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miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Handia": Entre Baroja y Malick

Recientemente he visto la película Handia, producción vasca que se estrenó a finales de octubre y cuenta la historia de Miguel Joaquín Eleicegui Arteaga, el llamado "Gigante de Alzo", sobrenombre que casi es un microcuento en sí mismo y que permite sintetizar lo que es la trama principal de este film: cómo un mozo de dicha localidad guipuzcoana tuvo en el gigantismo su principal penitencia pero también su pasaporte a la posteridad y la fama más internacional, ya que la celebridad de Miguel Joaquín (1818-1861) fue tan grande en su época (siglo XIX) como sus fenomenales dimensiones (casi 2,4 metros de alto y más de 200 kilos de peso), siendo objeto de atención incluso de las principales cortes europeas de la época.

He de reconocer que no vi Loreak, la aclamada anterior película de los responsables de Grande (así sería el título en castellano de esta cinta): Jon Garaño, Aitor Arregui y José Mari Goenaga. Y me arrepiento. Porque Handia es una narración que combina el costumbrismo preciso y entrañable de Pío Baroja (patente en estupendas novelas como Las inquietudes de Shanti Andía, Zalacaín el aventurero o La casa de Azigorri) con el buen gusto estético y la poética plasticidad de Terrence Malick (constatable en obras maestras como El árbol de la vida). Y eso, fusionar lo mejor de dos contadores de historias tan distintos como portentosos, no es algo al alcance de cualquier paisano. Todo en esta producción rezuma sensibilidad y preciosismo; es una magnífica muestra de artesanía cinematográfica que bien vale el precio de la entrada, aunque sólo sea por disfrutar de planos que, de ser pinturas, estarían en museos casi con toda seguridad. 

Para mí, precisamente esa belleza formal y espiritual que hay en Handia disculpa el quizás excesivo metraje para contar una historia indudablemente curiosa pero que quizás en sí misma no para esas cerca de dos horas. Y es que, en el fondo, esta película no deja de ser un íntimo y agridulce "cuento real" que seduce progresivamente al espectador con su calidad estilística y humana hasta sumergirlo en ese ambiente casi mágico en el que tanto lo rural como lo urbano respira un aire finisecular (la segunda mitad del siglo XIX) y donde todo cambia antes de lo imaginado, incluso la suerte. Esa fortuna que, con su presencia y ausencia, marca la vida de los hermanos Martín y Joaquín Eleicegui, protagonistas del film.

Por poner una pega a este excelente drama y así no pecar de fanatismo, tal vez señalaría esa secuencia que muestra el encuentro entre el Gigante de Alzo y la niña-reina Isabel II, momento que, para no destriparlo, me limitaré a decir que me recordó a esa hilarante escena de El jovencito Frankenstein donde Igor dice un genial "Pues va a ser muy popular" y que creo que chirría con el tono dramático que baña esta estupenda producción. Cuestión de gustos supongo.

No obstante, y por rematar, he de admitir que Handia me ha gustado más de lo que pensaba. Es una de esas raras veces en que las altas expectativas se ven incluso superadas. Tal vez porque demuestra con talento que hasta las más absolutas grandiosidad y universalidad caben dentro de las pequeñas cosas. Y esta película, la del gigantesco Miguel Joaquín Eleicegui, está llena de esas pequeñas cosas.  

domingo, 28 de septiembre de 2014

"La isla mínima": entre la excelencia y el fallo

Anoche vi "La isla mínima", película de Alberto Rodríguez que propone al espectador visitar algo tan devaluado en general como inusual en el cine hecho en España como es el noir o género negro/policíaco, circunstancia que por sí sola, esto es, dejando al margen el merecido interés que genera su director y el reparto liderado por excelentes actores, hace de este film algo bastante apetecible a priori.

