domingo, 11 de septiembre de 2011

I I

Fuego, humo, polvo, hierro, cemento, cristal, sangre, muerte...Hace diez años, tal día como hoy, volvía de cubrir una noticia para el Diario de Navarra. Iba en el coche de Diego, el fotógrafo, y recuerdo que estábamos pasando cerca de las Bardenas Reales cuando escuchamos en la radio una de las noticias más importantes de nuestras vidas. Recuerdo el nerviosisimo, la excitación y la incredulidad con que comentamos aquello.Como aún no habíamos comido, pasé por casa antes de volver a la redacción de la delegación de Estella. Mi madre y mi hermano estaban atónitos por todas las imágenes que habían visto en la televisión del cuarto de estar. Esos instantes, el momento en el que no sólo escuché sino que vi lo que estaba ocurriendo, no se pueden comentar ni describir. En el televisor, estaba puesto el canal Antena 3 y asistimos a la ya mítica narración de Matías Prats. Más tarde, justo cuando regresaba a la redacción, me acuerdo que la directora preguntó "¿Qué ha pasado con la torre?" y mi sombría y lacónica respuesta mientras me sentaba en mi mesa fue: "Ya no hay torre". Luego, no habría ninguna de las dos.

La mejor crónica que se puede hacer de los atentados del 11 de septiembre de 2001 es un vello de punta, erizado por la sorpresa, el asombro y el horror. Un vendaval de imágenes, sonidos y sensaciones encerrados bajo la piel.

Ojalá todo aquello no hubiera sido más que el tráiler de la enésima película en la que Roland Emmerich destruye Estados Unidos y aledaños. Ojalá. Creo que aquel día, todo el mundo se sintió como se sentiría un niño al ver que un desconocido le calza una hostia monumental a su padre, o como se sentiría un lector de cómics al ver a Superman recibir una tunda bestial, o como se sentiría un gris trabajador al ir a la oficina y descubrir que el inmueble es un solar, o como se sentiría alguien que mientras desayuna lee en el periódico los obituarios de su marido, su esposa, su hijo, su hermano, su nieto, su amigo, su padre, su madre, su vecino...

Aquel once de septiembre, el mundo se volvió global para siempre: La información, la conciencia, la perspectiva...todo se hizo, de repente e irremediablemente, planetario. Sin importar desde qué óptica o ámbito hablemos, lo que ocurrió ese día lo cambió todo radicalmente y de forma permanente. Todos fuimos alumnos improvisados del efecto mariposa y esa lección nos acompañará mientras vivamos, aunque sea de forma inconsciente.Nada nos es ni nos puede ser ajeno desde entonces.

Aquel día supimos que casi 900 años después de las Cruzadas, aún hay dementes sanguinarios capaces de cometer, reivindicar o aplaudir atrocidades en el nombre de un dios que no es más que el diablo.

Aquel día supimos que la hybris, el pecado de soberbia que castigaba letalmente a los personajes de las tragedias griegas, es la nota a pie de la política internacional desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy.

Aquel día supimos que estamos tan acostumbrados a ver pastar los cuatro jinetes del Apocalipsis que creímos erróneamente que ya no existían.


Aquel día supimos que no hacen falta películas de James Bond ni de superhéroes para conocer a un auténtico villano de escala mundial.

 Aquel día supimos que la paz en nuestros días es un funambulista haciendo equilibrios sobre un campo de minas.


Aquel día supimos que nuestra forma de vida, nuestro modelo de civilización siembra la muerte en semillas de odio en lugares que quizás nunca fueron suficientemente lejanos. Aquel día supimos que no hay nada intocable, que nada es del todo seguro, que no hay nada cierto, que nada es previsible, que nada puede estar a salvo de la infelicidad, de la tragedia, del llanto, de la muerte. "Memento mori", decían en la Antigua Roma. En España, volvimos a recordar esa durísma y salvaje enseñanza tres años más tarde.

Aquel día supimos que podemos llorar a muertos ajenos como si fueran propios, porque, ese once de septiembre de dos mil uno, todos, absolutamente todos, volvimos a recordar qué es el ser humano.


Hace diez años supimos que lo bueno no dura para siempre. Hoy sabemos que lo malo, por suerte, tampoco.

3 comentarios:

Juan Carlos dijo...

¡Magnífico tu recordatorio! Cierto que se pueden llorar los dolores ajenos como si fueran propios. También tuvimos nuestros motivos un 11 de marzo en otro ataque irracional.
Salu2

Lakacerola dijo...

Sobre esto no opino, unos echan la culpa sin más al islamismo radical, otros que si no nos hubiéramos metido dónde no nos llaman, se podría haber evitado. En estos temas no te puedes fiar de lo que se cuenta en la red, pues suele estar sesgado. Occidente contará su versión que no es la misma que la del bando contrario. Tal vez Wikileaks nos lo aclare.

Heimdall dijo...

Bueno. :) Creo que la suspicacia cuando hay tantos centenares de muertos por medio es, cuando menos, cuestionable.

Es cierto que habrá quien pueda ver, dentro de cierta teoría conspirativa, el 11-S como el Pearl Harbor del siglo XXI, siempre y cuando se tengan como válidas las opiniones y teorías que sostienen que la masacre de aquella bahía fue un suceso "provocado" por Estados Unidos para tener un "casus belli" con el que entrar en la II GM sin necesidad de tener que convencer a la ciudadanía de ello. En esta ocasión, los motivos espurios para dejarse masacrar habrían sido el negocio petrolífero y el pelotazo económico que supone para la economía norteamericana una industria armamentística a pleno rendimiento.

También hay quien dice que lo que ocurrió fue que los EEUU crearon su propia némesis cuando apoyó y adiestró a Bin Laden en su lucha contra los soviéticos en Afganistán.

Y hay opiniones que sostienen que EEUU probó su propia medicina al ver cómo alguien foráneo diezmaba a su población civil porque, según dichos pareceres, eso es lo que hacen los estadounidenses en sus incursiones bélicas por el orbe. Sobra decir que estas últimas opiniones son las contenidas entre las deleznables justificaciones de Al Qaeda para los atentados del 11-S.

Coincido con que no hay que dejarse guiar por la información que aparece en Internet. Por eso, hace tiempo, me leí un libro muy revelador sobre este tema que recomiendo a todo aquel interesado en saber algo de la trastienda de este trágico suceso y si se pudo haber evitado: "Contra todos los enemigos" de Richard A.Clarke, publicado en España por la editorial Taurus.

De cualquier forma, lo único objetivo, innegable y demostrable es que una panda de asesinos a las órdenes de un hijo de la gran puta (que bien muerto está) masacró consciente y deliberadamente a cientos y cientos de personas inocentes. Y, ante eso, no hay cabida alguna para contemporizar. :)