Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociedad. Mostrar todas las entradas
sábado, 24 de noviembre de 2018
La nueva censura
Actualmente, la corrección política y la hipersensibilidad conforman un tácito totalitarismo que funciona como una eficaz censura, ya sea a priori o a posteriori. Ahora al expresarte debes tener mucho cuidado porque es más que probable que alguien pueda darse por ofendido, rasgarse las vestiduras o convertirse en un molinillo de aspavientos. Que tu intención sea ofender o no ya es lo de menos. La intencionalidad y el sentido de las palabras ya no es patrimonio del emisor del mensaje sino del receptor...y así pasa lo que pasa: discusiones gratuitas, polémicas inesperadas, reyertas verbales sin ton ni son, pasarse por el forramen el diccionario y el artículo veinte de la Constitución, tergiversaciones a la carta, etc. Hemos llegado a un punto tan demencial que lo que tú quieres decir no importa nada en comparación con lo que otros quieren entender desde su propio paradigma y sensibilidad. Así, escribir o hablar se ha convertido en un paseo por un campo de minas, que es en lo que se ha transformado esta sociedad tan hipócritamente correcta e hipersensible, de manera que hasta decir "Buenos días" corre el riesgo de provocar tarde o tempano un shock anafiláctico a alguien.
Cuanto más sincero y libre seas a la hora de expresarte, más papeletas tienes para acabar de protagonista involuntario en alguna gresca. A mí me ha pasado, sin ir más lejos, ayer. Resulta que este pasado viernes llegué tarde a mi trabajo a pesar del madrugón (me levanto a las 05:45 de la mañana para poder llegar bien ya que para ir a mi trabajo requiero usar metro, tren de cercanías y autobús interurbano) por culpa de que una mujer de rasgos andinos y evidentes problemas de sobrepeso tuvo a bien no cederme paso ni hueco para subir por las escaleras que conectaban la estación de metro con el andén de cercanías (las escaleras mecánicas estaban en obras y toda la gente se canalizaba por unas "estrechas" escaleras tradicionales), lo cual motivó que perdiera un tren en mis narices y llegara, como decía, con retraso a mi trabajo. Aquella falta de consideración y de sentido común por parte de la señora al obstruirme el paso propició mi enfado y que manifestara éste en mi página de Facebook mientras esperaba a la venida del siguiente convoy. Tal manifestación consistió en un comentario breve pero muy ácido y cruel contra la buena señora. Un texto que en su mayor parte consistía en una descripción de dicha persona, escrita indudablemente desde un corrosivo cabreo, pero descripción al fin y al cabo. Quiero decir: no me movía ninguna pretensión racista ni xenófoba ni supremacista ni clasista ni narcisista ni egocéntrica ni ninguna estupidez similar. Dicho de otro modo: habría escrito un texto muy similar en tanto que corrosivo ya me hubiera cerrado la trazada Charlize Theron, Richard Ford, Adele, Joaquín Reyes o Florentino Fernández. Así, por ejemplo, para referirme a sus rasgos andinos utilicé expresiones como "altiplánica andina" (por referencia al Altiplano) o "hija de Atahualpa" (por aludir al célebre líder inca); para describir su físico escribí "tapón", "rechoncha", "con paso mórbido", "adefesio" y "como una morcilla"; para referirme a su falta de sentido común la califiqué como "cretina"; y remataba mi metralla verbal con un "en algún momento de su vida perdió la gracilidad, el civismo, la motricidad, la lozanía y la belleza". El post lo cerraba con un "La madre que te parió", tras expresar mi obviamente exagerado deseo de "catapultarla". ¿Habría escrito otras palabras de tratarse de una persona distinta? Obviamente, porque no todas las personas son iguales. ¿Habría variado mi intención corrosiva, cabrona y burlesca de tratarse de otra persona? Ni lo más mínimo. Así las cosas entiendo totalmente que se me repruebe por utilizar lo estético como arma o por ser tan sumamente ácido por algo que, en definitiva, no deja de ser una anécdota. Eso lo comprendo y lo asumo, teniendo claro igualmente que simplemente me limité a describir a la persona causante de mi enfado, de una forma desagradable y cruel sí, pero totalmente compatible con la realidad y sin ninguna exageración. Aun así, insisto en que habría sido igualmente hiriente y mordaz de tratarse de una persona de género, rasgos, fisionomía o nacionalidad totalmente distinta. No obstante, mi error es, por un lado, haber extrapolado mi crítica más allá de la falta de civismo y la carencia de sentido común y, por otro, haber escrito "en caliente". Pero nada más. Mi texto, en el fondo, podría - y quizá debería - haber sido éste: "Un ser humano esta mañana me ha impedido el paso en unas escaleras en el Metro de Madrid, suceso que ha supuesto que mi madrugón no haya servido de nada ya que he perdido el tren de Cercanías y he llegado tarde a mi trabajo. Esto ha provocado mi enfado con este ser humano ya que me ha irritado mucho su falta de consideración al ver que yo intentaba pasar. ¡Mecachis!". Así me habría ahorrado cualquier crítica por referirme al género de la mujer, a su fisionomía y a su estética y, de paso, no me habría convertido en objeto de interpretaciones retorcidas y reproches desmedidos. Pero yo, cuando me enfado, soy enormemente ácido y creativamente cruel en lo verbal. ¡Qué le voy a hacer! Es uno de mis incontables defectos. Pero el quid de la cuestión y el pretexto de este artículo vienen de un comentario que escribió una persona a propósito de mi texto contra la tipa del metro y que, básicamente, venía a decir que soy un racista y egocéntrico. Y mira, por ahí no paso. Soy sarcástico, lenguaraz, mordaz y cáustico pero no soy, de ninguna manera, ni racista ni egocéntrico. Y cualquiera que me conozca bien lo sabe. O lo debería saber. ¿Sería también racista y egocéntrico de haber criticado de idéntica manera a una persona de rasgos caucásicos y nacionalidad española? Dudo que alguien me hubiera espetado eso de haber sido así. Ahí está la hipocresía y la incoherencia de esa nueva y bochornosa censura que está extendiéndose por la sociedad, porque habría criticado con la misma saña a una persona más ibérica que el jamón de bellota. ¿Cachondearme del físico de alguien de distinta nacionalidad me convierte en racista? ¿Ser despectivo con una persona extranjera en sí misma considerada me transforma en racista? ¿Criticar con dureza a alguien foráneo por su comportamiento me hace racista? ¿Que me refiera de forma ingeniosa o chistosa a la procedencia de una persona me hace racista? ¿Que me enfade con alguien que no sea español me acredita como racista? Ajá, entonces, si me cachondeo del físico, soy despectivo, critico duramente el comportamiento o me cisco en la estampa de alguien de nacionalidad española o de rasgos "mediterráneos", ¿qué soy? ¿Racista también? Por favor, un poquito de sensatez y coherencia. Yo no hago distingos a la hora de criticar o cabrearme porque me cabrean las mismas cosas, las haga quien las haga. Por otro lado, utilizar como arma u objeto de sorna defectos físicos o psicológicos es reprobable en tanto que cruel, pero nunca jamás puede servir de argumento para decir barbaridades como que una persona es "racista". Para que quede clarinete: yo a esa tipa no la critiqué por no ser española o no tener rasgos propios de estos lares. La critiqué por ser una perfecta idiota al darse cuenta de que intentaba pasar y no echarse a un lado, perdiendo así el tren que debía coger. Que en mi comentario en Facebook aludiera a otras características simplemente obedece a que quería "hacer sangre" para saciar mi cabreo y a ilustrar cómo era la moza en cuestión para dar la mayor cantidad de "información" posible, no a que vinculara tácita ni explícitamente a su raza o nacionalidad su carencia de civismo, su insensatez, su gordura o su fealdad. Me parece una majadería tener que aclarar esto, pero visto como está el patio...La nacionalidad o la raza no son sambenitos pero tampoco pueden ser salvoconductos. Por otra parte, ¿soy egocéntrico por enfadarme? ¿Es egocéntrico preocuparte de hacer las cosas lo mejor posible? ¿Es egocéntrico ser escrupulosamente responsable? ¿Es egocéntrico que te preocupe lo que pueda pasarte? ¿Es egocéntrico querer ser puntual? Es que es de risa. Además, ¿qué pasa? ¿que ya no se puede criticar nada? ¿que "lo físico" y "lo mental" son anatemas? Si
esto sigue así, va a llegar un punto en que para no soliviantar a nadie
será necesario prescindir de cualquier información referente a una
persona o cualquier descripción de un atributo físico o psicológico. Y
eso es muy triste. Quevedo hoy las pasaría muy putas.
