domingo, 20 de mayo de 2018

Despedida de leyenda

Comienzo esta reseña cuando voy camino del estadio. Aún queda más de una hora para que empiece. Aún tengo fresco Neptuno. Aún se me ponen los pelos de punta. Quiero imaginarme el ambiente en el Metropolitano, en el antes, el durante y el después. Y me emociono. En todos los sentidos. Hoy todos los atléticos vamos a algo más que un partido de fútbol. Vamos a despedirnos de alguien a quien queremos como si fuera de nuestra familia, porque, al fin y al cabo, lo es, desde que se coló por nuestros ojos con sus pecas y descaro para poner luz en la oscuridad de los malos tiempos. Vamos a decir un "Hasta pronto" a quien se va del césped pero nunca del club (su club) y jamás de nuestros corazones. Vamos a acompañar a Fernando Torres en su última vez. "El Niño". La leyenda. El mito. El Indio definitivo. Hoy la gran familia rojiblanca nos reunimos para convertir una elegía en una fiesta, en una apoteosis en rojo y blanco de aquel que llevaba la bandera del Atleti con orgullo cuando no estaba de moda. Al tipo que no nos cambiaría por una Champions ni por una Eurocopa ni por un Mundial. Las sonrisas son obligatorias. Las lágrimas, inevitables.

Llego al estadio. Gente. Colas. Tiendas a tope. Prensa tomando el pulso. Está claro que no es un partido más: la pantalla donde habitualmente se anuncia la jornada y el rival despeja cualquier duda: "Fernando Torres. De Niño a Leyenda". Por eso la exposición de fotos sobre Torres. Por eso la camiseta gigante para que quien quiera pueda escribir algo a Fernando; un bonito detalle. Y necesario: él que tantas veces honró la camiseta, hoy la honramos nosotros por él, con palabras, con corazón.

Ya dentro del Metropolitano, el tifo. Y el himno. Y Torres y sus hijos. Y otra vez las lágrimas. Y otra vez los pelos de punta. Y, tras todo eso, empezó la fiesta anteriormente conocida como partido, con el "Lo lo lo lo lo lo" como hilo musical. Hubo de todo: un árbitro malo, un rival que no regalaba nada, un accidental gol en contra y la mejor jugada de Correa de toda la temporada:  el gol que sirvió en bandeja a Fernando Torres para empatar el partido y cumplir con el guión soñado. Y con el gol, los aplausos. Y las bufandas al viento. Y las lágrimas, otra vez. Y los pelos de punta, otra vez. Torres acababa de declarar el estado de magia en el Metropolitano (impresionante número de Jorge Blass en el descanso, por cierto). Una magia que se prolongó en la segunda parte, con Torres logrando un inolvidable doblete, que le sirvió, de paso, para cerrar bocas y reivindicarse ante quienes confiaron menos de lo debido en él. La pena es que el árbitro decidió autoinvitarse y recordar por qué estos soplapitos son tan alabables como contraer el ébola. ¿Resultado? Un jugador menos y un Atleti condicionado por las tarjetas. El Éibar aprovechó la situación para empatar de un trallazo. Un empate inmerecido pero que gracias a los goles de Torres fue suficiente para recordar a los vecinos quién manda en la capital y al resto de España quién es el subcampeón de Liga: el campeón de la Europa League.

Pitido final. Acababa así una de las temporadas más complicadas y
sufridas del Atleti en los últimos años. Empezaba lo indescriptible. El pasillo. Torres. Los vídeos. Gabi. Los mentores del Niño cuando era niño. Gárate. Cerezo aparcando el negocio para demostrar sentimiento. La camiseta gigante. La afición en un trance de cánticos, aplausos y lágrimas. Sobre todo, de lágrimas, porque se puede llorar de alegría y pena a la vez. Y de orgullo. Y las palabras finales de Torres, dichas al aire pero dignas de quedar en piedra. Y la vuelta de la familia, con la familia y ante la familia. Esto es el Atleti.

Cuando salgo del estadio, aún se escuchan cánticos. Yo, mientras me encamino al metro, recuerdo la frase que con un rotulador negro escribí a eso de las seis, arrodillado sobre una camiseta colosal: "Grande en el campo. Leyenda en nuestro corazón". Y sonrío, porque he visto y formado parte de algo que, en todos los sentidos, ha sido una despedida de leyenda.

Acaban aquí mis reseñas del Atlético en la temporada 2017-2018, gracias a un abono que es el mejor regalo que se me puede hacer. ¿Y para la 2018-2019? Ya se verá. No hay nada imposible...y si eres atlético, menos. Lo dijo una leyenda. ¡Aúpa Atleti!

jueves, 17 de mayo de 2018

Feliz final

Escribo esto cuando todavía muchos estamos pensando en el hoy sin movernos del ayer. Porque ayer el Atlético de Madrid jugó un partido de auténtica Champions para llevarse la Europa League. Y lo hizo mezclando memorablemente siderurgia y lírica, sufriendo o disfrutando según tocara pero siempre al abrigo de diez mil valientes que silenciaron con el coraje en el pecho y el corazón en la garganta a todo un estadio, poniendo un broche épico y extático a una epopeya llamada temporada 2017-2018 y una nueva fecha en los corazones de todos los aficionados rojiblancos; una que repara amarguras pasadas y se abraza con la leyenda del hombre que siempre será "El Niño". Y es que, anoche, en Lyon, el Atlético de Madrid ganó un nuevo título, Griezmann se empeñó en pagar la copa a todos y Fernando Torres alzó por fin un trofeo vestido con esa camiseta que siendo la suya es de todos. Una noche que cerró bocas, enmudeció polémicas, liberó la euforia, abrió gargantas, regaló sonrisas y justificó lágrimas. Una noche en la que el Atleti jugó y venció como lo que es: un grande. Una noche en la que los cánticos de la hinchada y el himno del club se fundieron perfectamente con "Maneras de vivir" de Leño y el "Thunderstruck" de AC/DC para poner la banda sonora perfecta de esa fiesta que el equipo se regaló merecidamente a sí mismo y a los aficionados.

Siempre he pensado que el deporte es la nueva épica y que este Atleti tiene mucho de mi apreciado y admirado Héctor, el noble príncipe troyano que encuentra dignidad y gloria compitiendo con nobleza y coraje en desventaja hasta su último aliento contra el portentoso griego Aquiles. Por eso, suficientes buenos Homeros tiene el Atlético en las figuras de Iñako Díaz-Guerra, Rubén Uría, Pedro Simón o Juan Tallón como para que me meta yo a reseñar o comentar nada más. No se me ocurre nadie mejor que ellos para poner en negro sobre blanco lo que es, lo que se siente y lo que implica lo rojiblanco. ¿A qué me refiero? Uría lo resumió sensacionalmente anoche en Twitter: "No se puede elegir ser del @Atleti porque el @Atleti te elige a ti. No se trata de ser mejor que nadie, sólo de sentir diferente a otros. Te mata y a la vez, te da la vida. Ser del Atleti es saber que todo te cuesta el doble que al resto. Pero si se cree y se trabaja, se puede". Tal cual.

