jueves, 24 de noviembre de 2016

Rita In Pace

Yo no voy a decir que me alegro de la muerte de Rita Barberá. Tampoco que la lamento. La respeto en la medida en que la muerte de casi cualquier ser vivo me parece digna de respeto.
El caso es que este artículo no va ni sobre la persona ni sobre el personaje que confluían en la ya difunta. Va del PP y de cómo su reacción por el fallecimiento de Barberá evidencia una vez más que ese partido no es en absoluto democrático. Pseudodemocrático o cuasidemocrático o parademocrático sí, pero "democrático" y "PP" en la misma frase es conjurar el sentido del humor. Y no es democrático porque demuestra que flojea a la hora de respetar dos pilares básicos de toda democracia.

Por un lado, el PP no respeta la independencia judicial salvo cuando le conviene. Acusar de cacería la investigación judicial que llevó a Barberá al banquillo es doblemente grave primero porque no respeta la independencia de los jueces y segundo porque pone en duda la imparcialidad y la profesionalidad de los mismos dando a entender que se Barberá fue víctima de una persecución deliberada, sin garantías e infundada.En ese sentido, aunque ya nunca se sabrá la responsabilidad que desde el punto de vista legal tuvo Barberá en lo referente al putiferio organizado en tierras levantinas, lo que resulta más que plausible es que tuviera como mínimo "culpa in vigilando", porque todo lo que dependía de ella o ha pasado o está por pasar por un juzgado y, en no pocos casos, por la cárcel.
 
Por otro lado, el PP no respeta la libertad de prensa y, por tanto, el constitucional derecho a la información presentando a la muerta como una inocente martirizada por los medios de comunicación. Lo único que han hecho esos medios ha sido informar, es decir, cumplir con su deber profesional y social. Puestos a criticarles algo se podría decir que los medios han tenido exceso de celo informativo. La prensa no se ha inventado nada y si alguien en el PP piensa lo contrario ahí tiene los juzgados para poner una denuncia. Además, que el PP se ponga flamenco en este tema cuando el Gobierno pepero ha laminado la pluralidad y el espíritu crítico deseables y exigibles en los medios de un país democrático pues produce vergüenza ajena.

A ello hay que añadir lo nada creíble y exagerada reacción del PP al calor del fiambre, derramando panegíricos sobre la figura de quien fue con total certeza una jeta, verosímilmente una corrupta y a quien, no nos olvidemos, el PP trató mejor o peor dependiendo de la sostenibilidad de las previsiones electorales, dejándola caer únicamente cuando ya no les era útil seguir negando la realidad. Por eso, haría bien el PP en pagar sus remordimientos no con los jueces ni los periodistas ni con la opinión pública sino con quienes hicieron de Rita Barberá un chivo expiatorio con el que intentaron hacer creer al personal que eran un partido digno y decente: el propio PP. En ese sentido, más allá del postureo doliente, muchos en el PP se sentirán aliviados por el infarto que ha silenciado para siempre a la gerifalte de una de las regiones más corruptas de las últimas décadas y cuyos secretos podrían haber hundido aún más la credibilidad del partido más infame, parademocrático y corrupto que hay en la actualidad: el PP.

La enferma ha muerto y descanse en paz, pero la enfermedad, por desgracia, sigue gozando de muy buena salud. 

Una victoria desde el diván

Tras "lo del Madrid" (ese concepto), el Atleti se había convertido en protagonista de dos polémicas contraproducentes. Una, si el Atleti debe ser la filarmónica de Viena o Metallica (y por qué). La otra, si Koke merece cadena perpetua por blasfemar contra Dios después de que Éste le bendijera con un puñetazo por la espalda. La polémica sobre la identidad futbolística está dentro de lo deportivo y por eso es aceptable; en cambio, la que atañe a la especie protegida made in Portugal se enmarca dentro de lo estrictamente soplapollesco y por tanto merece tanta atención como Leticia Sabater poniéndote ojitos. El caso es que, enredado en esas enrevesadas digresiones, el Atlético ha estado estos días más pendiente de comportarse como un preocupante y preocupado Woody Allen que de volver a ser ese carismático y cabrón Negan que había paseado su Lucille por España y Europa. Y, así, con el Atleti en el diván, llegó la Champions con un PSV bajo el brazo.

El Atleti presentó en su once titular cuatro cambios respecto al
último siniestro. Decir que los relevados quedan así "señalados" sería mentir. Decir que los relevados están su mejor momento también sería mentir. Decir que los cambios aseguraban una mejoría sería meterse en un jardín. No se trataba tanto de buscar chivos expiatorios como de encontrar soluciones.
La primera parte sólo ofreció algo interesante: comprobar cómo crecía la hierba cada vez que el portero del PSV tenía que poner el balón en juego. Por lo demás, el Atleti, pese a los cambios, siguió comportándose como un matrimonio con hijos ya casados en lugar de como esa pareja adolescente on fire que muchos echamos de menos. 
La segunda parte fue casi un remake de la primera. El casi fueron dos goles del Atleti. El casi fue Antoine Griezmann, que decidió recompensar la paciencia y el apoyo de la hinchada dando el primer gol, marcando el segundo y empleándose a fondo para  remendar el desaguisado que tiene el equipo rojiblanco en el mediocampo.

Así las cosas, lo mejor del tedioso partido fue el resultado ante un rival cuya mediocridad merecía un buen rapapolvo. Quizás por eso mismo lo peor del decepcionante encuentro fue que el Atlético únicamente despejó una duda: lo que le pasa no es cuestión de nombres (las novedades no aportaron mejoras sustanciales) ni de sistema (el regreso al doble pivote primigenio no arregló el circo que hay montado en la medular) ni de estilo (no está fino ni jugando al toque ni al contragolpe) ni de forma física (los que están más frescos no muestran mejores prestaciones que los más cargados de minutos); es esencialmente una cuestión mental. Dicho de otro modo: faltan dos cosas fundamentales como son la actitud y la claridad de ideas. Por qué lo que antes era un tanque de pirañas encabronadas es ahora un vistoso acuario relajante es un misterio que yo no sé explicar.

En definitiva: la fría noche en Madrid concluyó como había empezado: con el Atleti en el diván. No queda otra que seguir creyendo

domingo, 20 de noviembre de 2016

Ni la victoria ni el ultraje

La melancolía por el asunto de ser el último derbi en el Calderón (el 49 desde 1967) dejó en segundo plano una regla no escrita según la cual los partidos Atleti-Real nunca se podrán explicar sin tener en cuenta el arbitraje. Anoche fue el caso. Y sí, fue un mal partido del Atleti pero el 0-3 no se puede entender ignorando el hecho innegable de que el árbitro tuvo una incidencia en el partido mucho mayor que la del histérico sarasa portugués autor de los tres tantos. El Atleti noche no mereció ganar en absoluto (hizo un partido anémico y fallón) pero tampoco mereció un arbitraje tan escandalosamente desacertado, tendencioso y ultrajante. Arbitrajes como el perpetrado por David Fernández Borbalán son un auténtica falta de respeto no sólo al reglamento sino también y muy especialmente a la inteligencia y la dignidad de jugadores y aficionados. El Real Madrid, por potencial y calidad, no necesita de favores arbitrales tan indisimulados y vergonzantes pero aun así los sigue recibiendo. ¿Por qué? Uno ya ha visto suficientes partidos para asimilar que el Real Madrid siempre tendrá que ganar, con independencia de los méritos desplegados por ambos equipos y de lo que pase en el terreno de juego. Y ese carácter imperativo de la victoria madridista obedece a que cuando se juega contra este equipo lo que está en liza son intereses que poco o nada tienen que ver con lo deportivo. El fútbol español hace tiempo que funciona como excusa para blanquear un negocio de intereses creados y donde el trapicheo de favores y silencios ofrece jugosos beneficios para todos los que acepten participar de ese pastel asqueroso. Recordar esto no es victimismo; es vacunarse contra la ingenuidad. Pero, volviendo a "lo del árbitro", fue tan lamentable el espectáculo dado por Fernández Borbalán que el público pasó de corear indignado el ya clásico "¡Así gana el Madrid!" a aplaudir con guasa toda decisión que tomaba el soplapitos.

