lunes, 31 de julio de 2017
Mala noche
Es esa hora en la que todo es sueño, pesadilla o pecado. Él está en la cama, dormido por naufragio y perdido en esa desconexión que tanto alivia a los que no encuentran consuelo en los ojos abiertos. Fuera, las alcantarillas bostezan una calima de cucarachas que acharolan el silencio. Dentro, el confortable siseo del aire acondicionado. El tic y el tac de su reloj de pulsera es un grillo perdido en algún lugar bajo las sábanas de una cama partida en dos: a un lado, el eco de quien se marchó; al otro, el trueno sollozado de quien se quedó.
De pronto, un giro súbito espoleado por un sueño incómodo deviene en un involuntario manotazo, descendente como un dios derribado con la parsimonia procesionaria de un bostezo. Su mano cae casi ingrávida sobre el lado izquierdo de la cama, la tundra de tela delineada donde los días conjugan la separación entre ella y él con la diligente pereza de un notario, el mausoleo aséptico y ensabanado en memoria de quien hizo de la puerta de aquel domicilio un punto y aparte en su relato común e intransferible, haciendo de su cara espalda, dándole un buen revolcón a la brújula y derramando el tintero sobre varios calendarios en blanco.
Sus ojos aún no están abiertos pero sus dedos empiezan a deslizarse por la superficie de ese lado de la cama como cachorros que comienzan el tartamudeo del andar, avivando la inquietante cartografía de vértigos que remolcan miedos, la asepsia atroz del vacío, la suave y fría certeza de la ausencia, la desoladora geometría de la melancolía, el amargo peritaje de un hueco abierto de par en par al horizonte, la asfixia del silencio como huella arrolladora de una distancia que todo torna sombra, el peso de un aire tan cargado de pasado que apenas deja aliento de futuro al presente, la incansable escalada de la tristeza como hiedra despechada, la incertidumbre enroscándose en el pecho como un rosal de cuchillas, la impotencia de las ganas ante la dictadura del tiempo y espacio, la garganta deshaciéndose en ojos acechados por el salado runrún de las lágrimas.
Con una eficiente apatía funcionarial, su cuerpo se va reconectando con ese mundo que no admite soñadores. Sus ojos se abren con lentitud, como dos exclusas artrósicas y chirriantes, y comienzan a engullir la oscuridad convertidos en dos sumideros sedientos de sombra, de esa sombra que pesa y duele, de esa oscuridad que torna todo un blanco y negro sin happy end, de esos pensamientos enlutados de quien sólo encuentra sentido en un retrovisor donde todo empieza a desvanecerse como una espectral neblina, el único consuelo para quien se siente escupido de la noria del mundo, perdido en algún lugar entre lo que fue y lo que no será. Y así comienza a pensar en ella otra vez, desplegando en su mente un crucigrama de preguntas sin respuestas agradables donde cada espacio es una herida abierta por la que emerge el pus del vacío. Y así vuelve a estremecerse. A dejarse arrasar por los buenos recuerdos. A dejarse llevar por un pasado tan idealizado que hace aún más incomprensible su presente. Así es como las lágrimas empiezan su descenso suicida y discreto por su cara. Está harto de caer en la tentación de la autocompasión, de ceder al chantaje sensiblero de la melancolía, pero...empieza a tener la sensación de que se ha vuelto un yonqui del dolor y está dispuesto a atormentarse hasta lo patético si con ello se siente vivo. Así es como se dispone a pasar en blanco su enésima noche oscura. Así es como, unos minutos más tarde, su cuerpo se harta del melodrama y ordena inmediata inmersión con la esperanza de que mañana sea otro día.
miércoles, 26 de julio de 2017
Errata natuRae
Limpia, fija y da esplendor. Este lema tan cercano al eslogan de un detergente caracterizó ancestralmente a la Real Academia Española de la Lengua (RAE para los amigos). Caracterizó, sí, porque, hablando en el tiempo presente, dicho lema se queda en guasa al calor de las innecesarias y absurdas polémicas en las que se ha visto involucrada tan distinguida institución estos últimos años y que han levantado tal polvareda que lo de la limpieza y el esplendor parece cosa más de chirigota que de ilustre pretensión.
Antes de seguir, aviso a navegantes aquejados de demagogia: estoy en las antípodas de ser un clasista, un pedante y/o un reaccionario. Lo que pasa es que, entre mis alergias, está la estupidez y el mal gusto. Como periodista y escritor, soy un gran enamorado de la lengua castellana no sólo por su versatilidad como herramienta sino por la riqueza que atesora en su dinámica evolutiva, esa que le permite hacer malabares con el léxico de antaño y hogaño al mismo tiempo que desbroza y abraza el mestizaje semántico y jergal. El castellano como lengua y el español como idioma son quizá la mayor y mejor aportación que ha hecho España al acervo universal. Pocas lenguas han honrado más las cualidades que se le suponen genéricamente a un lenguaje en tanto que sistema de comunicación y punto de encuentro. En ese sentido, buena parte del éxito (en lo cronológico y en lo goegráfico) del español radica en su impresionante maleabilidad y permeabilidad, cualidades que siempre han encontrado en la formidable RAE un excepcional guardián y aliado. Pero eso es una cosa y otra muy distinta convertir a esta lengua en un after hour con barra libre, que son las trazas que parece seguir la RAE con ciertas decisiones ortográficas y léxicas en estos últimos tiempos.
Decisiones como la de liquidar la tilde diacrítica en el adverbio "solo" y en los pronombres demostrativos o la de incorporar al canon términos cuya valía para tal honor resulta muy cuestionable ya sea por su origen netamente vulgar ("asín", "arremangarse"...), por manar de meras modas léxicas ("amigovio", "papichulo", la inminente "posverdad"...) o por ser simplemente errores de ortografía o dicción imperdonables más allá de la educación primaria ("almóndiga", "toballa", "madalena", "dotor", "murciégalo", "crocodrilo"...) o la más reciente de todas estas controvertidas decisiones: admitir el "iros" como alternativa a "idos" (será que emplear correctamente el castellano les parece a algunos algo más propio de la época de Alonso de Entrerríos que de la de Kiko Rivera). Decisiones que, de facto, lo único que consiguen es empobrecer la lengua, ya sea por la vía del equívoco (el adverbio "solo" está dando ya mucho juego por desgracia) o la de la renuncia a emplear sinónimos consolidados y respetables (por ejemplo, se podría utilizar el clásico "ligue" en lugar del aceptado "amigovio" o del apócrifo "follamigo"). Es como si las farmacias empezaran a dispensar heroína o cocaína por el mero hecho de que hay muchas personas que las consumen o como si alguien decidiera poner a desfilar a Leticia Sabater y Belén Esteban junto a los ángeles de Victoria's Secret o como si Hollywood otorgara un Óscar a la Mejor Película a El vengador tóxico.
Con esto no quiero decir que, por ejemplo, la RAE no tenga ojos para los vulgarismos sino que sepa ubicarlos donde corresponde (en un diccionario monotemático por ejemplo) y no en lo que se supone que es el Santo Grial del castellano (el célebre DRAE). El académico Arturo Pérez-Reverte ha alegado al respecto que la RAE no está para ser policía sino notario de la realidad del castellano. Correcto...pero, por la cuenta que le trae, ningún notario daría fe de nada que se apartara de la legalidad puesto que incurriría en el mismo fallo en el que ha caído la RAE al dar carta de naturaleza a errores como los que he citado en el párrafo anterior. Dicho de otra manera, hablando del español, la sociedad no debe ser el espejo en el que se mire la RAE sino justo al revés, porque dicha institución es el faro y el bastión que permite a esta preciosa lengua no encallar en los arrecifes que la incultura y el analfabetismo. Entre el integrismo y la permisividad hay un deseable término medio. Por eso espero que la RAE se mueva hacia el polo integrista para alcanzar así dicha equidistancia, dado que ahora está instalada en una permisividad demasiado preocupante por cuanto tiene de contraproducente.