Después de verla, me queda una sensación confusa, agridulce: no sé si quedarme con lo bueno, con lo malo o con ambas cosas. Si me quedo con lo bueno, me quedaría con la excelente fotografía (ojo a los títulos de crédito), con las magníficas interpretaciones de un reparto en el que brillan Javier Gutiérrez (magistral), Raúl Arévalo, Antonio de la Torre y
Nerea Barros y con la eficaz creación de ambientes (tanto exteriores como interiores y tanto naturales como sociales y personales). Si me quedo con lo malo, me quedaría con un guión en el que algunas lagunas y ciertos cabos sueltos merman seriamente lo que podría haber sido una película redonda. Si me quedo con ambas cosas, sólo puedo decir que "La isla mínima" es una película lastrada por sus defectos pero bastante por encima de la media (en todos los sentidos) de las producciones españolas.

Deteniéndome en dichos "lastres", la mayoría están en el guión. Y

no es porque la idea central sea mala ni porque los personajes estén mal construidos ni porque las tramas sean aburridas ni tampoco porque fracase con lo básico del género: entretener mientras se genera tensión e interés en el receptor (en este caso, espectador). Al revés: "La isla mínima", en cuanto a las conveciones de género, es canónica: un crimen por resolver, una dispar pareja de investigadores (que aquí funciona en segundo plano como un interesante trasunto de las "dos Españas"), un ambiente inquietante, un juego de silencios y mentiras y un paseo por lo peor del alma humana. El problema viene a la hora de atar cabos. Cuando se cuenta una historia, tanto en general como especialmente en el género policíaco, una de las cosas más importantes (y difíciles) es la de evitar generar falsas expectativas, es decir, evitar iniciar caminos que llevan (al lector/espectador) a ninguna parte. ¿Por qué? Porque da lugar a equívocos, confusiones o mosqueos de quien sigue esa historia. Iniciar tramas complementarias, sembrar dudas o dejar pistas es muy divertido y funciona muy bien en este tipo de historias...siempre y cuando haya algo al otro lado del camino que el autor propone seguir, es decir: siempre y cuando consigan ensamblarse al final si no todas ellas sí las piezas más importantes de ese puzzle que es cualquier
narración (literaria, cinematográfica, etc). Y es aquí donde, en mi opinión, "La isla mínima" patina y se enfanga. Habrá quien diga que la cuestión principal (revelar al criminal/asesino) queda resuelta y que no se necesita más. También puede haber quien defienda que no es necesario que queden atados todos los cabos porque en la vida real siempre quedan preguntas sin respuesta. De acuerdo, pero hay que saber escoger qué cabos dejar sueltos y ahí está el gran "pero" que yo le encuentro a esta película. Del mismo modo que la duda final de "quién es el tercer hombre" (un clásico, por otro lado) funciona bien dejando en el aire su aclaración, no pasa lo mismo a la hora de explicar la conexión entre la trama de los asesinatos y la de las depravaciones sexuales, ni el vínculo (si es que lo hay) entre el asesino y los otros indeseables, ni si de estos últimos van todos a la cárcel o sólo el personaje que muestran en pantalla ni cómo se consigue precipitar su detención. Cuestiones lo suficientemente importantes como para dejar su respuesta a la imaginación del espectador. Como también queda a la imaginación del espectador buscar una explicación a esas deficiencias: ¿prisa por acabar? ¿falta de ideas? ¿exceso de confianza? ¿olvido?...

