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domingo, 11 de mayo de 2014

"La mujer de negro": Un viaje al corazón del miedo

Allá por 2007, escribí una reseña en este mismo blog sobre la hoy famosa La mujer de negro, obra de Stephen Mallatratt, a partir de la novela homónima de Susan Hill, que presenta al espectador al señor Arthur Kipps, un honorable abogado que alquila un teatro y contrata los servicios de un actor profesional para que le ayude a recrear un misterioso suceso que le ocurrió hace años...y hasta ahí puedo escribir.

Ahora, se ha reestrenado en España, de nuevo protagonizada por ese incontestable maestro de la escena llamado Emilio Gutiérrez Caba (en esta ocasión, también desempeñando las funciones de
director), quien, en este nuevo montaje, está brillantemente acompañado por el joven actor Ivan Massagué.

¿Por qué volver a escribir entonces sobre una obra que ya he vi y comenté en su día? Por las mismas razones por las que merece la pena (volver a) ver La mujer de negro
  • Porque es una obra que pretende y consigue algo enormemente difícil (y máxime en un escenario): inquietar al espectador. Y lo hace de manera especialmente hábil, es decir, sin recurrir o apelar al susto o grito fácil, sino a la tensión, a la sugestión, a la mente del espectador.
  • Porque es un creciente recital de dos actores que simplemente bordan sus papeles.
  • Porque es una pieza ejemplar a la hora de demostrar que cuando hay ingenio no hace falta mucho más.
  • Porque es una fantástica prueba de cómo la complicidad y la capacidad de sugestión del espectador convierten lo irreal en experiencia real.
  • Porque es un entretenidísimo juego de teatro dentro del teatro en el que realidad y ficción se alternan hasta
    (con)fundirse.
  • Porque, más allá de lo sobrenatural y lo fantástico, habla de cómo nuestras deficiencias a la hora de enfrentarnos al dolor y la pérdida pueden desencadenar males mayores o, mejor dicho, peores.
  • Porque esta historia de fantasmas es una buena forma de revisitar el elegante e inteligente "terror gótico", ese que antaño cultivaron maestros como Edgar Allan Poe o Henry James.
  • Y porque, en esencia, es un viaje al corazón del miedo, entendido éste como una reacción de nuestra mente ante lo imposible, lo desconocido, lo invisible, lo imprevisto, lo inexplicable o, simplemente, ante lo que nos supera de tal manera que nuestro papel queda reducido a víctima.
Por eso, no puedo más que recomendar esta obra y este montaje porque, aunque mejorable (yo, por ejemplo, eliminaría las proyecciones de imágenes), dignifica al teatro como arte y espectáculo y, además, no decepcionará ni a los espectadores más exigentes ni a aquellos que sean menos expertos o simpatizantes del arte dramático. Y es que ver La mujer de negro es, con todo merecimiento y en muchos sentidos, un plan de miedo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Mujeres, genios y viceversa

Hace más de un año escribí en este blog una reseña sobre la penúltima genialidad representada en Madrid por ese maestro llamado Rafael Álvarez "El Brujo". Hoy tengo la suerte de escribir sobre la última: Mujeres de Shakespeare. Es decir, un genio comentando a otro. La obra, más cercana a una ingeniosa aproximación que a un profundo repaso de la vida y obra de William Shakespeare, tiene como eje central las protagonistas de algunas de las obras más famosas del célebre inglés. 

Si bien es cierto que algunas se quedan en el tintero (Ofelia, Lady Macbeth), las glosas del Brujo sobre Rosalinda, Catalina, Beatriz y Julieta son suficientes para dejar bien claro que los personajes femeninos de Shakespeare no sólo no tienen nada que envidiar a los masculinos sino que son bastante más interesantes (y modernas) que ellos. Con un análisis lúcido apoyado en un innegable conocimiento del literato más famoso en lengua no española, Rafael Álvarez "El Brujo" despliega ante el espectador toda una serie de reflexiones y comentarios que, entre chanzas y anécdotas, calan en el público mejor que cien ensayos sobre Shakespeare.

Con la risa y el pensamiento activos durante toda la función, ese magistral comediante y erudito del teatro que es El Brujo hace como en él es costumbre una exhibición de lucidez, ingenio, gracia, mordacidad, sabiduría y bufonadas que convierten cada una de sus obras en fiesta, rito y lección.

Acompañado por la excelente música de Javier Alejano y la cuidada y sencilla escenografía que suele ser habitual en sus obras, este magnífico "actor solista" llamado Rafael Álvarez no sólo tiene tiempo para acercar a profanos y entendidos la vida y las obras de Shakespeare, sino que además pone en la picota del ingenio toda la actualidad (crisis económica, situación política) y aprovecha para hacer una mordaz y merecida defensa de la cultura, del teatro y del patrimonio cultural-literario que tenemos en España y que valoramos tan poco, quizás porque la ignorancia nos cubre de demasiados complejos.

En tiempos en que nos gobiernan gilipollas capaces de gravar la cultura para recaudar impuestos y donde la gente se mira muy mucho en qué se gasta el dinero, no deja de ser muy revelador que todo el aforo de un teatro a rebosar ovacionara puesto en pie a Rafael Álvarez "El Brujo", un maestro que regala cada vez que pisa tabla algo más que arte dramático. Y eso se agradece y se premia. En el horizonte aguarda su aproximación a La Odisea. Ojalá pase pronto la espera.

lunes, 19 de marzo de 2012

Con pena y sin gloria

Marzo está siendo un mes letal para los comediantes españoles: Paco Valladares, Pepe Rubio, Quique Camoiras...artistas que seguramente han pisado más escenarios que alfombras rojas y que no han sido tan abrumados por los flashes como por el aplauso del público.

