viernes, 28 de noviembre de 2014
Los dos lados de la ventana
Fuera, tras la ventana, una luz ahogada en blanco sepulcraba el teatrillo de un otoño que ensayaba un día más la despedida. Fuera, tras la ventana, la neblina emergía espectral desde el río, desvaneciendo los huesos roídos de los árboles. Fuera, tras la ventana, decenas de suelas machacaban la hojarasca que amortajaba las calles como los jirones de un diario obsoleto. Fuera, tras la ventana, el viento olía a brindis y derrota, a telón a punto de caer. Fuera, tras la ventana, la orquesta desafinada de la ciudad rompía el réquiem con su enjambre de ruidos. Fuera, tras la ventana, el mundo seguía su locura de peonza. Dentro, tras la ventana, el tiempo suspendido en la penumbra era el principio y el final de toda esperanza. Dentro, tras la ventana, el espeso silencio velaba el derrumbe de un aliento que se apagaba como el sol en el oeste. Dentro, tras la ventana, las palabras se disolvían en recuerdo y en nada dejando en el aire un amargo olor a nostalgia. Dentro, tras la ventana, los sueños por vivir, las promesas por cumplir y los proyectos por hacer se habían disuelto como sueños separados de la almohada. Dentro, tras la ventana, la vida se escapaba como un castillo de arena asediado por la espuma salada. Dentro, tras la ventana, el teléfono permanecía enmudecido por los vivos que no quieren saber nada de la muerte. Dentro, tras la ventana, los vestidos de las grandes ocasiones colgaban resignados al nunca más. Dentro, tras la ventana, las lágrimas abrillantaban unos labios combados en sonrisa. Dentro, tras la ventana, un coqueto pañuelo coronaba un cuerpo a punto de implosionar. Dentro, tras la ventana, ella miraba la vida marchar.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Rencor, memoria y corazón
Nadie está libre de vivir malas experiencias; situaciones siempre desagradables y con frecuencia injustas; sucesos o momentos que se recuerdan con una amargura nítida sin importar la distancia entre ellos y el momento presente. Tampoco nadie está libre de encontrarse en la vida con personas que erizan el significado de la palabra "gentuza"; hombres y mujeres que son "los abajo firmantes" de muchos de tus peores sentimientos o recuerdos; gente a la que habría sido mejor no haber conocido nunca. Nadie, como digo, está libre de pasar por algo así. La vida es una partida que se juega sin cartas marcadas y, por tanto, todos estamos y estaremos siempre expuestos a la ruindad, la desgracia y/o el desengaño. No importa cuánto hayamos vivido o aprendido: siempre habrá alguien capaz de recordarnos que el mundo y quienes lo habitan no es exactamente una película de Disney.
Todo esto hace que el rencor sea un sentimiento tan frecuente o más que la alegría o la pena. Un sentimiento indeseado que, por cierto, nace paradójicamente con bastante facilidad bajo la mordaza de la buena educación o el saber estar, pues todos ellos hacen que no pocas veces se cierren en falso agravios y equívocos que necesitan una solución más "definida". Un mal sentimiento que secuestra nuestros pensamientos para hacerlos girar en torno a un fuego de fantasías siniestras, recuerdos mortificantes y anhelos revanchistas. Un agujero negro que amenaza con tragarse cualquier luz que haya dentro de nosotros. Un veneno del que podemos y debemos prescindir porque, desde
el rencor o por el rencor, pensamos o incluso hacemos cosas que no
deberíamos, simplemente porque a cambio obtenemos una absurda y fugaz sensación de confort íntimo, de dulce venganza, de reparación cósmica que sólo nosotros entendemos, cuando, realmente, lo único que hacemos con todo ese dolor podrido y esa rabia emparedada que tenemos dentro no es hacerlos desaparecer sino dejar que se claven como metralla hasta el punto de desequilibrar nuestra escala de prioridades, alterar nuestras atenciones y anquilosar toda nuestra maquinaria de afectos. Así, el rencor se revela como una enfermedad (a menudo de origen exógeno) que, desde el pensamiento, ataca a todo nuestro de sistema afectivo de tal manera que, si no se trata correctamente en modo y tiempo, corremos el riesgo de que nos convierta en infelices crónicos...o en el mismo tipo de gentuza que nos provocó a nosotros tal rencor.
¿Cómo librarse o afrontar esto? Yo creo que la mejor solución es la más dura de todas: pasar página. Uno no puede recuperar la estabilidad ni la salud mental y afectiva si no consigue que la causa o el causante del rencor deje de formar parte íntima o cotidiana de sus pensamientos. Con ello no quiero decir que haya que perdonar en el sentido cristiano y poner la otra mejilla. Eso es una ética magistral...pero ineficaz en un mundo con excedente de hijos de puta y en el que el paso del tiempo no es con frecuencia ninguna panacea. No. El rencor no necesita el perdón del corazón sino el perdón de la memoria. Ese que borra cualquier recuerdo del suceso o la persona desagradable o que, al menos, lo entierra tan hondo que acabas por ignorar su existencia. Los malos recuerdos y quienes los protagonizan deben quedar en nuestra cuneta. Es decir, el rencor no se cura con paz sino con olvido, desdén, indiferencia, desprecio, desvinculación. En ese sentido, conviene recordar que vivir, entre otras muchas cosas, significa aprender a dejar atrás lo bueno y lo malo pero muy especialmente esto último. De no hacerlo, es bastante probable que nos instalemos emocional e íntimamente en un constante bucle en el que revivamos una y otra vez un mal recuerdo que debería estar muerto hace ya tiempo. Vivir en el presente mirando hacia el pasado es la mejor forma de no ver ningún futuro, máxime si ese pasado poco o nada bueno tiene que aportarnos, así que, mejor ser prácticos y querernos un poco más a nosotros mismos haciendo con las malas personas y los malos recuerdos lo mismo que se hace con las malas hierbas: arrancarlas.
Y digo todo esto desde la experiencia de quien ha perdido demasiado tiempo rumiando el rencor por sucesos y/o personas que no se merecen ni un solo segundo de mis pensamientos. Por tanto, mejor dedicar nuestros esfuerzos a crear, a construir, a querer, a avanzar. Así al menos nos podremos diferenciar de quienes se dedican a destruir, a odiar, a entorpecer. Y, sólo por eso, ya merece mucho la pena intentarlo.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Después de 600
Después de seiscientos artículos publicados en este blog desde hace más de ocho años, hay pocos temas o cosas sobre las que no haya escrito. Por eso, hoy quiero dedicar este post a los míos. ¿Y quiénes son "los míos"? Es díficil contestar de una forma precisa o rotunda a esta pregunta, pero, honestamente, pienso y siento que mi gente, los míos, son quienes...
Sin compartir mi sangre, firman y firmarán a pie de mi felicidad.
Compartiendo mi sangre, dan sentido a las palabras "nobleza", "lealtad", "cariño" y "tranquilidad".
Sin ser mi familia, formaron una sobre un escenario.
Compartiendo mi sangre, dan sentido a las palabras "nobleza", "lealtad", "cariño" y "tranquilidad".
Sin ser mi familia, formaron una sobre un escenario.
Son parte de una pequeña gran escuela en la que aprendes a descubrir, a descubrirte y a que te descubran.
Estando o no, siempre están y estarán.
Cuentan todas las veces que se han caído por las veces en que se han levantado.
Cuando las flechas cubren el sol, luchan en la oscuridad.
Saben que todo gran camino empieza con un pequeño y único paso.
Hacen lo correcto sin importar si coincide o no con "lo fácil".
Asumen que los errores, duelan o no, forman parte del aprendizaje.
Son conscientes de que crecer consiste en disfrutar del desengaño sin formar parte de él.
Han descubiero que el tiempo no pasa sino que se invierte o se malgasta.
Les preocupa el presente porque es el lugar en el que pasarán su futuro.
Les preocupa el presente porque es el lugar en el que pasarán su futuro.
Suman y multiplican pero no restan ni dividen.
No tienen miedo ni vanidad para reescribirse o reinventarse.
No tienen miedo ni vanidad para reescribirse o reinventarse.
Sienten que el valor está en la diferencia.
Prefieren ser la excepción y no la regla.
Son renglones torcidos en tiempos de dictados y cuadrículas.
Confían en la pausa en un mundo frenético.
Creen que la única forma de ser pasa por la sinceridad.
Alzan la mirada cuando o donde el resto agacha la cabeza.
Dicen y sienten sin miedo a los daños colaterales de las habladurías u opiniones ajenas.
Cruzan las puertas entreabiertas en lugar de quedarse ante ellas.
