Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de julio de 2018

Piropos, mentiras y cintas de vídeo

La historia de esta estupidez empieza con otra: la propuesta de Unidos Podemos del pasado 11 de julio de multar los piropos como delito leve, identificándolos como "intimidación sexual en la calle" y exponiendo al piropeador a multas (de tres a nueve meses) y trabajos comunitarios (de 31 a 50 días), de manera que alabar la belleza de una persona sea penalmente lo mismo que ciscarse en su estampa. No sé si semejante majedería se comenta sola pero lo que sí sé es que esa formación con vocación de escobilla de retrete (en lo estético, en lo ético y en lo intelectual) debería recalibrar su escala de prioridades porque España tiene problemas mucho más serios y urgentes que perseguir los piropos o convertir a un dictador en el nuevo Felipe, el hermoso post-mortem. Claro que para eso deberían esforzarse un poco más y proponer cosas menos efectistas y con mayor enjundia, lo cual es algo tan perfectamente descartable como esperar que Pablo Iglesias y el resto de su pandilla basura demuestren algo parecido a coherencia, honradez, etc.

Aclarada la raíz del asunto, vamos al meollo: Al calor de la parida de Unidos Podemos, el programa de Antena 3, Espejo Público, ha perpetrado un reportaje falso con el que tratar de demostrar que ser mujer y caminar por la calle es como ser marine espacial y meterse en un nido de xenomorfos, presentando a los hombres como un híbrido entre un morlock y un gorila en celo. Vaya por delante que nada de esto me extraña en esta época de la postverdad y las fake news y menos aún en un programa como el citado, que es todo un canto al amarillismo. Parece ser que la responsable de esto fue la protagonista del "reportaje", una tipa llamada Claudia García, quien probablemente tiene más de versión low cost de Mónica Naranjo que de periodista, habida cuenta de su exhibición de rigor, seriedad y honestidad en un documento audiovisual que no sólo es cutre y bochornoso se mire por donde se mire sino que además es evidente y patéticamente mentira, ya que los propios tipos que aparecían como piropeadores groseros y soeces no tardaron en destripar que había tanta realidad en ese pseudoreportaje como neuronas en el plató de Mujeres, hombres y viceversa. Así las cosas, el valor sociológico y periodístico de lo perpetrado por Claudia García alcanza el extraordinario nivel de "Para limpiarse las nalgas después de evacuar". Ignoro si toda la polémica que ha levantado este falso reportaje acabará con el despido de la moza y la cancelación del programa pero, de ocurrir así, harían un gran favor al periodismo en general y en España en particular; de momento, Antena 3 ha anunciado que tomará medidas. A ver si es verdad, porque "lo de Claudia García" es un despropósito de principio a fin, un desparrame con vete a saber qué excusa y algo que roza la autoparodia. Ese falso reportaje da sencilla y únicamente vergüenza ajena y asco profesional (soy periodista). Punto.

Volviendo al tema de la pretendida prohibición de los piropos, creo que es una muestra de que la necesaria y urgente sensibilización hacia el respeto a las mujeres en todos los ámbitos y sentidos puede desencadenar, llevada al paroxismo, estupideces contraproducentes y postulados sonrojantes pero que reportan una repercusión bastante notable e instantánea tanto en medios como en redes sociales. Tonterías que, por ejemplo, llevan a entender la cortesía como machismo (se acabó ceder el paso a las mujeres y actitudes similares), el elogio como ofensa sexista (supongo que la belleza estética o el atractivo físico son una maldición que provoca un sufrimiento vitalicio) y el halago como intimidación sexual (imagino que quizá tratar al personal como si fuera un troll de las cavernas es más llevadero y grato). El problema de todo esto creo que radica en mezclar churras con merinas y no es lo mismo una apreciación hecha con educación y respeto que algo perpetrado desde la grosería y la chabacanería más rampantes. No puede ser lo mismo un "¡Qué guapa eres!" que un "Te reventaba a polvos", ni un "Estás espectacular" que un "Dónde están tus padres para darles la enhorabuena", ni un "Te faltan las alas para ser un ángel" que un "Mamasita, ven conmigo para disfrutar con mi pija". No es lo mismo Bécquer que un salido pajillero de mierda. Creo que se entiende lo que quiero decir. Todos los piropos son gratuitos, no todos están justificados ni tampoco son todos pretendidos por quien los "recibe" ni son todos igualmente afortunados, pero de ahí a juzgarlos o descalificarlos todos por igual, va un trecho importante.
Por otra parte, creo que el tema de piropear a alguien, en público o en privado, es algo camino de convertirse en un anacronismo, algo tan en peligro de extinción hoy en día como las buenas maneras y el civismo. Por tanto, me parece que regular el tema de los piropos es algo tan trascendental y urgente actualmente como reglamentar el oficio de sereno.
Además, de seguir así las cosas, con semejante hiperbolización, tergiversación y exageración, lo único que conseguiría todo este feminismo mal entendido es que un hombre ante una mujer, a efectos conversacionales, quede en catalepsia ya que no podría ni ensalzar sus virtudes (porque tendría supuestamente connotación sexista o sexual), ni sus defectos (porque entonces serías un machista aunque lo que estés criticando sean sus gustos literarios) ni siquiera recurrir a eufemismos para una cosa u otra ("curvy" en la boca de un hombre es una falta de respeto y en la boca de una mujer es un vocablo cool para referirse a alguien con sobrepeso antaño calificado como "gordo") ni interesarse por su vida profesional o personal (ya que quedaría automáticamente investido como lobo feroz) ni hablar de sí mismo (porque entonces serías estandarte del régimen heteropatriarcal que obvia a las mujeres y tiene al hombre por centro del universo).