No obstante, estos académicos disparates son meras anécdotas, erratas con más resonancia que recorrido si las comparamos con la sensacional labor que la RAE lleva haciendo durante siglos para que cualquier hispanohablante pueda sentirse más cerca de Cervantes, Lope, Quevedo, Galdós, Delibes o Lorca que de los tronistas, tróspidos, ninis, garrulos y tarados que atentan contra el lenguaje (entre otras cosas) en la televisión nuestra de cada día.
domingo, 23 de julio de 2017
Luz desde la oscuridad
Los últimos años están llenos de ellos: de artistas muertos como derramados por un violento golpe de viento, de creadores fallecidos con un borrón repentino y desolador. Amy Winehouse, Heath Ledger, Philip Seymour Hoffman, Michael Jackson, Robin Williams, Whitney Houston...El último en sumarse a esa variopinta, fúnebre y triste lista ha sido Chester Bennington, vocalista y líder de Linkin Park, grupo musical que cuenta con millares de seguidores en todo el mundo, entre ellos, yo.
Aunque ya hablé de este tema con calma y profundidad en otro artículo publicado hace cerca de tres años (De creatividad y muerte), no quiero dejar pasar la ocasión para remarcar la estrecha relación que existe entre el ingenio creativo, la sensibilidad artística y una psique torturada por demonios externos o internos. Todos esas personas que he citado en el párrafo anterior, todos esos cracks-en-lo-suyo compartían su condición de tarados en tanto que heridos bien por la intrínseca imperfección de la vida, bien por la forma de sentir y sentirse en el mundo. Por eso, resulta emocionante y francamente asombroso cómo todos estos maravillosos artistas fueron capaces de coger toda su escoria interior para transmutar sus tormentos, miedos y lloros en puro, simple y luminoso arte. Como si tuvieran un excepcional metabolismo que destilara luz a partir de cantidades ingentes de oscuridad. En la ECH aprendí (gracias a esos maestros que son Alejandro Gándara, José Luis Corrales y Tomás Blanco) que para crear en general y escribir en particular hay que atreverse a ir a las zonas de sombra, a los callejones oscuros del alma humana, a esas regiones mentales y sentimentales donde estás más cerca del llanto y el crujir de dientes que del camino de baldosas amarillas. Creo que algo de esto hay en la vida y obra de estos artistas que se bajaron de la vida en marcha. Del mismo modo que un diamante anida en el carbón, para crear luz, nada mejor que partir de la oscuridad y todas estas malogradas personas, en el decisivo y determinante fondo, iban sobradas de oscuridad. Tanto que acabó por engullirlos. Por suerte, antes de irse (perdón por el estúpido eufemismo) decidieron dejar suficiente luz como para que ni su legado ni su nombre quedaran cubiertos por el polvo de la indiferencia o el morbo.
En el caso concreto del líder de Linkin Park, creo que de no haber sido el suicida que ha resultado ser, sus monumentales canciones quedarían huérfanas de esa rabia desencadenada, de ese grito a medio camino entre el SOS y el fuck you, de esa melancolía furiosa que trenzaba romanticismo, nihilismo y existencialismo de una manera apabullante. No sé cuál será la huella que deje su muerte y tampoco me importa. Lo que sí sé es que muchas de sus canciones me iluminaron varios momentos, luminosos y no tan luminosos, porque eran capaces de activar esos resortes que te espabilan y te hacen querer pelear a la sombra si las flechas ocultan el sol. Por eso, temazos como What I've done o New divide me acompañarán durante bastante tiempo en esa banda sonora íntima e intransferible que cada cual tiene. De ahí que, aunque aún me dure el asombro por su suicidio y la pena por su pérdida, prevalezca la gratitud que siento hacia Chester Bennington por poner tanta oscuridad al servicio de la luz. Descanse en paz.lunes, 17 de julio de 2017
Categorías de muertos
La muerte es el gran tabú íntimo y atemporal del ser humano en la medida en que supone la separación total de aquello que nos define. Por eso, nuestra relación con ella se entiende, al menos actualmente, desde las trincheras que interponemos entre la parca y nosotros, no tanto por el ancestral miedo a Tánatos o a las Keres como por su facultad para exponernos ante nosotros mismos. Unos cortafuegos cuantitativos y cualitativos que funcionan a pleno rendimiento cuando tenemos noticia de alguna muerte, especialmente si es por causas no naturales, y que dicen mucho (o muy poco, según se mire) de nosotros como seres sintientes y emocionales.
Tenemos como digo filtros cuantitativos, en la medida en que tiene más papeletas para llamarnos la atención la muerte de diez que la muerte de uno y la muerte de cien más que la de diez. Lo que ocurre es que a partir de ciertos guarismos se activa algo así como un mecanismo de cosificación que nos permita asimilar sin que se nos atraganten ciertas tragedias o sucesos luctuosos; una especie de automatismo que impide el colapso del sistema límbico o que nos quedemos fuera de servicio por el nihilismo inherente a cualquier tragedia que implique pérdida de vida. Ejemplo de lo que quiero decir: "1000 patitos de goma fallecen en los últimos tres meses de guerra en Siria".
Pero, como decía, también tenemos unos filtros cualitativos. En un primer nivel están los que distinguen entre humanos y el resto de seres vivos, en particular los animales, de tal manera que se da el desequilibrio de que nos importe más la muerte de un bañista jubilado en Benidorm que la de mil peces en el Ebro. Superado ese filtro, se activa otro que condiciona la distancia emocional a la cercanía o lejanía geográfica, ideológica y/o cronológica entre nosotros y los fallecidos, de forma que por ejemplo nos impacta o importa más la muerte de un suicida en nuestro barrio hoy que la de cien niños en Sudán ayer y ésta a su vez más que la de millares de personas en la Primera Guerra Mundial. Las casi infinitas posibilidades que ofrece la combinación de esos tres factores que digo convierte el agravio comparativo en una obscenidad difícil de perfilar. Una discriminación apestosa que tiene mucho que ver con lo que cada cual entienda como "lo mío", con las etiquetas con las que diferenciamos a la gente entre "uno de los míos" y "los otros", y que entronca a cualquier ciudadano raso con los grandes tiranos y genocidas de la Historia.
La consecuencia de todo ello es que llevamos tiempo con la sensibilidad raquítica y la empatía desangrándose a borbotones, cóctel en el que también tiene que ver la sobreexposición gratuita, morbosa y mortuoria provocada por unos medios de comunicación que han hecho del amarillismo un rentable modelo de negocio en la época del share, el clic y el like, pero ese es tema para otro artículo.
Y es que este artículo viene a colación de recientes noticias que evidencian una vez más la alarmante deshumanización emocional del ser humano, la cual ha devenido en infame sistema métrico conforme al cual unos muertos valen más que otros, como si nos hubiéramos convertido en una versión "cuñada" de Anubis. Yo pienso que toda muerte debe tener un mínimo denominador común: el respeto y la consideración que merece cualquier ser vivo sin distinción, salvo que estemos hablando de notorios e indubitados hijos de pu*a, en cuyo caso me importa y afecta infinitamente más la muerte de una hormiga que la de cualquier asesino, terrorista, dictador, tirano, maltratador, pedófilo, pederasta, corrupto o bellaco cotidiano cuya desaparición permanente te alegra, como poco, el día. Por eso, porque para mí (casi) todas las muertes valen lo mismo, idéntico trato creo que se merecen, por ejemplo, los asesinados por el terrorismo, los inocentes represaliados en ambas cunetas de cualquier guerra, los muertos en todos los conflictos olvidados, los fallecidos por causa natural o los que van al Hades previa catástrofe natural o accidente. De la misma forma que me importa lo mismo (como mínimo) la muerte del león Cecile en África que la del vecino de abajo.
