lunes, 24 de octubre de 2016

Dejar marchar

Ayer domingo, Salvados, para variar, volvió a ejercer de timbre de la conciencia y de catalizador dignificante del periodismo español. El tema, en esta ocasión, la eutanasia. Y mereció la pena (nunca mejor dicho); tanto el programa ("La buena muerte") como el asunto abordado.
 

Resulta cuando menos llamativo y paradójico que, en esta época en la que hay una creciente sensibilidad y concienciación respecto al sufrimiento animal, la eutanasia aún siga rimando con tabú y sea objeto de voces bajas, reclinatorios y estigmatización social e incluso legislativa. ¿Por qué negar a un ser humano la misericordia y la dignidad que tan justamente se reivindica para los animales? ¿Por qué tener empatía hacia un caballo con la vida quebrada a la altura de una pata o hacia un perro al que apenas le quedan ladridos y no hacia un enfermo terminal o hacia quien tenga la agonía como unidad de tiempo? ¿Por qué conceder la piedad a un animal y escamoteársela a un ser vivo?
 

Quizás es porque aún, como sociedad y como individuos, la gestión de todo lo que tenga que ver con el tánatos nos desnuda de certezas, nos expone al vacío insondable, nos convierte en niños acurrucados temerosos de la oscuridad, nos arroja hacia ese estado primigenio del ser humano en el que el hombre antes de ser, temió. A nadie le gusta refrescar aquello del "memento mori". De ahí que intentemos casi ya inconscientemente construir un artificioso malecón de eufemismos y soslayos entre la muerte y lo que nosotros determinamos como "vida". Un error que obedece a un doble planteamiento fallido: por un lado, creer que vida y muerte son disociables; por otro, considerar que la muerte es algo así como un tormento  tartárico en el que perdemos todo menos la consciencia. El primer planteamiento equivocado responde a la absurda creencia de que la vida y la muerte son cosas distintas cuando en realidad forman parte de un todo armónico y ensamblado sin fisuras ni cláusulas ni matices ni letras pequeñas. El otro planteamiento desacertado en cambio se debe a la (con)fusión entre los términos "muerte" y "enfermedad", que son cosas distintas por mucho que la primera pueda ser una consecuencia de la segunda y es que, como dijo un sabio, cuando la muerte viene tú no estás ni volverás a estar por tanto no hay de qué preocuparse; otra cosa distinta es que biológicamente llega un momento en el que ya no hacemos otra cosa más que morir paulatina e irremediablemente pero de eso no somos conscientes (salvo que alguien tenga la infeliz idea de decirlo).
 

Otro de los motivos de esta peculiar actitud ante la muerte en general y la eutanasia en particular es conceder a  Dios la exclusiva gestión sobre la vida y la muerte y, por tanto, negársela radicalmente al ser humano so pena de anexarnos a un confesionario cuando no de condenarnos a eterno padecimiento en el parque temático de Lucifer. Esto obedece a la secular sedimentación del ideario e imaginario cristiano especialmente en la sociedad occidental y más aún en los países de tradición católica. Un planteamiento que resultaría plausible de no confrontarlo con la cruda realidad: ¿es Dios quien decide que un niño muera de una enfermedad incurable? ¿Es Dios quien da luz verde a que una persona implosione atrozmente con una enfermedad degenerativa? ¿Es Dios el que da la baja a un chaval con todo por vivir y deja en plantilla a un terrorista? ¿Es Dios quien estima conveniente de buenas a primeras convertir el calendario de un ser humano en un calvario? ¿Estamos de coña o qué? Retazos de esta gilipollesca creencia los encontramos en comentarios de measalves (hasta las religiones tienen su cuota de cuñadismo) e incluso en sermones funerarios (coleteando en expresiones tipo "ahora que Dios ha llamado a su presencia a..."), lo cual es particularmente bochornoso. A todos aquellos que crean que Dios es una especie de George R.R.Martin y nosotros pobres personajes de Poniente déjenme darles una exclusiva: Dios no interviene en la vida de las personas, ni para bien ni para mal: no es ni Supermán ni Pinhead. Por tanto, asumiendo la no injerencia de lo divino en lo humano, decidir acerca de lo terrenal no debe se causa de reprobación, censura o demonización. Las religiones (y sus voceros) en situaciones como las que contextualizan una eutanasia están o deberían estar para ofrecer consuelo no para tocar las pelotas. Supongo que habrá algún flandersiano que piense que la eutanasia se pasa por el forro el mandamiento de "No matarás". Pues bien, a esos escrupulosos mojigatos de cerebro tierno habría que explicarles que una cosa es dar matarile a un inocente y otra muy distinta liberar del sadismo que supone un padecimiento irremediable a un ser humano digno de tal denominación (nota: no considero seres humanos a todas las personas, razón por la cual a un terrorista, asesino, maltratador, violador, pedófilo o pederasta no lo liberaría de sufrimiento alguno sino todo lo contrario). Dicho de otra manera: ese precepto aplica al ámbito del homicidio, no de la piedad. En ese sentido, conviene recordar a esos beatos aspaventosos que la eutanasia no es matar por mucho que la consecuencia sea la misma: el deceso y un cuerpo inanimado. Y ojo que el abajo firmante es creyente.

Así las cosas, soy partidario de la eutanasia siempre que el peticionario lo pida (o sus seres queridos en su nombre) y la enfermedad o el padecimiento no tengan solución médica o de tenerla no sea compatible con la dignidad que la mayoría de personas se merece. Por eso, practicar una eutanasia me parece una de las más asombrosas y valientes muestras de bondad, sensibilidad, piedad y respeto que puede brindar un ser humano a otro porque en el fondo pienso sinceramente que decidir morirse, preferir la muerte a la agonía es una elección como cualquier otra que una persona toma a lo largo de su existencia con respecto a su vida, con la única singularidad de que es la última y sin duda más valiente decisión a tomar. Por eso, para mí, la eutanasia no es más que dejar marchar, dejar partir, dejar morir pero también dejar vivir: permitir que cada persona haga con su vida lo que quiera incluso en su última hora, conceder el derecho a vivir, sentir y ser en libertad, sin coacciones ni reproches ni represalias. Y es que lo verdaderamente importante en este mundo es que la muerte te pille viviendo y no sólo respirando porque cuando uno deja de (poder) vivir la vida no hay mejor salida que ahorrarle el calvario de sentir que ya no se es y saber que ya no se está.