Es inquietante cómo los adalides de la corrección política y los paladines de la sensibilidad expiden con tanta facilidad graves etiquetas, tergiversan tus intenciones y te bautizan con palabras gruesas. Y esto ocurre cada día más. Tanto que por ejemplo se ha banalizado algo tan terrible como los descalificativos "nazi", "fascista" o "racista". No puede ser que cada palabra que digas pueda ser malinterpretada y criticada por esas huestes de buenistas, flandersianos e hipersensibles o que te puedan juzgar en tu totalidad como persona sólo por utilizar un adjetivo en lugar de otro. Este nuevo totalitarismo está empobreciendo el lenguaje y coaccionando la expresividad de las personas. Y eso es terrible. Por eso, por acabar y resumir, yo siempre agradeceré las críticas mientras sean fundamentadas y constructivas, porque me ayudarán a ser menos imperfecto, pero las memeces derivadas de "lo políticamente correcto" me las pasaré por la quilla -con todos los respetos- porque prefiero ser torpe a no ser libre.
jueves, 4 de octubre de 2018
Sudadera verde con capucha
Estimado gilipollas:
Me dirijo a ti de esta manera porque desconozco tu nombre y me faltan datos para bautizarte como "hijo de puta". Así que lo dejo en “gilipollas” y tira millas.
Por si no te das por aludido, cafre, aquí van unas referencias: estabas anoche en la estación “Estadio Metropolitano” tras el partido de Liga de Campones; mides cerca de 1.90, eres joven, corpulento, de piel muy morena, pelo corto, andares simiescos y llevabas una sudadera verde con capucha. El cruce perfecto entre un boxeador y un macarra de barrio.
Éramos muchos los agolpados en el andén esperando para coger el metro. Tú estabas antes que yo, en el tiempo y en el espacio, como tantos otros de aquel gentío, esperando a que abrieran las puertas del convoy que iba en dirección a Pitis. Una vez abiertas, yo me encaminé insintivamente hacia su interior pues estaba ensimismado leyendo en mi teléfono móvil la crónica del partido del Atlético contra el Brujas en Champions. En esas estaba cuando tuviste a bien cerrarme el paso de un fuerte codazo en el pecho y encararte conmigo, con un tono a medio camino entre politoxicómano y matón de barriada, diciéndome: “¿Dónde vas, tío? ¿Dónde vas? ¡Eso no se hace!¡Eso no se hace!"(¿repites las cosas siempre dos veces para enterarte tú mismo? Lo digo porque a mí con una me basta). Imagino que, debido a tu indudablemente mermada sinapsis, pensabas que iba a colarme o algo similar. Con gusto te habría aclarado, machirulo cavernario, que mis intenciones eran las mismas que hago siempre en ese tipo de circunstancias: quedarme junto a la puerta dejando pasar a toda la gente que estaba antes que yo y luego ya entrar yo, porque uno afortunadamente está bien educado y ha tenido la inmensa suerte de no acabar siendo ni en el fondo ni en las formas un gorila con sudadera verde. Ya ves: soy de esas personas que ceden el paso, abren las puertas, dejan salir antes de entrar, se levantan del asiento para cederlo a mayores, mujeres o críos, etc. Lo mismo que tú, gentleman.
Por desgracia, domino el español y el inglés, soy diestro con el latín y entiendo algo de italiano, pero no conozco el dialecto putomierda, así que no fui capaz dialogar contigo, porque lo cual me limité a pedirte perdón y sonreír, dado que soy un gran amante de los animales y, más allá de tu oligofrenia, tus exquisitos modales evidencian que tú y los gorilas de lomo plateado, primos hermanos. La verdad es que pude haberte a respondido que iba a beneficiarme a tu progenitora previo pago o a ayudarte a encontrar a tu verdadero padre o a acompañarte de vuelta al zoo antes de que se preocuparan tus cuidadores, pero creo, homínido, que no habrías sabido valorar mi sentido del humor sin tener un ictus en el intento, así que lo dejé estar para evitar que el Instituto Jane Goodall luciera un crespón negro en tu memoria.
Tú entraste en el vagón literalmente bufando y cabeceando hasta incrustarte en el socarrat humano que se formó en el vagón. Te bajaste enseguida, creo que en la estación de Las Musas (que manda huevos que cojas el metro para tan escaso trayecto, pero imagino que la neurona no te da para más).
Tú entraste en el vagón literalmente bufando y cabeceando hasta incrustarte en el socarrat humano que se formó en el vagón. Te bajaste enseguida, creo que en la estación de Las Musas (que manda huevos que cojas el metro para tan escaso trayecto, pero imagino que la neurona no te da para más).
Lamentablemente, energúmeno, no pude despedirme de ti. Así que te escribo desde mi blog, con una profunda melancolía de tu estampa, emplazándote a que el próximo codazo en el pecho se lo endoses a la madre que te parió y deseando que la implacable selección natural acabe con tus días de morralla ambulante más pronto que tarde. So mierda.
Atentamente, el chico al que arreaste un codazo.
sábado, 8 de septiembre de 2018
La culpa no es de Maluma
Recientemente, el individuo conocido como "Maluma" ha pasado por Madrid para llenar el Palacio de los Deportes con cientos de fans deseosas (tres cuartas partes eran mujeres) de sudar con/por él. He aquí mi percha/coartada/excusa para este artículo, así que si alguien quiere bajarse del barco o vomitar antes de iniciar la travesía, lo entiendo.
El sudamericano resiste varios adjetivos, epítetos, etiquetas y calificativos estrictamente objetivos y desmotrables empíricamente: joven (nacido en 1994), colombiano (de Medellín), atlético (no es precisamente King África), machirulo, machista, zafio, hortera, con un aspecto de personaje desbloqueable del Grand Theft Auto, carente de cualquier talento apellidable como artístico y sin mayor habilidad conocida que la de "calentar el horno" con la misma facilidad que provoca polémicas que sabe aprovechar en beneficio propio. Ese es "Maluma", el alter ego de Juan Luis Londoño Arias, quien con sólo veinticuatro años y tres álbumes se ha convertido en el máximo y exitoso exponente del reguetón y el trap, géneros por cierto cuya aportación a la música sólo es comparable a la aportación de Hitler al sionismo y que figuran en la prestigiosa lista de "Motivos por los que no habría que llorar por la extinción humana".
Yo no conozco a la persona y por eso no voy a valorar al tal Juan Luis, pero sí he sufrido sensorialmente lo suficiente a "Maluma" para decir sin tapujos ni fisuras que éste cultural, creativa, musical, estética y éticamente me parece una supuración, una excreción, una ventosidad, un vómito, un detrito, una hez que ni un Diplodocus con diarrea lo igualaría. Si Maluma me parece pura mier*a se debe a que me asquea lo que parece, lo que es, lo que abandera, lo que fomenta, lo que ¿canta? y lo que ensalza. Yo respeto que este espabilado ande corto de virtudes y carente de ingenio y por eso entiendo que, como cada cual se gana el pan como puede, este fulano medellinense se haya buscado la vida cantando a los bajos instintos, con un repertorio tan reconocible como reiterativo, soez y de un gusto simplemente patético. Ir a lo fácil es la salida más ídem cuando la vida no te ha dotado para mayores logros.
