Ocurrió ayer. Madrid. Mediodía. Calle Arenal. A escasos metros de la misma Puerta del Sol donde se confunden madrileños en tránsito, mimos variopintos transformados en islotes entre el gentío, guiris hormigueando en una fiebre de fotos y selfies, dos golfonas sacando cuartos a quien tenga el (dudoso) gusto de fotografiarse junto a sus aireadas carnes y su kitsch "I love Madrid", y unos cuantos siniestros seres de felpa con alma andina que pervierten con afán lucrativo grandes iconos infantiles en los alrededores del Kilómetro Cero.
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sábado, 16 de junio de 2018
Ópera en vaqueros
Ocurrió ayer. Madrid. Mediodía. Calle Arenal. A escasos metros de la misma Puerta del Sol donde se confunden madrileños en tránsito, mimos variopintos transformados en islotes entre el gentío, guiris hormigueando en una fiebre de fotos y selfies, dos golfonas sacando cuartos a quien tenga el (dudoso) gusto de fotografiarse junto a sus aireadas carnes y su kitsch "I love Madrid", y unos cuantos siniestros seres de felpa con alma andina que pervierten con afán lucrativo grandes iconos infantiles en los alrededores del Kilómetro Cero.
Yo me encaminaba a esa preciosa iglesia con alma literaria y olor a churro llamada San Ginés, a "agradecer" a San Judas Tadeo los servicios prestados en esa guerra sin cuartel conocida como "oposiciones". Como siempre que ando por el agobiante y masificado centro, iba con la indiferencia activada y los pies ligeros. Pero la escena que quiero destacar captó mi atención y frenó mis pasos. La "culpa" la tuvo un cuarteto formado por una pianista, un violinista, dos tenores y una soprano (no voy a entrar ahora en digresiones de si eran tenores, barítonos, soprano, mezzosoprano o contralto) vestidos como cualquier otro paisano: vaqueros y demás vestuario de camuflaje urbano. Ignoro en qué momento a los cuatro artistas les pareció una buena idea cantar ópera en el epicentro febril y populachero pero tuvieron la valentía de hacerlo. Y, oye, ni en sus mejores sueños. Ni en los míos tampoco. Una delicia. Así se puede resumir su desempeño, arte y talento. Simplemente sensacionales.
Viendo todo eso, confundido en la treintena o cuarentena de personas que rodeaban asombradas y absortas al cuarteto, me acordé de todos esos supuestos talent shows (que para mí a duras penas llegan al show y no digamos ya al talent) con los que Telecirco trufa su parrilla de programación. Me refiero a Tú sí que vales, Got talent, Factor X y demás linaje. En esos instantes, mientras el cuarteto honra la ópera con un repertorio de reconocibles "grandes éxitos", tuve la absoluta certeza de que el talento no es eso que quieren hacer creer un jurado estrafalario en medio de una escenografía hortera a propósito de unos concursantes de discutible valía sino lo que estaban demostrando estas cuatro personas y que, quizá por eso mismo, nunca veríamos a este cuarteto pisando un escenario de Mediaset. También pienso en otra cosa: cómo tiene que estar el patio para que gente tan objetivamente virtuosa se lance a la calle a mendigar atención y reconocimiento, exponiéndose a la intemperie de un posible ninguneo. Tremendo.
La multitud escucha. Los aplausos pagan. Yo reanudo mi marcha pero atrás vuelven a emerger la música y las estupendas voces de esa "ópera en jeans". A veces, la vida es maravillosa.
sábado, 28 de abril de 2018
Un título de inglés y diez lecciones
Las cosas más importantes de la vida no te las enseñan sino que las aprendes. A menudo, de forma tan sutil que parece inconsciente. Con frecuencia, gracias a pequeños detalles o historias, alejadas de la épica deslumbrante de los grandes hitos y hazañas. Hoy voy a hablar de una de esas menudencias que encierran útiles lecciones para la vida.
Entre mis objetivos para este curso 2017-2018 figuraba acreditar mi nivel de inglés de una manera oficial. Para ello, me matriculé en la Academia Chester (en la sede de la calle Ramón de la Cruz) en un curso intensivo impartido los sábados de ocho y media a once y media de la mañana. Al hacer la necesaria entrevista para calibrar inicialmente mi nivel en el manejo del idioma de Shakespeare estuve ligeramente nervioso pero confiado en poder demostrar que tenía un nivel C1, tal y como me habían asegurado antaño, cuando recibía clases de inglés personalizadas en mi anterior trabajo. ¿El resultado? Al finalizar esa entrevista preliminar, la persona que me entrevistó me dijo con rotunda honestidad y aséptica cortesía que yo tenía mayormente un nivel B2 con varios fallos propios de B1; es decir, que de aspirar al C1 nada de nada. Primera lección: nunca des nada por supuesto. La entrevistadora me aconsejó matricularme en algún curso preparatorio para acreditar el B2 (lo cual se consigue realizando el famoso examen conocido como First). Yo, movido por un ataque de orgullo o tal vez de confianza en mis posibilidades, descarté dicho consejo y me matriculé en el curso intensivo que he mencionado, con vistas a acreditar el C1 (es decir, con vistar a superar el examen del CAE o Certificado de Inglés Avanzado), objetivo que no tardé en formalizar al inscribirme igualmente para la primera oportunidad de realizar la prueba del Advanced, la cual tendría lugar en apenas dos meses. Segunda lección: que la realidad no te impida luchar por tus metas. No obstante, quiero dejar clara una cosa: me bastaron un par de clases para darme cuenta de que tenía mucho que mejorar si quería tener la más mínima posibilidad de superar el reto y no naufragar en el intento.
En este punto de la anécdota he de reconocer que en mi progreso con la lengua anglosajona sería impensable sin tener en cuenta el sensacional desempeño de los dos profesores que imparten el citado curso (Sandra y Danny), la utilísima dinámica de las clases, los estupendos recursos preparatorios que brinda Chester y el buen rollo y nivel de inglés de mis compañeros de clase (y eso que yo era un xennial entre millenials). Así que, gracias a esos factores, obtener el C1 casi contrarreloj no parecía tan difícil como coger el vellocino de oro. Tercera lección: todo depende de ti...pero no sólo de ti.
