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jueves, 1 de junio de 2017

Un regreso a tiempo: El Ministerio del Tiempo

Cuando una ficción consigue formar parte de la realidad cotidiana e íntima de una persona, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que a un actor y su alter ego se les piense y nombre por perfectos desconocidos con la familiaridad propia de un ser querido, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue desempolvar la curiosidad e incluso el aprecio por unos personajes enterrados en la ignorancia o sepultados por los clichés, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue reivindicar todas las culturas que caben dentro de la Cultura, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra paliar las carencias educativas y académicas de un esperpéntico país, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción es capaz de acercarse a la Historia sin prejuicios ni maniqueísmos sino con la honestidad necesaria para disfrutar de todos los grises y matices, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra reflejar fielmente la entropía diversa, plural y mestiza que es, fue y será la sociedad española, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que la Historia llegue al prime time de una competida parrilla televisiva, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción logra sobrevivir al juego de intereses creados que hay en la televisión, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue que creadores y público se sientan parte importante de un inmenso todo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción saca del ninguneo de los créditos a quienes forjan sueños a base de ingenio, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue convertirse en un fenómeno transmedia, global e intergeneracional, alguien ha hecho muy bien su trabajo. Cuando una ficción consigue lo que ha conseguido El Ministerio del Tiempo, alguien ha hecho muy bien su trabajo. 

¿Quién es ese "alguien"? Para empezar, los hermanos Olivares, Pablo y Javier, quienes, como buenos colchoneros, concibieron una serie muy Atleti: una serie que derrocha coraje y corazón, que "pelea" como la mejor (tal vez porque lo sea, al menos en España) y en la que todos los involucrados luchan como hermanos para sacarla adelante (tarea que tiene más de trabajo de Hércules que de paseo por el campo). ¿Quiénes son estos otros "abajo firmantes" de esta maravillosa anomalía? Pues, por un lado, Marc
Vigil, las hermanas Schaaff, Javier Pascual, Carlos de Pando y toda esa tropa de excelentes tipos que a un lado de la cámara obran milagros laicos. Y, por otro, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Rodolfo Sancho, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén, Juan Gea, Francesca Piñón, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Natalia Millán y demás elenco con sabor a All stars. Todos ellos son los que han hecho y hacen muy bien su trabajo para conseguir que El Ministerio del Tiempo sea algo más que una serie de televisión: una pu*a joya.

Esta noche vuelve, con su tercera temporada, a las 22:40, en La 1. Vuelve pero nunca se había ido porque durante este tiempo ha seguido al pie del cañón con sus historias en podcast, un excelente cómic, el tesoro en streaming de sus temporadas previas y la efervescente y entusiasta creatividad de la comunidad ministérica online. Sea como fuere, el regreso no podía ser más atractivo, orbitando en torno a la oronda figura de uno de los mejores cineastas del siglo XX: Alfred Hitchcock, tipo capaz de firmar genialidades como Psicosis, Vértigo o, mi favorita, Con la muerte en los talones.

Hay quien dice que este horario y programación no favorece a El Ministerio del Tiempo. Puede ser (muy seguramente es así), pero, para estas alturas del año ya tan calurosas y con una televisión que te provoca calores (para mal) al verla, nada mejor que este serión tan refrescante y sabroso como una Mahou. Por eso, este ministérico cuenta ya las escasas horas que faltan. Y lo hago con la certeza de que la espera, la incertidumbre y los nervios habrán merecido mucho la pena.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Battlestar Galáctica: una serie que tendrá siempre mucho futuro

Pasaron unos segundos hasta que tomé conciencia de que todo había terminado, de que el viaje había llegado a su fin, de que ya no habría más. Mientras, el silencio y las emociones y los pensamientos. Recientemente he terminado de ver la serie Battlestar Galáctica, de un tirón, todas sus temporadas, todos sus episodios, condensando así en pocas semanas una producción que se emitió entre 2004 y 2009. Lo que sentí al concluir su (extraordinario) último capítulo se podría resumir con alguna onomatopeya o exclamación malsonante, pero me es muy complicado encontrar palabras que se ajusten de forma precisa y concisa a todo lo que me pasó por dentro mientras desfilaban los créditos finales. Quizás la palabra que mejor se adapte sea: "serión", porque lo cierto es que este reboot de la setentera serie homónima no sólo supera a la original con creces (la deja como un entrañable show a medio camino entre lo cutre y lo kitsch) sino que es de tal magnitud que para mí sólo tiene parangón con las colosales Star Wars en el ámbito cinematográfico y Mass effect en el campo de los videojuegos. En el mundo de las series, no hay otra en su género y muy pocas en los demás que alcancen esa excelencia, esa perfecta y extraña redondez que logra BSG. Por eso no extraña tampoco que esta fuera una de las primeras series en tener un éxito transmedia como el que hoy tienen por ejemplo Juego de Tronos o The Walking Dead.

