sábado, 28 de noviembre de 2015

(Meta)Cine de terror

Las obras de metaficción no son algo frecuente. Y menos aún las que merecen la pena: hay que tener ingenio, habilidad para tomar cierta perspectiva respecto al referente, empatía para conseguir la complicidad del receptor, etc. Por eso, siempre es una agradable sorpresa disfrutar con obras que aciertan a la hora de referenciar o jugar con las convenciones, los arquetipos y los clichés de los géneros de la ficción. El caso del género del terror, en su vertiente cinematográfica, es un buen ejemplo de todo esto que estoy diciendo.

En las últimas dos décadas, los aficionados al cine en general y al terror en particular hemos tenido la suerte de poder disfrutar con películas que se atreven a ir más allá de lo convencional y adentrarse en el campo de lo autorreferencial. Títulos como "Scream", "Zombies party", "Behind the mask: the rise of Leslie Vernon", "Tucker y Dale contra el mal", "Bienvenidos a Zombieland", "La cabaña en el bosque" o "Las últimas supervivientes" no sólo funcionan como productos de entretenimiento (dado que la mayoría son comedias o tienen una fuerte carga autoparódica como sucedía con El jovencito Frankenstein respecto a las películas de terror de la Universal)
sino también como análisis del género de terror en sentido amplio y de sus diferentes subgéneros y/u obras maestras. Así, mientras Scream, Behind the mask, Tucker y Dale y Las últimas supervivientes nos remiten al género del slasher en general y a clásicos como "Halloween" (Scream), "La matanza de Texas" (Tucker y Dale) o "Viernes 13" (Las últimas supervivientes), películas como las divertidísimas Zombies party y Bienvenidos a Zombieland se aproximan al género zombi al tiempo que otros títulos como la muy recomendable La cabaña en el bosque funcionan como un homenaje-compendio-análisis transversal de los grandes subgéneros, temas y personajes del terror cinematográfico de los últimos lustros.

El valor de estas películas que cito no está sólo en su capacidad para entretener (porque absolutamente todas te hacen pasar un buen rato) sino en que demuestran todo un ejercicio previo de introspección y conocimiento de la materia en cuestión que, en mi opinión, las hace mucho más interesantes que el resto de películas de terror al uso hechas en los últimos años (exceptuando las magistrales The conjuring o La visita) por cuanto no contribuyen a devaluar el cine de terror mediante innecesarias redundancias sino a enriquecerlo desde la originalidad, el cariño y la complicidad.

En ese sentido, me parece que la obra más reciente, "The Final girls" (una vuelta de tuerca al juego planteado por La rosa púrupura del Cairo) es un ejemplo de esto que acabo de decir: de cómo se puede hacer una obra desde el conocimiento y el respeto que tenga valía no sólo de forma autónoma sino también como ejercicio de metaficción y eso que esta película es muy modesta en sus pretensiones. La clave está en que tiene muy muy claras sus intenciones y, tal vez por ello, funciona tan bien no como producto de terror (que ni lo es ni quiere serlo) sino como comedia (especialmente a la hora de cachondearse del terror ochentero) y obra de metaficción sobre el género del slasher.

En definitiva, que, para quien quiera descubrir las líneas maestras del cine del terror sin sobresaltos pero con una sonrisa de satisfacción, ya sabe unas cuantas películas que debería ver... 

viernes, 27 de noviembre de 2015

Un día especial

Aquella mañana, mucho antes de que la noche terminara de desangrarse, las tazas del desayuno ya humeaban en el comedor. La casa olía a café, colacao, zumo de naranja, tostadas recién hechas y a un insistente olor dulzón. Sobre la mesa, toda la panoplia de cubiertos, recipientes y alimentos estaba perfectamente colocada, como los utensilios de un forense listo para hacer una autopsia. Aquella mañana, mucho antes de que las alarmas de relojes y móviles decretaran la muerte del sueño, Gabriel ya estaba perfectamente trajeado, peinado y aseado. La gomina de su pelo, sus dientes blanqueados y el betún de sus zapatos competían por absorber la mayor cantidad posible del brillo que arrojaba la mortecina luz que velaba al comedor. Aquella mañana, mucho antes de que las calles se llenaran de autobuses con niños y coches con padres, Gabriel había recorrido ya sigilosamente los dormitorios. En silencio, sin encender ninguna luz, como un animal habituado a las sombras, se había cerciorado de que todos seguían en sus camas: Verónica en la de matrimonio, los mellizos Carlos y Esteban en su menuda litera y la pequeña Jimena en la cuna. Aquella mañana, mucho antes de que la ciudad se llenara de ruido y colores, en la casa todo era silencio y penumbra. Sólo las gárgaras de las cañerías y el enjambre de la cabeza de Gabriel rompían el sepulcro. Aquella mañana, mucho antes de que los informativos inocularan las noticias que debían interesar, Gabriel ya estaba plenamente convencido de que ese día iba a ser especial. 