La reciente muerte del polifacético Valladares, unida a los de los otros citados, me lleva a preguntarme si en esto del "artisteo" patrio no hay una absurda e injusta desconsideración que se traduce en el reconocimiento mediático, social y honorífico.Comparando la trayectoria y la experiencia en las tablas españolas de los comediantes fallecidos con los premios que recibieron en vida y el impacto mediático que ha causado su muerte, me reafirmo en la idea que ya expresé en otro artículo de que si estos tipos hubieran nacido en Hollywood habrían disfrutado de un carisma, respeto y reconocimiento mucho mayor del que han recibido. Así que voy a ahorrarme aquello de "nadie es profeta en su tierra" y pasaré directamente a la discriminación según la cual en España hay "artistas de primera" y "artistas de segunda". Los de primera son los que esperamos ver en Los Goya. Lo de segunda, todos los que están marginados por la industria cinematográfica y tienen en el teatro o la televisión su último o único refugio. Me parece sencillamente lamentable. 

Dejando a un lado sus cualidades interpretativas, los géneros que cultiven y las preferencias de cada espectador, todos los artistas deberían ser tratados con la misma consideración porque al fin y al cabo los Valladares, Rubio, Camoiras y tantos otros han hecho por la dignidad actoral y el público español tanto o más que los VIPs que desfilan glamurosos o se ponen a berrear detrás de pancartas, etc. Conviene recordar que cuando en este país ser actor era una versión altruista de mendicidad, cuando en este país hacer reír costaba mucho ingenio y unas cuantas lágrimas, cuando en este país el mayor premio que podía tener un comediante era un aplauso o una carcajada, Valladares y compañía ya estaban pateándose tablas y platós con la honestidad y el orgullo de quien ama a su profesión y respeta a un público. Y eso es algo ante lo que no hay más remedio que agachar la cabeza y ser agradecidos.

Que España tiene una propensión alarmante al borreguismo y la ingratitud es algo ya casi proverbial, pero no puede servirnos de excusa para no valorar con justicia y agradecer de corazón el trabajo y la entrega de quienes humildemente lo han dado todo para honrar el arte dramático y a los espectadores que hoy les lloran. Y no creo que a quienes lamentan su pérdida les mueva sólo la tristeza, sino también la rabia. La rabia de ver cómo se marchan artistas españoles con pena y sin gloria.

sábado, 21 de enero de 2012

"Drácula": Terrible obra de terror

Anoche fui al teatro Marquina a ver la adaptación teatral de una de las grandes obras universales del terror: Drácula. Al finalizar la función, seguí esperando ver algo de teatro, algo de terror o algo grande. No obstante, he de reconocer que gracias a lo visto anoche ya puedo poner un perfecto ejemplo de que "terrible" y "de terror" no siempre es lo mismo.

Como ya he dicho en más de una ocasión, tener demasiadas expectativas sobre algo es, por lo general, bastante desaconsejable, porque si no te llevas decepciones monumentales.En este caso, mis expectativas eran varias: Me encantan tanto el género de terror como el de misterio; me entusiasma el teatro; me fascina Drácula (tanto la historia ficticia como el personaje histórico); me maravilla el talento de Emilio Gutiérrez Caba y me gustó muchísimo la sensacional obra anterior de los responsables de este Drácula: La mujer de negro. Después de lo de anoche, creo que la expectativa es el camino más corto a la decepción. 


Como en la citada y muy aconsejable La mujer de negro, en Drácula tenemos a Eduardo Bazo en la dirección, Jorge de Juan en la producción y Gutiérrez Caba como gran baluarte interpretativo. Un equipo que está perfectamente capacitado para solventar el handicap de llevar a escena una historia archiconocida desde que Bram Stoker la escribió allá por 1897 (en 1924, se estrenó la  primera adaptación teatral, obra de Hamilton Deane y John L. Balderston; en 1931, se estrenó su primera adaptación fílmica, con el antológico Bela Lugosi como vampiro; y en 1992 se estrenó en cines la que quizás es la versión más conocida en la actualidad: la que hizo Francis Ford Coppola). Quizás por ello, como reclamo, utilizan esta frase: "Una historia de terror como nunca ha sido contada". Efectivamente. De eso, ya no me cabe ninguna duda. 


Reseñar la función que presencié anoche durante dos horas es hacer la esquela de una ilusión o la crónica de un naufragio: El texto está lastrado por varios fallos, lagunas y remiendos flagrantes; el escenario (¿alguien limpia los cristales?) y los efectos especiales (exceptuando una breve levitación y una sensacional desaparición) son más propios de una producción amateur o escolar; las interpretaciones resultan forzadas y poco creíbles de principio a fin; no hay ningún momento de tensión, ni miedo ni nada que se la parezca; el interés por lo que ocurre en las tablas se desangra casi desde el comienzo; hay situaciones más propias de una parodia que de una adaptación; y los protagonistas...Gutiérrez Caba compone un Van Helsing que es es lo menos malo de todo y en cuanto a Drácula, Ramón Langa lo recrea en un homenaje involuntario a David Hasselhoff y Espartaco Santoni.


Quizás lo peor y más revelador que se puede decir de una obra que, como han afirmado sus responsables, pretende dar "mucho miedo" es que provoca la risa en más de un ocasión, como, por ejemplo, en la recomendación final de Van Helsing al público. Si quieres causar temor o tensión y al espectador le hace gracia o le deja indiferente...mal vas. Así pues...¿dónde está el terror? En todo cuanto sucede bajo los focos. ¿Dónde está el misterio? En quienes ovacionan con "¡Bravo!" al elenco al finalizar la función de esta obra fallida, anticlimática, decepcionante y con un regusto cutre impropio del equipo que la pone en escena.


En definitiva, parafraseando el reclamo publicitario, este Drácula es una historia de terror como nunca debió haber sido contada.

martes, 20 de diciembre de 2011

15 años de "La Fragua y la Luna"

Dicen que cuando despiertas no puedes recordar lo que has soñado. Siempre hay excepciones. Ésta es una.