Aprendieron que conformarse es la más inaceptable de todas las cobardías.
Quieren creer que el éxito no es cuestión de enchufes o suerte sino de esfuerzo y talento.
Consideran que la verdadera justicia no está escrita ni lleva toga.
Apuestan por la cultura en tiempos de mediocridad.
Saben que un buen libro, una buena película, una buena obra o un buen videojuego consisten en lo mismo: contar bien una historia.
Pudiendo ser de cualquier equipo, eligen ser del Atleti.
Viven y saben vivir.
Así que por todas esas personas que, conociéndolas o no, son "los míos", bien vale la pena haber escrito esos seiscientos artículos y volver a compartir con ellos otros tantos.
viernes, 21 de noviembre de 2014
La última hoja
Edward Barrons peinaba funerales, tenía
la vida sin planchar y la sonrisa cerrada por derribo. Pero eso no le
importaba. Vivía en una urbanización de las afueras donde nunca pasaba
nada que no fuera el tiempo. Pero eso no le importaba. Tenía setenta y
ocho años y murió a los setenta y tres. Y eso sí le importaba. Porque hacía
cinco inviernos que ya nadie le llamaba “Eddie” ni le despertaba con olor
a tostadas y café recién hecho ni le abrazaba por las noches en la cama
aunque no hiciera frío. Aquella mañana, con la madrugada aún en retirada,
se puso la bata que ya no olía a ella, dejó encendida la radio en la cocina
y salió al cobertizo. Frío y viento para un hombre hueco. Otoño en el
jardín. Y en el jardín, un roble. Y en el roble, una hoja. Una que bailaba
su muerte como un ahorcado. Durante un instante, Edward Barrons pidió a
Dios que esa hoja fuera la suya. Cinco minutos después, entró en la casa y
subió el volumen de la radio. Música clásica para un mar de silencio.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Lisergia, asombro y nostalgia
El pasado jueves por la tarde fui con mi hermano a ver en directo un show de WWE; para profanos: un espectáculo de lucha libre. Uno de esos planes que sirven para desempolvar la camaradería cómplice familiar y, al mismo tiempo, hacer un agradable y divertido "regreso al futuro" en toda regla. Uno de esos planes que, dentro de unos años, seguro que aparecerá de improvisto en algún pensamiento o conversación cuando nadie lo espere. Uno de esos planes.
La velada se puede resumir en tres palabras: lisergia, asombro y nostalgia.
Lisergia porque sólo como lisérgico se puede resumir el espectáculo de la cola para entrar, el previo al show amenizado por unos altavoces donde tronaban los grandes éxitos de Los Chunguitos (¡¿?!) con "Dame veneno" rompiendo el hielo, la pintoresca y ruidosa presencia de los "no sólo soy fan también soy un friki", la presentación del espectáculo con Lilian García cantando a capela "Que viva España" (¡¡¿¿??!!) o lo nunca antes visto o, mejor dicho, oído en el mundo del wrestling: un combate de "pajeras" (nunca antes un desliz hizo tanto por la comedia y el porno). Una lisergia que, más allá del desconcierto, ayudó a crear un clima de propensión a abandonar toda seriedad, a pasarlo bien.
Asombro porque resulta asombroso comprobar en vivo la descomunal presencia de estos titanes del ring, ver en persona a auténticos iconos que nunca pensaste ver más allá de una pantalla y constatar que, independientemente del elemento "show", los profesionales de la WWE son verdaderos atletas. Pero también resultó asombroso por sentir y ser parte de un ambiente en el que más de diez mil personas (lleno total) electrizaron el aire con sus constantes gritos, aplausos y abucheos. Sentado allí, en el graderío, uno podía imaginarse fácilmente cómo sería aquello de sentarse en el Coliseo romano a ver darse de leches y algo más a los gladiadores.
Y nostalgia por comprobar que el público allí presente estaba formado por los niños que fuimos y los niños que son. Es decir, los que descubrimos hace (muchos) años el wrestling de la mano del mítico programa "Pressing catch" en Telecinco y los que lo han descubierto recientemente gracias a las emisiones en Cuatro, Marca TV y Neox, siempre con la voz y las extrañas ocurrencias de Héctor del Mar como denominador común. Así, resulta casi lógico que la adrenalina deportiva dejara su paso a la nostalgia personal. Viendo las caras de emoción, las miradas de asombro y los gritos honestos de los más pequeños (que eran muchísimos pese a la hora y ser día de diario) uno recuerda y se recuerda. Se remonta a los tiempos en los que aún ignoraba que lo que ocurría en el ring estaba guionizado y ensayado. A los tiempos en los que no discriminaba entre combates nivel "charlotada" (como dos de los que se vieron el jueves) de auténticos combates de calidad (como los de Sheamus vs Harper o, especialmente, Cena vs Rollins). A
los tiempos en los que de los televisores españoles salían cosas como
"piquete de ojos", "quebradora", "baile de San Vito", "abrazo del oso",
"jalar de los cabellos", "más, más (nombre) que nunca" y el resto de
expresiones que salpicaban las narraciones de aquellos combates. A los tiempos en los que los latidos atropellaban palabras al ver a personas de carne y hueso a las que la mentalidad infantil convertía en dioses de un Olimpo personal e innegociable. A los tiempos de los Hulk Hogan, The Ultimate Warrior, Bret "The Hitman" Hart, "Macho Man" Randy Savage, Ric Flair, Mr. Perfect, Ted Dibiase, Shawn Michaels, The Undertaker, Tito Santana y compañía.
Así las cosas, después de tres horas de show, es lógico que me
volviera a casa satisfecho por haber compartido una muy divertida y agradable velada con mi hermano y con la convicción de que, quizás, ya va siendo hora de pasar el testigo del asombro y la emoción a los que están en edad para ello y quedarme sólo con la entrañable nostalgia de los buenos recuerdos.
lunes, 10 de noviembre de 2014
El día después (del ridículo)
Hoy es 10 de noviembre. Los cuatro jinetes del Apocalipsis no corretean sobre la Tierra. Buena señal. Mariano Rajoy y Artur Mas sí corretean sobre la Tierra. Mala señal. Hoy es 10 de noviembre. El día después de que en Cataluña, con su presidente a la cabeza, se llevara a cabo una performance a medio camino entre el esperpento teatral y los referéndums franquistas. El día después de que el Gobierno de España, con su presidente a la cabeza, decidiera olvidarse del artículo 155 de la Constitución y de qué significa que un país se defina y defienda como "Estado de Derecho". El día después de que dos políticos lamentables quisieran llevar el concepto "ridículo" a una nueva dimensión. El día después de que Artur Mas decidiera ponerse el mundo por barretina y pasarse por el arco triunfal la Constitución mientras lleva a toda una región a un callejón de difícil salida. El día después de que Mariano Rajoy decidiera plegarse sobre sí mismo hasta crear una paradoja en el espacio-tiempo que haga dudar de su propia existencia. El día después de constatar que el sentido común se ha extinguido en España. El día después de descubrir que este país tiene poco de democracia pero mucho de carrera de pollos sin cabeza. El día después de que España tenga su dignidad, fiabilidad y seriedad como país al nivel "coño de la Bernarda".
Y la culpa de todo ello no es achacable tanto a la proverbial (e injustificada) sensación de incomodidad que lleva a Cataluña a ser políticamente algo así como la mosca cojonera mediterránea por excelencia (de la que ya hablé en otro artículo), como a la lamentable y demencial actitud de Rajoy y Mas. Uno, Rajoy, encarnando la quintaesencia del inmovilismo y otro, Mas, representando el no-va-ídem de la irresponsabilidad. Uno, Rajoy, cobarde, perezoso y cretino. Otro, Mas, kamikaze, frenético y astuto. Ambos, incapaces de llegar a ningún entendimiento. Ambos, enajenados. Ambos, huyendo hacia delante. Ambos, traicioneros. Ambos, un insulto para la inteligencia. Ambos, cadáveres políticos. Ambos, peligrosos para cualquier democracia. Ambos, impresentables. Ambos, pura miseria.
