martes, 5 de septiembre de 2017

Juego de Tronos: damas mandan

Hace ya días que acabó la séptima y penúltima temporada de Juego de tronos. He esperado un tiempo razonable a que la tormenta de comentarios, opiniones y elucubraciones pasara de huracán a brisa y, la verdad, hay algo que me sorprende. Tras la emisión del último capítulo, ese que evidenció la traslación del eje desde lo "shakespeariano" a lo "tolkeniano" y que acabó con ¿Jon? ¿Nieve? derribando un muro y el Rey de la Noche derribando otro, se desató online y offline todo un festival de onomatopeyas y glosas anfetaminadas que abarcó desde debates en torno a genealogías telenovelescas hasta polémicas a cuenta del inesperado uso de dos recursos narrativos como el "tempo" (que no tiempo) y la elipsis en una serie tan propensa a la parsimonia y la perífrasis (existía la duda legítima sobre qué dura más: un viaje por Poniente o un partido de Óliver y Benji) pasando por lo chusco que resulta, analizado en frío, el relleno de explicaciones mediante alguna de estas tres opciones: Bran lo vio, Sam lo leyó o la magia lo hizo (y un cuervo me lo confirmó, faltaría decir, parafraseando cierta canción).

El caso es que en toda esa tempestad de análisis, dimes, diretes, predicciones y bulos, no tengo la impresión de que se haya remarcado lo suficiente (tan sólo he detectado un artículo en el Huffington Post y otro en Hipertextual) aquello de lo que quiero hablar en este artículo. Me refiero al hecho de que, de toda la amplísima variedad de magníficos y fascinantes personajes con los que cuenta esta extraordinaria ficción, son las mujeres las que han asumido sin ningún complejo un rol tradicionalmente asignado a hombres: el de líder. Así, en Game of thrones no se cumple aquello de "Detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer" sino más bien lo contrario. Y, la verdad, personalmente, me encanta, no sólo por ser un "novedoso" contracliché sino porque hace comulgar a la ficción con la simple realidad, esa que nos demuestra que las cualidades, las virtudes y los defectos no dependen del género. En el juego de tronos, las mujeres se han hecho las amas de la partida: Cersei Lannister ocupa el trono de hierro, Daenerys Targaryen lidera la alternativa, Sansa Stark rige en el Norte y Brienne de Tarth y Arya Stark son las mejores espadas de Poniente. Por si fuera poco, junto a estas "mujerazas", hemos podido disfrutar de otras féminas llevando las riendas de sus respectivos territorios y siendo piezas a tener en cuenta en el agitado tablero de esta ficción hasta su caída en desgracia: Olenna Tyrell desde Altojardín, Ellaria Arena desde Dorne y Yara Greyjoy dese las Islas del Hierro también han tenido su decisiva intervención en los acontecimientos de la trama y las subtramas. ¿Que hay grandísimos personajes masculinos? Indudablemente y ahí está Tyrion para despejar dudas. ¿Que las mujeres se han quedado ya como reinas absolutas del cotarro? También y no, no sólo por una mera cuestión de "descarte por defunción violenta". Han sabido triunfar donde otros fracasan.

Junto a esa interesante lección de que el éxito no depende de la configuración cromosómica, Juego de Tronos sabe realzar la importancia de una cualidad más que positiva en los tiempos que corren, la resiliencia, una virtud que encuentra sus mejores exponentes en Daenerys, Cersei, Sansa y compañía: todas han sabido conjugar su identidad con las circunstancias, llenándose de matices que han facilitado su evolución y sobreviviencia en un entorno tan inmisericorde y volátil como el de Poniente sin perder por el camino sus rasgos más identitarios e inconfundibles. Han sabido hacer frente a toda clase de adversidades, imprevistos y contratiempos y, gracias a eso, están ahora donde están mientras que otros hombres (y mujeres) quedaron atrás. Por eso, no es ninguna estupidez decir que Game of thrones ha hecho más y mejor por el empoderamiento de la mujer que decenas de charlas carísimas, vídeos inspiradores y libros motivantes. Una de las grandes moralejas por esta excelente ficción, con independencia de lo que ocurra en la octava y última temporada, tiene voz femenina: "Sé tú misma y no dejes que nada ni nadie te haga dudar o renunciar a ello". Y no, ser uno mismo no significa quedarse quieto cual Rajoy, significa abrazar el cambio desde la confianza en uno mismo, la perseverancia y la autocrítica, sabiendo que el futuro se gana en el presente y que el pasado es sólo un lugar del que aprender y al que no volver. Cada personaje femenino de Juego de Tronos tiene su propio manual para lograr todo esto pero es una auténtica gozada ver la evolución que han experimentado las principales mujeres de las casas Lannister, Targaryen y Stark, no sólo en su mera condición de personajes de una narración sino por su creciente resonancia en la historia y su valor referencial para una sociedad que aún anda enredada en el bucle de un trasnochado debate de género y etiquetas. Estas mujeres se han ganado estar donde están ahora y no ha sido ni por condescendencia ni por cuota ni por feminismo ni por sugestión de gurú ni por rebelarse contra el heteropatriarcado ni por majaderías de esas: han sabido aceptarse como son, ser ellas mismas, deshacerse de complejos, adaptarse a lo que la vida les ha arrojado, conservar sus metas, luchar por sus sueños, jugar bien sus cartas, romper pronósticos y ganar la partida, de igual a igual, a hombres y mujeres incluso más poderosas a priori que ellas.