He de reconocer que es difícil escribir sobre algo que pertenece más al ámbito de los sentimientos, las sensaciones y los recuerdos, pero creo que la ocasión bien merece el esfuerzo.

El comienzo
Aún recuerdo cómo en 1996, año en el que mi colegio celebraba su 25º aniversario, en los pasillos de las entonces clases de 3º de BUP, un pequeño grupo de alumnos apalabramos entre confidencias intentar poner en marcha un proyecto que nos permitiera vivir en carne propia lo que hasta el momento sólo nos encantaba como meros espectadores ocasionales.
Luego vino una reunión en la cercana y hoy desaparecida cafetería California, donde desmenuzamos formalmente por escrito lo que era una gran pero difusa ilusión. Más tarde llegó la entrevista con la dirección del Colegio y, por fin, los primeros ensayos en una pequeña aula junto a la Biblioteca.
Con el paso de los meses, la prueba de fuego no tardó en llamar a la puerta del “taller extraescolar de teatro”: Actuar en el marco de la tradicional e imponente gala navideña de los estudiantes de COU.
Y así fue como una breve e ingenua escena sobre las distintas maneras de vivir y entender las Navidades comprobó la fortaleza de nuestra convicción, compromiso e ilusión. Así fue como el teatro volvió al Colegio después de un largo mutismo. Así fue como nació el grupo LA FRAGUA Y LA LUNA. Así fue como comenzó un sueño.

Fuera de los focos
Desde aquel inolvidable día han pasado justo hoy 15 años, 16 obras (nueve dramas, seis comedias y una de misterio; siendo de creación propia cuatro de ellas), más de 36 funciones, 35 actores, decenas de personajes, cientos de espectadores y miles de anécdotas. Logros que no habrían sido posibles sin la ayuda de quienes quisieron o quieren ayudar a vivir este sueño. De ahí que sea más que merecido dar las gracias a…
  • La dirección del Colegio: Por darnos un escenario para nuestros recuerdos.
  • La Asociación de Antiguos Alumnos: Por su apoyo desde 1998.
  • Nancho: Por servir de motivación.
  • Los “fragualuner@s”: Gracias a los fueron: Carlos, Marta, Jorge, Quique, Elena, Lourdes, Paloma, Álvaro, Ana Isabel, Javier, Ana, Miguel, Marimar, Rafael, Laura, Ángel, Roberto, Luque, Gonzalo, Mari Carmen, Gema, Rosalía, Suso, Alicia, José, Rafa, Virginia, Anabel...Y a los que son: Manu, Mónica, Víctor, Pablo, María, Davinia, Nacho, Ana y Danil. ¿Por qué? Porque, sin vosotros, no habría sueño posible.
  • Al personal del Colegio: Por creer en el grupo de teatro.
  • A nuestras familias, parejas y amigos: Por la paciencia, la ayuda y las butacas llenas.
Con tanto apoyo y ayuda fuera del escenario es casi hasta fácil durar 15 años. Lo cierto es que una de las claves del éxito y la continuidad del grupo es toda la gente que no sale ante los focos pero que es, sencillamente, imprescindible.

Cuestión de principios
Durante quince temporadas, los integrantes de LA FRAGUA Y LA LUNA han saboreado momentos de gran alegría, sufrido con sucesos de intenso dolor, superado toda clase de adversidades y, quizás lo más importante, han crecido enormemente como personas. Tal vez por todo ello, lo que en 1996 era un menudo e inconexo grupo de estudiantes, hoy es un gran grupo de buenos amigos.

Parte del mérito lo tiene haber respetado año tras año la principal regla que rige al grupo de teatro: No ser conformistas. De ahí que siempre el grupo haya intentado acometer montajes que supongan un reto y enriquezcan en lo personal y profesional, sin importarnos géneros, modas, prejuicios, opiniones o dificultades. Y es que, aunque suene paradójico, la única manera de no caer en el conformismo es ser fiel a uno mismo.

Gracias a fijarse constantemente nuevas metas, a exigirse un ejercicio continuo de esfuerzo, reflexión e imaginación, a trabajar con humildad y responsabilidad, y a no caer en vicios como el divismo, la suficiencia o la vanidad, ha conseguido mantener fresco y sano este sueño que hoy ya es un proyecto firme y consolidado.

Es un grupo “amateur” o semi-profesional, sí (porque “sólo” dedican al teatro el tiempo libre que otras personas emplean en diferentes actividades más o menos saludables) pero pueden decir orgullosos que no buscan ni la fama ni el dinero: Tan sólo hacer bien lo que más les gusta. Y es lo que han hecho estos últimos quince años.

El legado
Con la ilusión de poder transmitir su amor por el teatro y la experiencia acumulada desde 1996, en noviembre de 2009 La Fragua y la Luna puso en marcha una escuela de teatro extraescolar en este Colegio, dirigida a todos los alumnos de entre 4º Primaria y 2º de Bachillerato y que persigue los siguientes objetivos: Mejorar la comunicación verbal (dicción, hablar en público) y no verbal (expresión corporal); fomentar la interacción, el trabajo en grupo y la convivencia; incrementar la autoestima y la empatía; estimular la creatividad e imaginación; enseñar de forma amena y práctica una importante parte de la cultura española y universal a través del teatro; y brindar a los jóvenes una forma sana y cultural de disfrutar de su tiempo libre. ¿Para qué? Para contribuir a que, independientemente del porvenir del grupo, el teatro no vuelva a hacer mutis por el foro en el Colegio y, fundamentalmente, porque despertar y compartir con los chavales la pasión por el teatro es una encantadora responsabilidad.