Continuando con la historia, durante las semanas que restaban hasta la celebración del examen del CAE, me dediqué a sacar horas de donde fuera con tal de preparar adecuadamente dicha prueba. Así, en los escasos huecos que me dejan los maratonianos estudios de las oposiciones a las que me voy a presentar y desoyendo los cantos de sirena del cansancio, me dediqué a hacer los ejercicios indicados en clase y, como extra, a realizar un montón de simulacros (he de reconocer que fui un auténtico "pesado" en este sentido y martiricé a Sandra con mis peticiones de ejercicios). Cuarta lección: lo difícil nunca se consigue desde lo fácil. Así las cosas, llegó el momento de enfrentarme al CAE: primero, a la parte oral (conversación) y luego, a las otras tres partes restantes (uso, escritura y escucha). Tras de mí había dejado todo un reguero de ejercicios que distaban mucho de ser perfectos o siquiera aptos pero que, precisamente gracias a su objetiva imperfección, me habían estimulado para no rendirme y seguir esforzándome porque soy de los que piensan que cada error te acerca un poco más a ese éxito que es llegar a ser tu mejor versión. Quinta lección: fracasa para triunfar y aprende para demostrar. El caso es que al concluir el CAE, yo no estaba plenamente convencido de haberlo superado, quizá por el trauma que tengo con las benditas oposiciones y sus notas de corte. Por eso, al regresar a casa, mi estado mental y anímico oscilaba entre el desánimo y el cabreo, toda vez que me sentía profundamente decepcionado conmigo mismo por el examen que había hecho después de tantísimo esfuerzo y dedicación. Así que lo único que me quedaba era tener la templanza suficiente hasta que Cambridge anunciara mi calificación. Sexta lección: la paciencia consiste en saber dar espacio al tiempo.
Semanas más tarde, esto es, hace pocos días, he recibido en mi email una notificación preliminar y oficiosa de mi resultado: he conseguido superar el examen y, por tanto, mi nivel de inglés es C1. Sinceramente, ante la cruel sequía de buenas noticias que me acompaña desde hace años, tardé en creerme lo que la pantallaba mostraba. Pero era cierto. Después de todo, había logrado mi objetivo, superando a mi mayor obstáculo: yo mismo. Séptima lección: el esfuerzo siempre recompensa (effort always pays off). No obstante, aun siendo indudable que trabajé muy duro para realizar esta pequeña gesta, no menos indudable es que habría sido impensable sin la gente de Chester, especialmente en lo que a mis profesores y compañeros se refiere. Por eso, del mismo modo que estoy profundamente orgulloso de haberle echado tanto coraje al asunto, estoy muy agradecido a quienes me han acompañado en esta aventura que comenzó con pinta de B2 y ha terminado con un C1. Octava lección: mejorar siempre implica tener alguien a quien dar las gracias. Así que thank you, guys!
Así las cosas, aún me queda mucho por hacer y lograr para volver a tener una vida medianamente normal pero pequeños grandes triunfos como éste permiten poder mirar a los ojos a retos más difíciles sin agachar la mirada. Y es que hay una cosa que me ha quedado clara: el fracaso no consiste en no superar un desafío sino en no hacer todo lo necesario para lograrlo. Novena lección: nunca lo conseguirás si no lo intentas con todo tu corazón. No sé en qué medida el certificado del C1 me va a cambiar la vida (mi CV desde luego que sí) pero lo que sí sé es que me ha reforzado a la hora de tener claro que todo consiste en la voluntad de querer mejorar. Décima lección: para avanzar sólo necesitas dar un paso y luego otro y repetir hasta que llegues donde quieres.
En resumen: pocas veces me ha sabido tan bien un Well done! como éste.
jueves, 12 de abril de 2018
Recrear y religar
La casualidad ha querido que coincidan en el tiempo la reciente publicación de dos libros escritos por gente a la que aprecio. Por un lado, Alejandro Gándara y su novela La vida de H (Ed. Salto de Página). Por otro, Julián Ruiz y su obra Hubo otra Estella (Ed. R de Rarezas). Dicho así, me siento un poco como esa "voz en off" que acompaña a los paseantes por la Feria del Libro de Madrid. En fin, sigo.
Ambas publicaciones no pueden ser más distintas, como lo son sus autores, pero en el fondo sirven para ejemplificar lo mismo: cómo la creación literaria no es más que un ejercicio de volver a crear la realidad, de rehacer, de reinterpretar, de ajustar cuentas con ella, de descodificarla y volverla a codificar a nuestro gusto, de desconectarse de ella para volver a conectarse de una forma absolutamente personal y única, de "religar"; de jugar con lo vivido, sentido, sabido y recordado para dar algo nuevo a sí mismo y a los demás; de devolver a la realidad el favor mediante una ficción que forma parte de ella físicamente. Esto no es ninguna novedad, porque el copyright viene de antiguo (concretamente, desde que Platón nos hablara de la poiesis banquete mediante). Además de lo que acabo de apuntar, tanto La vida de H como Hubo otra Estella son un buen ejemplo de que toda ficción, toda obra artística en general y literaria en particular, nace de uno, de las entrañas donde anidan todos nuestros recuerdos, filias, fobias, luces, taras, emociones y sentimientos, de manera que toda obra es autobiográfica porque las historias se cuentan desde uno, desde esa atalaya que es la vida que cada uno ha tenido y tiene. Por eso, la tópica pregunta que se hace al autor de turno de "¿En qué medida esta obra es autobiográfica?" es bastante prescindible, salvo que se quiera entrar en el terreno del cotilleo, que poco o nada tiene que ver con lo literario.
