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lunes, 19 de junio de 2017

Bestias de 140 caracteres

Soy animalista y por eso reclamo y defiendo que todo animal tenga, como mínimo, el mismo respeto y la idéntica consideración que cualquier ser humano que, las cosas como son, no deja de ser otro animal. 

Igualmente, no soy taurino, primero porque eso sería absolutamente incompatible con mi amor por los animales y segundo porque estoy en total desacuerdo con muchas de las reivindicaciones y los argumentos esgrimidos por los taurinos en su defensa del toreo, toda vez que no creo que éste sea un arte ni mucho menos cultura ni tengo por héroes a quienes se ponen delante de esas preciosas moles con cuernos (la temeridad voluntaria y con afán lucrativo no tiene nada que ver con el heroísmo). Lo respeto como muchas otras tradiciones que hay, aunque me pueda parecer una astracanada anacrónica y rancia. Por eso no me considero "antitaurino", porque tal palabra me parece que conlleva una beligerancia que en mi caso no existe. Simplemente no me gusta ni tiene nada que ver conmigo. De aberraciones como el Toro de la Vega ya mejor no hablo...

Pero que sea animalista y no me guste el toreo no significa que me alegre ni celebre la muerte en cualquier plaza o coso de un torero. Digo esto porque conviene extraerse de esa polarización interesada y disparatada en que ha devenido la polémica entre animalistas y taurinos según la cual o celebras la muerte de un torero o celebras la muerte de un toro. Pues no. No me alegro ni de la una ni de la otra. Ambas revisten idéntica pena y ninguna gloria. En general, la vida de cualquier animal (y el ser humano no deja de ser una de las muchas especies que hay en el planeta) me parece valiosa y digna...salvo repugnantes excepciones en el bando humano entre las cuales obviamente no están los toreros. ¿Que me puedo alegrar por la muerte de un ser humano? Pues sí, si ese humano es un terrorista o un asesino o un violador o un pederasta o un pedófilo o un maltratador o un dictador, por citar algunos ejemplos. ¿Que salvaría al más nimio animal antes que a un ser humano? Sí siempre y cuando ese humano fuera un perfecto hijo de pu*a. Pero, fuera de eso, el hecho de alegrarse por la muerte de alguien sólo porque no concuerda con tus ideas o intereses o filias me parece algo que te desacredita hasta tal punto que alcanzas la misma valía que los rescoldos parduzcos que quedan en la escobilla de un retrete público. Alegrarse o celebrar la muerte de una persona no se sostiene ni ampara bajo ninguna ideología o credo sino bajo la simple y pura maldad y/o locura. Punto. Supongo que soy un animalista paradójico visto lo visto.

Por eso, a esa banda de energúmenos y malparidas que se han ensañado con la muerte de Iván Fandiño con la misma repulsiva ligereza que lo hicieron en su día con la de Víctor Barrio sólo puedo desearles lo mismo que deseo a quien disfruta con el sufrimiento o la muerte de cualquier animal: un dolor infinito. Hay que ser muy cobarde y vil para soltar tanta basura en las trincheras virtuales de las redes sociales en general y Twitter en particular, redes a las que el lado oscuro del ser humano está pervirtiendo hasta tal punto que se están transformando en una suerte de Corte de Monipodio donde la gentuza campa a sus anchas dejando un reguero de salvajadas a su paso.

En definitiva, que cada día que pasa se hace más imperiosa la necesidad de que se regule legalmente la protección de todo animal...y la persecución contra quienes se comportan como auténticas bestias en 140 caracteres. Y sí, descanse en paz Iván Fandiño.

sábado, 11 de marzo de 2017

De lobos y hombres

"Hay un placer mejor que matar: dejar vivir". Con esta memorable frase de James Oliver Curwood concluye esa obra maestra que es El oso (1988, Jean-Jacques Annaud) y empieza este artículo, un post en el que no aparecen plantígrados pero sí cazadores y gente dispuesta a reivindicar la vida de animales salvajes como son los lobos.

Lo escribo a raíz de la polémica suscitada reavivada estos últimos días en torno a la asociación Lobo Marley, contra la que la Justicia se está empleando con un esmero que brilló por su escandalosa ausencia en casos infinitamente más graves como el del matrimonio Urdangarín Borbón o los golfos de las black, lo cual no deja de ser un agravio y un despropósito si tenemos en cuenta el hecho litigioso: la gente del Lobo Marley echó a perder en 2014 unos chiringuitos rústicos a unos cazadores con el loable pretexto de evitar que dieran injusto y cobarde matarile a lobos.

Yo no voy a hablar hoy de la Justicia en España porque ya lo hice en otro artículo no muy lejano en el tiempo. Baste decir que es como un mal jugador de fútbol: lenta, torpe y errática. Tampoco quiero explayarme demasiado hablando de forma genérica sobre ese gremio de personas que en pleno siglo XXI defienden un actividad excusable en el paleolítico como es la caza: simplemente diré que si estas luminarias de la civilización de escopeta en ristre y raciocinio encasquillado  quieren hacer algo útil con su vida y
su afición a dar pasaporte a seres vivos, mejor harían en ir a Raqqa para enviar al Hades a unos cuantos hijos de pu*a cuya muerte saldría más a cuenta que la de unos animales que se limitan a ser lo que son: seres libres y salvajes que se buscan la vida como pueden y saben. Aunque mucho me temo que esta gente anda escasa de valentía en su canana y seguirá construyendo subterfugios y excusas con las que solucionar a tiro limpio carencias más severas que su falta de sensibilidad, porque lo de sentirse más hombres teniendo algo duro e inorgánico entre las manos es digno de Freud o diván argentino. Y conste que respeto a los aficionados a la caza del mismo modo que respeto a quienes, por ejemplo, sean sadomasoquistas practicantes o feligreses de la Cienciología o asociados de Hazte Oír: los respeto pero su "rollo" no va conmigo.

Por eso, en lugar de jueces y cazadores, prefiero hablar aunque sea brevemente de lo que los fanáticos de la caza han calificado como "ecoterrorismo" (será que lo de los cazadores es pintar lienzos como Velázquez); es decir, de la acción de desbaratar los puestos cinegéticos protagonizada por Lobo Marley y que ha desembocado en todo este embrollo. Yo no dudo que eso, con la ley en la mano, sea un acto punible: lo es. Como lo fueron en su día las acciones en contra de la esclavitud o la discriminación racial o la censura: la Historia está llena de delitos a los que el tiempo y la Ley acabaron por dar la razón. Y éste, en mi opinión, es uno de ellos.
 
