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lunes, 30 de abril de 2018

"Penny Dreadful": monstruos como nosotros

Dicen que todo lo bueno se hace esperar. Quizá por eso he podido disfrutar de un tirón de la serie Penny Dreadful cuando ha pasado más de un año desde su final y casi cuatro desde su estreno.

La serie de Showtime reimagina de forma respetuosa pero novedosa a los grandes personajes de la literatura decimonónica de terror (Drácula, Dorian Gray, Frankenstein, Doctor Jekyll, etc) y los arquetipos más universales y clásicos del terror (el vampiro, la bruja, el hombre-lobo, el no-muerto...) haciéndolos convivir en un mismo espacio y lugar, conformando algo similar a lo que logró Alan Moore en su magnífica novela gráfica La Liga de los Hombres Extraordinarios. Así, Penny Dreadful nos sumerge en una historia que básicamente cuenta las aventuras de un grupo de siniestros antihéroes contra el Mal, ya adopte éste la forma de vampiros acólitos de Drácula o de brujas al servicio de Satanás. A este respecto conviene aclarar que pese a su estructura episódica que la acerca al folletín y a su división en temporadas (tres), Penny Dreadful conforma una única historia en la que cada temporada constituye una parte diferente del esquema clásico de una narración: introducción (primera temporada), nudo (segunda temporada) y desenlace (tercera temporada). Narrativamente, creo que John Logan, creador y máximo responsable de esta producción, hace un gran trabajo, a pesar de ciertos problemas de "tempo narrativo" (en la segunda es excesivamente lento y en la tercera demasiado rápido) y de que algunas tramas y personajes están peor resueltos que otros. Digo que ha hecho un gran trabajo porque combinar tantos y tan conocidos personajes, arquetipos y temas para ofrecer algo fresco y entretenido no es nada fácil. Y Penny Dreadful lo logra. A ello ayudan bastante un reparto muy solvente en sus actuaciones (Eva Green, Timothy Dalton y Josh Hartnett son sus rostros más conocidos), un diseño de producción muy cuidado que te sumerge con mucha facilidad en todas esas ciudades distintas que era el Londres de finales del XIX, una fotografía excelente (es complicado hacer que algo sórdido o truculento resulte tan agradable a la vista) y la sensacional y conmovedora banda sonora compuesta por Abel Korzeniowski. Tampoco hay que ningunear el acertado tratamiento de los personajes, puesto que están llenos de matices y claroscuros que los hacen menos ficticios y más verosímiles y, además, están dotados todos ellos, hasta los más secundarios, de un carisma magnético que hace complicado no empatizar con ellos. En este sentido, he de reconocer que lo que hace Rory Kinnear encarnando a la criatura de Frankenstein me parece simple y llanamente a-co-jo-nan-te. Conviene añadir además que si bien es una serie con (lógicamente) varias concesiones al terror e incluso al gore, también exhibe escenas de una hondura emocional estremecedora que demuestran el alma de esta producción.

Dicho esto, creo que lo mejor de la serie es algo que simultáneamente subyace y trasciende la maraña de tramas que conforman las inquietantes y entretenidas peripecias de Vanessa Ives y compañía. En mi opinión, el gran logro de Penny Dreadful es hablar sobre la humanidad utilizando a "monstruos". Lo monstruoso para hablar de lo humano. La ficción para hablar de lo real. Nada nuevo bajo el sol literario. En ese sentido, esta producción constituye un recorrido por esa red de dicotomías, contradicciones y paradojas que conforma el tapiz de la condición humana. Así, el espectador constata al cabo de las tres temporadas cuánta belleza cabe dentro de la fealdad, cuánta fealdad puede ocultar la belleza, cuánta oscuridad hay en el interior de la luz, cuánta luz puede haber en las entrañas de la oscuridad, cuánta muerte existe en la vida, cuánta vida hay en la muerte, cuánta lógica hay en la locura, cuánta locura hay en la razón, cuánto dolor puede haber en la alegría, cuánta alegría puede anidar en el dolor. 

Por todo ello, el principal tema de Penny Dreadful, por encima de la lucha entre el Bien y el Mal sobre la que pivotan las tenebrosas aventuras de sus protagonistas, es sin duda alguna la aceptación de la identidad, la asumción honesta y consciente de todas nuestras luces y sombras, de nuestras virtudes y defectos, de nuestro lado angelical y de nuestro lado demoníaco; lo cual no es precisamente fácil por esa alergia nuestra al reconocimiento de lo negativo y la propensión a la excusa como vía de justificación. En ese sentido, acertadamente, la serie muestra cómo sus protagonistas dejan de estar tan sumamente atormentados cuando se aceptan a sí mismos, liberándose así de todo lo monstruoso que hay en ellos y permitiendo emerger su humanidad y alcanzar de esta manera una agridulce serenidad. Una de las frases más memorables relacionadas con esto la dice el joven y atribulado Víctor Frankenstein en una de las escenas finales de la serie: "Es demasiado fácil ser monstruos. Vamos a intentar ser humanos". 

Por si todo lo anterior fuera poco, Penny Dreadful permite al gran público conocer a dos grandes poetas del romanticismo inglés como son John Clare y William Wordsworth, gracias a los poemas que, en dos monumentales escenas, recita de forma absolutamente brillante y conmovedora la criatura de Frankenstein: I am! de Clare y Ode: Intimations of immortality from recollections of early childhood, de Wordsworth, poniendo por cierto este último poema un sobrecogedor "The End" que a mí me dejó con los pelos de punta y las lágrimas en los ojos.