Alejandro y Julián han recurrido a la misma materia prima (los recuerdos) para elaborar dos obras tan distintas como interesantes y atractivas. En el caso de Gándara, La vida de H tiene las formas de un cuento de hadas a medio camino entre lo infantil y lo postmoderno pero con un aliento entrañable de confesión cómplice, especialmente para aquellos que tenemos la suerte de conocer a Alejandro y cuya hondura humana e intelectual es impagable. Por su parte, Ruiz nos demuestra en esos relatos híbridos de anecdotario y crónica bajo el título Hubo otra Estella que las ciudades, esos telones de fondo que hacen las veces de hogar, no dejan de ser lienzos sobre los que se han ido superponiendo los diversos retratos del tiempo y las personas, como una especie de cuadernos de notas en los que las palabras, los tachones y las anotaciones marginales forman una arquitectura caótica, íntima y colectiva por igual; unos retratos y notas que como bien demuestra Julián conviene no olvidar porque para saber dónde ir primero hay que tener claro de dónde se viene.
Más allá de la calidad literaria y la calidez humana que hay bajo los negros y blancos de ambas obras, hay que reconocer el esfuerzo que supone parir una obra literaria. Y es que crear, escribir, tiene mucho de dejar que lo que tienes dentro salga fuera y viva su propia vida con independencia de ti. Y no sólo eso, porque cuando te das a los demás mediante la literatura no estás únicamente mostrando al mundo qué hay en tu interior sino, además, exhibiendo cuánto del mundo ha entrado en ti. De ahí que, cada vez que lees un libro no sólo estás asomándote a un hábitat ficcionado en mayor o menor medida; también estás colándote en la intimidad del autor por una puerta que él mismo ha dejado entreabierta. Por cierto, hablando de esfuerzos, chapó por Salto de Página y R de Rarezas, dos editoriales que demuestran que competir con los grandes mastodontes del sector no es una cuestión de sombra sino de brillo.
Si alguien quiere felicitar a los autores, cosa que sería agradecible, pueden hacerlo con facilidad. En el caso de Alejandro, a través de ese refugio contracorriente que es la Escuela Contemporánea de Humanidades. En el caso de Julián, en las calles de esa otra escuela enclavada en el corazón de Navarra llamada Estella. Yo, más allá de sentimentalismos y amistades, he optado por algo más práctico y terrenal: comprar con intención de leer. La vida de H ya está en mi biblioteca. Hubo otra Estella pronto lo estará. ¿Por qué? Porque me apetece mucho disfrutar página a página con estas obras que dan validez a aquello que dijo el poeta Paul Éluard: "Hay otros mundos pero están en éste. Hay otras vidas pero están en ti".
martes, 16 de enero de 2018
Junto al tablero azul
Fue en esa época en la que aún sigues siendo un niño y no lo sabes. En esa época en la que mi mente iba por un lado y mis hormonas por otro. En esa época en la que vivía en un cándido Mátrix a salvo del incierto campo de minas llamado madurez. En esa época en la que mi mundo giraba en torno a apuntes escolares, libros literarios, películas de culto y juegos de ordenador en disquetes de tres y medio. En esa época en la que mis tardes y noches orbitaban en torno a un pesado tablero de madera azul apoyado en dos caballetes azules en el medio de un cuarto azul con un flexo de luz blanca. En esa época estúpida, ingenua y feliz en la que creía que estudiar me abriría las puertas del paraíso laboral, que el esfuerzo me exiliaría de cualquier problema, que ser buena gente bastaría para tener una vida feliz, que ser romántico batiría cualquier coraza femenina, que tus seres queridos son tótems incuestionables y que en algún momento del futuro sería escritor. En esa época en la que uno creía en Dios, Guybrush Threepwood y el Atlético de Madrid. En esa época en el que la minicadena de la habitación se convirtió en una ecléctica y variopinta gramola donde programaba concienzudamente una lista de reproducción a modo de cajón de sastre en el que cabían el Adagio de Von Karajan, el Songs of distant Earth de Mike Oldfield, la banda sonora de El Cuervo, el Cross Road de Bon Jovi, las Mentiras del viento de Manolo Tena, La Flaca de Jarabe de Palo, el Load de Metallica...En esa época los "conocí" a ellos; a ella: Dolores O'Riordan y The Cranberries.
La historia de mi adolescencia, el hilo musical de mi tránsito de la inocencia al cinismo no se entiende sin Zombie, Dreams, Linger, Ode to my family, Animal instinct, Promises, Just my imagination, When you're gone, Salvation o Ridiculous thoughts. No es postureo, es la verdad. Fueron innumerables las tardes y, especialmente, las noches de aquellos años en los que los grandes éxitos de The Cranberries me acompañaron mientras estudiaba o escribía. Por eso, la inesperada muerte de Dolores O'Riordan ayer me supo a aguacero, a hostión traicionero, a expropiación cruel, injusta e impune de una parte de mí. Y sí, han pasado muchos años desde aquellas veladas del tablero azul, pero el tiempo, que para estas cosas sí es muy sabio, ha dejado en pie dentro de mi banda sonora personal ese impresionante tema llamado Zombie, una canción que, sin exagerar, escuché durante decenas de horas.
La singular voz de O'Riordan, la banshee de Ballybricken, con esa sensacional habilidad para combinar una potencia desgarradora, una sutileza casi confesional y unas reconocibles inflexiones vocales, fue en mi opinión el mejor recipiente para la música que hacían The Cranberries, cuyas canciones oscilaban entre el rock amargo y las baladas intimistas. A ello hay que añadir algo que no es en absoluto novedoso en el mundo artístico: el vínculo entre el drama y el genio. No se puede entender ni escuchar a esta artista de rasgos afilados y mirada punzante, líder icónica del citado grupo irlandés, ignorando una vida personal bastante tormentosa que derivó en una psique atormentada. Esto es así hasta tal punto que yo no sé si O'Riordan cantaba para exorcizar o compadecer las sombras de sus fans o las suyas propias. Quizá fueran ambas cosas. Lo que es seguro es que, al menos para mí, su voz nítida y dura tenía algo magnético, hipnótico, que conectaba con una parte muy profunda de ti. Y esto, creo, es de los mejores piropos que se pueden decir a quien tiene el coraje de compartir su música contigo.
