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jueves, 29 de marzo de 2018

Brazos abiertos, mentes cerradas

Más allá del empacho noticiero sobre la enajenación mental ¿transitoria? conocida como procés, hay noticias que verdaderamente merecen la pena y que por desgracia están casi eclipsadas por el delirio diario con géiser en Cataluña. Una de ellas hace referencia a la extraordinaria y conmovedora ONG Open Arms. Esta onegé española ya salió a la luz por el estremecedor documental Astral, de Jordi Évole, del que ya hablé en un artículo aquí mismo. Ahora, hace poco más de una semana ha vuelto a adquirir relevancia informativa ya que Italia ha inmovilizado el barco con el que esta ONG salva de una muerte más que probable a cientos de inmigrantes que se aventuran en el Mediterráneo impulsados por su propia desesperación, la falta de escrúpulos de mafias criminales y la jeta de estados fallidos africanos. Tal inmovilización se escuda en la acusación, por parte de la Fiscalía de Catania (Sicilia), de favorecimiento de inmigración ilegal y asociación criminal. 

Dejando al margen la evidente y miserable falacia esgrimida por dicha fiscalía para dejar varada a Open Arms, tiene bemoles que se pongan tan estupendos en un país que ha hecho de la corrupción de los tres poderes algo tan autóctono como la pizza y más aún que se la cojan con papel de fumar en una región como es la siciliana que es universalmente famosa por ser cuna y refugio de la Cosa Nostra, que no es precisamente una ONG ni un club filantrópico. Es decir, que lo de la Fiscalía de Catania con respecto a Open Arms redefine el concepto "caradura".

Lógicamente, ante tal desfachatez e injusticia, la gente de bien se ha movilizado para defender a la onegé española, especialmente en redes sociales, donde por ejemplo se ha viralizado un vídeo en el que diversas celebridades dan su apoyo a Open Arms y claman por la liberación del barco y la exculpación de la organización, idéntica reivindicación de una campaña lanzada en change.org que cuenta con cientos de miles de adhesiones ya. El ridículo ya está hecho. Por eso, la única salida es acabar con el bochorno cuanto antes. Hablando de bochorno, ¿a qué espera el Gobierno en general y el Ministerio de Asuntos Exteriores en particular para sacar la cara por estos compatriotas? ¿A que pase la Semana Santa? ¿A que alguien termine de leerse el Marca? ¿Hasta cuándo va a estar el Ejecutivo en modo "No nos metamos en eso"? En fin... 

De todos modos, esta pésima noticia evidencia que la hipocresía ha alcanzado ya unas cotas dignas de celda en Arkham. No ya por el absurdo de colgar un sambenito criminal a esta ONG sino porque precisamente organizaciones como Open Arms son absolutamente imprescindibles en un mundo en el que unos muertos cuentan más que otros y donde la pasividad, la indiferencia o la desidia oficial ceban las estadísticas de mortandad por todo el globo terráqueo. Siendo este el contexto, esta onegé se dedica específica y literalmente a salvar unas vidas a la deriva en un mundo en el que la conciencia ha naufragado. Su lucro, por tanto, es únicamente ético: poder mirarse al espejo sin sentir vergüenza. Pero, como digo, el trabajo de Open Arms y de otras tantas onegés sería totalmente innecesario si la estructura mental de la sociedad no discriminara por categorías a los seres humanos como si fueran los pasajeros del Titanic. De esto ya hablé en un artículo (Categorías de muertos), así que me remito a él. Pero quiero dejar aquí una reflexión: en 2017, el Mediterráneo fue la fosa de 3.116 almas migrantes (más que las víctimas del 11-S) y en lo que va de 2018 sus aguas han pasaportado al Hades a 318 inmigrantes (más que las víctimas del 11-M). Todo el mundo recuerda qué pasó tras los terribles holocaustos terroristas del 11-S y el 11-M. La pregunta es por qué no hay una reacción siquiera remotamente similar en cuanto a empatía, atención y esfuerzo para subsanar que el mar siga devorando en el anonimato a gente que lo único que busca es lo mismo que cualquier persona normal: un futuro mejor que su presente. El problema no es tanto una cuestión de brazos abiertos como de mentes cerradas, mentes que dejan fuera a seres humanos, mentes que niegan no ya un porvenir sino la propia sobrevivencia a personas que por desgracia nacieron en el lugar equivocado en el momento equivocado en un mundo equivocado.

La emigración extorsionada y precaria que amamanta al Mediterráneo con cadáveres es un problema tan serio como el del terrorismo internacional. Por eso, mientras los gobiernos nacionales y supranacionales sigan tocándose lo que no suena, a ONGs como Open Arms no habría que empapelarlas en una absurda investigación sino hacerles un monumento. Por eso, es urgente que se libere a Open Arms.

jueves, 8 de marzo de 2018

Por ella(s)

Hoy es el "Día de la mujer trabajadora", lo cual es toda una reiteración (vamos, un pleonasmo de manual): todos los días las mujeres trabajan y todas las mujeres trabajan, aunque no siempre ese trabajo sea reconocido o valorado. Redundancias aparte, lo más novedoso de esta jornada es esa iniciativa huelguista que tiene por objetivo demostrar una perogrullada: que sin las mujeres este mundo cojea tanto que se cae. Algo que se quedaría en obviedad si no fuera porque hay demasiada gentuza que se pasa por la quilla ese axioma. 

Sin embargo, no voy a dedicarme en este artículo a plasmar una catarata de datos y estadísticas que ponen de relieve aquello de que no hay más ciego que el que no quiere ver. Tampoco voy a dedicarme a glosar las biografías de extraordinarias mujeres que parecen haberse quedado en el tintero, sumidero o retrete histórico a cuenta de unos cuantos cretinos, caraduras e impresentables propensos a escamotear méritos y ningunear hitos en función de los genitales del personal. Mejores sitios hay que este blog para encontrar todo eso que hoy voy a orillar en mi artículo. Aclarado esto, sigo.

En ocasiones, más importante y recomendable que saber por qué luchas es saber por quién lo haces. Esto no es ninguna tontería. Tampoco es ninguna novedad: ya los antiguos griegos lo tenían claro cuando fomentaban los lazos afectivos entre los hoplitas para que en el campo de batalla más que dejarse la vida por su polis (que también) lo hicieran por quien luchaba a su lado. Vuelvo al tema. Cuando escribo este artículo estoy pensando en una mujer. Una a la que quiero, respeto y admiro profundamente. Una de quien aprendo siempre. Una capaz de iluminar mis momentos de mayor oscuridad sólo con pensar en ella. Una que creo que reúne todo lo mejor que puede ofrecer el ser humano. Una por quien me enfrentaría a todos los Inmortales de Jerjes, todos los castigos del Tártaro y todos los demonios del infierno. Ella apenas lleva una década correteando por este mundo que llamamos vida. Traducción: le queda mucho por ver y vivir. Y por eso escribo este artículo. Por el mundo que me gustaría que ella vea y viva cuando todos los mañanas sean hoy. Un mundo sin agravios que conviertan la Constitución en papel higiénico; un mundo en que lo laboral y lo salarial se jerarquicen en función exclusivamente del mérito, esfuerzo y talento; un mundo sin etiquetas, carriles ni cuadrículas que le hagan el trabajo sucio a prejuicios, clichés y estereotipos; un mundo en el que lo sexy sea el cerebro; un mundo en el que lo hot sea el corazón; un mundo en el que conciliar y reconciliarse no signifique hacer malabares sobre un alambre; un mundo lleno de personas que se preocupen de las personas; un mundo donde nadie sea más ni menos que nadie; un mundo en el que nadie sea lo suficientemente cobarde como para ser cómplice ni lo suficientemente cómplice como para ser cobarde; un mundo lleno de puertas abiertas o tiradas abajo; un mundo en el que el "quiero" gane la batalla al "puedo"; un mundo en el que la felicidad no dependa de una cuenta bancaria con sabor a fin de mes; un mundo en el que la nómina no amortaje la dignidad; un mundo donde tu destino no sea cuestión de suerte; un mundo donde ser feliz no resulte tan caro; un mundo en el que dejemos que los hechos hablen por las palabras; un mundo en el que los sueños sólo sean cuestión de tiempo; un mundo donde cada uno elija sus propias metas; un mundo donde no queden causas por las que luchar por haberlas logrado todas; un mundo donde ella pueda ser aquello que ella quiera ser y no aquello que le dejen ser. Ése es el mundo que quiero para ella. Y por eso he luchado, lucho y lucharé.

