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miércoles, 9 de mayo de 2018
Después
La ciudad aún estaba arropada en un letargo de farolas y siluetas. El piso aún estaba sumergido en un mutismo oscuro quebrado por la impertinencia sutil de ruidos diminutos. El dormitorio aún estaba paladeando el vao feliz de un placer declinado en bocas abiertas y ojos cerrados. La pareja aún estaba despierta, ungida en una penumbra azulada. Las sábanas desmelenadas tapaban como una caricia tímida sus cuerpos desfallecidos en un recreo de endorfinas. A los pies de la cama, un reguero de prendas, el recordatorio de una inercia de horarios y checklists. Sobre su pecho, él notaba las pestañas de ella, en un rítmico y pausado ir y venir, barriendo unas agradables cosquillas en cada vaivén. Sobre su pecho, ella notaba el latir firme y lento del corazón de él, arrullando sus oídos. Ninguno veía la cara al otro. No hacía falta.
lunes, 7 de mayo de 2018
Por la ventana de la mía
Y así estamos, paladeando la culpabilidad por el divorcio entre la realidad y el deseo, entre la conciencia y el corazón, entre el deber y el quiero, entre el qué dirán otros y el qué diré yo, entre el confort de la sed y los puntos suspensivos de un salto sin red. Y así estamos, velando secretamente el cadáver de nuestra propia coherencia en el altar de la estabilidad. Y así estamos, desandando caminos con pasos no dados por el simple miedo a un rechazo en nuestro interior nacido. Y así estamos, ocultando todo con silencios hechos de vanas palabras y gestos impostados como abracadabras. Y así estamos, soñando y negándonos a un mismo tiempo esa libertad llamada independencia. Y así estamos, preservando en una mortaja de imaginación los sueños que quedaron rotos por no pasar a la acción. Y así estamos, quedándonos a oscuras en un ensimismamiento donde no cabe la luz del reproche ni el brillo del lamento. Y así estamos, varados en movimiento mientras cambiamos un norte por otro por no ir por el atajo del remordimiento. Y así estamos, nostálgicos de un futuro que nunca fue y de un pasado que nunca será. Y así estamos, invocando en nuestras entrañas palabras que nos brinden la excitación del consuelo y nos regalen el consuelo de la excitación. Palabras como ojalá. Ojalá hubiera el espacio para que tuviéramos tiempo. Ojalá encontráramos la excusa para darnos un momento. Ojalá chocaran nuestras solitarias melancolías para hacer sonrisas con sus astillas. Ojalá pudiéramos estar sin dejar de ser y ser sin dejar de estar. Ojalá lográramos dar forma y sentido a los silencios para poder orillar nuestras palabras y miedos. Ojalá. Porque me encantaría abrazarte y abrazarnos y hacer de nosotros un abrazo de los que detiene relojes y repara daños. Porque me encantaría besarte y besarnos y hacer de nosotros unos labios que disfrutan en un recreo de sueños abiertos y ojos cerrados. Porque me encantaría sentirte y sentirnos y hacer de nosotros el mejor refugio del que nunca debimos irnos. Porque me encantaría saberme el brillo de tu oscuridad, aunque sólo fuera por devolverte la luz que colaste en la mía. Porque me encantaría. Y así, entre esos "ojalá" y esos "me encantaría", estamos mientras allí fuera pasa la vida y tú con ella por la ventana de la mía.
lunes, 25 de diciembre de 2017
Postnochebuena
El silencio cayó como una nevada desganada. Por la despeinada alfombra del salón, se filtraron lentamente los charcos de palabras que durante horas habían sido un torrencial enjambre que puso en sordina los choques de la vajilla en el trasiego de platos y la caspa musical expelida por el televisor. Las luces comenzaron su declinar de párpados cansados y la penumbra emergió como escarcha mientras un ir y venir de sombras devolvían al salón su aspecto de mausoleo cuyas puertas únicamente se abrían para ocasiones especiales. Así, la robusta mesa de madera barnizada se desnudó de parafernalia a medida que platos y vasos desaparecían del mapa con la pereza del feligrés practicante de "la última y nos vamos", dejando tras de sí un archipiélago de migas y un mapa de manchas que concedía al vistoso mantel un aspecto de pergamino viejo. Un zigzag de siluetas entre sillas y puertas purgó toda rimbombancia y sólo recordaba la insigne fecha el guiño discreto de las luces del árbol navideño erizado como secuoya sobre un amable Belén. Invadido de madrugada y con el jaleo hundido en el retrovisor, el salón paladeó el luto por la estridente Nochebuena, fallecida en acto de servicio. Sin luz ni sonido, esas horas que parecían flotar en el tiempo como copos de nieve transformaron el salón en un spa sepulcral, donde daban ganas de refugiarse de la atropellada histeria navideña que plagaba la ciudad. Así, mientras los niños soñaban con amaneceres de regalos papanoélicos, los mayores se abandonaban al relajo de quien había superado, un año más, ese festivo y colorido mar de sargazos. Y es que, tal vez, de toda aquella hiperbólica conmemoración de un nacimiento lo más sabroso era el sedante eco de réquiem extenuado que dejaba tras de sí.
miércoles, 22 de noviembre de 2017
Sandy
El 22 de noviembre de 1963 Sandy sólo tenía ganas de llorar. Aquella mañana el mundo se le había roto. Y los colores, todos, se habían retirado como payasos fracasados dejado una huella de blanco y negro en todo lo que podían ver sus ojos. Y los sonidos, todos, se habían vestido con el pesado luto del silencio porque aquello era lo único que entendían sus oídos. Y los sabores, todos, se habían vuelto tan amargos que su estómago se tomó el día libre. Y las sensaciones, todas, se habían borrado de su piel convirtiéndola en un imenso folio helado donde escribir condolenicas. Y los pensamientos y los sueños y las inquietudes que agitaban febriles su mente de noria se habían esfumado como un eco fantasmal, dejando el sitio suficiente para que cupiera el vacío, el agujero, la herida, la nada, la muerte. Y así estaba ella, en el jardín, recostada junto al porche, escondida de un mundo cruel, manchando con la hojarasca el abrigo que le regaló su abuela por su cumpleaños, con los ojos llorosos, la nariz moqueando y sus manitas apretadas con rabia bajo sus guantes de lana. Porque, aquella mañana, Sandy había conocido la muerte y lo único que le preocupaba era llorar, llorar con toda la fuerza de quien apenas ha aprendido a leer y ya quiere entender la vida, llorar como si las lágrimas obraran milagros, como si la pena de una niña de seis años fuera capaz de hacer recapacitar a la muerte. Dentro, en la casa, sus padres no tenían tiempo de consolarla ni de explicarle nada ni de engañarla ni de distraerla: en la radio había muerto una persona, en el televisor había muerto una persona y en Dallas había muerto el presidente de su país. Pero, aquella mañana, a Sandy, lo único que le importaba era que había muerto su gata.
martes, 31 de octubre de 2017
Un Don Juan diferente
Tal es mi historia, señores; pagado de mi valor, quiso el mismo Emperador dispensarme sus favores. Y aunque oyó mi historia entera, dijo: «Hombre de tanto brío merece el amparo mío; vuelva a España cuando quiera»; y heme aquí en Sevilla ya...La espléndida cena apenas dejaba ver una porción vacía del ornado mantel en el que comían como insaciables carroñeros aquellos tres caballeros. La luz de las velas arrojaba fantasmas imposibles sobre las paredes de aquel salón ebrio de camaradería en el que el olor a vino, sudor y carne asada abrigaba anécdotas, bocados y eructos por igual. Tras años sin verse, mucho tenían que contarse y engañarse aquellos hombres que antaño competían por ver quién arrebataba más vidas y virginidades. Y así, mientras sus mentes relamían las heridas abiertas y las vaginas profanadas, llegó un nuevo brindis exaltado...en burla y memoria de un muerto: Mas yo, que no creo que haya más gloria que esta mortal, no hago mucho en brindis tal; mas por complaceros, ¡vaya! Y brindo a que Dios te dé la gloria, Comendador. En ese momento, un aldabonazo rompió la fiesta, quedando sólo en pie el silencio. Tras unos instantes de inquietud, los comensales volvieron a su onanismo nostálgico y retornaron a la placentera calma de sus historias de sangre, acero y semen...hasta que, de nuevo, un golpe tronó en las parades de la casa. Y luego otro. Y otro. Y otro más. El aire se volvió pesado, rancio y pestilente, como si el salón se hubiera tornado el vientre vacío y putrefacto de un cadáver. La sangre era un río helado por el que navegaba el miedo. Pasaron de siete ya los misteriosos golpes cuando el anfitrión, para calmar a sus dos inquietos invitados y tal vez a sí mismo, apuró un trago de vino y les instó a conservar la calma, achacándolo todo a una broma...que él estaba dispuesto a seguir al exclamar desafiante: ¡Señores! ¿A qué llamar? Los muertos se han de filtrar por la pared; adelante. Dicho esto, puertas y ventanas reventaron y por ellas se colaron decenas de muertos hambrientos de vida. Todo se resolvió muy pronto. El primero en morir fue el leal criado, Ciutti, a quien una ramera degollada había arrancado la nuca de un mordisco y con cuyas tripas jugaban risueñas dos niñas gemelas fallecidas por las fiebres hacía diez inviernos. El siguiente fue don Rafael de Avellaneda, a quien un viejo indiano había arrancado el esternón, convirtiendo su orlada pechera en masa deforme por la que se escurrían sangre y vísceras por igual, para regocijo de los asaltantes de ultratumba. Por suerte, su amigo, el capitán Centella, no pudo ver el triste final de su camarada porque para entonces una dama de la alta sociedad sevillana, fallecida al ser madre hacía tres años, degustaba sus dos globos oculares como si fueran exquisito caviar mientras un truhán sin media cara y un alguacil con un balazo que le salía por el ojo le arrancaban brazos y piernas con la facilidad de quien despiezaba un pollo asado. En cuanto al anfitrión, don Juan, vio cómo el apellido de los Tenorio se extinguía mientras el comendador Gonzalo de Ulloa hundía su huesuda mano en su columna vertebral, don Luis Mejía hincaba sus dientes limpios de carne en su mano diestra, don Diego trataba torpemente de arrancar el brazo izquierdo de su hijo y doña Inés sumergía por última vez su boca en su carnosa entrepierna hasta que la sangre salió disparada tiñendo de escarlata los roídos hábitos blancos de la que fuera novicia. Y así, mientras le arrancaban la vida, bajo el enjambre gutural de los muertos, don Juan Tenorio pronunció sus últimas palabras: ¡Ay, joder!
