mengana de turno. Dos, para demostrar que la hipocresía del humano sigue gozando de excelente salud. Y tres, para derrochar agua. Lo que es constatable es que no está sirviendo para ayudar de verdad a atajar esa terrible enfermedad. Porque, por mucha voluntad que se ponga, las enfermedades, como la mayoría de problemas en este mundo, no se solucionan con buenas intenciones ni con brindis al sol. Lo que se necesita para tratar de poner coto o remedio al ELA es potenciar la investigación y eso no se consigue con agua helada ni con vídeos en youtube sino con dinero.
martes, 26 de agosto de 2014
Un cubo para...¿ayudar?
Ha sido la moda del verano: someterse voluntariamente y ante una cámara a ser empapado por el agua helada contenida en un cubo (o similar) y todo ello, supuestamente, como muestra de solidaridad ante la atroz enfermedad de la ELA. Una moda que se ha convertido en un auténtico fenómeno viral online encabezado por famosos de toda índole y nacionalidad y que debe buena parte de su extraordinaria difusión al hecho de que la persona empapada nomina/propone a su vez a otras para que pasen por el mismo reto. Hasta ahí la descripción de esta ordalía retransmitida urbi et orbe.
Vamos ahora con la realidad: esta avalancha de "solidaridad 2.0" no ha ido acompañada en muchos casos de la más que necesaria solidaridad económica; ridículo del que España no se salva (oh, sorpresa). Es decir: mucho paripé, mucha gracieta y a la hora de la verdad, poco o nada. Con lo cual, la iniciativa del "ice bucket challenge" en el fondo está sirviendo básicamente para tres cosas: una, para dar notoriedad al fulano o a la
mengana de turno. Dos, para demostrar que la hipocresía del humano sigue gozando de excelente salud. Y tres, para derrochar agua. Lo que es constatable es que no está sirviendo para ayudar de verdad a atajar esa terrible enfermedad. Porque, por mucha voluntad que se ponga, las enfermedades, como la mayoría de problemas en este mundo, no se solucionan con buenas intenciones ni con brindis al sol. Lo que se necesita para tratar de poner coto o remedio al ELA es potenciar la investigación y eso no se consigue con agua helada ni con vídeos en youtube sino con dinero.
mengana de turno. Dos, para demostrar que la hipocresía del humano sigue gozando de excelente salud. Y tres, para derrochar agua. Lo que es constatable es que no está sirviendo para ayudar de verdad a atajar esa terrible enfermedad. Porque, por mucha voluntad que se ponga, las enfermedades, como la mayoría de problemas en este mundo, no se solucionan con buenas intenciones ni con brindis al sol. Lo que se necesita para tratar de poner coto o remedio al ELA es potenciar la investigación y eso no se consigue con agua helada ni con vídeos en youtube sino con dinero.
En resumen, que hacer el show del cubo helado y luego no traducir ese "apoyo" en donaciones es quedar simple y llanamente como un perfecto imbécil. ¿Por qué exponerse a quedar retratado tan negativamente? Porque en esta sociedad actual hay gente que pierde el sentido común ante la tentación exhibicionista que facilitan las redes sociales, tentación alimentada por otra parte por ese voyeurismo anónimo que permite el mundo online. Dicho de otra manera: a algunos (muchos, demasiados) no les importa quedar como unos capullos hipócritas con tal de que su foto o vídeo compute un total de visitas de varios dígitos. Un egocentrismo tan salvaje y bochornoso que, al menos a mí, me deja más helado que un cubo lleno de agua fresca.
Por eso es muy gratificante encontrar exhibiciones de sentido común como la que demuestra el actor Patrick Stewart en este vídeo. Es lo que tiene usar el cerebro: te evita quedar como un soplapollas.
domingo, 24 de agosto de 2014
Los Sherlock antes de Holmes
Todo el mundo sabe quién es Sherlock Holmes. Casi todo el mundo ha leído alguna de las novelas por él protagonizadas. Muchos habrán visto alguna película o serie de televisión que adapte las aventuras del inquilino del 221B de Baker Street. Bastantes sabrán que el creador de este personaje fue el médico escocés Arthur Conan Doyle. Algunos incluso creerán (como quienes aún hoy le escriben cartas o como más de la mitad de los adolescentes británicos) que se trata de una persona real. Pero muy pocos sabrán identificar los antecesores tanto reales como de ficción del detective más famoso de todos los tiempos.
En cuanto a los precedentes en el mundo de la ficción, el nombre está claro: Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe y que debutó en "Los crímenes de la calle Morgue" (1814, esto es, 73 años antes de "Estudio en escarlata", la obra en la que apareció por primera vez Sherlock Holmes).
Respecto a los hombres reales, el rastro de los Sherlock de
carne y hueso no hay que buscarlo en Londres sino en Edimburgo, Manchester y París. En la primera de esas ciudades, vivieron en el XIX los doctores Joseph Bell (una auténtica eminencia de la medicina, pionero de las ciencias forenses, colaborador de la policía, profesor de Doyle e inspiración confesa de éste a la hora de crear a Holmes) y Henry Littlejohn (cuya influencia también fue reconocida por el autor de "El sabueso de los Baskerville").
carne y hueso no hay que buscarlo en Londres sino en Edimburgo, Manchester y París. En la primera de esas ciudades, vivieron en el XIX los doctores Joseph Bell (una auténtica eminencia de la medicina, pionero de las ciencias forenses, colaborador de la policía, profesor de Doyle e inspiración confesa de éste a la hora de crear a Holmes) y Henry Littlejohn (cuya influencia también fue reconocida por el autor de "El sabueso de los Baskerville").
Así las cosas, no deja de ser curioso cómo la realidad supera la ficción y cómo las influencias ajenas (conscientes o no) juegan un papel decisivo en la creación artística. Porque, sin los Dupin, Bell, Littlejohn, Caminada y Vidocq quizás Sherlock Holmes no hubiera sido como lo conocemos o, simple y llanamante, no habría ni sido. Elemental.
miércoles, 20 de agosto de 2014
La solución Ozymandias
De un tiempo a esta parte, diseminadas entre las noticias que se llevan los grandes titulares, vienen apareciendo informaciones que, las cosas como son, acojonan y bastante (al menos a mí). Noticias que no tienen que ver con guerras, pandemias, salvajadas en nombre del Islam, masacres en nombre Sión, violencia racista, asesinatos varios, abusos de toda índole, etc. Son noticias que, miradas en perspectiva, son aún peores que las que acabo de citar porque supondrán, como mínimo y en el mejor de los casos, la pérdida de millones de vidas. ¿Qué noticias son estas tan funestas y macabras? El agotamiento implosivo del planeta, la sexta extinción masiva, el deshielo irreversible de la Antártida (del que obviamente no se salvará España), la desaparición de las abejas, la tormenta solar que vendrá...Noticias que no son precisamente sensacionalistas, sino que tienen el crudo dramatismo de la frialdad científica. Noticias que por sí solas no serían alarmantes...si viviéramos en un mundo en el que globalmente se actuara de forma responsable, coordinada y previsora. Pero no vivimos en un mundo así. De hecho, buena parte de los problemas actuales y, especialmente venideros, viene porque se ha extendido desde las cúpulas
dirigentes hasta los ciudadanos rasos una conciencia cortoplacista y egocéntrica totalmente despreocupada por el porvenir de quienes ¿heredarán? la Tierra. Si los gobiernos mundiales son incapaces (por negligencia o voluntad) de cauterizar no sólo las guerras, las pandemias y las crisis humanitarias que son el titular nuestro de cada día sino de solventar los problemas internos en sus respectivos países ¿cómo van a poder remediar crisis de nivel planetario?