Habrá quien diga: ok, vale, pero tú también acabas de hacer lo mismo que criticas. No, para mí esos "indubitados hijos de pu*a" que mencionaba antes no cuentan en absoluto como seres humanos, por motivos evidentes e intrínsecos a su condición de malnacidos. Tan malnacidos como quien es capaz de dar más valor a un muerto que a otro. Quizá por eso la nómina de malnacidos de un tiempo a esta parte se ha incrementado notablemente con un buen puñado de políticos, periodistas y bocazas varios.
miércoles, 12 de julio de 2017
Rematando a Miguel Ángel Blanco
Hace veinte años, un inocente murió asesinado. Hace veinte años, una sociedad aparcó todas sus discrepancias para hacer frente común contra el terror. Hace veinte años, ETA se quitó de una vez por todas el pasamontañas y demostró a todo el mundo que nunca fueron, son ni serán otra cosa que una banda de hijos de pu*a para los que el Tártaro sería demasiado premio. Ni patriotas vascos ni gudaris euskaldunes ni luchadores por la libertad ni jóvenes idealistas ni garrulos confundidos por las invenciones nazionalistas de unos tarados. Unos simples y pu*os asesinos. Unos miserables capaces de asesinar a sangre fría y "cámara lenta" a un chaval. Unos monstruos que echaron un pulso a todo un país y lo perdieron, ellos y todos los que tenían y tienen detrás.
Hace veinte años estaba muy orgulloso de mi país, de mi sociedad. Hoy ya no estoy tan orgulloso. Y no lo estoy porque esa sociedad entonces valiente, nítida y rotunda hoy ha dejado demasiado espacio a la tibieza, a la equidistancia, al eufemismo, al olvido, a la corrección política, al buenismo dialogante, a una ética de la cobardía. Un espacio que ha sido utilizado con astucia por los terroristas para cambiar los bosques y caseríos por los parlamentos y despachos oficiales.
Hace veinte años salí como tantos otros miles a manifestarme lleno de pena y rabia pero esperanzado en que esta distopía etarra crecida a la sombra del totalitarismo vasquista tuviera su justo merecido (una pretensión ingenua, vistos el Código Penal y la cobardía legislativa de los políticos) y los demás disfrutáramos de un merecido happy end. Hoy, veinte años después, sigo teniendo pena y rabia pero por otros motivos, porque pena y rabia es lo que me produce la majadería de pasar página, la absurda apuesta por una salida política y dialogada (¿quisieron los Aliados sentarse con Hitler para discutir el holocausto?), la vergüenza de oír "todas las violencias y víctimas", el siniestro eufemismo "conflicto", el disparate de aplicar a los asesinos etarras (con perdón por la redundancia) los mismos beneficios penitenciarios y normativos que un ladrón de pollos, la legítima y legal torpeza de derogar la "doctrina Parot", la presencia de gentuza al frente de administraciones autonómicas, provinciales y municipales (especialmente en Euskadi y Navarra), el infame escaqueo de homenajes por chusma a sueldo del erario público, el relato tibio de cierto sector de la izquierda, la rentabilización política de las víctimas por una parte de la derecha, el mercadeo asqueroso sobre la ubicación de los presos etarras y un penoso etcétera que me ahorro.
Es cierto que hay que celebrar sin matices que, gracias a la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a la resistencia de la sociedad, ETA entró en un coma inducido que ha ahorrado la muerte de decenas de inocentes...pero que ningún terrorista lamenta puesto que ETA y sus herederos siguen atentando contra la democracia y la convivencia aunque ahora lo hacen desde cortes y plenos. "Así al menos no vamos a a la cárcel y encima nos lo llevamos fresco", razonarán. Y este disparate no es mérito de esa banda de hijos de pu*a sino demérito del Estado como responsable y de la sociedad como colaboradora necesaria.
Hoy ya no muere nadie por pistola ni bomba pero la situación es, por culpa de unos y otros, tan lamentable que se está rematando el significado y el sacrificio de cada muerte firmada por ETA. Se está rematando a cada una de las víctimas de ese totalitarismo con chapela. Se está rematando a Miguel Ángel Blanco.
viernes, 7 de julio de 2017
Tiempo de descanso
Difícil. Así se podría calificar lo que va de tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Y está siendo una temporada difícil más por las circunstancias que por la propia ficción, pero, parafraseando a Ortega, una obra es una obra y sus circunstancias, así que comentaré ambas cosas.
Hablando en primer lugar de las dichosas circunstancias, las de este serión no están siendo fáciles por el cúmulo de factores que las conforman: el retraso en tener luz verde; las reticencias de ciertos gerifaltes de TVE a ver con buenos ojos este producto (con todo lo que ello significa); las presiones al equipo para hacer algo bueno, bonito, barato y a tiempo; la nefasta y contraproducente programación en parrilla; la pervivencia del audímetro analógico como caducado sistema de ponderación de un producto televisivo; la fortísima competencia que tiene con la incansable y legítima telebasura; la proliferación en redes sociales de haters, trolls y bocazas on fire que encarnan aquello de "la ignorancia es osada"; la proverbial envidia cañí a todo aquello que destaca positivamente; los pros y los contras del soporte de Netflix; la manía persecutoria de ciertos tipos con licencia para escribir; los contratiempos que acontecen sobre la marcha; el esfuerzo que conlleva sobrevivir más allá del factor sorpresa; la lógica erosión de toda creación sostenida en el tiempo y la alargada sombra del propio y altísimo listón. Todo cuenta y todo lastra. Negarlo sería una estupidez. Considerarlo una excusa, otra. Principalmente porque no hay nada que disculpar sino que entender: el contexto en el que unos creadores (productores, guionistas, directores, actores...) han tenido y tienen que desarrollar su trabajo. Hacer una mierda es fácil. Hacer algo mejor que bueno no. Por eso se podría decir que esta temporada tres está siendo la del más difícil todavía por ese contexto que mencionaba antes. Otra cosa distinta es esa sensación (casi lindante con la convicción) de que, por razones que se me escapan, hay demasiado interés este año en tirar por tierra a El Ministerio del Tiempo haciéndola de menos o ninguneándola o ensañándose gracias a una valoración sesgada (la que ofrecen los desfasados audímetros) o directamente faltando a la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que es porque la honestidad, la divulgación, la valentía, la originalidad y la calidad molestan en este país a quienes se benefician de la ausencia de cada una de esas cosas. Y esta serie va sobrada de ellas, así que...
Puesto el marco, hablaré de la obra, de la ficción pura y dura. En líneas generales, para mí esta primera mitad de temporada ha ido de menos a más sin que ello implique un comienzo flojo (el primer episodio me pareció francamente bueno). Lo que no entiendo son esos comentarios de supuestos fans y presuntos entendidos que critican la pérdida de identidad o los cambios que ha experimentado la serie en esta tercera tanda respecto a las precedentes. ¿Qué pérdida? ¿Qué cambios? El Ministerio del Tiempo sigue mostrando los emblemas identitarios que lo han encumbrado: la innegociable honestidad a la hora de abordar cualquier tema y trama, el riesgo entendido como alergia al conformismo, la autenticidad como antípoda del efectismo, la dignidad en el fondo y en las formas, el presupuesto como única limitación a la libertad de creación y expresión, la variedad y el mestizaje de géneros y subgéneros, los guiños a nuestra Cultura y sociedad, el ingenio como salvoconducto, un fantástico equipo de profesionales delante y detrás de las cámaras...todo eso estaba en la primera y segunda temporada y está en la tercera. Otra cosa es que esto no se quiera ver o que nunca llueva a gusto de todos. Dicho esto, sí que se puede percibir cierta evolución en la serie, como sucede en cualquier persona o relación con el paso de los años: se van acumulando nuevos matices y detalles que amplían el significado total y que, sin traicionar su esencia, hacen que suene a algo distinto pero fácilmente reconocible. Como una canción de jazz. Dicho de otra manera: El Ministerio del Tiempo es puro jazz cultural y televisivo y eso se nota en esta temporada. La primera nos invitó a sorprendernos, a dejarnos llevar por la novedad. La segunda, a compartir el camino desde una camaradería ya cómplice. Y la tercera nos propone ir más allá, crecer, progresar, madurar juntos sin trampa ni cartón, sin exigencias ni reproches. Así que, aunque respeto las críticas en su acepción más negativa, no entiendo bien a santo de qué tanta vestidura rasgada y grito en el cielo. Dicho lo cual, reseñaré de forma muy concisa mi opinión de cada capítulo de esta midseason (capítulos 22 a 26):- Con el tiempo en los talones. Todo un festival de guiños cinéfilos (con epicentro en Vértigo) a propósito del gran Alfred Hitchcock que sirve como complemento a un capítulo bastante sólido donde se percibe ya un darkness is coming (con perdón de la expresión) tan interesante como impactante ya desde la despedida al entrañable personaje de Julián.
