martes, 27 de septiembre de 2016

El Congreso: una serie mala

"El Congreso" lo tenía todo para ser la serie más vista en España. Durante muchos años, lo fue. El problema es que las últimas temporadas han estado muy por debajo de su nivel, pues no resisten comparación alguna con los capítulos primigenios y su calidad está en busca y captura.

El quid del problema no está en el presupuesto, porque corre a cargo del erario y por tanto es más que espléndido. Tampoco en los escenarios, por muy poco juego que dé ya el inmueble en cuestión, en torno al cual giran las tramas. No, el problema de esta serie hay que detectarlo en dos aspectos comunicantes entre sí: el guión y los personajes.

"El Congreso" tiene un guión redundante y recalentado que opta bien por estirar algunas tramas ad infinitum, bien por reciclar otras para intentar colarle al espectador algo que ya se sabe de memoria. Así, el guión de esta serie, tanto en lo argumental como en lo literal, tiene tanto brillo como una foto en mate y tanta chispa como la capa de Nochevieja de Ramón García. Por eso, los (cada vez menos) espectadores que aún se mantienen fieles a "El Congreso" empiezan a tener la sensación-convicción de estar contemplando no una serie convencional sino una de estas telenovelas de sobremesa en las que puedes entrar y salir con total libertad durante días/semanas/meses sin miedo a haberte perdido gran cosa ni a sentirte desnortado. Ya ni siquiera suben la audiencia tramas antaño resultonas como las de temática judicial o electoral, que actualmente están absolutamente carbonizadas en cuanto a interés se refiere dado que la audiencia está a estas alturas totalmente vacunada contra golferías, decepciones y/o sorpresas de toda índole. ¿Que se podría hacer algo mucho mejor? Sin duda, pero para eso se requiere talento y ganas, cosas de las que carecen de forma notoria los responsables de la serie. Por tanto, sus showrunners y guionistas (que, para más inri y pitorreo, se han reservado para sí los papeles protagonistas) seguirán ofreciendo sin escrúpulos un producto ya tantas veces rumiado por el público que habría que empezar a pensar si otro de los problemas no estará precisamente en los espectadores, dado que muestran una condescendencia e indulgencia sólo comparables a las de vacas pastando. Cuando una ofensa se alarga en el tiempo, el problema no está en el ofensor sino en el ofendido que la consiente...y el guión de "El Congreso" es una constante ofensa a la inteligencia y paciencia del personal.

No obstante, como apuntaba antes, el otro gran problema de esta serie, empíricamente constatado, son los personajes. Por decirlo claramente, son malos. En el mejor de los casos, serían aptos para un sainete low cost, un vodevil de función escolar, un guiñol infantil o incluso un sketch para programas tipo "Noche de fiesta" pero nunca, never, nie, jamais para una serie con mínimas aspiraciones en materia de calidad y dignidad. ¿Por qué? Porque desde el principio mostraron urbi et orbe tener tantos matices y carisma como el gotelé. Y lo que es peor aún: su desarrollo ha sido inexistente cuando no directamente involutivo. Por tanto, por muy bueno que fuera el guión (que no es el caso) y/o el reparto (que tampoco), con personajes así poco se puede hacer. Están bien para un ratito, especialmente si ese ratito está regado con litros de alcohol o tiene como finalidad conciliar el sueño o desatascar el tracto intestinal, pero más allá de eso acaban por resultar insoportables porque, las cosas como son, no tiene ni un pase la repulsiva prepotencia de los personajes del PP ni la equizofrénica sobreactuación de los del PSOE ni el arribismo trasnochado de los de Podemos ni el pardillismo suicida de los de Ciudadanos. Lo único interesante para un "espectador no coprófago" es intentar delimitar dónde acaba el personaje y comienza el actor; pasatiempo curioso e inquietante por igual. Por fallar incluso ha resultado fallido el personaje del Rey, relegado a insustanciales cameos esporádicos: a un vendedor de la teletienda se le hace más caso.

Así las cosas, visto que las tramas han confluido en un Pantano de la Tristeza donde cualquier espectador mentalmente sano se siente Artax, los responsables de la serie han optado en los últimos tiempos por fiarlo todo a las grescas fuera y dentro de los partidos. Una jugada clásica que en este caso viene a ser como pasar por la Thermomix a Juego de tronos y Los bingueros. Es decir: un festival de hostias con el mismo glamour que un bocadillo de panceta y la misma calidad que el guión de una peli porno. Por eso no extraña que buena parte de la audiencia les esté prestando menos atención que al teletexto. Algo que, por cierto, choca bastante con esa torre de marfil donde están concentrados opinadores y comentatodos analizando en televisiones, radios y columnas las moviolas de cada partido como si fueran astrofísicos intentando desentrañar los misterios del universo o Tomás Roncero hablando del Real Madrid.

La cuestión es ¿merece la pena seguir apostando por una serie que se ha ganado a pulso su cancelación o, como se dice ahora de forma eufemística, "no renovación"? La respuesta es obvia. ¿Y si cambiaran los guionistas, los personajes y el reparto? Sería una excelente idea, dado que así obtendríamos muy probablemente una serie distinta y quizá digna, seria e incluso buena, pero ya no sería esa "shit-com" (ojo que no hay errata) que es "El Congreso". No obstante, que esa posibilidad dé el salto al mundo real es tan probable como que Leticia Sabater gane un Óscar o Telecirco retire "Sálvame" de la parrilla televisiva.

Por todo ello y sintiéndolo (un poco) sólo veo una solución honorable a esta producción nacional: cancelación. Pero todos sabemos que honorable y probable no son términos sinónimos...

lunes, 19 de septiembre de 2016

Treguas

Hay momentos en que el Tártaro cuelga el cartel de "Cerrado por descanso"; en que la tensión se disipa como una bocanada de vao; en que la angustia se queda encerrada en un standby; en que los problemas hacen mutis por el foro; en que la horca de soga se vuelve corbata de seda; en que el carrusel de la pena se va a fundido a negro; en que el silencio interrumpe el festival de las hostias; en que el "quiero" gana la guerra del "puedo"; en que se cuela una sonrisa entre las grietas de la desilusión; en que el silencio quiebra el ruido y la furia; en que encuentras un oasis de color entre el blanco y el negro; en que la tormenta se pausa y el sol se pasa por el forro los charcos; en que la felicidad llama a tu puerta sin esperarla ni esperarte.

