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martes, 15 de mayo de 2018

Israel: 70 años de infamia

Ayer se celebró el 70 aniversario de la proclamación del Estado de Israel. Para celebrarlo, hicieron algo ya tradicional en aquel país: masacrar a palestinos. La enésima matanza indiscriminada que supone a su vez la enésima muestra de que Israel es desde hace décadas el mejor eco de la Alemania nazi. Luego que manden estos hipócritas a Eurovisión al engendro de turno a "cantar" a la tolerancia, el amor, etc.

Yo no tengo nada en contra de "lo hebreo" y, por tanto, no soy antisemita, primero porque un español no puede caer en un error así teniendo en cuenta el cóctel genético y cultural que tenemos de serie quienes hemos nacido en un país donde han campeado todas las civilizaciones y pueblos imaginables (incluidos obviamente los judíos) y segundo porque cualquier cultura es digna de mi interés y respeto. Lo que sí soy es anti hijos de pu*a e Israel se lleva comportando como tal setenta años, amparado en esa permanente impunidad que le otorgan, por un lado, los poderosos lobbies judíos y, por otro, la pervivencia del chantaje emocional por el holocausto nazi. Antes de seguir, quiero aclarar, por si acaso, que no soy ningún negacionista ni mucho menos un nazi: los judíos fueron masacrados por los dementes nazis (dos de cada tres judíos en Europa murieron en el Holocausto, alcándose la siniestra cifra de seis millones al término de la II Guera Mundial) ante la pasividad o tibieza de un mundo que o bien era antisemita o bien sólo se preocupó de poner freno al monstruo conocido como Hitler cuando lo sufrió en carne propia. Eso sí: los judíos no fueron los únicos aniquilados sistemáticamente por el nazismo porque éste también se pasó por la esvástica a gitanos, enfermos mentales y discapacitados físicos o psíquicos. Y a ninguno de esos colectivos se les compensó por los daños con un país artificial y, con esto, vuelvo al tema. La "manufacturación" del Estado de Israel fue, en mi opinión, un error similar a lo que sería ubicar la sede del KKK en Harlem; un error que se ha pagado y paga con sangre inocente; un error que nació, por un lado, de la necesidad de la comunidad internacional de acallar y blanquear su conciencia y regalarle un país a los judíos a modo de "indemnización" y, por otro, de la repugnante propensión de los judíos a intentar sacar rédito de sus tragedias desde que el mundo es mundo. Y es que ese victimismo que los judíos llevan con tanto éxito al paroxismo se ha convertido en una especie de cheque en blanco que ha permitido que lo que antaño fue presa se convierta en predador sin que nada ni nadie les ponga en su sitio. Y esto es una absoluta vergüenza: que Israel se comporte como una nación tiránica, opresora, represora, belicosa y excesivamente propensa al terrorismo de Estado y a hacer lo que le sale de las narices porque ante la más mínima crítica ya empiezan a rasgarse las vestiduras y a hablarte de la shoah, la diáspora, el pueblo errante y demás grandes éxitos argumentales judíos. Pues mira no: cualquier clase de crédito que les quedara a los judíos por el tema del holocausto hace ya tiempo que se les acabó por lo que han hecho y hacen en esa nación que las potencias occidentales le dieron como juguete. El tema es que nadie tiene la sensatez o la valentía suficientes para frenar el sanguinario bullying que Israel ejerce en el Mediterráneo oriental. Y lo que es peor: hay países que respaldan este matonismo. Por eso, lo de Oriente Medio tiene pocos visos de solucionarse: porque los que pueden solucionarlo son parte del problema.

En fin. Que es un asco, una pena y una desgracia que Israel sea un colosal ejemplo de que el ser humano es incapaz de aprender de su pasado. Total, parece que hoy las vidas de los palestinos cuentan tanto como antaño la de los judíos. Así nos va. De infamia en infamia.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Creencias

Al hilo del terrorismo yihadista, se ha desatado una especie de debate comparativo entre creencias que anda a medio camino entre la infantil (en tanto que irracional) postura de "la mía es la mejor/única" y la nihilista opción de "no creo en nada" pasando por reyertas dialécticas consistentes en arrojarse reproches de todo tipo. Como en cualquier polémica, creo que el exceso de furor se rebaja con un poco de educación (tanto académica como cívica) y un mucho de saber. Contra el paletismo rampante, cualquiera que sea su manifestación, no hay mejor remedio que el conocimiento, ya sea éste adquirido por viajes o por lecturas o por escuchas a esos sabios que siempre saben más y mejor que uno. De ahí que, en no pocos momentos y lugares, haya habido una persecución o censura del saber bajo pretextos "religiosos" porque el conocimiento es el antídoto perfecto para quienes quieren manipular o dirigir a conveniencia al prójimo.

Por eso, quiero sumarme a ese debate, pero intentando no apartarme de la honestidad ni del sentido común ni de lo que he aprendido en lo que va de vida ni renunciar tampoco a mi condición de creyente (cristiano, para más señas). Puede que en algunos momentos yo no sea políticamente correcto pero parte del problema actual se explica por la superpoblación de eufemismos, elipsis, perífrasis, paráfrasis y medias verdades con las que se toca un tema tan sensible como el de las creencias.

Antes de nada, quiero decir que yo entiendo como "creencia" toda corriente de pensamiento asentada en la trascendencia de la existencia (la consciencia de lo humano a partir de la aceptación de lo que le trasciende sería el punto de partida de todo credo), orientada a nortear la conducta del ser humano y que tiene un número de seguidores que le rinden culto. Por eso, entiendo como creencia las denominadas "religiones abrahámicas" o "religiones del libro" (judaísmo, cristianismo e islam), el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el confucianismo e, incluso, creencias tan obviamente "manufacturadas" como el movimiento de los santos de los últimos días (mormonismo) o la cienciología. Sé que omito mencionar otras creencias pero quiero simplemente hacer notar que para mí caben muchas cosas dentro del baúl de las creencias. Por caber, cabrían incluso el agnosticismo y el ateísmo, que no dejan de ser dos formas de creer en negativo, esto es, en "oposición a", pero ese es un jardín en el que no me voy a meter.

