Ocurrió ayer. Madrid. Mediodía. Calle Arenal. A escasos metros de la misma Puerta del Sol donde se confunden madrileños en tránsito, mimos variopintos transformados en islotes entre el gentío, guiris hormigueando en una fiebre de fotos y selfies, dos golfonas sacando cuartos a quien tenga el (dudoso) gusto de fotografiarse junto a sus aireadas carnes y su kitsch "I love Madrid", y unos cuantos siniestros seres de felpa con alma andina que pervierten con afán lucrativo grandes iconos infantiles en los alrededores del Kilómetro Cero.
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sábado, 16 de junio de 2018
Ópera en vaqueros
Ocurrió ayer. Madrid. Mediodía. Calle Arenal. A escasos metros de la misma Puerta del Sol donde se confunden madrileños en tránsito, mimos variopintos transformados en islotes entre el gentío, guiris hormigueando en una fiebre de fotos y selfies, dos golfonas sacando cuartos a quien tenga el (dudoso) gusto de fotografiarse junto a sus aireadas carnes y su kitsch "I love Madrid", y unos cuantos siniestros seres de felpa con alma andina que pervierten con afán lucrativo grandes iconos infantiles en los alrededores del Kilómetro Cero.
Yo me encaminaba a esa preciosa iglesia con alma literaria y olor a churro llamada San Ginés, a "agradecer" a San Judas Tadeo los servicios prestados en esa guerra sin cuartel conocida como "oposiciones". Como siempre que ando por el agobiante y masificado centro, iba con la indiferencia activada y los pies ligeros. Pero la escena que quiero destacar captó mi atención y frenó mis pasos. La "culpa" la tuvo un cuarteto formado por una pianista, un violinista, dos tenores y una soprano (no voy a entrar ahora en digresiones de si eran tenores, barítonos, soprano, mezzosoprano o contralto) vestidos como cualquier otro paisano: vaqueros y demás vestuario de camuflaje urbano. Ignoro en qué momento a los cuatro artistas les pareció una buena idea cantar ópera en el epicentro febril y populachero pero tuvieron la valentía de hacerlo. Y, oye, ni en sus mejores sueños. Ni en los míos tampoco. Una delicia. Así se puede resumir su desempeño, arte y talento. Simplemente sensacionales.
Viendo todo eso, confundido en la treintena o cuarentena de personas que rodeaban asombradas y absortas al cuarteto, me acordé de todos esos supuestos talent shows (que para mí a duras penas llegan al show y no digamos ya al talent) con los que Telecirco trufa su parrilla de programación. Me refiero a Tú sí que vales, Got talent, Factor X y demás linaje. En esos instantes, mientras el cuarteto honra la ópera con un repertorio de reconocibles "grandes éxitos", tuve la absoluta certeza de que el talento no es eso que quieren hacer creer un jurado estrafalario en medio de una escenografía hortera a propósito de unos concursantes de discutible valía sino lo que estaban demostrando estas cuatro personas y que, quizá por eso mismo, nunca veríamos a este cuarteto pisando un escenario de Mediaset. También pienso en otra cosa: cómo tiene que estar el patio para que gente tan objetivamente virtuosa se lance a la calle a mendigar atención y reconocimiento, exponiéndose a la intemperie de un posible ninguneo. Tremendo.
La multitud escucha. Los aplausos pagan. Yo reanudo mi marcha pero atrás vuelven a emerger la música y las estupendas voces de esa "ópera en jeans". A veces, la vida es maravillosa.
sábado, 6 de mayo de 2017
La magia alza la voz
No me gusta Telecinco porque me parece la cumbre de la telebasura. No me gustan los talent show porque me parece que desvirtúan el significado de la palabra "talento". No me gustan los concursos infantiles porque me parece que hacen un flaco favor a los peques. Y no me gusta el flamenco porque me parece que tiene más sentimiento que sentido. Pero anoche, las casi tres horas de final de La Voz Kids fueron un fenomenal zasca para todas y cada una de esas negaciones. La vida tiene estas cosas: te saca de un error a bocajarro. Inmediatamente se te queda cara de gilipollas. Luego te da cierta vergüenza constatar tu condición de bocazas. Y finalmente sonríes, agradecido.