Artículo escrito en homenaje de todos aquellos que se atrevieron a irse y quienes tuvieron el corazón suficiente para dejarlos marchar.

viernes, 21 de octubre de 2016

Regénesis

Foto de
Javier Crespo
En el principio fue la palabra, la tuya. La luz al final del túnel que acabó por sacar los colores a la oscuridad. El último tren con parada única en Felicidad. El big y el bang de un nuevo universo por explorar sin más nave espacial que el verbo "estar". La promesa de compartir el espacio sin importar el tiempo. El deseo de hacer un espacio al tiempo para sentir que todo lo bueno pasa rápido pero se disfruta lento. El orden que mandó al carajo el caótico desván donde el miedo y la rutina vivían de prestado. El debut de un nuevo dios en el que creer: el amor. La única fe verdadera: la de la Biblia de tu sonrisa.

martes, 18 de octubre de 2016

Humanidad a la deriva

El Mediterráneo es un mar en lo geográfico y un océano en lo cultural en la medida en que sirve de nexo entre pueblos distantes en lo espacial y/o lo temporal. El Mediterráneo es un lugar a medio camino entre lo real y lo imaginado, entre la crónica y el mito, entre la verdad y la leyenda. Pero el Mediterráneo es también y muy "recientemente" la mayor fosa común de Europa y probablemente del mundo (más de 10.000 muertos desde 2014), un lugar donde en los últimos años mueren hombres o esperanzas con tanta asiduidad y "facilidad" que dejó de ser noticia para ser paisaje, un paisaje de pena inabarcable y fondo atroz en el que la humanidad flota a la deriva mientras a su alrededor la credibilidad de organizaciones supranacionales y gobiernos de toda índole se hunde irremediablemente y la esperanza en el ser humano chapotea aparatosamente para no ser un pecio más. El Mediterráneo se ha convertido en un horror cotidiano, en una tragedia que llama diariamente a la puerta de nuestra conciencia.

Por eso es no sólo agradecible sino también imprescindible que alguien se tome la molestia de agarrarte de la pechera y obligarte a mirar sin apartar la mirada. Eso es lo que hizo Jordi Évole en Salvados con "Astral", un documental impecable en la forma e implacable en el fondo que llenó los ojos de quienes lo vieron de salitre, espanto, sudor, vergüenza, pena y asombro. El programa, el programón del domingo, nos contaba la gesta (a las
cosas hay que llamarlas por su nombre) de unos activistas españoles (los de Proactiva Open Arms) decididos a arrancar de los brazos de la muerte a centenares de refugiados que se lanzan al mar Mediterráneo sin más equipaje que la fe; una fe ciega, injustificada y con frecuencia letal pero inflamada por la desesperación de quien huye. Y es que los inmigrantes, los navegantes del patíbulo, los parias flotantes, los desheredados de la suerte, las personas de rostros desencajados por el agotamiento y la incertidumbre, huyen sin cobardía pero con temeridad. Se arrojan al mar escapando de una vida incendiada por la injusticia y todas sus atroces ramificaciones. He ahí la gran paradoja de los que migran confiando su aliento a unas embarcaciones precarias siempre e inverosímiles con frecuencia: arriesgan su vida para tener una. Un doble o nada, el Hades o el Olimpo, un salto al vacío convertido en un horizonte de agua que tal vez nunca devenga en tierra firme. Por eso adquiere aún más valor el trabajo de Open Arms, porque, al igual que hacían los héroes clásicos, viajan al mundo de los muertos para trastocar la cuenta de resultados. Una hazaña tan ejemplar que deja en miserable ridículo a todos los "solidarios de salón", esos que se llenan la boca de palabras grandilocuentes pero que a la hora de la verdad no tienen el coraje para hacer nada más que posturear.

Así,"Astral" nos ha obligado a contemplar una situación en el que la falta de escrúpulos de las mafias, la pasividad, ineficacia e irresponsabilidad de gobiernos (europeos y no europeos), la desesperación de los emigrantes y la extraordinaria solidaridad de los activistas conforman un impresionante cuadro donde tienen cabida lo mejor y lo peor de la condición humana. Y lo ha hecho de una forma alejada de todo personalismo y efectismo, dejando que el narrador-presentador desaparezca en favor de los auténticos protagonistas y permitiendo que las imágenes hablen con toda su honesta crudeza hasta causar una marejada de pensamientos y sentimientos.

Por todo ello, el Salvados del pasado domingo nos volvió a rescatar de la mediocridad aletargada en que vivimos para ofrecernos (una vez más) todo un encuentro con el ser humano en toda su grandeza y miseria al mismo tiempo que reconciliaba la televisión con la calidad y el periodismo con la decencia. Y todo eso en una noche en la que muchos españoles prefirieron dedicar sus pupilas a averiguar si Bisbal y Chenoa se daban o no un abrazo en lugar de dirigir la vista, la conciencia y la consciencia a ese sitio no tan lejano donde la humanidad flota peligrosamente a la deriva.

domingo, 16 de octubre de 2016

Fiesta en el Calderón

Hay partidos irrelevantes que marcan la diferencia entre ganar o perder un campeonato. Hay partidos irrelevantes que toman el pulso al hambre de un equipo. Hay partidos irrelevantes en los que rivales que no pintan nada te pueden pintar la cara. El de ayer fue uno de esos partidos.
Antaño, partidos como el de ayer en los que, por diversas razones, los colchoneros esperábamos que Charlize Theron saliera de la tarta, solían acabar como si nos hubiéramos quedado encerrados en el ascensor con Leticia Sabater. Antaño quiere decir "antes del Cholo" porque lo cierto es que desde la llegada de Simeone el Atleti es tan pasota e inofensivo como un Terminator. El entrenador, los jugadores y la afición tienen claro el objetivo (ganar) y el método (dejarse el alma en el césped y la grada) con independencia de la competición o el rival de que se trate. Y eso quedó demostrado ayer: a este equipo lo mismo le da luchar contra un aspirante a la Champions que contra un aspirante al descenso.

Por eso, el Atleti ayer, pese a un inicio en el que Godín demostró que es humano, pasó por encima del Granada, que es todo un poema y no precisamente de García Lorca. Por eso, el Atleti ayer, pese a tener que remontar, brindó al Calderón la mejor fiesta por su 50 y último cumpleaños gracias a Hattrick Carrasco, enésimo milagro del Cholo, que ayer se puso en modo Stephen Curry y sembró el pánico en el conjunto nazarí como si hubieran invitado a Jason Voorhees a una fiesta de springbreakers. Por eso, el Atleti ayer, decidió convertir un partido peligrosamente irrelevante no sólo en un hito para las estadísticas y la historia colchonera sino en un mensaje para el resto de gallos de la competición: "Alégrame el día".

Según la mitología griega, la granada te ata al Hades. Según la mitología cholista, te lleva al Olimpo. Y es que ayer, en el cumpleaños en diferido del Calderón, todo el estadio acabó con esa sonrisa irremediable y tonta de post-orgasmo que provoca sentirse parte de un momento memorable y difícilmente repetible.

viernes, 14 de octubre de 2016

La respuesta está en el viento

El Premio Nobel de Literatura de 2016 ha sido otorgado al cantautor Bob Dylan. Si, aun con toda esta concisión y asepsia, leerlo produce un no-sé-qué, asimilarlo ya...