Así las cosas, con la Humanidad pisando el acelerador hacia la distopía, no puedo dejar de tener una creciente e incesante intranquilidad, como quien ve retraerse al mar momentos antes de
un tsunami. Pero, lo que más miedo me da todo esto es que, cada día que pasa, tengo más claro que la única solución posible pasa por una, si no idéntica, sí muy similar a la planteada por Ozymandias en esa obra maestra llamada Watchmen. ¿Por qué? Porque quizás haga falta una tragedia descomunal para que la Humanidad por fin abra los ojos y evite una tragedia aún mayor. Tiempo al tiempo.
un tsunami. Pero, lo que más miedo me da todo esto es que, cada día que pasa, tengo más claro que la única solución posible pasa por una, si no idéntica, sí muy similar a la planteada por Ozymandias en esa obra maestra llamada Watchmen. ¿Por qué? Porque quizás haga falta una tragedia descomunal para que la Humanidad por fin abra los ojos y evite una tragedia aún mayor. Tiempo al tiempo.
lunes, 18 de agosto de 2014
De perros e hijos de perra
A veces, de un cúmulo de casualidades nace una causa, un motivo, una razón para hacer algo. Como, por ejemplo, escribir un artículo. Estos últimos días se ha celebrado el día internacional de los animales sin hogar. También en estos días he conocido la historias de Birillo (un perro sin pedigrí ni raza definida que murió en Italia al intentar salvar a un niño que se ahogaba), George (un can que transformó a un pobre diablo inglés en un artista emergente) y la de otra mascota perruna que, esta vez en Siberia, ayudó a una niña de tres años a sobrevivir once días en un bosque. E, igualmente, para rematar el capítulo de casualidades, en redes sociales he visto estos pasados días algunas fotografías (las que ilustran este artículo) protagonizadas por perros para las que no hacen falta palabras y que, al mismo tiempo, te dejan sin ellas.
Con todo esto en la cabeza y un nudo en esa garganta que llamamos corazón, he llegado a la siguiente conclusión: la mejor muestra de que el ser humano está más cerca que nunca del hijoputismo y la inutilidad ética y afectiva es el creciente asombro que provocan esos animales de cuatro patas llamados perros. Animales que algunos cretinos tratan con la desconsideración de quien se cree el "rey del mambo" en lo que a seres vivos se refiere. Animales que algunos insconscientes consideran poco menos que juguetes aptos para ser tirados en la calle o en la carretera. Animales que algunos cafres no dudan en ahorcar o fusilar cuando ya no los consideran aptos para la caza. Animales que algunos
mierdas utilizan para descargar sobre ellos o a través de ellos sus complejos y su cobardía. La insensibilidad, como la falta de inteligencia, siempre es un rasgo distintivo de todo hijo de puta. Porque también esos mismos animales son capaces de cambiar (para bien) la vida de quien tienen cerca; de enseñar el significado de palabras y valores que la mayoría de seres humanos se pasa sistemáticamente por el forro; de llenarte de emociones, sentimientos y recuerdos como pocas personas lo harán en toda tu vida. Y todo ello a cambio sólo de atención, alimentos y respeto. Y a veces, hasta ni eso. Es la magia de los perros. Una magia difícil de entender o explicar a quien no ha tenido la suerte de tener uno en su vida. Suerte que, en mi caso, se llamó Sancho.
Pero, dejando aparte el apartado más emocional, creo sinceramente que la sociedad sería mucho mejor o, al menos, iría mucho mejor si quienes la integran y, especialmente, quienes la lideran tuvieran la empatía, la lealtad y la generosidad de esos animales de cuatro patas. ¿Por qué? Porque hemos creado y/o consentido un mundo en el que hacen falta más perros pero donde sobran muchos, desmasiados hij@s de perra.
miércoles, 13 de agosto de 2014
De creatividad y muerte
¿Abre el ingenio las puertas del infierno? La muerte de Robin Williams ha vuelto a sacar a la luz una inquietante conexión entre el mundo de las artes y el suicidio, como si el ingenio, la sensibilidad artística y la autodestrucción (en sentido literal) fueran algo si no consustancial sí más frecuente de lo que podría parecer dado que tenemos numerosos ejemplos de suicidas procedentes del mundo artístico-cultural, ya sea en el campo de la literatura (Mariano José de Larra, Emilio Salgari, Ángel Ganivet, Virgina Woolf, Stefan Zweig, Ernest Hemingway, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Alejandra Pizarnik, Primo Levi, Sándor Márai, Reinaldo Arenas, Hunter S.Thompson, David Foster Wallace...), la música (Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Antonio Flores, Michael Hutchence...), el cine (James Whale, George Sanders, Romy Schneider, R.W.Fassbinder, Heath Ledger, Tony Scott, Philip Seymour Hoffman, Robin Williams...), la pintura (Vincent Van Gogh, Mark Rothko...), la fotografía (Diane Arbus, Kevin Carter...) y un triste y largo etcétera.
Para hablar sobre este tema desde un punto de vista más científico, doctores tiene la Iglesia y artículos tiene Internet (como por ejemplo éste o éste). Así pues, simplemente diré mi opinión personal. Yo creo que es innegable que la sensibilidad artística, ésa que permite crear, pensar y sentir más distinta e intensamente que el común de los mortales, tiene como efecto secundario (o daño colateral) una mayor probabilidad de transitar
los terrenos de la ansiedad, el desánimo, la melancolía y la depresión, antesala todos ellos de lugares mucho más siniestros como la locura, la drogadicción o el suicidio. ¿A qué se puede deber eso?
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas están tan acostumbradas a reconfigurar (profesionalmente) la realidad o a ser los dioses de sus propias ficciones y vidas que creen que la existencia entera o la propia condición humana son maleables o configurables igual que lo es un lienzo, una hoja o una partitura en blanco; error que les lleva al cabreo, la confusión, la frustración o a la negación y el rechazo de la realidad hasta tal punto que se deciden por evadirse de ella radicalmente (mediante el alcohol, las drogas o las adicciones farmacológicas) o irremediablemente (suicidio).
