viernes, 6 de febrero de 2009

De otra crisis: el Periodismo

Vivimos unos tiempos en los que convergen tantas y tan dispares crisis, que la novedad es que algo o alguien no esté en situación crítica. Mas, dejando a un lado el descalabro económico, el hundimiento político, la babilónica orgía laboral, la extinción de valores y la agonía cultural, hoy me gustaría volver la vista, la diana, la mano y la sinceridad a la estación que transita una profesión que estudié con decisión y vocación, que muchos hicieron grande y pocos honran; la única quizás que tiene en su esencia un compromiso ético de incontestable magnitud como es el de la búsqueda de la verdad. Me estoy refiriendo a una profesión que amo, lloro, añoro y respeto de forma nada velada: el Periodismo.

Hay quien dice que la profesión periodística está en crisis...y tiene razón. Pero, a mi juicio, muchos se equivocan a la hora de elegir la llaga en la que poner el dedo. Por todo ello y para evitar (aunque sé que no lo lograré) que mi pasión me lleve a escribir un alud de párrafos, intentaré sintetizar mi opinión en varios puntos:
  • Internet: ¿El origen de todos los males? Achacar a la Red de Redes la culpa de la crisis de la profesión no deja de ser un ejercicio de necia demagogia, furibunda cobardía, rauda estulticia y flagrante irresponsabilidad. Tiempo ha hubo agoreros y memos que vieron en la imprenta el final de los manuscritos, en la radio el ocaso de las gacetas, en la televisión el crepúsculo de la radio o en el vídeo el apocalipsis de las salas de cine y ninguno de esos cataclismos se ha cumplido. ¿Por qué? Porque un medio o soporte de comunicación, sea cual sea, podrá ser predilecto pero nunca sustitutivo de otro, antes bien, le completará de una forma en la que todo el mundo salga ganando. ¿Entonces qué ocurre con Internet? Que es la primera plataforma de comunicación que a las virtudes de los medios de comunicación tradicionales (inmediatez, contenido visual y sonoro, argumentos detallados) suma otra única e inalcanzable: la de tener una audiencia potencialmente planetaria que puede acceder, participar y generar los contenidos en cualquier momento y lugar. Por ello, la batalla de los medios tradicionales (y los profesionales que en ellos trabajan) "contra" Internet es una pugna perdida de antemano porque es un absurdo ver un enemigo donde hay un trampolín para poder hacer más, mejor y llegar a más gente. Entender la relación del periodismo tradicional con Internet como la de un visceral dialéctica es igual de irrisorio que atacar molinos de viento creyendo que son violentos gigantes. Es cierto que Internet requiere una forma nueva de redactar y estructurar la información y de trabajar, pero de la misma manera que el desempeño periodístico en la radio es diferente al de la televisión y el de ambos a su vez difiere de la práctica diaria en los periódicos y revistas. ¿Entonces? ¿Cuál es el problema? Que Internet ha supuesto un cambio que muchos periodistas y propietarios de medios no han querido ver, un reto que no han querido asumir y una oportunidad que prefieren perder. En Internet caben todo y todos, otra cosa es que haya quien por miedo, vagancia o mediocridad prefiera quedarse fuera.
  • El mango de la sartén: Por lo dicho en el anterior punto, a nadie se le escapa que Internet se ha convertido en una gigantesca cornucopia donde (casi) todo se puede encontrar en cualquier momento y lugar. De ahí que el mango de la sartén del acceso a la información haya pasado de los propietarios de los medios de comunicación al público, especialmente, los internautas. Hemos pasado del "ellos eligen por mí" al "yo elijo por mí mismo". Hoy, gracias a Internet, los portales especializados y los confidenciales, los blogs, las Redes Sociales y fenómenos como Twitter, ya no tenemos que depender de que alguien (me refiero a algún medio de comunicación) se digne o no (por interés) a decir algo o a poner el punto de mira en algo. Hoy, quien quiera y tenga un mínimo criterio (=sensatez) sabe "perfectamente" autoconsumir información de calidad sobre aquello que más le interese o inquiete...lo cual deja a los MC sin una de las principales bazas: Antes, lo que no salía en un periódico, radio o televisión, sencillamente, no "existía". Ahora, en los tiempos en los que Internet es una especie de descomunal cajón de sastre o cueva de las maravillas, da igual lo que digan los "medios de siempre", porque la Red se ha convertido en el principal self-service de la gente para muchas cosas, entre otras, la información. Por tanto, actualmente, los periodistas y los medios de comunicación ha perdido el poder de investir las noticias, porque impera la máxima de "Si tú no lo cuentas, otro lo contará". La cuestión, en definitiva, ya no es contarlo antes que la competencia, ni siquiera si contarlo o no, sino contarlo mejor y de una forma accesible (en toda la extensión de su significado). El periodista ya no puede ni debe conformarse con decidir qué es o no noticia, sino demostrar con calidad y honestidad por qué algo es noticiable.
  • Una brújula entre sargazos: Uno de los peligros derivados de la virtud de que en Internet haya espacio para todo es que la desinformación, la infoxicación, los bulos y las mentiras más arriesgadas tienen un foro atestado de demasiadas víctimas potenciales. Si a eso le unimos el sesgo empresarial y político que gangrena la deseable ética y praxis periodística en periódicos, radios y televisiones, estamos más cerca de ser engañados o de conocer verdades a medias que de estar bien (en lo ético y cualitativo) informados. Es necesario, por tanto, saber discernir y ejercer un sensato escrutinio ante la miríada de informaciones a las que tenemos acceso. Un problema que se solucionaría si los propietarios de medios dejaran de actuar moviéndose por criterios empresariales y filias y fobias políticas y si los periodistas que para ellos trabajan actuaran con arreglo a la sublimada y hoy casi extinta deontología periodística. Mas, como esa solución es harto improbable ("No interesa ser responsable"), sólo queda el remedio de formarnos lo mejor posible con la vocación de no querer ser parte de un rebaño ni gregario de ideas ajenas. Debemos poner todo en duda y reunir tantos argumentos a favor o en contra de algo para, entonces, decidir qué postura tomar. Todo lo demás será querer navegar a oscuras y sin brújula en un mar de sargazos.
  • La verdad no es un negocio: William Randolph Hearst es el polvo del que vienen estos lodos. No, no es Satán encarnado ni Loki hecho magnate, pero el inspirador de la soberbia Ciudadano Kane inoculó el virus que hoy es ley: El periodismo es un negocio como otro cualquiera. Y ése, mucho más que la irrupción de Internet, es uno de los grandes (y graves) problemas de la profesión hoy en día. Un compromiso ineludible con la ciudadanía no puede ser entendido en términos de beneficios o pérdidas. La honestidad nunca jamás puede contabilizare en euros o cualquier otra divisa. La ética periodística no es una cláusula opcional en un contrato. En resumen: La verdad no es un negocio. Es una obligación del periodista.