No voy a reseñar ni el concurso ni la gala final con minuciosidad. Simplemente diré que derrochó sentimiento, arte y encanto tanto por lo cantado como por lo contado con y sin palabras por todos los niños y sus entrenadores. Por todo eso mereció la pena el desvelo hasta las dos menos cuarto de la mañana. Porque las lágrimas conmovedoras que pusieron el broche al desenlace del concurso compensaron el archipiélago de pausas comerciales y un inicio demasiado tardío por capricho de los programadores de la emisora. Porque esa cinematográfica historia de superación profundamente cotidiana y humana que encarna Rocío Aguilar, la ganadora, siempre es una lección que merece la pena refrescar aunque sea con nocturnidad. Porque que esa final consiguió que un tipo como yo, que está más cerca de ser un hater que un fan de estos saraos, sintiera temblar el suelo bajo su piel y se le empaparan los ojos en un par de momentos de esos que no se pueden contar sino vivir.
No voy a reseñar ni el concurso ni la gala final con minuciosidad. Simplemente diré que derrochó sentimiento, arte y encanto tanto por lo cantado como por lo contado con y sin palabras por todos los niños y sus entrenadores. Por todo eso mereció la pena el desvelo hasta las dos menos cuarto de la mañana. Porque las lágrimas conmovedoras que pusieron el broche al desenlace del concurso compensaron el archipiélago de pausas comerciales y un inicio demasiado tardío por capricho de los programadores de la emisora. Porque esa cinematográfica historia de superación profundamente cotidiana y humana que encarna Rocío Aguilar, la ganadora, siempre es una lección que merece la pena refrescar aunque sea con nocturnidad. Porque que esa final consiguió que un tipo como yo, que está más cerca de ser un hater que un fan de estos saraos, sintiera temblar el suelo bajo su piel y se le empaparan los ojos en un par de momentos de esos que no se pueden contar sino vivir.
Así que, anoche, unos cuantos peques liderados por una humilde niña y arropados por unos grandes artistas con más corazón incluso que talento consiguieron algo que parece tan imposible que resulta mágico: que ver Telecinco por una vez mereciera la pena.
jueves, 15 de noviembre de 2012
El humor es algo muy serio
Decía Mark Twain que la raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa. Y es cierto. Un arma especialmente útil en los tiempos que vivimos, días de caras grises y sueños remendados. En una época como ésta, en la que la esperanza ha hecho las maletas, la felicidad se ha quedado en saldo negativo y al optimismo le dan de hostias todos los días, lo único que nos queda es el humor.
Porque si la dificultad de hacer reír es algo que siempre se ha dicho, hacerlo en una crisis como ésta, es algo propio de héroes. De héroes del ingenio, del talento. Héroes por accidente tal vez, pero héroes. Personas sin más pretensiones que las de ser ellos mismos y hacer lo que les gusta. Y trabajar duramente para lograr ambas cosas. Gente como Joaquín Reyes e Impromadrid teatro.
Y esto no es hablar por hablar ni halagar gratuitamente. Cualquiera que haya seguido la trayectoria televisiva de Reyes o la escénica de Impromadrid lo saben. Igual que lo saben quienes, como yo, asistieron por el coloquio que mantuvieron el pasado martes (una fecha mítica para el humor español) en el Espacio Fundación Telefónica.
Como principales lecciones del coloquio, me quedo con dos. Una: de nada sirve tener talento, ingenio o gracia si no lo trabajas y sacas a la luz con horas y horas de trabajo y esfuerzo, porque todo, hasta lo que parece "improvisado", requiere mucho trabajo. Y dos: el humor no consiste en salir ante un público y hacer el tonto o el gilipollas o lo que tú crees que va a hacer gracia, sino en trabajar una habilidad respetando la inteligencia del espectador, estando dispuesto a hacer sacrificios, a echarle narices y a aprender de los fracasos y las críticas.
Y es que, en ocasiones, se aprende más y mejor del bufón que del rey.
domingo, 7 de octubre de 2012
El talento de mentir verdades
Contar una mentira y que la crean como verdad. Contar una ficción y que la asimilen como real. Crear pensamientos, sensaciones, recuerdos y sentimientos con algo que no existe ni jamás lo hará. Todo ello es cuestión de talento o de "ingenio", o de "creatividad" o de "imaginación" o de cualquiera de sus trasuntos. Exactamente lo mismo que se le presupone y exige a los artistas. Así que se podría decir que engañar es todo un arte o, siendo más transgresor, que el arte es saber mentir.