Antes de seguir con el "dar cera, pulir cera", quiero dejar claro lo siguiente: la provocación en la cultura en general y las artes en particular no me parece mal; al contrario. Buena parte de la historia de la pintura, la escultura, la literatura, la música, la fotografía, etc, no se entiende sin esas necesarias (y merecidas) patadas en la mesa donde come toda la sociedad, sin esos desafíos a la moral dominante, sin esas bofetadas a la hipocresía imperante. Ahí están, por ejemplo, para dar cuenta de ello en el ámbito literario Quevedo, los poetas malditos, Wilde, el Marqués de Sade, Valle-Inclán, el naturalismo o Chuck Palahniuk. El problema es que cuando se carece de ingenio, de talento, de calidad, la provocación se queda reducida a un nonagenario despelotándose en una guardería. Y esto es lo que le pasa a "Maluma": que cuando Dios repartió cerebros, él debía estar echando un polvo (o "cantando" que lo hacía).
Yo tolero los gustos de todo el mundo porque, al fin y al cabo, el ser humano no es más que un curioso enjambre filias, fobias y parafilias de todo tipo. Así pues, asumo que existen coprófagos musicales a los que este pornógrafo con autotune les alegre/encienda/caliente los ratos. Del mismo modo, espero que esos mismos fans de "Maluma" toleren y asuman que exista gente (como yo) que antes tendría una embolia cerebral que permitirse fibrilar con las "canciones" del colombiano. Porque, las cosas como son, dejando a un lado el tema estrictamente "musical", las letras de "Maluma" son todo un momumento a lo chabacano, una oda al machismo, un hilo musical para ingles sudadas, una basura tan grande como el Everest. Y si no, que alguien me defienda la valía de lo que "dice" ese menda en temas como El punto (su letra no tiene desperdicio pero baste citar como ejemplo esta parte: "Y quiero más más, dame más más,/ sexo en exceso nunca está de más,/ se pone en 4 y me pide/ que por el ch la castigue"), Cuatro babys ("Siempre me dan lo que quiero,/ chingan cuando yo les digo"), Primer amor ("Mi niña, mi mujer, mi dama, yo fue el primero en tu cama"), Un polvo ("Quiero volver a explorar tu cuerpo,/ ver tu cara cuando lo tengas andentro"), o Vitamina ("No hay razones pa' que te cohibas./ Yo sé que tu nene te motiva./ Me dijieron que eres posesiva/ y que te tragas la vitamina uhhh"). Fino, fino, tú. Orillando el innegable hecho de que la temática de las canciones de "Maluma" es más previsible que una batalla de los Power Rangers, este sicario a sueldo del mal gusto parece tener cierta obsesión "creativa" con todo lo que hay allende el ombligo y una gran autoestima basada en sus presuntas dotes coitales y su semen, de manera que actúa como si fuera el Mesías del falocentrismo. Todo el planeta de "Maluma" parece orbitar obsesivamente en torno a micrófonos y penes (vista esa fijación, no es descartable que tarde o temprano se marque un Ricky Martin y salga del armario).
Así pues, el único "mérito" de las "canciones" de "Maluma" reside en propiciar calentones, coitos, felaciones, vejaciones y violaciones (supongo que para salvajes como los de "la Manada" este colombiano debe ser David Bowie) y en fomentar al mismo tiempo un nauseabundo paradigma según el cual los hombres están únicamente en este mundo para horadar y las mujeres para ser horadadas. Una gran y beneficiosa influencia para las nuevas generaciones, sin duda.
De todos modos, como destripaba en el título de este artículo, la culpa no es de "Maluma". Una caca no tiene culpa de ser una caca: es lo que es. El problema está en las moscas que la adulan con su presencia. El problema está en que hay gente dispuesta a gastar tiempo, dinero, pensamientos e incluso deseos en alguien como él o sus "canciones". Algo grave pasa cuando tipos como este medellinense están "petándolo" (nunca mejor dicho). Pero, insisto, de eso no hay que culpar a "Maluma". Como no hay que culpar a Erika Leonard Mitchell por el éxito de esa basura encuadernada titulada "Cincuenta sombras de Grey", ni a Paolo Vasile por la incontestable audiencia de "Sálvame" y demás coproprogamas de Mediaset. No. El problema está en la gente que consume con entusiasmo y por millares esas y otras cacas. Un problema que invita a pensar que, muy seguramente, la humanidad se está yendo a la mierda, pero, eso sí, con mucho flow y autotune. Quien no se consuela...
viernes, 31 de agosto de 2018
"El Geographic"
Hay momentos en la vida en que los lugares dejan de ocupar un lugar para ser patrimonio del tiempo. Momentos en que determinados emplazamientos no tienen más salidas que el olvido o el recuerdo. Eso precisamente es lo que le ha pasado a The Geographic Club, un conocido bar, restaurante y coctelería ubicado en el 141 de la calle Alcalá, en pleno Barrio de Salamanca. Y allí ha estado durante más de 20 años. Hasta su cierre.
Por haber pasado buena parte del verano fuera de Madid, de la desaparición de este local me he enterado esta misma semana, al ver por casualidad a la maquinaria haciendo en el solar del Club lo que
los buitres con la carroña. Sorpresa, pena, incredulidad, melancolía. Todas esas inesperadas sensaciones hicieron que echara instantáneamente mano al teléfono y sacara una fotografía a medio camino entre la postal y la autopsia. Como si quisiera embalsamar en un jpg un recuerdo. La verdad, para mí "el Geographic", como lo llamaba, era un sitio especial. Muy especial. No lo frecuentaba mucho pero sí puedo decir que he estado en su exótico y curioso interior varias veces y todas y cada una de ellas son buenos recuerdos. No en vano, ese "rincón de los aventureros" ha sido escenario y cómplice de los inicios de la etapa más feliz e importante de mi vida y, por eso, tiene y tendrá siempre un lugar en mi memoria. El lugar que ahora la repugnante codicia inmobiliaria le niega en la calle para susto de los vecinos y disgusto de quienes tuvimos la suerte de pasar por ese oasis para sedientos de evasión, de cruzar esa puerta a otros lugares y tiempos, de ese respiro entre maderas nobles y recuerdos de tierras remotas. De todos los bares y similares que he conocido en Madrid, éste era mi favorito.
los buitres con la carroña. Sorpresa, pena, incredulidad, melancolía. Todas esas inesperadas sensaciones hicieron que echara instantáneamente mano al teléfono y sacara una fotografía a medio camino entre la postal y la autopsia. Como si quisiera embalsamar en un jpg un recuerdo. La verdad, para mí "el Geographic", como lo llamaba, era un sitio especial. Muy especial. No lo frecuentaba mucho pero sí puedo decir que he estado en su exótico y curioso interior varias veces y todas y cada una de ellas son buenos recuerdos. No en vano, ese "rincón de los aventureros" ha sido escenario y cómplice de los inicios de la etapa más feliz e importante de mi vida y, por eso, tiene y tendrá siempre un lugar en mi memoria. El lugar que ahora la repugnante codicia inmobiliaria le niega en la calle para susto de los vecinos y disgusto de quienes tuvimos la suerte de pasar por ese oasis para sedientos de evasión, de cruzar esa puerta a otros lugares y tiempos, de ese respiro entre maderas nobles y recuerdos de tierras remotas. De todos los bares y similares que he conocido en Madrid, éste era mi favorito.
Por suerte, la melancolía y la nostalgia aún se pueden mitigar visitando la web del club, puesto que sigue activa (vete a saber hasta cuándo), y así disfrutar del recorrido virtual que ofrece en su interior por unas estancias que hoy ya sólo perduran en fotos y recuerdos.
Echaré de menos al "Geographic" por lo que sus promotores quisieron que fuera, por la capacidad evasiva de su ambiente y por lo que acabó siendo para mí. Me queda al menos el consuelo de tener la certeza que a mi memoria no llegarán las excavadoras.
viernes, 17 de agosto de 2018
¿Españoles en España? ¡Qué osadía!