  • ¿Quién vigila al vigilante? Inicialmente, la Prensa y, por extensión, todos los medios de información que han aparecido a su larga sombra, estaba considerada el Cuarto Poder ("The Fourth Estate"), un poder al servicio de los ciudadanos y encargado de velar por el buen funcionamiento de los otros tres (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y denunciar aquello que lo entorpeciera o pervirtiera. Un planteamiento idóneo, ideal e iluso, pero imprescindible. El problema es que con el devenir de los siglos, el Cuarto Poder ha perdido distancia, ganado arrogancia y olvidado su labor de crítico y celoso vigilante para ser juez y parte, para ser un jugador más de ese avieso y penumbroso juego de influencias y prebendas que conforma el contubernio de los tres poderes de Montesquieu. Hoy, en el Periodismo, en líneas generales, el interés es sesgo y se trabaja desde la bilis. Hemos pasado del periodista ombudsman, látigo beligerante de conciencias y problemas, al periodista trabajando para látigos ajenos. Y así hemos llegado a una situación en la que la credibilidad periodística ha tocado fondo: Entre todos la mataron y ella sola se murió. ¿Quién dice la verdad? ¿Quién la traviste? ¿Quién la cercena? ¿Quién la esconde? ¿Quién hace todo ello a la vez? ¿A quién hay que creer? ¿Quién, en definitiva, vigila al vigilante?
  • Ahórrate esa biblia: La opinión mesurada y el análisis detallado eran una de las tablas de salvación a las que se aferraban (o se aferran) muchos propietarios de medios y periodistas cuando el Periodismo entró en su enésima crisis (poco antes del boom de Internet y los diarios gratuitos). El buen seso y fácil verbo de los articulistas y expertos de cada medio se convertía en un factor diferencial y reclamo genuino para atraer o fidelizar lectores, radioyentes, espectadores...Y eso estaría muy bien si alguien creyera que los intereses empresariales (entendidos como síntesis de chalaneos económico-políticos) y las filias y fobias ideológicas, tal y como glosaba en el punto anterior, no han triturado el crédito de los periodistas y los medios de comunicación. Por decirlo claro: hoy, más que nunca, el público se divide entre una inmensa minoría, como diría el poeta, periodísticamente atea y anhelante de verdad y el rebaño gregario y necio que se mueve a izquierda o derecha según ladre el perro-pastor. Cuando la opinión o el análisis se hacen desde la militancia y no desde la honestidad, muchos pierden y pocos ganan. Lo que es seguro es que los periodistas que ejercen de articulistas, tertulianos o voceros están convirtiéndose en vendedores de unas biblias en las que nadie con un mínimo de entendimiento debería ya creer.
  • La catástrofe ísmica: De ciertos "ismos", no se salva ninguna profesión, pero si hay una en la que sus perniciosos efectos son más flagrantes y nefandos, ésa es la periodística. ¿A qué "ismos" me refiero? A los siguientes: enchufismo, nepotismo, amiguismo, arribismo e intrusismo. "Ismos" que dan matarile a la sana competencia, pasan los méritos por la quilla y pueblan redacciones y sillones de rémoras, parásitos, jetas e inútiles. Yo, iluso defensor y creyente en el progreso mediante la formación, el talento, el mérito y el esfuerzo, sólo puedo ya glosar el obituario de estas caducas creencias, pero no por ello dejaré de criticar a quienes benefician y quienes se benefician quitando el suelo, la voz y la palabra a honrados profesionales sin más carta de recomendación que la de tener conciencia ni más mérito que el de haber estudiado Periodismo por vocación. Y es que, como en tantos otros ámbitos, las elecciones digitales (a dedo) y/o las genitales (a pelo) sólo han beneficiado a dos personas: quien elige y quien es elegido.
  • Made in Spain: Al menos en España, al descrédito y manipulación que sufren y ejercen los medios de comunicación, hay que añadir otro problema igualmente grave: estamos en una sociedad idiotizada, presa de sesgos y prejuicios, perdida en mil y una estupideces, y que aún anda enmarañada en guerras perdidas, batallas ganadas y revanchas por cobrar. Y así, por muy buen periodismo que se hiciera, no se puede ir a ningún lado, porque a "nadie" le interesa la Verdad, sólo que le digan lo que sus vísceras quieren oír, su prejuicios ver y sus egos están dispuestos a leer y, si no es mucho pedir, que en lugar de hacerles pensar, les hagan pasar el rato sin complicaciones ni reflexiones. Un país en el que cualquier juntaletras con enchufe, esperpento de reality show, golfa de expediente vaginal o manflorita de saliva letal se revela de facto como líder de opinión para una pléyade de gilipuertas. Un país en el que el circo, el jaleo y el esperpento tienen salvoconducto y patente de corso para marginar lo realmente importante. Ej: "Gran Hermano" se emite a las diez de la noche y hasta la una de la mañana; un valiosísimo e interesantísimo reportaje como el de Jon Sistiaga en Cuatro sobre la situación en Gaza, al filo de la medianoche. Y así vamos...en una sociedad de forofos y "mono videns".
  • Reinventarse es reencontrarse. Sin información, sin crédito, sin espíritu, sin ética...¿Qué solución hay? Reinventarse. ¿Reinventarse? Sí. ¿Y qué es eso? Ni más ni menos que reencontrarse con las raíces que antaño hicieron grande a esta magnífica profesión. Algo que no es nada descabellado, teniendo presente el silencioso pero abrumador éxito de algunos fenómenos muy reveladores: Qué triunfan: los blogs (= sinceridad + especialización), el periodismo ciudadano (= yo cuento lo que veo tal y como lo veo. Ej: Ciudadano M, de elmundo.es), y el reporterismo callejero (= ir a la esencia de las preocupaciones y circunstancias inmediatas sin más ánimo que el de reflejar con la contundencia de un espejo la realidad diaria. Ej: "Callejeros" de Cuatro, "Mi cámara y yo", "España Directo", "Madrid Directo", etc.). Es decir, recuperar el espíritu de los primeros periodistas y cronistas: Cuenta lo que ves tal como lo ves, no como te gustaría que lo vieran otros; volver a hacer de la honestidad y la sensatez dos méritos y no dos trabas; llenar las paredes de todas las redacciones del mundo con la palabra: "Integridad". Y, a todo ello, añadirle la convicción de que hoy lo que hay que hacer es no contar de todo un poco sino de un poco contarlo todo muy bien.
Y si todo eso falla...¿qué nos queda? Pues, al menos, ser sinceros con nosotros mismos y con quienes queremos y rezar para que los periodistas de raza y vocación (y no los de "profesión"...) no sigan en extinción.

