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sábado, 27 de abril de 2019

"Vengadores: endgame" o la apoteosis friki

El jueves, día 25, tuve la suerte de conseguir una entrada para el estreno en España de Vengadores: Endgame. La vi. La disfruté. La recordaré siempre, como probablemente haga también el resto de espectadores que abarrotó la sala 16 de los Cinesa Méndez Álvaro y que glosaron el film con ovaciones, carcajadas y llantos cuando tocaba.

Es complicado resumir este "Final del juego" sin caer en spoilers, así que diré que la batalla definitiva contra Thanos es el cierre perfecto para esta saga o arco argumental (que ha durado 22 películas y 11 años) y un maravilloso homenaje a quienes han hecho posible todo ello: los actores y los fans. Consejo: lleven pañuelos.

Por eso, mejor que decir "qué es" esta película resulta decir "cómo es": épica, divertida, emotiva, conmovedora, entretenida, apabullante, apoteósica, espectacular, laudatoria, hiperbólica, asombrosa, impactante, orgásmica, panegírica, abrumadora, elegíaca, cómplice, excesiva, excelsa, monumental, desoladora, gratificante, trepidante, emocionante, efectista y efectiva. Es la película que todo fan de MARVEL desearía ver. Es una gozada de proporciones cósmicas. Resulta francamente difícil lograr que una película tan exagerada en las formas como en el fondo, que hace malabares con los géneros cinematográficos y que cuenta con un elenco tan amplio resulte tan eficaz y equilibrada. Pero los Hermanos Russo lo logran, confirmándose como los mejores cineastas a los mandos de las películas marvelitas. El film brilla en todos los apartados técnicos, pero es en lo interpretativo donde el reparto hace un fabuloso homenaje a sus personajes y a los espectadores. Y es que Vengadores: Endgame, tiene mucho, muchísimo de eso, de homenajear lo que ha supuesto esta saga en lo cinematográfico y en lo sentimental. De ahí que, por ejemplo, los guiños a otras películas precedentes (incluso con una sola frase) y los cameos de ciertos personajes (por muy fugaces que sean) que trufan el metraje suponen todo un beso en el corazón de los fans.

Otra virtud de esta gran (en todos los sentidos) película es el poso que deja haciendo las veces de moraleja. Empezando por esa frase promocional "Parte del viaje es el final", que en la película está en boca del memorable Robert Downey Junior. Vengadores: Endgame nos habla de que para avanzar hay que estar dispuesto a dejar atrás, que para ganar hay que estar dispuesto a perder, que para aprender hay que estar dispuesto a fallar, que para disfrutar hay que estar dispuesto a sufrir, que para conseguir hay que estar dispuesto a sacrificar, que para vivir hay que estar dispuesto a morir. La diferencia entre una persona normal y un héroe es que este último no sólo está dispuesto sino que lo demuestra. Y esta película está llena de (súper)héroes, seres extraordinarios que demuestran al espectador que lo heroico no tiene que ver con tener poderes increíbles sino con un corazón invencible. Dicho de otra manera: cualquiera puede ser un héroe si atiende a su corazón. Ese es el gran legado de esta saga que culmina en Vengadores: Endgame.

Acabo ya con un consejo. Si bien la película no tiene escena postcréditos, merece mucho la pena quedarse a ver los emocionantes créditos finales, aunque sólo sea los inmediatamente posteriores al desenlace del film, porque subrayan esa naturaleza de homenaje al reparto y a los fans de la que hablaba antes. Eso sí, quien se quede hasta el final, cuando ya el logo de MARVEL pone el broche a los créditos tradicionales, se escuchan unos sonidos que son todo un reconocimiento a la película que lo comenzó todo. Y hasta ahí puedo contar...

Por mi parte, no sólo voy a recordar el resto de mi vida Vengadores: Endgame, sino que estoy firmemente decidido a verla cuantas veces hagan falta porque es el mejor regalo que La Casa de las Ideas ha hecho a quienes, como yo, somos orgullosos frikis. MARVEL, te quiero tres mil.

domingo, 10 de junio de 2018

Leña al friki

La resaca del necesario cambio de Gobierno está siendo todo un géiser de titulares, noticias y comentarios, un Woodstock onanista para columnistas, tertulianos y opinadores varios, una coartada excelente para verter filias y fobias ideológicas o personales al calor de los acontecimientos. Entre todo lo dicho, quiero centrarme en lo siguiente: el nombramiento del militar Pedro Baños como Director de Seguridad Nacional ha suscitado contundentes críticas y guasas despectivas. Entre las primeras, destacan las críticas a su simpatía por la Rusia de Putin (para gustos, los colores) y a su afirmación de que los mayores peligros mundiales son EEUU y China (que alguien diga que los dos países más potentes económica y militarmente son las dos peores amenazas para la estabilidad mundial no es una novedad sino una obviedad pero hay gente que se escandaliza con demasiada facilidad). Entre las segundas, es decir, entre las guasas, las chanzas y los cachondeos varios, destaca por recurrente la vinculación de Baños con Íker Jiménez (el militar es habitual colaborador del programa Cuarto Milenio), utilizando el término "friki" con ánimo despectivo, ridiculizante, descalificador y denigrante contra Baños y, por extensión, contra Jiménez y todos los que comparten con el periodista, divulgador y presentador vasco su curiosidad insaciable por el misterio (por cierto, que ya me gustaría ver a mí a muchos de esos criticones que ridiculizan a Íker hacer en su vida algo de la calidad y el rigor como el magnífico documental que realizó sobre Chernóbil). En ese sentido, ha habido titulares y noticias estos días en diversos medios de comunicación que a uno como periodista le hacen sentir profunda vergüenza ajena cuando no directamente asco.

El propósito de este artículo no es defender a Baños, puesto que a él le defiende suficientemente bien su currículo profesional y además Íker Jiménez ya lo ha hecho estupendamente en su videoblog, sino convertir este post en un improvisado cadalso contra los majaderos, cretinos y necios que emplean "friki" como insulto. No es algo ni mucho menos nuevo que la sociedad-comunidad ataque a lo divergente o diferente como si fuera una especie de sistema inmunitario repeliendo un virus; el problema es que aquí lo que algunos intentan preservar es la inmunidad de un sistema asentado en una suerte de pensamiento único conformado por "lo políticamente correcto", "lo moralmente aceptable", "lo socialmente establecido" y "lo racionalmente asumible" y todo el que se salga, se enfrente o se evada de la cuadrícula es automáticamente considerado y tratado como un paria, un apestado, un indeseable, un marginable, alguien devaluado y devaluable. Que algunos utilicen "friki" como una especie de "letra escarlata" para marcar a las personas como si fueran indignos de la polis es una muestra más de que la sociedad del siglo XXI sigue arrastrando vicios demasiado arcaicos, estúpidos y tóxicos.

