sábado, 10 de junio de 2017
El desparrame
¿Por qué lo llaman machismo cuando quieren decir mala educación? Es una pregunta que me hago al albor de la polémica suscitada por el Ayuntamiento de Madrid (ese géiser de paridas para todos y todas) y diversos colectivos feministas (que tanto daño hacen a la sensatez, el sentido común y lo femenino) con su iniciativa de poner pegatinas en los autobuses contra la apertura de piernas masculinas en ángulo recto u obtuso, según el grado de gañanería del sujeto en cuestión, mientras se hace uso del asiento en el transporte. Eso es mala educación, no es machismo, por mucho que algunas exaltadas (hola, "Barbijaputa") no tengan clara la diferencia entre una cosa y otra: todo machismo conlleva per se mala educación pero no toda mala educación es machismo.
La medida no me parece en absoluto mala en tanto que siempre es oportuno recordar las normas de cortesía, educación y civismo, especialmente a quien no las tiene, sea él, ella o ello. La educación, como el cumplimiento de la ley, es algo innegociable y exigible, aun cuando se desconozca. Tampoco me parece ningún hito, toda vez que este tipo de iniciativas ya funciona desde hace décadas en otros países como, por ejemplo, EEUU.
Lo que sí me parece abismalmente estúpido y criticable es que surja como una medida contra un problema de género (el Área de Género y Diversidad del Ayuntamiento de Madrid es el padre de la criatura) y alentada por colectivos feministas. La apertura de piernas no es un problema ni una consecuencia de machismo: es pura y simple mala educación o falta de respeto, ya sea el despatarre deliberado o no y con independencia de si estamos hablando de un despatarrado o despatarrada. En ese sentido, empiezo a pensar que el feminismo, tal y como parece entenderse en España, tiene el mismo problema que Don Quijote con los molinos y los gigantes: ve la sombra fálica del heteropatriarcado en lugares donde no hay un problema de género. ¿O es que una mujer que se siente al estilo manspreading no está siendo maleducada y zafia? El día en que el feminismo cañí deje de mezclar churras con merinas y confundir la velocidad con el tocino, dejará de ser un chiste. Al hilo de esto, recuerdo cierta polémica a propósito de lo machista que son (según algunas de estas feministas quijotizadas made in Spain) gestos de cortesía como abrir la puerta, ceder el paso o la entrada o salida a una mujer. O sea, que tener un comportamiento considerado y atento con una mujer resulta que es tan machista como no tenerlo, tócate las narices. En fin, volviendo al asunto, creo que, teniendo en cuenta cómo está el patio, con hijos de puta dando matarile a mujeres cada dos por tres, con la chavalería encantada con la basura del perreo y el reguetón, con los jóvenes desviviéndose por escoria como Mujeres, Hombres y viceversa, con el sexting y demás repugnantes variantes calando cada vez más temprano...¿en serio es prioritario poner pegatinas contra el despatarre masculino? Alguien debería revisar seriamente el orden de prelación de las iniciativas y medidas a adoptar.
Y luego está el tema de la auctoritas, de la legitimidad ética, moral y social con la que desde el Ayuntamiento de Madrid se lanza esta medida. Auctoritas que es simplemente inexistente. A mí lo que diga en materia de educación y respeto un Ayto que tiene como portavoz a una chavala que se dio a conocer por despechugarse en una capilla para hablar de almejas e incendios pues...me importa tanto como lo que diga un Ayto que tiene entre sus concejales a tíos que han pasado por juzgados por comportarse como genuina gentuza...que es la misma importancia que concedo a un Ayto copado por un cuasipartido que reventaría cualquier chusmómetro (y ojo que no lo digo desde el punto estético, que eso ya es otro cantar). Vamos, que cualquier cosa en este ámbito que diga el Ayuntamiento de Madrid es muy posible que me lo pase por la quilla porque esta gente (me) puede dar tantas lecciones de educación como Leticia Sabater de música clásica.
De todos modos, ya puestos a hacer más cívico y agradable el uso del transporte en Madrid, que pongan también pegatinas recordando la importancia de respetar las colas (o filas, por si hay alguna feminista que quiere malinterpretar el término "cola") o de lavarse con frecuencia para evitar malos olores o de colocar bolsas, bolsos y mochilas entre las piernas para no molestar o de no hablar alto o de no escuchar música a un volumen que trascienda cualquier auricular o de no tunelarse públicamente la nariz en busca de néctar mucoso, por decir sólo algunas sugerencias para erradicar ciertas escenas más que cotidianas. Y si se trata de una cuestión de respetar espacios pues alguien debería hacer algo con esos cetáceos de secano (ellos y ellas) que tienen a bien sedimentar su manteca en asiento y medio cuando no en dos asientos, por decir algo que es bastante frecuente.
En fin, que todo esto de la pegatina me parece no tanto un despatarre como un desparrame, un desbarre, un despiporre...una idiotez.
viernes, 9 de junio de 2017
Para ser un héroe
Es una ley con una fiabilidad casi matemática: en toda tragedia sale a relucir lo mejor del ser humano y a ensombrecer lo peor del mismo. Ocurre siempre. Ocurrió en Londres. Y no, no voy a hablar aquí de esos tres hijos, más de pu*a que de Mahoma, que pasaron a cuchillo a decenas de inocentes y se fueron a buscar huríes con excedente de merecido plomo en sangre. Tampoco quiero hablar del enésimo despropósito de unas fuerzas y cuerpos de seguridad, en este caso británicas: las chapuzas se comentan solas.
Quiero dedicar este artículo con la escasa longitud de lo incontestable a uno de esos héroes que viven en las bambalinas del anonimato para poner su nombre en la Historia oficial o ajena. A uno de esos tipos que no especulan con pros ni contras a la hora de demostrar la grandeza. Porque para ser un héroe no hacen falta superpoderes ni armadura ni un vistoso traje con mallas y capa ni tener un arma extraordinaria ni nacer entre páginas de épica apergaminada ni vestir de laureado uniforme ni vivir en una vistosa viñeta ni que se hable de ti en universidades entre fechas e hitos. No. Para ser un héroe basta con tener un corazón más grande que la propia vida. Uno como el que tenía Ignacio Echeverría. Uno que latiendo o sin latir se convierte en lección, ejemplo y leyenda. Descanse en paz...y en nuestra memoria, porque personas como él hay que guardarlas siempre en la vitrina del recuerdo.