Con la misma honestidad que he empleado hasta ahora, digo que el vídeo utilizado por esta asociación para acompañar su llamamiento en redes sociales ante las severas penas que se ciernen sobre ella por estas acciones fue una soberana torpeza como medio (en el vídeo se tomaban por lobos españoles a coyotes americanos y honra a Lobo Marley el comunicado reconociendo el tropiezo) pero muy adecuado para su fin (epatar al receptor y apelar a su sensibilidad y conciencia ante una práctica cruel y absurda). Dicho de otra manera: con su llamamiento en redes Lobo Marley erró el tiro pero dio en la diana. Por eso, con independencia o no de si consiguen fondos suficientes para afrontar la fianza de 50.000 euros (ojalá que sí), la asociación ha conseguido con este desgradable trance alzar la voz y captar la mirada sobre una realidad aberrante que puede y debe ser erradicada, sin importar cuánto tiempo sea necesario para ello.

No obstante, para mí, lo más interesante de esta polémica, más allá de la gravedad de los hechos que la integran, está en el problema de fondo: la destructiva injerencia del hombre en los asuntos de la Madre Naturaleza, la cual lleva milenios demostrando su magistral autogestión y un preciso dominio de la entropía, realidad que el ser humano se pasa por el forro con su infinitas ignorancia y soberbia. En ese sentido, resulta casi hilarante el argumento de no pocos bocacartuchos según el cual la caza sirve para hacer ajustes de plantilla en la fauna en beneficio de todos. No, hijos, no: la caza sirve en primera instancia para matar y luego en segunda instancia (y no siempre) para alimentar un estómago vacío como el cerebro de un necio y/o para alimentar un siniestro estilo decorativo. La Naturaleza se basta y se sobra para que todo esté como tenga que estar y no necesita subalternos y menos si son unos cazadores. Ese argumento falaz del "ajuste" se asienta sobre una hipocresía tremenda: si hay desequilibrios o anomalías en la fauna o flora se debe a que la relación del hombre con la naturaleza es, grosso modo, la misma que existe entre un elefante y una cacharrería. Si hay problemas con los lobos no es porque estos animales se hayan inmiscuido en el mundo de los hombres sino porque fue el hombre quien un mal día decidió inmiscuirse en el mundo de los lobos. Punto. Los lobos sólo tienen afán de putear en los cuentos de hadas, fuera de ellos, los únicos que tienen ganas de tocar lo que no suena son los homínidos que los diezman o les arrebatan su hábitat o les impiden sobrevivir de acuerdo con su naturaleza salvaje. Tan sencillo como eso. Por eso son necesarias asociaciones como Lobo Marley y personas como las que la integran: para sacar la cara y luchar por el derecho a la vida y la libertad de quienes sin ser humanos se merecen, como mínimo, el mismo respeto que si lo fueran. En ese sentido, quiero hacer una mención especial a Luis Miguel Domínguez, mediático naturalista y mascarón de proa del Lobo Marley: en mi opinión, huérfanos del gran Félix Rodríguez De la Fuente, pocas personas han sabido en España divulgar más y mejor sobre el tesoro natural que Domínguez: su pasión en el desempeño y su habilidad para convocar la curiosidad y el amor por "lo natural" merecen protagonizar noticias y no precisamente de tribunales. En tipos como este hombre, los amantes de la naturaleza siempre tendremos un cómplice honesto y los animales un buen amigo.

Acabo ya. Mañana domingo, en Madrid, al mediodía, varias entidades, entre ellas Lobo Marley, abanderan una manifestación en defensa del lobo ibérico. Deseo de corazón que sea un éxito porque somos muchos los que, como yo en este artículo, pedimos la voz y la palabra para defender y luchar por la Vida en cualquiera de sus formas. Eso sí: puestos a elegir, tengo claro que ningún animal merece morir; con los seres humanos ya no lo tengo tan claro en algunos casos. De todos modos, dejando al margen el frentismo al que nos aboca la sinrazón humana, ojalá llegue el día en que nosotros o nuestros hijos o nuestros nietos no tengan que acordarse de la frase de James Oliver Curwood como un melancólico anhelo porque ese día no tendremos nada de lo que avergonzarnos.

domingo, 26 de julio de 2015

De leones y hombres

Me encanta. Soy un auténtico fan. Confieso que mojo la ropa interior pensando en cazar. Se me acelera el corazón con la sola idea de darle matarile a un animal. Sueño con decorar mi casa con trofeos y logros de la taxidermia. Ahora que tengo tu atención, dejaré de ser irónico.

¿Qué es la caza?
Objetiva e históricamente: es un anacronismo, una práctica injustificable y "desfasada" desde que hace 10.000 años al hombre le gustó eso de la ganadería
Para algunos: es también un hobby, una pasión, una afición equiparable, según esos "algunos", a practicar algún deporte, leer un libro, ir al cine, jugar al ajedrez, escuchar música, construir maquetas o hacer fotos.
Para mí: es la más cruel y repugnante excusa que encuentran algunos, esos mismos "algunos" del párrafo anterior, para tapar, aliviar u olvidar algún tipo de trauma, tara, complejo, patología o disfunción. Como las operaciones estéticas o irse de fulanas pero liquidando especies para alimentar no el estómago sino un ego que haría las delicias de cualquier diván. Así, para mí, la caza es una ventana a un mundo de barbarie y vísceras donde todo es brutal, cruel e inhumano. En este sentido, desde el punto de vista de la ausencia flagrante de consciencia y conciencia que demuestran los protagonistas, la diferencia entre un cazador y un asesino, un terrorista, un violador o un pederasta es quién resulta perjudicado por sus aberrantes actos. Por lo demás, ninguna distinción. En resumen, que si me dan a elegir entre la existencia de un animal y la de un cazador que no cace por estricta y urgente necesidad alimentaria, mi elección será siempre el animal. Qué le voy a hacer: aprecio demasiado a los animales y muy poco a los bestias. ¿Por qué? Porque éstos, los bestias, los salvajes con nombre y sin vergüenza, han olvidado lo que dijo el conservacionista James Oliver Curwood e inmortalizó la fenomenal película El Oso: "Sólo hay un placer mayor que matar: dejar vivir".

¿A qué viene esto? 
A noticias como la de que un cazador ha liquidado a un león en Zimbaue. Hace poco más de un año hablaba en este mismo blog de la muerte del elefante "Satao". Ahora ha cambiado el animal pero no la salvajada ni la maldad ni la cobardía ni el horror ni la tragedia ni el disparate ni el asco ni la vergüenza ni la pena que me provocan sucesos así. Lo peor es cómo se ha producido la muerte o, mejor dicho, el asesinato de "Cecil", el león de la noticia: con nocturnidad, alevosía, engaño, ensañamiento y soborno (de 50.000 euros). Terrible. Es la enésima señal de la obscena y sistemática falta de respeto del ser humano por cualquier otra cosa que no sea él mismo. Es un argumento más de que "humanidad" y "civilización" son palabras a descartar. Es el penúltimo ejemplo de que sólo hay algo comparable en magnitud al ingenio del hombre: su crueldad.