Voy a decir algo obvio: gracias a los frikis, la Humanidad ha avanzado. Si no hubiera existido gente que se atrevió a cuestionar lo establecido, a desafiar lo sabido yendo en busca de lo desconocido, a adentrarse en la oscuridad literal o figurada, a apartarse de las reglas, a interesarse por aquello que no está a la vista de los sentidos o el entendimiento, a aprender algo nuevo y distinto, el ser humano seguiría siendo un temeroso homínido inquilino de cavernas en las que parecen seguir habitando ciertas personas dentro y fuera de los medios de comunicación españoles. Colón, Da Vinci, Galileo, Gutenberg, Lincoln, Tesla, Edison, Jobs...la historia está llena de célebres ejemplos de "frikis". Sin ellos, sin los frikis, habrían sido imposibles muchos avances científicos, tecnológicos, sociales, políticos, artísticos y culturales de los que hoy se beneficia y felicita todo el mundo. Así de sencillo. Así que, antes de utilizar friki como arma arrojadiza, algunos deberían tener claro que están escupiendo sobre su propia frente y orinando con viento en contra. Por tanto, un respeto.

Interesarse por lo desconocido, lo misterioso, lo inexplicable, lo paranormal, lo extraterrestre no es algo de lo que avergonzarse. Preguntar o cuestionar no es algo indigno. Trascender el tabú no es algo malo. Dirigir la mirada hacia donde pocos o nadie la dirigen no es algo de lo que lamentarse. Disfrutar con lo que no es moda, tendencia, mayoritario o mainstream no es algo sonrojante. Todos estos son rasgos o síntomas de "frikismo". ¿Y pasa algo? No. Hay cosas peores en la vida, como, por ejemplo, ser un borrego, un sumiso, un gregario, una marioneta, un pagafantas del dictado único. Además, hay que tener en cuenta lo siguiente: no conozco a nadie friki que critique a los que no lo son o no comparten sus gustos. Quizá deberían tomar nota quienes sí lo hacen a los frikis.

Yo, por ejemplo, si no hubiera sido desde crío un friki (que lo soy y a mucha honra), sería impensable que tuviera esta voraz curiosidad que me ha llevado a interesarme, leer, estudiar y saber sobre asuntos y materias enormemente variopintas y diversas. Si no fuera tan friki, no tendría ni la pasión ni los conocimientos que tengo en temas de Historia, Literatura, Arte, Tecnología, Filosofía, Cine, Mitología o Ciencia. Si no fuera tan friki, me habría privado de horas de auténtico, sano e inocuo disfrute con cómics, videojuegos, series y películas. Si no fuera tan friki, probablemente habría sido del Real o del Barça y no del Atleti. Si no fuera tan friki, habría pasado por la vida y los pensamientos de muchas personas de una forma insustancial e irrelevante. Así que, cuando alguien utiliza "friki" como un insulto está haciendo sin saberlo el mayor y mejor elogio que se puede hacer a una persona en esta sociedad tan mayoritariamente hipócrita, anestesiada, acomodada, apática y mediocre, porque ser friki es, afortunadamente, no ser como los demás. Friki es un rasgo identitario más, tan respetable como cualquier otro, a la hora de definir, determinar o diferenciar a una persona, pero no puede ni debe ser nunca un motivo de mofa, menosprecio o vejación.

Por todo ello, a la hora de menospreciar a alguien, descártese "lo friki" como argumento, porque criticar lo positivo es no saber criticar y, por tanto, no saber pensar que es, básicamente, lo que diferencia al hombre actual del simio que campeaba cuando los dinosaurios ya no dominaban la Tierra.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Honor y reputación

Fin. El Ministerio del Tiempo ha concluido. Y lo ha hecho con un capítulo nostálgico, entrañable, cómplice y autorreferencial; el complemento perfecto a ese otro desenlace, el del penúltimo capítulo, que, más allá del cierre de las principales tramas, fue un auténtico muestrario de calidad y calidez humana.

Finaliza así una producción que empezó teniendo espectadores y acabó por tener cómplices, partes indispensables de esta ficción a la que los contratiempos y las puñaladas domésticas han convertido en una epopeya casi subversiva contenida en una serie de culto y de culturas con proyección intergeneracional (e internacional gracias a Netflix). Una ficción que ha ido creciendo y arriesgando en cada paso sin prejuicios ni miedos, apoyándose para ello en el impagable pundonor de un sensacional equipo y el aliento de esa magmática, creativa y apasionada soldadesca llamada "ministéricos".

Foto: Tamara Arranz
Tras 34 capítulos y tres temporadas, El Ministerio del Tiempo ha enseñado que hay otra forma de contar la Historia y contar historias; que la mezcla y el mestizaje tienen mucho de tesoro; que la dignidad no se negocia; que pocas cosas hay más poderosas que el talento puesto al servicio del esfuerzo; que derrochando coraje y corazón siempre se compite como el mejor; que "Olivares" a muchos ya nos suena más a dos formidables cracks que a cierto Conde Duque; que la narrativa transmedia está aquí para quedarse; que hay otras formas de consumir televisión; que los audímetros son como teléfonos de cabina; que el Arte puede estar a la vuelta de un fotograma; que el riesgo siempre merece la pena; que el entretenimiento puede ser un arma de divulgación masiva; que la Cultura puede ser trending topic; que el orgullo de ser español no está en iconos ni emblemas oficiales ni en argumentarios patrioteros destilados de propaganda inflamada sino en dos cosas que hoy parecen en extinción tanto en la esfera pública como en la privada: tener la valentía suficiente para ser honesto y tener la honestidad suficiente para ser valiente. Dos cualidades que brillan con luz propia en ese trasfondo ético, moral e íntimo que ampara las tramas y los personajes de esta excepcional serie.

