miércoles, 16 de julio de 2014

Las amistades postizas

Ayer leí un artículo que hablaba de una flamante empresa cuyo principal servicio consiste en ofrecer amig@s de alquiler a quien no tenga tiempo, ganas o habilidades para buscarse amistades al estilo "tradicional". Lo más raro de todo es que esta "iniciativa empresarial" no me ha extrañado nada: 
Por un lado, esta mercantilización de la amistad resulta coherente con un mundo en el que ya hace tiempo que están mercantilizadas tanto las relaciones sexuales como las de pareja (esas personas que se emparejan o casan con otras con la vocación inconfesa de parasitar la cuenta corriente y el patrimonio del otro...). Por pagar, pagamos incluso a otras personas para que se ocupen en nuestro lugar de quienes en teoría clasificamos como "seres queridos". Así que, si se paga por todo eso, ¿por qué no por un sucedáneo de amigo? Hoy todo se puede comprar...excepto los sentimientos, las emociones y, claro está, la vergüenza.
Por otro lado, esta emergencia de amistades a la carta y
"prefabricadas" dice mucho de una sociedad en la que la hiperconexión tecnológica es el reflejo directo e inverso del aislamiento y la desconexión social que define al individuo actual. Es decir: nunca antes hemos estado tan conectados a otros y nunca antes hemos estado tan solos, porque hemos sustituido la interacción física por la digital (en lugar de compatibilizarlas), perdiendo por el camino la habilidad para empatizar personalmente con el otro y confundiendo lo real con lo virtual de una forma alarmante y contraproducente. Es la consecuencia de querer vivir a través de una pantalla...
Igualmente, ese negocio de "amistades por horas" es muy propio de la "sociedad click", una sociedad a la que las facilidades tecnológicas han vuelto tan increíblemente perezosa que todo lo que no se pueda resolver o conseguir mediante un click en el
ordenador, tableta o teléfono móvil es susceptible de ser descartado o ignorado. Una sociedad apalancada cada vez más en la decisión de vivir sin mover un músculo ni una neurona o, lo que es lo mismo, una sociedad que confunde vivir con respirar, cuando la vida, la vida real, es algo que necesariamente se escapa de lo biológico y lo fisiológico. Así que la cuestión sería ¿se merece tener amigos (a la carta o no) alguien que no está dispuesto a dedicar tiempo y atención en tenerlos?...
Resumiendo: el asunto este de amigos de alquiler, en el fondo, es una nueva muestra de que vivimos en una sociedad sedienta de espejismos y placebos que ayuden a sobrellevar u olvidar las miserias de cada uno. Pagar para ¿ocultar? carencias. Curioso...y lamentable.

No obstante, este tema, que de tan patético que es da para escribir y pensar mucho, me ha llevado a pensar en nuestra torpeza a la hora de definir o comprender la amistad. Quiero decir: no es raro que consideremos o denominemos amigos a gente que en el fondo (y aunque duela reconocerlo) no son más que camaradas circunstanciales, compañeros de viaje (laboral, generacional, académico, etc.) o colegas coyunturales y episódicos. No es raro, pero es un error descomunal. Igual que no es raro que consideremos o denominemos amigos a gente que básicamente se relaciona con nosotros movida por el mismo altruismo que un parásito. No es raro, pero es un error descomunal. Como tampoco es raro que consideremos o denominemos amigos o mantengamos la amistad con gente que en nuestra presencia son la quintaesencia del peloteo y la camaradería y en nuestra ausencia nos convierten cobardemente en carne de cuchicheo, burla o crítica. No es raro, pero es un error descomunal. Resumiendo: nos encanta confundir el concepto de amistad y somos muy propensos a crear y mantener amistades postizas, que si bien pueden no ser tan dañinas como las amistades peligrosas que relató Laclos, son igual de banales. ¿El motivo de este cacao? Pueden ser varios: ausencia de criterio, tolerancia a la hipocresía, miedo a la soledad, exceso de empatía, afán de coleccionismo, ceguera mental, pereza social, cobardía para romper lazos, masoquismo...pero la realidad es que todos conocemos/tenemos "amigos" así: aparecen en nuestros recuerdos, en fotografías posando junto a nosotros, en los bares brindando con nosotros e incluso en nuestros contactos en el teléfono móvil o en la red social de turno. El absurdo humano, la última frontera.

En conclusión: cada día que pasa el ser humano es más exquisitamente gilipollas. Pero como no es plan acabar el artículo con tanto cinismo y negatividad, aquí va una pista para identificar a un amigo real: las verdaderas amistades son como las estrellas: sólo aparecen de verdad cuando llega la oscuridad y lo hacen para brillar.

martes, 15 de julio de 2014

Las manos que mecen las series

En los últimos años, algo está cambiando en el mundo de las series de televisión. Hasta hace no mucho, una serie se conocía casi exclusivamente por las estrellas que lideraban su reparto o por los personajes que se ganaban la atención del público, eclipsando así el mérito de las personas que, detrás de las cámaras, conseguían que una serie fuera un éxito o un fracaso. Gente con un talento innegable que sin embargo no tenía ni de lejos la repercusión mediática o el reconocimiento popular que tienen los actores pero a los que tanto los actores como los amantes de las series, debíamos y debemos mucho. Son las personas que se pueden etiquetar como los “creadores” o “responsables” de las series de TV, independientemente de si su función es la de guionista, productor, director o la de “showrunner”, término por cierto cuyo uso se ha disparado de un tiempo a esta parte. Son las manos que mecen las series y los grandes sufridores durante mucho tiempo de una situación de marginación, de desconsideración bastante injusta: ¿a alguien le cabe en la cabeza que todo el mundo recordara a Romeo, Julieta o Hamlet pero no a William Shakespeare? ¿O que alguien fuera fan de Don Quijote sin saber quién fue Miguel de Cervantes? Pues precisamente eso es lo que estaba ocurriendo en el mundo de las series hasta hace nada.

Pero, como digo, las cosas están cambiando. Y mucho. Tanto que ahora no es nada extraño no ya que los responsables sean
conocidos más allá del ambiente seriéfilo sino que sean utilizados como reclamo mediático del mismo modo que antaño se utilizaban a los actores. Es decir, ahora ya no es inusual que se promocione una serie o se hable bien de ella utilizando el cada vez más frecuente “Una serie de…”. Y esos puntos suspensivos hoy se pueden rellenar con nombres que hoy son la referencia de la industria televisiva en lo que a la ficción se refiere y a los que muchos en todo el mundo veneran como si fueran genios (cosa que, en la mayoría de los casos, está bastante justificada). ¿Qué nombres? Pues, por citar sólo algunos ejemplos: David Simon (The wire, Treme), Matthew Weiner (Mad men), David Chase (Los Soprano), David Benioff y D.B.Weiss (Juego de tronos), Frank Darabont y Glen Mazzara (The walking dead), Vince Gilligan (Breaking bad), Nic Pizzolatto (True detective), Ryan Murphy (Glee, American Horror Story), Jenji Kohan (Orange is the new black), Bryan Fuller (Hannibal), Lena Dunham (Girls), Alex Gansa (Homeland), Damon Lindelof (Perdidos), Steven Moffat (Sherlock), David Shore (House), Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca, The Newsroom)… 

Por todo ello, aunque resultaría exagerado decir que vivimos en una época de “series de autor” no sería tanto afirmar que nunca antes los creadores de las series han tenido un reconocimiento y una visibilidad tan grandes. Y merecidamente. Hay que ser agradecidos con quienes nos hacen disfrutar durante tantas horas.

sábado, 12 de julio de 2014

La gratitud, ese problema

En no pocas ocasiones, hechos o anécdotas de lo más banales dejan ver los resortes que están ocultos en nuestra sociedad o, mejor dicho, en nuestra forma de pensar y actuar. Un ejemplo de ello lo encontramos en el "caso Filipe Luis", jugador al que el Atlético de Madrid fichó en su día estando gravemente lesionado y que ahora quiere marcharse como sea (es decir, de malas maneras) al Chelsea inglés. Ello ha motivado un visceral tormentón de críticas, insultos y comentarios varios que tienen su común denominador en reprochar al futbolista su ingratitud o, dicho de otro modo, en reclamarle gratitud, como si ésta formara parte de un contrato o fuera una consecuencia lógica más propia del campo de la física y la matemática que del comportamiento humano.