Respecto a las creencias pienso que es muy importante no perder de vista una cosa: nacen como una forma de relacionarse del ser humano con aquello que le trasciende. Una relación que ha vivido diversas etapas (el hombre pasó de adorar elementos puramente naturales a adorar a entidades antropomórficas, incorpóreas y ultraterrenales) y, en ese sentido, las diversas mitologías no son más que recordatorios de creencias que, en su momento, fueron tan decisivas como lo son hoy el cristianismo o el islam: Zeus no es más que un dios al que se le acabó del crédito de creyentes. Así, como dije en otro artículo, las creencias son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con aquello que escapa a la percepción sensorial u ontológica, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarse para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular. Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las creencias pasa lo mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas.  

Antes de ir a lo negativo de las creencias, creo que es de justicia destacar su principal virtud que, en mi opinión, no es otra que servir de argamasa tanto de sociedades como de personas. La mayoría de las religiones son muy útiles en la medida en que pueden cohesionar la psique social (y, por tanto, contribuir decisivamente a la organización cívica mediante la configuración de la moral que hay en el trasfondo del ordenamiento explícito o tácito de un pueblo) como la psique personal (ya que facilitan un relato argumental asumible por el ser humano que, mediante una decisiva sugestión le orienta en este devenir imprevisible y carente de cualquier lógica o justicia que es la vida). Dicho de otra manera, sin ese componente de pedagogía maniquea (bien-mal, paraíso-infierno, mandamiento-pecado) que conlleva en mayor o menor medida toda creencia, sería harto complicado que el hombre hubiera conseguido organizarse como individuo y como colectivo. Por eso, la estabilidad social y psicológica del ser humano no se puede entender sin la incidencia de las creencias. Así, las creencias funcionan como filosofías a gran escala ya que, donde no llegan los tradicionales corpus filosóficos (que no trascienden el ámbito individual en fondo ni forma), sí alcanzan las creencias, que no dejan de ser filosofías que, en lugar de mirar al hombre, como hacen las "canónicas", se asientan en lo que hay más allá de él.

La otra gran virtud a mi entender es que la mayoría de las creencias buscan en el fondo lo mismo: el perfeccionamiento del ser humano, su ennoblecimiento, la bondad universal. Son toda una retórica del amor, un código ético del buenrollismo y como tal buscan "religar" al ser humano para alcanzar una armonía. Así, las creencias funcionan en la práctica como las aficiones o hobbies: son predilecciones placenteras que entroncan a gente diversa en lo geográfico, lo social y lo cronológico, con la diferencia de que en unas prima lo meramente ocioso y  en otras lo virtuoso.

¿Dónde está lo negativo de las creencias? ¿Cuál es el problema de todo esto? Pues, de base, que no todos los seres humanos comparten la misma creencia y por tanto resulta más que complicado afinar la orquesta (lo cual ha motivado movimientos tan curiosos como el "abrahamismo", que pretende conformar un credo mayoritario basándose en los puntos de coincidencia entre judaísmo, cristianismo e islam). En línea con este problema, otro: la gestión de la ética de un creyente respecto "los otros", especialmente si esos otros no profesan la misma creencia, cuestión que ha suscitado no pocas "guerras santas", intolerancias, persecuciones, prohibiciones y desmadres varios a lo largo del planeta y la historia. Y luego está otro problema que a menudo se soslaya por aquello de no avergonzarse frente al espejo: por muy divina que sea la inspiración de una creencia, su traslación al mundo terrenal, su "transcripción" y exégesis corren siempre a manos de puros y simples mortales, que a lo  mejor son bellísimas personas pero no están a salvo ni mucho menos de caer en esa sacra labor por el terraplén de la incongruencia (el Génesis del Antiguo Testamento, por ejemplo, es un festival de ellas, como lo son por ejemplo los Evangelios apócrifos en comparación con los canónicos), las fobias (el rol de la mujer en las religiones del libro, por seguir ejemplificando, no pasa de nivel "cameo" en el mejor de los casos), el interés político o el afán manipulativo. Y es que ha habido y hay mucho torpe, cretino o cabrón metido a portavoz de Dios. Todo aquello surgido de la mano o boca de un hombre hay que ponerlo en cuarentena. De haber hecho esto, el mundo se habría ahorrado mucha sangre derramada. Por eso, fenómenos como el yihadismo surgen por creencias extremistas e interesadas como el wahabismo que poco o nada tienen que ver con el credo central de referencia. Así, las creencias en sí mismas consideradas no serían buenas ni malas ni mejores ni peores: serían distintas entre sí. El problema viene con la interpretación y aplicación práctica que cada fulano haga de ellas. Las creencias no son malas per se, lo malo es lo que se ha hecho en nombre de esas creencias o deidades porque eso no viene en los libros sagrados ni viene de la boca de ningún dios: viene de las entrañas más negras del ser humano. Eso es lo terrible: lo espiritual o ultraterrenal como excusa o coartada para la vileza y cobardía del ser humano. Por eso hay muchos ateos que tienen errado el punto de mira: no es contra Dios ni contra una religión contra quienes tienen que lanzar sus reproches sino contra la propia condición humana.

¿Por qué las creencias están detrás de muchas salvajadas, atrocidades y estupideces? Por una manfiesta carencia de autocrítica. En mi opinión, la gente ha olvidado deliberadamente que las/sus creencias no son de facto más que macroplacebos hasta que se demuestre lo contrario (prueba que sólo llega por desgracia post-mortem), no son verdades absolutas e incuestionables (son una forma de hacer creer en una lógica ultraterrenal según la cual dos y dos son cinco pese a que el mundo no hostie con cuatros con frecuencia). Así las cosas, una creencia debería ser tan respetable como cualquier otra: no dejan de ser alimentos que elegimos para nuestra psique, colores para singularizar nuestra conciencia, aficiones para hacer habitable la condición humana. En línea con esto de la no-autocrítica habría que encuadrar el engreimiento de unos creyentes respecto a otros, un "derbi" metafísico que se dirime en el barro social y que parte de un argumento bastante falaz: sólo hay una religión buena, válida y verdadera. Hasta que llegue el Juicio Final (si es que llega) o un vecino regrese de entre los muertos con la exclusiva para sacarnos de dudas, no hay una creencia que se haya demostrado pluscuamperfecta. Todas tienen sus taras, sus recovecos, sus lados oscuros. Y quien piense lo contrario, (se) miente, porque basta estudiar mínimamente las creencias para encontrar elementos a reprochar. Por ejemplo, el judaísmo vive en un permanente, endogámico y chovinista bucle, el cristianismo se echó a perder con esa "multinacionalización" que hizo punto y aparte entre las primeras comunidades y el emporio eclesial que buscó el poder terrenal, el impermeable Islam surge como alternativa pasivo-agresiva para competir contra judíos y cristianos, el budismo requiere más paciencia de la que tolera el mundo, la cienciología es un ejemplo de cómo la fusión de la autoayuda y la ciencia ficción produce monstruos, etc, etc, etc. Por eso, en el ámbito espiritual, como en cualquier otro, el purismo no es aconsejable. Y ese error, el del purismo, es uno en el que no sólo ha caído el Islam (la relación de Mahoma respecto al judaísmo y el cristianismo da para un par de divanes como mínimo) sino también el cristianismo: una religión nacida al albor de la influencia de la mitología y costumbres judaicas, por un lado, y de la pedagogía oriental (las parábolas vienen de oriente), por otro, no debió permitirse nunca la obscenidad de actuar como un macho alfa (véase Inquisición).