Evidentemente, nada de esto habría pasado si Rodríguez Zapatero (esa ameba), hubiera tenido la boca cerrada y la prudencia abierta cuando en 2003 perpetró la ocurrencia de prometer apoyar el Estatuto que aprobara el parlamento catalán. Tampoco habría ocurrido nada de esto si Mas se hubiera comportado como un político sensato, una persona responsable y un cargo público leal
a la misma legalidad que le ampara y no como la cheerleader número uno del "soberanismo" que se pasa por el forro la Constitución, los fundamentos democráticos y la misma realidad. Y, evidentemente, nada de esto habría pasado si Rajoy se hubiera comportado como un político decente, una persona valiente y un Presidente del Gobierno comprometido con la defensa del Estado de Derecho y no como un manso en plaza cuyo único talento constatado es el de encadenar errores, mentiras, traiciones y atropellos. Rajoy y no Mas es quien preside el Gobierno de España. Rajoy y no Mas es quien debe ser el primer interesado en aplicar y hacer aplicar la Constitución. Rajoy y no Mas es quien debe ser el principal protector de la democracia ante cualquier ataque o burla. Rajoy y no Mas es a quien millones de españoles confiaron una mayoría absoluta para que gobernara desde la firmeza, el coraje y la honradez. Por eso, Rajoy y no Mas es quien ha perdido más con todo esto por su inexplicable dejación de funciones, su imperturbable tibieza y su eterna y despreciativa sordera y ceguera ante las reclamaciones y necesidades no ya de quienes le votaron sino de la mayoría de la sociedad española. Si el Presidente del Gobierno no sabe o no quiere gobernar, no está ni capacitado ni legitimado para estar en su cargo ni un segundo más, por mucho que su mediocre corte de babosos y palmeros le canten al oído aquello de "Todo es fabuloso". Claro que, para renunciar a algo tan seductor como el poder se requiere valentía, cualidad que, junto a la belleza, la coherencia y la decencia, debió quedarse en el colador genético de Rajoy al ser concebido. Pocas veces un cobarde dio tanta pena y tanto asco a la vez.
Así las cosas, Rajoy ya puede añadir el 9-N a su lista de grandes éxitos, junto a la aniquilación económica de la clase media, la devaluación del mercado laboral, el exterminio de la deontología periodística, la tibieza ante la corrupción, la creación de Podemos o las comparecencias por plasma, entre otros muchos hits. Lleva un carrerón que ni Fernando VII.
Por lo demás, sólo cabe esperar que todo pase lo antes posible y que lleguen tiempos mejores, cosa que, sin duda, así será porque, honestamente, peores que éste, pocos.
a la misma legalidad que le ampara y no como la cheerleader número uno del "soberanismo" que se pasa por el forro la Constitución, los fundamentos democráticos y la misma realidad. Y, evidentemente, nada de esto habría pasado si Rajoy se hubiera comportado como un político decente, una persona valiente y un Presidente del Gobierno comprometido con la defensa del Estado de Derecho y no como un manso en plaza cuyo único talento constatado es el de encadenar errores, mentiras, traiciones y atropellos. Rajoy y no Mas es quien preside el Gobierno de España. Rajoy y no Mas es quien debe ser el primer interesado en aplicar y hacer aplicar la Constitución. Rajoy y no Mas es quien debe ser el principal protector de la democracia ante cualquier ataque o burla. Rajoy y no Mas es a quien millones de españoles confiaron una mayoría absoluta para que gobernara desde la firmeza, el coraje y la honradez. Por eso, Rajoy y no Mas es quien ha perdido más con todo esto por su inexplicable dejación de funciones, su imperturbable tibieza y su eterna y despreciativa sordera y ceguera ante las reclamaciones y necesidades no ya de quienes le votaron sino de la mayoría de la sociedad española. Si el Presidente del Gobierno no sabe o no quiere gobernar, no está ni capacitado ni legitimado para estar en su cargo ni un segundo más, por mucho que su mediocre corte de babosos y palmeros le canten al oído aquello de "Todo es fabuloso". Claro que, para renunciar a algo tan seductor como el poder se requiere valentía, cualidad que, junto a la belleza, la coherencia y la decencia, debió quedarse en el colador genético de Rajoy al ser concebido. Pocas veces un cobarde dio tanta pena y tanto asco a la vez.
Así las cosas, Rajoy ya puede añadir el 9-N a su lista de grandes éxitos, junto a la aniquilación económica de la clase media, la devaluación del mercado laboral, el exterminio de la deontología periodística, la tibieza ante la corrupción, la creación de Podemos o las comparecencias por plasma, entre otros muchos hits. Lleva un carrerón que ni Fernando VII.
Por lo demás, sólo cabe esperar que todo pase lo antes posible y que lleguen tiempos mejores, cosa que, sin duda, así será porque, honestamente, peores que éste, pocos.
sábado, 8 de noviembre de 2014
"Y, el último hombre": un cómic para recordar
He sido, soy y seré un gran amante de los cómics. Hasta el momento, puedo decir que he leído cientos y de todo tipo. En la mayoría de casos, al cerrar la última página, mi sensación era la de quien ha disfrutado de un entretenimiento tan buscado como fugaz en el tiempo y la memoria. En otros, no muchos (y de ahí su valor), al cerrar la última página, tuve la convicción no sólo de haber disfrutado enormemente sino también de haber leído algo que formaba o formará parte de la historia del noveno arte con todo merecimiento (Watchmen, V de Vendetta, 300, From Hell, Sin City, La Liga de los Hombres Extraordinarios, Batman: Año Uno, The Authority, Kick Ass, Walking Dead...). Pero sólo con uno me ha pasado que, al cerrar la última página, no sólo he tenido la convicción de haber disfrutado tremendamente con un cómic histórico sino que me he llenado de emociones; de emociones inesperadas, personales y reales. Ese cómic ha sido Y, el último hombre, reeditado en España en los últimos veinte meses por ECC Ediciones. Reeditado, sí, así que quizás esta reseña llegue tarde, varios años tarde de hecho, ya que esta obra conoció su primer número en 2002 y finalizó en 2008. Pero eso no importa tanto como haber tenido la suerte de leerlo.
Y, el último hombre, introduce al lector en las aventuras de
Yorick Brown, un joven de NY aficionado al escapismo que es el único superviviente masculino de una súbita extinción de todos los seres vivos de ese género. Así, junto a su mono Ampersand, la agente secreta 355 y la doctora Mann, Yorick deberá viajar/huir/escapar por el mundo en busca de una explicación y ¿cura? para el "genericidio" y de su novia Beth. Que esa búsqueda no será fácil ni breve es obvio, máxime en un mundo donde este cataclismo ha dado paso a un ¿nuevo? tipo de sociedad en la que, pese a la extinción masculina, se siguen reproduciendo las mismas grandezas y miserias que han acompañado siempre al ser humano.
Así, las aventuras de Yorick y sus amigas se revelan como un
viaje tanto exterior como interior, remitiéndonos casi automáticamente a la clásica Odisea, puesto que, al igual que sucede con Ulises, el Yorick que comenzó el viaje no es el mismo que lo terminó, gracias a un camino salpicado de imprevistos, decisiones difíciles y personajes de lo más variopinto. Quizás por todo ello, se podría decir que estamos ante una historia iniciática dado que la búsqueda de Yorick no es más que el largo viaje hacia la madurez, hacia el desengaño que nos prepara para la vida y para valorar las cosas y las personas en su justa medida.
viaje tanto exterior como interior, remitiéndonos casi automáticamente a la clásica Odisea, puesto que, al igual que sucede con Ulises, el Yorick que comenzó el viaje no es el mismo que lo terminó, gracias a un camino salpicado de imprevistos, decisiones difíciles y personajes de lo más variopinto. Quizás por todo ello, se podría decir que estamos ante una historia iniciática dado que la búsqueda de Yorick no es más que el largo viaje hacia la madurez, hacia el desengaño que nos prepara para la vida y para valorar las cosas y las personas en su justa medida.
A todo esto hay que añadir que la obra está creada y escrita por Brian K.Vaughan, uno de los grandes referentes y atractivos del mundo del cómic en lo que va de siglo XXI, gracias a trabajos como éste o como Ex Machina, Runaways o Saga. ¿Por qué? Porque tiene un auténtico don para los diálogos, para manejar el tempo
narrativo y para las elipsis. Porque tiene una innegable maestría para hablar de asuntos, sentimientos y pasiones de profundidad Shakespeariana pero con un estilo muy fresco, actual, cargado de referencias culturales (tanto clásicas como pop) y en el que el humor, la ironía y el sarcasmo complementan y subrayan a la perfección todo lo que ocurre dentro y fuera de los protagonistas. Porque tiene una extraordinaria habilidad para crear personajes llenos de vida, matices y paradojas que se te clavan en la memoria y el corazón en apenas unas viñetas. Porque, en definitiva, Vaughan hace que parezca muy sencillo algo algo que es tan complicado que, para muchos, es imposible.