De todos modos, uno de los puntos más interesantes para mí de "La isla mínima" es su propuesta para visitar el Sur como lugar mítico, varado en el tiempo, primigenio, visceral y decrépito. Un lugar en el que la apabullante e inmensa belleza de la naturaleza contrasta con el temible y profundo horror del ser humano. Un
lugar lleno de luz que hace más hondas e inquietantes las sombras. Un lugar en el que el fango está a uno y otro lado de la piel. Un lugar en el que la esperanza es un Dios que se ha ido. Un lugar muy parecido al infierno en la tierra. Un lugar en el que demonios y condenados conviven en una armonía demencial y perpetua. Y esto es algo que la película consigue reflejar muy bien ambientando la historia en las marismas del Guadalquivir, consiguiendo que ese marco, que ese ambiente no sea "un personaje más" (cliché tan manido como absurdo) sino que se configure como un estado de ánimo hasta el punto de que cuesta decidir si es el escenario el que define a los personajes o al revés. Por cierto que esto del escenario sureño, unido al género noir y a elementos como "pareja de investigadores", "crimen por resolver" y "víctimas adolescentes", ha llevado a bastante gente a comparar "La isla mínima" con "True detective". Un error entendible por su coincidencia en el tiempo pero error en definitiva: ambas juegan, en todos los sentidos, en ligas distintas y, además, siendo fieles a la realidad, la pre-producción de esta película es anterior en el tiempo a la de la acojonante serie de HBO. Por tanto, respetemos la entidad de cada cosa y su valor en sí misma y no comparándola para bien o para mal con otra.

En definitiva, esta película me deja la sensación de que sus partes son mejores que el todo y de "lo que pudo ser y no fue" pero hay que valorarla por su excelente factura técnica y por atreverse a hacer algo distinto, que no es poco.

domingo, 28 de octubre de 2012

"Lo imposible": El tsunami efectista

Recientemente, he visto la película Lo imposible, de Juan Antonio Bayona (responsable de El orfanato, de la que ya di cuenta en este blog en su momento). Debido a la intensísima labor promocional (como suele ocurrir con las producciones de Telecinco Cinema) y a la inusitada repercusión de Lo imposible, no me detendré demasiado en el aspecto meramente informativo-objetivo de esta película. Este film que, pese a estar rodado en inglés y contar con un reparto internacional es español (paradójico pero cierto), ficciona la experiencia real de una familia española que sufrió el célebre tsunami que conmovió al mundo en 2004

Tener un hecho real, famoso mundialmente, dramático hasta más allá de los tópicos, "reciente" y en el que casi todos los países del orbe perdieron algo es, mirado fríamente, una excelente base sobre la que construir un taquillazo. Por cuestiones similares fueron un hit en su momento La lista de Schindler, Titanic o Salvar al soldado Ryan, por citar algunos de los ejemplos más conocidos. Si a eso le unes un reparto encabezado por dos de las estrellas más solventes del panorama hollywoodiense como son Ewan McGregor y Naomi Watts y el gancho inconsciente de "esto le pasó a unos españoles", pues...lo raro sería que la gente no fuera a ver este film, aunque sólo sea por curiosidad.

Después de verla y dejando patrioterismo y sensiblería aparte, Lo imposible me parece una película a la que le perjudican tres cosas: Primera, las desmedidas expectativas que han generado los medios de comunicación, el público y la crítica. Segunda, el hecho de basarse en una historia real, reciente y española hace bastante fácil averiguar antes de ver la película el desenlace de todo con lo que la tensión que necesita cualquier historia (especialmente las dramáticas) se va por el sumidero (y no digo más para no destripar nada). Y tercera: si no estuviera protagonizada por las dos estrellas arriba citadas, Lo imposible estaría más cerca del típico telefilm que de un "revientataquillas". ¿Por qué? Por el abuso descarado del efectismo melodramático (explicitar o recrearse en algunas imágenes y pensamientos hace más que evidente que busca como resultado la congoja del personal); por el uso pretencioso de la música para subrayar reiterativamente la importancia emocional de ciertas escenas, tan machacón que irrita (con unos hechos tan potentes, mejor dejarles hablar a ellos solos); por el guión, muy mejorable pese al interesante y constante intercambio de fortaleza y coraje entre la madre y el hijo mayor; por la absurda decisión de doblar casi todo al castellano se carga la más que verosímil sensación de incomunicación-incomprensión que supuso el dramático entendimiento entre los afectados del tsunami (escuchar a todo el mundo entendiéndose en "nuestro idioma" es simplemente ridículo); y, por último, por estar contada de una forma tan "buenista" que, por muy real que sea su base, parece un Qué bello es vivir en una zona catastrófica.