Como (casi) todo el mundo sabe, una turista británica de 81 primaveras ha presentado recientemente una queja contra un touroperador inglés por alojarla en un hotel de Benidorm donde había "demasiados españoles", a los que culpa de haber arruinado sus vacaciones, en las que la octogenaria y su amiga habían invertido más de 1200 euros. ¿Españoles en España? ¿Cómo se ha permitido tamaño despropósito? ¿Dónde se ha visto tan grosera provocación? ¿Cuándo se ha conocido una afrenta semejante? ¿Qué estrafalario disparate es éste? ¿Qué justifica un agravio tan demencial? ¿Es acaso una cruel venganza en diferido por el desastre de la Armada Invencible? Ya son ganas de molestar a los turistas...
Antes de ponerme a dar cera y pulir cera cual señor Miyagi, he de hacer una oportuna precisión: yo pondría a orbitar Saturno perpetuamente a todos esos compatriotas que darían el perfil para participar en Gandía Shore y a los que estética y/o intelectualmente conforman el elenco de un esperpento cañí pata negra, el cual tiene sus mejores estampas veraniegas en esa parrillada que es el litoral mediterráneo en estos meses, gentes que comparadas con las películas de Pajares y Esteso hacen que éstas parezcan films de Carl Thedor Dreyer. ¿Qué le voy a hacer? Soy tan patriota que no quiero que me puedan confundir con gente hortera, chabacana, zafia, tosca o lerda.
Aclarado esto, voy a darle la razón a la tal Freda Jackson en una cosa: tiene todo el derecho del mundo a criticar y lamentar la rudeza, grosería o falta de educación que, según ella, ha sufrido a manos de españoles, especialmente si tenemos en cuenta que es una persona de edad avanzada y movilidad reducida. No me cabe ninguna duda de que la anciana inglesa ha sufrido en sus carnes al "homo gañanis españolensis", especie demasiado extendida geográfica y generacionalmente, cuya diferencia con un Neanderthal es únicamente semántica y que hacen parecer catedráticos de Oxford a los gorilas de lomo plateado. Lo que olvida deliberada, ingenua o senilmente la buena señora es que esos defectos no son exclusivos de España ni consustanciales a la nacionalidad española, como muy bien (o muy mal, según se mire) demuestran los guiris que vienen a España a disfrutar del llamado "turismo de borrachera" en lugares como Magaluf, Gandía, Salou y un mediterráneo etcétera, convirtiendo el oriente español en una especie de híbrido de retrete, botellón y picadero. Visto que, desgraciadamente, la urgente reducción de cafres nativos españoles no va a venir desde el ámbito educativo ni desde el familiar, sería deseable fomentar la práctica del balconing también entre la chavalería aneuronal española, a la vista de su eficiencia a la hora de retirar de la circulación a anormales extranjeros.
Dicho esto, creo que la octogenaria británica pierde la razón en tres cosas, a tenor de la versión publicada en el Mirror. La primera, juzgar al todo por la parte, resulta injusta. La segunda, elevar una mala experiencia a la categoría de axioma, es imprudente. Y, la tercera, quejarse por la presencia de nativos en su propia tierra, es tan ridícula, gilipollesca y delirante que sólo puede ser carne de guasa, zasca y burla.
Yo, por ejemplo, no se me ocurriría criticar a todos los británicos por culpa de la flemática prepotencia que encontré en el engreído staff de cierto hotel en Londres ni reprobar a todos los franceses por culpa de la clasista altivez que sufrí de ciertos parisinos en mi estancia en la capital francesa. Como no se me ocurriría tampoco protestar por la excesiva presencia de ingleses en Londres, franceses en París, italianos en Roma o yanquis en Florida. Esto no es cosa de educación sino de sentido común.
En fin. Quiero pensar que la disparatada protesta, digna de un sketch de los geniales Monty Python o de un episodio de Little Britain, se debe únicamente al soponcio de la señora por el desagradable trato recibido y al cabreo por el pastizal invertido de forma insatisfactoria, y no a un problema de xenofobia, chovinismo o demencia senil. De todos modos, como moraleja de esta anecdótica majadería, resultaría saludable que aquellos ensimismados turistas que detesten a los españoles por culpa de prejuicios, tópicos y falacias se queden en sus casas.
viernes, 20 de julio de 2018
Piropos, mentiras y cintas de vídeo
La historia de esta estupidez empieza con otra: la propuesta de Unidos Podemos del pasado 11 de julio de multar los piropos como delito leve, identificándolos como "intimidación sexual en la calle" y exponiendo al piropeador a multas (de tres a nueve meses) y trabajos comunitarios (de 31 a 50 días), de manera que alabar la belleza de una persona sea penalmente lo mismo que ciscarse en su estampa. No sé si semejante majedería se comenta sola pero lo que sí sé es que esa formación con vocación de escobilla de retrete (en lo estético, en lo ético y en lo intelectual) debería recalibrar su escala de prioridades porque España tiene problemas mucho más serios y urgentes que perseguir los piropos o convertir a un dictador en el nuevo Felipe, el hermoso post-mortem. Claro que para eso deberían esforzarse un poco más y proponer cosas menos efectistas y con mayor enjundia, lo cual es algo tan perfectamente descartable como esperar que Pablo Iglesias y el resto de su pandilla basura demuestren algo parecido a coherencia, honradez, etc.
Aclarada la raíz del asunto, vamos al meollo: Al calor de la parida de Unidos Podemos, el programa de Antena 3, Espejo Público, ha perpetrado un reportaje falso con el que tratar de demostrar que ser mujer y caminar por la calle es como ser marine espacial y meterse en un nido de xenomorfos, presentando a los hombres como un híbrido entre un morlock y un gorila en celo. Vaya por delante que nada de esto me extraña en esta época de la postverdad y las fake news y menos aún en un programa como el citado, que es todo un canto al amarillismo. Parece ser que la responsable de esto fue la protagonista del "reportaje", una tipa llamada Claudia García, quien probablemente tiene más de versión low cost de Mónica Naranjo que de periodista, habida cuenta de su exhibición de rigor, seriedad y honestidad en un documento audiovisual que no sólo es cutre y bochornoso se mire por donde se mire sino que además es evidente y patéticamente mentira, ya que los propios tipos que aparecían como piropeadores groseros y soeces no tardaron en destripar que había tanta realidad en ese pseudoreportaje como neuronas en el plató de Mujeres, hombres y viceversa. Así las cosas, el valor sociológico y periodístico de lo perpetrado por Claudia García alcanza el extraordinario nivel de "Para limpiarse las nalgas después de evacuar". Ignoro si toda la polémica que ha levantado este falso reportaje acabará con el despido de la moza y la cancelación del programa pero, de ocurrir así, harían un gran favor al periodismo en general y en España en particular; de momento, Antena 3 ha anunciado que tomará medidas. A ver si es verdad, porque "lo de Claudia García" es un despropósito de principio a fin, un desparrame con vete a saber qué excusa y algo que roza la autoparodia. Ese falso reportaje da sencilla y únicamente vergüenza ajena y asco profesional (soy periodista). Punto.
Volviendo al tema de la pretendida prohibición de los piropos, creo que es una muestra de que la necesaria y urgente sensibilización hacia el respeto a las mujeres en todos los ámbitos y sentidos puede desencadenar, llevada al paroxismo, estupideces contraproducentes y postulados sonrojantes pero que reportan una repercusión bastante notable e instantánea tanto en medios como en redes sociales. Tonterías que, por ejemplo, llevan a entender la cortesía como machismo (se acabó ceder el paso a las mujeres y actitudes similares), el elogio como ofensa sexista (supongo que la belleza estética o el atractivo físico son una maldición que provoca un sufrimiento vitalicio) y el halago como intimidación sexual (imagino que quizá tratar al personal como si fuera un troll de las cavernas es más llevadero y grato). El problema de todo esto creo que radica en mezclar churras con merinas y no es lo mismo una apreciación hecha con educación y respeto que algo perpetrado desde la grosería y la chabacanería más rampantes. No puede ser lo mismo un "¡Qué guapa eres!" que un "Te reventaba a polvos", ni un "Estás espectacular" que un "Dónde están tus padres para darles la enhorabuena", ni un "Te faltan las alas para ser un ángel" que un "Mamasita, ven conmigo para disfrutar con mi pija". No es lo mismo Bécquer que un salido pajillero de mierda. Creo que se entiende lo que quiero decir. Todos los piropos son gratuitos, no todos están justificados ni tampoco son todos pretendidos por quien los "recibe" ni son todos igualmente afortunados, pero de ahí a juzgarlos o descalificarlos todos por igual, va un trecho importante.
