viernes, 29 de julio de 2016
Un percebe inconstitucional
Cuando despertó, Rajoy todavía estaba allí. Así podría comenzar (y acabar) el cuento tragicómico en el que se ha convertido la España reciente.
El Percebe, eufemismo que me evita caer en el síndrome de Tourette para hablar de este individuo, lleva ya unos cuantos años siendo el abajo firmante de uno de los pasajes más vergonzosos de nuestra historia, con una habilidad extraordinaria y nada envidiable para alternar el despropósito con el escándalo en su doble faceta de líder de un Gobierno contraproducente y de un partido putrefacto. Por eso, poco o nada extraña que en el "antes", el "durante" y el "después" de las elecciones haya convertido el devenir político e informativo de España en un vaivén entre el vodevil y el esperpento, que da una idea bastante aproximada del nivel intelectual y ético del personal en general y del Percebe en particular, quien se ha transformado en un personaje tan autoparódico y perjudicial como lo fue el infame Rodríguez Zapatero.
Es francamente desagradable y bochornoso constatar un día sí y otro también cómo este zángano irresponsable se ha revelado como el protagonista indiscutible de una versión cañí, casi rozando la astracanada, del célebre cuento "El traje nuevo del emperador" no sólo por su escandalosa desconexión con la realidad sino porque la misma esté sustentada por ese magma de aduladores de sinapsis chisporroteante formado por el Gobierno, el PP y los millones de votantes peperos. Esto último, los votantes del Percebe, debería ser objeto de sosegado estudio para Íker Jiménez y compañía, dado que resulta del todo inexplicable desde un punto de vista racional cómo puede haber gente en España que vote a este prodigio de la teratología política: quizás es porque existen muchos ciudadanos con una sensibilidad de titanio o quizás es que la coprofagia política es una de las parafilias electorales más en auge en los últimos años o quizás sea porque hay millones de españoles que podrían hacer de extras en The Walking Dead. Sea como fuere, el sustento electoral al Percebe, aun respetable desde el punto de vista legal, es del todo incomprensible e indefendible. Lo que no es nada incomprensible es que en torno a Rajoy se hayan agrupado como hongos todo un séquito de pelotas y medradores de serie B dispuestos a sacar tajada de la peculiar idiosincrasia del Percebe: siempre hay moscas donde hay algo que no merece la pena.
No voy a entrar ahora a listar y criticar el "legado" del Percebe ni a repasar los greatest hits de este tipo. Ahí están las hemerotecas y Google para quien quiera refrescarse el bochorno y la indignación. Por tanto, basta con decir que carece de cualquier legitimidad política y ética. Y quien niegue esto o (se) miente o debería mandar su cerebro al taller. El único consuelo y "legitimidad" que tiene el Presidente en disfunciones es el respaldo cosechado en los sucesivos y sonrojantes comicios. En ese sentido, conviene recordar dos cosas. La primera: un 33% no es ninguna mayoría ni en lo político ni en lo democrático ni en lo legal ni en lo matemático; siendo puristas y aritméticos, son mayoría los votantes españoles que no han votado al Percebe. La segunda: Adolf Hitler también tuvo un considerable sustento en votos y no creo que nadie en su sano juicio diga que eso le legitimó en ningún momento para hacer lo que hizo o que le convirtiera en una persona digna de respeto. Por tanto, que el Percebe o cualquiera de sus palmeros se pongan estupendos en sus intervenciones públicas a la hora de reclamar apoyos o de presionar desvergonzadamente a sus adversarios para que lleven al Percebe en andas y arrojando pétalos a su paso provoca el mismo tierno sonrojo que produciría ver a Kiko Rivera exigiendo un Grammy.
De todos modos, lo más preocupante y bochornoso del Percebe no es que viva en una dimensión paralela a la realidad donde no existen ni la sensatez ni la decencia ni la humildad ni la vergüenza. Ni que tenga una jeta con cuyo material se podrían fabricar naves con las que explorar el espacio profundo sin asumir riesgos. Ni que su colosal cobardía sea directamente proporcional a su pereza. Ni que cada una de sus intervenciones derive en una suerte de Scrabble diseñado por los Hermanos Marx. Ni que sea un chollo para los viñetistas y los generadores de memes. Ni que tome al personal por deficiente mental. Ni que confunda a la parte (sus votantes) con el todo (la ciudadanía española). Ni que fusione el deseo (soy la salvación para España) con la realidad (fue peor el remedio que la enfermedad). No, lo más preocupante es que el Percebe ha decidido comportarse como los infames separatistas catalanes, esto es, pasarse por el arco triunfal la Constitución en su huida hacia delante. Que el Percebe actúa como si desconociera la Constitución es algo notorio y objetivo. Sólo así se explica que ignore que en España al Presidente lo eligen los diputados del Congreso, no los votantes (véase sistema parlamentario). O que se tome a chufla los mandatos del Jefe del Estado a la hora de formar Gobierno, como hizo en su día y como ha vuelto a hacer ayer (véase el artículo 99). La Constitución, por muy sobrevalorada que esté, sigue siendo la norma máxima, en la que se sustenta todo lo demás y que representa a todos los españoles. Por eso, que alguien como el Percibe le aplique un barnizado genital es no sólo ofender a la inteligencia sino un insulto a toda la ciudadanía que no no merece ni debe ser perdonado ni ignorado. En resumen: que el Percebe reaccione ante la Constitución como Leticia Sabater ante "Kuala Lumpur" es algo que no se toleraría en ningún país serio. Pero...Spain is different.
Así las cosas, ante este panorama tan enfangado y surrealista, no puedo más que esperar al día en que se tire de la cadena y el Percebe y todo lo que él representa se vayan por el retrete de la Historia. De momento, hasta entonces, toca aguantar su opereta bufa e insoportable en la que los ciudadanos somos las únicas víctimas.
sábado, 23 de julio de 2016
Noche con verano sin sueño
El jadeo pútrido de las alcantarillas; el soul acharolado de las
cucarachas; la luz desmigada en un reguero de calles; las persianas
telegrafiando palabras de piel a los voyeuristas; Oberón derramándose
como magma sobre el mar siliconado de Titania; el neón brillando sobre los
cascotes de un día derretido; las bocas llenas de alcohol o sexo en su
romance insomne con el tic y el tac; el rumor eléctrico del ártico oasis
de las neveras, los mosquitos haciendo el agosto en sus reyertas rasantes; Puck
perdido en el fondo de una botella de garrafón sin el hielo del consuelo; las gotas de sudor
cayendo en la tentación; las ventanas abiertas como bocanadas enmarcando
la noche; el murmullo del aire acondicionando los sueños; Hermia y
Lisandro perdiéndose en un rincón como la sombra de un gato doblando la oscura
esquina del tiempo; la vigilia cruel de los desterrados del relajo; las
voces ininteligibles que se esfuman en las aceras; los coches sonámbulos horadando el silencio; el pecio siluetado de
la ciudad vaciada; el vaivén de cuerpos en su serenata de sábanas;
Helena esperando impertérrita que Demetrio le devuelva el mensaje; la
promesa mercenaria de una playa donde mudar piel e inquietudes; los
relojes rodando hacia un alba fresco como la sonrisa de un niño; la luna
pasando de largo en el laberinto de alfileres que sostienen las horas
más oscuras como un telón de actores aficionados.
Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.
Todo esto pasaba en una noche con verano sin sueño.
lunes, 18 de julio de 2016
Una efeméride siniestra, una reflexión
Soy consciente de que escribiendo un artículo sobre esto es muy probable que moleste a personas totalmente antagónicas entre sí. Como dijo Javier Olivares hace no mucho, cuando enfadas por igual a unos y a otros es que estás haciéndolo bien. Dicho lo cual, hora de meterse en faena.
Hoy es 18 de julio de 2016. Eso quiere decir que hace 80 años que comenzó el episodio más siniestro, doloroso y vergonzante que ha tenido España en el último siglo: la Guerra Civil. Ello, a su vez, significa que buena parte de los que vivieron aquello o están muertos o, en su defecto, camino al récord Guinness. Por ese motivo, como ochenta años es tiempo suficiente, merece la pena reflexionar con toda la honradez que permite la aséptica perspectiva y la templanza cronológica. Por eso y porque estoy particularmente harto de que a estas alturas en España se siga pensando y actuando en bandos,lo cual es especialmente absurdo y patético cuando quienes así se comportan no conocieron la Guerra Civil ni el Franquismo ni la Transición. Y porque, las cosas como son, estoy más que frustrado con el hecho de que hablar de la Guerra Civil sin elegir trinchera sea haya convertido en casi un tabú cuando no en una incorrección política.
Una tragedia así no puede ser objeto de eufemismos ni paños calientes ni medias tintas: fue una salvajada indefendible y en la que (digan lo que digan los libros de Historia o los opinadores de bando y bandera o los artistas de postureo en diferido) sólo hubo perdedores: los españoles.
De ahí que sea especialmente necesario intentar obtener alguna reflexión que permita extraer algo bueno de ese Tártaro de tres años que dio paso a una España en blanco y, especialmente, negro. Por esta razón, quiero mostar mis pensamientos al respecto, de la forma más clara, objetiva y concisa posible. Para ello, intentaré desgranarla en epígrafes.
No hubo ninguna Arcadia.
Al abordar la Guerra Civil, como se suele hablar con el cerebro apagado y las entrañas encendidas, se tiende al maniqueísmo que lleva a demonizar una cosa y a idealizar su contraria. Un error de bulto muy común. Por eso, conviene dejar claro que ni la II República fue el paraíso en la Tierra ni los sublevados convirtieron España en los Campos Elíseos. La Segunda República, especialmente en sus estertores con el Frente Popular a los mandos, devino en un repugnante sindiós en el cual la democracia se convirtió en una farsa y la ideología en una excusa para una violencia no pocas veces letal (desde 1931, más de 2.200 muertos). Por su parte, el golpe fallido de julio de 1936 sumió al país en un horrible trienio de sangre y fuego que eclosionó en una oscura dictadura que estuvo más pendiente de la revancha y la imposición que de hacer algo positivo. Punto. Sin matices. Sin "y tú más". Sin mitificaciones.
La culpa como arma arrojadiza.
Es muy coherente con esa dinámica de bandos el culpabilizar a "los otros" de lo ocurrido. Otro error para aliviar conciencias y ningunear vigas en ojos propios. En mi opinión, el convulso desenlace de la II República puso en bandeja lo que pasó después: abonó el sentimiento de agravio y dio alas al revanchismo, a la venganza. Del mismo modo, los sublevados demostraron de forma atroz que el remedio fue peor que la enfermedad, habida cuenta de que no buscaron el progreso ni la concordia sino un bestial "quítate tú para ponerme yo", haciendo lo mismo que hicieron "las izquierdas" que se cargaron la II República: demonizar y laminar al diferente, al disidente, al que no comulgaba (nunca mejor dicho) con ese batiburrillo de ideas que integraron el astracán ideológico de los golpistas. Por tanto, mejor que estar pendientes de a quién lanzar la culpa es asimilar la vergüenza, puesto que culpa y vergüenza no son la misma cosa.
El ADN de Caín.
Lo que pasó en la Guerra Civil no fue sino una muestra más y, de momento, la última al menos en lo que a términos violentos se refiere, de que España o, mejor dicho, los españoles llevan en su idiosincrasia histórica y social el ADN de Caín. España ha sido muy propensa ha romperse violentamente en bandos o a dispararse en el pie o a autolesionarse, como se quiera decir. Por ejemplo, el precedente más cercano a la Guerra Civil lo encontramos en otras sangrientas contiendas domésticas denominadas Guerras Carlistas, que con la excusa de la legitimidad al trono, llevaron a nuestros antepasados a hostiarse con saña. Antes vinieron la lucha entre liberales y absolutistas (ese ya infame y célebre "¡Vivan las cadenas!"), la rivalidad entre afrancesados y patriotas, la contienda entre austracistas y borbónicos en la Guerra de Sucesión y todo un etcétera que contribuyó a crear un magma fraticida que lleva a los españoles a tener una especial afición a tirarse los trastos a la cabeza, sin importar mucho el motivo o, mejor dicho, la excusa para aniquilar al de enfrente. Aquí sólo hemos estado unidos cuando los problemas han venido de fuera y eso es muy triste.
Muertos de primera y de segunda.
Al hablar de la Guerra Civil es imposible orillar el asunto de los muertos, ya fuera en combate o represaliados. Lo que sí debería orillarse es esa vergonzosa actitud según la cual unos muertos importan más que otros. No. Todos los muertos importan, con independencia del bando o ideología. Y si este país quiere pasar página de una vez haríamos bien en tener presente eso, porque barbaridades se cometieron a ambos lados del frente (hola, Paracuellos; saludos, Guernica) y porque todos los muertos se merecen una sepultura digna si tienen alguien que los llore. Lo que no puede ser a estas alturas es que existan familias que no sepan dónde están enterrados sus seres queridos o que, peor aún, sabiéndolo no tengan ayuda para darles un lugar honorable donde rendirles tributo. Y no, una fosa común o una cuneta no está dentro de la categoría "lugar honorable". Un animal no se merece estar enterrado de cualquier manera; un ser humano, menos aún.