Acabo ya. Espero que antes que tarde la sensatez aterrice en todo este debate, por el bien de todos. ¡Ah! Una cosa más: quien opine que soy un machista, machirulo, ayatolá del heteropatriarcado, paladín de la falocracia o alguna bobada similar, haría bien en leerse mis artículos Por ella(s) y Agradecimiento a La Manada y luego ya si eso discutimos, porque, de lo contrario, me pasaré su opinión por el mismo sitio por el que Claudia García y Espejo Público se han pasado la deontología periodística.

viernes, 23 de febrero de 2018

En la muerte de Forges

Hace casi seis años, escribí tras morir Mingote. Ahora escribo a rebufo del fallecimiento de Forges, el otro ilustre humorista gráfico que hacía de cada viñeta no sólo un brillante y agudo editorial sino además una ventana a la condición humana en general y la española en particular. De mi trinidad de genios del humor gráfico, ya sólo queda vivo El Roto. Toco madera.

Antonio Fraguas es/era de esa clase de personas cuyo mayor don no sólo consistía en saber mirar sino en tener la destreza suficiente para contar lo que ven mejor que la mayoría. Forges aunaba ingenio y humanidad para encerrar en el corto espacio de una viñeta mensajes monumentales o meras guasas, pero siempre enraizadas en la realidad y encontrando en el lector la complicidad suficiente. Era un viñetista lo suficientemente listo para no tomar por tonto al personal y así se explica parte de su celebridad y éxito. El resto se explica con una sola palabra: genio, porque sólo así se puede denominar a quien fue al mismo tiempo artista, cronista y conciencia.

Si la memoria no me flaquea, la primera vez que vi una viñeta de Forges fue de crío, en un cuadro enmarcado que estaba en la habitación de mi tío. Luego ya, con el paso de los años, el talento de este fuera de serie dejó un reguero excepcional en la prensa (El Mundo y El País) y ahí le fui siguiendo la pista. A un tipo con 250.000 viñetas a su espalda sólo lo pierdes de vista deliberadamente. No es mi caso.

Los méritos de Fraguas son muchos y no sólo en el campo del humorismo gráfico (ahí están sus aportaciones "léxicas"). Quizá el mayor de ellos sea haber representado mejor que nadie el sentir de muchos españoles respecto a ese mundo y ese país que tanto les duele y desespera, pero sin renunciar nunca a dejar de propina una sonrisa balsámica. Y es que este artista resultó tan sumamente cercano porque siempre estuvo pegado a la realidad y, sobre todo, a lo que significa la palabra "humanidad", haciendo patente su compromiso con los desfavorecidos cuando la ocasión lo requería. Todas las causas justas tuvieron en él un excelente vocero y un fenomenal cómplice. Porque lo que resulta incuestionable en Forges es que contó verdades como puños a través de unos personajes fácilmente reconocibles, quienes, más que trasuntos suyos, lo fueron de esa "inmensa minoría", que diría Juan Ramón Jiménez. Por eso, Forges pidió la voz y la palabra para poner en negro sobre blanco nuestras cosas, formando así un inmenso collage de la historia oficial y cotidiana de España durante cerca de medio siglo. Por eso, Antonio Fraguas siempre fue y será algo más que un excelente viñetista.

En fin. Es una auténtica pena la muerte de alguien que puso el ingenio al servicio del humor. Tras él, España tiene menos motivos para sonreír y la prensa un hueco en blanco que nadie conseguirá llenar. Descanse en paz.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Gracias, Ministro

Señor Méndez de Vigo:

Soy plenamente consciente de que es más que probable que esta carta no llegue nunca a sus ojos, puesto que imagino que su tiempo está dedicado principalmente a hundir la Educación y humillar la Cultura cuando no a ejercer de portavoz del peor gobierno que ha conocido España. Aun así, creo que merece la pena que la escriba, por si a alguien puede ser de ayuda o interés.

Soy un madrileño de 37 años que lleva más de cuatro en el erosivo y tóxico desierto del desempleo desde que una tipa decidió dar mi puesto de trabajo a un familiar de cierto (ex) gerifalte del IBEX, culminando así un semestre de intenso mobbing contra mí y cercenando mis casi diez años de trabajo duro, bueno y honrado en una famosa multinacional. Usted dirá que el tema laboral nada tiene que ver con su responsabilidad ministerial. Y tiene razón. Pero sí sirve para poner en contexto lo que voy a contar a continuación, que sí es de su ámbito competencial.