Por todo ello creo que, entre otras muchas razones, merece la pena ver Juego de tronos: porque nos enseña desde la ficción algo que es necesario en el mundo real. ¿El qué? Que esto no va de ser hombre o mujer sino de ser persona y, cuando más extraordinaria, mejor. Y, si alguien lo duda, mejor que recuerde una palabra: dracarys.         

domingo, 3 de septiembre de 2017

Creencias

Al hilo del terrorismo yihadista, se ha desatado una especie de debate comparativo entre creencias que anda a medio camino entre la infantil (en tanto que irracional) postura de "la mía es la mejor/única" y la nihilista opción de "no creo en nada" pasando por reyertas dialécticas consistentes en arrojarse reproches de todo tipo. Como en cualquier polémica, creo que el exceso de furor se rebaja con un poco de educación (tanto académica como cívica) y un mucho de saber. Contra el paletismo rampante, cualquiera que sea su manifestación, no hay mejor remedio que el conocimiento, ya sea éste adquirido por viajes o por lecturas o por escuchas a esos sabios que siempre saben más y mejor que uno. De ahí que, en no pocos momentos y lugares, haya habido una persecución o censura del saber bajo pretextos "religiosos" porque el conocimiento es el antídoto perfecto para quienes quieren manipular o dirigir a conveniencia al prójimo.

Por eso, quiero sumarme a ese debate, pero intentando no apartarme de la honestidad ni del sentido común ni de lo que he aprendido en lo que va de vida ni renunciar tampoco a mi condición de creyente (cristiano, para más señas). Puede que en algunos momentos yo no sea políticamente correcto pero parte del problema actual se explica por la superpoblación de eufemismos, elipsis, perífrasis, paráfrasis y medias verdades con las que se toca un tema tan sensible como el de las creencias.

Antes de nada, quiero decir que yo entiendo como "creencia" toda corriente de pensamiento asentada en la trascendencia de la existencia (la consciencia de lo humano a partir de la aceptación de lo que le trasciende sería el punto de partida de todo credo), orientada a nortear la conducta del ser humano y que tiene un número de seguidores que le rinden culto. Por eso, entiendo como creencia las denominadas "religiones abrahámicas" o "religiones del libro" (judaísmo, cristianismo e islam), el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el confucianismo e, incluso, creencias tan obviamente "manufacturadas" como el movimiento de los santos de los últimos días (mormonismo) o la cienciología. Sé que omito mencionar otras creencias pero quiero simplemente hacer notar que para mí caben muchas cosas dentro del baúl de las creencias. Por caber, cabrían incluso el agnosticismo y el ateísmo, que no dejan de ser dos formas de creer en negativo, esto es, en "oposición a", pero ese es un jardín en el que no me voy a meter.

Respecto a las creencias pienso que es muy importante no perder de vista una cosa: nacen como una forma de relacionarse del ser humano con aquello que le trasciende. Una relación que ha vivido diversas etapas (el hombre pasó de adorar elementos puramente naturales a adorar a entidades antropomórficas, incorpóreas y ultraterrenales) y, en ese sentido, las diversas mitologías no son más que recordatorios de creencias que, en su momento, fueron tan decisivas como lo son hoy el cristianismo o el islam: Zeus no es más que un dios al que se le acabó del crédito de creyentes. Así, como dije en otro artículo, las creencias son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con aquello que escapa a la percepción sensorial u ontológica, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarse para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular. Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las creencias pasa lo mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas.  

Antes de ir a lo negativo de las creencias, creo que es de justicia destacar su principal virtud que, en mi opinión, no es otra que servir de argamasa tanto de sociedades como de personas. La mayoría de las religiones son muy útiles en la medida en que pueden cohesionar la psique social (y, por tanto, contribuir decisivamente a la organización cívica mediante la configuración de la moral que hay en el trasfondo del ordenamiento explícito o tácito de un pueblo) como la psique personal (ya que facilitan un relato argumental asumible por el ser humano que, mediante una decisiva sugestión le orienta en este devenir imprevisible y carente de cualquier lógica o justicia que es la vida). Dicho de otra manera, sin ese componente de pedagogía maniquea (bien-mal, paraíso-infierno, mandamiento-pecado) que conlleva en mayor o menor medida toda creencia, sería harto complicado que el hombre hubiera conseguido organizarse como individuo y como colectivo. Por eso, la estabilidad social y psicológica del ser humano no se puede entender sin la incidencia de las creencias. Así, las creencias funcionan como filosofías a gran escala ya que, donde no llegan los tradicionales corpus filosóficos (que no trascienden el ámbito individual en fondo ni forma), sí alcanzan las creencias, que no dejan de ser filosofías que, en lugar de mirar al hombre, como hacen las "canónicas", se asientan en lo que hay más allá de él.

La otra gran virtud a mi entender es que la mayoría de las creencias buscan en el fondo lo mismo: el perfeccionamiento del ser humano, su ennoblecimiento, la bondad universal. Son toda una retórica del amor, un código ético del buenrollismo y como tal buscan "religar" al ser humano para alcanzar una armonía. Así, las creencias funcionan en la práctica como las aficiones o hobbies: son predilecciones placenteras que entroncan a gente diversa en lo geográfico, lo social y lo cronológico, con la diferencia de que en unas prima lo meramente ocioso y  en otras lo virtuoso.