Y es que uno de los mayores problemas que tenemos es actuar con la expectativa (consciente o no) de que la gente por defecto es agradecida o va a recompensar nuestras atenciones, méritos y esfuerzos o se va a comportar bien con nosotros si nosotros nos portamos bien con ellos. Una forma de ser que, extrapolada, se podría resumir en el convencimiento de que si actuamos "bien" (sea lo que sea lo que cada uno entienda por "bien") la vida y/o las personas que hay en ella nos corresponderán en igual manera como resultado de una especie de reciprocidad cósmica. Es decir, que el quid de la cuestión está en que actuamos con la esperanza de que obtendremos algo (bueno) a cambio. Algunos sabios llaman a esto "sentimiento de retribución". El problema inmediato de esa expectativa es que es completamente infundada porque la vida y/o las personas que hay en ella, lejos de correspondernos, nos dan constantemente motivos para volvernos escépticos, cínicos o directamente misántropos. Es decir, que lo normal (lo frecuente, lo habitual, lo común, lo más probable) siempre que sigamos este "patrón buenista" de comportamiento es que las "consecuencias" de nuestras acciones no se ajusten a "lo esperado", esto es: que se nos queda cara de gilipollas justo antes de que hagan aparición el disgusto, la indignación, el cabreo, el desconcierto, la decepción, el rencor, las vestiduras rasgadas, los gritos en el cielo, las ganas de tener palabritas con el prójimo, con Dios o con el maestro armero...

Pero, más allá de esto, el principal problema de esta forma de pensar y comportarse radica en reaccionar ante esa frustración como si nos pillara de nuevas, en ningunear lo aprendido, en olvidar los escarmientos previos, en permitir que nos afecte como si fuera algo inesperado, en dejar que el tren de la realidad nos pase por encima una vez y otra y otra y otra. 

Recapitulando, no sólo actuamos sin tener recuerdos que respalden nuestras decisiones sino que además obviamos las decepciones vividas. Muy listos, lo que se dice listos, no somos, porque actuar ignorando que la vida no es justa (ojo, tampoco injusta) y que el planeta Tierra está lleno de mierdas que caminan sobre dos piernas es una actitud tan absurda y gilipollesca como olvidar que el fuego quema.

¿De dónde viene todo esto? Pues, fundamentalmente, procede del mundo de la religión en general y de la judeo-cristiana en particular. Al fin y al cabo, la religión siempre ha consistido en convencer al ser humano (aunque sea acojonándolo) de que haciendo "lo indicado" (lo bueno, lo justo, lo piadoso, etc) le irán bien las cosas. Es decir, la religión, en el fondo, no deja de ser un placebo para sobrellevar la existencia en un mundo con exceso de hijos de puta que, como placebo, no siempre da resultado. Igual que no lo da el mundo que nos venden los anuncios publicitarios, los políticos, las películas, los padres...Y aún así, seguimos cayendo en la trampa: la ingenuidad humana siempre encuentra excusas para convertirnos en víctimas de nosotros mismos.

¿La moraleja de todo esto? Cuanto antes tengamos claro que comportarse bien no conlleva automática ni obligatoriamente efectos secundarios positivos, mejor. O, dicho de otra manera: que no nos comportemos con vistas a una consecuencia o un efecto que es muy probable que no sea el que aparece en nuestro guión. Con esto no quiero defender que no seamos buena gente (ya hay demasiada gentuza, así que mejor destacar siendo diferentes) sino que sepamos en qué mundo vivimos y nos movemos ya que una cosa es ser bueno y otra gilipollas, porque por ser eso, gilipollas, hemos convertido por ejemplo la gratitud no ya en algo excepcional sino en una fuente de problemas.

viernes, 11 de julio de 2014

Un fallo tonto, un simple error

Para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Sería un buen resumen para mi lápida. La otra opción que se me ocurre es “Esto me pasa por gilipollas” y, entre tú y yo, tampoco hay que excederse. Fue un simple error. Como votar a un partido político convencido de que es lo mejor. Un fallo tonto. Como creer que los cuentos con suegra tienen final feliz. Un simple error. Como apuntarte a “Gran Hermano” para darte a conocer como compositor. Un fallo tonto. Como pensar que leer muchos libros de dietas milagrosas científicamente probadas te ayudará a rebajar tus ocho milagrosos kilos de grasa científicamente probados antes de sentirte como un perfecto imbécil. Un simple error. Como estar convencido de que Leticia Sabater es un ser humano. Un fallo tonto. Como tener los oídos despiertos cuando tus padres se ponen tiernos. Un simple error. Como decidir salir del paro trabajando como sicario cuando tu único contacto previo con las armas fueron las escopetas de feria. Un fallo tonto. Como pensar que ese trabajo te ayudaría a recuperar tu cuenta corriente y el siliconado corazón de esa gogó a la que llamas “ex”.

Pero, como decía, para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Las 00:05, concretamente. Hace un minuto, estabas subiendo en el ascensor futurista, colocándote la corbata roja comunista y tarareando esa canción de AC/DC de la que nunca te preocupaste por recordar el título. Hace dos minutos, entrabas en el lujoso vestíbulo del edificio con el sudor convirtiendo tu espalda en las cataratas del Niágara mientras te esforzabas por parecer un auténtico exterminador sin sangre en las venas. Hace dos minutos y cuarenta segundos, despedías al taxista después de un trayecto de media hora bajo neones amarillos y semáforos en ámbar escuchando los grandes éxitos de Julio Iglesias. Hace treinta y tres minutos, parabas un taxi en plena Gran Vía y te sentabas con cuidado de que la pistola no hiciera un doble tirabuzón desde el interior de tu abrigo hasta el suelo. Hace cuarenta minutos, apuntabas en un post-it las señas de tu primer encargo. Hace cuarenta y cinco minutos, terminabas de vestirte y, aunque te apretaba un zapato, te gustabas tanto en el espejo que te sentiste todo un Corleone. Hace cincuenta y seis minutos, te enjabonabas en la ducha al ritmo de Lady Gaga. Hace tres horas, tocabas la pistola alquilada como si fuera el Santo Grial. Esta mañana, te sentías invencible. Pero ahora, puto cretino, ahora estás a punto de cagarla. Una cagada tamaño familiar. Primero, porque has llamado al timbre. Segundo, porque no te has puesto guantes. Tercero, porque te ha abierto la puerta un tío que hace que los espartanos de las Termópilas parezcan hare krishna. Y cuarto, oh, bendito imbécil, porque al disparar el gatillo con una sonrisa diabólica en los labios te das cuenta de que tienes el cargador en el bolsillo del pantalón. Un fallo tonto. Un simple error. La primera hostia te despeina la gomina ultrafuerte antes de pedir tiempo muerto. La segunda convierte tu cara en cuadro cubista. Y la tercera…bueno, para cuando te viene la tercera hostia ya estás viendo pasar tus cuarenta años de vida a ritmo de videoclip. Y entonces, antes de llegar al "The End", recuerdas el momento en blanco y negro en el que tu abuela, toda pellejo y bondad, te acariciaba la nuca diciendo: "Estoy convencida de que llegarás a ser un gran hombre". Lástima. Para cuando te quieres dar cuenta de que eso no será así, ya es demasiado tarde.