- Tiempo de espías. Nuevamente un capítulo subrayado por un dramatismo que acentúa los claroscuros de la condición humana a propósito de una operación de espionaje quizá no muy conocida pero que sostiene una atractiva trama a medio camino entre el género bélico y el thriller y que permite presentar a la joven, interesante y luminosa Lola Mendieta.
- Tiempo de hechizos. Un excelente homenaje al terror literario decimonónico con el célebre Gustavo Adolfo Bécquer como McGuffin insertado en una historia un tanto nihilista que sirve para poner en el punto de mira a algo tan humano y peligroso como la sinrazón, esa tara que anida tras muchos de los desastres históricos o cotidianos de la Humanidad. Estremecedor en muchos sentidos.
- Tiempo de ilustrados. Un claro ejemplo de que los guiones de
esta serie se mueven entre lo estupendo y extraordinario al brindarnos una trama donde aventura, política, comedia e intriga se intrincan de una forma habilísima y que propició escenas y dialógos rebosantes de un ingenio propio de Goya. Confieso que es desde entonces uno de mis episodios preferidos de toda la serie. - Tiempo de esplendor. Juntar a los tres mejores escritores del Siglo de Oro (dos nuestros y otro de importación) en una historia a medio camino entre la comedia y la aventura de época con más de un brillante pellizco a la lamentable corrupción actual parecía algo difícil de cocinar...pero el talento siempre allana dificultades y este capítulo va sobrado de él delante y detrás de la cámara.
- Tiempo de esclavos. Una masterclass por partida triple. El capitulazo que cerró la primera mitad de la temporada enseñó de forma magistral cómo clavar los giros de guión, cómo coger el corazón del público e irlo apretando hasta la conmoción y cómo homenajear a ese maravilloso binomio que es Adela Folch-Aura Garrido. Y todo ello tomando como pretexto una intriga más que interesante que, hablando de Alfonso XII, la esclavitud y las camarillas del poder en el XIX, vuelve a dar una bofetada a la España de nuestro tiempo. Un excelente capítulo que se cerró con una escena final simplemente memorable. En fin, uno de los mejores episodios de toda la serie.
Dicho lo cual, creo que los ministéricos deben/debemos hacer examen de conciencia y reconocer que esta temporada hemos dedicado demasiado tiempo a enredarnos en polémicas estériles, disgustos que no llevan a ninguna parte y/o tóxicas reyertas virtuales; un tiempo que deberíamos dedicar en su integridad a apoyar y disfrutar de una serie que siendo imperfecta ya ha hecho historia, ganándose con todo merecimiento un lugar en la memoria y el corazón de los espectadores. Y a quien no le guste que no mire, como se suele decir. Pero una serie capaz de poner la Cultura en prime time, la Historia en trending topic, la TV en las aulas, el talento en multipantalla y la ficción en tesis doctorales...se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que ha hecho por la manida "Marca España" más y mejor que muchos otros que se lo llevan fresco, merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie capaz de entretener, divulgar y emocionar ya sea en un televisor, un smartphone, un ordenador, un libro, un cómic o un juego de mesa se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie capaz de conciliar a gente distinta e incluso distante sin importar el año y lugar de nacimiento se merece todo el respeto y atención del mundo. Una serie que es tan necesaria en tantos aspectos que cuesta delimitar dónde acaba esa imponderable necesidad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que tiene detrás tantas horas de pasión, esfuerzo, ilusión e ingenio se merece todo el respeto y la atención del mundo. Una serie que Pablo y Javier Olivares, más que crear, regalaron para la posteridad se merece todo el respeto y la atención del mundo. Y luego que salgan los audímetros por Antequera y los haters por donde no da el sol.
En fin. Que bien merecido es este descanso estival después de esta portentosa exhibición de talento, coraje y corazón. Eso sí, la espera se me va a hacer eterna.
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| Foto de Tamara Arranz |
domingo, 2 de julio de 2017
Libertad, igualdad y diversidad
Acabó el Orgullo. Bye, bye, World Pride. Es cierto que he escrito en este mismo blog ya más de una vez sobre este asunto (la primera hace justo diez años), pero, visto que sigue habiendo controversia respecto al tema, he creído oportuno volver a hacerlo de nuevo. Así que aquí estoy, hablando de lo que hay más allá de esos fastos arcoiris en el que los árboles a menudo impiden ver el bosque. ¿Qué árboles? Los que, en mi opinión, frivolizan o denigran lo que es una reivindicación no sólo legítima sino necesaria y seria. Ya, pero...¿qué árboles? Pues me refiero a esa arboleda propensa a regalar por estas fechas estampas que me resultan bastante horteras, zafias, estridentes, cutres, de mal gusto o incluso grotescas; me refiero a esos árboles que travisten una más que respetable conmemoración de la lucha por la libertad y la igualdad como si fuera el cuarto desfile carnavalesco del año junto a los propios Carnavales, Halloween y Reyes. ¿Son muchos árboles? Los suficientes para permitir que aún se confundan churras con merinas y poner en bandeja a homófobos, reaccionarios, rancios y demás intolerantes amojamados la desconsideración del todo por la parte o el juicio de la obra por sus tapas. Las formas son tan importantes como el fondo y, en el caso que ocupa este artículo, creo que éste, el fondo, es muchísimo más importante aún que las formas y francamente no lo parece. Que sí, que está muy bien el ambiente festivo y el desparpajo y la desinhibición y etcétera pero a mí hay cosas en el Orgullo que me parecen propias de una película camp de John Waters y que flaco favor hacen para prestar debida atención a lo que con todo merecimiento se reivindica y reclama.