Quizás por todo ello, de todas las Artes, la Literatura y la Cinematografía sean las que más puramente trabajan con la mentira. Y lo hacen para contar verdades porque, en ocasiones, la ficción es el camino más corto a la realidad. A la más íntima, esencial y depurada: la que hay dentro de cada uno de nosotros. Tal vez esa sea la razón por la que hay libros y películas, pasajes, escenas y personajes que nos acompañan durante toda la vida. Porque esa ficción, esa mentira que unos contaron y otros leyeron o vieron, una vez dentro de nosotros se desnuda quedándose en certeza, en verdad, en real. Y así se queda para siempre.
Al leer una novela o ver una película se produce un juego de engaños: el del autor (escritor/director) al disfrazarnos de mentiras cosas que en esencia son reales y el del receptor (lector/espectador) al desconectar el piloto automático de su propia consciencia para dejarse llevar. Quizás este juego de engaños acerca el arte de contar historias a la magia. Quizás es que contar historias, narrar ficciones, ya se literaria o cinematográficamente, tiene mucho de mágico. Puede ser. Sólo así se explicaría que alguien, mientras lee una novela o ve una película, sienta lo que siente y llene su mente de pensamientos y reflexiones con algo que simplemente no ha ocurrido ni ocurrirá pero que nos hace entender mejor el mundo en que vivimos y la vida en la que estamos.
Porque tal vez el mayor propósito de la ficción, literaria o cinematográfica, sea ése: revelarnos qué somos, cómo somos y dónde estamos. Es decir, dar cuenta de la vida en toda su contundente e infinita ambigüedad, reflejar toda la luz y la sombra que hay en la vida y en nuestras vidas. Y hacerlo a través de una mentira para así sortear la trinchera de los prejuicios, las filias y las fobias que filtran y componen el mundo a nuestro gusto.
Y eso, mentir verdades, engañarnos para enseñarnos, perdernos para encontrarnos, mostrar la vida como es y no como nos gustaría que fuera es algo que, además de talento, requiere valentía y honestidad. Talento, valentía y honestidad. Cualquiera de esas tres cualidades convierten al artista que narra ficciones novelescas (escritor) o cinematográficas (director) en alguien interesante. Tenerlas las tres, lo convierten en alguien especial. Si además de eso le añades juventud, lo acercan al terreno de los genios.
Y tal vez este artículo no sea más que un laberinto de ideas y reflexiones de quien tiene en la literatura y el cine sus dos mayores pasiones. La cháchara de alguien que sueña con escribir novelas o dirigir películas. Pero sí sé que si alguien quiere entender qué estoy diciendo, lo tiene muy sencillo: leer cualquier novela de Andrés Barba, que se adentra con sencillez y gran belleza en algunos de los rincones más sórdidos de la existencia, o ver cualquier película de Rodrigo Cortés, cuyos films son una frenética aventura en busca de la verdad como forma de rebelarse contra un mundo cada vez más deshumanizado. O si, lo prefiere, que se pase el 9 de octubre por el coloquio en el que intervendrán en el Espacio Fundación Telefónica. Y, quizás, aprenda a mentir verdades o, en el peor de los casos, a dejarse convencer por el talento.
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Categoría: Cine, Cultura, juventud, Literatura, sociedad, talento
viernes, 7 de septiembre de 2012
El talento de ser uno mismo
¿Qué es la personalidad? Pues, básicamente, aquello que nos hace ser quienes somos y como somos; nuestro ADN no biológico. ¿Qué es tener personalidad? Ser como somos y queremos ser...pero también una forma de complicarse la vida. ¿Por qué? Porque hoy en día ser uno mismo no es fácil y no lo es porque vivimos en una sociedad propensa a castrar la singularidad, a homogeneizar todo para que nadie destaque, a hacer de la mediocridad un estándar. Se ha extendido como un veneno la percepción del talento como una amenaza, de la autenticidad como subversión, de la personalidad como un problema a cauterizar. Ser uno mismo o pretenderlo te coloca casi automáticamente en la lista de forajidos laborales, de proscritos sociales que viven a la sombra de prejuicios y normas. Estamos en un entorno en el que lo más sencillo y narcotizante es
hacer lo que te dicen o lo que esperan de ti o lo mismo que hacen otros. Esta sociedad parece penalizar la originalidad y la diferencia. Es un ambiente donde el individuo se ha
convertido en un leño para la hoguera y no en un recurso para crear,
mejorar, progresar e innovar.