Soy licenciado en Periodismo, me concedieron un premio al mejor expediente académico de la promoción, tengo un Curso Superior y dos Másters. Desde que me licencié, allá por 1998, siempre intenté tener la mejor formación posible, movido por la ingenua convicción de que eso me ayudaría en el mundo laboral. En ese sentido, para abrir la puerta a la posibilidad de cumplir profesionalmente uno de mis sueños personales (ser profesor de Lengua y/o Literatura española), obtuve poco después de mi licenciatura lo que entonces se conocía como CAP para la didáctica específica de Lengua y Literatura. Abundando en ese sueño, me matriculé años más tarde en la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH) para poder ampliar y perfeccionar mis conocimientos. Hasta ahí, todo bien. Ahora llega lo importante. El pasado lunes 18 de septiembre un centro concertado de Madrid me ofreció un contrato como profesor de las asignaturas de "Lengua y Literatura" y "Cultura clásica", materias ambas para las que creía que estaba personal, legal y académicamente capacitado y habilitado. Puede imaginarse mi sorpresa y alegría, señor Méndez de Vigo, al tener esa oferta ante mí pues no sólo suponía cumplir mi sueño sino, además, liberarme de este Tártaro que es el desempleo en la España del precariado y poder sentirme de nuevo una persona útil y reconectada con la normalidad. ¿Qué pasó? Pues ocurrió que, al pasarme el martes 19 por la Dirección del Área Territorial de Madrid Capital de la Consejería de Educación, Juventud y Deporte de la Comunidad de Madrid (calle Vitruvio 2), lo que en teoría iba a ser un mero trámite burocrático se convirtió en uno de los palos más devastadores que me han dado en mi vida. ¿Por qué? Porque allí me enteré, por boca de una funcionaria de la quinta planta cuya empatía rivaliza con la de una nevera, que todo el esfuerzo en tiempo y dinero que dediqué antaño para ser legalmente apto para impartir clase como profesor de Lengua y Literatura ya no valía de nada puesto que era ilegal. ¿Le suena, señor Ministro? Supongo que sí, pero, por si acaso, le refresco el asunto: usted, el 17 de julio de 2015, firmó el Real Decreto 665 que, por un lado, redundaba en el Real Decreto de 860 del 2 de julio de 2010 firmado por el entonces ministro Ángel Gabilondo, y, por otro, se pasaba por el forro el dictamen 2/2015, emitido por el Consejo Escolar del Estado. ¿Recuerda ya de qué va todo esto? Yo le ayudo: Tanto su decreto de 2015 como el de Gabilondo de 2010 se apoyan en la ordenación de las enseñanzas universitarias (plasmada en el RD 1393/2007) para impedir por ley a todos los licenciados/graduados en la rama de Ciencias Sociales y Jurídicas ejercer la docencia de, entre otras, "Lengua castellana y Literatura", "Literatura universal" y "Cultura clásica". ¿Adivina en qué rama está encuadrada Periodismo? Lo malo no es ya el cambio de criterio respecto a lo que recogía la Orden del 24 de julio de 1995 sino que su Ministerio, señor Méndez de Vigo, ignoró deliberadamente la recomendación nº21 del mencionado dictamen 2/2015 del Consejo Escolar del Estado y que, cinco meses antes de su decreto, decía lo siguiente: Al artículo segundo, apartado tres. Anexo I: Teniendo en cuenta el currículo de estas materias y las asignaturas que conforman el plan de estudios de Periodismo, se considera la formación inicial de estos licenciados para impartir "Lengua y Literatura Castellana" y "Literatura Universal". De acuerdo al currículo, el objetivo de esta materia es el desarrollo de la competencia comunicativa, es decir, un conjunto de conocimientos sobre la lengua y de procedimientos de uso que son necesarios para interactuar satisfactoriamente en diferentes ámbitos sociales. El eje del currículo son las habilidades y estrategias para hablar, escribir y escuchar en lso ámbitos de actividad social, situando estos aprendizajes en diversos ámbitos del uso de la lengua: el de las relaciones interpersonales y, dentro de las instituciones, el de los medios de comunicación y el ámbito académico. Asignaturar que, entre otras, incluye el Título de Licenciado en Periodismo y que se corresponden con los contenidos de "Lengua Castellana y Literatura": Lengua Española, Literatura, Teoría y Práctica de la Redacción Periodística, Redacción y Locución, Géneros informativos e interpretación, Lecturas del Arte contemporáneo, Periodismo cultural, Historia del mundo actual. Además, los licenciados en Periodismo tenían, en el pasado, en el Curso de Aptitud Pedagógica como Didáctica específica "Lengua Castellana y Literatura" y las prácticas las hacían en el Departamento de Lengua Castellana y Literatura impartiendo estas materias. Por todo lo anterior, se propone añadir, dentro del Anexo I, en las condiciones para impartir la materia de "Lengua Castellana y Literatura" y "Literatura Universal": Licenciado en Periodismo (sic). 

En resumen que, gracias a su Real Decreto, señor Ministro, al estar encuadrado dentro de la rama de "Ciencias Sociales y Jurídicas", estoy capacitado para impartir clase de "Artes escénicas", "Geografía", "Geografía e Historia", "Historia de España", "Historia del Mundo contemporáneo", "Historia del Arte", "Filosofía", "Psicología", "Historia de la Filosofía" y "Valores éticos" pero no para aquellas disciplinas para las que específicamente me preparé legal y académicamente y que tienen más presencia en el currículo de mi licenciatura que cualquiera de las otras que sí puedo impartir según el descabellado, irracional, incoherente, disparatado e incongruente criterio que recoge su Real Decreto 665/2015, señor Méndez de Vigo.

Llegados a este punto, el punto en el que he tenido que ver como se esfumaba en mis narices el sueño de mi vida y la liberación de la tortura del desempleo, le pido sólo una cosa, señor Ministro: que me diga el motivo. ¿Por qué motivo no enmendó el bochornoso error de Gabilondo? ¿Por qué motivo se pasó por el forro de los genitales la razonada y razonable observación del Consejo Escolar del Estado? ¿Por qué motivo decidió que era conveniente situar en la ilegalidad lo que fue legal durante quince años? ¿Por qué motivo mi CAP sigue siendo válido para impartir clase pero mi licenciatura es un osbtáculo? ¿Por qué motivo la legislación vigente dice que mi CAP me habilita para dar clase menos para aquella didáctica específica en la que lo obtuve? ¿Por qué motivo consiente esa disparidad de criterio a la hora de aplicar con carácter retroactivo la ley? ¿Por qué motivo un jurista puede enseñar "Artes escénicas" cuando en el currículo académico no hay nada que aborde esa asignatura ni siquiera tangencialmente y en cambio un periodista que durante la carrera, entre otras muchas cosas, estudia asignaturas relacionadas con la Lengua y la Literatura no puede dar clase de "Lengua y Literatura castellana"? ¿Por qué demencial lógica se me permite enseñar a Sócrates, Platón y Aristóteles pero no se me considera habilitado para hablar de Homero, Esquilo o Jenofonte? ¿Por qué motivo mantiene vigente esa incongruencia insostenible que me impide enseñar asignaturas para las que estoy capacitado en diversos sentidos? ¿Por qué motivo un error suyo me ha jodido la vida?