Antes de entrar en faena y para que no queden dudas al respecto: reconozco sin matices ni letra pequeña la valía y la relevancia de un cantautor como Dylan; sería necio ignorar la enorme trascendencia que este artista ha tenido para la música. Que me guste ya es otro cantar, nunca mejor dicho. Tampoco es que lo deteste. Simplemente, no me llama la atención.

Yendo ya al meollo de la cuestión: el Nobel de Dylan me parece una frivolidad, una estridencia, un disparate, un patinazo, una majadería, un ejercicio de postureo irrisorio, un error. No porque considere que un tipo como Dylan no se merezca un Nobel sino porque pienso que se merece el de Literatura tanto como el de Física o el de Química. Si querían dar un Nobel a Dylan, mejor habrían hecho en crear una categoría nueva (la de "Música") en lugar de hacer lo que han hecho: buscar una pirueta argumental ("haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense") que les permita dar "porque sí" dicho galardón al cantautor estadounidense, especialmente cuando este buen señor no ha escrito una sola obra que se pueda considerar literaria. De ahí que la controversia generada al calor de la concesión no sólo sea lógica sino que es sana y necesaria.

Me parece un error dar el Nobel de Literatura a Dylan respirando aún escritores tan magistrales como Richard Ford (para mí el mejor narrador vivo), Paul Auster, Don DeLillo, Ian McEwan o Philip Roth, por citar sólo algunos ejemplos y dejando conscientemente al margen a magníficos poetas y dramaturgos por ahorrar tiempo y espacio. ¿Por qué pienso que es un error? Porque la calidad estrictamente literaria de Dylan es por lo general mediocre. Es cierto que, combinando la letra y la música, Dylan consigue hacer indudablemente arte y algo innegablemente genuino, pero, atendiendo a todo lo que no es puramente musical, el ingenio "poético" de Dylan brilla en muy contadas ocasiones (por ejemplo, en la legendaria Blowin' in the wind). Dicho de otro modo: Dylan como cantautor es un icono pero como "poeta" es del montón. Y si alguien quiere discutir eso, invito a que se lea con detenimiento las letras de las canciones de Dylan porque descubrirá que muchas no son precisamente para tirar cohetes (por cada letra aceptable hay varias que o bien te dejan frío o directamente dan vergüenza ajena). Poesía es lo de Lorca, Lautréamont, Cavafis, Szymborska o Sabina; lo de Dylan es otra cosa. Por eso resulta sorprendente, ofensivo y francamente gilipollesco que habiendo tanta calidad donde elegir se premie a un artista que pasará a la Historia de la Música pero jamás a la de la Literatura. El Nobel a Dylan es una bofetada que ni Ford ni Auster ni DeLillo ni Roth ni otro buen puñado de escritores excepcionales (incluso el sobrevalorado Murakami) se merecen. Si el campo literario actual fuera un erial...pues vale, pero no es el caso ni mucho menos. Además, que este cantautor tenga el mismo Nobel que se negó a autores tan prodigiosos como Borges, Tolstoi, Ibsen, Miller, Kafka o Calvino es una broma de mal gusto. Punto. 

Por otro lado, puestos a premiar a foráneos ajenos a la "nación literaria", ¿por qué no un guionista o un director de cine? Al fin y al cabo, son de facto contadores de historias y, muchos de ellos, objetivamente mejores que Dylan en esos menesteres: ahí están Lynch, Nolan, Eastwood, Haneke, Malick, Tarantino...

Hay quien se ha venido arriba y ha salido en defensa del Nobel de Dylan apelando a Homero, Safo, los juglares, los trovadores y los cantares como refutación a quienes pensamos que un cantautor no se merece el Nobel de Literatura o a quienes creemos que meter a la música dentro de la literatura es mezclar churras con merinas. Aun a riesgo de desilusionar a quienes han eyaculado champán al calor de este Nobel, las canciones de Dylan nada tienen que ver ni con la cólera de Aquiles ni con las peripecias de Odiseo ni con el esquivo Santo Grial ni con la espada de Roldán ni con el perro de Culann ni con el amor cortés ni con todo este etcétera que integra la denominada "literatura oral". La literatura oral fue una necesidad en un contexto en el que la voz era el mejor soporte cuando no el único. En el siglo XXI, apelar a la "literatura oral" para respaldar a Dylan es, como mínimo, anacrónico y, muy probablemente, una estupidez. Además, volviendo a lo de "contar historias" oralmente y a la "tradición estadounidense", Dylan es un mero telonero comparado con monstruos como Johnny Cash (cuyo Nobel brilla por su ausencia). Hasta Bruce Springsteen (que tiene en su haber el mismo Nobel que Cash) ha sabido contar-cantar la historia reciente de los EEUU mejor que Dylan. Así las cosas...¿alguien me quiere decir, por ejemplo, qué historia cuenta el flamente Nobel en la famosa Knockin' on Heaven's door? ¿La calidad literaria reside en repetir una y otra vez la misma frase como si estuvieras al borde del coma etílico?

No obstante, el Nobel a Dylan tiene dos consecuencias positivas. La primera, que el debate ha rebasado los círculos gafapastas, a diferencia de lo que venía ocurriendo los últimos años. Y la segunda: España está hoy más cerca de reptir Nobel en Literatura con...Joaquín Sabina. Es todo un consuelo.

Ahora bien, la respuesta a por qué se ha dado el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan sigue siendo difícil de encontrar...quizás porque esté en el viento.

jueves, 13 de octubre de 2016

El penúltimo bufón

Ha muerto Darío Fo, un bufón magistral que manejó como pocos la provocación y la sátira. El ingenio siempre viene bien para tocar lo que no suena y pocos se atreven y Fo de eso iba tan sobrado como de humor cáustico.
Con el fallecimiento de este gran comediante, la literatura europea (Fo fue también novelista) y especialmente el teatro (la fama de Fo viene principalmente de su faceta como dramaturgo y actor) pierde a uno de sus totems (siendo premiado, en este caso sí merecidamente, con el Nobel de Literatura) un tipo incorrecto, libre y honesto cuya mirada nos ayudó a pensar y cuyos pensamientos nos ayudaron a mirar. Y todo ello sin renunciar nunca al arte más difícil: el de hacer reír. Y es que Fo, maestro de lo bufo, fue quizás uno de los mejores arlequines que tuvo y tendrá la cultura europea.

Y es que el país en forma de bota siempre ha alumbrado grandes maestros a la hora de dar puntapiés a las conciencias desde la sátira. Se fue Fellini (también un octubre, por cierto) y nos quedó Fo. Se va Fo y nos queda Sorrentino. Italia, en cuestión de ingenio, ha tenido siempre un banquillo extraordinario.