No es la primera vez que digo en este blog que lo deportivo deja lecciones que trascienden a la vida cotidiana e íntima de las personas. El partido de anoche es un buen ejemplo de ello, de esa filosofía resiliente, inconformista, humilde, respetuosa y ambiciosa que Simeone, ese híbrido de chamán, general y psicoterapeuta metido a entrenador de fútbol, ha inoculado en los jugadores y aficionados que vestimos la rojiblanca. Una filosofía que habla de levantarse tras caer, de alzar la mirada en lugar de agacharla, de sobreponerse a todo y a todos, de no renunciar a lo que te hace ser lo que eres, de no negociar ni el esfuerzo ni los sueños. Una filosofía que es algo parecido al Santo Grial para personas que, como yo, las únicas alegrías que tienen en los últimos tiempos vienen envueltas en rojo y blanco. Por eso, el Atleti anoche hizo que saliera el Sol. Y eso no está al alcance de cualquiera. Por eso, entre otras mil razones, el Atlético es diferente.

Mañana viernes toca visita a Neptuno para celebrar y celebrarse, que nos lo hemos ganado. Y el domingo, al Metropolitano, a ser parte del epílogo de un atlético legendario, un crack mundial y uno de los deportistas españoles más ejemplares que recuerdo. Un epílogo que, pase lo que pase, será de los que se escriben con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara. Como todo feliz final.

Decía al comienzo del artículo que muchos aún estamos en el ayer. Y es que da tanto gusto quedarse remoloneando en la felicidad...¡Aúpa Atleti!

miércoles, 16 de mayo de 2018

La falacia de Coelho

"Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño". Probablemente tú, lector, hayas visto o escuchado infinidad de veces esta frase (o cualquiera de su versiones) parida por ese exitoso y encantador vendedor de humo llamado Paulo Coelho en su obra El alquimista. No sólo es una de las cursiladas más rimbombantes que se han dicho sino también una de las más extendidas falacias en esta era del llamado "pensamiento positivo" y de la majadería vaporosa. Conste que yo respeto totalmente a quienes admiren o incluso lean a los Coelho, Bucay y demás quasiescritores y pseudopensadores que anidan lucrativamente en la frontera entre la autoayuda, la tomadura de pelo y el viaje en aerolíneas LSD. Para gustos, los colores. No obstante, el problema no es que existan tipos como estos que he mencionado sino que haya gente dispuesta no ya a tomárselos en serio sino incluso a creer en afirmaciones que son, en lo literario o en lo filosófico, el equivalente a decir que el cáncer se cura con zumos y demás grandes éxitos de la charlatanería de nuevo cuño. Por eso escribo este artículo.

El error fundamental de la cita con la que comienzo este post consiste en pontificar como axioma algo que, contrastado con la vida real empíricamente demostrada y demostrable, es cuando menos difícil de sostener: creer que la voluntad o el deseo basta para lograr algo. Dicho de otro modo: situar en nosotros la responsabilidad del éxito o el fracaso, del triunfo o la derrota, del disfrute o del sufrimiento. Equiparar voluntad a resultados es, por tanto, un error descomunal: sin voluntad es imposible que haya resultados pero sólo con voluntad no llegan los resultados. Un error del que, por cierto, también se valen muchas filosofías y religiones (que no son más que filosofías con un dios como Macguffin). Una falacia que está muy bien como placebo para tranquilizar la conciencia y mantener alta la moral pero que está destinada a chocar con la realidad porque la vida no está hecha (sólo) de voluntad, deseo, ganas, creencia o fe. Por eso, todos esos postulados tan excesivamente simples y reduccionistas son en esencia y a la larga fraudulentamente nocivos porque implican, por ejemplo, descartar algo tan decisivo como la suerte (o la ausencia de mala suerte, si se quiere ver así) y algo tan profundamente cotidiano como es la imprevisibilidad de los acontecimientos. En una existencia dominada por la entropía como es la nuestra, ponerse estupendo pontificando con reglas o axiomas es abrir de par en par las puertas a la decepción, a la frustración, al desengaño. Por mucho que yo desee que dos más dos sumen cinco, siempre serán cuatro. Dicho de otra manera: no basta con querer ni con luchar ni con resistir ni con creer en ti o en algo trascendente. En la vida intervienen muchos otros factores totalmente ajenos e impermeables a los deseos, ilusiones, necesidades o creencias de una persona.

Por eso, las creencias (sean de origen filosófico, religioso o pseudoliterario) por sí solas no solucionan nada, más allá de sus efectos calmantes o estimulantes en la psique individual de cada persona. Me explico: un enfermo terminal está sentenciado por mucho que rece, crea, desee o quiera curarse; un parado no va a tener trabajo sólo por rezar, creer, desear o querer obtenerlo; un pobre no va a convertirse en multimillonario a base de rezos, deseos o pensamientos; un adefesio no va a tener una cita con Charlize Theron por mucho que lo quiera o lo pida a las alturas o lo piense en posición de loto. Y las excepciones a la cruda y pura realidad algunos las llaman "suerte" y otros "milagros". Punto. En resumen: las creencias son las canciones de cuna que los adultos nos damos a nosotros mismos para cuando los mitos o los cuentos nos parecen cosas de niños. 

A lo mejor hay quien piensa que soy un cínico o un descreído. No. Una cosa es ser creyente (ya sea en un postulado filosófico, religioso, psicológico o terapéutico) y otra muy diferente es ser crédulo, que es lo que le ocurre por desgracia a buena parte del personal. Yo soy creyente pero no estúpido. Por eso, pienso que, volviendo a la frase del comienzo, me parecería más honesto y realista afirmar que, en el camino a sus objetivos, cada persona tiene el potencial para encarar las adversidades (lo cual no quiere decir que las supere) y casi hasta el deber de hacerlo, porque la vida no es más que eso: reaccionar. No hay mayor satisfacción ni tranquilidad, tras el triunfo o la derrota, que saber que lo has dado todo, que has luchado. Y eso no hay realidad que te lo discuta.

martes, 15 de mayo de 2018

Israel: 70 años de infamia

Ayer se celebró el 70 aniversario de la proclamación del Estado de Israel. Para celebrarlo, hicieron algo ya tradicional en aquel país: masacrar a palestinos. La enésima matanza indiscriminada que supone a su vez la enésima muestra de que Israel es desde hace décadas el mejor eco de la Alemania nazi. Luego que manden estos hipócritas a Eurovisión al engendro de turno a "cantar" a la tolerancia, el amor, etc.

