Cuando una ficción consigue formar parte de la realidad cotidiana e íntima de una persona, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que a un actor y su alter ego se les piense y nombre por perfectos desconocidos con la familiaridad propia de un ser querido, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue desempolvar la curiosidad e incluso el aprecio por unos personajes enterrados en la ignorancia o sepultados por los clichés, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue reivindicar todas las culturas que caben dentro de la Cultura, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra paliar las carencias educativas y académicas de un esperpéntico país, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción es capaz de acercarse a la Historia sin prejuicios ni maniqueísmos sino con la honestidad necesaria para disfrutar de todos los grises y matices, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra reflejar fielmente la entropía diversa, plural y mestiza que es, fue y será la sociedad española, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que la Historia llegue al prime time de una competida parrilla televisiva, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra sobrevivir al juego de intereses creados que hay en la televisión, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que creadores y público se sientan parte importante de un inmenso todo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción saca del ninguneo de los créditos a quienes forjan sueños a base de ingenio, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue convertirse en un fenómeno transmedia, global e intergeneracional, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue lo que ha conseguido El Ministerio del Tiempo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. ¿Quién es ese "alguien"? Para empezar, los hermanos Olivares, Pablo y Javier, quienes, como buenos colchoneros, concibieron una serie muy Atleti: una serie que derrocha coraje y corazón, que "pelea" como la mejor (tal vez porque lo sea, al menos en España) y en la que todos los involucrados luchan como hermanos para sacarla adelante (tarea que tiene más de trabajo de Hércules que de paseo por el campo). ¿Quiénes son estos otros "abajo firmantes" de esta maravillosa anomalía? Pues, por un lado, Marc
Vigil, las hermanas Schaaff, Javier Pascual, Carlos de Pando y toda esa tropa de excelentes tipos que a un lado de la cámara obran milagros laicos. Y, por otro, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Rodolfo Sancho, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén, Juan Gea, Francesca Piñón, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Natalia Millán y demás elenco con sabor a All stars. Todos ellos son los que han hecho y hacen muy bien su trabajo para conseguir queEl Ministerio del Tiempo sea algo más que una serie de televisión: una pu*a joya. Esta noche vuelve, con su tercera temporada, a las 22:40, en La 1. Vuelve pero nunca se había ido porque durante este tiempo ha seguido al pie del cañón con sus historias en podcast, un excelente cómic, el tesoro en streaming de sus temporadas previas y la efervescente y entusiasta creatividad de la comunidad ministérica online. Sea como fuere, el regreso no podía ser más atractivo, orbitando en torno a la oronda figura de uno de los mejores cineastas del siglo XX: Alfred Hitchcock, tipo capaz de firmar genialidades como Psicosis, Vértigo o, mi favorita, Con la muerte en los talones.
Hay quien dice que este horario y programación no favorece a El Ministerio del Tiempo. Puede ser (muy seguramente es así), pero, para estas alturas del año ya tan calurosas y con una televisión que te provoca calores (para mal) al verla, nada mejor que este serión tan refrescante y sabroso como una Mahou. Por eso, este ministérico cuenta ya las escasas horas que faltan. Y lo hago con la certeza de que la espera, la incertidumbre y los nervios habrán merecido mucho la pena.
No me gusta Telecinco porque me parece la cumbre de la telebasura. No me gustan los talent show porque me parece que desvirtúan el significado de la palabra "talento". No me gustan los concursos infantiles porque me parece que hacen un flaco favor a los peques. Y no me gusta el flamenco porque me parece que tiene más sentimiento que sentido. Pero anoche, las casi tres horas de final de La Voz Kids fueron un fenomenal zasca para todas y cada una de esas negaciones. La vida tiene estas cosas: te saca de un error a bocajarro. Inmediatamente se te queda cara de gilipollas. Luego te da cierta vergüenza constatar tu condición de bocazas. Y finalmente sonríes, agradecido.
No voy a reseñar ni el concurso ni la gala final con minuciosidad. Simplemente diré que derrochó sentimiento, arte y encanto tanto por lo cantado como por lo contado con y sin palabras por todos los niños y sus entrenadores. Por todo eso mereció la pena el desvelo hasta las dos menos cuarto de la mañana. Porque las lágrimas conmovedoras que pusieron el broche al desenlace del concurso compensaron el archipiélago de pausas comerciales y un inicio demasiado tardío por capricho de los programadores de la emisora. Porque esa cinematográfica historia de superación profundamente cotidiana y humana que encarna Rocío Aguilar, la ganadora, siempre es una lección que merece la pena refrescar aunque sea con nocturnidad. Porque que esa final consiguió que un tipo como yo, que está más cerca de ser un hater que un fan de estos saraos, sintiera temblar el suelo bajo su piel y se le empaparan los ojos en un par de momentos de esos que no se pueden contar sino vivir.
Así que, anoche, unos cuantos peques liderados por una humilde niñay arropados por unos grandes artistas con más corazón incluso que talento consiguieron algo que parece tan imposible que resulta mágico: que ver Telecinco por una vez mereciera la pena.
Semana Santa. Tiempo de recogimiento e introspección. Tiempo de vivencia íntima, discreta y austera de la Pascua. Tiempo de silencio. Tiempo de fe. Tiempo de procesiones. Tiempo en que las calles de la España patanegra hablan de tambores y trompetines. Tiempo en que las ciudades huelen al luto de la cera y el incienso. Tiempo en el que los capirotes recortan siniestros la luz de los faroles. Tiempo de pasos silenciosos y acompasados ante ojos y pies quietos...Tiempo de estampida generalizada nivel "sálvese quien pueda (pagárselo)". Tiempo de simulacro veraniego. Tiempo de colesterol automovilístico. Tiempo de iglesias con overbooking de postureantes y playas llenas de católicos practicantes. Tiempo donde la clemencia primaveral desentierra la nivea y las postales. Tiempo en que unos se pasan a Cristo por los hombros y otros por el triunfal arco de la indiferencia genital...Todo eso son estos días que invitan al exotismo religioso o a la religión como coartada.