Dedicado a Elvira, Javi, Matías, Irache, Myriam, José y todas aquellas personas que se niegan a sojuzgar los grandes periodistas que llevan dentro.

martes, 3 de febrero de 2009

La gracia del Monzón

Una cuestionable estratagema para aumentar la audiencia, una artera maniobra para atacar (no sin motivos, ojo) a la competencia ante miles de espectadores, una broma de escasa gracia y menos gusto. Como ven, se puede considerar desde varias ópticas el vídeo montado por el Gran Wyoming para reflotar un programa que naufraga, televisiva, intelectual y humorísticamente en cada emisión. No obstante, he de reconocer que el título de ese pretencioso subproducto está muy bien elegido: "El intermedio", momento en el que la mayoría de los mortales prefiere ir al servicio, hacer zapping, disipar su atención, porque todo eso se merece la estupidez realizada "ad maiorem Wyoming gloriam" y albergada en esa cadena que gracias a una nómina integrada por ex payasos y progres de baratillo consigue con notable esfuerzo que tres de cada cuatro programas sean una auténtica majadería.

Mas volviendo a la "broma" del Wyoming, creo que utilizar como objeto de escarnio y guasa una situación real, vergonzosa y alienante como la precariedad laboral y el régimen semiesclavista que sufren miles de jóvenes becarios (especialmente en medios de comunicación) no hace sino poner en evidencia el escaso ingenio, la discutible sensibilidad y la nula vergüenza de quien lo hace. Poco queda del incisivo, brillante y mordaz presentador del primer "Caiga Quien Caiga" telecinquero. El Wyoming de ahora es un divo sin gracia y con clac que está dispuesto a hacer lo que sea por llamar la atención, como ha demostrado con el vídeo de marras. Pero, tú tranquilo, Wyoming, que soy buena gente y, ya que te veo falto de ideas para que alguien le haga puñetero caso a la bobada insulsa e insufrible que perpetras, te sugiero los siguientes temas para tus próximas gracias: las familias enteras en el paro, las mujeres maltratadas, los enfermos de cáncer, los ancianos con alzheimer, los niños malformados...Todos ellos muy graciosos, ¿verdad? Tanto como tu broma poniendo a parir ficticiamente a una becaria, estimado estúpido.

Pero, dejando aspectos "humorísticos" aparte, ¿es ingenioso denunciar una carencia del periodismo actual formando deliberadamente parte de ella? ¿es sensato engañar para criticar? ¿es coherente creerse más ético y respetable que alguien perpetrando una memez chusca y dolosa que, se pongan como se pongan, es una obscena falta de respeto y responsabilidad? La respuesta a todo es la misma: No. Un tío que no ha terminado licenciatura y que ha vivido toda su real vida de hacer el memo en el aire farandulero y catódico no está en condiciones de dar lecciones de nada y menos aún de mofarse de la situación que sufren miles de becarios que que quisieron estudiar y dedicarse a una de las profesiones más bonitas, honradas, loables y denigradas: el Periodismo.

Por eso, no merece la pena perder un minuto más con José Miguel Monzón, un fantoche que se cava su propia ruina profesional, si es que lo hace se puede considerar un trabajo serio. Tus gracias, Monzón, son sólo equiparables a las de un huracán, así que, haz un favor a todo el mundo que no sean tus gilipollescos acólitos, y ahórratelas para siempre.

jueves, 29 de enero de 2009

Las reses

La Cow Parade ha sido víctima de las reses. Esta curiosa, original, llamativa y artística iniciativa se inició en 1988 en la ciudad suiza de Zúrich, y ha pasado en 50 ciudades de todo el mundo, entre ellas Nueva York, Londres, París, Sao Paulo, Buenos Aires o Tokio, en las que unos 200 millones de personas han disfrutado con estas peculiares vacas...pero claro, tenía que venir a Madrid...y así ha pasado lo que ha pasado: que la capital de España tiene el dudoso honor de ser un nefasto y difícilmente superable ejemplo de vandalismo y falta de respeto. Madrid, matadero del civismo, UVI de la educación. ¿Y todo por culpa de quién? De las reses, obviamente.

¿Qué reses? Pues las que conforman esa infame y deleznable manada integrada por escoria antisistema, turba grafitera, estúpida muchachada de papá (y la madre que los parió), infames borrachos o drogados con afán de pasar a una pútrida posteridad, graciosos cuyo mejor chiste podría ser fenecer y demás bestias antropomórficas que hacen de su vida un insulto y evidencian algo igualmente nauseabundo: Que en la sociedad en general, España en especial y Madrid en particular, los valores brillan por su ausencia y que la libertad sin freno ni justo castigo ha horadado las bases del respeto, en todos los ámbitos.

Alguien debería pararse a pensar que valores como el civismo no se enseñan con ridículas asignaturas impuestas por la bobería "progre", que las virtudes se aprenden por convencimiento, en el mejor de los casos, o por conveniencia, en el peor; que uno de los principales rasgos distintivos entre el ser humano y el resto de seres vivos es que, supuestamente, somos civilizados. Alguien debería pararse a pensar que la demagogia psico-progre y el desaforado libertinaje postmoderno son dos tumores que están echando a perder cosas tan indispensables como una mínima educación y una básica cultura. Alguien debería pararse a pensar qué significa ser padre o maestro. Alguien debería pararse a pensar qué tipo de sociedad y comportamientos están desarrollándose cual metástasis en las últimas décadas, gracias a la pasividad, cuando no el aliento, de incluso los medios de comunicación. Alguien debería pararse a pensar que ya está bien de paños calientes y miradas evasivas.

Yo tengo claro que, hoy por hoy, la multa, el castigo y/o la reprimenda física deberían ser herramientas sine qua non para domesticar (porque educar es misión imposible) o erradicar a la marabunta que tiene en iniciativas como la Cow Parade un triste escaparate para sus miserias. Porque esas reses, las que caminan sobre dos piernas y pastan a sus anchas gracias a que todo el mundo se la coge con papel de fumar o prefiere apostar por la gilipollez supina, para mí se merecen un destino que en el mejor de los escenarios sería limpiar de por vida con la lengua y las manos atadas las letrinas de cárceles, el suelo de las aceras, el alicatado de baños de carretera y pubs nocturnos, y el tafanario de elefantes africanos.

Mas...¡qué diantres! ¿Por qué evitar a esas viles reses el mismo cruel destino que tienen las apacibles bovinas? Denme una razón...Esperen. Ya la tengo: ¿Que esa escoria no vale ni para hacer carne de hamburguesas?

Bondad

Bondad: "(Del lat. bonĭtas, -ātis). 1. f. Cualidad de bueno., 2. f. Natural inclinación a hacer el bien, 3. f. Acción buena., 4. f. Blandura y apacibilidad de genio., 5. f. Amabilidad de una persona respecto a otra". No es la mejor película del año, no es siquiera una gran película, pero es una película muy bonita. Estoy hablando de "Siete almas", film que vi ayer por la tarde.

Su mayor (o mejor o único) fuerte no lo encontraremos en los apartados técnicos, ni en su guión (quizás previsible y con algunas lagunas injustificadas), ni en su reparto (en el que, en mi opinión una entrañable Rosario Dawson se come sin grandes alardes a un Will Smith con pocos matices). Su principal virtud está en lo que transmite, aunque sea con evidente efectismo y sensibilidad prefabricada, al espectador: el placer de hacer el bien en el mundo en que vivimos, el asombro de ser rotunda y radicalmente altruista en la sociedad actual, la sublimación de querer sin interés personal, la inmolación en la bondad. Algo de lo que no se habla o tal vez no se quiera o no importe hablar. Algo que merece la pena, cuando menos, tener presente siempre en nuestra vida diaria y en nuestra concepción de qué podemos hacer en este mundo. Algo ante lo cual, sólo cabe quitarse el sombrero y hacer examen de conciencia.

Ser de verdad una buena persona hoy en día es algo tan inusual, estrambótico y quijotesco que verlo plasmado en el cine conmueve y asombra. Es algo triste pero al mismo tiempo motivador para que todos intentemos emular a Ben Thomas, el protagonista de "Siete almas" y que la ficción sea superada por la realidad.

Yo, por desgracia, estoy lejos de ser alguien como Ben Thomas, pero me gustaría muchísimo serlo e intento, cada día, acercarme un poco más a ese gigantesco corazón. Y lo intento recordando y honrando las magistrales lecciones que me dieron excepcionales personas que han formado o forman parte de mi vida. Gente que da un sentido inexplicable y oceánico a la palabra "bondad". Nombres por los que merece la pena vivir y, más importante aún, dar la vida y todo lo que forma parte de ella.