Por otra parte, el director, Juan Antonio Bayona, creo que tiene pendiente encontrar o bien un estilo cinematográfico propio o bien un género en el que desplegar su ingenio porque, de momento, lejos de la imagen de genio que algunos parecen empeñados en darle, Bayona no es más que un director con más oficio que talento y que, quitando las magistrales secuencias del tsunami, demuestra más eficacia que brillantez.

Pese a ello, Lo imposible funciona y consigue lo que pretende: que muchos espectadores se emocionen y que la gente siga llenando las salas y hablando de ella. ¿Por qué? Tal vez porque el efectismo suele dar el resultado esperado o porque recordar un suceso tan atroz, devastador e impresionante como aquel tsunami es algo que toca la fibra más sensible de todos nosotros. Por eso, la película funciona en la medida en que refresca las emociones y sensaciones que aquella catástrofe natural y humana originó. Y es que, en ocasiones, el cine vale más por lo que nos hace recordar que por lo que nos muestra. Y Lo imposible creo que es un buen ejemplo de ello.

lunes, 19 de marzo de 2012

Con pena y sin gloria

Marzo está siendo un mes letal para los comediantes españoles: Paco Valladares, Pepe Rubio, Quique Camoiras...artistas que seguramente han pisado más escenarios que alfombras rojas y que no han sido tan abrumados por los flashes como por el aplauso del público.

La reciente muerte del polifacético Valladares, unida a los de los otros citados, me lleva a preguntarme si en esto del "artisteo" patrio no hay una absurda e injusta desconsideración que se traduce en el reconocimiento mediático, social y honorífico.Comparando la trayectoria y la experiencia en las tablas españolas de los comediantes fallecidos con los premios que recibieron en vida y el impacto mediático que ha causado su muerte, me reafirmo en la idea que ya expresé en otro artículo de que si estos tipos hubieran nacido en Hollywood habrían disfrutado de un carisma, respeto y reconocimiento mucho mayor del que han recibido. Así que voy a ahorrarme aquello de "nadie es profeta en su tierra" y pasaré directamente a la discriminación según la cual en España hay "artistas de primera" y "artistas de segunda". Los de primera son los que esperamos ver en Los Goya. Lo de segunda, todos los que están marginados por la industria cinematográfica y tienen en el teatro o la televisión su último o único refugio. Me parece sencillamente lamentable. 

Dejando a un lado sus cualidades interpretativas, los géneros que cultiven y las preferencias de cada espectador, todos los artistas deberían ser tratados con la misma consideración porque al fin y al cabo los Valladares, Rubio, Camoiras y tantos otros han hecho por la dignidad actoral y el público español tanto o más que los VIPs que desfilan glamurosos o se ponen a berrear detrás de pancartas, etc. Conviene recordar que cuando en este país ser actor era una versión altruista de mendicidad, cuando en este país hacer reír costaba mucho ingenio y unas cuantas lágrimas, cuando en este país el mayor premio que podía tener un comediante era un aplauso o una carcajada, Valladares y compañía ya estaban pateándose tablas y platós con la honestidad y el orgullo de quien ama a su profesión y respeta a un público. Y eso es algo ante lo que no hay más remedio que agachar la cabeza y ser agradecidos.

Que España tiene una propensión alarmante al borreguismo y la ingratitud es algo ya casi proverbial, pero no puede servirnos de excusa para no valorar con justicia y agradecer de corazón el trabajo y la entrega de quienes humildemente lo han dado todo para honrar el arte dramático y a los espectadores que hoy les lloran. Y no creo que a quienes lamentan su pérdida les mueva sólo la tristeza, sino también la rabia. La rabia de ver cómo se marchan artistas españoles con pena y sin gloria.

lunes, 20 de febrero de 2012

No habrá paz para Almodóvar

Después de la gala de anoche, sospecho que hay alguien firmemente decidido a acabar con esta supuesta "fiesta del cine español" (cursilada pretenciosa donde las haya). Y no lo es tanto por los premios (estoy bastante conforme con todos, exceptuando el documental...y la pena de que a Santos Trinidad no le quedara otra que arrancarle la piel a tiras a Almodóvar) sino por lo que ve y se dice. 