Yo no tengo nada en contra de "lo hebreo" y, por tanto, no soy antisemita, primero porque un español no puede caer en un error así teniendo en cuenta el cóctel genético y cultural que tenemos de serie quienes hemos nacido en un país donde han campeado todas las civilizaciones y pueblos imaginables (incluidos obviamente los judíos) y segundo porque cualquier cultura es digna de mi interés y respeto. Lo que sí soy es anti hijos de pu*a e Israel se lleva comportando como tal setenta años, amparado en esa permanente impunidad que le otorgan, por un lado, los poderosos lobbies judíos y, por otro, la pervivencia del chantaje emocional por el holocausto nazi. Antes de seguir, quiero aclarar, por si acaso, que no soy ningún negacionista ni mucho menos un nazi: los judíos fueron masacrados por los dementes nazis (dos de cada tres judíos en Europa murieron en el Holocausto, alcándose la siniestra cifra de seis millones al término de la II Guera Mundial) ante la pasividad o tibieza de un mundo que o bien era antisemita o bien sólo se preocupó de poner freno al monstruo conocido como Hitler cuando lo sufrió en carne propia. Eso sí: los judíos no fueron los únicos aniquilados sistemáticamente por el nazismo porque éste también se pasó por la esvástica a gitanos, enfermos mentales y discapacitados físicos o psíquicos. Y a ninguno de esos colectivos se les compensó por los daños con un país artificial y, con esto, vuelvo al tema. La "manufacturación" del Estado de Israel fue, en mi opinión, un error similar a lo que sería ubicar la sede del KKK en Harlem; un error que se ha pagado y paga con sangre inocente; un error que nació, por un lado, de la necesidad de la comunidad internacional de acallar y blanquear su conciencia y regalarle un país a los judíos a modo de "indemnización" y, por otro, de la repugnante propensión de los judíos a intentar sacar rédito de sus tragedias desde que el mundo es mundo. Y es que ese victimismo que los judíos llevan con tanto éxito al paroxismo se ha convertido en una especie de cheque en blanco que ha permitido que lo que antaño fue presa se convierta en predador sin que nada ni nadie les ponga en su sitio. Y esto es una absoluta vergüenza: que Israel se comporte como una nación tiránica, opresora, represora, belicosa y excesivamente propensa al terrorismo de Estado y a hacer lo que le sale de las narices porque ante la más mínima crítica ya empiezan a rasgarse las vestiduras y a hablarte de la shoah, la diáspora, el pueblo errante y demás grandes éxitos argumentales judíos. Pues mira no: cualquier clase de crédito que les quedara a los judíos por el tema del holocausto hace ya tiempo que se les acabó por lo que han hecho y hacen en esa nación que las potencias occidentales le dieron como juguete. El tema es que nadie tiene la sensatez o la valentía suficientes para frenar el sanguinario bullying que Israel ejerce en el Mediterráneo oriental. Y lo que es peor: hay países que respaldan este matonismo. Por eso, lo de Oriente Medio tiene pocos visos de solucionarse: porque los que pueden solucionarlo son parte del problema.

En fin. Que es un asco, una pena y una desgracia que Israel sea un colosal ejemplo de que el ser humano es incapaz de aprender de su pasado. Total, parece que hoy las vidas de los palestinos cuentan tanto como antaño la de los judíos. Así nos va. De infamia en infamia.

domingo, 13 de mayo de 2018

Eurovisión es otra cosa

Sería bueno, incluso aconsejable, que si queda por ahí algún incauto, insensato o necio que piense que Eurovisión es un festival de música salga cuanto antes del error. Pensar, creer o afirmar eso es dar carta de naturaleza a lo que es un oxímoron de manual: "Eurovisión" y "música" concilian tan bien como Leticia Sabater desfilando para Victoria's Secret. Eurovisión es otra cosa (desde hace ya bastantes años). Es una mediática celebración de lo kitsch, lo naíf, lo trash, lo queer y lo friki sostenida por la entusiasta histeria de sus fans. Es decir, está más cerca del Pink Flamingos de John Waters que del Concierto de Año Nuevo de Viena. Es una exaltación desacomplejada de la anomalía como trangresión en una sociedad narcotizada y ramplona. Por eso es necesario, legítimo y defendible Eurovisión: por lo que tiene de parada de los monstruos, pero no por nada que tenga que ver con la música. Por eso anoche se alzó con la victoria un manatí vestido de geisha imitando a una gallina en representación de uno de los países más hipócritas, metemierdas e intolerantes de todo el orbe. Supongo que el mérito de esta moza para haber ganado el sarao será analizado en algún programa especial de Cuarto Milenio porque racionalmente cuesta bastante explicar el galardón, más allá de las ganas de demasiadas personas de querer exhibir un exceso de corrección política y postureo hipócrita premiando a alguien de las "características" de la israelí.

Dejando a un lado el triunfo de la versión hebrea de la Venus de Willendorf, Eurovisión confirmó anoche no sólo que son los Óscar de la extravagancia con la música como excusa y víctima, sino también un estupendo manantial de memes y una coartada perfecta para sacar a pasear todo el ingenio, la ironía y el sarcasmo del personal dentro y fuera de internet. Moldavia y su numerito tipo José Luis Moreno (sin ciclado rubicundo eso sí), Dinamarca y sus "porteros" de garito nórdico, Francia y su Cifuentes postcremas antiedad, República Checa y su Steve Urkel centroeuropeo, Países Bajos y su híbrido entre Cocodrilo Dundee y Tino Casal, Chipre y su Beyoncé mediterránea, Israel y su Pucca con problemas con la cortisona...hay donde elegir. Eurovisión, un año más, no defraudó a la hora de sacar a la luz cosas más indescriptibles que los horrores que imaginaba H.P.Lovecraft. En definitiva, revalidó su condición de uno de los mayores "placeres culpables" que se pueden ver por televisión en abierto. Y por eso merece la pena disfrutarse...siempre que no se tenga nada mejor que hacer.

¿Y España? Pues bueno. Dejando a un lado que la abrasiva, diaria e insufrible pelma de TVE convirtió "Tu canción" en "Tu tostón" (ya me habría gustado que el ente público hubiera promocionado así, por ejemplo, El Ministerio del Tiempo), pasó lo que tenía que pasar. Este monumento al enamoramiento y atentado contra los diabéticos surgido de Operación Triunfo no es una mala canción (es una balada pasteloide y eficaz, como tantas otras que han pasado por Eurovisión a lo largo de su historia) pero...la excesivamente sobria e insípida puesta en escena ayudó tanto a las posiblidades de éxito españolas como el aparentemente gangoso Alfred a la inequívocamente talentosa Amaia. Estos dos mileniales forman una buena pareja sentimental pero como pareja musical no funcionan, por la sencilla razón de que la navarra tiene calidad mientras que el catalán tiene tanto arte como el estilista que lo vistió anoche, que me imagino que estará cumpliendo condena en algún centro penitenciario. Dicho de otra manera: Amaia tiene en Alfred simultáneamente su novio y lastre. Y anoche quedó bien claro tanto lo uno como lo otro. En resumen: ni por sobriedad ni por melodía ni por actuación España tuvo nada que hacer en el lisérgico reino eurovisivo. Cuartos por la cola y al carrer.