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas al tener una mirada mucho más amplia y profunda no pueden evitar descubrir y mirar el vacío que completa y complementa a la existencia ni ignorar el reverso tenebroso del mundo en que vivimos y de quienes lo habitan. Y ya lo dijo Nietzsche: cuando miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada. Y eso cambia a cualquiera y destruye a muchos.
- Quizás sea porque el propio ejercicio de creación en que se basa cualquier disciplina artística o profesión creativa depende tanto de la existencia de una nada a partir de la cual crear, de un vacío a que rellenar, que los artistas se vuelven adictos a encontrar vacíos y, en algunos casos, acaban por encontrar uno que no son capaces de rellenar, un agujero negro que devora su atención, sus pensamientos, su fortaleza, su cordura y, por último, su propia vida.
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas están tan acostumbrados a trabajar en y desde la soledad y la introspección que, en algunos casos, acaban por vivir como seres ajenos y enajenados y sintiéndose no sólo distintos sino absolutamente distantes, inalcanzables e incomprensibles para cualquier otra persona, negando así cualquier posible estímulo, aliciente o solución externa.
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas, tienen una consciencia sensorial y mental tan colosal que todo les afecta (para bien y para mal) mucho más intensa y decisivamente que al resto de personas: viven más, disfrutan más, sufren más. Y cuando ese sufrimiento supera (para quien sufre)cualquier solución posible...
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas son puro inconformismo y, en algunos casos, ese inconformismo es tan exagerado que nada les inspira suficientemente, nada les vale, nada les motiva satisfactoriamente, nada les llena totalmente, nada les da un sentido que ellos entiendan como aceptable. Y, en ausencia de sentido: el sinsentido y la nada.
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas tienen tanta hambre de vida (de sentimientos y de sensaciones) que, en algunos casos, ni la propia vida acaba por ser suficiente para ellos.
- Quizás sea porque los artistas, los creadores, las personas creativas son tan patológicamente adictos al perfeccionismo que son, en algunos casos, patológicamente alérgicos a la imperfección que suponen los contratiempos y las amarguras consustanciales a la existencia de cualquier ser humano. Alergia que, a veces, acaba por provocarles el más trágico de los shocks anafilácticos...
Sea cual sea el motivo o la casuística, lo cierto es que esa propensión a entrar en barrena que tienen ciertas personas (artistas o no) se debe a un problema de base y cuya solución pasa por comprender y/o aceptar lo siguiente:
- La vida está llena de cosas que no podemos ni entender ni prever ni controlar. Es decir: vivir significa muy a menudo simplemente saber reaccionar.
- Somos seres imperfectos en un mundo imperfecto.
- Los fracasos, las carencias y los problemas son tan consustanciales a nuestra existencia como los éxitos, los momentos de plenitud y las soluciones.
- La vida se define y realza por la muerte de igual manera que la oscuridad resalta la luz.
- Nada dura para siempre: ni lo bueno...ni lo malo.
- Vivir consiste en dejarse sorprender.
- El suicidio es la mayor y más trágica muestra del egoísmo humano y la más estúpida de todas las ideas.
Así pues, ante el suicidio, especialmente de gente brillante y con talento, yo sólo puedo sentir pena...pena porque haya gente prodigiosa incapaz de saber vivir.
martes, 12 de agosto de 2014
Hasta siempre, Robin Williams
Hay mañanas en las que te despiertas en un desierto de viento y nada. Hay mañanas en las que tus ojos se tornan remolinos de aullido y grito. Hay mañanas en las que el mundo ha perdido los colores y todo se vuelve luto y sombra. Hay mañanas en las que todo se detiene justo antes de descarrilar. Hay mañanas en las que te levantas sin palabras en la boca ni expresión en el rostro. Hay mañanas en las que amaneces con algo que te hiela la sangre. Pocas, pero las hay. Hoy es una de esas mañanas.
La muerte de Robin Williams no sólo supone la pérdida de uno de
los actores más carismáticos, versátiles y talentosos sino también la desaparición de, al menos para mí, un auténtico icono. Icono, sí. Y lo fue y lo será siempre por tres motivos: por el innegable ingenio que le permitía ser camaleónico; por su extraordinaria habilidad tanto para alegrar como para conmover y por su propensión a formar parte esencial de películas que se quedan clavadas en el corazón y la memoria: El mundo según Garp; Good morning, Vietnam; El club de los poetas muertos; Despertares; El Rey pescador; Toys; Señora Doubtfire; Jumanji; Una jaula de grillos; Jack; Hamlet; El indomable Will Hunting, Patch Adams; Insomnio...
Ahora mismo debería recurrir a la "templanza" que da saber que todos vamos a morir algún día y no dejarme llevar por la pena ni por la rabia. Pero cuando se trata de Robin Williams si antes no
me importaba dejarme llevar gracias a él por las emociones y los sentimientos, hoy no haré una excepción. Y sí, todos morimos. Pero hay personas que se merecen la muerte más que otras. Y, francamente, alguien que dedicó buena parte de su vida a alegrar y/o inspirar la vida de millones de desconocidos en todo el mundo no es que se merezca precisamente morir. La muerte nunca es injusta pero hay ocasiones en las que puede ser una perfecta hija de la gran puta.
Sea o no un suicidio, la muerte de Robin Williams es un billete de ida a la desolación. O yo así lo pienso y siento. Y, además, llueve sobre mojado: en febrero también murió uno de los actores que yo más admiraba y apreciaba: Philip Seymour Hoffman. Hoy como entonces, el mundo tiene mucho talento menos. Es lo que pasa
cuando desaparece un genio: hay un motivo menos para sonreír y un motivo más para recordar.
No tengo ni la mente ni el ánimo necesarios para escribir, así que ya acabo. Eso sí: me queda el consuelo de poder seguir disfrutando con sus magníficas películas y sus imborrables personajes. Así que, por todo ello, gracias, Robin Williams. Gracias, Garp, Adrian Cronauer, Malcolm Sayer, Parry, Peter Banning, Leslie Zevo, Daniel Hillard, Alan Parrish, Armand Goldman, Jack Powell, Sean Maguire, Walter Finch. Gracias, profesor Keating. Hasta siempre, capitán.
viernes, 1 de agosto de 2014
Estamos bien jodidos
Hay recuerdos y lugares que es mejor dejarlos varados en la infancia. Hay recuerdos y lugares que sólo conservan su magia y esencia en la mirada ingenua, grandilocuente y complaciente de un niño. El Zoo es uno de esos recuerdos. El Zoo es uno de esos lugares.