Dejando al margen el espectáculo hortera de la gala como tal y al adefesio sin gracia de la presentadora, la noche estuvo salpicada de varios discursos y "recaditos" entre lo demagógico y lo trasnochado pasando por lo panfletario. Discursos como el del presidente de la Academia de Cine y sus reaccionarias palabras contra Internet (un lince el tío), el de la morcilla de luto responsable del documental-panegírico de un ex juez o el de algunos artistas que hablan más de política que de cine asumiendo un rol inadecuado y en un foro que no es el procedente. Es como si en el Congreso de los Diputados el personal que allí se sienta se dedicara a comentar desde el estrado sus opiniones sobre el cine español. Pues mira, no.

Por si esto fuera poco, la gala se completó con los insufribles agradecimientos que olvidan aquello de "lo bueno si breve..." y la irrupción de dos espontáneos (un gilipollas pidiendo un western extremeño y un representante de Anonymous). Sólo faltó que saltara la alarma de incendios.

Si todo esto no manifiesta una clara intención de erradicar los Goya...

De todos modos, yo, personalmente, me quedo con las palabras de Santiago Segura, que, entre gracietas manidas, dijo algunas verdades lacerantes vestidas de sátira y que reflejan bien qué es el cine español actual: Un cachondeo autocomplaciente al que le es más fácil meterse en política que en el séptimo arte.

lunes, 14 de febrero de 2011

Un discurso que bien vale un Goya

Anoche se celebró la ceremonia de entrega de los premios Goya en el XXV aniversario de estos galardones que quieren y no pueden emular a los Óscar de allende el charco. Hace años que decidí dejar de glosar este sarao, porque me hastía profundamente comentar un mamoneo previsible hasta el tedio, frecuentemente injusto y que no deja de ser un ejercicio onanístico de la progresía imperante en la industria cinematográfica patria. 

No obstante, anoche sucedió algo que me ha hecho cambiar de idea. Y no, no me refiero a que la gran triunfadora de la velada fuera un film conocido en su casa a la hora de comer, proyectado en menos salas que la vida escolar de Paquirrín, aupado por el voto en masa del importante lobby catalán que hay en la Academia, y que apuesta por algo tan original y poco manido como la postguerra civil. Es decir, no me estoy refiriendo a "Pan negro", el nuevo título que el director Agustí Villaronga ha dado a la misma película que lleva rodando desde que se puso detrás de una cámara. Tú a lo tuyo, di que sí. Ya se encargarán otros de ningunear joyas como "Enterrado".

Tampoco me lleva a escribir esto el colofón a la noche catalana que puso cierto "imbécil con barretina" (Buenafuente dixit) para intentar demostrar a todo el país lo que ya hizo en Eurovisión: que es un perfecto gilipollas.

De igual manera, no quiero dedicar el artículo a aplaudir la mala noche que "Anonymous" regaló al organismo pluricelular que ocupa la cartera de Censura, porque admiro profundamente su  habilidad para cometer un error cuando no perpetra una sandez, pericia sólo comparable a su talento para crear historias sublimes como "Mentiras y gordas".