Quiero dedicar este artículo con la escasa longitud de lo incontestable a uno de esos héroes que viven en las bambalinas del anonimato para poner su nombre en la Historia oficial o ajena. A uno de esos tipos que no especulan con pros ni contras a la hora de demostrar la grandeza. Porque para ser un héroe no hacen falta superpoderes ni armadura ni un vistoso traje con mallas y capa ni tener un arma extraordinaria ni nacer entre páginas de épica apergaminada ni vestir de laureado uniforme ni vivir en una vistosa viñeta ni que se hable de ti en universidades entre fechas e hitos. No. Para ser un héroe basta con tener un corazón más grande que la propia vida. Uno como el que tenía Ignacio Echeverría. Uno que latiendo o sin latir se convierte en lección, ejemplo y leyenda. Descanse en paz...y en nuestra memoria, porque personas como él hay que guardarlas siempre en la vitrina del recuerdo.
domingo, 4 de junio de 2017
Trump contra el mundo
El Presidente Donald sigue haciendo el Trump. Esta vez, la víctima de su demencia no ha sido ni el sentido común ni la inteligencia ni la hemeroteca ni la Historia ni una etnia ni un país ni una religión: ha sido el planeta entero. Puesto a meter la pata, qué mejor que hacerlo a lo grande. American style. Utilizando el crucial Acuerdo de París como papel higiénico más que como papel mojado, Trump se ha limpiado con él esa región anatómica donde nacen la mayoría de sus ideas y palabras y mueren la totalidad de ideas y palabras ajenas.
Hay que decir que esa traicionera decisión de divorciarse del planeta y dar portazo a la mayor amenaza que tiene la Humanidad presente y venidera encaja perfectamente con quien es el ayatolá de la posverdad y sumo pontífice del negacionismo. Da igual que la ciencia y los datos le lleven la contraria, da igual que la realidad perceptible por los sentidos y demostrable empíricamente refute sus tesis, da igual que su discurso esté sostenido en rigurosas mentiras o descaradas falacias: él piensa firmemente
que el cambio climático es literalmente un cuento chino...y por eso ha dejado a China el liderazgo mundial en la lucha contra dicho cambio y la apuesta por el desarrollo sostenible. Trump está absolutamente convencido de que el deshielo de los polos y los desmadres meteorológicos son más falsos que la llegada de los EEUU a la Luna porque todo ello forma parte de una conspiración mundial para mermar el potencial económico yanqui...y por eso ha puesto en bandeja a sus competidores liderar el desarrollo de la economía mundial a lomos de energías renovables y nuevos modelos económicos más sostenibles a medio y largo plazo.
Para Trump, como para cualquier demente, sólo es real lo que él cree que es real, con independencia absoluta de la realidad misma. Parafraseando al clásico, Trump podría decir "todo lo real me es ajeno" y se quedaría tan ancho y nadie se sorprendería ya. Por eso, el Presidente de EEUU es la simbiosis indeseada entre el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo después una merienda a base de whisky y ayahuasca. Por eso, Trump es el mayor enemigo para la estabilidad mundial (ex aequo con Putin, por supuesto): porque está como una puñetera cabra y tiene en sus manos el Anillo Único en forma de país.

También hay que decir que esto se veía venir por dos cosas: primero, era una de las lisérgicas promesas de la delirante campaña electoral de Trump y, segundo, porque supone una importante vida extra en un momento en el que al POTUS le están acorbatando la horca por el escándalo del Rusiagate y el desencanto de su electorado por ver frustradas (al menos de momento) iniciativas tan señeras como el Muro con México. El portazo al mundo como planeta y comunidad internacional es una de las pocas medidas para las que Trump no necesitaba permiso de nadie ni dentro ni fuera de su país y eso ha hecho: lo que le ha salido del flequillo. ¿Por qué? Porque una cosa es que esté loco y otra que sea tonto. Él sabe que está ahí exclusivamente por y para sus votantes y, dadas sus circunstancias (las de Trump), prefiere los escándalos que pueden perpetuarlo en el puesto antes que los que pueden reducirlo a quarks. Se debe a su público y éste no está conformado por los tipos más brillantes, filántropos, altruistas ni ecologistas de su promoción. Son ellos los que dan patente de corso a este majadero con tal de que EEUU vuelva a recuperar la autoestima supuestamente perdida. Hay gente que para estas cosas van al psicólogo o compran libros de autoayuda; en cambio, Donald y sus trumpers son más de "Keep calm and fuck the planet".
Todo esto no deja de ser tragicómico. Lo cómico de la situación es que paradójicamente esta controvertida decisión no pone a los EEUU en la pretendida senda del Great again sino en la de more alone than the one a nivel económico, político, medioambiental y diplomático, regalando así a la UE, China y demás potencias una oportunidad de oro para salir de la sombra y arrebatar el papel de protagonista-héroe-galán que se había arrogado EEUU durante décadas (ojo con el francés Macron que viene arreando y que tanto desplante ha hecho reverdecer a Merkel). En cambio, lo trágico de todo esto es que por culpa de la demencia de una sola persona se ha hecho aún más difícil la pervivencia de millones en un futuro
que cada vez tiene más pinta de distopía. Y es que, siendo realistas, si ya antes de la espantada yanqui cumplir con el objetivo fijado en París (limitar a dos grados el aumento de la temperatura global) estaba complicadísimo (ya sólo quedan 0,9 grados para incumplir tal marca y no estamos ni a mitad de película...), con esto ya es casi imposible, motivo por el cual el planeta está un poco más cerca de transformarse en un sindiós nivel Roland Emmerich. Mal futuro para la Humanidad. Claro que eso, el futuro, es algo que Trump y sus acólitos se pasan por el arco genital. Todos los cabrones son cortoplacistas. Y Trump es un grandísimo cortoplacista.No obstante, no hay mal que por bien no venga: es una oportunidad magnífica para que toda la comunidad internacional intensifique aún más la protección medioambiental (obras son amores y no buenas razones) sin las discutibles trabas yanquis (EEUU es el segundo máximo contaminador del mundo) y de paso, se destete y circunvale a todos los niveles a ese perro del hortelano que es EEUU. Y así lo han entendido, por suerte, la mayoría de países que pintan algo en el orbe. Incluso dentro de EEUU ya hay estados que afortunadamente se han puesto manos a la obra y han formado su propia "Alianza estadounidense contra el cambio climático".