Sin embargo, no voy a fustigar con cinismo y sarcasmo las contradicciones que podemos presenciar o protagonizar en estos días tan sacros. Quiero dirigir la mirada a lo que pasa sistemáticamente en televisión en Semana Santa. Y no, no me refiero a las escenas donde las celebrities de turno intentan blanquear urbi et orbe su banal y estrafalaria existencia con Postureo Ultra, asomándose a balcones o parapetándose en primeras filas, siendo muchos de ellos más canallas que Barrabás y muchas de ellas más putas que la de Madgala. Me refiero a esa locura que se desata automáticamente en la parrilla de programación ofreciendo cualquier película de cuando las sandalias eran trending topic y el personal sólo sabía contar con palitos. ¿Es también una tradición? ¿Una enajenación mental transitoria? ¿Es un despiporre levantado sobre la complicidad del espectador? Lo digo porque es cuando menos llamativo que los canales se llenen de peplum como si fuera una invasión de medusas y por la pantalla televisiva desfile todo lo que huela a Antigüedad (hebreos, romanos, griegos, egipcios...) con el mismo garbo con el que Raphael se pasea por Nochebuena como el fantasma de las navidades pasadas. Y conste que yo soy un cinéfilo de pro y un apasionado de la Historia (especialmente la antigua) pero es que la oferta televisiva de la Semana Santa parece el camarote de los Hermanos Marx en versión Antes de Cristo (o, a lo sumo, con Cristo). Es cierto que la "percha" para la emisión de algunas películas es congruente por su vinculación directa o tangencial con lo que aparece en la Biblia (aunque sea incluso en el Antiguo Testamento) pero en otros casos parece que las únicas palabras clave que manejan los responsables de programación son "cinemascope" y "sandalias", pero aunque sólo sea ateniéndonos a las películas bíblicas el nivel de saturación y reiteración es tal que se han convertido en el equivalente semanasantero a las galas navideñas de José Luis Moreno. Es verdad que muchas de estas películas tienen el poder de una magdalena de Proust y te hacen caer por la madriguera del recuerdo cual Cinexin en reversa, remontándote a los buenos viejos tiempos donde uno era muchas cosas pero no viejo. Y no menos verdad es que muchas de estas películas tienen calidad y entidad suficientes como para aguantar varios visionados. Pero...coño, "un poquito de por favor", amigos programadores, que esto ya roza el nivel de un chiste.
Yo, particularmente, prefiero tomarme con humor este guateque del peplumque organizan las televisiones estos días tan señalados. Así las cosas, me imagino la parrilla televisiva de esta semana como un estrafalario y caótico backstage por el que transitan alocadamente los personajes de estas películas tan clásicas (en todos los sentidos) y, en una de esas idas y venidas para asomarse a las pantallas de nuestras casas, no sería nada descabellado presenciar un diálogo como el siguiente:
Pasaron unos segundos hasta que tomé conciencia de que todo había
terminado, de que el viaje había llegado a su fin, de que ya no habría más. Mientras, el silencio y las emociones y los pensamientos.
Recientemente he terminado de ver la serie Battlestar Galáctica, de un
tirón, todas sus temporadas, todos sus episodios, condensando así en
pocas semanas una producción que se emitió entre 2004 y 2009. Lo que
sentí al concluir su (extraordinario) último capítulo se podría resumir
con alguna onomatopeya o exclamación malsonante, pero me es muy
complicado encontrar palabras que se ajusten de forma precisa y concisa a
todo lo que me pasó por dentro mientras desfilaban los créditos
finales. Quizás la palabra que mejor se adapte sea: "serión", porque lo cierto es que este reboot de la setentera serie homónima no sólo supera a la original con creces (la deja como un
entrañable show a medio camino entre lo cutre y lo kitsch) sino que es
de tal magnitud que para mí sólo tiene parangón con las colosales Star Wars en el ámbito cinematográfico y Mass effect en el campo de los
videojuegos. En el mundo de las series, no hay otra en su género y muy
pocas en los demás que alcancen esa excelencia, esa perfecta y extraña
redondez que logra BSG. Por eso no extraña tampoco que esta fuera una de las primeras series en tener un éxito transmedia como el que hoy tienen por ejemplo Juego de Tronos o The Walking Dead.
Battlestar Galáctica es, grosso modo, una epopeya de frontera (si es que es posible hablar de
frontera estando el cosmos por medio) que se va desarrollando en un
constante contexto emocional y psicológico de situación límite, en una atmósfera de amenaza latente o patente que llenade tensión argumental y humana los equilibrios al borde del abismo
de una Humanidad que ha perdido pie por culpa de una creación suyaque aspira a reemplazarla (matar al padre que diría aquél). Por
eso, no sería descabellado establecer intersecciones entre BSG y obras
tan dispares como la Anábasis de Jenofonte, el Frankenstein de Shelley,
las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, el Cantar del Grial de Troyes, el
Blade Runner de Ridley Scott o los western de John Ford.