¿Dónde está lo negativo de las creencias? ¿Cuál es el problema de todo esto? Pues, de base, que no todos los seres humanos comparten la misma creencia y por tanto resulta más que complicado afinar la orquesta (lo cual ha motivado movimientos tan curiosos como el "abrahamismo", que pretende conformar un credo mayoritario basándose en los puntos de coincidencia entre judaísmo, cristianismo e islam). En línea con este problema, otro: la gestión de la ética de un creyente respecto "los otros", especialmente si esos otros no profesan la misma creencia, cuestión que ha suscitado no pocas "guerras santas", intolerancias, persecuciones, prohibiciones y desmadres varios a lo largo del planeta y la historia. Y luego está otro problema que a menudo se soslaya por aquello de no avergonzarse frente al espejo: por muy divina que sea la inspiración de una creencia, su traslación al mundo terrenal, su "transcripción" y exégesis corren siempre a manos de puros y simples mortales, que a lo  mejor son bellísimas personas pero no están a salvo ni mucho menos de caer en esa sacra labor por el terraplén de la incongruencia (el Génesis del Antiguo Testamento, por ejemplo, es un festival de ellas, como lo son por ejemplo los Evangelios apócrifos en comparación con los canónicos), las fobias (el rol de la mujer en las religiones del libro, por seguir ejemplificando, no pasa de nivel "cameo" en el mejor de los casos), el interés político o el afán manipulativo. Y es que ha habido y hay mucho torpe, cretino o cabrón metido a portavoz de Dios. Todo aquello surgido de la mano o boca de un hombre hay que ponerlo en cuarentena. De haber hecho esto, el mundo se habría ahorrado mucha sangre derramada. Por eso, fenómenos como el yihadismo surgen por creencias extremistas e interesadas como el wahabismo que poco o nada tienen que ver con el credo central de referencia. Así, las creencias en sí mismas consideradas no serían buenas ni malas ni mejores ni peores: serían distintas entre sí. El problema viene con la interpretación y aplicación práctica que cada fulano haga de ellas. Las creencias no son malas per se, lo malo es lo que se ha hecho en nombre de esas creencias o deidades porque eso no viene en los libros sagrados ni viene de la boca de ningún dios: viene de las entrañas más negras del ser humano. Eso es lo terrible: lo espiritual o ultraterrenal como excusa o coartada para la vileza y cobardía del ser humano. Por eso hay muchos ateos que tienen errado el punto de mira: no es contra Dios ni contra una religión contra quienes tienen que lanzar sus reproches sino contra la propia condición humana.

¿Por qué las creencias están detrás de muchas salvajadas, atrocidades y estupideces? Por una manfiesta carencia de autocrítica. En mi opinión, la gente ha olvidado deliberadamente que las/sus creencias no son de facto más que macroplacebos hasta que se demuestre lo contrario (prueba que sólo llega por desgracia post-mortem), no son verdades absolutas e incuestionables (son una forma de hacer creer en una lógica ultraterrenal según la cual dos y dos son cinco pese a que el mundo no hostie con cuatros con frecuencia). Así las cosas, una creencia debería ser tan respetable como cualquier otra: no dejan de ser alimentos que elegimos para nuestra psique, colores para singularizar nuestra conciencia, aficiones para hacer habitable la condición humana. En línea con esto de la no-autocrítica habría que encuadrar el engreimiento de unos creyentes respecto a otros, un "derbi" metafísico que se dirime en el barro social y que parte de un argumento bastante falaz: sólo hay una religión buena, válida y verdadera. Hasta que llegue el Juicio Final (si es que llega) o un vecino regrese de entre los muertos con la exclusiva para sacarnos de dudas, no hay una creencia que se haya demostrado pluscuamperfecta. Todas tienen sus taras, sus recovecos, sus lados oscuros. Y quien piense lo contrario, (se) miente, porque basta estudiar mínimamente las creencias para encontrar elementos a reprochar. Por ejemplo, el judaísmo vive en un permanente, endogámico y chovinista bucle, el cristianismo se echó a perder con esa "multinacionalización" que hizo punto y aparte entre las primeras comunidades y el emporio eclesial que buscó el poder terrenal, el impermeable Islam surge como alternativa pasivo-agresiva para competir contra judíos y cristianos, el budismo requiere más paciencia de la que tolera el mundo, la cienciología es un ejemplo de cómo la fusión de la autoayuda y la ciencia ficción produce monstruos, etc, etc, etc. Por eso, en el ámbito espiritual, como en cualquier otro, el purismo no es aconsejable. Y ese error, el del purismo, es uno en el que no sólo ha caído el Islam (la relación de Mahoma respecto al judaísmo y el cristianismo da para un par de divanes como mínimo) sino también el cristianismo: una religión nacida al albor de la influencia de la mitología y costumbres judaicas, por un lado, y de la pedagogía oriental (las parábolas vienen de oriente), por otro, no debió permitirse nunca la obscenidad de actuar como un macho alfa (véase Inquisición).

En fin. Que, en estas cuestiones de creencias, una excelente medida preventiva para no meter la pata es leer mucho y respetar más aún que leer porque, si no, al paso que vamos, este mundo no lo va a salvar ni arreglar nadie.      

sábado, 26 de agosto de 2017

La gestión del lodo

El lodo, el cieno, el fango, el mantillo, la mugre, la basura, la inmundicia, la mierda...el campo semántico de lo asqueroso tiene entre sus denominadores comunes uno especialmente perceptible estos días: es difícil de gestionar. Difícil no porque sea complejo el acto en sí de deshacerse del lodo sino porque, como seres propensos a la vileza y la cobardía, la mayoría de las veces nos solemos liberar del lodo mediante la purulenta técnica de cargar el muerto (o los muertos, en este caso) a cualquier persona que no sea uno mismo, ya sea como mecanismo de autodefensa para que la psique no quiebre, ya sea como recurso para que la vergüenza no devore el ánimo o como protocolo de cobardía moral. El quid de la cuestión radica en que ese "otro", por lo general, no suele estar conforme con su rol de paganini o chivo expiatorio y entonces se inicia una repugnante liturgia de dimes y diretes consistente en una reyerta dialéctica y cobarde donde la mierda vuela en todas direcciones. Por eso es difícil de gestionar el lodo: porque una vez que empieza el etiquetado, empaquetado y envío del lodo se abren las compuertas del cainismo. Tan pronto como se pone en marcha el ventilador inmundo, el aspersor fecal no hace prisioneros. Y así está el patio en España como está, tras los atentados en Cataluña: con una fenomenal polvareda política, policial y social a cuenta de quién debe subir al cadalso para sufrir el tormento de la culpabilización. Un duelo a garrotazos que tiene poco de goyesco y mucho de patético.