En fin. Que, en estas cuestiones de creencias, una excelente medida preventiva para no meter la pata es leer mucho y respetar más aún que leer porque, si no, al paso que vamos, este mundo no lo va a salvar ni arreglar nadie.      

miércoles, 14 de junio de 2017

Una dama de armas tomar

Afortunadamente, España nunca ha estado huérfana de mujeres ejemplares ni siquiera en el ámbito de las armas, el cual se percibe erróneamente como un coto reservado a hombres. Ahí están por ejemplo María Pacheco, líder de la rebelión comunera hasta 1522, Inés de Suárez, que hizo las Américas a hierro y sangre a mediados del siglo XVI, Catalina de Erauso, la famosa "Monja alférez" del Siglo de Oro, María Pita e Inés de Ben, quienes defendieron La Coruña contra Sir Francis Drake y su armada isabelina en 1589, Manuela Malasaña y Clara del Rey, muertas durante la sublevación del 2 de Mayo de 1808, Agustina de Aragón, heroína en la Zaragoza sitiada por los franceses hasta 1809, o Mariana Pineda, mártir de la resistencia liberal contra el absolutismo en 1831, por citar sólo algunos ejemplos. Sin embargo, este artículo no va sobre ninguna de esas apasionantes mujeres, sino de otra, quizá menos conocida, pero cuya vida transita a caballo entre la realidad y la leyenda...

Bienvenidos a la España del siglo XV que no era España pero estaba de lo más animada puesto que toda la península se encontraba en modo Juego de Tronos y la geografía patria era más un tablero de Risk que un remanso de paz. Enrique IV de Castilla, Trastámara según su linaje e impotente según las malas lenguas, ha muerto en diciembre de 1474 y la disputa de quién se queda con el trono ha derivado en una Guerra Civil (quien piense que la de 1936 fue la primera, mal anda) entre, por un lado, la princesa Isabel de Castilla, hermana del finado y apoyada por su marido, el príncipe Fernando de Aragón (sí, los futuros Reyes Católicos), y, por otro, Juana, la Beltraneja, discutida hija del monarca fallecido (con esto se habría forrado la telebasura de haber existido entonces) y apoyada por su tío y esposo, Alfonso V de Portugal. Así las cosas, las levas de hombres (uno por familia) sangran de varones y armas todas las tierras castellanas, incluso las más recónditas, aunque se trate de pequeñas poblaciones perdidas en las montañas leonesas, como la bucólica Arintero, donde el señor Juan García había tenido con su mujer Leonor siete hijas y cero hijos y acreditaba una edad en la que ya no se levanta arma alguna, con lo que le es prácticamente imposible cumplir con la llamada a las armas de Isabel. Deshonra, vergüenza, impotencia...el patriarca de Arintero está sumido en una melancolía que rima con depresión pero Juana, la mediana de sus siete hijas, se harta de ver a su padre así y se empeña en representar a los García de Arintero en la leva. Juan tarda poco en descubrir que es mejor no discutir con una mujer y acaba por instruir a su impetuosa hija en el arte de la guerra y aledaños
no tanto para que haga un papel digno como para que vuelva de una pieza. Y lo hace bien, muy bien, porque, tiempo más tarde, su hija, una Heidi leonesa reconvertida en Mulán castellana, ya unida a las huestes de Isabel y Fernando bajo el aspecto de un hombre y la identidad de Diego Oliveros, resulta crucial en la toma de la rebelde Zamora en febrero de 1475 al rendir junto a otros soldados una de las puertas de la ciudad.  No obstante, no será hasta la célebre batalla de Toro (acontecida en las inmediaciones de Peleagonzalo) cuando la verdad de la "Dama de Arintero" salga la luz y comience así la leyenda puesto que, en un lance de la refriega, el jubón de Juana-Diego se rompe dejando visible un femenino pecho que fue el gran cotilleo en el campamento isabelino...hasta llegar el caso al mandamás militar, Fernando. Éste, en lugar de ponerse legal y letalmente estricto con Juana (que era lo que habría gustado a su esposa Isabel que veía en aquello del disfraz algo intolerable e incompatible con la vida), decide premiar la nobleza y el valor que ha demostrado la muchacha incluso en su alegato ante él ("Mi tierra os sirve tan generosamente que se está quedando sin varones y tiene que enviar a sus mujeres a la guerra, no consintáis que se despueble y libradla de los azotes de la guerra. No os pido que la libréis de los justos tributos de dinero; libradla de los tributos de sangre; haced que todos sus naturales sean hijosdalgo, y ello engrandecerá el reino"). Así, Juana es liberada con honores de sus obligaciones militares y pone rumbo a su hogar colmada de privilegios para Arintero. El último trayecto de la historia antes de perderse por completo en la niebla de la leyenda. A poca distancia de Arintero, Juana se aloja en La Cándana en casa de unos familiares y allí se pierde su rastro puesto que se enfrenta a unos rufianes que iban en su busca (o en la de los preciados documentos que llevaba). ¿Murió? ¿Sobrevivió? ¿Escapó? No se sabe a ciencia cierta, puesto que el destino final de Juana terreno de habladurías y leyendas varias. Lo que está claro es que Arintero recibió los privilegios concedidos por Fernando...y que tuvo en Juana García su vecina más ilustre.