Yo no creo en la igualdad entendida como homogeneidad. Ni creo en las cuotas como soluciones. Ni creo en ese feminismo con el que algunas descerebradas quieren cambiar un desequilibrio por otro. Ni creo que ser feminista requiera la obsesiva misandria y el perezoso victimismo que gastan algunas personas presuntamente feministas. Ni creo en ese feminismo "postureado" de quienes por un lado critican indiscriminadamente a los hombres y al "heteropatriarcado" y por otro se aprovechan descaradamente tanto de sus congéneres masculinos como del paradigma falocrático. Ni creo que la sororidad vaya a ganar sola la batalla contra la desigualdad. Yo creo en la igualdad entendida como ausencia de discriminación de trato y oportunidades dentro de la diversidad. Yo creo en la reclamación de la armonía entre todo aquello que no es ni mejor ni peor sino distinto. Yo creo en ese feminismo que no es patrimonio exclusivo de mujeres sino de cualquier persona con dos dedos de frente y un corazón funcionando. Yo creo en la reivindicación activa y constructiva de lo femenino como un concepto que trasciende el sexo. Yo creo en la libertad real como la mejor forma de empoderamiento. Yo creo en una fraternidad de hombres y mujeres abiertos a la discrepancia pero comprometidos con dejar un mundo más justo, empático, sano y humano a quienes vienen por detrás. Porque la clave que mucha gente se niega a ver es que esta lucha no es una cuestión de sexo ni de un "quítate tú para ponerme yo" ni de cobrarse revancha sino, sencillamente, de juntar las manos suficientes para moldear el presente hasta que quede un buen futuro. Para mejorar las cosas, nunca sobran manos.

Decía antes que las luchas no se ganan tanto desde el "por qué" como desde el "por quién". Todos tenemos nombres para nuestras diversas batallas. Todos tenemos personas por las que damos y daríamos todo para verlas felices. Todos tenemos gente que se merece cada segundo de nuestro tiempo y cada gota de nuestro esfuerzo. En este asunto concreto, todos tenemos por suerte mujeres por las que luchar contra esta desgracia que es el brutal menosprecio hacia lo femenino. Por eso, yo me sumo a esta lucha sin pedir permiso y pidiendo paso. Sin quedarme ni quieto ni callado. Por esa personita que se merece el mejor de los mundos posibles. Lucho por ella, lo cual, en realidad, no es más que luchar por ellas. Por todas ellas.

domingo, 4 de marzo de 2018

La barra libre

Si los sueños de la razón producen monstruos, los de la libertad fabrican libertinos en serie. Ayer, tres de ellos se reunieron en Sabadell en un acto-pataleta cuyo objetivo, según ellos, era defender la libertad de expresión. Para hacer cosas así, no sólo se requiere una configuración genética determinada sino, por encima de todo, una vocación cultivada de forma constante y esmerada: la de ser un completo cretino. Confundir "libertad" con "libertinaje" es igual que entender como sinónimos "legal" e "ilegal", "bueno" y "malo", "inocente" y "culpable", "beneficio" y "perjucio", "sano" e "insano", "sabio" y "tonto" y demás grandes antítesis de ayer y de hoy. Y para confundir todo esto no todo el mundo vale: tienes que ser un cretino. Y Hasel, Valtonyc y Elgio son, por encima de todo, unos cretinos.

No voy a dedicar mi artículo a repasar la calidad artística de estos tres tipos (la coprofagia no es lo mío) ni a analizar sus curiosas pintas ("nulla aesthetica sine ethica") ni su nivelón moral (puesto que estos chicos compiten dentro de la categoría de "escoria"). Voy a dedicarlo a analizar brevemente su curiosa concepción de la libertad en general y la de expresión en particular como una especie de barra libre absolutamente despendolada. Estos tres pelanas que atentan simultáneamente contra la vista, el oído y el cerebro creen que la libertad consiste en el derecho a hacer lo que te salga del bolardo sin ninguna clase de límite ni contraprestación. Igual sería aconsejable que este trío de jichos y su séquito de paladines y demagogos, esos a los que se les llena la boca de libertad y se rasgan públicamente las vestiduras cuando un juez comete la locura de aplicar la ley, se dejaran caer por la Constitución Española de 1978, especialmente en su Título I, Capítulo II, Sección 2ª. Por dos motivos: Uno, para que supieran ubicar la tan manida libertad de expresión (artículo 20); otro, para que descubrieran que el disfrute de esa barra libre de derechos y libertades tiene tres requisitos: cumplir con los deberes (el respeto a la ley es uno de ellos y está consagrado en el artículo 10), asumir la responsabilidad de los actos (que viene a ser una manifestación del deber de respeto al ordenamiento vigente) y respetar los derechos de los demás (que ya no sólo es que esté enunciado de forma genérica como tal en el mencionado artículo 10, sino que en lo que atañe a la libertad de expresión está explícitamente estipulado en el punto 4 del artículo 20: "Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia"). Ignorar esto es esquiar fuera de pista y mear fuera de tiesto, habilidades ambas propias de cretinos patanegra. Por si hay alguno leyendo este artículo: "libertad" implica respetar la Ley; "libertinaje", en cambio, supone pasársela por la quilla. Por eso, cuando se comete un delito (que no es otra cosa que incumplir algo a lo que la Ley te obliga), como han hecho los integrantes de este triunvirato de presuntos homínidos, no se puede hablar de libertad y derecho sino de libertinaje y responsabilidad. Por eso, es particularmente descojonante que hablen de un Estado "antidemocrático" cuando precisamente no puede haber democracia sin un corpus legal que determine derechos y deberes y un poder judicial que haga respetar tanto unos como otros. Otra cosa es que estos fulanos de Hasel y cía prefieran una legalidad a la carta, pero para eso tendrían que migrar hacia alguna dictadura. Dicho de otro modo: lo que les ha pasado a estos tres perpetradores de supuestas canciones es una buena muestra de que a veces en España la Democracia, la Ley y la Justicia funcionan (todo un hito). Lo lamentable es que no siempre sea así y se hagan excepciones-agravios en función de cuestiones políticas, económicas, etc. Por eso, estoy plenamente convencido de que lo que verdaderamente les fastidia a estos chicos no es que les pisen presuntamente la libertad sino no gozar de la vergonzosa impunidad de la que gozan otros: estos tíos no quieren ser Éminem sino la Infanta Cristina

Incidiendo en lo que acabo de decir, si Hasel, Valtonyc o Elgio sienten las actuales leyes como unas hemorroides, que voten a alguien para que las cambien en Cortes Generales o que lideren una iniciativa popular para sacar adelante una proposición de ley para reformarlas. Eso es la vía cívica y legal para (intentar) cambiar las cosas que no te gustan. Claro que estos mamarrachos de cívico y legal tienen lo mismo que de escolanía del Vaticano.

Pero ya no es sólo que legalmente sus protestas, quejas y lloriqueos carezcan de cualquier sostén (la constitucional libertad de expresión no te hace inmune ni impune ante el Código Penal ya que precisamente te obliga a respetarlo -como a cualquier otra ley- a cambio de poder disfrutar del ejercicio de la misma) sino que tampoco lo encuentran en la lógica. Por ejemplo: si un tipo coge su 4x4 para jugar a los bolos con unos manifestantes ¿se le ocurriría decir que está ejerciendo su derecho a la libertad de movimiento? Pues esto, lo mismo. Otro ejemplo: si un esteta o un melómano reventara a leches a Hasel, Valtonyc o Elgio hasta dejarlo cubista ¿cuántos milisegundos tardarían en reclamar responsabilidades los afectados? Pues esto, lo mismo. Lo que no puede ser es que sólo te acuerdes de la Ley cuando te conviene. Salvo que seas un jeta...o un cretino.

Como además de cretinos son unos cobardes, quieren revestir su pataleta de un halo de lucha romántica en pos de la libertad artística y tal. Dejando a un lado que su valía y legado artísticos están a la altura de "zurullo en retrete" (y por tanto exponible en ARCO), es una pose que resulta bastante despreciable, porque, por ejemplo, Charles Manson podría haber recurrido a ese mismo sofisma para quejarse de su devenir judicial y penal. Al igual que él, estos tipos no están condenados por cantar sino por cometer un delito...aunque su penoso talento artístico también debería ser considerado delictivo. Si lo vuestro es "arte", figuras, yo soy Tina Turner.