Ahora que de Fo ya sólo queda sombra, sería bueno para sobrellevar el duelo no ya (re)descubrir su interesante obra sino permitir que esa ética iconoclasta tan suya deje algo de luz en nuestra mirada y actitud ante el mundo.

Eso sí: en España afortunadamente nos queda el consuelo de tener a otro gran comediante y librepensador que, como Fo, también gusta de hacer pensar y reír al público: el maestro Rafael Álvarez, El Brujo.

Hoy, con la muerte de este arlequín, la comedia ha perdido arte y el arte ha perdido comedia. Hoy, con la muerte de este bufón, la sonrisa ha perdido una excusa más para salir a flote. Hoy, el silencio tiene algo de sentido. Mañana, será un buen momento para seguir haciendo el Fo. Pocos tributos mejores que ese se me ocurren.

martes, 11 de octubre de 2016

Trump

EEUU, esa nación con la autoestima siempre tan on fire que a menudo se refiere a sí misma con el nombre de todo un continente, tiene a gala ser una tierra de promisión en la que cualquier persona puede hacer realidad sus sueños. El archifamoso "American dream", vaya. Donald Trump es un ejemplo de ello, la muestra de cómo hasta el más esperpéntico de los idiotas tiene posibilidades de llegar al plenipotenciario trono imperial de la Casa Blanca si se lo propone. Encarna el sueño americano de una forma tan retorcidamente exacerbada que se ha convertido en la encarnación de una auténtica "American nightmare".

Ignorante, bocazas, imprudente, narcisista, megalómano, machista, racista, misógino, retrógrado, provocador, faltón, prepotente, reaccionario, temerario, con un peinado absolutamente imposible...viendo y escuchando a Trump a uno le cuesta creer (mucho) que no se trate de un personaje salido de series tan delirantes, cáusticas y genuinamente yanquis como South Park, Padre de familia o American dad. El problema es que Trump desafortunadamente no es ningún personaje de ficción sino una persona de carne y tupé y eso despoja de toda posible gracia a este villano de serie B del país de las superproducciones

Por eso, se hace harto complicado digerir que un tipo así haya sido elegido por el partido republicano para disputar a Hillary Clinton la Presidencia de los EEUU porque Trump es un despropósito de tales dimensiones que cada minuto de su campaña es un minuto favorable para la candidata del partido demócrata (o al menos así debería ser). Es cierto que el partido republicano tiene una acreditada experiencia a la hora de encumbrar a indeseables (hola, Nixon) o idiotas (hola, Bush Jr) pero con Trump se han superado y, de paso, han dinamitado el sentido común. Que Clinton no esté arrasando en las encuestas dice más en su perjuicio que a favor de Trump y es algo tan preocupante como el memo cuya cabeza debería inscribirse entre los mitos de Cthulhu.

No obstante, lo peor no es Trump en sí mismo considerado (por muy autoparódico que sea) sino que existan personas dispuestas a votarle, lo cual sólo puede significar dos cosas: o los estadounidenses tienen un sentido del humor francamente siniestro o EEUU posee una tasa de gilipuertas por metro cuadrado verdaderamente alta, puesto que nadie en su sano juicio apoyaría a este bochornoso géiser de paridas, virales y memes.

Que Trump pueda estar al mando de la primera economía mundial y el ejército más poderoso del orbe es algo que, seas o no yanqui, te calambrea el espinazo como no lo haría ni Poe ni Lovecraft ni King. Por eso, espero y deseo que Clinton gane en los comicios presidenciales no tanto porque se lo merezca sino porque es la única antagonista del descerebrado Trump, ya que como éste gane...el mundo puede darse por jodido.

domingo, 9 de octubre de 2016

La izquierda en llamas

Que España es diferente es algo más que un rancio eslogan turístico: es la mejor explicación para resumir la mayoría de las cosas que pasan en este país. Incluida la política. Sólo así se entiende y justifica por ejemplo que el PP, que desde hace años chapotea en la más absoluta desfachatez despojado de toda legitimidad ética, política e intelectual, esté más cerca de conseguir revalidar una nueva mayoría absoluta que de irse retrete abajo. Este asombroso antimilagro no sólo es mérito de los impasibles votantes peperos, que poseen unas tragaderas que empequeñecen a las de las actrices porno, sino que también es demérito de la izquierda, que es incapaz de articular una alternativa sólida y creíble que desahucie al PP del Gobierno porque está incendiada por sus luchas intestinas. En ese sentido, el incendio tiene tantos focos como conflictos.

Primer conflicto: el PSOE. En estas semanas hemos vivido un sainete gore en el que el inverosímil Pedro Sánchez, el político más fotogénico y sobreactuado de los últimos lustros, el hombre que se creía el Julio César de la política española, ha acabado como el insigne romano: con la espalda como una tacoma aunque, por suerte para él, no en sentido literal. Paga así una gestión errante y errada y la osadía de renegar de su condición de "hombre de paja" del aparato del partido con tanto ahínco que acabó por llegar a la enajenación. El espectáculo ha sido bochornoso tanto por el lado de Sánchez como por el de quienes lo han quitado de la foto. La lucha de poder resultó tan tosca y atropellada que adoptó las formas y el fondo de un vodevil tremendista que ha supuesto la implosión de un partido básico en el ecosistema político español en un momento decisivo para atajar la amenaza de dos formaciones parademocráticas y nocivas para España como son el PP y Podemos. Es muy probable que el PSOE de Sánchez fuera rumbo a la irrelevancia a velocidad de crucero pero es seguro que el PSOE tras Sánchez viaja sin escalas con destino a ninguna parte y eso es igual de malo que lo otro. Quizás en el PSOE haya quien empiece a pensar si para salvar la rosa ha bastado con arrancar el capullo.

Segundo conflicto: Podemos. Parece claro que hay dos Podemos. Uno, el liderado por Pablo Iglesias. Otro, el representado en la figura de Íñigo Errejón. El Podemos de Iglesias es el que apuesta por la crítica destructiva, la gresca, la demagogia inflamada y la restauración de un pasado idealizado y siniestro. Por contra, el Podemos de Errejón es el que defiende la crítica atemperada, el debate, la contraposición ideológica y la desintoxicación del futuro. Iglesias concibe al partido como una herramienta para la revancha mientras que Errejón lo interpreta como una plataforma para el cambio. Iglesias busca ser el Amado Líder de la (extrema) izquierda mientras que Errejón pretende ser el catalizador de las demandas sociales que latían en el magma del 15-M. Iglesias concibe a sus votantes como un mero recurso mientras que Errejón los entiende como un fin. Iglesias busca servirse de la política y Errejón busca servirla. En resumen: hay divorcios entre personas más afines que estos dos. De momento, la ya apenas disimulada lucha entre el furioso y vertical Pablo y el cerebral y transversal Íñigo está en tablas pero ninguno de los dos se conformará con ese empate, especialmente Iglesias, quien, al más puro estilo de la vieja política, está absolutamente decidido a transformar la peculiar idiosincrasia original de Podemos en un férreo personalismo donde la discrepancia es tan bienvenida como la decendia y el sentido común (nótese la ironía). Lo que está claro es que, dada la nitidez de las diferencias entre uno y otro, el devenir de Podemos quedará ligado íntegramente a la suerte del ganador, algo bastante interesante si tenemos en cuenta que hay quien dice que Podemos, por la izquierda, ya ha tocado techo electoralmente hablando. 