Por eso la personalidad, es decir, definir nuestra identidad, consolidarla y exhibirla ante cualquier persona y circunstancia, es un ejercicio temerario de honradez íntima en este mundo en que hasta el hecho de "dar la nota" tiene que obedecer a un canon o responder a unas expectativas fijadas por otros. Dicho de otra manera: ser un maniquí laboral o un títere social es más cómodo e indoloro que ser uno mismo, pero también es el atajo más rápido al más absoluto vacío profesional y/o personal. En cambio, ser quien eres, quien tú y sólo tú quieres ser, es surfear un tsunami de impedimentos y corsés, pero también el camino más fácil hacia el éxito. Cualquier cosa que implique no renunciar a ser tú es un triunfo gracias a esta sociedad de etiquetas y dictados.
Quizás esto que estoy diciendo, esta crítica no es más que otra de esas mentiras que nos han inoculado con tal de que de nos dé pereza intentar hacer lo que queremos o lo que se nos da bien. Quizás es que nos han engañado haciéndonos creer que apostar por uno mismo es una jugada demasiado arriesgada.
Porque lo cierto es que la realidad, esa que a simple vista está sumida en la mediocridad y en la despersonalización, nos brinda ejemplos de gente que ha hecho de su personalidad el primer síntoma evidente de talento. Personas que no sólo se atreven a pensar lo que ellos quieren sino a mostrar lo que ellos son: distintos, únicos, singulares. Humanos. Personas indiferentes a prejuicios, augurios y clichés. Personas que dedican su tiempo a realizar sus propios sueños y no a cumplir expectativas impuestas. Personas que hacen de su look su mejor tarjeta de visita y de sus actos su mejor declaración de inteciones.Personas que se atreven a ir un paso más allá, a hacer algo nuevo, a no conformarse. Personas para las que la juventud no es un problema sino un argumento para el atrevimiento. Personas que se arriesgan a ser ellas mismas...y triunfan.
¿Qué ejemplos son esos? Pues casos como David Muñoz, que ha trasladado su singular personalidad a los fogones, convirtiendo su restaurante Diverxo en todo un referente de la gastronomía innovadora. La autenticidad se siente y, en este caso, se come. ¿El premio? Tener en su haber, con su juventud, dos estrellas Michelín. O como Josef Ajram, un joven para el que los límites sólo empiezan cuando dejas de creer en ti mismo, como se encarga de demostrar tanto en la Bolsa (es day trader) como en el deporte(es atleta de ironman). Dos ejemplos de triunfadores para los que lo importante no es el "qué dirán", sino el "qué tengo que decir".
Ambos, Muñoz y Ajram, han dejado que su personalidad se traslade desde su mente hasta su trabajo pasando por su cuerpo. ¿Será ésa una de las claves de su éxito? ¿Hay que conformarse con hacer lo mismo cuando se puede hacer distinto? ¿Hay que resginarse a hacerlo igual cuando se puede hacer mejor? Quizás las respuestas a éstas y otras preguntas las escuche el próximo martes, en el coloquio en el que participarán en Madrid. Y quizás, con la que está cayendo, sea más necesario que nunca escuchar qué tienen que decir gente que ha hecho de ser uno mismo un auténtico talento. Y es que, respondiendo a la pregunta con la que comenzaba este artículo quizás, la personalidad, como el éxito, consiste en atreverse a ser diferente.
miércoles, 27 de junio de 2012
¿Problemas? Una cuestión de perspectiva
Mira a tu
alrededor. Todo o casi todo lo que ves ha sido imaginado, pensado, diseñado por
alguien. Alguien que no sabe nada de ti y al que probablemente nunca conocerás
pero cuyas creaciones forman parte de tu vida más cotidiana. Alguien que, al
igual que el escritor, se enfrenta al reto que supone un papel en blanco.