viernes, 4 de julio de 2014

Preparativos


Aquel iba a ser un día importante. Con el cuerpo aún húmedo tras la ducha caliente, alzó la mano, descolgó el albornoz de algodón egipcio y se sumergió en la neblina vaporosa que desdibujaba su cuarto de baño minimalista. Limpió de vaho el espejo, encendió un pequeño halógeno, cogió del estante su cepillo de dientes, aplicó sobre las cerdas su pasta dentífrica blanqueadora, la humedeció bajo el hilo de agua del grifo y se cepilló enérgicamente la boca cuatro veces, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Llenó un vaso con agua y se enjuagó la boca mientras contaba mentalmente diez segundos. Escupió. Volvió a beber, volvió a enjuagarse durante diez segundos y volvió a escupir. A continuación, aplicó nuevamente la pasta sobre el cepillo y se lavó la boca cuatro veces otra vez y repitió los enjuagues. Seguidamente, limpió el cepillo y lo colocó dentro del vaso. Cogió su colutorio de sabor mentolado, bebió un sorbo e hizo un último enjuague durante treinta segundos antes de escupirlo. Se quitó con cuidado el albornoz, lo colgó en el perchero junto a la ducha y así, desnudo, volvió ante el espejo. Buscó su aceite hidratante y empapó y masajeó todo su cuerpo con él. Mientras su piel asimilaba la loción, acercó su rostro al espejo y escudriñó cualquier imperfección que detectara en su piel, ya fuera vello no rasurado o un punto negro. Descartó afeitarse pero sí cogió su gel facial tonificante con efecto exfoliante y se lo aplicó concienzudamente por toda la cara. Durante cinco minutos, se quedó completamente inmóvil. Luego, una vez el gel ya había hecho efecto, se lavó en el lavabo con agua fría, empapó delicadamente su rostro en la toalla bordada con sus iniciales y limpió con ella las salpicaduras que había en el espejo y alrededor del lavabo. Tras doblarla perfectamente, dejó colocada la toalla en el toallero. Cogió su desodorante con olor a polvos de talco y se impregnó con él axilas y pecho. Dejó el spray en el estante y tomó su gel fijador con efecto mojado. Se empapó con él las palmas de las manos y untó con él su suave y largo cabello negro. Finalmente, se peinó escrupulosamente hacia atrás sin dejar ni un solo pelo al azar. Se lavó las manos con alcohol desinfectante dos veces. Apagó la luz. Salió del baño y sus pasos se perdieron por la tarima del pasillo, apenas alumbrada por las primeras luces del amanecer que se filtraban por el ventanal que daba acceso a la piscina del jardín. En su vestidor, rodeado de decenas de corbatas, camisas, trajes, zapatos, gemelos, relojes...hasta la ropa interior aparecía iluminada como un objeto de museo. Sus pies cruzaron la moqueta de aquí para allá intentando configurar el conjunto que llevaría aquella mañana. No podía ser cualquiera. Ese día no. Aquel iba a ser un día importante. Le iba a conocer mucha gente. Escogió la corbata de seda roja que había comprado en Milán el verano pasado, la camisa blanca que había pagado con tarjeta en Londres durante las rebajas, el traje gris perla con el que festejó la pasada Nochevieja en Nueva York, los mocasines que había comprado en París la última primavera y los gemelos de plata que le había regalado su mujer por su sexto aniversario de boda. Impecable. Perfecto para un día tan importante como aquel. Sólo quedaba un detalle más. Entró en su despacho, cogió su teléfono móvil y llamó a la oficina. Pidió a su secretaria que cancelara todas sus reuniones y que se disculpara en su nombre sólo con quien fuera estrictamente necesario. Se despidió amablemente y colgó. Aquel iba a ser un día importante. No convenía que en el trabajo se enteraran. Aún no. Metió su móvil en el bolsillo y fue al salón. Se sentó en el chesslong de cuero negro, se descalzó y encendió su televisor de plasma de ciento veinte pulgadas. Aún no habían comenzado los informativos matinales. Sonrió. Entonces, se dio cuenta de que había olvidado algo. Volvió al aseo, cogió el exclusivo frasco de colonia que había comprado previa reserva por internet y se perfumó el cuello y las manos. Ahora sí. Ya estaba preparado. Retornó al salón, se sentó en el chesslong y apagó el televisor. No quería distracciones. Sacó su teléfono móvil, marcó y con una voz serena y cordial dijo: "Policía, he matado a mi mujer". Un minuto más tarde, la conversación había terminado y él seguía sentado en su chesslong, mascando pausadamente chicle con sabor a menta polar mientras contemplaba el cuerpo decapitado de su mujer, caído junto a sus zapatos, tal y como lo había dejado anoche. 

lunes, 30 de junio de 2014

Los años torpes

Speakeasy, Sinfín, Tulúm, Millenium, Son como niños, "El Sánchez", El vaivén, Sonora...Recientemente, he dado una vuelta por Alonso Martínez, zona en la que, como tantos otros chavales, pasé decenas de horas en compañía de mis amigos del colegio durante años. Años que ya quedan bastante atrás en el tiempo. Años que hoy forman parte del pasado como los locales en los que se trenzaban las noches y madrugadas de centenares de jóvenes de Madrid. Años en los que todo comenzaba con un botellón a pie de calle (en nuestro caso, como el de muchos otros, la plaza de Las Salesas) convirtiendo aquel punto de Madrid en un hormiguero inflamable. Años de vasos de plástico, hielos y canciones a capela. Años de flyers y DNIs. Años en los que los recuerdos y las vivencias se agolpaban en la memoria como si hubiera barra libre. Años hechos de palabras, imágenes y sensaciones. Años de noche. Años febriles. Años acelerados.

Como digo, después de muchos años de ausencia, me he dado un paseo por esa mítica zona de copas, para refrescar viejos tiempos...y he comprobado que, del mismo modo que esa época ya no volverá, tampoco lo harán aquellos bares en los que el alcohol, la música y la penumbra fueron el decorado de miles de historias y anécdotas; bares que hoy o han cambiado su nombre o, en la mayoría de casos, son tiendas, restaurantes o fachadas con el cierre echado; bares para el recuerdo que pertenecen hoy al olvido. Así las cosas, conforme deambulaba por ese barrio, tuve una creciente sensación de nostalgia, de pérdida, de aterrizaje forzoso en un presente que no tiene nada que ver con el recordado. Aquel lugar, aquellas calles, han cambiado. Mucho. Aquella zona no es la misma que conocí. Y yo no soy el mismo que conoció. Ha pasado tiempo suficiente para ambas cosas. Por eso, tengo la convicción de que nuestra relación con los lugares siempre será recíproca: nosotros les damos (un) sentido y ellos se convierten en significado para nosotros; nosotros formamos parte de ellos y ellos de nosotros en tanto que escenarios y testigos. Y los bares de copas no son una excepción. La vida también se escribe en noches de alcohol y horas en vela.