De todos modos, para mí, lo más lamentable de todo esto es que se de tantísima resonancia mediática a unos tipos que han demostrado que lo suyo no es ni la música, ni el ingenio, ni la estética, ni el sentido común, ni la responsabilidad, ni la ley, ni la libertad. Lo suyo es querer que todo sea una barra libre, un sindiós, un cisco, un co*o de la Bernarda, un desmadre siniestro que tenga en cualquiera de ellos su particular Homero. Ojalá la cárcel los cambie. A mejor. No es difícil.

domingo, 18 de febrero de 2018

El gran Bang-Bang

Este artículo no tiene nada que ver con la cosmología sino con la onomatopeya para simular el sonido de un disparo porque estas líneas no vienen motivadas por las profundidades del espacio sino por las de la condición humana.

Aclarado eso, me gustaría empezar con una breve reflexión: en el ataque a Pearl Harbor murieron más de 2.400 personas y EEUU lo utilizó como excusa para entrar en la 2ª Guerra Mundial y desequilibrar así la balanza en favor de los "aliados" (y de paso eclipsar el mérito de la URSS, que fue tan decisiva o más que la potencia norteamericana para parar al Reich nazi, y revitalizar la economía estadounidense a lomos de la industria armamentística); en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York murieron más de 3.000 seres humanos y EEUU lo empleó como casus beli contra el "terrorismo internacional" (llevando la guerra a Afganistán e Iraq en un chapucero intento para fortalecer sus intereses en ese avispero). Desde 2011, en EEUU el número de víctimas por bala ha superado los 200.000 y sólo en lo que va de 2018 las armas de fuego se han llevado por delante a más de 1.800 almas en yanquilandia. Hacer cuentas o prorratear estas cantidades por año, mes, semana o día pone los pelos de punta. ¿Qué tiene que pasar para que EEUU declare la guerra contra los tiroteos que desangran su propio país? ¿Sólo hay motivo para guerrear cuando el rival es otro y no uno mismo? ¿Sólo interesa lo bélico cuando detrás hay un posible beneficio económico?

Es cierto que EEUU es una nación que se forjó con una Biblia en una mano y un arma de fuego en otra y que las balas están presentes en el subconsciente colectivo y cotidiano yanqui de una forma muy arraigada debido a esos tiempos pretéritos en los que la paz terminaba más allá del umbral del "Hogar, dulce hogar". Pero eso no debe servir para convertir el contexto en excusa. En España, por ejemplo, también nos hemos dado de mecos entre propios o contra extraños a lo largo y ancho de la península y los siglos y no tenemos este problema con las armas (tenemos otros, como, por ejemplo, una concepción del sistema penal bastante ferial y contraproducente). No, el problema de EEUU no está sólo en que sus gentes son de gatillo rápido ni tampoco en la facilidad con la que cualquier iluminado puede adquirir una pistola, escopeta o fusil sino en que el lobby de las armas (Asociación Nacional del Rifle para los amigos) manda y mucho en EEUU (hasta el abominable Trump dijo hace no mucho que en él tenían un amigo) y cualquier cosa que perjudique sus intereses supone perder miles de dólares y votos. Habrá quien diga que también influye la "cultura de la violencia" (cajón de sastre en el que ciertos expertos mezclan videojuegos, ficción televisiva y telediarios), pero esa cultura tiene un alcance global y no hay ningún país que sufra este sindiós, descartando obviamente aquellos en los que las organizaciones criminales (como pasa en México) o las organizaciones paramilitares (tal y como sucede en varias regiones de África) o terroristas (véase Afganistán) hacen y deshacen a su antojo. No, el problema de las masacres en EEUU tiene que ver con la propia idiosincrasia yanqui. Es una especie de esquizofrenia que lleva a autolesionarse sin que nadie dé (o tenga el coraje suficiente para dar) con el tratamiento adecuado. Y es que el gran obstáculo contra el autoterrorismo estadounidense es la deliberada pasividad con la que se aborda porque parece que hacer algo para regular el acceso a las armas de fuego resulta algo antipatriótico. ¿Hay algo más antipatriota que cepillarse a conciudadanos?

Estos días corre por las redes un gráfico a medio camino entre el meme y el sarcasmo informativo según el cual si el terrorista es musulmán se prohiben visados, si es hispano se alzan muros en la frontera, si es afroamericano se aumenta el número de policías y prisiones y si es blanco pues todo se solucionan con "nuestros pensamientos y plegarias" están con las víctimas y sus familiares. Todas reacciones reales, todas erróneas. También hay algo de esto en los motivos por los que EEUU se autolesiona a tiro limpio: la condescendencia con la que, a la hora de la verdad, se aborda el asunto porque, más allá de liquidar al presunto culpable en el lugar de los hechos o en un centro penitenciario (y ojo que lo de pasaportar al hades a esos dementes me parece genial), parece que allí solucionan las cosas con mucho postureo lacrimógeno: memoriales floridos, declaraciones con rostro serio y palabras rimbombantes y tira millas...hasta la siguiente matanza. Esto, nos lleva a su vez a otro factor que tampoco hay que orillar a la hora de entender semejante bestialidad mortuoria: la prepotencia que lleva a EEUU a creerse pluscuamperfectos. Curiosa perfección la que provoca enterrar inocentes.

En fin. Que me encantaría que la futura muerte de Nikolas Cruz fuera el punto y final a los balazos en EEUU pero pensar que eso va a suceder es pecar de ingenuo. Esto sólo pasará cuando EEUU pase por el diván y asuma que su doctor Jeckyll tiene problema muy serio con el señor Hyde. Mientras tanto, el gran Bang estadounidense seguirá expandiéndose por el tiempo y el espacio de la misma forma que el cósmico. La diferencia es que éste trajo la vida y aquél sólo trae muerte.

domingo, 11 de febrero de 2018

La portavoza


Si el sueño de la razón produce monstruos, el del feminismo alumbra engendros. En contra de lo que podría parecer, no voy a dedicar el artículo a hacer ninguna semblanza o lapidación de Irene Montero porque siento el máximo respeto y admiración por alguien cuya oratoria rivaliza con la de Cicerón, cuyo corpus intelectual tiene único parangón en Kant y cuya valía deja en minucia a Clara Campoamor. No, ahora en serio, me parecería un abuso dedicar un artículo a cachondearme de esta mindundi que aspira a ser la versión "calimocho" de la siniestra Dolores Ibárruri cuando además la susodicha ya ha sido masacrada con guasa y sorna en las redes sociales. No. Hay cosas más importantes que ésa y que eso.

Cosas como por ejemplo denunciar el empobrecimiento y la intoxicación que la corrección política, la demagogia y la banalización electoralista de legítimas reivindicaciones están causando a un idioma tan rico, vivo y fértil como el español. Un síntoma claro de esto es la polémica parida de "los portavoces y las portavozas" perpetrada por Montero, la cual no deja de ser una anecdótica chorrada a añadir a esa galería de los horrores lingüísticos junto a "miembras", "jóvenas" y demás majaderías. Pero, como digo, es un síntoma de cómo la politización del lenguaje está echándolo a perder bajo una tromba de eufemismos estúpidos (ej: el otro día, TVE dijo "personas con capacidades diferentes" para hablar de discapacitados), palabros estrambóticos y desdoblamientos innecesarios. Innecesario, sí, porque no hay necesidad ninguna de convertir al femenino una palabra como "portavoz", cuyo lexema principal ("voz") ya es de género femenino.

Cosas como por ejemplo cuestionar la coherencia que lleva a diferenciar radicalmente entre sexos biológicos manipulando los géneros gramaticales de los sustantivos en aras de la consecución (legítima, necesaria, improrrogable, incuestionable y loable) de la igualdad material y efectiva de entre hombres y mujeres a nivel laboral, salarial y social. ¿Distinguir para igualar? ¿Separar para unir? Es como querer prepararte un colacao y verter la leche en un vaso y el cacao en otro. Sinceramente, me parece gilipollesca esta obsesión con desdoblar sustantivos que tienen algunos presuntos paladines de la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. ¿Se soluciona la discriminación laboral, salarial y social retorciendo el lenguaje? ¿Se acaba con el machismo ampliando innecesariamente el diccionario? Honestamente, creo que si alguien se siente incómodo con un sustantivo de significado inclusivo sólo por el género de dicho sustantivo el asunto no tiene nada que ver con el antagonismo machismo-feminismo ni con la reivindicación de la igualdad ni con la visibilización de la mujer sino con un problema de tipo psicológico, como cualquier fobia o filia. Por ejemplo, yo me siento tan tranquilo y representado cuando alguien dice "la humanidad" o "la especie" como cuando se emplea "el ser humano" o "el hombre". Igual que no me salen sarpullidos si alguien me denomina como "periodista" ni entro en shock anafiláctico si se me califica como "urbanita" ni tengo una angina de pecho al sentirme aludido cuando alguien dice "hinchada colchonera". Querer ver problemas donde sólo hay palabras es como ver gigantes donde sólo hay molinos, y no precisamente por un empeño quijotesco sino por un cipitostio mental de quien confunde velocidad y tocino, churras y merinas, culo y témporas. De seguir las actuales trazas de querer dar soluciones gramaticales a problemas que requieren únicamente revulsivos legislativos y educativos, lo único que se va a conseguir es saturar y enfangar un idioma como el español y una lengua como la castellana. La igualdad efectiva y real entre hombres y mujeres no pasa por reformar el diccionario ni la gramática española. Pasar por reformar leyes y conciencias. En ese sentido, flaco favor hace a la lucha por la igualdad entre sexos y la visibilización de la mujer quien dedica su esfuerzo y tiempo a juguetear con el idioma de una forma burda, cutre y chapucera. ¿Se imagina alguien cómo reaccionaría el personal en general y las pseudofeministas en particular si un grupo de hombres liderara una reacción "a la Tabarnia" y empezara a reclamar urbi et orbe el uso de vocablos inexistentes en género masculino como "periodisto", "poeto", "atleto", "articulisto", "estilisto", "cerebra", "taxisto", "criaturo", "persono" y paridas similares? Las mujeres no necesitan que cambien las voces del castellano sino que, como diría el poeta, se les dé la voz y la palabra...a ser posible no para decir memeces sino para demostrar que en este mundo no puede haber más discriminación que la basada en el mérito y la valía.