Esos momentos se llaman "treguas" y son muy importantes en cualquier lucha no sólo porque además te permiten tener un respiro, tasar heridas y tomar perspectiva sino porque te recuerdan qué es estar vivo de la mejor forma posible. La vida, esa constante batalla contra la adversidad y los imprevistos en la que todos intentamos acortar la distancia entre la realidad y el deseo, también tiene sus treguas y son muy necesarias si no se quiere acabar abrazado a la locura o desguazado por la melancolía. Las treguas son tráilers de la película en que tú quieres convertir tu vida, chupitos de felicidad que te devuelven el color y el calor, entreactos de una epopeya anónima y cotidiana que alientan a reivindicar un final feliz, ecos de una alegría aún por venir que fija tu Norte, bálsamos que no traen promesas pero sí esperanzas, interludios con sabor a victoria, besos de oxígeno para los pasos hacia delante, acordes de un triunfo aún por perfilar, viento en las velas para los que no están dispuestos a rendirse, luz en la oscuridad.

La vida no entiende de pactos ni guiones y, por eso, te concede las treguas sin avisar, como un beso robado. Eso es quizás lo mejor de todo: que con la misma arbitrariedad, crudeza y facilidad que la vida te borra la sonrisa, te la devuelve. Porque las treguas, normalmente, aparecen cuando menos las esperas o, con frecuencia, sin esperarlas siquiera.

Por eso, cuando uno está al límite de sus fuerzas, con la paciencia coqueteando con la fragilidad, con la pena asediando los pensamientos, con la incertidumbre removiendo las entrañas, zigzagueando entre pozos y trincheras, sin más mapa que el de no caer, sin más mérito que el de no tirar la toalla, sin más rumbo que el de dejar atrás la tormenta, que te des de bruces con una tregua es algo tan mágico y delicioso como el primer beso o un orgasmo acompasado o el abrazo a un bebé. Los mejores premios que te da la vida no se resumen en dígitos ni palabras: se sienten, se recuerdan y no se olvidan. 

Por esa razón, entre otras muchas cosas, yo no olvido ninguna tregua, porque eso me ayuda a seguir dando la cara, a continuar luchando, a no darlo todo por perdido. Porque eso me ayuda a recordar que nunca nada dura para siempre, ni siquiera las malas rachas, por mucho tiempo que se prolonguen. Porque eso me ayuda a recordar no sólo que puedo ser feliz sino también que me lo merezco. Porque eso me ayuda a tener presente que uno no lucha tanto para dejar de ser como para seguir siendo. Y es que conforme vas pasando por la vida y la vida pasando por ti, las alegrías y las hostias te enseñan que la felicidad no es tanto un estado o circunstancia como una actitud, esa que te permite afrontar con idénticas garantías los momentos en que hay que luchar y aquellos en los que toca disfrutar de las treguas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Los otros "11-S"

El 11-S fue uno de esos sucesos que no sólo constituyen indiscutibles hitos históricos sino que también conforman referentes de memoria personal en tanto que ayudan a ubicarse en un momento y lugar del pasado, igual que ocurrió en su día con el ataque a Pearl Harbor, el asesinato de JFK, la llegada del hombre a la Luna, el 23-F o el 11-M, por citar sólo unos ejemplos. "¿Dónde estabas tú cuando...?", "¿Qué estabas haciendo en el momento en que....?, etc. Yo, por ejemplo, aquel funesto y sobrecogedor mediodía del once de septiembre de hace quince años estaba en Navarra, trabajando como periodista, volviendo a la redacción del periódico, en el coche del fotógrafo, tras cubrir un festejo.

Del mismo modo, igual que muchos sucesos de trascendencia similar, el 11-S estuvo, está y estará envuelto en un halo de dudas y sospechas en tanto que las explicaciones oficiales a menudo resultan insuficientes en comparación con la magnitud de la repercusión del suceso en sí mismo considerado. Al constituir puntos de inflexión que cambian la historia de personas, ciudades, países o del planeta entero, existe la necesidad de desvestir a esta clase de acontecimientos de todo atisbo de duda, lo cual, por desidia, torpeza o interés, no sucede con más frecuencia de la deseable. No se trata de ser conspiranoico ni de buscarle tres pies al gato sino de ser lo suficientemente honesto como para no negar obviedades. 


Pero, quizá, lo más "interesante" del 11-S es que supone, por desgracia, uno de los mejores ejemplos de ruptura de la linealidad, de fractura de la continuidad, de cambio de guión, de falla en nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos. Quiebras que no sólo suceden a nivel oficial, colectivo y público sino también en la esfera cotidiana, íntima y personal, incluso con más frecuencia en este último ámbito que en el otro. En ese sentido, el 11-S funciona en esencia igual que lo hace la muerte de un ser querido, la pérdida de un empleo, la extinción de una relación o, por citar ejemplos en positivo, el nacimiento de un hijo, la consecución de un trabajo, el inicio de una relación o, incluso, cosas tan prosaicas como un cambio de vivienda. Son alteraciones de la cuadrícula sobre la que asentamos diariamente nuestros pensamientos y acciones y que, por tanto, nos sitúan en esa tierra de nadie que es la incertidumbre, un lugar inhóspito e incómodo donde hay más preguntas que certezas y en el que la tentación de echar la vista atrás amenaza con transformarte en estatua de sal. Son cambios, a menudo inesperados y bruscos, que nos marcan, nos definen y ello gracias a que nos obligan a algo que a muchas personas les causa alergia o pánico: tomar decisiones, reaccionar. Porque sólo tomando decisiones se puede afrontar un escenario de volatilidad tan grande como al que nos empuja cualquiera de estas "transformaciones" y no a todo el mundo le gusta aquello de que situarse frente al espejo, tomar consciencia y conciencia y decidir qué hacer. Es lógico si tenemos en cuenta que son esas decisiones, esas reacciones las que configuran nuestro destino más inmediato: hades, limbo o paraíso. Y aún más comprensible si no perdemos de vista el hecho innegable de que al hombre actual le encanta más que a ninguno de sus ancestros desenvolverse sobre pautas y raíles, como si fuera un animatronic, y todo lo que no sea eso provoca sudores fríos a la mayoría del personal. Es el mismo miedo que tienen algunos artistas sobre un escenario, el miedo a quedarse en blanco, puesto que no todo el mundo está preparado mental, educativa o emocionalmente para improvisar, que es, en definitiva, a lo que se reduce la mayoría de decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida: a "hacer con lo que hay", a ser sobre la marcha, a navegar en lo imprevisible más allás del "hic sunt dracones". Por eso son tan importantes e impactantes este tipo de sucesos, porque nos obligan irremediablemente a elegir entre la "comodidad del pánico", la "melancolía de la incubadora" o el "salto de fe". Nos hacen tomar conciencia de la fragilidad no sólo de nuestros planteamientos y elucubraciones sino de nuestra propia condición, en tanto que nos remiten a miedos tan temibles como primigenios: la oscuridad, el caos, el vacío, la nada primordial. 

