Rara es la saga de ficción (literaria, cinematográfica o televisiva) que no se resienta en algún momento, atropellada por su propio legado, las expectativas del público y la inercia narrativa de su historia-río (toda saga se asienta sobre una trama troncal más o menos reconocible a lo largo de sus entregas que vertebra el relato principal). Eso le pasó a la franquicia de Piratas del Caribe con su cuarta, decepcionante, insulsa y anticlimática entrega firmada por Rob Marshall. Una parte que dejó a la franquicia verdaderamente en mareas misteriosas pues si la previa y exitosa trilogía inicial de Gore Verbinski había supuesto un corpus auténticamente canónico de lo que debe ser el cine como entretenimiento, la cuarta película fue en frenazo en seco y sin cinturón. De tales inquietantes mareas son precisamente de las que la saga piratesca intenta zafarse con esta La venganza de Salazaren busca de puerto seguro. Todo un reto, como cualquier resurrección.
¿Lo consigue? ¿Logra esta quinta entrega enderezar el rumbo? ¿Está Jack Sparrow medio lleno o medio vacío? Depende. Es indudablemente mejor que la cuarta parte (hito tampoco muy difícil), aporta una novedad interesante (conocer el origen de Sparrow como capitán pirata) y tiene los ingredientes que auparon en taquilla y crítica al tríptico firmado por Verbinski (una equilibrada mezcla de aventura y fantasía, humor, estupendos efectos visuales, secuencias de acción entretenidas y el ya clásico duelo entre los antihéroes y el villano sobrenatural de turno) pero...está muy lejos de aquellas excelentes entregas iniciales que encumbraron a esta franquicia. ¿Por qué? Porque el ritmo es irregular, el guión es bastante mediocre y el humor se va de las manos en varios momentos, haciendo que ciertas escenas o diálogos resulten de lo más tontos o infantiloides cuando no directamente autoparódicos (para más información, ver la mayoría de intervenciones de un Jack Sparrow más cerca aquí de ser un instrascendente cliché de sí mismo que del carismático personaje capital de la trilogía inicial).
Dejando esto al margen, La venganza de Salazarentretiene lo suficiente para no arrepentirte de verla y aquí buena parte de culpa tiene el capitán Salazar, quien es junto a Barbossa (estupendo Geoffrey Rush en su despedida de la saga) lo mejor de esta película tan cogida con alfileres y permite a Javier Bardem componer un villano más que digno, habilidad para la que parece estar especialmente capacitado el actor español.
Dicho esto, he de reconocer que hace muchos meses, cuando aún no se sabía apenas del argumento de esta quinta parte, pensé que esta entrega iba a ser algo así como un "reinicio" orientado al argumento de The Secret of Monkey Island, no sólo por el hecho de tener un villano fantasmal residente en una infernal cueva y que da matarile a todo barco que se le cruza por delante, sino además y muy especialmente por contar con un par de jóvenes protagonistas (interpretados por Brenton Thwaites y Kaya Scodelario) que, en mi opinión, son lo más parecido a Guybrush Threepwood y Elaine Marley que he visto en una pantalla de cine. Por desgracia, nada que ver. Y digo por desgracia porque la famosísima Isla del Mono habría sido una excelente escapatoria a esta dinámica hueca, reiterativa, previsible y sosa en la que ha entrado la franquicia. Sí, Piratas del Caribese mantiene a flote pero ofrece signos alarmantes de que a Disney no le interesa lo más mínimo contar (bien) historias (buenas) sino dólares (muchos). A Disney sólo le interesa que pases por caja. Todo lo demás se lo pasa por la quilla, nunca mejor dicho. Sólo así se entiende el bajón que ha dado la saga de Sparrow.