Una de las principales claves del éxito de Battlestar Galáctica consiste en quitar
toda la estridente parafernalia del género "space opera" y sustituirlo por un drama
profundamente humano (nada de extraterrestres) y verosímil que permite a
sus creadores plantear preguntas y abordar temas impensables en
despiporres tan icónicos como Star Trek o Flash Gordon. Así, BSG explora asuntos
tan interesantes como la interacción de los tres elementos
tradicionalmente vertebradores de una nación (las ideologías, las armas y
las creencias), la confrontación entre ciencia y religión, la
concepción de la identidad en tanto que singularidad, la deificación de
lo inexplicable como recurso para sostener lo explicable, los daños
colaterales de obedecer a la razón o al corazón, la aceptación del otro
como requisito para la asimilación del yo, la necesidad de estar abierto
a los cambios para no caer en la obsolescencia, la delgada línea que
separa conceptos tan relativos como "bueno" o "malo", la difícil
conjugación entre la realidad y el deseo,la identificación de valores
que trascienden al individuo como garantía de pervivencia de la
especie...
Así, Battlestar Galáctica está más cerca de la profundidad de
Shakespeare que de la banalidad estrafalaria tan habitual en la ciencia
ficción pero sin renunciar por ello a cumplir perfectamente con su
espíritu epopéyico ni renegar del entretenimiento y el asombro
indispensables para que un producto de este género tenga éxito. Todo un
logro. Y aquí va otro: sin abandonar ese carácter exitencialista y el
contexto "futurista", sabe ser una serie hija de su tiempo; porque BSG
es en el fondo una alegoría de la sociedad post-11S y para ello sabe ser
lo suficientemente valiente, honesta y transgresora para abordar temas
muy reconocibles y actuales y poner sobre la mesa polémicas y tabúes con
un coraje e ingenio con los que otras producciones sólo pueden soñar. En ese sentido, la serie navega por asuntos tan nuestros y espinosos como la
xenofobia, el aborto, el suicidio, la eutanasia, la tortura, la
volatilidad de las convicciones, la libertad sentimental y sexual, los riesgos de la denominada "singularidad tecnológica", la
actitud ante las enfermedades terminales, la búsqueda de la sensación de
seguridad, el impacto de decisiones individuales en toda una comunidad,
la delegación de la responsabilidad en el colectivo, la dependencia de
la tecnología paralela a la postergación del factor humano, los límites del fanatismo religioso, los daños colaterales de los prejuicios, la liberación de toda clase de tutelas (familiares, ideológicas,
sociales, tecnológicas...) como requisito indispensable para alcanzar la
plenitud... Directamente vinculado con esto, está otro de los grandes alicientes de BSG: el poso filosófico que
subyace en todo lo que ocurre y se dice en la serie. Así, en la serie
se dan cita postulados y reflexiones existencialistas, deterministas, nihilistas, fatalistas, conductistas y posmodernos, todos ellos articulados en
torno a un eje que está presente como fatum y mantra en toda la trama:
el del "eterno retorno" (el "vivir es ver volver" que dijo Azorín) o, por citar el guión literalmente: "Todo esto
ha pasado y volverá a pasar". Un concepto inquietante e interesante
sobre el que se insiste con frecuencia y que lo mismo sirve como excusa
que como amenaza o promesa en las acciones y decisiones de los personajes...hasta
ese brillante y definitivo matiz que se introduce en los minutos finales del
desenlace de la serie.
Otro punto de interés aunque más "anecdótico" radica en las similitudes
entre la Humanidad de las 12 Colonias y la nuestra: todo en los
capricanos y compañía desde su vestimenta hasta sus edificios y
creencias nos recuerda a nosotros aunque en la ficción de BSG la Tierra
sea más un mito que otra cosa. Por eso, por ejemplo, resulta
especialmente curioso que los Dioses de Kobol se correspondan con los de
panteón griego o que las 12 Colonias evoquen en sus denominaciones a
los signos zodiacales o que el almirante Adama tenga como pasatiempo una
extraordinaria maqueta de un galeón o que los teléfonos y otros
ingenios que vemos en la serie pertenezcan a nuestro imaginario
tecnológico más vintage o que el politeísmo, el monoteísmo y el agnosticismo se solapen con la misma naturalidad en las estrellas que en la tierra. Esto, por cierto entronca con uno de los grandes misterios de nuestra especie: ¿cómo culturas distantes en lo cronológico y lo geográfico fueron capaces de desarrollar construcciones (piramidales) y creencias (politeistas)similares? Pero eso es otra historia.
Volviendo a la serie, los méritos/aciertos/cualidades de BSG no acaban ahí: la historia-arco y
las subtramas están bastante bien cuidadas por sus creadores (a pesar de algunos agujeros en el guión), los cambios respecto al original son más que acertados, los giros argumentales son bastante imprevisibles y eficaces, los
personajes son lo suficientemente matizados e imperfectos para resultar
creíbles, el ritmo y el tempo son los adecuados en todo momento para mantener la atención, el estilo visual refuerza esa sensación de verosimilitud que emana toda la serie, los
géneros y subgéneros se gestionan con bastante acierto, los efectos
especiales no dan vergüenza ajena y el reparto ofrece unas
interpretaciones tan solventes que raro es el personaje que resulte
anodino para el espectador. En relación con esto último, he de decir que
mis actores favoritos son James Callis por ese cínico, oportunista,
pícaro y genial "antivillano" (con perdón del palabro) llamado Gaius Baltar y, muy especialmente, Edward James Olmos quien está sencillamente impresionante encarnando al monumental
Almirante William Adama.
Todo esto casi basta para explicar por qué tuve esa reacción al concluir el último capítulo. El "casi" requiere para su eliminación ver la serie porque Battlestar Galácticano es una serie más, ni siquiera una buena serie sino una de ésas que se ven muy de cuando en cuando: un auténtico serión. Por eso, por su calidad y singularidad, no me cabe duda de que, por muchos años que pasen, BSG tendrá siempre mucho futuro. ¡Eso decimos todos!