Sé que usted es hombre de leyes (según parece es usted jurista y bla, bla, bla), señor Méndez de Vigo, así que le rogaría que me aclare todo eso, sin tomarme por imbécil, por favor. Porque por ese infame y gilipollesco decreto suyo he perdido el trabajo de mi vida y tirado a la basura el dinero, el tiempo y el esfuerzo que dediqué a prepararme como profesor de Lengua y Literatura. Así que le agradeceré enormemente que me responda. 

Gracias, Ministro. 

domingo, 20 de agosto de 2017

Para hacérselo mirar

He dejado transcurrir la prudencia necesaria para que al escribir este artículo sobre los atentados en Cataluña no pareciera que sufro de coprolalia. Así que, ahora que tengo los ánimos más serenados y las ideas más claras, me pongo a las riendas de las palabras para decir lo que pienso que, básicamente, se podría resumir en lo siguiente: hay demasiada gente que debería hacérselo mirar.

Cuando una persona, en una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) utiliza su teléfono móvil para algo que no sea brindar o invocar el necesario auxilio a las víctimas, está para hacérselo mirar. Es cierto que vivimos en una época en la que la combinación de redes sociales que propulsan el vedetismo con dispositivos móviles que habilitan instantáneamente el "yo estuve allí" favorece que ciertas personas den el día libre al sentido común y se dediquen a hacer fotos y/o grabar vídeos y/o reseñar en tiempo real en sus cuentas virtuales sobre cualquier atrocidad en lugar de hacer lo que marca la ley y la lógica: socorrer a quien lo necesita o, al menos, tener un mínimo de respeto por quien está, en el mejor de los casos, entre la vida y la muerte. Pero no menos cierto es que el problema no está en Facebook, Twitter, Instragram y cía ni en los iPhone, Samsung y aledaños sino en quienes usan estas herramientas para demostrar que el nivel de psicopatía de la sociedad actual sigue subiendo como un globo perdido. Sí, psicopatía, porque comportamientos como hacer fotos, vídeos o selfies con el Tártaro de fondo demuestran que el nivel de empatía del personal se computa con un menos delante y que la percepción del otro como cosa y no como un ser humano es algo que puede aumentar el numero de Me gusta o visualizaciones (el morbo siempre ha tenido más seguidores que el buen gusto) pero, con toda seguridad, contribuye decisivamente a aumentar el desencanto por una sociedad donde las pantallas parecen funcionar como un filtro impermeable a los escrúpulos (para mayor aclaración de lo que quiero decir, leed la estupenda reflexión de Alvise Pérez). Tú no te puedes poner a hacerte selfies o a actuar como si te creyeras Robert Capa o Steven Spielberg cuando hay gente a la que se le va la vida a tu lado y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un miserable.

Cuando una persona aprovecha una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) para hacer un inoportuno y cobarde ajuste de cuentas movido por filias y fobias personales...está para hacérselo mirar. Con los atentados en Cataluña hemos visto, una vez más, cómo ha habido gente que, con los cadáveres aún enfriándose sobre la vía pública, ha utilizado las atalayas virtuales (las redes sociales son el mayor favor que ha hecho la tecnología a los estúpidos y los hijos de pu*a) como troneras desde las que disparar la bilis segregada por diversas fobias de índole política, religiosa, ideológica o racial. Hay momentos para cada polémica o discusión, pero el "durante" y el "después" de un atentado no son esos momentos. Por eso, da pavor, vergüenza y asco leer ciertos comentarios (e incluso columnas de opinión) en los que de manera populista, ventajista, rastrera y asquerosa sus autores  han abierto con sutileza o sin ella las compuertas de la mierda contra catalanes, independentistas, musulmanes, magrebíes, refugiados y etcétera; como da idéntico pavor, vergüenza y asco aprovechar el foco mediático para evidenciar urbi et orbe tu naturaleza de "idiota pata negra" (como ha hecho, por ejemplo, el Consejero de Interior catalán, distinguiendo entre víctimas catalanas y españolas o hablando en una lengua cooficial en detrimento de la lengua oficial del Estado). Es un espantoso y vomitivo alarde de confusión de churras con merinas, culos con témporas y velocidad con tocino. En este sentido, estos días se han publicado comentarios tan lisérgicos como el de una conocida periodista que invocaba la Reconquista (sería bueno que esta mujer se repasara quién, cómo y por qué se habilitó la entrada de los musulmanes entonces en la península, porque a lo mejor se lleva una sorpresa, y, de paso, rememore los indudables beneficios que reportó la cultura musulmana en su estancia en nuestra tierra) o la asombrosa conclusión a la que llegó otro insigne plumilla diciendo que el atentado era turismofobia (olé tú) o la no menos lisérgica sorna de otro conocido periodista que instaba a averiguar si los terroristas eran mormones o budistas. Respecto a esto último, habría que recordar a ciertos enajenados que una cosa es la religión (Islam, que obviamente tiene defectos de base y quizá más incluso que las otras dos "religiones del libro"), otra la interpretación de la misma (el salafismo es una de ellas pero no la única aunque sí la más radical) y otra lo que las personas hagan a raíz de esa interpretación (terrorismo yihadista): del mismo modo que no se puede culpar a un martillo de que un demente lo utilice para reventar el cráneo de una persona en lugar de para remachar un clavo. Volviendo al tema: quien elige tener su minuto de gloria en plena conmoción acredita indudablemente su cobardía y condición de perfecto mierda y pierde un tiempo precioso para hacer lo que hay que hacer: estar al lado de los que sufren y contra quienes provocan el sufrimiento. En momentos así, no toca soltar tu discurso como si estuvieras en el Speakers' Corner de Hyde Park sino tener el suficiente sentido común como para callar, por muy fácil que resulte suplir con sentimientos la carencia o debilidad de argumentos de tu tesis. Tú no puedes, con el ambiente rebosante de dolor físico y emocional, ponerte a soltar barbaridades o chorradas que, en el mejor de los casos, son inconvenientes en tanto que desvían la atención del verdadero e inmediato problema: las víctimas. Y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un canalla.