Por otra parte, creo que el tema de piropear a alguien, en público o en privado, es algo camino de convertirse en un anacronismo, algo tan en peligro de extinción hoy en día como las buenas maneras y el civismo. Por tanto, me parece que regular el tema de los piropos es algo tan trascendental y urgente actualmente como reglamentar el oficio de sereno.
Además, de seguir así las cosas, con semejante hiperbolización, tergiversación y exageración, lo único que conseguiría todo este feminismo mal entendido es que un hombre ante una mujer, a efectos conversacionales, quede en catalepsia ya que no podría ni ensalzar sus virtudes (porque tendría supuestamente connotación sexista o sexual), ni sus defectos (porque entonces serías un machista aunque lo que estés criticando sean sus gustos literarios) ni siquiera recurrir a eufemismos para una cosa u otra ("curvy" en la boca de un hombre es una falta de respeto y en la boca de una mujer es un vocablo cool para referirse a alguien con sobrepeso antaño calificado como "gordo") ni interesarse por su vida profesional o personal (ya que quedaría automáticamente investido como lobo feroz) ni hablar de sí mismo (porque entonces serías estandarte del régimen heteropatriarcal que obvia a las mujeres y tiene al hombre por centro del universo).
Acabo ya. Espero que antes que tarde la sensatez aterrice en todo este debate, por el bien de todos. ¡Ah! Una cosa más: quien opine que soy un machista, machirulo, ayatolá del heteropatriarcado, paladín de la falocracia o alguna bobada similar, haría bien en leerse mis artículos Por ella(s) y Agradecimiento a La Manada y luego ya si eso discutimos, porque, de lo contrario, me pasaré su opinión por el mismo sitio por el que Claudia García y Espejo Público se han pasado la deontología periodística.
domingo, 10 de junio de 2018
Leña al friki
La resaca del necesario cambio de Gobierno está siendo todo un géiser de titulares, noticias y comentarios, un Woodstock onanista para columnistas, tertulianos y opinadores varios, una coartada excelente para verter filias y fobias ideológicas o personales al calor de los acontecimientos. Entre todo lo dicho, quiero centrarme en lo siguiente: el nombramiento del militar Pedro Baños como Director de Seguridad Nacional ha suscitado contundentes críticas y guasas despectivas. Entre las primeras, destacan las críticas a su simpatía por la Rusia de Putin (para gustos, los colores) y a su afirmación de que los mayores peligros mundiales son EEUU y China (que alguien diga que los dos países más potentes económica y militarmente son las dos peores amenazas para la estabilidad mundial no es una novedad sino una obviedad pero hay gente que se escandaliza con demasiada facilidad). Entre las segundas, es decir, entre las guasas, las chanzas y los cachondeos varios, destaca por recurrente la vinculación de Baños con Íker Jiménez (el militar es habitual colaborador del programa Cuarto Milenio), utilizando el término "friki" con ánimo despectivo, ridiculizante, descalificador y denigrante contra Baños y, por extensión, contra Jiménez y todos los que comparten con el periodista, divulgador y presentador vasco su curiosidad insaciable por el misterio (por cierto, que ya me gustaría ver a mí a muchos de esos criticones que ridiculizan a Íker hacer en su vida algo de la calidad y el rigor como el magnífico documental que realizó sobre Chernóbil). En ese sentido, ha habido titulares y noticias estos días en diversos medios de comunicación que a uno como periodista le hacen sentir profunda vergüenza ajena cuando no directamente asco.
El propósito de este artículo no es defender a Baños, puesto que a él le defiende suficientemente bien su currículo profesional y además Íker Jiménez ya lo ha hecho estupendamente en su videoblog, sino convertir este post en un improvisado cadalso contra los majaderos, cretinos y necios que emplean "friki" como insulto. No es algo ni mucho menos nuevo que la sociedad-comunidad ataque a lo divergente o diferente como si fuera una especie de sistema inmunitario repeliendo un virus; el problema es que aquí lo que algunos intentan preservar es la inmunidad de un sistema asentado en una suerte de pensamiento único conformado por "lo políticamente correcto", "lo moralmente aceptable", "lo socialmente establecido" y "lo racionalmente asumible" y todo el que se salga, se enfrente o se evada de la cuadrícula es automáticamente considerado y tratado como un paria, un apestado, un indeseable, un marginable, alguien devaluado y devaluable. Que algunos utilicen "friki" como una especie de "letra escarlata" para marcar a las personas como si fueran indignos de la polis es una muestra más de que la sociedad del siglo XXI sigue arrastrando vicios demasiado arcaicos, estúpidos y tóxicos.
Voy a decir algo obvio: gracias a los frikis, la Humanidad ha avanzado. Si no hubiera existido gente que se atrevió a cuestionar lo establecido, a desafiar lo sabido yendo en busca de lo desconocido, a adentrarse en la oscuridad literal o figurada, a apartarse de las reglas, a interesarse por aquello que no está a la vista de los sentidos o el entendimiento, a aprender algo nuevo y distinto, el ser humano seguiría siendo un temeroso homínido inquilino de cavernas en las que parecen seguir habitando ciertas personas dentro y fuera de los medios de comunicación españoles. Colón, Da Vinci, Galileo, Gutenberg, Lincoln, Tesla, Edison, Jobs...la historia está llena de célebres ejemplos de "frikis". Sin ellos, sin los frikis, habrían sido imposibles muchos avances científicos, tecnológicos, sociales, políticos, artísticos y culturales de los que hoy se beneficia y felicita todo el mundo. Así de sencillo. Así que, antes de utilizar friki como arma arrojadiza, algunos deberían tener claro que están escupiendo sobre su propia frente y orinando con viento en contra. Por tanto, un respeto.
Interesarse por lo desconocido, lo misterioso, lo inexplicable, lo paranormal, lo extraterrestre no es algo de lo que avergonzarse. Preguntar o cuestionar no es algo indigno. Trascender el tabú no es algo malo. Dirigir la mirada hacia donde pocos o nadie la dirigen no es algo de lo que lamentarse. Disfrutar con lo que no es moda, tendencia, mayoritario o mainstream no es algo sonrojante. Todos estos son rasgos o síntomas de "frikismo". ¿Y pasa algo? No. Hay cosas peores en la vida, como, por ejemplo, ser un borrego, un sumiso, un gregario, una marioneta, un pagafantas del dictado único. Además, hay que tener en cuenta lo siguiente: no conozco a nadie friki que critique a los que no lo son o no comparten sus gustos. Quizá deberían tomar nota quienes sí lo hacen a los frikis.
Yo, por ejemplo, si no hubiera sido desde crío un friki (que lo soy y a mucha honra), sería impensable que tuviera esta voraz curiosidad que me ha llevado a interesarme, leer, estudiar y saber sobre asuntos y materias enormemente variopintas y diversas. Si no fuera tan friki, no tendría ni la pasión ni los conocimientos que tengo en temas de Historia, Literatura, Arte, Tecnología, Filosofía, Cine, Mitología o Ciencia. Si no fuera tan friki, me habría privado de horas de auténtico, sano e inocuo disfrute con cómics, videojuegos, series y películas. Si no fuera tan friki, probablemente habría sido del Real o del Barça y no del Atleti. Si no fuera tan friki, habría pasado por la vida y los pensamientos de muchas personas de una forma insustancial e irrelevante. Así que, cuando alguien utiliza "friki" como un insulto está haciendo sin saberlo el mayor y mejor elogio que se puede hacer a una persona en esta sociedad tan mayoritariamente hipócrita, anestesiada, acomodada, apática y mediocre, porque ser friki es, afortunadamente, no ser como los demás. Friki es un rasgo identitario más, tan respetable como cualquier otro, a la hora de definir, determinar o diferenciar a una persona, pero no puede ni debe ser nunca un motivo de mofa, menosprecio o vejación.