Antes de seguir, me gustaría hacer una aclaración. Siempre que ocurren tragedias como los atentados en Cataluña concurren por lo general varios factores: descoordinación, desconfianza, desidia, prepotencia, minusvaloración, ignorancia, torpeza en la interpretación de indicios, imprevisión e imprudencia. No falla. El primer y mejor ejemplo de ello está en los atentados del 11-S y si alguien no me cree, recomiendo que se lea el fenomenal y rigurosísimo libro Contra todos los enemigos de Richard Clarke. Pasó en EEUU...pero también ha pasado en España, otra vez. Y si alguien piensa que que los despropósitos que desembocaron en el 11-S no tienen nada que ver con los que propiciaron los atentados en Barcelona y Cambrils, es mejor que se repase bien lo que se sabe hasta el momento. Nadie puede ni debe sacar pecho ni colgarse medallas después de una barbaridad semejante, máxime cuando podría haber sido mucho peor de no haber volado por los aires cierta finca "okupada" por unos tíos que estaban deseando ver huríes.

La cuestión es, volviendo al tema, que en lugar de hacer autocrítica y dejar que la honradez y el sentido común se pongan a los mandos, lo que hacemos es iniciar una especie de caza de brujas desvergonzada, de pilla-pilla repulsivo, de combate despendolado en el que lanzarse los muertos a la cara como si fueran facturas pendientes de pagar. Pasó en EEUU...pero también ha pasado en España, otra vez (ya con el 11-M el ventilador de la mierda funcionó a pleno rendimiento). Tan desmadrado está el asunto que hasta un sacerdote aprovechó el momento de la homilía para soltar un intempestivo discurso que poco o nada tiene que ver con la Biblia ni Cristo (tuviera o no razón el portador de la casulla, no era el momento ni el lugar para decir nada de lo que dijo).

¿Qué pienso yo de todo esto? Que la culpa penal y directa corresponde única y exclusivamente a los autores intelectuales y materiales de los atentados en Cataluña, pero la responsabilidad de este siniestro desastre tiene muchos firmantes. Cuando algo así ocurre, nadie está libre de pecado. Así que, puestos a repartir responsabilidades, mejor coloquemos la mirada en todos los actores sobre el escenario:
  • La verbenera gestión de los Mossos (antes, durante y después de los atentados) no se explica sin el "procés" de fondo ni éste sin la abulia del Gobierno español por atajar esa astracanada. Cuando dejas que los intereses políticos sean tu única brújula, quien sale perdiendo por lo general es la sociedad. Y eso es lo que ha pasado aquí: que el interés político-electoral tanto del Govern independentista como del Gobierno pepero por mantener vivo el tema del "procés" ha propiciado el sindiós que ha ridiculizado tanto a políticos como uniformados (el único Mosso a la altura de las circunstancias fue en mi opinión el que finiquitó a cuatro de esos monstruos)y, lo que es más importante, ha dejado unos cuantos asesinados en Cataluña. En este sentido, el aprovechamiento político que están haciendo Puigdemont y cía (con mención especial para Joaquim Forn) por un lado y Rajoy y su gente por otro es algo simplemente asqueroso. Que haya sido un juez de la Audiencia Nacional el que haya tenido que subsanar el circo y coordinar a las fuerzas y cuerpos de seguridad da una idea del lamentable percal.
  • El postureo cosmpolita, el buenismo esnob y la prepotencia de Colau y aledaños desoyendo las recomendaciones de proteger ciertos lugares o zonas tampoco se pueden ir de rositas. Hay que ser gilipollas para pensar que unos meros bolardos son el Santo Grial contra las matanzas...pero hay que ser idénticamente gilipuertas para creer que unos bolardos son innecesarios cuando los buscahuríes utilizan en los últimos tiempos vehículos para rallies de destrucción masiva. ¿Habrían evitado el atentado? Seguramente no y probablemente habrían cambiado sólo el modus operandi pero cuando estás amenazado por terroristas lo mínimo que puedes hacer es tomar todas las precauciones y protecciones que estén en tu mano. La prueba de que fue un error no tomar medidas defensivas está en que les ha faltado tiempo en Barcelona para replantearse esa decisión respecto a los bolardos. La pena es que sólo la muerte haya hecho entrar en razón a tanto imprudente y soplapollas. Respecto a esto último, el argumento-excusa de no poner bolardos en Las Ramblas porque no se podían poner en otros lugares de Barcelona creo que está en el top de majaderías del año porque entre estar defendido un poco o quedarte indefenso del todo creo que la opción está clara, salvo que seas un anormal. Por otra parte, dudo bastante que si estos espabilados jugaran por la banda derecha y no por la izquierda, la opinión pública y mediática fuera tan "benévola" como lo está siendo con la alcadesa de Barcelona y demás gente al fondo: los fallos y los errores hay que criticarlos con idéntica dureza con independencia de la ideología, credo o signo zodiacal de sus responsables. 
  • También habría que levantar un monumento a quienes permitieron que el pseudoimam Es Satty, líder de la célula y perversor de sus integrantes, campara a sus anchas por España, pasándose por el arco genital la orden de expulsión que había contra él. Me refiero a su abogado ("No parecía integrista, iba en vaqueros" (sic), olé tú) y al juez que revocó la expulsión (por no considerar que un tipo cuya carta de presentación fueron 120 kilos de droga supusiera una amenaza real y suficientemente grave para el orden público o la seguridad pública; aplausos). Lógicamente, ambos juristas estaban haciendo su trabajo (aunque el juez se ha coronado ya a perpetuidad) pero la moraleja a extraer de su disparate es que, en ocasiones, el papel de fumar con el que se la cogen ciertas personas se convierte en sudario de otras que simplemente estaban en el sitio y momento incorrectos. De todos modos, no hay que linchar a estos dos tipos por ser meras consecuencias de un mal que parece ya endémico: el buenismo legal que impera en el ordenamiento vigente y que es un auténtico chollo para la gentuza, con independencia de su denominación de origen.
  • Tampoco hay que orillar el hecho de que las principales mezquitas en España están influidas (en lo económico e "intelectual") por Arabia Saudí y Qatar, estados que, más allá de pasarse por el forro los derechos humanos (o quizá precisamente por eso), son más que simpatizantes del wahabismo/salafismo, convirtiendo así de facto no pocos templos musulmanes españoles en cajas de resonancia de esa visión fundamentalista de la que beben los terroristas del ISIS. Y para muestra, muchas mezquitas en Cataluña. Si a esta "influencia" se le une la oficiosa convicción que hay a nivel internacional de que estos golfos del Pérsico están dando soporte (al menos económico) a los terroristas yihadistas pues...tú me dirás. Es cierto que culpabilizar a las máximas autoridades de España (Felipe VI como Jefe del Estado y Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno) de los atentados en Cataluña por las relaciones España-Arabia es algo sencillamente abyecto (especialmente cuando tal acusación viene de cierta chusma de flequillos y sobacos). Pero, en cambio, no es nada descabellado afear la indudable hipocresía de quienes por un lado condenan y compadecen (y ojo que no dudo en absoluto de que lo hagan de corazón) y por otro no rompen relaciones a todos los niveles con esta gentuza que forra a petrodólares a quienes matan a inocentes dentro y fuera de España. De momento, está claro que, por desgracia, a las autoridades españolas les compensa más aguantar el papelón que mandar a saudíes, qataríes y kuwaitíes a tomar por La Meca.
  • Y por último, pero no menos importante, hay que dar su porción de culpa (y quizá sea la más grande de todo el pastel) a la comunidad internacional: la misma que no impide ni remedia irresponsables chapuzas (Afganistán, Iraq, Libia, etc) que han permitido emerger a los yihadistas ni tampoco se pone de acuerdo para exterminar sin miramientos a los terroristas allá donde estén. La burocracia, la diplomacia, la geopolítica y la militarización de lo económico han creado monstruos...y para muestra, el ISIS. 
No obstante, quiero terminar con un apunte agradable: la sociedad española ha demostrado que este país es como el Atleti: tiene una masa social muy por encima de sus dirigentes. Las imágenes de los padres de un crío asesinado en Las Ramblas abrazando a un imam son un excelente bálsamo entre tanta herida abierta y tanta mierda volando.