Así las cosas, Eurovisión una vez más cumplió con lo que se espera de este macroshow paramusical: ofreció mier*a de la buena. La música hay que buscarla en otro lugar.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Después

La ciudad aún estaba arropada en un letargo de farolas y siluetas. El piso aún estaba sumergido en un mutismo oscuro quebrado por la impertinencia sutil de ruidos diminutos. El dormitorio aún estaba paladeando el vao feliz de un placer declinado en bocas abiertas y ojos cerrados. La pareja aún estaba despierta, ungida en una penumbra azulada. Las sábanas desmelenadas tapaban como una caricia tímida sus cuerpos desfallecidos en un recreo de endorfinas. A los pies de la cama, un reguero de prendas, el recordatorio de una inercia de horarios y checklists. Sobre su pecho, él notaba las pestañas de ella, en un rítmico y pausado ir y venir, barriendo unas agradables cosquillas en cada vaivén. Sobre su pecho, ella notaba el latir firme y lento del corazón de él, arrullando sus oídos. Ninguno veía la cara al otro. No hacía falta.

lunes, 7 de mayo de 2018

Por la ventana de la mía

Y así estamos, paladeando la culpabilidad por el divorcio entre la realidad y el deseo, entre la conciencia y el corazón, entre el deber y el quiero, entre el qué dirán otros y el qué diré yo, entre el confort de la sed y los puntos suspensivos de un salto sin red. Y así estamos, velando secretamente el cadáver de nuestra propia coherencia en el altar de la estabilidad. Y así estamos, desandando caminos con pasos no dados por el simple miedo a un rechazo en nuestro interior nacido. Y así estamos, ocultando todo con silencios hechos de vanas palabras y gestos impostados como abracadabras. Y así estamos, soñando y negándonos a un mismo tiempo esa libertad llamada independencia. Y así estamos, preservando en una mortaja de imaginación los sueños que quedaron rotos por no pasar a la acción. Y así estamos, quedándonos a oscuras en un ensimismamiento donde no cabe la luz del reproche ni el brillo del lamento. Y así estamos, varados en movimiento mientras cambiamos un norte por otro por no ir por el atajo del remordimiento. Y así estamos, nostálgicos de un futuro que nunca fue y de un pasado que nunca será. Y así estamos, invocando en nuestras entrañas palabras que nos brinden la excitación del consuelo y nos regalen el consuelo de la excitación. Palabras como ojalá. Ojalá hubiera el espacio para que tuviéramos tiempo. Ojalá encontráramos la excusa para darnos un momento. Ojalá chocaran nuestras solitarias melancolías para hacer sonrisas con sus astillas. Ojalá pudiéramos estar sin dejar de ser y ser sin dejar de estar. Ojalá lográramos dar forma y sentido a los silencios para poder orillar nuestras palabras y miedos. Ojalá. Porque me encantaría abrazarte y abrazarnos y hacer de nosotros un abrazo de los que detiene relojes y repara daños. Porque me encantaría besarte y besarnos y hacer de nosotros unos labios que disfrutan en un recreo de sueños abiertos y ojos cerrados. Porque me encantaría sentirte y sentirnos y hacer de nosotros el mejor refugio del que nunca debimos irnos. Porque me encantaría saberme el brillo de tu oscuridad, aunque sólo fuera por devolverte la luz que colaste en la mía. Porque me encantaría. Y así, entre esos "ojalá" y esos "me encantaría", estamos mientras allí fuera pasa la vida y tú con ella por la ventana de la mía.

viernes, 4 de mayo de 2018

Noches como ésta

Ya había vivido noches como ésta. Noches en las que sientes ese "noséqué" que anticipa los mejores momentos de la vida de una persona. Noches en las que crees que más que ir a un estadio estás acudiendo a una llamada, con los nervios de una cita y la complicidad de una quedada de amigos. Noches en las que los cánticos desvanecen el tiempo y todo antes, durante y después del partido es un presente entusiasta, festivo, feliz. Noches en las que cantas el himno a capela con los pelos de punta, el corazón en la garganta y las lágrimas en los ojos. Noches en las que te sientes parte de algo que te trasciende de una forma indescriptible y te sabes órgano de un ser vivo llamado estadio. Noches en las que todas las sensaciones se juntan en un único recuerdo: el olor a cerveza regando los aledaños, el guirigay de voces hormigueando alrededor del campo, la electricidad de la adrenalina entrando en funcionamiento, el Frente tronando como anticipo de la tempestad de voces y bufandas, la sensación de que animas a los tuyos como si fueran los mejores de tus seres queridos, el nerviosismo tensionando tus músculos, las gradas empujando al equipo como viento de popa, el olvido de cualquier cosa que no sea el partido, la emoción de sentir que eres verdadaremente el jugador número doce, el estallido alegre del gol, el éxtasis con el pitido final...Noches en las que te quedas aplaudiendo y cantando cuando el partido termina como si olvidaras que tienes casa y que mañana el madrugón no perdona. Noches en las que hasta los andenes del metro son una fiesta improvisada y cómplice. Noches en las que el Atleti te firma un precioso recuerdo con sabor a sonrisa.

Había vivido noches así en el estadio Vicente Calderón. Desde anoche, también en el estadio Metropolitano, donde revivió el espíritu del Manzanares, como si nada hubiera cambiado. Ayer el Atleti volvió a clasificarse para una final europea (la quinta con Simeone) tras un partido bastante serio del equipo, liderado por un imperial Godín, un buen Griezmann y un grandísimo Costa, pero todo eso se puede describir y resumir en algo tan simple como 1-0. Todo lo demás no se puede describir ni resumir. Por eso, si alguien te pregunta por qué eres del Atlético, recuerda noches como ésta, la primera en la que todo el Metropolitano se conjuró para hacer historia. ¡Aúpa Atleti!

jueves, 3 de mayo de 2018

Agur, asesinos

Ha tardado 60 años, 853 asesinados, 79 secuestrados, más de 2.500 heridos y 10.000 extorsionados en tomar la decisión que debería haber tomado en el primer segundo de existencia: dejar de existir. ETA acaba de anunciar o, mejor dicho, confirmar que deja de existir como banda terrorista. Probablemente, ésta será la mejor noticia de 2018. Con razón.

Eso sí: en su comunicado, a ETA le ha faltado indicar que si bien cierra su chiringuito más antiguo y sanguinario, los simpatizantes y nostálgicos del hacha, la serpiente y el pasamontañas podrán seguir disfrutando de "lo etarra" en cualquiera de los otros chiringuitos ("otras vías" dicen los asesinos en su papeleta final) que tiene montados en País Vasco y Navarra que aunque no son sanguinarios no por ello dejan de ser menos inmundos y reprobables (un saludo para Bildu y demás chusma abertzale). Cuando a la mitológica Hidra se le cortaba una cabeza, surgían dos en su lugar; en el caso que nos ocupa, por desgracia, las nuevas cabezas de la Hidra actualmente cobran del erario público y se benefician del mismo sistema contra el que ETA atentó durante seis décadas. Así que que nadie lance las campanas al vuelo ni descorche botellas: superar un tumor no derrota al cáncer.

Euskadi y Libertad, cínico seudónimo de esta panda de hijos de la gran pu*a, ha sido vencida y hace bien en reconocer a su estilo, a su asqueroso, mezquino, vil, cobarde y venenoso estilo, su derrota. Así pues, hoy como ayer no es el día de agradecer a ETA absolutamente nada y sí a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a los partidos que han demostrado con sangre y lágrimas su indudable compromiso con la democracia y la libertad (PNV, tú no), al Poder Judicial y al Ministerio Fiscal y a la sociedad civil que ha sabido afrontar el miedo, superar el terror y enfrentarse a quienes soñaban con implantar su totalitarismo de chapela. Punto. Por tanto, no puede ni debe haber ninguna clase de misericordia con quienes utilizaron como patética excusa primero la dictadura y luego un imaginario "conflicto" para intentar implantar por las bravas su cosmovisión paleta y carente de cualquier base histórica, política, cultural o legal. Por eso, hoy como ayer, lo único que puede y debe reclamarse es que se siga haciendo Justicia contra ETA. Por eso, hoy como ayer, el final de ETA como tal no puede ni debe significar impunidad ni prescripción ni condescendencia de ningún tipo. ETA y su entorno se han ganado a pulso no conocer lo que es la piedad. Por eso, su comunicado tipo "Nos hemos trasladado", nada puede ni debe cambiar, al menos entre quienes la han derrotado. Además, ETA se ha "ido" siendo fiel a su cinismo retórico, cobardía moral y ausencia de cualquier empatía o arrepentimiento. Así que lo dicho: ni un paso atrás contra "lo etarra".