La desMemoria Histórica.
La "Memoria Histórica" es uno de esos conceptos-palabros parido por el eufemismo y la corrección política, pero también y a la postre una herramienta con la que algunos intentan reinterpetar de forma sesgada la Historia y reescribirla en términos de agravios comparativos. A mí me parece fenomenal que se quiera hacer memoria con finalidad balsámica y conciliadora...siempre y cuando se haga en ambos sentidos y no sólo en uno. Por ejemplo, me parece fantástico que se elimine oficial y oficiosamente todo recuerdo de los golpistas y demás bestias pardas del "bando nacional" siempre y cuando se haga lo mismo con otros personajes igualmente siniestros del "bando republicano" (hola, Santiago Carrillo; hola, Dolores Ibárruri). A mí me parece fabuloso que se hable de forma descarnada y crítica contra el Franquismo...pero ojalá se hiciera lo mismo con respecto a lo que pasó en la II República. Por otra parte, me parece lamentable que se ningunee académica y culturalmente a artistas e intelectuales sólo por no ser "republicanos" como me parecería lamentable que alguien fuera tan sumamente imbécil de escaquear a Federico García Lorca o Miguel de Unamuno por no pertencer al "bando nacional", citando dos ejemplos bastante cristalinos. En resumen: la memoria no puede ser un arma al servicio de la revancha sino una herramienta para cicatrizar, aprender y pasar página. Ojalá hubiera más gente que entendiera esto pero, por desgracia, en España hay aún muchas personas a las que "les pone" el maniqueísmo mucho más que la sensatez.
Nada nuevo bajo el sol.
Las últimas elecciones han servido para poner de manifiesto que, por desgracia, muchos políticos y votantes siguen con la mente y el corazón puesta en un bando y viven más mirando por el retrovisor que atendiendo al futuro. Todos hemos podido comprobar cómo el "discurso del miedo" y el "discurso de la revancha" siguen gozando de una estupenda salud. A nadie le extraña escuchar o escucharse hablar utilizando términos como "rojo" o "facha". A nadie le escandaliza ver cómo un Ministro condecora a una Virgen o busca explicaciones ultraterrenales a sucesos que poco o nada tienen que ver con los altares ni cómo el PP moviliza a su electorado apelando a argumentos e ideas muy propios de los que esgrimieron los africanistas y demás partidarios del golpe en falso ni tampoco ver cómo Pablo Iglesias, en el fondo o en la forma, parece extraído de aquella época en la que "las izquierdas" decidieron cargarse el país y todo lo que se les opusiera. Y eso, que nadie se escandalice, es preocupante porque que cosas así sigan coleando ochenta años después es para ir al psiquiatra.
Sólo un apunte más: no escribo esto desde la equidistancia sino desde la honestidad. Quizá me equivoque o quizá no. Lo que es seguro es que no escribo por escribir ni para contentar a unos o a otros sino para intentar que esos unos y esos otros comprendan que no hay más que un "nosotros".
Acabo ya pero con la esperanza de que cuando se cumplan los noventa años o el centenario del inicio de la Guerra Civil pueda escribir en este mismo blog que los españoles hemos aprendido a cerrar heridas y a pasar página sin dejar agravios por el camino para afrontar, unidos en nuestras diferencias, un futuro mejor que el que trajo esa reyerta abominable y atroz cuya efeméride se recuerda hoy.
martes, 12 de julio de 2016
85 años de "Bodas de sangre"
Este año se cumplen 85 desde la escritura de la tragedia Bodas de sangre, obra del malogrado y genial Federico García Lorca.
Para mí, su mejor obra. Una creación que inspirándose en lo concreto (el "crimen de Níjar") alcanza lo universal mientras, simultáneamente, trasciende el realismo costumbrista para enroscarse en lo onírico y lo legendario. Una tragedia que partiendo de la piel (la sensualidad, el deseo, la pasión, el enamoramiento) llega hasta el terreno totémico donde el ser humano queda empequeñecido ante palabras como "amor", "dolor", "muerte". Un
texto que aunque puede rastrearse en él el eco
atronador de la tragedia clásica (el destino fatal e inexorable, los
personajes como meros peones de un ajedrez cruel e inaprensible, etc),
está
Para mí, su mejor obra. Una creación que inspirándose en lo concreto (el "crimen de Níjar") alcanza lo universal mientras, simultáneamente, trasciende el realismo costumbrista para enroscarse en lo onírico y lo legendario. Una tragedia que partiendo de la piel (la sensualidad, el deseo, la pasión, el enamoramiento) llega hasta el terreno totémico donde el ser humano queda empequeñecido ante palabras como "amor", "dolor", "muerte". Un
Por todo lo anterior, creo que es una pena que este 85
aniversario haya quedado huérfano de toda
conmemoración oficial (aunque teniendo en cuenta cómo se ha tratado a
Cervantes...). Igual que es una pena que el teatro no se haya acordado
debidamente de esta obra esta temporada. Igual que es una pena que la
reciente adaptación cinematográfica, "La novia", resultara tan valiente
como fallida.
Lo que no es ninguna pena y sí una gran suerte es tener al alcance de la mano la oportunidad de encontrarse o reencontrarse, según el caso, con personajes tan redondos y colosales como "La Madre", que para mí es sin duda uno de los personajes femeninos más difíciles e importantes que se puede recrear sobre unas tablas, o "Leonardo", quien está más cerca del destructivo Heahtcliff que del ingenuo Romeo y que, por encima de todo, es uno de los personajes masculinos más bestiales de todo el teatro en español. Como suerte igualmente es poder leer pasajes como éste, inserto dentro de uno de los diálogos más impresionantes escritos por Lorca:
LEONARDO:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
Lo dicho, una pena...y una suerte, porque bodas como ésta no se pueden disfrutar todos los días ni en la literatura ni en ningún sitio. Es lo que tienen las obras maestras.
domingo, 10 de julio de 2016
Elogio del fracaso
A esta sociedad no le gustan los perdedores, los fracasados, los caídos. Es alérgica a cualquier cosa que quede fuera de las inoculadas coordenadas del "triunfo" y tiene un despreciativo pavor a todo aquello que no rime con la palabra "éxito". Es inmisericorde con los matices, cruel con sus absolutos...y enormemente estúpida a la hora de dotar de significado y profundidad a esas dicotomías (triunfo-derrota, éxito-fracaso) que se manejan con tanta ligereza, casi con frivolidad, a la hora de valorar o juzgar a una persona o a su trayectoria. La gente tiene demasiada prisa a la hora de hacer leña y, en cambio, no tanta para ser justa. Por tanto, conviene alejarse de ese comportamiento hooligan y borreguil, de esa filosofía de barra de bar, de esa retórica fast-food, a la hora de ponernos Torquemada con la vida o la carrera de una persona. Más que nada porque se incurre en un error similar en torpeza y calibre al de juzgar a una persona por sus logros profesionales o al de valorar el desempeño profesional basándose en lo personal.