Cuando un medio de comunicación aprovecha una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) para ceder al sensacionalismo en detrimento de la deontología profesional y la sensibilidad humana...está para hacérselo mirar. Es indudable que hace tiempo que el Periodismo, especialmente en España, está en modo dejación de funciones y anda dando tumbos entre la propaganda y el espectáculo en un desesperado intento por coagular la sangría de lectores, espectadores u oyentes. Aprovechando ese ziz-zag, se ha colado el más infame amarillismo, que corre despendolado por los medios españoles sin que nadie ponga pie en pared, lo cual deja, entre otros daños colaterales, la cada vez mayor insensibilidad de la gente (mecanismo de defensa psicológico ante la reiteración de imágenes que ponen los pelos de punta y el estómago del revés). Lo peor es cómo hay tipos que justifican este repugnante sensacionalismo amparándose (y de paso pervirtiéndolos) detrás de conceptos como "interés informativo", "actualidad" o "exclusiva" o "dimensión humana". Yo, en la carrera de Periodismo, aprendí que en una noticia sobraba todo lo que no fueran datos cuantitativos o cualitativos y testimonios informativos que los complementen. Para saber que alguien ha fallecido, basta con que lo digas, no hace falta que me muestres con detalle al cadáver reventado. Para saber que ha habido un atentado, basta con que lo digas, no hace falta que me hagas un videoclip con vísceras y cuerpos. Para tener conciencia de la gravedad de una tragedia, basta con que enuncies las cifras de víctimas, no hace falta que me hagas un collage visual a modo de autopsia. Para saber que han muerto seres humanos, basta con que lo digas, no hace falta que me muestres su cara y me cuentes su vida y milagros. Para informar de que han matado a una persona, basta con que lo digas, no hace falta con que  me muestres un vídeo como si fuera la moviola de un penalti. Para recordarme la dimensión de una tragedia, basta con que lo recuerdes en un titular, no hace falta que me hagas desayunar cadáveres en su sangre sobre portada. Cuando tu deber y vocación es informar, recrearse en lo truculento o en lo íntimo es hacer una felación al morbo y abjurar de todos los sine qua non que van implícitos en la profesión de periodista. Tú, si eres periodista, no puedes ponerte a hacer pornografía informativa ni periodismo gore y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un ruin.

Cuando una persona piensa que salvajadas como los atentados en Cataluña se evitan solucionan con diálogo, buen rollito, pensamiento positivo y apertura de mente...está para hacérselo mirar. Este mundo no es una película de Disney y cuanto antes se entere el personal, mejor. Tampoco es una distopía pero se le parece bastante. El problema de los hijos de pu*a, (ya hablemos de terroristas, asesinos, maltratadores, abusadores, pederastas, pedófilos, violadores, narcotraficantes, etc) es que siempre hay gente dispuesta a cometer el error de tratarlos como si fueran personas normales y a confundir la tolerancia con la permisividad. Y no se trata tampoco de rebajarse al nivel del monstruo de turno, simplemente de tratarlo como lo que es, una amenaza para los inocentes, y actuar en consecuencia. Tocaría ahora hablar de cómo las leyes y/o los jueces dejan en España con el culo al aire a las fuerzas y cuerpos de seguridad en ese sentido, pero...mejor otro día. Baste decir que me congratulo de que, en el caso de estos atentados, los principales responsables no llegarán ni a la fase de instrucción porque afortunadamente alguien ha tenido la valentía de mandarlos a buscar huríes al infierno (ya están tardando en condecorar al mosso). Problemas como el yihadismo se previenen indudablemente con educación (término que poco o nada tiene que ver con doctrina ni credo) dentro y fuera de un aula pero se solucionan con todo eso a lo que la corrección política considera susceptible de alergia. Y ahí vuelvo a lo que decía antes: el grave problema de tratar a los terroristas igual que a sus víctimas. ¿Se cura un tumor poniéndole música clásica y charlando con él como si fuera un teletubi? Pues eso. Con unos tíos que llevan más de 660 muertos en Europa que nadie me venga hablando de diálogo ni tolerancia ni derechos humanos ni leches. Como dicen en cierto film, "no tengáis piedad ninguna pues ninguna habréis de decir". Tú no puedes conceder el beneficio de la "humanidad" a quien hace tiempo que se ha liberado de ella para destrozar literal o figuradamente la vida de inocentes y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un imbécil. 