Para acabar y volviendo al asunto del aniversario, analizando en perspectiva, creo honestamente que el mundo ha aprendido poco o nada del 11-S porque las decisiones, las reacciones que suscitó sirvieron para borrar de la faz de la tierra a unos cuantos hijos de puta (algo positivo, ojo) y...empeorar las cosas, visto lo visto: el 11-S se utilizó como argumento-excusa para convertir Oriente Medio en un avispero aún peor (por culpa de Bush Jr y compañía) y ello, a su vez, fermentó como caldo de cultivo idóneo para el nacimiento de algo aún peor que los responsables oficiales del 11-S (de Arabia Saudí hablamos mejor otro día) como es el ISIS, lo cual, a su vez, ha emponzoñado la convivencia en muchos países occidentales en los que se ha desatado una islamofobia más visceral que justa que ha devenido en el auge de movimientos más propios de la Europa de entreguerras que del siglo XXI. Así las cosas, aún queda mucho por aprender, decidir y hacer en ese asunto. Pero, mientras tanto, mejor ocuparse cada cual de sus 11-S particulares, que en ellos también nos va la vida.

domingo, 21 de agosto de 2016

Yo no soy de Bolt

Terminan ya los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, que han transcurrido mejor que lo esperado y peor que lo deseable y que, en España, hemos tenido la oportunidad de ver de forma un tanto aparatosa por obra y desgracia de RTVE.
Estos JJOO, que no han sido nada del otro jueves, sí han cumplido con su cometido como surtidores de anécdotas, decepciones y alegrías. Pero eso no me interesa. Doctores tiene la Iglesia para comentar todo eso más y mejor que yo. Lo que sí me interesa es explicar el título de este artículo.

Siempre he pensado que la excelencia no está reñida con la humildad de la misma forma que la modestia no es incompatible con la ambición. Por eso, si eres el mejor en algo (afirmación que ya por definición es ya relativa y discutible) enunciarlo me parece no sólo algo estúpidamente redundante sino chapotear en la más repugnante soberbia. Véase Usain Bolt. Uno no se imagina a Richard Ford diciendo "Soy el número uno de la narrativa" ni a Rafael Álvarez "El Brujo" afirmando "Soy el mejor comediante español" ni a Aaron Sorkin soltando "El mejor guionista vivo soy yo" ni a Joaquín Sabina declarando "Ni hubo ni hay ni habrá otro cantautor como yo", pese a que muy probablemente tengan motivos sobrados para decirlo.

Supongo que la presencia o no de soberbia en la sangre tiene que ver con la educación adquirida o con lo que has aprendido de la vida. O tal vez se deba a que el mal de altura del Olimpo sólo afecta a quienes tienen la sesera por amueblar o la ética por descubrir o la vergüenza en busca y captura. Y en esto Bolt no está solo (ahí están Cristiano Ronaldo, Connor McGregor y todo un etcétera de portentosos bocazas). El caso es que los grandes de verdad no lo dicen, lo demuestran: nada mejor que los hechos hablen por ti. Todo lo demás es un infantil afán de protagonismo o una mal disimulada necesidad de parchear con notoriedad alguna tara afectiva o psicológica.

Por suerte, en estos mismos JJOO hemos tenido la oportunidad de disfrutar de ejemplos de lo contrario, de campeones consagrados en lo deportivo que, al mismo tiempo, son auténticos modelos de sensatez, prudencia y humildad. Véase Pau Gasol, Rafa Nadal o Mireia Belmonte. El placer de ver en acción a prodigios de este calibre sólo es comparable al placer de ver, leer o escuchar sus magistrales declaraciones. Son gente que no pierde el norte con la euforia ni se deslumbra con los triunfos ni considera la modestia un lastre ni es alérgica a la honestidad. Son personas que, en lugar de enarbolar el "discurso del yo" y perderse en una retórica onanista, apuestan por el mensaje del esfuerzo, de la perseverancia, del inconformismo constructivo. Campeones que, ganen o pierdan, siempre lo dan todo. Iconos que consiguen formar un todo coherente y elogiable tanto con lo que hacen como con lo que dicen. Quizás por ello ya están en el terreno de las leyendas. Ésas que perduran en el tiempo y la memoria porque no sólo dejan una estela de logros o premios extraordinarios sino porque legan algo valioso, ejemplar, útil, positivo, interesante, modélico.

Por eso, prepotentes como Bolt harían bien en saber o recordar que en el deporte no todo se reduce a una genética afortunada o a una técnica excepcional o a unos resultados asombrosos. Para pasar a la posteridad, hace falta algo más. Algo imponderable. Algo que no todo el mundo tiene. Algo que me hace admirar y aplaudir a cualquier Gasol, Nadal, Belmonte o similar. Algo que me lleva a repudir a cualquier divo como Bolt, por muchas medallas que le cuelguen del ego.

jueves, 18 de agosto de 2016

Lorca: la muerte nunca será el olvido

Esta madrugada, la del 18 de agosto, se cumplen 80 años de una de las mayores tragedias culturales, escondida dentro de uno de los muchos capítulos repugnantes de la Guerra Civil española: el asesinato de Federico García Lorca, el escritor en lengua española más importante del siglo XX y uno de los grandes nombres de la Literatura universal.   

Quizá podría dedicar este artículo a glosar las circunstancias concretas de su muerte pero eso sería dar atención y espacio a una banda de malnacidos que espero se estén pudriendo en el infierno. Baste decir que el atroz fusilamiento de Lorca es una más de las muchas teselas que integran el horrendo mosaico que legó para eterna vergüenza la Guerra Civil, junto a otras salvajadas como la matanza de Paracuellos del Jarama, el bombardeo de Guernica, la masacre de la cárcel Modelo o el fusilamiento de las "Trece Rosas", por citar sólo alguno de los muchos espantos con los que ambos bandos compitieron por ver quién era más abominable. Ya hablé hace unas semanas del tema de la Guerra Civil española en este mismo blog, así que, para todo lo referente a ese asunto, me remito a lo que escribí entonces. Lo que es del todo inadmisible es que, tantas décadas después, el cuerpo de Lorca, igual que el de muchísimos represaliados a un lado y otro de las trincheras, siga sin tener una sepultura no ya digna sino siquiera localizada. Eso, señores políticos, es también un crimen, una absoluta vergüenza.