Ayer domingo, Salvados, para variar, volvió a ejercer de timbre de la conciencia
y de catalizador dignificante del periodismo español. El tema, en esta
ocasión, la eutanasia. Y mereció la pena (nunca mejor dicho); tanto el
programa ("La buena muerte") como el asunto abordado.
Resulta cuando menos llamativo y paradójico que, en esta época en la que
hay una creciente sensibilidad y concienciación respecto al sufrimiento
animal, la eutanasia aún siga rimando con tabú y sea objeto de voces
bajas, reclinatorios y estigmatización social e incluso legislativa.¿Por qué negar a un ser humano la misericordia y la dignidad que tan
justamente se reivindica para los animales? ¿Por qué tener empatía hacia
un caballo con la vida quebrada a la altura de una pata o hacia un
perro al que apenas le quedan ladridos y no hacia un enfermo terminal o
hacia quien tenga la agonía como unidad de tiempo? ¿Por qué conceder la
piedad a un animal y escamoteársela a un ser vivo?
Quizás es porque aún, como sociedad y como individuos, la gestión de
todo lo que tenga que ver con el tánatos nos desnuda de certezas, nos
expone al vacío insondable, nos convierte en niños acurrucados temerosos
de la oscuridad, nos arroja hacia ese estado primigenio del ser humano
en el que el hombre antes de ser, temió. A nadie le gusta refrescar
aquello del "memento mori". De ahí que intentemos casi ya
inconscientemente construir un artificioso malecón de eufemismos y soslayos entre la muerte y
lo que nosotros determinamos como "vida". Un error que obedece a un
doble planteamiento fallido: por un lado, creer que vida y muerte son
disociables; por otro, considerar que la muerte es algo así como un tormento
tartárico en el que perdemos todo menos la consciencia. El primer
planteamiento equivocado responde a la absurda creencia de que la vida y la muerte son cosas distintas cuando en realidad forman
parte de un todo armónico y ensamblado sin fisuras ni cláusulas ni
matices ni letras pequeñas. El otro planteamiento desacertado en cambio se debe a la
(con)fusión entre los términos "muerte" y "enfermedad", que son cosas
distintas por mucho que la primera pueda ser una consecuencia de la
segunda y es que, como dijo un sabio, cuando la muerte viene tú no estás
ni volverás a estar por tanto no hay de qué preocuparse; otra cosa
distinta es que biológicamente llega un momento en el que ya no hacemos
otra cosa más que morir paulatina e irremediablemente pero de eso no
somos conscientes (salvo que alguien tenga la infeliz idea de decirlo).
Otro de los motivos de esta peculiar actitud ante la muerte en general y
la eutanasia en particular es conceder a Dios la exclusiva gestión
sobre la vida y la muerte y, por tanto, negársela radicalmente al ser
humano so pena de anexarnos a un confesionario cuando no de condenarnos a
eterno padecimiento en el parque temático de Lucifer. Esto obedece a la
secular sedimentación del ideario e imaginario cristiano especialmente
en la sociedad occidental y más aún en los países de tradición católica.
Un planteamiento que resultaría plausible de no confrontarlo con
la cruda realidad: ¿es Dios quien decide que un niño muera de una
enfermedad incurable? ¿Es Dios quien da luz verde a que una persona
implosione atrozmente con una enfermedad degenerativa? ¿Es Dios el que
da la baja a un chaval con todo por vivir y deja en plantilla a un
terrorista? ¿Es Dios quien estima conveniente de buenas a primeras
convertir el calendario de un ser humano en un calvario? ¿Estamos de
coña o qué? Retazos de esta gilipollesca creencia los encontramos en
comentarios de measalves (hasta las religiones tienen su cuota de
cuñadismo) e incluso en sermones funerarios (coleteando en expresiones
tipo "ahora que Dios ha llamado a su presencia a..."), lo cual es
particularmente bochornoso. A todos aquellos que crean que Dios es una
especie de George R.R.Martin y nosotros pobres personajes de Poniente déjenme darles una exclusiva: Dios no
interviene en la vida de las personas, ni para bien ni para mal: no es ni Supermán ni Pinhead.Por tanto, asumiendo la no injerencia de lo divino en lo humano, decidir
acerca de lo terrenal no debe se causa de reprobación, censura o
demonización. Las religiones (y sus voceros) en situaciones como las que
contextualizan una eutanasia están o deberían estar para ofrecer
consuelo no para tocar las pelotas. Supongo que habrá algún flandersiano
que piense que la eutanasia se pasa por el forro el mandamiento de "No
matarás". Pues bien, a esos escrupulosos mojigatos de cerebro tierno habría que
explicarles que una cosa es dar matarile a un inocente y otra muy
distinta liberar del sadismo que supone un padecimiento irremediable a
un ser humano digno de tal denominación (nota: no considero seres
humanos a todas las personas, razón por la cual a un terrorista,
asesino, maltratador, violador, pedófilo o pederasta no lo liberaría de
sufrimiento alguno sino todo lo contrario). Dicho de otra manera: ese
precepto aplica al ámbito del homicidio, no de la piedad. En ese
sentido, conviene recordar a esos beatos aspaventosos que la eutanasia
no es matar por mucho que la consecuencia sea la misma: el deceso y un
cuerpo inanimado. Y ojo que el abajo firmante es creyente.
