó la entrada de los musulmanes entonces en la península, porque a lo mejor se lleva una sorpresa, y, de paso, rememore los indudables beneficios que reportó la cultura musulmana en su estancia en nuestra tierra) o la asombrosa conclusión a la que llegó otro insigne plumilla diciendo que el atentado era turismofobia (olé tú) o la no menos lisérgica sorna de otro conocido periodista que instaba a averiguar si los terroristas eran mormones o budistas. Respecto a esto último, habría que recordar a ciertos enajenados que una cosa es la religión (Islam, que obviamente tiene defectos de base y quizá más incluso que las otras dos "religiones del libro"), otra la interpretación de la misma (el salafismo es una de ellas pero no la única aunque sí la más radical) y otra lo que las personas hagan a raíz de esa interpretación (terrorismo yihadista): del mismo modo que no se puede culpar a un martillo de que un demente lo utilice para reventar el cráneo de una persona en lugar de para remachar un clavo. Volviendo al tema: quien elige tener su minuto de gloria en plena conmoción acredita indudablemente su cobardía y condición de perfecto mierda y pierde un tiempo precioso para hacer lo que hay que hacer: estar al lado de los que sufren y contra quienes provocan el sufrimiento. En momentos así, no toca soltar tu discurso como si estuvieras en el Speakers' Corner de Hyde Park sino tener el suficiente sentido común como para callar, por muy fácil que resulte suplir con sentimientos la carencia o debilidad de argumentos de tu tesis. Tú no puedes, con el ambiente rebosante de dolor físico y emocional, ponerte a soltar barbaridades o chorradas que, en el mejor de los casos, son inconvenientes en tanto que desvían la atención del verdadero e inmediato problema: las víctimas. Y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un canalla.
Cuando una persona piensa que salvajadas como los atentados en Cataluña se evitan solucionan con diálogo, buen rollito, pensamiento positivo y apertura de mente...está para hacérselo mirar. Este mundo no es una película de Disney y cuanto antes se entere el personal, mejor. Tampoco es una distopía pero se le parece bastante. El problema de los hijos de pu*a, (ya hablemos de terroristas, asesinos, maltratadores, abusadores, pederastas, pedófilos, violadores, narcotraficantes, etc) es que siempre hay gente dispuesta a cometer el error de tratarlos como si fueran personas normales y a confundir la tolerancia con la permisividad. Y no se trata tampoco de rebajarse al nivel del monstruo de turno, simplemente de tratarlo como lo que es, una amenaza para los inocentes, y actuar en consecuencia. Tocaría ahora hablar de cómo las leyes y/o los jueces dejan en España con el culo al aire a las fuerzas y cuerpos de seguridad en ese sentido, pero...mejor otro día. Baste decir que me congratulo de que, en el caso de estos atentados, los principales responsables no llegarán ni a la fase de instrucción porque afortunadamente alguien ha tenido la valentía de mandarlos a buscar huríes al infierno (ya están tardando en condecorar al mosso). Problemas como el yihadismo se previenen indudablemente con educación (término que poco o nada tiene que ver con doctrina ni credo) dentro y fuera de un aula pero se solucionan con todo eso a lo que la corrección política considera susceptible de alergia. Y ahí vuelvo a lo que decía antes: el grave problema de tratar a los terroristas igual que a sus víctimas. ¿Se cura un tumor poniéndole música clásica y charlando con él como si fuera un teletubi? Pues eso. Con unos tíos que llevan más de 660 muertos en Europa que nadie me venga hablando de diálogo ni tolerancia ni derechos humanos ni leches. Como dicen en cierto film, "no tengáis piedad ninguna pues ninguna habréis de decir". Tú no puedes conceder el beneficio de la "humanidad" a quien hace tiempo que se ha liberado de ella para destrozar literal o figuradamente la vida de inocentes y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un imbécil.