Así las cosas, todo esto en el fondo no es más que la historia de una relación que sólo puede acabar mal: la Trump y el mundo. La cuestión, por tanto, no es que Trump abandone a la Tierra sino que abandone, lo antes posible, la Tierra. En fin...Al menos al planeta siempre le quedará París (de momento).
jueves, 1 de junio de 2017
Un regreso a tiempo: El Ministerio del Tiempo
Cuando una ficción consigue formar parte de la realidad cotidiana e íntima de una persona, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que a un actor y su alter ego se les piense y nombre por perfectos desconocidos con la familiaridad propia de un ser querido, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue desempolvar la curiosidad e incluso el aprecio por unos personajes enterrados en la ignorancia o sepultados por los clichés, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue reivindicar todas las culturas que caben dentro de la Cultura, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra paliar las carencias educativas y académicas de un esperpéntico país, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción es capaz de acercarse a la Historia sin prejuicios ni maniqueísmos sino con la honestidad necesaria para disfrutar de todos los grises y matices, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra reflejar fielmente la entropía diversa, plural y mestiza que es, fue y será la sociedad española, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que la Historia llegue al prime time de una competida parrilla televisiva, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra sobrevivir al juego de intereses creados que hay en la televisión, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que creadores y público se sientan parte importante de un inmenso todo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción saca del ninguneo de los créditos a quienes forjan sueños a base de ingenio, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue convertirse en un fenómeno transmedia, global e intergeneracional, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue lo que ha conseguido El Ministerio del Tiempo, alguien ha hecho muy bien su trabajo.
¿Quién es ese "alguien"? Para empezar, los hermanos Olivares, Pablo y Javier, quienes, como buenos colchoneros, concibieron una serie muy Atleti: una serie que derrocha coraje y corazón, que "pelea" como la mejor (tal vez porque lo sea, al menos en España) y en la que todos los involucrados luchan como hermanos para sacarla adelante (tarea que tiene más de trabajo de Hércules que de paseo por el campo). ¿Quiénes son estos otros "abajo firmantes" de esta maravillosa anomalía? Pues, por un lado, Marc
¿Quién es ese "alguien"? Para empezar, los hermanos Olivares, Pablo y Javier, quienes, como buenos colchoneros, concibieron una serie muy Atleti: una serie que derrocha coraje y corazón, que "pelea" como la mejor (tal vez porque lo sea, al menos en España) y en la que todos los involucrados luchan como hermanos para sacarla adelante (tarea que tiene más de trabajo de Hércules que de paseo por el campo). ¿Quiénes son estos otros "abajo firmantes" de esta maravillosa anomalía? Pues, por un lado, Marc
Vigil, las hermanas Schaaff, Javier Pascual, Carlos de Pando y toda esa tropa de excelentes tipos que a un lado de la cámara obran milagros laicos. Y, por otro, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Rodolfo Sancho, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén, Juan Gea, Francesca Piñón, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Natalia Millán y demás elenco con sabor a All stars. Todos ellos son los que han hecho y hacen muy bien su trabajo para conseguir que El Ministerio del Tiempo sea algo más que una serie de televisión: una pu*a joya.
Esta noche vuelve, con su tercera temporada, a las 22:40, en La 1. Vuelve pero nunca se había ido porque durante este tiempo ha seguido al pie del cañón con sus historias en podcast, un excelente cómic, el tesoro en streaming de sus temporadas previas y la efervescente y entusiasta creatividad de la comunidad ministérica online. Sea como fuere, el regreso no podía ser más atractivo, orbitando en torno a la oronda figura de uno de los mejores cineastas del siglo XX: Alfred Hitchcock, tipo capaz de firmar genialidades como Psicosis, Vértigo o, mi favorita, Con la muerte en los talones.
Hay quien dice que este horario y programación no favorece a El Ministerio del Tiempo. Puede ser (muy seguramente es así), pero, para estas alturas del año ya tan calurosas y con una televisión que te provoca calores (para mal) al verla, nada mejor que este serión tan refrescante y sabroso como una Mahou. Por eso, este ministérico cuenta ya las escasas horas que faltan. Y lo hago con la certeza de que la espera, la incertidumbre y los nervios habrán merecido mucho la pena.
Esta noche vuelve, con su tercera temporada, a las 22:40, en La 1. Vuelve pero nunca se había ido porque durante este tiempo ha seguido al pie del cañón con sus historias en podcast, un excelente cómic, el tesoro en streaming de sus temporadas previas y la efervescente y entusiasta creatividad de la comunidad ministérica online. Sea como fuere, el regreso no podía ser más atractivo, orbitando en torno a la oronda figura de uno de los mejores cineastas del siglo XX: Alfred Hitchcock, tipo capaz de firmar genialidades como Psicosis, Vértigo o, mi favorita, Con la muerte en los talones.
Hay quien dice que este horario y programación no favorece a El Ministerio del Tiempo. Puede ser (muy seguramente es así), pero, para estas alturas del año ya tan calurosas y con una televisión que te provoca calores (para mal) al verla, nada mejor que este serión tan refrescante y sabroso como una Mahou. Por eso, este ministérico cuenta ya las escasas horas que faltan. Y lo hago con la certeza de que la espera, la incertidumbre y los nervios habrán merecido mucho la pena.
martes, 30 de mayo de 2017
Sparrow medio lleno, Sparrow medio vacío
Rara es la saga de ficción (literaria, cinematográfica o televisiva) que no se resienta en algún momento, atropellada por su propio legado, las expectativas del público y la inercia narrativa de su historia-río (toda saga se asienta sobre una trama troncal más o menos reconocible a lo largo de sus entregas que vertebra el relato principal). Eso le pasó a la franquicia de Piratas del Caribe con su cuarta, decepcionante, insulsa y anticlimática entrega firmada por Rob Marshall. Una parte que dejó a la franquicia verdaderamente en mareas misteriosas pues si la previa y exitosa trilogía inicial de Gore Verbinski había supuesto un corpus auténticamente canónico de lo que debe ser el cine como entretenimiento, la cuarta película fue en frenazo en seco y sin cinturón. De tales inquietantes mareas son precisamente de las que la saga piratesca intenta zafarse con esta La venganza de Salazar en busca de puerto seguro. Todo un reto, como cualquier resurrección.