Pero, como digo, no hay que juzgar una obra por sus tapas. Y la lucha por los derechos del colectivo LGTB es una de las muchas grandes obras de nuestro tiempo. Y aquí conviene hacer una puntualización a aquellos que tienen unas entendederas nivel "Hazte Odiar" o similar: lo que reivindica en el Orgullo la gente homo, bi o transexual no es ni siquiera que entiendas, compartas o alabes sus gustos sexuales o sentimentales ni su forma de estar y ser en el mundo sino que tanto tú como el ordenamiento jurídico les tratéis como lo que son: personas normales, es decir, con el debido respeto y con escrupulosa e inmatizable igualdad. Y aquí, de nuevo, es necesaria otra puntualización: no hay que confundir "normal" con "habitual" o "mayoritario"; lo aclaro porque buena parte del corpus ideológico y retórico de la homofobia confunde perversamente y quizás hasta intencionadamente esos términos. Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales son personas absolutamente normales, con miserias y grandezas, con virtudes y taras, con inquietudes y problemas, como todo hijo de vecino. Por eso, merecen ser tratados aquí y en cualquier parte del mundo con el mismo respeto social y legal que tiene un aficionado del Atleti, un cantante de jazz, un apasionado de la filatelia, un fanático del Real Madrid, una familia del Opus, un enfermo degenerativo, un melómano, un piadoso flandersiano, una familia monoparental, un deportista de élite, un obeso, una pija, un votante del PP, un actor porno, un académico, un espectador de Sálvame, un perroflauta, un bibliófilo, un populista, un ornitólogo o un portero de finca parapetado detrás de un periódico deportivo. Por eso, como por desgracia aún hoy la gente LGTB no sólo carece de ese innegociable respeto sino que es objeto de mofa y denigración social y legal cuando no de persecución y/o ajusticiamiento, sus reivindicaciones deben tener la misma preminencia y consideración que cualquier otra reclamación en pos de la igualdad y en contra de la discriminación. Las únicas personas que no tienen cabida en una sociedad son los delincuentes...y nada de lo que pase en la cama o el corazón de una persona puede ni debe ser objeto de delito (ni lo es salvo que ya entremos en el terreno de la aberración). Esto no va de filias genitales ni de gastronomía sexual ni de concordancia sentimental; esto va de que hay gente como tú y como yo a la que se le niega lo que a ti y al común de los mortales se le concede. Y ojo que con "común" no estoy diciendo que el colectivo LGTB esté integrado por "anormales" como soltó ayer una señora en televisión. Por eso, tienen y tendrán siempre mi apoyo en esa lucha, como lo tiene y tendrá cualquier persona que busque justicia y se enfrente a la desigualdad, cualquiera que ésta sea. Y aquí conviene hacer la tercera matización en lo que va de párrafo: la legalidad vigente, esto es, el ordenamiento jurídico, debe velar sistemáticamente por la igualdad de toda persona ante la ley cuando no apostar por una discriminación en positivo para aquellas personas que padecen una situación injusta (como, por ejemplo, ocurre con las víctimas de terrorismo o con quienes sufren algún tipo de acoso) mientras que la sociedad no debe apostar por la igualdad entendida como uniformidad porque una sociedad no debe estar nunca al dictado del paradigma dominante (en el caso de la actual, vivimos bajo la égida de la moral judeo-cristiana y de lo políticamente correcto) sino que debe abrazar la entropía que permite estar a cada persona en el sitio que le corresponde en un "equilibrado sistema de justa desigualdad" porque en eso consiste la diversidad, que es el gran tesoro de toda sociedad: el mestizaje, la mezcla, los matices, el contraste, los detalles. Por eso, conviene manejar con muchísimo cuidado adjetivos como "normal" porque no deja de ser un tic totalitario en tanto que identifica lo válido con lo uniformado, con lo homogéneo, con lo idéntico o con lo que concuerda contigo y eso es muy peligroso y tóxico.
De todos modos, dejando al margen la óptica legalista y sociológica, quiero poner proa brevemente contra esa mentalidad que disocia todo entre "normal" y "anormal". Yo no sé qué tendencia sexual es trending topic ni cuál es la identidad de género mayoritaria ni me interesa. Lo que sí sé es que el argumentario que divide a esta sociedad entre "normales" y "anormales" procede en buena parte de la tradición cristiana que aquí en España se anabolizó con la dictadura franquista y que, en algunas cosas, poco o nada tiene que envidiar a las entendederas coránicas del ISIS, por utilizar un ejemplo que todos espero que entiendan. Una tradición con amplia raigambre (décadas e incluso siglos dependiendo de la nación en que nos encontremos) y que, erróneamente, lleva a pensar a algunas personas que la heterosexualidad es la tónica histórica ("desde siempre", como dijo por televisión la señora que mencioné antes) y que esto del LGTB es poco menos que una modernez. Grave error. El respeto no es sólo una cuestión de civismo sino también de cultura porque, cualquiera que haya leído lo suficiente sabrá que, por ejemplo, en la decisiva y admirada Grecia clásica, si nos ponemos puristas, ni la heterosexualidad estaba tan "extendida" ni la homosexualidad denigrada (valga como muestra de ello el afamado y laureado Batallón Sagrado de Tebas); o que, más cerca en el tiempo, en la Edad Media, ya existían uniones "civiles" entre personas del mismo sexo o los denominados "matrimonios de hermandad". Así que sería interesante debatir hasta qué punto podemos hablar de involución o regresión en la sociedad actual en comparación con las pretéritas. Por eso, en su calidad de conservante de la tradición cristiana más anacrónica, conviene reprochar la actitud de la Iglesia en los últimos siglos respecto a este tema, poniendo a personas normales a los pies de los caballos con inmerecida saña mientras hacía y hace la vista gorda con un problema real como el de la pederastia, por poner un ejemplo, porque parece que el "Dios es amor" sólo lo utilizan algunos prelados para ningunear que se reviente la vida un niño y no para defender a quienes agradecerían "acogerse a sagrado" ante el cainismo homófobo y porque parece que exista un sector no minoritario en la Iglesia que vea la pedofilia interna como un pecado venial mientras trata la homosexualidad como un "vicio" o una "enfermedad" a corregir. En fin...
Por otra parte, hay una solución mucho más sencilla que todo lo que he dicho sobre este embrollo porque, la verdad, esta polémica y desigualdad se solucionaría rápidamente si algunos se molestaran en aprender de esa cosmovisión con la que los niños encaran el mundo, esa mirada que les hace ver a las cosas y las personas con sencillez y normalidad, sin distingos ni prejuicios, esa mirada que muchos adultos deben recuperar o imitar cuanto antes y que les hará la vida más fácil y feliz. Es verdaderamente sorprendente, gratificante, alentador y ejemplar comprobar cómo niños que apenas han tomado el pulso a la vida no hacen categorías entre personas ni se prestan a maniqueísmos de baratillo. Pequeñas grandes lecciones.
Por acabar, no tengo claro si me gustaría que el Orgullo se siguiera celebrando. Por una parte, me encantaría que no se hiciera nunca más, porque eso significa que la lucha ha sido ganada y esta sociedad es más justa y libre. Por otro, me encantaría que se siguiera celebrando porque en el fondo creo que es una fiesta que trasciende el asunto arcoriris en tanto que subraya y defiende valores sin los cuales es imposible entender el ser humano: libertad, igualdad y diversidad. Eso sí, de seguirse haciendo, espero que se subsane de una vez por todas el componente chabacano-hortera y se erradique el intrusismo político de quienes se apiñan tras una pancarta o un micrófono en su miserable caza de votos.
jueves, 29 de junio de 2017
Sic transit
Sic transit gloria mundi. Esta locución latina debió pasársele ayer a Juan Carlos I, Rey 1.0 de la democracia española, cuando vio que el único monarca presente en los fastos conmemorativos del 40 aniversario de las primeras elecciones en libertad fue su hijo Felipe VI, cuyo papel en la Transición fue de privilegiado extra pero no de protagonista, como su padre.
Dejando a un lado que, en mi opinión, el gran artífice de la evolución hacia la democracia, la Constitución, la concordia y demás bla-bla-blá fue Adolfo Suárez (el gran monarca civil del régimen constitucional de 1978) "hacer la cobra" protocolariamente a Don Juan Carlos (el Primero de su nombre, que dirían en Canción de hielo y fuego) no deja de ser un feo urbi et orbe difícil de disculpar contra quien fue sin duda uno de los nombres propios de esos años en los que España se sentía como una clase de infantil cuyo profesor se ha ausentado. Antes de seguir y como aviso para navegantes diré que no me considero monárquico y que el Rey Emérito no me parece mejor que Borbones como Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII pero sí he de reconocer que supo gestionar bien su oportunismo, su astucia y su "campechanía" para erigir y mantener su regio chiringuito...al menos hasta que empezó a tropezar con elefantes africanos y rubias centroeuropeas. En lugar de marcarse un "Amadeo de Saboya", Juan Carlos I jugó muy bien sus bazas en aquella España que parecía un Poniente con patillas, jerseys imposibles y pantalones acampanados. Y, estrictamente por eso, por esa notoriedad en una etapa crucial, debía estar entre los presentes homenajeados ayer en el Congreso. No se trata de una cuestión de filias o fobias, sino de reconocer lo obvio. Es como organizar una reunión conmemorativa de Curro Jiménez y no invitar a Álvaro de Luna, por poner un símil con sabor patanegra.