Lo peor es que no se ven trazas de enmienda por culpa de esa escena postcréditos (literalmente, ya que se proyecta al final de todos los créditos) en la que ¿presentan? al villano de una probable sexta película que seguramente será como esta quinta: más de lo mismo pero en absoluto mejor. Quizá deberían haberlo dejado todo como quedaba en ese final tan ñoño que cierra el film. O mejor incluso: no haber hecho nada más allá de la tercera entrega con la que Verbinski puso el genial broche a su trilogía por aquello de no decir nada si lo que tienes que decir no mejora al silencio. Algo que por supuesto a Disney se la trae al pairo porque su único plan es abordar la taquilla de cualquier manera y con cualquier excusa.
Este viernes se ha estrenado Covenant, una nueva película de la franquicia alien y secuela de esa precuela llamada Prometheus, que reseñé en su día en este mismo blog. Tras verla, sólo puedo decir que se trata de unfilm que encantará a quien la vea pagando poco o nada y/o a quien acuda con las expectativas bajas o inexistentesy/o a quien prefiera perdonar cualquier cosa para no mellar su cariño por la saga xenomorfa. ¿Por qué? Porque esta producción evidencia que si Ridley Scott tiene un plan serio e interesante para la franquicia...lo disimula muy bien.Convenant no entretiene porque la mayoría de los puntos de interés de la película ya han sido reventados cual chestburster por los tráilers y las entrevistas promocionales. No interesa porque carece tanto del postureo cuasimetafísico que adornaba a su antecesora (sacrificado en pos de un mayor protagonismo de las criaturas)como del suspense inquietante y emblemático de las entregas primigenias. No convence porque no es capaz ni de cumplir las propias expectativas que propulsaban este film ni de dotar de cierta coherencia lógica y/o argumental a lo que sucede en pantalla, especialmente en la última hora de las dos que dura Covenant. Y, lo que es peor, no sabe sostener de forma creíble la transición entre Prometheus (cuyos principales vínculos con ella corta de una formafacilona y burda) y El octavo pasajero (destino que cada vez parece más inalcanzable tanto en lo narrativo como en lo cualitativo). Es decir, se queda en tierra de nadie: un ni "sí" ni "no" ni todo lo contrario. Parece como si Ridley Scott, en aras a dotar a Covenant de una identidad propia, hubiera querido mezclar el sustancioso cocido de Prometheus con el cubata de Alien y le saleun híbrido difícil de digerir.
No se trata de si era mejor seguir la líneade Prometheus o apostar nítidamente por la de Alien (para gustos, los colores). No se trata de si es mejor perderse en digresiones filosóficas o de entretenercon variopintas peleas entre xenomorfos, humanos y androides. No se trata de escoger entre opciones sino sencillamentede hacer las cosas bien y, en este sentido, más allá de la indudable calidad técnica deCovenant, esta película flojea demasiado, especialmente en lo que al tratamiento de la historia se refiere (de los personajes mejor no hablo porque la tripulación de marras tiene el mismo nivel intelectual y sináptico que unos corderoscamino del matadero:ni los monitores de Crystal Lake eran tan gilipuertas). Y ojo que yo no soy ningún talibán ni un hater ni sandeces similares. No se trata, insisto, de que te encante o noAliensino de que te gusten las películas bien hechas y...Covenant es una película hueca y fallida cuyo principal mérito consiste en lograr que los fans del mundo xenomorfo acudamos al cine a verla y así costear la preocupante deriva de un director que demuestra haber perdido todo el ingenio que exhibió en magistrales títulos como Los duelistas, Alien el octavo pasajero o Blade runner.Tiene toda la pinta de que a Scott le está pasando lo mismo que a muchos otros grandísimos cineastas (Lucas, Coppola...): que se empeñan en manchar su impresionante legado con películas que están muy lejos de su propia cima.