domingo, 20 de agosto de 2017

Para hacérselo mirar

He dejado transcurrir la prudencia necesaria para que al escribir este artículo sobre los atentados en Cataluña no pareciera que sufro de coprolalia. Así que, ahora que tengo los ánimos más serenados y las ideas más claras, me pongo a las riendas de las palabras para decir lo que pienso que, básicamente, se podría resumir en lo siguiente: hay demasiada gente que debería hacérselo mirar.

Cuando una persona, en una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) utiliza su teléfono móvil para algo que no sea brindar o invocar el necesario auxilio a las víctimas, está para hacérselo mirar. Es cierto que vivimos en una época en la que la combinación de redes sociales que propulsan el vedetismo con dispositivos móviles que habilitan instantáneamente el "yo estuve allí" favorece que ciertas personas den el día libre al sentido común y se dediquen a hacer fotos y/o grabar vídeos y/o reseñar en tiempo real en sus cuentas virtuales sobre cualquier atrocidad en lugar de hacer lo que marca la ley y la lógica: socorrer a quien lo necesita o, al menos, tener un mínimo de respeto por quien está, en el mejor de los casos, entre la vida y la muerte. Pero no menos cierto es que el problema no está en Facebook, Twitter, Instragram y cía ni en los iPhone, Samsung y aledaños sino en quienes usan estas herramientas para demostrar que el nivel de psicopatía de la sociedad actual sigue subiendo como un globo perdido. Sí, psicopatía, porque comportamientos como hacer fotos, vídeos o selfies con el Tártaro de fondo demuestran que el nivel de empatía del personal se computa con un menos delante y que la percepción del otro como cosa y no como un ser humano es algo que puede aumentar el numero de Me gusta o visualizaciones (el morbo siempre ha tenido más seguidores que el buen gusto) pero, con toda seguridad, contribuye decisivamente a aumentar el desencanto por una sociedad donde las pantallas parecen funcionar como un filtro impermeable a los escrúpulos (para mayor aclaración de lo que quiero decir, leed la estupenda reflexión de Alvise Pérez). Tú no te puedes poner a hacerte selfies o a actuar como si te creyeras Robert Capa o Steven Spielberg cuando hay gente a la que se le va la vida a tu lado y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un miserable.

Cuando una persona aprovecha una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) para hacer un inoportuno y cobarde ajuste de cuentas movido por filias y fobias personales...está para hacérselo mirar. Con los atentados en Cataluña hemos visto, una vez más, cómo ha habido gente que, con los cadáveres aún enfriándose sobre la vía pública, ha utilizado las atalayas virtuales (las redes sociales son el mayor favor que ha hecho la tecnología a los estúpidos y los hijos de pu*a) como troneras desde las que disparar la bilis segregada por diversas fobias de índole política, religiosa, ideológica o racial. Hay momentos para cada polémica o discusión, pero el "durante" y el "después" de un atentado no son esos momentos. Por eso, da pavor, vergüenza y asco leer ciertos comentarios (e incluso columnas de opinión) en los que de manera populista, ventajista, rastrera y asquerosa sus autores  han abierto con sutileza o sin ella las compuertas de la mierda contra catalanes, independentistas, musulmanes, magrebíes, refugiados y etcétera; como da idéntico pavor, vergüenza y asco aprovechar el foco mediático para evidenciar urbi et orbe tu naturaleza de "idiota pata negra" (como ha hecho, por ejemplo, el Consejero de Interior catalán, distinguiendo entre víctimas catalanas y españolas o hablando en una lengua cooficial en detrimento de la lengua oficial del Estado). Es un espantoso y vomitivo alarde de confusión de churras con merinas, culos con témporas y velocidad con tocino. En este sentido, estos días se han publicado comentarios tan lisérgicos como el de una conocida periodista que invocaba la Reconquista (sería bueno que esta mujer se repasara quién, cómo y por qué se habilitó la entrada de los musulmanes entonces en la península, porque a lo mejor se lleva una sorpresa, y, de paso, rememore los indudables beneficios que reportó la cultura musulmana en su estancia en nuestra tierra) o la asombrosa conclusión a la que llegó otro insigne plumilla diciendo que el atentado era turismofobia (olé tú) o la no menos lisérgica sorna de otro conocido periodista que instaba a averiguar si los terroristas eran mormones o budistas. Respecto a esto último, habría que recordar a ciertos enajenados que una cosa es la religión (Islam, que obviamente tiene defectos de base y quizá más incluso que las otras dos "religiones del libro"), otra la interpretación de la misma (el salafismo es una de ellas pero no la única aunque sí la más radical) y otra lo que las personas hagan a raíz de esa interpretación (terrorismo yihadista): del mismo modo que no se puede culpar a un martillo de que un demente lo utilice para reventar el cráneo de una persona en lugar de para remachar un clavo. Volviendo al tema: quien elige tener su minuto de gloria en plena conmoción acredita indudablemente su cobardía y condición de perfecto mierda y pierde un tiempo precioso para hacer lo que hay que hacer: estar al lado de los que sufren y contra quienes provocan el sufrimiento. En momentos así, no toca soltar tu discurso como si estuvieras en el Speakers' Corner de Hyde Park sino tener el suficiente sentido común como para callar, por muy fácil que resulte suplir con sentimientos la carencia o debilidad de argumentos de tu tesis. Tú no puedes, con el ambiente rebosante de dolor físico y emocional, ponerte a soltar barbaridades o chorradas que, en el mejor de los casos, son inconvenientes en tanto que desvían la atención del verdadero e inmediato problema: las víctimas. Y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un canalla.