Cuando una persona cree que Dios va a recompensar sus actos o a castigarlos como si fuera una especie de domador de perros...está para hacérselo mirar. Las religiones como placebos ideológicos y contenedores ético-filosóficos son absolutamente respetables, interesantes e incluso necesarias. Todas por igual, incluso las más rancias, estrafalarias, retrógradas o políticamente incorrectas, porque al fin y al cabo son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con lo trascendente, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarte para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular. Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las religiones pasa lo mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas. Es verdad que la secular imagen de Dios como la de un padre listo para darte la paga o la hostia en función de tus actos ha sido y es muy útil para cohesionar sociedades, ordenar la vida civil, dar sentido a ciertas cosas, solucionar dilemas o tranquilizar conciencias, pero hay que tener muchísimo cuidado dado que si algún pirado escribe o glosa un texto sagrado y hace creer al imbécil de turno que por consumir un alimento tienes cita en el infierno o que las rodillas marcan la frontera de la condenación o que por estrellar un avión lleno de pasajeros o pasar por el chasis a un tropel de peatones vas a ir al paraíso y te van a tocar el badajo eternamente unas huríes que ni los ángeles de Victoria's Secret pues tienes un problema serio y no sólo mental. Una cosa es ser creyente y otra muy diferente es ser crédulo. Ya han pasado siglos y barbaridades suficientes como para tener claro que hoy, en el siglo XXI, no se puede tener la misma relación con la religión que la que se tenía en la época de Saladino y Corazón de León, pero visto el auge del salafismo y la filosofía de Trump, parece ser que sí, que efectivamente se puede tener. A estas alturas de la tragicomedia humana, todos deberíamos saber ya que, con independencia de si existe "algo" o "alguien" a los mandos de todo este sarao cósmico (duda que sólo se resuelve post-mortem), una religión sólo tiene efectos beneficiosos si va acompañada da la trinidad del sentido común: educación, autocrítica y respeto. Si no, pues pasa que surgen fenómenos como el terrorismo yihadista, que basa su éxito, entre otras cosas, en la credulidad de una caterva de analfabetos, ineptos y cretinos que creen que Alá les va a subvencionar una orgía perpetua a cambio de liquidar indiscriminadamente a quien no le convenza lo de ponerse mirando a La Meca. Eso es una falacia que va contra la propia esencia y denominador común de las religiones: todas buscan "religar", es decir, unir, vincular mediante el amor. Todas, unir, amor. Tú no puedes, si crees en algún Dios o practicas cualquier religión, ejercer el odio y la muerte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un mierda que no ha entendido nada.
Cuando una persona reduce su raciocinio, dialéctica, retórica y ética a silogismos, extrapolaciones y generalizaciones...está para hacérselo mirar. Primero, porque tanto para expresarse como para discutir, polemizar o dialogar lo que necesitas no son recursos de todo a un euro como los que acabo de citar sino argumentos, fundamentos que sólo se obtienen si uno ha leído, visto y escuchado lo suficiente en la vida como para no tener esa mente estrecha que embiste a cuanto no le cabe en ella, que diría Machado. Caer en lo facilón, en lo simplón, en lo demagógico, en lo populista tiene una eficacia efervescente pero de muy corto recorrido. Por eso es tan fácil dejar en ridículo o evidencia a quienes sólo se agarran a razonamientos que juzgan al todo por la parte o a una parte por el todo. ¿Por qué? Porque no hay nada más sencillo que desmontar dialécticamente las falacias y los sofismas que manan de esos chuscos silogismos o groseras generalizaciones a las que me refería antes. Por ejemplo: no todos los caucásicos son nazis, no todos los madrileños son del Real Madrid, no todos los sacerdotes son pederastas, no todos los catalanes son independentistas, no todos los estadounidenses son estúpidos, no todos los españoles son morenos...y así podría seguir casi eternamente pero creo que se entiende lo que quiero decir. Por eso, espero que se entienda que no todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son salafistas ni todos los salafistas son terroristas. Como espero que se entienda que no todos los refugiados o emigrados de Oriente Medio o el Magreb son asesinos ni, ojo, tampoco bellísimas personas. Esos automatismos al calor de reduccionismos tan toscos son francamente desaconsejables en la medida en que te retratan como un presunto idiota. Procede pues abrazar el relativismo para huir de la estupidez. Tú no puedes ni creerte en posesión de la verdad absoluta ni (pre)juzgar al todo por la parte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un majadero. En fin. Me ha quedado un artículo bastante extenso, pero eran muchos los temas a tocar y las cosas a decir. Supongo que enfadaré a unos y otros. Ojalá, porque eso significará que estoy en el lugar adecuado: el del sentido común.