Habrá quien me reproche mi crudeza y rencor a la hora de analizar esto: pacifistas, demagogos y soplagaitas en otra ventanilla, por favor. Yo no puedo ni quiero ni debo tener más que desprecio por quienes representan la peor versión del ser humano. Como cualquier persona de bien y como cualquier ciudadano español ni quiero ni deseo otra cosa para los etarras y aledaños que verlos masacrados legal, judicial, política y penalmente hasta que de ellos sólo quede su mal recuerdo. Cualquier transigencia con esta gentuza supondría rematar, por ejemplo, a Miguel Ángel Blanco. ¿Demagogia? No, la pura verdad. Además, quien esto escribe ha sentido muy de cerca a ETA: cuando era un crío, un coche-bomba asesinó a una patrulla de la Guardia Civil a escasos veinte metros de la casa donde veraneaba en Navarra; ya en la etapa escolar, ETA asesinó a balazos muy cerca de mi colegio al padre de unos alumnos; años más tarde, sentí de nuevo el miedo al saber que esta banda terrorista había puesto un coche-bomba en las inmediaciones del Colegio Mayor en el que vivía mi hermano en Pamplona; y ya al acabar la carrera, sentí las bondades democráticas y pacifistas del entorno etarra al trabajar en un periódico navarro en el que esta chusma tiró a la fachada de la redacción botes de pintura roja y amarilla y puso inquietantes carteles contra un compañero mío por toda la ciudad. Así que respeto los planteamientos buenistas y flandersianos, pero quien venga a mí con esas monsergas, se las puede ir metiendo por donde no da el sol y eso que nos ahorramos todos. Cada cual es libre de reaccionar como quiera ante este hito. Yo ni perdono ni olvido.

Acabo ya. Me parece estupendo que ETA haya confirmado su derrota. Ya sólo queda extinguirla del todo. Y mientras llega ese precioso momento: agur, asesinos.   

lunes, 30 de abril de 2018

"Penny Dreadful": monstruos como nosotros

Dicen que todo lo bueno se hace esperar. Quizá por eso he podido disfrutar de un tirón de la serie Penny Dreadful cuando ha pasado más de un año desde su final y casi cuatro desde su estreno.

La serie de Showtime reimagina de forma respetuosa pero novedosa a los grandes personajes de la literatura decimonónica de terror (Drácula, Dorian Gray, Frankenstein, Doctor Jekyll, etc) y los arquetipos más universales y clásicos del terror (el vampiro, la bruja, el hombre-lobo, el no-muerto...) haciéndolos convivir en un mismo espacio y lugar, conformando algo similar a lo que logró Alan Moore en su magnífica novela gráfica La Liga de los Hombres Extraordinarios. Así, Penny Dreadful nos sumerge en una historia que básicamente cuenta las aventuras de un grupo de siniestros antihéroes contra el Mal, ya adopte éste la forma de vampiros acólitos de Drácula o de brujas al servicio de Satanás. A este respecto conviene aclarar que pese a su estructura episódica que la acerca al folletín y a su división en temporadas (tres), Penny Dreadful conforma una única historia en la que cada temporada constituye una parte diferente del esquema clásico de una narración: introducción (primera temporada), nudo (segunda temporada) y desenlace (tercera temporada). Narrativamente, creo que John Logan, creador y máximo responsable de esta producción, hace un gran trabajo, a pesar de ciertos problemas de "tempo narrativo" (en la segunda es excesivamente lento y en la tercera demasiado rápido) y de que algunas tramas y personajes están peor resueltos que otros. Digo que ha hecho un gran trabajo porque combinar tantos y tan conocidos personajes, arquetipos y temas para ofrecer algo fresco y entretenido no es nada fácil. Y Penny Dreadful lo logra. A ello ayudan bastante un reparto muy solvente en sus actuaciones (Eva Green, Timothy Dalton y Josh Hartnett son sus rostros más conocidos), un diseño de producción muy cuidado que te sumerge con mucha facilidad en todas esas ciudades distintas que era el Londres de finales del XIX, una fotografía excelente (es complicado hacer que algo sórdido o truculento resulte tan agradable a la vista) y la sensacional y conmovedora banda sonora compuesta por Abel Korzeniowski. Tampoco hay que ningunear el acertado tratamiento de los personajes, puesto que están llenos de matices y claroscuros que los hacen menos ficticios y más verosímiles y, además, están dotados todos ellos, hasta los más secundarios, de un carisma magnético que hace complicado no empatizar con ellos. En este sentido, he de reconocer que lo que hace Rory Kinnear encarnando a la criatura de Frankenstein me parece simple y llanamente a-co-jo-nan-te. Conviene añadir además que si bien es una serie con (lógicamente) varias concesiones al terror e incluso al gore, también exhibe escenas de una hondura emocional estremecedora que demuestran el alma de esta producción.

Dicho esto, creo que lo mejor de la serie es algo que simultáneamente subyace y trasciende la maraña de tramas que conforman las inquietantes y entretenidas peripecias de Vanessa Ives y compañía. En mi opinión, el gran logro de Penny Dreadful es hablar sobre la humanidad utilizando a "monstruos". Lo monstruoso para hablar de lo humano. La ficción para hablar de lo real. Nada nuevo bajo el sol literario. En ese sentido, esta producción constituye un recorrido por esa red de dicotomías, contradicciones y paradojas que conforma el tapiz de la condición humana. Así, el espectador constata al cabo de las tres temporadas cuánta belleza cabe dentro de la fealdad, cuánta fealdad puede ocultar la belleza, cuánta oscuridad hay en el interior de la luz, cuánta luz puede haber en las entrañas de la oscuridad, cuánta muerte existe en la vida, cuánta vida hay en la muerte, cuánta lógica hay en la locura, cuánta locura hay en la razón, cuánto dolor puede haber en la alegría, cuánta alegría puede anidar en el dolor. 

Por todo ello, el principal tema de Penny Dreadful, por encima de la lucha entre el Bien y el Mal sobre la que pivotan las tenebrosas aventuras de sus protagonistas, es sin duda alguna la aceptación de la identidad, la asumción honesta y consciente de todas nuestras luces y sombras, de nuestras virtudes y defectos, de nuestro lado angelical y de nuestro lado demoníaco; lo cual no es precisamente fácil por esa alergia nuestra al reconocimiento de lo negativo y la propensión a la excusa como vía de justificación. En ese sentido, acertadamente, la serie muestra cómo sus protagonistas dejan de estar tan sumamente atormentados cuando se aceptan a sí mismos, liberándose así de todo lo monstruoso que hay en ellos y permitiendo emerger su humanidad y alcanzar de esta manera una agridulce serenidad. Una de las frases más memorables relacionadas con esto la dice el joven y atribulado Víctor Frankenstein en una de las escenas finales de la serie: "Es demasiado fácil ser monstruos. Vamos a intentar ser humanos". 