La ley de la impunidad
En este caso concreto, lo peor de todo, que ya es decir, es esa certeza de que existe gente que mata no sólo por placer sino para exhibir su poder o, tal vez, lo que el malnacido de turno entiende por "poder". Que con la que está cayendo haya personas capaces de aflojar 50.000 euros para matar a un animal es para hacérselo mirar colectivamente. Es la demostración de que hace tiempo, mucho, tal vez demasiado e incluso de manera irremediable, la exhibición del poder, como medio y fin en sí mismo, está por encima de cualquier ley humana o natural. De que la ley de la impunidad no distingue las cosas desde un punto de vista ético, moral o biológico sino monetario. De que esta sociedad tiene excedente de psicópatas con posibles que lo mismo te joden la vida desde un despacho que acercan la sexta extinción masiva en la sabana africana. Y de que (y aquí viene la verdadera tragedia) hagan lo que hagan estos bastardos, se irán de rositas dejando una estela de destrucción. Matan porque pueden. Destruyen porque pueden. Se libran de cualquier castigo porque pueden.

Así pues y por acabar, teniendo presente que muy probablemente Walter James Palmer, el asesino de Cecil, se quede sin castigo, sólo espero que ese miserable, ese mierda, esa escoria humana, ese monstruo que ha matado al león tenga cuanto antes el mismo destino que deseo para cualquiera capaz de matar a un animal o inocente: la muerte más atroz y agónica posible. Así la vida se quedará para quienes la respetamos y éste será un mundo mucho menos malo de lo que ya es.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El Toro de la Vega: semos asín de brutos

Ayer se celebró en Tordesillas el denominado "Torneo del Toro de la Vega", un festejo que se remonta a la época de la invasión musulmana (aunque su referencia más antigua es del siglo XVI) y que en los tiempos actuales es objeto de bastante polémica, como se ha demostrado en su última edición, que se ha saldado con una manifestante en el hospital y los lugareños demostrando su nivel evolutivo lanzando pedradas a los detractores del espectáculo congregados en la localidad vallisoletana para protestar contra esta tradición.

Antes de continuar, conviene recordar que este sarao ha sido distinguido como "Fiesta de Interés Turístico de España", "Espectáculo Taurino Tradicional" y "Patrimonio Cultural Inmaterial" y que sus defensores alegan que se trata de una tradición que se remonta a la Edad Media.

Por empezar por este último "argumento", supongo que los partidarios de esta "tradición" también tendrían a bien recuperar la Inquisición, el derecho de pernada y las ordalías del hierro candente o la caldaria, elementos todos ellos con arraigo contrastado en España ya en la Edad Media y que animarían sus vidas de una forma incluso más intensa que el Toro de la Vega. Si no, es mejor que se metan la lengua donde no da el sol y dejen de utilizar el origen medieval como razonamiento y pretexto para defender su existencia.

En cuanto a las rimbombantes calificaciones antes citadas, uno no acaba de ver ni el componente festivo, ni el interés turístico ni menos aún el empaque cultural que puede tener ver a una turba berreante lanceando a un toro hasta matarlo. Yo no sé quién fue el excelso cretino que dio el visto bueno a tales distinciones (imbéciles hay en todas partes), pero sí sé que lo del Toro de la Vega tiene de festivo lo mismo que una violación en grupo, tanta cultura como un concurso de eructos y tanto de espectáculo como una ejecución. Lo que está claro es que con tales denominaciones lo único a lo que se da lustre es a la capacidad del ser humano para exhibir su estupidez como un pavo real su cola. Para que les quede claro a los lanceros y compañía: No hay arte en la crueldad, no hay dignidad en la destrucción, no hay fiesta en el sinsentido y no hay cultura en la muerte. España puede y debe presumir turísticamente de su historia y de su cultura pero no de los tarados que aún pululan por su territorio.

Soy consciente de que España tiene muchos y distintos motivos tanto para sentirse orgulloso como para sufrir una terrible vergüenza ajena. El Toro de la Vega está en éste último grupo. Y lo está tanto por el hecho en sí (siempre estaré en contra de algo que implique o justifique la humillación, el maltrato o la muerte de un animal) como por cuanto permite constatar que en España sigue habiendo un preocupante excedente de gañanes; gente
que, con independencia de su procedencia, residencia o aspecto físico, deben su calificación como "gañán" a una capacidad cognoscitiva, racional e intelectual que les convierte en sospechosos de ser el eslabón perdido. Gentuza urbanita o rústica (lo mismo da) cuya existencia y proliferación son a la Humanidad lo que las hemorroides al cuerpo humano. Personas que no me dan ni risa ni pena sino un profundo asco. Ayer, viendo las imágenes del cisco que se montó en Tordesillas, pensaba que si se cambiara a los lugareños en vaqueros y chándal por negros tribales africanos de los de lanza y escudo habría en España quien pondría el grito en el cielo y hablaría de "tercermundismo", "barbarie", "incultura", etc. La hipocresía humana es así. Lo que es evidente es que si ayer hubiera caído en meteorito en el palenque de Tordesillas lo único que habría habido que lamentar sin miedo a equivocarse habría sido la muerte de un toro.

En definitiva: el Toro de la Vega no es ninguna fiesta digna de respeto ni una costumbre de la que sentirse orgulloso. Al contrario, es una majadería y una salvajada cuya existencia es una de esas "cosas" que España debe erradicar sea como sea si se pretende que algún día deje de ser un país más cerca de los esperpentos de Valle-Inclán y las películas de Berlanga que de una nación civilizada del siglo XXI.

lunes, 18 de agosto de 2014

De perros e hijos de perra

A veces, de un cúmulo de casualidades nace una causa, un motivo, una razón para hacer algo. Como, por ejemplo, escribir un artículo. Estos últimos días se ha celebrado el día internacional de los animales sin hogar. También en estos días he conocido la historias de Birillo (un perro sin pedigrí ni raza definida que murió en Italia al intentar salvar a un niño que se ahogaba), George (un can que transformó a un pobre diablo inglés en un artista emergente) y la de otra mascota perruna que, esta vez en Siberia, ayudó a una niña de tres años a sobrevivir once días en un bosque. E, igualmente, para rematar el capítulo de casualidades, en redes sociales he visto estos pasados días algunas fotografías (las que ilustran este artículo) protagonizadas por perros para las que no hacen falta palabras y que, al mismo tiempo, te dejan sin ellas.