Interior residencia noche
Por la noche, la residencia era distinta. No había el intenso olor de los rosales que flanqueaban el jardín donde pasear los recuerdos raídos. Ni el cortante viento del páramo avivaba hasta la azotea de pizarra el frescor del césped recién regado. Ni sus lustrosos pasillos olían a la asepsia de la lejía. Ni el hilo musical animaba los murmullos del gran salón con melodías de los años cuarenta. Ni las caras de los residentes mostraban la química resignación de los medicamentos. Ni el director que soñaba con ser directora echaba cuentas en su despacho entre los gastos de los vivos y de los muertos. Ni la risueña recepcionista obesa hacía crucigramas en su escritorio mientras esperaba alguna visita. Ni el crematorio alentaba los muros del sótano con el calor del olvido. Ni la lánguida carretera que apenas partía la desolada explanada era transitada por coches que pasaban de largo. Por la noche, todo era distinto. La luna desangraba los colores de la fachada mientras la helada reptaba entre las ventanas enrejadas. Las cañerías gargareaban bajo el ladrillo un blues de ratas y detritos. El techo se impregnaba del olor a sudor y orín de quienes manchaban de sí mismos pijamas y sábanas. Los pasillos lloraban la orfandad de pasos bajo la incierta lumbre de las luces de emergencia. Las puertas de metal de las habitaciones sofocaban las gargantas quebradas y los corazones acelerados de quienes pesadilleaban a un lado u otro de la almohada. Y en el sótano sólo quedaba un mantillo de polvo y ceniza. Por eso le encantaba la noche. Porque él era distinto. Porque él, como la noche, sólo podía existir cuando el mundo cerraba los ojos. Porque él, como las pesadillas, solamente tenía cuatrocientos ochenta minutos para demostrar de lo que era capaz. Aquella noche, tocaba la habitación número 40, en la tercera planta. Como tantas veces antes, hurgó en el bolsillo de su bata y sacó el llavero. Inspiró una...dos...tres veces. Se colocó los auriculares en sus oídos. Subió el volumen y dejó que el Réquiem de Mozart fuera su única conciencia. Se humedeció los labios. Se caló la máscara. Sonrió y abrió la puerta. Al otro lado, en su cama, sobre un colchón raquítico, dormía sedada por las pastillas la señora Charlotte. Cerró con cuidado la puerta. Corrió el pestillo. Se quitó en silencio sus mocasines y se aproximó sigiloso hasta su cama. A sus noventa y tres años, la ardiente belleza de su juventud había quedado reducida a unas ascuas de piel y hueso. El látex de la máscara se humedeció con el aliento excitado. Inspiró una...dos...tres veces. Aproximó su mano hasta la boca de la señora Charlotte. Ella abrió los ojos y él apagó su grito.
Media hora más tarde, él salió de la habitación. Se quitó la máscara y una sonrisa triunfal emergió de las profundidades de su alma. Al fin y al cabo, ¿quién iba a preocuparse por una anciana senil y sin familia? ¿Quién iba a creer que el diablo lleva bata blanca, zapatos italianos y consume caramelos mentolados?
Media hora más tarde, él salió de la habitación. Se quitó la máscara y una sonrisa triunfal emergió de las profundidades de su alma. Al fin y al cabo, ¿quién iba a preocuparse por una anciana senil y sin familia? ¿Quién iba a creer que el diablo lleva bata blanca, zapatos italianos y consume caramelos mentolados?
Los otros monstruos
Al amanecer, ya sólo quedaba el silencio y el brillo húmedo del frío. Ya no había máscaras ni disfraces, ni estómagos llenos ni copas vacías, ni risas de hiena ni palabras de carrusel, ni miradas perdidas ni cuerpos encontrados, ni tacones en las calles ni pensamientos bajo el neón. Sólo quedaba en pie el miedo. Ya no había ni brujas ni vampiros, ni fantasmas ni asesinos, ni muertos ni revividos, ni criaturas imposibles ni improbables sinsentidos. Los monstruos de todos se habían vuelto a dormir en su cama de hueso a la sombra del escalofrío, allí donde anidan todos los temores que nos acercan al filo abisal del vacío que es la muerte. Sólo quedaban en pie los otros monstruos. Los que no necesitan ni máscara ni disfraz ni maquillaje. Los que no son hijos de ninguna ficción. Los que tienen carne y hueso y nombre y apellidos. Los que respiran. Los que viven. Son los otros monstruos. Los que son capaces de violar a una mujer, golpear a un anciano o abusar de un niño. Los que ríen convirtiendo las vidas en hilos. Los que hacen de la maldad estadísticas y datos fríos. Los que transforman el silencio en la crónica de un aullido. Los que rompen el mundo en llanto y grito. Los que envenenan el aire que respiro. Los que reparten el apocalipsis a domicilio. Los que desgarran sin pedir permiso. Los que convierten cuerpos en nichos. Los que quiebran sonrisas y destinos. Los que vacían el sentido. Y a éstos, a los otros monstruos no hay Halloween que los conjure porque el horror nunca espera.
lunes, 31 de julio de 2017
Mala noche
Es esa hora en la que todo es sueño, pesadilla o pecado. Él está en la cama, dormido por naufragio y perdido en esa desconexión que tanto alivia a los que no encuentran consuelo en los ojos abiertos. Fuera, las alcantarillas bostezan una calima de cucarachas que acharolan el silencio. Dentro, el confortable siseo del aire acondicionado. El tic y el tac de su reloj de pulsera es un grillo perdido en algún lugar bajo las sábanas de una cama partida en dos: a un lado, el eco de quien se marchó; al otro, el trueno sollozado de quien se quedó.
De pronto, un giro súbito espoleado por un sueño incómodo deviene en un involuntario manotazo, descendente como un dios derribado con la parsimonia procesionaria de un bostezo. Su mano cae casi ingrávida sobre el lado izquierdo de la cama, la tundra de tela delineada donde los días conjugan la separación entre ella y él con la diligente pereza de un notario, el mausoleo aséptico y ensabanado en memoria de quien hizo de la puerta de aquel domicilio un punto y aparte en su relato común e intransferible, haciendo de su cara espalda, dándole un buen revolcón a la brújula y derramando el tintero sobre varios calendarios en blanco.
Sus ojos aún no están abiertos pero sus dedos empiezan a deslizarse por la superficie de ese lado de la cama como cachorros que comienzan el tartamudeo del andar, avivando la inquietante cartografía de vértigos que remolcan miedos, la asepsia atroz del vacío, la suave y fría certeza de la ausencia, la desoladora geometría de la melancolía, el amargo peritaje de un hueco abierto de par en par al horizonte, la asfixia del silencio como huella arrolladora de una distancia que todo torna sombra, el peso de un aire tan cargado de pasado que apenas deja aliento de futuro al presente, la incansable escalada de la tristeza como hiedra despechada, la incertidumbre enroscándose en el pecho como un rosal de cuchillas, la impotencia de las ganas ante la dictadura del tiempo y espacio, la garganta deshaciéndose en ojos acechados por el salado runrún de las lágrimas.