Por eso, ahora que su voz tiene el silencio de los cementerios y aún suenan los acordes de la desolación, creo que no hay más ni mejor que pueda decir que gracias, Dolores, por todas esas horas que me hiciste compañía junto al tablero azul.
domingo, 31 de diciembre de 2017
El año del "casi"
Se acaba 2017. Para mí, un año lleno de "casi": en 2017 casi supero unas oposiciones, casi consigo mi trabajo soñado, casi publico mi novela, casi me rompo los tobillos, casi pierdo la fe en cualquier cosa, casi me doy por vencido, casi mando todo a la mierda, casi me quedo compuesto y sin alma, casi pierdo lo que queda de ese castillo de naipes llamado felicidad, casi me tiro la toalla, casi me conformo con el Game over. 2017 seguramente habrá sido un año extraordinario y feliz para muchísimas personas; me alegro de verdad por ellas. Para mí han sido 365 días durísimos, crueles, amargos, tormentosos, extenuantes, erosivos, tóxicos, frustrantes, oscuros. Decir que 2017 ha sido para mí un año difícil sería un eufemismo; más bien ha sido una insaciable bola de demolición. Indudablemente, esta es mi etapa vital más desagradable y eso que ya antes incluso de iniciar estos largos cuatro años de infierno y destierro en el desempleo tampoco las cosas eran color Disney por culpa del demencial estrés y el mobbing que marcaron mi última etapa en mi trabajo. 2017 ha sido, hasta el momento, mi noche más oscura. Sé que todo esto es subjetivo, relativo y susceptible de merecidas matizaciones y reproches pero no escribo para ser políticamente correcto ni tampoco para ir de víctima: escribo para ser sincero y coherente con lo que pienso y siento. Y sí, tengo muchas cosas por las que dar gracias y sentirme afortunado pero esas cosas no desequilibran la balanza en favor de la alegría; me ayudan a seguir en pie (que no es poco).
Como decía, este 2017 ha sido mi noche más oscura: no recuerdo un año en el que me haya sentido tantas veces triste, desconsolado, frustrado, agotado, hueco, derrotado, avergonzado, naufragado, humillado, roto, fracasado. Pero, y es un pero muy importante, yo soy de los que no sólo ven el vaso medio vacío sino que me gusta ver también la mitad que está llena. La cobardía y el pesimismo se los dejo a otros. Yo soy de los que creen en aquello de que el momento más oscuro de la noche es justo el que precede al amanecer. Y eso espero que sea 2018, un amanecer, porque de oscuridad ya he quedado suficientemente alquitranado este moribundo 2017. Por eso, pienso que ahora mismo estoy en ese decisivo momento cuando, según el viaje del héroe de Joseph Campbell, el protagonista ha sido derrotado hasta casi su aniquilación pero en el cual, gracias a ese "casi", ha aprendido lo necesario y se ha endurecido lo suficiente como para no volver a caer derrotado y así convertirse en el héroe que estaba destinado a ser para retornar triunfal a su mundo. Como me gusta decir: el éxito es la mejor venganza. Y en eso estoy: en triunfar donde he fracasado, en devolver los colores a esta vida en blanco y negro, en romper el bucle cruel en el que ando metido desde hace tanto tiempo que ya todo lo anterior me suena remoto y ajeno, en desenterrar la normalidad, en reconquistar mi futuro para abrir de par en par las puertas a la felicidad, en dejar atrás este atroz tour por el tártaro y llegar donde quiero y merezco estar. Y estoy convencido de que lo lograré; ya no es una cuestión de "sí o no" sino de "cuándo". ¿Por qué estoy tan seguro de eso? Porque mi 2017 se puede resumir no por el número de veces que he caído sino por el número de veces que me he levantado. Porque, como el Atlético de Madrid, cuando me caigo, me reincorporo inmediatamente y combato. Porque, como los espartanos, cuando las flechas oscurecen el sol, lucho a la sombra. Porque, como Rocky Balboa, no me importa el número de veces que me forren a hostias tanto como saber esperar el momento en que todo mi esfuerzo, sacrificio, dolor, paciencia, resistencia e ira se transformen en una deslumbrante victoria por KO. Porque, como he aprendido en este desolador año, la vida no consiste en otra cosa más que en saber reaccionar. Porque, como me ha enseñado 2017 por las malas, la clave del éxito, del verdadero éxito (vamos a dejarnos de mamonadas de coaching, new age, buenismo, pensamiento positivo y la madre que los parió) consiste en hacer algo muy sencillo en un momento muy complicado: levantarse en cuanto te derrumban/derrumbas. La victoria no comienza cuando todo son aplausos, sonrisas y admiraciones. No, el triunfo empieza cuando te duele hasta el alma, cuando eres incapaz de ver porque ya ni siquiera tienes ganas de abrir los ojos, cuando eres un rotundo fracaso tatuado en el suelo de tu memoria y, aun así, coges y haces algo ilógico y tan suicida que parece absurdo: te vuelves a levantar, a sabiendas de que puede venir un nuevo hostión, porque sabes algo más aparte de eso: que tarde o temprano las hostias dejarán de venir; que tarde o temprano dejarás de tener miedo al propio miedo, a la incertidumbre, al error, a la tristeza, al fracaso; que tarde o temprano llegará el momento en que serán el miedo, la incertidumbre, el error, la tristeza y el fracaso los que tengan miedo de ti porque nada hay más temible que una persona dispuesta a ser feliz, cueste lo que cueste.
Yo llevo años dejándome el alma para agarrar la felicidad y no soltarla. Casi lo he conseguido...pero he caído en el intento o, mejor dicho, en los intentos. No obstante, pese a todo, lo importante es que he comprendido que el "casi he triunfado" ya no es una mala noticia. Es sólo el anticipo de una buenísima. Y para que ésta llegue hay que desengañarse: esto no es cuestión de besar estampitas, alentar supersticiones, amamantar la ingenuiudad con gurús del pensamiento positivo, leer milagrosas recetas de autoayuda o atender lucrativas lecciones de coaching. Esto es cuestión de tres cosas: la primera, tener claro qué quieres; la segunda, saber que de este juego sólo te expulsa la muerte; y la tercera, recordar que nunca llueve eternamente, como decía Eric Draven. Así que bienvenido, 2018. Espero que te portes bien conmigo...y si no, estoy preparado para levantarme todas las puñeteras veces que hagan falta. Si la buena suerte viene por fin a verme, me pillará luchando para que todo esto tenga un final feliz.