Por último, lo más importante: dedicar este artículo a la memoria de los quince fallecidos y las decenas de víctimas de los atentados yihadistas en Cataluña. Força Cataluña, força España, força libertad.
Escrito por
en
10:38
0
comentarios
Categoría: paz, Periodismo, política, Religión, sociedad, terrorismo
viernes, 8 de enero de 2016
Cabalgata a la Carmena
Receta de una "cabalgata a la Carmena": se coge una tradición inocua pero profundamente arraigada y con amplia aceptación; se le extrae todo el significado que tiene; a continuación, se le retuerce con fuerza y sin miedo el sentido hasta conseguir que ofrezca un aspecto irreconocible; se condimenta con propaganda política encubierta; se adorna con algún toque de demagogia; se calienta hasta que adquiera la temperatura necesaria para poner incandescente la paciencia del personal; se sirve con nocturnidad, premeditación y alevosía acompañada con un cinismo de gran reserva y...¡voilá!
La cuestión no es defender una tradición por el mero hecho de ser una tradición; que algo se reitere en el tiempo no significa per se que sea algo positivo ni mucho menos. Ahí están tradiciones como el derecho de pernada, el "Toro de la Vega", la ablación del clítoris o Gran Hermano para demostrarlo.
La cuestión no es defender una tradición por tener un trasfondo religioso dado que en el caso de los Reyes Magos su asiento está más fuera de la Biblia que dentro de ella y su arraigo social no está supeditado a profesar ningún credo en particular sino que se basa en su capacidad establecer un vínculo social e intergeneracional basado en la sorpresa y la ilusión.
La cuestión no es defender una tradición por el simple motivo de que es "navideña", porque también parece serlo que gente supuestamente adulta y mentalmente sana se pasee en esas fechas por el centro de Madrid con Rudolfh por montera o con una peluca de King África como colofón del homo sapiens sapiens.
La cuestión no es defender una tradición por afán de proteger a unos niños que no son idiotas sino lo suficientemente espabilados como para no auditar deliberadamente su propia ilusión y así poder disfrutar de aquello tan clásico como el carpe diem.
La cuestión es defender una tradición de absurdeces como la que perpetró la noche del 5 de enero de 2016 el Ayuntamiento de Madrid liderado por la jovencísima, bellísima, lozanísima, honestísima, preparadísima, lucidísima, respetabilísima y respetuosísima Manuela Carmena, a quien todos los ochenteros recordamos por su entrañable papel en la serie Fraggle Rock encarnando a "La montaña de basura".
La cuestión no es atacar que exista gente que no es capaz de entender que la creatividad no está reñida con el buen gusto; que la innovación no está reñida con el respeto; que la libertad no está reñida con la sensibilidad; que la diversión no está reñida con la tolerancia; que la coherencia no está reñida con el sentido común; que la integración no está reñida con la desconsideración; que la pertinencia no está reñida con la sensatez. Los cretinos (ya sean genéticos o vocacionales) también tienen derecho a respirar, aunque harían un descomunal favor a la humanidad dejando de hacerlo.
La cuestión es atacar que gente así perpetre, con dinero público y desde un cargo público y supuestamente representantivo, aberraciones como la que vomitó la noche del 5 denero de 2016 el
Ayuntamiento de Madrid liderado por la jovencísima, bellísima,
lozanísima, honestísima, preparadísima, lucidísima, respetabilísima y respetuosísima Manuela Carmena,
a quien todos los ochenteros recordamos inmortalizada como "Pepita la bonita" en los cromos de La pandilla basura.
