lunes, 20 de octubre de 2008

Lo único que necesita el Mal

"Los hombres han dejado a Dios no por otros dioses, dicen, / sino por ningún dios; y eso no había ocurrido nunca, / que los hombres a la vez negasen a los dioses y adorasen a dioses, profesando primero la Razón, / y luego el Dinero, y el Poder, y lo que llaman Vida, o Raza, o Dialéctica. (..) Cuando a la Iglesia ni se la considera ya, ni se oponen / siquiera a ella, y los hombres han olvidado / a todos los dioses excepto la Usura, la Lujuria y el Poder".


Hay películas como "El jardinero fiel", "Diamante de sangre", "Black Hawk derribado", "Lágrimas del sol" o "Llanto por la tierra amada" y libros como los salidos de la mano de Alberto Vázquez-Figueroa que nos transmiten un mensaje tan conmovedor como minusvalorado, una llamada de atención que se cuela en tus entrañas y se va enroscando en ellas, como una raíz con alma de serpiente: África, cuna del ser humano, es desde hace décadas el precipicio desde el que se puede ver morir todas las virtudes de la Humanidad. Allí la vida apenas levanta unos palmos del suelo y las sonrisas mueren antes de encontrar un sentido. Allí los seres humanos en el mejor de los casos son sólo nombres cuando no números, siluetas o simplemente nada. Allí respirar es sentir cómo la vida exhala moribunda pequeñas bocanadas de impotencia. Allí los más fantásticos y diversos parajes naturales son el desquiciado escenario de atrocidades e injusticias como pocas ha conocido la Historia. Eso es África. Un continente de enorme belleza y colosales recursos que ha sido mancillado por potencias y multinacionales tan obscena y reiteradamente que han convertido la tierra africana en el paradigma del tercer mundo, o, sin eufemismos, en el aliviadero del primer mundo, sin duda el primero en hipocresía, cobardía, complacencia y vileza. Unas naciones que han utilizado su gran, grandísimo poder no para remediar, no, sino para perseverar en un gran, grandísimo error.



Tener constancia o el más mínimo indicio de lo que hacen los países y empresas más poderosas en aquellos lares es tan repulsivo como ninguneado. En África tan importante, humillante y dramático es qué se hace como qué no se hace. Y más aún conocer los motivos para todo ello. El interés económico, el que sustenta la endiablada maquinaria de la prosperidad de los "países avanzados" (en avanzado estado de descomposición moral, diría yo), es el principal culpable de todo lo que ocurre en África. Un interés que alienta que la corrupción política, tanto nativa como foránea, coquetee con el adjetivo "ancestral"; un interés que consiente que los Derechos Humanos sean vilipendiados con tal naturalidad que parecen inexistentes; un interés que entumece cualquier reacción ante abusos indiscriminados de toda índole y matanzas inconcebibles; un interés que sólo se olvida momentáneamente cuando algún dirigente político o empresarial quiere maquillar su imagen, hacerse una foto o ganarse su minuto de gloria en una noticia, convirtiendo de este modo la "bondad" en una mera técnica de marketing; un interés que deja morir lenta y masivamente a miles de personas por el mero hecho de que es rentable. Que no tengan ideas para pensar, voz para protestar ni dinero para prosperar. Ésa parece ser la consigna que se aplica de forma generalizada en el tercer mundo y, de forma especial, en África. Y la verdad es que funciona, sólo hay que mirar los resultados.



Habrá quien diga que sí que se hacen cosas en pos del bien de las gentes africanas y estoy de acuerdo. Pero no son, ni de lejos, suficientes. Cuando los verdaderos responsables de solucionar un problema forman parte de éste, cuando la corrupción y la descoordinación están tan expandidas como arraigadas, cuando después de muchos años de misioneros y ONGs África sigue sumida en su abominable agonía, no se hace lo suficiente. Nunca todo lo que se haga por desterrar de esas tierras la muerte, la enfermedad, la pobreza y la esclavitud moral y/o física será suficiente. Nunca. Conformarse es hacer zapping ante lo que cualquiera de nosotros podríamos estar sufriendo si no hubiéramos tenido la inmensa suerte de nacer donde nacimos.



Y lo que más pena me da de todo, más aún incluso que tener la impresión de que películas conmovedoras como "El jardinero fiel" se quedan cortas, es saber que la postura más habitual ante los desmanes africanos es la misma que la del fotógrafo que saca la instantánea del buitre merodeando a una famélico niña y piensa: "Pobrecita". Porque el problema, en el fondo, es que en este mundo, en este siglo y en esta sociedad nuestra verdadera humanidad y altruismo sólo se pueden medir en segundos. Y después, nos sumergimos en nuestra anestesiante y frenética rutina de nimios problemas domésticos. Duele pensar que podemos ayudar y no lo haremos. Duele mucho ser consciente de todo ello. Duele saberse partícipe de ese infame baile de máscaras en el que todo que nos hiere el alma es soterrado por nuestro vergonzoso egoísmo. Duele saber que el teniente A.K. Waters (Bruce Willis) dice una verdad incontestable cuando, en "Lágrimas del sol", afirma: "Lo único que necesita el mal es que los hombres buenos no hagan nada". Duele sentir resonar en tu interior lo que el autor del poema del comienzo dijo hace mucho tiempo: "Somos los hombres huecos, / somos los hombres rellenos apoyados uno en otro, / con la mollera llena de paja. ¡Ay! / Nuestras voces resecas, cuando susurramos juntos, / son tranquilas y sin significado, / como viento en hierba seca, / o patas de ratas sobre cristal roto / en la bodega seca de nuestras provisiones". (T.S.Eliot. Los hombres huecos. 1925)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

El artículo me parece fenomenal, bien escrito y sincero. Es cierto que hay que hacer más y que se puede hacer mucho más, pero lo cierto es que ese al que tanto aborreces (ZP) ha incrementado la ayuda a Africa más que cualquier gobierno del PP y situa a España en la cabeza de la guerra contra el hambre, en ese continente, frente a sus vecinos europeos. No osbtante, yo no me conformo con eso y me sigue pareciendo insuficiente, pero creo que son pequeños gestos, como tu artículo, o la concienciación de un gobierno y el compromiso de una nación, lo que inicia el camino hacia el cambio.