Cuando un medio de comunicación aprovecha una situación tan trágica como puede ser un atentado (o un accidente o una catástrofe) para ceder al sensacionalismo en detrimento de la deontología profesional y la sensibilidad humana...está para hacérselo mirar. Es indudable que hace tiempo que el Periodismo, especialmente en España, está en modo dejación de funciones y anda dando tumbos entre la propaganda y el espectáculo en un desesperado intento por coagular la sangría de lectores, espectadores u oyentes. Aprovechando ese ziz-zag, se ha colado el más infame amarillismo, que corre despendolado por los medios españoles sin que nadie ponga pie en pared, lo cual deja, entre otros daños colaterales, la cada vez mayor insensibilidad de la gente (mecanismo de defensa psicológico ante la reiteración de imágenes que ponen los pelos de punta y el estómago del revés). Lo peor es cómo hay tipos que justifican este repugnante sensacionalismo amparándose (y de paso pervirtiéndolos) detrás de conceptos como "interés informativo", "actualidad" o "exclusiva" o "dimensión humana". Yo, en la carrera de Periodismo, aprendí que en una noticia sobraba todo lo que no fueran datos cuantitativos o cualitativos y testimonios informativos que los complementen. Para saber que alguien ha fallecido, basta con que lo digas, no hace falta que me muestres con detalle al cadáver reventado. Para saber que ha habido un atentado, basta con que lo digas, no hace falta que me hagas un videoclip con vísceras y cuerpos. Para tener conciencia de la gravedad de una tragedia, basta con que enuncies las cifras de víctimas, no hace falta que me hagas un collage visual a modo de autopsia. Para saber que han muerto seres humanos, basta con que lo digas, no hace falta que me muestres su cara y me cuentes su vida y milagros. Para informar de que han matado a una persona, basta con que lo digas, no hace falta con que  me muestres un vídeo como si fuera la moviola de un penalti. Para recordarme la dimensión de una tragedia, basta con que lo recuerdes en un titular, no hace falta que me hagas desayunar cadáveres en su sangre sobre portada. Cuando tu deber y vocación es informar, recrearse en lo truculento o en lo íntimo es hacer una felación al morbo y abjurar de todos los sine qua non que van implícitos en la profesión de periodista. Tú, si eres periodista, no puedes ponerte a hacer pornografía informativa ni periodismo gore y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un ruin.

Cuando una persona piensa que salvajadas como los atentados en Cataluña se evitan solucionan con diálogo, buen rollito, pensamiento positivo y apertura de mente...está para hacérselo mirar. Este mundo no es una película de Disney y cuanto antes se entere el personal, mejor. Tampoco es una distopía pero se le parece bastante. El problema de los hijos de pu*a, (ya hablemos de terroristas, asesinos, maltratadores, abusadores, pederastas, pedófilos, violadores, narcotraficantes, etc) es que siempre hay gente dispuesta a cometer el error de tratarlos como si fueran personas normales y a confundir la tolerancia con la permisividad. Y no se trata tampoco de rebajarse al nivel del monstruo de turno, simplemente de tratarlo como lo que es, una amenaza para los inocentes, y actuar en consecuencia. Tocaría ahora hablar de cómo las leyes y/o los jueces dejan en España con el culo al aire a las fuerzas y cuerpos de seguridad en ese sentido, pero...mejor otro día. Baste decir que me congratulo de que, en el caso de estos atentados, los principales responsables no llegarán ni a la fase de instrucción porque afortunadamente alguien ha tenido la valentía de mandarlos a buscar huríes al infierno (ya están tardando en condecorar al mosso). Problemas como el yihadismo se previenen indudablemente con educación (término que poco o nada tiene que ver con doctrina ni credo) dentro y fuera de un aula pero se solucionan con todo eso a lo que la corrección política considera susceptible de alergia. Y ahí vuelvo a lo que decía antes: el grave problema de tratar a los terroristas igual que a sus víctimas. ¿Se cura un tumor poniéndole música clásica y charlando con él como si fuera un teletubi? Pues eso. Con unos tíos que llevan más de 660 muertos en Europa que nadie me venga hablando de diálogo ni tolerancia ni derechos humanos ni leches. Como dicen en cierto film, "no tengáis piedad ninguna pues ninguna habréis de decir". Tú no puedes conceder el beneficio de la "humanidad" a quien hace tiempo que se ha liberado de ella para destrozar literal o figuradamente la vida de inocentes y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un imbécil. 