Conforme avanzaba hacia la entrada del recinto, la algarabía y el hormigueo multicolor de los visitantes insuflaban la pretensión de revivir un sueño, de colorear una foto en blanco y negro, de retroceder en el tiempo para reencontrarse con el asombro perdido, de darse de bruces con el cachorro que una vez fue. La magdalena de Proust convertida en un parque zoológico. Enredado en expectativas y nostalgias, los pasos me llevaron mecánicamente hasta la cola de la taquilla. Arriba, el sol de julio encendía los colores y abrillantaba las frentes.
Con la entrada ya en la mano y la ligera sospecha de que el Zoo había cambiado el romanticismo por el capitalismo, comencé a deambular, rodeado de familias arrastradas por niños que llameaban sorpresa y gritaban como groupies. En esos primeros metros e instantes, lo más llamativo no fueron los animales o quizás "no esos animales" sino varios de los que caminaban sobre dos piernas y se hacen selfies, seres vivos que daban una nueva dimensión a la palabra "vulgar": padres cretinos y madres gañanas con vástago/s a juego. A los niños se les perdona. A los que les parieron no. Riñoneras imposibles, gafas de sol modelo afterhour, chanclas de hortera sin playa, camisetas dañinas para la retina, nikis que realzaban barrigas y tetas flácidas, sobacos lustrosos, bocas centrifugando chicles, voces molestas como el chillido de un cerdo en la matanza...Bienvenidos al zoo, la vida en estado salvaje. Era fácil querer centrarse sólo en los animales que había al otro lado de las vallas. Fácil e higiénico para los sentidos.
Según fueron pasando los minutos, los letreros rimbombantes y las especies, la ilusión se desvaneció como lo que siempre fue: un espectro, un eco, un espejismo, un engaño. En su lugar, emergió la realidad con toda su crudeza, con toda su capacidad frustante, con toda su voluntad de abrir ojos y despertar conciencias porque lo cierto es que el Zoo, más que un lugar donde maravillarse asomándose a la vida salvaje y olvidarse de la ciudad y creerse en África, la Antártida, Alaska o el Amazonas, se reveló como un lugar con el ¿encanto? decrépito de una residencia de ancianos o, si se prefiere, de una prisión al aire libre y de look postapocalíptico en la que poder contemplar a animales que, en el
mejor de los casos, habían olvidado cómo era la vida en libertad: animales confinados, animales resignados, animales que respiraban pero carentes de vida, animales vaciados de cualquier sentido, animales naufragados en un laberinto de hormigón, animales a los que les habían cambiado un destino por otro. Así las cosas, por mis ojos pasaron cabras con síndrome de abstinencia, rinocerontes sin cuernos pero con el entusiasmo de un desempleado, tigres tomando el sol como jubilados en Benidorm, leones durmiendo la siesta a las doce de
la mañana, bisontes con el aspecto de un adicto al crack, hipopótamos a los que les habían cambiado un río por una charca, jirafas en modo photocall, elefantes anquilosados por la apatía, chimpancés hasta los huevos de visitas, águilas reales cuyo cielo azul era una reja de color negro, mandriles misántropos, osos pardo completamente aburguesados pidiendo comida como aristócratas caídos en desgracia, tiburones en bucle, lobos tirados por el suelo como yonquis...
Es curioso cómo nos dejamos llevar por la sugestión. Somos consumidores de eufemismos. Somos maestros a la hora de tolerar algo que está mal sólo porque es "nuestra" cagada. Somos especialistas en travestir lo desagradable, en ningunear lo que nos recrimina con el dedo y en acostumbrarnos a lo que no tiene nada de natural, sano o lógico. Y lo somos porque somos culpables de ello, partícipes de nuestra propia mediocridad, responsables de nuestro fracaso como especie dominante. Y el Zoo es una buena muesta de ello porque, romanticismos aparte y nostalgias naif al margen, el Zoo no es...
- Una "experiencia de la naturaleza o de lo natural" sino una "vivencia de lo artificioso y de lo forzado".
- Una oportunidad para disfrutar de animales salvajes sino para observar animales enjaulados.
- Una ventana al mundo en que vivimos en toda su plenitud sino un muestrario de los jirones en los que lo estamos convirtiendo.
- Un ejemplo de cómo el ser humano está ayudando a la conservación de la fauna sino el máximo exponente de su fracaso en tal empeño.
De regreso ya a las taquillas, con la mañana tan finiquitada como la nostalgia, en mi cabeza se había enmarañado la mirada fugaz pero intensa de un gorila. Una mirada que seguramente para él no significara nada en absoluto pero cuya profundidad removió algo en mí. Una bofetada a la conciencia. Una mirada que me hizo cuestionarme quién estaba más jodido: si los animales a un lado de la jaula o los que estaban al otro. Con el Zoo, su decadencia travestida, su cacofonía multicolor y su felicidad sugestionada ya a mis espaldas, supe la respuesta a esa mirada: estamos bien jodidos.
viernes, 25 de julio de 2014
Israel vs Palestina: el bucle de la vergüenza
El mundo actual tiene bastantes motivos para avergonzarse, pero éste es uno de los principales, por lo reiterado en el tiempo, por la ausencia de solución y por la cantidad de víctimas inocentes.