Si a ello se le suma el excelente trabajo de la dibujante Pia Guerra, con unas ilustraciones llenas de precisión y realismo, Y, el último hombre, tiene absolutamente todos los ingredientes para gustar a cualquier amante de las buenas historias, ya estén escritas en prosa, viñetas o fotogramas. Por eso no extraña que esta obra ganara en 2008 el presitigioso Premio Eisner a la mejor serie o que fuera nominada a los no menos prestigiosos premios Hugo y Harvey. Como tampoco sorprende la enorme repercusión que tuvo y sigue teniendo, pese a los años transcurridos.
Pero, si hoy estoy escribiendo todo esto es porque ayer cerré el
último volumen de esta historia. Ayer acabé el viaje. Ayer finalicé la aventura. Ayer me impresioné, emocioné y conmoví como nunca antes me había pasado con un cómic. ¿Por qué? Bueno, quizás porque Y, el último hombre es una obra llena de vida y, como tal, llena de triunfo y fracaso, alegría y amargura, felicidad y pena, furia y silencio, sorpresa y desencanto, preguntas y respuestas, presencias y ausencias, amor y dolor, rebeldía y aceptación, vida y muerte. Porque, en definitiva, es una celebración de todo lo que nos hace sentirnos vivos. Es un cómic capaz de arrancarte sin permiso una sonrisa o una lágrima o ambas a la vez. Y, tal vez por ello, siento una profunda envidia de quienes tengan la suerte de adentrarse por primera vez en sus páginas.
último volumen de esta historia. Ayer acabé el viaje. Ayer finalicé la aventura. Ayer me impresioné, emocioné y conmoví como nunca antes me había pasado con un cómic. ¿Por qué? Bueno, quizás porque Y, el último hombre es una obra llena de vida y, como tal, llena de triunfo y fracaso, alegría y amargura, felicidad y pena, furia y silencio, sorpresa y desencanto, preguntas y respuestas, presencias y ausencias, amor y dolor, rebeldía y aceptación, vida y muerte. Porque, en definitiva, es una celebración de todo lo que nos hace sentirnos vivos. Es un cómic capaz de arrancarte sin permiso una sonrisa o una lágrima o ambas a la vez. Y, tal vez por ello, siento una profunda envidia de quienes tengan la suerte de adentrarse por primera vez en sus páginas. sábado, 1 de noviembre de 2014
Último servicio
Tenía el pelo cobrizo, la piel lechosa y el corazón podrido. Se llamaba Dana Rouge y no había puta que la superara a ese lado del Misisipi. Por su cama lo mismo pasaban hombres de negocios que magos vudú, casados cincuentones que estudiantes con acné, sacerdotes descarriados que diablos con las ideas claras, cuerpos atléticos que engendros vomitivos, blancos que negros, chicanos que chinos, dotados que micropenes. Si tenías el dinero suficiente, su vagina era universal. Se llamaba Dana Rouge y a sus más de cincuenta años ya era una puta leyenda. Aliviar los genitales y la cuenta corriente de los hombres era su profesión pero lo suyo, además, era auténtica vocación: disfrutaba jodiendo. No había postura ni gemido ni mirada ni exclamación ni perversión ni enfermedad venérea que no conociera. No había ninguna petición a la que se negara si alguien estaba dispuesto a pagar el precio. Su precio. Se llamaba Dana Rouge y a su edad ya había ganado y gastado más dinero que muchas familias en toda su vida.
La noche en que se retiró de la profesión, Dana Rouge estaba sentada en su tocador, junto a la cama de cuatro metros cuadrados y sábanas de importación, esperando la llegada del último cliente de la jornada. Una elegante bata de seda color burdeos cubría su enjuto cuerpo al tiempo que empababa el sudor y el olor de un hombre cuyo nombre ya había olvidado. Como siempre, entre servicio y servicio, se acicalaba su largo cabello, se pintaba los labios, se perfilaba los ojos y mascaba compulsivamente un chicle de menta para eliminar de su aliento el olor a nicotina y semen. Penetrando la ventana, el viento nocturno llenó la habitación del húmedo calor del pantano y una lejana canción de jazz. Fuera, en el porche, junto al embarcadero, una orgía de mosquitos acosaba un farol destartalado. Llamaron a la puerta. Dana se echó dos gotas de perfume detrás de los oídos. Volvieron a llamar a la puerta. Dana se incorporó y recorrió el espeso silencio de su casa hasta el recibidor. Justo cuando estaban a punto de llamar por tercera vez, abrió la puerta, dejando que una sonrisa, dos pezones y un kilo de silicona dieran la bienvenida al último cliente. Era un hombre de pelo cano, piel curtida, traje sobrio negro y gafas de sol. Ninguno de los dos dijo nada. El cliente entró antes de que Dana pudiera invitarlo a pasar. En el aire, flotando como un ahorcado, dejó un olor a incienso y carne podrida. Dana disimuló el asco y le sonrió. ¿Quieres una copa? ¿Vino? ¿Gin? El cliente no contestó y se encaminó al dormitorio sin esperar a Dana. De acuerdo, Romeo. Para cuando Dana llegó a su cuarto, el cliente se había sentado a los pies de la cama, con una pose tensa, hierática. Relájate, cariño, y dile a Dana qué va a ser: fránces, griego, completo, lluvia, bondage...Pide y Dana te lo dará si tú puedes dar a Dana. El cliente la miró fijamente pero sus labios macilentos no se despegaron. ¿Te gusta sólo mirar? ¿Quieres que Dana haga un striptease para ti? La única respuesta que se escuchó en la habitación fue la de los animales del pantano follándose al silencio. Muy bien, cariño, puedo quedarme aquí toda la noche sin mover un músculo mientras pagues por ello pero creo que es hora de que abras la boca o la cartera. El cliente miró hacia la ventana. Dana sonrió y se acercó a él. Lo entiendo, cielo. Tranquilo. Déjate hacer por Dana. El cliente alzó su mano derecha y la detuvo. Oye, mira, encanto, soy puta pero no idiota. Dana Rouge no está para perder el tiempo. O pagas y jodemos o ya te estás largando. El cliente se incorporó y el olor a putrefacción se hizo insoportable. Dana retrocedió dos pasos y sofocó una arcada mientras el cliente se aproximó hacia ella con tranquilidad. El farol del porche comenzó a parpadear y un silencio atronador quebró toda la normalidad de la noche. Con un suave y delicado gesto, el cliente retiró la mano de Dana de su boca y acarició su mentón. La respiración de Dana se despeñó. Los labios del cliente se abrieron y dejaron escapar una voz como el eco enfurecido de decenas de niños llorando. Dana Rouge, hoy vas a aprender una cosa: la muerte nunca viene a que la jodan sino a joder.
Se llamaba Dana Rouge y nadie supo qué fue de ella.
La noche en que se retiró de la profesión, Dana Rouge estaba sentada en su tocador, junto a la cama de cuatro metros cuadrados y sábanas de importación, esperando la llegada del último cliente de la jornada. Una elegante bata de seda color burdeos cubría su enjuto cuerpo al tiempo que empababa el sudor y el olor de un hombre cuyo nombre ya había olvidado. Como siempre, entre servicio y servicio, se acicalaba su largo cabello, se pintaba los labios, se perfilaba los ojos y mascaba compulsivamente un chicle de menta para eliminar de su aliento el olor a nicotina y semen. Penetrando la ventana, el viento nocturno llenó la habitación del húmedo calor del pantano y una lejana canción de jazz. Fuera, en el porche, junto al embarcadero, una orgía de mosquitos acosaba un farol destartalado. Llamaron a la puerta. Dana se echó dos gotas de perfume detrás de los oídos. Volvieron a llamar a la puerta. Dana se incorporó y recorrió el espeso silencio de su casa hasta el recibidor. Justo cuando estaban a punto de llamar por tercera vez, abrió la puerta, dejando que una sonrisa, dos pezones y un kilo de silicona dieran la bienvenida al último cliente. Era un hombre de pelo cano, piel curtida, traje sobrio negro y gafas de sol. Ninguno de los dos dijo nada. El cliente entró antes de que Dana pudiera invitarlo a pasar. En el aire, flotando como un ahorcado, dejó un olor a incienso y carne podrida. Dana disimuló el asco y le sonrió. ¿Quieres una copa? ¿Vino? ¿Gin? El cliente no contestó y se encaminó al dormitorio sin esperar a Dana. De acuerdo, Romeo. Para cuando Dana llegó a su cuarto, el cliente se había sentado a los pies de la cama, con una pose tensa, hierática. Relájate, cariño, y dile a Dana qué va a ser: fránces, griego, completo, lluvia, bondage...Pide y Dana te lo dará si tú puedes dar a Dana. El cliente la miró fijamente pero sus labios macilentos no se despegaron. ¿Te gusta sólo mirar? ¿Quieres que Dana haga un striptease para ti? La única respuesta que se escuchó en la habitación fue la de los animales del pantano follándose al silencio. Muy bien, cariño, puedo quedarme aquí toda la noche sin mover un músculo mientras pagues por ello pero creo que es hora de que abras la boca o la cartera. El cliente miró hacia la ventana. Dana sonrió y se acercó a él. Lo entiendo, cielo. Tranquilo. Déjate hacer por Dana. El cliente alzó su mano derecha y la detuvo. Oye, mira, encanto, soy puta pero no idiota. Dana Rouge no está para perder el tiempo. O pagas y jodemos o ya te estás largando. El cliente se incorporó y el olor a putrefacción se hizo insoportable. Dana retrocedió dos pasos y sofocó una arcada mientras el cliente se aproximó hacia ella con tranquilidad. El farol del porche comenzó a parpadear y un silencio atronador quebró toda la normalidad de la noche. Con un suave y delicado gesto, el cliente retiró la mano de Dana de su boca y acarició su mentón. La respiración de Dana se despeñó. Los labios del cliente se abrieron y dejaron escapar una voz como el eco enfurecido de decenas de niños llorando. Dana Rouge, hoy vas a aprender una cosa: la muerte nunca viene a que la jodan sino a joder.