De todos modos, estando FGL por medio, no hay mejor manera de honrar su memoria que celebrar su vida más que atender su muerte, porque fue su vida, lo que hizo en la vida y con su vida, lo que le llevó a ser la figura admirada, magnética e inmortal que fue, es y será.

Como persona, Lorca encarnó un constante y atormentado anhelo de vida; una sed insaciable e insaciada de todo aquello que nos hace sentir vivos, aunque eso lleve a confrontar dictados, paradigmas, prejuicios y convenciones de los que no tienen más vida que la cuadrícula o el adoctrinamiento. Lorca fue pura fiesta y tragedia, como la propia vida. Por eso, también, debe ser recordado. Por atreverse a "vivir pese a todo".

Como escritor, Lorca puso en castellano algunos de los mejores pasajes de la poesía y el teatro universales. Respecto a lo primero, todo aquel que haya tenido la suerte de leer el "Romancero gitano" o "Poeta en Nueva York" (por mencionar sólo dos ejemplos) sabe o, al menos, intuye que ha entrado en ese pequeño terreno del alma íntima e intransferible donde sólo consiguen escribir los grandes genios. En cuanto al teatro, FGL legó dos obras maestras ("La casa de Bernarda Alba" y "Bodas de sangre"), una maravilla ("Así que pasen cinco años") y varias genialidades: pocos dramaturgos sean de la lengua o el tiempo que
sean pueden presumir de algo así; en este sentido cabe decir que si Shakespeare supo radiografiar inmejorablemente el alma humana en sus obras teatrales, Lorca se atrevió a engarzar en las suyas con un talento inigualable la pasión, el misterio y la tragedia, que son al fin y al cabo de lo que está hecha la vida. Por todo ello decía al principio que Federico García Lorca es el mejor escritor del siglo XX en lengua castellana y uno de los grandes de la Literatura universal. Y cuestionar eso es directamente quedar en evidencia: Lorca te podrá gustar más o menos, pero escatimar su valía y su huella es querer ser tonto a conciencia.

Acabo ya, porque no hay mejor homenaje a Lorca que dedicar tiempo a (re)leerlo, ya que así es como uno se encuentra con ese arte íntimo e ilimitado, con ese duende extraordinario y trágico, con ese torrente de vida y muerte que era el genio granadino. Y es que a Lorca no lo hicieron inmortal las balas de unos hijos de puta: Lorca conquistó la innmortalidad con el puño y la letra de un ser humano irrepetible. Por eso, aunque FGL le alcanzó la muerte nunca le alcanzará el olvido.

martes, 2 de agosto de 2016

Nuevas formas de contar

La escritura no acabó con la creación literaria. Ni la invención de la imprenta. Ni la aparición de la máquina de escribir. Ni tampoco lo han hecho las nuevas tecnologías. Simplemente, hoy como entonces, los avances técnicos han cambiado la metodología en lo que a las circunstancias y herramientas se refiere, pero no la esencia del proceso creativo en sí mismo considerado.

No obstante, la irrupción digital en el mundo literario, más allá de democratizar (es decir, universalizar) el acceso como creador o como lector y variar las forma de leer (no es lo mismo leer un libro que leer una pantalla), también han generado una serie de cambios o de nuevas posibilidades que, si bien se podrían dar por sobrentendidas, conviene la pena resaltarlas aunque sea de forma concisa, ya sea para valorar el ingenio de sus protagonistas como para ampliar los horizontes lectores.

Por ese motivo, este artículo está dedicado a analizar de forma muy breve algunos de los principales efectos de lo tecnológico en la creación literaria así como citar algunos de los ejemplos en lengua española que merece la pena conocer al respecto. Para ello, vertebraré el post en tres epígrafes: lo digital como herramienta de creación literaria, lo digital como forma y, por último, las historias contadas para pantallas. Antes de seguir he de advertir y reconocer en lo que a los ejemplos concierne que no están todos los que son pero sí son todos los que están y que algunos pueden tener ya sus años, pero es lo que tiene hablar en este ámbito: que el tiempo pasa demasiado deprisa porque la tecnología no espera a nadie. Dicho lo cual, al grano.

Lo digital como herramienta de creación literaria
Las nuevas tecnologías del presente han permitido que la creación literaria se abra a este concepto-fenómeno tan de moda ya desde hace años como es "lo colaborativo". En ese sentido, la tecnología actual permite no sólo escribir una novela junto a otra persona que está a horas y kilómetros de distancia (como es el caso de Milagros del Corral y Óscar da Cunha, quienes utilizaron twitter para crear conjuntamente su obra Mi infierno eres tú) sino también abrir en canal las puertas del proceso creativo a cualquier persona que esté dispuesta a cooperar con el escritor, ya sea mediante las redes sociales (como hizo Javier Muñiz con su novela colaborativa La chica del zapato azul) o exponiéndola en "la nube" (como sucedió con Jordi Cervera y su Serial Chicken).

Lo digital como forma
Del mismo modo que la tecnología ha abierto nuevos cauces en lo que a la autoría se refiere, también ha introducido nuevas opciones en lo que al estilo se refiere. Así, dentro del repertorio "clásico" de estilos y voces narrativas, se han hecho un hueco los servicios de mensajería instantánea (ahí está la novela Pulsaciones de Francesc Miralles y Javier Ruescas como ejemplo), Twitter (pudiendo citar en este ámbito a Francisco Balbuena, autor de No hay perro que viva tanto, y a Rosa del Blanco, participante española en el Twitter Fiction Festival) y, obviamente, el correo electrónico (como muestra Mónica Gutiérrez en su Un hotel en ninguna parte).

Historias contadas para pantallas
Sería absurdo obviar en un repaso como éste que una de las grandes novedades en la relación tecnología-creación literaria tiene que ver precisamente con aquellos autores que evidencian la plena vigencia del célebre "el medio es el mensaje". Así, los soportes tecnológicos se han transformado no sólo en un medio sino también en un fin en sí mismo, en algo que funciona simultáneamente como condicionante pero también como estimulante para el ingenio de quien tenga la habilidad suficiente tanto en lo técnico como en lo creativo. En este sentido, merece la pena destacar el trabajo realizado por Jordi Muñoz,autor de la exitosa novela interactiva La App maldita, o por Josué Monchán, quien con su trabajo en los ya míticos Péndulo Studios ha dado vida a muchos de los mejores videojuegos españoles de los últimos lustros.    