Así las cosas, no me extraña nada todo el fandom que originó esta serie (a sus fans se les/nos llama dreadfuls). Tan es así que debido a sus legiones de seguidores esta ficción ha continuado su andadura en formato cómic gracias a Titan Comics. Algo muy similar a lo que ocurrió en su día con Buffy, cazavampiros o más recientemente con El Ministerio del Tiempo. Y es que Penny Dreadful tiene un encanto extraño al que es imposible resistirse y del que es imposible olvidarse. Quizá porque lo bueno, cuando lo es de verdad, nunca conoce la muerte. Y esta serie es muy, muy buena.

jueves, 12 de abril de 2018

Recrear y religar

La casualidad ha querido que coincidan en el tiempo la reciente publicación de dos libros escritos por gente a la que aprecio. Por un lado, Alejandro Gándara y su novela La vida de H (Ed. Salto de Página). Por otro, Julián Ruiz y su obra Hubo otra Estella (Ed. R de Rarezas). Dicho así, me siento un poco como esa "voz en off" que acompaña a los paseantes por la Feria del Libro de Madrid. En fin, sigo.

Ambas publicaciones no pueden ser más distintas, como lo son sus autores, pero en el fondo sirven para ejemplificar lo mismo: cómo la creación literaria no es más que un ejercicio de volver a crear la realidad, de rehacer, de reinterpretar, de ajustar cuentas con ella, de descodificarla y volverla a codificar a nuestro gusto, de desconectarse de ella para volver a conectarse de una forma absolutamente personal y única, de "religar"; de jugar con lo vivido, sentido, sabido y recordado para dar algo nuevo a sí mismo y a los demás; de devolver a la realidad el favor mediante una ficción que forma parte de ella físicamente. Esto no es ninguna novedad, porque el copyright viene de antiguo (concretamente, desde que Platón nos hablara de la poiesis banquete mediante). Además de lo que acabo de apuntar, tanto La vida de H como Hubo otra Estella son un buen ejemplo de que toda ficción, toda obra artística en general y literaria en particular, nace de uno, de las entrañas donde anidan todos nuestros recuerdos, filias, fobias, luces, taras, emociones y sentimientos, de manera que toda obra es autobiográfica porque las historias se cuentan desde uno, desde esa atalaya que es la vida que cada uno ha tenido y tiene. Por eso, la tópica pregunta que se hace al autor de turno de "¿En qué medida esta obra es autobiográfica?" es bastante prescindible, salvo que se quiera entrar en el terreno del cotilleo, que poco o nada tiene que ver con lo literario. 

Alejandro y Julián han recurrido a la misma materia prima (los recuerdos) para elaborar dos obras tan distintas como interesantes y atractivas. En el caso de Gándara, La vida de H tiene las formas de un cuento de hadas a medio camino entre lo infantil y lo postmoderno pero con un aliento entrañable de confesión cómplice, especialmente para aquellos que tenemos la suerte de conocer a Alejandro y cuya hondura humana e intelectual es impagable. Por su parte, Ruiz nos demuestra en esos relatos híbridos de anecdotario y crónica bajo el título Hubo otra Estella que las ciudades, esos telones de fondo que hacen las veces de hogar, no dejan de ser lienzos sobre los que se han ido superponiendo los diversos retratos del tiempo y las personas, como una especie de cuadernos de notas en los que las palabras, los tachones y las anotaciones marginales forman una arquitectura caótica, íntima y colectiva por igual; unos retratos y notas que como bien demuestra Julián conviene no olvidar porque para saber dónde ir primero hay que tener claro de dónde se viene.

Más allá de la calidad literaria y la calidez humana que hay bajo los negros y blancos de ambas obras, hay que reconocer el esfuerzo que supone parir una obra literaria. Y es que crear, escribir, tiene mucho de dejar que lo que tienes dentro salga fuera y viva su propia vida con independencia de ti. Y no sólo eso, porque cuando te das a los demás mediante la literatura no estás únicamente mostrando al mundo qué hay en tu interior sino, además, exhibiendo cuánto del mundo ha entrado en ti. De ahí que, cada vez que lees un libro no sólo estás asomándote a un hábitat ficcionado en mayor o menor medida; también estás colándote en la intimidad del autor por una puerta que él mismo ha dejado entreabierta. Por cierto, hablando de esfuerzos, chapó por Salto de Página y R de Rarezas, dos editoriales que demuestran que competir con los grandes mastodontes del sector no es una cuestión de sombra sino de brillo.

Si alguien quiere felicitar a los autores, cosa que sería agradecible, pueden hacerlo con facilidad. En el caso de Alejandro, a través de ese refugio contracorriente que es la Escuela Contemporánea de Humanidades. En el caso de Julián, en las calles de esa otra escuela enclavada en el corazón de Navarra llamada Estella. Yo, más allá de sentimentalismos y amistades, he optado por algo más práctico y terrenal: comprar con intención de leer. La vida de H ya está en mi biblioteca. Hubo otra Estella pronto lo estará. ¿Por qué? Porque me apetece mucho disfrutar página a página con estas obras que dan validez a aquello que dijo el poeta Paul Éluard: "Hay otros mundos pero están en éste. Hay otras vidas pero están en ti".

lunes, 1 de enero de 2018

Frankenstein 200

Se cumplen 200 años del nacimiento editorial de Frankenstein, obra que Mary W. Shelley regaló a la Cultura universal un 17 de junio de 1816 (fecha de escritura, que no de publicación, de la novela) en Villa Deodati, a orillas del lago Ginebra. Dejando al margen la curiosa y azarosa vida de su autora y cómo a una mujer tan joven y refinada se le ocurrió semejante monstruosidad (cuestiones ambas que están más relacionadas de lo que podría pensarse), creo que el gran magnetismo de esta famosísima obra, más allá incluso de ese grial que es el triunfo sobre la muerte, está en su protagonista, la criatura "fabricada" por Víctor Frankenstein

Ese monstruo, indudablemente icónico pero devaluado hasta casi la caricatura en las diversas e innumerables adaptaciones del original novelesco, representa la quintaesencia del paria, lo marginado llevado a su paroxismo, la orfandad definitiva. Feo, culto, incomprendido, desubicado, freak, extranjero en cualquier tierra, víctima constante de prejuicios e infundios...todos los atributos de la criatura conforman un solo collage de los distintos parias que aún hoy podemos encontrar por desgracia en cualquier sociedad. Una abominación que resulta más humana que los humanos, pues su indudable anhelo de comprensión, aceptación, conocimiento y amor resulta tan absolutamente humano que es insaciable por una sociedad perdida entre la ciencia, la hipocresía y la superstición.
Por eso, por esa confrontación entre el deseo y la realidad, entre la necesidad y la frustración, entre la carencia y el rechazo, entre el marginado y la impermeable e insensible sociedad, se desencadenan el conflicto y la tragedia que hacen de la criatura de Frankenstein no tanto un monstruoso villano de novela gótica como un antihéroe trágico, víctima de ese fatum que es la condición humana. Él es un monstruo no por su origen sino porque la sociedad lo ve y lo trata como tal, rechazándolo, aislándolo, arrinconándolo hasta más allá de los márgenes que delimitan la "polis social", arrojándolo a una intemperie existencial donde sólo le espera la depresión, la locura y la muerte.