Por si todo lo anterior fuera poco, Penny Dreadful permite al gran público conocer a dos grandes poetas del romanticismo inglés como son John Clare y William Wordsworth, gracias a los poemas que, en dos monumentales escenas, recita de forma absolutamente brillante y conmovedora la criatura de Frankenstein: I am! de Clare y Ode: Intimations of immortality from recollections of early childhood, de Wordsworth, poniendo por cierto este último poema un sobrecogedor "The End" que a mí me dejó con los pelos de punta y las lágrimas en los ojos.

Así las cosas, no me extraña nada todo el fandom que originó esta serie (a sus fans se les/nos llama dreadfuls). Tan es así que debido a sus legiones de seguidores esta ficción ha continuado su andadura en formato cómic gracias a Titan Comics. Algo muy similar a lo que ocurrió en su día con Buffy, cazavampiros o más recientemente con El Ministerio del Tiempo. Y es que Penny Dreadful tiene un encanto extraño al que es imposible resistirse y del que es imposible olvidarse. Quizá porque lo bueno, cuando lo es de verdad, nunca conoce la muerte. Y esta serie es muy, muy buena.

domingo, 29 de abril de 2018

Agradecimiento a "La Manada"

Lo reconozco. He dejado pasar unos días deliberadamente tras la sentencia. De no haberlo hecho, muy seguramente este artículo sería un ejemplo de coprolalia y también constitutivo de delito, por las cosas que me apetecía decir. Por eso, he preferido escribirlo cuando han descendido tanto la polvareda de la polémica como las pulsaciones del enfado. Aclarado esto, sigo o, mejor dicho, comienzo esto que no es más que una carta abierta a cinco presuntos seres humanos.

Os llamáis José Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo, Ángel Boza, Jesús Escudero, Antonio Manuel Guerrero. Preferís haceros llamar "La Manada", un sobrenombre fácil para un grupo de Whatsapp y acorde a vuestra acreditada condición de bestias. Se me ocurre otro aún más preciso para definiros pero entiendo que "Hijos de la grandísima pu*a" resulta demasiado largo para temas de guasapeo e implica menospreciar a unas mujeres, vuestras madres, cuyo único pecado en todo esto es haberos dejado nacer en lugar de acabar en un cubo de abortos. Tranquilos, chicos. Si leéis el título del artículo sabréis que os voy a dar las gracias. Atentos.

Os doy las gracias, manada, porque habéis demostrado que los únicos animales que merecen estar al otro lado de unas rejas, privados de libertad, sois vosotros y toda la demás escoria antropomórfica como vosotros.

Os doy las gracias, manada, porque habéis conseguido que la soledad pase de las víctimas a los victimarios y a los indeseables que les dan amparo, ya sean familiares, jueces con votos particulares o abogados sin vergüenza.

Os doy las gracias, manada, porque habéis logrado poner de acuerdo a la inmensa mayoría de una sociedad propensa a una discrepancia cainita en un tema de la máxima importancia.

Os doy las gracias, manada, porque habéis permitido que quede patente al país que todo lo que no sea "Sí" es "No" y que la libertad de una persona acaba donde empieza la de otra.

Os doy las gracias, manada, porque habéis recordado a los legos en Derecho que en España existe afortunadamente la posibilidad de interponer recursos contra aquellas sentencias injustas o chapuceras, como es el caso de la resolución que os ha condenado. Porque, entre nosotros, no os podéis quejar. Vuestra sentencia, manada, es un monumento a la incongruencia al no estar alineadas la consideración de hechos probados y la calificación penal de los mismos. Dicho de otro modo: la sentencia considera probada la existencia de agresión sexual pero os condena por abuso sexual. Es tan coherente como explicar pormenorizadamente que una falta merece tarjeta rota y saldar el lance con una simple tarjeta amarilla.

Os doy las gracias, manada, porque habéis evidenciado que la Justicia si quiere serlo de verdad no puede depender de debates semánticos (¿por qué lo llaman "prevalimiento" cuando quieren decir "intimidación"?) ni de apreciaciones subjetivas supeditadas a la lucidez mental o integridad moral del juez de turno.

Os doy las gracias, manada, porque habéis sacado de sus casas y el silencio a quienes pensamos que otra Justicia puede y debe ser posible; a quienes creemos que cuando la aplicación de una ley genera tal indignación y resulta tan humillante no sólo a la víctima sino al sentido común hay que cambiar tanto la norma como a quien la aplica.

Os doy las gracias, manada, porque habéis subrayado la necesidad de abandonar ese hipócrita complejo de "no legislar en caliente" si con ello se evitan más cuerpos fríos o que se te quede el cuerpo frío con la enésima salvajada de turno.

Os doy las gracias, manada, porque habéis recordado a los soberbios y ensimismados entogados dedicados a la magistratura que son tan falibles como cualquier ser humano, que en ocasiones como ésta los fallos contenidos en sus resoluciones son literalmente eso: fallos.

Os doy las gracias, manada, porque habéis expuesto claramente que España cuenta con una concepción y legislación penal excesivamente garantista (y benévola) con los delincuentes y que, por eso, puede y debe ser modificada para evitar toda clase de injusticias.

Os doy las gracias, manada, porque habéis dejado patente que es necesaria aún mucha pedagogía para que las víctimas dejen de ir entre interrogantes y para aniquilar de la sociedad cualquier concepción retrógrada que dé pábulo a razonamientos como el de la película Airbag: "La culpa es de los padres que las visten como putas". Que el problema no está en cómo una mujer vista o actúe sino en lo que un hombre se cree con derecho a hacer. Y lo vuestro, campeones, ni es un derecho ni es de hombres. 

Os doy las gracias, manada, porque habéis dejado manifiesto que el silencio, el miedo o la vergüenza son los mejores cómplices que pueden tener aquellos que, como vosotros, representan lo peor del ser humano.

Os doy las gracias, manada, porque habéis hecho lo suficiente como para que haya llegado a su fin el tiempo en que basura como vosotros gozaba de una protección legal y social que tenía bastante de impunidad y mucho de insulto.

Os doy las gracias, manada, por recordarme que no toda la gente merece vivir, al menos en libertad.

Ya veis, chicos, soy muy agradecido. Mi próximo agradecimiento será (espero) cuando en segunda instancia algún magistrado tenga a bien tirar de la cadena y que así os vayáis por donde se va la mierda que habéis demostrado ser.

sábado, 28 de abril de 2018

Un título de inglés y diez lecciones

Las cosas más importantes de la vida no te las enseñan sino que las aprendes. A menudo, de forma tan sutil que parece inconsciente. Con frecuencia, gracias a pequeños detalles o historias, alejadas de la épica deslumbrante de los grandes hitos y hazañas. Hoy voy a hablar de una de esas menudencias que encierran útiles lecciones para la vida.