Y así, mientras la morriña convertía mi paseo en un recorrido por los restos de un naufragio, me acordé de lo que sucedió en esos años. Y es que, esos años, los que empiezan en la efervescente adolescencia y acaban en la más consolidada juventud, tienen o,
mejor dicho, tuvieron mucho de descubrimiento, de sorpresa, de novedad, de ingenuidad, de estreno, de experimentación, de comienzo, de iniciación. Años en los que todo resulta intenso, desmesurado, grandilocuente, exagerado y donde no parece existir el mañana. Años en los que todos vamos atolondrados a ninguna parte con el ansia de cartografiar todo. Años en los que la amistad marca el paso y la necesidad de pertenencia firma muchos errores y no tantos aciertos. Años en los que aprendemos y crecemos especialmente a través de los fallos, de los contratiempos, de los sustos, de los desengaños, de las decepciones. Años cuya importancia reside en tropezar, en equivocarse, en que algo o alguien se salga del guión, en que te cambien el paso. Sólo así se aprende. Sólo así se madura. Sólo así se crece. Sólo así se vive. 


Por eso es tan importante el Alonso Martínez que fue. Por eso son tan especiales esos bares que ya no están. Porque allí, muchos, y yo incluido, vivimos una parte fundamental de nuestros años torpes.

sábado, 28 de junio de 2014

Guerras grandes y guerras pequeñas

Tal día como hoy, hace cien años, el mundo empezó a cambiar para siempre: el atentado de Sarajevo dio el pistoletazo a la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, el punto de no retorno de la humanidad. Se abría así un siglo en el que la Historia se escribiría a sangre y fuego, a horror y hierro. Un siglo en el que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis convirtieron a todo el planeta en su hipódromo particular. Un siglo que encontró todo su sentido en el sinsentido de las guerras. Hoy, en resumen, es un centenario para el silencio, para hacérnoslo mirar, para sentir vergüenza.

Por eso, hoy no hablaré de las guerras grandes: las canónicas, las que ocupan titulares, las que engordan estadísticas, las que se clavan en las retinas, las que quedan para la Historia, las que preocupan, las que interesan o las que se olvidan. Hoy quiero hablar de otras guerras que también marcan vidas y son tan capaces de destruirlas como de engrandecerlas. Guerras íntimas, personales, perdidas en el anonimato, conocidas sólo por los propios afectados. Guerras que pueden durar días, semanas, meses, años o toda una vida. Guerras en las que los héroes no son premiados con medallas. Guerras que libran personas y no ejércitos. Guerras con o sin vencedores pero siempre con daños colaterales. Guerras distintas pero jamás distantes. Guerras con sus miserias y sus grandezas, con sus héroes y villanos pero sin banderas ni jóvenes camino del matadero ni líderes especulando como titiriteros. Guerras buscadas o imprevistas pero irrenunciables siempre. Guerras cuyos campos de batalla quedan cartografiados por nuestros recuerdos y sentimientos.

Y quiero hablar de ello porque no deja de ser curioso el magnetismo y la atención que despiertan las grandes guerras mientras se pasa por alto o se minusvalora el alcance y la huella que dejan en nosotros esas otras guerras, las pequeñas, las mundanas, las cotidianas, las personales. Guerras como la de sacar adelante una familia con el viento en contra. O la de mantener en pie una relación cuando la vida se vuelve tormenta. O la de luchar por conseguir algo o a alguien que te da el sentido necesario para sentirte vivo. O la de aguantar en un trabajo en el que alguien está dispuesto a hacerte la vida imposible. O la de proteger la dignidad de quienes quieren quitártela sin saber lo que es. O la de preservar la cordura en un mundo en el que la más repugnante demencia está en lo alto de la pirámide alimentaria. O la de no hundirse en la desesperación cuando lo fácil sería tirar la toalla. O la de dar un paso más cuando crees que ya no te quedan más pasos por dar. O la de conservar la educación cuando lo más eficaz es mandar a alguien a tomar por el culo sin billete de vuelta. O la de aferrarse a las palabras cuando lo más sencillo sería dejar que hablen las contusiones. O la de resistirse a la venganza para no convertirse en alguien tan miserable como tu enemigo. O la de seguir apostando por tus sueños e ideas en un mundo lleno de renuncia y resignación. O la de defender a los tuyos de quienes no lo son. O la de encontrar tu identidad en una sociedad alérgica a la disidencia...y tantas otras guerras que se podrían resumir en una sola: la pequeña gran guerra de ser feliz.

Guerras que posiblemente nadie más que tú recuerde; quizás porque tú seas la única persona que no puede permitirse olvidarlas, tal vez porque, más que las victorias y las derrotas, son las guerras que libramos, las causas por las que luchamos y los enemigos contra quienes luchamos los que nos definen y moldean silenciosa, implacable y diariamente. Y eso no hace falta ningún aniversario para recordarlo. 

viernes, 27 de junio de 2014

Karen

Media hora. No me dejo nada. Bueno. Ya está. Dios. Qué gusto. Ojalá siempre hubiera sido así. Todo tranquilo. Todo en su sitio. Todo en orden. Todo bien. Qué gusto. Es preciosa. Es una casa preciosa de verdad pero una casa preciosa no hace un hogar precioso y lo sabes, a quién engaño, nunca lo ha sido y tal vez el problema no es suyo ni siquiera nuestro sino mío por no querer darme de cuenta de eso o a lo mejor pensé que todo era cuestión de tiempo pero el tiempo no cura nada. Espero que lo entienda. Seguro que contaba con ello y si no tampoco es el momento de pararme a pensar en eso. Bastante tengo con lo que tengo. ¿Llevo todo? Debería quedarme. Quizás hablando lo arreglemos y él me entienda y podamos hacer las cosas bien. Pero qué estoy diciendo. Le he dado ochocientas oportunidades, a él, a mí, a todo. A lo mejor si no hubiera dado tantas vueltas al tema antes no habría llegado a este punto. ¡Tengo que pensar en mí por una puta vez en la vida, joder! Da gusto cómo huele. Qué maravilla. Míranos. Tan jóvenes. Qué estúpidos. Estúpida, estúpida, estúpida. Le quedaba genial ese traje. Qué guapo eras, bueno, y eres, cabrón. ¿Quién nos la sacó? ¿Fue su tío? Debería dejársela. No. Me la llevo, es lo poco bueno que queda aquí. Lo entenderá. Espero que lo entienda. Sería lo primero que entenderías, ¿verdad? Creo que llevo todo. Gafas, dinero para el taxi, billete, vale, todo. Joder, las llaves. Que haga lo que quiera con ellas. Bueno. Tranquila. Eso es Karen. Ya está. Ya lo has decidido. Es lo mejor. Va a ir todo bien. Va a ir todo bien y si no pues ya veremos. Aquí no hay nada por lo que luchar. Tienes que mirar por ti porque él no lo hará ni lo ha hecho nunca. Ya está. Ni lágrimas ni nada. Media hora. Vamos, Karen. ¡Vamos! Puedo. Puedo. ¡Puedo! ¡Vamos!

miércoles, 25 de junio de 2014

Un juez valiente

Uno está tan acostumbrado ya a la desvergüenza, el golferío, la tomadura de pelo, el despropósito y la cobardía que abraza el cinismo y la desconfianza como únicas vías para sobrellevar el hecho de vivir en este país tan lleno de gentuza.