No obstante, que sea una decepción (que lo es, al menos para mí) no quita que tenga puntos interesantes, como por ejemploel tributo latente aEl paraíso perdidode Milton, que parece servir de trasfondo conceptual a todo este desmadre, olos homenajes al matrimonio Shelley, por sus guiños explícitos al excelente soneto de Percy, "Ozymandias", e implícitos a la famosísima obra de Mary, Frankenstein. En relación con esto último, es curioso el giro que ha dado el enfoque respecto a Prometheus porque, si en aquel film todo apuntaba a que los Ingenieros eran un trasunto cósmico del doctor Frankenstein y los xenomorfos un alter ego de la mítica criatura, en este Covenantse revela quién es el auténtico doctor Frankenstein...y no digo más para no hacer spoiler de algo que, por otra parte, la película no se molestaen disimular. Baste decir que el David de Scott es como el Lucifer de Milton: un ángel que ha caído en sus ansias de perfección ("Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo"). Lo cual, a su vez, nos lleva a otro clásico del terror (literario y cinematográfico): El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde, dualidad de antagonistas que encuentra aquí su reflejo en los androides "clónicos" Walter y David (interpretados ambos por ese actorazo que es Michael Fassbender, cuyo carisma y buen hacer son lo único salvable del despropósito),quienes son los auténticos protagonistas de esta película (lo de los xenomorfos versus la versión descafeinada de Ripley es mero relleno) que encarnan esas clásicas dicotomías del Bien y el Mal, la Obediencia y la Rebeldía, la Razón y la Pasión, la Vida y la Muerte. Una confrontación antagónica bastante interesante que también se echa a perder por culpa de absurdos momentos homoeróticos (la escena de cómo uno le enseña a tocar la flauta al otro es de traca) y de una pelea más propia de Terminator que de dos androides gafapastas.
De todos modos, pese a esos puntos indudablemente positivos, cuesta mucho no acabar decepcionado tras ver Covenant porque te deja la sensación de que el único plan que tiene Scott para "su" franquicia xenomorfa es huir hacia delante, dejando por el camino todo cuidado, coherencia o verosimilitud. ¿Coge el dinero y corre? Puede ser. ¿Con mi alien hago lo que me sale de las narices? Muy probablemente. ¿Un talento caído en barrena? Indudablemente. Sólo así se puede entender que Scott haya firmado una película en la que pasan demasiadas cosas "porque sí" (¿se quedaron las explicaciones en la sala de montaje?) mientras otras en cambio acontecen de una forma confusa cuando no directamente absurda (¿se quedaron en la papelera de reciclaje las páginas que subsanarían tanto "WTF"?) y en la que, además, las supuestas sorpresas o ya te las ha destripado el tráiler de turno o las anticipas con infantil facilidad por culpa de un guión al que se le ven demasiado las costuras (demérito de John Logan y Dante Harper) y que es carne de guasa (como bien demuestran en JotDown y Blog de Cine) dado que variasescenas son francamente autoparódicas; y no, no voy a poner jugosos ejemplos para no fastidiar a nadie que tenga la intención de ver Covenant pero...tela. Tampoco ayuda que esta película sea una vistosa fotocopia-refrito de todos los elementos canónicos de la saga Alien: una heroína femenina, una tripulaciónsin más razón de ser que la aniquilación, un androide que es todo un Judas, el combate final entre protagonista y xenomorfo utilizando maquinaria pesada...guiños a los ingredientes clásicos de esta franquicia pero que, por eso mismo, restan cualquier atisbo de novedad o sorpresa.
En fin. Será curioso ver en la próxima entrega de esta franquicia (porque, pese a todo, es más que probable que vea la luz) si Scott remonta el vuelo o acaba pegándose el hostión definitivo. Hoy por hoy creo que está más cerca de esto último porqueCovenant es un evidente síntoma de que Ridley Scott está más perdido que el paraíso de Milton. Veremos...
Una persona no se define por lo que logra sino por lo que hace para conseguir llegar a esos destinos que orientan nuestra brújula vital. Esto es uno de los principales y más interesantes mensajes que subyacen en la estupenda Z, la ciudad perdida, película de James Gray basada en el superventas homónimo escrito por David Grann sobre la espectacular vida del coronel británico Percy Fawcett(1867-1925). El film, a medio camino entre el drama y la aventura, muestra al espectador toda la peripecia biográfica de Fawcett, militar británico que en sus ansias de prosperidad y conocimiento devino en uno de los exploradores más famosos del mundo por su misteriosa desaparición en la selva amazónica en busca de una ciudad, Z, tan antigua que sumerge sus pies en la pura leyenda.