Se acarició su barbilla recién afeitada. Miró la hora en su reloj. Se arregló por enésima vez el nudo de la corbata. Comprobó que la pantalla del teléfono móvil no presentaba ninguna novedad. Se humedeció los labios con la lengua. Escudriñó el silencio. Carraspeó. Se colocó los puños de la camisa. Miró hacia la puerta de la vivienda. Con sus ojos inquietos hizo inventario de todo el desayuno que había preparado y servido. Inspiró intentando meter dentro de sí más pausa que oxígeno. Volvió a mirar la puerta. Y su móvil. Y su reloj. Nada. Hurgó en su bolsillo. Sacó un caramelo de menta y empezó a masticarlo como quien intenta triturar el frenesí de una sangre que corría histérica por la ratonera de sus venas. En su cabeza, la tormenta. Ya no estaba aquella voz paternal, engolada y buenista que desde niño le empujó a llevar una vida como Dios mandaba y a dar parte en confesionarios de todo lo que hacía y pensaba y a buscar la constante aprobación de una moral que lo inundaba todo y a sentirse culpable por el vicio de vivir y a acudir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y a no tener sexo hasta después del matrimonio y a poner la otra mejilla ante todas las hostias del porvenir y a soportar con una sonrisa en la cara los cuchicheos y las chanzas a su costa y a tener todos los hijos con los que el Padre quisiera bendecir a su familia y a desterrar cualquier deseo, impulso o esfuerzo que no fuera "ad maiorem Dei gloriam" y a dedicar buena parte de sus ingresos, tiempo y pensamientos a consolidar su obra en la tierra y a perpetuar esta concepción de la vida en su mujer y sus tres hijos. Ahora, había otra voz. Una voz más recóndita, autoritaria y hostil. La voz que le había enseñado el auténtico camino para evitar el sufrimiento de un mundo podrido y sin esperanza. La voz que le había revelado el plan para brindar a los suyos el mayor regalo de todos. La voz detrás del olor dulzón.

Minutos más tarde, las tazas habían dejado de humear. El amanecer ya era un reguero de bronce derramándose entre los edificios. Sus sienes brillaban con el sudor. Su corazón centrifugaba dudas. Su mente se llenaba de reproches. Por eso, cuando llamaron a la puerta, una sonrisa se arqueó en su rostro. Por eso, cuando la policía y los paramédicos entraron como un torrente por el piso, les atendió con esa educación y templanza que más tarde llevaría a sus vecinos a comentar "Quién iba a pensar que él...". Por eso, cuando los cuatro cuerpos salieron por la puerta, su rostro no se había roto en despedida ni culpa. Al contrario. Estaba contento. La voz no le había engañado. Le prometió un día especial. Y así fue.

lunes, 23 de noviembre de 2015

¿Se puede cambiar el mundo?

¿Se puede cambiar el mundo? Sí ¿Permanentemente? No. ¿Globalmente? No. ¿Simultáneamente? No ¿Uniformemente? No. ¿Previsiblemente? No. Por tanto, ese “sí” es una afirmación llena de negaciones, de imposibilidades. Y lo es porque el devenir de la Humanidad ha demostrado que el mundo entendido como sociedad planetaria, como sistema humano, como organismo social está sujeto a la dinámica de acción y reacción que rige la física o a la dialéctica entre tesis y antítesis que vertebra el pensamiento, con el agravante de que, en el mundo, especialmente en la actualidad, están constante y simultáneamente activos miles de procesos que inciden unos sobre otros y bajo circunstancias muy dispares, lo cual hace bastante cuestionables las posibilidades de lograr un cambio suficientemente estable en el tiempo y en el espacio como para que tenga éxito. Cambiar el mundo obedece así a una voluntad de imponerse sobre lo inasible e imprevisible y, por tanto, destinada al fracaso, al menos entendido en los términos con los que se diseña y persigue ese objetivo de cambio. Pero, además, cambiar el mundo obedece a una visión del mismo que, aunque sea de forma inconsciente, menosprecia o ignora al otro o a la visión de los otros en favor de la cosmovisión individual y, por tanto, igualmente fallida. 

A lo largo de la Historia, se ha intentado cambiar el mundo partiendo de diferentes concepciones del mismo, alegando diversas motivaciones y empleando distintas maneras. Se ha intentado cambiar el mundo concibiéndolo como escenario y catalizador de la culminación de una polis o de una nación o de una clase o del propio individuo en sí mismo considerado. Se ha intentado cambiar el mundo apostando por la paideia, por la ley o por la lucha. Se ha intentado cambiar el mundo mediante una regulación compleja y rígida o mediante una legislación simple y laxa. Se ha intentado cambiar el mundo desde la acción individual y desde la acción colectiva. Se ha intentado cambiar el mundo creyendo que el bien individual y el colectivo son compatibles o bien pensando que la sociedad y quienes la integran son un buffet libre al servicio de las apetencias y objetivos individuales. Se ha intentado cambiar el mundo desde la cohesión y desde el apartamiento. Se ha intentado cambiar el mundo desde la transformación y desde la ruptura. Se ha intentado cambiar el mundo desde la imposición y desde la persuasión. Se ha intentado cambiar el mundo desde planteamientos filosóficos, políticos, económicos, religiosos y psicológicos. Se ha intentado cambiar el mundo de muchas maneras, desde muchos lugares y en muchos momentos y el mundo siempre ha seguido su propio camino, sin cerrar la puerta a la sorpresa, dejando en papel mojado todo tipo de cuadrículas y planteamientos. En ese sentido, se puede decir que el mundo en que vivimos se comporta, desde siempre pero especialmente en nuestra época, como lo haría un péndulo de Newton.

Quizás ello se deba a que basta una sola persona para iniciar el desmoronamiento de todo un sistema o planteamiento; a que siempre habrá alguien dispuesto a ir en contra de lo que diga otro o que vea beneficio en ir contracorriente o que se sienta atraído por hacer lo contrario, lo alternativo, lo prohibido. O a que somos tan propensos a la aplicación de esquemas y a la búsqueda de panaceas que acabamos por ignorar fenómenos como el “efecto mariposa” o el “cisne negro”. O, tal vez, a que, queriendo cambiar el mundo, es el mundo el que acaba por cambiarnos y entonces ya no es momento de ofrecer respuestas sino de buscar nuevas preguntas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Fuga

La tormenta emborronaba la ciudad convirtiéndola en una burda acuarela. La gente aún expuesta a la lluvia corría a refugiarse en medio de una esquizofrenia de paraguas, los coches bautizaban rítmicamente las aceras con agua estancada, las fachadas se llenaban de voyeurs de aquella ducha furiosa y las apps discutían si el tiempo previsto era poco nuboso o despejado. Abrió la ventana al gris, cerró los ojos y dejó que el mundo se redujera al siseo del aguacero estrellándose contra el suelo,a los aullidos de los árboles azotados por el viento, al bramido del cielo desgarrado por los relámpagos, al olor germinal de la tierra enfangada, al frío escupiéndole su pureza a la cara, a los relojes yéndose alcantarilla abajo, a los calendarios deshaciéndose en papel mojado, a la esperanza desangrándose en ceniza, al llanto musitado de mejillas rotas, al grito histérico de la vida dándole un portazo. Cerró la ventana. Se colocó el traje que ella le regaló hacía años. Se repeinó las canas con las manos temblando por el miedo más que por la edad. Se abrochó los zapatos cuarteados. Se puso el abrigo. Se guardó en el bosillo la disculpa que había tardado en escribir una noche y cuatro líneas. Y salió dejando atrás el paragüas y una casa aún por pagar.