En definitiva, la Literatura, como cualquiera de las otras artes, no depende tanto del "cómo" sino del "quién", del ingenio que cada uno tenga para crear, para contar, para transmitir sensaciones, ideas o recuerdos a perfectos desconocidos. Para ello, las herramientas nunca han sido un problema como tampoco lo fueron los sucesivos avances tecnológicos que fueron transformando la vida de las sociedades y las personas. Las nuevas tecnologías, en este sentido, no son, afortunamente, ninguna excepción.

viernes, 29 de julio de 2016

Un percebe inconstitucional

Cuando despertó, Rajoy todavía estaba allí. Así podría comenzar (y acabar) el cuento tragicómico en el que se ha convertido la España reciente. 

El Percebe, eufemismo que me evita caer en el síndrome de Tourette para hablar de este individuo, lleva ya unos cuantos años siendo el abajo firmante de uno de los pasajes más vergonzosos de nuestra historia, con una habilidad extraordinaria y nada envidiable para alternar el despropósito con el escándalo en su doble faceta de líder de un Gobierno contraproducente y de un partido putrefacto. Por eso, poco o nada extraña que en el "antes", el "durante" y el "después" de las elecciones haya convertido el devenir político e informativo de España en un vaivén entre el vodevil y el esperpento, que da una idea bastante aproximada del nivel intelectual y ético del personal en general y del Percebe en particular, quien se ha transformado en un personaje tan autoparódico y perjudicial como lo fue el infame Rodríguez Zapatero.

Es francamente desagradable y bochornoso constatar un día sí y otro también cómo este zángano irresponsable se ha revelado como el protagonista indiscutible de una versión cañí, casi rozando la astracanada, del célebre cuento "El traje nuevo del emperador" no sólo por su escandalosa desconexión con la realidad sino porque la misma esté sustentada por ese magma de aduladores de sinapsis chisporroteante formado por el Gobierno, el PP y los millones de votantes peperos. Esto último, los votantes del Percebe, debería ser objeto de sosegado estudio para Íker Jiménez y compañía, dado que resulta del todo inexplicable desde un punto de vista racional cómo puede haber gente en España que vote a este prodigio de la teratología política: quizás es porque existen muchos ciudadanos con una sensibilidad de titanio o quizás es que la coprofagia política es una de las parafilias electorales más en auge en los últimos años o quizás sea porque hay millones de españoles que podrían hacer de extras en The Walking Dead. Sea como fuere, el sustento electoral al Percebe, aun respetable desde el punto de vista legal, es del todo incomprensible e indefendible. Lo que no es nada incomprensible es que en torno a Rajoy se hayan agrupado como hongos todo un séquito de pelotas y medradores de serie B dispuestos a sacar tajada de la peculiar idiosincrasia del Percebe: siempre hay moscas donde hay algo que no merece la pena.

No voy a entrar ahora a listar y criticar el "legado" del Percebe ni a repasar los greatest hits de este tipo. Ahí están las hemerotecas y Google para quien quiera refrescarse el bochorno y la indignación. Por tanto, basta con decir que carece de cualquier legitimidad política y ética. Y quien niegue esto o (se) miente o debería mandar su cerebro al taller. El único consuelo y "legitimidad" que tiene el Presidente en disfunciones es el respaldo cosechado en los sucesivos y sonrojantes comicios. En ese sentido, conviene recordar dos cosas. La primera: un 33% no es ninguna mayoría ni en lo político ni en lo democrático ni en lo legal ni en lo matemático; siendo puristas y aritméticos, son mayoría los votantes españoles que no han votado al Percebe. La segunda: Adolf Hitler también tuvo un considerable sustento en votos y no creo que nadie en su sano juicio diga que eso le legitimó en ningún momento para hacer lo que hizo o que le convirtiera en una persona digna de respeto. Por tanto, que el Percebe o cualquiera de sus palmeros se pongan estupendos en sus intervenciones públicas a la hora de reclamar apoyos o de presionar desvergonzadamente a sus adversarios para que lleven al Percebe en andas y arrojando pétalos a su paso provoca el mismo tierno sonrojo que produciría ver a Kiko Rivera exigiendo un Grammy.

De todos modos, lo más preocupante y bochornoso del Percebe no es que viva en una dimensión paralela a la realidad donde no existen ni la sensatez ni la decencia ni la humildad ni la vergüenza. Ni que tenga una jeta con cuyo material se podrían fabricar naves con las que explorar el espacio profundo sin asumir riesgos. Ni que su colosal cobardía sea directamente proporcional a su pereza. Ni que cada una de sus intervenciones derive en una suerte de Scrabble diseñado por los Hermanos Marx. Ni que sea un chollo para los viñetistas y los generadores de memes. Ni que tome al personal por deficiente mental. Ni que confunda a la parte (sus votantes) con el todo (la ciudadanía española). Ni que fusione el deseo (soy la salvación para España) con la realidad (fue peor el remedio que la enfermedad). No, lo más preocupante es que el Percebe ha decidido comportarse como los infames separatistas catalanes, esto es, pasarse por el arco triunfal la Constitución en su huida hacia delante. Que el Percebe actúa como si desconociera la Constitución es algo notorio y objetivo. Sólo así se explica que ignore que en España al Presidente lo eligen los diputados del Congreso, no los votantes (véase sistema parlamentario). O que se tome a chufla los mandatos del Jefe del Estado a la hora de formar Gobierno, como hizo en su día y como ha vuelto a hacer ayer (véase el artículo 99). La Constitución, por muy sobrevalorada que esté, sigue siendo la norma máxima, en la que se sustenta todo lo demás y que representa a todos los españoles. Por eso, que alguien como el Percibe le aplique un barnizado genital es no sólo ofender a la inteligencia sino un insulto a toda la ciudadanía que no no merece ni debe ser perdonado ni ignorado. En resumen: que el Percebe reaccione ante la Constitución como Leticia Sabater ante "Kuala Lumpur" es algo que no se toleraría en ningún país serio. Pero...Spain is different.