Ser resultadistas a la hora de valorar o ponderar a alguien, ya sea en lo personal o en lo profesional, es francamente desaconsejable. El "Mourinhismo" sólo es justificable dentro de un campo de fútbol (y ni aun así). ¿Por qué? Porque estamos, conscientemente o no, excluyendo de la ecuación elementos muy importantes como las circunstancias, la actitud, la finalidad, la intención, la perspectiva...Por eso, a la hora juzgar, hay que tener en cuenta bastantes cosas y no sólo el hecho frío, aséptico y objetivo del resultado.
Como no me quiero extender demasiado ni meterme en jardines de compleja salida, intentaré hablar desde mi punto de vista personal sobre este asunto. Para mí, la diferencia entre "éxito" y "fracaso", la marca el aprendizaje, la aprehensión del conocimiento adquirido desde el inicio de la acción hasta su resolución. En ese sentido, "éxito" y "fracaso" conforman un mismo y único camino: el del saber. Sin experiencia no hay aprendizaje y sin éste no hay crecimiento. Así las cosas, nada avanza quien no lo intenta y nada cambia quien nada aprende de lo hecho y vivido. Es decir, para mí, los "fracasos" funcionan como herramientas para mejorar y crecer con la misma legitimidad y eficacia que los éxitos. O incluso más, porque hay mucha más lección dentro de un fracaso que dentro de un éxito. Las heridas siempre son las mejores maestras a la hora de evitar unas nuevas. Igualmente, para mí, la distinción entre "triunfo" y "derrota" la marca la actitud, ya hablemos de un proyecto personal o profesional. En ese sentido, lo importante no es si ganas o pierdes sino cómo ganas o cómo pierdes y, aún más crucial, qué haces después del triunfo o la derrota. De ahí que la cuestión verdaderamente importante no sea si caes o no sino qué haces después de caer. Puedes rendirte y abandonarte al victimismo, al pataleo, al shock, al masoquismo...o puedes levantarte. Esto último suele ser más difícil que lo otro porque requiere esfuerzo, actitud, coraje y, para eso, no todo el mundo vale, pero el que lo hace, el que se levanta, ya ha conseguido algo muy importante: acortar distancias con el triunfo. Hay gente que lo tiene muy fácil a la hora de triunfar pero nadie parte con ventaja para levantarse. Eso depende de cada uno. Por eso es tan valioso, porque todo el mundo puede caer pero no todo el mundo se levanta.
Podría haber sustituido esta reflexión por comentarios más célebres y resultones como los de Michael Jordan ("He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido más de 300
partidos. En 26 ocasiones me confiaron el tiro ganador y fallé. He
fallado una y otra y otra vez en mi vida, y por eso he tenido éxito") o de Steve Jobs ("Yo no lo vi entonces, pero que me despidiesen de Apple fue lo mejor que
me pudo pasar. La pesadez de ser exitoso fue reemplazada por la
liviandad de ser un principiante otra vez, menos seguro de todo. Me
liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida") o de Thomas Edison ("No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla") o, incluso, de Sylvester Stallone por boca de Rocky Balboa ("Voy a decirte algo que ya sabes. El mundo no es todo alegría y color. En realidad es un lugar terrible. Y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si no se lo impides. Ni tú ni yo ni nadie golpea más fuerte que la vida. Pero no importa lo fuerte que puedas golpear sino lo fuerte que pueden golpearte y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar. ¡Así es como se gana! Si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes y no puedes estar diciendo que no estás donde querías llegar por culpa de nadie. ¡Eso lo hacen los cobardes! ¡Y tú no lo eres! ¡Tú eres capaz de todo!") pero creo que es mejor ser honesto y hablar desde lo personal.
Habrá quien piense que digo todo esto por postureo o que vendo el mismo
placebo que los libros de autoayuda. Tienen todo el derecho a equivocarse: escribo desde la experiencia. Por eso, espero que este artículo sirva para que quien lo lea no tenga miedo de caer sino de no levantarse porque, en ocasiones, más de las que nos damos cuenta, los errores, los contratiempos, los fallos, las caídas nos hacen mejores...si queremos.
martes, 5 de julio de 2016
Siempre amanece
Te contaré una cosa. Quizá te hayas dado ya cuenta. Muy probablemente.
Es algo que con toda seguridad has sentido pero tal vez no hayas
reparado en lo que significa. Leer y comprender no siempre son
sinónimos. De lo que hablo ocurre en ese momento en que el horizonte se
vuelve un reguero de lava, afinando la orquesta de candilejas que tocará
por tramoya y trino. Ocurre en ese momento en que las golondrinas
cartografían el cielo en un vals delineante que pierde de vista los
puntos cardinales. Ocurre en ese momento en el que las ventanas levantan
los párpados dejando escapar pequeñas bocanadas de oscuridad. Ocurre en
ese momento en que el traje de noche se torna acuarela sobre las
dentelladas siluetadas de los edificios. Ocurre en ese momento en que
todos los bostezos saben a adagios que escapan como
espectros perezosos de cuerpos torpes. Ocurre en ese momento en que todo parece recobrar un pulso
que nunca perdió, sonido a sonido, color a color. Pero aquí apenas hay
magia. A todo lo que he escrito le sobra ciencia y la falta truco porque
es ahí, en el truco, donde está el secreto. El truco que hace que todo
esto ocurra después de una noche donde unas sábanas declinan el verbo
amar o después de una travesía siniestra de dientes apretados y lágrimas
despeñándose mejillas abajo o después de una jornada en la que te
aclamaron/autoproclamaste rey del mundo o después de una riña que
acaba con un lado de la cama mostrando la geometría del frío o después
de una fecha en la que el vacío se busca su espacio en el corazón del
tiempo o después de una maratón laboral en la que lo importante es
siempre llegar al final (del mes) o después de un remolino de horas en
blanco perdiéndose en el desagüe de unos ojos abiertos como gritos o después de que revientes el techo del cielo o después
de que bajes al infierno sin escalas o después de que la vida te cambie
unilateralmente el guión, el género y el papel o después de que te
enteres que la realidad siempre es cuestión de cifras y las expectativas
siempre lo fueron de letras o después de que te borren la sonrisa de
una hostia o después de que la suerte te pase una nota por debajo de la
mesa diciendo que le gustas. El truco que hace que sin importar nada ni
nadie, cada veinticuatro horas la página vuelva a estar en blanco, el
lienzo limpio y el marcador a cero. El truco que hace que una y otra vez
se reinicie la partida, abriéndote de par en par las puertas del "press
start", para que tú decidas si las blancas juegan y ganan, si vives de
farol o le echas dos "all in" a eso que sientes como tuyo sin serlo que
es la vida. El truco que hace que cada mañana sólo importe lo que tienes
por delante, que la victoria o la derrota, el triunfo o el fracaso, la alegría o el llanto, los
logros o las caídas, la valentía o el miedo, el éxtasis o la agonía
sean sólo participios de "vivir". El truco que hace que cada
mañana la única certeza sea que la oscuridad queda atrás. El truco que
hace que cada mañana recuerdes que, si lo tuyo es la luz, no echarás de
menos las estrellas. El truco que, como todo secreto, contiene algo que merece la pena. El truco que, en definitiva, encierra muchas
lecciones en sólo dos palabras: siempre amanece.