Cuando el cielo reconquistó el azul, la tormentaba ya se lo había llevado.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Troya es cualquier parte

Anoche, de nuevo, el horror. Y la piel fría y los latidos lentos y los pensamientos frenéticos y el silencio quebrándose por un torrente de palabras a ninguna parte. Anoche, de nuevo, la muerte. Y el terror. Y la rabia. Y la pena.

La cadena de atentados que la pasada noche hirió a todo el mundo libre a la altura de París nos ha vuelto a dejar en shock. Las imágenes, las informaciones, las sensaciones, los testimonios, las reflexiones...todo lo que emana de la matanza en Francia lo afrontamos y sentimos como un demencial déjà vu y abre de nuevo las cicatrices de sucesos como los Ankara, los del Charlie Hebdo, los atentados en Londres, el 11-M, el 11-S...Y esto ocurre porque vivimos unas décadas vertebradas por el terror. El terror letal de quienes buscan la eliminación más despiadada y atroz de aquellos que no son como ellos se ha convertido en parte tanto de la historia oficial como de la íntima: está en las hemerotecas, en las noticias y en nuestros recuerdos.
 
Lo fácil (e injusto) ahora sería dejar que las vísceras se pongan a los mandos y ciscarse en todo lo que huela a Islam, clamar por la demolición de mezquitas, pretender la expulsión de los musulmanes, criminalizar sistemáticamente  a quien tenga pinta de moro, proponer la fumigación de Oriente Medio hasta que no quede nadie mirando a La Meca...
Lo estúpido (y políticamente correcto) ahora sería seguir apostando por la oración, la tolerancia, el diálogo, la diplomacia y los brindis al sol como remedios a un problema que sólo se puede solucionar de una manera y ésta no pasa precisamente por el Imagine de John Lennon ni por compartir hashtags o imágenes virales.
Lo inteligente ahora es saber poner en contexto lo que pasa y entender que todo esto no es más que el resultado de:
 1) Una siniestra interpretación de una religión. En este caso, ninguna religión está libre de que un lunático y/o malnacido la interprete de forma que legitime cualquier monstruosidad ni de que haya otros mierdas que sigan tal tergiversación. La Historia está llena de ejemplos de ello tanto en lo cronológico como en lo geográfico. Y ojo que con esto no quiero decir que el Islam sea un credo pluscuamperfecto, porque basta recordar las motivaciones que llevaron a Mahoma a crear esa religión para saber de qué va el tema. Lo que estoy queriendo decir es que todas las religiones tienen en su historial una sarta de barbaridades y salvajadas en nombre del Dios de turno suficente para no ponerse estupendo a la hora de demonizar. O, dicho de otra forma, la religión siempre será una excusa pero no la causa.
2) La hipócrita y pésima gestión de los conflictos en Oriente Medio: hacer negocios con quienes financian o amparan a terroristas, criticar públicamente el uso de armas que son vendidas por los mismos que critican, sustentar económica y armamentísticamente a "rebeldes" que al hacerse mayores se convierten en Al Qaeda o el Estado Islámico, no eliminar bélicamente y en su origen a los grupos terroristas, seguir confiando en gobiernos títeres y/o fallidos para que ¿solucionen? la papeleta, jugar al Risk con los territorios árabes por mero interés geopolítico o económico, ningunear las bajas civiles en los conflictos de aquellas tierras, ignorar cualquier problema del que no se pueda sacar tajada, cogérsela con papel de fumar cuando Israel decide masacrar o humillar a sus vecinos...En el terrorismo yihadista la culpa no la tienen sólo unos barbudos que sueñan con huríes.
3) La persistencia de un problema de falta de integración de personas que bien por ineptitud, bien por decisión propia no quieren formar parte de una sociedad libre.
4) La extraordinaria dificultad de combatir a lulas durmientes y lobos solitarios.
5) La propia cobardía o complicidad de las autoridades árabes, que los descarta como ayuda útil en este asunto.

6) La demoledora habilidad de los terroristas para aprovechar los defectos en materia legal, penal, migratoria, coordinación policial...
7) Una forma de estar en el mundo que convierte en diana a todo aquel que disienta de lo que mande el cabecilla de turno. Por eso, hay que entender que esto es sólo un ataque contra todos los valores arraigados o, mejor dicho, defendidos (con mayor o menor hipocresía) en la llamada "civilización occidental" sino contra toda persona que no sea ellos. Por este motivo, tanto cuentan (o deberían contar) las muertes en Europa como las que se producen en Oriente Medio a manos de estos locos sanguinarios. La única diferencia es que aquí en el ¿primer mundo? nos creemos a salvo por la falta de frecuencia en las barbaridades que, allende el Mediterráneo, son diarias desde hace mucho tiempo. De ahí que sea conveniente recordar al hilo de esto que la distancia, tanto geográfica como emocional, siempre juega a favor de quien mata y no de quien es matado.  
8) Creer que se puede solucionar desde la lógica lo que proviene de lo irracional.