Así las cosas, soy partidario de la eutanasia siempre que el
peticionario lo pida (o sus seres queridos en su nombre) y la enfermedad
o el padecimiento no tengan solución médica o de tenerla no sea
compatible con la dignidad que la mayoría de personas se merece. Por
eso, practicar una eutanasia me parece una de las más asombrosas y
valientes muestras de bondad, sensibilidad, piedad y respeto que puede
brindar un ser humano a otro porque en el fondo pienso sinceramente que
decidir morirse, preferir la muerte a la agonía es una elección como
cualquier otra que una persona toma a lo largo de su existencia con
respecto a su vida, con la única singularidad de que es la última y sin
duda más valiente decisión a tomar. Por eso, para mí, la eutanasia no es
más que dejar marchar, dejar partir, dejar morir pero también dejar
vivir: permitir que cada persona haga con su vida lo que quiera incluso
en su última hora, conceder el derecho a vivir, sentir y ser en
libertad, sin coacciones ni reproches ni represalias. Y es que lo
verdaderamente importante en este mundo es que la muerte te pille
viviendo y no sólo respirando porque cuando uno deja de (poder) vivir la
vida no hay mejor salida que ahorrarle el calvario de sentir que ya no
se es y saber que ya no se está.
Artículo escrito en homenaje de todos aquellos que se atrevieron a irse y quienes tuvieron el corazón suficiente para dejarlos marchar.
El Mediterráneo es un mar en lo geográfico y un océano en lo cultural en
la medida en que sirve de nexo entre pueblos distantes en lo espacial
y/o lo temporal. El Mediterráneo es un lugar a medio camino entre lo
real y lo imaginado, entre la crónica y el mito, entre la verdad y la
leyenda. Pero el Mediterráneo es también y muy "recientemente" la mayor
fosa común de Europa y probablemente del mundo (más de 10.000 muertos desde 2014), un lugar donde en los últimos años mueren hombres o
esperanzas con tanta asiduidad y "facilidad" que dejó de ser noticia
para ser paisaje, un paisaje de pena inabarcable y fondo atroz en el que
la humanidad flota a la deriva mientras a su alrededor la
credibilidad de organizaciones supranacionales y gobiernos de toda
índole se hunde irremediablementey la esperanza en el ser humano chapotea aparatosamente para no
ser un pecio más. El Mediterráneo se ha convertido en un horror
cotidiano, en una tragedia que llama diariamente a la puerta de nuestra
conciencia.
Por eso es no sólo agradecible sino también imprescindible que alguien
se tome la molestia de agarrarte de la pechera y obligarte a mirar sin
apartar la mirada. Eso es lo que hizo Jordi Évole en Salvados con
"Astral", un documental impecable en la forma e implacable en el fondo
que llenó los ojos de quienes lo vieron de salitre, espanto, sudor,
vergüenza, pena y asombro. El programa, el programón del domingo, nos
contaba la gesta (a las cosas hay que llamarlas por su nombre) de unos activistas españoles (los de Proactiva Open Arms) decididos a arrancar de los brazos
de la muerte a centenares de refugiados que se lanzan al mar
Mediterráneo sin más equipaje que la fe; una fe ciega, injustificada y con frecuencia letal pero inflamada por la
desesperación de quien huye. Y es que los inmigrantes, los navegantes
del patíbulo, los parias flotantes, los desheredados de la suerte, las personas de rostros desencajados por el agotamiento y
la incertidumbre, huyen sin cobardía pero con temeridad. Se arrojan al mar escapando de una vida incendiada
por la injusticia y todas sus atroces ramificaciones. He ahí la gran
paradoja de los que migran confiando su aliento a unas embarcaciones
precarias siempre e inverosímiles con frecuencia: arriesgan su vida para
tener una. Un doble o nada, el Hades o el Olimpo, un salto al vacío
convertido en un horizonte de agua que tal vez nunca devenga en tierra
firme. Por eso adquiere aún más valor el trabajo de Open Arms, porque,
al igual que hacían los héroes clásicos, viajan al mundo de los muertos
para trastocar la cuenta de resultados. Una hazaña tan ejemplar que deja en miserable ridículo a todos los "solidarios de salón", esos que se llenan la boca de palabras grandilocuentes pero que a la hora de la verdad no tienen el coraje para hacer nada más que posturear.
Así,"Astral" nos ha obligado a contemplar una situación en el que la falta de escrúpulos de las mafias, la pasividad, ineficacia e irresponsabilidad de gobiernos (europeos y no europeos), la desesperación de los emigrantes y la extraordinaria solidaridad de los activistas conforman un impresionante cuadro donde tienen cabida lo mejor y lo peor de la condición humana. Y lo ha hecho de una forma alejada de todo personalismo y efectismo, dejando que el narrador-presentador desaparezca en favor de los auténticos protagonistas y permitiendo que las imágenes hablen con toda su honesta crudeza hasta causar una marejada de pensamientos y sentimientos.
Por todo ello, el Salvados del pasado domingo nos volvió a rescatar de la mediocridad aletargada en que vivimos para ofrecernos (una vez más) todo un encuentro con el ser humano en toda su grandeza y miseria al mismo tiempo que reconciliaba la televisión con la calidad y el periodismo con la decencia. Y todo eso en una noche en la que muchos españoles prefirieron dedicar sus pupilas a averiguar si Bisbal y Chenoa se daban o no un abrazo en lugar de dirigir la vista, la conciencia y la consciencia a ese sitio no tan lejano donde la humanidad flota peligrosamente a la deriva.
Ha terminado "El Ministerio del Tiempo"; al menos, su segunda temporada. Una producción que comenzó siendo una serie para terminar siendo LA serie. Un producto televisivo que ha roto en muchos sentidos las barreras del tiempo y el espacio y disuelto las fronteras entre un lado y otro de la pantalla. Una obra capaz de convertir la Historia y la Cultura en trending topics y de transformar Google en un DeLorean con el que explorar el pasado que algunos han querido y quieren manipular o ningunear o contar desde la pereza o la ineptitud. Una ficción que ha hecho historia contando historias de la Historia y en la Historia. Una narración que ha sabido ser hija de su tiempo y de los tiempos, integrando en un todo armónico y coherente lo analógico y lo digital, lo textual y lo audiovisual, lo clásico y lo contemporáneo. Un viaje que iniciaron unos pocos "locos" escribiendo un guión fantástico y han terminado millones ante una pantalla. Una serie culta, cool y de culto. Una de las cosas más valientes,necesarias, gratificantes, inteligentes, frescas, interesantes y emocionantes que se han hecho en España en décadas. Y no sólo hablo de crear el Ministerio del que sentirse más orgulloso en este país.