¿Por qué quiero que sea este mi último post de 2017? Porque quiero despedir a este año de mierda como se merece; y no, no es mandándolo a tomar por ****: es dándole las gracias por hacerme más duro, sabio y valiente. Y también porque me encantaría que, por una vez, algo de lo que escribo en este blog personal pueda servir de ayuda a alguien. Feliz cambio de año.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Gracias, Ministro
Señor Méndez de Vigo:
Soy plenamente consciente de que es más que probable que esta carta no llegue nunca a sus ojos, puesto que imagino que su tiempo está dedicado principalmente a hundir la Educación y humillar la Cultura cuando no a ejercer de portavoz del peor gobierno que ha conocido España. Aun así, creo que merece la pena que la escriba, por si a alguien puede ser de ayuda o interés.
Soy un madrileño de 37 años que lleva más de cuatro en el erosivo y tóxico desierto del desempleo desde que una tipa decidió dar mi puesto de trabajo a un familiar de cierto (ex) gerifalte del IBEX, culminando así un semestre de intenso mobbing contra mí y cercenando mis casi diez años de trabajo duro, bueno y honrado en una famosa multinacional. Usted dirá que el tema laboral nada tiene que ver con su responsabilidad ministerial. Y tiene razón. Pero sí sirve para poner en contexto lo que voy a contar a continuación, que sí es de su ámbito competencial.
Soy licenciado en Periodismo, me concedieron un premio al mejor expediente académico de la promoción, tengo un Curso Superior y dos Másters. Desde que me licencié, allá por 1998, siempre intenté tener la mejor formación posible, movido por la ingenua convicción de que eso me ayudaría en el mundo laboral. En ese sentido, para abrir la puerta a la posibilidad de cumplir profesionalmente uno de mis sueños personales (ser profesor de Lengua y/o Literatura española), obtuve poco después de mi licenciatura lo que entonces se conocía como CAP para la didáctica específica de Lengua y Literatura. Abundando en ese sueño, me matriculé años más tarde en la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH) para poder ampliar y perfeccionar mis conocimientos. Hasta ahí, todo bien. Ahora llega lo importante. El pasado lunes 18 de septiembre un centro concertado de Madrid me ofreció un contrato como profesor de las asignaturas de "Lengua y Literatura" y "Cultura clásica", materias ambas para las que creía que estaba personal, legal y académicamente capacitado y habilitado. Puede imaginarse mi sorpresa y alegría, señor Méndez de Vigo, al tener esa oferta ante mí pues no sólo suponía cumplir mi sueño sino, además, liberarme de este Tártaro que es el desempleo en la España del precariado y poder sentirme de nuevo una persona útil y reconectada con la normalidad. ¿Qué pasó? Pues ocurrió que, al pasarme el martes 19 por la Dirección del Área Territorial de Madrid Capital de la Consejería de Educación, Juventud y Deporte de la Comunidad de Madrid (calle Vitruvio 2), lo que en teoría iba a ser un mero trámite burocrático se convirtió en uno de los palos más devastadores que me han dado en mi vida. ¿Por qué? Porque allí me enteré, por boca de una funcionaria de la quinta planta cuya empatía rivaliza con la de una nevera, que todo el esfuerzo en tiempo y dinero que dediqué antaño para ser legalmente apto para impartir clase como profesor de Lengua y Literatura ya no valía de nada puesto que era ilegal. ¿Le suena, señor Ministro? Supongo que sí, pero, por si acaso, le refresco el asunto: usted, el 17 de julio de 2015, firmó el Real Decreto 665 que, por un lado, redundaba en el Real Decreto de 860 del 2 de julio de 2010 firmado por el entonces ministro Ángel Gabilondo, y, por otro, se pasaba por el forro el dictamen 2/2015, emitido por el Consejo Escolar del Estado. ¿Recuerda ya de qué va todo esto? Yo le ayudo: Tanto su decreto de 2015 como el de Gabilondo de 2010 se apoyan en la ordenación de las enseñanzas universitarias (plasmada en el RD 1393/2007) para impedir por ley a todos los licenciados/graduados en la rama de Ciencias Sociales y Jurídicas ejercer la docencia de, entre otras, "Lengua castellana y Literatura", "Literatura universal" y "Cultura clásica". ¿Adivina en qué rama está encuadrada Periodismo? Lo malo no es ya el cambio de criterio respecto a lo que recogía la Orden del 24 de julio de 1995 sino que su Ministerio, señor Méndez de Vigo, ignoró deliberadamente la recomendación nº21 del mencionado dictamen 2/2015 del Consejo Escolar del Estado y que, cinco meses antes de su decreto, decía lo siguiente: Al artículo segundo, apartado tres. Anexo I: Teniendo en cuenta el currículo de estas materias y las asignaturas que conforman el plan de estudios de Periodismo, se considera la formación inicial de estos licenciados para impartir "Lengua y Literatura Castellana" y "Literatura Universal". De acuerdo al currículo, el objetivo de esta materia es el desarrollo de la competencia comunicativa, es decir, un conjunto de conocimientos sobre la lengua y de procedimientos de uso que son necesarios para interactuar satisfactoriamente en diferentes ámbitos sociales. El eje del currículo son las habilidades y estrategias para hablar, escribir y escuchar en lso ámbitos de actividad social, situando estos aprendizajes en diversos ámbitos del uso de la lengua: el de las relaciones interpersonales y, dentro de las instituciones, el de los medios de comunicación y el ámbito académico. Asignaturar que, entre otras, incluye el Título de Licenciado en Periodismo y que se corresponden con los contenidos de "Lengua Castellana y Literatura": Lengua Española, Literatura, Teoría y Práctica de la Redacción Periodística, Redacción y Locución, Géneros informativos e interpretación, Lecturas del Arte contemporáneo, Periodismo cultural, Historia del mundo actual. Además, los licenciados en Periodismo tenían, en el pasado, en el Curso de Aptitud Pedagógica como Didáctica específica "Lengua Castellana y Literatura" y las prácticas las hacían en el Departamento de Lengua Castellana y Literatura impartiendo estas materias. Por todo lo anterior, se propone añadir, dentro del Anexo I, en las condiciones para impartir la materia de "Lengua Castellana y Literatura" y "Literatura Universal": Licenciado en Periodismo (sic).