Con una eficiente apatía funcionarial, su cuerpo se va reconectando con ese mundo que no admite soñadores. Sus ojos se abren con lentitud, como dos exclusas artrósicas y chirriantes, y comienzan a engullir la oscuridad convertidos en dos sumideros sedientos de sombra, de esa sombra que pesa y duele, de esa oscuridad que torna todo un blanco y negro sin happy end, de esos pensamientos enlutados de quien sólo encuentra sentido en un retrovisor donde todo empieza a desvanecerse como una espectral neblina, el único consuelo para quien se siente escupido de la noria del mundo, perdido en algún lugar entre lo que fue y lo que no será. Y así comienza a pensar en ella otra vez, desplegando en su mente un crucigrama de preguntas sin respuestas agradables donde cada espacio es una herida abierta por la que emerge el pus del vacío. Y así vuelve a estremecerse. A dejarse arrasar por los buenos recuerdos. A dejarse llevar por un pasado tan idealizado que hace aún más incomprensible su presente. Así es como las lágrimas empiezan su descenso suicida y discreto por su cara. Está harto de caer en la tentación de la autocompasión, de ceder al chantaje sensiblero de la melancolía, pero...empieza a tener la sensación de que se ha vuelto un yonqui del dolor y está dispuesto a atormentarse hasta lo patético si con ello se siente vivo. Así es como se dispone a pasar en blanco su enésima noche oscura. Así es como, unos minutos más tarde, su cuerpo se harta del melodrama y ordena inmediata inmersión con la esperanza de que mañana sea otro día.
sábado, 24 de junio de 2017
Todo bien
Hacía mucho que no venían. Hacía mucho que ella no venía. Tanto que aprendió a no echarlo de menos. Frente a Sonia, el Mediterráneo, hogueras ardiendo febriles hasta confundirse con la noche y un hormiguero de gente jovial alternando el fuego y el agua, el humo amaderado y la espuma salada; alguien a lo lejos toca una guitarra que apenas remonta una machacona canción de verano adelantado berreada por un grupo de adolescentes. En algún lugar de aquella marejada de siluetas recortadas por las llamas, están su marido Santiago, su no tan mayor Mario y su pequeña Carla disfrutando de la fiesta. Ella está sentada en la playa, dejando que las farolas del paseo y la luz de las hogueras la conviertan en una encrucijada de sombras, mirando sin ver, en silencio, ajena a los saltos y las danzas y los chapuzones que articulan el aquelarre laico de la Noche de San Juan. Sus pies desnudos se hincan suavemente en la arena, enraizándose en una agradable sensación que le permite bajarse del tren del tiempo, desentenderse del carrusel de los roles que articula su vida cotidiana...
La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.
Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.
Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"? ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...
Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?
La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.
Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.
Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"? ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...
Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?
La melancolía cierra su espectáculo de hipnosis cuando las voces de Mario y Carla revientan el trance con su alegría atropellada y jadeante. Van corriendo hacia ella, seguidos a duras penas por Santiago, que avanza pesadamente a zancadas pero con la satisfacción de "padre con el deber cumplido". Los tres tienen la ropa completamente salpicada por arena. Los pequeños caen sobre ella y la sepultan bajo besos y risas que apenas sí dejan oír lo que le quieren contar. Sonia se incorpora, los achucha a ambos y los interroga con sobreactuada sorpresa sobre lo que han hecho en las hogueras. Al poco llega Santiago, que coge a Mario como si fuera un peluche y empieza a pelearse con él, como dos cachorros jugando entre sí. Carla no para de darle detalles a su madre de lo muy contenta que está y de todo lo que ha pasado en la orilla. Su aguda voz apenas se sobrepone a las carcajadas y los gritos de su padre y su hermano. En ese preciso instante, Sonia la nota. Nota a esa felicidad incontestable, impecable y sin taras que reina en su familia. Esa felicidad que no admite dudas ni quejas ni hoja de reclamaciones. Esa felicidad que ha hecho de su familia un cuarteto digno de la portada de cualquier pretenciosa revista. Esa felicidad que emerge volcánica lo mismo en una playa levantina que un sofisticado piso madrileño. Esa felicidad que es el gran epitafio de la mujer que Sonia siempre quiso y querrá ser. Esa felicidad que es la tumba en la que esconder todo aquello que la haría saltar por los aires. Esa felicidad que condena Sonia a ser la Sonia que todos quieren pero no la que ella anhela ser. Esa felicidad que tanto le duele. Esa felicidad en la que Sonia ha asumido que arderá hasta que sólo queden cenizas, como las hogueras que celebra la gente en San Juan. Sonia ha vuelto a quedarse absorta, hueca. El cielo relampaguea con fuegos artificiales y bajo ellos todo son exclamaciones de ojos admirados. Los niños de nuevo saltan y corretean incansables por la playa y Santiago, agotado, se sienta a su lado. Le da un empujón cómplice y cariñoso. "¿Todo bien, mi vida?". Ella lo mira, saca la mejor de sus sonrisas y dice: "Sí, todo bien".
jueves, 17 de noviembre de 2016
El que corre, corre solo
El día era tormenta. Ni rastro de sol ni una esquirla de cielo azul. La
noche había dado paso a una mañana encabritada donde la lluvia, el frío y
el viento habían organizado una pirotecnia de cuchilladas y bofetones
gélidos, desdibujando personas, edificios y cualquier contorno vivo o
inerte. Expertos y profanos le habían aconsejado, recomendado e incluso
advertido que "mejor dejarlo para otra ocasión" y aguardar un momento más
idóneo al abrigo del confort, resistiendo las ganas de sentirse libre,
de soltar el pesado lastre del estrés, de dejar atrás el anquilosamiento
que lo acercaba a un autómata alejándolo de la condición humana. Pero
él no hizo caso. Decidió que aquel día lleno de ruido y furia era el
momento de comenzar a correr. Y así, embutido en confianza, puso a cero el reloj y se arrojó a la
tormenta decidido a transformar el tiempo en un espacio a conquistar.
Al principio, sus zancadas eran alegres, impetuosas y corría de una forma tan liviana que parecía no ya ignorar sino insultar a la propia tormenta. Se comía el mundo en milésimas de segundo. Poco a poco, la realidad le devolvió el saludo: el aguacero iba calando en él a medida que el frío se enroscaba en su pecho, estrujándolo a cámara lenta, como un dios sádico y guasón, pero sus pasos supieron acomodarse y así tomó consciencia de los otros corredores: estaban los que parecían en permanente calentamiento, sin decidirse a correr ni a marcharse; los que iban por detrás suya sin haber ido nunca por delante, arrastrados por una dignidad cómica, voluntariosa y masoquista; los que iban por detrás tras haber estado por delante, cuya erosiva decadencia él metabolizaba en autoestima; los que corrían a su altura, que pareciendo iguales eran distintos y no tardaban en situarse a un lado u otro del desagüe ocular; los que habiendo empezado detrás corrían ya por delante de él, dejando su orgullo haciendo autoestop; los que sólo podía seguir con la vista; purasangres cuya exhibición los alejaba del mundo de los meros mortales; y los que hacía tiempo que llegaron a la meta, con quienes le unía un vínculo de ignorancia, especialmente balsámica para él.
Pasado un rato, la tormenta y el esfuerzo lo habían desdibujado hasta convertirlo en una patética parodia de sí mismo, una desvencijada marioneta de grand guignol sostenida por un exhausto pundonor que corría tras el espejismo de sus propias y sobrevaloradas expectativas, vagando como si fuera un muerto viviente con exceso de orgullo en sangre, resistiéndose a cualquier otra cosa que no fuera seguir moviéndose. Hasta que llegó el momento. El último número. El gran final: un traspié, un trabalenguas de piernas y vuelo rasante sobre el camino embarrado y mugriento. Quedó tendido en el suelo unos segundos, como si la dignidad se le hubiera enredado con alguna raíz. Sobre él, la carcajada del aguacero.
Minutos más tarde, estaba de vuelta en su casa. Su ropa era un guiñapo enmarañado en el suelo, empapado de derrota, arrojado a los pies de la lavadora. Cerca, en la ducha, encerrado con pestillo, él se hallaba en algún lugar dentro de una gruesa nube de vapor, allí donde no se veían sus magulladuras ni su cara de cerrado por derribo. El agua tibia e intensa de la ducha caía sobre él sin más efecto que limpiar su piel y dilatar sus arterias, venas y sinapsis. Alrededor de su cabeza, orbitando como satélites despendolados, todo un batallón de pensamientos declinaba el verbo fracasar en primera persona del singular: ¿Había sido temerario o valiente? ¿En qué medida el batacazo daba sentido a todo lo ocurrido desde la primera zancada? ¿Habría sido mejor esperar o había valido la pena el intento? ¿Se habría caído alguien más? ¿Fue un fallo en la preparación, una mala elección, simple mala suerte o pura lógica? ¿Debía sentirte contento por haberlo intentado o hundido por el estrepitoso fracaso? y todo un etcétera de interrogantes listos para hundir la armada invencible de la seguridad.