Así las cosas, pasados dos siglos desde que vino a este mundo, la novela de Mary W. Shelley sigue siendo brutalmente moderna no tanto por su indudable valor como simple ficción sino por su calidad como tétrica alegoría del ser humano en su búsqueda del sentimiento de pertenencia, de arraigo, de hogar emocional. Y es que, como los valleinclanescos espejos del callejón del Gato, Frankenstein o el moderno Prometeo, en el fondo, no es más que el reflejo deforme de una sociedad dispuesta a rechazar la disonancia, a castigar a cualquiera que lleve consigo el divino fuego de la diferencia. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Gracias, Ministro

Señor Méndez de Vigo:

Soy plenamente consciente de que es más que probable que esta carta no llegue nunca a sus ojos, puesto que imagino que su tiempo está dedicado principalmente a hundir la Educación y humillar la Cultura cuando no a ejercer de portavoz del peor gobierno que ha conocido España. Aun así, creo que merece la pena que la escriba, por si a alguien puede ser de ayuda o interés.

Soy un madrileño de 37 años que lleva más de cuatro en el erosivo y tóxico desierto del desempleo desde que una tipa decidió dar mi puesto de trabajo a un familiar de cierto (ex) gerifalte del IBEX, culminando así un semestre de intenso mobbing contra mí y cercenando mis casi diez años de trabajo duro, bueno y honrado en una famosa multinacional. Usted dirá que el tema laboral nada tiene que ver con su responsabilidad ministerial. Y tiene razón. Pero sí sirve para poner en contexto lo que voy a contar a continuación, que sí es de su ámbito competencial.

Soy licenciado en Periodismo, me concedieron un premio al mejor expediente académico de la promoción, tengo un Curso Superior y dos Másters. Desde que me licencié, allá por 1998, siempre intenté tener la mejor formación posible, movido por la ingenua convicción de que eso me ayudaría en el mundo laboral. En ese sentido, para abrir la puerta a la posibilidad de cumplir profesionalmente uno de mis sueños personales (ser profesor de Lengua y/o Literatura española), obtuve poco después de mi licenciatura lo que entonces se conocía como CAP para la didáctica específica de Lengua y Literatura. Abundando en ese sueño, me matriculé años más tarde en la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH) para poder ampliar y perfeccionar mis conocimientos. Hasta ahí, todo bien. Ahora llega lo importante. El pasado lunes 18 de septiembre un centro concertado de Madrid me ofreció un contrato como profesor de las asignaturas de "Lengua y Literatura" y "Cultura clásica", materias ambas para las que creía que estaba personal, legal y académicamente capacitado y habilitado. Puede imaginarse mi sorpresa y alegría, señor Méndez de Vigo, al tener esa oferta ante mí pues no sólo suponía cumplir mi sueño sino, además, liberarme de este Tártaro que es el desempleo en la España del precariado y poder sentirme de nuevo una persona útil y reconectada con la normalidad. ¿Qué pasó? Pues ocurrió que, al pasarme el martes 19 por la Dirección del Área Territorial de Madrid Capital de la Consejería de Educación, Juventud y Deporte de la Comunidad de Madrid (calle Vitruvio 2), lo que en teoría iba a ser un mero trámite burocrático se convirtió en uno de los palos más devastadores que me han dado en mi vida. ¿Por qué? Porque allí me enteré, por boca de una funcionaria de la quinta planta cuya empatía rivaliza con la de una nevera, que todo el esfuerzo en tiempo y dinero que dediqué antaño para ser legalmente apto para impartir clase como profesor de Lengua y Literatura ya no valía de nada puesto que era ilegal. ¿Le suena, señor Ministro? Supongo que sí, pero, por si acaso, le refresco el asunto: usted, el 17 de julio de 2015, firmó el Real Decreto 665 que, por un lado, redundaba en el Real Decreto de 860 del 2 de julio de 2010 firmado por el entonces ministro Ángel Gabilondo, y, por otro, se pasaba por el forro el dictamen 2/2015, emitido por el Consejo Escolar del Estado. ¿Recuerda ya de qué va todo esto? Yo le ayudo: Tanto su decreto de 2015 como el de Gabilondo de 2010 se apoyan en la ordenación de las enseñanzas universitarias (plasmada en el RD 1393/2007) para impedir por ley a todos los licenciados/graduados en la rama de Ciencias Sociales y Jurídicas ejercer la docencia de, entre otras, "Lengua castellana y Literatura", "Literatura universal" y "Cultura clásica". ¿Adivina en qué rama está encuadrada Periodismo? Lo malo no es ya el cambio de criterio respecto a lo que recogía la Orden del 24 de julio de 1995 sino que su Ministerio, señor Méndez de Vigo, ignoró deliberadamente la recomendación nº21 del mencionado dictamen 2/2015 del Consejo Escolar del Estado y que, cinco meses antes de su decreto, decía lo siguiente: Al artículo segundo, apartado tres. Anexo I: Teniendo en cuenta el currículo de estas materias y las asignaturas que conforman el plan de estudios de Periodismo, se considera la formación inicial de estos licenciados para impartir "Lengua y Literatura Castellana" y "Literatura Universal". De acuerdo al currículo, el objetivo de esta materia es el desarrollo de la competencia comunicativa, es decir, un conjunto de conocimientos sobre la lengua y de procedimientos de uso que son necesarios para interactuar satisfactoriamente en diferentes ámbitos sociales. El eje del currículo son las habilidades y estrategias para hablar, escribir y escuchar en lso ámbitos de actividad social, situando estos aprendizajes en diversos ámbitos del uso de la lengua: el de las relaciones interpersonales y, dentro de las instituciones, el de los medios de comunicación y el ámbito académico. Asignaturar que, entre otras, incluye el Título de Licenciado en Periodismo y que se corresponden con los contenidos de "Lengua Castellana y Literatura": Lengua Española, Literatura, Teoría y Práctica de la Redacción Periodística, Redacción y Locución, Géneros informativos e interpretación, Lecturas del Arte contemporáneo, Periodismo cultural, Historia del mundo actual. Además, los licenciados en Periodismo tenían, en el pasado, en el Curso de Aptitud Pedagógica como Didáctica específica "Lengua Castellana y Literatura" y las prácticas las hacían en el Departamento de Lengua Castellana y Literatura impartiendo estas materias. Por todo lo anterior, se propone añadir, dentro del Anexo I, en las condiciones para impartir la materia de "Lengua Castellana y Literatura" y "Literatura Universal": Licenciado en Periodismo (sic). 