En resumen que, gracias a su Real Decreto, señor Ministro, al estar encuadrado dentro de la rama de "Ciencias Sociales y Jurídicas", estoy capacitado para impartir clase de "Artes escénicas", "Geografía", "Geografía e Historia", "Historia de España", "Historia del Mundo contemporáneo", "Historia del Arte", "Filosofía", "Psicología", "Historia de la Filosofía" y "Valores éticos" pero no para aquellas disciplinas para las que específicamente me preparé legal y académicamente y que tienen más presencia en el currículo de mi licenciatura que cualquiera de las otras que sí puedo impartir según el descabellado, irracional, incoherente, disparatado e incongruente criterio que recoge su Real Decreto 665/2015, señor Méndez de Vigo.
Llegados a este punto, el punto en el que he tenido que ver como se esfumaba en mis narices el sueño de mi vida y la liberación de la tortura del desempleo, le pido sólo una cosa, señor Ministro: que me diga el motivo. ¿Por qué motivo no enmendó el bochornoso error de Gabilondo? ¿Por qué motivo se pasó por el forro de los genitales la razonada y razonable observación del Consejo Escolar del Estado? ¿Por qué motivo decidió que era conveniente situar en la ilegalidad lo que fue legal durante quince años? ¿Por qué motivo mi CAP sigue siendo válido para impartir clase pero mi licenciatura es un osbtáculo? ¿Por qué motivo la legislación vigente dice que mi CAP me habilita para dar clase menos para aquella didáctica específica en la que lo obtuve? ¿Por qué motivo consiente esa disparidad de criterio a la hora de aplicar con carácter retroactivo la ley? ¿Por qué motivo un jurista puede enseñar "Artes escénicas" cuando en el currículo académico no hay nada que aborde esa asignatura ni siquiera tangencialmente y en cambio un periodista que durante la carrera, entre otras muchas cosas, estudia asignaturas relacionadas con la Lengua y la Literatura no puede dar clase de "Lengua y Literatura castellana"? ¿Por qué demencial lógica se me permite enseñar a Sócrates, Platón y Aristóteles pero no se me considera habilitado para hablar de Homero, Esquilo o Jenofonte? ¿Por qué motivo mantiene vigente esa incongruencia insostenible que me impide enseñar asignaturas para las que estoy capacitado en diversos sentidos? ¿Por qué motivo un error suyo me ha jodido la vida?
Sé que usted es hombre de leyes (según parece es usted jurista y bla, bla, bla), señor Méndez de Vigo, así que le rogaría que me aclare todo eso, sin tomarme por imbécil, por favor. Porque por ese infame y gilipollesco decreto suyo he perdido el trabajo de mi vida y tirado a la basura el dinero, el tiempo y el esfuerzo que dediqué a prepararme como profesor de Lengua y Literatura. Así que le agradeceré enormemente que me responda.
Gracias, Ministro.
viernes, 4 de agosto de 2017
Viernes de Gigantes
Durante años fue la respuesta estival a la magia invernal de las Navidades. Aún hoy, en cierta medida, lo sigue siendo. El viernes previo al primer fin de semana de Agosto se envolvía de una adrenalina naif configurada en torno a una pintoresca comparsa de gigantes y cabezudos. Ese día, el "Viernes de Gigantes" era una de esas fechas que quien esto escribe marcaba en su calendario mental con la misma ilusión fosforescente que la Noche de Reyes o mi cumpleaños. Ese día, el "Viernes de Gigantes" extiende la alfombra roja y blanca por la que transitan seis días de festejos: los que conforman las fiestas de Estella (Navarra). Ese día, el "Viernes de Gigantes", la sobremesa de las calles estellesas se llena de hijos arrastrando a padres o padres arrastrando a hijos, según el nivel de valentía filial y entusiasmo paternal, para ir al encuentro de ese bestiario folclórico y entrañable que constituye la comparsa formada por los gigantescos reyes navarros y moros y un séquito de cabezudos menos regios pero más temibles para esas mentes y corazones tiernos puesto que son los que te forran a leches con sus botarrinas.
Ese viernes, el primero de unas fiestas a medio camino entre lo berlanguiano, lo sacro y lo dionisiaco, está cargado de rituales y liturgias profanas, casi bufas, pero llenas de una solemnidad indudable y entrañable, como, por ejemplo, la que antecede a todas las demás: vestir el rojo y el blanco que uniformiza la alegría en estas latitudes y fechas constituye todo un ceremonial en el que te invade un no-sé-qué a medida que vas envainando el cinto en la cintura, anudando el pañuelo al cuello y atando las alpargatas a esos pies acostumbrados a zapatos urbanitas. El caso es que esos automatismos provocan la sensación de conectar con algo que te trasciende tanto en lo personal (unirte a los otros) como en lo temporal (remontarte al pasado propio y ajeno como una magdalena de Proust). Y aún hoy, con treinta y siete años en la canana, esa sensación sigue ahí: la que convierte tu memoria en un CinExin, la que te devuelve a esa época de tu vida donde las preocupaciones son irrisorias en su candidez y las ilusiones monumentales en su ambición, donde la vida aún no ha roto la tregua, donde cualquier lugar y momento pueden ser Disnelyandia, donde aún puedes corretear despreocupado, donde todo es una precuela preciosa y difusa, donde estás a salvo. Aún recuerdo cómo, una vez vestidos con la indumentaria rojiblanca y repeinados como si fuéramos carne de catálogo, me hacía una foto con mi padre y mi hermano, en escala de edad y tamaño, junto a una imposible lámpara de pie revestida de lo que parecía mármol y que haría sacarse los ojos a cualquier decorador de interiores (la lámpara, no la foto) y cómo nos precipitábamos a la calle Mayor en busca de los gigantes y cabezudos siguiendo el rastro que dejaba el sonido de las gaitas y cómo los codos se retorcían intentando liberarse de las manos a medida que te aproximabas a la comparsa, bien para encarar esos miedos infantiles encarnados en esos cabezudos de nombres lacónicos pero aún más rimbombantes que sus fenomenales cabezas ("Boticario", "Robaculeros", "Abuelita chocha"...), bien para ceder al pánico y volverte a un lugar donde tu orgullo y trasero quedaran a salvo de los zurriagazos de las botarrinas, y cómo al final te quedabas zascandileando durante horas por las calles del pueblo hipnotizado por el magnético carisma de la comparsa.