Cuando una persona cree que Dios va a recompensar sus actos o a castigarlos como si fuera una especie de domador de perros...está para hacérselo mirar. Las religiones como placebos ideológicos y contenedores ético-filosóficos son absolutamente respetables, interesantes e incluso necesarias. Todas por igual, incluso las más rancias, estrafalarias, retrógradas o políticamente incorrectas, porque al fin y al cabo son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con lo trascendente, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarte para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular. Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las religiones pasa lo mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas. Es verdad que la secular imagen de Dios como la de un padre listo para darte la paga o la hostia en función de tus actos ha sido y es muy útil para cohesionar sociedades, ordenar la vida civil, dar sentido a ciertas cosas, solucionar dilemas o tranquilizar conciencias, pero hay que tener muchísimo cuidado dado que si algún pirado escribe o glosa un texto sagrado y hace creer al imbécil de turno que por consumir un alimento tienes cita en el infierno o que las rodillas marcan la frontera de la condenación o que por estrellar un avión lleno de pasajeros o pasar por el chasis a un tropel de peatones vas a ir al paraíso y te van a tocar el badajo eternamente unas huríes que ni los ángeles de Victoria's Secret pues tienes un problema serio y no sólo mental. Una cosa es ser creyente y otra muy diferente es ser crédulo. Ya han pasado siglos y barbaridades suficientes como para tener claro que hoy, en el siglo XXI, no se puede tener la misma relación con la religión que la que se tenía en la época de Saladino y Corazón de León, pero visto el auge del salafismo y la filosofía de Trump, parece ser que sí, que efectivamente se puede tener. A estas alturas de la tragicomedia humana, todos deberíamos saber ya que, con independencia de si existe "algo" o "alguien" a los mandos de todo este sarao cósmico (duda que sólo se resuelve post-mortem), una religión sólo tiene efectos beneficiosos si va acompañada da la trinidad del sentido común: educación, autocrítica y respeto. Si no, pues pasa que surgen fenómenos como el terrorismo yihadista, que basa su éxito, entre otras cosas, en la credulidad de una caterva de analfabetos, ineptos y cretinos que creen que Alá les va a subvencionar una orgía perpetua a cambio de liquidar indiscriminadamente a quien no le convenza lo de ponerse mirando a La Meca. Eso es una falacia que va contra la propia esencia y denominador común de las religiones: todas buscan "religar", es decir, unir, vincular mediante el amor. Todas, unir, amor. Tú no puedes, si crees en algún Dios o practicas cualquier religión, ejercer el odio y la muerte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un mierda que no ha entendido nada. 

Cuando una persona reduce su raciocinio, dialéctica, retórica y ética a silogismos, extrapolaciones y generalizaciones...está para hacérselo mirar. Primero, porque tanto para expresarse como para discutir, polemizar o dialogar lo que necesitas no son recursos de todo a un euro como los que acabo de citar sino argumentos, fundamentos que sólo se obtienen si uno ha leído, visto y escuchado lo suficiente en la vida como para no tener esa mente estrecha que embiste a cuanto no le cabe en ella, que diría Machado. Caer en lo facilón, en lo simplón, en lo demagógico, en lo populista tiene una eficacia efervescente pero de muy corto recorrido. Por eso es tan fácil dejar en ridículo o evidencia a quienes sólo se agarran a razonamientos que juzgan al todo por la parte o a una parte por el todo. ¿Por qué? Porque no hay nada más sencillo que desmontar dialécticamente las falacias y los sofismas que manan de esos chuscos silogismos o groseras generalizaciones a las que me refería antes. Por ejemplo: no todos los caucásicos son nazis, no todos los madrileños son del Real Madrid, no todos los sacerdotes son pederastas, no todos los catalanes son independentistas, no todos los estadounidenses son estúpidos, no todos los españoles son morenos...y así podría seguir casi eternamente pero creo que se entiende lo que quiero decir. Por eso, espero que se entienda que no todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son salafistas ni todos los salafistas son terroristas. Como espero que se entienda que no todos los refugiados o emigrados de Oriente Medio o el Magreb son asesinos ni, ojo, tampoco bellísimas personas. Esos automatismos al calor de reduccionismos tan toscos son francamente desaconsejables en la medida en que te retratan como un presunto idiota. Procede pues abrazar el relativismo para huir de la estupidez. Tú no puedes ni creerte en posesión de la verdad absoluta ni (pre)juzgar al todo por la parte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un majadero. 

En fin. Me ha quedado un artículo bastante extenso, pero eran muchos los temas a tocar y las cosas a decir. Supongo que enfadaré a unos y otros. Ojalá, porque eso significará que estoy en el lugar adecuado: el del sentido común. 

Por último, lo más importante: dedicar este artículo a la memoria de los quince fallecidos y las decenas de víctimas de los atentados yihadistas en Cataluña. Força Cataluña, força España, força libertad.   

lunes, 8 de febrero de 2016

Títeres

El problema no es que unas personas sin ingenio ni buen gusto ni sensibilidad ni gracia ni habilidad ni respeto dediquen su vida a mancillar  el arte de los títeres, porque cada cual está legitimado para malgastar su existencia como le salga de los mismísimos, especialmente si tu valía ética o intelectual no da para más que para servir de mal ejemplo, de pésimo ejemplo, de hostiable ejemplo.
El problema no es debatir si la libertad de expresión es la barra libre del ordenamiento legal y cívico, porque ese debate hace tiempo que lo solucionaron el sentido común y las leyes aunque muchos no quieran darse por enterados.
El problema no es si ser un miserable o un estúpido debería ser tipificado como delito en el Código Penal, porque la estupidez y la vileza no son enmendables sino simplemente humanas.
El problema no es que la actitud de la izquierda y la progresía adjunta ante sus errores y bochornos sea exactamente la misma que la que demuestra la derecha y la mojigatería aledaña ante los suyos, porque en la política española la autocrítica se perdió justo después de que la vergüenza se marchara a por tabaco.
El problema no es que los políticos de este país crean que los problemas se solucionan con postureo y palabrería o que los hechos se borran con titulares y 140 caracteres, porque pretender que los políticos solventen los problemas que hay en España es como esperar que los nazis solucionaran el problema del antisemitismo.
El problema no es que la Alcaldía de Madrid siga siendo tan bochornosa que deberían rodar urgentemente algún "Shore" allí, porque los madrileños debemos asumir que tenemos con nuestros alcaldes un karma jodido nivel "Soy Leticia Sabater".
El problema no es que Ahora Madrid no se moleste lo más mínimo en disimular lo que es porque, en política, ingenuidad poca y, en España, menos.
El problema no es que los partidos de izquierdas y derechas hayan regresado al 36 sin pasar por la Transición, porque todos sabemos a estas alturas que unos y otros han perdido hace tiempo la guerra, sí, pero la de la legitimidad.
El problema no es que muchos medios de (contra)información y tertulianos a sueldo estén abordando la actualidad con la misma prudencia que unos solteros en un showgirls, porque tener fe en el periodismo español está dentro de la categoría de "Cosas que se puede hacer con una máscara en la cara y una fusta en la mano".