En resumen que, gracias a su Real Decreto, señor Ministro, al estar encuadrado dentro de la rama de "Ciencias Sociales y Jurídicas", estoy capacitado para impartir clase de "Artes escénicas", "Geografía", "Geografía e Historia", "Historia de España", "Historia del Mundo contemporáneo", "Historia del Arte", "Filosofía", "Psicología", "Historia de la Filosofía" y "Valores éticos" pero no para aquellas disciplinas para las que específicamente me preparé legal y académicamente y que tienen más presencia en el currículo de mi licenciatura que cualquiera de las otras que sí puedo impartir según el descabellado, irracional, incoherente, disparatado e incongruente criterio que recoge su Real Decreto 665/2015, señor Méndez de Vigo.

Llegados a este punto, el punto en el que he tenido que ver como se esfumaba en mis narices el sueño de mi vida y la liberación de la tortura del desempleo, le pido sólo una cosa, señor Ministro: que me diga el motivo. ¿Por qué motivo no enmendó el bochornoso error de Gabilondo? ¿Por qué motivo se pasó por el forro de los genitales la razonada y razonable observación del Consejo Escolar del Estado? ¿Por qué motivo decidió que era conveniente situar en la ilegalidad lo que fue legal durante quince años? ¿Por qué motivo mi CAP sigue siendo válido para impartir clase pero mi licenciatura es un osbtáculo? ¿Por qué motivo la legislación vigente dice que mi CAP me habilita para dar clase menos para aquella didáctica específica en la que lo obtuve? ¿Por qué motivo consiente esa disparidad de criterio a la hora de aplicar con carácter retroactivo la ley? ¿Por qué motivo un jurista puede enseñar "Artes escénicas" cuando en el currículo académico no hay nada que aborde esa asignatura ni siquiera tangencialmente y en cambio un periodista que durante la carrera, entre otras muchas cosas, estudia asignaturas relacionadas con la Lengua y la Literatura no puede dar clase de "Lengua y Literatura castellana"? ¿Por qué demencial lógica se me permite enseñar a Sócrates, Platón y Aristóteles pero no se me considera habilitado para hablar de Homero, Esquilo o Jenofonte? ¿Por qué motivo mantiene vigente esa incongruencia insostenible que me impide enseñar asignaturas para las que estoy capacitado en diversos sentidos? ¿Por qué motivo un error suyo me ha jodido la vida?

Sé que usted es hombre de leyes (según parece es usted jurista y bla, bla, bla), señor Méndez de Vigo, así que le rogaría que me aclare todo eso, sin tomarme por imbécil, por favor. Porque por ese infame y gilipollesco decreto suyo he perdido el trabajo de mi vida y tirado a la basura el dinero, el tiempo y el esfuerzo que dediqué a prepararme como profesor de Lengua y Literatura. Así que le agradeceré enormemente que me responda. 

Gracias, Ministro. 

martes, 27 de junio de 2017

"Testigo de cargo": un juicio que merece la pena

Testigo de cargo son tres cosas: una exitosa obra de teatro, una magnífica película y una estupenda miniserie de TV (al menos la de 2016).

La trama, tanto en el original de Agatha Christie como los guiones de Billy Wilder (película) y Sarah Phelps (serie) gira en torno a la ¿imposible? defensa del joven Leonard Vole que ha sido acusado del asesinato de la adinerada MILF a la que se beneficiaba y de la que se beneficiaba día y noche a escondidas de la pareja oficial del mozo; lo cual sirve de pretexto a la célebre autora para evidenciar las puertas traseras de la Justicia y exponer los claroscuros de la condición humana.

Yo no he visto la obra representada pero sí la película de 1957 y la teleserie de 2016. En la pantalla grande, el mítico cineasta Billy Wilder despliega todo su talento para aderezar el original teatral con un fino humor y unos añadidos que suman brillantez al texto que adapta y permiten al gran Charles Laughton dar el enésimo recital de su carrera en el papel del abogado Sir Wilfrid Roberts (y eso que el resto del repartazo eclipsaría a cualquiera). Eso sí, el film no deja de ser canónico en lo esencial y buenista en el fondo dado que todos los protagonistas tienen el final que se merecen, resultando así una película entretenida y agradable.

En cambio, la miniserie de 2016, condensa en sus impecables formas y dos horas una historia que, respetando la primigenia, ofrece algunas innovaciones en los personajes y tramas que hacen al conjunto trascender el thriller judicial para revelarse como un dramón con bastante nihilismo en sangre que tiene en un magnífico Toby Jones no sólo a un bondadoso, frágil y atormentado procurador John Mayhew sino al mejor exponente y víctima de ese descorazonador pero excelente enfoque que dan la miniserie su director y la guionista.