No obstante, achacar la derrota ante el Madrid al repugnante arbitraje sería un ejercicio de victimismo garrulo. La bufanda no debe cegar la sensatez porque del mismo modo que el partido no se entiende sin el arbitraje tampoco se explica sólo por el arbitraje. Quitando los rabiosos e ilusionantes primeros minutos de cada mitad, el Atleti se vio superado táctica, física y anímicamente por un Real Madrid ramplón que supo combinar de forma muy eficaz, por un lado, un planteamiento sin muchas florituras pero acertado (especialmente en el primer tiempo, desarboló al Atlético tanto en el mediocampo como en las bandas) y, por otro lado, una actitud de equipo mediocre (pérdidas de tiempo consentidas, simulación de faltas, protestas injustificadas, provocaciones impunes, etc). Negar todo eso es no haber visto el partido. Como también es innegable que hay jugadores rojiblancos que necesitan con urgencia el diván del banquillo y ceder su puesto a alguien que tenga más crédito. Señalar nombres resultaría especialmente cruel tras lo de anoche pero hay jugadores cuyo rendimiento actual es inversamente proporcional al merecido cariño que les tiene la grada y de eso se está resintiendo bastante el equipo. Esto le toca corregirlo a Simeone tanto en las alineaciones como en los entrenamientos pero perseverar en el error de sacar al campo a jugadores que no están para jugar es dar facilidades al rival. Quien sí estuvo dentro de lo esperado fue el jugador número 12 del Atlético: la hinchada, que estuvo enchufadísima antes, durante y después del encuentro. Una afición que supo ser benevolente y sensata con un equipo que se vio superado por el rival, el árbitro y su propio desacierto. Y es que la gente rojiblanca anoche demostró el salto que ha dado este equipo en los últimos años: ha cambiado la resignación por exigencia y el victimismo por un orgullo inquebrantable, como demuestran los cánticos en los últimos minutos del partido o, ya fuera del estadio, en los aledaños y andenes de metro y cercanías.

De Cristiano Ronaldo, la supuesta estrella del encuentro (y digo supuesta porque la vedette fue sin lugar a dudas el árbitro), podría decir mucho y muy probablemente pasarme por el forro su derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. Lo que hizo anoche lo justificaría sobradamente pero eso implicaría comportarme como él. Por eso, me limitaré a decir que una vez más demostró por qué no puede ni debe ser un ejemplo para ninguna persona que aspire a ser decente. Su provocación a la grada a la hora de ser cambiado le deja retratado como jugador y como persona, una vez más.

En resumen: el Atleti anoche no mereció la victoria ni el ultraje. Y es que partidos así probablemente no produzcan colchoneros (del Atleti, se nace) pero muy seguramente generen un montón de antimadridistas...con todo merecimiento.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El que corre, corre solo

El día era tormenta. Ni rastro de sol ni una esquirla de cielo azul. La noche había dado paso a una mañana encabritada donde la lluvia, el frío y el viento habían organizado una pirotecnia de cuchilladas y bofetones gélidos, desdibujando personas, edificios y cualquier contorno vivo o inerte. Expertos y profanos le habían aconsejado, recomendado e incluso advertido que "mejor dejarlo para otra ocasión" y aguardar un momento más idóneo al abrigo del confort, resistiendo las ganas de sentirse libre, de soltar el pesado lastre del estrés, de dejar atrás el anquilosamiento que lo acercaba a un autómata alejándolo de la condición humana. Pero él no hizo caso. Decidió que aquel día lleno de ruido y furia era el momento de comenzar a correr. Y así, embutido en confianza, puso a cero el reloj y se arrojó a la tormenta decidido a transformar el tiempo en un espacio a conquistar.

Al principio, sus zancadas eran alegres, impetuosas y corría de una forma tan liviana que parecía no ya ignorar sino insultar a la propia tormenta. Se comía el mundo en milésimas de segundo. Poco a poco, la realidad le devolvió el saludo: el aguacero iba calando en él a medida que el frío se enroscaba en su pecho, estrujándolo a cámara lenta, como un dios sádico y guasón, pero sus pasos supieron acomodarse y así tomó consciencia de los otros corredores: estaban los que parecían en permanente calentamiento, sin decidirse a correr ni a marcharse; los que iban por detrás suya sin haber ido nunca por delante, arrastrados por una dignidad cómica, voluntariosa y masoquista; los que iban por detrás tras haber estado por delante, cuya erosiva decadencia él metabolizaba en autoestima; los que corrían a su altura, que pareciendo iguales eran distintos y no tardaban en situarse a un lado u otro del desagüe ocular; los que habiendo empezado detrás corrían ya por delante de él, dejando su orgullo haciendo autoestop; los que sólo podía seguir con la vista; purasangres cuya exhibición los alejaba del mundo de los meros mortales; y los que hacía tiempo que llegaron a la meta, con quienes le unía un vínculo de ignorancia, especialmente balsámica para él.

Pasado un rato, la tormenta y el esfuerzo lo habían desdibujado hasta convertirlo en una patética parodia de sí mismo, una desvencijada marioneta de grand guignol sostenida por un exhausto pundonor que corría tras el espejismo de sus propias y sobrevaloradas expectativas, vagando como si fuera un muerto viviente con exceso de orgullo en sangre, resistiéndose a cualquier otra cosa que no fuera seguir moviéndose. Hasta que llegó el momento. El último número. El gran final: un traspié, un trabalenguas de piernas y vuelo rasante sobre el camino embarrado y mugriento. Quedó tendido en el suelo unos segundos, como si la dignidad se le hubiera enredado con alguna raíz. Sobre él, la carcajada del aguacero. 

Minutos más tarde, estaba de vuelta en su casa. Su ropa era un guiñapo enmarañado en el suelo, empapado de derrota, arrojado a los pies de la lavadora. Cerca, en la ducha, encerrado con pestillo, él se hallaba en algún lugar dentro de una gruesa nube de vapor, allí donde no se veían sus magulladuras ni su cara de cerrado por derribo. El agua tibia e intensa de la ducha caía sobre él sin más efecto que limpiar su piel y dilatar sus arterias, venas y sinapsis. Alrededor de su cabeza, orbitando como satélites despendolados, todo un batallón de pensamientos declinaba el verbo fracasar en primera persona del singular: ¿Había sido temerario o valiente? ¿En qué medida el batacazo daba sentido a todo lo ocurrido desde la primera zancada? ¿Habría sido mejor esperar o había valido la pena el intento? ¿Se habría caído alguien más? ¿Fue un fallo en la preparación, una mala elección, simple mala suerte o pura lógica? ¿Debía sentirte contento por haberlo intentado o hundido por el estrepitoso fracaso? y todo un etcétera de interrogantes listos para hundir la armada invencible de la seguridad. 