¿Lo consigue? ¿Logra esta quinta entrega enderezar el rumbo? ¿Está Jack Sparrow medio lleno o medio vacío? Depende. Es indudablemente mejor que la cuarta parte (hito tampoco muy difícil), aporta una novedad interesante (conocer el origen de Sparrow como capitán pirata) y tiene los ingredientes que auparon en taquilla y crítica al tríptico firmado por Verbinski (una equilibrada mezcla de aventura y fantasía, humor, estupendos efectos visuales, secuencias de acción entretenidas y el ya clásico duelo entre los antihéroes y el villano sobrenatural de turno) pero...está muy lejos de aquellas excelentes entregas iniciales que encumbraron a esta franquicia. ¿Por qué? Porque el ritmo es irregular, el guión es bastante mediocre y el humor se va de las manos en varios momentos, haciendo que ciertas escenas o diálogos resulten de lo más tontos o infantiloides cuando no directamente autoparódicos (para más información, ver la mayoría de intervenciones de un Jack Sparrow más cerca aquí de ser un instrascendente cliché de sí mismo que del carismático personaje capital de la trilogía inicial).
¿Lo consigue? ¿Logra esta quinta entrega enderezar el rumbo? ¿Está Jack Sparrow medio lleno o medio vacío? Depende. Es indudablemente mejor que la cuarta parte (hito tampoco muy difícil), aporta una novedad interesante (conocer el origen de Sparrow como capitán pirata) y tiene los ingredientes que auparon en taquilla y crítica al tríptico firmado por Verbinski (una equilibrada mezcla de aventura y fantasía, humor, estupendos efectos visuales, secuencias de acción entretenidas y el ya clásico duelo entre los antihéroes y el villano sobrenatural de turno) pero...está muy lejos de aquellas excelentes entregas iniciales que encumbraron a esta franquicia. ¿Por qué? Porque el ritmo es irregular, el guión es bastante mediocre y el humor se va de las manos en varios momentos, haciendo que ciertas escenas o diálogos resulten de lo más tontos o infantiloides cuando no directamente autoparódicos (para más información, ver la mayoría de intervenciones de un Jack Sparrow más cerca aquí de ser un instrascendente cliché de sí mismo que del carismático personaje capital de la trilogía inicial).
Dejando esto al margen, La venganza de Salazar entretiene lo suficiente para no arrepentirte de verla y aquí buena parte de culpa tiene el capitán Salazar, quien es junto a Barbossa (estupendo Geoffrey Rush en su despedida de la saga) lo mejor de esta película tan cogida con alfileres y permite a Javier Bardem componer un villano más que digno, habilidad para la que parece estar especialmente capacitado el actor español.

Dicho esto, he de reconocer que hace muchos meses, cuando aún no se sabía apenas del argumento de esta quinta parte, pensé que esta entrega iba a ser algo así como un "reinicio" orientado al argumento de The Secret of Monkey Island, no sólo por el hecho de tener un villano fantasmal residente en una infernal cueva y que da matarile a todo barco que se le cruza por delante, sino además y muy especialmente por contar con un par de jóvenes protagonistas (interpretados por Brenton Thwaites y Kaya Scodelario) que, en mi opinión, son lo más parecido a Guybrush Threepwood y Elaine Marley que he visto en una pantalla de cine. Por desgracia, nada que ver. Y digo por desgracia porque la famosísima Isla del Mono habría sido una excelente escapatoria a esta dinámica hueca, reiterativa, previsible y sosa en la que ha entrado la franquicia. Sí, Piratas del Caribe se mantiene a flote pero ofrece signos alarmantes de que a Disney no le interesa lo más mínimo contar (bien) historias (buenas) sino dólares (muchos). A Disney sólo le interesa que pases por caja. Todo lo demás se lo pasa por la quilla, nunca mejor dicho. Sólo así se entiende el bajón que ha dado la saga de Sparrow.
Lo peor es que no se ven trazas de enmienda por culpa de esa escena postcréditos (literalmente, ya que se proyecta al final de todos los créditos) en la que ¿presentan? al villano de una probable sexta película que seguramente será como esta quinta: más de lo mismo pero en absoluto mejor. Quizá deberían haberlo dejado todo como quedaba en ese final tan ñoño que cierra el film. O mejor incluso: no haber hecho nada más allá de la tercera entrega con la que Verbinski puso el genial broche a su trilogía por aquello de no decir nada si lo que tienes que decir no mejora al silencio. Algo que por supuesto a Disney se la trae al pairo porque su único plan es abordar la taquilla de cualquier manera y con cualquier excusa.