Con todo esto en la cabeza y un nudo en esa garganta que llamamos corazón, he llegado a la siguiente conclusión: la mejor muestra de que el ser humano está más cerca que nunca del hijoputismo y la inutilidad ética y afectiva es el creciente asombro que provocan esos animales de cuatro patas llamados perros. Animales que algunos cretinos tratan con la desconsideración de quien se cree el "rey del mambo" en lo que a seres vivos se refiere. Animales que algunos insconscientes consideran poco menos que juguetes aptos para ser tirados en la calle o en la carretera. Animales que algunos cafres no dudan en ahorcar o fusilar cuando ya no los consideran aptos para la caza. Animales que algunos
mierdas utilizan para descargar sobre ellos o a través de ellos sus complejos y su cobardía. La insensibilidad, como la falta de inteligencia, siempre es un rasgo distintivo de todo hijo de puta. Porque también esos mismos animales son capaces de cambiar (para bien) la vida de quien tienen cerca; de enseñar el significado de palabras y valores que la mayoría de seres humanos se pasa sistemáticamente por el forro; de llenarte de emociones, sentimientos y recuerdos como pocas personas lo harán en toda tu vida. Y todo ello a cambio sólo de atención, alimentos y respeto. Y a veces, hasta ni eso. Es la magia de los perros. Una magia difícil de entender o explicar a quien no ha tenido la suerte de tener uno en su vida. Suerte que, en mi caso, se llamó Sancho.

Pero, dejando aparte el apartado más emocional, creo sinceramente que la sociedad sería mucho mejor o, al menos, iría mucho mejor si quienes la integran y, especialmente, quienes la lideran tuvieran la empatía, la lealtad y la generosidad de esos animales de cuatro patas. ¿Por qué? Porque hemos creado y/o consentido un mundo en el que hacen falta más perros pero donde sobran muchos, desmasiados hij@s de perra.   

viernes, 1 de agosto de 2014

Estamos bien jodidos

Hay recuerdos y lugares que es mejor dejarlos varados en la infancia. Hay recuerdos y lugares que sólo conservan su magia y esencia en la mirada ingenua, grandilocuente y complaciente de un niño. El Zoo es uno de esos recuerdos. El Zoo es uno de esos lugares.

Conforme avanzaba hacia la entrada del recinto, la algarabía y el hormigueo multicolor de los visitantes insuflaban la pretensión de revivir un sueño, de colorear una foto en blanco y negro, de retroceder en el tiempo para reencontrarse con el asombro perdido, de darse de bruces con el cachorro que una vez fue. La magdalena de Proust convertida en un parque zoológico. Enredado en expectativas y nostalgias, los pasos me llevaron mecánicamente hasta la cola de la taquilla. Arriba, el sol de julio encendía los colores y abrillantaba las frentes. 

Con la entrada ya en la mano y la ligera sospecha de que el Zoo había cambiado el romanticismo por el capitalismo, comencé a deambular, rodeado de familias arrastradas por niños que llameaban sorpresa y gritaban como groupies. En esos primeros metros e instantes, lo más llamativo no fueron los animales o quizás "no esos animales" sino varios de los que caminaban sobre dos piernas y se hacen selfies, seres vivos que daban una nueva dimensión a la palabra "vulgar": padres cretinos y madres gañanas con vástago/s a juego. A los niños se les perdona. A los que les parieron no. Riñoneras imposibles, gafas de sol modelo afterhour, chanclas de hortera sin playa, camisetas dañinas para la retina, nikis que realzaban barrigas y tetas flácidas, sobacos lustrosos, bocas centrifugando chicles, voces molestas como el chillido de un cerdo en la matanza...Bienvenidos al zoo, la vida en estado salvaje. Era fácil querer centrarse sólo en los animales que había al otro lado de las vallas. Fácil e higiénico para los sentidos.

Según fueron pasando los minutos, los letreros rimbombantes y las especies, la ilusión se desvaneció como lo que siempre fue: un espectro, un eco, un espejismo, un engaño. En su lugar, emergió la realidad con toda su crudeza, con toda su capacidad frustante, con toda su voluntad de abrir ojos y despertar conciencias porque lo cierto es que el Zoo, más que un lugar donde maravillarse asomándose a la vida salvaje y olvidarse de la ciudad y creerse en África, la Antártida, Alaska o el Amazonas, se reveló como un lugar con el ¿encanto? decrépito de una residencia de ancianos o, si se prefiere, de una prisión al aire libre y de look postapocalíptico en la que poder contemplar a animales que, en el
mejor de los casos, habían olvidado cómo era la vida en libertad: animales confinados, animales resignados, animales que respiraban pero carentes de vida, animales vaciados de cualquier sentido, animales naufragados en un laberinto de hormigón, animales a los que les habían cambiado un destino por otro. Así las cosas, por mis ojos pasaron cabras con síndrome de abstinencia, rinocerontes sin cuernos pero con el entusiasmo de un desempleado, tigres tomando el sol como jubilados en Benidorm, leones durmiendo la siesta a las doce de
la mañana, bisontes con el aspecto de un adicto al crack, hipopótamos a los que les habían cambiado un río por una charca, jirafas en modo photocall, elefantes anquilosados por la apatía, chimpancés hasta los huevos de visitas, águilas reales cuyo cielo azul era una reja de color negro, mandriles misántropos, osos pardo completamente aburguesados pidiendo comida como aristócratas caídos en desgracia, tiburones en bucle, lobos tirados por el suelo como yonquis...

Es curioso cómo nos dejamos llevar por la sugestión. Somos consumidores de eufemismos. Somos maestros a la hora de tolerar algo que está mal sólo porque es "nuestra" cagada. Somos especialistas en travestir lo desagradable, en ningunear lo que nos recrimina con el dedo y en acostumbrarnos a lo que no tiene nada de natural, sano o lógico. Y lo somos porque somos culpables de ello, partícipes de nuestra propia mediocridad, responsables de nuestro fracaso como especie dominante. Y el Zoo es una buena muesta de ello porque, romanticismos aparte y nostalgias naif al margen, el Zoo no es...
  • Una "experiencia de la naturaleza o de lo natural" sino una "vivencia de lo artificioso y de lo forzado".
  • Una oportunidad para disfrutar de animales salvajes sino para observar animales enjaulados.
  • Una ventana al mundo en que vivimos en toda su plenitud sino un muestrario de los jirones en los que lo estamos convirtiendo.
  • Un ejemplo de cómo el ser humano está ayudando a la conservación de la fauna sino el máximo exponente de su fracaso en tal empeño. 
De regreso ya a las taquillas, con la mañana tan finiquitada como la nostalgia, en mi cabeza se había enmarañado la mirada fugaz pero intensa de un gorila. Una mirada que seguramente para él no significara nada en absoluto pero cuya profundidad removió algo en mí. Una bofetada a la conciencia. Una mirada que me hizo cuestionarme quién estaba más jodido: si los animales a un lado de la jaula o los que estaban al otro. Con el Zoo, su decadencia travestida, su cacofonía multicolor y su felicidad sugestionada ya a mis espaldas, supe la respuesta a esa mirada: estamos bien jodidos.

lunes, 23 de junio de 2014

Satao

África es, desde hace mucho tiempo, un continente humanamente fallido. África es a la Humanidad lo que cierto retrato a Dorian Gray: un recordatorio en tiempo real de la podredumbre del ser humano. África, supuesta cuna del hombre, es la fosa séptica del hombre. África es el trastero de la conciencia del resto del mundo. África es el paraíso de la estupidez y la crueldad humanas. África es un problema que no se ha querido ni sabido solucionar y cuya única salida práctica ya sólo pasaría por la extinción de todo mamífero que camine sobre dos piernas. África es una mierda de tal magnitud que ya no merece la pena limpiar. Porque, siendo honestos y tirando de hemeroteca (ahí están esperando decenas de despropósitos, tragedias y salvajadas para quien quiera recordarlas), el único valor de África es...dar tres tropas extra en el Risk.