Que Israel y Palestina se líen a hostias no es noticia en tanto que novedad. Como no es nuevo que desayunemos, comamos o cenemos con imágenes que gotean sangre. Como no es tampoco nuevo que la comunidad internacional demuestre su hipocresía e ineficacia a la hora de resolver un conflicto que, dicho sea de paso, es culpa suya. Y lo es por lo siguiente:
- Que Israel o el estado judío o la nación judía o el pueblo judío o "el pueblo errante" o el "pueblo elegido" o como se quiera denominar a los descendientes de Jacob haya explotado en su provecho y de manera oficial, consciente y repugnantemente victimista las injusticias y las inexcusables atrocidades que han sufrido los judíos a lo largo de la Historia es una cosa "respetable" (para quien tenga estómago para eso, claro). Igual que es "respetable" el hecho de que los judíos actúen sistemáticamente como un auténtico lobby gracias a su evidente expansión migratoria, su ascensión en la escala social y al poderío económico (los directivos y accionistas de las principales empresas multinacionales y bancos que cotizan en el Dow Jones de Wall Street son mayoritariamente de origen judío) amasado durante siglos desde que comenzaron a forrarse como prestamistas allá por finales de la Edad Media. De todo esto no tiene la culpa la comunidad internacional; allá los judíos con su ética y su moral. Pero de lo que sí tiene la culpa la comunidad internacional es de sufrir/inducirse un descomunal complejo de culpa totalmente anacrónico (en el mejor de los supuestos) del que se lleva aprovechando Israel durante décadas de forma cada vez más mezquina. Igual que también es culpa de la comunidad internacional (con Estados Unidos a la cabeza) ceder y/o alentar ese chantaje emocional y económico con tal de contentar a los hijos de David. La comunidad internacional cedió a ese chantaje cuando su solución al sionismo, a la diáspora y a la aliyá fue una sucesión de cagadas (en la primera mitad del pasado siglo) que tuvieron como finalidad poner en el mapa geográfico y político a la "Tierra de Israel". Un cúmulo de despropósitos que comenzaron con el Mandato británico de Palestina, siguieron con el Plan de las Naciones Unidas para la Partición de Palestina y que culminaron con la creación de un estado judío independiente en medio de un avispero árabe. Brillante. ¿No había otra forma de conciliar las reclamaciones histórico-religiosas de los judíos con la realidad? ¡¿No la había?! Pero aún más brillante fue la total ausencia de tacto demostrada por la comunidad internacional no ya creando artificial y forzosamente ese estado (cumpliendo así aquello de la "tierra prometida") sino generando y/o permitiendo un trato discriminatorio hacia los anteriores y legítimos pobladores de aquellas tierras: los palestinos. Por ejemplo: ¿Por qué se perdió el culamen por fomentar y reconocer a Israel como estado independiente y en cambio hacer lo propio con Palestina está a la espera de que el cielo se vuelva verde y los cerdos rompan la barrera del sonido? Pero la culpa de la comunidad internacional no acaba en esta chapuza sino que aumenta hasta la vergüenza más absoluta al ceder nuevamente al chantaje israelí-judío cuando consiente o incluso justifica (véase EEUU) el terrible "bullying" judío y que consiste en lo siguiente: amparándose en "represalias" legitimadas por inexcusables actos terroristas palestinos, perpetrar masacres indiscriminadas utilizando el ejército nacional israelí. Es decir, que su argumento se basa en la manida "legítima defensa", pero...bombardear un hospital, un refugio o una zona netamente civil no encaja precisamente ni con el concepto de "autodefensa" ni con una operación militar antiterrorista...Es curioso y repugnante al mismo tiempo cómo los cazados han pasado a ser furibundos cazadores. No impedir esto, no acotar la prepotencia israelí, no poner a Israel en su sitio, no partirle la cara diplomática, económica y militarmente a Israel por matar moscas a cañonazos es uno de los principales motivos por los que habría que disolver la ONU, la UE y demás soplapolleces internacionales.
- Que Palestina entienda que el único remedio para reivindicar sus pretensiones o defender su integridad pasa por consentir el terrorismo yihadista (el éxito de Hamás es muy revelador en este sentido) no es culpa de la comunidad internacional.
No hay nada ni en el cielo ni la tierra que justifique el terror y la muerte. Repito: nada. Pero sí es culpa de la comunidad internacional que los palestinos tengan esa sensación de desamparo, de ninguneo, de agravio comparativo, de discriminación. Y lo es porque la comunidad internacional lleva décadas dando argumentos para el cabreo palestino (ojo que digo cabreo y no terrorismo) con su lentitud, tibieza, hipocresía, permisividad, negligencia y cobardía. Empezando porque, como decía antes, la comunidad internacional (primero a través de la Sociedad de Naciones y luego de su sucesora la ONU) tuvo la infeliz idea de crear el Estado de Irsael en territorio legítima y netamente palestino. Una demencial cagada equivalente a echar a una familia de su vivienda al ser ésta reclamada por los descendientes de un antiguo propietario fundamentando tal pretensión en que "aquí hace muchos años vivió mi abuelo". Sustituyendo "vivienda" por "territorio", "años" por "siglos"
y "abuelo" por "antepasados" se obtiene (de manera resumida y tosca pero entendible) la raíz del conflicto. Lo normal y lógico es que el personal se mosquee. Si, aparte de eso, ven que nadie hace nada por evitar que los israelíes hagan con los palestinos algo no muy distinto a lo que Hitler hizo con los judíos, lo más natural es que cunda
la desesperación, se apaguen los cerebros y tomen los mandos las vísceras. ¿Le importa todo esto a la comunidad internacional? A la vista de los resultados, no demasiado o, al menos, no lo suficiente. Y luego habrá quien se extrañe de que allí arraige el sentimiento antioccidental radical...Yo no sé si Occidente es el "gran Satán" pero desde luego, en este tema, se está comportando como el "gran gilipollas".
No obstante, la solución a este infierno no sólo está en las manos de la comunidad internacional sino también en las de Israel y Palestina. La desgracia de todo esto es que hay gente en uno y otro bando/estado que no quiere la paz porque utiliza esto para
medrar o justificarse. Es decir, que hay gente (o gentuza, por decirlo claramente) israelí (ej: el Likud) y palestina (ej: Hamás) a la que poner fin a esto no les interesa porque si no se les acabaría el chollo político, el índice de popularidad o el negocio del terror. Algo bastante vomitivo pero real. Por eso no extraña que las siempre frágiles y escasas treguas se rompan unilateralmente por parte de unos u otros. Hay escoria a la que no le importan los muertos, ni siquiera si son suyos. Hay escoria que sólo se preocupa por avivar el odio, por chapotear en la muerte y la destrucción. Y ésa, en el fondo, es la auténtica tragedia del conflicto entre Israel y Palestina: hay más gente dispuesta a mantener el caos que a establecer la
concordia. La paz no interesa a quienes han hecho que su éxito o su vida sólo tenga sentido en torno a la aniquilación y la rabia. En resumen, el trasfondo de todo este horror está lleno de intereses (políticos, económicos, religiosos, militares, armamentísticos...) poco o nada compatibles con una solución pacífica y aceptable para todas las partes implicadas.
medrar o justificarse. Es decir, que hay gente (o gentuza, por decirlo claramente) israelí (ej: el Likud) y palestina (ej: Hamás) a la que poner fin a esto no les interesa porque si no se les acabaría el chollo político, el índice de popularidad o el negocio del terror. Algo bastante vomitivo pero real. Por eso no extraña que las siempre frágiles y escasas treguas se rompan unilateralmente por parte de unos u otros. Hay escoria a la que no le importan los muertos, ni siquiera si son suyos. Hay escoria que sólo se preocupa por avivar el odio, por chapotear en la muerte y la destrucción. Y ésa, en el fondo, es la auténtica tragedia del conflicto entre Israel y Palestina: hay más gente dispuesta a mantener el caos que a establecer la
Por eso, en todo este asunto, la objetividad y el realismo conducen necesariamente a una actitud pesimista. Dudo mucho que esto acabe a corto o medio plazo. Y lo dudo porque actualmente hay demasiada gente que no sabe o no quiere poner fin a este sangriento círculo vicioso; que no sabe o no quiere romper este bucle de la vergüenza. Son mayoría las personas dispuestas a justificar y/o consentir las barbaridades de unos o de otros. Bonito mundo éste.
Lo único que tengo claro es que quienes asesinan no se merecen vivir, ya recen a Yahvé o a Alá...igual que no se merecen vivir quienes, pudiendo evitar todo esto, no lo hacen.