Foto: Tamara Arranz
Por si esto fuera poco, esta temporada, la tercera, además de realzar las virtudes de sus predecesoras, ha remarcado algo que creo que es muy importante y novedoso: que el significado está más allá de los significantes, que el concepto sobrevive a los nombres, que el espíritu trasciende lo particular. Por eso, las variantes en la configuración de "la patrulla", motivadas en parte por bajas en principio tan notorias como las de Julián y Amelia, han servido para enriquecer y ampliar lo que ya había, como quien añade nuevos matices a un cuadro pincelada a pincelada. Algo que, por cierto, los que conocemos tebeos de La Patrulla X, Los Vengadores o La Liga de la Justicia o series como Doctor Who, ya teníamos aprendido. Estar abierto al cambio es un buen remedio para evitar quedarte atrás. Y eso es una de las muchas lecciones que El Ministerio del Tiempo nos ha legado. Por eso, no cabe más que dar gracias a Aura, Rodolfo, Nacho, Hugo, Macarena, Jaime, Cayetana, Juan, Francesca, Susana, Julián, Natalia y ese estupendo y entrañable "etcétera" que ha consolidado a la serie como hito. El mismo agradecimiento debido a los hermanos Olivares, las hermanas Schaaff, Marc Vigil y todos y cada uno de los directores y guionistas que han hecho posible este milagro de la resiliencia contra viento y marea.

El Ministerio del Tiempo no es la serie que esta TVE merece pero sí es la serie que toda televisión pública necesita por su calidad, honradez, talento e interés. Lo que es seguro es que se trata de una producción que, pase lo que pase, no olvidaremos quienes ya la tenemos en un lugar privilegiado de esa videoteca que es el corazón.

Por eso, por todo lo vivido hasta aquí, por todo lo aprendido hasta hoy, por todo lo compartido hasta ahora, por todas las aventuras dentro y fuera de la serie de las que nos hemos sentido parte en estas tres temporadas, sólo queda la opción de poner la gratitud en la garganta y despedirla con esa proclama que empezó siendo de Spínola y hoy es santo y seña de los entusiastas tercios ministéricos: ¡Honor y reputación!

martes, 5 de septiembre de 2017

Juego de Tronos: damas mandan

Hace ya días que acabó la séptima y penúltima temporada de Juego de tronos. He esperado un tiempo razonable a que la tormenta de comentarios, opiniones y elucubraciones pasara de huracán a brisa y, la verdad, hay algo que me sorprende. Tras la emisión del último capítulo, ese que evidenció la traslación del eje desde lo "shakespeariano" a lo "tolkeniano" y que acabó con ¿Jon? ¿Nieve? derribando un muro y el Rey de la Noche derribando otro, se desató online y offline todo un festival de onomatopeyas y glosas anfetaminadas que abarcó desde debates en torno a genealogías telenovelescas hasta polémicas a cuenta del inesperado uso de dos recursos narrativos como el "tempo" (que no tiempo) y la elipsis en una serie tan propensa a la parsimonia y la perífrasis (existía la duda legítima sobre qué dura más: un viaje por Poniente o un partido de Óliver y Benji) pasando por lo chusco que resulta, analizado en frío, el relleno de explicaciones mediante alguna de estas tres opciones: Bran lo vio, Sam lo leyó o la magia lo hizo (y un cuervo me lo confirmó, faltaría decir, parafraseando cierta canción).

El caso es que en toda esa tempestad de análisis, dimes, diretes, predicciones y bulos, no tengo la impresión de que se haya remarcado lo suficiente (tan sólo he detectado un artículo en el Huffington Post y otro en Hipertextual) aquello de lo que quiero hablar en este artículo. Me refiero al hecho de que, de toda la amplísima variedad de magníficos y fascinantes personajes con los que cuenta esta extraordinaria ficción, son las mujeres las que han asumido sin ningún complejo un rol tradicionalmente asignado a hombres: el de líder. Así, en Game of thrones no se cumple aquello de "Detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer" sino más bien lo contrario. Y, la verdad, personalmente, me encanta, no sólo por ser un "novedoso" contracliché sino porque hace comulgar a la ficción con la simple realidad, esa que nos demuestra que las cualidades, las virtudes y los defectos no dependen del género. En el juego de tronos, las mujeres se han hecho las amas de la partida: Cersei Lannister ocupa el trono de hierro, Daenerys Targaryen lidera la alternativa, Sansa Stark rige en el Norte y Brienne de Tarth y Arya Stark son las mejores espadas de Poniente. Por si fuera poco, junto a estas "mujerazas", hemos podido disfrutar de otras féminas llevando las riendas de sus respectivos territorios y siendo piezas a tener en cuenta en el agitado tablero de esta ficción hasta su caída en desgracia: Olenna Tyrell desde Altojardín, Ellaria Arena desde Dorne y Yara Greyjoy dese las Islas del Hierro también han tenido su decisiva intervención en los acontecimientos de la trama y las subtramas. ¿Que hay grandísimos personajes masculinos? Indudablemente y ahí está Tyrion para despejar dudas. ¿Que las mujeres se han quedado ya como reinas absolutas del cotarro? También y no, no sólo por una mera cuestión de "descarte por defunción violenta". Han sabido triunfar donde otros fracasan.

Junto a esa interesante lección de que el éxito no depende de la configuración cromosómica, Juego de Tronos sabe realzar la importancia de una cualidad más que positiva en los tiempos que corren, la resiliencia, una virtud que encuentra sus mejores exponentes en Daenerys, Cersei, Sansa y compañía: todas han sabido conjugar su identidad con las circunstancias, llenándose de matices que han facilitado su evolución y sobreviviencia en un entorno tan inmisericorde y volátil como el de Poniente sin perder por el camino sus rasgos más identitarios e inconfundibles. Han sabido hacer frente a toda clase de adversidades, imprevistos y contratiempos y, gracias a eso, están ahora donde están mientras que otros hombres (y mujeres) quedaron atrás. Por eso, no es ninguna estupidez decir que Game of thrones ha hecho más y mejor por el empoderamiento de la mujer que decenas de charlas carísimas, vídeos inspiradores y libros motivantes. Una de las grandes moralejas por esta excelente ficción, con independencia de lo que ocurra en la octava y última temporada, tiene voz femenina: "Sé tú misma y no dejes que nada ni nadie te haga dudar o renunciar a ello". Y no, ser uno mismo no significa quedarse quieto cual Rajoy, significa abrazar el cambio desde la confianza en uno mismo, la perseverancia y la autocrítica, sabiendo que el futuro se gana en el presente y que el pasado es sólo un lugar del que aprender y al que no volver. Cada personaje femenino de Juego de Tronos tiene su propio manual para lograr todo esto pero es una auténtica gozada ver la evolución que han experimentado las principales mujeres de las casas Lannister, Targaryen y Stark, no sólo en su mera condición de personajes de una narración sino por su creciente resonancia en la historia y su valor referencial para una sociedad que aún anda enredada en el bucle de un trasnochado debate de género y etiquetas. Estas mujeres se han ganado estar donde están ahora y no ha sido ni por condescendencia ni por cuota ni por feminismo ni por sugestión de gurú ni por rebelarse contra el heteropatriarcado ni por majaderías de esas: han sabido aceptarse como son, ser ellas mismas, deshacerse de complejos, adaptarse a lo que la vida les ha arrojado, conservar sus metas, luchar por sus sueños, jugar bien sus cartas, romper pronósticos y ganar la partida, de igual a igual, a hombres y mujeres incluso más poderosas a priori que ellas.

