la camaradería y en nuestra ausencia nos convierten cobardemente en carne de cuchicheo, burla o crítica. No es raro, pero es un error descomunal. Resumiendo: nos encanta confundir el concepto de amistad y somos muy propensos a crear y mantener amistades postizas, que si bien pueden no ser tan dañinas como las amistades peligrosas que relató Laclos, son igual de banales. ¿El motivo de este cacao? Pueden ser varios: ausencia de criterio, tolerancia a la hipocresía, miedo a la soledad, exceso de empatía, afán de coleccionismo, ceguera mental, pereza social, cobardía para romper lazos, masoquismo...pero la realidad es que todos conocemos/tenemos "amigos" así: aparecen en nuestros recuerdos, en fotografías posando junto a nosotros, en los bares brindando con nosotros e incluso en nuestros contactos en el teléfono móvil o en la red social de turno. El absurdo humano, la última frontera.miércoles, 16 de julio de 2014
Las amistades postizas
la camaradería y en nuestra ausencia nos convierten cobardemente en carne de cuchicheo, burla o crítica. No es raro, pero es un error descomunal. Resumiendo: nos encanta confundir el concepto de amistad y somos muy propensos a crear y mantener amistades postizas, que si bien pueden no ser tan dañinas como las amistades peligrosas que relató Laclos, son igual de banales. ¿El motivo de este cacao? Pueden ser varios: ausencia de criterio, tolerancia a la hipocresía, miedo a la soledad, exceso de empatía, afán de coleccionismo, ceguera mental, pereza social, cobardía para romper lazos, masoquismo...pero la realidad es que todos conocemos/tenemos "amigos" así: aparecen en nuestros recuerdos, en fotografías posando junto a nosotros, en los bares brindando con nosotros e incluso en nuestros contactos en el teléfono móvil o en la red social de turno. El absurdo humano, la última frontera.martes, 15 de julio de 2014
Las manos que mecen las series
sábado, 12 de julio de 2014
La gratitud, ese problema
Pero, más allá de esto, el principal problema de esta forma de pensar y comportarse radica en reaccionar ante esa frustración como si nos pillara de nuevas, en ningunear lo aprendido, en olvidar los escarmientos previos, en permitir que nos afecte como si fuera algo inesperado, en dejar que el tren de la realidad nos pase por encima una vez y otra y otra y otra.
Recapitulando, no sólo actuamos sin tener recuerdos que respalden nuestras decisiones sino que además obviamos las decepciones vividas. Muy listos, lo que se dice listos, no somos, porque actuar ignorando que la vida no es justa (ojo, tampoco injusta) y que el planeta Tierra está lleno de mierdas que caminan sobre dos piernas es una actitud tan absurda y gilipollesca como olvidar que el fuego quema.
viernes, 11 de julio de 2014
Un fallo tonto, un simple error
Pero, como decía, para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Las 00:05, concretamente. Hace un minuto, estabas subiendo en el ascensor futurista, colocándote la corbata roja comunista y tarareando esa canción de AC/DC de la que nunca te preocupaste por recordar el título. Hace dos minutos, entrabas en el lujoso vestíbulo del edificio con el sudor convirtiendo tu espalda en las cataratas del Niágara mientras te esforzabas por parecer un auténtico exterminador sin sangre en las venas. Hace dos minutos y cuarenta segundos, despedías al taxista después de un trayecto de media hora bajo neones amarillos y semáforos en ámbar escuchando los grandes éxitos de Julio Iglesias. Hace treinta y tres minutos, parabas un taxi en plena Gran Vía y te sentabas con cuidado de que la pistola no hiciera un doble tirabuzón desde el interior de tu abrigo hasta el suelo. Hace cuarenta minutos, apuntabas en un post-it las señas de tu primer encargo. Hace cuarenta y cinco minutos, terminabas de vestirte y, aunque te apretaba un zapato, te gustabas tanto en el espejo que te sentiste todo un Corleone. Hace cincuenta y seis minutos, te enjabonabas en la ducha al ritmo de Lady Gaga. Hace tres horas, tocabas la pistola alquilada como si fuera el Santo Grial. Esta mañana, te sentías invencible. Pero ahora, puto cretino, ahora estás a punto de cagarla. Una cagada tamaño familiar. Primero, porque has llamado al timbre. Segundo, porque no te has puesto guantes. Tercero, porque te ha abierto la puerta un tío que hace que los espartanos de las Termópilas parezcan hare krishna. Y cuarto, oh, bendito imbécil, porque al disparar el gatillo con una sonrisa diabólica en los labios te das cuenta de que tienes el cargador en el bolsillo del pantalón. Un fallo tonto. Un simple error. La primera hostia te despeina la gomina ultrafuerte antes de pedir tiempo muerto. La segunda convierte tu cara en cuadro cubista. Y la tercera…bueno, para cuando te viene la tercera hostia ya estás viendo pasar tus cuarenta años de vida a ritmo de videoclip. Y entonces, antes de llegar al "The End", recuerdas el momento en blanco y negro en el que tu abuela, toda pellejo y bondad, te acariciaba la nuca diciendo: "Estoy convencida de que llegarás a ser un gran hombre". Lástima. Para cuando te quieres dar cuenta de que eso no será así, ya es demasiado tarde.