Y ahora que ya me habré librado de muchos bienpensantes que mojan la ropa interior con lo "políticamente correcto", voy al tema de este artículo: el brutal asesinato de Satao. Y Satao no es o, mejor dicho, no era uno de esos gobernantes africanos tan corruptos e infames que hacen que Bárcenas parezca un monaguillo. Ni uno de esos terroristas islamistas que cambió el escudo y la lanza por el traje paramilitar el y fusil. Ni un jefe de la guerra tribal de los que se pasan por la piedra los derechos humanos y de paso unos cuantos miles de niños y mujeres. Ni un traficante al que le da lo mismo mercadear con droga, diamantes, seres humanos o marfil. No. De haber sido uno de esos cuatro casos, la noticia no me habría llenado de tanta pena y rabia, sino de todo lo contrario.

A Satao lo asesinaron primero disparándole flechas envenenadas y,
una vez abatido, arrancádole la cara salvajemente. Así acabaron los 46 años de vida de uno de los símbolos de Kenia: el elefante Satao, uno de los últimos "tuskers" (elefantes cuyos colmillos son tan largos que -casi- tocan el suelo). Y precisamente por eso lo asesinaron los furtivos: por sus colmillos. Marfil. Pasta. Sonrisas blancas para almas negras.

La pena de África (aunque no exclusiva de ella) es que las vidas de los animales importan ya tanto como las de los humanos. Es decir: absolutamente nada. Así les va. Así nos va.

¿Y qué decir ante esto? ¿Qué hacer al enterarse de una monstruosidad así? Poco. Excepto cagarme en la pu*a estampa de los cazadores ilegales, de los traficantes y de los compradores de marfil que una vez perteneció a elefantes como Satao. Gentuza cuya evisceración sin anestesia debía ser retransmitida en horario de máxima audiencia por aquello de hacer un poco de justicia en un mundo que cada vez se la merece menos. Porque, al paso que vamos, animales como Satao sólo podrán ser admirados en zoológicos y la bondad humana será carne de vitrina y sueño de arqueólogos. Y es que hay días que da auténtico asco compartir genes con otros seres ¿humanos?

viernes, 25 de febrero de 2011

Nadie sabrá su nombre. Nadie asistirá a su entierro

Huye torpemente a través de la nieve. Casi paralizada por el pánico, corre con todas sus fuerzas, intentando sobreponerse a los trompicones y al aliento que empieza a faltarle. Unos metros tras ella, un rostro endurecido por el frío se agrieta en una sonrisa burlona. Abrigado en un anorak, la contempla serenamente con la satisfacción de saber que el final de esa huida está en su mano, en la escopeta que ahora sostiene contra su pecho. Su boca humeante de vaho se abre dejando escapar un nauseabundo aliento a alcohol y la maldice, a sabiendas de que ella no entenderá qué le grita. Escupe al suelo y levanta el cañón de la escopeta, que centellea bajo el sol que ilumina cegadoramente ese páramo helado. Por la mira telescópica, la ve huir con la torpeza y la decisión de quien intenta salvar la vida. Ella no mira atrás. Él acerca su dedo al gatillo y murmura algo ininteligible. Ella sigue corriendo. Es lo único que puede hacer. Un estruendo ahogado en el aire precede al estallido de piel, sangre y hueso. Su espalda sangra y ella gime de puro e intenso dolor, pero no se detiene. Él sonríe, baja la escopeta y empieza a caminar tras ella. Le hace gracia la facilidad con la que se puede matar. Mientras la vida se le escapa en un reguero escarlata sobre la nieve, ella llora con rabia e impotencia. Empieza a comprender que lo mismo podía haber sido ella que cualquier otra. Oye sus pasos acercándose cada vez más y ni siquiera vuelve la cabeza. Sigue huyendo. Él no tarda en darle alcance. Su carcajada la envuelve poco antes de que lo haga la sombra proyectada por un sol que, como su suerte, le ha dado la espalda. El cañón de la escopeta vuelve a erigirse contra ella, pero esta vez a escasos centímetros. Sonríe. Le gusta hacer eso. De hecho, se divierte. Murmura una obscenidad. Ella ya sólo se arrastra lentamente. Un nuevo cartucho está a punto de romper el aire. Una voz grave resuena altanera a sus espaldas a la vez que el sonido de unos enérgicos pasos hundiéndose velozmente en la nieve. Una nueva sombra, más grande, eclipsa la suya y oscurece definitivamente el desenlace. Su corpulento compañero le hace un guiño cómplice. Él aparta la escopeta y se hace a un lado sonriendo expectante. Entonces, el recién llegado alza una robusta barra de hierro que parte en dos la imagen del sol. Ella apenas se arrastra ya unos centímetros cuando la sombra de la barra se eriza. Luego desaparece intermitentemente mientras el hierro se hunde violenta y ferozmente en su piel, quebrando su columna y, finalmente, su cráneo. Las carcajadas de sus asesinos acompañan al murmullo del aire que la abandona para siempre. Nadie conocerá ya cómo habría sido el resto de su vida. Nadie sabrá su nombre. Nadie organizará su funeral. Nadie asistirá a su entierro. Los dos hombres charlan animadamente mientras arrastran su cadáver, dejando una estela rosácea sobre la nieve. Mientras, en los inertes ojos de ella, grandes y azabaches, se reflejan escenas idénticas con distintos protagonistas y el aire se llena de gemidos, lamentos, risas y muerte.

Al comienzo del artículo, he mostrado la imagen de uno de los protagonistas. A estas alturas, el lector puede pensar que he ficcionado la macabra andanza de un asesino en serie, o un nefasto caso de violencia de género, o, simplemente, un asesinato a sangre fría. Ejemplos todos que nos hielan la sangre, conmueven el ánimo y agitan la náusea. 
 