Se llamaba Dana Rouge y nadie supo qué fue de ella.
viernes, 31 de octubre de 2014
Monstruos que temer
Desde que somos pequeños comenzamos a conocer una retahíla de monstruos. Seres en su mayoría irreales con los que se intenta educarnos o adoctrinarnos a través del miedo en función del paradigma moral dominante en la sociedad o en la familia de turno. Criaturas procedentes del ámbito naif de los cuentos (el lobo, la bruja, el ogro...) o de la ficción para adultos (el vampiro, el fantasma, el hombre-lobo, el zombi, la criatura de Frankenstein, el golem, la momia, Dorian Gray, los muñecos embrujados...) pero con la finalidad común y encubierta de estructurar un esquema de valores y amenazas que podamos usar como mapa para desenvolvernos en lo que no es ficción sino simple, pura y cruel realidad.
En ese sentido, todos esos iconos del escalofrío son simultáneamente consecuencia y causa del proverbial miedo a lo desconocido, a lo oculto a nuestro entendimiento, a lo que está más allá de nuestra previsión o comprensión, a lo que nos supera. Son derivaciones del atávico miedo a la oscuridad e, igualmente, partícipes de los mismos mecanismos psicológicos que, por ejemplo, provocan la xenofobia, las intolerancias y el temor a Dios o a la muerte, aunque en ocasiones precisamente esos dos temores (quizás los más universalizados) estén vinculados entre sí por la concepción de la muerte como dación de cuentas ante el "Ser Supremo", algo que, por cierto, se explota de forma bastante exagerada en el Antiguo Testamento judeocristiano, donde Dios es una entidad terrible y temible.
Sin embargo, paralelamente a todo ello, esos monstruos, especialmente los originados en el mundo de la literatura y el cine, se construyen como una versión siniestra de deseos y anhelos que han excitado/interesado al ser humano desde siempre: la inmortalidad, la eterna belleza, la saciedad de nuestras pasiones, el progreso científico, la supervivencia incondicionada, la impunidad...Así, estas criaturas funcionan en la práctica como catalizadores de moralejas, como una versión ingeniosa e inquietante de la tradicional advertencia de "ten cuidado con lo que deseas...", como unos raíles con los que dirigir conductas y pensamientos y así hacer nuestra vida más ¿fácil?
En línea con esto, yo creo que, además de por el miedo que pueda causar un monstruo de ficción en sí mismo considerado, cada uno de ellos apela a un temor distinto y profundamente humano. Por ejemplo: el vampiro representaría el miedo a la marginación en su versión más radical (fuera de la sociedad, el tiempo y la redención); el hombre-lobo encarnaría el miedo a dejarse llevar por la pasión en su grado más extremo; la criatura de Frankenstein sería un significante del miedo a la pérdida de la identidad; el espectro, la momia y el muerto viviente serían tres representaciones complementarias del miedo a la muerte; el golem daría forma al miedo al robo de la voluntad; la bruja sería la encarnación del miedo a la vejez; los muñecos embrujados apelan al miedo al fin de la infancia-inocencia...Temores que, mirados en perspectiva, nos dan una clave muy importante para explicar la eficacia de estas criaturas a la hora de acojonar al personal, ya que todos esos monstruos dan miedo no tanto por lo que son en sí como porque, de alguna u otra manera, nos remiten al rechazo, a cosas que la sociedad rechaza y aparta de sí y, siendo el hombre como es un animal social, nada le da más miedo que sentirse rechazado.
Por todo ello creo que, tarde o temprano, uno acaba por darse cuenta de que las motivaciones que llevan a crear y perpetuar a estos monstruos dentro del imaginario colectivo no son en absoluto ingenuas ni "desinteresadas". Es el momento en que empiezas a dejar de tener miedo a estas criaturas...y empiezas a tenérselo a otros monstruos que, por desgracia, no forman parte de ficciones ni ensoñaciones. Monstruos como la pobreza, la enfermedad, la falsedad, la precariedad, la violencia, el terrorismo, los abusos, la guerra, el genocidio, el maltrato, los celos, la infidelidad, la pérdida del tiempo, el olvido, la injusticia, la desigualdad, el fundamentalismo...Monstruos que sí debemos temor porque sí que pueden joder nuestra vida y/o la de nuestros seres queridos. Y eso ya no es ningún cuento, ni relato ni película.
A su lado
Podía quedarse mirándola así, en silencio, todos los segundos que le quedaran al mundo. Podía quedarse mirándola así, en silencio, hipnotizado por su serenidad. Podía quedarse mirándola así, en silencio, imaginando la posibilidad de despertarla con un beso lleno de luz. Podía quedarse mirándola así, en silencio, pensando en si en ese preciso instante estaría soñando con él. Podía quedarse mirándola así, en silencio, sonriendo al recordar el trueno feliz de su risa. Podía quedarse mirándola así, en silencio, resctando el sabor salado y fresco de su cuerpo en sus labios. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, bajándose del tren del tiempo y renunciando a todos los mapas y coordenadas. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, expulsando de su memoria todos los recuerdos grises. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reviviendo en sus ojos la primera vez que la vió. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, recordando en su pulso la primera vez en que ella lo miró. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, aguantándose las ganas de cartografiar su piel con sus dedos. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, conspirando con el azar para regalarle un nuevo momento de felicidad. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, volviendo al instante en que un beso lo cambió todo. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, esperando el momento de volver a acunarla en un abrazo. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reinventándola en su nariz en un agradable olor a champú y perfume. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reviviendo el terremoto del primer orgasmo compartido. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, dejando que su mano sobrevolara su precioso pelo negro y surfeara el horizonte delicado de su delgadez. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, disfrutando con la oportunidad de volver a sentir su piel como pan recién hecho sobre su pecho. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, deseando escuchar su respiración calmada y sutil. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, cambiando las palabras por sensaciones y el pasado por el presente. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, a su lado, para siempre...y así lo había decidido. El ataúd era incómodo y el aire escaso. Nada de eso le importaba. El mundo y su lógica quedaban varios metros por encima y tenía toda la eternidad para acostumbrarse. Lo importante era ella. Siempre lo había sido. Lo importante era que iba a estar a su lado. Como siempre. Para siempre.
Cambio de planes
Para cuando amaneció, Jerónimo Peñazar ya tenía los ojos abiertos. Su cara, encallada junto al mirador que dominaba el ático, se convirtió en un farolillo de verbena low cost mientras el sol se encaramaba por el horizonte con la agilidad de un guiri asalmonado de cien kilos. Siempre le había gustado pensar que Dios ayuda a quien madruga, sin importar qué ocurría con los que tenían turno de noche. Aquel día tenía una agenda bastante completa: treinta y seis correos electrónicos por enviar, dieciséis llamadas telefónicas que hacer, cuatro reuniones presenciales a las que asistir, dos audioconferencias en las que participar, una videoconferencia en la que dejarse ver, asistir a la presentación de un libro sólo para intercambiar tarjetas de visita, declinar la invitación a una conferencia, humillar a un becario sólo por diversión de cabrón alfa, dejarse a medio beber cinco cafés, almorzar con su jefe para abrillantarse los egos, hacer cinco chistes sin gracia, comer en una hamburguesería con la secretaria postuniversitaria a la que quería ascender en la escala de personal adjunto a la cama, recoger el chaqué del tinte, llamar a su exmujer y enviar recuerdos a sus tres hijos, pasarse por el ginclub para hacerse una transfusión de Bloody mary, enviar un sms a su examante preguntándole por su pequeño bastardo de seis meses, pagar un cuarto de su sueldo a "La fabulosa Candice" (nacida Cándida) por descontracturarle los genitales, comprar kebab para cenar, sentarse a contemplar en su pantallón de plasma cómo el Real Madrid masacraba a un equipo de segunda división, escribir un par de tuits discutiblemente ingeniosos, teñirse las canas, untarse la pomada quemagrasa en el vientre y quedarse dormido desnudo escuchando a Frank Sinatra.