El artículo va dedicado a Álex de la Iglesia, un oasis de sensatez y personalidad entre tanta falsedad, banalidad y lameculismo. No tanto por el previsible e inmerecido desprecio que vivió su película en los galardones, sino por su coraje para decir a los cuatros vientos no sólo lo que piensa, sino la verdad. Por ello, por el interés, la valentía y el realismo que emana su último discurso como presidente de la Academia de Cine, lo transcribo a continuación:
 El día de hoy ha llegado porque hace 25 años, doce profesionales de nuestro cine, en medio de una crisis tan grave como la nuestra, caminaron juntos a pesar de sus diferencias. Quiero empezar este discurso felicitando a los fundadores de la Academia.
No sólo ellos, sino todos los que me han precedido en esta institución, vicepresidentes, miembros de las juntas directivas y el conjunto de los académicos, nos han traído esta noche aquí, al Teatro Real, para celebrar el 25º aniversario de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas y la existencia misma de los premios Goya. A todos, muchísimas gracias. Puede parecer que llegamos a este día separados, con puntos de vista diferentes en temas fundamentales. Es el resultado de la lucha de cada uno por sus convicciones. Y nada más. Porque en realidad, todos estamos en lo mismo, que es la defensa del cine.
Quiero por ello felicitar y agradecer a todos los que estáis aquí, por caminar juntos en la diferencia, y hasta en la divergencia. Hacemos mucho ruido, pero es que esta vez, hay muchas nueces. El choque de posturas es siempre aparatoso y tras él surge una nube de humo que impide ver con claridad. Pero la discusión no es en vano, no es frívola y no es precipitada. No podemos olvidar lo más importante, el meollo del asunto. Somos parte de un Todo y no somos nadie sin ese todo. Una película no es película hasta que alguien se sienta delante y la ve. La esencia del cine se define por dos conceptos: una pantalla, y una gente que la disfruta. Sin público esto no tiene sentido. No podemos olvidar eso jamás.
Dicen que he provocado una crisis. Crisis, en griego, significa “cambio”. Y el cambio es acción. Estamos en un punto de no retorno y es el momento de actuar. No hay marcha atrás. De las decisiones que se tomen ahora dependerá todo. Nada de lo que valía antes, vale ya. Las reglas del juego han cambiado. Hace 25 años, quienes se dedicaban a nuestro oficio jamás hubieran imaginado que algo llamado internet revolucionaría el mercado del cine de esta forma y que el que se vieran o no nuestras películas no iba a ser sólo cuestión de llevar al público a las salas. I ntenet no es el futuro, como algunos creen. Internet es el presente. Internet es la manera de comunicarse, de compartir información, entretenimiento y cultura que utilizan cientos de millones de personas. Internet es parte de nuestras vidas y la nueva ventana que nos abre la mente al mundo.
A los internautas no les gusta que les llamen así. Ellos son ciudadanos, son sencillamente gente, son nuestro PUBLICO. Ese público que hemos perdido, no va al cine porque está delante de una pantalla de ordenador. Quiero decir claramente que no tenemos miedo a internet, porque internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine. Sólo ganaremos al futuro si somos nosotros los que cambiamos, los que innovamos, adelantándonos con propuestas imaginativas, creativas, aportando un nuevo modelo de mercado que tenga en cuenta a todos los implicados: Autores, productores, distribuidores, exhibidores, páginas web, servidores, y usuarios.
Se necesita una crisis, un cambio, para poder avanzar hacia un nueva manera de entender el negocio del cine. Tenemos que pensar en nuestros derechos, por supuesto, pero no olvidar nunca nuestras obligaciones. Tenemos una responsabilidad moral para con el público. No se nos puede olvidar algo esencial: hacemos cine porque los ciudadanos nos permiten hacerlo, y les debemos respeto, y agradecimiento. Las películas de las que hablamos esta noche son la prueba de que en este país nos dejamos la piel trabajando. Sin embargo, el mismo esfuerzo o mayor hicieron tantas otras películas que no han llegado a los sobres de las candidaturas. Ellos tambien se merecen estar aqui, porque han trabajado igual de duro que nosotros.
Quiero despedirme en mi última gala como presidente, recordando a todos los candidatos a los Goya tan solo una cosa: qué más da ganar o perder si podemos hacer cine, trabajar en lo que más nos gusta. No hay nada mejor que sentirse libre creando, y compartir esa alegría con los demás. Somos cineastas, contamos historias, creamos mundos para que el espectador viva en ellos. Somos más de 30.000 personas que tienen la inmensa suerte de vivir fabricando sueños.
Tenemos que estar a la altura del privilegio que la sociedad nos ofrece. Yo creo, con toda humildad, que si queremos que nos respeten, hay que respetar primero.
Y Por último, me gustaría contarle algo al próximo Presidente de la Academia, que ya me cae bien, sea quien sea: estos han sido los dos años más felices de mi vida. He conocido gente maravillosa de todos los sectores de la industria. He visto los problemas desde puntos de vista nuevos para mí, lo que me ha enriquecido y me ha hecho mejor de lo que era. He comprobado que trabajar para los demás es una experiencia extraordinaria por muy duro que resulte en un principio, y sobre todo: han pasado 25 años muy buenos, pero nos quedan muchos más, y seguro que serán mejores.
Buenas noches.