El problema es que los ciudadanos españoles hemos dejado/consentido/permitido/aguantado/soportado/tolerado que políticos y medios, siglas y titulares nos alteren el orden de prelación de preocupaciones, nos cambien la escala Richter de las prioridades, nos embriden la sensibilidad, nos dirijan las conversaciones y jueguen al trile con nuestra atención. Una vez. Y otra. Y otra. Y las que hagan falta con tal de que la ciudadanía olvide que somos quienes tenemos la sartén por el mango (aquello de "soberanía nacional" que pone en la Constitución), que somos quienes debemos exigir responsabilidades y pedir que nos rindan cuentas, que somos los que merecemos que nos vengan con soluciones y no con problemas, que somos los que debemos rechazar cualquier polémica o debate que no sea conducente a mejorar el bienestar nuestro y futuro, que somos los que de verdad sufrimos cada día la falta de vergüenza, de sentido, de justicia, de dignidad, de excelencia y de esperanza que abonan una jornada tras otra quienes hacen montañas de granos al tiempo que transforman las montañas en granos. Así nos va. Que nos liamos a hablar de unos gilipollas y sus marionetas cuando España hace tiempo que no está ni para pantomimas ni para pintamonas y todo porque sus ciudadanos hemos dejado que los políticos y los medios de comunicación nos conviertan en sus títeres.

lunes, 30 de noviembre de 2015

"The Newsroom": ¡Es el guión, estúpido!

Una buena serie, como cualquier obra de ficción, necesita unos buenos personajes (buenos = definidos, carismáticos), unas buenas tramas (buenas = interesantes y bien desarrolladas) y una buena forma de contar y decir (buena = con personalidad y eficaz).
Una buena serie de televisión, como cualquier producto de ficción audiovisual, necesita un buen casting (bueno = interpretativamente solvente y creíble), una buena producción (buena = no cutre ni pretenciosa), un buen timing (el equivalente en televisión al tempo narrativo, un no-sé-qué que ya sea a través de las historias, los personajes, la estética o los actores consiga conectar/enganchar a una audiencia considerable, y, por encima de todo, necesita un buen guión.

Por eso, entre otras cosas, "The Newsroom" es una muy, muy buena serie. Por eso, no es casual que se emitiera en una cadena como HBO, madre de seriones como The Wire, Los Soprano o Juego de Tronos. Por eso, no es casual que su actor protagonista, Jeff Daniels, además de recibir nominaciones y premios por su interpretación, haya regalado al acerbo televisivo a uno de los personajes más carismáticos de la televisión con su magistral encarnación del periodista Will McAvoy. Por eso, no es casual que su creador, productor y guionista sea Aaron Sorkin, responsable de la también exitosa El Ala Oeste y problabemente uno de los mejores de su gremio y el más brillante(ex aequo con Tarantino) escritor de diálogos vivo, como ha demostrado tanto en cine como en televisión, del que esta serie es su penúltimo y sobresaliente ejemplo.

Pero...¿qué es/era "The Newsroom"? Es un dramedia (mezcla de drama y comedia) que sumerge al espectador en los avatares personales y profesionales del staff de un telediario nocturno que decide olvidarse del circo de la audiencia para centrarse en su responsabilidad de cara a la sociedad. Así, por sus tres únicas temporadas, junto a sucesos más o menos inventados, desfilan otros por todos conocidos: el desastre de la plataforma petrolífera de BP en el Golfo de México, la polémica ley inmigratoria de Arizona, la revuelta en Egipto contra el (ex)presidente Mubarak, el desastre nuclear de Fukushima, la muerte de Bin Laden, la crisis del techo de deuda, la reelección de Obama como presidente, los atentados de Boston…Hechos que escena a escena nos permiten descubrir la personalidad y la profesionalidad del mordaz y carismático presentador-editor Will McAvoy y de todo su joven equipo a la hora de lidiar con los desafíos puramente periodísticos pero también con los éticos (o deontológicos si se prefiere) ya que esta serie también cuenta los retos que suponen las influencias, injerencias y presiones ajenas a lo estrictamente informativo y procedentes de ámbitos tan fáusticos como el empresarial, el político, el gubernamental, el judicial o el marquetiniano. Todo ello mientras los diversos personajes intentan llegar a buen puerto o, al menos, no hundirse en lo que se refiere a su vida estrictamente personal.
Si a esto se le añade el hecho de contar con unos variopintos personajes ¿secundarios? (MacKenzie, Jim, Don, Sloan, Neal, Sloan, Charlie...) cuya carencia de matices se suple con un magnetismo descomunal, con un impecable factura técnica y con un respeto (también llamado sentido común) hacia los espectadores y hacia sí misma fuera de toda duda (por eso, como dijo Daniels, "acaba cuando debe"), "The Newsroom" está bastante lejos de ser una serie del montón. Si ya metemos en la ecuación sus diálogos...es simplemente una de las mejores series en ese aspecto de los últimos años/lustros/décadas.