Por todo ello, a la hora de menospreciar a alguien, descártese "lo friki" como argumento, porque criticar lo positivo es no saber criticar y, por tanto, no saber pensar que es, básicamente, lo que diferencia al hombre actual del simio que campeaba cuando los dinosaurios ya no dominaban la Tierra.
miércoles, 16 de mayo de 2018
La falacia de Coelho
"Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño". Probablemente tú, lector, hayas visto o escuchado infinidad de veces esta frase (o cualquiera de su versiones) parida por ese exitoso y encantador vendedor de humo llamado Paulo Coelho en su obra El alquimista. No sólo es una de las cursiladas más rimbombantes que se han dicho sino también una de las más extendidas falacias en esta era del llamado "pensamiento positivo" y de la majadería vaporosa. Conste que yo respeto totalmente a quienes admiren o incluso lean a los Coelho, Bucay y demás quasiescritores y pseudopensadores que anidan lucrativamente en la frontera entre la autoayuda, la tomadura de pelo y el viaje en aerolíneas LSD. Para gustos, los colores. No obstante, el problema no es que existan tipos como estos que he mencionado sino que haya gente dispuesta no ya a tomárselos en serio sino incluso a creer en afirmaciones que son, en lo literario o en lo filosófico, el equivalente a decir que el cáncer se cura con zumos y demás grandes éxitos de la charlatanería de nuevo cuño. Por eso escribo este artículo.
El error fundamental de la cita con la que comienzo este post consiste en pontificar como axioma algo que, contrastado con la vida real empíricamente demostrada y demostrable, es cuando menos difícil de sostener: creer que la voluntad o el deseo basta para lograr algo. Dicho de otro modo: situar en nosotros la responsabilidad del éxito o el fracaso, del triunfo o la derrota, del disfrute o del sufrimiento. Equiparar voluntad a resultados es, por tanto, un error descomunal: sin voluntad es imposible que haya resultados pero sólo con voluntad no llegan los resultados. Un error del que, por cierto, también se valen muchas filosofías y religiones (que no son más que filosofías con un dios como Macguffin). Una falacia que está muy bien como placebo para tranquilizar la conciencia y mantener alta la moral pero que está destinada a chocar con la realidad porque la vida no está hecha (sólo) de voluntad, deseo, ganas, creencia o fe. Por eso, todos esos postulados tan excesivamente simples y reduccionistas son en esencia y a la larga fraudulentamente nocivos porque implican, por ejemplo, descartar algo tan decisivo como la suerte (o la ausencia de mala suerte, si se quiere ver así) y algo tan profundamente cotidiano como es la imprevisibilidad de los acontecimientos. En una existencia dominada por la entropía como es la nuestra, ponerse estupendo pontificando con reglas o axiomas es abrir de par en par las puertas a la decepción, a la frustración, al desengaño. Por mucho que yo desee que dos más dos sumen cinco, siempre serán cuatro. Dicho de otra manera: no
basta con querer ni con luchar ni con resistir ni con creer en ti o en algo
trascendente. En la vida
intervienen muchos otros factores totalmente ajenos e impermeables a los
deseos, ilusiones, necesidades o creencias de una persona.
Por eso, las creencias (sean de origen filosófico, religioso o pseudoliterario) por sí solas no solucionan nada, más allá de sus efectos calmantes o estimulantes en la psique individual de cada persona. Me explico: un enfermo terminal está sentenciado por mucho que rece, crea, desee o quiera curarse; un parado no va a tener trabajo sólo por rezar, creer, desear o querer obtenerlo; un pobre no va a convertirse en multimillonario a base de rezos, deseos o pensamientos; un adefesio no va a tener una cita con Charlize Theron por mucho que lo quiera o lo pida a las alturas o lo piense en posición de loto. Y las excepciones a la cruda y pura realidad algunos las llaman "suerte" y otros "milagros". Punto. En resumen: las
creencias son las canciones de cuna que los adultos nos damos a
nosotros mismos para cuando los mitos o los cuentos nos parecen cosas de niños.
A lo mejor hay quien piensa que soy un cínico o un descreído. No. Una cosa es ser creyente (ya sea en un postulado filosófico, religioso, psicológico o terapéutico) y otra muy diferente es ser crédulo, que es lo que le ocurre por desgracia a buena parte del personal. Yo soy creyente pero no estúpido. Por eso, pienso que, volviendo a la frase del comienzo, me parecería más honesto y realista afirmar que, en el camino a sus objetivos, cada persona tiene el potencial para encarar las adversidades (lo cual no quiere decir que las supere) y casi hasta el deber de hacerlo, porque la vida no es más que eso: reaccionar. No hay mayor satisfacción ni tranquilidad, tras el triunfo o la derrota, que saber que lo has dado todo, que has luchado. Y eso no hay realidad que te lo discuta.
domingo, 29 de abril de 2018
Agradecimiento a "La Manada"
Lo reconozco. He dejado pasar unos días deliberadamente tras la sentencia. De no haberlo hecho, muy seguramente este artículo sería un ejemplo de coprolalia y también constitutivo de delito, por las cosas que me apetecía decir. Por eso, he preferido escribirlo cuando han descendido tanto la polvareda de la polémica como las pulsaciones del enfado. Aclarado esto, sigo o, mejor dicho, comienzo esto que no es más que una carta abierta a cinco presuntos seres humanos.
Os llamáis José Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo, Ángel Boza, Jesús Escudero, Antonio Manuel Guerrero. Preferís haceros llamar "La Manada", un sobrenombre fácil para un grupo de Whatsapp y acorde a vuestra acreditada condición de bestias. Se me ocurre otro aún más preciso para definiros pero entiendo que "Hijos de la grandísima pu*a" resulta demasiado largo para temas de guasapeo e implica menospreciar a unas mujeres, vuestras madres, cuyo único pecado en todo esto es haberos dejado nacer en lugar de acabar en un cubo de abortos. Tranquilos, chicos. Si leéis el título del artículo sabréis que os voy a dar las gracias. Atentos.
Os doy las gracias, manada, porque habéis demostrado que los únicos animales que merecen estar al otro lado de unas rejas, privados de libertad, sois vosotros y toda la demás escoria antropomórfica como vosotros.
Os doy las gracias, manada, porque habéis conseguido que la soledad pase de las víctimas a los victimarios y a los indeseables que les dan amparo, ya sean familiares, jueces con votos particulares o abogados sin vergüenza.
Os doy las gracias, manada, porque habéis logrado poner de acuerdo a la inmensa mayoría de una sociedad propensa a una discrepancia cainita en un tema de la máxima importancia.
Os doy las gracias, manada, porque habéis permitido que quede patente al país que todo lo que no sea "Sí" es "No" y que la libertad de una persona acaba donde empieza la de otra.
Os doy las gracias, manada, porque habéis recordado a los legos en Derecho que en España existe afortunadamente la posibilidad de interponer recursos contra aquellas sentencias injustas o chapuceras, como es el caso de la resolución que os ha condenado. Porque, entre nosotros, no os podéis quejar. Vuestra sentencia, manada, es un monumento a la incongruencia al no estar alineadas la consideración de hechos probados y la calificación penal de los mismos. Dicho de otro modo: la sentencia considera probada la existencia de agresión sexual pero os condena por abuso sexual. Es tan coherente como explicar pormenorizadamente que una falta merece tarjeta rota y saldar el lance con una simple tarjeta amarilla.
Os doy las gracias, manada, porque habéis evidenciado que la Justicia si quiere serlo de verdad no puede depender de debates semánticos (¿por qué lo llaman "prevalimiento" cuando quieren decir "intimidación"?) ni de apreciaciones subjetivas supeditadas a la lucidez mental o integridad moral del juez de turno.