En cuanto al otro legado dejado por LA FRAGUA Y LA LUNA a lo largo de estos quince años, no hay que buscarlo en este artículo sino en los recuerdos de quienes han decidido sentarse alguna vez en las butacas del Salón de Actos para vernos actuar. Lo demás, como diría Shakespeare, es silencio.

Y por último…
Me gustaría dedicar este artículo y el 15º cumpleaños del grupo a unas excelentes personas que han sido parte inolvidable de LA FRAGUA Y LA LUNA y que hoy ya no están con noosotros: Marta Jordá, los padres Eduardo Razquin y Pedro Mª Oneca, y José Arcones. Va por vosotros, amigos.

Yo, por decisión propia, ya no formo parte activa del grupo de teatro pero me encanta poder decir ahora, como hice hace muchos años, que, con vuestro permiso, La Fragua y la Luna va a seguir soñando.

martes, 13 de diciembre de 2011

"Terrat Pack": El arte de pasar el rato (y disfrutarlo)

El Terrat hoy es fácilmente asociable a un humor inteligente y sutilmente ácido. De ahí han salido estupendos profesionales que te hacen reír sin faltarte a la inteligencia (Andreu Buenafuente, José Corbacho, Berto Romero, Jordi Evolé...) y programas televisivos con un más que notable y merecido éxito (Buenafuente, Salvados, Homo Zapping...). Por tanto, si uno es lo suficientemente espabilado para dejar aparte las filias o fobias ideológicas, no le quedará más remedio que reconocer que El Terrat es una garantía para, como mínimo, evadirte sin desconectar el cerebro.

Y eso es precisamente lo que ofrece el espectáculo Terrat Pack, un show cachondo, lleno de buen rollo y complicidad en el que Buenafuente, Corbacho, Berto y Ana Morgade se proponen pasárselo bien entre ellos y con el espectador como testigo y partícipe. Y lo consiguen.

Cuatro monólogos y tres canciones integran las casi dos horas de espectáculo en el que es muy complicado no estar sonriendo y bastante probable soltar una carcajada con frecuencia. En él se mezclan con ingenio y humor las agudas y sorprendentes reflexiones habituales sobre aspectos o circunstancias de lo más cotidiano con punzantes y socarronas referencias a la actualidad. Nada nuevo, pero todo bueno. Muy bueno.

Los tres chicos ofrecen lo que se espera de ellos (son collonuts) y ella, Morgade, hace lo suficiente (que no es precisamente poco) para estar a la altura de esos tres cracks del monólogo y el escenario. Todos estos cómicos juntos cumplen con lo que, conscientemente o no, esperas de un espectáculo así: Que te haga olvidarte por completo de la crisis, de la política, de la marabunta navideña, de la programación de Telecinco y del último partido del Atlético de Madrid...Y eso, en los tiempos que corren, es impagable.

Pocos pueden decir hoy que conocieron al "Rat Pack" de Sinatra...pero, con Terrat Pack en los escenarios, ni puñetera falta que hace.

jueves, 15 de septiembre de 2011

"Llama un inspector"...y aparece un actorazo

Anoche fui al teatro La Latina a ver la interesante obra "Llama un inspector", la más conocida de J.B.Priestley, traducida, adaptada, dirigida y protagonizada por uno de los mejores actores españoles que ha pisado una tabla: Josep María Pou.

La obra, ambientada a comienzos del siglo XX, aúna perfectamente crítica social, misterio e investigación policíaca para adentrar al espectador en la que en principio iba a ser una feliz noche para la acomodada familia Birling, una velada que cambiará radicalmente cuando la inesperada e inquietante irrupción de un inspector de policía desentierre unos terribles secretos...

A lo largo de hora y media, el público se ve inmerso en una trama que avanza implacable con precisión y firmeza en torno a los misterios que primero intuye y finalmente presencia en escena. Y digo misterios, sí, porque las causas del suicidio de la infeliz Eva Smith no son el único enigma que encierra "Llama un inspector"...y hasta ahí puedo contar.

Junto a la elegante y cuidada escenografía, hay que destacar la magistral interpretación de Pou como el inspector Goole. Hierático, mayestático, sobrio, sutil, contenido...Lo de este actor es una soberbia e impagable lección de teatro en estado puro. Lógico pues que cuando entra en escena funcione como un enorme imán y concite toda la atención hasta cuando no habla. Si su personaje acorrala con tranquilidad y aplomo al resto, algo similar sucede en la relación de este grandísimo actor (en todos los sentidos) con el resto de intérpretes del elenco, que ofrecen unas interpretaciones correctas pero que están en constante peligro de quedar eclipsadas por la exhibición de Pou.

Además de todo ello, los vicios que se critican y los valores que se defienden en "Llama un inspector", sintetizados en el gran monólogo con el que se despide Goole, tienen plena vigencia aún hoy en día, quizás porque son inmanentes al ser humano y por ello nunca van a dejar de ser de actualidad.

En definitiva, Pou regala a quien lo quiera ver un montaje interesante y recomendable que brinda al espectador la posibilidad de deleitarse con el buen hacer de alguien que domina con soltura el difícil arte del drama.

martes, 19 de julio de 2011

Los Memorables

Hay Miserables que se leen, porque un genio los escribió. Y hay otros que se sienten, porque unos genios los cantaron. Hoy hablaré de estos últimos.

He de reconocer que el del viernes pasado fue mi primer encuentro con la emocionante redención de Jean Valjean y de quienes le rodearon en la convulsa Francia revolucionaria de comienzos del XIX. Creo que el defecto se tornó en virtud, pues me expuse a presenciar este espectáculo sin ideas ni imágenes preconcebidas y eso me permitió disfrutar como sólo se puede hacer una primera vez.