Hace poco más de un año, en este mismo blog, escribí sobre esta serie, revelándome como "ministérico". Por eso, como no quiero repetirme, recomiendo a quien tenga interés o curiosidad que coja una puerta al pasado y relea aquel post. Porque hoy no quiero tanto analizar la serie como mostrar mi agradecimiento. O, mejor dicho, mis agradecimientos, porque son varios. Siete.
En primer lugar, gracias a todas esas personas que, como yo, han seguido y apoyado a este serión. Es decir, gracias a los ministéricos. Ese ejército entusiasta, magmático, heterogéneo y hasta estrafalario pero sin el cual sería imposible entender en qué se ha convertido la serie. Una avalancha de seguidores o fans que han alfombrado con su dedicación, ingenio y pasión el no siempre fácil camino por el que ha transcurrido la producción de "El Ministerio del Tiempo".
En segundo lugar, gracias a TVE por tener el coraje, el sentido común y la honradez de haber apostado por una serie como ésta y de demostrar no sólo que otras series son posibles sino que otra televisión pública es posible, si se quiere. Especialmente de agradecer es la extraordinaria labor que ha hecho todo el equipo online, no sólo por el excelente trabajo hecho en la web y las redes sociales sino por el cariño y la atención que han demostrado a los ministéricos.
En tercer lugar, gracias a todo el equipo técnico por conseguir hacer magia con el presupuesto y el tiempo dados. Efectos especiales, efectos visuales, vestuario, maquillaje, fotografía, música, diseño de producción, dirección...Puedo pensar en cualquier aspecto técnico y no encontrar ningún reproche que hacer ni arista por pulir.
En cuarto lugar, gracias a todo el equipo artístico, actrices y actores formidables que, ya sea desde papeles habituales o episódicos, protagonistas o secundarios, han convertido cada capítulo en una auténtica gozada. Por tanto, gracias a Aura Garrido, Rodolfo Sancho, Nacho Fresneda, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén Cuervo, Juan Gea, Francesca Piñón, Natalia Millán, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Ramón Langa, Mar Saura, Mar Ulldemolins, Miguel Rellán, Víctor Clavijo, Jimmy Shaw, Hovik Keuchkerian, Josep Linuesa, Joan Llaneras, Eusebio Poncela, Michelle Jenner, Roberto Álvarez, Cristina de Inza, Francesc Orella, David Luque, Manolo Solo, Ángel Ruiz, Sécun de la Rosa, Jordi Coll, Enrique Alcides, Antonio Velázquez, Sergio Peris-Mencheta, Luis G. Gámez, Fernando Cayo, Nadia de Santiago, Pere Ponce, Elena Furiase, Miki Esparbé, Gary Piquer, Miguel Hermoso, Juan Carlos Sánchez, Juan Antonio Quintana, Maru Valdivieso, Pedro Alonso, Paco Marín, Aitor Merino, Jordi Vilches, Alberto Jiménez, Juan José Ballesta, Joan Carles, Suau, Borja Maestre, Nieve de Medina, Fernando Conde, María Álvarez, María Rodríguez, Alexandra Jiménez, Roberto Drago, Anna Castillo, Joan Carreras, Alba Rivas, Nancho Novo, Patrick Criado, Raúl Cimas, Carlos Hipólito...y todos los demás espléndidos artistas que han convertido la serie en un auténtico "All Star" en lo interpretativo y en una galería de personajes llenos de piel y alma, de esos que se quedan contigo.
En quinto lugar, gracias a las productorasCliffhanger y Onza Partners por conseguir sacar esta serie de la chistera y meterla en nuestro corazón.
En sexto lugar, gracias a los directores y guionistas, o, lo que es lo mismo, gracias a los extraordinarios Marc Vigil, Abigail y Anaïs Schaaff, Jorge Dorado, José Ramón Fernández, Paco López Barrio, Diana Rojo, Javier Pascual, Peris Romano, Carlos de Pando, Juanjo Muñoz, Paco Plaza, Javier Ruiz Caldera, Borja Cobeaga, Diego San José y David Sáinz. Contáis historias como pocos. Como muy pocos.
Y en séptimo lugar, gracias a Pablo y Javier Olivares. Porque, por si no tenían suficiente con ser del Atleti, se atrevieron a crear esta maravillosa serie y, no contentos con ello, convencieron a las hermanas Schaaff, Marc Vigil y compañía para escribir su propia página no sólo en la historia televisiva española sino en la memoria íntima e intransferible de muchas, muchas, muchas personas. Os habéis ganado el Cielo. Pablo ya está allí. Javier sigue dando guerra aquí, porque todo sueño necesita un capitán. Acabo ya. Gracias. A todos. Os admiro. Os respeto. Y tanto si hay nueva temporada como si no...ya os llevo conmigo.
Una buena serie, como cualquier obra de ficción, necesita unos buenos personajes (buenos = definidos, carismáticos), unas buenas tramas (buenas = interesantes y bien desarrolladas) y una buena forma de contar y decir (buena = con personalidad y eficaz).
Una buena serie de televisión, como cualquier producto de ficción audiovisual,necesita un buen casting(bueno = interpretativamente solvente y creíble), una buena producción (buena = no cutre ni pretenciosa), un buen timing (el equivalente en televisión al tempo narrativo, un no-sé-qué que ya sea a través de las historias, los personajes, la estética o los actores consiga conectar/enganchar a una audiencia considerable, y, por encima de todo, necesita un buen guión.