Por todo ello creo que, entre otras muchas razones, merece la pena ver Juego de tronos: porque nos enseña desde la ficción algo que es necesario en el mundo real. ¿El qué? Que esto no va de ser hombre o mujer sino de ser persona y, cuando más extraordinaria, mejor. Y, si alguien lo duda, mejor que recuerde una palabra: dracarys.         

viernes, 7 de julio de 2017

Tiempo de descanso

Difícil. Así se podría calificar lo que va de tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Y está siendo una temporada difícil más por las circunstancias que por la propia ficción, pero, parafraseando a Ortega, una obra es una obra y sus circunstancias, así que comentaré ambas cosas.
 
Hablando en primer lugar de las dichosas circunstancias, las de este serión no están siendo fáciles por el cúmulo de factores que las conforman: el retraso en tener luz verde; las reticencias de ciertos gerifaltes de TVE a ver con buenos ojos este producto (con todo lo que ello significa); las presiones al equipo para hacer algo bueno, bonito, barato y a tiempo; la nefasta y contraproducente programación en parrilla; la pervivencia del audímetro analógico como caducado sistema de ponderación de un producto televisivo; la fortísima competencia que tiene con la incansable y legítima telebasura; la proliferación en redes sociales de haters, trolls y bocazas on fire que encarnan aquello de "la ignorancia es osada"; la proverbial envidia cañí a todo aquello que destaca positivamente; los pros y los contras del soporte de Netflix; la manía persecutoria de ciertos tipos con licencia para escribir; los contratiempos que acontecen sobre la marcha; el esfuerzo que conlleva sobrevivir más allá del factor sorpresa; la lógica erosión de toda creación sostenida en el tiempo y la alargada sombra del propio y altísimo listón. Todo cuenta y todo lastra. Negarlo sería una estupidez. Considerarlo una excusa, otra. Principalmente porque no hay nada que disculpar sino que entender: el contexto en el que unos creadores (productores, guionistas, directores, actores...) han tenido y tienen que desarrollar su trabajo. Hacer una mierda es fácil. Hacer algo mejor que bueno no. Por eso se podría decir que esta temporada tres está siendo la del más difícil todavía por ese contexto que mencionaba antes. Otra cosa distinta es esa sensación (casi lindante con la convicción) de que, por razones que se me escapan, hay demasiado interés este año en tirar por tierra a El Ministerio del Tiempo haciéndola de menos o ninguneándola o ensañándose gracias a una valoración sesgada (la que ofrecen los desfasados audímetros) o directamente faltando a la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque la honestidad, la divulgación, la valentía, la originalidad y la calidad molestan en este país a quienes se benefician de la ausencia de cada una de esas cosas. Y esta serie va sobrada de ellas, así que...

Puesto el marco, hablaré de la obra, de la ficción pura y dura. En líneas generales, para mí esta primera mitad de temporada ha ido de menos a más sin que ello implique un comienzo flojo (el primer episodio me pareció francamente bueno). Lo que no entiendo son esos comentarios de supuestos fans y presuntos entendidos que critican la pérdida de identidad o los cambios que ha experimentado la serie en esta tercera tanda respecto a las precedentes. ¿Qué pérdida? ¿Qué cambios? El Ministerio del Tiempo sigue mostrando los emblemas identitarios que lo han encumbrado: la innegociable honestidad a la hora de abordar cualquier tema y trama, el riesgo entendido como alergia al conformismo, la autenticidad como antípoda del efectismo, la dignidad en el fondo y en las formas, el presupuesto como única limitación a la libertad de creación y expresión, la variedad y el mestizaje de géneros y subgéneros, los guiños a nuestra Cultura y sociedad, el ingenio como salvoconducto, un fantástico equipo de profesionales delante y detrás de las cámaras...todo eso estaba en la primera y segunda temporada y está en la tercera. Otra cosa es que esto no se quiera ver o que nunca llueva a gusto de todos. Dicho esto, sí que se puede percibir cierta evolución en la serie, como sucede en cualquier persona o  relación con el paso de los años: se van acumulando nuevos matices y detalles que amplían el significado total y que, sin traicionar su esencia, hacen que suene a algo distinto pero fácilmente reconocible. Como una canción de jazz. Dicho de otra manera: El Ministerio del Tiempo es puro jazz cultural y televisivo y eso se nota en esta temporada. La primera nos invitó a sorprendernos, a dejarnos llevar por la novedad. La segunda, a compartir el camino desde una camaradería ya cómplice. Y la tercera nos propone ir más allá, crecer, progresar, madurar juntos sin trampa ni cartón, sin exigencias ni reproches. Así que, aunque respeto las críticas en su acepción más negativa, no entiendo bien a santo de qué tanta vestidura rasgada y grito en el cielo. Dicho lo cual, reseñaré de forma muy concisa mi opinión de cada capítulo de esta midseason (capítulos 22 a 26):
  • Con el tiempo en los talones. Todo un festival de guiños cinéfilos (con epicentro en Vértigo) a propósito del gran Alfred Hitchcock que sirve como complemento a un capítulo bastante sólido donde se percibe ya un darkness is coming (con perdón de la expresión) tan interesante como impactante ya desde la despedida al entrañable personaje de Julián.
  • Tiempo de espías. Nuevamente un capítulo subrayado por un dramatismo que acentúa los claroscuros de la condición humana a propósito de una operación de espionaje quizá no muy conocida pero que sostiene una atractiva trama a medio camino entre el género bélico y el thriller y que permite presentar a la joven, interesante y luminosa Lola Mendieta.
  • Tiempo de hechizos. Un excelente homenaje al terror literario decimonónico con el célebre Gustavo Adolfo Bécquer como McGuffin insertado en una historia un tanto nihilista que sirve para poner en el punto de mira a algo tan humano y peligroso como la sinrazón, esa tara que anida tras muchos de los desastres históricos o cotidianos de la Humanidad. Estremecedor en muchos sentidos.
  • Tiempo de ilustrados. Un claro ejemplo de que los guiones de esta serie se mueven entre lo estupendo y extraordinario al brindarnos una trama donde aventura, política, comedia e intriga se intrincan de una forma habilísima y que propició escenas y dialógos rebosantes de un ingenio propio de Goya. Confieso que es desde entonces uno de mis episodios preferidos de toda la serie.
  • Tiempo de esplendor. Juntar a los tres mejores escritores del Siglo de Oro (dos nuestros y otro de importación) en una historia a medio camino entre la comedia y la aventura de época con más de un brillante pellizco a la lamentable corrupción actual parecía algo difícil de cocinar...pero el talento siempre allana dificultades y este capítulo va sobrado de él delante y detrás de la cámara.
  • Tiempo de esclavos. Una masterclass por partida triple. El capitulazo que cerró la primera mitad de la temporada enseñó de forma magistral cómo clavar los giros de guión, cómo coger el corazón del público e irlo apretando hasta la conmoción y cómo homenajear a ese maravilloso binomio que es Adela Folch-Aura Garrido. Y todo ello tomando como pretexto una intriga más que interesante que, hablando de Alfonso XII, la esclavitud y las camarillas del poder en el XIX, vuelve a dar una bofetada a la España de nuestro tiempo. Un excelente capítulo que se cerró con una escena final simplemente memorable. En fin, uno de los mejores episodios de toda la serie.
Dicho lo cual, creo que los ministéricos deben/debemos hacer examen de conciencia y reconocer que esta temporada hemos dedicado demasiado tiempo a enredarnos en polémicas estériles, disgustos que no llevan a ninguna parte y/o tóxicas reyertas virtuales; un tiempo que deberíamos dedicar en su integridad a apoyar y disfrutar de una serie que siendo imperfecta ya ha hecho historia, ganándose con todo merecimiento un lugar en la memoria y el corazón de los espectadores. Y a quien no le guste que no mire, como se suele decir. Pero una serie capaz de poner la Cultura en prime time, la Historia en trending topic, la TV en las aulas, el talento en multipantalla y la ficción en tesis doctorales...se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que ha hecho por la manida "Marca España" más y mejor que muchos otros que se lo llevan fresco, merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie capaz de entretener, divulgar y emocionar ya sea en un televisor, un smartphone, un ordenador, un libro, un cómic o un juego de mesa se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie capaz de conciliar a gente distinta e incluso distante sin importar el año y lugar de nacimiento se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que es tan necesaria en tantos aspectos que cuesta delimitar dónde acaba esa imponderable necesidad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que tiene detrás tantas horas de pasión, esfuerzo, ilusión e ingenio se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que Pablo y Javier Olivares, más que crear, regalaron para la posteridad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Y luego que salgan los audímetros por Antequera y los haters por donde no da el sol.