De pronto, su mente cogió el desvío hacia los pensamientos tangenciales y centró su atención en los otros corredores, los que fueron por detrás, por delante o a su par. Bajo el champú, empezó a desarrollar todo un atropellado corpus teórico sobre el arte de correr, intentando encontrar en ese análisis comparativo alguna conclusión que aliviara su ego. Y así, entre churretones de espuma, emergió una revelación: había muchos corredores, mejores o peores o parecidos pero todos distintos a él en definitiva porque él y sólo él era el único que estaba dentro de sus zapatillas. Nadie iba a correr ni por él ni contra él ni en él. Nadie, por mucha experiencia o empatía que tuviera, podía saber cómo se sentía él porque sólo él estaba en su piel. El que corre, corre solo, por muy acompañado o no que esté en la carrera, y únicamente tiene un rival: él mismo. Lo cual le llevó a otra verdad: la meta y el camino hasta ella dependen de cada persona. "Somos nuestros propios retos; nuestros pasos, nuestras metas". Por eso, no hay una carrera igual a otra, porque las hacen diferentes los propios corredores y ellos, a su vez, se distinguen entre sí por sus circunstancias, sus condiciones y su forma de ser, pensar y estar.
Con ese pensamiento decantándose en su interior, se aclaró, cerró el grifo de la ducha y se secó. Abrió una rendija la ventana del baño para disolver la espectral condensación que había. Poco a poco, el vao permitió vislumbrar un amago de sonrisa en su rostro. Una sonrisa a la que le faltaban etiquetas, pero una sonrisa al fin y al cabo. Mañana volvería a correr porque ahora por fin tenía claro por qué y para qué. Y eso le alegraba. Y es que, en el fondo, todo aquello no iba de hacer ejercicio físico.
Al principio, sus zancadas eran alegres, impetuosas y corría de una forma tan liviana que parecía no ya ignorar sino insultar a la propia tormenta. Se comía el mundo en milésimas de segundo. Poco a poco, la realidad le devolvió el saludo: el aguacero iba calando en él a medida que el frío se enroscaba en su pecho, estrujándolo a cámara lenta, como un dios sádico y guasón, pero sus pasos supieron acomodarse y así tomó consciencia de los otros corredores: estaban los que parecían en permanente calentamiento, sin decidirse a correr ni a marcharse; los que iban por detrás suya sin haber ido nunca por delante, arrastrados por una dignidad cómica, voluntariosa y masoquista; los que iban por detrás tras haber estado por delante, cuya erosiva decadencia él metabolizaba en autoestima; los que corrían a su altura, que pareciendo iguales eran distintos y no tardaban en situarse a un lado u otro del desagüe ocular; los que habiendo empezado detrás corrían ya por delante de él, dejando su orgullo haciendo autoestop; los que sólo podía seguir con la vista; purasangres cuya exhibición los alejaba del mundo de los meros mortales; y los que hacía tiempo que llegaron a la meta, con quienes le unía un vínculo de ignorancia, especialmente balsámica para él.
Pasado un rato, la tormenta y el esfuerzo lo habían desdibujado hasta convertirlo en una patética parodia de sí mismo, una desvencijada marioneta de grand guignol sostenida por un exhausto pundonor que corría tras el espejismo de sus propias y sobrevaloradas expectativas, vagando como si fuera un muerto viviente con exceso de orgullo en sangre, resistiéndose a cualquier otra cosa que no fuera seguir moviéndose. Hasta que llegó el momento. El último número. El gran final: un traspié, un trabalenguas de piernas y vuelo rasante sobre el camino embarrado y mugriento. Quedó tendido en el suelo unos segundos, como si la dignidad se le hubiera enredado con alguna raíz. Sobre él, la carcajada del aguacero.
Minutos más tarde, estaba de vuelta en su casa. Su ropa era un guiñapo enmarañado en el suelo, empapado de derrota, arrojado a los pies de la lavadora. Cerca, en la ducha, encerrado con pestillo, él se hallaba en algún lugar dentro de una gruesa nube de vapor, allí donde no se veían sus magulladuras ni su cara de cerrado por derribo. El agua tibia e intensa de la ducha caía sobre él sin más efecto que limpiar su piel y dilatar sus arterias, venas y sinapsis. Alrededor de su cabeza, orbitando como satélites despendolados, todo un batallón de pensamientos declinaba el verbo fracasar en primera persona del singular: ¿Había sido temerario o valiente? ¿En qué medida el batacazo daba sentido a todo lo ocurrido desde la primera zancada? ¿Habría sido mejor esperar o había valido la pena el intento? ¿Se habría caído alguien más? ¿Fue un fallo en la preparación, una mala elección, simple mala suerte o pura lógica? ¿Debía sentirte contento por haberlo intentado o hundido por el estrepitoso fracaso? y todo un etcétera de interrogantes listos para hundir la armada invencible de la seguridad.
De pronto, su mente cogió el desvío hacia los pensamientos tangenciales y centró su atención en los otros corredores, los que fueron por detrás, por delante o a su par. Bajo el champú, empezó a desarrollar todo un atropellado corpus teórico sobre el arte de correr, intentando encontrar en ese análisis comparativo alguna conclusión que aliviara su ego. Y así, entre churretones de espuma, emergió una revelación: había muchos corredores, mejores o peores o parecidos pero todos distintos a él en definitiva porque él y sólo él era el único que estaba dentro de sus zapatillas. Nadie iba a correr ni por él ni contra él ni en él. Nadie, por mucha experiencia o empatía que tuviera, podía saber cómo se sentía él porque sólo él estaba en su piel. El que corre, corre solo, por muy acompañado o no que esté en la carrera, y únicamente tiene un rival: él mismo. Lo cual le llevó a otra verdad: la meta y el camino hasta ella dependen de cada persona. "Somos nuestros propios retos; nuestros pasos, nuestras metas". Por eso, no hay una carrera igual a otra, porque las hacen diferentes los propios corredores y ellos, a su vez, se distinguen entre sí por sus circunstancias, sus condiciones y su forma de ser, pensar y estar.
Con ese pensamiento decantándose en su interior, se aclaró, cerró el grifo de la ducha y se secó. Abrió una rendija la ventana del baño para disolver la espectral condensación que había. Poco a poco, el vao permitió vislumbrar un amago de sonrisa en su rostro. Una sonrisa a la que le faltaban etiquetas, pero una sonrisa al fin y al cabo. Mañana volvería a correr porque ahora por fin tenía claro por qué y para qué. Y eso le alegraba. Y es que, en el fondo, todo aquello no iba de hacer ejercicio físico.
martes, 15 de noviembre de 2016
Luna de noche
Y llegó la noche. Por fin. Después de días de machaqueo informativo,
tras un mantra de fechas, cifras, porcentajes y onanismos astronómicos,
llegó la noche. Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, mientras
calles y ventanas se salpicaban de voyeuristas ufanados en capturar con
sus smartphones y cámaras lo que sólo podían mirar sin tocar.
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, con su piel de pecado virginal reluciente como un neón de niebla, rendida en un rumor de hada con el cuerpo enredado en el erótico galimatías de un trabalenguas de sábanas. Parecía un tesoro de sexo a medio desenterrar en un desierto de seda, con los pechos menguantes ocultando sus pezones en el colchón como la mirada de un niño tímido, dejando sólo a la vista el cuarto creciente de unas redondas nalgas que conocieron más de un Adán pero ningún árbol de la ciencia, con el sexo apenas adivinado como una sonrisa traviesa entre la tela descansando tras la aurora boreal de dos cuerpos terrenales con sabor a celestes que habían llenado de plenilunio una habitación oscura como el corazón de un confesionario.
Y allí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, dejando que los sueños olieran a sudor, aliento y sexo, con la cara engullida por la nana del cansancio, con los ojos cerrados como dos trazos de carboncillo, con los labios carnosos apenas distinguibles como el mar y la noche por los que se escapaba un rumor de sabores anotados al pie de la crónica proscrita de la piel, con el cabello negro desparramándose como hiedra sobre aquel rostro rebosante de una inocencia inexistente en el que ya no quedaban retazos de ningún maquillaje.
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, en una habitación caliente perdida en mitad de una noche fría llena de ojos que miraban al cielo buscando una superluna. Él la contemplaba, entre la admiración y la condescendencia, sentado como un dios decadente y triunfal a los pies de la cama mientras apuraba el whisky que aún quedaba en el vaso, paladeando cada detalle, escaqueando aristas que dotaran de cualquier imperfección a lo vivido durante una hora y cien sensaciones. Intentaba inútilmente acordarse de su nombre, el real, pero sólo era capaz de descomponerla con el tacto, el olfato, la vista, el oído y el gusto. Únicamente podía recordar el nombre por el que la conocían esos otros barcos que como él sólo flotaban de noche: "Luna". Y ahí estaba ella, La Luna, con su belleza inalcanzable, esplendorosa, llena.