Por eso, entre otras cosas, "The Newsroom" es una muy, muy buena serie. Por eso, no es casual que se emitiera en una cadena como HBO, madre de seriones como The Wire, Los Soprano o Juego de Tronos. Por eso, no es casual que su actor protagonista, Jeff Daniels, además de recibir nominaciones y premios por su interpretación, haya regalado al acerbo televisivo a uno de los personajes más carismáticos de la televisión con su magistral encarnación del periodista Will McAvoy. Por eso, no es casual que su creador, productor y guionista sea Aaron Sorkin, responsable de la también exitosa El Ala Oeste y problabemente uno de los mejores de su gremio y el más brillante(ex aequo con Tarantino) escritor de diálogos vivo, como ha demostrado tanto en cine como en televisión, del que esta serie es su penúltimo y sobresaliente ejemplo.
Pero...¿qué es/era "The Newsroom"? Es un dramedia (mezcla de drama y comedia) que sumerge al espectador en los avatares personales y profesionales del staff
de un telediario nocturno que decide olvidarse del circo de la
audiencia para centrarse en su responsabilidad de cara a la sociedad.
Así, por sus tres únicas temporadas, junto a sucesos más o menos inventados, desfilan otros por todos conocidos: el desastre de la plataforma petrolífera de BP en
el Golfo de México, la polémica ley inmigratoria de Arizona, la revuelta
en Egipto contra el (ex)presidente Mubarak, el desastre nuclear de
Fukushima, la muerte de Bin Laden, la crisis del techo de deuda, la reelección de Obama como presidente, los atentados de Boston…Hechos
que escena a escena nos permiten descubrir la personalidad y la
profesionalidad del mordaz y carismático presentador-editor Will McAvoy y de todo su joven equipo a la hora de lidiar con los desafíos puramente periodísticos pero también con los éticos (o deontológicos si se prefiere) ya que esta serie también cuenta los retos que suponen las influencias, injerencias y presiones ajenas a lo estrictamente informativo y procedentes de ámbitos tan fáusticos como el empresarial, el político, el gubernamental, el judicial o el marquetiniano. Todo ello mientras los diversos personajes intentan llegar a buen puerto o, al menos, no hundirse en lo que se refiere a su vida estrictamente personal.
Si a esto se le añade el hecho de contar con unos variopintos personajes ¿secundarios? (MacKenzie, Jim, Don, Sloan, Neal, Sloan, Charlie...) cuya carencia de matices se suple con un magnetismo descomunal, con un impecable factura técnica y con un respeto (también llamado sentido común) hacia los espectadores y hacia sí misma fuera de toda duda (por eso, como dijo Daniels, "acaba cuando debe"), "The Newsroom" está bastante lejos de ser una serie del montón. Si ya metemos en la ecuación sus diálogos...es simplemente una de las mejores series en ese aspecto de los últimos años/lustros/décadas.
Decía al comienzo que "The Newsroom" es una muy, muy buena serie por varias cosas. Esas "otras cosas" tienen que ver con el Periodismo. Con lo que debería ser el Periodismo. Porque en esta serie, desde McAvoy hasta el último personaje sirven pararecordar, a un lado y otro de la pantalla, que el buen
periodismo no es sólo decir la verdad (aunque duela o tenga consecuencias negativas), sino también atacar la mentira,
ser la molesta voz de la conciencia para ese magma de personas tan acostumbradas
a olvidarla que reciben el nombre genérico de “poderosos” y no caer en el juego del "todo por la audiencia". Porque el Periodismo, más que una profesión, es un ejercicio de honradez, una
responsabilidad. Es practicar la "religión de la decencia" (por citar al propio McAvoy). Algo que resulta evidente desde el comienzo con aquella memorable escena de "América no es el mejor país del mundo"). Una pretensión tan idealista como no disimulada pero francamente necesaria e inspiradora y que lleva a esta serie a ser más verosímil que realista y a emanar un espíritu quijotesco que impregna a todos sus protagonistas. No en vano, las referencias al Quijote, tanto en la propia ficción como en las declaraciones de Sorkin, son claras y decisivas, como muy bien remarca su excelente episodio final (por cierto, toda una lección de narrativa televisiva). Por eso, "The Newsroom" debería ser una serie de obligada consulta en las facultades de Periodismo y en las redacciones informativas de todo el mundo: porque lo que se hace actualmente, salvo raras y contadas excepciones, no es Periodismo ni se le parece. En el mejor de los casos, es fast food mediático (y así nos va).
En definitiva, que ahora que hace poco ha salido a la venta su tercera temporada y faltan días para el aniversario de su desenlace, cualquier seriéfilo, guionista o periodista ya sabe qué hacer: honrar el recuerdo de una serie simplemente estupenda.
Anoche Jordi Évole y su Salvadosvolvieron a demostrar por qué es importante que programas así se hagan en televisión, aunque sea en cadenas privadas. Porque, dejando a un lado que innegablemente en ocasiones pinche en hueso(como por ejemplo, el programa dedicado al Colegio del Pilar), Évole tiene la sana costumbre de ofrecer al espectador un producto de impecable forma (siempre) e interesante fondo (casi siempre); un programa que, sin ser periodístico (ni pretenderlo, ojo), sí se parece mucho a lo que tiene que aspirar el periodismo: decir, contar, denunciar y mostrar.