Es lo mágico de las adaptaciones: que partiendo de una misma base de puede ofrecer resultados sensiblemente distintos pero igualmente válidos y disfrutables. Quien quiera simplemente disfrutar, la película de Wilder es una estupenda opción. Quien además quiera tener un puñetazo en el estómago al terminar, la miniserie de 2016 es ideal. Por eso me costaría decantarme por una en detrimento de otra: me encantó en su día la película y me ha encantado (y conmovido) la miniserie ahora que la he visto en Movistar 0.

Dicho eso, Testigo de cargo es interesante porque en el fondo está constantemente jugando con los prejuicios del espectador y su facilidad para dictar "sentencias" sobre hechos o personas dejándonos guiar por la pasión del momento, las conjeturas, los dimes, los diretes, el paradigma dominante y los meros indicios sublimados a la categoría de dogma. Un juego del que son conscientes hasta los propios personajes de la ficción, especialmente la inquietante pareja de los Vole, y que convierten a Testigo de cargo en una deliciosa hostia a la hipocresía y la frivolidad con la que gestionamos las presunciones y las impresiones.

domingo, 23 de abril de 2017

Rematar a Cervantes

Lo confieso: soy un paria, un marginado, un forajido, un outsider, un autoexiliado, un partisano, un rebelde, un miembro de la resistencia. Hoy, en España, Día Internacional del Libro, aniversario de la muerte de Shakespeare y Cervantes, tener entre tus intereses la Cultura y entre tus aficiones la lectura es sinónimo de estar fuera del redil, ajeno a la cuadrícula, huido del rebaño, prófugo de la mediocridad y constituir una anomalía de un sistema diseñado para fabricar y ensalzar necios, cretinos y estúpidos (y estúpidas, que dirían los amigos de lo políticamente correcto y lingüísticamente gilipollesco). Por eso, no hay motivo para el sonrojo en la confesión, hay orgullo y mucho, por cierto.

Para ver atendados contra la Cultura no hace falta irse a los países donde se la pasan por el forro de Mahoma. Basta con darse una vuelta por el BOE o la parrilla televisiva o las reseñas culturales de los medios de comunicación para percatarse de que España es un país encantado de rematar a Shakespeare y Cervantes mediante el desprecio deliberado o ignorante. Francamente, vivir en un país en el que las televisiones bañan en fama y euros a auténticos anormales o donde las reseñas están más cerca de la propaganda a sueldo que de la crítica culta y formativa o en el que desde el Gobierno se ha orquestado una "persecución de Diocleciano" contra todo lo que huela a Cultura pues produce asco, pena y bochorno. Especialmente indignante es esto último, lo del enseñamiento gubernamental respecto a lo cultural, ya que yo no le puedo pedir cuentas a Vasile por Mierdaset (por decir un grupo mediático al azar) ni al propietario de ningún periódico por permitir reseñar a juntaletras cuyo nivel intelectual (y no digamos ya estilístico) está entre la nada y el cero absoluto, pero sí se las puedo pedir a quien, en teoría, gobierna pensando en todos los españoles actuales y venideros. Diezmar y laminar educativa y económicamente todo lo referente a la Cultura es algo más propio de distopías como la de Fahrenheit 451 pero Rajoy está firmemente decidido a pasar a los anales (nunca mejor dicho) como una de las cosas más positivas que le ha ocurrido a España junto a la peste, Carlos II, Fernando VII, el Frente Popular, la Guerra Civil, Franco, ETA, Rodríguez Zapatero, Podemos y la programación de Telecinco. Las medidas punitivas contra la Cultura o contra las Humanidades (tanto monta, monta tanto) puestas en marcha por el Gobierno son quizás el mejor síntoma de que estos tipos, los que zascandilean entre el Congreso y La Moncloa, tienen aversión a dos de los pilares de cualquier sociedad democrática: la libertad de pensamiento y la libertad de expresión. Es obvio que esta gente infame no está en absoluto interesada en lograr que España sea una sociedad de hombres libres, críticos y reflexivos porque sólo así pueden seguir conservando ese lucrativo chiringuito desde donde mercadean con favores y libaciones con otra gente no menos repugnante. Aquí, cuanto más tonto sea el personal, mejor les irá a los políticos...y en eso andan