Dejando a un lado que, en mi opinión, el gran artífice de la evolución hacia la democracia, la Constitución, la concordia y demás bla-bla-blá fue Adolfo Suárez (el gran monarca civil del régimen constitucional de 1978) "hacer la cobra" protocolariamente a Don Juan Carlos (el Primero de su nombre, que dirían en Canción de hielo y fuego) no deja de ser un feo urbi et orbe difícil de disculpar contra quien fue sin duda uno de los nombres propios de esos años en los que España se sentía como una clase de infantil cuyo profesor se ha ausentado. Antes de seguir y como aviso para navegantes diré que no me considero monárquico y que el Rey Emérito no me parece mejor que Borbones como Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII pero sí he de reconocer que supo gestionar bien su oportunismo, su astucia y su "campechanía" para erigir y mantener su regio chiringuito...al menos hasta que empezó a tropezar con elefantes africanos y rubias centroeuropeas. En lugar de marcarse un "Amadeo de Saboya", Juan Carlos I jugó muy bien sus bazas en aquella España que parecía un Poniente con patillas, jerseys imposibles y pantalones acampanados. Y, estrictamente por eso, por esa notoriedad en una etapa crucial, debía estar entre los presentes homenajeados ayer en el Congreso. No se trata de una cuestión de filias o fobias, sino de reconocer lo obvio. Es como organizar una reunión conmemorativa de Curro Jiménez y no invitar a Álvaro de Luna, por poner un símil con sabor patanegra.
Yo no voy a entrar en el entretenido juego de las especulaciones y conjeturas sobre quién activó el protocolo "Contigo no, bicho", pero...me parece que si se hizo el esfuerzo de honrar ayer en el Congreso a los descendientes de personajes tan letalmente siniestros y cuestionables como Santiago Carrillo o Dolores Ibárruri (a quienes Satán tenga en su averno), mayor esfuerzo debía haberse hecho para encontrar encaje a alguien que hizo más por la democracia que esas dos personas que acabo de citar. Y, remarco una vez más, no soy ni "juancarlista" ni especialmente partidario de la monarquía como sistema político (salvo que estemos hablando de los extraordinarios Reyes Católicos, quienes para mí son hasta el momento los mejores gobernantes que ha tenido esta tierra). Esto no va de mojar la cama con la bandera tricolor ni de hacer lo propio con el nocturno discurso de Nochebuena ni de si tu color preferido es el rojo o el azul. Va de ser coherente.
En ese sentido, no deja de ser incongruente que, en una celebración destinada a subrayar la concordia y a refrescar esa ingenua memez de que en España cabemos todos, se prescinda deliberadamente de la figura de quien, por conveniencia personal o no, fue uno de los impulsores de esos seísmos que desembocaron en el establecimiento y la consolidación de la democracia en un país propenso a las tiranías oficiales u oficiosas de distinto signo político. Aún a estas alturas de la película habrá quien quiera negar ese mérito a Juan Carlos I porque, dependiendo de qué lado de la trinchera se trate, lo vea como un taimado traidor al Franquismo o como un rey franquista e ilegítimo porque "no lo votaron" (será porque la Constitución de 1978, aprobada en referéndum por los españoles, dedica su título segundo a la cría de abejas). En España somos muy así: distraernos con lo que hay atrás y/o en los márgenes mientras nos desentendemos de lo que hay delante. Y lo que hay delante, en este caso, es un Rey que, antes de su sonrojante decadencia, supo al menos no hacer nada que entorpeciera el advenimiento de una nueva etapa que rompiera esa inercia blanquinegra y decimonónica que intoxicaba a España.
En fin. Que es bastante patético que Juan Carlos I se sienta hoy como si fuera el Iker Casillas de la Transición porque del mismo modo que se mereció todos y cada uno de los reproches por sus "juancarladas" el Rey que vio nacer la Constitución de 1978 se merecía ayer algo mejor que sentirse como una víctima del "Reservado derecho de admisión". Pero esto es España, país que un día encumbra masivamente a un cetáceo con dicción de cavernícola en un talent show musical y tiempo más tarde lo desdeña como si fuera la prima campestre de Leatherface...
martes, 27 de junio de 2017
"Testigo de cargo": un juicio que merece la pena
Testigo de cargo son tres cosas: una exitosa obra de teatro, una magnífica película y una estupenda miniserie de TV (al menos la de 2016).
La trama, tanto en el original de Agatha Christie como los guiones de Billy Wilder (película) y Sarah Phelps (serie) gira en torno a la ¿imposible? defensa del joven Leonard Vole que ha sido acusado del asesinato de la adinerada MILF a la que se beneficiaba y de la que se beneficiaba día y noche a escondidas de la pareja oficial del mozo; lo cual sirve de pretexto a la célebre autora para evidenciar las puertas traseras de la Justicia y exponer los claroscuros de la condición humana.
Yo no he visto la obra representada pero sí la película de 1957 y la teleserie de 2016. En la pantalla grande, el mítico cineasta Billy Wilder despliega todo su talento para aderezar el original teatral con un fino humor y unos añadidos que suman brillantez al texto que adapta y permiten al gran Charles Laughton dar el enésimo recital de su carrera en el papel del abogado Sir Wilfrid Roberts (y eso que el resto del repartazo eclipsaría a cualquiera). Eso sí, el film no deja de ser canónico en lo esencial y buenista en el fondo dado que todos los protagonistas tienen el final que se merecen, resultando así una película entretenida y agradable.
En cambio, la miniserie de 2016, condensa en sus impecables formas y dos horas una historia que, respetando la primigenia, ofrece algunas innovaciones en los personajes y tramas que hacen al conjunto trascender el thriller judicial para revelarse como un dramón con bastante nihilismo en sangre que tiene en un magnífico Toby Jones no sólo a un bondadoso, frágil y atormentado procurador John Mayhew sino al mejor exponente y víctima de ese descorazonador pero excelente enfoque que dan la miniserie su director y la guionista.
Es lo mágico de las adaptaciones: que partiendo de una misma base de puede ofrecer resultados sensiblemente distintos pero igualmente válidos y disfrutables. Quien quiera simplemente disfrutar, la película de Wilder es una estupenda opción. Quien además quiera tener un puñetazo en el estómago al terminar, la miniserie de 2016 es ideal. Por eso me costaría decantarme por una en detrimento de otra: me encantó en su día la película y me ha encantado (y conmovido) la miniserie ahora que la he visto en Movistar 0.
Dicho eso, Testigo de cargo es interesante porque en el fondo está constantemente jugando con los prejuicios del espectador y su facilidad para dictar "sentencias" sobre hechos o personas dejándonos guiar por la pasión del momento, las conjeturas, los dimes, los diretes, el paradigma dominante y los meros indicios sublimados a la categoría de dogma. Un juego del que son conscientes hasta los propios personajes de la ficción, especialmente la inquietante pareja de los Vole, y que convierten a Testigo de cargo en una deliciosa hostia a la hipocresía y la frivolidad con la que gestionamos las presunciones y las impresiones.
sábado, 24 de junio de 2017
Todo bien
Hacía mucho que no venían. Hacía mucho que ella no venía. Tanto que aprendió a no echarlo de menos. Frente a Sonia, el Mediterráneo, hogueras ardiendo febriles hasta confundirse con la noche y un hormiguero de gente jovial alternando el fuego y el agua, el humo amaderado y la espuma salada; alguien a lo lejos toca una guitarra que apenas remonta una machacona canción de verano adelantado berreada por un grupo de adolescentes. En algún lugar de aquella marejada de siluetas recortadas por las llamas, están su marido Santiago, su no tan mayor Mario y su pequeña Carla disfrutando de la fiesta. Ella está sentada en la playa, dejando que las farolas del paseo y la luz de las hogueras la conviertan en una encrucijada de sombras, mirando sin ver, en silencio, ajena a los saltos y las danzas y los chapuzones que articulan el aquelarre laico de la Noche de San Juan. Sus pies desnudos se hincan suavemente en la arena, enraizándose en una agradable sensación que le permite bajarse del tren del tiempo, desentenderse del carrusel de los roles que articula su vida cotidiana...