Alguien que, como el músico, el pintor o el escultor o cualquier otro artista,
convierte su talento y creatividad en algo que legar y compartir con el resto
de la sociedad. Alguien que, desde la mesa de un estudio, es capaz de cambiar el mundo tal y como lo conocemos.
Personas que miran
de una forma distinta, original. Personas para las que un espacio vacío es a la
vez un desafío y un infinito de posibilidades. Personas que crean con la mirada.
Personas que entienden que, en ocasiones, un cambio personal o profesional
comienza por mirar las cosas desde una perspectiva distinta. Personas que son
capaces de transformar la estética y la
utilidad en percepciones y sensaciones que definen nuestro día a día.
Personas que hacen del tándem crear/mejorar la base de su trabajo.
Ellos idean y
construyen tanto los escenarios en los que transcurren nuestras vidas como todo
el atrezzo que utilizamos en ellas.
Ellos se definen a través de los inmuebles y objetos que crean y que, a su vez,
nos caracterizan a cada uno de nosotros. Ellos son los que dan rienda suelta a
toda su expresividad desde la técnica.
Ellos son los que crean y recrean el mundo en que vivimos.
Son los arquitectos
y los diseñadores. Artistas de la geometría que influyen, casi
inconscientemente, en todos nosotros. Talentos para los que los problemas son
sólo una cuestión de perspectiva. Gente como el arquitecto Andrés Jaque
o el diseñador Borja García,
dos jóvenes españoles, premiados nacional e internacionalmente, que en un contexto
tan crítico como el actual, en el que el futuro profesional de los jóvenes en
nuestro país está en entredicho, son el vivo ejemplo de que un callejón sin salida es el mejor lugar para crear y construir una
puerta abierta.
Y si alguien no me
cree, mejor que se pase el martes
3 de julio, a las 19:00h, por el Espacio Fundación Telefónica,
para escucharles en el segundo coloquio del ciclo Friends of
Talent. Una buena oportunidad para refrescarse del calor…y del
pesimismo.
viernes, 15 de junio de 2012
¿A qué suena el talento?
“Dos chicos que se
rebelaron contra su presente y construyeron su futuro”. Así presentó la periodista Sonsoles Ónega el pasado martes a dos de los nombres propios de la(r)evolución de la música en España: Pablo Alborán y Roberto Carreras. Los
tres fueron los protagonistas del primer coloquio del ciclo Friends of Talent, organizado por el
Espacio Fundación Telefónica. Un evento que contó con el apoyo de 965 espectadores y que generó un
intensísimo debate en Twitter, llegando a ser trending topic en Madrid
y España. Un coloquio lleno de ideas interesantes, frescas y honestas; de
argumentos para utilizar el optimismo como herramienta de trabajo; de razones
para creer que triunfar profesionalmente es posible sin renunciar a los sueños
personales.
¿Qué es el éxito
para dos triunfadores como ellos? Para Pablo, poder trabajar durante toda la
vida en lo que te gusta y dignamente. Para Roberto, la felicidad entendida como
hacer cada día algo que te motive y
te haga escapar de la rutina. Pero…¿qué hace falta para tener éxito? En opinión
de los ponentes, hay varios elementos clave a la hora de tener éxito:
- Talento.
- Ganas constantes de aprender y mejorar.
- No tener miedo a arriesgarse.
- Paciencia.
- Rodearse de personas que compartan contigo la ilusión y las ganas de trabajar.
Igualmente, del
mismo modo que reflexionaron sobre el “éxito”, Pablo y Roberto coincidieron en
señalar que el “fracaso”, el “no” forman parte del aprendizaje y la evolución
profesional y que cada experiencia
fallida es una oportunidad de hacer las cosas mejor que antes.