Cosas como por ejemplo aclarar a algunos tarugos y algunas lerdas que no es el diccionario de la RAE el que hace a la sociedad española sino que es la sociedad española la que hace al académico diccionario. Éste no es otra cosa que un recipiente que recoge y refleja nuestro idioma: va a rebufo de la sociedad, no en vanguardia. Por eso, sandeces como decir que el diccionario es machista y hay que cambiarlo no sólo evidencian un profundo desconocimiento de cómo funciona el asunto sino que equivocan el tiro y la diana. Cuando la sociedad cambie (y, ojo, debe cambiar), el diccionario cambiará. Punto. ¿Que es más fácil hacer críticas facilonas y demagogas que impulsar cambios legislativos que solucionen de raíz la discriminación contra las mujeres? También. Pero cada persona llega hasta donde se lo permite su vergüenza y su cerebro.

En resumen, si el verdadero feminismo (que es una cosa bien distinta al que reivindican las despelotadas de FEMEN y la "postureante" progresía española), ese que puede y debe implicar a cualquier mujer y hombre de bien, depende de gente como Irene Montero, apañado va.

domingo, 4 de febrero de 2018

Un día para el carpe diem

Hoy es el Día Mundial contra el Cáncer. Una conmemoración que puede parecer "innecesaria" para una de las enfermedades por desgracia más conocidas, comunes y devastadoras en nuestra sociedad. Ahí están las cifras para contarlo: en España, el cáncer afectó sólo en 2017 a cerca de 230.000 personas, está en el podio de causas de estancia hospitalaria, es el principal responsable de las muertes en hospitales (casi el 25%) y una de las primeras causas de fallecimientos en nuestro país. Así las cosas, resulta complicado encontrar a alguien que viva ajeno a esta maldita enfermedad. Todos conocemos a personas con cáncer y todos hemos perdido por el cáncer a personas cercanas y/o estamos cerca en lo afectivo de gente a la que esta enfermedad ha privado de un ser querido. Por eso, todos sabemos que el cáncer no es sólo lo que hace con tu cuerpo, ni tampoco con tu economía (agrava o aboca a la pobreza a cerca de 25.000 personas al año) o con la gente a la que quieres sino lo que hace con tu psique, que no es otra cosa que ponerla a prueba mientras revisas tu propio expediente biográfico, peritando tus hitos y fracasos, tus alegrías y tus penas, tus aciertos y tus carencias, tus oportunidades aprovechadas y tus oportunidades perdidas. El cáncer es quizás uno de los recordatorios más crueles de que vivimos colindando con el vacío, de que la muerte no sigue guiones, de que la existencia es una evaluación continua, de que diferir, postergar o retrasar algo es el atajo más corto a que se nos quede en el tintero, de que lo humano no es divino sino biológico, de que la vida no (te) espera. Dicho otro modo: es una de las más brutales actualizaciones del célebre memento mori latino con el que, en la Antigua Roma, un humilde siervo recordaba al triunfal general su condición mortal para atajar cualquier regodeo en la soberbia. Es, a pesar de las "esperanzadoras" estadísticas (el 53% de las personas con cáncer en España se cura), una de las principales encarnaciones de la Muerte y eso saca de nosotros los pavores más ancestrales del ser humano, de modo que no pocas personas ven en esta enfermedad un tabú, un motivo para el eufemismo o una razón para el temor reverencial, como si fuera la Santa Compaña. Y, no, no estoy escribiendo desde el postureo ni con un afán retórico porque yo no soy ajeno al cáncer: un familiar muy cercano y una buena amiga de mi familia han padecido esta enfermedad, la misma que ha roto el corazón a amistades a las que quiero. Así que no, esto no es un bla-bla-bla. 

Hace no mucho, una persona a la que conozco bien fue diagnosticada de un cáncer complicado, adjetivo que puede resultar redundante pero que agrava ese frío que provoca el merodeo del Tánatos. Recuerdo que, al saberlo, tuve una reacción rara por lo siguiente. Siendo honesto, he de decir que se trata de la misma persona que, por un lado, me dio mi mayor y mejor oportunidad profesional, y, por otro y en última instancia, me perjudicó deliberada, injusta y profundamente en lo laboral y personal hasta tal punto que es casi imposible explicar mi Tártaro actual excluyéndola. Por eso, estos últimos años he tenido unos sentimientos más agrios que dulces cada vez que el recuerdo de esta persona ha roto mi terapéutico olvido. Pero, como la vida es experta en sorprenderte a base de zascas, al conocer que esta persona tenía cáncer lo primero que sentí fue pena por sus allegados y lo segundo fue compasión por ella. Sin hipocresías: lo sentí y lo siento así. ¿Por qué? Por un lado, porque sería aberrantemente inhumano no empatizar con cualquier individuo que esté atravesando un trance así y, por otro, porque creo que si finalmente el cáncer mata a esta persona (espero que esté dentro del 53% de supervivientes que citaba antes), habrá perdido la oportunidad de enmendarse, de rectificar, de afinar su biografía, de reparar todos sus errores, de mejorar, de desequilibrar su balanza biográfica en favor del lado de los aciertos. ¿Por qué comparto esta anécdota personal? Porque pienso que esta enfermedad tan extendida y cruel puede y debe hacernos reflexionar sobre lo que hacemos con nuestra vida cuando estamos sanos. Porque el cáncer no sólo es memento mori sino también, y quizá sobre todo, carpe diem, locución que no sólo invita a disfrutar de la vida antes de la muerte sino a no malgastarla, a aprovecharla, a hacer que nuestra vida cuente para nosotros y para quienes forman parte de ella, a lograr que nuestra vida merezca la pena de nuestra muerte. ¿Cuántos minutos, horas, días, semanas, meses, años desperdiciamos nuestra vida en cosas que no llevan a ninguna (buena) parte? Pues eso. Que la enfermedad sea un espejo en el que lamentarnos o reprocharnos sigue siendo uno de los grandes fracasos del ser humano. Si hay que irse de este mundo, que sea con la conciencia tranquila, la cabeza alta y la sonrisa en la cara.

Por eso, creo que sería estupendo convertir cada 4 de febrero en una celebración que invite al carpe diem, a la reflexión constructiva. Pero pienso que, aún mejor que eso, sería convertir cada Día Mundial contra el Cáncer en el homenaje a esas personas que, dentro y fuera de esta enfermedad, la combaten sin más propósito que el de hacer un mundo mejor...y para honrar a quienes perdieron esa batalla pero ganaron nuestro recuerdo.

viernes, 26 de enero de 2018

La otra cara del machismo

"Esas tías están donde están por vía vaginal. ¡Por vía vaginal!". Lo escuché hace pocas semanas. Yo caminaba por la noche de vuelta a casa por los aledaños del Retiro. A la altura de uno de los innumerables bares que había en esa calle me crucé con una pareja de buena presencia y una cuarentena bien llevada, quizá más cerca de los treinta que de los cincuenta. Él, silencioso y atento a su mujer. Ella, hablando y gesticulando con vehemencia. Ignoro a santo de qué estaban teniendo esa conversación pero el caso es que la mujer, a propósito de una congénere bastante célebre en este país, derrochaba indignación o quizás envidia o tal vez ambas cosas y, justo en el instante en que sus pasos y los míos se descruzaban, escuché esa airada frase que he transcrito literalmente al principio del artículo. Y me quedé pensativo por haber escuchado semejante queja de boca de una mujer en un momento en el que todo el mundo anda hipersensible con el tema de cerdos, mujeres y viceversa que, aunque podría ser el nombre de un nuevo programa de Mediaset, no es otra cosa que el escandalazo de destapar la fosa séptica donde anidan los Weinstein, Allen y demás piara. De aquellos pensamientos, esta reflexión que hoy quiero compartir.