La pena es que, otra guerra fraticida, la de 1936, arrasó con Arintero, incluida la casa de los García, que fue reconstruida posteriomente. Por suerte, aunque los edificios se destruyan, la memoria permanece y, gracias a eso, quien visite hoy esa localidad en las montañas leonesas podrá leer una inscripción escrita en piedra, bajo la imagen de un caballero, que reza así: "Si quieres saber quién es/ este valiente guerrero/ quitad las armas y veréis/ ser la Dama de Arintero". De todos modos, para quien quiera conocer algo más de esta curiosa historia, puede consultar estos hipervínculos al Diario de León, Revista de Historia, la web Mujeres en la Historia, el blog Históriate, la novela La Dama de Arintero de Antonio Martínez Llamas o, incluso, un simpático vídeo de Los Lunnis

En resumen: el caso de Juana García es uno de los muchos que nos deben hacer recordar que la valentía, la nobleza, el honor y el coraje no dependen del género sino del corazón; que las hazañas no son cuestión de sexo y que, por eso mismo, hay que poner a la luz a las mujeres que no merecen vivir a la sombra de hombres sino, en todo caso, hacerles sombra, como hizo la Dama de Arintero. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

¿Y tú? ¿Te sientes español?

Escribía el otro día sobre la venganza en diferido contra Fernando Trueba a cuenta de unas controvertidas declaraciones suyas. Sobre el boicot a "La reina de España", me remito a lo dicho en aquel artículo. Hoy voy a hablar de la excusa tras la que se ha parapetado esa sobrevalorada revuelta torreznera, esto es, de las desafortunadas palabras de Trueba al recoger el Premio Nacional de Cinematografía. Desafortunadas porque sólo a la luz de las explicaciones dadas (entonces y ahora) por el propio cineasta a resultas de la polémica se han podido entender correctamente; claro que eso, el correcto entendimiento, se lo pasan por la quilla quienes se rasgaron las vestiduras por esas manifestaciones y han alentado la represalia contra Trueba a través del sabotaje taquillero a su última película. Como también se pasan por la quilla esos fervorosos papanatas el respeto a una libertad fundamental y protegida constitucionalmente como es la de expresión.

Porque, las cosas como son, Trueba con sus declaraciones no ofendió a nadie que no sea lo suficientemente anormal como para tomarse como ofensa unas manifestaciones que se limitaban a dar salida a una reflexión personal, inocua y honesta. Por tanto, soliviantarse por la postura de Trueba ante el españolismo o sentimiento de españolidad es del género idiota. ¿Por qué? Por lo siguiente:
  • No se puede juzgar lo sentimental desde lo ideológico.
  • Lo que dijo Fernando Trueba no sólo no es ilícito sino que además está consagrado legalmente en la Constitución.
  • Precisamente con lo que no comulga íntima y públicamente el cineasta es con esa zafia y extendida confusión entre "patriotismo" y "patrioterismo" en la medida en que éste encarna un nacionalismo chusco, acrítico, exaltado, trasnochado y más reaccionario que aquellos anormales que recibieron jubilosos al infame Fernando VII al grito de "¡Vivan las cadenas!". De ahí que lo único criticable a Trueba sea la falta de precisión a la hora de exponer su desapego.
  • No se puede demonizar al discrepante, máxime cuando la discrepancia se ha hecho desde una educación indiscutible. Estigmatizar a quien piensa y/o se manifiesta de forma distinta a uno es algo que debería dejar de tener espacio en una sociedad supuesta civilizada, por civismo democrático e higiene intelectual.
  • Por muy mayoritario que sea un sentir no se puede represaliar de ninguna manera a quienes no compartan ese sentimiento. También el nazismo fue producto de un sentir mayoritario y sólo un perfecto imbécil lo legitimaría. En ese sentido, no creo que en España el patrioterismo esté tan extendido como para darle la aureola de "mayoritario", por suerte.
  • Poner en la misma diana a Fernando Trueba y al demenciado Willy Toledo es un puro disparate.
De todos modos, la polémica identitaria en torno al sentimiento de "lo español" no está tanto en lo sentimental como en la dificultad para delimitar de forma fiable y mayoritariamente válida qué es "lo español". Algo parecido a lo que nos podría suceder a cualquiera de nosotros si nos preguntaran qué entendemos por "mi gente". Y es que a la hora de manejar ese concepto identitario estamos en un terreno difuso, resbaladizo y poliédrico, propicio por tanto para los equívocos, las paradojas y las polémicas. Vayan a continuación algunos ejemplos de lo que que quiero decir:
  • ¿A partir de qué etapa hay que sentir a España: desde la Iberia prerromana, desde la Hispania, desde la Reconquista, desde la Monarquía Hispánica, desde el Imperio, dede la pérdida de las colonias, desde la restauración democrática de 1978?
  • ¿Sentirse español implica imperativamente enorgullecerse y presumir de logros, gestas y genialidades y ocultar bajo una alfombra de deliberada ignorancia errores, fracasos y barbaridades? ¿Requiere sentirse identificado por igual tanto con García Lorca como con Franco, con Fernando el Católico como con Fernando VII, con Cervantes como con Blue Jeans, con Blas de Lezo como con Kiko Rivera, con "El Ministerio de Tiempo" como con "Mujeres, hombres y viceversa"? ¿O implica minusvalorar sistemáticamente cualquier cosa relacionada con España por complejo a ser calificado como "facha"? ¿O conlleva asumir y ensalzar lo bueno y renegar y denunciar lo malo?
  • ¿Qué elementos habría que incluir dentro del canon de "lo español"? ¿Qué elementos quedarían fuera? ¿Quién determina ese canon?
  • ¿Sólo tienen derecho a sentirse españoles los nacidos en España?
  • ¿A qué da derecho sentirse español? ¿A qué no da derecho?
  • ¿Qué naturaleza tiene el concepto "español": geográfica, registral, jurídica, tributaria, cultural, la conjunción de todas ellas?
Estas son sólo algunas cuestiones que surgen, a bote pronto, a la hora de abordar el asunto de la españolidad. Por tanto, parece evidente que hablar con ligereza y/o rotundidad sobre este tema de "sentirse español" es cuando menos arriesgado y, muy probablemente, desacertado. En ese sentido, desconfío de quienes se rasgan las vestiduras a lomos de absolutos, de quienes pontifican haciendo de cada frase sentencia y de quienes hacen ley de las filias y trincheras de las fobias. En el polémica con Trueba ha habido demasiada (e interesada) sobreexcitación y contudencia, intentando ver gigantes donde sólo había molinos. Lo peor de la polémica no ha sido que se haya llevado por delante una película (de discutible valía) sino que ha permitido dar luz y voz a esos morlocs que acechan en los sobacos de la sociedad española y cuya capacidad cívica, intelectual, sináptica y expresiva rivaliza con la de un bocadillo de panceta. No obstante, por no extenderme mucho más sobre el tema, remito a un artículo que escribí hace más de un año sobre el asunto de la "españolidad".