La crisis,
omnipresente en la actualidad, también se coló en el coloquio. Para Pablo, en
una situación como la que vivimos, es fundamental no perder la pasión,
destacando que lo grave no es tanto
estar en crisis como no tener algo por lo que luchar. Roberto coincidió con
su compañero, apuntando que lo que nos tiene que impulsar ahora más que nunca
son las ganas de querer hacer cosas. Ambos señalaron que para aprovechar las
oportunidades que paradójicamente se abren en un contexto como el actual es muy
importante tener una actitud creativa y saber aprovechar las herramientas que
tenemos a nuestro alcance, como, por ejemplo, Internet y las redes sociales,
entendidas éstas no ya como un magma impersonal sino como un punto de encuentro
entre personas. En ese sentido, Roberto Carreras no dudó en afirmar que “Internet no está lleno de piratas; está
lleno de talento”. Por su parte, Pablo Alborán apuntó que las redes
sociales son un lugar donde puedes crecer, compartir, aprender la perspectiva
del otro y donde descubrir nuevas ideas, lo cual convierte a las redes sociales
en una herramienta de trabajo, si bien señaló que “no se puede vivir sólo de un
vídeo en Youtube”.
En cuanto a los
consejos que les ayudaron a crecer profesionalmente, Pablo afirmó que nunca hay que ser conformista, hay que buscar
mejorar sin por ello dejar de disfrutar del presente. En la misma línea,
Roberto indicó que uno de los consejos que más le han marcado fue “Es mejor se
cabeza de ratón que cola de león”, entendido como no obsesionarse con tener éxito cuanto antes sino en ir paso a paso
y disfrutando de lo que estás haciendo en cada momento.
Así que, respondiendo
a la pregunta que titula este post, después del coloquio de Pablo Alborán y
Roberto Carreras se puede decir que el talento suena a esfuerzo, a creatividad,
a ilusión, a sensibilidad, a humildad y, especialmente, honestidad.
En definitiva, el
primer coloquio del Friends of talent
fue un evento muy ameno e interesante (mérito de Sonsoles, Pablo y Roberto) en el que el debate fue muy intenso a un lado y otro de la
pantalla y que dejó a todo el mundo con muy buen sabor de boca…Por suerte, el
ciclo no ha hecho más que comenzar. La próxima cita con el talento y el esfuerzo,
el martes 3 de julio.
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Categoría: Cultura, juventud, sociedad, talento, Tecnología, Trabajo
sábado, 9 de junio de 2012
La (r)evolución de la música
A veces, un pequeño gesto, una idea íntima se convierte en la solución a un gran desastre. Un desastre como el que afecta a la industria musical española. Una industria que, por lo general, ha dedicado más esfuerzo a buscar culpables fuera (piratería, descargas ilegales...) que dentro (los dioses del Olimpo no son dados a la autocrítica). Una actitud errónea, en mi opinión, porque la industria musical debería haberse dado cuenta de que su crisis se debe a causas propias como el desgaste que supone escuchar lo mismo y a los mismos una y otra vez, el precio de los cedés (ese objeto que ya casi es pieza de museo), la falta de oportunidades para los nuevos artistas, la actitud despótica respecto a sus principales consumidores (todo para los jóvenes, pero sin los jóvenes), la excesiva promoción de artistas de calidad más que discutible, la ausencia de ideas e iniciativas que rompan la inercia musical y promocional, el empecinamiento de sus responsables en defender un modelo de negocio desfasado respecto a la sociedad conectada en la que vivimos, la actitud victimista de algunas estrellas...
Lo curioso es que, precisamente, dos ejemplos de solución a los problemas de la música en España han surgido de Internet, demostrando que, lejos de ser un bastión de piratas violadores de los derechos de autor, es un punto de encuentro lleno de posibilidades.
El libre y espontáneo intercambio de opiniones desinteresadas de personas distintas geógrafica y culturalmente, la democratización global de las oportunidades, el enrequecimiento multidireccional al que se ve expuesto cualquier contenido online, la fiabilidad del implacable proceso de "selección natural" a la que está sometida cualquier cosa que se cuelgue en la red, la difusión masiva e instantánea, la posibilidad de trabajar o colaborar con toda clase de gente en cualquier momento y lugar y en tiempo real...Internet, más que una fosa séptica de maleantes del copyright, es un géiser de posibilidades y utilidades fantásticas que no hay que minusvalorar. Y esto es algo que entendieron muy bien dos personas: Pablo y Roberto.