Por eso, noticias como la de hoy, te rompen los esquemas mientras te ponen una sonrisa en la cara y te regalan un átomo de esperanza. Y es que no todos los días alguien tiene los co*ones de hacer Justicia. No todos los días alguien tiene los co*ones de desafiar al poder legal y al poder fáctico. No todos los días alguien tiene los co*ones de convertir la honestidad profesional en un ejemplo de honradez personal. No todos los días alguien tiene los co*ones de hacer lo que le dicta su conciencia. No todos los días alguien tiene los co*ones de seguir adelante dejando atrás los miedos y las dudas. No todos los días alguien tiene los co*ones de tocar a los intocables. No todos los días alguien tiene los co*ones de demostrar que no todo está perdido. No todos los días alguien tiene los co*ones de hacer lo difícil. No todos los días alguien tiene los co*ones de imputar a toda una Infanta, hija y hermana de Reyes, por haber delinquido. No todos los días alguien tiene los co*ones del juez de instrucción José Castro.

Porque, admitámoslo, en este país de baratillo secuestrado por golfos, jetas e impresentables de variada índole lo fácil es dejarse llevar, dejarlo estar, mirar para otro lado, resignarse o quedarse en el más estéril de los pataleos. Es lo que tiene llevar décadas sometidos a unas castas política, judicial y empresarial en las que la vergüenza ni está ni se le espera.

De ahí que sea aún más admirable lo que ha hecho y conseguido el juez Castro, miembro junto a Pablo Ruz y Mercedes Alaya de esa santísima trinidad en la que creemos todos aquellos que pensamos que la Justicia es algo más que ponerse una toga, recitar artículos y mojar la entrepierna hablando de valores superiores, derechos, deberes y libertades. Un mérito el de Castro que no viene tanto de su excelente desempeño profesional como su capacidad para soportar todos los obstáculos y las presiones que se han deslizado más o menos discretamente desde la Presidencia del Gobierno, el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Justicia y el Ministerio Fiscal con la Jefatura del Estado al fondo. Y es que, gracias al bochornoso y patético espectáculo que han dado unos y otros en el caso Urdangarín, han convertido el simple trabajo de un juez de instrucción en una tarea colosal cercana a la épica: Luke metiendo un misil por el orto a la Estrella de la Muerte. Por el momento, les ha salido el tiro por la culata a esa ridícula y diligente legión de babosos. Sólo por esa razón, el 25 de junio debería declararse fiesta nacional.

Por todo ello, con independencia de cuál sea el futuro que les
espera a los Duques del Pelotazo, esto es, a la Infanta y al ex balonmanista y antiguo trabajador de cierta multinacional (una que, ya sólo por esta "hazaña", debería revisar su política de contrataciones y remuneraciones), hoy las personas decentes residentes en España sólo podemos estar felices.

Lo ideal sería desear que muchos jueces, abogados y fiscales se sientan inspirados por Castro y le echen co*ones y decencia a su trabajo. O que los mismos pelotas y serviles que se han desvivido y se desviven por salvar como sea el culo a la Infanta se apliquen en igual medida a la hora de lograr que delincuentes y criminales de todo tipo cumplan íntegramente sus condenas (por ejemplo, el asesino Bolinaga), o para revisar el ensañamiento judicial con quienes no tienen la suerte de tener apellidos de renombre o para conseguir la Administración de Justicia deje de parecer lobotomizada y tetrapléjica. Eso, como digo, sería lo ideal, pero, viviendo en España, hay que ser realista y conformarse con lo que hay y lo que hay es un juez valiente. Muy valiente.  

lunes, 23 de junio de 2014

Satao

África es, desde hace mucho tiempo, un continente humanamente fallido. África es a la Humanidad lo que cierto retrato a Dorian Gray: un recordatorio en tiempo real de la podredumbre del ser humano. África, supuesta cuna del hombre, es la fosa séptica del hombre. África es el trastero de la conciencia del resto del mundo. África es el paraíso de la estupidez y la crueldad humanas. África es un problema que no se ha querido ni sabido solucionar y cuya única salida práctica ya sólo pasaría por la extinción de todo mamífero que camine sobre dos piernas. África es una mierda de tal magnitud que ya no merece la pena limpiar. Porque, siendo honestos y tirando de hemeroteca (ahí están esperando decenas de despropósitos, tragedias y salvajadas para quien quiera recordarlas), el único valor de África es...dar tres tropas extra en el Risk.

Y ahora que ya me habré librado de muchos bienpensantes que mojan la ropa interior con lo "políticamente correcto", voy al tema de este artículo: el brutal asesinato de Satao. Y Satao no es o, mejor dicho, no era uno de esos gobernantes africanos tan corruptos e infames que hacen que Bárcenas parezca un monaguillo. Ni uno de esos terroristas islamistas que cambió el escudo y la lanza por el traje paramilitar el y fusil. Ni un jefe de la guerra tribal de los que se pasan por la piedra los derechos humanos y de paso unos cuantos miles de niños y mujeres. Ni un traficante al que le da lo mismo mercadear con droga, diamantes, seres humanos o marfil. No. De haber sido uno de esos cuatro casos, la noticia no me habría llenado de tanta pena y rabia, sino de todo lo contrario.

A Satao lo asesinaron primero disparándole flechas envenenadas y,
una vez abatido, arrancádole la cara salvajemente. Así acabaron los 46 años de vida de uno de los símbolos de Kenia: el elefante Satao, uno de los últimos "tuskers" (elefantes cuyos colmillos son tan largos que -casi- tocan el suelo). Y precisamente por eso lo asesinaron los furtivos: por sus colmillos. Marfil. Pasta. Sonrisas blancas para almas negras.

La pena de África (aunque no exclusiva de ella) es que las vidas de los animales importan ya tanto como las de los humanos. Es decir: absolutamente nada. Así les va. Así nos va.