Entre mis objetivos para este curso 2017-2018 figuraba acreditar mi nivel de inglés de una manera oficial. Para ello, me matriculé en la Academia Chester (en la sede de la calle Ramón de la Cruz) en un curso intensivo impartido los sábados de ocho y media a once y media de la mañana. Al hacer la necesaria entrevista para calibrar inicialmente mi nivel en el manejo del idioma de Shakespeare estuve ligeramente nervioso pero confiado en poder demostrar que tenía un nivel C1, tal y como me habían asegurado antaño, cuando recibía clases de inglés personalizadas en mi anterior trabajo. ¿El resultado? Al finalizar esa entrevista preliminar, la persona que me entrevistó me dijo con rotunda honestidad y aséptica cortesía que yo tenía mayormente un nivel B2 con varios fallos propios de B1; es decir, que de aspirar al C1 nada de nada. Primera lección: nunca des nada por supuesto. La entrevistadora me aconsejó matricularme en algún curso preparatorio para acreditar el B2 (lo cual se consigue realizando el famoso examen conocido como First). Yo, movido por un ataque de orgullo o tal vez de confianza en mis posibilidades, descarté dicho consejo y me matriculé en el curso intensivo que he mencionado, con vistas a acreditar el C1 (es decir, con vistar a superar el examen del CAE o Certificado de Inglés Avanzado), objetivo que no tardé en formalizar al inscribirme igualmente para la primera oportunidad de realizar la prueba del Advanced, la cual tendría lugar en apenas dos meses. Segunda lección: que la realidad no te impida luchar por tus metas. No obstante, quiero dejar clara una cosa: me bastaron un par de clases para darme cuenta de que tenía mucho que mejorar si quería tener la más mínima posibilidad de superar el reto y no naufragar en el intento.

En este punto de la anécdota he de reconocer que en mi progreso con la lengua anglosajona sería impensable sin tener en cuenta el sensacional desempeño de los dos profesores que imparten el citado curso (Sandra y Danny), la utilísima dinámica de las clases, los estupendos recursos preparatorios que brinda Chester y el buen rollo y nivel de inglés de mis compañeros de clase (y eso que yo era un xennial entre millenials). Así que, gracias a esos factores, obtener el C1 casi contrarreloj no parecía tan difícil como coger el vellocino de oro. Tercera lección: todo depende de ti...pero no sólo de ti.

Continuando con la historia, durante las semanas que restaban hasta la celebración del examen del CAE, me dediqué a sacar horas de donde fuera con tal de preparar adecuadamente dicha prueba. Así, en los escasos huecos que me dejan los maratonianos estudios de las oposiciones a las que me voy a presentar y desoyendo los cantos de sirena del cansancio, me dediqué a hacer los ejercicios indicados en clase y, como extra, a realizar un montón de simulacros (he de reconocer que fui un auténtico "pesado" en este sentido y martiricé a Sandra con mis peticiones de ejercicios). Cuarta lección: lo difícil nunca se consigue desde lo fácil. Así las cosas, llegó el momento de enfrentarme al CAE: primero, a la parte oral  (conversación) y luego, a las otras tres partes restantes (uso, escritura y escucha). Tras de mí había dejado todo un reguero de ejercicios que distaban mucho de ser perfectos o siquiera aptos pero que, precisamente gracias a su objetiva imperfección, me habían estimulado para no rendirme y seguir esforzándome porque soy de los que piensan que cada error te acerca un poco más a ese éxito que es llegar a ser tu mejor versión. Quinta lección: fracasa para triunfar y aprende para demostrar. El caso es que al concluir el CAE, yo no estaba plenamente convencido de haberlo superado, quizá por el trauma que tengo con las benditas oposiciones y sus notas de corte. Por eso, al regresar a casa, mi estado mental y anímico oscilaba entre el desánimo y el cabreo, toda vez que me sentía profundamente decepcionado conmigo mismo por el examen que había hecho después de tantísimo esfuerzo y dedicación. Así que lo único que me quedaba era tener la templanza suficiente hasta que Cambridge anunciara mi calificación. Sexta lección: la paciencia consiste en saber dar espacio al tiempo.

Semanas más tarde, esto es, hace pocos días, he recibido en mi email una notificación preliminar y oficiosa de mi resultado: he conseguido superar el examen y, por tanto, mi nivel de inglés es C1. Sinceramente, ante la cruel sequía de buenas noticias que me acompaña desde hace años, tardé en creerme lo que la pantallaba mostraba. Pero era cierto. Después de todo, había logrado mi objetivo, superando a mi mayor obstáculo: yo mismo. Séptima lección: el esfuerzo siempre recompensa (effort always pays off). No obstante, aun siendo indudable que trabajé muy duro para realizar esta pequeña gesta, no menos indudable es que habría sido impensable sin la gente de Chester, especialmente en lo que a mis profesores y compañeros se refiere. Por eso, del mismo modo que estoy profundamente orgulloso de haberle echado tanto coraje al asunto, estoy muy agradecido a quienes me han acompañado en esta aventura que comenzó con pinta de B2 y ha terminado con un C1. Octava lección: mejorar siempre implica tener alguien a quien dar las gracias. Así que thank you, guys!  

Así las cosas, aún me queda mucho por hacer y lograr para volver a tener una vida medianamente normal pero pequeños grandes triunfos como éste permiten poder mirar a los ojos a retos más difíciles sin agachar la mirada. Y es que hay una cosa que me ha quedado clara: el fracaso no consiste en no superar un desafío sino en no hacer todo lo necesario para lograrlo. Novena lección: nunca lo conseguirás si no lo intentas con todo tu corazón. No sé en qué medida el certificado del C1 me va a cambiar la vida (mi CV desde luego que sí) pero lo que sí sé es que me ha reforzado a la hora de tener claro que todo consiste en la voluntad de querer mejorar. Décima lección: para avanzar sólo necesitas dar un paso y luego otro y repetir hasta que llegues donde quieres.

En resumen: pocas veces me ha sabido tan bien un Well done! como éste.

martes, 24 de abril de 2018

Todo menos entretenido

Un partido en el que el Atlético fue de menos a más y el Betis de más a menos para acabar ambos equipos llegando al mismo lugar: la nada. Por eso, un empate a cero no parece demasiado injusto visto lo que ocurrió sobre el césped, por mucho que las mejores ocasiones fueran de los locales. Eso sí, el ambiente y complicidad entre aficiones fue sensacional antes y durante el partido jugado sobre el mismo terreno en el que un día antes cierto equipo detestado por colchoneros y béticos hizo un estrepitoso ridículo.

Con la atención puesta en el Arsenal, el Atleti dedicó 60 minutos a evitar la victoria verdiblanca y 30 a buscar el triunfo rojiblanco. Ese cambio de dinámica coincidió con el ingreso en el juego de los teóricos titulares y sirvió para maquillar ligeramente un partido lleno de imprecisiones en el que la falta de chispa física y/o mental castró al encuentro del adjetivo "entretenido". No obstante, a pesar del tostón, hay que realzar el desempeño de tipos como Lucas, Saúl e incluso Torres, quienes en mi opinión fueron de lo poco aceptable en un partido gris de casi todo el equipo local.

Quiero pensar que este bache (un punto de seis) se debe, por un lado, al agotamiento y las lesiones y, por otro, a que la Europa League se ha convertido en el principal e innegociable objetivo, dado que ya es lo único que permite al Atleti obtener un notable en la calificación final del curso, quedándose así a la Liga una cara de "ya te llamaré". Si me he equivocado en el diagnóstico, mal asunto, porque jugando como en los dos últimos partidos ligueros es improbable que el Atlético llegue siquiera a la final de la citada competición europea.