Dos horas más tarde, José Peñazar seguía allí. Solo. Junto al mirador de cristal tornasolado. En su sofisticado ático. Con el sol bronceando su cara y los ojos llenándose de ciudad esquizofrénica. Junto a su enorme cama deshecha, en la que un tanga granate había naufragado en una tormenta nocturna de alcohol y ADN. A dos pasos de su mesilla, en la que las llamadas y mensajes se apilaban en su smartphone como una partida de tetris. Quizás debería haber avisado en su trabajo. Quizás debería haber comunicado a alguien que se encontraba tremendamente indispuesto. Quizás lo habría hecho de haber podido. Quizás alguien a esas horas ya debería saber que una cabeza decapitada no iría a ninguna parte. Quizás alguien debería saber ya que la noche había traido consigo un inesperado cambio de planes.
Dos horas más tarde, José Peñazar seguía allí. Solo. Junto al mirador de cristal tornasolado. En su sofisticado ático. Con el sol bronceando su cara y los ojos llenándose de ciudad esquizofrénica. Junto a su enorme cama deshecha, en la que un tanga granate había naufragado en una tormenta nocturna de alcohol y ADN. A dos pasos de su mesilla, en la que las llamadas y mensajes se apilaban en su smartphone como una partida de tetris. Quizás debería haber avisado en su trabajo. Quizás debería haber comunicado a alguien que se encontraba tremendamente indispuesto. Quizás lo habría hecho de haber podido. Quizás alguien a esas horas ya debería saber que una cabeza decapitada no iría a ninguna parte. Quizás alguien debería saber ya que la noche había traido consigo un inesperado cambio de planes.
lunes, 27 de octubre de 2014
"Lluvia constante": perder para ganar
Mientras escribo esto, aún resuena en mi cabeza una larga e intensa ovación, una lluvia de aplausos con toda la contundencia y furia de un aguacero procedente de un público puesto en pie durante varios minutos. Así se despedía "Lluvia constante" de los Teatros del Canal después de más de dos semanas dejando sin butacas libres a su Sala Verde y sin palabras a los espectadores.
Este drama del productor y guionista Keith Huff, estrenado en 2007 y triunfante en Broadway, desembarcó en España el pasado 9 de octubre de la mano del cineasta David Serrano y con los actores Roberto Álamo y Sergio Peris-Mencheta en los papeles protagonistas. La obra, inspirada por un terrible hecho real, convierte al público en testigo de los trágicos sucesos que cambiaron para siempre las vidas de dos polícias, el visceral y violento Dani (Álamo) y el taciturno y alcohólico Rodo (Peris-Mencheta), dos amigos salpicados por toda la mierda y la crueldad de un mundo imperfecto, dos personas que intentan sobrevivir en una vida convertida en callejones sin luz.
Así, "Lluvia constante", pese a su trama y ritmo de thriller
policíaco, se descubre ante el espectador como un drama profunda y amargamente humano, un duro y conmovedor descenso a los infiernos del alma donde se desdibuja la frontera entre el bien y el mal, entre lo lógico y lo contradictorio, entre la redención y la destrucción, entre la lealtad y la traición, entre lo justo y lo necesario, entre la risa y el llanto, entre la felicidad y el dolor, entre la vida y la muerte.
policíaco, se descubre ante el espectador como un drama profunda y amargamente humano, un duro y conmovedor descenso a los infiernos del alma donde se desdibuja la frontera entre el bien y el mal, entre lo lógico y lo contradictorio, entre la redención y la destrucción, entre la lealtad y la traición, entre lo justo y lo necesario, entre la risa y el llanto, entre la felicidad y el dolor, entre la vida y la muerte.
Por si eso no fuera suficiente, este montaje cuenta con dos interpretaciones de las que dejan huella y buena advertencia de ello es que la escenografía es minimalista. Tanto Roberto Álamo como Sergio Peris-Mencheta componen sus personajes con una solidez, intensidad y honradez monumentales, dejándose el cuerpo
y el alma para llenar de vida y matices a Dani y Rodo. Ya desde el comienzo de la obra, cuando ambos avanzan hacia el proscenio para romper la cuarta pared, uno siente la presencia, el magnetismo y la química que los dos actores exhiben de principio a fin en "Lluvia constante". Su actuación es simplemente memorable, de las que te quitan las palabras y el aliento mientras te hacen sentir desnudo y cómplice al mismo tiempo. Dos encarnaciones apabullantes que consiguen algo a priori muy complicado como es que el espectador empatice con alguien tan conflictivo como Dani y tan oportunista como Rodo. En resumen: Álamo y Peris-Mencheta regalan a las butacas un tour de force del que se hablará mucho tiempo y merecidamente.
y el alma para llenar de vida y matices a Dani y Rodo. Ya desde el comienzo de la obra, cuando ambos avanzan hacia el proscenio para romper la cuarta pared, uno siente la presencia, el magnetismo y la química que los dos actores exhiben de principio a fin en "Lluvia constante". Su actuación es simplemente memorable, de las que te quitan las palabras y el aliento mientras te hacen sentir desnudo y cómplice al mismo tiempo. Dos encarnaciones apabullantes que consiguen algo a priori muy complicado como es que el espectador empatice con alguien tan conflictivo como Dani y tan oportunista como Rodo. En resumen: Álamo y Peris-Mencheta regalan a las butacas un tour de force del que se hablará mucho tiempo y merecidamente.
Y, coronando todo ello, la moraleja que desde la boca de Rodo se queda clavada en la mente del público: cuánto hay que perder para ganar. Una reflexión amarga, honesta y cierta y que conviene no olvidar porque, al fin y al cabo, nos guste o no, lo aceptemos o no, el mundo de Dani y Rodo es el nuestro.
Por todo esto, es lógico que, al apagarse las luces, cuando Dani y Rodo ya no están y vuelven a aparecer Roberto y Sergio, el tenso silencio se quiebre arrasado por una tormenta de aplausos de un público que puesto en pie durante varios minutos no tiene palabras pero sí sobrados motivos para estar muy agradecido por lo que acaba de ver, sentir y pensar.
Decía hace no mucho Sergio Peris-Mencheta en una entrevista que el teatro necesita la verdad del cine. Prueba superada.
viernes, 24 de octubre de 2014
"Perdida": la sociedad deshonesta
Recientemente se ha estrenado "Perdida", la última película del siempre interesante y en ocasiones magistral David Fincher. Un film, basado en el bestseller homónimo de Gillian Flynn (guionista de esta adaptación), que traslada la esencia del noir a un entorno doméstico-matrimonial. Así, a primera vista, "Perdida" cuenta al espectador la resolución de una inesperada e inquietante desaparición de una joven que amenaza con hundir para siempre las vidas tanto de su marido como de sus familiares. Una historia que permite a Fincher demostrar su maestría a la hora de crear atmósferas, jugar con los inevitables prejuicios del espectador y articular giros de guión (por qué lo llaman "giros" cuando quieren decir sorpresas) con los que tensar progresivamente la tensión en las butacas y el interés en las cabezas. No obstante, hay que tener claro que, de no estar dirigida por Fincher ni protagonizada por unos solventes Ben Affleck y Rosamund Pike, "Perdida" no sería distinta en absoluto a esos telefilmes con los que Antena 3 tiene a bien atormentar retinas y neuronas en la sobremesa de los fines de semana. Es decir, que de obra maestra, nada. Igualar esta película con genialidades de Fincher como "Se7en" o "Zodiac" es un crimen. "Perdida" es una película a la que técnicamente no se le puede poner ninguna objección (Fincher y bodrio son incompatibles) pero, más allá de eso, sólo es una película entretenida, como lo fueron "The game" o "La habitación del pánico", por no salirme de la filmografía del director. Por todo esto, no extrañaría que quien vea "Perdida" movido por la expectación y las excelentes críticas que alfombraron su estreno pueda sufrir un ligero chasco.