Ahora, lector, te mostraré la imagen de la otra protagonista de esta historia. Ahora, lector, medita, siente y reacciona. Ahora, lector, reflexiona por qué en esta época del año "cazar" y "asesinar" son términos sinónimos, por qué en esta época del año se obvia y consiente un genocidio terrible que pone las lágrimas en mis ojos y la vergüenza en mi alma.

martes, 1 de febrero de 2011

La vergüenza de ser humano

A veces, me asquea profundamente compartir especie con ciertos canallas, náusea que inmediatamente da paso a una absoluta vergüenza por lo que el ser humano es capaz de hacer o, mejor dicho, perpetrar desde la más cobarde crueldad, desde la más cruel cobardía. Ésta es una de ellas.

Por desgracia, nunca faltarán miserables dispuestos a recordarte que el hombre puede ser el ser vivo más prodigioso de cuantos hollan la tierra, pero también el más vil y desalmado de todos los que han visto los cielos. Por tanto, si se extinguiera la humanidad, creo que no se perdería tanto como se ganaría. En serio. Al menos libraríamos al mundo de sufrir la existencia del sadismo y la estupidez que sólo están al alcance del ser humano. Defectos que a menudo se exhiben nefandamente contra prójimos (maltrato a mujeres, niños y ancianos; genocidios; violaciones)...pero también contra los animales que tienen la desgracia de compartir su vida con seres humanos. Animales como, por ejemplo, los perros. Éste es el caso.

En este mismo blog ya he demostrado en anteriores ocasiones mi completo amor y admiración por los animales en general y los canes en particular, así que me ahorraré detenerme en eso. Mi rabia, indignación y asco son tan grandes que no puedo perderme en recordatorios...

Y son así porque me parte el alma hasta la ira y la consternación leer noticias como la que he leído hoy y que dan cuenta de la enésima barbarie cometida por individuos contra los animales que cometen el error de dar a los humanos constantes lecciones de fidelidad, lealtad, nobleza y cariño a cambio de nada: los perros. Mal está que se les abandone; peor que se les mate; pero torturarlos hasta la muerte y jactarse entre risas de la letal tortura...eso es ya sencillamente indescriptible.

No tengo ánimo ni ganas de escribir más. A continuación remito el vídeo del brutal suceso que da pie al artículo y mi llameante pena. Que cada cual juzgue. Yo lo tengo claro: Gente, gentuza, cabrones, malnacidos, monstruos así no merecen vivir. ¡Qué asco ser humano! ¡Qué asco!

martes, 9 de diciembre de 2008

Donde las palabras no alcanzan a llegar

A veces, el tópico de una imagen vale más que mil palabras adquiere un innegable y conmovedor sentido. Éste es el caso. Podría escribir mucho sobre el suceso que da pie a este artículo. Podría evocar de nuevo todas las enseñanzas y emociones que me regaló mi inolvidable Sancho. Pero, en lugar de eso, creo que lo mejor es demostrar hasta qué punto, en ocasiones, una definición se torna exigua. Lealtad: 1. f. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien; Altruismo: 1. m. Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio; Bondad: 2. f. Natural inclinación a hacer el bien; Amistad: 1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato; Compasión: 1. f. Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias; Valentía: 1. f. Esfuerzo, aliento, vigor; 2. f. Hecho o hazaña heroica ejecutada con valor; y así podría continuar acopiando definiciones del DRAE hasta completar una panoplia de virtudes de esas que son piezas de coleccionista. Virtudes que el ser humano conforme crece pervierte a cambio de llenar el bolsillo, la cama y/o el ego. Virtudes que, por suerte y por desgracia, aprendemos y recordamos gracias a seres a los que, por lo general, se les infravalora, cuando no se les humilla y maltrata miserablemente.
Hasta aquí las palabras. A partir de ahora, las imágenes y las emociones:

miércoles, 23 de julio de 2008

Sancho (1993-2008)

Querido Sancho,


Estas son las palabras que siempre te has merecido y nunca habría querido escribirte, pero creo que es el mejor regalo que te puedo dar de todos los que ya no podré ofrecerte.


Estoy seguro de que, como siempre, no te hará falta comprender el castellano para entenderme a la perfección. Espero que, una vez más, sepas qué te quiero decir, porque pocas veces diré palabras como éstas en toda mi vida.



¿Sabes? Es curioso: en muy poco lapso de tiempo pasé de enseñarte cosas a aprenderlas de ti. Es sorprendente haber aprendido tanto y durante tanto tiempo de alguien que jamás escribió ni dijo ni leyó una sola palabra. Sin embargo, gracias a ti, a ti y sólo a ti, he aprendido hasta dónde llega el significado de términos que nosotros, los humanos, nos empeñamos en empañar, ningunear o mancillar. Hablo de palabras como "lealtad", "entrega", "bondad", "nobleza", "altruismo", "cariño", "valentía", "alegría", "empatía", "amor"...y tantas otras que tú has escrito, día tras día, en nuestro pequeño e íntimo diario común. Es asombroso que todo esto lo haya aprendido de ti mejor que de ninguna otra persona, tal vez es que tú, Sancho, tenías más humanidad de la que mucha gente llegará a tener o conocer a lo largo de su vida. Tú has conseguido convencerme de que un simple animal puede ser mejor humano que muchas personas que a tu lado quedan reveladas como bestias. Supongo que el secreto de esto que nos has regalado durante todos estos años te lo quedas para ti. Creo que es justo. Me gusta tener la idea de que al final te has dejado algo para ti, después de volcarte con nosotros desde el primer al último minuto de aparecer en nuestras vidas.


Ahora que de ti no resta más que un vacío, dos fechas y un millón de recuerdos, me vienen a la cabeza todos los momentos que hemos compartido juntos: las mañanas en que te acercabas a mi cama para despertarme con tu simpático olisqueo o tus tiernos lametones, la eterna expresión sonriente de tu cara al vernos entrar en casa, las veces en que te acurrucabas a nuestro lado cuando nos veías decaídos o enfermos, la forma de devorar la alegría correteando en el césped cuando te sacábamos, las ocasiones en las que escondías tu cabeza en nuestros brazos cuando tenías miedo, los momentos de antaño en los que te escondías reptando debajo de camas, sillas y sofás como si fueras un marine en pleno entrenamiento,la compasión que implorabas a la perfección con un arqueo de cejas cuando habías hecho alguna trastada, el júbilo que sentías al vernos a todos juntos, el coraje colosal que mostrabas cuando las circunstancias lo requerían, tu curiosa forma de comer con nosotros, la verdad incontestable de que jamás quisiste aprender a hacer pis en el papel de periódico, las curiosas conversaciones que teníamos haciendo de las palabras, los gestos y los ladridos toda una tierna y divertida gramática, el pundonor que escogiste como emblema para el cócker con el lucero más bonito del mundo...y todos los demás recuerdos que callo pero no olvidaré mientras viva.