¿Y qué decir ante esto? ¿Qué hacer al enterarse de una monstruosidad así? Poco. Excepto cagarme en la pu*a estampa de los cazadores ilegales, de los traficantes y de los compradores de marfil que una vez perteneció a elefantes como Satao. Gentuza cuya evisceración sin anestesia debía ser retransmitida en horario de máxima audiencia por aquello de hacer un poco de justicia en un mundo que cada vez se la merece menos. Porque, al paso que vamos, animales como Satao sólo podrán ser admirados en zoológicos y la bondad humana será carne de vitrina y sueño de arqueólogos. Y es que hay días que da auténtico asco compartir genes con otros seres ¿humanos?

viernes, 20 de junio de 2014

23:05 gin-tonics

Las once y cinco gin-tonics de la noche. Sepultado por el tintineo de copas, silenciado por la estridencia de carcajadas impostadas, asediado por enjambres de ojos, acosado por la alegría très chic, atrapado en trincheras de corbatas y tacones, naufragando en un sofisticado mar de desinterés, arrinconado por el anonimato, paralizado por la mascarada, aferrado a la barra libre en extinción, aplastado por una anodina bóveda de escayola, difuminado en una niebla de cigarrillos, ninguneado por un bosque de espaldas de seda, perdido en un salón de cien metros cuadrados, asfixiado por la corbata del compromiso, desterrado a ninguna parte y encadenado a la cortesía, Dylan Wright miraba la puerta de salida a un millón de excusas de distancia.

jueves, 19 de junio de 2014

Con el escudo o sobre él

Lo fácil es dejarse llevar por la tristeza. Lo fácil es permitir que la frustración apague la luz. Lo fácil es dejar que la rabia busque excusas y encuentre culpables. Lo fácil es renunciar a la perspectiva. Lo fácil es ningunear la serenidad. Lo fácil es especular con lo irremediable. Lo fácil es patalear en el tremendismo. Lo fácil es ignorar el pasado. Lo fácil es olvidarse del futuro. Lo fácil es centrarse en el problema y no en la solución. Lo fácil es quedarse con lo malo. Lo fácil es no saber afrontar la pérdida. Lo fácil es tener alergia al cambio. Lo fácil es negar que vivir es conocer el triunfo, la derrota y la suerte. Lo fácil es vincular la felicidad al éxito y la pena a la ausencia de éste. Lo fácil es sacar pecho sólo con viento a favor. Lo fácil es entender el fracaso como un final y no como un principio. Lo fácil es olvidar que la vida siempre fue, es y será un vals entre contrarios. Lo fácil es no querer aceptar que nada dura para siempre. Eso es lo fácil. Lo sencillo. Lo humano. Lo erróneo.

Por eso, esta madrugada en la que una abdicación abre una nueva etapa, no merece la pena hacer lo fácil. No merece la pena recordar que el fútbol, como cualquier deporte, como cualquier cosa en la vida, es cuestión de aptitud y actitud. No merece la pena recordar que en el fútbol, como en cualquier deporte, como en la vida, no se puede vivir del pasado. No merece la pena recordar que en el fútbol, como en cualquier deporte, como en la vida, las malas decisiones siempre pasan factura. No merece la pena recordar que en el fútbol, como en cualquier deporte, como en la vida, las buenas intenciones no bastan para conquistar la gloria. No merece la pena recordar que en el fútbol, como en cualquier deporte, como en la vida, la mediocridad es muy difícil de disimular. No merece la pena recordar que el éxito es mucho más difícil de digerir que el fracaso. No merece la pena recordar que todo lo que empieza tiene un final. Eso lo sabemos. Y lo sabíamos ya antes del partido de esta noche. Antes del Mundial. Lo supimos siempre. Y haríamos bien en no olvidarlo.

Por eso, esta madrugada en la que la oscuridad parece más profunda y el pasado parece perdido en el olvido, no merece la pena hacer lo fácil. No merece la pena hacer leña del árbol caído. No merece la pena formar parte del carnaval de la acusación y la culpa. No merece la pena secundar el festival de la ingratitud y el reproche. No merece la pena agrandar heridas ni exagerar el drama. No merece la pena cambiar el orgullo por la vergüenza. No merece la pena agachar la mirada

Y nada de eso merece la pena porque quienes hoy son motivo de decepción y firmantes del fracaso han sido los últimos seis años el motivo de alegría y firmantes del éxito. No merece la pena ningunear un legado que quedará para la historia y la admiración de todo el mundo. No merece la pena criticar a quienes marcaron una época y cambiaron la forma de entender y jugar al fútbol. No
merece la pena arrasar con el desprecio oportunista a quienes consiguieron con todo merecimiento formar parte de la leyenda. No merece la pena renegar de quienes nos dieron un motivo para estar orgullosos de ser españoles. No merece la pena reprochar nada a quienes se dejaron el alma por regalarnos la más absoluta felicidad.

En la antigua Esparta, a los guerreros que marchaban a la guerra

se les despedía con la siguiente orden: "Vuelve a casa con tu escudo o sobre él". Hoy, los nuestros, la Selección española de fútbol vuelve con todo merecimiento sobre el escudo. Pero muchas veces antes volvió con él. Las veces suficientes para estar agradecidos por siempre. Por eso, en una noche amarga, dura, difícil, lo único que puedo es dar las gracias a los que han ido y a los que no. Gracias por cambiar la historia. Gracias por cambiar mi vida. Gracias por todo.

Y ahora, si me lo permiten, voy a pensar desde ya en el futuro. Porque, como decía al principio, nada dura para siempre. Lo malo tampoco.

viernes, 13 de junio de 2014

Madre Humo


No quedan secretos en esta casa. Ni risas. Ni pasos.
Se levanta del viejo de sillón de orejas que rompe la linealidad del parquet. En lugar de encaminarse hacia la cocina y comprobar el rigor mortis del fogón y el rítmico babeo del grifo, avanza lenta y silenciosamente hacia el pasillo, entre los rectángulos claros que motean las paredes amarillentas del salón. Se mueve con la pausa y la indiferencia propias de un espectro, impregnando los muros a cada paso con un penetrante olor a tabaco. En el pasillo, la penumbra. A su izquierda, un gran espejo cuadrado cubierto de tiempo. A su derecha, tres puertas. Vaga hasta detenerse un instante en la primera. Cerrada. La habitación de Jonás, el hijo mayor; el último en escapar. Dentro, en el suelo, dos cajas de cartón repletas de libros de Derecho y cedés de música abandonados hace tres años en una huida apresurada. "Me mudo a vivir con Laura". Como cada día, roza su puerta con amargura, como si lo maldijera, y continúa. La siguiente puerta está entornada. Así ha estado los últimos cinco años. El dintel revela la luz del atardecer que baña el cuarto de Candela, suspendido en la noche cuando arrojó veintiséis años por la ventana. Pasa de largo. Hoy tampoco hay lágrimas. El aire se ha vuelto amargo y denso a su espalda. No se inmuta. Aguarda ante la tercera puerta. Está abierta. Es el dormitorio. La lámpara de la mesilla arroja acostumbrada un halo de luz mortecina. El armario está abierto pero apenas hay vestidos. Hay paquetes de tabaco tirados entre pelusas de polvo. Unas bragas grasientas cubren el cuello de una botella de ginebra a los pies de la enmarañada cama de matrimonio. Poco más allá, un vaso roto por el que corretea una cucaracha. Sobre el cabecero, una foto de familia: dos padres posando sonrientes junto a sus dos hijos pequeños. Los buenos tiempos; antes de que todo fracasara. No entra. El intenso olor a humedad anticipa la proximidad del lavabo y la gotera que reblandece su techo cada día. Antes de doblar la esquina y divisar el baño se disuelve como una espuma fantasmal reapareciendo de nuevo en el viejo sillón del salón para, sentada en su trono de un reino baldío, dejar que los minutos se caigan marchitos como hojarasca.
Tiempo después, quizás dos horas, quizás seis, Mercedes rompe su inercia y aplasta su octavo cigarrillo en el cenicero de cristal que reposa en el brazo derecho del sillón de orejas. Busca el mechero entre los pliegues de su camisón, hurga en la cajetilla que sostiene su vientre y enciende un nuevo cigarro. Una nueva bocanada recorre la casa dispuesta a borrar con su aliento de ceniza las palabras “esposa”, “madre” y “familia” de todos los muros. Mientras, sus ojos, duros, indolentes, vuelven a perderse en la nada.