Antes de exponer mi opinión, me gustaría hacer unas matizaciones a modo de aviso para navegantes y aclaración para imbéciles. Primero, yo, con independencia del contexto o del ámbito, a cualquier abusón, acosador o salido le castraría (y no precisamente químicamente) y le tendría literalmente de por vida en un gulag junto a los de su misma manada. Y segundo, no voy a entrar aquí a valorar los "braguetazos" como sistema de promoción en sociedad, más que nada porque es una "técnica" a la que recurren tanto hombres como mujeres y, por tanto, no tiene que ver con el género sino con dónde ubica cada cual sus prioridades en la vida y a qué dedica cada persona sus esfuerzos. ¿Legítimo? Sí. ¿Elogiable? Corramos un tupido velo...

Hechas las aclaraciones preventivas, al grano. La soliviantada queja de esa señora me hizo pensar en el uso de las "armas de mujer" (eufemismo bastante denigrante, por cierto) en el contexto estrictamente laboral como forma de conservar o mejorar el puesto-sueldo. Me parece un tanto paradójico y bastante incongruente que se critique (con toda la razón) a cerdos y babosos que se escudan en el ambiente profesional para dar rienda suelta a su sexualidad y en cambio con el empleo de las "armas de mujer" en el hábitat laboral se pase de puntillas en el mejor de los casos. Para mí son dos caras de la misma repugnante moneda: la del machismo o, poniéndonos estupendos, del "heteropatriarcado". Y ojo que sé perfectamente distinguir una mujer meramente coqueta y cordial de otra que abraza como modus operandi concentrar todo el calentamiento global en la entrepierna de su superior jerárquico del mismo modo que sé diferenciar lo que puede ser un mero e incluso inocuo tonteo de algo nivel "creo que voy a vomitar" o discernir entre lo que es "pelotear" a una persona y lo que es "calentar" a alguien. ¿Por qué se censura que un impresentable se deje llevar por sus instintos sexuales en el trabajo y en cambio no se reprueba que una mujer apele a esos mismos instintos sexuales para sobrevivir o medrar en el trabajo? Para mí es la misma mierda porque tanto asco me da el jefe salido como la empleada microondas. Creo que comportamientos en los que las mujeres reemplazan los méritos y habilidades estrictamente profesionales por otras habilidades (que teóricamente sólo sirven en la profesión más antigua del mundo) son el alimento perfecto para ese tóxico paradigma falocéntrico y sexualizado que da origen a aberraciones como Harvey Weinstein. ¿Con qué jeta alzas la voz contra el acoso sexual en el trabajo y te callas contra quienes deliberada e interesadamente calientan ojos, oreja, mente y entrepierna del jefe de turno? Para mí, tan importante y necesario es aniquilar profesional y socialmente a esos miserables tipos que se creen los reyes del mundo y tienen su pene cual cetro como barrer de cualquier ecosistema laboral a esas mujeres que prefieren depender de erecciones ajenas más que de méritos propios. ¿Por qué? Porque tanto unos como otras son la encarnación de un mismo y apestoso problema, uno del que cerdos y calentonas sacan tajada por igual. Más allá de las motivaciones que puedan tener las empleadas microondas, creo que son tan tóxicas y contraproducentes para la meritocracia laboral y la igualdad efectiva entre hombres y mujeres como tener por jefe a un tío que piense y actúe con los genitales. Alguien puede refutarme diciendo que esas mujeres hacen "eso" para sobrevivir en su trabajo pero no deja de ser un argumento tan capcioso como sostener que Harvey Weinstein daba empleo a muchas actrices. 

Habrá quien piense que hablo por hablar, como si escribiera por postureo. Pues mira, no. En mi (pen)última etapa profesional, del mismo modo que tuve la suerte de poder ver en acción a gente más que decente en todos los sentidos, tuve la desgracia de ser testigo forzoso de conductas vomitivas protagonizadas por superiores babosos y/o mujeres sin más habilidad ni vocación que la de sustituir al Viagra. En referencia a estas últimas me acuerdo de algunos casos bastante ejemplares pero hay una mujer que recuerdo especialmente, una que profesionalmente era un monumento a la ineptitud, personalmente tan interesante como el gotelé y físicamente lo más parecido a Heidi después de devorar a Niebla; una auténtica mediocre que consiguió mantener durante lustros su puesto (mando intermedio) a base de enardecer los genitales de sus sucesivos jefes de manera sencillamente inexplicable; una espabilada que, gracias a sus indisimuladas y reincidentes "armas de mujer", obró el milagro de que sus superiores pasaran por alto su objetiva impericia y evidente jeta porque estaban demasiado pendientes de fantasear con esta tipa, lo cual es para ir al psiquiatra y declararse culpable de parafilia sexual. Y todo esto, ojo, en una empresa en la que otras mujeres que sólo se preocupaban de trabajar mucho y bien y que eran infinitamente más válidas profesional y humanamente que esta individua o bien estaban en el furgón de cola salarial o bien acabaron en la rúe por no ser hija/esposa/sobrina/amiga/querida de. Así que no, no hablo por hablar.  

En fin. Que sí, que bienvenida sea esta desparasitación de cerdos dementes que ven una muñeca hinchable en cada mujer. Pero, por favor: que en el mismo pack manden a tomar viento a esas señoras y señoritas que confunden deliberadamente cualquier trabajo con la prostitución. En el ámbito laboral sólo podrá aspirarse a acabar con el indefendible machismo y sus asquerosas ramificaciones cuando no tengan cabida en ningún trabajo ni los Harvey Weinstein ni las menganas con vocación de fulanas.

viernes, 19 de enero de 2018

"Vergüenza" o como reírte mientras lo pasas mal

He terminado de ver la serie Vergüenza, de Movistar +. Mejor dicho, he terminado de disfrutar con esa insólita, atrevida, provocadora, inteligentísima e hilarante producción que, a lo largo de diez capítulos, nos mete en la vida de Nuria y Jesús, una pareja esperpénticamente española en la que son fácilmente identificables los defectos tanto de nuestra sociedad (la precariedad laboral, la falta de empatía, la melancolía que provoca la urgencia de las expectativas propias y ajenas, la apariencia como placebo, la convivencia como foco de conflicto, el postureo como forma de comunicación, el "cuñadismo"...) como del español medio, ése que encuentra todas sus taras sublimadas en el personaje de Jesús, encarnando magistralmente por ese actorazo que es Javier Gutiérrez.

Foto: Tamara Arranz
Así, ese pobre diablo, ese perdedor a su pesar, ese individuo carne de astracanada, ese antihéroe esperpéntico, esa quintaesencia de lo políticamente incorrecto que es Jesús se revela ante el espectador como el "cuñado alfa": todos los vicios y defectos imaginables en un español los tiene ese personaje elevados a su máxima, horrible, vergonzosa...y descojonante expresión. Hipócrita, mentiroso, bocazas, fanfarrón, impertinente, manipulador, mezquino, cotilla, jeta, guarro, pretencioso, racista, envidioso, prejuicioso, machista, interesado, cutre, salido, veleta, pícaro, desconsiderado, acomplejado, vanidoso, prepotente, egocéntrico, inoportuno, indecoroso, imprudente, mediocre, hortera, sin gracia...Jesús Gutiérrez es todo eso y más pero, dentro de ese "más", hay un hálito de humanidad, de cotidianidad que lo hace entrañable, a pesar de que todo lo que hace y dice es patético y vergonzoso el 99% de las veces. El contrapunto y complemento perfecto a todo eso lo tenemos en el personaje de su pareja, Nuria, una mujer que sería perfecta si no fuera la encarnación de la torpeza, una torpeza asentada, eso sí, en una ingenuidad, bondad, timidez, paciencia y espontaneidad que la hacen infinitamente más entrañable que su novio, cosa, por cierto, bastante sencilla, visto el nivel del tipo.