La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.
Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.
Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"? ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...
Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?
La primera vez que estuvo allí pasando San Juan apenas alcanzaba en edad a su Carla. Fue con sus padres y su abuelo materno. Recuerda las carcajadas de alegría compartidas en familia, el cielo estrellado que parecía una fontana llena de deseos encofrados en monedas, el hipnótico llamear de los fuegos encendidos que devoraban palés y muebles viejos y la admiración por los muchachos que atravesaban las hogueras como héroes de cuento. Una época de trazos básicos y colores intensos en la que la inocencia impide que la felicidad prescriba; un tiempo en el que crees que hay realmente tanta magia que todo es posible con desearlo muy fuerte; unos años en los que las personas acopian sonrisas y sueños antes de descubrir que la vida sin ser un juego tiene mucho de azar. Sonia recuerda esa alegría sin adulterar, esas ilusiones sin fisuras ni puertas traseras, esa convicción de que todo irá bien siempre. Y se ve a ella, bailando en corro, flanqueada por sus padres, bajo los aplausos de su abuelo, desafiando el calor de una llamas que, como su mirada infantil e inabarcable, parecían espantar todos los miedos que anidan a la vuelta de la sombra. Una mirada que era toda una forma de ser y estar en el mundo y ante el mundo que ahora es un pecio más en el lecho silencioso de la identidad perdida.
Unos chavales, veinteañeros, corren a su lado, despertándola del trance melancólico y espolvoreando en su galope su despreocupación mientras se lanzan frenéticos hacia la orilla, desvistiéndose por el camino como si su ropa fuera made in napalm. Gritan y ríen con el grado de histeria propio que regala el alcohol a esos cuerpos que bordean su momento de gloria. Ella sonríe con una complicidad retroactiva que tiene mucho de envidia y poco de reproche. Los sigue con la mirada hasta que se convierten en unos retazos de espuma intrincados en la oscuridad y su memoria destapa una postal similar de otra noche, algo más cercana en el recuerdo, esta vez con esa otra familia que son los amigos, en la que aquel mar bañó cada centímetro de su piel con la misma calidez e insistencia que la boca y las manos submarinas de aquel chico, Miguel, su segundo o tercer novio, con el que compartió tantas cosas a escondidas que su evocación sabía a secreto. Apenas recuerda cómo empezaron a salir y menos aún por qué lo dejaron. Lo que sí recuerda es el placer juvenil del desafío, la adicción a contrariar los dictados, el ansia por ir contracorriente como forma encontrarse a sí misma, el gusto por dejarse llevar liberada de expectativas y cuadrículas, la obsesión por sentir y sentirse...cosas que ahora son unas de tantas en su lista de objetos perdidos. Rescoldos de una época sin más exigencia que la de convertirse en "una mujer de provecho". De provecho para quién o para qué, se pregunta.
Un chico de veintipocos se le acerca, caminando con garbo su torso desnudo y sus vaqueros deliberadamente envejecidos de los que cuelga ondeante una camiseta blanca. "Perdone, señora, ¿tiene fuego?". Sonia lo mira, volviendo al presente. Él repite su pregunta, remarcando la cortesía en su voz y mostrándole un cigarro impoluto. Ella ahora lo entiende y aunque mantiene la compostura está noqueada por ese "señora" directo al mentón de su espíritu joven. ¿En qué momento una mujer de cuarenta y dos años es una "señora"? ¿Cuándo caduca el plazo para sentirse tan joven como cualquier veinteañera? "No, lo siento. No tengo fuego". El chico se aleja con su sonrisa y cigarro en ristre y ella se queda pensativa porque, se dice, lo de menos no es que no tenga mechero sino saber qué ha sido del fuego, del auténtico fuego, de ese que ilumina los ojos y acelera el pulso, de ese fuego que hoy le parece tan remoto e inalcanzable como cualquiera de las estrellas que están azucarando el cielo nocturno de San Juan. Un fuego que con el paso de los años ha añorado hasta el punto de idealizarlo, de perfeccionarlo respecto a lo que en realidad fue, de investirlo como tabla de salvación de una vida que yendo a toda vela a ella le sabe a naufragio, a promesa rota, a ilusión varada en medio de ninguna parte. Mira su móvil y está tentada a enredarse en alguno de los muchos grupos de Whatsapp, de chatear con sus amigas en ese subgénero del sarcasmo que es el "humor de chicas", de cotillear con sus camaradas de generación para encontrar un placebo rápido. Pero no lo hace. Aprovecha y comprueba que no ha llegado ningún email de la oficina con nocturnidad y alevosía. No hay correos nuevos. Guarda el móvil y vuelve a mirar hacia el gentío que pulula entre las hogueras como un festín de mosquitos. Busca con la mirada a Santiago, su marido, o a algún bosquejo de sus Mario y Carla. No los ve pero no se inquieta. Santiago se ocupa. Confía en él. Al fin y al cabo es el otro abajo firmante de un matrimonio envidiado, el excelente profesional reconocido en su sector que al llegar a casa se desvive como esposo y padre para que todo esté "bien". Cuánta infelicidad cabe en esa palabra, piensa, cuánta resignación, cuánta incomprensión, cuánta soledad íntima, cuánto sacrificio hecho no para lograr la felicidad sino para espantar cualquier reproche o remordimiento, cuánta cobardía en ese confort que nunca tiene defectos en los ojos de los otros. Su mirada vuelve a desnortarse para colarse entre las bambalinas de la memoria y llega hasta un recuerdo que, por alguna razón, le duele...
Está caminando junto a Santiago, por ese mismo paseo que circunda a la playa. Mario ni siquiera ha nacido y llevan pocos aniversarios de boda en la canana. Falta poco para que se ponga el sol. Y también en el horizonte. Están charlando en uno de esos muchos diálogos cómplices, ágiles e inocuos en los que se ha cimentado su relación. Mientras caminan, parejas y familias de toda edad y tipo se escinden a sus lados, como si su matrimonio fuera la proa de un velero con viento de popa. De pronto, llegan hasta la altura de una pareja joven como ellos. Santiago los ignora como a cualquier perfecto desconocido pero ella siente cómo el mundo se va deteniendo paso a paso hasta llegar casi a suspenderse. Todos los sonidos desaparecen, hasta la voz de Santiago. Se miran. Se reconocen. Aquel hombre y ella. Héctor y Sonia. La realidad y el deseo. La decisión y el dolor. Una grieta trepa como hiedra por su ánimo y un rumor de terremoto crece en su interior a medida que sus pasos se acercan. En apenas unos segundos, tras la sorpresa inicial, se dicen con los ojos tantas cosas como pueden y necesitan decirse y, para cuando quieren darse cuenta, ya no son más que espaldas distanciándose hasta perderse. Poco a poco el mundo reanuda el concierto y la voz de Santiago emerge agradable. "Sonia, ¿estás bien?". Ella tiene la tentación de mirar atrás, un crimen fatídico en muchas mitologías, pero no lo hace. Mira a su marido y sonríe. "Sí, estoy bien, perdona". Y todo vuelve a fluir. Fue la última vez que vio a aquel hombre con el que una vez quiso pero no se atrevió a poner patas arriba su vida con aquel tipo atractivo en fondo y forma que le ofrecía sentir para ser en lugar de hacer para estar, con aquella salida de emergencia ante la asfixia de lo correcto, con esa tentadora escapatoria del "Sí, estoy bien". Mientras Santiago sigue hablando, una duda orbita por la cabeza de Sonia: ¿quién de los dos se arrepiente por lo que no pasó?