Cuando una persona cree que Dios va a recompensar sus actos o a castigarlos como si fuera una especie de domador de perros...está para hacérselo mirar. Las religiones como placebos ideológicos y contenedores ético-filosóficos son absolutamente respetables, interesantes e incluso necesarias. Todas por igual, incluso las más rancias, estrafalarias, retrógradas o políticamente incorrectas, porque al fin y al cabo son distintas maneras de hacer lo mismo: relacionarse con lo trascendente, intentar no acabar desquiciado por lo inexplicable y sugestionarte para hacer más llevadero el tour por este mundo tan singular. Así, la relación entre el hombre y lo que le trasciende sería muy similar a la que una persona tiene con Internet: cada una prefiere un navegador (Explorer, Firefox, Chrome, etc). Con las religiones pasa lo mismo: cada uno es libre de elegir y "utilizar" la que más le caiga en gracia o útil le parezca (Cristianismo, Judaísmo, Islam, Budismo, etc) para salir indemne de este valle de lágrimas. Es verdad que la secular imagen de Dios como la de un padre listo para darte la paga o la hostia en función de tus actos ha sido y es muy útil para cohesionar sociedades, ordenar la vida civil, dar sentido a ciertas cosas, solucionar dilemas o tranquilizar conciencias, pero hay que tener muchísimo cuidado dado que si algún pirado escribe o glosa un texto sagrado y hace creer al imbécil de turno que por consumir un alimento tienes cita en el infierno o que las rodillas marcan la frontera de la condenación o que por estrellar un avión lleno de pasajeros o pasar por el chasis a un tropel de peatones vas a ir al paraíso y te van a tocar el badajo eternamente unas huríes que ni los ángeles de Victoria's Secret pues tienes un problema serio y no sólo mental. Una cosa es ser creyente y otra muy diferente es ser crédulo. Ya han pasado siglos y barbaridades suficientes como para tener claro que hoy, en el siglo XXI, no se puede tener la misma relación con la religión que la que se tenía en la época de Saladino y Corazón de León, pero visto el auge del salafismo y la filosofía de Trump, parece ser que sí, que efectivamente se puede tener. A estas alturas de la tragicomedia humana, todos deberíamos saber ya que, con independencia de si existe "algo" o "alguien" a los mandos de todo este sarao cósmico (duda que sólo se resuelve post-mortem), una religión sólo tiene efectos beneficiosos si va acompañada da la trinidad del sentido común: educación, autocrítica y respeto. Si no, pues pasa que surgen fenómenos como el terrorismo yihadista, que basa su éxito, entre otras cosas, en la credulidad de una caterva de analfabetos, ineptos y cretinos que creen que Alá les va a subvencionar una orgía perpetua a cambio de liquidar indiscriminadamente a quien no le convenza lo de ponerse mirando a La Meca. Eso es una falacia que va contra la propia esencia y denominador común de las religiones: todas buscan "religar", es decir, unir, vincular mediante el amor. Todas, unir, amor. Tú no puedes, si crees en algún Dios o practicas cualquier religión, ejercer el odio y la muerte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un mierda que no ha entendido nada. 

Cuando una persona reduce su raciocinio, dialéctica, retórica y ética a silogismos, extrapolaciones y generalizaciones...está para hacérselo mirar. Primero, porque tanto para expresarse como para discutir, polemizar o dialogar lo que necesitas no son recursos de todo a un euro como los que acabo de citar sino argumentos, fundamentos que sólo se obtienen si uno ha leído, visto y escuchado lo suficiente en la vida como para no tener esa mente estrecha que embiste a cuanto no le cabe en ella, que diría Machado. Caer en lo facilón, en lo simplón, en lo demagógico, en lo populista tiene una eficacia efervescente pero de muy corto recorrido. Por eso es tan fácil dejar en ridículo o evidencia a quienes sólo se agarran a razonamientos que juzgan al todo por la parte o a una parte por el todo. ¿Por qué? Porque no hay nada más sencillo que desmontar dialécticamente las falacias y los sofismas que manan de esos chuscos silogismos o groseras generalizaciones a las que me refería antes. Por ejemplo: no todos los caucásicos son nazis, no todos los madrileños son del Real Madrid, no todos los sacerdotes son pederastas, no todos los catalanes son independentistas, no todos los estadounidenses son estúpidos, no todos los españoles son morenos...y así podría seguir casi eternamente pero creo que se entiende lo que quiero decir. Por eso, espero que se entienda que no todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son salafistas ni todos los salafistas son terroristas. Como espero que se entienda que no todos los refugiados o emigrados de Oriente Medio o el Magreb son asesinos ni, ojo, tampoco bellísimas personas. Esos automatismos al calor de reduccionismos tan toscos son francamente desaconsejables en la medida en que te retratan como un presunto idiota. Procede pues abrazar el relativismo para huir de la estupidez. Tú no puedes ni creerte en posesión de la verdad absoluta ni (pre)juzgar al todo por la parte y no puedes porque, si lo haces, quedas como lo que eres: un majadero. 

En fin. Me ha quedado un artículo bastante extenso, pero eran muchos los temas a tocar y las cosas a decir. Supongo que enfadaré a unos y otros. Ojalá, porque eso significará que estoy en el lugar adecuado: el del sentido común. 

Por último, lo más importante: dedicar este artículo a la memoria de los quince fallecidos y las decenas de víctimas de los atentados yihadistas en Cataluña. Força Cataluña, força España, força libertad.   

domingo, 13 de agosto de 2017

El ataque de las canciones machistas

Supongo que igual que hay canciones del verano, hay noticias del verano que comparten con aquellas una característica esencial: mayor importancia de la que realmente tienen. ¿Un ejemplo de ello? La polémica en torno al machismo de canciones que lideran los rankings de más escuchadas, descargadas, compradas o pirateadas en el mundo hispanohablante y aledaños. Una polémica absurda y exagerada que sirve para rellenar noticiarios y tertulias y dar patente de corso a la Inquisición de lo políticamente correcto.