De todos modos, la clave para entender que Fernando Trueba no se sienta español y no tenga más patria que la de la entera Humanidad ya estaba presente en el propio discurso que originó la polémica. En él, el cineasta explicaba que, culturalmente, lo mismo le daba un español que un extranjero porque ninguno de ellos le era ajeno. Es decir, que por sensibilidad artística y gusto cultural, Trueba se siente humano pero ajeno a cualquier etiqueta o marchamo, lo cual me parece bastante loable. Quizás simpatizo con él en esa afirmación porque la comparto. Cualquiera al que le guste la literatura, el cine o la pintura, por citar sólo tres ámbitos culturales, dudo mucho que tenga un consumo culturalmente endogámico y un concepto de la misma patrimonializado. Utilizando un símil deportivo, la cultura constituye una selección, un all stars en el que se encuentra representado lo mejor que ha dado y legado la Humanidad y cualquiera puede y debe verse representado en ella, por encima de nacionalidades y fronteras. Así, desde un punto de vista cultural, cualquier "localismo" carece de sentido. Por ejemplo, en mi caso, yo no siento a Homero, Dante, Shakespeare, Steinbeck, Miller, Carver, Borges o Ford como "los otros" sino tan "míos" como Cervantes, Calderón, Lope, Quevedo, Valle-Inclán, Lorca, Sender o Delibes. Los tiros de Trueba iban/van por ahí. Y son tiros muy acertados ya que conviene no olvidar que toda diferenciación en tanto que distinción entre iguales es algo tan absurdo como la creación de fronteras, que son puros constructos artificiales de la paletez del ser humano.

En resumen, yo no reniego en absoluto de mi nacionalidad pero tengo clarísimo que, por encima de banderas y demás parafernalia, mi patria son los míos. Y, puestos a elegir, prefiero mil veces más a un compatriota como Fernando Trueba que a la caterva de forofos que al hablar de España no sólo ofende a otros españoles sino a la inteligencia y la educación más elementales. 

sábado, 26 de noviembre de 2016

La Historia no te absolverá

Ha muerto Fidel Castro. Fallece así una persona que no era ni irrelevante ni buena, dado que la humanidad de Castro era inversamente proporcional a su relevancia histórica. El difunto es y será siempre uno de los personajes más importantes del pasado siglo XX pero en la misma medida que Mao, Hitler, Franco o Pinochet: personas que prefieren pasar a la posteridad por las malas antes de irse merecidamente al infierno

Su vida fue honestamente apasionante pero, más allá de su innegable condición de líder carismático y revolucionario temerario, nadie debe sustraer de su biografía su rasgo identitario más notable y no menos innegable: el de ser un idolatrado y repugnante tirano. Antiyanqui por convicción y comunista por conveniencia, Fidel Castro destrozó vidas con la misma facilidad que destrozó libertades y derechos. Y eso, pasarse por el forro el derecho a la vida y otros tantos universales, es algo que no puede ni debe matizarse ni maquillarse ni esconderse detrás de ninguna pretendida revolución ni de un rentable anti-imperialismo. En ese sentido, he de reconocer que puedo entender que quisiera derrocar fuese como fuese al siniestro Batista, igual que puedo admitir como razonable y fundada su fobia a los EEUU pero de ahí a ver en él un referente en la lucha por las libertades y los derechos de su pueblo pues...va un trecho; uno tan largo como el que media entre la vida y la muerte porque tan pueblo suyo eran los que le jalearon con banderitas como los que condenó a la muerte, la cárcel o el exilio durante el casi medio siglo que enajenó a Cuba del devenir mundial. En esta línea, creo que los puntos en común de Castro y Franco son más que evidentes e interesantes: ambos fueron unos tiranos esperpénticos; ambos ascendieron al poder a base de tiros; ambos cambiaron una situación mala por otra aún peor; ambos sumieron a sus respectivas patrias en una burbuja anacrónica, demencial y opresiva; ambos tuvieron sus partidarios, mamporreros, palafreneros y pelotas; ambos convirtieron la disensión en un crimen incompatible con los derechos humanos; ambos acometieron una "pseudodemocratización" de su país en sus últimos años y la muerte de ambos fue anunciada de una forma muy similar. Dicen que los extremos se tocan. Está claro que los monstruos también. El caso es que, volviendo a Castro, hizo buena aquella frase de cierta magistral película según la cual "mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en un villano" y el fallecido se dio mucha, mucha prisa en convertirse en un ser terrorífico.

Por todo ello, he de confesar que me alegra que el mundo haya perdido un tirano, la Historia haya ganado un nuevo personaje y el infierno tenga un nuevo inquilino. ¿Que si me alegro por la muerte de Castro? Supongo que esta pregunta se la están haciendo muchos demagogos, hipócritas o gente que ha pasado de mojar la entrepierna con Castro a mojar el lagrimal por su muerte. Pues sí, me congratulo de su desaparición en la misma medida en la que me alegra la desaparición de cualquier dictador, tirano o hijo de las cuatro letras. En uno de sus más famosos alegatos, el finado dijo "La Historia me absolverá". Por suerte, yo creo que mientras haya gente dispuesta a tener memoria a Castro no lo absolverá ni Dios.

No obstante, para aquellos fans del cubano que hoy se sientan huérfanos de ídolo, recordarles que aún tienen otros bellacos liberticidas a los que admirar como Maduro, Kim o Putin. Eso sí, queridos tontos del culo, ojalá tuviérais la decencia de enterrar juntocon Castro vuestra enajenada, trasnochada y gilipollesca forma de entender la vida.