Así las cosas, ante este panorama tan enfangado y surrealista, no puedo más que esperar al día en que se tire de la cadena y el Percebe y todo lo que él representa se vayan por el retrete de la Historia. De momento, hasta entonces, toca aguantar su opereta bufa e insoportable en la que los ciudadanos somos las únicas víctimas.  

sábado, 23 de julio de 2016

Noche con verano sin sueño

El jadeo pútrido de las alcantarillas; el soul acharolado de las cucarachas; la luz desmigada en un reguero de calles; las persianas telegrafiando palabras de piel a los voyeuristas; Oberón derramándose como magma sobre el mar siliconado de Titania; el neón brillando sobre los cascotes de un día derretido; las bocas llenas de alcohol o sexo en su romance insomne con el tic y el tac; el rumor eléctrico del ártico oasis de las neveras, los mosquitos haciendo el agosto en sus reyertas rasantes; Puck perdido en el fondo de una botella de garrafón sin el hielo del consuelo; las gotas de sudor cayendo en la tentación; las ventanas abiertas como bocanadas enmarcando la noche; el murmullo del aire acondicionando los sueños; Hermia y Lisandro perdiéndose en un rincón como la sombra de un gato doblando la oscura esquina del tiempo; la vigilia cruel de los desterrados del relajo; las voces ininteligibles que se esfuman en las aceras; los coches sonámbulos horadando el silencio; el pecio siluetado de la ciudad vaciada; el vaivén de cuerpos en su serenata de sábanas; Helena esperando impertérrita que Demetrio le devuelva el mensaje; la promesa mercenaria de una playa donde mudar piel e inquietudes; los relojes rodando hacia un alba fresco como la sonrisa de un niño; la luna pasando de largo en el laberinto de alfileres que sostienen las horas más oscuras como un telón de actores aficionados.
 

Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.

lunes, 18 de julio de 2016

Una efeméride siniestra, una reflexión

Soy consciente de que escribiendo un artículo sobre esto es muy probable que moleste a personas totalmente antagónicas entre sí. Como dijo Javier Olivares hace no mucho, cuando enfadas por igual a unos y a otros es que estás haciéndolo bien. Dicho lo cual, hora de meterse en faena.

Hoy es 18 de julio de 2016. Eso quiere decir que hace 80 años que comenzó el episodio más siniestro, doloroso y vergonzante que ha tenido España en el último siglo: la Guerra Civil. Ello, a su vez, significa que buena parte de los que vivieron aquello o están muertos o, en su defecto, camino al récord Guinness. Por ese motivo, como ochenta años es tiempo suficiente, merece la pena reflexionar con toda la honradez que permite la aséptica perspectiva y la templanza cronológica. Por eso y porque estoy particularmente harto de que a estas alturas en España se siga pensando y actuando en bandos,lo cual es especialmente absurdo y patético cuando quienes así se comportan no conocieron la Guerra Civil ni el Franquismo ni la Transición. Y porque, las cosas como son, estoy más que frustrado con el hecho de que hablar de la Guerra Civil sin elegir trinchera sea haya convertido en casi un tabú cuando no en una incorrección política.

Una tragedia así no puede ser objeto de eufemismos ni paños calientes ni medias tintas: fue una salvajada indefendible y en la que (digan lo que digan los libros de Historia o los opinadores de bando y bandera o los artistas de postureo en diferido) sólo hubo perdedores: los españoles.

De ahí que sea especialmente necesario intentar obtener alguna reflexión que permita extraer algo bueno de ese Tártaro de tres años que dio paso a una España en blanco y, especialmente, negro. Por esta razón, quiero mostar mis pensamientos al respecto, de la forma más clara, objetiva y concisa posible. Para ello, intentaré desgranarla en epígrafes.

No hubo ninguna Arcadia
Al abordar la Guerra Civil, como se suele hablar con el cerebro apagado y las entrañas encendidas, se tiende al maniqueísmo que lleva a demonizar una cosa y a idealizar su contraria. Un error de bulto muy común. Por eso, conviene dejar claro que ni la II República fue el paraíso en la Tierra ni los sublevados convirtieron España en los Campos Elíseos. La Segunda República, especialmente en sus estertores con el Frente Popular a los mandos, devino en un repugnante sindiós en el cual la democracia se convirtió en una farsa y la ideología en una excusa para una violencia no pocas veces letal (desde 1931, más de 2.200 muertos). Por su parte, el golpe fallido de julio de 1936 sumió al país en un horrible trienio de sangre y fuego que eclosionó en una oscura dictadura que estuvo más pendiente de la revancha y la imposición que de hacer algo positivo. Punto. Sin matices. Sin "y tú más". Sin mitificaciones.

La culpa como arma arrojadiza
Es muy coherente con esa dinámica de bandos el culpabilizar a "los otros" de lo ocurrido. Otro error para aliviar conciencias y ningunear vigas en ojos propios. En mi opinión, el convulso desenlace de la II República puso en bandeja lo que pasó después: abonó el sentimiento de agravio y dio alas al revanchismo, a la venganza. Del mismo modo, los sublevados demostraron de forma atroz que el remedio fue peor que la enfermedad, habida cuenta de que no buscaron el progreso ni la concordia sino un bestial "quítate tú para ponerme yo", haciendo lo mismo que hicieron "las izquierdas" que se cargaron la II República: demonizar y laminar al diferente, al disidente, al que no comulgaba (nunca mejor dicho) con ese batiburrillo de ideas que integraron el astracán ideológico de los golpistas. Por tanto, mejor que estar pendientes de a quién lanzar la culpa es asimilar la vergüenza, puesto que culpa y vergüenza no son la misma cosa.

El ADN de Caín
Lo que pasó en la Guerra Civil no fue sino una muestra más y, de momento, la última al menos en lo que a términos violentos se refiere, de que España o, mejor dicho, los españoles llevan en su idiosincrasia histórica y social el ADN de Caín. España ha sido muy propensa ha romperse violentamente en bandos o a dispararse en el pie o a autolesionarse, como se quiera decir. Por ejemplo, el precedente más cercano a la Guerra Civil lo encontramos en otras sangrientas contiendas domésticas denominadas Guerras Carlistas, que con la excusa de la legitimidad al trono, llevaron a nuestros antepasados a hostiarse con saña. Antes vinieron la lucha entre liberales y absolutistas (ese ya infame y célebre "¡Vivan las cadenas!"), la rivalidad entre afrancesados y patriotas, la contienda entre austracistas y borbónicos en la Guerra de Sucesión y todo un etcétera que contribuyó a crear un magma fraticida que lleva a los españoles a tener una especial afición a tirarse los trastos a la cabeza, sin importar mucho el motivo o, mejor dicho, la excusa para aniquilar al de enfrente. Aquí sólo hemos estado unidos cuando los problemas han venido de fuera y eso es muy triste.