Quiero detenerme un momento en lo que tiene que ver con el ámbito educativo: desterrar la Cultura a garrotazos legislativos de cualquier plan en el hábitat de la enseñanza es uno de los mayores bochornos y disparates que se han hecho en las últimas décadas (y mira que hay stock). Menospreciar en horas y peso curricular las asignaturas de Humanidades en general y la Literatura en particular es una forma de retratarse ante el mundo (Dorian Gray salía mucho más favorecido en su retrato que este Gobierno). Alegar que tal mutilación se hace para ayudar a la inserción laboral de los chavales es una manera de evidenciar cuán errónea es la percepción del ser humano que tienen los Wert y compañía. Y es errónea por lo siguiente: 
  • Primero, uno va a la escuela a aprender como parte del viaje iniciático de todo individuo no para ser "maniquizado" de cara al mundo laboral.
  • Segundo, las personas no vivimos para trabajar (premisa que parecen compartir el Gobierno y la CEOE) sino que trabajamos para vivir y para entender y saborear la vida pocas cosas hay mejores que leer puesto que esta es la mejor vía para encontrar nuestro lugar en el mundo y en la Historia. 
  • Tercero, la formación cultural o el nivel intelectual no está reñido con el acceso a un puesto de trabajo, máxime en un país en el que la precaricación laboral impuesta por el Gobierno ha hecho de la sobrecualificación una norma tácita pero enormemente extendida. 
  • Cuarto, el menosprecio que demuestra el Gobierno hacia la Cultura es totalmente incomprensible e incompatible con una nación que atesora un patrimonio cultural sencillamente extraordinario, así que aquí no sobran Cervantes ni Quevedo ni Unamuno ni Lorca sino Rajoy y toda su camarilla de malnacidos que perdieron la vergüenza junto con la placenta.
  • Quinto, teniendo presente que la mayoría de estudios ya advierten de que el futuro laboral de las personas en un mañana enormemente mecanizado pasa por una necesaria explotación de la creatividad y el ingenio, quitar a los estudiantes el acceso a las disciplinas que más y mejor ayudan a desarrollar una y otro demuestra una miopía de miras más que preocupante y evidencia lo falaz del argumento esgrimido por Wert para acuchillar a la Cultura en las aulas. 
  • Sexto, elegir unilateralmente e imponer lo que uno cree que es lo mejor no deja de entroncar con esa concepción a medio camino entre lo paternalista y lo dictatorial que tanto daño ha hecho a las sociedades desde tiempos remotos. Es obvio que, en España,  ni las derechas ni las izquierdas están libres de pecado pero los conservadores deberían esforzarse en disimular mejor sus tics dictatoriales, por mucho que le gusten a buena parte de su electorado.
  • Séptimo, juzgar todo desde el prisma de la "utilidad" no sólo sólo es sesgado sino que también es discutible, más que nada porque obliga a replantearse el propio de concepto de "útil". ¿Es más útil aprender ecuaciones que aprender a pensar? ¿Es más provechoso comprender las leyes de la física que la naturaleza humana? ¿Es de más utilidad para el día de mañana expresarte en inglés sin tener ni puñetera idea de quién fue Shakespeare? ¿Es más útil en lo laboral conocer las enseñanzas del Cristianismo que lo que hay dentro de la Odisea? ¿Es útil sólo lo que tenga que ver con el acceso a un salario y la mejora del mismo? Pues eso.
De todos modos, orillando al siniestro Gobierno y su deleznable LOMCE (que tan magistralmente han denunciado Carlos Mayoral en su recomendable artículo Cervantes ya no es una opción o Peio H. Riaño en su noticia Los alumnos prefieren a Kafka pero Jesucristo les sube la nota) hay que reconocer que los amantes de la Cultura en general y la Literatura en particular lo tenemos complicado en un país en el que la chavalería está obnubilada con Mujeres, hombres y bicepsberzas o que considera "famoso" como una opción profesional más o en el que gente como Kiko Rivera tiene más presencia e impacto mediático que cualquiera de nuestros escritores, artistas y pensadores o en el que arrasan hediondeces como Cincuenta sombras de entrepiernas o pseudolibros escritos por rostros televisivos o en el que un tuitero tiene más ventas que un escritor. Y esto no es culpa sólo del Gobierno y la Educación. Es un problema más de fondo que amenaza con ser sistémico y endémico y conviene tomarlo en serio cuando ya tener gusto por las letras, esto es, por la Cultura, se ha convertido en objeto de mofa o denigración entre los escolares bajo el sambenito de "letrasado", como apunta Elvira Lindo en su última columna.

En fin. Que de mi pasión por la Literatura ya hablaré en otro rato porque ahora se me han quitado las ganas con este paseo por este fangoso país que tan encantado está no ya de humillar sino de rematar un 23 de abril a Cervantes y a quienes como él hicieron grandes las letras españolas y universales.

lunes, 23 de enero de 2017

Marías se equivoca

Este fin de semana, el escritor Javier Marías ha originado con su artículo dominical una polémica en torno al teatro que ha movilizado tanto a partidarios como a detractores teatrales, especialmente en redes sociales. El académico Marías, prestigioso novelista e interesante analista literario, dedica la mayor parte de su artículo "Ese idiota de Shakesperare" a rechazar ásperamente el teatro que se hace en la actualidad, tanto en lo que se refiere a las obras que rompen la cuarta pared como a las "adaptaciones no canónicas" de los denominados clásicos universales. Marías está en su perfecto derecho de decir eso, como lo está cualquier otra persona si piensa que el literato ha patinado espectacularmente, como es mi caso. 

En mi opinión, el escritor se equivoca principalmente en dos cosas: la primera, juzgar al todo por la parte, ya que si bien hay obras heterodoxas o "interactivas" que son un auténtico despropósito("sandez" dice el artículo), también las hay que son magistrales y, por otro lado, no todo el teatro que se representa hoy en día es como el que menciona Marías. El segundo error consiste en considerar que el teatro actual es parte del problema de ignorancia o incultura que hay en nuestra sociedad cuando lo cierto es que el teatro será siempre parte de la solución ya que constituye una fantástica arma de educación masiva, finalidad primordial otorgada por sus creadores, los antiguos griegos.

En su metralla contra el arte dramático de nuestro tiempo, Marías olvida o prefiere ignorar demasiadas cosas que resultan esenciales, singulares, vertebradoras, identitarias y distintivas del teatro y de las que quiero hablar a continuación.

El teatro es por sí mismo pura heterodoxia porque, como toda creación, es subversiva respecto a "lo real". La poeisis en que se basa toda obra de arte en general y de ficción en particular requiere un ejercicio de recreación de la realidad y, simultáneamente, de sustitución de lo que podríamos llamar "normas de la literalidad" por el pacto entre autor y receptor por el que se acepta, percibe, siente y vive como real algo que no es más que una simulación. Es un engaño consentido que nos abre ventanas a otras realidades tan válidas como la física y cotidiana en tanto que la sentimos de igual manera y por los mismos cauces. En ese sentido, al contrario de lo que asume Marías, el teatro es un juego pactado que se asienta no sobre la ignorancia o la credulidad del público sino sobre la consciencia y la complicidad. Gracias al autor el actor es pero es gracias al público por lo que el actor está. Por ello, el teatro deviene en un encuentro entre el ingenio, la imaginación y el sentimiento auspiciado por el arte del gesto y la palabra en el que el espectador no es parte pasiva sino activa en calidad de cómplice y copartícipe de ese ritual del pensar y el sentir, porque en el fondo, en eso consiste el teatro, en ir más allá de lo que se ve y se oye; por eso, las formas no dejan de ser vehículos y herramientas al servicio del fondo, que es lo que permanece, cala e interesa al autor/adaptador, al actor y al público. En ese sentido, los únicos condicionantes a los que está expuesta una representación teatral son el ingenio y el presupuesto.