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, con su piel de pecado virginal reluciente como un neón de niebla, rendida en un rumor de hada con el cuerpo enredado en el erótico galimatías de un trabalenguas de sábanas. Parecía un tesoro de sexo a medio desenterrar en un desierto de seda, con los pechos menguantes ocultando sus pezones en el colchón como la mirada de un niño tímido, dejando sólo a la vista el cuarto creciente de unas redondas nalgas que conocieron más de un Adán pero ningún árbol de la ciencia, con el sexo apenas adivinado como una sonrisa traviesa entre la tela descansando tras la aurora boreal de dos cuerpos terrenales con sabor a celestes que habían llenado de plenilunio una habitación oscura como el corazón de un confesionario.
Y allí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, dejando que los sueños olieran a sudor, aliento y sexo, con la cara engullida por la nana del cansancio, con los ojos cerrados como dos trazos de carboncillo, con los labios carnosos apenas distinguibles como el mar y la noche por los que se escapaba un rumor de sabores anotados al pie de la crónica proscrita de la piel, con el cabello negro desparramándose como hiedra sobre aquel rostro rebosante de una inocencia inexistente en el que ya no quedaban retazos de ningún maquillaje.
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, en una habitación caliente perdida en mitad de una noche fría llena de ojos que miraban al cielo buscando una superluna. Él la contemplaba, entre la admiración y la condescendencia, sentado como un dios decadente y triunfal a los pies de la cama mientras apuraba el whisky que aún quedaba en el vaso, paladeando cada detalle, escaqueando aristas que dotaran de cualquier imperfección a lo vivido durante una hora y cien sensaciones. Intentaba inútilmente acordarse de su nombre, el real, pero sólo era capaz de descomponerla con el tacto, el olfato, la vista, el oído y el gusto. Únicamente podía recordar el nombre por el que la conocían esos otros barcos que como él sólo flotaban de noche: "Luna". Y ahí estaba ella, La Luna, con su belleza inalcanzable, esplendorosa, llena.
lunes, 31 de octubre de 2016
Un mensaje
Mara estaba sentada en la orilla, junto al mar. Tenía los pies descalzos
y la mirada perdida mucho más allá de donde el sol se derretía como un
vistoso helado. Allí sólo se oía el mar, con su rumor de espuma y sus
ecos de sal. El agua arenosa se filtraba entre sus dedos, emborronando
los bajos de sus vaqueros. A su lado, los botines, perfectamente
colocados, con las puntas salpicadas de arena. Junto a ellos, apoyado
como un borracho a punto de colapsarse, su bolso, donde se escondía un
móvil en el que se acumulaban en sordina las llamadas perdidas y los
mensajes. En sus manos, sobre sus rodillas, las llaves del coche, aprisionadas con
tanta fuerza que se encarnaban en sus palmas, como si un dolor fuera
capaz de sustituir a otro. Frente a ella, el Mediterráneo, ese mar tan lleno de historias
del que, sin embargo, sólo esperaba silencios. Sobre ella, el cielo en
retirada, como una acuarela a la que se le hubiera corrido el rímel. Llevaba allí el tiempo suficiente como para haberse olvidado del reloj,
de la agenda, de los compromisos, del hoy y del mañana, de todo lo que
le recordara que el tiempo sigue aunque ya no lo hagan las personas.
Renunciando a ser, se limitaba a estar: vacía como una caracola, llena
de recuerdos como el fondo del mar, furiosa con una galerna de reproches
que empezaban en Dios y terminaban en ella. Era un animal varado,
desnortado, extraño en su propio relato, escupido de sus mapas de
certezas, noqueado en algún punto incierto entre querer vivir y dejarse
morir. Estaba en ese rincón descabalgado de la realidad en el que el dolor es una unidad de tiempo y el vacío una unidad de espacio. Como si hubiera perdido el transbordo entre la tranquilidad y la esperanza.
El día ya era noche cuando se produjo la primera vía de agua. Segundos después, la otra. Por sus mejillas empezaron a deslizarse unas lágrimas que borraron las huellas de todas las condolencias en forma de beso. Luego, dese las entrañas, como un suburbano furioso, emergió un grito. Un grito desgarrado, despreocupado de cualquier formalismo, un aullido llamando a la puerta donde anida el dolor, una protesta en 360 grados llena de profunda rabia humana. Cuando su garganta se quedó desierta, se mordió los labios al mismo tiempo que cerró los ojos, como esperando que la noche se derrumbara sobre ella, dándole la clemencia de hacerse por fin una con la oscuridad. Y en ese momento en el que todo se volvió sombra, él apareció a su lado, sentado como tantas otras veces en ese mismo lugar, como tantas otras veces con ella. No la miró porque tenía los ojos anclados en la noche. Ella tenía la sangre helada y la piel erizada. Él no se inmutó. La luna lo hacía parecer un bosquejo azulado, el esbozo de un sueño perdiéndose en una almohada al despertar. Cuando ella quiso dar voz al asombro de sus ojos ya fue tarde porque él habló y el aire se llenó de esa voz contra la que nada podía el viento: No te voy a decir que te levantes, que arriba, que pases página, que des carpetazo, que orilles todo lo que sientes y piensas. No: deja arder tus pensamientos y sentimientos hasta que todo quede en cenizas, deja que te salgan todas las grietas, deja que la vida te desnude de cualquier disfraz o excusa o parapeto. Y, una vez pase eso, respira, abre los ojos, incorpórate y vuelve a vivir y no sólo a respirar.
El día ya era noche cuando se produjo la primera vía de agua. Segundos después, la otra. Por sus mejillas empezaron a deslizarse unas lágrimas que borraron las huellas de todas las condolencias en forma de beso. Luego, dese las entrañas, como un suburbano furioso, emergió un grito. Un grito desgarrado, despreocupado de cualquier formalismo, un aullido llamando a la puerta donde anida el dolor, una protesta en 360 grados llena de profunda rabia humana. Cuando su garganta se quedó desierta, se mordió los labios al mismo tiempo que cerró los ojos, como esperando que la noche se derrumbara sobre ella, dándole la clemencia de hacerse por fin una con la oscuridad. Y en ese momento en el que todo se volvió sombra, él apareció a su lado, sentado como tantas otras veces en ese mismo lugar, como tantas otras veces con ella. No la miró porque tenía los ojos anclados en la noche. Ella tenía la sangre helada y la piel erizada. Él no se inmutó. La luna lo hacía parecer un bosquejo azulado, el esbozo de un sueño perdiéndose en una almohada al despertar. Cuando ella quiso dar voz al asombro de sus ojos ya fue tarde porque él habló y el aire se llenó de esa voz contra la que nada podía el viento: No te voy a decir que te levantes, que arriba, que pases página, que des carpetazo, que orilles todo lo que sientes y piensas. No: deja arder tus pensamientos y sentimientos hasta que todo quede en cenizas, deja que te salgan todas las grietas, deja que la vida te desnude de cualquier disfraz o excusa o parapeto. Y, una vez pase eso, respira, abre los ojos, incorpórate y vuelve a vivir y no sólo a respirar.
Al terminar la última palabra, él se disolvió como la espuma en la
orilla, dejándola con cicatrices pero sin heridas, con ausencias pero
sin vacíos, con silencios pero sin llantos, con todo lo necesario para
tornar la deriva en vida.
viernes, 21 de octubre de 2016
Regénesis
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| Foto de Javier Crespo |
lunes, 19 de septiembre de 2016
Treguas
Hay momentos en que el Tártaro cuelga el cartel de "Cerrado por descanso"; en que la tensión se disipa como una bocanada de vao; en que la angustia se queda encerrada en un standby; en que los problemas hacen mutis por el foro; en que la horca de soga se vuelve corbata de seda; en que el carrusel de la pena se va a fundido a negro; en que el silencio interrumpe el festival de las hostias; en que el "quiero" gana la guerra del "puedo"; en que se cuela una sonrisa entre las grietas de la desilusión; en que el silencio quiebra el ruido y la furia; en que encuentras un oasis de color entre el blanco y el negro; en que la tormenta se pausa y el sol se pasa por el forro los charcos; en que la felicidad llama a tu puerta sin esperarla ni esperarte.