La cuestión no está en perdonar o dejar de perdonar a quien decidió adelantar los carnavales a la Noche de Reyes, ni a quien ideó vestir a los Reyes Magos con camisones inspirados en las cortinas de ducha de Paco Clavel y coronarlos con regalos del Burger King, ni a quien creyó oportuno organizar una parade que muy seguramente homenajeaba a un puticlub galáctico, ni a quien aplaudió la idea de defecar una ¿cabalgata? cuya factura técnica y estética hace que el típico bazar oriental parezca Harrods, ni a quien creyó oportuno transformar el colofón de los festejos navideños en un cajón de sastre (o, mejor dicho, desastre) cutre, hortera y lisérgico en el que lo mismo te encontrabas con un dragón chino, negracos zumbones medio en pelotas, Darth Vader, "pictoplasmas" propios de Cuarto Milenio, la guardia a caballo que lo mismo escolta a autoridades que a tres tipos secuestrados de alguna función escolar, Pepa Pig, la indispensable batukada (ese "Manolo el del Bombo" de cualquier cosa que corte las calles de Madrid) o a un DJ vestido de berseker dándolo todo ni a quien decidió, en definitiva, sustituir la "Cabalgata de Reyes" por un espectáculo lamentable, esperpéntico, ridículo, indefendible, patético, deprimente, carente de cualquier sentido y situado en las antípodas no ya de lo esperable sino en las del puro y simple buen gusto. La cuestión no está, por tanto, en perdonar o dejar de perdonar a los (ir)responsables de un suceso bochornoso pero menor en comparación con los retos que puede y debe afrontar Madrid y que se puede despachar sencillamente diciendo que todo sería más fácil de entender si el DAESH hubiera difundido un vídeo en las horas posteriores reivindicando "lo de la noche del 5 de enero de 2016" en Madrid.
La cuestión está en no perdonar a quien se ha especializado en crear constante y deliberadamente polémicas innecesarias, gratuitas y exasperantes como cortina de humo para tapar sus innegables carencias éticas, intelectuales, políticas y administrativas; está en no perdonar a quien ha demostrado que de tolerancia poco y de sentido común menos; está en no perdonar a quien quiere disimular su indiscutible actitud revanchista, provocadora, insensible y chulesca bajo toneladas de cinismo y demagogia; está en no perdonar a quien está obsesionado por ideologizar y convertir cualquier cosa en una herramienta de "agitprop"; está en no perdonar a quien sería más feliz viviendo en Madrid en 1936 que en 2016; está en no perdonar a quien ha evidenciado su incapacidad para atender debida y diligentemente los problemas más acuciantes y las necesidades prioritarias de esta ciudad por estar demasiado pendientes de insultar la inteligencia del personal o de batallitas marginales; está en no perdonar a quien se esfuerza reiteradamente en pasar a los anales de la teratología política; está en no perdonar a quien ha demostrado con creces su ineptitud para gobernar una ciudad como Madrid, perpetuando así la concatenación de horribles regidores en la capital española que habría que remontar hasta aquel viejo infame que pasó a la posteridad por incitar a colocarse.
Claro que la culpa no es de esa impresentable panda llamada "Ahora Madrid" ni siquiera de esa repugnante alcaldesa a quien no cuesta imaginarse poniéndose on fire pensando en Stalin. No. La culpa es de toda esa gente que, con o sin estupefacientes en sangre, con o sin patologías mentales diagnosticadas, con o sin consciencia, jalea, aplaude o defiende a esta chusma liderada por una persona con graves problemas de senilidad que si pensara más y mejor en Madrid y los madrileños debería irse, a su casa, a Raqqa, a la porra, al Ártico, al triángulo de las Bermudas, a la luna o donde sea. Pero irse. Porque da pena. Porque da asco. Porque da vergüenza. Porque apesta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