Dicho esto, creo que el problema del terrorismo yihadista sólo se puede solventar apostando sin complejos por una extrema contundencia legal, policial y militar. Como dijo Edmund Burke:"Para que triunfe el mal, basta con que los hombres buenos no haga nada" y eso es lo que ha pasado, que no se está haciendo nada correctamente ni en fondo ni en forma. En ese sentido, prefiero lamentar errores a lamentar muertes, prefiero perder en libertad si con ello gano en seguridad tanto para los míos como para mí porque ha sido la tibieza a la hora de entender y resolver este problema la que ha llevado la inseguridad a todo el planeta, la que ha convertido a cualquier país y ciudad del mundo en Troya. 

Así que rezar, sí, por supuesto, recemos por las víctimas y sus seres queridos...pero esto no lo va a solucionar Dios ni ninguna clase de sugestión espiritual. La locura terrorista es una enfermedad con un único tratamiento posible y no pasa precisamente por oraciones ni por clases de integración ni por cumbres buenrollistas ni por fotos de concordia. Los responsables de estos y otros atentados, tanto materiales como intelectuales, donde quiera que estén, sólo pueden tener una respuesta por parte del mundo libre: su aniquilación. Como dicen en cierta película: "no tengáis piedad, pues ninguna habéis de recibir".

No quiero finalizar el artículo con tanta oscuridad. Quiero terminarlo con la admiración por la excepcional y magistral reacción tanto de las autoridades como de la población francesa ante la atrocidad. Contra el miedo, libertad. Contra la muerte, dignidad. Contra los desafíos, firmeza. Bravo por ellos.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Cuestión de Educación

En las últimas semanas, ronda en los medios de comunicación el manido y bochornoso asunto de la Educación en España, a cuenta de majaderías varias como el estúpido debate de qué hacer con la asignatura de religión (católica) o la no menos soplapollesca propuesta de valorar a los profesores por buenos o malos. Que estas paridas sean las que refresquen la polémica dice mucho de lo mal que se afronta un problema real, continuado, preocupante y con visos no sólo ya de ser generacional (que lo es) sino endémico y estructural

Como ya en su día analicé este mismo tema en profundidad, intentaré no extenderme demasiado. En mi opinión, la clave del despropósito no está en una asignatura ni en la calidad del profesorado tanto como en la concepción, en fondo y forma, de la Educación de los escolares. En ese sentido, mejor sería preguntarse por qué, para qué y cómo antes que meterse en fregados que llevan a muchos titulares y ninguna parte. La Educación hoy en día está concebida no para formar sino para adoctrinar, no para habilitar sino para moldear, no para aprender sino para superar trámites de una forma casi burocrática que, a la hora de la verdad, no garantizan nada, tal y como está el patio. Yo no digo que hagamos con la Grecia clásica, que concebían la formación del individuo mediante la paideia, que, dicho resumidamente, ofrecía al niño un selecto compendio de saberes intelectuales y técnicos gracias al cual podría convertirse en alguien de provecho dedicándose a aquello que
mejor supiera hacer. Implantar la paideia hoy sería tan deseable como imposible por la concepción que se tiene actualmente del concepto de "sociedad", "individuo", "saber", "trabajo", etc. Lo que sí digo es que habría que revisar por completo un sistema que se limita a cumplir el expediente (en todos los sentidos), que sirve conocimientos de garrafón, que se orienta y vertebra en torno a un discutible criterio de practicidad, que menosprecia con saña todo lo etiquetable como "Humanidades", que no estimula el pensamiento sino que lo dirige, que no despierta la curiosidad sino que sodomiza la atención, que sólo entiende por cultura lo que diga el Gobierno de turno, que se preocupa más de lo cuantificable que de lo cualificable, que se deja marear por la corrección política y el buenismo pedagógico, que prefiere igualar por abajo y no por arriba, que no diferencia entre materias ni personas, que comete el error de creer que todos pueden hacer todo, que en lugar de ver seres humanos ven recipientes a rellenar con "aquello que ponga el currículo de turno" y tira millas, que está concebido como una factoría dedicada a la producción en serie de gente homogeneizada y gregaria. Claro que un sistema así sería impensable en un país en el que existen un Congreso de los Diputados convertido en una
constante declaración de amor a la vergüenza ajena, un Telecinco desviviéndose en aupar, jalear y forrar a los más impresentables de su generación (también llamados "tronistas", "grandeshermanos", "colaboradores", etc), un Estado que penaliza fiscalmente el acceso a la cultura, una televisión pública que ha renunciado a su papel docente, una sociedad en la que se ha desvirtuado el sentido y el significado de "cultura", "arte" o "creatividad", un mercado editorial en el que parece que lo mismo da Juana que su hermana, una conciliación entre la vida profesional y laboral que convierte a los hijos en un sudoku... 


¿Qué sistema sería aconsejable? Para empezar, uno en el que existiera una armonía entre las materias y las asignaturas de forma que cada alumno reciba la formación adecuada no sólo para saber estar en el mundo sino también para saber ser. Para
continuar, uno en el que lo intelectual, lo físico y lo técnico convivan teniendo el mismo respeto y consideración por quienes enseñan y quienes son enseñados. Para seguir, uno en el que no meta la zarpa el político, el pedadogo, el psicólogo, el obispo o el iluminado de turno. Y para acabar, uno que no se preocupe tanto de qué clase de votantes o trabajadores formar sino de qué tipo de persona saldrá ahí fuera cuando acabe su travesía académica.

Una vez conseguido eso, ya sería el momento para hablar de debates como los que comentaba al principio del artículo. En lo referente a la asignatura de religión, me parece más necesario (y constitucionalmente coherente) que los niños aprendan correctamente filosofía para así elegir con libertad y criterio en qué creen y por qué. Y respecto a lo de distinguir a "profesores buenos" y "profesores malos" como garantía de no se sabe muy bien qué...Sencillamente, de lo que hay que preocuparse es de que el profesor esté bien formado, bien respetado y bien motivado; todo lo demás son marinadas mentales. 