Dos años más tarde, el trajeado vendedor de una agencia inmobiliaria entra en el piso flanqueado por una joven e ilusionada pareja de posibles compradores. Todo el domicilio está diáfano pero ella sigue allí. Su alma de humo lo envuelve todo.

jueves, 12 de junio de 2014

La Escuela

La llamamos la Escuela. Y lo es, pero de forma diferente a cualquier otra. Aquí también se enseña a leer, a escribir, a hablar, a mirar y a pensar, pero de manera distinta, es decir, de verdad. Es una escuela en la que aprendes pero desaprendiendo, en la que avanzas pero deteniéndote, en la que piensas pero sintiendo, en la que encuentras pero sin buscar. Es una escuela pequeña en la que caben miles de años de cultura y pensamiento. Es una escuela al margen de lo convencional porque lo convencional no existe y, de existir, es fallido. Es una escuela donde la diferencia entre "profesor" y "maestro" va más allá de un mero matiz semántico. Es una escuela que se siente y da sentido. Es una escuela que forma y da forma. Es una escuela en la que descubres, te descubren y te descubres. Es una escuela que, por encima de todo, te ayuda a ser y a saber quién eres. Es una escuela en la que te enseñan lo más importante y difícil de esta vida: ser tú mismo, es decir, ser distinto. Así es la Escuela Contemporánea de Humanidades, la ECH.

Pero, además de todo ello, la Escuela es un punto de encuentro
entre gente distinta pero no distante. Es un lugar de reunión de personas conectadas por un espíritu outsider y contestatario ante la mediocridad, la desorientación y el vacío. Es un refugio para quienes se atreven no sólo a pensar sino a dar voz a sus pensamientos, a sus miedos, a sus sentimientos y a sus emociones. Es el inicio de un viaje en todo el tiempo y el espacio que caben dentro del ser humano. Es un lugar construido con palabras, ideas y recuerdos. Es el sitio en donde, al menos una vez por semana, se reúnen personas que (conscientemente o no) honran una camaradería cómplice en la que la cultura, la creatividad y el saber funcionan como fines y excusas al mismo tiempo. Es un espacio que se siente íntimo y propio siendo de todos y de nadie al mismo tiempo. Así es la Escuela Contemporánea de Humanidades, la ECH.

Yo ya llevo tres años en la Escuela. Y, honestamente, espero seguir muchos más tanto por motivos académicos como culturales y personales. Porque la Escuela no es tanto un emplazamiento físico como una actitud y una forma de ser. La Escuela es una oportunidad para descubrir ideas, obras, autores y personas que, de una manera u otra, pasarán a formar parte de tu vida para siempre. Y eso no es algo que suela pasar frecuentemente. Quizás sea porque la ECH no es una escuela corriente. Quizás sea porque la ECH es especial. O quizás sea porque la ECH son las personas que forman parte de ella y personas así, en la vida, te encuentras con pocas, muy pocas. Y, por eso, estar y ser parte de la ECH no sólo es un auténtico disfrute sino una inmensa suerte.

martes, 10 de junio de 2014

Jetas de los fogones

Anoche, los dos minutos iniciales de la serie "El chiringuito de Pepe" fueron el mejor resumen que he visto nunca de en qué se ha convertido la cocina actual, o, mejor dicho, en qué han convertido algunos la gastronomía de hoy en día: platos minimalistas "concebidos" por chefs con un ego maximalista y jeta de proporciones cósmicas (salvo escasas y loables excepciones como ese ese auténtico crack llamado David Muñoz, al que admiro y respeto).

Mi problema no es tanto con esa cocina que unos han llamado "creativa" (si eso es un arte, un vómito debe ser el equivalente a un Pollock) o "deconstructiva" (la "esencia del cochinillo" que diría el personaje de Santi Millán), como con/contra ciertos tipos encumbrados (por los medios y unos cuantos snobs) como referentes de los fogones cuyo mayor talento consiste únicamente en justificar sin descojonarse de risa lo que
en el fondo es y será siempre una auténtica tomadura de pelo servida en plato de diseño. Tipos que, más allá de cocinar "distinto", hacen del narcisismo y la caradura su leitmotiv existencial y de la cocina un nuevo objeto de pitorreo. Tipos como, por ejemplo, Ferrán Adriá y los sucedáneos que han venido después de él. Vendedores de humo de nuevo cuño. Timadores del gusto. Gurús de la soplapollez. Estafadores de la inteligencia. Buscadores de excusas alucinógenas. Miniaturistas de la gilipollez. Onanistas de la tontería. Personas a las que la honradez se les atraganta. Mamarrachos que se creen semidioses y que tienen hordas de "groupies" dispuestos a gastarse dinerales para probar su última memez, su bobada definitiva.

De todos modos, el problema no es tanto que existan tipos así: jetas, bribones, pícaros y mamones ha habido en todos los ámbitos, lugares y épocas. Y, además, cada uno vale para lo que vale y tomar el pelo es una habilidad como otra cualquiera. El problema es que haya gente dispuesta a hacerles la ola, a aplaudir sus diarreas mentales, a mojar la ropa interior en su presencia y, lo que es peor aún, a gastar su dinero y atención en ellos. Y de esa gente, en España, hay mucha. Demasiada. Lo cual da una idea del nivelón de país que tenemos...Igual que lo da el hecho de que haya entidades españolas dispuestas a reirles las gracias, esto es, a soltar auténticos dinerales en concepto de patrocinio o promoción de estos genios de la majadería servida en platos cuadrados y que son a la gastronomía lo que Tàpies a la pintura. Visto así, la sociedad española hace que los morlocks parezcan expertos en física cuántica. Así nos va...

sábado, 7 de junio de 2014

X-men: Días del futuro pasado...y borrado

Es curioso. La nueva película de la franquicia X-men tiene como objetivo lo mismo que la trama: cambiar las cosas para que jamás llegue a existir un futuro desastroso. O, dicho de otra forma, el regreso de Bryan Singer a la dirección (responsable de las excelentes X-Men y X-Men 2) es un ejercicio poco disimulado de erradicar de la memoria de cualquier aficionado cualquier recuerdo de esas aberraciones tituladas X-Men 3: The last stand (y, por tanto, The Wolverine) y X-Men Orígenes: Lobezno y de modificar cualquier posible futuro que pudiera haber tenido la interesante precuela X-Men: Primera generación. Sin embargo, si bien esa "reforma" era necesaria (especialmente por culpa de esas basuras que fueron, son y serán la tercera entrega y la primera de Lobezno), creo que Singer ha utilizado esa "cirugía" iconoclasta para exhibir un ego muy poco tolerante en algunos casos.

Y es que, más allá de su contenido (inspirado en el mítico cómic homónimo), X-Men: Días del futuro pasado es una película que da la sensación de ser en el fondo una reacción alérgica de Bryan Singer hacia "todo lo que no fuera suyo". Y esa "saña" se nota cuando no duda en matar a determinados personajes aprovechables que no salieron en "sus películas" ni en eliminar de la existencia algunas posibilidades argumentales vistas en
"posteriores-previas" entregas y que, quizás, sólo quizás, no merecían un comportamiento tan drástico. Vamos, que Singer, en esta película, no se ha cortado un pelo: ha actuado con lo hecho por los otros directores como un centinela en una convención mutante.