Foto: Tamara Arranz
En mi opinión, Vergüenza, entronca, en su esencia, con maestros como Berlanga, Azcona, Valle-Inclán y Muñoz Seca, y en sus formas, con el vodevil, el neorrealismo, la comedia romántica y un humor corrosivo propio de South Park, Rick y Morty o Padre de familia. Toda una mezcla a priori improbable pero que, gracias al trabajazo de Álvaro Fernández Armero y Juan Cavestany tras las cámaras y de Javier Gutiérrez, Malena Alterio, Miguel Rellán, Lola Casamayor, Vito Sanz y demás reparto ante las cámaras, resulta una rareza increíblemente adictiva, magnética, desternillante y eficaz. Ahí está su éxito en audiencia, críticas y premios (triunfó en los Feroz) para acreditarlo.

Y es que lo que esta serie hace es algo insólito en nuestra televisión y muy difícil de lograr en general: conseguir que te rías cuando deberías estar abochornado...o incluso estándolo, que de tu boca salga una carcajada en lugar de un "Madre mía...", que te enamores de esa radiografía del patetismo made in Spain, de esa crónica demencial de las miserias que los españoles guardamos en alfombras y armarios. 

Uno de los grandes méritos de Vergüenza es que, pese a caminar a menudo al filo de lo grotesco, consigue que muchas de sus escenas o situaciones te suenen a conocido, ya sea por vivencia personal o porque te lo han contado. Sus creadores han sabido extraer el disparate y el bochorno de la España cotidiana y hacer con ello algo enormemente ácido y divertido. En ese sentido, creo que, entre los muchos momentazos que dejan sus diez capítulos, las secuencias de la clase de inglés y la comida con los suegros de Jesús son memorables. 

Por suerte, la han renovado para una segunda temporada. Hasta que llegue, lo mejor será disfrutar de la primera porque a mí, que no estoy en unas circunstancias muy Disney, me ha sacado unas cuantas sonrisas y muchas más carcajadas. Que todas las vergüenzas sean tan llevaderas como ésta.   
             

domingo, 7 de enero de 2018

Fantasía y spoiler

A lo largo de ese viaje iniciático que es crecer, hay varios hitos con sabor a puerta cerrándose a nuestras espaldas, a mundo desvanecido como un sueño de no retorno, a guión tirado a la papelera, a Platón encendiendo la luz de la caverna, a Morfeo diciéndote "Bienvenido al mundo real". Momentos en que sabes que lo que dejas atrás es un jirón de ti que tarde o temprano será excusa para la nostalgia, la melancolía o la sonrisa condescendiente y cómplice al recordarlo. Son sucesos distintos e incluso distantes entre sí que te van cincelando, zarandeando, espabilando sin más pretexto que la madurez pero todos con un denominador común: ser la primera vez, algo lógico, porque el resto de ocasiones similares ya pisas terreno conocido. La muerte de un ser querido, el sexo, el rechazo en pleno enamoramiento, el primer y naif "sí", la quiebra de una relación, la emancipación, la obtención del primer trabajo, el desempleo, la mudanza, el matrimonio, el nacimiento de un hijo...se pueden citar varios. 

Sin embargo, en este artículo, quiero referirme a uno de esos foganazos de la vida real que te asaltan en la niñez. Descartando el hit de cuando descubres cómo llegan los seres humanos al mundo, creo que en nuestra infancia hay un momento clave en el que de repente te sientes extraño en mundo que se parece mucho al que conocías pero al que percibes inhóspito, casi hostil, como si te acabaran de revelar el secreto de un maravilloso truco de magia. Ese instante en el que te despides de la magia, de la fantasía que hasta entonces había formado parte de tu forma de ver, entender y estar en el mundo. Instantes pueriles y prosaicos pero demoledores de toda ingenuidad y es que crecer no es otra cosa que asistir a la demolición de la inocencia. Sucesos como el hallazgo de la identidad real del ratón Pérez, Santa Claus y/o los Reyes Magos. Esos minutos con el eco de un desplome, de certezas devoradas por el sumidero de la realidad, de primicia cayendo y callando. Son momentos de una brevísima pero intensa orfandad existencial, de desconcierto que dura lo que tardas en cambiar esa infalible, inocente y fantasiosa lógica infantil por la sinapsis escéptica, cínica y pragmática de los "adultos". Un cambio de vías que sabe mal pero que es inevitable, porque en este mundo tan enrevesado tan perjudicial es el predominio de la inocencia...como el absolutismo del descreimiento. Y es que, pese a todo, necesitamos creer, autosugestionarnos, desactivar el piloto automático y participar deliberadamente en la farsa de la fantasía, en el ritual del engaño, en la fiesta de la posverdad, para recordarnos esa etapa llamada niñez a la que con el paso del tiempo idealizamos deliberadamente o no como un Camelot donde reinaba la felicidad, para oxigenarnos con esa ingenuidad que nos hacía carne de sonrisa e inmunes al mundo, para abrazar una mentira que nos reconforte de verdad. Por eso, participamos con entusiasmo en las entrañables conspiraciones que articulan el mundo infantil. Por eso y porque la vida, conforme pasan los años, nos enseña que es necesario asociarse con lo irreal para poder tener un refugio en el que sentirnos tan a salvo como esos peques despreocupados y equidistantes entre la ficción y la realidad cuya alegría es tan pura e incondicionada que la envidiamos, añoramos y preservamos con ahínco. De ahí que, incluso entre adultos, entre personas que hace tiempo dejaron la inocencia en el retrovisor, celebremos cosas como la noche del cinco y la mañana del seis de Enero con una ilusión que rivalice con la de los niños, porque sabemos que de vez en cuando es necesario e incluso urgente revestir de grial lo cotidiano, remontarse al momento en que el truco de magia nos maravillaba para poder afrontar luego ese mundo lleno de spoilers en el que nos guste o no tenemos que sobrevivir.

Ayer me enteré de que alguien muy cercano y muy querido por mí había descubierto (o le habían destripado, mejor dicho) que los Reyes Magos vienen de un oriente demasiado cercano al desengaño. Cuando me lo contó, me sentí durante unos segundos como cuando yo pasé por ese mismo trance...pero inmediatamente supe que lo importante de toda esa fantasía, de esa magia, de esa sorpresa no es el encantamiento en sí sino la felicidad que comporta y eso no depende de ningún ser imaginario: la felicidad es tan real como queramos que sea. Sólo hay que poner un poco de niño para darse cuenta de ello y lograrlo. Show must go on. Por eso, está en nuestra mano no ser ni reyes ni magos sino los abajo firmantes de recuerdos preciosos. Somos nosotros los que decidimos abrir la puerta a la alegría. Yo la dejaré abierta. Siempre.   

jueves, 4 de enero de 2018

Las reinonas magas

Hay que reconocer que la Alcaldía de Madrid, desde que está en manos de cierto batiburrillo, tiene cierta propensión a armar el Belén en Navidad con polémicas gratuitas, absurdas y, por tanto, fácilmente evitables. Este año, a diferencia de lo que pasó en 2016, la memez que ha levantado una desmesurada polvareda es la inclusión de una carroza en favor de la diversidad sexual en la cabalgata de Reyes de Vallecas. Esta decisión de homenajear a Priscilla, reina del desierto en plena noche del 5 de Enero ha suscitado, como digo, una polémica que ha devenido en noticia nacional. A mí, por lo pronto, me parece una majadería tanto la decisión en sí como la exagerada sobrerreacción de ciertas personas propensas a mear salves y rasgarse las vestiduras.

En cuanto a la carroza de las reinonas magas: Habiendo días más oportunos, circunstancias menos controvertidas y motivos mejores para visibilizar las diferentes opciones sexuales y reivindicar la normalidad para quien vive, ama y siente más allá de las fronteras heterosexuales, creo que la decisión de pasear este tema en la cabalgata de Reyes es algo fuera de lugar, forzado, inoportuno, incongruente e inconexo, tanto como me lo parece incluir en el desfile de Reyes a personajes del mundo televisivo o de diversos bestiarios que poco o nada tienen que ver con el sarao bíblico-religioso navideño. Ignoro si el tema de la drag-carroza es fruto de una cándida ingenuidad o bien resultado de una deliberada intencionalidad de dar la nota o de refrescar un discutible afán de protagonismo. Sea por el motivo que sea, me parece un error y no por el tema de visibilizar al mundo LGTB sino por la forma y la ocasión. Es como si Podemos leyera un manifiesto republicano en un acto a favor de la monarquía o los de Hazte Oír desfilaran en el Día del Orgullo o un charcutero hablara en una conferencia vegana o el PP encabezara una manifestación contra la corrupción: es algo totalmente legítimo pero chirriante, tonto, de mal gusto y contraproducente para los interesados. En resumen: cada cosa a su tiempo y cada tiempo a su cosa y, mientras tanto, nada de mezclar churras con merinas, por favor. Por cierto, un consejo para esos demagogos, histéricos de la corrección política o fanáticos arcoiris que piensen que soy homofóbico o alguna estupidez similar: leed ciertos artículos que publiqué en 2007 y 2017 y luego ya hablamos.