The lost city of Z es impecable en las formas, interesante en el fondo y clásica en el regusto que deja. Entretiene tanto por la historia real en que se basa como por la acertada mezcla de géneros (drama, aventuras y bélico) y las buenas interpretacionesde todos los participantes en esa epopeya hacia lo desconocido (especialmente Hunnam, Miller, Pattinson y Holland). Pero, en mi opinión, esta película es un buen ejemplo de obra que vale aún más por lo que nos dice que por lo que nos cuenta. ¿Y qué dice al espectador Z, la ciudad perdida? Pues que nos definimos por nuestros sueños y no por nuestros resultados, que nuestra valía no viene marcada por aquello que tenemos sino por aquello a lo que estamos dispuestos a renunciar, que lo que importa no es la meta sino el viaje, que es precioso y preciso tener a tu lado en esa aventura que es la vida a gente que te respete y apoye por lo que eres y no por lo que se espera que seas, que todo amor implica sacrificio, que la verdadera sabiduría empieza por diferenciar aquello que podemos llegar a conocer de aquello que nunca podremos alcanzar a saber, que en el riesgo hace su nido la oportunidad, que no hay nada más contraproducente que la resignación a la rutina, que el miedo y el prejuicio se disuelven en el conocimiento, que no hay aventura más hermosa y apasionante que la de encontrar y encontrarse y para eso bienvenido sea perder y perderse.
Luego ya está lo otro, lo del misterio, la frívola e inocua curiosidad de lo extraño, el banquete de los curiosos: ¿qué pasó con Percy y su hijo Jack y al amigo de éste en su último viaje? ¿Encontraron Z? ¿Murieron asesinados, enfermos, atacados por animales o de viejos? ¿Qué fue de sus restos? ¿Por qué cuesta tanto rematar la historia de Fawcett? Preguntas todas ellas que alimentan la llama de un personaje digno de una buena ficción (y esta película lo es) y que permiten heredar esa voraz curiosidad que sacó a Fawcett de lo anodino para colocarlo en lo legendario.
Para terminar, quiero hacerlo con las que quizá son las palabras más acordes al espíritu que reivindica esta producción y también las más inspiradoras de todo el film, dichas por la mujer de Fawcett, Nina: "To dream to seek the unknown. To look for what is beautiful is its own reward. A man's reach should exceed his grasp, or what's a heaven for?".
Ayer Disney estrenó por fin la versión "en carne y hueso" de su clásico animado de 1991, La Bella y la Bestia. Siguiendo con su discutiblepero provechosa línea estratégica de "auto-remakes" de sus grandes éxitos de antaño (Alicia en el País de las Maravillas, La Bella Durmiente, Cenicienta, El Libro de la Selva...), el imperio del ratón vuelve así a asaltar las taquillas con un reto francamente difícil: emular con acción real lo que supuso todo un hito en el cine de animación (La Bella y la Bestiadel 91 conviene recordar que fue el primer film de dibujos animados en optar al Óscar a la Mejor Película y supuso todo un fenómeno que derivó en una traslación al teatro musical no menos exitosa). Por eso, en torno a este estreno sobrevuelan varias preguntas: ¿estará a la altura de la original? ¿la superará? ¿fracasará? De momento, a tenor de las últimas noticias, parece que será todo un éxito en cuanto a la taquillase refiere pero, dejando al margen el aspecto económico, ¿qué se puede decir de lo cinematográfico? Pues, en mi opinión, esta versión de 2017 de La Bella y la Bestia hace lo necesario para aprobar el expediente pero no para eclipsar a su matriz animada, puesto que esta cinta de acción real se queda (muy) lejos de la magia y la grandeza hoy ya casi legendaria del clásico de 1991 (ojo que la nostalgia es un arma de idealización masiva y arrolladora). Dicho de otra manera: un notable no es una mala nota...excepto si se compara con una matrícula de honor.