viernes, 4 de julio de 2014
Preparativos
Aquel iba a ser un día importante. Con el cuerpo aún húmedo tras la ducha caliente, alzó la mano, descolgó el albornoz de algodón egipcio y se sumergió en la neblina vaporosa que desdibujaba su cuarto de baño minimalista. Limpió de vaho el espejo, encendió un pequeño halógeno, cogió del estante su cepillo de dientes, aplicó sobre las cerdas su pasta dentífrica blanqueadora, la humedeció bajo el hilo de agua del grifo y se cepilló enérgicamente la boca cuatro veces, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Llenó un vaso con agua y se enjuagó la boca mientras contaba mentalmente diez segundos. Escupió. Volvió a beber, volvió a enjuagarse durante diez segundos y volvió a escupir. A continuación, aplicó nuevamente la pasta sobre el cepillo y se lavó la boca cuatro veces otra vez y repitió los enjuagues. Seguidamente, limpió el cepillo y lo colocó dentro del vaso. Cogió su colutorio de sabor mentolado, bebió un sorbo e hizo un último enjuague durante treinta segundos antes de escupirlo. Se quitó con cuidado el albornoz, lo colgó en el perchero junto a la ducha y así, desnudo, volvió ante el espejo. Buscó su aceite hidratante y empapó y masajeó todo su cuerpo con él. Mientras su piel asimilaba la loción, acercó su rostro al espejo y escudriñó cualquier imperfección que detectara en su piel, ya fuera vello no rasurado o un punto negro. Descartó afeitarse pero sí cogió su gel facial tonificante con efecto exfoliante y se lo aplicó concienzudamente por toda la cara. Durante cinco minutos, se quedó completamente inmóvil. Luego, una vez el gel ya había hecho efecto, se lavó en el lavabo con agua fría, empapó delicadamente su rostro en la toalla bordada con sus iniciales y limpió con ella las salpicaduras que había en el espejo y alrededor del lavabo. Tras doblarla perfectamente, dejó colocada la toalla en el toallero. Cogió su desodorante con olor a polvos de talco y se impregnó con él axilas y pecho. Dejó el spray en el estante y tomó su gel fijador con efecto mojado. Se empapó con él las palmas de las manos y untó con él su suave y largo cabello negro. Finalmente, se peinó escrupulosamente hacia atrás sin dejar ni un solo pelo al azar. Se lavó las manos con alcohol desinfectante dos veces. Apagó la luz. Salió del baño y sus pasos se perdieron por la tarima del pasillo, apenas alumbrada por las primeras luces del amanecer que se filtraban por el ventanal que daba acceso a la piscina del jardín. En su vestidor, rodeado de decenas de corbatas, camisas, trajes, zapatos, gemelos, relojes...hasta la ropa interior aparecía iluminada como un objeto de museo. Sus pies cruzaron la moqueta de aquí para allá intentando configurar el conjunto que llevaría aquella mañana. No podía ser cualquiera. Ese día no. Aquel iba a ser un día importante. Le iba a conocer mucha gente. Escogió la corbata de seda roja que había comprado en Milán el verano pasado, la camisa blanca que había pagado con tarjeta en Londres durante las rebajas, el traje gris perla con el que festejó la pasada Nochevieja en Nueva York, los mocasines que había comprado en París la última primavera y los gemelos de plata que le había regalado su mujer por su sexto aniversario de boda. Impecable. Perfecto para un día tan importante como aquel. Sólo quedaba un detalle más. Entró en su despacho, cogió su teléfono móvil y llamó a la oficina. Pidió a su secretaria que cancelara todas sus reuniones y que se disculpara en su nombre sólo con quien fuera estrictamente necesario. Se despidió amablemente y colgó. Aquel iba a ser un día importante. No convenía que en el trabajo se enteraran. Aún no. Metió su móvil en el bolsillo y fue al salón. Se sentó en el chesslong de cuero negro, se descalzó y encendió su televisor de plasma de ciento veinte pulgadas. Aún no habían comenzado los informativos matinales. Sonrió. Entonces, se dio cuenta de que había olvidado algo. Volvió al aseo, cogió el exclusivo frasco de colonia que había comprado previa reserva por internet y se perfumó el cuello y las manos. Ahora sí. Ya estaba preparado. Retornó al salón, se sentó en el chesslong y apagó el televisor. No quería distracciones. Sacó su teléfono móvil, marcó y con una voz serena y cordial dijo: "Policía, he matado a mi mujer". Un minuto más tarde, la conversación había terminado y él seguía sentado en su chesslong, mascando pausadamente chicle con sabor a menta polar mientras contemplaba el cuerpo decapitado de su mujer, caído junto a sus zapatos, tal y como lo había dejado anoche. lunes, 30 de junio de 2014