De pronto, su mente cogió el desvío hacia los pensamientos tangenciales y centró su atención en los otros corredores, los que fueron por detrás, por delante o a su par. Bajo el champú, empezó a desarrollar todo un atropellado corpus teórico sobre el arte de correr, intentando encontrar en ese análisis comparativo alguna conclusión que aliviara su ego. Y así, entre churretones de espuma, emergió una revelación: había muchos corredores, mejores o peores o parecidos pero todos distintos a él en definitiva porque él y sólo él era el único que estaba dentro de sus zapatillas. Nadie iba a correr ni por él ni contra él ni en él. Nadie, por mucha experiencia o empatía que tuviera, podía saber cómo se sentía él porque sólo él estaba en su piel. El que corre, corre solo, por muy acompañado o no que esté en la carrera, y únicamente tiene un rival: él mismo. Lo cual le llevó a otra verdad: la meta y el camino hasta ella dependen de cada persona. "Somos nuestros propios retos; nuestros pasos, nuestras metas". Por eso, no hay una carrera igual a otra, porque las hacen diferentes los propios corredores y ellos, a su vez, se distinguen entre sí por sus circunstancias, sus condiciones y su forma de ser, pensar y estar. 

Con ese pensamiento decantándose en su interior, se aclaró, cerró el grifo de la ducha y se secó. Abrió una rendija la ventana del baño para disolver la espectral condensación que había. Poco a poco, el vao permitió vislumbrar un amago de sonrisa en su rostro. Una sonrisa a la que le faltaban etiquetas, pero una sonrisa al fin y al cabo. Mañana volvería a correr porque ahora por fin tenía claro por qué y para qué. Y eso le alegraba. Y es que, en el fondo, todo aquello no iba de hacer ejercicio físico.

martes, 15 de noviembre de 2016

Luna de noche

Y llegó la noche. Por fin. Después de días de machaqueo informativo, tras un mantra de fechas, cifras, porcentajes y onanismos astronómicos, llegó la noche. Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, mientras calles y ventanas se salpicaban de voyeuristas ufanados en capturar con sus smartphones y cámaras lo que sólo podían mirar sin tocar. 
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, con su piel de pecado virginal reluciente como un neón de niebla, rendida en un rumor de hada con el cuerpo enredado en el erótico galimatías de un trabalenguas de sábanas. Parecía un tesoro de sexo a medio desenterrar en un desierto de seda, con los pechos menguantes ocultando sus pezones en el colchón como la mirada de un niño tímido, dejando sólo a la vista el cuarto creciente de unas redondas nalgas que conocieron más de un Adán pero ningún árbol de la ciencia, con el sexo apenas adivinado como una sonrisa traviesa entre la tela descansando tras la aurora boreal de dos cuerpos terrenales con sabor a celestes que habían llenado de plenilunio una habitación oscura como el corazón de un confesionario. 
Y allí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, dejando que los sueños olieran a sudor, aliento y sexo, con la cara engullida por la nana del cansancio, con los ojos cerrados como dos trazos de carboncillo, con los labios carnosos apenas distinguibles como el mar y la noche por los que se escapaba un rumor de sabores anotados al pie de la crónica proscrita de la piel, con el cabello negro desparramándose como hiedra sobre aquel rostro rebosante de una inocencia inexistente en el que ya no quedaban retazos de ningún maquillaje. 
Y ahí estaba ella, con todo su esplendor, ante él, en una habitación caliente perdida en mitad de una noche fría llena de ojos que miraban al cielo buscando una superluna. Él la contemplaba, entre la admiración y la condescendencia, sentado como un dios decadente y triunfal a los pies de la cama mientras apuraba el whisky que aún quedaba en el vaso, paladeando cada detalle, escaqueando aristas que dotaran de cualquier imperfección a lo vivido durante una hora y cien sensaciones. Intentaba inútilmente acordarse de su nombre, el real, pero sólo era capaz de descomponerla con el tacto, el olfato, la vista, el oído y el gusto. Únicamente podía recordar el nombre por el que la conocían esos otros barcos que como él sólo flotaban de noche: "Luna". Y ahí estaba ella, La Luna, con su belleza inalcanzable, esplendorosa, llena.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El hombre que nos redescubrió las grietas

De Leonard Cohen no sabía mucho, lo suficiente para entender por qué tenía ese halo totémico de los artistas que marcan a generaciones. De Leonard Cohen no había escuchado mucho, lo suficiente para colocar Take this waltz y Hallelujah entre mis canciones favoritas. De Leonard Cohen no había leído mucho, lo suficiente para reconocer en él a un poeta de mucha mayor valía y profundidad que cierto premio Nobel (siempre formará parte de esa brillante nómina de goles que los hoy Premios Princesa Asturias han colado a la Academia sueca). De Leonard Cohen no conocía mucho, lo suficiente para descubrir nuestra compartida pasión por uno de los mayores genios de la literatura universal: Federico García Lorca. Por eso, he preferido que en estos días que median desde su muerte me adelanten en comentarios y reseñas quienes son más doctos que yo en la vida y obra de este insigne canadiense.

Pero, aun sabiendo poco de este singular y fenomenal cantautor y escritor, sé lo suficiente de Cohen como para lamentar sinceramente que el mundo haya perdido esa voz grave y áspera capaz de convertir cualquier inhóspito páramo en un lugar transitable, esa lucidez patrimonio de los que no sólo saben saber sino que además saben mirar y contar y esa facilidad para brillar sin estridencias donde el sosegado malditismo de cantante de club se aunaba con la exquisitez de quien paladea la cultura y la vida.
 

Por todo ello, me parece un digno tributo amortajar en silencio y melancolía su pérdida; se ha muerto una de esas infrecuentes personas que marcan momentos íntimos con la misma facilidad que legan canciones tan perennes que casi se transforman en himnos. Al fin y al cabo, ha fallecido el hombre que nos abrió los ojos para enseñarnos la belleza de las grietas, ésas por las que siempre se podía colar la agradable luz de este grandísimo artista. Descanse en paz, viva en nuestro recuerdo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

American nightmare

Salió el 45 y Trump cantó bingo pues tenía completo el boleto según el cual el mundo acababa de irse a la mierda. Se cumplía así el reverso tenebroso del american dream: cualquiera puede llegar a lo más alto si se lo propone. Y cualquiera es cualquiera, aunque hablemos de un espantajo fondón, ignorante, xenófobo, misógino, zafio, clasista, racista, sexista, hortera, imprudente, grosero, charlatán, histriónico, megalómano, reaccionario y delirante. Cualquiera es, por desgracia, Donald CThrump.

Y así, mientras la esperanza se despeñaba hacia el abismo de la incredulidad y las ilusiones se desvanecían como espectros, el simpar millonario ha ascendido al Olimpo estadounidense sobre una alfombra de mandíbulas desencajadas y bajo una lluvia de ojos escopetados de sus órbitas como corchos de champán. Hay gente que dice que tampoco es para tanto, que no podrá empeorar a Nixon, Reagan o Bush Jr pero ya sólo el mero hecho de que se compare a Trump con esos tres despropósitos es para que corran sudores fríos. Y no, tampoco es un consuelo que Mike Pence, su lugarteniente y considerado por algunos el Presidente en la sombra, sea aún más siniestro e inquietante.