Sólo por discursos así, bien vale la pena tragarse ridiculeces como los Goya. Olé, señor De la Iglesia, olé.

sábado, 18 de diciembre de 2010

"Balada triste de trompeta": De la Iglesia y el esperpento

El esperpento, ese estilo teatral inventado y sublimado por el genial Ramón María del Valle-Inclán, consiste como es sabido en una deformación grotesca bajo la cual subyace una intención crítica y tiene por rasgos fundamentales lo grotesco como vehículo de expresión, la deformación sistemática de la realidad y la muerte como eje capital de la trama. 

Teniendo eso presente, no se me ocurre mejor calificativo ni elogio para "Balada triste de trompeta", el último film del siempre recomendable Álex de la Iglesia, que "esperpéntico". Asomarse a la Guerra Civil y el posterior franquismo (años 70, especialmente) que vivió España tomando como eje argumental unos personajes marginales y literalmente circenses es algo que ya evoca la insana guasa del portentoso Valle. Hacerlo situando como protagonistas de la trama a unos payasos extravagantes y homicidas, una nada velada declaración de amor al esperpento.

La película, laureada en la última Mostra de Venecia, se centra en la despiadada rivalidad de Sergio y Javier, dos clowns excéntricos y dementes (sensacionales Antonio de la Torre y Carlos Areces), por el amor de Natalia, una sensual y voluptuosa trapecista (estupenda Carolina Bang). Esta competición no tarda en devenir en un macabro y estrafalario duelo pasional con consecuencias trágicas para el trío protagonista. Orbitando en torno a este argumento, el espectador asiste a un retrato sarcástico, exagerado y, a pesar de ello o, precisamente por ello, realista de la España de un ya decrépito y menguado Franco.  Algo de lo que ya avisaban los magníficos créditos iniciales: un contundente collage del contexto político y social en el que se ambienta la acción.

Impecable en todos los aspectos técnicos y artísticos, el film de Álex de la Iglesia contiene todas las señas de identidad del cineasta, si bien evidencia una ligera evolución hacia una mayor y mejor elegancia formal, reflejando la inteligencia y madurez de un director genuino y muy original. A mí, particularmente, me gusta especialmente su habilidad para transitar de la comedia a la tragedia y viceversa con asombrosa rapidez y facilidad; su lacerante sentido del humor; su creatividad estética; su filia por lo extravagante; y su costumbre de recuperar como secundarios a estupendos y veteranos actores menospreciados por la industria cinematográfica patria en los últimos lustros (Sancho Gracia, Terele Pávez, Manuel Tejada, Luis Varela).
Cruce imposible entre Browning y Fellini, De la Iglesia consigue quizás su película más afinada si bien servidor no la sitúa como su favorita, tal vez por el mal sabor de boca que me dejó cierta escena, para mí de mal gusto, ambientada en el Valle de los Caídos, ya en el clímax final.