Muertos de primera y de segunda
Al hablar de la Guerra Civil es imposible orillar el asunto de los muertos, ya fuera en combate o represaliados. Lo que sí debería orillarse es esa vergonzosa actitud según la cual unos muertos importan más que otros. No. Todos los muertos importan, con independencia del bando o ideología. Y si este país quiere pasar página de una vez haríamos bien en tener presente eso, porque barbaridades se cometieron a ambos lados del frente (hola, Paracuellos; saludos, Guernica) y porque todos los muertos se merecen una sepultura digna si tienen alguien que los llore. Lo que no puede ser a estas alturas es que existan familias que no sepan dónde están enterrados sus seres queridos o que, peor aún, sabiéndolo no tengan ayuda para darles un lugar honorable donde rendirles tributo. Y no, una fosa común o una cuneta no está dentro de la categoría "lugar honorable". Un animal no se merece estar enterrado de cualquier manera; un ser humano, menos aún.

La desMemoria Histórica
La "Memoria Histórica" es uno de esos conceptos-palabros parido por el eufemismo y la corrección política, pero también y a la postre una herramienta con la que algunos intentan reinterpetar de forma sesgada la Historia y reescribirla en términos de agravios comparativos. A mí me parece fenomenal que se quiera hacer memoria con finalidad balsámica y conciliadora...siempre y cuando se haga en ambos sentidos y no sólo en uno. Por ejemplo, me parece fantástico que se elimine oficial y oficiosamente todo recuerdo de los golpistas y demás bestias pardas del "bando nacional" siempre y cuando se haga lo mismo con otros personajes igualmente siniestros del "bando republicano" (hola, Santiago Carrillo; hola, Dolores Ibárruri). A mí me parece fabuloso que se hable de forma descarnada y crítica contra el Franquismo...pero ojalá se hiciera lo mismo con respecto a lo que pasó en la II República. Por otra parte, me parece lamentable que se ningunee académica y culturalmente a artistas e intelectuales sólo por no ser "republicanos" como me parecería lamentable que alguien fuera tan sumamente imbécil de escaquear a Federico García Lorca o Miguel de Unamuno por no pertencer al "bando nacional", citando dos ejemplos bastante cristalinos. En resumen: la memoria no puede ser un arma al servicio de la revancha sino una herramienta para cicatrizar, aprender y pasar página. Ojalá hubiera más gente que entendiera esto pero, por desgracia, en España hay aún muchas personas a las que "les pone" el maniqueísmo mucho más que la sensatez.

Nada nuevo bajo el sol
Las últimas elecciones han servido para poner de manifiesto que, por desgracia, muchos políticos y votantes siguen con la mente y el corazón puesta en un bando y viven más mirando por el retrovisor que atendiendo al futuro. Todos hemos podido comprobar cómo el "discurso del miedo" y el "discurso de la revancha" siguen gozando de una estupenda salud. A nadie le extraña escuchar o escucharse hablar utilizando términos como "rojo" o "facha". A nadie le escandaliza ver cómo un Ministro condecora a una Virgen o busca explicaciones ultraterrenales a sucesos que poco o nada tienen que ver con los altares ni cómo el PP moviliza a su electorado apelando a argumentos e ideas muy propios de los que esgrimieron los africanistas y demás partidarios del golpe en falso ni tampoco ver cómo Pablo Iglesias, en el fondo o en la forma, parece extraído de aquella época en la que "las izquierdas" decidieron cargarse el país y todo lo que se les opusiera. Y eso, que nadie se escandalice, es preocupante porque que cosas así sigan coleando ochenta años después es para ir al psiquiatra.

Sólo un apunte más: no escribo esto desde la equidistancia sino desde la honestidad. Quizá me equivoque o quizá no. Lo que es seguro es que no escribo por escribir ni para contentar a unos o a otros sino para intentar que esos unos y esos otros comprendan que no hay más que un "nosotros".

Acabo ya pero con la esperanza de que cuando se cumplan los noventa años o el centenario del inicio de la Guerra Civil pueda escribir en este mismo blog que los españoles hemos aprendido a cerrar heridas y a pasar página sin dejar agravios por el camino para afrontar, unidos en nuestras diferencias, un futuro mejor que el que trajo esa reyerta abominable y atroz cuya efeméride se recuerda hoy.               

martes, 12 de julio de 2016

85 años de "Bodas de sangre"

Este año se cumplen 85 desde la escritura de la tragedia Bodas de sangre, obra del malogrado y genial Federico García Lorca.

Para mí, su mejor obra. Una creación que inspirándose en lo concreto (el "crimen de Níjar") alcanza lo universal mientras, simultáneamente, trasciende el realismo costumbrista para enroscarse en lo onírico y lo legendario. Una tragedia que partiendo de la piel (la sensualidad, el deseo, la pasión, el enamoramiento) llega hasta el terreno totémico donde el ser humano queda empequeñecido ante palabras como "amor", "dolor", "muerte".  Un

texto que aunque puede rastrearse en él el eco atronador de la tragedia clásica (el destino fatal e inexorable, los personajes como meros peones de un ajedrez cruel e inaprensible, etc), está
en mi opinión cargado más y mejor que ningún otro texto lorquiano de ese duende magnético, hipnótico, desgarrador y monumental que hizo de Lorca un genio con derecho a la inmortalidad. Una obra en la que las palabras y las imágenes que evocan son auténticos vendavales para la mente y los sentidos. Mi Lorca favorito, en definitiva, sin menoscabo de obras monumentales como La casa de Bernarda Alba o poemarios como Romancero gitano o Poeta en Nueva York.

Mi relación con Bodas de Sangre viene ya de hace muchos años, cuando de crío comencé a leer a quien es desde entonces uno de mis escritores preferidos. Por ahorrar tiempo y espacio: he leído todo de Lorca. Sin embargo, la erupción no llegaría hasta años después, cuando de adolescente fui a ver junto a unos compañeros de grupo de teatro una representación de esta obra en la RESAD: la recuerdo como una de las mejores funciones que he visto. Poco más tarde, de nuevo con los colegas del grupo (que no se llamaba "La fragua y la luna" por azar), tuve la oportunidad/suerte de idear y adaptar la escena referente a Bodas de Sangre dentro de la obra que dedicamos a la vida y creaciones de García Lorca. Por tanto, no hablo por hablar ni por postureo ni por petulancia. Escribo desde la admiración y el cariño inquebrantable por esta extraordinaria tragedia.  