En mi opinión, el triunfo de este extravagante y funesto tipo se explica en cuatro motivos: el hartazgo de la sociedad estadounidense, la eficacia del populismo, la política como show y el desmoronamiento de Hillary Clinton. Habría un quinto, la suerte, que no merece mayor comentario, al contrario que los demás:
  • Burnt in the USA. El desencanto, la frustración, el despecho, la indignación, el desafecto o el hartazgo suelen ser grandes dinamos sociales que, partiendo de una base no racional e íntima, acaban por cambiar el rumbo de un país, ya sea pacíficamente o no. Ejemplos de ello tenemos muchos a lo largo de la historia y el orbe: Francia y la archiconocida revolución del XVIII, Alemania y el triunfo electoral de Hitler en el XX y EEUU y la elección de Donald Trump como presidente en el siglo XXI. La sociedad, esto es, la ciudadanía tiene absolutamente todo el derecho a quejarse, a hartarse, a romper la baraja, a reclamar e, incluso a dispararse en el pie. El último ejemplo, como decía, lo encontramos en lo que canónicamente se ha considerado la quintaesencia de "lo occidental" y el gran referente de la democracia y las libertades: EEUU, cuya sociedad ha demostrado estar muy "quemada", tanto que ha encumbrado a la presidencia a Trump. La contraprestación a ese derecho es asumir las consecuencias, que, por lo general, suelen ser nocivas. Situaciones así por lo general se dan cuando se produce una desconexión entre gobernantes y gobernados, entre el mundo de las palabras y el mundo de los hechos, entre las promesas y los resultados, entre los intereses de unos y los intereses de otros, entre la cabeza y el cuerpo que conduce con frecuencia a un colapso y posterior implosión. ¿Las posibles causas de esa fractura? Tan diversas como inquietantes: carencia de ética, falta de sensibilidad, ausencia de ejemplaridad, manifiesta ineptitud gestora, incapacidad para afrontar contratiempos...pero siempre unos mismos culpables: los que gobiernan, los de "arriba", el "establishment", la casta (como dicen los populistas españoles). Así cualquier forma de hacerles daño o vengarse de ellos es bienvenida, aunque luego sea contraproducente para los intereses de los propios ciudadanos agraviados pero eso queda fuera del rencor cortoplacista de los indignados: primero me vengo y luego ya veremos.
  • Populismo: cuando el fin justifica todos los medios. Por eso, es ruptura ente el cerebro y todo lo demás es aprovechada con una siniestra eficacia por los populismos, que deliberadamente, a lomos de una demagogia desacomplejada y una retórica incandescente consiguen que el electorado se divida entre los partidarios de las razones y los de las pasiones, convirtiendo a quienes piensan con el cerebro (la némesis de cualquier populista) en enemigos de quienes piensan con las entrañas (el público objetivo del populismo) y viceversa, generando de esta manera una crispación que pasa de lo artificial a lo natural con veloz facilidad y que completa  un sistema cerrado de indignación que sólo consiguen capitalizar electoralmente los mismos que lo alientan: los populistas. En ese sentido, conviene recordar que los populismos no se encasillan en una determinada ideología política puesto que no un ideario sino una metodología que permite a los populistas alcanzar su principal premisa y concepto basal: la conquista del poder, en torno a la cual articulan una ética arribista y una retórica profundamente emocional que busca no tanto convencer como movilizar. El populismo por tanto no es un corpus doctrinal sino una forma de ser y estar en el juego político heterodoxa pero sumamente eficaz cuando la sociedad se ha hartado de "lo canónico". Por eso tan populista es Donald Trump como Pablo Iglesias, siendo tan antagónicos como evidentemente son.  
  • El show de Trump. Por si alguien no se ha dado cuenta a estas alturas, la política, en su praxis, es puro y simple espectáculo. Por tanto, que nadie espere ya discusiones como las de los filósofos griegos, discursos demoledores al estilo Cicerón o vehementes digresiones como las de los Ilustrados. Más que nada porque de aferrarse a esa expectativa, se correrá el riesgo de convertir la melancolía en una fenomenal hemorroide. Así que hay que ser plenamente conscientes de que la política es un show (y además televisado) en el que lo que importa qué digas/pienses sino qué hagas y cómo: que hablen de ti aunque sea mal, que diría Wilde. En ese sentido, Trump partía con demasiada ventaja respecto a ese gélido monumento a la insipidez que es Hillary Clinton. Las cosas como son: Donald Trump es un verdadero showman; antes de su carrera presidencial ya formaba parte de la cultura-trash televisiva (el "famoseo" que diríamos aquí) de EEUU merced a sus intervenciones públicas y su participación en realities, pero es que Trump se ha revelado durante la campaña como un auténtico géiser de titulares, polémicas y memes, presentándose ante todo el orbe no como un candidato canónico sino como un personaje que parece extraído de un capítulo de Los Simpson, South park o American Dad. ¡Por Dios! ¡Si hasta se subió en 2007 a un ring de la WWE! Hillary Clinton tenía poco que hacer contra semejante depredador mediático. Su única oportunidad pasaba por alejar la campaña de la lucha en el barro y fracasó. 
  • El hundimiento del U.S.S. Hillary. Se presentó como una
    apuesta sólida, imponente como un portaaviones de la Marina yanqui, pero si ya en las primarias demócratas contra Bernie Sanders empezaron a vérsele las costuras, en la campaña han quedado en evidencia todas sus carencias. Decir que ha pagado el pato de Obama sería absolutamente erróneo (máxime teniendo en cuenta los índices de popularidad del presidente 44). Achacar su derrota a la regla no escrita de que los estadounidenses alternan presidentes opuestos entre sí resultaría muy reduccionista. No, el problema fundamental ha sido que Hillary Clinton puede que sea una buena burócrata pero es una nefasta líder: sin carisma ni empatía, no ha sabido ni revalidar la lealtad de estados fieles a Obama ni conectar con unos sectores del electorado demócrata que deberían haber acudido en tropel a su llamada como son las mujeres, los jóvenes, los hispanos y los afroamericanos. Quizás fuera exceso de confianza, quizás fuera un error de cálculo, quizás fuera una mala preparación de la campaña contra Trump pero su fracaso tiene pocos paliativos y bastantes explicaciones y todas ellas muy poco indulgentes con una candidata que quizás debió haber tenido más humildad y prudencia antes de lanzarse a una campaña que ha resultado ser su Pearl Harbor.
De todos modos, más interesante que analizar las causas de la victoria de Trump es analizar su significado, puesto que no estamos tanto ante un análisis como una autopsia. Y es que el triunfo de este mamerto significa que...
  • EEUU, la nación idealista e idealizada por antonomasia, ha revelado su auténtico rostro al mundo como si del retrato de Dorian Gray se tratara y todo el país de las barras y estrellas ha podido contemplar que este país está más cerca de ser una decrépita vieja gloria adicta a la cirugía plástica y con demencia senil que de ser el Ángel de Victoria's Secret que se creyó e hizo creer al resto del globo durante décadas.
  • La degeneración de Occidente sigue a buen ritmo: Ya no es que se haya acabado la Historia, como postulaba Fukuyama, sino que va hacia atrás con un brío degenerativo bastante inquietante porque esta patente involución resucita problemas antiguos sin solucionar los nuevos, lo cual causa la sensación de estar pisando un sueño resbaladizo y quebradizo. En eso sentido, decir que estamos retrocediendo dos décadas sería quedarse corto.
  • Las grandes amenazas para las sociedades de nuestro tiempo no vienen de fuera: cada sociedad genera sus propios monstruos puesto que de la descomposición de aquélla surgen éstos y viceversa.
  • El pensamiento, la acción introspectiva intelectual, está naufragando en su triple condición de recurso, refugio y solución ante los problemas de los individuos y las sociedades.
  • Se constata la siniestra deriva del mundo en tanto que comunidad global a la que se le acumulan los peligros y contratiempos en la bandeja de entrada. ¿Está la Humanidad embarcada en una huida hacia delante? Tiene toda la pinta. 
En definitiva: bienvenidos al "neonihilismo". Bienvenidos al mundo donde la american nightmare es real.

lunes, 7 de noviembre de 2016

De Pepsi a...¿Cthulhu?

