lunes, 8 de noviembre de 2010

El hombre de hielo

Recientemente, he concluido la lectura de "El hombre de hielo", detalladísima biografía realizada por el periodista Philip Carlo de uno de los mayores y más desconocidos asesinos del siglo XX: Richard Kuklinski. Responsable de más de 200 asesinatos, Kuklinski es un fascinante y típico ejemplo de psicopatía: Infancia tortuosa marcada por unos padres extremadamente violentos, irresponsables, y patológicos (alcoholismo paternal, extremismo religioso maternal); juventud en un ambiente insanamente pendenciero y mafioso; y madurez al abrigo de las grandes familias de la Mafia norteamericana, que avivaron, gratificaron y se aprovecharon del gran talento de este hombre: Matar con suma efectividad y nulos remordimientos. Terminadas de leer las más de 500 páginas de la historia de Kuklinski, tengo claro que él ni nació ni se hizo asesino; le hicieron; y esto no quiere decir, bajo ningún concepto, que yo le exculpe de las atrocidades que cometió. Tuvo una vida lo suficientemente atípica y desgraciada como para que se convenciera, desafortunadamente, de que lo único que hacía sin problemas era matar.


Sin embargo, dejando a un lado su acongojante currículum como "hitman" o sicario de la Mafia, lo que más me ha llamado la atención de esta biografía es otro rasgo que suele acompañar en no pocas ocasiones a los psicópatas o los asesinos en serie: Que nadie de su entorno más cercano, incluyendo su propia familia, se percató de la monstruosa doble vida que llevaba Richard Kuklinski hasta que lo detuvieron. ¿Por qué? Porque este despiadado asesino fue, sorprendentemente, un marido, padre y vecino ejemplar; exceptuando, eso sí, los ocasionales ataques de furia que se apoderaban de él y que desembocaban en episodios de lo que hoy llamamos "violencia doméstica". Más, incidiendo en este transtorno bipolar entre el ángel y el diablo, no puedo dejar de preguntarme cuántos monstruos acechan tras luminosas y bondadosas fachadas...

De todos  modos, siendo sincero, el único motivo que tengo para reprobar  sin paliativos al apodado "hombre de hielo" es el mismo del que él se arrepintió profundamente todos los días de su truculenta vida: las brutales peleas con su mujer. Es decir, que no lo repruebo como asesino. ¿Por qué? Porque casi la totalidad de los hombres (no mataba ni a mujeres ni a niños) que asesinó , por iniciativa propia o por encargo, pertenecen, para mí, a la escoria de la sociedad: matones, estafadores, traficantes de armas o drogas, sicarios, pedófilos, ladrones, vagabundos camorristas...¿Merece gentuza de esta ralea vivir? Para mí, no. Al menos no en un mundo donde la Policía y la Justicia fallan más que una escopeta de feria. Por tanto, ¿qué hay de malo en erradicar a esa bazofia humana de una forma segura y definitiva? ¿Qué hay de malo en borrar de la faz de la tierra a esos bellacos sin escrúpulos? ¿Qué hay de malo en privar de cualquier derecho a gentuza repugnante como la referida? Sólo una cosa: Que solamente podemos esperar que nos libre de ellos alguien como Richard Kuklinski...Y eso es lamentable.

Igual que lo es cómo se comportó la Policía con la familia de Kuklinski en el momento de su detención o la sospechosa muerte de éste en la cárcel justo cuando estaba a punto de tirar de la manta en un escándalo de primera magnitud que habría estremecido los pilares judiciales, legales y policiales de Estados Unidos: el bochornoso pacto de las autoridades norteamericanas con un mafioso vil y traidor como fue Sammy Gravano.

En definitiva, "El hombre de hielo" es un libro que supera a muchos de los mejores "thrillers" que nos ha brindado la ficción en las últimas décadas y un interesante motivo para reflexionar sobre lo siguiente: ¿Qué clase de sociedad es ésta que convierte en una bendición a un monstruo como Kuklinski? Quizás la misma sociedad donde los policías son unos cobardes, los jueces unos ineptos y los criminales pueden vivir con insultante comodidad...

5 comentarios:

CHucky dijo...

Solo tengo dos "peros" a tu texto:

1] Mataba escoria; ¿por orden de otra escoria?

2] ¿Dónde ponemos el límite?

Un aludo.

Heimdall dijo...

Buenas, CHucky,

Entiendo tu comentario, pero...¿qué quieres que te diga? A mí, con tal de que se limpie la sociedad de escoria, como si lo manda el propio Satanás...Eso es mejor que nada o que lo que tenemos actualmente.

Y, por lo demás, el límite, para mí, está en lo siguiente: No matar ni castigar a inocentes. Todo lo demás, bienvenido sea.

:) Un saludo.

CHucky dijo...

Si no te digo que no... solo te digo que es peligroso y me da miedo :)
Yo lo tengo claro, pero no tanto.
A mí eso de que un mafioso mate a otro mafioso me parece cojonudo, pero aún queda un mafioso por matar; una pena que no se maten entre sí los dos.

En cuanto al límite... coño, me recuerda a esa frase de "la que que se ponga barba postiza y ponga voz de hombre que tire la primera piedra"... no, no era así; era "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra", esa.
Que sí, que es demagogia, pero... es que hace un rato, viniendo por la autopista, un coche rojo me ha hecho una pirula y casi tengo un accidente y mato a uno que venía en una moto. ¿Voy buscando piedras?
No es por joder; es porque realmente no sabría dónde poner el límite.

Anónimo dijo...

¿Los vagabundos son escoria? ...y tú un pedazo de mierda.

Javi Crespo dijo...

Sólo tengo que agradecerte 2 cosas:
1) Que sepas leer tan bien, puesto que escribí "vagabundos camorristas", es decir, discriminando a los vagabundos normales de aquellos que por diversos motivos te pueden dar un susto o algo peor. ¿Comprendes? Por si no te ha quedado claro: me da igual la situación social si la persona en cuestión es un indeseable o se comporta como tal. ¿De acuerdo? Es decir: si hubiera matado simples vagabundos, me habría parecido totalmente miserable y despreciable.
2) La otra cosa que te agradezco es que me llames "pedazo de mierda", aprovechando además el anonimato. Demuestra que tienes tanta valentía como capacidad dialéctica.
Así que, por todas estas razones, sólo me queda felicitarte por demostrar que alguien perdió el tiempo cuando te educó. Aún estás a tiempo de rectificar.