De todos modos, me parece una película bastante interesante por todo eso que, estando en ella, no responde a su capa más inmediata o superficial. En mi opinión, la trastienda de "Perdida" es mucho más interesante que la película en sí. Un fondo, por cierto, mucho más inquietante que la susodicha desaparición y que podría resumir en cuatro puntos:
* La vida como continua construcción de un relato. Conscientemente o no, nos pasamos nuestra existencia construyendo tanto nuestro propio relato como fabulando o completando el de los demás. Somos permanentes constructores de historias y, a menudo, contadores de las mismas tanto para nosotros mismos como para quienes nos rodean. Contar siempre requiere un interés
previo en hacerlo. ¿Interés en qué? ¿Por qué? Quizás porque, debido a nuestra condición de seres sociales, somos y estamos obsesionados con la necesidad de ser aceptados (incluso por nosotros mismos) y de llamar la atención y, al mismo tiempo, pensamos y actuamos con la urgencia de encajar todo y a todos en un discurso lógico, en un plan previsible, en un puzzle sin huecos. Lo que pasa es que olvidamos que toda historia, como cualquier producto del ingenio, es "sólo" una representación de la realidad y, por tanto, tiene en su esencia un componente de irrealidad, de falsedad, de engaño...y es precisamente por ahí por donde se cuelan las sorpresas y, a menudo, las decepciones y frustraciones. En ese sentido, uno es lo que su historia dice que es. Todo esto se ve en "Perdida" especialmente en el diario de Amy Dunne (crucial), en las actitudes del matrimonio ante los demás y en la propia estructura narrativa del film. ¿He dicho ya que el engaño está íntimamente ligado a la representación?
previo en hacerlo. ¿Interés en qué? ¿Por qué? Quizás porque, debido a nuestra condición de seres sociales, somos y estamos obsesionados con la necesidad de ser aceptados (incluso por nosotros mismos) y de llamar la atención y, al mismo tiempo, pensamos y actuamos con la urgencia de encajar todo y a todos en un discurso lógico, en un plan previsible, en un puzzle sin huecos. Lo que pasa es que olvidamos que toda historia, como cualquier producto del ingenio, es "sólo" una representación de la realidad y, por tanto, tiene en su esencia un componente de irrealidad, de falsedad, de engaño...y es precisamente por ahí por donde se cuelan las sorpresas y, a menudo, las decepciones y frustraciones. En ese sentido, uno es lo que su historia dice que es. Todo esto se ve en "Perdida" especialmente en el diario de Amy Dunne (crucial), en las actitudes del matrimonio ante los demás y en la propia estructura narrativa del film. ¿He dicho ya que el engaño está íntimamente ligado a la representación?
* La apariencia ha sustituido a la identidad: la falsedad como identidad. Muy ligado al punto anterior, es causa y consecuencia simultánea del mismo. Hoy más que nunca vivimos en una sociedad en la que la imagen y el prejuicio han desplazado y marginado a la autenticidad y el argumento. Entre todos hemos construido un paradigma en el que lo que parece, es, y lo que es tiene que corresponderse necesariamente con lo que creemos que es. Así, vivimos en una sociedad de espejos, de fachadas, de persuasión
indiscriminada y continua para sentirnos integrados, para no sabernos desplazados. ¿Por qué? Quizás porque entendemos que exponernos tal y comos somos es algo dañino, peligroso, arriesgado. El miedo a la soledad y/o al daño nos ha convertido en seres mutables, adaptativos, paradójicos, cosméticos. Hemos construido un juego que consiste en travestir la realidad empezando por nosotros mismos. Hemos cedido a los demás, a los otros, la capacidad para darnos significado. Todo esto sería hasta ingenuo de no ser porque todos somos conscientes (y a menudo partícipes) de ello, con lo que hemos transformado las relaciones sociales y nuestra propia percepción en una perversa reyerta de simulaciones que satisfagan nuestros egos y/o anestesien nuestras fobias y complejos. Así nos va...Nuevamente, la actitud del matrimonio protagonista de "Perdida" es muy reveladora tanto entre ellos como con las personas que se relacionan con ellos.
indiscriminada y continua para sentirnos integrados, para no sabernos desplazados. ¿Por qué? Quizás porque entendemos que exponernos tal y comos somos es algo dañino, peligroso, arriesgado. El miedo a la soledad y/o al daño nos ha convertido en seres mutables, adaptativos, paradójicos, cosméticos. Hemos construido un juego que consiste en travestir la realidad empezando por nosotros mismos. Hemos cedido a los demás, a los otros, la capacidad para darnos significado. Todo esto sería hasta ingenuo de no ser porque todos somos conscientes (y a menudo partícipes) de ello, con lo que hemos transformado las relaciones sociales y nuestra propia percepción en una perversa reyerta de simulaciones que satisfagan nuestros egos y/o anestesien nuestras fobias y complejos. Así nos va...Nuevamente, la actitud del matrimonio protagonista de "Perdida" es muy reveladora tanto entre ellos como con las personas que se relacionan con ellos.
* La mediatización y el vaciado social de la identidad: eres lo que los demás creen que eres. Contectado íntimamente con el punto previo. Hoy a nadie le importa lo que eres. Ni se molesta en ir más allá. Vivimos en una sociedad donde hemos transformado el conocimiento, incluso el del otro, en un "fast-food". Tenemos urgencia por encajar, etiquetar y hacer previsibles a los demás sin importarnos en absoluto en corroborar empírica y pausadamente nuestras impresiones; algo en lo que, por cierto, destacan (y para mal) los medios de comunicación, capaces de encumbrar o
hundir, sobreatender o ignorar a la velocidad de la luz. En resumen: vivimos en un mundo donde lo único que importa es el "a priori" y para de contar. Como somos conscientes de todo ello, decidimos jugar con eso y manipular al resto desde la apariencia y el relato que construimos de nosotros mismos con la esperanza de que el resultado nos sea favorable. Nos hemos convertido en nuestro propio producto y la cuestión no es tanto resistirse a eso como decidir quién saca provecho de eso: nosotros o los otros. En "Perdida" todo esto es muy relevante, tanto en la propia dinámica entre la propia historia y el espectador como en la relación de la polícia y los medios de comunicación con el inquietante y sufrido Nick Dunne (Affleck). En ese sentido, es especialmente reveladora la escena en la que se "identifican" a dos marionetas con los Dunne. A buen entendedor..." es ejemplar para ilustrar todo esto que estoy diciendo.
hundir, sobreatender o ignorar a la velocidad de la luz. En resumen: vivimos en un mundo donde lo único que importa es el "a priori" y para de contar. Como somos conscientes de todo ello, decidimos jugar con eso y manipular al resto desde la apariencia y el relato que construimos de nosotros mismos con la esperanza de que el resultado nos sea favorable. Nos hemos convertido en nuestro propio producto y la cuestión no es tanto resistirse a eso como decidir quién saca provecho de eso: nosotros o los otros. En "Perdida" todo esto es muy relevante, tanto en la propia dinámica entre la propia historia y el espectador como en la relación de la polícia y los medios de comunicación con el inquietante y sufrido Nick Dunne (Affleck). En ese sentido, es especialmente reveladora la escena en la que se "identifican" a dos marionetas con los Dunne. A buen entendedor..." es ejemplar para ilustrar todo esto que estoy diciendo.
* El matrimonio como estafa a los otros y como chantaje al otro. O cómo lo que supuestamente era/es la instuticionalización de una relación afectiva se convierte en una herramienta al servicio del interés frío, calculado y egoísta y donde los sentimientos
(buenos) brillan por su ausencia. La conversión del matrimonio en un medio y no en un fin es un error tan grande como habitual. Igual que lo es asociar esta institución o convención social con el amor, la felicidad o la fidelidad. Nada que ver. Y después de ver "Perdida" queda aún más claro.
(buenos) brillan por su ausencia. La conversión del matrimonio en un medio y no en un fin es un error tan grande como habitual. Igual que lo es asociar esta institución o convención social con el amor, la felicidad o la fidelidad. Nada que ver. Y después de ver "Perdida" queda aún más claro.
Por todo ello, creo que esta película es un thriller meramente entretenido pero una crítica tan cruda como interesante de la sociedad en que vivimos.
martes, 21 de octubre de 2014
Dentro y fuera
Rodrigo Rato, ese hombre, ayer mandó una carta interesante al PP. Interesante no porque pida la suspensión temporal de militancia hasta que se asiente la polvareda por las tarjetas negras de Caja Madrid, que también (tiene tela que sea él quien tenga que pedir la suspensión y no los responsables del partido, supuestamente los más afectados por el desprestigio) sino porque afirma "haber actuado siempre dentro de la legalidad".