Uno de los grandes puntos a favor deesta película es que no deja mal sabor de boca gracias a remontarse a sí misma; es decir, se sobrepone a sus propios defectos y va de menos a más: de lo difícilmente pasable a lo entrañable, de la insulsa copia a la interesante emancipación, del virtuosismo hueco al encanto cómplice. Y lo consigue básicamente por dos claves: todo lo que hay del original en ella está escrupulosamente respetado y loque no había en aquél pero añade éste funciona bastante bien, ya hablemos de canciones-números musicales, matices en los personajes o tramas. Por ejemplo,descubrir ahora el (desgraciado) trasfondo familiar de ambos protagonistas enriquece a los personajes, es coherente con la historia que ya conocemos y sirve para marcar una mínima distancia respecto al original sin adulterarlo. Eso sí, abundando en lo que mencionaba de la complicidad, hay que hacer una matización importante: si esta película funciona (y sí, funciona) es porque nunca deja de ser un innecesario pero efectivo homenaje a la del 91,a pesar de losinteresantes añadidos propios que aporta, queson más cosméticos que relevantes. Por tanto, como peli, no está mal; como homenaje, está bastante bien.
Otro de los aciertos de esta versión es que sabe ser hija de su tiempo; así podemos advertir en ella cosas que en el mejor de los casos estaban meramente apuntadas en la versión de 1991 cuando no eran directamente inexistentes. Por eso, la recién estrenada película tiene entre sus ingredientes una mayor sensibilidad por aspectos tan nuestros en tanto que cotidianos como el feminismo(esta Bella, sin estridencias, hace más por la mujer de hoy que muchos discursos encendidos de demagogia y eslóganes vacíos), la orientación sexual (ese LeFou...), el mestizaje social (algunos personajes secundarios ahora son negros), el conocimiento como
antídoto frente a la barbarie...En línea con esto último, me gusta especialmente que uno de los mensajes que enarbola La Bella y la Bestia sea que la cultura "mola" o, dicho de otro modo, que ser culto es sexy. A nadie se le escapa que Bella no es una palurda como la mayoría de sus vecinos gracias a su pasión por la lectura (aunque eso le haga tener fama de rarita, friki, etc) o que el acercamiento entre la Bestia y ella coincide con el descubrimiento por parte de Bella de que su anfitrión es un tipo leído y con una biblioteca impresionante (el tamaño intelectual siempre importa). La cultura como herramienta de empoderamiento personal es uno los posos más interesantes que deja esta versión de 2017. Volviendo al asunto de su coherencia con el contexto actual, esta nueva aproximación encaja bastante bien con la propia trayectoria de esta historia desde que su versión más primigenia y embrionaria apareciera en El asno de oro de Apuleyo (siglo II) en elrelato sobre Eros y Psique; así, dejando al lado el discutido precedente de El rey cerdodel renacentistaStraparola,el inmortal cuento creado por la escritoraBarbot de Villeneuve(1740) y refinadoen su forma más conocida por la también escritora Leprince de Beaumont (1756), siempre ha sabido beber con acierto de la época en la que fue escrita cada revisión, oxigenándolo, afinándolo, renovándolo y engarzándolo con el sentir social de cada momento,como ha ocurrido con esta nueva producción.
Más allá de todo eso, la películatiene todos los argumentos necesarios paradictaminar que "no está mal": los efectos especiales están a la altura de lo esperado (aunque tanto ordenador creo que chirría en algunas escenas), las interpretaciones del repartoconfirman un buen trabajo en el casting (a pesar de queLuke Evans me parece poco creíble por su sobreactuación), la banda sonora es excelente (pese a queme sigo quedando con laoriginal),las escenas musicales son bastante dignas...Pero, como apuntaba al principio, este film tiene defectos y no muy disimulados. De todos ellos, destacaría dos. Primero: el metraje resulta excesivo y el "tempo" narrativo no contribuye precisamente a maquillarlo. Y segundo: era absolutamente innecesario hacer esta "nueva" versión, especialmente cuando la sombra del original es tan profunda y alargada...