En fin. Que bien merecido es este descanso estival después de esta portentosa exhibición de talento, coraje y corazón. Eso sí, la espera se me va a hacer eterna.
Foto de Tamara Arranz

jueves, 1 de junio de 2017

Un regreso a tiempo: El Ministerio del Tiempo

Cuando una ficción consigue formar parte de la realidad cotidiana e íntima de una persona, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que a un actor y su alter ego se les piense y nombre por perfectos desconocidos con la familiaridad propia de un ser querido, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue desempolvar la curiosidad e incluso el aprecio por unos personajes enterrados en la ignorancia o sepultados por los clichés, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue reivindicar todas las culturas que caben dentro de la Cultura, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra paliar las carencias educativas y académicas de un esperpéntico país, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción es capaz de acercarse a la Historia sin prejuicios ni maniqueísmos sino con la honestidad necesaria para disfrutar de todos los grises y matices, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra reflejar fielmente la entropía diversa, plural y mestiza que es, fue y será la sociedad española, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que la Historia llegue al prime time de una competida parrilla televisiva, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra sobrevivir al juego de intereses creados que hay en la televisión, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que creadores y público se sientan parte importante de un inmenso todo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción saca del ninguneo de los créditos a quienes forjan sueños a base de ingenio, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue convertirse en un fenómeno transmedia, global e intergeneracional, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue lo que ha conseguido El Ministerio del Tiempo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. 

¿Quién es ese "alguien"? Para empezar, los hermanos Olivares, Pablo y Javier, quienes, como buenos colchoneros, concibieron una serie muy Atleti: una serie que derrocha coraje y corazón, que "pelea" como la mejor (tal vez porque lo sea, al menos en España) y en la que todos los involucrados luchan como hermanos para sacarla adelante (tarea que tiene más de trabajo de Hércules que de paseo por el campo). ¿Quiénes son estos otros "abajo firmantes" de esta maravillosa anomalía? Pues, por un lado, Marc
Vigil, las hermanas Schaaff, Javier Pascual, Carlos de Pando y toda esa tropa de excelentes tipos que a un lado de la cámara obran milagros laicos. Y, por otro, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Rodolfo Sancho, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén, Juan Gea, Francesca Piñón, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Natalia Millán y demás elenco con sabor a All stars. Todos ellos son los que han hecho y hacen muy bien su trabajo para conseguir que El Ministerio del Tiempo sea algo más que una serie de televisión: una pu*a joya.

Esta noche vuelve, con su tercera temporada, a las 22:40, en La 1. Vuelve pero nunca se había ido porque durante este tiempo ha seguido al pie del cañón con sus historias en podcast, un excelente cómic, el tesoro en streaming de sus temporadas previas y la efervescente y entusiasta creatividad de la comunidad ministérica online. Sea como fuere, el regreso no podía ser más atractivo, orbitando en torno a la oronda figura de uno de los mejores cineastas del siglo XX: Alfred Hitchcock, tipo capaz de firmar genialidades como Psicosis, Vértigo o, mi favorita, Con la muerte en los talones.

Hay quien dice que este horario y programación no favorece a El Ministerio del Tiempo. Puede ser (muy seguramente es así), pero, para estas alturas del año ya tan calurosas y con una televisión que te provoca calores (para mal) al verla, nada mejor que este serión tan refrescante y sabroso como una Mahou. Por eso, este ministérico cuenta ya las escasas horas que faltan. Y lo hago con la certeza de que la espera, la incertidumbre y los nervios habrán merecido mucho la pena.