lunes, 22 de mayo de 2017
Una despedida redonda
Y es que, si me apuras, lo de menos ayer fue el espléndido partido que cuajó un desatado Atleti para celebrar con la afición ser el primero de los mortales (terceros en Liga). Tampoco destacaría como lo mejor el sensacional doblete de Torres, esa leyenda andante que una temporada más se ha remontado a sí mismo
para tapar bocas y dejar en el banquillo a relumbrantes sustitutos. Tampoco subrayaría como lo más notable la retirada del hasta ayer jugador rojiblanco y hoy eterno mito, Tiago, quien en su despedida volvió a dar una clase magistral de cómo desempeñarse como mediocampista y como persona. Ni siquiera fue lo mejor la confirmación a los cuatro vientos de la continuidad la próxima temporada de Simeone, gran chamán, intérprete y psicoanalista de los misterios rojiblancos y, además, terror de acomplejados y envidiosos de todo pelaje.No, para mí, lo más importante de ayer fue todo lo que pasó antes, durante y, especialmente, después del partido que no se puede describir con estadísticas ni con retórica deportiva ni con resúmenes a ritmo de videoclip. Lo más importante de la tarde del "hasta siempre" se podría explicar, salvo a aquellos que no lo pueden entender por mucho que lo pregunten una y otra vez, con una sonrisa, un nudo en la garganta o una lágrima. Porque lo más importante de ayer fue sentir hasta el llanto de felicidad que todos (leyendas del pasado y del presente, trofeos, entrenadores, estadios y aficionados) formamos un mismo cuerpo, una impresionante y entrañable falange que cuenta su historia por gestas contrapronóstico y momentos inolvidables. Esto es el Atleti: una familia por encima del tiempo y el espacio para la
que nada es imposible y que, por eso mismo, es capaz de hacer frente a todos los elementos y contratiempos propios o ajenos, como ha demostrado esta temporada en la que las lesiones (está claro que el Atleti tiene jugadores con un corazón más fuerte que su cuerpo), las inconvenientes y contraproducentes polémicas institucionales (no me hables del escudo que me pongo Wanda), los enrevesados debates estilísticos (el Atleti es un concepto, no una forma), las insidias y la cizaña obsesiva de buena parte de la prensa deportiva (motivo suficiente para dejar de leer como mínimo un par de ¿periódicos?), los decepcionantes rendimientos de algunos jugadores llamados a hacer más y mejores cosas (a estas alturas ya no hace falta explicitar nombres), las imprecisiones en pases y tiros, las tóxicas sobrevaloraciones que han nublado el juicio a algunos aficionados, las bochornosas actuaciones de los árbitros (únicos intervinientes en partidos de fútbol que no son sancionados por actuar contra el reglamento), el descomunal potencial de los rivales y la pura y simple mala suerte han convertido esta travesía 2016-2017 en algo que rima con gesta y termina en hazaña.Acabó así el Calderón, oficialmente en lo que al Atleti se refiere, con una despedida redonda, una inolvidable tarde que no tuvo esa impresionante y mágica lluvia del último partido de Champions porque, en la última tarde del Vicente Calderón, la lluvia no estaba en las nubes sino en los ojos de quienes nos quebramos por pura y sencilla felicidad siendo y sintiendo al Atleti en lo más profundo de nosotros.
Terminan aquí mis crónicas de un abono en rojiblanco, el que me ha permitido disfrutar y reseñar la mayoría de partidos celebrados en el Calderón esta temporada. Quién sabe si la temporada siguiente podré seguir contando las proezas de este equipo de hombres que hacen temblar a los dioses...Pase lo que pase, ha sido un placer. ¡Aúpa Atleti!
domingo, 21 de mayo de 2017
Hasta siempre, Calderón
Como cantó Sabina, yo descubrí al Atleti y al Calderón "con mi papá de la mano", junto con mi hermano (aunque él siguió el camino de los leones de San Mamés). Ahora, tras casi treinta años de aquello y cincuenta de estadio, toca despedirse: crecer es aprender a decir adiós. Y también lo haré con mi padre (es el segundo estadio del Atleti que despide), pero ya no de la mano, sino hombro con hombro. Por eso, a unas horas de decirle "hasta siempre" al estadio del Atlético de Madrid, la melancolía llega antes que los pelos de punta y las lágrimas rodadas.
Extrañaré esa sensación de bajarse en Pirámides y sentirte en casa. Y el olor a alcohol emergiendo desde tus pasos entre latas, vidrios y plásticos camino del Vicente Calderón. Y el efervescente magma rojiblanco en los aledaños del estadio que pone rampante la adrenalina de los que acuden a millares enfilando el Paseo de los Melancólicos que gustan del futbol de emoción. Y el ambiente cómplice, castizo y fraterno en unas gradas llenas de extraños que no se sienten tales. Y las flores de Margarita en el fondo sur. Y el rugido wagneriano de la hinchada cuando pone el corazón en la garganta. Y el estallido de endorfinas rojas y blancas al compás de los goles. Y el privilegio de ver a hombres escribiendo sus nombres en la historia oficial del fútbol y en la crónica íntima de las personas. Y el orgullo de ser parte de ese tipi con el que unos indios a orillas de un río desafiaron los mapas ajenos.
Así pues, que caiga el telón por todo lo alto: despidamos al Calderón como se merece una pareja que nos lo ha dado todo. Y luego, a luego mirar al futuro, porque el hogar nunca es un lugar geográfico sino unas coordenadas emocionales: allí donde esté el corazón, es decir, el nuevo estadio Metropolitano. Un sitio fantástico para que cualquier niño pueda descubrir al Atleti de siempre...con su papá de la mano. ¡Aúpa Atleti!
lunes, 15 de mayo de 2017
Aniversario de unas cenizas
Hace no muchos años, en Madrid, en tal fecha como hoy, el grito "¡Que
no, que no, que no nos representan!" fue pólvora en un reguero de
gargantas que florecieron indignadas entre el cadáver de la paciencia. Y
muchos entonces soñamos con ver en aquello no sólo nuestra particular
versión del francés mayo del 68 sino el comienzo de un tiempo nuevo. Un
pasar de página deseando enamorarnos del siguiente capítulo sólo por
despecho con el anterior. Y en esos días que hoy nos quedan más lejos que
un recuerdo el mundo entero vio cómo la Puerta del Sol se convirtió en
un invernadero estrafalario y febril en el que cultivar sueños
variopintos hasta la contradicción, en un acelerador de
partículas ilusionadas espoleadas por el hartazgo de la decepción, en un
hervidero mestizo de gentes e ideas dispuestas a cambiarlo todo para
hacer presente el futuro, en el último reducto de la dignidad en los
tiempos de la desesperación.
De todo aquello han pasado menos años (seis) que decepciones. Ni siquiera el placebo cosmético del gatopardismo ha hecho acto de presencia en este viaje sin paradas desde las nubes hasta el suelo. Lo viejo sigue siendo y estando y lo nuevo no está y queda la duda de si alguna vez fue. El PP es el epítome de la putrefacción política y democrática, el PSOE es un holograma al que no le llueve maná en el desierto, Ciudadanos es el tonto útil y fotogénico del bipartidismo y Podemos no es más nuevo ni mejor que el infame Frente Popular de 1936.
De todo aquello han pasado menos años (seis) que decepciones. Ni siquiera el placebo cosmético del gatopardismo ha hecho acto de presencia en este viaje sin paradas desde las nubes hasta el suelo. Lo viejo sigue siendo y estando y lo nuevo no está y queda la duda de si alguna vez fue. El PP es el epítome de la putrefacción política y democrática, el PSOE es un holograma al que no le llueve maná en el desierto, Ciudadanos es el tonto útil y fotogénico del bipartidismo y Podemos no es más nuevo ni mejor que el infame Frente Popular de 1936.