Hoy todo eso es pasado pero no olvido. Por suerte. Y digo por suerte porque todos los "Viernes de Gigantes" me pasa lo mismo: me acuerdo y me recuerdo y en ese ir y venir de la mente al pasado, se me traspapelan bonitos momentos de mi infancia: ir corriendo con mi padre en el "encierro chiqui" en la cuesta de Recoletas; la monumental tómbola y su "muñeca chochona" (sic); el espectacular "torico de fuego" que marcaba con su pirotecnia el punto y final del horario infantil; los cohetes del encierrillo como despertador; los churros azucarados y mañaneros de Solano; la caminata hasta Izu para que mi padre se comprara el periódico y yo un fascímil del Guerrero del Antifaz de los que estaban apilados en la trastienda; las inolvidables fiestas regadas de risas de mis primos Estíbaliz, Puy e Iñaki; el multitudinario show de marionetas de "Gorgorito" a la sombra de unos árboles con mucha historia; la rueda ferial de resignados ponys con nombres de personajes de western; la berlanguiana procesión en la que no sabes bien si estás acompañando a tu santo padre o a las reliquias de un santo; el concurso de bacalao al ajoarriero en el que mi padre cambiaba el quirófano por la cocina; el "chabisque" como Camelot de una cuadrilla más cercana a los galos de Astérix que a los Caballeros de la Tabla Redonda; el "baile de la era" que hace entrar en trance casi aquelárrico a todo un pueblo a medianoche; los ladridos frenéticos de mi perro mientras la gente se deshacía en "ooooh" al compás de fuegos artificiales...
Por eso, todos los días como hoy, Viernes de Gigantes, me invade una extraña y agradable sensación de melancolía, una nostalgia balsámica para estos tiempos en los que la vida ha roto la tregua y todo es un cara a cara improvisado entre tú y los contratiempos. Hoy no vestiré el rojo y el blanco. Lo haré mañana, al alba, cuando vaya al encierro, como un yonqui de la adrenalina, junto a mi padre, ya no como un niño acompañando a su antecesor sino como un cómplice para forjar recuerdos que te visiten un viernes como hoy.
Hoy todo eso es pasado pero no olvido. Por suerte. Y digo por suerte porque todos los "Viernes de Gigantes" me pasa lo mismo: me acuerdo y me recuerdo y en ese ir y venir de la mente al pasado, se me traspapelan bonitos momentos de mi infancia: ir corriendo con mi padre en el "encierro chiqui" en la cuesta de Recoletas; la monumental tómbola y su "muñeca chochona" (sic); el espectacular "torico de fuego" que marcaba con su pirotecnia el punto y final del horario infantil; los cohetes del encierrillo como despertador; los churros azucarados y mañaneros de Solano; la caminata hasta Izu para que mi padre se comprara el periódico y yo un fascímil del Guerrero del Antifaz de los que estaban apilados en la trastienda; las inolvidables fiestas regadas de risas de mis primos Estíbaliz, Puy e Iñaki; el multitudinario show de marionetas de "Gorgorito" a la sombra de unos árboles con mucha historia; la rueda ferial de resignados ponys con nombres de personajes de western; la berlanguiana procesión en la que no sabes bien si estás acompañando a tu santo padre o a las reliquias de un santo; el concurso de bacalao al ajoarriero en el que mi padre cambiaba el quirófano por la cocina; el "chabisque" como Camelot de una cuadrilla más cercana a los galos de Astérix que a los Caballeros de la Tabla Redonda; el "baile de la era" que hace entrar en trance casi aquelárrico a todo un pueblo a medianoche; los ladridos frenéticos de mi perro mientras la gente se deshacía en "ooooh" al compás de fuegos artificiales...
Por eso, todos los días como hoy, Viernes de Gigantes, me invade una extraña y agradable sensación de melancolía, una nostalgia balsámica para estos tiempos en los que la vida ha roto la tregua y todo es un cara a cara improvisado entre tú y los contratiempos. Hoy no vestiré el rojo y el blanco. Lo haré mañana, al alba, cuando vaya al encierro, como un yonqui de la adrenalina, junto a mi padre, ya no como un niño acompañando a su antecesor sino como un cómplice para forjar recuerdos que te visiten un viernes como hoy.
domingo, 15 de febrero de 2009
Cerca del Cielo
Me gustaría que fuera mentira. Me gustaría mucho. Un error, un equívoco, un mal sueño. Eso es lo que debería de ser y nada más. Me gustaría no tener que escribirte estas líneas. Me gustaría mucho recordar el sábado 14 de febrero de 2009 por otros motivos.Vital, optimista, altruista, generoso, cariñoso, divertido, bondadoso, deportista, agradable, educado, tierno, espontáneo, participativo, humilde, entusiasta, apasionado, sano, tenaz...tenías todas las virtudes necesarias para ser un magnífico compañero, un buen trabajador, un gran deportista, un excepcional hijo y hermano, un inolvidable amigo y una extraordinaria persona. Y eso, por suerte, lo tenía todo el mundo claro ya desde el colegio.