Pablo: En los tiempos que corren, ya no es necesario mendigar la atención de las productoras peregrinando de una a otra con una maqueta para tener una oportunidad. En los tiempos que corren, Internet se ha convertido en una ventana al talento íntimo y personal de cualquier artista y en un escaparate fantástico desde el que darte a conocer masivamente y a coste cero (o casi). En los tiempos que corren, nada ni nadie condiciona que te guste algo o no: lo buscas en Internet, lo lees/ves/escuchas y entonces tú decides. En los tiempos que corren, Internet es el mejor lugar para tasar el talento en estado puro, en bruto, sin arreglos ni trucos. En los tiempos que corren, no hace falta irte a ningún estudio ni plató para dar rienda suelta a tu potencial, a tu talento, a tu sensibilidad; gracias a Internet, lo puedes hacer en tu casa.Y eso lo entendió muy bien el chico de este vídeo:
El resto, ya es historia. La historia de un triunfo apabullante conquistado a base de humildad, esfuerzo y talento. La historia de Pablo Alborán.
Los casos de Pablo Alborán y Roberto Carreras son dos buenos ejemplos para ilustrar lo que decía al comienzo del artículo:un pequeño gesto, una idea íntima se convierte en la solución a un gran desastre. Y es que, con todo merecimiento, ambos son dos nombres propios de la (r)evolución que está cambiando la música en España. Dos ejemplos de que el talento y la juventud no están reñidos con el éxito. Dos personas con algo que contar y que decir y a las que escucharé en un coloquio que promete mucho: el del ciclo Friends of Talent del próximo martes.
miércoles, 6 de junio de 2012
Oz a la vuelta de la esquina
Todo va mal. El
mundo se acaba. No hay futuro. Próxima estación: Apocalipsis. Desde hace años
vivimos en un estado permanente de “se acabó lo que se daba” que los medios de
comunicación se encargan de recordarnos un día sí y otro también. Un panorama
emocional que convierte la cama en el mejor lugar en el que podemos estar, no
vaya a ser que al poner un pie en el suelo nos lo devore la prima de riesgo o
que al caminar por la calle nos unamos a la cola del paro, como una conga diabólica
y eterna.
Yo no sé si los
mayas predijeron este ambientazo de funeral o si la culpa de todo esto es de
los políticos, los mercados, los bancos o de los illuminati. Lo que sí sé es que los jóvenes en general y los
españoles en particular lo último que necesitamos es que nos hagan sentir como
si nuestro futuro estuviera escrito en un acta de defunción. Es cierto que la
situación no es para tirar cohetes, que las perspectivas no son para descorchar
champán (o cava), que quizás estamos en medio de una tormenta perfecta donde
las malas noticias caen como chuzos de punta. Pero no menos cierto es lo que
decían en una película de culto: “Nunca llueve eternamente”.
Hasta hace poco, me
costaba mucho creer que sólo les iba bien a quienes se iban fuera de España a
buscarse la vida, entendiendo por “fuera” la residencia de cualquier tipo al
que se le pague un dineral por venir aquí a darnos una charla con traducción
simultánea para que nos descubra el Santo Grial. Desde hace unas semanas, directamente,
no me lo creo. Me niego a creer que el camino de baldosas amarillas te lleva
necesariamente a Berlín, París, Londres o Nueva York. Y me niego no por un
optimismo tonto y sin fundamento, sino porque tengo argumentos para pensar
diferente. Argumentos que se llaman Pablo, Roberto, Borja, Andrés, Diego, Josef,
Rodrigo...Razones para creer que Oz puede estar a la vuelta de la esquina. Que el
éxito puede ser tu vecino.
Y si alguien no me cree,
más vale que no se pierda el ciclo
Friends of talent, porque, a lo mejor...empieza a pensar como yo.
jueves, 14 de julio de 2011
Talento, cambios y…Ratatouille
El pasado viernes 8 tuve la oportunidad de ver el evento “Thinking Party 2011”, una más que interesante jornada en la que un variopinto grupo de conferenciantes procedentes de distintas disciplinas profesionales ejemplificaron con sus vivencias y pensamientos que no existe una realidad única y objetiva, sino un rico y heterogéneo compendio de realidades subjetivas conformadas por la percepción y las experiencias de cada persona, como resumió perfectamente el filósofo Ortega y Gasset cuando dijo: "Hay tantas realidades como puntos de vista". Una aseveración que va directa contra la línea de flotación de quienes se creen en posesión de verdades incuestionables u opiniones irrefutables y que abre las puertas del éxito a quienes quieren triunfar personal y profesionalmente sin renunciar a todo aquello que le hace ser quien es.