Cambiar todo esto es muy difícil, básicamente porque "no interesa" a quienes deben cambiarlo, pero no por ello hay que dejar de pretenderlo y, mientras tanto, seguir disfrutando de esos pequeños focos de resistencia contra el disparate y la mediocridad, "partisanos del conocimiento" que ya sea individualmente en centros ordinarios o colectivamente en escuelas extraordinarias busquen y ofrezcan otra forma de aprender.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Jánovas como metáfora

Anoche Jordi Évole y su Salvados volvieron a demostrar por qué es importante que programas así se hagan en televisión, aunque sea en cadenas privadas. Porque, dejando a un lado que innegablemente en ocasiones pinche en hueso (como por ejemplo, el programa dedicado al Colegio del Pilar), Évole tiene la sana costumbre de ofrecer al espectador un producto de impecable forma (siempre) e interesante fondo (casi siempre); un programa que, sin ser periodístico (ni pretenderlo, ojo), sí se parece mucho a lo que tiene que aspirar el periodismo: decir, contar, denunciar y mostrar.

Anoche, como digo, fue una de esas ocasiones en las que ponerse frente al televisor fue un auténtico gustazo, aunque lo que te muestre la pantalla sea poco o nada agradable, festivo o divertido, como fue el caso. El Salvados sobre Jánovas fue un programa que repugnaba por lo que se decía y conmovía por cómo y quién lo contaba. Al verlo, no pude evitar tener la misma sensación que al leer a grandes narradores nuestros como Rafael Chirbes o Julio Llamazares, maestros a la hora de tomar como base un suceso "anónimo" y muy concreto en lo geográfico y cronológico para elaborar una radiografía de España y los españoles tan descarnada y vigente que siempre merece la pena aunque duela. Así, la trágica vergüenza del "no pantano" de Jánovas y sus dramáticas consecuencias para los lugareños entronca directamente con novelas de Llamazares como La lluvia amarilla o Distintas formas de mirar el agua y de Chirbes como La buena letra o En la orilla.

De todos modos, el programa de ayer, es decir, el programón de anoche no tuvo su mejor virtud en lo que denunciaba: por desgracia en este país, llueve sobre mojado a la hora de hablar de la asquerosa desvergüenza de políticos y empresarios de todo pelaje, época o lugar. Si acaso, podría servir para comprobar que ya en el Franquismo existía el "capitalismo de amiguetes", o lo que es lo mismo: el gentuceo en las altas esferas, el mamoneo entre los intocables, el menudeo de favores entre los poderosos, el mamporrerismo entre los que tienen el poder político y los que ostentan la soberanía económica...aunque, siendo rigurosos, ese infame trapicheo existe desde los tiempos del "Aula Regia".

Para mí, lo más acertado del último Salvados fue mostrar la habilidad y la sensibilidad necesarias para saber qué contar, qué decir y cómo hacerlo. Así, el excelente programa de ayer sirvió para convertir a Jánovas y su pantano fantasma en un remedo español del retrato de Dorian Gray en el que se pueden ver reflejados los principales males y disparates que han caracterizado la vida pública de España desde hace décadas. Un retrato que se hace difícil de mirar pero que no hay que olvidar si queremos llegar a ser algún día un país enteramente civilizado en lo ético porque el de Jánovas es un pantano que no existe pero en el que se ahogaron la alegría, la tranquilidad, el porvenir y los derechos de demasiadas personas. El de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuya superficie flotan como cadáveres putrefactos la honradez política, la ética empresarial y la deontología profesional de muchos medios de comunicación. Pero además, y quizás lo más importante y valioso de todo, es que el de Jánovas es un pantano que no existe pero en cuyas aguas se alza desafiante la dignidad insumergible de las personas, ésas que saben llorar; que saben apretar los dientes; que saben levantarse tras ser derribados pero que no saben agachar la cabeza ni poner rodilla en tierra; que engrandecen su derrota mientras otros envilecen su victoria; que sostienen en silencio a un país más que miles de datos macroeconómicos, gráficos al alza y discursos triunfalistas. Héroes cuya única aspiración es poder disfrutar de una vida tranquila y digna. Personas que no tienen un Homero que les cante pero sí un Évole que los entreviste. Por eso, en mi opinión, lo mejor del Salvados de anoche no fue mostrar gentuza por la que sentir asco sino sacar del anonimato a gente por la que sentir una profunda, honesta y absoluta admiración.

martes, 20 de octubre de 2015

Podemos: el Risk, la hibris y el suflé

Antaño, cuando yo jugaba al Risk con mis amigos, rara era la partida en que no quedara clara una de sus reglas no escritas más importantes: si pretendes ir más allá de lo debido en número de territorios o ejércitos, pierdes, primero por la insostenibilidad intrínseca de semejante ambición y, segundo, porque tus rivales tarde o temprano se olvidarán momentáneamente de sus objetivos individuales para recordarte por las malas que la templanza es una virtud. Algo de esto le ha pasado a Podemos o, mejor dicho, a sus dirigentes o, aún mejor dicho, a Pablo Iglesias.  Y por eso, ahora mismo, están más cerca de morir en la orilla o de que "se queme el cochecito" (expresión clásica de aquellas partidas de Risk) que de convertir La Moncloa en Woodstock.

Y esto no es nada nuevo en absoluto: a Iglesias y cía les ha ocurrido lo mismo que se puede leer y ver en decenas de mitos y tragedias griegas: la hibris (desmesura) siempre acaba siendo castigada. Se vinieron arriba como Ícaro y...

Del asalto a los cielos han pasado al mal de altura en un pispás y todo porque, a la hora de la verdad, no había gente suficiente en la quedada para tomar la Bastilla. Es el riesgo de intentar rentabilizar a medio y largo plazo estados de efervescencia: que una mañana te levantes y no haya nadie al otro lado de la cama, que deje de contestar a tus mensajes, etc.