La esperanza en la regeneración es un suflé desinflado y rancio que sólo
alimenta tertulias de moscas sin nada mejor que hacer que escudriñar lo
que es más pasado que presente. Y es que los nuevos partidos, los autoproclamados estandartes de esa España insumisa ante la tiranía del despropósito, los políticos recién acuñados que prometieron el fuego sagrado, los
chamanes que iban a traer a este erial la lluvia en forma de buenas
nuevas han quedado desnudados de palabrería, dejando a la vista que ni
buenas ni nuevas sino todo lo contrario. Los flautistas de Hamelin
apenas tienen quien les siga porque su melodía suena a más de lo mismo
que muchos no queremos volver a oír.
Hoy todos los partidos (viejos y viejóvenes) han cruzado el
Rubicón del descrédito y ya no les queda más salida que repetir ad
aeternum su papel en esta farsa inverosímil que tiene en el Congreso su mejor
escenario, en los medios de comunicación su clac más interesada y en sus
votantes unos diligentes sicarios con los que contar para meter por la rendija de una urna más
plomo en el vejado cadáver de la democracia.
Hoy los que esperábamos la primavera aquel quince eme estamos resguardados en un palacio de invierno que se levanta como una lápida sobre las promesas rotas, los sueños abortados y los deseos envenenados de realidad, de esa realidad que por dolernos tanto y durante tanto tiempo ya casi no parece doler.
Hoy los que esperábamos la primavera aquel quince eme estamos resguardados en un palacio de invierno que se levanta como una lápida sobre las promesas rotas, los sueños abortados y los deseos envenenados de realidad, de esa realidad que por dolernos tanto y durante tanto tiempo ya casi no parece doler.
Hoy la infamia sigue dando el do de pecho. Hoy la vergüenza sigue ollando cumbres insospechadas. Hoy España es la Casa Usher. Hoy todo es disparate, astracanada y esperpento. Hoy no es mejor que ayer. Hoy siguen sin representarnos. Por eso, hoy, en el aniversario del 15-M, todo suena a réquiem porque sobre las cenizas de aquel inesperado alzamiento cívico caminamos hacia la nada.
sábado, 13 de mayo de 2017
"Alien Covenant": un genio en barrena
Este viernes se ha estrenado Covenant, una nueva película de la franquicia alien y secuela de esa precuela llamada Prometheus, que reseñé en su día en este mismo blog. Tras verla, sólo puedo decir que se trata de un film que encantará a quien la vea pagando poco o nada y/o a quien acuda con las expectativas bajas o inexistentes y/o a quien prefiera perdonar cualquier cosa para no mellar su cariño por la saga xenomorfa. ¿Por qué? Porque esta producción evidencia que si Ridley Scott tiene un plan serio e interesante para la franquicia...lo disimula muy bien. Convenant no entretiene porque la mayoría de los puntos de interés de la película ya han sido reventados cual chestburster por los tráilers y las entrevistas promocionales. No interesa porque carece tanto del postureo cuasimetafísico que adornaba a su antecesora (sacrificado en pos de un mayor protagonismo de las criaturas) como del suspense inquietante y emblemático de las entregas primigenias. No convence porque no es capaz ni de cumplir las propias expectativas que propulsaban este film ni de dotar de cierta coherencia lógica y/o argumental a lo que sucede en pantalla, especialmente en la última hora de las dos que dura Covenant. Y, lo que es peor, no sabe sostener de forma creíble la transición entre Prometheus (cuyos principales vínculos con ella corta de una forma facilona y burda) y El octavo pasajero (destino que cada vez parece más inalcanzable tanto en lo narrativo como en lo cualitativo). Es decir, se queda en tierra de nadie: un ni "sí" ni "no" ni todo lo contrario. Parece como si Ridley Scott, en aras a dotar a Covenant de una identidad propia, hubiera querido mezclar el sustancioso cocido de Prometheus con el cubata de Alien y le sale un híbrido difícil de digerir.
No se trata de si era mejor seguir la línea de Prometheus o apostar nítidamente por la de Alien (para gustos, los colores). No se trata de si es mejor perderse en digresiones filosóficas o de entretener con variopintas peleas entre xenomorfos, humanos y androides. No se trata de escoger entre opciones sino sencillamente de hacer las cosas bien y, en este sentido, más allá de la indudable calidad técnica de Covenant, esta película flojea demasiado, especialmente en lo que al tratamiento de la historia se refiere (de los personajes mejor no hablo porque la tripulación de marras tiene el mismo nivel intelectual y sináptico que unos corderos camino del matadero: ni los monitores de Crystal Lake eran tan gilipuertas). Y ojo que yo no soy ningún talibán ni un hater ni sandeces similares. No se trata, insisto, de que te encante o no Alien sino de que te gusten las películas bien hechas y...Covenant es una película hueca y fallida cuyo principal mérito consiste en lograr que los fans del mundo xenomorfo acudamos al cine a verla y así costear la preocupante deriva de un director que demuestra haber perdido todo el ingenio que exhibió en magistrales títulos como Los duelistas, Alien el octavo pasajero o Blade runner. Tiene toda la pinta de que a Scott le está pasando lo mismo que a muchos otros grandísimos cineastas (Lucas, Coppola...): que se empeñan en manchar su impresionante legado con películas que están muy lejos de su propia cima.
