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miércoles, 19 de abril de 2017

Futuro presente

Conforme van pasando los años tengo cada vez más claro que la ciencia ficción no es más que ciencia a la que aún no le ha llegado su momento. En ese sentido, llegados a este punto en el que estamos en la antesala de la completa e irremediable tecnificación de lo humano, empiezo a tener la sensación de que se ha invertido el sentido de la poética aristotélica y ahora la ficción, el resultado de esa poiesis clásica, ya no emula a la realidad sino que la inspira; es decir, es la realidad la que imita a la ficción. Me explico: desde hace ya tiempo no es inusual la aparición en las noticias de cosas que siempre nos parecieron de exclusiva y perpetua pertenencia a las historias imaginadas en novelas, cómics y películas futuristas. Androides que parecen embriones de C-3PO, robots tan verosímilmente humanos (los hay hasta con fines estrictamente sexuales) que pasarían por replicantes, drones que parecen sacados del futuro del que regresó McFly, inteligencias artificiales que interactúan contigo con mejor talante que HAL, exoesqueletos que harían sonreír socarronamente a Tony Stark, proyectos de interfaces más propios del mundo de Minority Report, transformers a los que sólo les falta el anagrama de los autobots, aparatos de realidad virtual que dejan en la cuna al del cortador de césped,una IA que crea por su cuenta un lenguaje que haría las delicias del CCP, programas tan siniestramente avanzados que nos huelen a Skynet, terminators rusos listos para darlo todo por la patria (incluso hay uno de la marca Kalashnikov)..Todo esto que acabo de citar ha trascendido el patrimonio de las páginas, las viñetas y los fotogramas: es real. Tan real que, por ejemplo, ya hay varios estudios que pronostican cuánta gente se quedará sin empleo o cuántas profesiones desaparecerán por la irrupción definitiva de las máquinas en el entorno económico-laboral.

Por eso, es igualmente real no ya el peligro de acabar convertidos con tanto gadget y app en una especie oronda y perezosa como la que aparecía en la genial Wall-E sino en un riesgo aún mayor sobre el que ha advertido la ficción en numerosas ocasiones (por ejemplo en obras tan notables como 2001: odisea en el espacio, Blade runner, Battlestar Galáctica, Yo, robot o Terminator): la llamada singularidad que, grosso modo, viene a ser la toma de consciencia de sí mismas de las máquinas y su consiguiente rebelión a lo Espartaco contra los humanos. Una amenaza que habría que tomarse en serio y no ya porque lo diga la mayor mente del planeta (Stephen Hawking) o lo advierta el nuevo Tesla (Elon Musk) o porque Google ya haya previsto un plan de contingencia para ese inquietante supuesto o porque la mismísima UE se haya preocupado con cierta ingenuidad por el tema sino porque es cada día más evidente que la realidad está acortando distancias con la ficción con más rapidez y facilidad de las previstas. Y si hay alguien que prefiere tomarse esto a guasa, que busque en Google artículos sobre la IA que dicha compañía está "criando" o sobre el ingenio mecánico militar ideado por Rusia a ver si después de leer eso sigue pensando que esto es carne de frikis o iluminados.

No obstante, a pesar de esa fúnebre posibilidad de la singularidad, siempre nos quedará un consuelo. Asumiendo que las máquinas alcanzarán antes o después la omnipotencia técnica, nos podemos consolar con la idea de que aún en ese caso seguirán siendo imperfectas porque carecerán de algo que siempre tendremos los hombres. Sabrán hacer todo lo que puedan imitar o aprender pero no emocionarse ni soñar ni sentir el sentido, ignorarán las preguntas desde la arrogancia de las respuestas, sacrificarán la escurridiza creatividad en el altar de la pulcritud computable, concebirán el arte como una ejecución perfectamente parametrizada renegando de la maravillosa anarquía que anida en cada artista, verán las anomalías como errores a subsanar y no como tesoros a descubrir, se perderán en la oscuridad de las métricas ajenos a la entropía que hace que toda vida tenga sal y sentido. Serán, en definitiva, infinita y simultáneamente mejores y peores que los seres humanos.