Por todo lo anterior, creo que es una pena que este 85 aniversario haya quedado huérfano de toda conmemoración oficial (aunque teniendo en cuenta cómo se ha tratado a Cervantes...). Igual que es una pena que el teatro no se haya acordado debidamente de esta obra esta temporada. Igual que es una pena que la reciente adaptación cinematográfica, "La novia", resultara tan valiente como fallida.

Lo que no es ninguna pena y sí una gran suerte es tener al alcance de la mano la oportunidad de encontrarse o reencontrarse, según el caso, con personajes tan redondos y colosales como "La Madre", que para mí es sin duda uno de los personajes femeninos más difíciles e importantes que se puede recrear sobre unas tablas, o "Leonardo", quien está más cerca del destructivo Heahtcliff que del ingenuo Romeo y que, por encima de todo, es uno de los personajes masculinos más bestiales de todo el teatro en español. Como suerte igualmente es poder leer pasajes como éste, inserto dentro de uno de los diálogos más impresionantes escritos por Lorca:
LEONARDO:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
Lo dicho, una pena...y una suerte, porque bodas como ésta no se pueden disfrutar todos los días ni en la literatura ni en ningún sitio. Es lo que tienen las obras maestras.

domingo, 10 de julio de 2016

Elogio del fracaso

A esta sociedad no le gustan los perdedores, los fracasados, los caídos. Es alérgica a cualquier cosa que quede fuera de las inoculadas coordenadas del "triunfo" y tiene un despreciativo pavor a todo aquello que no rime con la palabra "éxito". Es inmisericorde con los matices, cruel con sus absolutos...y enormemente estúpida a la hora de dotar de significado y profundidad a esas dicotomías (triunfo-derrota, éxito-fracaso) que se manejan con tanta ligereza, casi con frivolidad, a la hora de valorar o juzgar a una persona o a su trayectoria. La gente tiene demasiada prisa a la hora de hacer leña y, en cambio, no tanta para ser justa. Por tanto, conviene alejarse de ese comportamiento hooligan y borreguil, de esa filosofía de barra de bar, de esa retórica fast-food, a la hora de ponernos Torquemada con la vida o la carrera de una persona. Más que nada porque se incurre en un error similar en torpeza y calibre al de juzgar a una persona por sus logros profesionales o al de valorar el desempeño profesional basándose en lo personal.

Ser resultadistas a la hora de valorar o ponderar a alguien, ya sea en lo personal o en lo profesional, es francamente desaconsejable. El "Mourinhismo" sólo es justificable dentro de un campo de fútbol (y ni aun así). ¿Por qué? Porque estamos, conscientemente o no, excluyendo de la ecuación elementos muy importantes como las circunstancias, la actitud, la finalidad, la intención, la perspectiva...Por eso, a la hora juzgar, hay que tener en cuenta bastantes cosas y no sólo el hecho frío, aséptico y objetivo del resultado. 

Como no me quiero extender demasiado ni meterme en jardines de compleja salida, intentaré hablar desde mi punto de vista personal sobre este asunto. Para mí, la diferencia entre "éxito" y "fracaso", la marca el aprendizaje, la aprehensión del conocimiento adquirido desde el inicio de la acción hasta su resolución. En ese sentido, "éxito" y "fracaso" conforman un mismo y único camino: el del saber. Sin experiencia no hay aprendizaje y sin éste no hay crecimiento. Así las cosas, nada avanza quien no lo intenta y nada cambia quien nada aprende de lo hecho y vivido. Es decir, para mí, los "fracasos" funcionan como herramientas para mejorar y crecer con la misma legitimidad y eficacia que los éxitos. O incluso más, porque hay mucha más lección dentro de un fracaso que dentro de un éxito. Las heridas siempre son las mejores maestras a la hora de evitar unas nuevas. Igualmente, para mí, la distinción entre "triunfo" y "derrota" la marca la actitud, ya hablemos de un proyecto personal o profesional. En ese sentido, lo importante no es si ganas o pierdes sino cómo ganas o cómo pierdes y, aún más crucial, qué haces después del triunfo o la derrota. De ahí que la cuestión verdaderamente importante no sea si caes o no sino qué haces después de caer. Puedes rendirte y abandonarte al victimismo, al pataleo, al shock, al masoquismo...o puedes levantarte. Esto último suele ser más difícil que lo otro porque requiere esfuerzo, actitud, coraje y, para eso, no todo el mundo vale, pero el que lo hace, el que se levanta, ya ha conseguido algo muy importante: acortar distancias con el triunfo. Hay gente que lo tiene muy fácil a la hora de triunfar pero nadie parte con ventaja para levantarse. Eso depende de cada uno. Por eso es tan valioso, porque todo el mundo puede caer pero no todo el mundo se levanta.

Podría haber sustituido esta reflexión por comentarios más célebres y resultones como los de Michael Jordan ("He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido más de 300 partidos. En 26 ocasiones me confiaron el tiro ganador y fallé. He fallado una y otra y otra vez en mi vida, y por eso he tenido éxito") o de Steve Jobs ("Yo no lo vi entonces, pero que me despidiesen de Apple fue lo mejor que me pudo pasar. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida") o de Thomas Edison ("No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla") o, incluso, de Sylvester Stallone por boca de Rocky Balboa ("Voy a decirte algo que ya sabes. El mundo no es todo alegría y color. En realidad es un lugar terrible. Y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si no se lo impides. Ni tú ni yo ni nadie golpea más fuerte que la vida. Pero no importa lo fuerte que puedas golpear sino lo fuerte que pueden golpearte y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar. ¡Así es como se gana! Si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes y no puedes estar diciendo que no estás donde querías llegar por culpa de nadie. ¡Eso lo hacen los cobardes! ¡Y tú no lo eres! ¡Tú eres capaz de todo!") pero creo que es mejor ser honesto y hablar desde lo personal. 

Habrá quien piense que digo todo esto por postureo o que vendo el mismo placebo que los libros de autoayuda. Tienen todo el derecho a equivocarse: escribo desde la experiencia. Por eso, espero que este artículo sirva para que quien lo lea no tenga miedo de caer sino de no levantarse porque, en ocasiones, más de las que nos damos cuenta, los errores, los contratiempos, los fallos, las caídas nos hacen mejores...si queremos.