Tercer conflicto: PSOE y Podemos. El trono de la izquierda es el único al que, realistamente, pueden aspirar en la actualidad tanto el PSOE como Podemos. Una pugna que ya venía anticipándose desde hace tiempo y en la que sólo hay un ganador claro: el PP. Ahora mismo, el PSOE es una foca herida intentando llegar a la orilla y Podemos un hambriento tiburón blanco con coleta y chepa...pero el que está cómodamente disfrutando del espectáculo con un puro en ristre es el infame Mariano Rajoy. Ya sea producto de una hábil estrategia o de la pura suerte, las luchas fraticidas entre PSOE y Podemos son lo mejor que le ha pasado al PP desde que decidió ser un partido impresentable. ¿Le preocupa esto al PSOE? Tal vez pero ahora mismo está más pendiente de salir de la UCI que de mandar a Rajoy a tomar por Galicia. ¿Le preocupa esto a Podemos? Ni lo más mínimo ya que Pablo Iglesias sólo está interesado en una persona: Pablo Iglesias.

Así las cosas, con el PSOE automutilándose y Podemos con problemas de esquizofrenia, a la izquierda de este país no le hacen falta tanto unas nuevas elecciones como un buen paso por el psiquiatra que acabe ya con este lamentable espectáculo cainita y caníbal que sólo beneficia a quienes no se merecen estar al frente del país ni un minuto más.      

lunes, 3 de octubre de 2016

Paz sí, paz no

Colombia ha dicho en plebiscito: "Contigo no, bicho" a la propuesta de acuerdo de paz pergeñada por el Gobierno de Santos y los terroristas de las FARC. 

El resultado de la consulta popular ha sido tan sorpresivo como balsámico para quienes eran partidarios del no. En lo que a mí respecta, con toda la prudencia del mundo, he de reconocer que me alegro. En este sentido, no hay que engañarse ni dejarse engañar. Lo que han votado los colombianos no era si querían la paz o no sino cómo querían llegar a ella. Analizado con frialdad y perspectiva, el acuerdo, quizás por idealismo ingenuo o por torpeza siniestra, ofrecía más ventajas a los asesinos que a las víctimas. Mala idea. La paz debe conseguirse sin escatimar esfuerzos pero no a cualquier precio. En Colombia hay quien ha querido jugar de forma un tanto chapucera cuando no directamente inquietante con los matices o, mejor dicho, con la ausencia de los mismos, a la hora de abogar en pro del sí al acuerdo para finiquitar el medio siglo de hostilidades que han abonado con sangre la tierra del país cafetero. Toda paz persigue el establecimiento de cierta armonía o estabilidad sobre la que asentar la convivencia social. Y el acuerdo desestimado buscaba eso. El problema está, insisto, en el "cómo". En un armisticio siempre debe haber cesiones y contraprestaciones entre los firmantes: la clave se halla por tanto en conseguir un equilibrio que no hiera la sensibilidad o la dignidad de unos u otros. Por ejemplo, la paz que cerró la Primera Guerra Mundial sólo sirvió para abonar sentimental e ideológicamente el camino a la Segunda por culpa de haberse pasado de rosca con los germanos. De ahí que haya que tener mucho cuidado a la hora de cocinar una paz. En ese sentido, no hay que ser ingenuo: es imposible lograr una paz sin renuncias públicas ni claudicaciones íntimas; no hay ninguna paz en la que todo el mundo quede contento con la factura a pagar. Todo duele para sanar. Pero una cosa es eso y otra muy distinta es que la paz tenga más de chollo para los verdugos que de bálsamo para las víctimas, que es lo que ha pasado en el malogrado acuerdo. Es altamente improbable lograr una paz justa al cien por cien pero sí es innegociable y exigible aspirar a que lo sea. Por eso, mal camino para la convivencia es asentarla sobre la impunidad, de oficio o de facto, de quienes hicieron del terror su forma de vida y convirtieron la sangre inocente en su divisa oficial o sobre la injustificable sinvergonzonería de que las prestaciones para las FARC pasen por encima de la sensibilidad, la dignidad y el respeto que se merecen sus víctimas. En resumen: el principal problema del acuerdo ahora rechazado es que no ha sabido conjugar la necesidad de paz con la consideración a las víctimas ni encontrar el equilibrio necesario entre los colombianos que mataban y los colombianos que morían. Como ha dicho recientamente el ex-presidente Álvaro Uribe: "la paz no es claudicar ante el terrorismo", a lo que yo añadiría que, puestos a claudicar, mejor que lo hagan los verdugos. No obstante, a este problema de fondo hay que añadir un problema de forma, ya que los partidarios del sí, liderados obviamente por Santos (que parece más pendiente de pasar a la Historia que de hacerla), han hecho una campaña absolutamente torpe, apostando por un maniqueísmo indecente y con un tacto escaso cuando no directamente inexistente. Por eso, teniendo todo esto presente, el triunfo del "no" en la consulta popular se aleja de la sorpresa para acercarse al sentido común. Está claro que Colombia quiere la paz pero no de cualquier manera y creo que eso no es algo a lamentar sino a elogiar.

España, igual que el país cafetero, ha tenido y tiene un problema con el terrorismo; en nuestro caso, ETA. Por eso, cuesta menos empatizar con los colombianos, aun cuando hay decenas de matices diferenciadores a tener en cuenta. En España no ha habido ningún acuerdo de paz ni tampoco un plebiscito sobre ella porque, hoy por hoy, no hay urgencia de ello ya que el terrorismo está latente pero no activo dado que los asesinos y quienes los apoyan han dejado orillados por interés los crímenes ahora que se lo están llevando fresco en las instituciones públicas, con la connivencia (por pereza burocrática, cobardía moral o interés electoral) de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de este país. Hay, por tanto, una paz impostada (mejor eso que lo otro) pero no habrá paz real hasta que todos los criminales sean condenados, ya tengan un pasamontañas en su mesilla de noche o se llamen Arnaldo. Muchos españoles, yo entre ellos, pensamos que no hay paz sin justicia (la resultante del ejercicio de la potestad jurisdiccional por los juzgados y tribunales aplicando la Constitución y el resto del ordenamiento) ni Justicia (la que siempre pasará por la dignidad y nunca por el olvido). Por eso mismo, creo que, de vivirse en España una situación similar a la acontecida en Colombia a cuento del acuerdo, se obtendría un resultado muy parecido al que hoy es noticia.