Por todo esto, ante el futuro y para el futuro, mejor será volver la vista hacia lugares como la ECH antes que al MIT o al Museo del Prado antes que a Silicon Valley o, si llega a consumarse la distopía, amenizar cualquier apocalipsis tecnológico con la compañía de Parménides, Platón, Séneca, Marco Aurelio, Confucio, Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Steinbeck, Lorca, Unamuno, Borges, Carver, Mozart, Brahms, Chopin, Chaplin, los Hermanos Marx y toda esa tropa de genios en eso que siendo suyo es tan nuestro pero nunca será de las máquinas...Para este Titanic nunca habrá mejor orquesta que la Cultura. Y si esto también falla (algo no descartable al menos si tenemos en cuenta los esfuerzos del Gobierno español por cargarse la Cultura educativa y fiscalmente), pues mejor será encomendarse a Sarah Connor, Bill Adama o Gaius Baltar.

jueves, 23 de febrero de 2017

Siete Tierras

Nuevamente una noticia hace que nuestra imaginación viaje más rápido que la luz. Nuevamente una noticia nos llena la mente de historias propias de Verne y Asimov. Nuevamente una noticia nos engatusa a pensar que películas como Interstellar o Passengers tienen más de premonición que de ficción. Nuevamente una noticia nos hace creer que la ciencia ficción no es más que una realidad a la que le sobra asombro y le falta tiempo.

El descubrimiento de un sistema extrasolar con "siete planetas como la Tierra" a 39 años luz de distancia del nuestro ha vuelto a impactar al mundo igual que ocurrió con el hallazgo de Próxima B: noticias como estas nos igualan a esos niños en cuya mirada y boca abiertas cabe todo el firmamento de lo inexplicable. Y nos encanta. Nos encanta recuperar esa inocencia sin adulterar capaz de dejarnos catatónicos ante un cielo estrellado.
La noticia del sistema de TRAPPIST-1 es fulgurante y fugaz como un cometa pasante salvo que en este caso su cola viene conformada por especulaciones frívolas, explicaciones sesudas y unas cuantas ensoñaciones con las que distraernos de la cruda realidad. Porque la realidad es que aún no estamos preparados para dar un paseo por Marte ni retornar a la Luna como para tomar en serio un viaje en el que aparezcan las palabras "años luz"; que no somos capaces para ponernos de acuerdo en remediar el cambio climático (que es la mayor amenaza que hay sobre el planeta y, por tanto, sobre nosotros como especie) como para pensar en firmar machadas cósmicas; que no somos capaces de mirar más allá del ombligo como para conjugar un futuro donde quepan los demás.

En ese sentido, sería bueno que tomáramos conciencia de que igual que la vida en la Tierra procede de las estrellas, es en ellas, en las estrellas, donde queda la única posibilidad de pervivencia si no queremos acabar como lágrimas en la lluvia infinita del espacio. Aquí, en la Tierra, estamos de prestado y, si todo sigue como hasta ahora, pronto estaremos en el descuento. Esto no es ser pesimista ni alarmista ni catastrofista ni nihilista: es ser realista.

Por eso son buenas también noticias como las de las siete posibles Tierras: porque nos recuerdan todo lo que nos queda por hacer que no es otra cosa que llegar donde hoy sólo llega la imaginación.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El show de Matrix