La culpa de eso es a repartir. Por un lado, Pablo Iglesias y su camarilla son culpables de apostar obstinadamente por un estilo agresivo, ambiguo, bronco, volátil; de fiarlo todo a la crítica destructiva; de no querer ver más allá de su propia ambición arribista; de recurrir más a la demagogia y la pancarta que a la dialéctica y la elocuencia; de usar formas nuevas para un discurso trasnochado; de buscar más la pose que el programa y de creer que el eslogan es una patente de corso, bula de indulgencia y salvoconducto. Moraleja: comportarse política y públicamente como si padecieras el síndrome de Tourette tiene una gracia con fecha de caducidad. 
Por otro lado, los líderes de Podemos no son culpables de haber surgido en un contexto de amplio, dispar y justificado descontento social y de haber sido aupados inesperadamente por un magma de gente que quiere cambiar las cosas para recuperar para España la dignidad y la esperanza pero a la que no le importa el "quién" sino el "cómo" (lo cual explica en parte el actual descalabro de Podemos en favor de Ciudadanos). Moraleja: a la estrecha realidad le hacen falta unas cuantas copas para irse a la cama con el idealismo más zafio e ingenuo.

Tampoco les ha ayudado mucho (perdón por el eufemismo) la existencia de hemerotecas, sus vínculos con el Chavismo, sus coqueteos con proetarras vascos e independentistas catalanes, el cometa Monedero, las refriegas intestinas, los problemas en Grecia, el ayuntamiento catatónico y estrafalario de Ahora Madrid, el patinazo en las elecciones catalanas...

Por todo ello, resulta casi una perogrullada afirmar que Pablo Iglesias ha pasado de mesías a suflé a una velocidad de cien gatillazos por hora que hace que su desmoronamiento resulte hasta enternecedor. Más aún si cabe si tenememos presente que Iglesias es un hábil demagogo que se ha pasado de listo pero que no es precisamente tonto. No obstante, aunque Iglesias y su séquito tuvieron, tienen y tendrán todo mi desprecio y antipatía, hay que reconocerles el mérito de haber evidenciado antes que nadie que hay vida más allá del patético e indignante bipartidismo y que la gente quiere cambio. Por eso, cabría concluir que si el crepúsculo del mamoneo político fue de color violeta, el amanecer de un tiempo nuevo es de color naranja. Malos tiempos para las coletas. 

jueves, 15 de octubre de 2015

"The secret of Monkey Island": 25 años de un mito

Lo difícil no es distinguir lo bueno de lo malo sino lo muy bueno de lo bueno (Tomás Blanco dixit). Esto, que es una gran verdad, no se cumple cuando hablamos de un juego como "The secret of Monkey Island" ("Monkey Island" o "el Monkey" o "SoMI" para los jugones): fue, es y será tan obvia e impresionantemente bueno en todos los aspectos que no sólo se ganó con todo merecimiento ese calificativo tan anglosajón de "clásico instantáneo" sino además un lugar preferente en la memoria de miles y miles y miles de jugadores de todo el mundo. Su argumento, sus estrafalarios e inolvidables personajes, su genial e inteligente sentido del humor, sus brillantes y delirantes diálogos, su originalidad, su disparatada complicidad con el jugador, sus inconfundibles gráficos, su música...todo en "The secret of Monkey Island" tenía/tiene todos los requisitos necesarios para considerarlo no un buen juego más sino "El juego": una obra maestra.

Por eso, celebrar el 25 aniversario del inicio de una de las sagas de videojuegos más famosas y aclamadas de toda la historia no sólo debe ser motivo para sentirse viejo, sino para brindar (con grog, por supuesto) por cuadro disquetes de 3'5 que marcaron la infancia y juventud de quienes tuvieron la suerte de jugar con él, la suerte y el gustazo de ser el atípico, esmirriado y voluntarioso Guybrush Threepwood en su afán por convertirse en pirata, de aventurarse en la rara-rara-rara Melee Island, de superar las peculiares exigencias de los "Muy importantes líderes piratas", de aguantar sin respirar 10 minutos bajo el agua ¿sin ahogarte?, de luchar a insulto limpio, de perseguir a un tendero por toda una isla, de encontrar y luchar contra "la Swordmaster", de soportar al hiperactivo vendedor Stan, de tratar de ligarte a la gobernadora Elaine Marley, de descubrir el indescriptible circo de los hermanos Fetuccini, de tener encuentros en la tercera fase con los "hombres de baja moral", de averiguar los usos de un pollo de goma con polea, de reunir a la tripulación más esperpéntica y disfuncional que ha navegado el Caribe, de dialogar con toda una maestra del vudú, de adentrarse en la misteriosa Monkey Island, de conocer a tres ¿peligrosos? caníbales, de huir/luchar/vencer al pirata fantasma LeChuck...

El mérito de este juego es aún mayor si tenemos en cuenta que surgió en la época dorada de las aventuras gráficas; los años en los que Lucas Arts y Sierra partían la pana sacando un juegazo tras otro en una competencia descomunal y brillantísima por dar momentos memorables a toda una generación de jugones; los tiempos en los que cualquier chaval tenía en los aledaños de su ordenador de sobremesa juegos hoy legendarios como Zak McKraken, Indiana Jones y la última cruzada, Maniac Mansion, King's Quest, Space Quest, o Leisure Suit Larry; la década (los 90 del s.XX) en la que las aventuras de "point and click" eran el mejor reflejo de experiencias literarias como "Elige tu propia aventura"; los años en los que el ingenio y la fantasía se declinaban en bits, clics y VGA. Que el Monkey Island sea el mejor de todos esos juegos es algo tan obvio como difícil de conseguir, claro que teniendo como padres a genios de la talla de Ron Gilbert y Tim Schafer (hoy venerados a nivel tótem) lo raro, increíble e imperdondable sería que hubiera salido otra cosa que no fuera eso: una genialidad. ¡Pero si hasta tuvieron al afamado escritor Orson Scott Card escribiendo la desternillante lista de insultos y réplicas de las luchas a espada! Eso por no hablar de las ya icónicas portadas ilustradas por Steve Purcell...