Sin entrar a valorar si actuó o no dentro de la legalidad, cosa que deberá determinar el juez, lo que es a todas luces innegable es que Rato, como Blesa y el resto de usuarios de las "tarjetas opacas" de la hoy Bankia, actuó fuera de la ética, de la honradez, de la decencia y de la vergüenza. Lo cual plantea el contrasentido de que en el mundo actual o, al menos, en la España de hoy se puede actuar al mismo dentro de la ley y fuera de toda dignidad. Un desafine inquietante que hace cuestionarse qué clase de legalidad es la que puede estar desconectada de la ética y la honorabilidad o qué tipo de ley puede amparar un comportamiento
netamente nocivo contra el bien común. Pero, yendo más allá, si Bankia se ha convertido, escándalo tras escándalo (preferentes, rescate, tarjetas black...), en uno de los mejores exponentes de la miseria humana que en líneas generales define a la clase política, sindical y empresarial de este país, creo que estas declaraciones de Rato son un perfecto ejemplo de cómo la destrucción ética, la corrupción moral, la tolerancia a la excusa y la asimilación de la indecencia como herramienta de realización personal/profesional han disuelto en España el sistema de valores tradicional, aniquilado cualquier atisbo de la "cultura del mérito" y consolidado lo que, por escoger un nombre al azar, podría denominar como el "paradigma Blesa": cuanto más miserable seas como persona, mejor te irá en este país. Porque España está en las antípodas de ser tierra de promisión y modelo ejemplar (si es que alguna vez lo fue). En todo caso, es modelo a
evitar y tierra de mezquindad, de ruina moral; de vaciado de valores; de menosprecio del mérito, la capacidad y el esfuerzo; de alergia a la autocrítica; de excusa como anestesia; de disculpa de la infamia; de alfombras que coronan montañas de mierda; de ausencia de responsabilidad; de picaresca anfetaminada y bombardeada con rayos gamma; de mamoneo descarado; de penalización de la honradez; de "cultura del atajo"; de efervescencia séptica; de la desvinculación con los otros (y por tanto, del bien común). Es, en definitiva, un paraíso de gentuza que sólo deja al individuo dos opciones: ser víctima o ser parte del problema. España da tanto asco que ya no lo disimula ni con hipocresía.
Quizás todo esto se solucionaría apostando por la educación y la cultura, dentro y fuera de las aulas. O reformando el Código Penal y demás leyes, para que fueran algo más que rimbombantes alternativas al papel higiénico. O cerrando Telecinco. O quizás simplemente asumiendo que este país tiene cada vez más de salvaje oeste, de sálvese quien pueda, de zona catastrófica que de un "Estado social y democrático de Derecho" del siglo XXI que se preocupa por preservar el bienestar de cuantos lo integran.
Lo que es indudable es que si antaño la historia de España la escribieron personas como Alfonso X, los Reyes Católicos, el Gran Capitán, Cervantes, Quevedo, Lope o Calderón, hoy la escriben personas como Urdangarín, Pujol, Bárcenas, Blesa, Rato, Belén Esteban o Isabel Pantoja y familia. Toma Marca España.
sábado, 18 de octubre de 2014
"Podemos" superstar
Este fin de semana se está celebrando el congreso fundacional de "Podemos" en Madrid, algo que podría resultar paradójico teniendo en cuenta que esta formación política hizo su debut en las elecciones de mayo con la misma sutileza que Moby Dick, convirtiendo así la noche del 25 de mayo en un punto de inflexión en la historia política española.
El surgimiento y la creciente fuerza de "Podemos", igual que sucede con otro partido en auge como "Ciudadanos", serían impensables fuera del contexto político actual en el que la crisis de legitimidad (ética, política e intelectual) de los dos grandes partidos ha dinamitado la percepción social de los inquilinos de las Cortes así como las tendencias de voto tradicionales. Una crisis que tiene sus cuatro mayores exponentes en el vaciado ideológico del PP y el PSOE, sus trapicheos con "el Otro Gobierno", su total y vergonzosa ausencia de autocrítica a la hora de reconocer y corregir sus errores y su decisiva contribución para consolidar la "mierdocracia", sistema que premia la mediocridad, el gregarismo y la hipocresía en detrimento del talento, la preparación y la honradez. Una crisis que, a pesar de lo que digan las encuestas, no tiene sus principales en víctimas en aquellos que están camino de ver desmantelado su chiringuito (los partidos tradicionales) sino en los ciudadanos, que se han visto arrasados en lo económico (pagando el despropósito de las entidades financieras y las Administraciones Públicas) y ninguneados en lo político (el voto es absurdo en un ambiente en el que los programas y las promesas político-electorales se convertien en papel mojado a la velocidad de la luz). A los partidos tradicionales siempre les quedará su particular París en forma de multinacional (las empresas energéticas, Telefónica, etc) pero ¿y a la gente normal? Pues, parece, que sólo tenemos
dos opciones: emigrar a pastos mejores (más limpios) o votar lo inesperado, lo nuevo, el giro de 180º. Y ahí es donde entran en escena, como decía, tanto "Podemos" como "Ciudadanos". Dos formaciones que se desarrollan abonadas por la descomposición (ideológica, ética y moral) de los partidos tradicionales, que comparten su visión e intención de cambiar la forma de entender y hacer la política y que tienen en la gente, en la ciudadanía, su principal objetivo y capital.
Más allá de este marco o contexto, "Podemos" se caracteriza en mi opinión por lo siguiente:
- Capitalizar el descontento social mejor que ningún otro partido gracias a una estética y un discurso muy afín a ese magma de ciudadanos cabreados con el poder. Es decir, "Podemos" se está convirtiendo en la merecida hostia con la que votantes de todo tipo quieren expresar su agradecimiento a PP, PSOE, IU y demás escombros.
- Utilizar eficazmente redes sociales y medios de comunicación para suplir su falta de recursos. Precisamente, en el ámbito mediático, la propulsión de Podemos sería inimaginable sin la desmesurada atención que le han dedicado y dedican los medios afines al PP (que son por desgracia casi todos) y los propios políticos populares para intentar aniquilar el apoyo electoral a PSOE e IU y, al mismo tiempo, poder articular cuando llegue el momento un discurso del miedo que cohesione, movilice y enajene a los votantes conservadores mejor que cualquier majadería de las babeadas por el inquilino de La Moncloa o por alguna de las ladillas que le rodean. El problema de esta arriesgada estrategia es que quizás, sólo quizás, estén fabricando a Godzilla.
- Hacer populismo renegando al mismo tiempo de ello.
- Tener la habilidad retórica y dialéctica del demagogo, la pasión del arribista y la astucia del oportunista.
Características todas ellas que han convertido a "Podemos" en la "superstar" del panorama político (como demuestra el ambiente hoy en Vistalegre o la encuesta del CIS) y que hace que sea visto como el mesías por algunos, el ragnarok por otros y flor de un día por el resto.
El principal problema que yo le veo a "Podemos" es que si bien sí saben acertar en líneas generales con el diagnóstico (tal y como está el patio, señalar los problemas y a sus culpables resulta algo tan sencillo que lo podría hacer un niño) fracasan en el tratamiento, proponiendo soluciones que oscilan entre el
idealismo ingenuo y el "disparate al estilo suramericano", haciendo que el remedio pueda ser aún peor que la enfermedad (y mira que ésta ya es tremenda...), lo cual viene a demostrar una vez más que es más fácil criticar que corregir. Con esto no quiero decir que su programa sea una puñetera mierda sino que debería ser mínimamente realista puesto que cualquier solución, si quiere ser efectiva y positiva, no debe ser ajena a la realidad. Esto me lleva a pensar, por un parte, que más allá del ruido y la furia, no hay nada (que merezca la pena) y, por otra, que quizás a Podemos o, al menos, a los Catilinas de barriada que lo lideran, no les interese tanto gobernar como el poder: una vocación humana y propia de la política española pero irresponsable y muy inquietante. Si a esto se le añade mi percepción de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero como dos lobos al más puro estilo Robespierre y con un ego tamaño Everest pues...es obvio que no está en mis planes votar a "Podemos", igual que sucede con PP, PSOE y cualquier otro partido que no sea "Ciudadanos".
Lo que es indudable es que "Podemos" tiene un presente efervescente y un futuro dudoso que sólo será despejado por el curso de los acontecimientos, curso que, seguramente, nos traerá un nuevo tiempo político, mejor o peor que el actual. Ya veremos.
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