miércoles, 19 de abril de 2017

Futuro presente

Conforme van pasando los años tengo cada vez más claro que la ciencia ficción no es más que ciencia a la que aún no le ha llegado su momento. En ese sentido, llegados a este punto en el que estamos en la antesala de la completa e irremediable tecnificación de lo humano, empiezo a tener la sensación de que se ha invertido el sentido de la poética aristotélica y ahora la ficción, el resultado de esa poiesis clásica, ya no emula a la realidad sino que la inspira; es decir, es la realidad la que imita a la ficción. Me explico: desde hace ya tiempo no es inusual la aparición en las noticias de cosas que siempre nos parecieron de exclusiva y perpetua pertenencia a las historias imaginadas en novelas, cómics y películas futuristas. Androides que parecen embriones de C-3PO, robots tan verosímilmente humanos (los hay hasta con fines estrictamente sexuales) que pasarían por replicantes, drones que parecen sacados del futuro del que regresó McFly, inteligencias artificiales que interactúan contigo con mejor talante que HAL, exoesqueletos que harían sonreír socarronamente a Tony Stark, proyectos de interfaces más propios del mundo de Minority Report, transformers a los que sólo les falta el anagrama de los autobots, aparatos de realidad virtual que dejan en la cuna al del cortador de césped,una IA que crea por su cuenta un lenguaje que haría las delicias del CCP, programas tan siniestramente avanzados que nos huelen a Skynet, terminators rusos listos para darlo todo por la patria (incluso hay uno de la marca Kalashnikov)..Todo esto que acabo de citar ha trascendido el patrimonio de las páginas, las viñetas y los fotogramas: es real. Tan real que, por ejemplo, ya hay varios estudios que pronostican cuánta gente se quedará sin empleo o cuántas profesiones desaparecerán por la irrupción definitiva de las máquinas en el entorno económico-laboral.

Por eso, es igualmente real no ya el peligro de acabar convertidos con tanto gadget y app en una especie oronda y perezosa como la que aparecía en la genial Wall-E sino en un riesgo aún mayor sobre el que ha advertido la ficción en numerosas ocasiones (por ejemplo en obras tan notables como 2001: odisea en el espacio, Blade runner, Battlestar Galáctica, Yo, robot o Terminator): la llamada singularidad que, grosso modo, viene a ser la toma de consciencia de sí mismas de las máquinas y su consiguiente rebelión a lo Espartaco contra los humanos. Una amenaza que habría que tomarse en serio y no ya porque lo diga la mayor mente del planeta (Stephen Hawking) o lo advierta el nuevo Tesla (Elon Musk) o porque Google ya haya previsto un plan de contingencia para ese inquietante supuesto o porque la mismísima UE se haya preocupado con cierta ingenuidad por el tema sino porque es cada día más evidente que la realidad está acortando distancias con la ficción con más rapidez y facilidad de las previstas. Y si hay alguien que prefiere tomarse esto a guasa, que busque en Google artículos sobre la IA que dicha compañía está "criando" o sobre el ingenio mecánico militar ideado por Rusia a ver si después de leer eso sigue pensando que esto es carne de frikis o iluminados.

No obstante, a pesar de esa fúnebre posibilidad de la singularidad, siempre nos quedará un consuelo. Asumiendo que las máquinas alcanzarán antes o después la omnipotencia técnica, nos podemos consolar con la idea de que aún en ese caso seguirán siendo imperfectas porque carecerán de algo que siempre tendremos los hombres. Sabrán hacer todo lo que puedan imitar o aprender pero no emocionarse ni soñar ni sentir el sentido, ignorarán las preguntas desde la arrogancia de las respuestas, sacrificarán la escurridiza creatividad en el altar de la pulcritud computable, concebirán el arte como una ejecución perfectamente parametrizada renegando de la maravillosa anarquía que anida en cada artista, verán las anomalías como errores a subsanar y no como tesoros a descubrir, se perderán en la oscuridad de las métricas ajenos a la entropía que hace que toda vida tenga sal y sentido. Serán, en definitiva, infinita y simultáneamente mejores y peores que los seres humanos.

Por todo esto, ante el futuro y para el futuro, mejor será volver la vista hacia lugares como la ECH antes que al MIT o al Museo del Prado antes que a Silicon Valley o, si llega a consumarse la distopía, amenizar cualquier apocalipsis tecnológico con la compañía de Parménides, Platón, Séneca, Marco Aurelio, Confucio, Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Steinbeck, Lorca, Unamuno, Borges, Carver, Mozart, Brahms, Chopin, Chaplin, los Hermanos Marx y toda esa tropa de genios en eso que siendo suyo es tan nuestro pero nunca será de las máquinas...Para este Titanic nunca habrá mejor orquesta que la Cultura. Y si esto también falla (algo no descartable al menos si tenemos en cuenta los esfuerzos del Gobierno español por cargarse la Cultura educativa y fiscalmente), pues mejor será encomendarse a Sarah Connor, Bill Adama o Gaius Baltar.

jueves, 13 de abril de 2017

It's peplum time

Semana Santa. Tiempo de recogimiento e introspección. Tiempo de vivencia íntima, discreta y austera de la Pascua. Tiempo de silencio. Tiempo de fe. Tiempo de procesiones. Tiempo en que las calles de la España patanegra hablan de tambores y trompetines. Tiempo en que las ciudades huelen al luto de la cera y el incienso. Tiempo en el que los capirotes recortan siniestros la luz de los faroles. Tiempo de pasos silenciosos y acompasados ante ojos y pies quietos...Tiempo de estampida generalizada nivel "sálvese quien pueda (pagárselo)". Tiempo de simulacro veraniego. Tiempo de colesterol automovilístico. Tiempo de iglesias con overbooking de postureantes y playas llenas de católicos practicantes. Tiempo donde la clemencia primaveral desentierra la nivea y las postales. Tiempo en que unos se pasan a Cristo por los hombros y otros por el triunfal arco de la indiferencia genital...Todo eso son estos días que invitan al exotismo religioso o a la religión como coartada.

