martes, 14 de marzo de 2017

Hazte Odiar

Hay gente que se hace querer y gente que se hace odiar. La asociación Hazte Oír (HO) se inscribe en este último grupo.

Raro es el día que en las últimas semanas no sale alguna noticia al calor del enésimo exabrupto de esta entidad legal pero sumamente controvertida. Sin ir más lejos, este pasado fin de semana han vuelto a las andadas con su sonrojante show cavernario por las calles de Madrid. Ya apuntaban maneras con sus discrepancias (por decirlo con más educación y respeto que los que HO nunca tendrá) sobre el aborto o las parejas homosexuales. Pero lo que han hecho y dicho recientemente respecto a la identidad sexual es simplemente repulsivo no sólo por inmiscuirse en lo que es un asunto delicado y estrictamente íntimo e individual sino por recurrir a niños para ilustrar sus siniestros silogismos y mezquinos razonamientos. Así, el denominado "autobús de la transfobia" fletado por esa asociación de magistrales pensadores divergentes supone más que una muestra de la libertad de expresión un insulto a la inteligencia, la dignidad y la convivencia y un puntapié a la lucha contra el bullying, que no deja de ser una forma de terrorismo capaz de destrozar la vida, literal o figuradamente, a cualquier menor. 

Considerar paria o monstruo de feria a todo aquel que se salga de lo que estos extraordinarios espabilados consideran como "normal" no sólo es lo que subyace en esperpentos como este del autobús sino que sitúa a los excelsos miembros de Hazte Oír en el mismo estante que, por ejemplo, los salvajes integrantes del ISIS dado que no tienen más discurso que el odio ni más argumento que la ignorancia ni más plan que el hostigamiento al diferente. Pero...¿qué es concretamente esta asociación que pone en el cadalso a homosexuales, transexuales y madres abortantes y que parece más propia del Medievo que del siglo en que vivimos? Para quien, pese a la mediática polémica de estos días, no sepa qué es Hazte Oír basta decir que se trata de una asociación ultracatólica, reaccionaria y retrógrada que hereda (voluntariamente o no) lo más abyecto del Franquismo y, precisamente por eso, está en contra de toda libertad, derecho, singularidad o persona que no encaje en su medieval y siniestramente demencial cosmovisión. Cuesta creer que en pleno siglo XXI subsistan esta clase de personas y pensamientos más propios de la época de las hogueras y los sambenitos. Pero existen. Y es que Hazte Oír es el equivalente cañí a esas inquietantes y alucinadas comunidades y sectas que anidan en las profundidades de Norteamérica por las que no parece pasar ni el tiempo ni el raciocinio. 

Ahora que el tiro les ha salido por la culata y ha patinado demasiado lejos, Hazte Oír defiende su inicua ideología y repugnante modus operandi amparándose en la libertad de expresión reconocida en el artículo 20.1 de la Constitución de 1978. Y efectivamente, podría decirse que lo de esta asociación encontraría amparo en esa libertad. El problema es que Hazte Oír hace un uso de la libertad de expresión tan perverso como el que podríamos encontrar en un discurso de Hitler, una reflexión de Charles Manson, un comunicado de ETA o un vídeo del DAESH. ¿Son legítimas las ideas y expresiones que emplea Hazte Oír? Totalmente, mientras un juez no diga lo contrario. ¿Son respetables tales ideas y expresiones? Eso ya varía según la persona; para mí, en absoluto. En ese sentido, ahora que merecidamente granizan reprobaciones de todo tipo sobre esta agrupación de egregias luminarias del pensamiento occidental, Hazte Oír ha adoptado una postura hipócrita y victimista hasta la náusea reivindicando la libertad de expresión del citado 20.1 mientras siguen con su estrafalario y vergonzante circo del odio. Verles en ese rol de víctima es como ver llorar a un nazi porque alguien no comparte su antisemitismo. Harían bien en recordar estas extraordinarias gentes que el artículo 20 en su punto 4 advierte que la libertad de expresión está limitada por el respeto a los demás derechos y libertades consagrados en el título I de la Constitución, entre los cuales habría que destacar la dignidad de la persona solemnizada en el artículo 10 y la igualdad de todos los españoles proclamada en el artículo 14 y contra las que chocan las formas y el fondo de Hazte Oír. Y ello por no hablar de otras leyes que sitúan lo que hacen y dicen estas bellísimas personas más cerca del Código Penal (como bien apunta la Fiscalía) que de la Carta Magna. Por tanto, menos lobos, Caperucita, porque aquí no hay más víctimas que las que Hazte Oír señala con inquisitorial determinación. En mi opinión, a la vista de los hechos y las palabras, lo único que Hazte Oír pretende (o sueña) es que no haya más pensamiento que el suyo ni más dictadura que su pútrida y absurda cosmovisión y para ello hace lo que sea, como poner en la picota a niños pequeños, que es directamente para desear su pronta partida al infierno a los que no saben hacerse oír tan bien como hacerse odiar. 

