sábado, 11 de marzo de 2017

De lobos y hombres

"Hay un placer mejor que matar: dejar vivir". Con esta memorable frase de James Oliver Curwood concluye esa obra maestra que es El oso (1988, Jean-Jacques Annaud) y empieza este artículo, un post en el que no aparecen plantígrados pero sí cazadores y gente dispuesta a reivindicar la vida de animales salvajes como son los lobos.

Lo escribo a raíz de la polémica suscitada reavivada estos últimos días en torno a la asociación Lobo Marley, contra la que la Justicia se está empleando con un esmero que brilló por su escandalosa ausencia en casos infinitamente más graves como el del matrimonio Urdangarín Borbón o los golfos de las black, lo cual no deja de ser un agravio y un despropósito si tenemos en cuenta el hecho litigioso: la gente del Lobo Marley echó a perder en 2014 unos chiringuitos rústicos a unos cazadores con el loable pretexto de evitar que dieran injusto y cobarde matarile a lobos.

Yo no voy a hablar hoy de la Justicia en España porque ya lo hice en otro artículo no muy lejano en el tiempo. Baste decir que es como un mal jugador de fútbol: lenta, torpe y errática. Tampoco quiero explayarme demasiado hablando de forma genérica sobre ese gremio de personas que en pleno siglo XXI defienden un actividad excusable en el paleolítico como es la caza: simplemente diré que si estas luminarias de la civilización de escopeta en ristre y raciocinio encasquillado  quieren hacer algo útil con su vida y
su afición a dar pasaporte a seres vivos, mejor harían en ir a Raqqa para enviar al Hades a unos cuantos hijos de pu*a cuya muerte saldría más a cuenta que la de unos animales que se limitan a ser lo que son: seres libres y salvajes que se buscan la vida como pueden y saben. Aunque mucho me temo que esta gente anda escasa de valentía en su canana y seguirá construyendo subterfugios y excusas con las que solucionar a tiro limpio carencias más severas que su falta de sensibilidad, porque lo de sentirse más hombres teniendo algo duro e inorgánico entre las manos es digno de Freud o diván argentino. Y conste que respeto a los aficionados a la caza del mismo modo que respeto a quienes, por ejemplo, sean sadomasoquistas practicantes o feligreses de la Cienciología o asociados de Hazte Oír: los respeto pero su "rollo" no va conmigo.

Por eso, en lugar de jueces y cazadores, prefiero hablar aunque sea brevemente de lo que los fanáticos de la caza han calificado como "ecoterrorismo" (será que lo de los cazadores es pintar lienzos como Velázquez); es decir, de la acción de desbaratar los puestos cinegéticos protagonizada por Lobo Marley y que ha desembocado en todo este embrollo. Yo no dudo que eso, con la ley en la mano, sea un acto punible: lo es. Como lo fueron en su día las acciones en contra de la esclavitud o la discriminación racial o la censura: la Historia está llena de delitos a los que el tiempo y la Ley acabaron por dar la razón. Y éste, en mi opinión, es uno de ellos.
 
Con la misma honestidad que he empleado hasta ahora, digo que el vídeo utilizado por esta asociación para acompañar su llamamiento en redes sociales ante las severas penas que se ciernen sobre ella por estas acciones fue una soberana torpeza como medio (en el vídeo se tomaban por lobos españoles a coyotes americanos y honra a Lobo Marley el comunicado reconociendo el tropiezo) pero muy adecuado para su fin (epatar al receptor y apelar a su sensibilidad y conciencia ante una práctica cruel y absurda). Dicho de otra manera: con su llamamiento en redes Lobo Marley erró el tiro pero dio en la diana. Por eso, con independencia o no de si consiguen fondos suficientes para afrontar la fianza de 50.000 euros (ojalá que sí), la asociación ha conseguido con este desgradable trance alzar la voz y captar la mirada sobre una realidad aberrante que puede y debe ser erradicada, sin importar cuánto tiempo sea necesario para ello.

No obstante, para mí, lo más interesante de esta polémica, más allá de la gravedad de los hechos que la integran, está en el problema de fondo: la destructiva injerencia del hombre en los asuntos de la Madre Naturaleza, la cual lleva milenios demostrando su magistral autogestión y un preciso dominio de la entropía, realidad que el ser humano se pasa por el forro con su infinitas ignorancia y soberbia. En ese sentido, resulta casi hilarante el argumento de no pocos bocacartuchos según el cual la caza sirve para hacer ajustes de plantilla en la fauna en beneficio de todos. No, hijos, no: la caza sirve en primera instancia para matar y luego en segunda instancia (y no siempre) para alimentar un estómago vacío como el cerebro de un necio y/o para alimentar un siniestro estilo decorativo. La Naturaleza se basta y se sobra para que todo esté como tenga que estar y no necesita subalternos y menos si son unos cazadores. Ese argumento falaz del "ajuste" se asienta sobre una hipocresía tremenda: si hay desequilibrios o anomalías en la fauna o flora se debe a que la relación del hombre con la naturaleza es, grosso modo, la misma que existe entre un elefante y una cacharrería. Si hay problemas con los lobos no es porque estos animales se hayan inmiscuido en el mundo de los hombres sino porque fue el hombre quien un mal día decidió inmiscuirse en el mundo de los lobos. Punto. Los lobos sólo tienen afán de putear en los cuentos de hadas, fuera de ellos, los únicos que tienen ganas de tocar lo que no suena son los homínidos que los diezman o les arrebatan su hábitat o les impiden sobrevivir de acuerdo con su naturaleza salvaje. Tan sencillo como eso. Por eso son necesarias asociaciones como Lobo Marley y personas como las que la integran: para sacar la cara y luchar por el derecho a la vida y la libertad de quienes sin ser humanos se merecen, como mínimo, el mismo respeto que si lo fueran. En ese sentido, quiero hacer una mención especial a Luis Miguel Domínguez, mediático naturalista y mascarón de proa del Lobo Marley: en mi opinión, huérfanos del gran Félix Rodríguez De la Fuente, pocas personas han sabido en España divulgar más y mejor sobre el tesoro natural que Domínguez: su pasión en el desempeño y su habilidad para convocar la curiosidad y el amor por "lo natural" merecen protagonizar noticias y no precisamente de tribunales. En tipos como este hombre, los amantes de la naturaleza siempre tendremos un cómplice honesto y los animales un buen amigo.

Acabo ya. Mañana domingo, en Madrid, al mediodía, varias entidades, entre ellas Lobo Marley, abanderan una manifestación en defensa del lobo ibérico. Deseo de corazón que sea un éxito porque somos muchos los que, como yo en este artículo, pedimos la voz y la palabra para defender y luchar por la Vida en cualquiera de sus formas. Eso sí: puestos a elegir, tengo claro que ningún animal merece morir; con los seres humanos ya no lo tengo tan claro en algunos casos. De todos modos, dejando al margen el frentismo al que nos aboca la sinrazón humana, ojalá llegue el día en que nosotros o nuestros hijos o nuestros nietos no tengan que acordarse de la frase de James Oliver Curwood como un melancólico anhelo porque ese día no tendremos nada de lo que avergonzarnos.