El teatro es una sagrada celebración de lo humano, una ceremonia donde se expone la Humanidad en toda su desnuda contradicción, grandeza y miseria, una ventana particular y temporal abierta hacia lo universal, un viaje simultáneamente personal y colectivo, una fiesta que profana las máscaras para mostrar las esencias y lograr así la catarsis que abre los ojos a la enseñanza, al aprendizaje, al descubrimiento y la reconciliación con lo que fuimos, somos y seremos. Así las cosas, dicotomías y etiquetas como "clásico"-"actual", "original"-"adaptación", "tradicional"-"innovador" tienen más sentido y valor pedagógico que real porque trazar clasificaciones estancas en aras de un purismo excesivo o una ortodoxia demasiado aferrada a lo literal es igual de absurdo e ineficaz que trazar rayas en el agua o querer enmarcar al viento. El teatro es un eterno diálogo del ser humano consigo mismo y, al amparo de ello, es también es una conversación de autores y actores a través del tiempo y el espacio sobre los grandes temas y las capitales pasiones del hombre donde la obra funciona a la vez como coartada y beneficiaria. En ese sentido, no hay teatro "clásico" ni "moderno": el teatro es teatro y la única distinción que cabría hacer al respecto es la de bueno o malo. Por eso, redundando en lo que comentaba antes, en ese intenso coloquio sobre las esencias, la forma no importará tanto como el fondo, porque en el arte dramático, cuando las cosas se hacen bien, todos los caminos conducen a Roma. Y esto es así desde que Tespis recorrió la Hélade con su carro. Por tanto, querer denigrar sistemáticamente toda adaptación o menospreciar automáticamente todo lo que se aparte de lo convencional demuestra una soberbia ignorancia o una ignorante soberbia, tanto da. Si todo el mundo hubiera demostrado esa clasista intransigencia que exhibe Marías en su artículo, el teatro no habría ido más allá de Esquilo, Sófocles y Eurípides y el mundo no habría conocido jamás a Shakespeare, Moliere, Calderón, Lope, Lorca, Miller, Fo y compañía. ¿Qué hay de malo en dejar al ingenio jugar con las formas mientras se respete el fondo? ¿Qué problema hay en reescribir las reglas si se logra el mismo efecto? ¿Qué peligro hay en dejar que el teatro, como cualquier otro arte, evolucione? Si el arte dramático es el más apegado a la realidad íntima del ser humano es absurdo querer prevenirlo del cambio, de la novedad, el contraste, el enriquecimiento y el mestizaje que existen en nuestra propia vida individual y social. El teatro nace de la imaginación y ésta nunca es estática, es volátil, juguetona, libertina, escurridiza, iconoclasta y libre, por encima de dogmas, cánones, convenciones, modas, gustos y opiniones.

Yo, por ejemplo, amante confeso y practicante del teatro, disfruto enormememte con obras como el soberbio Hamlet que se pudo ver hace un tiempo en los Teatros del Canal o con la estupenda adaptación de El asno de oro que hizo Rafael Álvarez, El Brujo o con los desternillantes espectáculos que hace Impromadrid. Obras todas ellas muy distintas entre sí pero con una cualidad en común: causarían una angina de pecho a Javier Marías.

En definitiva, que el "integrismo clásico" que rezuma el artículo de Javier Marías es tan desaconsejable y nocivo como querer innovar sin que acompañe el ingenio y el criterio y que critica el escritor con tanta saña. No obstante, lo peor de todo, ese ese injusto e injustificable desprecio de 360 grados que proyecta irresponsable e imprudentemente sobre el teatro, dando dentelladas aquí y allá (su ataque a las mujeres tampoco tiene desperdicio) como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Olvida el autor que se puede opinar sin agraviar a nadie ni parapetarse en ataques gratuitos e infundados. Quizás Marías sólo ha buscado notoriedad levantando esta estúpida polvareda pero a él ya no le hace falta notoriedad...ni tampoco quedar en ridículo.

viernes, 14 de octubre de 2016

La respuesta está en el viento

El Premio Nobel de Literatura de 2016 ha sido otorgado al cantautor Bob Dylan. Si, aun con toda esta concisión y asepsia, leerlo produce un no-sé-qué, asimilarlo ya...

Antes de entrar en faena y para que no queden dudas al respecto: reconozco sin matices ni letra pequeña la valía y la relevancia de un cantautor como Dylan; sería necio ignorar la enorme trascendencia que este artista ha tenido para la música. Que me guste ya es otro cantar, nunca mejor dicho. Tampoco es que lo deteste. Simplemente, no me llama la atención.

Yendo ya al meollo de la cuestión: el Nobel de Dylan me parece una frivolidad, una estridencia, un disparate, un patinazo, una majadería, un ejercicio de postureo irrisorio, un error. No porque considere que un tipo como Dylan no se merezca un Nobel sino porque pienso que se merece el de Literatura tanto como el de Física o el de Química. Si querían dar un Nobel a Dylan, mejor habrían hecho en crear una categoría nueva (la de "Música") en lugar de hacer lo que han hecho: buscar una pirueta argumental ("haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense") que les permita dar "porque sí" dicho galardón al cantautor estadounidense, especialmente cuando este buen señor no ha escrito una sola obra que se pueda considerar literaria. De ahí que la controversia generada al calor de la concesión no sólo sea lógica sino que es sana y necesaria.