Pero, dejando la refutación legal aparte y centrándome en el asunto de la transexualidad, los de Hazte Oír, en un alarde de estupidez anacrónica y notoria ignorancia, claman que la sexualidad de una persona la determinan los órganos genitales...cuando está estudiado y comprobado científicamente (véase por ejemplo estos artículos aparecidos en ABC, Omicron y Tendencias21) que dichos órganos sólo determinan la sexualidad morfológica o superficial y no la sentida o vivida, que es la que configura la identidad sexual real. Dicho de otro modo: el sexo no está en la entrepierna sino en el cerebro, ya hablemos del género o de la orientación sexual. Ante esto, caben dos posturas: comportarse de forma civilizada o actuar como los de Hazte Oír. Uno puede entender o no estos vericuetos de la identidad sexual pero lo que no se puede nunca es dejar que la incomprensión derive en un hostigamiento cruel, injusto y gratuito como el que alientan estos flandersianos pasadísimos de rosca. Y menos si eres tan abisalmente torpe o cobarde como para poner el foco en los menores, cuando si ya es un tema sumamente delicado para un adulto lo es aún más en la infancia, esa época en la que la crueldad no conoce más freno que la educación y/o un bofetón oportuno. Precisamente por comportamientos y pensamientos como los de Hazte Oír persiste aún hoy la necesidad de dar visibilidad a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales como lo que son: personas y no apestados. Redundando en esto último: sin gente como Hazte Oír, se quedarían huérfanos de justificación espectáculos tan horteras, zafios y chabacanos como el desfile del Orgullo Gay que, ante disparates como los de HO, articulan un exhibición que partiendo de una esencia básicamente reivindicativa deriva a menudo en un despiporre estridente y de mal gusto.

Una de las cosas que más me llaman la atención de todo esto de Hazte Oír es cómo deforma la realidad o cuán alterada tiene la percepción de la misma para elaborar sus discursos y argumentos. En este sentido, destaca especialmente la figura del presidente de esta asociación, Ignacio Arsuaga. Es difícil encontrar fuera del Congreso alguien que diga tantas mentiras en menos tiempo y de forma tan impune: en España la única Inquisición que ha habido fue la de Iglesia Católica (y no la del colectivo LGTB); en este país la última dictadura, censura, adoctrinamiento escolar y pensamiento único llevaban la firma de Franco (y no del colectivo LGTB). Por tanto, conviene no frivolizar ni utilizar conceptos y términos tan siniestros de una manera tan ligera, salvo que seas un bellaco y/o un necio y/o un tarugo intelectual y/o andes corto de educación y/o seas poco diestro en Historia de España. Desconozco si el tal Arsuaga es alguna de estas cosas pero lo parece con sus decalraciones. Afortunadamente (imagino que para desgracia de Hazte Oír) en España hoy en día no sólo existe libertad de cátedra y escolarización sino que en la mayoría de colegios se educa a los niños para que sepan convivir en sociedad, aceptando con
naturalidad las diferencias y respetando la heterogeneidad de las personas, que es algo capital en una sociedad democrática o que aspira a serlo. Dicho de otra manera, por suerte, en este país se educa a los niños para que no sean tan intransigentes y arcaicos como la gente de Hazte Oír. Pero es que, además de mentir flagrantemente, Arsuaga enuncia en calidad de agraviado y con una habilidad demagógica propia de Goebbels otros casos recientes en los que la libertad de expresión ha creado monstruos (Rita Maestre y cía blasfemando en pelotas en una capilla, los titiriteros autores de una pantomima cutre y de pésimo gusto, el concejal Zapata y su humor azuloscurocasiestúpido, etc) pero eso no le exime a él ni a su asociación de ser otro monstruo más surgido a la sombra de esa libertad. En definitiva, más allá de la pirotecnia dialéctica de Arsuaga lo único que hay es una profunda, profundísima ignorancia, como quedó patente, por ejemplo, en su entrevista con Iñaki López.

Otra de las cosas que me llaman la atención es cómo una organización ultracatólica como ésta es capaz de tener esta actitud frentista, emponzoñar el ambiente y generar tanto odio cuando la religión cristiana es básicamente un corpus ideológico en torno a la idea y premisa del amor incondicional. ¿Cristo y Hazte Oír? Agua y aceite. No me extraña que hasta la Iglesia española ya no quiera saber nada de quien se comporta como lo hace esta asociación. A mí, como cristiano, estas mentes preclaras de HO me dan pena y vergüenza, no sólo porque ignoran lo más esencial de este credo sino porque sembrando odio no sirven a Dios sino al Diablo.

Lo peor de todo es que Hazte Oír está perpetrando todo este disparate en calidad de "asociación de utilidad pública"; es decir, que supuestamente es útil para todos los españoles (homosexuales, transexuales y abortantes incluidos). Al menos así lo consideró el anterior Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, quien en 2013 favoreció a HO con esta distinción que, entre otras cosas, les reporta interesantes beneficios fiscales. Dejando al margen que tal decisión fue uno de los muchos despropósitos firmados por un tipo que es digno de un monográfico de Cuarto Milenio, es curioso (por no decir alarmante) que con la que hay montada no se le haya retirado ya a HO tal consideración de "utilidad pública" porque esta magnífica gente de Hazte Oír sólo es útil para las personas que piensan y sienten como ellos, que, afortunadamente, son una minoría marginal y menguante en la sociedad actual.

Acabo ya. Creo que me ha quedado un artículo un tanto extenso pero sólo así podía dar cabida a las refutaciones (legal, científica, retórica, religiosa y ciudadana) que merece Hazte Oír. Habrá quien, conociéndome o habiendo leído otros artículos, se sorprenda de que no haya empleado insultos o palabras malsonantes contra esta asociación y quienes la integran. Efectivamente, no lo he hecho porque he preferido tirar de ironía y sorna contra estas personas (no así con sus acciones). Sé que el diccionario de la RAE es enormemente rico para etiquetar a los de Hazte Oír pero no menos cierto es que hay gente que necesita ser descalificada y gente que se descalifica sola. La asociación Hazte Oír (HO) se inscribe en este último grupo porque más que oír lo que debería es hacérselo mirar.