La obra literaria, deudora de su tiempo, es un ejemplo magnífico del Romanticismo, con su amor puro y obstaculizado, su pasión irrefrenable, su idealización constante, su exaltado patriotismo, su conflictivo maniqueísmo, sus enrevesadas tramas, su rebeldía contra el destino...El montaje musical, deudor de nuestro tiempo, es una apabullante muestra de prodigio técnico y artístico.

Y así se podría acabar este artículo para el que no tengo palabras pero sí emociones. Eso es lo que queda, una vez acabada la función, retumbando dentro del asombrado espectador como el eco agradable y nostálgico que queda cuando presencias algo que sólo se puede calificar como inolvidable. Porque, sin importar siglos, contextos ni versiones, "Los Miserables" es una historia universal por la sencilla razón de que habla un lenguaje, el del corazón, que es común para cualquier ser humano. De ahí el éxito, de ahí los 25 años ininterrumpidos en cartel, de ahí las butacas llenas, de ahí las ovaciones. Aunque, en esto último, al menos en Madrid, tiene buena parte de culpa un elenco simplemente fantástico encabezado por un portentoso artista llamado Gerónimo Rauch.

Y poco más puedo escribir...porque lo que yo quiero contar, sólo se puede escuchar, sólo se puede ver, sólo se puede sentir. Quizás una cosa más: Si alguien quiere ir a un espectáculo cuyo único defecto es que termina, sólo se me ocurren dos palabras: Los Memorables.


sábado, 14 de mayo de 2011

"El Evangelio de San Juan": Divinas brujerías

El jueves noche tuve la suerte de ver en el Teatro Infanta Isabel la obra "El evangelio de San Juan", interpretada por ese maestro de las tablas llamado Rafael Álvarez, El Brujo. El montaje, al igual que ya ocurrió con sus magníficos predecesores "San Francisco Juglar de Dios" y "El ingenioso caballero de la palabra", convierte a este sensacional actor en una suerte de juglar enamorado de la palabra y de toda la vida e historias encerradas en ella. En esta ocasión, la premisa es desentrañar todo lo humano y lo divino que hay en el Evangelio de San Juan de una forma que sólo está al alcance de este mago de la interpretación, esto es, combinando socarronería y erudición, chanza y respeto, irreverencia y homenaje, humor y lirismo, risa y pensamiento, divulgación y conjetura, mundanidad y misticismo, evasión y reflexión, histrionismo y mesura, locura e ingenio.

Apoyándose en el lenguaje poético y simbólico empleado por el evangelista, El Brujo universaliza la vida de Jesucristo al narrarla y glosarla sin los férreos prejuicios, clichés y arquetipos con los que la Iglesia y el arte la han barnizado a lo largo de los siglos. Es decir, humaniza profundamente la historia de una figura excepcional y extraordinaria para que todo el mundo pueda sentirla como suya sin importar su credo o si siquiera tiene uno.Una interpretación arriesgada, por lo sublime y sagrado de la materia, pero que no está hecha para desvirtuar, denigrar ni ofender, toda vez que nace del ingenio y hace de la risa vehículo de catarsis y entendimiento.


Valiéndose de un diálogo tácito y cómplice con el público, Rafael Álvarez ofrece un montaje a medio camino entre la liturgia y la fiesta, la ceremonia y la jácara, el rito y la juglaría (que lo entroncaría con los misterios de Dioniso, dios del teatro, por cierto) donde el espectador disfruta de todo lo que El Brujo le obsequia para meditar y para reír. Un sensacional espectáculo de más de dos horas que culmina con una disertación y exhortación finales sencillamente magistrales y que ponen magno broche a una función que hace más y mejor por Jesús de Nazaret que muchos devotos, sacerdotes, prelados y sucesores de San Pedro.


En definitiva, una oportunidad casi única para disfrutar del teatro en estado puro y de alguien que honra ejemplarmente un arte (dramático) y un oficio (el de actor o juglar) con la magia del que sabe, domina y regala: Rafael Álvarez, El Brujo. 


lunes, 25 de abril de 2011

Por si alguien quiere ir a vernos...

He aquí la razón por la que en las últimas semanas no estoy tan activo en el blog como de costumbre. He aquí el motivo de muchas horas de esfuerzo y dolores de cabeza. He aquí la respuesta a aquello de "¿A qué dedica el tiempo libre?".

Sé que esto no es un artículo al uso ni un "post" típico ni tópico, pero, ya que comparto aquí muchas de las cosas que me generan enfado, cabreo o todo lo contrario, me parece oportuno compartir mi otra gran pasión, además de la escritura, y mi otra gran vocación, además del periodismo.
Se trata del teatro, actividad en la que empleo mis horas "ociosas" desde 1996 en el seno de un grupo semi-profesional del que, por cierto, soy cofundador. Dicha compañía se llama "La Fragua y la Luna" y, quien quiera interesarse por su historia, trayectoria y demás, puede hacerlo en su modesta pero completa web.

No obstante, el motivo de que hoy me salga de lo habitual no es otro que invitar, a quien quiera que esté leyendo esto, a ver el montaje que hemos hecho para este año. Se trata de "Don Mendo: La venganza", nuestra particular versión del clásico de Muñoz Seca, que si ya de por sí era gracioso el original, nosotros le hemos dado nuestro toque de humor característico. Por tanto, es una invitación para pasar un rato divertido y agradable disfrutando de un montaje en el que el grupo en general y yo en particular ha empleado muchas, muchas horas. La gente que nos ha visto a lo largo de estos años dice que el género que mejor se nos da es la comedia...¿Tendrán razón?...

En definitiva, que si alguien quiere ir al teatro a un precio muuuuy asequible (nosotros no vemos un euro de la taquilla recaudada, ya que tiene fines benéficos) o reírse a gusto o bien poner cara al autor de este blog, puede hacerlo, siempre y cuando esté el próximo fin de semana en Madrid:


¡Nos vemos! :-)


(Actualización: En el blog del grupo de teatro ya está publicada la reseña de la obra. Vaya por delante que la obra, pese al puente, fue todo un éxito)

sábado, 26 de febrero de 2011

Tricicle...¡Qué hijos de Garrick!