La era Obama llega a su fin, después de dos legislaturas como presidente estadounidense oficial y, a la sazón, jefazo mundial oficioso. Un mandato en el que el primer negro de La Casa Blanca se ha limitado a cumplir el expediente pero que ha resultado absolutamente balsámico en comparación con la descerebrada, irresponsable y contraproducente etapa de Bush Jr. 

Obama deja así tras ocho años un legado tan impecable en las formas como insustancial en el fondo pero en olor de multitudes gracias a su estupenda oratoria, innegable carisma y destreza para el marketing político que es, hoy por hoy, en lo que consiste la política: saber vender un producto (que no una idea y menos aún un programa) a los clientes para que en lugar de pasar por caja pasen por urna. Y precisamente son estas mismas virtudes las culpables de que ahora quede un poso de decepción, de "sí pero no", como cuando pides una Cocacola y te dan una Pepsi: eficacia sin deleite. Éramos muchos los que estábamos muy ilusionados con el ascenso de Obama a la presidencia yanqui a lomos de una sensacional campaña publicitaria; los mismos (imagino) que ahora nos debatimos entre la frustración y la gratitud hacia un tipo majete como persona e insípido como político. Dicho de otro modo: Barack puso el listón de demasiado alto para Obama. Dentro de su país se ha ceñido a salvar los muebles, entre otras cosas por la cerril oposición del Partido Republicano, que ha demostrado estar más pendiente de su propia degeneración que de ayudar a progresar a la nación. Fuera de su país, los EEUU de Obama no es que hayan hecho dejación de funciones pero casi; sólo así se explica la tibieza ante el matonismo de Rusia, la demencia de Corea del Sur y las masacres del ISIS, las tres grandes amenazas para la convivencia y serenidad mundial. Y digo bien, dejación de funciones, puesto que por tradición, potencial y capacidad coerctiva EEUU puede y debe ser el gran árbitro de la convivencia mundial, especialmente si tenemos en cuenta que organizaciones supranacionales como la ONU, la OTAN o la UE andan pasando la mayor parte del tiempo en postureos, eufemismos y ridículos varios. En ese sentido, EEUU con Obama ha actuado internacionalmente como un profesor  excesivamente buenista y paciente cuya única muestra de autoridad ha sido dar el merecido matarile a Bin Laden. Y eso, en los tiempos que corre es dar demasiadas facilidades a cabrones vocacionales, ya se apelliden Putin, Kim o Al-Bagdadi. Claro que es preferible esa actitud de monje tibetano a comportarse como un chimpancé con ametralladoras (ver Bush Jr).

De todos modos, más allá de la valoración que merezca el balance de la Administración Obama, lo único seguro es que se le echará de menos dado que el próximo presidente estadounidense saldrá de una dupla de candidatos que ha llevado al electorado de las barras y estrelllas a tener ante sí un dilema de manual: elegir entre un mal candidato (Clinton) y otro horrible (Trump). Hillary Clinton es mala candidata no sólo porque SIRI tiene más empatía que ella sino porque acredita más defectos que virtudes (que se reducen a ser mujer, ser esposa de y no ser Trump). Si gana Hillary será porque la alternativa es mucho peor aún pero que
ahora mismo haya dudas en torno a la victoria demócrata da idea de la castaña de candidata que es Clinton. Por otra parte, está Trump, de quien ya hablé en otro artículo y que, por sintetizar, diré que es como Cthulhu (y coincido así con el maestro Stephen King): un horror indescriptible cuyo ascenso supone por definición una amenaza para la Humanidad, por mucho que tenga unos millares de acólitos que mojen la entrepierna al contemplar su efigie. Si gana Trump será un nuevo hito a añadir a "Momentos en que la democracia se disparó en el pie" junto a Hitler, Andreotti, Chávez y otros grandes disparates electorales, pero ya sólo el hecho de que semejante aberración tenga posibilidades es motivo más que sobrado para que EEUU pase por el diván. La madrugada del martes saldremos de dudas en España pero, ocurra lo que ocurra, nadie en EEUU debería lanzar cohetes ni descorchar champán.

Ya lo dice el refrán castellano: "Otros vendrán que bueno te harán". Y a Obama, a partir del miércoles, me parece que alguien lo va a hacer buenísimo.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Contra la esperanza, paciencia

La esperanza no es algo bueno. Y no lo es de base, esto es, desde su origen, puesto que cuenta el mito que de todos los males que tenía el pack Pandora de "Grandes calamidades para putear a la Humanidad", la esperanza fue el último de ellos. El problema es que, en algún momento y lugar, hubo un anormal que se sintió Paulo Coelho y, reinterpretando el mito de la caja de Pandora (por qué lo llaman caja cuando quieren decir tinaja) como le salió de la axila, acuñó ese gran éxito del cuñadismo universal que es "La esperanza es lo último que se pierde". 

No, la esperanza no es algo positivo. Es una especie de autosugestión que alimenta una expectativa sin ninguna base sólida que se sustenta en un frágil argumento de probabilidades que, a la postre, acaba por resultar contraproducente en no pocas ocasiones. Es un placebo consistente en otorgar carta de naturaleza a un espejismo. Es jugar a la ruleta rusa con las ilusiones personales alentado por unas inverosímiles conjeturas estadísticas en el mejor de los casos. Es comprar muchas papeletas para que te toque un bofetón de realidad. Si eso es algo positivo pues...tenemos concepciones diferentes de "lo bueno". En ese sentido, la esperanza y la fe serían muy similares si no fuera porque aquélla es incluso es peor que la fe (término que erróneamente se suele utilizar como sinónimo de aquél) puesto que cuando ésta falla siempre te queda el recurso de pedir cuentas a Dios, pasarte al agnosticismo o ingresar en ateos anónimos mientras que cuando falla la esperanza el reproche cae única y exclusivamente contra uno mismo ("Mecagüen mi puta vida", "Esto me pasa por gilipollas" y otros grandes éxitos de la autolaceración). Por eso, la esperanza forma parte de ese mito griego arriba citado que vendría a ser el equivalente helénico al hebreo del pecado original (Eva conoce serpiente con labia, come fruto prohibido y a la Humanidad se le acaba el chollo) porque, insisto, no es algo bueno. Así que, a la próxima persona que les diga aquello de no hay que perder la esperanza o que cuando uno desea realmente algo el universo conspira a tu favor o soplapolleces similares, háganle y háganse un favor y cálcenle una hostia...si no quieren que la hostia se la acabe dando la realidad. Porque, yo me pregunto, cuántas personas han fiado inútilmente a la esperanza la consecución de un trabajo o la curación de una enfermedad o la solución de un problema grave o la conquista de un ser querido; ignoro la cifra exacta pero me imagino que unos cuantos millones (por no exagerar). Y es que, se mire por donde se mire, la esperanza es muy frecuentemente un arma de desilusión masiva porque induce a dejarse la vida/dignidad/estima hecha jirones por perseguir una promesa que nadie te ha hecho.