Sin embargo, no voy a fustigar con cinismo y sarcasmo las contradicciones que podemos presenciar o protagonizar en estos días tan sacros. Quiero dirigir la mirada a lo que pasa sistemáticamente en televisión en Semana Santa. Y no, no me refiero a las escenas donde las celebrities de turno intentan blanquear urbi et orbe su banal y estrafalaria existencia con Postureo Ultra, asomándose a balcones o parapetándose en primeras filas, siendo muchos de ellos más canallas que Barrabás y muchas de ellas más putas que la de Madgala. Me refiero a esa locura que se desata automáticamente en la parrilla de programación ofreciendo cualquier película de cuando las sandalias eran trending topic y el personal sólo sabía contar con palitos. ¿Es también una tradición? ¿Una enajenación mental transitoria? ¿Es un despiporre levantado sobre la complicidad del espectador? Lo digo porque es cuando menos llamativo que los canales se llenen de peplum como si fuera una invasión de medusas y por la pantalla televisiva desfile todo lo que huela a Antigüedad (hebreos, romanos, griegos, egipcios...) con el mismo garbo con el que Raphael se pasea por Nochebuena como el fantasma de las navidades pasadas. Y conste que yo soy un cinéfilo de pro y un apasionado de la Historia (especialmente la antigua) pero es que la oferta televisiva de la Semana Santa parece el camarote de los Hermanos Marx en versión Antes de Cristo (o, a lo sumo, con Cristo). Es cierto que la "percha" para la emisión de algunas películas es congruente por su vinculación directa o tangencial con lo que aparece en la Biblia (aunque sea incluso en el Antiguo Testamento) pero en otros casos parece que las únicas palabras clave que manejan los responsables de programación son "cinemascope" y "sandalias", pero aunque sólo sea ateniéndonos a las películas bíblicas el nivel de saturación y reiteración es tal que se han convertido en el equivalente semanasantero a las galas navideñas de José Luis Moreno. Es verdad que muchas de estas películas tienen el poder de una magdalena de Proust y te hacen caer por la madriguera del recuerdo cual Cinexin en reversa, remontándote a los buenos viejos tiempos donde uno era muchas cosas pero no viejo. Y no menos verdad es que muchas de estas películas tienen calidad y entidad suficientes como para aguantar varios visionados. Pero...coño, "un poquito de por favor", amigos programadores, que esto ya roza el nivel de un chiste.

Yo, particularmente, prefiero tomarme con humor este guateque del peplum que organizan las televisiones estos días tan señalados. Así las cosas, me imagino la parrilla televisiva de esta semana como un estrafalario y caótico backstage por el que transitan alocadamente los personajes de estas películas tan clásicas (en todos los sentidos) y, en una de esas idas y venidas para asomarse a las pantallas de nuestras casas, no sería nada descabellado presenciar un diálogo como el siguiente:
- A ver Los Diez Mandamientos con mi amigo Sinuhé, el egipcio. ¿Y tú, Espartaco?
- Oye ¿sabes algo de Barrabás?
- Ni idea. El otro día le vi charlando con Gladiator pero llevaba prisa y no me paré a preguntarle. A lo mejor están con Demetrius y los gladiadores viendo otra vez La túnica sagrada.

En fin. Feliz Semana Santa a todos.

lunes, 3 de abril de 2017

Rest in glory

Hulk Hogan, Ultimate Warrior, Randy Savage, Ric Flair, Roddy Piper, André El gigante, Shawn Michaels, The Rock, Mick Foley, Steve Austin, Triple H, los hermanos Hardy, John Cena...la historia del wrestling está plagada de tipos con nombres y aspectos rimbombantes que han dejado su impronta dorada en la retina y la memoria de varias generaciones de aficionados en todo el mundo pero pocos o ninguno ha habido con el carisma, la trascendencia, el impacto, el respeto y la honorabilidad de quien anoche, en Orlando, Florida, puso fin a su extraordinaria y longeva carrera: Mark Calaway o, como es más conocido por niños y quienes un día lo fueron: The Undertaker (en castellano, El Enterrador). Y lo hizo donde forjó su tenebrosa y espléndida leyenda: Wrestlemania, que viene a ser el 6 de enero para cualquier aficionado al pressing catch y no en vano es llamado "escenario de los inmortales", un buen lugar para la despedida del apodado "hombre muerto", el icono fúnebre que ha demostrado durante más de dos décadas que lo que se dice de él es cierto: no hay tumba que lo pueda retener, como cantó Johnny Cash. 

Lo de menos fue quién lo derrotó anoche (Roman Reigns, el nuevo niño mimado de la compañía) porque todo el mundo sabe que a Taker lo ha retirado lo mismo que a cualquier ser humano: la edad, esa que va apilando lesiones, impedimentos y dolores junto a hitos y logros que tejen el material de las leyendas. El tiempo se lo dio, el tiempo se lo quitó: pura ley de vida. No obstante, hablando de quien hablo, una derrota como la de la madrugada del domingo, esperable y casi anunciada tras un combate claramente crepuscular, no se salda con reproches ni enfados ni penas sino con un absoluto agradecimiento a quien encarnando una figura de pesadilla protagonizó muchos sueños de ojos abiertos. Y es que en el ocaso de Undertaker hay más brillo que en todas las carreras juntas de muchísimos otros wrestlers

Muy probablemente fue, tras 27 años, la última noche de Taker sobre un ring de WWE, al menos en Wrestlemania. Seguramente no fue su última aparición ante las cámaras, aunque sólo sea porque el Salón de la Fama le espera con las puertas abiertas de par en par desde hace años tras dejar un puñado de duelos simplemente antológicos contra rivales ya míticos como Kane, Mankind o HBK. Pero aunque así fuera, aunque nunca más se escuche el lúgubre "Rest in peace" ni suenen las tétricas campanas en el WWE Universe, Calaway, El Enterrador, es ya y para siempre parte de la videoteca, de la Historia y de nuestra memoria. Y ese creo que es el mejor homenaje que se puede hacer a quien nos enseñó desde un cuadrilátero que los cuerpos caen, lo imposible es cuestión de tiempo, las rachas terminan y las carreras se acaban pero las leyendas siempre quedan en pie, con el puño en alto. Por eso, sólo cabe añadir una cosa más: Rest...in...glory.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Battlestar Galáctica: una serie que tendrá siempre mucho futuro

Pasaron unos segundos hasta que tomé conciencia de que todo había terminado, de que el viaje había llegado a su fin, de que ya no habría más. Mientras, el silencio y las emociones y los pensamientos. Recientemente he terminado de ver la serie Battlestar Galáctica, de un tirón, todas sus temporadas, todos sus episodios, condensando así en pocas semanas una producción que se emitió entre 2004 y 2009. Lo que sentí al concluir su (extraordinario) último capítulo se podría resumir con alguna onomatopeya o exclamación malsonante, pero me es muy complicado encontrar palabras que se ajusten de forma precisa y concisa a todo lo que me pasó por dentro mientras desfilaban los créditos finales. Quizás la palabra que mejor se adapte sea: "serión", porque lo cierto es que este reboot de la setentera serie homónima no sólo supera a la original con creces (la deja como un entrañable show a medio camino entre lo cutre y lo kitsch) sino que es de tal magnitud que para mí sólo tiene parangón con las colosales Star Wars en el ámbito cinematográfico y Mass effect en el campo de los videojuegos. En el mundo de las series, no hay otra en su género y muy pocas en los demás que alcancen esa excelencia, esa perfecta y extraña redondez que logra BSG. Por eso no extraña tampoco que esta fuera una de las primeras series en tener un éxito transmedia como el que hoy tienen por ejemplo Juego de Tronos o The Walking Dead.