Anoche fui al teatro Compac Gran Vía a ver "Garrick", la reposición del espectáculo teatral con el que la compañía Tricicle celebró hace un año su treinta aniversario. El show, concebido como un homenaje a la figura del cómico inglés del siglo XVII David Garrick en el que se reflexiona sobre las distintas formas de hacer reír, se convierte de facto en una exhibición amena y sin tregua de los motivos por los que Joan Gràcia, Paco Mir y Carles Sans están considerados unos de los mejores grupos de mimo cómico de todo el mundo.

"Garrick" es una concatenación de gags y sketches de todo tipo con el común denominador del santo y seña de Tricicle: Un humor gestual sencillo, que no fácil, e inteligente, que no esnob. Como consecuencia, el público es fusilado a risa limpia a lo largo de noventa minutos que se pasan volando. Y es que yo hacía mucho que no me reía tanto en un teatro. Quizás por ello agradecí sobremanera la "propina" que estos tres maestros de la comedia brindaron a los espectadores al finalizar el espectáculo, consistente en un breve repaso-tributo a sus 31 años de actividad profesional y que volvió a desatar la más sana e incontestable hilaridad en el patio de butacas.

Podría escribir aquí cuál es mi sketch favorito, pero eso sería desmerecer al resto, dado que son absolutamente brillantes y desternillantes todos. Por eso, prefiero animar encarecidamente al lector a que, si tiene la posibilidad de acudir a ver "Garrick", o cualquier otra obra de Tricicle, lo haga sin dudarlo. No habrán invertido mejor el tiempo y el dinero en su vida dado que regalar buen humor, en los tiempos que corren, es algo simplemente impagable.

Cierto es que en España también podemos disfrutar del buen hacer de compañías dedicadas a hacer del gesto (y no de la palabra) un arma de diversión masiva (ahí están, por ejemplo, los divertidísimos Yllana), pero hay que reconocer que Mir, Sans y Gràcia están a un nivel superlativo en el que cualquier mínimo gag es toda una lección de comedia.
Por último, una reflexión sobre un detalle que me terminó por conquistar en mi primer encuentro con "Tricicle": Al concluir la función, los tres comediantes salen a las puertas del teatro a despedir y agradecer la visita a todos y cada uno de los espectadores. ¿Necesitan hacerlo con su fama y prestigio? No. Por eso, son Tricicle, porque son inimitables.

domingo, 30 de mayo de 2010

La venganza de Don Mendo: El inmortal humor de un genio

Hay días que me dan ganas de dar gracias a Dios por el teatro. Días como hoy. Acabo de disfrutar de una magnífica velada teatral, merced a la enésima representación de la celebérrima obra de Pedro Muñoz Seca: "La venganza de Don Mendo", que actualmente acoge el Teatro Alcázar. Tengo tantas cosas que decir, que espero no embarullarme.

Sobre el autor: Pedro Muñoz Seca. Víctima de la izquierda en vida y víctima de la progresía en muerte. Ninguneado y hostigado por su ideología (monárquico y católico) y envidiado por su incontestable éxito, Muñoz Seca fue asesinado por esos adalides de la libertad y la democracia en Paracuellos del Jarama, simplemente por ser un hombre valiente sin más arma que el ingenio ni más crimen que el de no ser un gañán o un esnob comunista. Prueba del talento y temple de Muñoz Seca son sus últimas palabras al pelotón que iba a fusilarle: "Me temo que ustedes no tienen la intención de incluirme en su círculo de amistades". Lo peor no es ya eso (que es simplemente abominable), sino que hoy exista gente (gentecilla o gentuza) que en colegios (como cierto profesor que yo sufrí, ¿verdad Juan Carlos?), universidades y otros estrados se dediquen,
por fobia ideológica o mera estulticia, ora a desprestigiar bochornosamente a este autor, ora a descalificar su soberbio sentido del humor y su talento literario que derivaron en su gran logro: el astracán. Para todos esos malnacidos y cretinos, sólo diré dos citas que otros prohombres literarios dijeron respecto a Muñoz Seca: Jacinto Benavente: "A Muñoz Seca no lo mató la barbarie, lo mató la envidia. La envidia sabe encontrar sus cómplices". Valle-Inclán: "Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro".

Sobre la obra: Con unas intenciones tan hilarantes y brillantes como la forma en la que está escrita, "La venganza de don Mendo" es una habilísima sátira en verso de los dramas románticos y las "comedias de honor" del Siglo de Oro (especialmente, las de Calderón) que cuenta las peripecias de un noble del siglo XII que ve cómo, por ingenuo amor, sus problemas de dinero se tornan en una mortal condena de la que consigue salvarse para llevar a cabo su venganza...Una obra divertidísima y desternillante ya sea como parodia de las otras arriba citadas o como pieza autónoma, y en la que los juegos de palabras y los dobles sentidos sustentan una trama delirante que cumple con uno de los grandes objetivos del arte dramático: Entretener y evadir.

Sobre el montaje actual: No seré yo quien descubra ahora las virtudes de Tricicle, responsables del montaje que levanta el telón en el Alcázar. Sólo diré que su versión donmendoniana es apta para fans y noveles y está hecha con un profundo respeto al original, si bien se han eliminado o "actualizado" algunos (escasos) pasajes obsoletos,
añadido algunos gags tan modernos como acertados, y adecuado la pléyade de personajes a un elenco de diez versátiles actores que, liderados por un espléndido Javier Veiga, hacen las delicias del público entre risas y carcajadas. Es un montaje que, en definitiva, no tiene nada que envidiar en absoluto a los otrora llevados a escena o pantalla por auténticos mitos de la interpretación y, por todo ello, recomendabilísima.