Respecto a la sobrerreacción: una cosa es discrepar y otra ponerse estupendo. Siendo ambas reacciones legítimas y legales, la primera es sana pero la segunda es tóxica. Baste como ejemplo de esto último la petición de la rimbombante Liga Española Pro Derechos Humanos de impedir la salida de la carroza LGTB: "El objeto de esta medida cautelarísima es evitar la tergiversación de las tradiciones religiosas, en detrimento de los niños, cuya ilusión se basa en que los mismos Reyes Magos que conocieron a Jesús en su lecho natal ofreciéndole regalos de alto valor simbólico, celebran cada año el mismo día de su llegada, ofreciéndole regalos a los infantes como tributo del propio Jesús a la humanidad. (...) De ejecutarse la presencia de las Reinas Magas, cambiaría el criterio por el cual existen los Belenes y la imagen de quienes adoran al Niño Dios a pocos días de su nacimiento, lo cual causaría un daño de imposible reparación, porque en ningún caso podría retrotraerse la imagen difundida. (...) La celebración de la Cabalgata en el formato propuesto perjudica altamente el interés general, el interés de los niños en su ilusión y tradición además del interés legítimo de la Iglesia Católica por la irreverente y ofensiva imagen que afecta a uno de sus principales símbolos" y rematan la faena recordando que las Reinas Magas no existen en la tradición religiosa, y que los Reyes Magos "no son personajes sino citas bíblicas de las cuales el Ayuntamiento de Madrid no es titular. Por ello no puede alterar la inalterabilidad dogmática de la Iglesia Católica durante milenios". Esta petición, por cierto desestimada por motivos procesales, es como decía antes el mejor ejemplo de lo que entiendo por sobrerreacción. Dejando a un lado lo repugnantemente cursi y meapílico de la forma y el fondo de su escrito, creo que ejemplifica bastante bien que quienes estan protestando tan airadamente contra la estridente y errónea soplapollez de la drag-carroza quedan en evidencia por varios motivos: 1) Si nos ponemos rigurosos o, mejor dicho, ultraortodoxos con el tema de la Navidad, mejor sería ir cambiando la fecha de celebración de la misma y deconstruyendo el portal de Belén. 2) Los Reyes Magos que todos conocemos beben más de los apócrifos y el costumbrismo popular que de lo poquísimo que dice la Biblia. 3) La propia sexualidad de los RRMM está en ¿entredicho? por la Iglesia con el tema del "sueño de los Reyes Magos", así que mejor correr un tupido velo. 4) ¿Quién les ha nombrado a estos measalves portavoces y paladines del interés general? Puestos a defender el "interés general" y hablar de "alarma social" sería más necesario y digno alzar la voz contra la precarización del mercado laboral, la enésima subida de la luz, el pésimo nivel educativo, la manipulación informativa, la conciliación trabajo-casa o cosas así antes que por el paseo navideño de unos travestidos. 5) ¿Les molesta/cabrea/ofende que desfilen unas drags pero no Bob Esponja, Pocoyó o engendros que parecen sacados de un espectáculo de La Fura dels Baus? ¿En qué parte de la Biblia figuran esos personajes? ¿Fueron Las Supernenas a adorar a Jesús al pesebre? Y 6) La Iglesia Católica y sus leales defensores flandersianos harían mejor en solucionar el asqueroso tema de la pederastia que en protestar por lo que en el fondo no deja de ser una estridente mamarrachada. En resumen: no me parece mal comentar, criticar o protestar por la drag-carroza pero sí me parece gilipollesco exaltarse de semejante manera cuando está el patio como está. Ojalá todos los problemas que tenemos los españoles fueran del nivel de "hombres vestidos de putones galácticos desfilando en Reyes". Por cierto, un aviso para todos esos papanatas que se piensen que soy ateo o agnóstico o iconoclasta: soy creyente, cristiano, católico y practicante...pero no tonto del culo.

En fin. Con todo este asunto de las drag-queens en la cabalgata vallecana creo que los de un lado y otro han perdido una oportunidad estupenda para no quedar como unos perfectos idiotas.

martes, 26 de diciembre de 2017

Enseñando a amar

Empezaré con una anécdota. El concepto de "amor platónico" (que, por cierto, nada tiene que ver con esa extendida acepción romántica y coloquial que convierte "platónico" en sinónimo de "imposible") se atribuye al célebre Platón por el mero hecho de que dicho filósofo plasmó en su obra El banquete "su" idea del amor. "Su" que no es tan de Platón como de Sócrates, maestro del autor y uno de los comensales-contertulios, y no tan de Sócrates como de Diotima de Mantinea, filósofa y sacerdotisa a quien su pupilo Sócrates, en la citada obra de Platón, atribuye la autoría de la que es probablemente una de las más famosas y universales tesis sobre el amor. Ésta, por cierto, se podría resumir básicamente en que el amor responde fundamentalmente a un deseo de trascendencia, de inmortalidad, entendida ésta no tanto desde el punto de vista biológico (la descendencia o progenie) como desde el punto de vista espiritual (el acceso a lo que es eterno: las ideas, a las cuales se llega mediante el conocimiento, que es el modus operandi de toda filosofía, motivo por el cual se podría entender que toda filosofía es una forma de enamoramiento de lo que va más allá de lo concreto), razón por la cual la clave de la verdadera inmortalidad no está en la belleza del cuerpo sino en la belleza del alma. Dejando al lado la curiosa y común confusión respecto a la autoría del "amor platónico" (que demuestra una vez que hay demasiadas mujeres ninguneadas), esta anécdota me sirve como preámbulo para abrir el telón de lo que quiero hablar hoy: cómo las mujeres son quienes enseñan a los hombres a amar. En ese sentido, tengo que precisar que se trata de una simplificación un tanto tosca y que lo más aconsejable sería hablar de "lo femenino" como tutor de "lo masculino", conceptos que están presentes tanto en mujeres como en hombres, y, por tanto, lo que voy a decir se puede y debe aplicar a parejas de todo tipo y orientación sexual pero, por ahorrar tiempo y espacio, no me meteré en ese jardín.