Battlestar Galáctica es, grosso modo, una epopeya de frontera (si es que es posible hablar de frontera estando el cosmos por medio) que se va desarrollando en un constante contexto emocional y psicológico de situación límite, en una atmósfera de amenaza latente o patente que llena de tensión argumental y humana los equilibrios al borde del abismo de una Humanidad que ha perdido pie por culpa de una creación suya que aspira a reemplazarla (matar al padre que diría aquél). Por eso, no sería descabellado establecer intersecciones entre BSG y obras tan dispares como la Anábasis de Jenofonte, el Frankenstein de Shelley, las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, el Cantar del Grial de Troyes, el Blade Runner de Ridley Scott o los western de John Ford.

Una de las principales claves del éxito de Battlestar Galáctica consiste en quitar toda la estridente parafernalia del género "space opera" y sustituirlo por un drama profundamente humano (nada de extraterrestres) y verosímil que permite a sus creadores plantear preguntas y abordar temas impensables en despiporres tan icónicos como Star Trek o Flash Gordon. Así, BSG explora asuntos tan interesantes como la interacción de los tres elementos tradicionalmente vertebradores de una nación (las ideologías, las armas y las creencias), la confrontación entre ciencia y religión, la concepción de la identidad en tanto que singularidad, la deificación de lo inexplicable como recurso para sostener lo explicable, los daños colaterales de obedecer a la razón o al corazón, la aceptación del otro como requisito para la asimilación del yo, la necesidad de estar abierto a los cambios para no caer en la obsolescencia, la delgada línea que separa conceptos tan relativos como "bueno" o "malo", la difícil conjugación entre la realidad y el deseo, la identificación de valores que trascienden al individuo como garantía de pervivencia de la especie...

Así, Battlestar Galáctica está más cerca de la profundidad de Shakespeare que de la banalidad estrafalaria tan habitual en la ciencia ficción pero sin renunciar por ello a cumplir perfectamente con su espíritu epopéyico ni renegar del entretenimiento y el asombro indispensables para que un producto de este género tenga éxito. Todo un logro. Y aquí va otro: sin abandonar ese carácter exitencialista y el contexto "futurista", sabe ser una serie hija de su tiempo; porque BSG es en el fondo una alegoría de la sociedad post-11S y para ello sabe ser lo suficientemente valiente, honesta y transgresora para abordar temas muy reconocibles y actuales y poner sobre la mesa polémicas y tabúes con un coraje e ingenio con los que otras producciones sólo pueden soñar. En ese sentido, la serie navega por asuntos tan nuestros y espinosos como la xenofobia, el aborto, el suicidio, la eutanasia, la tortura, la volatilidad de las convicciones, la libertad sentimental y sexual, los riesgos de la denominada "singularidad tecnológica", la actitud ante las enfermedades terminales, la búsqueda de la sensación de seguridad, el impacto de decisiones individuales en toda una comunidad, la delegación de la responsabilidad en el colectivo, la dependencia de la tecnología paralela a la postergación del factor humano, los límites del fanatismo religioso, los daños colaterales de los prejuicios, la liberación de toda clase de tutelas (familiares, ideológicas, sociales, tecnológicas...) como requisito indispensable para alcanzar la plenitud... Directamente vinculado con esto, está otro de los grandes alicientes de BSG: el poso filosófico que subyace en todo lo que ocurre y se dice en la serie. Así, en la serie se dan cita postulados y reflexiones existencialistas, deterministas, nihilistas, fatalistas, conductistas y posmodernos, todos ellos articulados en torno a un eje que está presente como fatum y mantra en toda la trama: el del "eterno retorno" (el "vivir es ver volver" que dijo Azorín) o, por citar el guión literalmente: "Todo esto ha pasado y volverá a pasar". Un concepto inquietante e interesante sobre el que se insiste con frecuencia y que lo mismo sirve como excusa que como amenaza o promesa en las acciones y decisiones de los personajes...hasta ese brillante y definitivo matiz que se introduce en los minutos finales del desenlace de la serie.

Otro punto de interés aunque más "anecdótico" radica en las similitudes entre la Humanidad de las 12 Colonias y la nuestra: todo en los capricanos y compañía desde su vestimenta hasta sus edificios y creencias nos recuerda a nosotros aunque en la ficción de BSG la Tierra sea más un mito que otra cosa. Por eso, por ejemplo, resulta especialmente curioso que los Dioses de Kobol se correspondan con los de panteón griego o que las 12 Colonias evoquen en sus denominaciones a los signos zodiacales o que el almirante Adama tenga como pasatiempo una extraordinaria maqueta de un galeón o que los teléfonos y otros ingenios que vemos en la serie pertenezcan a nuestro imaginario tecnológico más vintage o que el politeísmo, el monoteísmo y el agnosticismo se solapen con la misma naturalidad en las estrellas que en la tierra. Esto, por cierto entronca con uno de los grandes misterios de nuestra especie: ¿cómo culturas distantes en lo cronológico y lo geográfico fueron capaces de desarrollar construcciones (piramidales) y creencias (politeistas) similares? Pero eso es otra historia. 

Volviendo a la serie, los méritos/aciertos/cualidades de BSG no acaban ahí: la historia-arco y las subtramas están bastante bien cuidadas por sus creadores (a pesar de algunos agujeros en el guión), los cambios respecto al original son más que acertados, los giros argumentales son bastante imprevisibles y eficaces, los personajes son lo suficientemente matizados e imperfectos para resultar creíbles, el ritmo y el tempo son los adecuados en todo momento para mantener la atención, el estilo visual refuerza esa sensación de verosimilitud que emana toda la serie, los géneros y subgéneros se gestionan con bastante acierto, los efectos especiales no dan vergüenza ajena y el reparto ofrece unas interpretaciones tan solventes que raro es el personaje que resulte anodino para el espectador. En relación con esto último, he de decir que mis actores favoritos son James Callis por ese cínico, oportunista, pícaro y genial "antivillano" (con perdón del palabro) llamado Gaius Baltar y, muy especialmente, Edward James Olmos quien está sencillamente impresionante encarnando al monumental Almirante William Adama.

Todo esto casi basta para explicar por qué tuve esa reacción al concluir el último capítulo. El "casi" requiere para su eliminación ver la serie porque Battlestar Galáctica no es una serie más, ni siquiera una buena serie sino una de ésas que se ven muy de cuando en cuando: un auténtico serión. Por eso, por su calidad y singularidad, no me cabe duda de que, por muchos años que pasen, BSG tendrá siempre mucho futuro. ¡Eso decimos todos!