No obstante, estoy casi convencido de que en la semifinal contra el Arsenal los aficionados volveremos a ver una versión del equipo más acorde con la leyenda que merecida y exitosamente se ha forjado en los últimos años. La afición se merece un equipo a su altura y la Europa League es un buen escenario para demostrarlo. ¡Aúpa Atleti!

lunes, 16 de abril de 2018

Una goleada para todos los públicos

Tras el incómodo partido en Lisboa, se agradeció la plácida tarde vivida en el Metropolitano. El Levante, cargado de tanta voluntad como impotencia, ayudó bastante a que el encuentro resultara tan peligroso para los rojiblancos como el ataque de ira de una tortuga. El Atlético, por su parte, se dedicó a controlar el partido con una superioridad evidente que, por un lado, ayudó a disfrutar con varias jugadas de mérito y, por otro, permitió a algunos jugadores tener la comodidad y tranquilidad necesarias para reivindicarse, véase Correa (hizo varias cosas bien, lo cual es todo un hito) y Vitolo (quien está cogiendo confianza e influencia en el momento definitivo de la temporada). La conclusión de todo esto: 3-0, una victoria más y un partido menos.  Al margen de esto, hubo una cosa que quedó clara para todo aficionado: los penaltis dudosos o inexistentes sólo se pitan a favor del Real Madrid, por desgracia para "Fortnite" Griezmann.

Así las cosas, los mayores y menores (el Día del Niño se notó) que asistieron al partido pudieron vivir una goleada para todos los públicos en una tarde que pasará a la historia por varios motivos: por ser la primera en que el graderío del Metropolitano se cubrió con un tifo ("115 años contigo"), por asegurar la presencia en la próxima Champions League por sexto año consecutivo y por el gol 100 de Fernando Torres en Liga. Por cierto, hablando de la leyenda conocida como "El Niño": visto lo visto siguiendo siendo útil o, al menos, su rendimiento no es peor que el de otros que han gozado de más minutos. De lo que no hay duda es de que el cariño y respeto que se tiene a Fernando Torres por parte de la hinchada colchonera está por encima de cualquier pasado, presente o futuro.

Lo mejor de todo es que, afrontando ya la recta decisiva de las competiciones liguera y europea, el equipo parece, en líneas generales, bastante más entonado y con una mejoría patente en varios jugadores de los que se espera que firmen sonrisas rojiblancas en esos niños que, como ayer, acudieron al Metropolitano, con su papá de la mano, como diría el gran Joaquín Sabina.

¡Aúpa Atleti!

jueves, 12 de abril de 2018

Recrear y religar

La casualidad ha querido que coincidan en el tiempo la reciente publicación de dos libros escritos por gente a la que aprecio. Por un lado, Alejandro Gándara y su novela La vida de H (Ed. Salto de Página). Por otro, Julián Ruiz y su obra Hubo otra Estella (Ed. R de Rarezas). Dicho así, me siento un poco como esa "voz en off" que acompaña a los paseantes por la Feria del Libro de Madrid. En fin, sigo.

Ambas publicaciones no pueden ser más distintas, como lo son sus autores, pero en el fondo sirven para ejemplificar lo mismo: cómo la creación literaria no es más que un ejercicio de volver a crear la realidad, de rehacer, de reinterpretar, de ajustar cuentas con ella, de descodificarla y volverla a codificar a nuestro gusto, de desconectarse de ella para volver a conectarse de una forma absolutamente personal y única, de "religar"; de jugar con lo vivido, sentido, sabido y recordado para dar algo nuevo a sí mismo y a los demás; de devolver a la realidad el favor mediante una ficción que forma parte de ella físicamente. Esto no es ninguna novedad, porque el copyright viene de antiguo (concretamente, desde que Platón nos hablara de la poiesis banquete mediante). Además de lo que acabo de apuntar, tanto La vida de H como Hubo otra Estella son un buen ejemplo de que toda ficción, toda obra artística en general y literaria en particular, nace de uno, de las entrañas donde anidan todos nuestros recuerdos, filias, fobias, luces, taras, emociones y sentimientos, de manera que toda obra es autobiográfica porque las historias se cuentan desde uno, desde esa atalaya que es la vida que cada uno ha tenido y tiene. Por eso, la tópica pregunta que se hace al autor de turno de "¿En qué medida esta obra es autobiográfica?" es bastante prescindible, salvo que se quiera entrar en el terreno del cotilleo, que poco o nada tiene que ver con lo literario. 

Alejandro y Julián han recurrido a la misma materia prima (los recuerdos) para elaborar dos obras tan distintas como interesantes y atractivas. En el caso de Gándara, La vida de H tiene las formas de un cuento de hadas a medio camino entre lo infantil y lo postmoderno pero con un aliento entrañable de confesión cómplice, especialmente para aquellos que tenemos la suerte de conocer a Alejandro y cuya hondura humana e intelectual es impagable. Por su parte, Ruiz nos demuestra en esos relatos híbridos de anecdotario y crónica bajo el título Hubo otra Estella que las ciudades, esos telones de fondo que hacen las veces de hogar, no dejan de ser lienzos sobre los que se han ido superponiendo los diversos retratos del tiempo y las personas, como una especie de cuadernos de notas en los que las palabras, los tachones y las anotaciones marginales forman una arquitectura caótica, íntima y colectiva por igual; unos retratos y notas que como bien demuestra Julián conviene no olvidar porque para saber dónde ir primero hay que tener claro de dónde se viene.

Más allá de la calidad literaria y la calidez humana que hay bajo los negros y blancos de ambas obras, hay que reconocer el esfuerzo que supone parir una obra literaria. Y es que crear, escribir, tiene mucho de dejar que lo que tienes dentro salga fuera y viva su propia vida con independencia de ti. Y no sólo eso, porque cuando te das a los demás mediante la literatura no estás únicamente mostrando al mundo qué hay en tu interior sino, además, exhibiendo cuánto del mundo ha entrado en ti. De ahí que, cada vez que lees un libro no sólo estás asomándote a un hábitat ficcionado en mayor o menor medida; también estás colándote en la intimidad del autor por una puerta que él mismo ha dejado entreabierta. Por cierto, hablando de esfuerzos, chapó por Salto de Página y R de Rarezas, dos editoriales que demuestran que competir con los grandes mastodontes del sector no es una cuestión de sombra sino de brillo.

Si alguien quiere felicitar a los autores, cosa que sería agradecible, pueden hacerlo con facilidad. En el caso de Alejandro, a través de ese refugio contracorriente que es la Escuela Contemporánea de Humanidades. En el caso de Julián, en las calles de esa otra escuela enclavada en el corazón de Navarra llamada Estella. Yo, más allá de sentimentalismos y amistades, he optado por algo más práctico y terrenal: comprar con intención de leer. La vida de H ya está en mi biblioteca. Hubo otra Estella pronto lo estará. ¿Por qué? Porque me apetece mucho disfrutar página a página con estas obras que dan validez a aquello que dijo el poeta Paul Éluard: "Hay otros mundos pero están en éste. Hay otras vidas pero están en ti".