Os doy las gracias, manada, porque habéis sacado de sus casas y el silencio a quienes pensamos que otra Justicia puede y debe ser posible; a quienes creemos que cuando la aplicación de una ley genera tal indignación y resulta tan humillante no sólo a la víctima sino al sentido común hay que cambiar tanto la norma como a quien la aplica.
Os doy las gracias, manada, porque habéis subrayado la necesidad de abandonar ese hipócrita complejo de "no legislar en caliente" si con ello se evitan más cuerpos fríos o que se te quede el cuerpo frío con la enésima salvajada de turno.
Os doy las gracias, manada, porque habéis subrayado la necesidad de abandonar ese hipócrita complejo de "no legislar en caliente" si con ello se evitan más cuerpos fríos o que se te quede el cuerpo frío con la enésima salvajada de turno.
Os doy las gracias, manada, porque habéis recordado a los soberbios y ensimismados entogados dedicados a la magistratura que son tan falibles como cualquier ser humano, que en ocasiones como ésta los fallos contenidos en sus resoluciones son literalmente eso: fallos.
Os doy las gracias, manada, porque habéis expuesto claramente que España cuenta con una concepción y legislación penal excesivamente garantista (y benévola) con los delincuentes y que, por eso, puede y debe ser modificada para evitar toda clase de injusticias.
Os doy las gracias, manada, porque habéis dejado patente que es necesaria aún mucha pedagogía para que las víctimas dejen de ir entre interrogantes y para aniquilar de la sociedad cualquier concepción retrógrada que dé pábulo a razonamientos como el de la película Airbag: "La culpa es de los padres que las visten como putas". Que el problema no está en cómo una mujer vista o actúe sino en lo que un hombre se cree con derecho a hacer. Y lo vuestro, campeones, ni es un derecho ni es de hombres.
Os doy las gracias, manada, porque habéis dejado manifiesto que el silencio, el miedo o la vergüenza son los mejores cómplices que pueden tener aquellos que, como vosotros, representan lo peor del ser humano.
Os doy las gracias, manada, porque habéis dejado manifiesto que el silencio, el miedo o la vergüenza son los mejores cómplices que pueden tener aquellos que, como vosotros, representan lo peor del ser humano.
Os doy las gracias, manada, porque habéis hecho lo suficiente como para que haya llegado a su fin el tiempo en que basura como vosotros gozaba de una protección legal y social que tenía bastante de impunidad y mucho de insulto.
Os doy las gracias, manada, por recordarme que no toda la gente merece vivir, al menos en libertad.
Ya veis, chicos, soy muy agradecido. Mi próximo agradecimiento será (espero) cuando en segunda instancia algún magistrado tenga a bien tirar de la cadena y que así os vayáis por donde se va la mierda que habéis demostrado ser.
miércoles, 4 de abril de 2018
Entre lo real y lo regio
En esta era de la multipantalla, una imagen no es ya que valga más que mil palabras sino que va acompañada de más de mil palabras (ya sean tuits, posts o "guasaps"). Ayer vimos dos buenos ejemplos de ello. Uno, el golazo al estilo Óliver y Benji de Cristiano Ronaldo a la Juventus en Turín, confirmándolo como el mejor goleador de todos los tiempos y el homosexual más importante de la historia del deporte. Sin embargo, el artículo de hoy viene a cuenta del otro ejemplo: la tensión entre la Reina pretérita y la Reina presente a la salida de la catedral de Palma.
Antes de mi reflexión sobre este tema, un aviso para navegantes: en mi opinión, sobre el papel, la república es la menos mala de las formas políticas de un Estado y por tanto, en el campo teórico, la más deseable de todas ellas. No hablo por hablar: he estudiado mucho sobre el tema, al menos lo suficiente como para no hablar a la ligera. Quizá precisamente por eso creo que este país no está preparado para una república, por las carencias morales, éticas e intelectuales de nuestros parlamentarios y por la visceral inmadurez política de buena parte del electorado. Máxime si tenemos en cuenta que la última experiencia republicana que conoció España, la II República, fue matada por las "izquierdas" y rematada por las "derechas". Así que la actual y constitucional forma política del Estado, la monarquía parlamentaria, me parece un apaño funcional en tanto que evita males mayores y es bastante inocua gracias a su intrascendencia en la vida política. Aclarada mi postura ante la monarquía, sigo.
Creo que en España hay demasiada gente, monárquica o no, que exige a la Corona un comportamiento alejado del común de los mortales. Esperan y demandan irrealidad a la realeza. Y así les va. Que cuando los Reyes o la Familia Real evidencian que son tan humanos como tú y como yo, la hipocresía se desencadena y corretea despendolada entre chascarrillos, cotilleos y "oy-oy-oy-oy-oy". Conviene aclarar que los Reyes y su parentela son seres humanos, no son ángeles ni elfos ni autómatas ni replicantes ni siluetas de cartón-piedra. Tienen sentimientos, tienen filias, tienen fobias, tienen intereses, tienen afinidades, tienen desencuentros, tienen virtudes, tienen defectos, tienen personalidad, tienen convicciones, tienen complejos, tienen su lado brillante, tienen su reverso tenebroso, tienen su mierda bajo la alfombra: como absolutamente cualquier persona. La Casa Real no es Cortylandia: es simplemente real. Por tanto, la única ejemplaridad que cabe y se les debe exigir a los Reyes y aledaños es que cumplan con lo regulado en el Título II de la Constitución de 1978. Más allá de eso, entramos en el terreno del "estupendismo" y el "postureo". ¿En qué biografía no hay trapos sucios? ¿En qué familia no hay rencillas ni aristas? ¿En qué reunión familiar no hay riesgo de fisión del núcleo por una reyerta verbal entre suegra y nuera/yerno o entre cuñados? Por favor, no hay que ser hipócritas ni ingenuos. A mí, mientras Felipe VI y cercanías sean ejemplares institucionalmente (y creo honestamente que lo son hasta el momento), me da igual si familiar o íntimamente tienen un sarao a medio camino entre Gran Hermano y Los juegos del hambre. En definitiva: no hay que ver sinónimos de "regio" en "irreal", "impostado", "artificioso", "antinatural", "pretencioso" o "acartonado".
Yendo al suceso en concreto en sí, las tiranteces con una suegra ocurren tan a menudo que no son noticia pero sí objeto de chascarrillos, chistes y guasas. ¿Por qué? Porque forma parte de la natural imperfección de las relaciones humanas: nadie se lleva bien con todo el mundo y nadie puede caer bien a todo el mundo. A mí si la Reina emérita y la oficial se llevan bien, mal o regular, me parece carente de cualquier interés y menos aún noticiable, pero como en esta época hiperconectada hasta la más estúpida de las chorradas se puede viralizar y los medios de comunicación han cometido el error de atender cualquier cosa "viral" (otro día debería hablar del vaciamiento y banalización del periodismo) pues no me extraña nada la polvareda que se ha montado a cuenta de la guerra fría entre la consorte del siglo XX y la del XXI. Lo de Palma sólo puede interesar o afectar a chismosos o hipócritas o a gente con una vida tan miserablemente insustancial que se dedica a analizar cualquier memez como si fuera una tesis doctoral. Pero en este país, si todos los cotillas, hipócritas y gilipuertas se juntaran en el Este, la península se hundiría en el Mediterráneo. Por eso se ha montado todo este sarao. Además, todo este sarpullido online y offline a raíz del regio rifirrafe tiene bastante de incongruente: por un lado se exige naturalidad y espontaneidad a la Casa Real y por otro se reclama un hieratismo rayano en la alexitimia. ¿En qué quedamos? ¿Peras o manzanas? El único error que se les puede reprochar a las protagonistas del vídeo viral es haber dado públicamente carnaza a tanto soplapollas y ser carne de memes. Más allá de eso, la escena no es peor ni distinta a otras que hemos conocido o vivido en nuestra anónima cotidianidad.