Anónimo dijo...

Me parece, en conjunto, veraz aunque bastante soccorrido y recurrente. Omites de plano cualquier consideración acerca de la podredumbre que cada X años se instala en los "gobiernos" africanos y echas toda la culpa al mundo occidental, a todos, a mi, a mis amigos, a mis primos, a los amigos de los primos...Deberías especificar y verter tus críticas hacia aquellas empresas que manejan billones y destruyen los espacios naturales y los recursos humanos.
Tampoco me parece justo que ridiculices los quehaceres diarios de los "occidentales", sus inquietudes y sus angustias cotidianas, porque son más reales y sentidas que el apadrinar un niño de tal o cual país. Yo doy parte de mi irrisorio sueldo a causas de esta índole porque como bien dices tengo el privilegio de haber nacido en la parte buena del globo. Y esto último me conduce a otro aspecto del que hablas y que me parece de lo más tendencioso: nacer en el hemisferio norte. En mi opinión, sería un gesto de evidente debilidad espiritual y absoluta falta de inteligencia mortificarse o vivir una vida de renegado por ser engendrado y criado con el máximo confort posible. Parece que este detalle, en este discurso, nos sitúa siempre, con respecto a los más desfavorecidos, como egoístas, como personas de baja ralea, deudores perpetuos de una gracia que algún ser sobrenatural tuvo a bien concedernos. ¿Acaso crees que cualquier individuo, viva debajo de un puente en Bombay, o en el metro en Moscú, no se cambiaría sin pensarlo por nosostros y le importaría un pimiento que nos muriésemos de hambre?
No me parece este un tono adecuado, sobre todo cuando, aún en nuestras penurias de fin de mes, somos quienes más aportamos o intentamos aportar. ¿Debemos levantarnos todas las mañanas y latigarnos la espalda, a latigazo por bien adquirido?

Heimdall dijo...

Hola. Gracias por la crítica, que siempre es útil.

Creo que he intentado expresar o condensar en muy pocas líneas un panorama muy complejo y con tantas aristas como matices. Si no lo he conseguido, mea culpa.

De todos modos, pienso que leyendo el artículo no esté exculpando a la corrupción local (de hecho aludo directamente a ella) ni culpando íntegra y totalmente al mundo "occidental" o los nacidos en el hemisferio norte (en el artículo hablo de primer mundo, no de otra cosa). En ese sentido, cualquier persona, esté donde esté, sea de donde sea, puede y debe darse por aludida por lo que digo; mi crítica no se circunscribe a un estilo de vida o una región geográfica planetaria.

En cuanto a la "ridiculización de los quehaceres diarios de los occidentales", no creo que esté en mi ánimo ni en el objetivo del artículo ridiculizar o criticar eso específicamente. Sólo digo que también deberíamos tener más amplitud de mira, tanto para relativizar nuestros problemas como para ser conscientes de otros más graves y ante los cuales podemos hacer algo (mucho o poco, pero algo).

También dices "sería un gesto de evidente debilidad espiritual y absoluta falta de inteligencia mortificarse o vivir una vida de renegado por ser engendrado y criado con el máximo confort posible". Yo no pienso eso. No digo que debamos mortificarnos por el mero hecho de nacer donde nacemos. Digo que deberíamos aprovechar eso para hacer cosas buenas, tanto para nosotros como para nuestros semejantes. Lo que sí me parecería un gesto de evidente debilidad espiritual es mirar a otro lado, igual que actuar como si el mundo se redujera a nuestro entorno más cotidiano y doméstico, sí me parece una absoluta falta de inteligencia. Ser sensible y consciente de lo que "denuncio" en el artículo, me parece más muestra de honradez, humanidad y autocrítica que de debilidad espiritual y absoluta falta de inteligencia.

Más tarde cuestionas lo siguiente: "¿Acaso crees que cualquier individuo, viva debajo de un puente en Bombay, o en el metro en Moscú, no se cambiaría sin pensarlo por nosostros y le importaría un pimiento que nos muriésemos de hambre?" Bueno, el hombre no es por sistema un lobo para el hombre, aunque se comporte con cierta frecuencia así. Generalizar es malo. No sé qué harían otras personas en nuestras circunstancias, pero sí al menos me gustaría que hubiera al menos una que se sintiera preocupada y creo que esa posibilidad no es tan irreal, porque no es cuestión de nacionalidad ni circunstancias, sino de sensibilidad y corazón, de ser humano, en definitiva.

Finalizas diciendo: "¿Debemos levantarnos todas las mañanas y latigarnos la espalda, a latigazo por bien adquirido?" Mi respuesta es no, y menos aún cuando se obtiene de forma honrada. Lo que yo digo es que sí deberíamos "latigarnos la espalda" por cerrar los ojos conscientemente y no hacer nada cuando somos, precisamente, quienes más podemos hacerlo por los recursos a los que tenemos acceso.

De cualquier forma, muchas gracias por expresar tu opinión.