No, Sancho, no estoy intentando llenar tu ausencia con palabras. Estoy tratando de hacer justicia a un ser que sin levantar apenas dos palmos del suelo, creció como un coloso en el corazón de todos los que hoy te lloramos, siempre te quisimos y nunca te olvidaremos.


Si pudiera resumir todo lo que siento ahora mismo en una sola palabra, sería "Gracias". Gracias por todo lo que nos regalaste y enseñaste desde que entraste en nuestras vidas hasta que saliste de la tuya. Gracias, gracias, gracias, gracias...de verdad. Es precioso saber que habrá pocas, muy pocas personas a las que echaré de menos tanto como te echo a ti. Es fantástico ser consciente de que, gracias a ti, terco y peludo maestro, he aprendido a ser mejor persona y a querer serlo aún más.

Acabo de escribir que, si pudiera, sintetizaría todo esto en una palabra. Creo que lo mejor será que lo haga en dos: Te quiero. Descansa, Sancho, descansa que te lo has ganado más que nadie y haz lo que quieras en el Cielo, que pocos seres se merecen tanto estar allí.



Hasta siempre, Sancho, el menor de mis hermanos, el mejor de mis amigos.

martes, 22 de mayo de 2007

El peligro viene del aire

Yo, cada día que pasa, me parezco más a los galos de Astérix, pues tengo un creciente pánico a que el cielo caiga sobre mi cabeza, aunque sea en forma de excremento. Y es que yo no sé a quién se le ocurrió poner como símbolo de paz y concordia universal a un animal que es lo más parecido a un "antisistema" con alas. Efectivamente, me estoy refiriendo a las palomas, esa plaga de ratas aladas que ya sea en grandes urbes o en modestos pueblos no tienen ningún problema en bombardear con sus heces edificios, monumentos, balcones, repisas y transeúntes. Como la Parca, las palomas todo lo igualan con sus evacuaciones: defecan sobre el millonario y el pedigüeño, sobre el anciano y el niño, sobre el hombre y la mujer, sobre el monumento y el asfalto, sobre la catedral y la "casa okupa", sobre el coche y el viandante...nada escapa a estos escuadrones de esfínter certero.

Yo no sé en otras ciudades, pero en Madrid, especialmente en mi barrio, me paso más tiempo esquivando heces de paloma que de perro y, honestamente, miro con recelo y temor a los árboles, las farolas y las marquesinas, por miedo a estar en el punto de mira de una paloma. Estos desgraciados animales han echado a perder más monumentos que todos los iconoclastas bizantinos y protestantes juntos y tienen una falta de respeto tan universal que ríete del anarquismo de Proudhon, Bakunin y compañía. Da verdadera lástima contemplar fachadas, estatuas y coches acribillados por este sucedáneo animal de la "Legión Cóndor", que deja "Guernicas" doquiera que van. Bromas aparte, los perjuicios que las palomas ocasionan no son cosa baladí y se extienden desde el ámbito arquitectónico hasta el sanitario. Para mayor información de este tema, les emplazo a que consulten tres interesantes webs: Ibertrac, Palomatec y la del Ayuntamiento de Alicante.

En fin, me hace gracia que se dé la murga a los propietarios de perros para que controlen dónde miccionan y defecan sus mascotas y luego la ciudad sea alegremente fruto de la diarrea colectiva de las palomas. Me es indiferente lo que digan los grupos ecologistas. Las palomas son una plaga repugnante y hay que erradicarlas o diezmarlas sea como sea. Me da igual si llenan Madrid de halcones y águilas, si las matan a tiros o las esterilizan, pero cuantas menos palomas vea, mejor. Yo no tengo por qué aguantar a esos bombarderos fecales ni ver con buenos ojos que se cisquen en los mejores monumentos de mi ciudad. Ni bonitas ni entrañables: las palomas son asquerosas. Y menos mal que el primer domingo de Pentecostés fue hace muchos, muchos siglos, porque, de ocurrir hoy, la Virgen y los Apóstoles al ver a la paloma de marras se habrían puesto a cubierto y entonces no existiría ni Iglesia ni nada de nada. ¡Muerte a las palomas!

viernes, 23 de febrero de 2007

Historia de Mary

Esta es una historia de un amor y una amistad, de sentimientos universales que se encaminan a la leyenda por la senda de la tragedia. Una historia de proporciones shakespearianas y esencia romántica acontecida en un mundo donde las entrañas ya sólo susurran...

Se conocieron en uno de los días más tristes de la vida de Mary: el día que perdió a su madre y con ella su única fuente de amor y cuidados. Mary se quedó a la sombra de la alegría y en la cuneta de la vida. Y allí, al borde del abismo, esquivando la tristeza, apareció Tamara. Ella la acogió, la cuidó y la dio todo cuanto estaba en su mano y corazón para devolver a Mary a un mundo donde sonreir era todavía posible. Paso a paso, día a día, juntas conquistaron una pequeña porción de ese precioso lugar llamado "felicidad". Y después de un año y medio, Mary revivió o, mejor dicho, se sintió viva. Tamara y Mary hablaban ese críptico y tierno lenguaje en el que sobran las palabras. Juntas eran felices y el asombro de quienes las rodeaban era prueba de ello...


Hace dos semanas, un ser digno del infierno acabó con la alegría de Mary, acuchillando salvaje y mortalmente a Tamara. Mary la conoció en uno de los días más tristes de su vida y en uno de los días más tristes de su vida la perdió para siempre. Desde entonces, la pena horada incansable el cuerpo y el alma de Mary, decidida a seguir junto a Tamara, cueste lo que cueste. La gente que la rodea se desquicia entre el asombro y la consternación mientras el íntimo llanto de Mary la va amortajando minuto a minuto. Y es que, al igual que se puede vivir por amor, también se puede morir de pena...


Esta historia me podría dar pie para hablar vehementemente del amor libre o deleznar la violencia homicida que corroe el mundo o defender apasionadamente la necesidad de instaurar en todo el mundo una cadena perpetua o cualquier otro castigo legal que no muestre piedad ninguna contra las bestias que anidan en nuestra sociedad, pero perdónenme si hoy no lo hago, porque esta no es una historia corriente. Esta historia podría estar protagonizada por dos personas humanas...pero no es así. Como muchos ya sabrán, esta historia la protagonizan la delfín Mary G y su cuidadora Tamara Monti. Si ustedes obvian este hecho, tendrán ante sí una preciosa historia de amistad. En cambio, si tienen presente que uno de sus protagonistas es un animal, no sólo estarán ante una preciosa historia de amistad sino ante una prueba extraordinaria de lo increíblemente sorprendente y bello que es el mundo animal, ese mundo al que tanto hostiga, persigue y diezma el ser humano.