En resumen, yo, después de ver "Siete almas", también querría ser Ben Thomas, con todas las consecuencias.

domingo, 25 de enero de 2009

Mi nombre es...esperanza

Es una de las más firmes candidatas a llenar titulares la noche de los Óscar, es una historia que merece la pena contar y es una película impecable: Mi nombre es Harvey Milk. He de reconocer que anoche, antes de que empezara el film, tenía más prejuicios en su contra que expectativas a favor, puesto que me esperaba una película panfletaria, sesgada y maniquea. A la salida del cine, estaba plenamente convencido de haber visto una película valiente, interesante, honesta, creíble, vibrante y con tantas virtudes que sólo puedo decir que todos los premios que se lleve (incluidas las célebres estatuillas doradas) los tendrá más que merecidos. Gus Van Sant dirige con talento y tino una película a medio camino entre el biopic y el documental interpretada por un reparto en el que hasta los figurantes bordan sus apariciones a la sombra de un inconmensurable Sean Penn, que regala todo un soberbio recital interpretativo (y van...). La vida de este tenaz y carismático activista y político gay, abanderado de las minorías en los convulsos EEUU de los '70 y paladín de los derechos de l@s homosexuales, trasciende el mero ámbito sexual, histórico, geográfico y cinematográfico porque Harvey Milk, al igual que tantos malogrados prohombres que han escrito con sangre el final de su existencia, no es sino un mártir de la esperanza, que, como bien claro deja la estupenda película, fue el motor de su incansable lucha e imperecedera ilusión.

En mi opinión, la película deja al espectador tres interesantes reflexiones:

  1. La única minoría deseable en una sociedad es la de quienes no respetan las diferencias. Todo el mundo tiene el derecho (y me atrevería incluso a decir que el deber) de ser diferente. Los seres humanos nos hacemos grandes en la diversidad y justos en el respeto al otro. Cada vez que alguien ha querido olvidar eso, la Humanidad ha dado un paso atrás.
  2. La lucha por la Libertad y el respeto a los Derechos Humanos no es tarea de los agraviados sino de todos los que tienen voluntad de hacerlo, porque si la injusticia no hace distinción, tampoco la deben hacer quienes quieran combatirla. Y, para ello, no hace falta poseer riqueza, poder, prestigio o medios. Sólo se necesita una cosa: Querer, de corazón. Porque la pugna contra la privación de Derechos Humanos y la coacción de la libertad no es una disputa para ganar o perder, sino para luchar, luchar y luchar, porque sólo luchando estamos haciendo lo correcto.
  3. En la película, Harvey Milk incide con cierta frecuencia en la necesidad de dar esperanza a los demás por un motivo que también se resume en una frase pronunciada por el genial Sean Penn en una escena: "Una persona pueda perfectamente vivir sin esperanza. Pero vivir sin esperanza no tiene ningún sentido". Y éste es, a mi entender, el gran mensaje de la película: nadie puede consentir que algo o alguien nos prive de aquello que nos da aliento y motivo para querer vivir y disfrutar de lo que la vida nos depare; nada ni nadie puede obligarnos a desprendernos de nuestras ilusiones y proyectos; que sólo nosotros podemos decidir qué hacer con nuestros sueños; que garantizando la esperanza estamos garantizando un derecho tan importante como el de la vida: el derecho a sentirse vivo.
Harvey Milk murió tiroteado. Sus logros quedaron para la posteridad. Su lucha por la libertad y los Derechos Humanos, por no extinguir la esperanza, sea cual sea, continúa...en ti, en mí, en tod@s.

sábado, 17 de enero de 2009

Deuteronomio 7:1-2

Dos niños han muerto. Dos hermanos. Dos refugiados. Dos inocentes. Y hoy son noticia, mañana un número (más de mil) y pasado, un amargo y marginal recuerdo. No seré yo quien defienda a un pueblo, como el palestino, que alberga a individuos capaces de salir a la calle y bailar jubilosos para festejar el 11-S. Pero sí seré yo quien ataque a un pueblo, como el israelita, que hace lo que le sale del Talmud, que mata moscas a cañonazos, que sólo ve el mal en lo ajeno, que ha sacado una deleznable y fructífera rentabilidad a su proverbial victimismo y que si no fuera por la silenciosa o velada aquiescencia de Estados Unidos, habría tenido más de un justo castigo.

El problema de Oriente Próximo es que es el resultado de un histórico cúmulo de despropósitos: una vergonzosa e ineficaz diplomacia internacional con vocación de orquesta desafinada, la creación forzada y forzosa de un Estado, la amplia difusión y el masivo calado de tópicos erróneos y mentiras demasiado peligrosas, la interesada conservación de una inestabilidad que da argumentos a unos y a otros para seguir apagando el fuego con gasolina, la explosiva fricción (que no convivencia) de religiones (caldo de cultivo del terrorismo), y, sobre todo, la actitud chulesca y provocadora, propia de matón, de una nación incapaz de solucionar sus propios problemas: Israel, cuyas acciones han obtenido el macabro logro de que alguien pueda morir de puro miedo en Gaza.

El principal problema de Israel no está en los belicosos palestinos ni en el abominamble terrorismo islamista ni en el Corán (que, dicho sea de paso, tampoco es el texto más tolerante y pacífico que se pueda leer...). El principal problema de Israel está en que sólo se acuerda de los Derechos Humanos cuando rememora su diáspora, clama contra las sucesivas expulsiones de los judíos, denuncia el antisemitismo, o llora por la infernal Solución Final. Un problema que hay situar en su justo y eterno contexto: los israelitas siempre han estado más pendientes de lloriquear, dar pena y autocompadecerse que de hacer autocrítica y preocuparse de ser mejores personas que quienes les hostigan o aniquilan. Comportarse como si el mundo y las Historia estuvieran en permanente deuda con ellos, como si esperaran escuchar a cada segundo "Perdón" y recibir palmaditas en la espalda, como si estuvieran por encima del Bien y del Mal por todo lo que han sufrido, no es la mejor receta para evolucionar ni como Estado, ni como cultura, ni como seres humanos. Vamos que vestirse de Calimero para actuar luego como Terminator, no es muy coherente y, menos aún, plausible. ¿Me explico? Porque a ver quién es el portakipá que me dice, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que todos los muertos (más de un millar) en su última "ofrenda vecinal" a Gaza eran terroristas peligrosísimos. Si ésa es la mejor forma de calmar los ánimos y zanjar el problema del terrorismo, yo soy Elvis Presley, hijos de Yahvé. Claro que, si lo que quiere Israel es tener una fuente constante de problemas que alimenten el secular rol de los judíos como víctimas de desgracias, lo están haciendo fetén. Y,ante este panorama, dejo una pregunta en el aire, para que cada cual la responda: ¿Son los judíos víctimas de sí mismos?

Sí, es una jodienda colosal ser los protagonistas de muchos de los sucesos más lamentables y trágicos de la Historia Universal y sí, a cualquier persona de bien se le encoge el alma y llora viendo "La lista de Schlinder", "La vida es bella" o "El pianista" y leyendo el "Diario de Ana Frank", pero ¿qué quieren que hagamos? ¿tenemos que concederles por ello una inmunidad "ad aeternum"? No, judíos míos, no. Les respetaremos, aplaudiremos o criticaremos si se lo merecen, como cualquier persona. Y, francamente, otra cosa no, pero críticas, se las están ganando a conciencia por su comportamiento en las últimas décadas, ya que Israel parece empeñado en comportarse con la misma indecencia y crueldad que el monstruo que desgarró el mundo con su esvástica. Israel hace años que ha convertido la estrella de seis puntas en una sádica mira telescópica y, ante algo así, uno no puede evitar sentir la misma repugnancia y aversión que tiene contra los yihadistas, los nazis, el Ku Klux Klan, ETA, y demás escoria que mancilla el aire que respira y el suelo que pisa.