No obstante, tampoco hay que perder de vista que una hipotética paz con las FARC sería un paso muy importante para la extinción del conflicto terrorista en Colombia pero no el único. Dicho de otro modo: el previsible nuevo y mejorado acuerdo será un buen uppercut pero para mandar definitivamente a la violencia a la lona harán falta un jab que acabe con el Ejército de Liberación Nacional (guerrilleros que también andan a la gresca contra el Estado colombiano) y un crochet que reviente a los grupos armados (descendientes del contraterrorismo de Estado que se practicaba contra las FARC que se han convertido en auténticos administradores del terror en según qué regiones del país). A lo cual habría que añadir que para lograr solucionar el auténtico problema que hay detrás del sanguinario jaleo colombiano no basta con disolver los distintos grupos armados sino que hay que atajar el verdadero detonante y sostén de este conflicto: la desigualdad social y la relación entre gobernadores y gobernados. Del narcotráfico como sistema económico del terrorismo en Colombia ya ni hablamos.

Dicho esto, coincido totalmente con quienes defienden que es necesaria una educación en la paz, en la medida que esa formación no sé si subsanaría las heridas ya abiertas (me da que no) pero sí estoy convencido de que ayudaría a evitar unas nuevas. Y lo digo no tanto porque crea que la paz se logre mediante la educación (para lograr la paz en tanto que restauración de la tranquilidad ya están los jueces, las fuerzas y cuerpos de seguridad y las fuerzas armadas) sino porque una educación de esa índole permitiría preservar mejor la convivencia y, por tanto, evitar nuevos conflictos. Así, sitios como la ECH o el IEPC son dos buenas opciones en las que comenzar a transitar ese camino formativo.    

En definitiva: no pienso que el triunfo del "no" sea motivo de tristeza porque los colombianos que han votado eso no es que estén en contra de la paz sino que prefieren y reclaman una paz aún mejor y eso es algo que nadie puede ni lamentar ni reprochar. Lo que ha quedado fuera de toda duda después del plebiscito es que Colombia tiene una dignidad a prueba de FARC.

martes, 27 de septiembre de 2016

El Congreso: una serie mala

"El Congreso" lo tenía todo para ser la serie más vista en España. Durante muchos años, lo fue. El problema es que las últimas temporadas han estado muy por debajo de su nivel, pues no resisten comparación alguna con los capítulos primigenios y su calidad está en busca y captura.

El quid del problema no está en el presupuesto, porque corre a cargo del erario y por tanto es más que espléndido. Tampoco en los escenarios, por muy poco juego que dé ya el inmueble en cuestión, en torno al cual giran las tramas. No, el problema de esta serie hay que detectarlo en dos aspectos comunicantes entre sí: el guión y los personajes.

"El Congreso" tiene un guión redundante y recalentado que opta bien por estirar algunas tramas ad infinitum, bien por reciclar otras para intentar colarle al espectador algo que ya se sabe de memoria. Así, el guión de esta serie, tanto en lo argumental como en lo literal, tiene tanto brillo como una foto en mate y tanta chispa como la capa de Nochevieja de Ramón García. Por eso, los (cada vez menos) espectadores que aún se mantienen fieles a "El Congreso" empiezan a tener la sensación-convicción de estar contemplando no una serie convencional sino una de estas telenovelas de sobremesa en las que puedes entrar y salir con total libertad durante días/semanas/meses sin miedo a haberte perdido gran cosa ni a sentirte desnortado. Ya ni siquiera suben la audiencia tramas antaño resultonas como las de temática judicial o electoral, que actualmente están absolutamente carbonizadas en cuanto a interés se refiere dado que la audiencia está a estas alturas totalmente vacunada contra golferías, decepciones y/o sorpresas de toda índole. ¿Que se podría hacer algo mucho mejor? Sin duda, pero para eso se requiere talento y ganas, cosas de las que carecen de forma notoria los responsables de la serie. Por tanto, sus showrunners y guionistas (que, para más inri y pitorreo, se han reservado para sí los papeles protagonistas) seguirán ofreciendo sin escrúpulos un producto ya tantas veces rumiado por el público que habría que empezar a pensar si otro de los problemas no estará precisamente en los espectadores, dado que muestran una condescendencia e indulgencia sólo comparables a las de vacas pastando. Cuando una ofensa se alarga en el tiempo, el problema no está en el ofensor sino en el ofendido que la consiente...y el guión de "El Congreso" es una constante ofensa a la inteligencia y paciencia del personal.

No obstante, como apuntaba antes, el otro gran problema de esta serie, empíricamente constatado, son los personajes. Por decirlo claramente, son malos. En el mejor de los casos, serían aptos para un sainete low cost, un vodevil de función escolar, un guiñol infantil o incluso un sketch para programas tipo "Noche de fiesta" pero nunca, never, nie, jamais para una serie con mínimas aspiraciones en materia de calidad y dignidad. ¿Por qué? Porque desde el principio mostraron urbi et orbe tener tantos matices y carisma como el gotelé. Y lo que es peor aún: su desarrollo ha sido inexistente cuando no directamente involutivo. Por tanto, por muy bueno que fuera el guión (que no es el caso) y/o el reparto (que tampoco), con personajes así poco se puede hacer. Están bien para un ratito, especialmente si ese ratito está regado con litros de alcohol o tiene como finalidad conciliar el sueño o desatascar el tracto intestinal, pero más allá de eso acaban por resultar insoportables porque, las cosas como son, no tiene ni un pase la repulsiva prepotencia de los personajes del PP ni la equizofrénica sobreactuación de los del PSOE ni el arribismo trasnochado de los de Podemos ni el pardillismo suicida de los de Ciudadanos. Lo único interesante para un "espectador no coprófago" es intentar delimitar dónde acaba el personaje y comienza el actor; pasatiempo curioso e inquietante por igual. Por fallar incluso ha resultado fallido el personaje del Rey, relegado a insustanciales cameos esporádicos: a un vendedor de la teletienda se le hace más caso.

Así las cosas, visto que las tramas han confluido en un Pantano de la Tristeza donde cualquier espectador mentalmente sano se siente Artax, los responsables de la serie han optado en los últimos tiempos por fiarlo todo a las grescas fuera y dentro de los partidos. Una jugada clásica que en este caso viene a ser como pasar por la Thermomix a Juego de tronos y Los bingueros. Es decir: un festival de hostias con el mismo glamour que un bocadillo de panceta y la misma calidad que el guión de una peli porno. Por eso no extraña que buena parte de la audiencia les esté prestando menos atención que al teletexto. Algo que, por cierto, choca bastante con esa torre de marfil donde están concentrados opinadores y comentatodos analizando en televisiones, radios y columnas las moviolas de cada partido como si fueran astrofísicos intentando desentrañar los misterios del universo o Tomás Roncero hablando del Real Madrid.