Por último, quiero dedicar este artículo a aquellas amistades mías que han sufrido, directa o indirectamente, las consecuencias del "Castrismo". Ojalá esta muerte sea el comienzo del fin de la pesadilla.

lunes, 18 de julio de 2016

Una efeméride siniestra, una reflexión

Soy consciente de que escribiendo un artículo sobre esto es muy probable que moleste a personas totalmente antagónicas entre sí. Como dijo Javier Olivares hace no mucho, cuando enfadas por igual a unos y a otros es que estás haciéndolo bien. Dicho lo cual, hora de meterse en faena.

Hoy es 18 de julio de 2016. Eso quiere decir que hace 80 años que comenzó el episodio más siniestro, doloroso y vergonzante que ha tenido España en el último siglo: la Guerra Civil. Ello, a su vez, significa que buena parte de los que vivieron aquello o están muertos o, en su defecto, camino al récord Guinness. Por ese motivo, como ochenta años es tiempo suficiente, merece la pena reflexionar con toda la honradez que permite la aséptica perspectiva y la templanza cronológica. Por eso y porque estoy particularmente harto de que a estas alturas en España se siga pensando y actuando en bandos,lo cual es especialmente absurdo y patético cuando quienes así se comportan no conocieron la Guerra Civil ni el Franquismo ni la Transición. Y porque, las cosas como son, estoy más que frustrado con el hecho de que hablar de la Guerra Civil sin elegir trinchera sea haya convertido en casi un tabú cuando no en una incorrección política.

Una tragedia así no puede ser objeto de eufemismos ni paños calientes ni medias tintas: fue una salvajada indefendible y en la que (digan lo que digan los libros de Historia o los opinadores de bando y bandera o los artistas de postureo en diferido) sólo hubo perdedores: los españoles.

De ahí que sea especialmente necesario intentar obtener alguna reflexión que permita extraer algo bueno de ese Tártaro de tres años que dio paso a una España en blanco y, especialmente, negro. Por esta razón, quiero mostar mis pensamientos al respecto, de la forma más clara, objetiva y concisa posible. Para ello, intentaré desgranarla en epígrafes.

No hubo ninguna Arcadia
Al abordar la Guerra Civil, como se suele hablar con el cerebro apagado y las entrañas encendidas, se tiende al maniqueísmo que lleva a demonizar una cosa y a idealizar su contraria. Un error de bulto muy común. Por eso, conviene dejar claro que ni la II República fue el paraíso en la Tierra ni los sublevados convirtieron España en los Campos Elíseos. La Segunda República, especialmente en sus estertores con el Frente Popular a los mandos, devino en un repugnante sindiós en el cual la democracia se convirtió en una farsa y la ideología en una excusa para una violencia no pocas veces letal (desde 1931, más de 2.200 muertos). Por su parte, el golpe fallido de julio de 1936 sumió al país en un horrible trienio de sangre y fuego que eclosionó en una oscura dictadura que estuvo más pendiente de la revancha y la imposición que de hacer algo positivo. Punto. Sin matices. Sin "y tú más". Sin mitificaciones.

La culpa como arma arrojadiza
Es muy coherente con esa dinámica de bandos el culpabilizar a "los otros" de lo ocurrido. Otro error para aliviar conciencias y ningunear vigas en ojos propios. En mi opinión, el convulso desenlace de la II República puso en bandeja lo que pasó después: abonó el sentimiento de agravio y dio alas al revanchismo, a la venganza. Del mismo modo, los sublevados demostraron de forma atroz que el remedio fue peor que la enfermedad, habida cuenta de que no buscaron el progreso ni la concordia sino un bestial "quítate tú para ponerme yo", haciendo lo mismo que hicieron "las izquierdas" que se cargaron la II República: demonizar y laminar al diferente, al disidente, al que no comulgaba (nunca mejor dicho) con ese batiburrillo de ideas que integraron el astracán ideológico de los golpistas. Por tanto, mejor que estar pendientes de a quién lanzar la culpa es asimilar la vergüenza, puesto que culpa y vergüenza no son la misma cosa.

El ADN de Caín
Lo que pasó en la Guerra Civil no fue sino una muestra más y, de momento, la última al menos en lo que a términos violentos se refiere, de que España o, mejor dicho, los españoles llevan en su idiosincrasia histórica y social el ADN de Caín. España ha sido muy propensa ha romperse violentamente en bandos o a dispararse en el pie o a autolesionarse, como se quiera decir. Por ejemplo, el precedente más cercano a la Guerra Civil lo encontramos en otras sangrientas contiendas domésticas denominadas Guerras Carlistas, que con la excusa de la legitimidad al trono, llevaron a nuestros antepasados a hostiarse con saña. Antes vinieron la lucha entre liberales y absolutistas (ese ya infame y célebre "¡Vivan las cadenas!"), la rivalidad entre afrancesados y patriotas, la contienda entre austracistas y borbónicos en la Guerra de Sucesión y todo un etcétera que contribuyó a crear un magma fraticida que lleva a los españoles a tener una especial afición a tirarse los trastos a la cabeza, sin importar mucho el motivo o, mejor dicho, la excusa para aniquilar al de enfrente. Aquí sólo hemos estado unidos cuando los problemas han venido de fuera y eso es muy triste.

Muertos de primera y de segunda
Al hablar de la Guerra Civil es imposible orillar el asunto de los muertos, ya fuera en combate o represaliados. Lo que sí debería orillarse es esa vergonzosa actitud según la cual unos muertos importan más que otros. No. Todos los muertos importan, con independencia del bando o ideología. Y si este país quiere pasar página de una vez haríamos bien en tener presente eso, porque barbaridades se cometieron a ambos lados del frente (hola, Paracuellos; saludos, Guernica) y porque todos los muertos se merecen una sepultura digna si tienen alguien que los llore. Lo que no puede ser a estas alturas es que existan familias que no sepan dónde están enterrados sus seres queridos o que, peor aún, sabiéndolo no tengan ayuda para darles un lugar honorable donde rendirles tributo. Y no, una fosa común o una cuneta no está dentro de la categoría "lugar honorable". Un animal no se merece estar enterrado de cualquier manera; un ser humano, menos aún.