Esos momentos se llaman "treguas" y son muy importantes en cualquier lucha no sólo porque además te permiten tener un respiro, tasar heridas y tomar perspectiva sino porque te recuerdan qué es estar vivo de la mejor forma posible. La vida, esa constante batalla contra la adversidad y los imprevistos en la que todos intentamos acortar la distancia entre la realidad y el deseo, también tiene sus treguas y son muy necesarias si no se quiere acabar abrazado a la locura o desguazado por la melancolía. Las treguas son tráilers de la película en que tú quieres convertir tu vida, chupitos de felicidad que te devuelven el color y el calor, entreactos de una epopeya anónima y cotidiana que alientan a reivindicar un final feliz, ecos de una alegría aún por venir que fija tu Norte, bálsamos que no traen promesas pero sí esperanzas, interludios con sabor a victoria, besos de oxígeno para los pasos hacia delante, acordes de un triunfo aún por perfilar, viento en las velas para los que no están dispuestos a rendirse, luz en la oscuridad.
La vida no entiende de pactos ni guiones y, por eso, te concede las treguas sin avisar, como un beso robado. Eso es quizás lo mejor de todo: que con la misma arbitrariedad, crudeza y facilidad que la vida te borra la sonrisa, te la devuelve. Porque las treguas, normalmente, aparecen cuando menos las esperas o, con frecuencia, sin esperarlas siquiera.
Por eso, cuando uno está al límite de sus fuerzas, con la paciencia coqueteando con la fragilidad, con la pena asediando los pensamientos, con la incertidumbre removiendo las entrañas, zigzagueando entre pozos y trincheras, sin más mapa que el de no caer, sin más mérito que el de no tirar la toalla, sin más rumbo que el de dejar atrás la tormenta, que te des de bruces con una tregua es algo tan mágico y delicioso como el primer beso o un orgasmo acompasado o el abrazo a un bebé. Los mejores premios que te da la vida no se resumen en dígitos ni palabras: se sienten, se recuerdan y no se olvidan.
Por esa razón, entre otras muchas cosas, yo no olvido ninguna tregua, porque eso me ayuda a seguir dando la cara, a continuar luchando, a no darlo todo por perdido. Porque eso me ayuda a recordar que nunca nada dura para siempre, ni siquiera las malas rachas, por mucho tiempo que se prolonguen. Porque eso me ayuda a recordar no sólo que puedo ser feliz sino también que me lo merezco. Porque eso me ayuda a tener presente que uno no lucha tanto para dejar de ser como para seguir siendo. Y es que conforme vas pasando por la vida y la vida pasando por ti, las alegrías y las hostias te enseñan que la felicidad no es tanto un estado o circunstancia como una actitud, esa que te permite afrontar con idénticas garantías los momentos en que hay que luchar y aquellos en los que toca disfrutar de las treguas.
sábado, 23 de julio de 2016
Noche con verano sin sueño
El jadeo pútrido de las alcantarillas; el soul acharolado de las
cucarachas; la luz desmigada en un reguero de calles; las persianas
telegrafiando palabras de piel a los voyeuristas; Oberón derramándose
como magma sobre el mar siliconado de Titania; el neón brillando sobre los
cascotes de un día derretido; las bocas llenas de alcohol o sexo en su
romance insomne con el tic y el tac; el rumor eléctrico del ártico oasis
de las neveras, los mosquitos haciendo el agosto en sus reyertas rasantes; Puck
perdido en el fondo de una botella de garrafón sin el hielo del consuelo; las gotas de sudor
cayendo en la tentación; las ventanas abiertas como bocanadas enmarcando
la noche; el murmullo del aire acondicionando los sueños; Hermia y
Lisandro perdiéndose en un rincón como la sombra de un gato doblando la oscura
esquina del tiempo; la vigilia cruel de los desterrados del relajo; las
voces ininteligibles que se esfuman en las aceras; los coches sonámbulos horadando el silencio; el pecio siluetado de
la ciudad vaciada; el vaivén de cuerpos en su serenata de sábanas;
Helena esperando impertérrita que Demetrio le devuelva el mensaje; la
promesa mercenaria de una playa donde mudar piel e inquietudes; los
relojes rodando hacia un alba fresco como la sonrisa de un niño; la luna
pasando de largo en el laberinto de alfileres que sostienen las horas
más oscuras como un telón de actores aficionados.
Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.
Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.
martes, 5 de julio de 2016
Siempre amanece
Te contaré una cosa. Quizá te hayas dado ya cuenta. Muy probablemente.
Es algo que con toda seguridad has sentido pero tal vez no hayas
reparado en lo que significa. Leer y comprender no siempre son
sinónimos. De lo que hablo ocurre en ese momento en que el horizonte se
vuelve un reguero de lava, afinando la orquesta de candilejas que tocará
por tramoya y trino. Ocurre en ese momento en que las golondrinas
cartografían el cielo en un vals delineante que pierde de vista los
puntos cardinales. Ocurre en ese momento en el que las ventanas levantan
los párpados dejando escapar pequeñas bocanadas de oscuridad. Ocurre en
ese momento en que el traje de noche se torna acuarela sobre las
dentelladas siluetadas de los edificios. Ocurre en ese momento en que
todos los bostezos saben a adagios que escapan como
espectros perezosos de cuerpos torpes. Ocurre en ese momento en que todo parece recobrar un pulso
que nunca perdió, sonido a sonido, color a color. Pero aquí apenas hay
magia. A todo lo que he escrito le sobra ciencia y la falta truco porque
es ahí, en el truco, donde está el secreto. El truco que hace que todo
esto ocurra después de una noche donde unas sábanas declinan el verbo
amar o después de una travesía siniestra de dientes apretados y lágrimas
despeñándose mejillas abajo o después de una jornada en la que te
aclamaron/autoproclamaste rey del mundo o después de una riña que
acaba con un lado de la cama mostrando la geometría del frío o después
de una fecha en la que el vacío se busca su espacio en el corazón del
tiempo o después de una maratón laboral en la que lo importante es
siempre llegar al final (del mes) o después de un remolino de horas en
blanco perdiéndose en el desagüe de unos ojos abiertos como gritos o después de que revientes el techo del cielo o después
de que bajes al infierno sin escalas o después de que la vida te cambie
unilateralmente el guión, el género y el papel o después de que te
enteres que la realidad siempre es cuestión de cifras y las expectativas
siempre lo fueron de letras o después de que te borren la sonrisa de
una hostia o después de que la suerte te pase una nota por debajo de la
mesa diciendo que le gustas. El truco que hace que sin importar nada ni
nadie, cada veinticuatro horas la página vuelva a estar en blanco, el
lienzo limpio y el marcador a cero. El truco que hace que una y otra vez
se reinicie la partida, abriéndote de par en par las puertas del "press
start", para que tú decidas si las blancas juegan y ganan, si vives de
farol o le echas dos "all in" a eso que sientes como tuyo sin serlo que
es la vida. El truco que hace que cada mañana sólo importe lo que tienes
por delante, que la victoria o la derrota, el triunfo o el fracaso, la alegría o el llanto, los
logros o las caídas, la valentía o el miedo, el éxtasis o la agonía
sean sólo participios de "vivir". El truco que hace que cada
mañana la única certeza sea que la oscuridad queda atrás. El truco que
hace que cada mañana recuerdes que, si lo tuyo es la luz, no echarás de
menos las estrellas. El truco que, como todo secreto, contiene algo que merece la pena. El truco que, en definitiva, encierra muchas
lecciones en sólo dos palabras: siempre amanece.
martes, 21 de junio de 2016
Una imagen, una pareja
Hay parejas que se mueven por inercia, como un zombi al que todo lo
humano le es ajeno. Hay parejas que subsisten gracias a un pacto de no
agresión, porque ya no quieren hacer el amor pero les da pereza
declararse la guerra. Hay parejas que perviven como una unión temporal
de empresas, en la que los beneficios se ponderan con números y no con
recuerdos ni sentimientos. Hay parejas que (se) aguantan por miedo a la
soledad, como una camaradería entre náufragos. Hay parejas que se
instalan en un búnker de excusas del que nadie puede salir y en el que
nadie puede entrar. Hay parejas que ponen el corazón en los genitales y
se quieren hasta que el cuerpo aguante. Hay parejas que viven sólo de
cara a la galería, haciendo del error una obra de arte. Hay parejas en
las que todo es guión y automatismos, porque no quieren sorprenderse con
la libertad de ser feliz. Hay parejas que funcionan por un trueque sin
más truco que el de que el amor sea el único que salga perdiendo. Hay
parejas que viven la vida como un formulario a cumplimentar porque creen
más en la burocracia del placebo que en la entropía del torrente. Hay parejas que se resignan a estar sin ser porque piensan que la vida es un premio de consolación. Hay
parejas que aparentan de más y se quieren de menos porque no hablan nada
de todo lo que deberían. Hay
parejas en las que la ventriloquía reemplaza a la complicidad porque
entienden la vida como un dictado y no como un diálogo. Hay parejas que se declinan en pantallas y teclas porque son incapaces de articular el dónde y el cuándo. Hay parejas que se quieren de palabra, se engañan por omisión, se necesitan a cobro revertido y se reprochan en diferido. Hay parejas que no se entienden porque olvidan que una relación siempre se conjuga en primera persona del plural. Hay parejas que se enredan en un bucle de gestos huecos porque no encuentran el sentido a los sentimientos. Hay parejas que huyen hacia delante habiendo sabido siempre que nunca se quisieron. Hay parejas que se construyen sobre un magma
de secretos y miradas a otra parte porque tienen pánico a la sinceridad.
