viernes, 25 de febrero de 2011

Nadie sabrá su nombre. Nadie asistirá a su entierro

Huye torpemente a través de la nieve. Casi paralizada por el pánico, corre con todas sus fuerzas, intentando sobreponerse a los trompicones y al aliento que empieza a faltarle. Unos metros tras ella, un rostro endurecido por el frío se agrieta en una sonrisa burlona. Abrigado en un anorak, la contempla serenamente con la satisfacción de saber que el final de esa huida está en su mano, en la escopeta que ahora sostiene contra su pecho. Su boca humeante de vaho se abre dejando escapar un nauseabundo aliento a alcohol y la maldice, a sabiendas de que ella no entenderá qué le grita. Escupe al suelo y levanta el cañón de la escopeta, que centellea bajo el sol que ilumina cegadoramente ese páramo helado. Por la mira telescópica, la ve huir con la torpeza y la decisión de quien intenta salvar la vida. Ella no mira atrás. Él acerca su dedo al gatillo y murmura algo ininteligible. Ella sigue corriendo. Es lo único que puede hacer. Un estruendo ahogado en el aire precede al estallido de piel, sangre y hueso. Su espalda sangra y ella gime de puro e intenso dolor, pero no se detiene. Él sonríe, baja la escopeta y empieza a caminar tras ella. Le hace gracia la facilidad con la que se puede matar. Mientras la vida se le escapa en un reguero escarlata sobre la nieve, ella llora con rabia e impotencia. Empieza a comprender que lo mismo podía haber sido ella que cualquier otra. Oye sus pasos acercándose cada vez más y ni siquiera vuelve la cabeza. Sigue huyendo. Él no tarda en darle alcance. Su carcajada la envuelve poco antes de que lo haga la sombra proyectada por un sol que, como su suerte, le ha dado la espalda. El cañón de la escopeta vuelve a erigirse contra ella, pero esta vez a escasos centímetros. Sonríe. Le gusta hacer eso. De hecho, se divierte. Murmura una obscenidad. Ella ya sólo se arrastra lentamente. Un nuevo cartucho está a punto de romper el aire. Una voz grave resuena altanera a sus espaldas a la vez que el sonido de unos enérgicos pasos hundiéndose velozmente en la nieve. Una nueva sombra, más grande, eclipsa la suya y oscurece definitivamente el desenlace. Su corpulento compañero le hace un guiño cómplice. Él aparta la escopeta y se hace a un lado sonriendo expectante. Entonces, el recién llegado alza una robusta barra de hierro que parte en dos la imagen del sol. Ella apenas se arrastra ya unos centímetros cuando la sombra de la barra se eriza. Luego desaparece intermitentemente mientras el hierro se hunde violenta y ferozmente en su piel, quebrando su columna y, finalmente, su cráneo. Las carcajadas de sus asesinos acompañan al murmullo del aire que la abandona para siempre. Nadie conocerá ya cómo habría sido el resto de su vida. Nadie sabrá su nombre. Nadie organizará su funeral. Nadie asistirá a su entierro. Los dos hombres charlan animadamente mientras arrastran su cadáver, dejando una estela rosácea sobre la nieve. Mientras, en los inertes ojos de ella, grandes y azabaches, se reflejan escenas idénticas con distintos protagonistas y el aire se llena de gemidos, lamentos, risas y muerte.

Al comienzo del artículo, he mostrado la imagen de uno de los protagonistas. A estas alturas, el lector puede pensar que he ficcionado la macabra andanza de un asesino en serie, o un nefasto caso de violencia de género, o, simplemente, un asesinato a sangre fría. Ejemplos todos que nos hielan la sangre, conmueven el ánimo y agitan la náusea. 
 
Ahora, lector, te mostraré la imagen de la otra protagonista de esta historia. Ahora, lector, medita, siente y reacciona. Ahora, lector, reflexiona por qué en esta época del año "cazar" y "asesinar" son términos sinónimos, por qué en esta época del año se obvia y consiente un genocidio terrible que pone las lágrimas en mis ojos y la vergüenza en mi alma.

6 comentarios:

Sisco dijo...

Hay una época cada año que asesinan a miles de focas, tal día como ese estábamos viendo la televisión con mis hijos y el mayor (8 años) cuando vio el horror de semejante matanza y al quedar todo el blanco hielo de color rojo de la sangre, el niño no podía creer que hubiera personas que pudieran hacer tal salvajada, se puso a llorar.

Otra cosa, mil gracias por pasarte por mi Planeta, lamento pasarme todo lo que debería pero llevo unos días horribles de trabajo, pero como dicen en mi tierra hay mas días que longanizas.

Un abrazo. Por cierto excelente blog!

Heimdall dijo...

¡Muchas gracias! :)

No te preocupes por lo de no poder pasarte mucho. Pero me encantaría tenerte como "Seguidor" ;-)

Salu2

Harris Castillo dijo...

El maltrato a los animales se da todas las épocas del año, en distintas partes del orbe. Por ejemplo la cría de visones para la creación de abrigos. Los tienen hacinados en jaulas que les destruyen las patas. Lo que pasa es que la caza de focas es más pintoresca por lo llamativo que resulta el rojo de la sangre en la blanca nieve. Un aplauso por la forma tan humana y literaria de contar la historia.

Un saludo

Heimdall dijo...

Coincido contigo, Harris.
Lo que ocurre es que, año tras año, no sé cómo me las ingenio para ver en las noticias estas matanzas...y me llevan los diablos...que exorcizo escribiendo artículos como éste. :)
¡Gracias por los elogios!

MARIAN dijo...

¿cuando aprenderemos? ¿cuando ya no quede nada? ¡qué pena!

Nerea dijo...

Por la forma en que lo has escrito al principio, de verdad que pense que se tratba de un relato de asesinos en serie. Pero por la forma brutal y horrible en que las matan, la "caza" o mas bien asesinato en masa de focas es una terrible realidad y uno de los peores ejemplos de la crueldad contra los animales en el mundo. Por eso, mis felicitaciones por haber puesto de relevancia algo tan importante, y hacerlo de forma tan magnifica como lo ha hecho.