La desMemoria Histórica
La "Memoria Histórica" es uno de esos conceptos-palabros parido por el eufemismo y la corrección política, pero también y a la postre una herramienta con la que algunos intentan reinterpetar de forma sesgada la Historia y reescribirla en términos de agravios comparativos. A mí me parece fenomenal que se quiera hacer memoria con finalidad balsámica y conciliadora...siempre y cuando se haga en ambos sentidos y no sólo en uno. Por ejemplo, me parece fantástico que se elimine oficial y oficiosamente todo recuerdo de los golpistas y demás bestias pardas del "bando nacional" siempre y cuando se haga lo mismo con otros personajes igualmente siniestros del "bando republicano" (hola, Santiago Carrillo; hola, Dolores Ibárruri). A mí me parece fabuloso que se hable de forma descarnada y crítica contra el Franquismo...pero ojalá se hiciera lo mismo con respecto a lo que pasó en la II República. Por otra parte, me parece lamentable que se ningunee académica y culturalmente a artistas e intelectuales sólo por no ser "republicanos" como me parecería lamentable que alguien fuera tan sumamente imbécil de escaquear a Federico García Lorca o Miguel de Unamuno por no pertencer al "bando nacional", citando dos ejemplos bastante cristalinos. En resumen: la memoria no puede ser un arma al servicio de la revancha sino una herramienta para cicatrizar, aprender y pasar página. Ojalá hubiera más gente que entendiera esto pero, por desgracia, en España hay aún muchas personas a las que "les pone" el maniqueísmo mucho más que la sensatez.

Nada nuevo bajo el sol
Las últimas elecciones han servido para poner de manifiesto que, por desgracia, muchos políticos y votantes siguen con la mente y el corazón puesta en un bando y viven más mirando por el retrovisor que atendiendo al futuro. Todos hemos podido comprobar cómo el "discurso del miedo" y el "discurso de la revancha" siguen gozando de una estupenda salud. A nadie le extraña escuchar o escucharse hablar utilizando términos como "rojo" o "facha". A nadie le escandaliza ver cómo un Ministro condecora a una Virgen o busca explicaciones ultraterrenales a sucesos que poco o nada tienen que ver con los altares ni cómo el PP moviliza a su electorado apelando a argumentos e ideas muy propios de los que esgrimieron los africanistas y demás partidarios del golpe en falso ni tampoco ver cómo Pablo Iglesias, en el fondo o en la forma, parece extraído de aquella época en la que "las izquierdas" decidieron cargarse el país y todo lo que se les opusiera. Y eso, que nadie se escandalice, es preocupante porque que cosas así sigan coleando ochenta años después es para ir al psiquiatra.

Sólo un apunte más: no escribo esto desde la equidistancia sino desde la honestidad. Quizá me equivoque o quizá no. Lo que es seguro es que no escribo por escribir ni para contentar a unos o a otros sino para intentar que esos unos y esos otros comprendan que no hay más que un "nosotros".

Acabo ya pero con la esperanza de que cuando se cumplan los noventa años o el centenario del inicio de la Guerra Civil pueda escribir en este mismo blog que los españoles hemos aprendido a cerrar heridas y a pasar página sin dejar agravios por el camino para afrontar, unidos en nuestras diferencias, un futuro mejor que el que trajo esa reyerta abominable y atroz cuya efeméride se recuerda hoy.               

lunes, 23 de mayo de 2016

Un Ministerio del que sentirse orgulloso

Ha terminado "El Ministerio del Tiempo"; al menos, su segunda temporada. Una producción que comenzó siendo una serie para terminar siendo LA serie. Un producto televisivo que ha roto en muchos sentidos las barreras del tiempo y el espacio y disuelto las fronteras entre un lado y otro de la pantalla. Una obra capaz de convertir la Historia y la Cultura en trending topics y de transformar Google en un DeLorean con el que explorar el pasado que algunos han querido y quieren manipular o ningunear o contar desde la pereza o la ineptitud. Una ficción que ha hecho historia contando historias de la Historia y en la Historia. Una narración que ha sabido ser hija de su tiempo y de los tiempos, integrando en un todo armónico y coherente lo analógico y lo digital, lo textual y lo audiovisual, lo clásico y lo contemporáneo. Un viaje que iniciaron unos pocos "locos" escribiendo un guión fantástico y han terminado millones ante una pantalla. Una serie culta, cool y de culto. Una de las cosas más valientes, necesarias, gratificantes, inteligentes, frescas, interesantes y emocionantes que se han hecho en España en décadas. Y no sólo hablo de crear el Ministerio del que sentirse más orgulloso en este país.

Hace poco más de un año, en este mismo blog, escribí sobre esta serie, revelándome como "ministérico". Por eso, como no quiero repetirme, recomiendo a quien tenga interés o curiosidad que coja una puerta al pasado y relea aquel post. Porque hoy no quiero tanto analizar la serie como mostrar mi agradecimiento. O, mejor dicho, mis agradecimientos, porque son varios. Siete.

En primer lugar, gracias a todas esas personas que, como yo, han seguido y apoyado a este serión. Es decir, gracias a los ministéricos. Ese ejército entusiasta, magmático, heterogéneo y hasta estrafalario pero sin el cual sería imposible entender en qué se ha convertido la serie. Una avalancha de seguidores o fans que han alfombrado con su dedicación, ingenio y pasión el no siempre fácil camino por el que ha transcurrido la producción de "El Ministerio del Tiempo".

En segundo lugar, gracias a TVE por tener el coraje, el sentido común y la honradez de haber apostado por una serie como ésta y de demostrar no sólo que otras series son posibles sino que otra televisión pública es posible, si se quiere. Especialmente de agradecer es la extraordinaria labor que ha hecho todo el equipo online, no sólo por el excelente trabajo hecho en la web y las redes sociales sino por el cariño y la atención que han demostrado a los ministéricos.

En tercer lugar, gracias a todo el equipo técnico por conseguir hacer magia con el presupuesto y el tiempo dados. Efectos especiales, efectos visuales, vestuario, maquillaje, fotografía, música, diseño de producción, dirección...Puedo pensar en cualquier aspecto técnico y no encontrar ningún reproche que hacer ni arista por pulir.  