Yo, en el caso de ser ciudadano de Irsael o de credo judío, me preguntaría cuándo eran mejores personas: cuando sufrían como víctimas o cuando actúan como verdugos. Si la situación actual es el camino en el que han desembocado el éxodo y el holocausto, los judíos no han aprendido nada, absolutamente nada. O, quizás, es que lo único que han querido aprender es lo siguiente: "Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra de la que vas a tomar posesión, él expulsará a siete naciones más numerosas y fuertes que tú: a los hititas, los guirgasitas, los amorreos, los cananeos, los perizitas, los jivitas y los jebuseos. El Señor, tu Dios, los pondrá en tus manos, y tú los derrotarás. Entonces los consagrarás al exterminio total: no hagas con ellos ningún pacto, ni les tengas compasión" (Deuteronomio 7:1-2).

jueves, 8 de enero de 2009

Vanity Brain

José María Aznar. Presidente. Antes, de un magnífico Gobierno. Ahora, de una controvertida fundación. De político ejemplar a divo autocomplaciente media la misma distancia que de prudencia a soberbia. Yo, fiel defensor y admirador de Aznar durante su actividad política (al menos hasta que perdió el norte y la chaveta), he logrado resistirme a comentar sus últimas andanadas porque pienso que cada cual tiene derecho a equivocarse si con eso expresa su opinión libremente. Pero hay errores y errores. Y del de su entrevista "Vanity Fair" es un error de esos que puede provocar un sarpullido, una carcajada, una tos nerviosa, un sonrojo o todo ello a la vez. Dichas declaraciones constituyen una evacuación de vientre intelectual sólo comparable a la elección de José Luis Rodríguez Zapatero como responsable de algo (este humanoide sólo puede ser culpable), la decisión de hacer recaer el peso del PP sobre los barbudos hombros de Mariano Rajoy o la producción de programas y series que exuda Telecirco. Así pues, vamos a la enjundia, que tiene guasa.

Calificar a George W.Bush de "gran estadista" es la mejor ironía y el sarcasmo más idóneo para resumir la aportación de este individuo a la Historia de la política estadounidense e internacional. La cuestión es que Aznar lo ha dicho en serio, lo cual, le postula como un fantástico "humorista a su pesar". Vamos, que ha dicho algo que, al menos públicamente, no ha afirmado nadie de la familia de Bush ni de su propio partido ya sea porque no lo piensen o porque, por pura sensatez y vergüenza, no se pueda decir a los cuatro vientos. Muy bien, Chema, muy bien. Bush, gracias a tu loa, ha ascendido sin duda al avieso elíseo donde encontrará compañeros como Hitler, ese gran filántropo semita, Joseph Merrick, eterno Míster Universo, o Torquemada, famoso libertino librepensador. Para rematar esa declaración de amor platónico, incondicional y unilateral, has dicho que el excepcional mentecato "está viviendo la hora de la ingratitud". Ahí no estoy de acuerdo, José María. No, majo, no. Yo creo que todo el mundo, geográfica y figuradamente, está y estará durante unos cuantos años en deuda con Bush, gracias a su imborrable legado, desbordante de astucia, habilidad, talento y sensibilidad. Lo cual me lleva a asociar mentalmente a Bush con Rodríguez Zapatero. Curioso, ¿verdad? Ya ven, la idiotez es universal. Sea como fuere, tú tranquilo, Aznar, que de Bush todos nos acordaremos tanto o más que tú. Claro que acordarse de alguien no significa necesariamente echarle en falta...

Pero hete aquí que la mente preclara del ex presidente español soltó otras dos perlas, demostrando la misma sensatez que en su "I love you, George", y ambas referentes a un hombre del que, de momento, sólo se pueden decir algunas cosas buenas y ninguna mala, básicamente porque no se ha sentado aún en el Despacho Oval: Barack Obama. La primera de las tarascadas es decir que su victoria es un "exotismo histórico" , puesto que habilita demasiadas lecturas negativas como para desaconsejar esa expresión, por elegancia, por prudencia y por sensatez. Un exotismo histórico (e histérico) sería que, por ejemplo, Boris Izaguirre llegara a la Casa Blanca, pero no un político que, de momento, no porta mácula alguna y sí mucha esperanza. ¿Se entiende la diferencia? Pues eso. Mejor harías, Josema, en hablar de contrastadas majaderías históricas como tu elección de Mariano Rajoy como líder de la (no)oposición, porque, estarás de acuerdo conmigo, Chemita, en que Rajoy es la mejor campaña electoral que ha tenido el PSOE en toda su historia. Básicamente porque gracias a tu delfín (más tirando a manatí) vamos camino de los ocho años de (des)gobierno de un ser antropomórfico que por valía intelectual y humana lo normal es que a estas alturas estuviera haciendo figuritas con sus propias heces. Ya ves, José María, el tándem Zapatero-Rajoy sí que es un exotismo histórico, y de los grandes. No hacía falta irse a Estados Unidos para encontrar verdaderos "exotismos".
La otra perla con regusto a imprudencia del prohombre de FAES es afirmar que Obama es un "previsible desastre económico". Fetén, Aznar. Ya que estás, dime los resultados de la próxima quiniela y la combinación ganadora del Euromillón, porque aventurarse de esa forma tan rotunda y temeraria en predecir el futuro sólo está al alcance del Oráculo de Delfos. Yo pensaba que las críticas fundadas se hacían a posteriori y no a priori, pero oye, que yo como adivino tengo tanto futuro como trapecista, así que...estaré equivocado ¿no?

De todos modos, no toda la entrevista de Aznar merece ser carne de papelera, pues dice cosas que maquillan el patatal opinativo e, incluso, son acertadas (algo de sensatez debía quedar de sus tiempos de brillante político), como por ejemplo: "la victoria de Obama es la prueba de que el sueño americano existe, por mucho que algunos se empeñen en decir que la crisis ha acabado con él", "Las renovaciones de los partidos se hacen integrando, no excluyendo. Así lo hicimos al menos en mi época y salió bien", o "Es cierto que existe una crisis de liderazgo muy importante ahora en España que no existía hace unos años". Mas, pese a ello, las declaraciones del ex presidente son un argumento irrefutable para dar plena vigencia a aquello de "Si lo que tienes que decir no es más bonito que el silencio, no lo digas". En fin, José María, cuidado, que te pierdes, que te pierdes...

sábado, 20 de diciembre de 2008

Ars nihili

Leo con gran sorpresa y mayor satisfacción que el Ministerio de Cultura abandona ARCO, ese circo grotesco donde esnobs, petulantes y jetas se dan cita para celebrar anualmente con una berrea de lo más circunspecta la defunción del arte. Quizás queden aún motivos para la esperanza, quizás el buen gusto no se ha extinguido, quizás la sensatez no ha tirado la toalla. Sea lo que sea lo que haya motivado tal decisión, mi más sincero aplauso para el Ministerio. Y ya puestos a hablar de arte, parlemos, que falta hace.

Yo me tengo por un profano amante del Arte y, desde mi ignorancia, me encanta descubrir obras y autores capaces de detener mi mirada, engatusar mis sentidos, privarme de palabras y arrancarme una profunda admiración como aplauso. No, no sé de Arte, al menos no tanto como me gustaría, pero sí creo tener un mínimo buen gusto y un incesante afán de descubrir maravillosas genialidades pintadas, esculpidas, construidas, compuestas, fotografiadas o filmadas. Por ello, si la dicha es buena, intento no faltar a cualquier cita con el Arte que la Providencia fije en mi agenda.