La cuestión es ¿merece la pena seguir apostando por una serie que se ha ganado a pulso su cancelación o, como se dice ahora de forma eufemística, "no renovación"? La respuesta es obvia. ¿Y si cambiaran los guionistas, los personajes y el reparto? Sería una excelente idea, dado que así obtendríamos muy probablemente una serie distinta y quizá digna, seria e incluso buena, pero ya no sería esa "shit-com" (ojo que no hay errata) que es "El Congreso". No obstante, que esa posibilidad dé el salto al mundo real es tan probable como que Leticia Sabater gane un Óscar o Telecirco retire "Sálvame" de la parrilla televisiva.

Por todo ello y sintiéndolo (un poco) sólo veo una solución honorable a esta producción nacional: cancelación. Pero todos sabemos que honorable y probable no son términos sinónimos...

lunes, 19 de septiembre de 2016

Treguas

Hay momentos en que el Tártaro cuelga el cartel de "Cerrado por descanso"; en que la tensión se disipa como una bocanada de vao; en que la angustia se queda encerrada en un standby; en que los problemas hacen mutis por el foro; en que la horca de soga se vuelve corbata de seda; en que el carrusel de la pena se va a fundido a negro; en que el silencio interrumpe el festival de las hostias; en que el "quiero" gana la guerra del "puedo"; en que se cuela una sonrisa entre las grietas de la desilusión; en que el silencio quiebra el ruido y la furia; en que encuentras un oasis de color entre el blanco y el negro; en que la tormenta se pausa y el sol se pasa por el forro los charcos; en que la felicidad llama a tu puerta sin esperarla ni esperarte.

Esos momentos se llaman "treguas" y son muy importantes en cualquier lucha no sólo porque además te permiten tener un respiro, tasar heridas y tomar perspectiva sino porque te recuerdan qué es estar vivo de la mejor forma posible. La vida, esa constante batalla contra la adversidad y los imprevistos en la que todos intentamos acortar la distancia entre la realidad y el deseo, también tiene sus treguas y son muy necesarias si no se quiere acabar abrazado a la locura o desguazado por la melancolía. Las treguas son tráilers de la película en que tú quieres convertir tu vida, chupitos de felicidad que te devuelven el color y el calor, entreactos de una epopeya anónima y cotidiana que alientan a reivindicar un final feliz, ecos de una alegría aún por venir que fija tu Norte, bálsamos que no traen promesas pero sí esperanzas, interludios con sabor a victoria, besos de oxígeno para los pasos hacia delante, acordes de un triunfo aún por perfilar, viento en las velas para los que no están dispuestos a rendirse, luz en la oscuridad.

La vida no entiende de pactos ni guiones y, por eso, te concede las treguas sin avisar, como un beso robado. Eso es quizás lo mejor de todo: que con la misma arbitrariedad, crudeza y facilidad que la vida te borra la sonrisa, te la devuelve. Porque las treguas, normalmente, aparecen cuando menos las esperas o, con frecuencia, sin esperarlas siquiera.

Por eso, cuando uno está al límite de sus fuerzas, con la paciencia coqueteando con la fragilidad, con la pena asediando los pensamientos, con la incertidumbre removiendo las entrañas, zigzagueando entre pozos y trincheras, sin más mapa que el de no caer, sin más mérito que el de no tirar la toalla, sin más rumbo que el de dejar atrás la tormenta, que te des de bruces con una tregua es algo tan mágico y delicioso como el primer beso o un orgasmo acompasado o el abrazo a un bebé. Los mejores premios que te da la vida no se resumen en dígitos ni palabras: se sienten, se recuerdan y no se olvidan. 

Por esa razón, entre otras muchas cosas, yo no olvido ninguna tregua, porque eso me ayuda a seguir dando la cara, a continuar luchando, a no darlo todo por perdido. Porque eso me ayuda a recordar que nunca nada dura para siempre, ni siquiera las malas rachas, por mucho tiempo que se prolonguen. Porque eso me ayuda a recordar no sólo que puedo ser feliz sino también que me lo merezco. Porque eso me ayuda a tener presente que uno no lucha tanto para dejar de ser como para seguir siendo. Y es que conforme vas pasando por la vida y la vida pasando por ti, las alegrías y las hostias te enseñan que la felicidad no es tanto un estado o circunstancia como una actitud, esa que te permite afrontar con idénticas garantías los momentos en que hay que luchar y aquellos en los que toca disfrutar de las treguas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Los otros "11-S"

El 11-S fue uno de esos sucesos que no sólo constituyen indiscutibles hitos históricos sino que también conforman referentes de memoria personal en tanto que ayudan a ubicarse en un momento y lugar del pasado, igual que ocurrió en su día con el ataque a Pearl Harbor, el asesinato de JFK, la llegada del hombre a la Luna, el 23-F o el 11-M, por citar sólo unos ejemplos. "¿Dónde estabas tú cuando...?", "¿Qué estabas haciendo en el momento en que....?, etc. Yo, por ejemplo, aquel funesto y sobrecogedor mediodía del once de septiembre de hace quince años estaba en Navarra, trabajando como periodista, volviendo a la redacción del periódico, en el coche del fotógrafo, tras cubrir un festejo.

Del mismo modo, igual que muchos sucesos de trascendencia similar, el 11-S estuvo, está y estará envuelto en un halo de dudas y sospechas en tanto que las explicaciones oficiales a menudo resultan insuficientes en comparación con la magnitud de la repercusión del suceso en sí mismo considerado. Al constituir puntos de inflexión que cambian la historia de personas, ciudades, países o del planeta entero, existe la necesidad de desvestir a esta clase de acontecimientos de todo atisbo de duda, lo cual, por desidia, torpeza o interés, no sucede con más frecuencia de la deseable. No se trata de ser conspiranoico ni de buscarle tres pies al gato sino de ser lo suficientemente honesto como para no negar obviedades. 