Sería un mentiroso si dijera que en estos últimos años habíamos mantenido el contacto de otrora. No, no es así. Ambos sabemos el porqué. Lo que quizás no supieras es que, en todo este tiempo, no he olvidado a la persona junto a la cual empecé a aprender la verdadera dimensión de la palabra "Amistad", a ese peculiar y entrañable chico que me brindó muchos de los mejores recuerdos de mi adolescencia, al nombre que por encima de las alegrías o los enfados, la cercanía o el distanciamiento, siempre estuvo y estará presente en mi cabeza y mi corazón como uno de los mejores amigos que he tenido. Pocas, muy pocas personas pueden conseguir que todo el mundo que las recuerde lo haga con una sonrisa en los labios; claro que hablarte de cosas difíciles o imposibles siempre fue algo ridículo porque para ti, que tenías una tenacidad sólo igualable a tu idealismo, superar cualquier reto era sólo cuestión de tiempo. Sí, hay que reconocer que eras bastante cabezota para cumplir tus sueños. Y creo que, poner de acuerdo a tanta gente para recordarte con tanto cariño, es la última meta que has cruzado, campeón.
Has vivido intensamente, te has sentido vivo y has hecho sentirse vivos a todos tus seres queridos; has sido una llamarada de vida que el viento ha apagado antes de tiempo. Recordar a gente como tú es repasar lecciones de humanidad y comprender un poco mejor en qué consiste esto de vivir. Tu vida ha sido el mejor regalo que nos podías hacer y, como siempre, lo hiciste sin intereses ni dobleces, directamente desde el corazón. Creo que te has pasado de generoso porque has tenido un corazón demasiado grande y una vida demasiado corta.
Siempre he pensado que tú no eras de este mundo. Quizás fueras un ángel. Quizás por eso has muerto tan cerca del Cielo. Descansa en paz, José, descansa...¡Ah! Y una cosa más: Gracias, muchas, muchísimas gracias, por todo.
En memoria de José Arcones Hermida (1980-2009)
miércoles, 23 de julio de 2008
Sancho (1993-2008)
Querido Sancho,Estas son las palabras que siempre te has merecido y nunca habría querido escribirte, pero creo que es el mejor regalo que te puedo dar de todos los que ya no podré ofrecerte.
Estoy seguro de que, como siempre, no te hará falta comprender el castellano para entenderme a la perfección. Espero que, una vez más, sepas qué te quiero decir, porque pocas veces diré palabras como éstas en toda mi vida.
¿Sabes? Es curioso: en muy poco lapso de tiempo pasé de enseñarte cosas a aprenderlas de ti. Es sorprendente haber aprendido tanto y durante tanto tiempo de alguien que jamás escribió ni dijo ni leyó una sola palabra. Sin embargo, gracias a ti, a ti y sólo a ti, he aprendido hasta dónde llega el significado de términos que nosotros, los humanos, nos empeñamos en empañar, ningunear o mancillar. Hablo de palabras como "lealtad", "entrega", "bondad", "nobleza", "altruismo", "cariño", "valentía", "alegría", "empatía", "amor"...y tantas otras que tú has escrito, día tras día, en nuestro pequeño e íntimo diario
común. Es asombroso que todo esto lo haya aprendido de ti mejor que de ninguna otra persona, tal vez es que tú, Sancho, tenías más humanidad de la que mucha gente llegará a tener o conocer a lo largo de su vida. Tú has conseguido convencerme de que un simple animal puede ser mejor humano que muchas personas que a tu lado quedan reveladas como bestias. Supongo que el secreto de esto que nos has regalado durante todos estos años te lo quedas para ti. Creo que es justo. Me gusta tener la idea de que al final te has dejado algo para ti, después de volcarte con nosotros desde el primer al último minuto de aparecer en nuestras vidas.Ahora que de ti no resta más que un vacío, dos fechas y un millón de recuerdos, me vienen a la cabeza todos los momentos que hemos compartido juntos: las mañanas en que te acercabas a mi cama para despertarme con tu simpático olisqueo o tus tiernos lametones, la eterna expresión sonriente de tu cara al vernos entrar en casa, las veces en que te acurrucabas a nuestro lado cuando nos veías decaídos o enfermos, la forma de devorar la alegría correteando en el césped cuando te sacábamos, las ocasiones en las que escondías tu cabeza en nuestros brazos cuando tenías miedo, los momentos de antaño en los que te escondías reptando debajo de camas, sillas y sofás como si fueras un marine en pleno entrenamiento,la compasión que implorabas a la perfección con un arqueo de cejas cuando habías hecho alguna trastada, el júbilo que sentías al vernos a todos juntos, el coraje colosal que mostrabas cuando las circunstancias lo requerían, tu curiosa forma de comer
con nosotros, la verdad incontestable de que jamás quisiste aprender a hacer pis en el papel de periódico, las curiosas conversaciones que teníamos haciendo de las palabras, los gestos y los ladridos toda una tierna y divertida gramática, el pundonor que escogiste como emblema para el cócker con el lucero más bonito del mundo...y todos los demás recuerdos que callo pero no olvidaré mientras viva.No, Sancho, no estoy intentando llenar tu ausencia con palabras. Estoy tratando de hacer justicia a un ser que sin levantar apenas dos palmos del suelo, creció como un coloso en el corazón de todos los que hoy te lloramos, siempre te quisimos y nunca te olvidaremos.
Si pudiera resumir todo lo que siento ahora mismo en una sola palabra, sería "Gracias". Gracias por todo lo que nos regalaste y enseñaste desde que entraste en nuestras vidas hasta que saliste de la tuya. Gracias, gracias, gracias, gracias...de verdad. Es precioso saber que habrá pocas, muy pocas personas a las que echaré de menos tanto como te echo a ti. Es fantástico ser consciente de que, gracias a ti, terco y peludo maestro, he aprendido a ser mejor persona y a querer serlo aún más.
Acabo de escribir que, si pudiera, sintetizaría todo esto en una palabra. Creo que lo mejor será que lo haga en dos: Te quiero. Descansa, Sancho, descansa que te lo has ganado más que nadie y haz lo que quieras en el Cielo, que pocos seres se merecen tanto estar allí.
Hasta siempre, Sancho, el menor de mis hermanos, el mejor de mis amigos.
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