En definitiva, anoche volví a recordar por qué "La venganza de Don Mendo" es una de mis obras teatrales favoritas, desde que tuve la suerte de actuar en ella, allá por 2001.

domingo, 21 de marzo de 2010

Por el placer de verla

Hay veces que el teatro demuestra por qué lleva siglos y siglos entre nosotros mientras todo lo demás ha cambiado. Anoche fue una de ellas. Vi en el teatro Amaya la obra "Por el placer de volver a verla" o, lo que es lo mismo, una nueva oportunidad para disfrutar de ese arte que bordan sobre un escenario los actores Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, es decir, el de contar historias, transmitir sentimientos y conmover al público entretanto, como ya demostraron hace no mucho con la genial "Hoy: El diario de Adán y Eva de Mark Twain".

La trama de la obra gira en torno a la personal recreación de su madre (Nana) por parte de un dramaturgo (Miguel). A su lado y bajo su dirección, el público asiste a una sucesión de recuerdos dramatizados entre madre e hijo en los que hay espacio para todo lo que integra la tarea de vivir. El montaje no cuenta nada en especial pero todo lo que cuenta lo hace especial. Tan especial como puede ser algo íntimo. Tan especial como puede ser algo entrañable. Tan especial como sólo puede ser algo inolvidable.

Dirigida por el argentino Manuel González Gil y basada en la obra homónima (1998) del
canadiense Michel Tremblay, "Por el placer de volver a verla" es teatro en estado puro, sin etiquetas ni corsés de género, sin fastuosos decorados ni un elenco amplio. Dos actores ante el público y un torrente de emociones y sentimientos de un lado a otro del escenario. Es una obra que hablando del amor (materno-filial) y el teatro, acaba por conseguir que el espectador ame el teatro, gracias a las magníficas interpretaciones de Solá y Oteyza que realizan con sencillez, elegancia y talento un conmovedor paseo por todos los sentimientos que hacen que vivir valga la pena...y recordar, aún más. Mención especial merece Blanca Oteyza quien consigue hacer de Nana una madre arquetípica y única al mismo tiempo, universal y personal al unísono, esplendorosa, tierna, genial, maravillosa, inolvidable...como todas las madres, como mi madre. Es conmovedor ver tan perfectamente reflejado en escena un ser tan querido por mí, pensado por un autor que no conozco e interpretado por una actriz que jamás conocerá a mi madre. Creo que eso es parte del extraordinario encanto que emana esta obra.

Si la magia del teatro consiste en hacer olvidar al público todo durante un buen rato, establecer un vínculo cómplice e íntimo entre actores y espectadores y legar a estos últimos una sensación de placer que retumba dentro de su cabeza y corazón una vez finalizada la función, "Por el placer de volver a verla" es puro teatro...y, pese a su reiterativo final, una de las mejores obras que servidor ha tenido la suerte de ver...y una de las pocas que siempre recordará.


domingo, 24 de enero de 2010

"La Ratonera": Un buen montaje con un mal broche

Anoche vi un nuevo montaje de la obra teatral más famosa y representada (58 años seguidos) de la celebérrima maestra del misterio Agatha Christie: "La ratonera", que está basada en un relato corto "Tres ratones ciegos", inspirado a su vez en una exitosa pieza radiofónica homónima. Así pues, las expectativas para asistir a una obra con estos parabienes en su historial son justificadamente altas y la versión que ofrece Víctor Conde al amparo de Nearco Producciones no las frustra en ningún momento, motivo por el que tal vez cuelgan habitualmente el idílico cartel de "No hay entradas para la sesión" en el Teatro Reina Victoria desde su estreno, hace escasas semanas. Por ello, no me extrañaría nada que esta producción borrara a golpe de calidad y talento cualquier recuerdo de la versión que en 2005 pasó por el Teatro Muñoz Seca de Madrid, funestamente liderada por Jaime Blanch...

"La ratonera" que yo vi anoche es, empezando por su exquisito vestuario y escenografía, un compendio de elegancia y respeto por los clásicos donde el enorme potencial de jóvenes rostros de la televisión (buena parte de ellos coincidieron y/o debutaron en la serie "SMS" y "Sin tetas no hay paraíso") se combina hábilmente con el buen hacer de auténticos veteranos de las tablas. Estoy convencido de que hará las delicias de los amantes del género policíaco, la novela negra, las obras de Agatha Christie o juegos como el "Cluedo", entre todos los cuales me incluyo.

Todo, repito, todo en este montaje exhibe un nivel de detalle y mimo que es muy de agradecer, pues contribuye enormemente a meter al espectador dentro de la trama y ser partícipe de ese maquiavélico juego del gato y el ratón que se establece en esta obra. En especial, me quedo con esos impactantes lienzos de carne y hueso que ofrece el elenco al completo hasta en tres ocasiones y que, al menos a mí, me cortaron la respiración por su brillantez y efectividad...También es digno de reseñar el magnetismo de María Castro (que, en su debut teatral, confirma que hay talento de sobra más allá del paraíso...), la virilidad "made in Russell Crowe" de Leandro Rivera, la turbadora presencia escénica de Aroa Gimeno, el desparpajo de Guillermo Muñoz (que me recuerda mucho al "Seth Cohen" de Adam Brody) o las magistralmente mesuradas interpretaciones de Paco Churruca, Álvaro Roig y Maribel Ripoll.