No soy capaz de recordar concretamente cuántas horas pasé jugando al Monkey Island en mi infancia-adolescencia. Pero sí recuerdo bien el mimo y la veneración con que trataba la caja de cartón
que contenía (y aún hoy contiene) el juego, el hormigueo que sentía al coger la ruleta para averiguar la clave de inicio de partida, la divertida tensión que sentía al aparecer LeChuck en pantalla, la risa al descubrir que un insulto demencial vale más que mil espadas, los momentos de "buffering" mental mientras intentaba encontrar la solución a algún delirante reto o enigma de los muchos que planteaba la aventura, la resistencia/tentación a echarle un vistazo al famoso "libro de pistas" y la pena y el síndrome de abstinencia que sufrí una vez terminé de jugarlo. Tengo claro que, del mismo modo que hay películas, libros, series y canciones que marcan a nivel generacional o individual a las personas en su niñez/adolescencia, hay juegos que hacen lo propio y "The secret of Monkey Island" es quizás el mejor ejemplo que se me ocurre. Ese juego es, para la gente de mi generación, una referencia entrañable, tanto si se jugó como si se conoció "de oídas".

En cuanto a sus cuatro secuelas, basta decir que sólo la excelente segunda parte (LeChuck's revenge) estuvo a la altura (de la misma manera que, por ejemplo, en el ámbito cinematográfico, estupendas segundas partes como El Padrino II y El Imperio contraataca igualaron/superaron a sus respectivas predecesoras). Así que Disney, propietaria actual de los derechos del Monkey Island (¿de qué no es dueña Disney?), haría mejor dejando que los creadores del juego original desarrollaran una nueva tercera entrega (como llevan años reclamando tanto Ron Gilbert como miles de fans) y no haciendo lo que hace: malgastar tiempo y potencial ignorando por completo esta posibilidad (técnica del "perro del hortelano").

Respecto a la polémica con la saga cinematográfica de Piratas del Caribe, es razonable compararla con el Monkey Island toda vez que que tanto el juego como las películas comparten las mismas
fuentes de inspiración (la famosa atracción de Disneylandia y la entretenida novela En costas extrañas de Tim Powers, como confirmó el propio Ron Gilbert en su blog) y que el juego fue muy anterior a las hipertaquilleras películas. Sin embargo, creo que la discusión quedaría zanjada si tenemos claro que cualquier adaptación al cine literal y oficial de "The secret of Monkey Island" (hecha obviamente con presupuesto, medios, respeto y criterio suficientes) tendría aún más éxito que las aventuras de Sparrow y compañía. ¿Por qué? Porque sencillamente, se mire por donde se mire y le pese a quien le pese, el juego fue, es y será mejor que Piratas del Caribe (y eso que las películas no son en absoluto malas).

En definitiva, igual que la Literatura y el Cine tienen sus clásicos universales, los videojuegos también y el Monkey Island
es uno de ellos. Por eso, se ha convertido en algo más que un juego insuperable: es un objeto de culto, un icono generacional y un recuerdo entrañable. Por eso, espero que el vídeo al final de este post le toque la fibra a más de un@...

Acabo ya porque es momento de celebrar los 25 años de un mito. Gracias por leer este artículo. A ti y al mono de tres cabezas que tienes detrás. Y si no sabes qué quiero decir...es que yo soy cola y tú pegamento ;)

martes, 13 de octubre de 2015

El día de la Polémica Nacional

Ayer fue 12 de octubre: día del Pilar, día de la Fiesta Nacional, día de la Hispanidad, día del Descubrimiento de América, día de Colón...pero, especialmente, día de la Polémica, especialmente aquí en España.

El cisco viene por lo que a mi juicio consiste en mezclar churras con merinas de tal forma que se ha creado una "frankenfiesta" bastante mejorable, por decirlo eufemísticamente. El problema está en que hay quienes utilizan esto para orinar fuera del tiesto o atizar a todo lo que huela a España o a los conceptos de "nación" o "patria". Un problema que se solucionaría, como casi todo en esta vida, con más sensatez, honradez y cultura, logro que casi siempre se consigue leyendo mucho y bien.

Así que, visto el percal, mi intención con este artículo es intentar aclarar todo el embrollo y de paso dar mi opinión sobre algunos aspectos polémicos intentando no salirme en ningún momento de la honestidad, aunque eso pueda molestar a unos y otros por igual.

- Sobre el 12 de octubre como "frankenfiesta":
Me parece un gran error mezclar en un mismo día una celebración de tipo religioso (Nª Sª del Pilar) con otra de tipo patriótico  (Fiesta Nacional), otra de tipo histórico-conmemorativo (Descubrimiento de América) y otra de tipo etnográfico-cultural (Hispanidad) y sintetizar todo ello en un desfile de tipo militar. Cada cosa a su tiempo y cada tiempo a su cosa. 
Para empezar, si se trata de celebrar la "hispanidad", debería apostarse por una celebración menos monotemática, más civil y cultural, que apostara por realzar lo que une a todos los países hispanohablantes (no sólo a España) y también lo que, diferenciándolos, contribuye a crear una cultura enorme en interés, potencial y matices.
Por otra parte, si lo que se busca es celebrar a España como nación al estilo de lo que hacen los EEUU el 4 de julio, creo que hay cosas mejores que festejar y de las que enorgullecerse, principalmente de tipo cultural, científico, intelectual y deportivo, antes que reducirlo todo a un pavoneo militar por tierra y aire. Ojo: no critico que se ensalce la labor del ejército a la hora de defender a los intereses y ciudadanos españoles sino jibarizarlo todo a eso, pasándose por la piedra a decenas de escritores, pintores, pensadores, científicos y deportistas españoles vivos o muertos que no sólo forman parte de la historia nacional sino también de la universal con todo merecimiento.
Porque, en línea con lo anterior, si lo que se quiere es celebrar exclusivamente a las Fuerzas Armadas y honrar a los caídos, para eso existe ya un día distinto. Punto.
En cambio, si lo que se pretende es honrar a la Virgen del Pilar, lo más lógico sería hacer algo similar a lo que se hace en la festividad del Apóstol Santiago. Tan sencillo como eso.
Por último, si lo que se ansía es conmemorar la fecha en la que España puso un pie en la Luna en lo que a términos históricos se refiere, me parece que "descubrir" América es algo con la suficiente entidad como para fusionarlo con una fiesta de enfoque más amplio y localista y, en cualquier caso, sin sacar de quicio el asunto, como explicaré a continuación.