Me parece un error dar el Nobel de Literatura a Dylan respirando aún escritores tan magistrales como Richard Ford (para mí el mejor narrador vivo), Paul Auster, Don DeLillo, Ian McEwan o Philip Roth, por citar sólo algunos ejemplos y dejando conscientemente al margen a magníficos poetas y dramaturgos por ahorrar tiempo y espacio. ¿Por qué pienso que es un error? Porque la calidad estrictamente literaria de Dylan es por lo general mediocre. Es cierto que, combinando la letra y la música, Dylan consigue hacer indudablemente arte y algo innegablemente genuino, pero, atendiendo a todo lo que no es puramente musical, el ingenio "poético" de Dylan brilla en muy contadas ocasiones (por ejemplo, en la legendaria Blowin' in the wind). Dicho de otro modo: Dylan como cantautor es un icono pero como "poeta" es del montón. Y si alguien quiere discutir eso, invito a que se lea con detenimiento las letras de las canciones de Dylan porque descubrirá que muchas no son precisamente para tirar cohetes (por cada letra aceptable hay varias que o bien te dejan frío o directamente dan vergüenza ajena). Poesía es lo de Lorca, Lautréamont, Cavafis, Szymborska o Sabina; lo de Dylan es otra cosa. Por eso resulta sorprendente, ofensivo y francamente gilipollesco que habiendo tanta calidad donde elegir se premie a un artista que pasará a la Historia de la Música pero jamás a la de la Literatura. El Nobel a Dylan es una bofetada que ni Ford ni Auster ni DeLillo ni Roth ni otro buen puñado de escritores excepcionales (incluso el sobrevalorado Murakami) se merecen. Si el campo literario actual fuera un erial...pues vale, pero no es el caso ni mucho menos. Además, que este cantautor tenga el mismo Nobel que se negó a autores tan prodigiosos como Borges, Tolstoi, Ibsen, Miller, Kafka o Calvino es una broma de mal gusto. Punto. 

Por otro lado, puestos a premiar a foráneos ajenos a la "nación literaria", ¿por qué no un guionista o un director de cine? Al fin y al cabo, son de facto contadores de historias y, muchos de ellos, objetivamente mejores que Dylan en esos menesteres: ahí están Lynch, Nolan, Eastwood, Haneke, Malick, Tarantino...

Hay quien se ha venido arriba y ha salido en defensa del Nobel de Dylan apelando a Homero, Safo, los juglares, los trovadores y los cantares como refutación a quienes pensamos que un cantautor no se merece el Nobel de Literatura o a quienes creemos que meter a la música dentro de la literatura es mezclar churras con merinas. Aun a riesgo de desilusionar a quienes han eyaculado champán al calor de este Nobel, las canciones de Dylan nada tienen que ver ni con la cólera de Aquiles ni con las peripecias de Odiseo ni con el esquivo Santo Grial ni con la espada de Roldán ni con el perro de Culann ni con el amor cortés ni con todo este etcétera que integra la denominada "literatura oral". La literatura oral fue una necesidad en un contexto en el que la voz era el mejor soporte cuando no el único. En el siglo XXI, apelar a la "literatura oral" para respaldar a Dylan es, como mínimo, anacrónico y, muy probablemente, una estupidez. Además, volviendo a lo de "contar historias" oralmente y a la "tradición estadounidense", Dylan es un mero telonero comparado con monstruos como Johnny Cash (cuyo Nobel brilla por su ausencia). Hasta Bruce Springsteen (que tiene en su haber el mismo Nobel que Cash) ha sabido contar-cantar la historia reciente de los EEUU mejor que Dylan. Así las cosas...¿alguien me quiere decir, por ejemplo, qué historia cuenta el flamente Nobel en la famosa Knockin' on Heaven's door? ¿La calidad literaria reside en repetir una y otra vez la misma frase como si estuvieras al borde del coma etílico?

No obstante, el Nobel a Dylan tiene dos consecuencias positivas. La primera, que el debate ha rebasado los círculos gafapastas, a diferencia de lo que venía ocurriendo los últimos años. Y la segunda: España está hoy más cerca de reptir Nobel en Literatura con...Joaquín Sabina. Es todo un consuelo.

Ahora bien, la respuesta a por qué se ha dado el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan sigue siendo difícil de encontrar...quizás porque esté en el viento.

jueves, 13 de octubre de 2016

El penúltimo bufón

Ha muerto Darío Fo, un bufón magistral que manejó como pocos la provocación y la sátira. El ingenio siempre viene bien para tocar lo que no suena y pocos se atreven y Fo de eso iba tan sobrado como de humor cáustico.
Con el fallecimiento de este gran comediante, la literatura europea (Fo fue también novelista) y especialmente el teatro (la fama de Fo viene principalmente de su faceta como dramaturgo y actor) pierde a uno de sus totems (siendo premiado, en este caso sí merecidamente, con el Nobel de Literatura) un tipo incorrecto, libre y honesto cuya mirada nos ayudó a pensar y cuyos pensamientos nos ayudaron a mirar. Y todo ello sin renunciar nunca al arte más difícil: el de hacer reír. Y es que Fo, maestro de lo bufo, fue quizás uno de los mejores arlequines que tuvo y tendrá la cultura europea.

Y es que el país en forma de bota siempre ha alumbrado grandes maestros a la hora de dar puntapiés a las conciencias desde la sátira. Se fue Fellini (también un octubre, por cierto) y nos quedó Fo. Se va Fo y nos queda Sorrentino. Italia, en cuestión de ingenio, ha tenido siempre un banquillo extraordinario.

Ahora que de Fo ya sólo queda sombra, sería bueno para sobrellevar el duelo no ya (re)descubrir su interesante obra sino permitir que esa ética iconoclasta tan suya deje algo de luz en nuestra mirada y actitud ante el mundo.

Eso sí: en España afortunadamente nos queda el consuelo de tener a otro gran comediante y librepensador que, como Fo, también gusta de hacer pensar y reír al público: el maestro Rafael Álvarez, El Brujo.

Hoy, con la muerte de este arlequín, la comedia ha perdido arte y el arte ha perdido comedia. Hoy, con la muerte de este bufón, la sonrisa ha perdido una excusa más para salir a flote. Hoy, el silencio tiene algo de sentido. Mañana, será un buen momento para seguir haciendo el Fo. Pocos tributos mejores que ese se me ocurren.