No se trata de si era mejor seguir la línea de Prometheus o apostar nítidamente por la de Alien (para gustos, los colores). No se trata de si es mejor perderse en digresiones filosóficas o de entretener con variopintas peleas entre xenomorfos, humanos y androides. No se trata de escoger entre opciones sino sencillamente de hacer las cosas bien y, en este sentido, más allá de la indudable calidad técnica de Covenant, esta película flojea demasiado, especialmente en lo que al tratamiento de la historia se refiere (de los personajes mejor no hablo porque la tripulación de marras tiene el mismo nivel intelectual y sináptico que unos corderos camino del matadero: ni los monitores de Crystal Lake eran tan gilipuertas). Y ojo que yo no soy ningún talibán ni un hater ni sandeces similares. No se trata, insisto, de que te encante o no Alien sino de que te gusten las películas bien hechas y...Covenant es una película hueca y fallida cuyo principal mérito consiste en lograr que los fans del mundo xenomorfo acudamos al cine a verla y así costear la preocupante deriva de un director que demuestra haber perdido todo el ingenio que exhibió en magistrales títulos como Los duelistas, Alien el octavo pasajero o Blade runner. Tiene toda la pinta de que a Scott le está pasando lo mismo que a muchos otros grandísimos cineastas (Lucas, Coppola...): que se empeñan en manchar su impresionante legado con películas que están muy lejos de su propia cima.
No obstante, que sea una decepción (que lo es, al menos para mí) no quita que tenga puntos interesantes, como por ejemplo el tributo latente a El paraíso perdido de Milton, que parece servir de trasfondo conceptual a todo este desmadre, o los homenajes al matrimonio Shelley, por sus guiños explícitos al excelente soneto de Percy, "Ozymandias", e implícitos a la famosísima obra de Mary, Frankenstein. En relación con esto último, es curioso el giro que ha dado el enfoque respecto a Prometheus porque, si en aquel film todo apuntaba a que los Ingenieros eran un trasunto cósmico del doctor Frankenstein y los xenomorfos un alter ego de la mítica criatura, en este Covenant se revela quién es el auténtico doctor Frankenstein...y no digo más para no hacer spoiler de algo que, por otra parte, la película no se molesta en disimular. Baste decir que el David de Scott es como el Lucifer de Milton: un ángel que ha caído en sus ansias de perfección ("Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo"). Lo cual, a su vez, nos lleva a otro clásico del terror (literario y cinematográfico): El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde, dualidad de antagonistas que encuentra aquí su reflejo en los androides "clónicos" Walter y David (interpretados ambos por ese actorazo que es Michael Fassbender, cuyo carisma y buen hacer son lo único salvable del despropósito), quienes son los auténticos protagonistas de esta película (lo de los xenomorfos versus la versión descafeinada de Ripley es mero relleno) que encarnan esas clásicas dicotomías del Bien y el Mal, la Obediencia y la Rebeldía, la Razón y la Pasión, la Vida y la Muerte. Una confrontación antagónica bastante interesante que también se echa a perder por culpa de absurdos momentos homoeróticos (la escena de cómo uno le enseña a tocar la flauta al otro es de traca) y de una pelea más propia de Terminator que de dos androides gafapastas.
De todos modos, pese a esos puntos indudablemente positivos, cuesta mucho no acabar decepcionado tras ver Covenant porque te deja la sensación de que el único plan que tiene Scott para "su" franquicia xenomorfa es huir hacia delante, dejando por el camino todo cuidado, coherencia o verosimilitud. ¿Coge el dinero y corre? Puede ser. ¿Con mi alien hago lo que me sale de las narices? Muy probablemente. ¿Un talento caído en barrena? Indudablemente. Sólo así se puede entender que Scott haya firmado una película en la que pasan demasiadas cosas "porque sí" (¿se quedaron las explicaciones en la sala de montaje?) mientras otras en cambio acontecen de una forma confusa cuando no directamente absurda (¿se quedaron en la papelera de reciclaje las páginas que subsanarían tanto "WTF"?) y en la que, además, las supuestas sorpresas o ya te las ha destripado el tráiler de turno o las anticipas con infantil facilidad por culpa de un guión al que se le ven demasiado las costuras (demérito de John Logan y Dante Harper) y que es carne de guasa (como bien demuestran en JotDown y Blog de Cine) dado que varias escenas son francamente autoparódicas; y no, no voy a poner jugosos ejemplos para no fastidiar a nadie que tenga la intención de ver Covenant pero...tela. Tampoco ayuda que esta película sea una vistosa fotocopia-refrito de todos los elementos canónicos de la saga Alien: una heroína femenina, una tripulación sin más razón de ser que la aniquilación, un androide que es todo un Judas, el combate final entre protagonista y xenomorfo utilizando maquinaria pesada...guiños a los ingredientes clásicos de esta franquicia pero que, por eso mismo, restan cualquier atisbo de novedad o sorpresa.
En fin. Será curioso ver en la próxima entrega de esta franquicia (porque, pese a todo, es más que probable que vea la luz) si Scott remonta el vuelo o acaba pegándose el hostión definitivo. Hoy por hoy creo que está más cerca de esto último porque Covenant es un evidente síntoma de que Ridley Scott está más perdido que el paraíso de Milton. Veremos...
jueves, 11 de mayo de 2017
El aplauso más largo del mundo
Los madridistas no lo entienden. Ni lo entendieron nunca. Ni lo entenderán jamás.
No
entenderán por qué un equipo al que todo el madridismo daba por muerto
sembró el pánico de principio a fin en el partido de esta noche dejando al Real Madrid sin más recursos que la suerte, las triquiñuelas y el árbitro.
No entenderán por qué un equipo al que intentan perjudicar, desestabilizar, ridiculizar y mancillar constantemente hasta extremos patéticos sigue mirándoles "a los ojitos" como diría el gran Luis Aragonés.
No entenderán por qué nos invade una deliciosa satisfacción al sentir el miedo que nos tiene el autoproclamado mejor equipo del mundo y la Historia porque están demasiado pendientes de gestionar su prepotencia.
No entenderán por qué toda una afición se queda en sus asientos tras un partido bajo una tromba de lluvia cantando y animando a unos jugadores que acaban de ser eliminados en una competición.
No entenderán por qué a las once de la noche de un miércoles diez de mayo en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, los andenes del cercanías y del metro y los vagones de los respectivos convoys se llenaron de cánticos de alegría y sonrisas de satisfacción de los aficionados rojiblancos como si nuestro próximo destino fuera Cardiff.
No entenderán por qué estamos felices de ser parte de este antihéroe que es el Atleti, capaz de hacer temblar a esa banda de divos que se creen los dioses de un Olimpo situado en Concha Espina.
No entenderán por qué los atléticos preferimos la épica "canchera" al vedettismo hueco que enarbola su equipo porque nosotros somos más de Mahou que de talonarios y champán.