- Sobre el descubrimiento y la conquista de América:
Buena parte de la polémica que rodea al 12 de octubre tiene que ver con esto. ¿Los culpables? Varios: el patrioterismo más rancio, la demagogia de lo políticamente correcto, los complejos heredados a cuenta de las insidias y calumnias de la "leyenda negra", la manipulación político-historicista y, como causa de todo lo anterior, la falta de estar lo suficientemente bien leído. Y es que, en este asunto, chocan varios intereses antagónicos pero igual de gilipollescos por su ceguera y falta de honestidad. 
* Respecto al descubrimiento de América: Que se sepa, antes que Colón y sus carabelas españolas, y dejando aparte la controversia
sobre el chino Zheng He, los primeros en poner un pie al otro lado del Atlántico fueron Erik, el Rojo y su hijo Leif Eriksson, más de 400 años antes de que Rodrigo de Triana estuviera al borde de la angina de pecho. Así que, descubrir, lo que se dice descubrir...no. En todo caso, España sí fue la primera en realizar con éxito una colonización en territorio americano.
* Respecto a la colonización y conquista española de América: La mayoría de los países (presentes o pasados) han sido a lo largo de su historia colonizados y colonizadores de igual manera que han sido conquistados y conquistadores. En el caso de España, basta con recordar que lo que hizo en América ya lo había vivido en carne propia hacía siglos de la mano de los romanos y los árabes, por citar sólo dos ejemplos. Conviene aquí apuntar que toda colonización se asienta sobre una conquista previa y ésta a
su vez en un conflicto entre los foráneos y los nativos solucionado por las armas ¿antaño? y por la economía hoy. No hay que olvidar que hasta hace relativamente poco en lo que a términos de Historia universal se refiere, las fronteras de las naciones se pintaban con sangre. España, en este sentido, no es una excepción...pero eso no quiere decir que fuera ni la primera ni la única potencia en hacerlo y quien quiera negar tanto lo uno como lo otro hace mal. 
Igual que hace mal quien quiera escudarse en ese argumento para justificar, mitigar o pasar de puntillas por todas las numerosas atrocidades y barbaridades cometidas por los conquistadores y colonos españoles: matanzas, torturas, esclavitud, abusos...Es lo que pasa cuando das carta blanca a gente con pocos escrúpulos y demasiada codicia (el argumento de la evangelización es un chiste de mal gusto). Dicho de otro modo: la conquista española de América no la hicieron precisamente unas beatas (como tampoco eran monjes tibetanos los indios autóctonos). Todos los países del mundo tienen una lista de cosas de las que avergonzarse y, en el caso de España, lo que se hizo en el "Nuevo Mundo" está en el hit parade junto a la Inquisición y las guerras civiles.
Igual que hace mal quien sólo quiera ver masacres y aberraciones
perpetradas por españoles y se olvide de que también fueron españoles quienes denunciaron estos desmanes o quienes promovieron disposiciones para velar por el cuidado de la población indígena. Ahí está para demostrarlo a quien tenga interés el testamento de Isabel, la Católica (capítulo XII), las Leyes de Burgos o las Leyes Nuevas.
Por eso, quien opte por adoptar un planteamiento maniqueo está demostrando más habilidad para quedar como un gilipuertas que para poner las cosas en su justo contexto.
* Respecto a la mortandad de los nativos americanos: Negar que la llegada de los españoles a América supuso una diezma nivel aniquilación de la población local es una estupidez tan patética y repugnante como negar, por ejemplo, el holocausto judío a manos de las nazis. Atribuir exclusivamente a la guerra, la tortura y la explotación española todas las muertes, también. Más que nada porque hay bastante consenso entre los expertos a la hora de atribuir la mayoría de las muertes (para necios: mayoría no es
sinónimo de totalidad) a las epidemias y enfermedades sufridas por los nativos como consecuencia de los gérmenes que inconscientemente llevaron consigo los españoles; la única controversia que existe actualmente está en fijar el porcentaje de muertes con causas "patógenas" (unos hablan del 65%, otros del 95%, etc). Por tanto, puestos a hablar de las muertes de los nativos, sería más correcto hablar de "mortandad" que de "genocidio" y más honesto no ningunear la culpa que tuvieron en ella la viruela y demás pandemias. Que el comportamiento abominable de los españoles no ayudó, es cierto. Que antes de la llegada española los indios ya se mataban/sacrificaban/comían entre ellos, también.
* En definitiva: ante la demagogia y la estupidez, nada como estar informado. En ese sentido, si alguien quiere profundizar en el tema y contextualizar debidamente todo este asunto, recomiendo leer los libros La conquista de América, una revisión crítica y Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental.           
Por tanto, visto lo visto, ¿qué haría yo el 12 de octubre? Seguir la postura de Ernesto Sábato y no quedarme ni con la leyenda negra ni con la leyenda blanca para poder celebrar lo que nos une, esto es, los hitos logrados por hispanohablantes de todos los tiempos, tomando una Mahou con mis amigos, sean del lado del Atlántico que sean.