Creo que, del mismo modo que las madres nos enseñan a sobrevivir casi incluso en términos estrictamente biológicos, son nuestras chicas/parejas/novias/esposas las que nos enseñan a vivir mediante esa constante, sutil y habilísima pedagogía del amor que se activa en cada relación sentimental y en la cual una enseña y otro aprende de cada felicitación, reproche, matización o confidencia que tu pareja te brinda; incluso la ausencia de eso ya sería didáctico. Así, nuestras relaciones sentimentales suponen una prolongación de ese innegable matriarcado emocional que comienza con la madre y culmina con la pareja, algo similar a lo que ocurre con esa concatenación de propulsores que empujan a una nave espacial hacia el cosmos: una madre (si es buena) te permite a despegar y una pareja (si es buena) te hace alcanzar tus estrellas. Así, las mujeres de nuestra vida funcionan no sólo como objetos de afecto, desapego o melancolía (según el caso de cada cual) sino como unas institutrices que primero te preparan para la sobrevivencia y la autonomía como ser vivo y seguidamente te refinan y pulen como ser sensible, sentimental y emotivo. Lo más curioso de todo esto es la propensión de muchos tíos a caer en esa grosera, ridícula y prepotente creencia según la cual uno se hace a sí mismo solo. Puede que toda esa tutela íntima y femenina resulte tan cotidiana o sutil que apenas sea identificable pero negarla resulta sencillamente gilipollesco. Es más: lo de que "detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer" me resulta casi condescendiente y me parece tan matizable que creo que es más acorde con la realidad decir que antes de que hubiera un gran hombre, seguramente estuvo una gran mujer, la cual, con suerte para el tipo en cuestión, seguirá a su lado. Dicho de otro modo: nuestras madres son las mujeres que nos traen literal o figuradamente al mundo pero son nuestras parejas son las mujeres que nos llevan al mundo; un mundo, por cierto, que obviamente no hay que entender en un sentido geográfico o físico, sino íntimo. Así, se configura una decisiva traslación del nacimiento en el mundo (etapa bajo la tutela de la madre) al renacimiento en el mundo (etapa que se articula con la pareja como eje pedagógico). Las mujeres a las que amamos, esas que nos cortan con mayor o menor dificultad el cordon umbilical que nos aferra al confortable pasado y nos exponen al impreciso y volátil futuro, son las que nos ayudan a cartografiarnos íntimamente, descubriendo en cada trazada una nueva región hasta conformar un mapa que nos permite simultáneamente sentir y sentirnos a la vez que conocernos y reconocernos a través de ellas. Caminar por la vida sin una mujer a tu lado con la que aprender a amar (y a vivir) es vagabundear a oscuras: las probabilidades de Game over superan a las de Level up. ¿Quiero decir con esto que nuestra parejas son infalibles? Obviamente no...pero sí probablemente indispensables para no acabar como un paria, un marginal o un Norman Bates. Por supuesto que hay personas contraproducentes y tóxicas, pero obviamente no estoy hablando de esa gentuza que sólo es útil en ficciones. ¿Quiero decir con esto que los hombres en la relación de pareja tenemos un rol pasivo de alumno? Ni mucho menos. ¿Quiero decir con esto que los hombres no aportamos nada en una relación? No, puesto que toda relación funciona asentada en una reciprocidad, en un trueque íntimo, en un trapicheo cotidiano, en un negocio de dos en el que la felicidad de un socio siempre pasará por promover o sostener la del otro. Una de las cosas más positivas y gratificantes de una relación es la capacidad de aportar a la otra parte lo que le falta y compartir lo que ya tiene. Simplemente he llevado al extremo del contraste algo que, con un poco de sensibilidad y sensatez, resulta fácil de comprobar. ¿Quiero decir con esto que los hombres somos unos inmaduros? Más que inmaduros, diría incompletos. Si la vida es un constante entrenamiento iniciático, la fase decisiva del mismo comienza cuando tu vida pasa a escribirse a cuatro manos. Son ellas, las mujeres con las que queremos conjugar nuestro presente y futuro, las que te llevan más allá del umbral del mundo conocido para pisar el terreno en el que, siguiendo a Joseph Campbell, se forjan los héroes, o, por utilizar a Platón, las que te sacan de la caverna y te acostumbran a la luz. ¿Quiero decir con esto que las mujeres nos cambian? Según. No nos convertimos en otras personas sino en la persona que llevamos inconscientemente dentro y que ellas son capaces de ver con el mismo ingenio y destreza que el escultor atisba la obra dentro del bloque de piedra o madera. Sacan a la luz lo mejor de nosotros mismos, quizá porque eso, lo mejor de nosotros mismos, es lo que anhelamos ofrecer como contraprestación a su amor.

Decía antes que nuestras parejas son las que nos enseñan a vivir...siempre y cuando demos por bueno que la vida no consiste en obtener un balance positivo en nuestra fisiología o economía sino en hacerte vulnerable a la sonrisa y eso sólo se consigue mediante el amor. Crecer sin mirar atrás, arriesgarte a mejorar, replantearte tu propio guión, revisar tu manual de instrucciones, saber cuándo has acertado y cuándo has fallado, diferenciar entre lo nimio y lo realmente importante, administrar el silencio y la distancia, reconocer el triunfo y el error con la misma entereza, asumir tus defectos con la honestidad con la que etiquetas tus virtudes, atacar tu miedo y defender tu alegría, resistir la oscuridad y rastrear la luz, dejarte llevar sin perderte por el camino, ser inconformista con la felicidad...todo esto lo aprendes con/de tu pareja si media (verdadero) amor, ese no-sé-qué que se da sin pedirlo ni exigirlo ni mendigarlo ni negociarlo, ese sentimiento que nos trasciende de una forma tan despótica que pasas del yo al nosotros, del nosotros al tú y del tú a un ámbito que entronca con lo universal, con lo eterno, con esa belleza plena que tanto anhelaban Platón, Sócrates, Diotima y compañía. Y es que, quizá, no hay vida más bella que el amor ni amor más bello que vivir por y para otra persona. Y eso lo aprendes. O, mejor dicho, te lo enseña una mujer. Aunque no se llame Diotima y Mantinea le pille lejos. Basta con que te quiera lo suficiente.  

domingo, 10 de diciembre de 2017

Jeta de oro

Pocas cosas han hecho más por el vacío diagnosticado por Gilles Lipovetsky que Internet. La mejor muestra de ello es la cantidad de nuevas ¿"profesiones"? que han surgido al calor de lo digital. Y no, no estoy hablando precisamente de esos indiscutibles portentos y cerebrines que forran los pensamientos de geeks de todo el mundo. Estoy hablando de dos de las ocupaciones más esperpénticas de nuestro tiempo: los "youtubers" y los "influencers". Unos se ganan la vida siendo su propio muñeco de guiñol en el teatrillo de Youtube, otros se ganan la vida haciendo del postureo en redes sociales un monolito al narcisismo más lucrativo, pero, todos suponen una misma cosa: un síntoma claro de la fascinación por la intrascendencia y de la deserción de la inteligencia en esta sociedad. 

Antes de seguir, quiero hacer un parón aclaratorio: obviamente mi crítica no va dirigida contra esas personas que se asoman casi con ingenuidad a la pantalla para contarte o mostrarte cosas interesantes o que merezcan mínimamente la pena, gente que utilizan la web 2.0 como una herramienta al servicio de un fin y no como un fin en sí mismo, como un medio para un mensaje que no ofende ni a la inteligencia ni al buen gusto ni al sentido común. No, mi crítica va contra esa caterva de mindundis aupados a la fama por unas legiones de anormales, contra esos demenciados divos del vacío que viven por y para los likes y retweets, contra esa morralla digital a la que no se le conoce más mérito que el de ser una versión neotecnológica del flautista de Hamelín cuya repercusión cuantitativa online es inversamente proporcional a su valía intelectual y a sus logros personales y/o profesionales previos a convertir la tomadura de pelo en la gallina de los huevos de oro.  ¿Por qué estoy tan encendido con esto? Porque, recientemente, he visto en televisión un estupendo y deprimente reportaje sobre estos "profesionales de lo suyo" que es para echar la pota.

Antaño, hasta hace no mucho, la secuencia lógica era la siguiente: primero, el mérito, logro o hito; luego, el reconocimiento y prestigio; y, por último y con suerte, la repercusión o influencia en la sociedad. Hogaño no, ahora se pasa directamente a la influencia sin más credenciales que unas estadísticas que corroboran la sustitución de lo cualitativo por lo cuantitativo como eje sobre el que pivota la trascendencia en esta sociedad hiperconectada, banalizada y banalizante. ¿Alguien me puede decir qué habían hecho en la vida "El Rubius" o "Dulceida" antes de ser epítomes de la soplapollez digital? ¿En qué cabeza cabe que estos ineptos se lleven pastizales y gocen de semejante repercusión cuando hay gente indiscutible y absolutamente brillante en lo académico y/o profesional pasándolas putas en el desempleo o trabajando en precario o buscándose la vida fuera de España? ¿Qué clase de sociedad encumbra a esta clase de cretinos y sepulta en la desconsideración o ignorancia a verdaderos hitos en el campo de la ciencia o la cultura? ¿Dónde narices está el mérito de la evisceración de la intimidad o en la conversión de la existencia en un product placement continuo? ¿Quién se deja influir por estos memos? Da asco, pena y risa, todo a la vez.

Está claro que, en lo profesional o lucrativo, el ser humano es como el cerdo: cualquier parte de él sirve. Puedes vivir de tu cerebro o de tu cuerpo, ya sea considerado en su conjunto o alguna parte en concreto. Del mismo modo que quienes trabajan en la prostitución o en la industria pornográfica viven de su entrepierna, los youtubers e influencers a los que me refiero viven de su jeta. Pero no en sentido literal, puesto que esto no tiene nada que ver con fotogenia ni telegenia de ninguna clase, sino en sentido figurado. Esta gente, estos caraduras 2.0, tienen una jeta con la que se podría construir la chapa de naves espaciales o forrar cimientos de rascacielos. Del mismo modo, está claro que esto no estaría ocurriendo de no haber caído la sociedad en el lamentable pozo del postureo, del exhibicionismo despendolado con la tecnología como coartada, del totalitarismo de la forma sobre el fondo, del fast food intelectual, del gregarismo digital. Pero eso es otra historia u otro artículo, mejor dicho.

De todos modos, lo peor de todo no es que esta gente exista (faltaría más, cada uno hace con su vida lo que le dejan). No, lo absolutamente patético y enfermizo es que exista gente dispuesta a bañar en oro la jeta de estos parásitos de la estupidez humana que se encuentran entre los indudables y escasos efectos nocivos de la digitalización de la sociedad...y que semejante "inversión" les salga rentable.