Hay parejas que nacen como hospitales de campaña en los que las cicatrices
marcan la caducidad que lleva al tiempo a pedir espacio. Hay parejas que
viajan mirando al retrovisor rumbo a ninguna parte porque no tienen más
futuro que el pasado. Hay parejas tan llenas de nada que parecen
tenerlo todo porque nunca se preocuparon ni de ser ni de estar. Hay parejas que
pasan por la vida sin que la vida pase por ellos.
Pero ésta, la de la foto, no es ninguna de esas parejas. Los vi hace no mucho, en mi barrio. Estaban de pie, junto a un paso de cebra. Arreglados, sin estridencias, en las antípodas de cualquier patetismo. Estaban quietos, como orillados en el tiempo. Él tenía su brazo izquierdo puesto delicadamente sobre ella. Ella, arrimada a él, cobijada con ternura entre su pecho y su brazo. Ignoro su edad. Ignoro sus nombres. Ignoro si los volveré a ver. Lo que sí sé es que estos dos se quieren y eso lo recordaré, con la firme intención de que, en el futuro, cuando la prórroga peine las canas de mi historia, pueda como ellos protagonizar una imagen para la que siempre sobraron las palabras.
Pero ésta, la de la foto, no es ninguna de esas parejas. Los vi hace no mucho, en mi barrio. Estaban de pie, junto a un paso de cebra. Arreglados, sin estridencias, en las antípodas de cualquier patetismo. Estaban quietos, como orillados en el tiempo. Él tenía su brazo izquierdo puesto delicadamente sobre ella. Ella, arrimada a él, cobijada con ternura entre su pecho y su brazo. Ignoro su edad. Ignoro sus nombres. Ignoro si los volveré a ver. Lo que sí sé es que estos dos se quieren y eso lo recordaré, con la firme intención de que, en el futuro, cuando la prórroga peine las canas de mi historia, pueda como ellos protagonizar una imagen para la que siempre sobraron las palabras.
viernes, 5 de febrero de 2016
Maldito Heisenberg
Aquella mañana de sábado, cuando apenas quedaban unos minutos para las ocho y media, Carmelo Lasaga descubrió que Heineken y Heisenberg no se llevaban bien. Heineken, la cerveza holandesa. Heisenberg, el físico alemán. Fue justo el día después de averiguar que el gato de Schrödinger no era un gato de ficción, como pudiera serlo el de Chesire, ni tampoco era la mascota del tal Schrödinger, sino todo lo contrario. Así, tirado en el sofá, hundiendo su humanidad en los cojines moteados de extintos y distintos líquidos, con algunas gotas de cerveza aún cayendo desde su barba desaliñada hasta la chaqueta del chándal que embutía sus cien kilos de grasa, hueso y algo de carne, los únicos signos de vida que ofrecía Carmelo Lasaga se reducían al parpadeo que interrumpía una mirada perdida en la nada. Mientras, su barriga sostenía el libro de física recién terminado de leer y su mano diestra hacía lo propio con una lata de cerveza mutada en cetro de un reino de ebriedad que cuatro horas y nueve latas antes había comenzado como república sobria. Podría decirse que estaba en trance o absorto en sus pensamientos o en modo stand by o de viaje astral hacia el infinito y más allá o al borde del coma etílico. Cualquiera de esas posibilidades era verosímil a juzgar por el aspecto de cetáceo varado en playa que ofrecía Carmelo. Lo cierto es que su mente estaba al borde del colapso, con las ideas comportándose como groupies histéricas y la sinapsis próxima a tomarse unas vacaciones indefinidas. Así, mientras un hilillo de baba hacía rafting carrillo abajo, la mente de Carmelo andaba enredada en distinguir la diferencia entre el ser, el estar y el existir, en sobrevivir a una espiral nihilista de origen cuántico y escala cósmica y en intentar autoconvencerse de que era tan real como cuando emergió como el octavo pasajero de su difunta madre hacía cuarenta y seis años y una cesárea, de que Heisenberg y cía eran gente que necesitaban haber "follado más y pensado menos" (sic). Lo cierto es que una reacción así no era extraña en él, porque desde bien niño Carmelo había sido propenso a los dilemas y las calenturas intelectuales. Tanto que la psicóloga del colegio hizo años extra con él. Tanto que sus padres se plantearon seriamente si estaban ante un caso de niño superdotado o de desastre en ciernes. Tanto que su primera novia lo dejó a la media hora, cinco minutos y seis segundos de relación. Tanto que en la universidad aún había catedráticos de filosofía que pronunciaban su nombre entre susurros. Tanto que su único gato empleó seis vidas en irse a por tabaco y no volver. Tanto que tenía decenas de cuadernillos de notas repletos de reflexiones garabateadas que harían palidecer a Fernando Arrabal. Tanto que había optado por el enclaustramiento físico, social y emocional como forma de crear un sistema de certezas manejable aunque eso le hubiera acarreado una estela de cuchicheos. Hubo quien achacó todo ello a una curiosidad y afán de conocimiento que dejaba en cueros la proverbial inquietud intelectual renacentista...y quien lo explicó con un prosaico: "es tonto a conciencia". Para que tú, sí, tú, que estás leyendo esto, te hagas una idea de lo que hablo, en el largo historial de dilemas que había atravesado Carmelo Lasaga durante su vida estaban algunso como ¿Colacao o Nesquik?, ¿Cocacola o Pepsi?, ¿Héroes del Silencio u Hombres G?, ¿Sony o Nintendo?, ¿Sabina o Aute?, ¿Liga o Champions?, ¿Nike o Adidas?, ¿Beatles o Rolling?, ¿Con vello o sin vello?, ¿Star Wars o El Señor de los Anillos?, ¿Shakespeare o Cervantes?, ¿Sobremesa o portátil?, ¿Playa o montaña?, ¿Atom o Lenders?, ¿Solo o con hielo?, ¿Tyrion o Daenerys?, ¿Versión original o doblada?, ¿Gratis o pagando?, ¿En color o en blanco y negro?, ¿Rocky o Rambo?, ¿Antena Tres o Telecinco?, ¿Jordan o Lebron?, ¿Con la luz encendida o a oscuras?, ¿Javier Sardá o Andreu Buenafuente?, ¿Naturales o siliconadas?, ¿Nicholson o Ledger?, ¿Monkey Island o Maniac Mansion?, ¿Al aire libre o en cinta?, ¿Ascensor o escaleras?, ¿Follamigos o pareja?, ¿Haneke o Von Trier?, ¿Casillas o Mourinho?, ¿Cuchilla o maquinilla?, ¿Windows o Linux?, ¿Explorer o Firefox?, ¿Ronaldo o Messi?, ¿Whisky o gin?, ¿Apple o Samsung? Y como éstas, decenas más. Claro que, como su curiosidad era insaciable, Carmelo gustaba de distraer esos difíciles dilemas intentando resolver por sí solo cuestiones en las que cualquier mortal repara en su vida cotidiana como ¿Por qué son tan equívocos los anuncios que simplemente rezan "Alquilo"?, ¿Qué había en el universo antes de que hubiera algo?, ¿De dónde sale la voz femenina del tapicero?, ¿Quién y en qué momento llena los parabrisas de los coches aparcados de flyers de prostitutas orientales?,¿"Antes" se refiere al tiempo o al espacio?, ¿Por qué la jerga de actividades sexuales está llena de eufemismos metafóricos?, ¿De dónde saca Mediaset a los concursantes de sus realities?, ¿Por qué motivo siempre hay un refrán que valide justo lo contrario que propugna otro?, ¿La vida es lo que pasa mientras Antena 3 emite anuncios?, ¿La pervivencia de Kiko Rivera y Leticia Sabater es argumento suficiente para cuestionar el evolucionismo darwiniano?, ¿Por qué mucha gente utiliza la primera persona del plural para hablar de sus equipos deportivos favoritos?, ¿Existen seres inteligentes en el universo fuera del planeta tierra?, ¿Quién escribe a esos chats que surgen en la madrugada en algunos canales de televisión?, ¿Sueñan los votantes del PP con ovejas eléctricas?, ¿Cuánto material genético podría encontrarse en el teclado de un ordenador?, ¿Por qué produce placer una taza de retrete caliente?, ¿Cuál es la razón por la que ya no se hacen películas ni series "de negros"?, ¿Sería bueno ser inmortal si el resto del mundo no lo fuera?...y en este plan.