En cambio, en lugar del timo tóxico de la esperanza, mejor sería hacer caso al gran escritor León Tolstoi cuando dijo, en su monumental Guerra y paz, que "los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo", un consejo que no asegura nada pero no vende humo. Teniendo paciencia, tienes posibilidades de asistir a tu propio triunfo. Teniendo esperanza, tienes las mismas posibilidades de triunfar que de tener una cita con Charlize Theron y que a la mañana siguiente te caiga un meteorito en la nuca. ¿Por qué es preferible la paciencia a la esperanza? Porque mientras ésta pone el foco en la suerte, aquélla lo pone en el esfuerzo, en la resiliencia activa y, en la vida real, todo el mundo sabe ya que puede haber trabajo sin suerte (algo bastante común) pero es más seguro todavía que no hay suerte sin trabajo. Dicho de otra manera: hay que hacer todo lo posible para que la suerte te pille esforzándote. Claro que para tener paciencia se requiere poseer una fortaleza psíquica nivel "Esto es Esparta" y eso, especialmente en un mundo tan frenético, desquiciado y desquiciante como el actual, es francamente complicado porque la sociedad actual obliga a las personas a hacer malabares con expectativas endógenas, urgencias exógenas y expectativas sociales. Eso sí, cuando se consigue adiestrar la paciencia y tenerla lista para cualquier Termópilas no es que compres más papeletas para triunfar pero sí que tienes muchas menos para fracasar, que en el fondo es lo que cuenta, en la medida en que la clave no está tanto en ganar como en no sucumbir: lo que importa es seguir en pie. Así que, un consejo, manden la esperanza a tomar viento y ármense de paciencia porque el mundo real no es una película de Disney sino un sitio más próximo al infernal lugar imaginado por Dante en cuya entrada había una sabia advertencia: "Abandonad toda esperanza los que aquí entráis".  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Película rusa con final feliz

Anoche, la persona que montó la película del partido de Champions en el Vicente Calderón se pasó con los carajillos para combatir el fresco. Así, el público vio desde sus asientos "El acorazado Potemkin" aderezado con secuencias de "Óliver y Benji" pero, todo hay que decirlo, con más acorazado que tiro del halcón.

Y es que sobre el césped, el Rostov demostró, como ya hizo en la ida, por qué es famoso en el mundo entero el sentido del humor ruso o, dicho de otra manera, con ellos bromas las justas. El equipo de Rostov del Don planteó un encuentro a cara de Putin tan animado y vistoso como una película soviética de arte y ensayo pero sin subtítulos, lo cual provocó que ni los jugadores ni los aficionados rojiblancos tuvieran claro qué iba a pasar. 

Con el transcurso de los minutos, la tentación de relamerse recordando el partidazo ante el Bayern fue en aumento a medida que el partido se sumergía en ese estado de "ni sí ni no ni buenas noches". Un estado propiciado por la espartana actitud del Rostov, la bajamar de algunos jugadores y las grietas en la proverbial solidez defensiva del Atlético, que encajó un gol inverosímil siendo un equipo acostumbrado a defenderse como Rambo panza arriba. El problema es que también empezó a cundir la sensación de "verás tú...", ese nosequé tan colchonero que suele preceder a cualquier empate o derrota y que en la era Simeone es tan habitual como Leticia Sabater recogiendo un Grammy.

Por suerte para el Atlético y desgracia para el Rostov, anoche Griezmann demostró por qué es hoy por hoy el jugador franquicia del equipo. No sólo es un jugadorazo que se desvive en cada partido a la hora de ayudar a sus compañeros a defender o elaborar jugadas sino que, además, es un fuera de serie con una incidencia en su equipo tan decisiva como la de Messi y un instinto depredador como el de Cristiano Ronaldo pero con una humildad directamente proporcional al narcisismo del metrosexual blanco. Que no marque en cada partido no significa que no esté porque su presencia se nota y mucho. Pero es que anoche, D'Artagnan marcó. Dos veces (un golazo y un gol). Las suficientes para añadir belleza y alegría a un partido tosco e incómodo. Las suficientes para recordar que, tenga o no un balón de oro, cualquier pelota que toca muy probablemente acabe valiendo su peso en ídem. Las suficientes para colocar al Atlético de Madrid matemáticamente en octavos de final de esa competición en la que, entre tanto trasatlántico pretencioso, el Atleti se mueve con el desparpajo y la ética contestataria de la Perla Negra. Las suficientes para poner un final feliz a una noche fría. 

lunes, 31 de octubre de 2016

Un mensaje

Mara estaba sentada en la orilla, junto al mar. Tenía los pies descalzos y la mirada perdida mucho más allá de donde el sol se derretía como un vistoso helado. Allí sólo se oía el mar, con su rumor de espuma y sus ecos de sal. El agua arenosa se filtraba entre sus dedos, emborronando los bajos de sus vaqueros. A su lado, los botines, perfectamente colocados, con las puntas salpicadas de arena. Junto a ellos, apoyado como un borracho a punto de colapsarse, su bolso, donde se escondía un móvil en el que se acumulaban en sordina las llamadas perdidas y los mensajes. En sus manos, sobre sus rodillas, las llaves del coche, aprisionadas con tanta fuerza que se encarnaban en sus palmas, como si un dolor fuera capaz de sustituir a otro. Frente a ella, el Mediterráneo, ese mar tan lleno de historias del que, sin embargo, sólo esperaba silencios. Sobre ella, el cielo en retirada, como una acuarela a la que se le hubiera corrido el rímel. Llevaba allí el tiempo suficiente como para haberse olvidado del reloj, de la agenda, de los compromisos, del hoy y del mañana, de todo lo que le recordara que el tiempo sigue aunque ya no lo hagan las personas. Renunciando a ser, se limitaba a estar: vacía como una caracola, llena de recuerdos como el fondo del mar, furiosa con una galerna de reproches que empezaban en Dios y terminaban en ella. Era un animal varado, desnortado, extraño en su propio relato, escupido de sus mapas de certezas, noqueado en algún punto incierto entre querer vivir y dejarse morir. Estaba en ese rincón descabalgado de la realidad en el que el dolor es una unidad de tiempo y el vacío una unidad de espacio. Como si hubiera perdido el transbordo entre la tranquilidad y la esperanza.

El día ya era noche cuando se produjo la primera vía de agua. Segundos después, la otra. Por sus mejillas empezaron a deslizarse unas lágrimas que borraron las huellas de todas las condolencias en forma de beso. Luego, dese las entrañas, como un suburbano furioso, emergió un grito. Un grito desgarrado, despreocupado de cualquier formalismo, un aullido llamando a la puerta donde anida el dolor, una protesta en 360 grados llena de profunda rabia humana. Cuando su garganta se quedó desierta, se mordió los labios al mismo tiempo que cerró los ojos, como esperando que la noche se derrumbara sobre ella, dándole la clemencia de hacerse por fin una con la oscuridad. Y en ese momento en el que todo se volvió sombra, él apareció a su lado, sentado como tantas otras veces en ese mismo lugar, como tantas otras veces con ella. No la miró porque tenía los ojos anclados en la noche. Ella tenía la sangre helada y la piel erizada. Él no se inmutó. La luna lo hacía parecer un bosquejo azulado, el esbozo de un sueño perdiéndose en una almohada al despertar. Cuando ella quiso dar voz al asombro de sus ojos ya fue tarde porque él habló y el aire se llenó de esa voz contra la que nada podía el viento: No te voy a decir que te levantes, que arriba, que pases página, que des carpetazo, que orilles todo lo que sientes y piensas. No: deja arder tus pensamientos y sentimientos hasta que todo quede en cenizas, deja que te salgan todas las grietas, deja que la vida te desnude de cualquier disfraz o excusa o parapeto. Y, una vez pase eso, respira, abre los ojos, incorpórate y vuelve a vivir y no sólo a respirar. 