Pero hete aquí que en los últimos años me he dado cuenta de algo francamente frustrante: que no tengo ni puñetera, ni puñeterísima idea de Arte. Porque yo creía que Arte era, en pintura, lo que hacían, entre otros genios, mis predilectos Leonardo Da Vinci, Hieronyums Bosch, El Bosco, Pieter Brueghel, el Viejo, Rembrandt Harmenszoon Van Rijn, Doménikos Theotokópoulos,
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, Francisco de Goya, Edvard Munch, Paul Gauguin, Vincent Van Gogh, Claude Monet, Gustave Klimt, George Grosz, René Magritte, Pablo Ruiz Picasso, Norman Rockwell o Salvador Dalí. Yo estaba convencido de que Arte era, en escultura, lo que sublimaron Fidias, Miguel Ángel, Gian Lorenzo Bernini, Auguste Rodin, Juan de Ávalos y compañía. Yo pensaba sin temor a equivocarme que Arte era, en arquitectura, el ámbito donde brillaron con luz propia Marco Vitruvio, Juan de Herrera, José de Churriguera, Ventura Rodríguez, Juan de Villanueva, Antonio Gaudí o Santiago Calatrava. Yo juraría que Arte era, en fotografía, lo que originaba la certera genialidad de Roger Fenton, Henri Cartier-Bresson, Robert Doisneau, Robert Capa, Dorothea Lange, Man Ray, Bill Brandt, André Kertész, Brassaï, Alfred Eisenstaedt, Robert Mapplethorpe, Annie Leibovitz, Sebastião Salgado, Chema Madoz, Javier Bauluz y demás ases de la cámara. Pero qué va oye. Craso error el mío. El Arte es otra cosa. Al menos hoy.

¿Qué es el arte...hoy?
El arte hoy (y quien dice hoy puede decir los últimos veinte o treinta años) no es la virtud que lleva a un mortal a acariciar el terreno reservado para los dioses mediante la habilidosa y portentosa creación de una obra innegablemente conmovedora e inimitable en la que expresa su particular visión y sensibilidad. Rien de rien. El arte hoy consiste en algo distinto. Hoy el artista no crea, sino que perpetra. Hoy los artistas no compiten entre sí por la excelencia y el virtuosismo, sino por la necedad y la caradura. Hoy el arte no apela ni a cánones, ni a sentimientos ni a emociones ni a ideas, sino a un séquito de ceros tras un número en una cuenta corriente. Hoy el arte no se mide por la belleza ni por el talento, sino por la bobada injustificable y la desvergüenza desatada. Hoy ser artista consiste en que decenas de personas te traten como un mesías descendido del Parnaso siendo en realidad un auténtico gilipollas. Hoy ser artista se basa en coger a las Musas, vestirlas de dragqueens politoxicómanas y hacerlas bailar el Lago de los Cisnes. Hoy el artista no busca legar a la Historia, sino a la Histeria. Hoy el arte se asienta en un ejército de majaderos que asienten obnubilados ante las explicaciones de una élite de tontolabas que aplauden extasiados las razones de un espabilado con problemas de ego que decidió cambiar vergüenza por dinero. Hoy el arte es justificar un vacío intelectual, emocional y cultural con una tonelada de conceptos y expresiones que cuanto más ininteligibles y estrambóticas, más claque tienen. Hoy el arte es censurar la inteligencia, el buen gusto y la brillantez en aras de un esnobismo rampante y atroz. Eso, es el arte que se estila en nuestro querido planeta desde hace demasiados lustros. Pero, por si no ha quedado claro, aquí van unos cuantos ejemplos de las distintas Artes actuales:


  • Pintura: Amplia disciplina ésta. El lienzo puede ser víctima de un pintarrajeo propio de un niño de pañal, unos trazos que denotarían ciertas secuelas psicomotrices post-accidente, un esquizofrénico epiléptico armado con botes de pintura, un acopio de elementos policromados y pegados con exquisita ausencia de criterio...La última muestra del disparate pictórico la tenemos en cierta cúpula sobre la que un iluminado ha tenido a bien eyacular gotelé multicolor. Es un Arte que sin duda reporta copiosos beneficios, porque, en muchos casos, el mentacato adquirente paga la firma del perpetrador. Y si el traspiés lo suscribe un tal Tàpies, mejor que mejor, que no se diga.

  • Escultura: Ahora lo que se lleva es homenajear tiempos pretéritos, ya se aluda a la época en la que nos creíamos un Dios con baby amasando plastilina o arcilla, o bien a la oscura era en la que pasamos de ser monos a hacer monadas y venus obesas. También hay quien con soplete o superglue fusiona carne de chamarilero con esencia de desguace y planta el engendro resultante en una peana con un par de narices y dos millones de euros.

  • Fotografía: La disciplina que ha fagocitado buena parte de la atención y los espacios reservados antaños a la pintura, en parte porque, puestos a hacer el imbécil, una fotografía requiere menos tiempo y recursos que un cuadro. Lo más "in" es que, todo lo que recojas con el ciclópeo ojo de la cámara, lo muestres en blanco y negro: ya sea un paisaje, un retrato, un veteasaber o un minino miccionando. Sea lo que sea, en blanco y negro, que luce más y da más empaque y caché y parece más serio, aunque hayas inmortalizado a Cañita Brava cabalgando a Leonardo Dantés. En serio, es fácil: Fotografia a tu suegra, tu nauseabunda, grotesca y mórbida suegra en varios momentos del día y pásalo al "black and white", que dicen los que saben, y vete a alguna fundación o sala, que habrá seguro alguien que se muera por mostrar a la plebe el contundente mensaje artístico de los papos de grasa que sobresalen por la bata de guatiné.

  • Arquitectura: Ahora empezamos a darnos cuenta de cuánto daño ha hecho Lego al noble arte arquitectónico. Mastodónticos edificios que parecen una pelea de cajas, bloques donde el cristal y el acero se pelean por una migaja de hormigón, construcciones tan toscas que parece como si los Titantes estuvieran jugando al Monopoly con las piezas del Tetris...Si de la arquitectura actual dependiera, las Pirámides del Antiguo Egipto serían colosales cubos de rubik. Y es que, hoy más que nunca, se puede decir que vivimos en cubiles. Mas ya se sabe que aunque la mona se vista de seda, "moneo" se queda.

Así las cosas, dentro de nada ir al Museo del Prado, por poner un ejemplo, se convertirá ora en temeridad, ora en un deleznado ejercicio de anacronismo y la gente te señalará con el dedo por la calle y musitaran a tus espaldas, mirándote con temor como si fueras el eslabón perdido de un fascismo artístico.