viernes, 24 de junio de 2016
España como Leticia Sabater
En una España que parece el cruce entre "Bienvenido Mr. Marshall" y
"Amanece que no es poco", apenas o nada extraña que nos veamos abocados
al día de la marmota electoral.
Muy seguramente, se repondrán en breve los grandes tópicos de ayer, hoy y de siempre y
se hablará de la "fiesta de la democracia", del "triunfo de la
ciudadanía", de la "importancia de ir a votar" y todo ese famoso
etcétera aderezado con emulsiones de bla, bla, bla. Lo mismo de siempre
para dar un barniz de normalidad a una situación absolutamente anormal
pero coherente con esa lógica absurda que ha convertido la política
española en una 'spoof' movie de una democracia occidental con un guión
que ni los de Mel Brooks. Dicho de otra manera: "La salchipapa" es
anormal con respecto a la música pero totalmente congruente con Leticia
Sabater. Leticia Sabater como correlato objetivo de España, a este punto
hemos llegado.
Así las cosas, visto el percal, me gustaría reflexionar brevemente sobre el asunto del voto. Lo primero que quiero decir es (atención 'spoilers') que no puede
decirse seriamente que vivamos en una democracia cuando ya de base el
voto de los ciudadanos no vale lo mismo dependiendo del lugar del que
hablemos. Realidad 1 - Ingenuidad 0. Gracias al sistema electoral
vigente (hola, Ley D'Hont) podemos colocar la igualdad de los ciudadanos
junto la separación de los tres poderes o la libertad de prensa, esto
es, en el cajón de "Cosas deseables pero inexistentes en España". Ya
sólo por ese motivo, convendría dejar de ponerse estupendo y no venirse
arriba al hablar de las elecciones en esta democracia de serie B.
Además, merece la pena
recordar que aquí, por culpa de la irresponsabilidad
de los partidos y los ciudadanos, un voto es una patente de corso
concedida más por enajenación, sugestión, placebo o despecho que por
conciencia cívica, consciencia política o convicción ideológica.
Realidad 2 - Ingenuidad 0. Y para rematar: en España, tenemos una
arraigada tradición que se prolonga hasta nuestros días en la que más
que votar "por" se vota "contra", porque decidimos sustituir los
sangrientos derbis guerracivilistas por reyertas de sobre y papeleta.
Por eso, poco o nada importan los programas, los debates y las promesas porque se
vota como quien ajusta cuentas: con las entrañas. No hay, por tanto, más
realidad que esta impostura de la que, por corrección política,
renegamos. Realidad 3 - Ingenuidad 0.
De todo esto son conscientes tanto los electores como, especialmente,
los elegibles. De ahí que entre unos y otros se establezca un tácito
pacto de complicidad, la misma convención que se establece entre una
obra de ficción y el público: se asume como real y creíble algo que no
lo es. Por esta razón, la opereta en que ha devenido el vodevil político
de España sería impensable sin la complicidad o connivencia de
nosotros, los españoles. Somos como los internautas que se detienen a
ver "La salchipapa" con la intención de criticar y/o descojonarse de la
criatura que perpetra el videoclip sin caer en la cuenta (o eso quiero
creer) de que muy posiblemente sea ella la que se descojone realmente de
nosotros porque, en el fondo, le hacemos el juego y le damos lo que
busca (de momento,más de 3 millones de visionados del lovecratfiano videoclip). Leticia Sabater de nuevo, esta vez como trasunto de la clase
política española (si cito una tercera vez el nombre de esta señora,
Cthulhu se alzará de su sueño y yo deberé ser ingresado en Arkham).
De todos modos, tal y como está el percal, tanto si votas como si no,
estarás siendo cómplice de algo que puede ser un despropósito nivel
Godzilla. De ahí que, a pesar de los pesares, lo mejor será ir a votar,
aunque sólo sea para tener una excusa para cualquier pataleo ulterior.
Por esa razón, para ayudar a quienes decidan pasar por las urnas, voy a
hablar del tipo de votantes que necesitan los líderes de los principales
partidos:
- Mariano Rajoy necesita feligreses, porque sólo amparándose en la fe se
puede sustentar algo que no encuentra respaldo por los sentidos ni por
la lógica. Y ese "algo" se llama cuatro años de orgía desvergonzada de
meteduras de pata inexcusables, ya hablemos del Gobierno o del PP.
- Pedro Sánchez necesita melancólicos, porque el PSOE vive actualmente
en modo "cualquier tiempo pasado fue mejor" mientras su sobreactuado
líder hace malabares con bombas de hidrógeno.
- Pablo Iglesias necesita 'groupies', fans absolutamente entregados a
este Charles Manson de barriada que galopa a lomos del arribismo
enrollado en la bandera de la demagogia.
- Albert Rivera necesita sensatos, personas razonables lo suficientemente valientes para pensar con el cerebro, a las que el
futuro les parezca un buen lugar en el que pasar el resto de sus vidas y
dispuestos a desterrar sea como sea la estupidez, la crispación y la
falta de honradez de la vida pública.