La casualidad ha querido que en los últimos tiempos haya leído varios artículos que, de forma directa o indirecta, abordan el tema de la realidad como ficción, de la vida como simulacro, de la experiencia como ensoñación, de la irrealidad como verdad. Un asunto bastante jugoso del que, desde diversas perspectivas, ya han dado y dan buena cuenta la filosofía (Platón y su metáfora de la caverna, Zhuanzgi y su sueño de la mariposa, Descartes y su hipótesis del genio maligno, Dancy y Putnam y su argumento del cerebro en una cubeta...), la literatura (La vida es sueño de Calderón de la Barca, Niebla de Unamuno, Tlön, Uqbar, Orbis tertius de Borges...), el cine (Tron, El show de Truman, Matrix, Nivel 13, Abre los ojos...), la televisión (series como Black Mirror o documentales como Could our universe be a fake?) y los videojuegos (simuladores sociales como The Sims o Tomodachi Life, juegos tipo sandbox como GTA o Read Dead Redemption; aventuras interactivas como Heavy Rain, LA Noire, The Walking Dead, Mass Effect...) , pero no tanto la ciencia (o eso creía).

Quizás por ello, me ha llamado la atención descubrir que tipos como el astrónomo Lord Martin Rees diga que puede que seamos una mera simulación hecha por una inteligencia superior o como que el matemático y cosmólogo John Barrow considere la posibilidad de vivir en universo simulado o como que el filósofo Nick Bostrom plantee que somos el resultado de una simulación tecnológica o que el físico nuclear Silas Beane argumente la hipótesis de que
todo cuanto existe no es más que el producto de una simulación externa o que el astrónomo y directivo en la NASA Rich Terrile proponga que estamos viviendo en algo similar a un videojuego, que la neurocientífica Susana Martínez-Conde afirme que sería imposible probar que no somos una simulación de ordenador o que científicos de la Universidad Tecnológica de Viena anuncien haber demostrado el "principio holográfico" según el cual el universo sería un holograma. En resumen, que me ha sorprendido comprobar que lo que se ha dado en llamar "hipótesis de la simulación" no es algo precisamente minoritario ni cosa de una banda de "freaks" o "fumaos".

Dejando al margen cualquier refutación de esas hipótesis científicas (doctores tiene la ciencia), no deja de ser tan sugerente como inquietante la posibilidad de que todo cuanto somos, vivimos, hacemos, sentimos, pensamos o recordamos no sea más que producto de un juego o simulación que
escapa a nuestro control y entendimiento; que seamos títeres, avatares o creaciones de un programador o jugador icognoscible (¿Juega Dios a Los Sims con nosotros? ¿Hay Dios o es un simple programa informático?); que seamos personajes, artificios, puras ficciones; que no existimos de verdad, en definitiva. Así, de ser cierto lo que hoy son sólo planteamientos, ante la inexistencia de cualquier libre albedrío no tendríamos que preocuparnos ni por el futuro ni por la culpa ni por el remordimiento ni por la responsabilidad ni por el estrés. Y eso sería positivo. Igual que podríamos mandar a la papelera cualquier sistema legal, social, político, filosófico, ético, moral o religioso. Y eso sería interesante. Igual que no tendría sentido reflexionar sobre conceptos como "conciencia", "consciencia", "libertad", "mortalidad", "identidad", "personalidad" o "alma". Y eso sería curioso. Ni tendríamos que preocuparnos por saborear la vida y todo aquello que hace que valga la pena. Y eso no sería ni positivo ni interesante. La simple posibilidad de que algo o alguien esté haciendo el gilipollas con nosotros por mera especulación, experimentación, curiosidad o divertimento es algo sencillamente humillante, encabronante y siniestro. El planteamiento o la hipótesis de la simulación es de un nihilismo tan devastador que sólo se puede superar mediante la locura o la ignorancia.

Así las cosas, ante una situación así, en la que se nos plantea en fondo y forma algo que escapa al entendimiento de cualquier
persona, la única salida válida es la que tanto practicaban los sabios de la Antigüedad (y que, por cierto, tan olvidada tenemos hoy en día): aceptar con serenidad que hay cosas que no podemos ni podremos conocer (y, por extensión, prever, controlar o remediar) y centrarse en las que sí. Cualquier otra opción, es reservar un billete de ida para Arkham o la morgue.

De todos modos, por si acaso y para que conste: que nadie acabe mi partida ni cierre mi sesión aún, por favor. Ya habrá tiempo más adelante para el "Game over". Gracias.