Al terminar la última palabra, él se disolvió como la espuma en la orilla, dejándola con cicatrices pero sin heridas, con ausencias pero sin vacíos, con silencios pero sin llantos, con todo lo necesario para tornar la deriva en vida.

domingo, 30 de octubre de 2016

Un bufón en la corte de Simeone

Hay árbitros y árbitros. Hay árbitros que se limitan a arbitrar y árbitros que tienen alma de folclórica on fire. Los primeros tutelan partidos de fútbol; los segundos los convierten en un esperpento. Los primeros son olvidados por los aficionados en cuanto pitan el final del partido; los segundos son recordados vehementemente junto a su linaje pretérito y venidero por la hinchada. Anoche, el Vicente Calderón sufrió la actuación de un árbitro de estos últimos. Uno de esos que transforman un partido sin sobresaltos en una montaña rusa mientras al público se le va poniendo semblante de xenomorfo cabreado y al árbitro rictus de marine espacial sin GPS.
Así, el Atleti-Málaga pasó de ser un encuentro entretenido entre un equipo en auge (el colchonero) y otro bien trabajado (el boquerón) a ser un espectáculo tan bochornoso como una gala de José Luis Moreno. Y todo porque un árbitro, Estrada Fernández, decidió sustituir el reglamento oficial por el co*o de la Bernarda como criterio a la hora de desempeñar su función. Especialmente irritante fue su baremo para sacar (o no) tarjetas, alcanzando su cénit al mostrar la segunda amarilla a Savic por resbalarse en plena carrera y derribar sin querer en la caída a un jugador del Málaga. No extraña por tanto que el Calderón en la segunda parte (cuando el soplapitos decidió destaparse como Priscila, Reina del desierto) entrara en estado de incandescencia por lo que estaba pasando sobre el césped, que era un circo con un bufón como jefe de pista con momentos de buen fútbol por parte de ambas escuadras.

Fue tan malo el arbitraje que casi eclipsa el gran partido de Yannick "The man" Carrasco y La Marsellesa (Griezmann y Gameiro) y el oficio que demostró el Atleti para solventar contratiempos propios o arbitrales y así alzarse con una merecida victoria (4-2) que por momentos peligró. Casi.

sábado, 29 de octubre de 2016

El presidente Kaiju

Jason Voorhees, Michael Myers, Freddy Krueger, Pinhead, Sadako, Mariano Rajoy...el mal siempre vuelve. Cuando uno cree que por fin ha acabado la pesadilla y que la maligna criatura ya reposa contra su voluntad en el inframundo con un velatorio de títulos de crédito, hete aquí que regresa de la tumba para atormentar las vidas del personal como si nada hubiera pasado. En el caso de Rajoy, parece que en España ha pasado de todo pero a nada que uno rasque llega a la verdad: "vanitas, vanitatis" o "rien de rien" que cantaba la Piaf. La muestra de todo ello, lo de hoy: cuando se despertó, Rajoy todavía estaba allí. Así que aquí, en este país que flota cual coprolito río abajo, lo único que ha pasado es el tiempo (10 meses). El tiempo de desalojar a una pléyade de caraduras e ineptos de las instituciones a los que sólo aplauden una panoplia de propagandistas pesebreros y unos impasibles votantes de inteligencia lesiva y lesionada a los que lo mismo les daría el águila de FF que la gaviota del PP con tal de que no gane "el otro" (ese concepto) o nadie les fastidie el chiringuito (otro concepto y muy español por cierto). 

Así, por perder el tiempo, hemos sido testigos forzosos de una investidura gatopardista para una legislatura de postureo en la que la credibilidad de la clase política no volverá a casa por Navidad dado que nuestros políticos han devenido en macabras bromas de Halloween con ascendente en chirigota, que España siempre ha sido muy suya a la hora de darle el toque cañí a todo, incluidos los despropósitos. Hoy, por tanto, se acaba de iniciar una legislatura rara que ningún partido quiere pero todos necesitan. Una que, salvo sorpresón, acabará pronto y mal pero que será aprovechada por los políticos no para arreglar el país (bye, bye, ingenuos) sino para reflotarse electoralmente ante unos más que previsibles comicios anticipados. Vamos, que este legislatura tiene el mismo futuro que Paquirrín en los Grammy pero idéntico nivel de bochorno que cualquier hit del australopiteco bético. Eso sí, para disimular el descaro y la vergüenza de que el moái del Partido Procesado revalide su cargo como Presidente en disfunciones, la clase política ha tenido a bien ofrecernos estas semanas unos entremeses de creación propia con los que amamantar a tertulianos y distraer a papamoscas. Así, durante estas semanas precedentes, el público patrio ha podido contemplar piezas como "El arte de implosionar" representada por la compañía El puño y la rosa, "El partido soy yo" del grupo La coleta de Pablo, "Naranjas de la china" de Rivera Company y "Ese señor del que usted me habla", representada por Peperos Anónimos. Unos entremeses con una finura nivel gotelé que, sin embargo, han resultado ser más animados que el previsible debate de investidura en el que todo el mundo ha estado en su papel pero sin ir más allá, como una cena de Nochebuena. Así, por la tribuna de oradores han desfilado Mariano Rajoy, el totémico líder del partido más corrupto de los últimos años y a la sazón autoparódico mandamás de uno de los gobiernos más bochornosos de la etapa democrática; Antonio Hernando, el Bruto que habló tras dejar a César la espalda como una tacoma; Pablo Iglesias, el Señor Hyde del neobipartidismo que sueña con devolver a España a esa época en la que su abuelo practicaba el genocidio low cost; Albert Rivera, el Doctor Jeckyll del neobipartidismo que pasó de ilusionante promesa a petardazo preciosista a velocidad Mach 3; Joan Tardá, la última criatura del doctor Moreau mitad jabalí mitad cretino; Rafael Hernando, el avinagrado libador de recovecos marianos...y toda una retahíla de variopintos personajes que ríete tú de los concursantes de First dates.

El caso es que, aunque hayamos llegado a esta esperpéntica y lamentable situación principalmente por demérito de todos los partidos (exceptuando el PP) y demencia de unos millones de españoles (hola, hijos de la gaviota), también hay que reconocer que Rajoy ha puesto de su parte para revalidar esta ignominia. Rajoy sigue siendo Presidente no porque sea un político creíble (que no lo es) o una persona preparada (que tampoco) o un hombre de ética admirable (menos aún) o un representante digno (risas aquí) sino porque ahí, con su desgarbada figura, con su aparatosa desfachatez, con su paquidérmica desidia, con su monumental soberbia, con su colosal enajenación, con su inabarcable jeta, Rajoy ha desplegado ante propios y extraños su única habilidad: permanecer inalterable. El presidente relecto se ha revelado así como una suerte de Godzilla gallego contra el que nada pueden hacer la sensatez, la lógica, el sentido común, la Justicia o la decencia y mucho menos sus rivales políticos, a quienes ha tratado como si fueran confeti. Dicho de otro modo: Rajoy es un kaiju y se comporta como tal: hace lo que quiere, como quiere, cuando quiere y nada ni nadie le pondrá parar.Y así, imparable, el kaiju Rajoy ha dejado España como Godzilla Japón: difícil de mirar. Porque, las cosas como son, Rajoy recogió un país que estaba hecho un Cristo (ese Zapatero de moda...) y él, guiado por su natural talento, lo ha restaurado dejándolo como el Ecce Homo de Borja.