Así las cosas, yo sólo espero que el lunes próximo este país deje de dar
ascopena y sea un proyecto común e ilusionante, aunque para ello se
tenga que pasar por las urnas por enésima vez. Ya estamos hartos de
rubias estrábicas difíciles de oír y peores de mirar. Nos merecemos a
Charlize Theron. Al menos, los sensatos.
martes, 21 de junio de 2016
Una imagen, una pareja
Hay parejas que se mueven por inercia, como un zombi al que todo lo
humano le es ajeno. Hay parejas que subsisten gracias a un pacto de no
agresión, porque ya no quieren hacer el amor pero les da pereza
declararse la guerra. Hay parejas que perviven como una unión temporal
de empresas, en la que los beneficios se ponderan con números y no con
recuerdos ni sentimientos. Hay parejas que (se) aguantan por miedo a la
soledad, como una camaradería entre náufragos. Hay parejas que se
instalan en un búnker de excusas del que nadie puede salir y en el que
nadie puede entrar. Hay parejas que ponen el corazón en los genitales y
se quieren hasta que el cuerpo aguante. Hay parejas que viven sólo de
cara a la galería, haciendo del error una obra de arte. Hay parejas en
las que todo es guión y automatismos, porque no quieren sorprenderse con
la libertad de ser feliz. Hay parejas que funcionan por un trueque sin
más truco que el de que el amor sea el único que salga perdiendo. Hay
parejas que viven la vida como un formulario a cumplimentar porque creen
más en la burocracia del placebo que en la entropía del torrente. Hay parejas que se resignan a estar sin ser porque piensan que la vida es un premio de consolación. Hay
parejas que aparentan de más y se quieren de menos porque no hablan nada
de todo lo que deberían. Hay
parejas en las que la ventriloquía reemplaza a la complicidad porque
entienden la vida como un dictado y no como un diálogo. Hay parejas que se declinan en pantallas y teclas porque son incapaces de articular el dónde y el cuándo. Hay parejas que se quieren de palabra, se engañan por omisión, se necesitan a cobro revertido y se reprochan en diferido. Hay parejas que no se entienden porque olvidan que una relación siempre se conjuga en primera persona del plural. Hay parejas que se enredan en un bucle de gestos huecos porque no encuentran el sentido a los sentimientos. Hay parejas que huyen hacia delante habiendo sabido siempre que nunca se quisieron. Hay parejas que se construyen sobre un magma
de secretos y miradas a otra parte porque tienen pánico a la sinceridad.
Hay parejas que nacen como hospitales de campaña en los que las cicatrices
marcan la caducidad que lleva al tiempo a pedir espacio. Hay parejas que
viajan mirando al retrovisor rumbo a ninguna parte porque no tienen más
futuro que el pasado. Hay parejas tan llenas de nada que parecen
tenerlo todo porque nunca se preocuparon ni de ser ni de estar. Hay parejas que
pasan por la vida sin que la vida pase por ellos.
Pero ésta, la de la foto, no es ninguna de esas parejas. Los vi hace no mucho, en mi barrio. Estaban de pie, junto a un paso de cebra. Arreglados, sin estridencias, en las antípodas de cualquier patetismo. Estaban quietos, como orillados en el tiempo. Él tenía su brazo izquierdo puesto delicadamente sobre ella. Ella, arrimada a él, cobijada con ternura entre su pecho y su brazo. Ignoro su edad. Ignoro sus nombres. Ignoro si los volveré a ver. Lo que sí sé es que estos dos se quieren y eso lo recordaré, con la firme intención de que, en el futuro, cuando la prórroga peine las canas de mi historia, pueda como ellos protagonizar una imagen para la que siempre sobraron las palabras.
Pero ésta, la de la foto, no es ninguna de esas parejas. Los vi hace no mucho, en mi barrio. Estaban de pie, junto a un paso de cebra. Arreglados, sin estridencias, en las antípodas de cualquier patetismo. Estaban quietos, como orillados en el tiempo. Él tenía su brazo izquierdo puesto delicadamente sobre ella. Ella, arrimada a él, cobijada con ternura entre su pecho y su brazo. Ignoro su edad. Ignoro sus nombres. Ignoro si los volveré a ver. Lo que sí sé es que estos dos se quieren y eso lo recordaré, con la firme intención de que, en el futuro, cuando la prórroga peine las canas de mi historia, pueda como ellos protagonizar una imagen para la que siempre sobraron las palabras.
lunes, 13 de junio de 2016
No hay que ponérselo fácil al diablo
Se puede y debe restringir el acceso a las armas, por mucho que EEUU
tenga una cultura de ellas profundamente enraizada o que el tráfico
de las mismas mueva hipócritamente colosales masas de dinero e intereses
en todo el mundo.
Se puede y debe mejorar la vigilancia ejercida por los servicios de inteligencia, para evitar el macabro bochorno de que un "vigilado" salte a los titulares de todo el mundo.
Se puede y debe actuar con más responsabilidad a la hora de intervenir en zonas conflictivas, para no abonarlas con un caos en el que germinen movimientos terroristas o siniestros fundamentalismos.
Pero, sobre todo, se puede y debe considerar la educación como el arma definitiva contra las monstruosidades. Una educación, tanto académica como familiar, que permita crear hombres libres y no armas de revancha. Una educación que huya del adoctrinamiento y de dictados maniqueos. Una educación que enseñe a pensar, decir, hacer y sentir con total libertad dentro de la inmensidad del respeto. Una educación que reniegue de los dogmas y busque puentes. Una educación que permita ser y estar en el mundo. Una educación que nos recuerde que porque somos libres somos iguales y porque somos diferentes somos fuertes. Una educación que destierre lo irracional, entierre lo visceral y allane prejuicios, tópicos y medias verdades. Una educación que aclare que todo lo que no es amor no es religión. Una educación que nos dé las herramientas necesarias para dejar un mundo mejor que el que nos encontramos. Una educación que desahucie el miedo, expulse la incomprensión y siembre convivencia. Una educación digna, diversa, seria y desacomplejada, que permita que los asesinatos, cualquiera que sea su disparatada excusa, formen parte del pasado de una vez y para siempre.
Porque, después de salvajadas como la de Orlando, hay que tener muy claro que al diablo no hay que ponerle las cosas fáciles.
Se puede y debe mejorar la vigilancia ejercida por los servicios de inteligencia, para evitar el macabro bochorno de que un "vigilado" salte a los titulares de todo el mundo.
Se puede y debe actuar con más responsabilidad a la hora de intervenir en zonas conflictivas, para no abonarlas con un caos en el que germinen movimientos terroristas o siniestros fundamentalismos.