Podría extenderme ampliamente, pero creo que esta historia habla por sí sola. ¿Se han parado a pensar en que los seres humanos puede que ganemos en "cerebro" a los animales y que sin embargo estos nos dan lecciones constantes e innatas de qué es "amor", "amistad", "lealtad", "fidelidad"? Ahora imaginen una raza superior a nosotros a la que le diera por cazarnos, trocearnos, despellejarnos, arponearnos, dispararnos, envenenarnos, mutilarnos o disecarnos por puro placer o sin ningún remordimiento. Imaginen a sus padres golpeados brutalmente por alguien de esta raza superior hasta matarlos o a su pareja ensartada en un descomunal arpón agonizando hasta desangrarse o a un espécimen de esta raza superior ataviado con la piel de algún familiar. Horrible, ¿verdad? Bien, ahora piensen en la matanza de focas, en la caza de las ballenas, en las cacerías ("permitidas" o no), en el maltrato a los perros...Si le sigue pareciendo horrible, enhorabuena. Si no, váyase usted a tomar por el mismísimo saco.

Creo que sería un sano ejercicio de decencia y humanidad que cada cierto tiempo todo viéramos películas como "Gorilas en la niebla", "Fluke" o "El Oso", para descubrir cuánto de ¿humanos? tenemos y para que antes de decir peyorativamente a alguien "Eres un animal" nos lo pensemos dos veces, porque ellos son animales pero sólo el ser humano puede ser un auténtico monstruo.
Para terminar e invitando a la reflexión, cito la magnífica frase que cierra la conmovedora película de Jean Jacques Annaud, "El Oso": Hay un placer mayor que el de matar: el de perdonar la vida.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Un hijo de la gran puta

En contra de lo que pudiera parecer, no hablaré en este artículo de ningún político, empresario, terrorista, asesino, violador, pederasta, traficante...No. Hoy hablaré de un hijo de la gran puta. Así, a secas y con todas letras.

Seguramente, si están más o menos al tanto de las noticias, habrán visto o leído la historia de un hijo de la gran puta, natural de Aguiño (Galicia) y que responde al nombre de Juan Lado. Este cabrón, cuya madre no pongo en duda que sería una santa, se ha dado a conocer por propinar una brutal paliza a su perro, una lluvia de hostias que su vecino grabó en un vídeo que ha dado la vuelta a España. Al parecer, no era la primera vez que este "ser" maltrataba así a este animal, no era la primera vez que el pobre can aullaba y gemía de puro dolor sin siquiera morder la mano a su amo, no era la primera vez que Juan Lado demuestra lo que es: un hijo de la gran puta.

Analizando con detalle la noticia, uno no sabe qué es peor: Que exista escoria de este tipo, que, una vez más, alguien se pase por el forro de los testículos una Declaración Universal, que alguien sea capaz de atacar con tanta saña (cuando se cansó de atizar con el palo fue a por una tubería...) a un animal que de pura nobleza y dolor no atacó en ningún momento a un amo que no le dejaba escapatoria, que la Justicia (uno ya duda si escribirla entre interrogantes) condenara tal salvajada con sólo 6.000 euros de multa y la retirada del animal (que murió poco después a consecuencia de la brutal paliza), que este desalmado volviera a tener dos cachorros de perro después de que la Justicia le retirara al perro de las imágenes; que unas decenas de gañanes le aplaudan a su entrada en el juicio y amenacen e insulten al vecino demandante (cuyo perro, por cierto, murió envenenado...); o que este hijo de la gran puta llamado Juan Lado tenga la nula vergüenza de decir que todo son mentiras. Creo que, por encima de todos estos repugnantes detalles, lo peor es que alguien que se califique de ser humano (al que se le supone, por nacimiento, raciocinio y corazón) pueda tratar así a un animal y más a un perro.

Yo tengo desde hace trece años un perro y nunca me cansaré de dar gracias a Dios, el destino, el demiurgo o la fortuna por haberlo puesto en mi vida. Sólo, repito, sólo alguien que haya podido compartir su vida con un perro puede saber el verdadero significado de palabras como "nobleza", "lealtad", "cariño", "entrega", "compañerismo", "apoyo", "honestidad"...Eso es difícil, muy difícil descubrirlo gracias a una persona, pero un perro te lo enseña y demuestra desde el primer minuto que está a tu lado y nunca deja de hacerlo. Podría estar hablando de este tema durante horas sin cansarme, pero este artículo va por y para un hijo de la gran puta. Así que vamos con él.

A ti, Juan Lado, hijo de la grandísima puta, lo único que me apena es no conocerte en persona para poder darte caricias iguales a las que regalas a tu perro, porque casos como el tuyo, escoria, hacen que sea una verdadera lástima que matar a alguien sea delito y pecado. Pero bueno, cabrón, qué se le va a hacer. A ti, Juan Lado, hijo de la gran puta, me encantaría verte empalado en la plaza de tu pueblo para que te vitorearan la caterva de payasos agrestes que te aclamaban y defendían en el juzgado y en la televisión (una turba de humanoides a los que si se les fusilara lo único de valor que se perdería serían unas balas). Y lo único que desearía en ese caso no es que murieras rápido para evitarte el sufrimiento, sino que no soplara el aire, para evitar que tu hedor se esparciera.

Y es que el ser humano es así: vemos a alguien hostiar a una mujer, niñ@ o ancian@ y ponemos (con toda la razón) el grito en el cielo, la policía y en el juzgado, por si acaso. Pero cuando alguien hostia a un animal, ya...Es otra cosa. Siempre habrá algún gilipollas (ese colectivo tan en auge) que intente contemporizar o, peor aún, justificar y sacar tajada de acciones como éstas. Y quien dice hostiar, dice abandonar. Que igual de hijo de la grandísima puta es quien maltrata a un animal que quien lo abandona. ¿Qué pensarían si vieran a decenas de ancianos o niños abandonados a suerte y con cara de "¿Qué he hecho mal?" en las cunetas de las carreteras o en estaciones de servicio? ¿Qué pensarían si el destino de todas esas personas abandonadas fuera la muerte (por accidente, atropello o inyección letal)? ¿Qué pensarían si a alguien que es todo cariño le diéramos la patada por "comodidad" como si fuera un juguete roto? ¿Qué pensarían si, a los pocos meses de tener un hijo, unos padres lo dejaran en la calle porque ya se les ha pasado la fiebre del "capricho"? Pues eso, lo que yo decía: hijos de la grandísima puta.

Como final de este artículo, sólo quiero animar desde aquí a denunciar inmediatamente estos "comportamientos" y, si tienen tiempo y corazón, a colaborar con asociaciones como El Refugio o a consultar portales como TodoPerro.es. Por lo demás, espero que tú, Juan Lado, no indigestes demasiado a los gusanos cuando fallezcas (ojalá pronto), so hijo de la gran puta.