Sea como fuere, "Balada triste de trompeta" constituye un recomendable motivo para pasar un buen rato en el cine y disfrutar del gran hacer de uno de los mejores y más honestos directores que tenemos en España. 

domingo, 14 de noviembre de 2010

Obituario de un portento

Ayer el cine español y, por ende, la cultura  española perdieron a uno de sus hombres más merecidamente brillantes: el maestro Luis García Berlanga. Lúcido, talentoso y modesto, Berlanga puede ser considerado con razón uno de los cineastas más brillantes que ha dado, no ya España, sino Europa al séptimo arte en su centenaria historia. Un director que no sale en absoluto mal parado de comparaciones con genios inmortales como, por ejemplo, Billy Wilder, con el que, por cierto, entroncaría por el dominio de ambos de un humor irónico e inteligente de poso amargo.  No en vano, Berlanga lo único que tiene que envidiar a los mitos de la dirección hollywoodiense es que ellos tuvieron un país que les valoró como merecían....

Habilísimo retratista social y excelente crítico de los pecados y vicios que han formado parte indeleble de la historia española del último medio siglo, Berlanga fue quizás el miembro más brillante de esa hornada de directores españoles (Bardem, Nieves Conde, Forqué...) que demostraron que el ingenio es el único color que necesita el blanco y negro...o que la censura jamás puede ni podrá eclipsar la luz del talento.

Para la posteridad quedan joyas como "Bienvenido, Mister Marshall", "Calabuch", "Los jueves, milagro", "Plácido" o "El verdugo", películas para la admiración y reflexión de quienes, como yo, echaremos de menos a portentos de esta magnitud y brillantez sin parangón ni relevo...

Descanse en paz.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

"Lope": Devaluando al Fénix

Ayer vi una película española que, por temática y personaje protagonista, prometía mucho: "Lope". Y en eso se quedó, en meras promesas, buenas expectativas que al salir de la sala carecían de fundamento alguno. La pionera y fallida aproximación, revisión, elucubración o traslación cinematográfica de la vida de Lope de Vega ha demostrado una vez más que juntar los términos "superproducción" y "española" es un motivo fiable para que un escalofrío recorra nuestro espinazo como un bólido.

Cierto es que afrontar en la gran pantalla la increíble trayectoria vital del mejor literato que ha dado España (con permiso de Quevedo, Lorca y Delibes...y no me estoy olvidando del sobrevalorado Cervantes) y del autor más prolífico de la literatura universal es un reto titánico en el que un paso en falso conduce al fracaso...Por eso no acabo de entender por qué en "Lope" se ha elegido como actor principal al bisoño, insulso e inexpresivo Alberto Amman (que suple con ¿fama? sus carencias interpretativas); por qué se deja la dirección de una empresa como ésta en manos de un director conocido en su país a la hora de comer como el brasileño Andrucha Waddington; por qué el guión sólo abandona la mediocridad cuando utiliza literalmente versos del Fénix (los celebérrimos "Un soneto me manda hacer Violante" y "Desmayarse"); por qué en el elenco brillan más los desaprovechados (y mal dirigidos) secundarios (Watling, López de Ayala, Tosar, Diego, De la Torre...); por qué enajenación mental injustificable se siguen dando papeles a esa abominación interpretativa llamada Miguel Ángel Muñoz; por qué el maquillaje de la película tiene la misma calidad que el de una función teatral escolar (esas barbas postizas, esas calvas de todo a un euro...)...demasiados riesgos, demasiadas malas decisiones, demasiado error para tan gran figura.

Es elogiable el hecho de que se quieran hacer películas que pongan el punto de mira en nuestra historia y cultura, liberándonos así de complejos...pero lo que no es admisible es querer emular a la magnífica "Shakespeare enamorado" con el "look" de "Alatriste" para acabar haciendo una película ramplona que sería menos criticable si fuera directa al mercado televisivo y que presenta a un Lope de Vega que lo mismo podría ser Fulanito de Mengano.

Otra vez será...espero.