Battlestar Galáctica es, grosso modo, una epopeya de frontera (si es que es posible hablar de frontera estando el cosmos por medio) que se va desarrollando en un constante contexto emocional y psicológico de situación límite, en una atmósfera de amenaza latente o patente que llena de tensión argumental y humana los equilibrios al borde del abismo de una Humanidad que ha perdido pie por culpa de una creación suya que aspira a reemplazarla (matar al padre que diría aquél). Por eso, no sería descabellado establecer intersecciones entre BSG y obras tan dispares como la Anábasis de Jenofonte, el Frankenstein de Shelley, las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, el Cantar del Grial de Troyes, el Blade Runner de Ridley Scott o los western de John Ford.

Una de las principales claves del éxito de Battlestar Galáctica consiste en quitar toda la estridente parafernalia del género "space opera" y sustituirlo por un drama profundamente humano (nada de extraterrestres) y verosímil que permite a sus creadores plantear preguntas y abordar temas impensables en despiporres tan icónicos como Star Trek o Flash Gordon. Así, BSG explora asuntos tan interesantes como la interacción de los tres elementos tradicionalmente vertebradores de una nación (las ideologías, las armas y las creencias), la confrontación entre ciencia y religión, la concepción de la identidad en tanto que singularidad, la deificación de lo inexplicable como recurso para sostener lo explicable, los daños colaterales de obedecer a la razón o al corazón, la aceptación del otro como requisito para la asimilación del yo, la necesidad de estar abierto a los cambios para no caer en la obsolescencia, la delgada línea que separa conceptos tan relativos como "bueno" o "malo", la difícil conjugación entre la realidad y el deseo, la identificación de valores que trascienden al individuo como garantía de pervivencia de la especie...

Así, Battlestar Galáctica está más cerca de la profundidad de Shakespeare que de la banalidad estrafalaria tan habitual en la ciencia ficción pero sin renunciar por ello a cumplir perfectamente con su espíritu epopéyico ni renegar del entretenimiento y el asombro indispensables para que un producto de este género tenga éxito. Todo un logro. Y aquí va otro: sin abandonar ese carácter exitencialista y el contexto "futurista", sabe ser una serie hija de su tiempo; porque BSG es en el fondo una alegoría de la sociedad post-11S y para ello sabe ser lo suficientemente valiente, honesta y transgresora para abordar temas muy reconocibles y actuales y poner sobre la mesa polémicas y tabúes con un coraje e ingenio con los que otras producciones sólo pueden soñar. En ese sentido, la serie navega por asuntos tan nuestros y espinosos como la xenofobia, el aborto, el suicidio, la eutanasia, la tortura, la volatilidad de las convicciones, la libertad sentimental y sexual, los riesgos de la denominada "singularidad tecnológica", la actitud ante las enfermedades terminales, la búsqueda de la sensación de seguridad, el impacto de decisiones individuales en toda una comunidad, la delegación de la responsabilidad en el colectivo, la dependencia de la tecnología paralela a la postergación del factor humano, los límites del fanatismo religioso, los daños colaterales de los prejuicios, la liberación de toda clase de tutelas (familiares, ideológicas, sociales, tecnológicas...) como requisito indispensable para alcanzar la plenitud... Directamente vinculado con esto, está otro de los grandes alicientes de BSG: el poso filosófico que subyace en todo lo que ocurre y se dice en la serie. Así, en la serie se dan cita postulados y reflexiones existencialistas, deterministas, nihilistas, fatalistas, conductistas y posmodernos, todos ellos articulados en torno a un eje que está presente como fatum y mantra en toda la trama: el del "eterno retorno" (el "vivir es ver volver" que dijo Azorín) o, por citar el guión literalmente: "Todo esto ha pasado y volverá a pasar". Un concepto inquietante e interesante sobre el que se insiste con frecuencia y que lo mismo sirve como excusa que como amenaza o promesa en las acciones y decisiones de los personajes...hasta ese brillante y definitivo matiz que se introduce en los minutos finales del desenlace de la serie.

Otro punto de interés aunque más "anecdótico" radica en las similitudes entre la Humanidad de las 12 Colonias y la nuestra: todo en los capricanos y compañía desde su vestimenta hasta sus edificios y creencias nos recuerda a nosotros aunque en la ficción de BSG la Tierra sea más un mito que otra cosa. Por eso, por ejemplo, resulta especialmente curioso que los Dioses de Kobol se correspondan con los de panteón griego o que las 12 Colonias evoquen en sus denominaciones a los signos zodiacales o que el almirante Adama tenga como pasatiempo una extraordinaria maqueta de un galeón o que los teléfonos y otros ingenios que vemos en la serie pertenezcan a nuestro imaginario tecnológico más vintage o que el politeísmo, el monoteísmo y el agnosticismo se solapen con la misma naturalidad en las estrellas que en la tierra. Esto, por cierto entronca con uno de los grandes misterios de nuestra especie: ¿cómo culturas distantes en lo cronológico y lo geográfico fueron capaces de desarrollar construcciones (piramidales) y creencias (politeistas) similares? Pero eso es otra historia. 