La melancolía cierra su espectáculo de hipnosis cuando las voces de Mario y Carla revientan el trance con su alegría atropellada y jadeante. Van corriendo hacia ella, seguidos a duras penas por Santiago, que avanza pesadamente a zancadas pero con la satisfacción de "padre con el deber cumplido". Los tres tienen la ropa completamente salpicada por arena. Los pequeños caen sobre ella y la sepultan bajo besos y risas que apenas sí dejan oír lo que le quieren contar. Sonia se incorpora, los achucha a ambos y los interroga con sobreactuada sorpresa sobre lo que han hecho en las hogueras. Al poco llega Santiago, que coge a Mario como si fuera un peluche y empieza a pelearse con él, como dos cachorros jugando entre sí. Carla no para de darle detalles a su madre de lo muy contenta que está y de todo lo que ha pasado en la orilla. Su aguda voz apenas se sobrepone a las carcajadas y los gritos de su padre y su hermano. En ese preciso instante, Sonia la nota. Nota a esa felicidad incontestable, impecable y sin taras que reina en su familia. Esa felicidad que no admite dudas ni quejas ni hoja de reclamaciones. Esa felicidad que ha hecho de su familia un cuarteto digno de la portada de cualquier pretenciosa revista. Esa felicidad que emerge volcánica lo mismo en una playa levantina que un sofisticado piso madrileño. Esa felicidad que es el gran epitafio de la mujer que Sonia siempre quiso y querrá ser. Esa felicidad que es la tumba en la que esconder todo aquello que la haría saltar por los aires. Esa felicidad que condena Sonia a ser la Sonia que todos quieren pero no la que ella anhela ser. Esa felicidad que tanto le duele. Esa felicidad en la que Sonia ha asumido que arderá hasta que sólo queden cenizas, como las hogueras que celebra la gente en San Juan. Sonia ha vuelto a quedarse absorta, hueca. El cielo relampaguea con fuegos artificiales y bajo ellos todo son exclamaciones de ojos admirados. Los niños de nuevo saltan y corretean incansables por la playa y Santiago, agotado, se sienta a su lado. Le da un empujón cómplice y cariñoso. "¿Todo bien, mi vida?". Ella lo mira, saca la mejor de sus sonrisas y dice: "Sí, todo bien".
martes, 20 de junio de 2017
Negocios poco saludables
Este artículo podría titularse "Lucrarse mata" y así recordar a los avisos que envuelven las letales cajetillas de tabaco. Y algo de eso hay, pero los tiros no van por el camino de la nicotina y demás venenos encigarrados; van contra personas (físicas o jurídicas) que hacen negocio a costa de algo que no puede ni debe ser nunca objeto ni de mercantilización ni de beneficios económicos. Hablo de la salud y lo que hacen con ella tanto ciertas compañías del sector alimenticio y del farmacéutico como determinadas personas que emplean los medios de comunicación, las conferencias o los libros para articular un discurso tan enredado ya que cuesta diferenciar el rigor, la jeta y la conspiranoia.
Pocas cosas se me ocurren más decisivas e incisivas sobre la salud de una persona que los alimentos y medicamentos que consume a lo largo de su vida. Al fin y al cabo, son elementos que unidos a las circunstancias ambientales y al estilo de vida condicionan nuestro devenir biológico casi tanto como nuestro ADN. Por eso, hay que tener cuidado...una precaución que ha sido el caldo de cultivo perfecto para que de un tiempo a esta parte se haya producido todo un lucrativo boom al respecto en el que colisionan el negocio más cruel y la filantropía más buenista, la ciencia y el bulo, las evidencias y las habladurías, los secretos y las denuncias mientras, la templanza y el alarmismo, la esencia inmutable y la moda pasajera...
En cuanto a los alimentos, raro es el día en que no aparece publicada alguna noticia que viene a ensalzar las cualidades o a alarmar sobre los efectos perniciosos de algún producto alimentario. Es tal la frecuencia y la variedad que no resulta extraño que un alimento ensalzado tiempo atrás sea posteriormente vituperado en poco lapso de tiempo, o viceversa. Tras este paroxismo, obviamente, se encuentra todo un juego de intereses creados y alentados por razones que poco o nada tienen que ver con la salud y sí con la competencia pura y dura. Un juego que se ve amenazado cuando publicaciones como ¡Cómo puedes comer eso!, Nuestro veneno cotidiano o Viaje al centro de la alimentación que nos enferma salen a la luz, momento en el cual las empresas alimentarias encienden la maquinaria de la contrainformación y expiden o filtran informes o publirreportajes donde defienden no sólo su honorabilidad sino las bondades de los alimentos que dan de comer a sus cuentas de resultados. ¿El resultado? Que uno no sabe ya si lo que se lleva a la boca es bueno, malo o regular. Y ojo que no incluyo en todo este embrollo a la pléyade de libros de dietas milagrosas y enzimas espectaculares porque me parecen la versión nutricional de los manuales de autoayuda, libros que a quien más ayudan es a la cuenta corriente de su autor. Así que, en conclusión, ante tal polvareda, la mejor receta y la más aconsejable dieta es la mesura en el pensar y en el comer. Mesura a la cual ayuda notablemente tener una mente baja en ingenuidad.
Respecto a los medicamentos, pues casi idem de lienzo. No obstante, aquí no creo que el gran problema sea que los fármacos en sí mismos sean tan perniciosos como ocurre con los easter eggs de muchos alimentos del supermercado nuestro de cada día sino que las industrias que desarrollan y venden esos bálsamos químicos no hacen lo suficiente para combatir las dolencias y enfermedades que carcomen al ser humano ya sea por misantropía mercantil y/o por falta de apoyos o incentivos gubernamentales. En este sentido, creo que hay más de una empresa a la que le renta más paliar una enfermedad con seis píldoras que curarla con una sola. Y así va el mundo como va. Por otra parte, pero sin abandonar Mundopíldora, está el pésimo uso que se hace de los fármacos por no pocas personas en lo que viene a ser la variante médica de dispararse en el pie, porque el uso desaconsejado o abusivo de un medicamento a quien ayuda de verdad es a la empresa que lo fabrica...y al virus o la bacteria de turno. De todos modos, por resumir, teniendo presentes publicaciones como Medicamentos que matan y crimen organizado o Los inventores de enfermedades: cómo nos convierten en pacientes, en este terreno conviene también andarse con ojo y dejar la inocencia en una caja precintada.
Habrá quien piense a estas alturas del artículo que soy equidistante entre defensores y críticos del establishment. Se equivoca. Entre David y Goliat siempre me quedaré con los partisanos que le echan un par para hacer frente al discurso totémico. Además, tiene su atractivo e incluso morbo buscar las cosquillas a esos colosos que campean por el mundo como elefantes por almoneda. Lo que sí he de reconocer es que uno ya está curado de espanto y prefiere usar el escepticismo como GPS para navegar entre tanto mesías y paladín y así no caer en los remolinos de la manipulación y la sugestión. Contra los dogmas, vengan de donde vengan, nada mejor que el conocimiento y para alcanzar éste es más que conveniente informarse de lo que pasa a ambas orillas de un mismo río. Tesis, antítesis y síntesis. Nada nuevo bajo el sol.
Por tanto, tú que estás leyendo estas líneas, la próxima vez que te lleves un alimento o un medicamento a la boca, asegúrate de que antes has hecho algo vital para cualquier ser humano alfabetizado: leer.
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