Por último, quiero dejar clara una cosa: con este artículo no estoy queriendo decir que el hecho de ser judío o tener la nacionalidad israelí signifique automáticamente ser un cabrón y/o un asesino o un terrorista de Estado ni tampoco que el hecho de ser palestino implique sí o sí ser un oso amoroso: la nacionalidad o la religión no te hacen mejor o peor persona. Lo que sí quiero decir con este artículo es que hay un gravísimo problema por el que han muerto y están muriendo cientos de inocentes (entre ellos, no pocos niños), un problema creado y consentido por la inutilidad e hipocresía de la comunidad internacional y en el que Israel como país está actuando de una forma indiscriminada, desproporcionada, abusiva y, por tanto, completamente indefendible. En definitiva, con este artículo lo que quiero decir es: ¡basta ya de esta matanza sin sentido!
martes, 22 de julio de 2014
Vladimir, hijo de Putin
Sea por resucitar el Imperio Ruso, recomponer la URSS, crear la Unión Euroasiática o por tocar las maracas, lo cierto es que el hijo de Putin de nombre Vladimir hace mucho tiempo que se postula como el gran villano de esa opereta que es la comunidad internacional, lo cual tendría su punto gracioso...si no hubiera muertos de por medio. Y como los hay, y muchos, lo de Putin no tiene ni un pase.
Ya sea por sus obscenos vetos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidades (tan obscenos, por cierto, como los que se marca EEUU a la hora de proteger a sus colegas israelíes), por su irritante "quietismo", por su tiránica forma de gobernar a los suyos, por sus provocadoras acciones o por los numerosos y turbios asuntos con los que se le relaciona, Putin se ha ganado a pulso ser considerado un enajenado peligroso; algo lógico, por cierto, si tenemos en cuenta que sus escasos aliados internacionales (China, Siria, Venezuela, Corea del Norte...) están todos como para encerrarlos en Arkham y tirar la llave. Putin se ha esforzado en los últimos lustros en que su nombre sea sinónimo de problemas, de pelo erizado, de alerta roja, de tiburón blanco veraneando en Benidorm. Así las cosas, no es nada inusual que las palabras "Putin" y "muertos" aparezcan en la misma noticia. Y él, tan contento(supongo, claro, porque con esa expresión glacial que gasta el tipo cualquiera sabe).
Así las cosas, con esa vocación de "mosca cojonera mundial", Putin ha conseguido poner nuevamente en el candelero a Rusia, después de pasarse años recogiendo los dientes tras la hostia del hundimiento de la URSS. Gracias a él, Rusia vuelve a estar de moda...pero para mal. Basta tirar de hemeroteca para darse cuenta de que hallar una noticia positiva en la que aparezca citada Rusia resulta tan sencillo como encontrar vida inteligente en el plató de Mujeres, hombres y viceversa.
De todos modos, lo más llamativo de todo esto no es esa actitud
tan de matón de serie B, tan de niño malcriado tocapelotas que exhibe Putin en plan "pa chulo mi pirulo" sino que nadie le haya parado los pies. Y por pararle los pies no me refiero a esos cachetitos de abuela que son las sanciones económicas, diplomáticas y demás soplapolleces. Hablo de pararle las pies como se hizo con otro "colgao" que hace no mucho tiempo también soñó con reverdecer laureles a costa del resto del mundo y de nombre Adolf.
¿Por qué nadie ha puesto en su sitio a este terminator de los Urales? ¿Por qué le permiten pasarse por el forro a todo y a todos? ¿Por qué sigue haciendo lo que le sale de sus huevos rusos? Por varios motivos:
- Por la completa inutilidad de organizaciones como la ONU o la Unión Europea; dos sandeces creadas tras la 2ª Guerra Mundial para alimentar la ingenuidad de unos pocos y el bolsillo de unos cuantos burócratas y diplomáticos. Decir que no sirven para nada es quedarse muy corto. Bueno, miento: servir, sirven para algo: para hacer el ridículo y perder el tiempo.
- Por el poderío económico ruso; un poder asentado en el blanqueo de las mafias post-URSS y en la exportación del petróleo y el gas y que permite a Rusia tener cogidos por la entrepierna a una buena parte de los países con capacidad para "hacer algo". Y por eso estos países que de cara a la ciudadanía "hacen como que" al final acaban por dejarlo estar (a Putin) porque necesitan los drublos rusos, el petróleo ruso, el gas ruso...Se han vuelto "rusodependientes" aunque no tengan coraje para decirlo ni neuronas para salir de esa tóxica dependencia.
- Por la cobardía de la comunidad internacional; el miedo a iniciar un conflicto bélico de consecuencias imprevisibles atenaza a muchos mandatarios mundiales que prefieren sustituir misiles por papeles. Reflexión: si antaño los países se hubieran dejado esclavizar por ese pánico, hoy en Jerusalén se estaría brindando con cerveza alemana. ¿Me explico? Pues eso.
Así las cosas, Putin, que de tonto tiene lo mismo que de negro, ha sabido perfectamente explotar a su favor la inoperancia, la dependencia y el miedo de la comunidad internacional para tirar por la calle del medio y hacer lo que le venga en gana porque está totalmente convencido de que nadie le va a parar...y la realidad le sigue dando la razón: Le pese a quien le pese, lo de Putin es una violación consentida.
Por tanto y por desgracia, el problema del hijo de Putin que preside Rusia sólo lo va a solucionar una cosa: la biología humana.
domingo, 20 de julio de 2014
De simios y hombres: "El amanecer del planeta de los simios"
Este fin de semana se ha estrenado en España El amanecer del planeta de los simios, secuela del reboot (ojo al mix de conceptos) de una de las sagas más icónicas de la ciencia-ficción cinematográfica. Situada diez años después de los hechos de la película de 2011, la trama se centra en mostrar cómo se esfuma el sueño de una convivencia pacífica entre los simios evolucionados y los humanos diezmados al tiempo que se precipita un conflicto bélico total del que este film es sólo el principio.