Antes de entrar en materia, un aviso para feministas de ojos en blanco y demagogos con espuma en la boca: estoy radical y sádicamente en contra de cualquier tipo de comportamiento abusivo, discriminatorio o vejatorio por razón de sexo (o de etnia, credo, ideología, nacionalidad, orientación sexual o patrimonio). Así que a pirañear a otro lado, que quien esto escribe estaría encantado de ver apalizados a todos los chulánganos, cerdos, salidos y demás cretinos que tienen una cosmovisión y ética genitocéntricas. Espero que haya quedado claro.

Volviendo al asunto, esta polémica de las canciones machistas no se puede entender fuera del contexto en que vivimos actualmente: el del totalitarismo de lo políticamente correcto; un marco en el que todo es susceptible de eufemismo, paráfrasis, hipocresía, censura, veto, reproche o persecución con tal de no herir sensibilidades y en el que han encontrado acomodo ideologías y reivindicaciones que son tan legítimas y variopintas como gilipollescas en tanto que son demasiado propensas a confundir la velocidad con el tocino, el culo con las témporas y las churras con las merinas. Por eso pienso que si alguien cree que con el machismo, la discriminación sexual, las violaciones o la violencia doméstica se acaba fumigando la playlist veraniega debería hacérselo mirar o darse a los crucigramas, los sudokus o la bebida.

Otra consideración previa que creo que hay que tener en cuenta para contextualizar esto es que la música en general y las canciones en particular son muy propensas a poner foco y letra a "lo que nos pasa por dentro" basando así su éxito y pervivencia en la empatía, en el reconocerse en el otro, en sentir que alguien canta lo que te pasa. Así, hay canciones que cantan a a la felicidad, a la tristeza, al amor, al desamor, a la melancolía, a los celos, a la nostalgia, al amor platónico, al despecho...¿Por qué chirría entonces que alguien cante al deseo, al cortejo, al apareamiento, al encoñamiento, a la libido, a la física y la química de las relaciones humanas, al calentamiento global de la zona genital? ¿Porque resulta menos pulcro o fino? ¿Qué pasa? ¿Somos todos elfos? ¿O es que nos reproducimos por esporas? Que alguien se haga de cruces con estas cosas es la mejor forma de identificar a measalves y/o colaboracionistas de la corrección política y, por tanto, la mejor forma de descubrir a gente que hay que evitar, orillar o ningunear. Con esto no quiero decir que las canciones dedicadas a esos "momentos" en los que Eros da vacaciones a Psique sean la releche sino que son tan legítimas como cualquiera de los Cantajuegos. Si sirven para algo es para reflejar algo que está en la sociedad: la evisceración sentimental de las relaciones, la cosificación del cuerpo, el narcisismo como placebo de los acomplejados, etcétera. Es decir: estas canciones son en el peor de los casos un reflejo, una consecuencia del problema pero no una causa del mismo y todo el mundo sabe (o debería) que un embrollo no se soluciona afrontando sus secuelas sino poniendo proa contra sus causas. 

Sinceramente, creo que el problema del machismo no está en las melodías y letras de ciertos hits sino en quienes los escuchan. Por decirlo de otra manera: si alguien utiliza un martillo para ablandar el cráneo del prójimo en lugar de remachar un clavo, ¿dónde está el problema: en el martillo o en el anormal que lo utiliza? Conceder a las canciones una especie de siniestro poder hipnótico como si fueran el doctor Caligari es bastante soplapollesco. Máxime cuando por lo general escuchas, cantas o bailas una canción con el cerebro en servicios mínimos y lo único que pretendes es que te anime o que conecte con tu estado de ánimo. ¿Que habrá falopensantes que se pongan rampantes con Maluma? Claro, pero yo por ejemplo, si tuviera la enorme desgracia de escuchar alguna canción de este tipo, no mutaría en verraco ni aunque la escuchara en bucle durante horas.

El machismo es un problema lo suficientemente grave y serio como para que se dedique tiempo y atención a majaderías como estas de las "canciones machistas". Cuando se haya solucionado la epidemia de delitos por razón de sexo o pareja, cuando se haya solucionado la discriminación salarial entre hombres y mujeres, cuando se haya solucionado la imagen que de ambos sexos se da en cadenas como Telecinco, cuando se hayan solucionado las reclamaciones feministas (que no feminazis), entonces sí será un buen momento para fijarse en las canciones del verano, del otoño, del invierno y de la primavera. Mientras tanto, polémicas como esta sólo servirán para distraer al personal de lo que es realmente importante y urgente en esta materia.

¿Estoy defendiendo con todo esto a las susodichas canciones? Cretinos en la siguiente ventanilla, por favor. Si alguien quiere hostiar o vilipendiar estos hits lo tiene muy fácil y, además, le ampara el buen gusto y el sentido común:
Por una parte, estas canciones están aquejadas en su mayoría del mismo mal que muchas otras tonadas: sus letras tienen la misma (in)coherencia semántica y/o sintáctica que un unplugged de Mariano Rajoy. Es decir: no hay por dónde cogerlas. 
Por otra parte, estos singles también se pueden criticar por su zafiedad, mal gusto o cutrez en las formas y/o en el fondo. Se puede hablar de "eso" sin parecer un ciervo en berrea, un chuloputas o un flipado de chiringuito. 
Y por último, no sería nada descabellado subir al cadalso del reproche a sus intérpretes (ni a los figurantes de los videoclips) por criterios meramente estéticos, dado que su aspecto les asemeja más a personaje desbloqueable de un GTA que al de un artista digno de tal nombre. DLC Maluma.

Así las cosas, mientras España se enzarza en aspavientos y "oyoyoyoyoyoy" contra Despacito, Felices los cuatro, Súbeme la radio y la madre que los parió, el problema del machismo seguirá campando a sus anchas porque, en el fondo y desde el principio, el machismo es una cosa distinta a una estupidez de canción.