Anoche, como digo, fue una de esas ocasiones en las que ponerse frente al televisor fue un auténtico gustazo, aunque lo que te muestre la pantalla sea poco o nada agradable, festivo o divertido, como fue el caso. El Salvados sobre Jánovas fue un programa que repugnaba por lo que se decía y conmovía por cómo y quién lo contaba. Al verlo, no pude evitar tener la misma sensación que al leer a grandes narradores nuestros como Rafael Chirbes o Julio Llamazares, maestros a la hora de tomar como base un suceso "anónimo" y muy concreto en lo geográfico y cronológico para elaborar una radiografía de España y los españoles tan descarnada y vigente que siempre merece la pena aunque duela. Así, la trágica vergüenza del "no pantano" de Jánovas y sus dramáticas consecuencias para los lugareños entronca directamente con novelas
de Llamazares como La lluvia amarilla o Distintas formas de mirar el agua y de Chirbes como La buena letra o En la orilla.
De todos modos, el programa de ayer, es decir, el programón de anoche no tuvo su mejor virtud en lo que denunciaba: por desgracia en este país,llueve sobre mojado a la hora de hablar de la asquerosa desvergüenza de políticos y empresarios de todo pelaje, época o lugar. Si acaso, podría servir para comprobar que ya en el Franquismo existía el "capitalismo de amiguetes", o lo que es lo mismo: el gentuceo en las altas esferas, el mamoneo entre los intocables, el menudeo de favores entre los poderosos, el mamporrerismo entre los que tienen el poder político y los que ostentan la soberanía económica...aunque, siendo rigurosos, ese infame trapicheo existe desde los tiempos del "Aula Regia".
Para mí, lo más acertado del último Salvados fue mostrar la habilidad y la sensibilidad necesarias para saber qué contar, qué deciry cómo hacerlo.Así, el excelente programa de ayer sirvió para convertir a Jánovas y su pantano fantasma en un remedo español del retrato de Dorian Gray en el que se pueden ver reflejados los principales males y disparates que han caracterizado la vida pública de España desde hace décadas. Un retrato que se hace difícil de mirar pero que no hay que olvidar si queremos llegar a ser algún día un país enteramente civilizado en lo éticoporqueel de Jánovas es un pantano que no existe pero en el que se ahogaron la
alegría, la tranquilidad, el porvenir y los derechos de demasiadas personas. El de
Jánovas es un pantano que no existe pero en cuya superficie flotan como
cadáveres putrefactos la honradez política, la ética empresarial y la deontología profesionalde muchos medios de comunicación. Pero además, y
quizás lo más importante y valioso de todo, es que el de Jánovas es un
pantano que no existe pero en cuyas aguas se alza desafiante la dignidad insumergible de las personas, ésas que saben llorar; que saben
apretar los dientes; que saben levantarse tras ser derribados pero que
no saben agachar la cabeza ni poner rodilla en tierra; que engrandecen
su derrota mientras otros envilecen su victoria; que sostienen en silencio a un
país más que miles de datos macroeconómicos, gráficos al alza y discursos triunfalistas. Héroes cuya única aspiración es poder disfrutar de una vida tranquila y digna. Personas que no tienen un Homero que les cante pero sí un Évole que los entreviste. Por eso, en mi opinión, lo mejor del Salvados de anoche no fue mostrar gentuza por la que sentir asco sino sacar del anonimato a gente por la que sentir una profunda, honesta y absoluta admiración.
El problema no es carecer de gracia (física, motriz, estética, retórica, intelectual o humorística). Los feos, los torpes, los horteras, los sosos y los cretinos tienen exactamente los mismos derechos y libertades que los guapos, los hábiles, los estilosos, los sabios...
El problema no es tener una autoestima desproporcionada e injustificable. Todo el mundo está perfectamente legitimado para venirse arriba aunque la realidad no acompañe.
El problema no es que exista un programa como "El hormiguero". Todas las parafilias, incluidas las televisivas, tienen su público.
El problema no es que una persona se vuelva viral o trending topic. Internet es un circo de infinitas pistas y siempre tiene demanda de payasos, mujeres barbudas y demás freaks.
El problema es que la mayoría de políticos de este país, ante su propia incapacidad y desfachatez, haya decidido cambiar el "programa, programa, programa" por otros "programas" bien diferentes pensando que la ciudadanía de este país es tan deficiente mentalmente y retrasada políticamente que prefiere apoyar electoralmente las ocurrencias antes que las ideas, las patochadas antes que los proyectos y el esperpento antes que la seriedad.
El problema es que, con la que ha caído y está cayendo, con lo que ha hecho y está haciendo, la única alternativa que ofrece el Gobierno a su torrente de torpezas, perjuicios y ofensas sea a su vicepresidenta moviendo el mondongo como si se creyera Tony Manero.
El problema es pasarse por el arco genital la inteligencia, el respeto, la consideración y la dignidad debidas a una población que ha demostrado estar en líneas generales muy por encima de sus gobernantes y representantes.
El problema es actuar con esa peligrosa mezcla de soberbia y despreocupación cuando tantísima gente lo ha pasado o lo está pasando especialmente mal o cuando tu único aval y legado es un Everest de errores y agravios. El problema es que una representante del Gobierno tenga tan poca o nula sensibilidad y criterio como para entender que su numerito del martes sobra en un país cuyo estado de bienestar ha sido dinamitado por la ineptitud/desvergüenza de sus gobernantes, cuyo estado de Derecho ha sido aniquilado por la corrupción de sus políticos, cuya separación de poderes es en el mejor de los casos cuestionable, cuya clase media ha sido arrasada para costear despilfarros y pelotazos varios, cuya juventud tiene que elegir entre la emigración y la frustración, cuya libertad de información ha sido laminada, cuya libertad de expresión ha sido sodomizada legalmente, cuyo sistema laboral es un laberinto de indignidad y precariedad, cuya Justicia da risa, cuya Educación da pena, cuya Cultura está lisiada fiscalmente o cuyo Ejecutivo provoca simple y llanamente asco.