¿Y qué pasa con el hilarante y catódico Gorka Otxoa? Pues lo mismo que, al menos anoche, sucedió con la función: Que fue de más a menos, hasta poner un remate que tiene más de borrón que de cénit. Quiero pensar que fue el lógico cansancio (ayer era doble sesión) lo que le hizo cometer al coprotagonista algunos deslices en el texto (anímicamente letales para cualquier actor) o que no controlara ni matizara su voz y entonación en más ocasiones de las que recuerdo. Pero lo que es innegable es que en el clímax de la obra, su garganta se convirtió en un gallinero y cayó en una sobreactuación desafortunada, contribuyendo decisivamente a poner un mal broche (la conclusión de la obra da la sensación de ser demasiado apresurada o abrupta) a lo que, hasta entonces, era un sensacional montaje. Tengo mis dudas de si este actor, magnífico en las difíciles lides cómicas, era el más idóneo para encarnar a "Trotter", pero su actuación de ayer me recordó, por desgracia, a la que perpetró Jaime Blanch allá por 2005...

De todos modos, fallos aparte, animo desde aquí a disfrutar de esta obra porque es una garantía, en todos los sentidos, de pasar un excelente e inquietante rato gracias a ese arte que tanto amo como es el dramático.



jueves, 17 de diciembre de 2009

Fusilamiento en la cuarta pared

Anoche fui a ver al Teatro Español la obra "Glengarry Glen Ross" de David Mamet, dispuesto a deleitarme con un ácido retrato del mundo laboral moderno en general y de la competitividad sin escrúpulos en particular. El tema y el elenco actoral casi parecían asegurar la satisfacción una vez saliera del edificio, pero..la velada fue distinta a lo esperado, por desgracia para mis expectativas.

En teatro, hay dos normas no escritas que se consideran de buen gusto y respeto para el espectador: no darle la espalda ni posicionarse en escena de forma que solapes o tapes al compañero (especialmente si estás hablando), en aras a que todo el público vea las expresiones corporales y faciales de los actores, algo esencial en un arte concebido esencialmente para ser observado. Pues bien, la versión realizada por Daniel Veronese es un constante ejemplo de lo contrario: Los actores se mueven en escena como si el público no existiera, es decir, como si realmente existiera una cuarta pared, lo cual incrementa la sensación de "voyeurismo" en el espectador pero socava el "ABC" de la interpretación teatral. El público ve tantas nucas, espaldas y nalgas parlantes como caras y torsos y , paralelamente, en más de una escena los intérpretes se mueven como si hubiera una competición malsana por eclipsar corportalmente el rostro propio y el del compadre. Y eso, si lo hacen actores con tantas tablas como los allí presentes, induce a pensar que es algo deliberadamente pergeñado por el director, Veronese. Yo, particularmente, habría optado por dos enfoques: un drama tan descarnado e inmisericorde que le acercara a la despiadada tragedia o bien una sátira hilarante donde el actor tenga más libertad creativa y el público más complicidad con lo escenificado. Ambos tendrían efectos acordes a la intención de la trama (criticar el despiadado mundo laboral) y, sin duda, serían mejor que convertir la función en una pretenciosa e insulsa "drag queen" de géneros teatrales.

Otra cosa chirriante es que la función no termina de encontrar el tono genérico en ningún momento: hay momentos en que parece un drama, otros sátira y algunos comedia y así lo único que se consigue es situar al público en una tierra de nadie donde no sabe qué dirección tomar. Si eso se ha hecho en pos de una verosimilitud próxima a la realidad cotidiana (incesante mezcla de géneros), se yerra, ya que, en teatro, la verosimilitud no viene por el tono o el género elegido sino por la naturalidad y credibilidad en las interpretaciones. Esto es competencia ora de quien versiona la obra, ora de quien la dirige y en ambos casos tenemos a Veronese al frente, lo cual empieza a oler a chamusquina.
Visto el percal, al espectador con un mínimo criterio sólo le queda agarrarse a las actuaciones del elenco, que en lugar de ofrecer una homogeneidad cualitativa, nos ofrece todo un abanico de posibilidades de cómo se puede actuar: Gonzalo de Castro (Roma) borda su cínico e incisivo personaje, constituyendo la mejor interpretación de la velada; Carlos Hipólito (Levene) ofrece una vez más una actuación intermitente en cuanto a credibilidad pero le salvan las tablas que rezuma; Alberto Jiménez (Moss), Andrés Herrera (Aaronow) y Jorge Bosch (Lingk) componen con naturalidad unos personajes que serían mucho más agradecidos si se les hubiera dotado de más matices para que no parecieran meros arquetipos; Ginés García Millán (Williamson) está tan acertado en la pose como desacertado en la acción y eso, siendo uno de los pilares de la obra, supone una vía de agua por la que naufraga su credibilidad; y en cuanto a Alberto Iglesias (Baylen) compone un personaje tan primario, tan básico, tan simple que ya es un mérito que sobreviva a un papel tan poco reconfortante. Que esto ocurra en un reparto donde hay tanto potencial y/o experiencia teatral, puede deberse a dos cosas: un mal día lo tiene cualquiera...o están mal dirigidos...

En definitiva, me gustaría ver esta misma obra dirigida por otro director o versionada por otra persona, porque tengo la sensación de que Daniel Veronese ha fusilado un texto y un reparto contra la cuarta pared. De momento, como crítica del mundo laboral, me sigo quedando con "El método Grönholm" de Jordi Galcerán.

De cualquier forma, al espectador no le cuesta absolutamente nada identificar con nombres y apellidos los roles y vicios laborales escenificados en "Glengarry Glen Ross", pues, por desgracia, son el pan nuestro de cada día en la mayoría de los trabajos: Jerarcas incompetentes, chulos acomplejados, palmeros pusilánimes, pelotas babosos, traidores de sonrisa eterna, arribistas hipócritas, gente dispuesta a defender lo indefendible...En ese sentido, esta obra de teatro es un malsano pero divertido juego en la que el público puede entretenerse buscando trasuntos reales y próximos a los personajes ficticios, porque, aunque han pasado décadas desde su estreno, el mundo laboral en general y las oficinas en particular, siguen siendo un estercolero moral y humano.