En cuarto lugar, gracias a todo el equipo artístico, actrices y actores formidables que, ya sea desde papeles habituales o episódicos, protagonistas o secundarios, han convertido cada capítulo en una auténtica gozada. Por tanto, gracias a Aura Garrido, Rodolfo Sancho, Nacho Fresneda, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén Cuervo, Juan Gea, Francesca Piñón, Natalia Millán, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Ramón Langa, Mar Saura, Mar Ulldemolins, Miguel Rellán, Víctor Clavijo, Jimmy Shaw, Hovik Keuchkerian, Josep Linuesa, Joan Llaneras, Eusebio Poncela, Michelle Jenner, Roberto Álvarez, Cristina de Inza, Francesc Orella, David Luque, Manolo Solo, Ángel Ruiz, Sécun de la Rosa, Jordi Coll, Enrique Alcides, Antonio Velázquez, Sergio Peris-Mencheta, Luis G. Gámez, Fernando Cayo, Nadia de Santiago, Pere Ponce, Elena Furiase, Miki Esparbé, Gary Piquer, Miguel Hermoso, Juan Carlos Sánchez, Juan Antonio Quintana, Maru Valdivieso, Pedro Alonso, Paco Marín, Aitor Merino, Jordi Vilches, Alberto Jiménez, Juan José Ballesta, Joan Carles, Suau, Borja Maestre, Nieve de Medina, Fernando Conde, María Álvarez, María Rodríguez, Alexandra Jiménez, Roberto Drago, Anna Castillo, Joan Carreras, Alba Rivas, Nancho Novo, Patrick Criado, Raúl Cimas, Carlos Hipólito...y todos los demás espléndidos artistas que han convertido la serie en un auténtico "All Star" en lo interpretativo y en una galería de personajes llenos de piel y alma, de esos que se quedan contigo.

En quinto lugar, gracias a las productoras Cliffhanger y Onza Partners por conseguir sacar esta serie de la chistera y meterla en nuestro corazón.

En sexto lugar, gracias a los directores y guionistas, o, lo que es lo mismo, gracias a los extraordinarios Marc Vigil, Abigail y Anaïs Schaaff, Jorge Dorado, José Ramón Fernández, Paco López Barrio, Diana Rojo, Javier Pascual, Peris Romano, Carlos de Pando, Juanjo Muñoz, Paco Plaza, Javier Ruiz Caldera, Borja Cobeaga, Diego San José y David Sáinz. Contáis historias como pocos. Como muy pocos.

Y en séptimo lugar, gracias a Pablo y Javier Olivares. Porque, por si no tenían suficiente con ser del Atleti, se atrevieron a crear esta maravillosa serie y, no contentos con ello, convencieron a las hermanas Schaaff, Marc Vigil y compañía para escribir su propia página no sólo en la historia televisiva española sino en la memoria íntima e intransferible de muchas, muchas, muchas personas. Os habéis ganado el Cielo. Pablo ya está allí. Javier sigue dando guerra aquí, porque todo sueño necesita un capitán. 

Acabo ya. Gracias. A todos. Os admiro. Os respeto. Y tanto si hay nueva temporada como si no...ya os llevo conmigo. 

sábado, 21 de mayo de 2016

Ponga un clásico en su vida

En esta orilla de la existencia, hay que tener cuidado con cómo y cuándo llegan ciertas cosas a tu vida. Por ejemplo, el gore, el porno, la política y el test de Cooper. Si te pillan demasiado tierno, te crujen. Si arriban de cualquier manera, el shock anafiláctico puede hacer que la cosa no acabe precisamente en boda. Con lo clásico y los clásicos pasa exactamente lo mismo.

El acceso a "lo clásico" (ya hablemos del pensamiento, la literatura, la Historia o el arte) puede facilitarse o perpetrarse. En ese sentido, pienso que hay demasiados casos en que se perpetra, por culpa de la desidia, la ineptitud o la falta de inteligencia (emocional y de la otra) del cicerone de turno. Creo que muchos de nosotros podemos recordar una materia o asignatura que se nos atragantó por causas ajenas. A mí, por ejemplo, me pasó con la Filosofía, con quien tuve una relación tóxica en la etapa escolar por culpa del tipo que nos la impartía, que gastaba una pasión casi funcionarial y una sensibilidad nivel Leatherface. Esto pasa a menudo con "lo clásico". Y no sólo es una pena y un error sino también un problema porque supone convertir en garrafón algo que no sólo nos ayuda a adquirir consciencia y conciencia sino que contribuye decisivamente configurar la identidad desde el sótano al ático. Dicho de otra manera: la utilidad de adentrarse en "lo clásico" va mucho más allá de convertirte en un serio aspirante a concursante de Saber y Ganar

Pero ¿qué es "lo clásico"? Lo más común es asociar y cobijar bajo este concepto a Sócrates, Platón, Aristóteles, Homero, Parménides, Esquilo, Séneca y demás all stars de la Antigüedad. Para mí, sin embargo, "lo clásico" es todo aquello que siendo antiguo no caduca y siendo pasado nunca deja de estar presente. Por tanto, va más allá, en el tiempo y el espacio, de Grecia, Roma y demás lugares comunes. Es decir: lo clásico tiene mucho de universal. Por eso, negar la pertenencia a "lo clásico" del pensamiento hebreo u oriental, por citar sólo dos ejemplos, es ponerse más estupendo que un portero de discoteca con exceso de celo profesional. Otro error bastante común es limitarse a estudiar lo clásico tirando de nómina de filósofos. Hay pensamientos monumentales que no están en ensayos ni digresiones sino en boca de personajes, esculpidos en piedra o pintados en un lienzo. 

De todos modos, el problema fundamental es que hoy en día "lo clásico" está travestido por prejuicios y clichés cuando no directamente marginado institucional, académica y socialmente. Por eso, creo que actualmente pocas cosas hay más transgresoras, provocadoras e interesantes que volver la mirada a aquellos que pensaron y escribieron mucho antes de que "lo políticamente correcto", el sindiós educativo y el postureo cultural hicieran acto de presencia. En ese sentido, atreverse a reconectar con el pensamiento de los clásicos a través de la lectura de sus obras desde un actitud reflexiva y crítica me parece un triple salto mortal en los tiempos que corren y, por eso mismo, tan valiente como necesario. Porque, en el fondo, atreverse a hacer eso no es otra cosa que plantarse delante de espejos dispuestos a decirnos la verdad no sólo de qué somos como sociedad sino como individuos. Es un ajuste de cuentas con nuestra forma de pensar, ser y estar en el mundo que pocos tienen el coraje ético e intelectual de hacer. De ahí la importancia de leer a los clásicos o de enrolarse en un seminario tan peculiar y contracorriente como "Los antiguos y nosotros", que propopone desde su tranquila disidencia la Escuela Contemporánea de Humanidades

Nunca es tarde para espabilar ni para descubrir que no hay nada más moderno que lo clásico. Ni más necesario.