Pero, quizá, lo más "interesante" del 11-S es que supone, por desgracia, uno de los mejores ejemplos de ruptura de la linealidad, de fractura de la continuidad, de cambio de guión, de falla en nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos. Quiebras que no sólo suceden a nivel oficial, colectivo y público sino también en la esfera cotidiana, íntima y personal, incluso con más frecuencia en este último ámbito que en el otro. En ese sentido, el 11-S funciona en esencia igual que lo hace la muerte de un ser querido, la pérdida de un empleo, la extinción de una relación o, por citar ejemplos en positivo, el nacimiento de un hijo, la consecución de un trabajo, el inicio de una relación o, incluso, cosas tan prosaicas como un cambio de vivienda. Son alteraciones de la cuadrícula sobre la que asentamos diariamente nuestros pensamientos y acciones y que, por tanto, nos sitúan en esa tierra de nadie que es la incertidumbre, un lugar inhóspito e incómodo donde hay más preguntas que certezas y en el que la tentación de echar la vista atrás amenaza con transformarte en estatua de sal. Son cambios, a menudo inesperados y bruscos, que nos marcan, nos definen y ello gracias a que nos obligan a algo que a muchas personas les causa alergia o pánico: tomar decisiones, reaccionar. Porque sólo tomando decisiones se puede afrontar un escenario de volatilidad tan grande como al que nos empuja cualquiera de estas "transformaciones" y no a todo el mundo le gusta aquello de que situarse frente al espejo, tomar consciencia y conciencia y decidir qué hacer. Es lógico si tenemos en cuenta que son esas decisiones, esas reacciones las que configuran nuestro destino más inmediato: hades, limbo o paraíso. Y aún más comprensible si no perdemos de vista el hecho innegable de que al hombre actual le encanta más que a ninguno de sus ancestros desenvolverse sobre pautas y raíles, como si fuera un animatronic, y todo lo que no sea eso provoca sudores fríos a la mayoría del personal. Es el mismo miedo que tienen algunos artistas sobre un escenario, el miedo a quedarse en blanco, puesto que no todo el mundo está preparado mental, educativa o emocionalmente para improvisar, que es, en definitiva, a lo que se reduce la mayoría de decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida: a "hacer con lo que hay", a ser sobre la marcha, a navegar en lo imprevisible más allás del "hic sunt dracones". Por eso son tan importantes e impactantes este tipo de sucesos, porque nos obligan irremediablemente a elegir entre la "comodidad del pánico", la "melancolía de la incubadora" o el "salto de fe". Nos hacen tomar conciencia de la fragilidad no sólo de nuestros planteamientos y elucubraciones sino de nuestra propia condición, en tanto que nos remiten a miedos tan temibles como primigenios: la oscuridad, el caos, el vacío, la nada primordial. 

Para acabar y volviendo al asunto del aniversario, analizando en perspectiva, creo honestamente que el mundo ha aprendido poco o nada del 11-S porque las decisiones, las reacciones que suscitó sirvieron para borrar de la faz de la tierra a unos cuantos hijos de puta (algo positivo, ojo) y...empeorar las cosas, visto lo visto: el 11-S se utilizó como argumento-excusa para convertir Oriente Medio en un avispero aún peor (por culpa de Bush Jr y compañía) y ello, a su vez, fermentó como caldo de cultivo idóneo para el nacimiento de algo aún peor que los responsables oficiales del 11-S (de Arabia Saudí hablamos mejor otro día) como es el ISIS, lo cual, a su vez, ha emponzoñado la convivencia en muchos países occidentales en los que se ha desatado una islamofobia más visceral que justa que ha devenido en el auge de movimientos más propios de la Europa de entreguerras que del siglo XXI. Así las cosas, aún queda mucho por aprender, decidir y hacer en ese asunto. Pero, mientras tanto, mejor ocuparse cada cual de sus 11-S particulares, que en ellos también nos va la vida.

domingo, 21 de agosto de 2016

Yo no soy de Bolt

Terminan ya los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, que han transcurrido mejor que lo esperado y peor que lo deseable y que, en España, hemos tenido la oportunidad de ver de forma un tanto aparatosa por obra y desgracia de RTVE.
Estos JJOO, que no han sido nada del otro jueves, sí han cumplido con su cometido como surtidores de anécdotas, decepciones y alegrías. Pero eso no me interesa. Doctores tiene la Iglesia para comentar todo eso más y mejor que yo. Lo que sí me interesa es explicar el título de este artículo.

Siempre he pensado que la excelencia no está reñida con la humildad de la misma forma que la modestia no es incompatible con la ambición. Por eso, si eres el mejor en algo (afirmación que ya por definición es ya relativa y discutible) enunciarlo me parece no sólo algo estúpidamente redundante sino chapotear en la más repugnante soberbia. Véase Usain Bolt. Uno no se imagina a Richard Ford diciendo "Soy el número uno de la narrativa" ni a Rafael Álvarez "El Brujo" afirmando "Soy el mejor comediante español" ni a Aaron Sorkin soltando "El mejor guionista vivo soy yo" ni a Joaquín Sabina declarando "Ni hubo ni hay ni habrá otro cantautor como yo", pese a que muy probablemente tengan motivos sobrados para decirlo.

Supongo que la presencia o no de soberbia en la sangre tiene que ver con la educación adquirida o con lo que has aprendido de la vida. O tal vez se deba a que el mal de altura del Olimpo sólo afecta a quienes tienen la sesera por amueblar o la ética por descubrir o la vergüenza en busca y captura. Y en esto Bolt no está solo (ahí están Cristiano Ronaldo, Connor McGregor y todo un etcétera de portentosos bocazas). El caso es que los grandes de verdad no lo dicen, lo demuestran: nada mejor que los hechos hablen por ti. Todo lo demás es un infantil afán de protagonismo o una mal disimulada necesidad de parchear con notoriedad alguna tara afectiva o psicológica.

Por suerte, en estos mismos JJOO hemos tenido la oportunidad de disfrutar de ejemplos de lo contrario, de campeones consagrados en lo deportivo que, al mismo tiempo, son auténticos modelos de sensatez, prudencia y humildad. Véase Pau Gasol, Rafa Nadal o Mireia Belmonte. El placer de ver en acción a prodigios de este calibre sólo es comparable al placer de ver, leer o escuchar sus magistrales declaraciones. Son gente que no pierde el norte con la euforia ni se deslumbra con los triunfos ni considera la modestia un lastre ni es alérgica a la honestidad. Son personas que, en lugar de enarbolar el "discurso del yo" y perderse en una retórica onanista, apuestan por el mensaje del esfuerzo, de la perseverancia, del inconformismo constructivo. Campeones que, ganen o pierdan, siempre lo dan todo. Iconos que consiguen formar un todo coherente y elogiable tanto con lo que hacen como con lo que dicen. Quizás por ello ya están en el terreno de las leyendas. Ésas que perduran en el tiempo y la memoria porque no sólo dejan una estela de logros o premios extraordinarios sino porque legan algo valioso, ejemplar, útil, positivo, interesante, modélico.

Por eso, prepotentes como Bolt harían bien en saber o recordar que en el deporte no todo se reduce a una genética afortunada o a una técnica excepcional o a unos resultados asombrosos. Para pasar a la posteridad, hace falta algo más. Algo imponderable. Algo que no todo el mundo tiene. Algo que me hace admirar y aplaudir a cualquier Gasol, Nadal, Belmonte o similar. Algo que me lleva a repudir a cualquier divo como Bolt, por muchas medallas que le cuelguen del ego.