No obstante, esta "pataleta de autor" sirve para que la franquicia tenga una coherencia argumental más sólida que la que tenía previamente (aunque ello no quita que no se moleste en solucionar-explicar "paradojas" como que el profesor X original aparezca vivito y coleando en su cuerpo después de que lo desintegraran en X-Men 3...) y para que el espectador pueda despedirse de los X-Men "originales", esto es, en su "versión adulta". Despedida que, por cierto, se produce hacia el final de la película y que resulta una de las sorpresas más inesperadas y entrañables del film. 

Más allá de eso, X-Men: Días del futuro pasado, es una película
que si bien está bastante lejos del nivel de las dos primeras entregas (dirigidas por el propio Singer), sí demuestra un guión razonablemente trabajado (algo difícil con tanto cortar, pegar y borrar) y un sentido del entretenimiento aceptable, por mucho que dicho entretenimiento se vea afectado por esa vocación de "túnel de lavado-poda-lifting" que tiene esta producción. Si a eso se le une que está protagonizada por lo mejor que X-Men: Primera generación aportó a la franquicia (excelentes Michael Fassbender, Jennifer Lawrence y James McAvoy), pues queda una película lo suficientemente apañada como para cumplir su objetivo: replantear todo (la linealidad  argumental de la franquicia queda ahora reducida a dos películas: X-Men: Primera generación y ésta, "desapareciendo" por tanto todas las demás) y preparar las bases argumentales y el reparto (la "versión joven" de los X-Men) de lo que será muy probablemente una película mejor (más entretenida e interesante) que ésta. Una futura entrega que, quien espere hasta la escena post-créditos, ya estará deseando ver...

En definitiva, X-Men: días del futuro pasado es una película sólo apta para fans y entendidos del universo mutante y que, sin ser especialmente brillante, cumple su cometido con una eficacia letal.

viernes, 6 de junio de 2014

Una mirada

Al abrir los ojos, volvieron a ser dos. Ella. Él. Ambos. El mundo quedó reducido a las sillas y la mesa de madera que los separaba en silencio. El circo ambulante y febril de lo ajeno se extinguió en un relámpago de memoria y sentimiento. En apenas un segundo, veintitrés años de ausencia habían quedado reducidos a un instante, a un parpadeo que unía en lágrimas la despedida y el reencuentro de quienes se amaron con la feroz sencillez de los que son libres para hacerlo. Con los labios cerrados y los ojos abiertos, sólo la emoción supo el camino correcto para decir lo que cualquier palabra habría convertido en imperfecto. Lágrimas llenas para palabras huecas. Juntaron sus manos. Sabían que no tendrían tiempo suficiente para recordar todo lo que compartieron ni para contarse lo que no vivieron. Nunca es buen momento para el vals de la nostalgia cuando la ausencia quiebra como aullido y el vacío pesa, duele y rasga. Por eso bastaron unos segundos para que dos rostros a punto de derrumbarse se dijeran lo fundamental. Te quiero, ayer, hoy, siempre.


lunes, 2 de junio de 2014

Corona va, Corona viene

En ocasiones así, tan patético me parece hacer leña del árbol caído como desintegrarse en babas y elogios. Así que, respecto a la abdicación de Juan Carlos I, sólo diré que me parece oportuna y necesaria pese a lo tardío: ha decidido dejar de formar parte del problema para ser parte de la solución (si es que tiene solución lo de la Monarquía en España o lo de España en general, claro).

Por tanto, no seré yo quien llore ni aplauda la marcha de un Jefe de Estado que, para mí, sólo hizo tres cosas bien: escoger a Suárez, acallar a un mierda y abdicar. Si esos méritos compensan todo lo demás, que lo juzgue la Historia.

Pero, del mismo modo que no me voy a sumar a loas lubricadas tipo "Portada de La Razón", tampoco me voy a sumar al festival de sandeces oportunistas y demagogas que se ha organizado con motivo de la abdicación con vistas a referendos varios, banderas preconstitucionales de tres colores y sistemas políticos a la carta. De acuerdo con que la Monarquía no tiene legitimación o refrendo democrático específico (aunque sí lo obtuvo indirectamente en el referéndum que validó la Constitución de 1978). De acuerdo con que la Monarquía es, en esta forma de gobierno que tenemos, una institución florero cuyo único sostén es la raigambre histórica y el seguidismo. De acuerdo con que esta Monarquía está sufriendo un merecido descrédito no ya por los errores del Primero y los excesos de Los Urdangarín, sino también por la bochornosa complicidad o afán proteccionista de los poderes públicos (y los no tan públicos). De acuerdo con eso. Pero ello no es ni puede ni debe ser excusa para pasarse por el forro la Constitución o idealizar sistemas de gobierno que en España han resultado bastante fallidos-desastrosos. Y esto lo digo yo que creo que hace tiempo que es urgente reformar esa chapuza sobrevalorada conocida como "Constitución de 1978" y que estoy totalmente convencido de que el mejor sistema para España es una república federal (al menos en la teoría). ¿Que se quiere cambiar a una República? Perfecto. ¿Que se quiere cambiar la Constitución? Fenomenal. Cámbiese, pero siguiendo las vías que hay para ello y con argumentos mejores que la berrea de megáfono tipo "Pablo Iglesias". Ingenuidad y demagogia en la otra ventanilla, por favor.

Además, pienso sinceramente que, como dicen en Rataouille, lo
nuevo necesita amigos. Y Felipe VI, ahora que su padre le ha pasado la patata caliente en forma de corona, necesita unos cuantos. Así que mejor darle un voto de confianza antes de ponernos republicanos. Más que nada porque parece una persona honesta, preparada, fiable, decente, honrada, digna, distinta. A priori, un cambio a (mucho) mejor. Por eso se merece, como mínimo, el beneficio de la duda. Atizarle desde el prejuicio o desde el revanchismo es un ejercicio absurdo. En este sentido, he de reconocer que mi postura no se basa en un especial cariño hacia la Monarquía (como creo que ha quedado claro en el párrafo anterior) sino en que creo que las instituciones y los sistemas políticos no son ni buenos ni malos por definición sino que son las personas al frente de los mismos los que los llevan al éxito o al fracaso, al aplauso o al abucheo. Dicho de otra manera: decir que la democracia es un mal sistema sólo porque en España hayamos sufrido a Rajoy, Zapatero y compañía no es el mejor de los razonamientos; como no lo sería decir que el Atlético de Madrid debería jugar sin entrenador sólo porque una vez se sentó en su banquillo un tipo llamado Gregorio Manzano. Por eso, dado que Felipe VI aún no ha podido demostrar nada (ni para bien ni para mal) lo mínimo que se merece es tiempo.

Así las cosas, lo único que me da pena de todo este jaleo es que junto a Juan Carlos I no se largue todo ese séquito de gentuza encorbatada (cotizante o no el IBEX) que han lustrado su regio ombligo a cambio de favores, atenciones o aparecer en la foto y que, en el fondo, han hecho y hacen tanto daño o más a España y los españoles que una institución devaluada que ahora tiene una oportunidad sensacional de cerrar bocas y abrir horizontes nuevos a un país que, como escribí en otro momento y lugar, nunca puede ni debe dejar de mirar hacia el futuro. Que pase Felipe VI.