¿Quién tiene la culpa de todo esto? Pues habrá quien diga que los jetas que, teniendo o no talento (casi siempre, lo segundo), deciden hacer de la tomadura de pelo un arte, ataviarse con una pose a medio camino entre la dejadez decadentista y la suficiencia intelectual y dirigirse al resto de los mortales como si fuera un sujeto procedente de otro planeta más civilizado, avanzando, chic, in, out y modernísimo. Y algo de culpa tienen, la verdad, por lo menos de estropicio en primer grado, gracias a los ingenios que defecan para la posteridad. Pero...yo creo que hay mayores culpables. A saber: Los gafas de pasta negra que carcajean y/o aplauden en una experiencia de éxtasis coprofágico ante las obras y lecciones magistrales de dichos mentecatos, los encorbatados que sueltan la tela y el espacio para dar pábulo a semejantes cretinos, y aquellos que siendo supuestamente inteligentes y mínimamente cultos deciden subirse al carromato de las necedades para convertirse en gurús apostólicos de ese nuevo "arte". Si estos infames y mal llamados artistas no tuvieran espacios donde exhibir sus atentados ni gente dispuesta no ya comprárselos sino a darles sustento anímico o conceptual, otro gallo cantaría. Eso seguro. Pero criticar con sentido común, hace tiempo que está mal visto. Ahora, si una obra de "arte" te parece horrible o ininteligible, no es que seas sensato, es que "no sabes" y eres un retrógrado que no está a la moda. Malos tiempos para la crítica...

En definitiva, el arte de hoy, el moderno, el contemporáneo o como le salga del tafanario llamarlo, es algo distinto sí, pero por ser tan distinto, ni siquiera es arte, como elegante e inteligentemente criticaba la musa de muchos modernísimos, Yasmina Reza en su obra más célebre. El arte actual no es nada o, en todo caso, es el arte de la nada, de la absoluta y mísera nada.

martes, 9 de diciembre de 2008

Donde las palabras no alcanzan a llegar

A veces, el tópico de una imagen vale más que mil palabras adquiere un innegable y conmovedor sentido. Éste es el caso. Podría escribir mucho sobre el suceso que da pie a este artículo. Podría evocar de nuevo todas las enseñanzas y emociones que me regaló mi inolvidable Sancho. Pero, en lugar de eso, creo que lo mejor es demostrar hasta qué punto, en ocasiones, una definición se torna exigua. Lealtad: 1. f. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien; Altruismo: 1. m. Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio; Bondad: 2. f. Natural inclinación a hacer el bien; Amistad: 1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato; Compasión: 1. f. Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias; Valentía: 1. f. Esfuerzo, aliento, vigor; 2. f. Hecho o hazaña heroica ejecutada con valor; y así podría continuar acopiando definiciones del DRAE hasta completar una panoplia de virtudes de esas que son piezas de coleccionista. Virtudes que el ser humano conforme crece pervierte a cambio de llenar el bolsillo, la cama y/o el ego. Virtudes que, por suerte y por desgracia, aprendemos y recordamos gracias a seres a los que, por lo general, se les infravalora, cuando no se les humilla y maltrata miserablemente.
Hasta aquí las palabras. A partir de ahora, las imágenes y las emociones:

sábado, 29 de noviembre de 2008

A propósito de Dorian Gray

Hace pocos días tuve el placer de ver en dvd la estupenda película "El retrato de Dorian Gray", adaptación al celuloide de la extraordinaria novela homónima del genio Oscar Wilde.

Sobre el film baste decir que, además de estar basado en la célebre obra literaria, corresponde a una época en la que en la binomía del blanco y negro se escondía una pléyade de joyas cinematográficas, siendo la cinta dirigida por Albert Lewin una de ellas. Mención especial merece la soberbia y magnética interpretación de George Sanders como el ingenioso, cínico y sarcástico mentor de Dorian Gray, Lord Henry Wotton. Éste, con sus brillantísimas y lacerantes frases, constituye un innegable trasunto del excelso provocador irlandés, que tiene en la elegante, decadente y hedonista personalidad de Dorian Gray el otro gran espejo en el que verse reflejado.


En cuanto a la celebérrima novela que da pie a la película de Lewin, baste decir que el genio de Wilde, autor de perlas como "El crimen de lord Arthur Saville y otras historias", "De profundis", "Balada de la cárcel de Reading", "El abanico de Lady Windermere", "Salomé" o "La importancia de llamarse Ernesto",pocas veces ha estado tan sublime, como bien ejemplifica el prefacio o todas y cada una de las intervenciones de Lord Wotton, verdadero corazón, a mi modesto entender, de la obra. Para aquellos que a estas alturas de la Literatura Universal desconozcan el argumento de "El retrato de Dorian Gray" (que dudo que sean muchos), diré que, ambientado en el Londres victoriano, aborda el fatal descenso a los hedonísticos infiernos de un apuesto joven que es retratado en un cuadro ante el cual el imprudente protagonista expresará un siniestro deseo: disfrutar de una belleza inmortal a cambio de que sea la pintura quien se deteriore conforme Dorian cava su sima moral merced a variados y nefandos actos de libertinaje. Un anhelo que se verá siniestramente cumplido con consecuencias imprevisibles.


Entrando más en materia, cabría decir que Dorian Gray no es más que el gran perdedor de la (aparentemente) inocua disputa dialéctica e intelectual entre el pintor Basil Hallward (que a servidor le recuerda, al menos en la película, al interesantísimo y controvertido Walter Sickert), honesto e íntegro representante de ideales a medio camino entre el platonismo y el epicureísmo, y su amigo lord Henry Wotton, un cínico aristócrata de sinceridad corrosiva e ingenio turbador que, en su lucha contra las caducas e hipócritas convenciones de la época, aboga con endiablado carisma por disfrutar de todo sin más miedo que el de castrar los anhelos y placeres propios. De esta forma, la belleza de Gray, reflejo de la virginidad e ingenuidad de su etapa bajo la tutela de Hallward, pasa a convertirse, con la influencia de Wotton, en la diabólica sublimación de los vicios humanos que, si bien universales, tienen en el Londres del siglo XIX una de sus mejores representaciones. Este triunfo de la perversión sobre la pulcritud tiene un ejemplo nada metafórico en la muerte de Hallward a manos de Gray, rebasando así las enseñanzas y escrúpulos de su perverso pigmalión Wotton, cuya transgresión, por muy elocuente y sonrojante que sea, jamás habría rebasado los límites que Dorian quiebra en su degeneración. Wotton encarna así lo que podría denominarse una "provocación de salón" mientras que su esbelto pupilo es el estandarte de la corrupción mediante la acción.


No obstante, cabe intuir cierta moralina judeocristiana en el desenlace de la historia, especialmente acentuada en la película de Lewin, en la que el arrepentimiento final de Gray lleva a la salvación de su alma, quedando el cuadro restaurado a su belleza y armonía inicial coincidiendo con el fallecimiento del retratado. Algo que quizás a alguien le recuerde a la salvación que vive mi queridísimo Don Juan Tenorio en su última hora (Parte II, Acto III, Escena IV: "Clemente Dios, ¡gloria a Ti! / Mañana a los sevillanos / aterrará el creer que a manos / de mis víctimas caí. / Mas es justo; quede aquí / al universo notorio, / que pues me abre el purgatorio / un punto de penitencia, / es el Dios de la clemencia / el Dios de DON JUAN TENORIO.") Una redención que si bien puede desconcertar y resultar incluso forzada, recuerda que el personaje, una vez, fue un hombre de bien y que nunca es tarde para arrepentirse.