Orillando estos detalles, dejo aquí una sugerencia: quien tenga paciencia y tiempo debería disfrutar con los créditos finales porquemerecen la pena (valen más que algunas escenas perfectamente prescindibles o abreviables).
En definitiva, para mí,este nuevo auto-remake de Disney acierta en lo fundamental pero palidece ante el encanto de la original. Por eso, se disfrutará aún más si el espectador se hace a sí mismo el favor de olvidarse de cualquier odiosa comparación y se toma esas más de dos horas como una fiesta de homenaje a la que ha sido invitado para celebrar la vigencia de un relato muy potente y la pervivencia de la magia de una de las mejores películas que ha firmado Disney en toda su historia.
No dejar indiferente a nadie. Ése es el objetivo mínimo a cumplir por
cualquier obra artística. Y La LaLand lo ha conseguido. Tiene
(muchos) fans y (no tantos pero sí muy bulliciosos) detractores porque no ha dejado varada en la
indiferencia a los numerosos espectadores que la han visto antes de posicionarse
respecto a ella, convirtiéndola así en uno de los grandes éxitos de la
temporada cinematográfica (más de 300 millones recaudados); de los que alaban o critican por simple
postureo y sin haber pasado por taquilla no voy a hablar porque sería
una estupidez conceder tal relevancia a semejantes cretinos. Entiendo a
quienes les haya encantado y respeto a quienes, por ejemplo, decidan
salirse del cine a mitad de película, como ocurrió en la sesión a la que
yo fui. Lo que ya no entiendo ni respeto es a esa gente que da
caña a esta película sólo como reacción al halo de buenas críticas y
comentarios que rodea a La La Land, porque no deja de ser una actitud
intolerante y bastante mema (como la de todo hater).
Tras este preámbulo, al grano: no sé si los Óscar de esta noche serán una alfombra roja para esta producción pero, de serlo y
acaparar los premios, no me extrañaría nada y no sólo porque esté nominada a catorce de ellos.Dejando a un lado su impecable brillantez técnica y sus guiñoscinéfilos, La La Land es lo que es porque más que un musical al uso se
trata, en mi opinión, de una (muy) buena película. Es decir, tiene
todos los aciertos exigibles a un musical (canciones de esas que te
acompañan durante días, números tan vistosos como bien ejecutados, etc) pero ninguno de sus errores (no me parece frívola ni banal ni redundante ni
pretenciosa ni naif) y ese hueco que deja la ausencia de los fallos por
los que transitan la mayoría de musicales es aprovechado con maestría por Damien Chazelle, director y guionista de La La Land, para articular un hábil y notable dramedia
concebido como una declaración de amor en varios y simultáneos sentidos. Esta película es una declaración de amor a la ciudad de Los Ángeles,
tanto la real como la imaginada como tierra de promisión. También es una
declaración de amor al cine como artificio capaz de generar emociones,
recuerdos y sueños reales. También es una declaración de amor a
Hollywood como lugar donde la luz más esplendorosa y la oscuridad más
abisal se conjugan en un eterno canto de sirena. También es una
declaración de amor a la honestidad en tanto que aceptación madura de
uno mismo y de la propia realidad. También es una declaración de amor a
quienes son capaces de sacrificarlo todo al entender que nuestras
metas, nuestros retos, nuestros objetivos en la vida son los que nos
definen como personas. También es una declaración de amor a esas
relaciones fallidas e imperfectas que (nos) cambian la vida. También es
una declaración de amor al realismo entendido como una sinceridad sin
adulterar ni edulcorar que nos permite hacer una disección precisa de la
realidad para no acabar desnortados por ensoñaciones propias o
asimiladas. También es una declaración de amor a la vida entendida como
una canción de jazz en la que la magia viene del ingenio y la valentía
para improvisar sobre la marcha. Y, también, es una declaración de amor a la innegable verdad de que una estrella necesita oscuridad para brillar,
tanto las que están en el firmamento como bajo él.