Así estaba Carmelo Lasaga aquella mañana de sábado, dudando de si existía la propia existencia, de si todo dependía de ser contemplado para poder ser real, de si la mera observación de algo ya altera la realidad, de si no había certeza absoluta posible, de si quizás una lata de cerveza más solucionaría definitivamente el embrollo...cuando desapareció. Pero no en el sentido de irse ni morirse sino en el de desintegrarse como si jamás hubiera existido, dejando que la lata que sostenía hacía unos segundos en su mano entonara un réquiem breve, ruidoso y desagradable contra el parquet. Y todo porque Dios había dejado de mirar a Carmelo Lasaga en ese preciso instante.
Así estaba Carmelo Lasaga aquella mañana de sábado, dudando de si existía la propia existencia, de si todo dependía de ser contemplado para poder ser real, de si la mera observación de algo ya altera la realidad, de si no había certeza absoluta posible, de si quizás una lata de cerveza más solucionaría definitivamente el embrollo...cuando desapareció. Pero no en el sentido de irse ni morirse sino en el de desintegrarse como si jamás hubiera existido, dejando que la lata que sostenía hacía unos segundos en su mano entonara un réquiem breve, ruidoso y desagradable contra el parquet. Y todo porque Dios había dejado de mirar a Carmelo Lasaga en ese preciso instante.
viernes, 29 de enero de 2016
El día que se acabó el mundo
Entró en su cuarto.
Cerró la puerta. Bajó la persiana. Echó la cortina. Se desvistió. Se quitó el
reloj. Apagó el teléfono móvil. Se tumbó bocarriba sobre la cama. Cerró los
ojos. Y dejó que los pensamientos se fueran, que las imágenes vinieran, que el
pasado volviera, que el presente se deshiciera, que el futuro no fuera, que la
piel se erizara, que las lágrimas asomaran, que la vida desanduviera, que el
lugar no importara, que el tiempo su respiración contuviera, que el silencio
fuera callándola, que la oscuridad la sumergiera, que el dolor la descosiera,
que la pena la traspasara, que el recuerdo como un rosal de risa y llanto floreciera,
que los sentidos fantasmas dibujaran, que las palabras se desvanecieran, que el
sueño la reclamara, que el vacío la besara, que la caída no encontrara el
final, que ya no hubiera próximo capítulo, que todo se volviera nada, que nada
importara todo, que el punto dejara de ser y seguido, que la luz se le escapara
por las venas, que la vida llegara a la última estación donde en el andén sólo
espera ya el olvido.
Cinco minutos más tarde,
su madre abrió la puerta. Su silueta quedó recortada en el umbral, proyectándose
como una lengua funesta sobre su hija. Al ver la escena, dudó si llamar a
gritos a su marido o afrontar aquello ella sola. Contuvo la respiración, buscó
las palabras adecuadas y dijo: “Tienes dieciséis años. El mundo no se acaba
porque dejes de salir con un chico. Y ponte la ropa, que vas a coger
frío”.
viernes, 22 de enero de 2016
El ruido
Cuando le despertó aquel zumbido, en su boca emergió un fantasma de
alcohol caro y sexo gratuito. Cuando le despertó aquel zumbido, la luna
hacía rato que se había quitado sus tacones de neón color pecado. Cuando
le despertó aquel zumbido, la habitación era una escombrera de siluetas
apenas perfiladas por la luz ahogada que filtraba en morse la persiana. Cuando
le despertó aquel zumbido, sus ojos se le llenaron de postales de una
noche y dos cuerpos. Cuando le despertó aquel zumbido, el cuarto aún
estaba caliente y flotaba una sensación agradable, como de pan recién
hecho. Cuando le despertó aquel zumbido, notó la casi imperceptible
respiración de ella, a su lado, cosquilleando cálidamente su espalda
desnuda en un siseo de mar en calma. Cuando le despertó aquel zumbido,
no sabía qué hora era, tan sólo que había un zumbido, un rumor molesto,
como el eco de un enjambre enfurecido, llenando el aire que hacía unas
horas habían cartografiado los suspiros y los gemidos de dos personas
colisionando sus soledades en el Big y el Bang de la carne encendida. A
esas horas, las gárgaras arrítmicas de las cañerías y el clinclán lejano
del ascensor ya habían empezado a colorear la rutina del edificio. Y el
zumbido seguía ahí. Con cuidado, se deslizó por el lateral de la cama y
se levantó, paseando a tientas su fibrada desnudez hasta la cocina mientras
decidía qué hacer de desayuno. Y el zumbido seguía ahí. Se apoyó en la
encimera, esperando que la cafetera estuviera lo suficientemente
caliente para derramar su orgasmo de cafeína en las dos tazas que
aguardaban a su lado como dos estoicas groupies. Y el zumbido seguía
ahí. Apuró el café de un trago y, en lugar de ir a asearse, o vestirse, o comprobar en el móvil la cotización de sus acciones, o chequear su cuenta de Twitter en busca críticas positivas a su última obra, o a cualquiera de las otras cosas que engarzaban su mantra mañanero, claudicó ante la curiosidad por el zumbido. Y lo buscó. Cerró los ojos y sus oídos se convirtieron en dos sabuesos buscando la trufa más molesta del mundo. Empezó a deambular lentamente de un rincón a otro, de una pared a otra, como un péndulo de Foucault con problemas de alcoholemia. Conforme pasaban los minutos el zumbido había mutado en la orquesta y coro de lo insufrible. A cada segundo, su habitual templanza y raciocinio se desvanecían para dejar paso a un Ulises obsesionado con meter billetes en el tanga de las sirenas. A cada segundo, todo lo que no fuera el zumbido le era ajeno. Como la chica que, ya despierta, sin más vestuario que un reloj comprado en Portobello, bebía en silencio el café mientras contemplaba la escena con una sonrisa en una mano y cierta incredulidad en la otra. A esas alturas, el zumbido había ganado la batalla de la atención a ese cuerpo de aspecto engañosamente delicado asentado sobre unos pies pequeños y coronado por una sonrisa traviesa que sólo hacía unas horas había sido laberinto, principio y fin. Minutos más tarde, ella estaba en la ducha, dejando que el agua tibia mandara por el sumidero los recuerdos de una noche que comenzó hablando por Chopin y acabó follando por Metallica. Pero él seguía buscando el zumbido. Minutos más tarde, ella estaba ya maquillada y vestida como recién salida del bohemio París del 68, llenando toda la casa de un aire très chic y un no-sé-qué muy cool. Pero él seguía buscando el zumbido. Perdido en su cacería de aquel horror lovecraftiano que moraba sonoro y esquivo tras las paredes. Absorto en una quimera de decibelios informes que afilaban su histeria. Ella puso su mano sobre su hombro.
- Me voy.
- ¿Eh? Ah, perdona. Ya estás vestida. ¿Te vas?
- Sí.
- ¿Al trabajo?
- ¿Dónde si no?
- ¿Lo oyes?
- ¿El qué?
- El ruido.
- No.
- Es como una batidora, quizás como una thermomix, parecido pero no igual. ¿Lo ves? Ahí está otra vez. Escucha.
- Yo no oigo nada.
- ¿Que no lo oyes? Por Dios. Lo único que no sé es de qué vecino saldrá el ruido. Es como un zumbido. ¿Me explico? Quizás sea del vecino de arriba. El runner. Quizás se esté haciendo algún batido de esos de proteínas con anabolizantes de esos. Lleva así media hora. O a lo mejor son los veganos de enfrente haciéndose un zumo. No sé. Pero de algún sitio sale.
- Me voy.
- Sí. Claro. Venga, te llamo luego.
- De acuerdo.
- Oye.
- ¿Sí?
- ¿De verdad que no lo oyes?
La puerta al cerrarse fue el único sonido que ambos oyeron.
- Me voy.
- ¿Eh? Ah, perdona. Ya estás vestida. ¿Te vas?
- Sí.
- ¿Al trabajo?
- ¿Dónde si no?
- ¿Lo oyes?
- ¿El qué?
- El ruido.
- No.
- Es como una batidora, quizás como una thermomix, parecido pero no igual. ¿Lo ves? Ahí está otra vez. Escucha.
- Yo no oigo nada.
- ¿Que no lo oyes? Por Dios. Lo único que no sé es de qué vecino saldrá el ruido. Es como un zumbido. ¿Me explico? Quizás sea del vecino de arriba. El runner. Quizás se esté haciendo algún batido de esos de proteínas con anabolizantes de esos. Lleva así media hora. O a lo mejor son los veganos de enfrente haciéndose un zumo. No sé. Pero de algún sitio sale.
- Me voy.
- Sí. Claro. Venga, te llamo luego.
- De acuerdo.
- Oye.
- ¿Sí?
- ¿De verdad que no lo oyes?
La puerta al cerrarse fue el único sonido que ambos oyeron.
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