Pero, sobre todo, se puede y debe considerar la educación como el arma definitiva contra las monstruosidades. Una educación, tanto académica como familiar, que permita crear hombres libres y no armas de revancha. Una educación que huya del adoctrinamiento y de dictados maniqueos. Una educación que enseñe a pensar, decir, hacer y sentir con total libertad dentro de la inmensidad del respeto. Una educación que reniegue de los dogmas y busque puentes. Una educación que permita ser y estar en el mundo. Una educación que nos recuerde que porque somos libres somos iguales y porque somos diferentes somos fuertes. Una educación que destierre lo irracional, entierre lo visceral y allane prejuicios, tópicos y medias verdades. Una educación que aclare que todo lo que no es amor no es religión. Una educación que nos dé las herramientas necesarias para dejar un mundo mejor que el que nos encontramos. Una educación que desahucie el miedo, expulse la incomprensión y siembre convivencia. Una educación digna, diversa, seria y desacomplejada, que permita que los asesinatos, cualquiera que sea su disparatada excusa, formen parte del pasado de una vez y para siempre.
Porque, después de salvajadas como la de Orlando, hay que tener muy claro que al diablo no hay que ponerle las cosas fáciles.
sábado, 11 de junio de 2016
Lección con plumas
A veces hay situaciones que, bajo la anécdota, esconden cosas que merece la pena saber o recordar.
Hasta hace poco y durante aproximadamente dos semanas, el macetero que
hay bajo el alféizar de mi cuarto de estudio, tuvo como inquilina a una
paloma que, sin importar la hora, gustaba de armar un jaleo bastante
serio, ya fuera piando, gorgojeando o moviendo sus alas
espasmódicamente. Para completar la performance, otra paloma se
encargaba de vigilar a la alborotadora ora paseándose como un carcelero, ora quedándose inmóvil como un vigía, pero siempre
haciendo gala de un hieratismo que compensaba ampliamente el follón de
la otra. Al principio pensé que aquel alboroto, que se había
convertido en un molesto hilo musical de mis horas de estudio, se debía a
razones de maternidad. A los pocos días, caí en la cuenta de que la
paloma no estaba por ser madre sino que estaba convaleciente de una
lesión en una de las alas, razón por la cual no la había visto volar ni
una sola vez y que, supuse, sería el motivo plausible de lo que entonces
ya entendí como quejas por el dolor y el malestar. Ya fuera por eso o
porque la pobre estuviera como las maracas de Machín, el caso es que la
otra paloma no dejó en ningún momento de custodiarla y velar por ella,
ausentándose lo justo para traer "comida" o empleándose con eficacia a
la hora de ahuyentar a urracas u otras palomas. Un celo protector que
resultó evidente conforme pasaron los días. Una siempre padeciendo y
otra siempre protegiendo. Así se pasaban las horas mientras yo me
zambullía en mis apuntes.
Desde hace pocos días, como comentaba al comienzo, no hay rastro de estas dos palomas. Tal vez la plañidera haya ido al Hades o tal vez se haya recuperado, pero el macetero tiene el mismo aspecto de "Se alquila" que tenía antes y no hay más ruidos que los habituales de la calle. Quiero creer que la curiosa pareja ha retomado sus vidas normales, ciscándose en todo lo que hay bajo ellas, dándose festines en aceras y zonas verdes, convirtiendo la carrocería de coches en cuadros de Pollock, etc. Pero, como decía antes, lo importante es lo que hay bajo la anécdota. Y es una lección valiosa. O, tal vez, más de una. Lecciones como que las relaciones se ponen a prueba cuando vienen mal dadas; que las penas compartidas no dejan de ser penas pero son menos; que los momentos de oscuridad, cuando el dolor y la angustia te brotan como manantiales, cuando no hay más plan que no caer en la histeria, son aquellos en los que todo lo verdaderamente bueno brilla con más claridad e intensidad que cuando lo inunda todo la luz de la prosperidad; que cuando alguien lo está pasando mal no es el tiempo de "te lo dije" ni de enzarzarse en una reyerta de reproches ni de ensañarse con él ni de orillarlo en tu atención ni de poner tu relación con él en barbecho hasta que la vida le reparta una mejor mano sino que es la oportunidad de mostrar en toda su desnudez el afecto que tienes por esa persona, de enseñarle que "estar ahí" es la mejor declaración de amor, de hacer evidente que querer no sólo implica "ser" sino también "estar".
Desde hace pocos días, como comentaba al comienzo, no hay rastro de estas dos palomas. Tal vez la plañidera haya ido al Hades o tal vez se haya recuperado, pero el macetero tiene el mismo aspecto de "Se alquila" que tenía antes y no hay más ruidos que los habituales de la calle. Quiero creer que la curiosa pareja ha retomado sus vidas normales, ciscándose en todo lo que hay bajo ellas, dándose festines en aceras y zonas verdes, convirtiendo la carrocería de coches en cuadros de Pollock, etc. Pero, como decía antes, lo importante es lo que hay bajo la anécdota. Y es una lección valiosa. O, tal vez, más de una. Lecciones como que las relaciones se ponen a prueba cuando vienen mal dadas; que las penas compartidas no dejan de ser penas pero son menos; que los momentos de oscuridad, cuando el dolor y la angustia te brotan como manantiales, cuando no hay más plan que no caer en la histeria, son aquellos en los que todo lo verdaderamente bueno brilla con más claridad e intensidad que cuando lo inunda todo la luz de la prosperidad; que cuando alguien lo está pasando mal no es el tiempo de "te lo dije" ni de enzarzarse en una reyerta de reproches ni de ensañarse con él ni de orillarlo en tu atención ni de poner tu relación con él en barbecho hasta que la vida le reparta una mejor mano sino que es la oportunidad de mostrar en toda su desnudez el afecto que tienes por esa persona, de enseñarle que "estar ahí" es la mejor declaración de amor, de hacer evidente que querer no sólo implica "ser" sino también "estar".
Por suerte, estas palomas tendrán la decencia de no publicar ningún
libro de autoayuda contando todo esto. Las mejores lecciones en la vida,
buenas o malas, no son a cobro revertido. Ni tampoco tienen que venir
necesariamente de seres humanos.
domingo, 29 de mayo de 2016
El verdadero premio
Ahora que las calles de Madrid guardan un resacoso silencio tras la berrea de los ganadores. Ahora que la noche del 28 de mayo ya es sólo un mal recuerdo en el retrovisor de millones de colchoneros. Ahora que mis ánimos están más serenos, puedo escribir lo que tenía pensado hacer ayer antes de la final de la Liga de Campeones.
Hay equipos y equipos. En concreto, por un lado, está el Atlético de Madrid y, por otro, todos los demás. Para estos últimos, los premios se exponen en vitrinas y se utilizan como arma de prepotencia masiva. Para el Atleti, los verdaderos premios no se exponen en vitrinas ni se convierten en enfermizas obsesiones ni dictan la historia del club ni se cacarean en portadas de panfletos deportivos.