Y todo ello encerrado en la historia de amor de Sebastian Wilder y Mia Dolan, dos jóvenes decididos a
triunfar en lo suyo (el jazz él y la actuación ella) que se conocen y
enamoran en plena lucha por sus respectivos sueños. En este sentido, hay
quien critica el desenlace de la película por apartarse de un canónico y
previsible final feliz. A mí me parece un acierto. La vida real no
sigue ningún guión y en ella toda decisión conlleva unas consecuencias,
siendo la principal de ellas la renuncia a todas esas cosas o personas
que conforman nuestras "biografías alternativas". Por eso, La La Land es
honesta y profundamente realista (lo cual crea un interesante y
sorprendentemente efectivo contraste con todo el inverosímil artificio de las
escenas propias de un musical). No podemos exigir ser felices pero sí
aspirar a serlo y eso, precisamente, lo que hacen los dos protagonistas.
Si para ello tienen que hacer sacrificios, los hacen, aunque les duela,
aunque les desgarre, aunque queden marcados para siempre. Se podrá
discutir dónde ponen el centro de gravedad de su felicidad (ellos en su
plena realización profesional-personal) pero nosu rotunda
honestidad, coherencia y entereza a la hora de tomar decisiones y
afrontar sus consecuencias. Además, al contrario que otras opiniones que he leído/escuchado, a mí no
me cabe duda de que Sebastian y Mia llegan donde llegan gracias a
haberse conocido y apoyado y querido en un momento crucial de sus vidas;
como tampoco dudo de que estos chicos se quieran y se querrán para siempre;
un amor melancólico sí pero lo suficientemente imposible como para
anidar en su memoria y afecto hasta que todas las luces se apaguen.
Además de todo lo dicho (que es para mí lo más importante y singular de esta película), La La Land merece la pena por tener un puñado de buenas canciones de las que tarareas durante varios días después, tres escenas musicales de mérito incluso para quienes no nos gustan los musicales, un guión sencillo pero sólido, un ritmo y un tempo excelentes, una estética que conjuga lo clásico y lo coolde una forma ejemplar y luego dos actores que sencillamente están extraordinarios echándose encima todo el peso de la película ybordeando la perfección en tal difícil tarea.Lo de Ryan Gosling (que es casi ya un concepto en sí mismo) vuelve a ser un recital y un viaje de sólo ida hacia el complejo de inferioridad para cualquier hombre: su presencia, su carisma, su magnetismo son tan apabullantes que hay que estar mentalizado de que cualquier mujer mentalmente sana quiere un Ryan Gosling en su vida y que tú, pobre mortal, nunca lo serás.
De todos modos, para mí, lo que termina de revelar nítidamente que La La
Land es una película muy, muy especial está en su epílogo. No sólo por su incuestionable
perfección técnica ni por allanar el sistema límbico del espectador con una
soberbia maestría sino porque es cine en toda su pureza, magia y
esplendor.Ese momento en que Sebastian ve a Mia entre el público y
todo en él se remueve y tambalea por dentro mientras el reloj parece
detenerse y el resto de las personas desaparecer, ese momento en el que el pasado, el presente y el deseo colisionan en dos miradas, ese momento en el que
Sebastian piensa, dude, decide y asume, ese momento en que se acerca al
piano con toda la fuerza de gravedad de la vida sobre él, ese momento en
que sentimos todo el peso del mundo y del dolor y del amor sobre los
dedos que lentamente arrancan del piano los primeros acordes de "su
canción", ese momento en que todo es hablarse sin palabras y la música
es la antesala de la magiaes lo mejor que se ha hecho en cine desde el
prólogo de Up. El broche final de este making of de los sueños de esta "pareja"es puro arte y, ya sólo por eso, merece la pena ver esta película.
No sé si se llevará todos los Óscar a los que está nominada pero ojalá lo haga por todo lo que nos hace sentir y por todo en lo que nos hace creer, porque La La Land pone luz en la oscuridad como muy pocas otras obras del séptimo arte.