El mercado laboral, la ciencia, la cultura, la educación, el modelo económico, los medios de comunicación, las libertades constitucionales...cuesta encontrar un solo ámbito que haya quedado indemne al paso del cuñado de Cthulhu. Por cepillarse, se ha cepillado hasta la gramática castellana. De ahí que los únicos beneficiados por los garbeos del kaiju pontevedrés hayan sido, por un lado, los generadores de memes y virales, y, por otro, los enemigos del Estado democrático de derecho (ponga aquí el nombre de cualquier miembro de Podemos, independentista catalán o golfo pepero).
 
Si con esta aberrante y aterradora hoja de servicios Rajoy ha conseguido ser reelegido Presidente pues...mejor será asimilar de una vez por todas la idea de que España es un país con exceso de gilip*****, porque sólo así se explica que esta monstruosa hemorroide pseudodemocrática siga donde está.


lunes, 24 de octubre de 2016

Dejar marchar

Ayer domingo, Salvados, para variar, volvió a ejercer de timbre de la conciencia y de catalizador dignificante del periodismo español. El tema, en esta ocasión, la eutanasia. Y mereció la pena (nunca mejor dicho); tanto el programa ("La buena muerte") como el asunto abordado.
 

Resulta cuando menos llamativo y paradójico que, en esta época en la que hay una creciente sensibilidad y concienciación respecto al sufrimiento animal, la eutanasia aún siga rimando con tabú y sea objeto de voces bajas, reclinatorios y estigmatización social e incluso legislativa. ¿Por qué negar a un ser humano la misericordia y la dignidad que tan justamente se reivindica para los animales? ¿Por qué tener empatía hacia un caballo con la vida quebrada a la altura de una pata o hacia un perro al que apenas le quedan ladridos y no hacia un enfermo terminal o hacia quien tenga la agonía como unidad de tiempo? ¿Por qué conceder la piedad a un animal y escamoteársela a un ser vivo?
 

Quizás es porque aún, como sociedad y como individuos, la gestión de todo lo que tenga que ver con el tánatos nos desnuda de certezas, nos expone al vacío insondable, nos convierte en niños acurrucados temerosos de la oscuridad, nos arroja hacia ese estado primigenio del ser humano en el que el hombre antes de ser, temió. A nadie le gusta refrescar aquello del "memento mori". De ahí que intentemos casi ya inconscientemente construir un artificioso malecón de eufemismos y soslayos entre la muerte y lo que nosotros determinamos como "vida". Un error que obedece a un doble planteamiento fallido: por un lado, creer que vida y muerte son disociables; por otro, considerar que la muerte es algo así como un tormento  tartárico en el que perdemos todo menos la consciencia. El primer planteamiento equivocado responde a la absurda creencia de que la vida y la muerte son cosas distintas cuando en realidad forman parte de un todo armónico y ensamblado sin fisuras ni cláusulas ni matices ni letras pequeñas. El otro planteamiento desacertado en cambio se debe a la (con)fusión entre los términos "muerte" y "enfermedad", que son cosas distintas por mucho que la primera pueda ser una consecuencia de la segunda y es que, como dijo un sabio, cuando la muerte viene tú no estás ni volverás a estar por tanto no hay de qué preocuparse; otra cosa distinta es que biológicamente llega un momento en el que ya no hacemos otra cosa más que morir paulatina e irremediablemente pero de eso no somos conscientes (salvo que alguien tenga la infeliz idea de decirlo).
 

Otro de los motivos de esta peculiar actitud ante la muerte en general y la eutanasia en particular es conceder a  Dios la exclusiva gestión sobre la vida y la muerte y, por tanto, negársela radicalmente al ser humano so pena de anexarnos a un confesionario cuando no de condenarnos a eterno padecimiento en el parque temático de Lucifer. Esto obedece a la secular sedimentación del ideario e imaginario cristiano especialmente en la sociedad occidental y más aún en los países de tradición católica. Un planteamiento que resultaría plausible de no confrontarlo con la cruda realidad: ¿es Dios quien decide que un niño muera de una enfermedad incurable? ¿Es Dios quien da luz verde a que una persona implosione atrozmente con una enfermedad degenerativa? ¿Es Dios el que da la baja a un chaval con todo por vivir y deja en plantilla a un terrorista? ¿Es Dios quien estima conveniente de buenas a primeras convertir el calendario de un ser humano en un calvario? ¿Estamos de coña o qué? Retazos de esta gilipollesca creencia los encontramos en comentarios de measalves (hasta las religiones tienen su cuota de cuñadismo) e incluso en sermones funerarios (coleteando en expresiones tipo "ahora que Dios ha llamado a su presencia a..."), lo cual es particularmente bochornoso. A todos aquellos que crean que Dios es una especie de George R.R.Martin y nosotros pobres personajes de Poniente déjenme darles una exclusiva: Dios no interviene en la vida de las personas, ni para bien ni para mal: no es ni Supermán ni Pinhead. Por tanto, asumiendo la no injerencia de lo divino en lo humano, decidir acerca de lo terrenal no debe se causa de reprobación, censura o demonización. Las religiones (y sus voceros) en situaciones como las que contextualizan una eutanasia están o deberían estar para ofrecer consuelo no para tocar las pelotas. Supongo que habrá algún flandersiano que piense que la eutanasia se pasa por el forro el mandamiento de "No matarás". Pues bien, a esos escrupulosos mojigatos de cerebro tierno habría que explicarles que una cosa es dar matarile a un inocente y otra muy distinta liberar del sadismo que supone un padecimiento irremediable a un ser humano digno de tal denominación (nota: no considero seres humanos a todas las personas, razón por la cual a un terrorista, asesino, maltratador, violador, pedófilo o pederasta no lo liberaría de sufrimiento alguno sino todo lo contrario). Dicho de otra manera: ese precepto aplica al ámbito del homicidio, no de la piedad. En ese sentido, conviene recordar a esos beatos aspaventosos que la eutanasia no es matar por mucho que la consecuencia sea la misma: el deceso y un cuerpo inanimado. Y ojo que el abajo firmante es creyente.

Así las cosas, soy partidario de la eutanasia siempre que el peticionario lo pida (o sus seres queridos en su nombre) y la enfermedad o el padecimiento no tengan solución médica o de tenerla no sea compatible con la dignidad que la mayoría de personas se merece. Por eso, practicar una eutanasia me parece una de las más asombrosas y valientes muestras de bondad, sensibilidad, piedad y respeto que puede brindar un ser humano a otro porque en el fondo pienso sinceramente que decidir morirse, preferir la muerte a la agonía es una elección como cualquier otra que una persona toma a lo largo de su existencia con respecto a su vida, con la única singularidad de que es la última y sin duda más valiente decisión a tomar. Por eso, para mí, la eutanasia no es más que dejar marchar, dejar partir, dejar morir pero también dejar vivir: permitir que cada persona haga con su vida lo que quiera incluso en su última hora, conceder el derecho a vivir, sentir y ser en libertad, sin coacciones ni reproches ni represalias. Y es que lo verdaderamente importante en este mundo es que la muerte te pille viviendo y no sólo respirando porque cuando uno deja de (poder) vivir la vida no hay mejor salida que ahorrarle el calvario de sentir que ya no se es y saber que ya no se está.

Artículo escrito en homenaje de todos aquellos que se atrevieron a irse y quienes tuvieron el corazón suficiente para dejarlos marchar.