Tras verla sólo puedo decir que esta película, dejando al margen algunas deficiencias en el guión (la eliminación de algunas transiciones que serían necesarias para reforzar la "verosimilitud" de algunos hechos y el uso de licencias que bordean o incurren en el "error primatológico"), es un ejemplo de que la vocación de taquillazo (o blockbuster) no está en absoluto reñida con la hondura dramática. Y es que, más allá de las espectaculares escenas de acción, de la magistral recreación digital de las distintas especies de simios y del fenomenal trabajo de Andy Serkis (¿para cuándo el merecido Óscar?), El amanecer del planeta de los simios ahonda bastante bien (en forma
y fondo) en aspectos más propios de una película dramática: el funcionamiento de las comunidades (esto es, los engranajes sociales), los vínculos familiares, la relación padre-hijo, la actitud ante el cambio, el problema de la confianza, la valentía ante el dilema, la dialéctica entre contrarios como motor del desarrollo (personal y social), los problemas de comunicación-entendimiento, la actitud ante el error (propio), el significado del liderazgo, la ética en un contexto de conflicto, la madurez como aprendizaje a partir del fracaso...son varios los asuntos de interés dramático que aborda esta película bajo el ruido y la furia consustanciales a una película de este porte tan espectacular y comercial.
y fondo) en aspectos más propios de una película dramática: el funcionamiento de las comunidades (esto es, los engranajes sociales), los vínculos familiares, la relación padre-hijo, la actitud ante el cambio, el problema de la confianza, la valentía ante el dilema, la dialéctica entre contrarios como motor del desarrollo (personal y social), los problemas de comunicación-entendimiento, la actitud ante el error (propio), el significado del liderazgo, la ética en un contexto de conflicto, la madurez como aprendizaje a partir del fracaso...son varios los asuntos de interés dramático que aborda esta película bajo el ruido y la furia consustanciales a una película de este porte tan espectacular y comercial.
Así, conforme avanza la película, el espectador acaba por llegar
a la misma conclusión a la que llegan por separado el simio César (Andy Serkis) y el humano Malcolm (Jason Clarke), los dos grandes protagonistas de El amanecer del planeta de los simios: simios y hombres se parecen bastante, quizás hasta el punto de que se podría afirmar que, al menos en esta película, la diferencia entre unos y otros es meramente genética. Simios y hombres: primates en lo bueno y primates en lo malo.
En resumen: quien crea que este film se reduce a unos cuantos monos haciendo el ídem está en un error. No sólo porque, como
secuela mejora en todo a su predecesora (incumpliendo así aquella norma de "segundas partes nunca fueron buenas") sino también porque es una película bastante notable en cuanto a calidad técnica y capacidad para entretener y sorpresivamente interesante por su habilidad para conmover y hacer pensar. En este sentido, la gran moraleja de El amanecer del planeta de los simios es que, por encima de ideales, banderas, recursos, patrimonio intereses, gloria o venganza, la razón última por la que luchamos tanto en la vida como en el campo de batalla son "los nuestros" o como diría César: Hogar. Familia. Futuro. Así que, si se trata de elegir bandos, yo escojo luchar junto a quienes están dispuestos a darlo todo por sus seres queridos, por quienes les hacen sentir vivos, por quienes dan un sentido a sus vidas, por quienes confían en ellos, por quienes les hacen felices: Yo sigo a César.
viernes, 18 de julio de 2014
El empleado número 4376
Después de pasar por el arco
antimetales, validar inalámbricamente su tarjeta, superar el escáner de retina
y conseguir aguantar el tacto rectal sin poner cara de “Por ahí no, gracias”, el
empleado número 4376 entró en el edificio de oficinas como cada mañana en los
últimos diez años. En el ascensor, de camino a la séptima planta, bajo un
narcótico hilo musical, el empleado número 4376 intentó vaciar su mente de
cualquier cosa que pudiera entorpecer su trabajo: hipoteca, rubias con pecho
natural y las palabras “orgullo” y “dignidad”, como cada mañana en los últimos
diez años. Planta 7. Abriendo puertas. Caminó cuarenta y cinco pasos y medio hasta su puesto con la
discreción ninja de una monja mientras su mirada araba una moqueta de azul
desvaído con tantos gérmenes y tan antiguos que tenían sus propios cantares de
gesta. Al paso de sus mocasines, veinticuatro cámaras de seguridad se giraron
como si Charlize Theron hubiera entrado en un penal mientras las miradas del
resto de personal afloraban por encima de los monitores con el disimulo de un
hombre-orquesta, como cada mañana en los últimos diez años. Encendió el
ordenador, se cercioró de estar correctamente peinado, introdujo la
contraseña número uno, se colocó sus gafas de concha negra, introdujo la
contraseña número dos, comprobó que su aliento olía a "menta ventisca glacial",
introdujo la contraseña número tres y ya pudo empezar a trabajar, como cada
mañana en los últimos diez años. Welcome to the Matrix. Después de tres títulos
universitarios, dos cursos superiores y un máster, el empleado número 4376 había
encontrado su lugar en el mundo como "técnico analista de fluctuación cuantitativa
en tiempo real de tráfico online en el portal corporativo", es decir, se
dedicaba a contar el número de visitas que recibía la web de la entidad
sin ánimo de lucro (excepto para sus directivos) en la que trabajaba desde que
un buen día decidió probar suerte en un lugar en el que no se habrían adentrado
ni Ulises con sus amigos ni Dante con Virgilio ni Rambo son sus flechas. Un lugar en el que ni la luz, ni el aire ni la propia naturalidad eran naturales. Un lugar en el que tres mil cien hombres y mil doscientas setenta y seis mujeres trabajaban con la mecánica alegría de quienes antaño remaban en galeras. Un lugar cuyo ambiente era tan sano que hacía que El paraíso perdido pareciera Woodstock. Un lugar en el que los seres humanos se dividían en dos castas: los cabrones que mandan y los sumisos que obedecen. Un lugar en el que el síndrome de Estocolomo era una buena alternativa a quemarse a lo bonzo o a saltar desde la azotea. Un lugar en el que las copas de Navidad provocaban el vómito antes de que cualquier mojara su lengua en alcohol. Un lugar que recomendar a tus peores enemigos. Un lugar contra el que sólo había dos vacunas posibles: la lobotomía o el desempleo.
Tres horas y cinco visitas a la web más tarde, llegó la hora del
café. Estampida. La conquista del Oeste bajo luces alógenas. La cafetería como el Dorado. Pero él no: el empleado número 4376 seguía en su puesto, como si fuera el vigía encargado de avisar de cualquier incursión de alienígenas seguidores de Charles Manson. No pasarán. Sus ojos permanecían atentos a la pantalla, listos para detectar cualquier cambio que elevara a seis el número de visitas de la web. Mientras, en el abrevadero de cafeína, sus compañeros de trabajo seguían tejiendo cotilleos, quejas y leyendas urbanas a la velocidad de la luz. Veinte minutos más tarde, el aire de la oficina volvió a llenarse de dedos que martilleaban teclados y teléfonos que ululaban como dragqueens en primavera. Y el empleado número 4376 seguía ahí, con sus cinco visitas, su web de mierda y su cara de nerd caído en desgracia. Una hora más tarde, la vejiga del empleado número 4376 amenazaba riada y se levantó en dirección al baño, mientras sus compañeros de oficina cuchicheaban a su paso. Cuatro segundos antes de alcanzar la Meca alicatada donde peregrinan los sufridos seguidores del retrete, la puerta de la directora de departamento se abrió y le engulló como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Reunión urgente. Urgente no es sinónimo de rápida. Tampoco de eficaz.