Este fin de semana se ha estrenado "Múltiple", la nueva película de M. Night Shyamalan y que cuenta con bastantes elementos a su favor para funcionar. ¿Lo consigue? Depende. Antes de resolver esa cuestión, hay que tener en cuenta lo que sigue.
Por un lado, este film viene precedido por unas expectativas bastante positivas a raíz de su predecesora, la notable "La visita", y, en ese sentido, tiene el reto de confirmar o no la mejoría de este peculiar, talentoso, irregular y egocéntrico cineasta después de firmar las infumables "La joven del agua", "El incidente", "Airbender" y "After Earth".Por otra parte, recurre al interesante tema del trastorno de personalidad múltiple, que en el género del thriller suele dar resultados excelentes en lo que a entretenimiento se refiere: ahí están títulos como "Psicosis", "El club de la lucha", "Identidad" o "Las dos caras de la verdad" como muestra de ello.Y, además de lo dicho, cuenta como principal reclamo en su elenco con James McAvoy, un actor cuyo talento está muy por encima de la calidad de algunas películas en las que se ha visto inmerso en los últimos años. Por tanto, cuenta con viento a favor para llegar a buen puerto. ¿Lo consigue? Depende.
"Múltiple" cuenta el tránsito del trastornado Kevin (McAvoy) desde la mencionada enfermedad mental hacia la más absoluta y demente criminalidad utilizando como catalizador de ello el secuestro de tres adolescentes cuyo futuro es tan incierto como la existencia o no de "la bestia" a la que van a ser "ofrendadas". En ese sentido, si bien esta película cumple con el canon de todo thriller, hay un momento en el que abre caprichosamente sus puertas tanto al género fantástico (la irrupción de la personalidad número 24) como al del terror puro y crudo (que preside el tercer y definitivo acto). El resultado de todo ello es una película meramente entretenida, que desinfla las esperanzas puestas con ella conforme avanzan los minutos, con más metraje del que necesita la
trama, perjudicada por la contraproducente fusión entre lo verosímil y
lo literalmente increíble (fusión que evitó acertadamente "La visita"),
con ciertos fallos de guión que cuesta disculpar y que supondría un
nuevo borrón en el historial de Shyamalan de no haber contado con un
actorazo y un cameo para salvar mínimamemte los muebles.Por tanto, se trata de un film inferior a "La visita" y a años luz de "El sexto sentido", "El protegido" o "El bosque" pero (y no es un pero pequeño) tampoco calificable como absoluto bodrio.
Como argumentos sólidos para pagar por ver "Split" (así se titula originalmente) sólo se pueden destacar dos: Uno, el recital de James McAvoy, quien con su brillante interpretación no sólo sostiene la película sino que construye un villano tan singular e interesante como el famoso Don Cristal. Y dos: "lo que pasa en el epílogo", dado que cambia la manera en la que hay valorarla y entenderla. Y es que "el giro made in Shyamalan", ese giro de guión que precipita o corona el desenlace de sus películas más sobresalientes, aquí no aparece hasta después de que la historia principal concluye y el destino de todos los personajes se aclara, lo cual es toda una sorpresa respecto a lo habitual en este cineasta, como lo sería por ejemplo que hiciera una secuela de uno de sus títulos más famosos y valorados. Dicho de otra manera: "lo que pasa en el epílogo" es la típica escena que en las producciones de Marvel ubicarían en post-créditos. Aquí, sin embargo, está justo antes de ellos y muy acertadamente porque amortigua de forma notable esa más que probable sensación anticlimática de "me esperaba algo más/mejor" que puede haber en el espectador tras ver cómo se resuelve todo, dado que "lo que pasa en el epílogo" es lo suficientemente inesperado y molón como para salir con el hype en ascenso ante la próxima película de Shyamalan.
Así pues, volviendo a la pregunta del principio: ¿funciona "Múltiple"? No, descontando el epílogo pero es que, en ocasiones como ésta, un epílogo lo es todo, tanto para mal como para bien.