Antes de terminar, quiero hablar de esos ayatolás de la ejemplaridad que expiden carnets de decoro, etc. Me refiero a quienes atizan a la Reina Letizia ensalzando a la Reina Sofía. Vamos a ver, peñafieles: ¿alguno quiere decirme qué ejemplo constituye una persona que ha soportado unos cuernos como si fueran parte de la corona? ¿qué ejemplaridad tiene quien ha apoyado reiteradamente antes, durante y después del juicio a los Bonnie and Clyde que Felipe VI tiene por cuñados? Eso, figuras, no es ejemplo de nada (al menos, de nada bueno). Por otro lado, hay quien reprocha la falta de mesura en las formas de la Reina actual respecto a su suegra. Supongo que se refieren a la misma mesura que ha faltado a la hora de hostiar a Su Majestad desde el minuto uno echándole como barro a la cara su condición de plebeya, sus leyendas urbanas de su época anónima, sus retoques estéticos comparándola con Caitlyn Jenner, su personalidad, su carácter incompatible con la condición de florero...Para algunos, la mujer de Felipe VI lo hace mal tanto cuando se comporta como una hieratísima consorte como cuando se sale del guión y actúa con la naturalidad e imperfección de cualquier persona, esposa, madre, hija, nuera, cuñada o amiga. Primicia: la Reina es imperfecta. En todo caso, para ensalzar a una persona no hace falta enmerdar a otra, más que nada porque se entra en el resbaladizo terreno de pajas en ojos ajenos y vigas en los propios. Todos estos bocazas oportunistas que ahora anabolizan esta estúpida refriega no verbal entre las Reinas olvidan algo fundamental: ambas ya tienen quienes les lean la cartilla como y cuando deben. Dicho de otra manera: zapatero, a tus zapatos. ¿Soy fan de la Reina Letizia? No. Soy fan del sentido común. Allá Su Majestad y sus errores y sus aciertos. Yo con preocuparme de lo mío tengo suficiente. Ojalá todo el mundo pensara así porque sería una sociedad mucho menos tóxica y deprimente.
En fin. Que todos los problemas de España fueran que dos personas no se llevan bien. Está claro que, entre unas cosas y otras, el reinado de Felipe VI está siendo tan plácido para él como si se hubiera sentado en el Trono de Hierro.
sábado, 31 de marzo de 2018
¿Existe el Infierno?
Hay entrevistas que las carga el diablo, nunca mejor dicho. Para muestra, el supuesto vis a vis entre el Papa Francisco, mandamás de la Iglesia católica, y Eugenio Scalfari, mandamás del periódico La Repubblica. Según el periodista, el pontífice negó la existencia del infierno, diciendo poco menos que lo inmediatamente posterior a la muerte es una especie de programa de lavado tras el cual lo malo simplemente desaparece como si fuera mera suciedad o mugre. Tras esta supuesta revelación, a la Iglesia le tembló hasta el genoma. Lo de menos es el prosaico paralelismo entre el destino postmórtem del alma y el destino de la ropa interior usada. El epicentro del problema tampoco está en que el actual titular del Vaticano enmende en plena Semana Santa la plana a sus predecesores Benedicto XVI (quien en 2007 afirmó categóricamente la existencia infernal) y Juan Pablo II (que en 1999 sostuvo la existencia del infierno no como un lugar físico sino como un estado del alma). El quid de la cuestión está en que negar la existencia del infierno, el lugar de castigo infinito, el eterno rincón para pensar (y sufrir), desmontaría por completo el sistema de recompensa-castigo sobre el que se asienta el cristianismo (como ocurre por cierto con la mayoría de religiones y credos, acostumbrados a tratar al ser humano como si fuera un cachorro de perro). ¿Qué más da portarse bien o mal si no hay castigo? Eliminando el miedo al castigo, se libera la conducta de toda moral y se instaura una "ética de barra libre" en la que no tiene sentido esa codificación que el cristianismo (como muchas otras religiones, repito) inocula a nivel indivual y colectivo amparándose con mayor o menor sutileza en un mecanismo coercitivo que tiene en el infierno su piedra basal. Y es, que las cosas como son, en el fondo las personas somos como niños pequeños: obramos más por el miedo a lo malo que por la aspiración a lo bueno. Hablando de "lo bueno", por extrapolación habría quien dijera que si el Infierno no existe, tampoco el Paraíso, porque no hay luz sin sombra. Por eso, es lógico que la curia y la feligresía haya estado al borde de la angina de pecho con esa supuesta revelación del Papa Francisco. Y más lógico todavía que al Vaticano le haya faltado tiempo para salir al paso de la polémica, desmintiendo el pasado Jueves esa negación del Infierno y alegando que el tal Eugenio se ha pasado por sus Scalfari el rigor que todo periodista debe tener. Vamos, que se lo ha sacado de su nonagenaria chistera, algo que, por cierto, parece que no es nuevo en la biografía de este individuo. Así las cosas, la Iglesia ha salvado un match ball.
Dejando al margen lo naif que resulta que la gente se deje influir por lo que diga o deje de decir una persona, por muy Papa que sea, creo que sólo un necio podría negar la existencia del Infierno...aunque no se corresponda con ese lugar imaginado en tantas religiones y mitologías (ej: el Gehena judío, el Tártaro griego, el Naraka hinduista y budista, el Nastrand nórdico, el Mictlán mexica, etc).
Creo que es evidente que el Mal existe en muchas y diversas formas: tanto las hemerotecas como nuestra propia memoria están llenas de indicios más que indubitados de ello. Tampoco habría que descartar la existencia del demonio como "ente", porque hay sucesos documentados que invitan a tomarse en serio el tema y no como una parida de cuatro frikis (ahí está Sante Babolin para demostrarlo), pero ese es un jardín en el que no me voy a meter. No obstante, con idéntica honestidad creo que flaco favor nos hacemos a nosotros mismos si pensamos que el Infierno es el siniestro parque temático del que nos han hablado dentro y fuera de la religión (estoy pensando en el primer canto de la Divina Comedia de Alighieri; El paraíso perdido, de Milton; en los lienzos de Brueghel y El Bosco; etc) o que el diablo tiene la forma del dios griego Pan (el cristianismo escogió como imagen del demonio la fisionomía de esa deidad por sus vínculos con lo visceral y sexual). No hay que ser idiotas, ni en un sentido ni en otro.
El Infierno existe. Y no está en ningún plano ultraterrenal. Está aquí. En nuestro mundo. Al menos yo lo creo así. Me explico. Dando por válido que el Infierno es esencialmente agonía, sufrimiento, tormento y dolor ilimitado, creo que el Infierno está en la mente. Y no hablo sólo de esos monstruos que acechan en la sociedad hasta que rompen el anonimato y pasan a la posteridad rompiendo vidas de inocentes. Estoy hablando también de esos estados del alma, de la consciencia o de la psique que te hacen sentir, fundadamente o no, completamente a oscuras, roto, desnortado y/o hundido en la mierda. Un infierno que no hace distinción entre pecadores e inocentes. Un infierno que tiene desgraciadamente muchas puertas (la guerra, la muerte de un ser querido, el desengaño sentimental, la carencia de recursos para sobrevivir, el mobbing, la marginación, el bullying, la violación, el maltrato, el abuso sexual, el trastorno mental, la enfermedad incurable, la pérdida de un empleo, el desahucio, la bancarrota, la impotencia ante una adversidad sobrevenida...la lista es, por desgracia, larga). Pero, a diferencia del Infierno dibujado por las variopintas creencias, el Infierno de este mundo tiene una salida, una cuya importancia no reside en llegar a ella sino en querer hacerlo, siendo conscientes de que si bien hay cosas que no se pueden cambiar, sí que está en nuestra mano cambiar la forma en que las asimilamos o reaccionamos ante ellas. Cuando llegue la muerte, que nos pille intentando ser felices. Ese es el camino para salir del Infierno.
Acabo ya. El Papa sabrá si dijo o no lo que Scalfari le atribuye. Lo que sí debería decir Francisco es que no hace falta morir para ir al Infierno. Eso seguro que nadie se lo discutiría.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