Decía al comienzo que "The Newsroom" es una muy, muy buena serie por varias cosas. Esas "otras cosas" tienen que ver con el Periodismo. Con lo que debería ser el Periodismo. Porque en esta serie, desde McAvoy hasta el último personaje sirven para recordar, a un lado y otro de la pantalla, que el buen periodismo no es sólo decir la verdad (aunque duela o tenga consecuencias negativas), sino también atacar la mentira, ser la molesta voz de la conciencia para ese magma de personas tan acostumbradas a olvidarla que reciben el nombre genérico de “poderosos” y no caer en el juego del "todo por la audiencia". Porque el Periodismo, más que una profesión, es un ejercicio de honradez, una responsabilidad. Es practicar la "religión de la decencia" (por citar al propio McAvoy). Algo que resulta evidente desde el comienzo con aquella memorable escena de "América no es el mejor país del mundo"). Una pretensión tan idealista como no disimulada pero francamente necesaria e inspiradora y que lleva a esta serie a ser más verosímil que realista y a emanar un espíritu quijotesco que impregna a todos sus protagonistas. No en vano, las referencias al Quijote, tanto en la propia ficción como en las declaraciones de Sorkin, son claras y decisivas, como muy bien remarca su excelente episodio final (por cierto, toda una lección de narrativa televisiva). Por eso, "The Newsroom" debería ser una serie de obligada consulta en las facultades de Periodismo y en las redacciones informativas de todo el mundo: porque lo que se hace actualmente, salvo raras y contadas excepciones, no es Periodismo ni se le parece. En el mejor de los casos, es fast food mediático (y así nos va). 

En definitiva, que ahora que hace poco ha salido a la venta su tercera temporada y faltan días para el aniversario de su desenlace, cualquier seriéfilo, guionista o periodista ya sabe qué hacer: honrar el recuerdo de una serie simplemente estupenda.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Jánovas como metáfora

Anoche Jordi Évole y su Salvados volvieron a demostrar por qué es importante que programas así se hagan en televisión, aunque sea en cadenas privadas. Porque, dejando a un lado que innegablemente en ocasiones pinche en hueso (como por ejemplo, el programa dedicado al Colegio del Pilar), Évole tiene la sana costumbre de ofrecer al espectador un producto de impecable forma (siempre) e interesante fondo (casi siempre); un programa que, sin ser periodístico (ni pretenderlo, ojo), sí se parece mucho a lo que tiene que aspirar el periodismo: decir, contar, denunciar y mostrar.

Anoche, como digo, fue una de esas ocasiones en las que ponerse frente al televisor fue un auténtico gustazo, aunque lo que te muestre la pantalla sea poco o nada agradable, festivo o divertido, como fue el caso. El Salvados sobre Jánovas fue un programa que repugnaba por lo que se decía y conmovía por cómo y quién lo contaba. Al verlo, no pude evitar tener la misma sensación que al leer a grandes narradores nuestros como Rafael Chirbes o Julio Llamazares, maestros a la hora de tomar como base un suceso "anónimo" y muy concreto en lo geográfico y cronológico para elaborar una radiografía de España y los españoles tan descarnada y vigente que siempre merece la pena aunque duela. Así, la trágica vergüenza del "no pantano" de Jánovas y sus dramáticas consecuencias para los lugareños entronca directamente con novelas de Llamazares como La lluvia amarilla o Distintas formas de mirar el agua y de Chirbes como La buena letra o En la orilla.

De todos modos, el programa de ayer, es decir, el programón de anoche no tuvo su mejor virtud en lo que denunciaba: por desgracia en este país, llueve sobre mojado a la hora de hablar de la asquerosa desvergüenza de políticos y empresarios de todo pelaje, época o lugar. Si acaso, podría servir para comprobar que ya en el Franquismo existía el "capitalismo de amiguetes", o lo que es lo mismo: el gentuceo en las altas esferas, el mamoneo entre los intocables, el menudeo de favores entre los poderosos, el mamporrerismo entre los que tienen el poder político y los que ostentan la soberanía económica...aunque, siendo rigurosos, ese infame trapicheo existe desde los tiempos del "Aula Regia".

Para mí, lo más acertado del último Salvados fue mostrar la habilidad y la sensibilidad necesarias para saber qué contar, qué decir y cómo hacerlo. Así, el excelente programa de ayer sirvió para convertir a Jánovas y su pantano fantasma en un remedo español del retrato de Dorian Gray en el que se pueden ver reflejados los principales males y disparates que han caracterizado la vida pública de España desde hace décadas. Un retrato que se hace difícil de mirar pero que no hay que olvidar si queremos llegar a ser algún día un país enteramente civilizado en lo ético porque el de Jánovas es un pantano que no existe pero en el que se ahogaron la alegría, la tranquilidad, el porvenir y los derechos de demasiadas personas. El de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuya superficie flotan como cadáveres putrefactos la honradez política, la ética empresarial y la deontología profesional de muchos medios de comunicación. Pero además, y quizás lo más importante y valioso de todo, es que el de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuyas aguas se alza desafiante la dignidad insumergible de las personas, ésas que saben llorar; que saben apretar los dientes; que saben levantarse tras ser derribados pero que no saben agachar la cabeza ni poner rodilla en tierra; que engrandecen su derrota mientras otros envilecen su victoria; que sostienen en silencio a un país más que miles de datos macroeconómicos, gráficos al alza y discursos triunfalistas. Héroes cuya única aspiración es poder disfrutar de una vida tranquila y digna. Personas que no tienen un Homero que les cante pero sí un Évole que los entreviste. Por eso, en mi opinión, lo mejor del Salvados de anoche no fue mostrar gentuza por la que sentir asco sino sacar del anonimato a gente por la que sentir una profunda, honesta y absoluta admiración.