No entenderán por qué entre lo que se puede comprar con dinero y lo que no se puede pagar nosotros siempre nos quedaremos con lo que no cabe en vitrinas sino en corazones.
No entenderán por qué no necesitamos el brillo de trofeos ni la cháchara babeante de la prensa para sentirnos importantes porque a nosotros nos basta con once hombres dejándose el alma para convertir lo impensable en probable.
No entenderán por qué ante las mofas y chulerías madridistas cada atlético, en lugar de ofenderse, sonríe con orgullo y piensa lo que decía cierta canción hace no mucho: "Si esos idiotas supieran que yo soy el hombre más rico del mundo así...".
No entenderán por qué los atléticos detestamos profundamente al Real Madrid en lugar de envidiarlo porque parte de nuestro orgullo, de nuestra inquebrantable dignidad radica precisamente en representar todo lo que el Real Madrid ni es ni fue ni será aunque dure mil años.
No entenderán por qué tenemos como ídolo a un caballero como Fernando Torres en lugar de a un "tipo" como Juanito.
No entenderán por qué los atléticos estamos profundamente orgullosos tanto en la derrota como en la victoria.
No entenderán que ser un campeón no consiste en levantar un trofeo o en quedar los primeros.
No entenderán por qué no fiamos nuestra felicidad ni a cuentos ni a cuentas sino sólo a una pasión sin cláusula de rescisión ni fecha de caducidad.
No entenderán por qué hoy ni un solo atlético se va a acostar triste.
No entenderán que uno no nace ni se hace del Atlético: como las mejores parejas, es el Atleti el que te escoge porque no todo el mundo vale para ser de un equipo cuya única promesa consiste en hacerte sentir vivo.
No entenderán por qué una noche como ésta en la que hemos quedado eliminados de la Champions League y en la que un súbito y furioso diluvio ha cerrado las puertas de Europa al Vicente Calderón es ya, con toda seguridad, una de las más emocionantes, mágicas e inolvidables para los que tenemos el escudo del Atleti a ambos lados de la piel.
No entenderán que nos dan igual los resultados mientras no perdamos el orgullo. Y de eso, de orgullo, vamos sobrados. Especialmente tras noches como ésta en la que el impagable silencio de la hinchada blanca fue el mejor fondo para el aplauso más largo del mundo, uno que duró más de 92 minutos, uno a la altura de un equipo que, gane o pierda, sigue engrandeciendo su leyenda de la mano de un tal Cholo. ¡Aúpa Atleti! (¡Y forza Juve!).
No entenderán por qué un equipo al que intentan perjudicar, desestabilizar, ridiculizar y mancillar constantemente hasta extremos patéticos sigue mirándoles "a los ojitos" como diría el gran Luis Aragonés.
No entenderán por qué nos invade una deliciosa satisfacción al sentir el miedo que nos tiene el autoproclamado mejor equipo del mundo y la Historia porque están demasiado pendientes de gestionar su prepotencia.
No entenderán por qué toda una afición se queda en sus asientos tras un partido bajo una tromba de lluvia cantando y animando a unos jugadores que acaban de ser eliminados en una competición.
No entenderán por qué a las once de la noche de un miércoles diez de mayo en Madrid, en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón, los andenes del cercanías y del metro y los vagones de los respectivos convoys se llenaron de cánticos de alegría y sonrisas de satisfacción de los aficionados rojiblancos como si nuestro próximo destino fuera Cardiff.
No entenderán por qué estamos felices de ser parte de este antihéroe que es el Atleti, capaz de hacer temblar a esa banda de divos que se creen los dioses de un Olimpo situado en Concha Espina.
No entenderán por qué los atléticos preferimos la épica "canchera" al vedettismo hueco que enarbola su equipo porque nosotros somos más de Mahou que de talonarios y champán.
No entenderán por qué entre lo que se puede comprar con dinero y lo que no se puede pagar nosotros siempre nos quedaremos con lo que no cabe en vitrinas sino en corazones.
No entenderán por qué no necesitamos el brillo de trofeos ni la cháchara babeante de la prensa para sentirnos importantes porque a nosotros nos basta con once hombres dejándose el alma para convertir lo impensable en probable.
No entenderán por qué ante las mofas y chulerías madridistas cada atlético, en lugar de ofenderse, sonríe con orgullo y piensa lo que decía cierta canción hace no mucho: "Si esos idiotas supieran que yo soy el hombre más rico del mundo así...".
No entenderán por qué los atléticos detestamos profundamente al Real Madrid en lugar de envidiarlo porque parte de nuestro orgullo, de nuestra inquebrantable dignidad radica precisamente en representar todo lo que el Real Madrid ni es ni fue ni será aunque dure mil años.
No entenderán por qué tenemos como ídolo a un caballero como Fernando Torres en lugar de a un "tipo" como Juanito.
No entenderán por qué los atléticos estamos profundamente orgullosos tanto en la derrota como en la victoria.
No entenderán que ser un campeón no consiste en levantar un trofeo o en quedar los primeros.
No entenderán por qué no fiamos nuestra felicidad ni a cuentos ni a cuentas sino sólo a una pasión sin cláusula de rescisión ni fecha de caducidad.
No entenderán por qué hoy ni un solo atlético se va a acostar triste.
No entenderán que uno no nace ni se hace del Atlético: como las mejores parejas, es el Atleti el que te escoge porque no todo el mundo vale para ser de un equipo cuya única promesa consiste en hacerte sentir vivo.
No entenderán por qué una noche como ésta en la que hemos quedado eliminados de la Champions League y en la que un súbito y furioso diluvio ha cerrado las puertas de Europa al Vicente Calderón es ya, con toda seguridad, una de las más emocionantes, mágicas e inolvidables para los que tenemos el escudo del Atleti a ambos lados de la piel.
No entenderán que nos dan igual los resultados mientras no perdamos el orgullo. Y de eso, de orgullo, vamos sobrados. Especialmente tras noches como ésta en la que el impagable silencio de la hinchada blanca fue el mejor fondo para el aplauso más largo del mundo, uno que duró más de 92 minutos, uno a la altura de un equipo que, gane o pierda, sigue engrandeciendo su leyenda de la mano de un tal Cholo. ¡Aúpa Atleti! (¡Y forza Juve!).
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