Mas, por encima de libro y película, el icónico personaje de Dorian Gray me produce un interés añadido en la medida en que le considero un símbolo de nuestra sociedad actual: exacerbadamente sofisticada y seductora en apariencia, ataviada de las más bellas imposturas, encantadoramente mentirosa y manipuladora, anhelante de la inmortalidad y los placeres más variados aunque para ello recurra a siniestros y mefistofélicos pactos, con un interior podrido y hediondo donde anida el más cruel de los egoísmos en medio de un vacío de valores y escrúpulos, extinguidos a conciencia. Una sociedad que, como Dorian, es consciente de cómo es su "alma" pero prefiere marginarla en lo más recóndito de su conciencia allá donde los remordimientos no puedan llegar a tiempo...hasta que sea demasiado tarde, provocando un inmovilismo y cinismo pandémico que ahoga cualquier intento de evolución moral y siembra de minas el campo de la filantropía. Quizás sea el miedo a acabar como Dorian lo que atenaza conciencias o tal vez sea una suicida dejadez o una siniestra asimilación de "la normalidad" los causantes de ello. No lo sé. Doctores tiene la Iglesia para analizarlo. Lo que sí sé es que el retrato del mundo en que vivimos el espejo en el que se miraría Dorian Gray hoy en día. Y eso no es, en absoluto, bueno.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Sobre la tibieza

"Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca." (Apocalipsis, 3, ver.15-16) Que a Dios no le gustan los tibios es algo que queda explícitamente claro en ese pasaje del libro más alucinógeno e impactante de cuantos componen la Biblia. Algo en lo que abunda Dante en su excepcional "La Divina Comedia", al situar a los tibios en la antesala avernal, en el Canto III del Infierno: "Y yo con el horror ciñéndome la frente dije: Maestro, ¿Qué es lo que oigo?¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida? / Y él a mí: Esta suerte miserable es de las tristes almas de aquellos que vivieron sin infamia y sin honor./ Mezcladas están con aquel malvado coro de los Ángeles que ni rebeldes fueron a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron. / Los echa el Cielo por no ser menos hermoso: y el profundo infierno no los recibe porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos. / Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado qué los hace lamentar tan fuertemente? Repuso: Te lo diré brevemente: / Éstos no esperan morir,y es tan villana su ciega vida que envidiosos están de cualquier otra suerte. / De ellos no queda fama en el mundo, misericordia y justicia los desdeñan: no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa. / Y observando vi una insignia que sin descanso rondaba velozmente incapaz al parecer de detenerse: / y detrás la seguía una multitud de gentes de la que nunca yo creyera que tantas hubiera deshecho la muerte. / Después de haber reconocido a algunos me fijé más y conocí la sombra de aquel que miserable hizo la gran renuncia. / De pronto comprendí y certeza tuve de que esta era la turba de los cautivos que desagradan a Dios y a sus enemigos. / Los desgraciados, que nunca fueron vivos,estaban desnudos y molestados mucho por moscones y avispas que allí había. / Sangre les regaba el rostro matizada de lágrimas, que a sus pies fastidiosas lombrices recogían." Con este preámbulo tan erudito y extenso, creo que el lector sabrá ya que las personas que dan pie a este artículo son objeto de mi más sincera reprobación.

¿Qué es un tibio? Según el DRAE, lo siguiente: "(Del lat. tepĭdus). 1. adj. templado (‖ ni frío ni caliente).2. adj. Indiferente, poco afectuoso." Mas esta definición, aunque certera, se me antoja escasa. Tibia es, para mí, toda persona que, por cobardía o beneficio propio, pone una vela a Dios y otra al diablo o ninguna a ambos; los que tienen una determinación tan consistente como una caduca hoja movida por el otoñal viento; los que huyen de significación alguna abrigándose de la necia neutralidad que proporciona la ausencia de matices; quienes a una misma pregunta pueden decir una respuesta y su contraria dependiendo de quién la formule, dónde y cuándo; los convidados de piedra en cualquier discusión o diálogo que implique tomar un mínimo partido o expresar una nítida convicción; los que hacen de su autobiografía una compilación de fotocopias en blanco; los que sólo alzan la voz en infrasonido; los bailarines de aguas ajenas; los selectos manjares degustados por el ego de los vanidosos; los mercenarios del pensamiento; los oportunistas carroñeros que anidan en la penumbra de comportamientos de terceros; los que se visten su desnudez intelectual y moral con las corteses prendas de la invisibilidad relativista; los que por no ser, no son nada ni aspiran a serlo.

Habrá quien confunda la tibieza con la prudencia, mas ésta es evidencia de sensatez y buen juicio mientras que aquélla, ausencia manifiesta de ambos. También habrá quien diga que tibieza es sinónimo de mesura, pero ser mesurado implica ser consecuente con unas convicciones propias alejándose de actitudes exaltadas y extremistas a la hora de manifestarlas públicamente, mientras que ser tibio es, casi por definición, no manifestar convicción ninguna o que éstas se contradigan con inusitada facilidad dependiendo del contexto. Igualmente, habrá gente que piense que los tibios son discretos, y eso será cierto siempre y cuando se entienda la discreción como militancia en un relativismo apocado que huye de tomar cualquier idea o pensamiento como propio. Todo es mucho más sencillo: la prudencia, la mesura y la discreción son virtudes loables mientras que la tibieza es un defecto nefando.

Ciertamente, he de reconocer que la tibieza es repugnantemente provechosa y está muy extendida en nuestra sociedad. Ser tibio te concede un extenso margen de maniobra y una velocidad de movimientos, verbigracia de la volatilidad ideológica y moral, muy útiles en el mundo en que vivimos, especialmente en ambientes donde se aspire a medrar o sobrevivir, como, por ejemplo, el ámbito laboral. Pensar lo que se dice, decir lo que se piensa y actuar en consecuencia con tus ideas y convicciones sólo te asegura una satisfacción íntima y personal, pero, en cambio, te puede acarrear más de un problema si te mueves en lares donde la vanidad, la hipocresía, la adulación y la despersonalización son condiciones "sine qua non" para no ingresar las listas del paro o la soledad. Vivimos en un mundo donde ser uno mismo, expresar con coherencia nuestra poliédrica forma de ser y pensar y tomar partido es un riesgo demasiado perjudicial. En cambio, ser inocuo, anodino, maleable, indiferente y plano constituye un salvoconducto de supervivencia cuando menos y, en ocasiones, de progresión social. El relativismo exacerbado, la necesidad de aceptación y el miedo al fracaso y la soledad han dado lugar a una pandemia de tibios que con su actitud falsean la propia esencia del individuo.

¿Por qué me enerva tanto la tibieza? Porque aquellos que deciden ser sus apóstoles y heraldos son personas de las que no te puedes fiar nunca, con las que no puedes contar jamás y que te dejarán solo o vendido ante la turba como otrora hizo el primer gran tibio, de apellido Pilatos. Porque me parece que ser tibio es uno de las peores formas de ser un cobarde y la más cortés de ser un hipócrita. Porque si por los tibios fuera, la Humanidad se habría reducido a un homínido sentado sobre una roca esperando hasta su extinción a que algo o alguien hiciera algo por él. Porque me repugna ver personas que eligen ser cascarones vacíos a merced del viento, que cambian el Norte de su brújula en función del interés, que hacen de la indefinición su vil baluarte. Por todo ello, siempre contará más respeto por mi parte alguien que elija ser un malnacido o un bellaco con pintas antes que un tibio, porque al menos quien opta por ser un cabrón, toma partido y se arriesga conscientemente a afrontar las consecuencias de ello.

Por último, para cerrar este artículo que tiene más de confesión y declaración de guerra que de tal, dejo para los tibios la siguiente reflexión: Un cobarde siempre sobrevivirá a una batalla, pero sólo podrá ser un héroe quien participe en ella.

Con mi máximo desafecto, para todos aquellos que han decidido no ser absolutamente nada.