Lo cierto es que jornadas como la “Thinking Party 2011” permiten comprobar gratamente cómo el talento puede anidar en cualquier parte, independientemente de la edad, el físico, la formación y el desempeño profesional. Por lo cual, el problema no es si hay talento o no, sino el trato que se le da. Actualmente, hay quien prefiere cercenar al talento para convertirlo en mera eficacia, desestimarlo a favor de “lo convencional” a la hora de educar, travestirlo de normalidad para evitar la diferenciación, disolverlo en rutinas, ahogarlo en trámites burocráticos y/o, directamente, ningunearlo por considerarse un rasgo “subversivo”. Por eso, da gusto escuchar testimonios de personas que, gracias a que alguien confió en ellas para darles una oportunidad o a que se la crearon por sí solas, han triunfado haciendo de su talento su herramienta de trabajo. ¿Pero qué es el talento? Quizás sea la cualidad para realizar bien una tarea o actividad, quizás sea la capacidad para hacer algo que los demás no hacen, quizás sea la creatividad para convertir lo inesperado en éxito, quizás sea la voluntad de querer ser distinto sin que ello signifique ser “más” o “menos”…quizás sea todo ello. Y esto me lleva a recordar cierta frase de una fantástica película, "Ratatouille", producto de una empresa donde, por cierto, la confianza en el talento es santo y seña como es Pixar: “El mundo suele ser cruel con el nuevo talento, las nuevas creaciones; lo nuevo necesita amigos”. Bienvenidos sean pues escaparates como este evento en los que se permite mostrar, reivindicar y compartir el talento sin miedos, complejos ni restricciones.
Llegados a este punto, conviene añadir que la “Thinking Party 2011” supuso el broche al ciclo de conferencias “Entendiendo los cambios”, organizado por Fundación Telefónica, y que a lo largo de este año y de la mano de destacados ponentes internacionales ha analizado desde distintas perspectivas esta sociedad asentada en la constante y mutante vanguardia que habilitan las nuevas tecnologías. Unas conferencias que se podrían cristalizar en las siguientes reflexiones:
- Si te centras en lo que dejas atrás, no podrás ver lo que tienes delante.
- Lo único predecible es que la vida es impredecible.
- El cambio está en nosotros.
Unos conceptos francamente interesantes y que cuya procedencia no hay que buscar en grandes estrados sino, de nuevo, en el maravilloso film "Ratatouille". Pero, volviendo al ciclo, lo que queda claro es que no hay que tener miedo al cambio o a los cambios, sea cual sea el contexto del que hablemos. Y ése es, junto con el trato del talento que comentaba arriba, otro de los grandes problemas de nuestro tiempo: el enorme recelo que despierta todo aquello que signifique novedad, ruptura, innovación. ¿Por qué? Porque no todo el mundo tiene la apertura de miras ni/o el coraje personal suficientes para ver en los cambios oportunidades para mejorar y disfrutar con algo nuevo. Si todo el mundo fuera reacio a cambiar o a permitir los cambios, hoy seguiríamos en cuevas vestidos con pieles y pintando rocosas paredes. Pero, por suerte, no es así y hoy podemos hablar del futuro, al igual que se ha hecho en el ciclo “Entendiendo los cambios”, como algo incierto pero excitante y lleno de oportunidades. Porque es en el futuro donde está la progresión, la evolución y el crecimiento. Porque es en el futuro donde podemos construir nuestras metas, proyectos e ilusiones. Porque es en el futuro donde podemos ser mejores de lo que somos. Porque es en el futuro donde nos esperan nuevos retos que podemos convertir en razones para ser optimistas.
Por todo ello, yo si alguien me pregunta “¿A dónde vas?” haré mía la frase de "Ratatouille" y responderé: “Con suerte, hacia delante”, porque, como dice Anton Ego, “lo nuevo necesita amigos”.
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