Dos horas y media más tarde, el empleado número 4376 salió del despacho de su jefa con una idea muy clara: su jefa tenía que cambiar la medicación, visto que la medicación no le cambiaba a ella: alguien tenía que ganar aquella batalla. Por fin, llegó al baño y puso en marcha el aspersor de orina. Volvió a su puesto, dejando un un reguero de comentarios en el que “despido” era trending topic. Cinco visitas.
A la hora de la comida, todos los morlocks se marcharon. Todos menos el empleado número 4376, que seguía en su puesto. Las cámaras de seguridad le observaban con el detenimiento con el que un adolescente mira un vídeo porno. Cinco visitas. De pronto, su teléfono móvil vibró. “Casa”. Una gota de sudor hizo rafting por su frente. Dilema: Cumplir con su trabajo o hablar con su mujer. Inspiró.
Tres horas y cinco visitas a la web más tarde, llegó la hora del
café. Estampida. La conquista del Oeste bajo luces alógenas. La cafetería como el Dorado. Pero él no: el empleado número 4376 seguía en su puesto, como si fuera el vigía encargado de avisar de cualquier incursión de alienígenas seguidores de Charles Manson. No pasarán. Sus ojos permanecían atentos a la pantalla, listos para detectar cualquier cambio que elevara a seis el número de visitas de la web. Mientras, en el abrevadero de cafeína, sus compañeros de trabajo seguían tejiendo cotilleos, quejas y leyendas urbanas a la velocidad de la luz. Veinte minutos más tarde, el aire de la oficina volvió a llenarse de dedos que martilleaban teclados y teléfonos que ululaban como dragqueens en primavera. Y el empleado número 4376 seguía ahí, con sus cinco visitas, su web de mierda y su cara de nerd caído en desgracia. Una hora más tarde, la vejiga del empleado número 4376 amenazaba riada y se levantó en dirección al baño, mientras sus compañeros de oficina cuchicheaban a su paso. Cuatro segundos antes de alcanzar la Meca alicatada donde peregrinan los sufridos seguidores del retrete, la puerta de la directora de departamento se abrió y le engulló como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Reunión urgente. Urgente no es sinónimo de rápida. Tampoco de eficaz.
Dos horas y media más tarde, el empleado número 4376 salió del despacho de su jefa con una idea muy clara: su jefa tenía que cambiar la medicación, visto que la medicación no le cambiaba a ella: alguien tenía que ganar aquella batalla. Por fin, llegó al baño y puso en marcha el aspersor de orina. Volvió a su puesto, dejando un un reguero de comentarios en el que “despido” era trending topic. Cinco visitas.
A la hora de la comida, todos los morlocks se marcharon. Todos menos el empleado número 4376, que seguía en su puesto. Las cámaras de seguridad le observaban con el detenimiento con el que un adolescente mira un vídeo porno. Cinco visitas. De pronto, su teléfono móvil vibró. “Casa”. Una gota de sudor hizo rafting por su frente. Dilema: Cumplir con su trabajo o hablar con su mujer. Inspiró.
- Hola. ¿Qué tal?
- ¡Hola! ¿cómo estás?
- Bien, todo bien. Ya sabes, mucho lío.
- ¿Vendrás pronto esta tarde?
- Me encantaría. ¿Por qué?
- Me gustaría que me ayudaras a escoger el color de
unas cortinas que he visto.
- Haré todo lo posible por salir pronto.
- ¿Estás liadísimo, no?
- Un poco…estamos inmersos en una campaña y hay muchos
nervios.
- ¿Qué campaña? ¿La de la cerveza coreana?
- No, esa no. Otra.
- Bueno, tú tranquilo, mi vida. Eres el mejor publicitario
de España.
- Publicista.
- Eso. Publicista, pero tranquilo, cariño, saldrá todo
bien.
- Oye, te tengo que dejar, ¿vale? Tengo jaleo.
- ¡Ánimo! Un beso. Hablamos luego.
Cuando todo el mundo regresó
envuelto en olor a fritanga y puchero, el empleado número 4376 seguía ahí, en
su puesto. Cinco visitas. Sin novedad en el Tártaro.
A las ocho menos veinte de la
tarde, a veinte minutos de que la oficina adquiriera la paz de los cementerios,
el teléfono móvil del empleado número 4376 volvió a vibrar. “Casa”, se imaginó.
Error. “Seguros Mapfre”. Su corazón se convirtió en un tambor tirado ladera
abajo y su paquete se agigantó como una vela con viento a favor. No había
dilema posible. El empleado número 4376 levantó sus setenta kilos de traje y salió disparado
al descansillo de la escalera de incendios, mientras todos sus compañeros
empezaron a tejer en su imaginación una historia de emergencia casera con final
dramático en el hospital y las cámaras de seguridad le miraron como aliens al
paso de Ripley. Dos minutos y una erección más tarde, al volver a su puesto, la mente del
empleado número 4376 ya no estaba preocupada por las cinco visitas ni por la
web ni por su jefa ni por su trabajo ni por la esposa que le esperaba en casa
para elegir el color de unas cortinas ni por la carpa de circo emergida en su entrepierna: todo lo ocupaba la amante cuarentona que le había nombrado
sustituto oficial de un ramillete de consoladores ordenado por colores; la misma mujer que creía que el toy boy al que se estaba tirando en ausencia de su marido era un prometedor broker; la misma "Seguros Mapfre" que acababa de conseguir que, una noche más, el empleado número 4376 tampoco llegara a tiempo de dar las buenas noches a su hijo; la misma loba que, en apenas media hora, iba a estarse follando al más capullo de todos los corderos. Apagó
su ordenador. Tragó saliva y se encaminó al despacho de su jefa. La conversación
duró poco. El empleado número 4376 salió con su entrepierna convertida en
una anaconda mientras su jefa se autoconvencía en su despacho de la bondad de
permitir salir a un empleado para velar en urgencias por el cuidado su suegra nonagenaria
tras ser mordida en la yugular por un Schnauzer enano.
Ya en el ascensor, el empleado número 4376 sonreía triunfal y excitado, mientras el hilo musical le amenizaba el descenso al mundo real con grandes éxitos new age…hasta que la luz parpadeó y el ascensor se detuvo entre la tercera y la segunda planta. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un operario cualificado resolverá esta incidencia". El empleado número 4376 miró su reloj. Las ocho menos cinco.
Ya en el ascensor, el empleado número 4376 sonreía triunfal y excitado, mientras el hilo musical le amenizaba el descenso al mundo real con grandes éxitos new age…hasta que la luz parpadeó y el ascensor se detuvo entre la tercera y la segunda planta. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un operario cualificado resolverá esta incidencia". El empleado número 4376 miró su reloj. Las ocho menos cinco.
A la mañana siguiente, el empleado
número 4376 seguía allí. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un
operario cualificado resolverá esta incidencia".
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