Los años torpes
sábado, 28 de junio de 2014
Guerras grandes y guerras pequeñas
viernes, 27 de junio de 2014
Karen
miércoles, 25 de junio de 2014
Un juez valiente
lunes, 23 de junio de 2014
Satao
viernes, 20 de junio de 2014
23:05 gin-tonics
jueves, 19 de junio de 2014
Con el escudo o sobre él
Y nada de eso merece la pena porque quienes hoy son motivo de decepción y firmantes del fracaso han sido los últimos seis años el motivo de alegría y firmantes del éxito. No merece la pena ningunear un legado que quedará para la historia y la admiración de todo el mundo. No merece la pena criticar a quienes marcaron una época y cambiaron la forma de entender y jugar al fútbol. No
veces antes volvió con él. Las veces suficientes para estar agradecidos por siempre. Por
eso, en una noche amarga, dura, difícil, lo único que puedo es dar las
gracias a los que han ido y a los que no. Gracias por cambiar la
historia. Gracias por cambiar mi vida. Gracias por todo.viernes, 13 de junio de 2014
Madre Humo

No quedan secretos en esta casa. Ni risas. Ni pasos.
Se levanta del viejo de sillón de orejas que rompe la
linealidad del parquet. En lugar de encaminarse hacia la cocina y comprobar el rigor mortis del fogón y el rítmico babeo del grifo, avanza lenta y
silenciosamente hacia el pasillo, entre los rectángulos claros que motean las
paredes amarillentas del salón. Se mueve con la pausa y la indiferencia propias
de un espectro, impregnando los muros a cada paso con un penetrante olor a tabaco. En el pasillo, la penumbra. A su izquierda, un gran espejo
cuadrado cubierto de tiempo. A su derecha, tres puertas. Vaga hasta detenerse
un instante en la primera. Cerrada. La habitación de Jonás, el hijo mayor; el
último en escapar. Dentro, en el suelo, dos cajas de cartón repletas de libros
de Derecho y cedés de música abandonados hace tres años en una huida
apresurada. "Me mudo a vivir con Laura". Como cada día, roza su puerta con
amargura, como si lo maldijera, y continúa. La siguiente puerta está entornada.
Así ha estado los últimos cinco años. El dintel revela la luz del atardecer que
baña el cuarto de Candela, suspendido en la noche cuando arrojó veintiséis años
por la ventana. Pasa de largo. Hoy tampoco hay lágrimas. El aire se ha vuelto
amargo y denso a su espalda. No se inmuta. Aguarda ante la tercera puerta. Está
abierta. Es el dormitorio. La lámpara de la mesilla arroja acostumbrada un halo de luz mortecina. El armario está abierto pero apenas hay vestidos.
Hay paquetes de tabaco tirados entre pelusas de polvo. Unas bragas grasientas
cubren el cuello de una botella de ginebra a los pies de la enmarañada cama de
matrimonio. Poco más allá, un vaso roto por el que corretea una cucaracha. Sobre el cabecero, una foto de familia: dos padres posando sonrientes junto a
sus dos hijos pequeños. Los buenos tiempos; antes de que todo fracasara. No
entra. El intenso olor a humedad anticipa la proximidad del lavabo y la gotera
que reblandece su techo cada día. Antes de doblar la esquina y divisar el baño se disuelve como una espuma fantasmal reapareciendo de nuevo en el viejo sillón del salón para, sentada en su trono de un reino baldío, dejar que los minutos se caigan marchitos como hojarasca.
Tiempo después, quizás dos horas, quizás seis, Mercedes rompe su inercia y aplasta su octavo
cigarrillo en el cenicero de cristal que reposa en el brazo derecho del sillón
de orejas. Busca el mechero entre los pliegues de su camisón, hurga en la
cajetilla que sostiene su vientre y enciende un nuevo cigarro. Una nueva
bocanada recorre la casa dispuesta a borrar con su aliento de ceniza las
palabras “esposa”, “madre” y “familia” de todos los muros. Mientras, sus ojos,
duros, indolentes, vuelven a perderse en la nada.