Cuando uno habla del Atleti sabe o debería saber que está hablando de algo más que un club. Mucho más. Nosotros, los atléticos, solemos tener cierta propensión a hablar en primera persona del plural al comentar algún partido o al tirar de hemeroteca o al festejar o al lamentar. Eso es porque el Atlético de Madrid, más y mejor que ningún otro club, nunca juega con once jugadores. Siempre somos más. Miles más. Otra cosa es cuántos estén sobre el césped.
Por eso, el verdadero premio no es levantar tal o cual campeonato o tener en las vitrinas un trofeo u otro sino ser del Atleti. ¿Qué es ser del Atleti? Algo que va mucho más allá de la elección deliberada y consciente de un equipo al que animar. Es tener un sentimiento de pertenencia que auna una conciencia y emotividad colectivas como ningún otro club consigue o, al menos, demuestra. Es, por encima de una forma de vivir el deporte, una forma de estar y ser en la vida, una ética que comprende desde lo comprensible hasta lo sensible, desde lo deportivo hasta lo íntimo. Es saber que "triunfo" y "fracaso" son conceptos relativos, traicioneros, engañosos. Es recordar que si alguien se acuerda del todopoderoso Jerjes es porque trescientos espartanos decidieron hacer lo impensable para conseguir lo increíble. Es tener la certeza de que podrán ganarte pero no derrotarte, de que el único
plan ante una caída es levantarse, de que los sueños se sudan, de que
los milagros se entrenan, de que la vida es una cuestión no tanto de
aptitud como de actitud, de que no hay mejor ética que poner el corazón en cada cosa que hagas, de que la última frontera siempre está un paso más allá de la anterior. Es tener presente en cada momento de tu vida que querer algo o alguien no se debe basar en qué esperar a cambio sino en qué estás dispuesto a dar por ello. Es saber y sentir que formas parte de un equipo capaz de dar sentido a cada verso del poema "Desmayarse" de Lope de Vega, de llevarte al cielo o al infierno sin término medio ni paradas en grises, de hacerte vibrar sentimental y emocionalmente como el mejor de tus seres queridos, de conseguir que te sientas la persona más afortunada del mundo, de saber que aun en las noches más oscuras siempre va a brillar la luz del orgullo. El orgullo de ver a jugadores dejándose el alma sobre el campo y a aficionados dejándose la garganta en las gradas sin importar el rival y la competición de que se trate. El orgullo de saber que donde otros ponen millones y prepotencia, nosotros ponemos coraje y humildad. El orgullo de tener claro que no importa ganar o perder si lo das todo. El orgullo de estar seguro de que si alguien menciona el nombre de algún jugador presente o pasado del Atlético vas a pensar "Uno de los nuestros" mientras el pelo se te eriza. El orgullo de pertenecer a un equipo en el que jugadores y afición exhiben una convicción titánica e inquebrantable tanto si el cuerpo acompaña como si no. El orgullo de sentir que otros te sienten y así dar sentido a ese no-sé-qué capaz de hacer que una niña pequeña que apenas acaba de aterrizar en el mundo rojiblanco diga que, al ver a gente del Atleti por la calle, siente "naturaleza pura" en el pecho.
Por eso, tras un partido como el de anoche en el que la victoria se decidió por pura y simple suerte, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche que culminó una temporada extraordinaria, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que el Atleti volvió a demostrar que hay vida más allá de los talonarios y la vanidad, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que la pena inmensa apenas pudo disolver el orgullo y la dignidad en los rostros de miles de atléticos, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que el Atlético volvió a escribir la enésima carta de amor a la épica, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Miento. Lo tengo clarísimo. Por eso, muchas, muchísimas gracias a los jugadores, al cuerpo técnico y a la afición. ¡Aupa Atleti!
lunes, 23 de mayo de 2016
Un Ministerio del que sentirse orgulloso
Ha terminado "El Ministerio del Tiempo"; al menos, su segunda temporada. Una producción que comenzó siendo una serie para terminar siendo LA serie. Un producto televisivo que ha roto en muchos sentidos las barreras del tiempo y el espacio y disuelto las fronteras entre un lado y otro de la pantalla. Una obra capaz de convertir la Historia y la Cultura en trending topics y de transformar Google en un DeLorean con el que explorar el pasado que algunos han querido y quieren manipular o ningunear o contar desde la pereza o la ineptitud. Una ficción que ha hecho historia contando historias de la Historia y en la Historia. Una narración que ha sabido ser hija de su tiempo y de los tiempos, integrando en un todo armónico y coherente lo analógico y lo digital, lo textual y lo audiovisual, lo clásico y lo contemporáneo. Un viaje que iniciaron unos pocos "locos" escribiendo un guión fantástico y han terminado millones ante una pantalla. Una serie culta, cool y de culto. Una de las cosas más valientes, necesarias, gratificantes, inteligentes, frescas, interesantes y emocionantes que se han hecho en España en décadas. Y no sólo hablo de crear el Ministerio del que sentirse más orgulloso en este país.
Hace poco más de un año, en este mismo blog, escribí sobre esta serie, revelándome como "ministérico". Por eso, como no quiero repetirme, recomiendo a quien tenga interés o curiosidad que coja una puerta al pasado y relea aquel post. Porque hoy no quiero tanto analizar la serie como mostrar mi agradecimiento. O, mejor dicho, mis agradecimientos, porque son varios. Siete.
En primer lugar, gracias a todas esas personas que, como yo, han seguido y apoyado a este serión. Es decir, gracias a los ministéricos. Ese ejército entusiasta, magmático, heterogéneo y hasta estrafalario pero sin el cual sería imposible entender en qué se ha convertido la serie. Una avalancha de seguidores o fans que han alfombrado con su dedicación, ingenio y pasión el no siempre fácil camino por el que ha transcurrido la producción de "El Ministerio del Tiempo".
En sexto lugar, gracias a los directores y guionistas, o, lo que es lo mismo, gracias a los extraordinarios Marc Vigil, Abigail y Anaïs Schaaff, Jorge Dorado, José Ramón Fernández, Paco López Barrio, Diana Rojo, Javier Pascual, Peris Romano, Carlos de Pando, Juanjo Muñoz, Paco Plaza, Javier Ruiz Caldera, Borja Cobeaga, Diego San José y David Sáinz. Contáis historias como pocos. Como muy pocos.
Acabo ya. Gracias. A todos. Os admiro. Os respeto. Y tanto si hay nueva temporada como si no...ya os llevo conmigo.
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