Dos años más tarde, el trajeado vendedor de una
agencia inmobiliaria entra en el piso flanqueado por una joven e ilusionada
pareja de posibles compradores. Todo el domicilio está diáfano pero ella sigue
allí. Su alma de humo lo envuelve todo.
jueves, 12 de junio de 2014
La Escuela
Yo ya llevo tres años en la Escuela. Y, honestamente, espero seguir muchos más tanto por motivos académicos como culturales y personales. Porque la Escuela no es tanto un emplazamiento físico como una actitud y una forma de ser. La Escuela es una oportunidad para descubrir ideas, obras, autores y personas que, de una manera u otra, pasarán a formar parte de tu vida para siempre. Y eso no es algo que suela pasar frecuentemente. Quizás sea porque la ECH no es una escuela corriente. Quizás sea porque la ECH es especial. O quizás sea porque la ECH son las personas que forman parte de ella y personas así, en la vida, te encuentras con pocas, muy pocas. Y, por eso, estar y ser parte de la ECH no sólo es un auténtico disfrute sino una inmensa suerte.
martes, 10 de junio de 2014
Jetas de los fogones
Mi problema no es tanto con esa cocina que unos han llamado "creativa" (si eso es un arte, un vómito debe ser el equivalente a un Pollock) o "deconstructiva" (la "esencia del cochinillo" que diría el personaje de Santi Millán), como con/contra ciertos tipos encumbrados (por los medios y unos cuantos snobs) como referentes de los fogones cuyo mayor talento consiste únicamente en justificar sin descojonarse de risa lo que
en el fondo es y será siempre una auténtica tomadura de pelo servida en plato de diseño. Tipos que, más allá de cocinar "distinto", hacen del narcisismo y la caradura su leitmotiv existencial y de la cocina un nuevo objeto de pitorreo. Tipos como, por ejemplo, Ferrán Adriá y los sucedáneos que han venido después de él. Vendedores de humo de nuevo cuño. Timadores del gusto. Gurús de la soplapollez. Estafadores de la inteligencia. Buscadores de excusas alucinógenas. Miniaturistas de la gilipollez. Onanistas de la tontería. Personas a las que la honradez se les atraganta. Mamarrachos que se creen semidioses y que tienen hordas de "groupies" dispuestos a gastarse dinerales para probar su última memez, su bobada definitiva.
De todos modos, el problema no es tanto que existan tipos así: jetas, bribones, pícaros y mamones ha habido en todos los ámbitos, lugares y épocas. Y, además, cada uno vale para lo que vale y tomar el pelo es una habilidad como otra cualquiera. El problema es que haya gente dispuesta a hacerles la ola, a
aplaudir sus diarreas mentales, a mojar la ropa interior en su presencia y, lo que es peor aún, a gastar su dinero y atención en ellos. Y de esa gente, en España, hay mucha. Demasiada. Lo cual da una idea del nivelón de país que tenemos...Igual que lo da el hecho de que haya entidades españolas dispuestas a reirles las gracias, esto es, a soltar auténticos dinerales en concepto de patrocinio o promoción de estos genios de la majadería servida en platos cuadrados y que son a la gastronomía lo que Tàpies a la pintura. Visto así, la sociedad española hace que los morlocks parezcan expertos en física cuántica. Así nos va...
sábado, 7 de junio de 2014
X-men: Días del futuro pasado...y borrado
viernes, 6 de junio de 2014
Una mirada
Al abrir los ojos, volvieron a ser dos. Ella. Él. Ambos. El mundo quedó reducido a las sillas y la mesa de madera que los separaba en silencio. El circo ambulante y febril de lo ajeno se extinguió en un relámpago de memoria y sentimiento. En apenas un segundo, veintitrés años de ausencia habían quedado reducidos a un instante, a un parpadeo que unía en lágrimas la despedida y el reencuentro de quienes se amaron con la feroz sencillez de los que son libres para hacerlo. Con los labios cerrados y los ojos abiertos, sólo la emoción supo el camino correcto para decir lo que cualquier palabra habría convertido en imperfecto. Lágrimas llenas para palabras huecas. Juntaron sus manos. Sabían que no tendrían tiempo suficiente para recordar todo lo que compartieron ni para contarse lo que no vivieron. Nunca es buen momento para el vals de la nostalgia cuando la ausencia quiebra como aullido y el vacío pesa, duele y rasga. Por eso bastaron unos segundos para que dos rostros a punto de derrumbarse se dijeran lo fundamental. Te quiero, ayer, hoy, siempre.



