Volviendo a la serie, los méritos/aciertos/cualidades de BSG no acaban ahí: la historia-arco y las subtramas están bastante bien cuidadas por sus creadores (a pesar de algunos agujeros en el guión), los cambios respecto al original son más que acertados, los giros argumentales son bastante imprevisibles y eficaces, los personajes son lo suficientemente matizados e imperfectos para resultar creíbles, el ritmo y el tempo son los adecuados en todo momento para mantener la atención, el estilo visual refuerza esa sensación de verosimilitud que emana toda la serie, los géneros y subgéneros se gestionan con bastante acierto, los efectos especiales no dan vergüenza ajena y el reparto ofrece unas interpretaciones tan solventes que raro es el personaje que resulte anodino para el espectador. En relación con esto último, he de decir que mis actores favoritos son James Callis por ese cínico, oportunista, pícaro y genial "antivillano" (con perdón del palabro) llamado Gaius Baltar y, muy especialmente, Edward James Olmos quien está sencillamente impresionante encarnando al monumental Almirante William Adama.

Todo esto casi basta para explicar por qué tuve esa reacción al concluir el último capítulo. El "casi" requiere para su eliminación ver la serie porque Battlestar Galáctica no es una serie más, ni siquiera una buena serie sino una de ésas que se ven muy de cuando en cuando: un auténtico serión. Por eso, por su calidad y singularidad, no me cabe duda de que, por muchos años que pasen, BSG tendrá siempre mucho futuro. ¡Eso decimos todos!

lunes, 23 de mayo de 2016

Un Ministerio del que sentirse orgulloso

Ha terminado "El Ministerio del Tiempo"; al menos, su segunda temporada. Una producción que comenzó siendo una serie para terminar siendo LA serie. Un producto televisivo que ha roto en muchos sentidos las barreras del tiempo y el espacio y disuelto las fronteras entre un lado y otro de la pantalla. Una obra capaz de convertir la Historia y la Cultura en trending topics y de transformar Google en un DeLorean con el que explorar el pasado que algunos han querido y quieren manipular o ningunear o contar desde la pereza o la ineptitud. Una ficción que ha hecho historia contando historias de la Historia y en la Historia. Una narración que ha sabido ser hija de su tiempo y de los tiempos, integrando en un todo armónico y coherente lo analógico y lo digital, lo textual y lo audiovisual, lo clásico y lo contemporáneo. Un viaje que iniciaron unos pocos "locos" escribiendo un guión fantástico y han terminado millones ante una pantalla. Una serie culta, cool y de culto. Una de las cosas más valientes, necesarias, gratificantes, inteligentes, frescas, interesantes y emocionantes que se han hecho en España en décadas. Y no sólo hablo de crear el Ministerio del que sentirse más orgulloso en este país.

Hace poco más de un año, en este mismo blog, escribí sobre esta serie, revelándome como "ministérico". Por eso, como no quiero repetirme, recomiendo a quien tenga interés o curiosidad que coja una puerta al pasado y relea aquel post. Porque hoy no quiero tanto analizar la serie como mostrar mi agradecimiento. O, mejor dicho, mis agradecimientos, porque son varios. Siete.

En primer lugar, gracias a todas esas personas que, como yo, han seguido y apoyado a este serión. Es decir, gracias a los ministéricos. Ese ejército entusiasta, magmático, heterogéneo y hasta estrafalario pero sin el cual sería imposible entender en qué se ha convertido la serie. Una avalancha de seguidores o fans que han alfombrado con su dedicación, ingenio y pasión el no siempre fácil camino por el que ha transcurrido la producción de "El Ministerio del Tiempo".

En segundo lugar, gracias a TVE por tener el coraje, el sentido común y la honradez de haber apostado por una serie como ésta y de demostrar no sólo que otras series son posibles sino que otra televisión pública es posible, si se quiere. Especialmente de agradecer es la extraordinaria labor que ha hecho todo el equipo online, no sólo por el excelente trabajo hecho en la web y las redes sociales sino por el cariño y la atención que han demostrado a los ministéricos.

En tercer lugar, gracias a todo el equipo técnico por conseguir hacer magia con el presupuesto y el tiempo dados. Efectos especiales, efectos visuales, vestuario, maquillaje, fotografía, música, diseño de producción, dirección...Puedo pensar en cualquier aspecto técnico y no encontrar ningún reproche que hacer ni arista por pulir.  

En cuarto lugar, gracias a todo el equipo artístico, actrices y actores formidables que, ya sea desde papeles habituales o episódicos, protagonistas o secundarios, han convertido cada capítulo en una auténtica gozada. Por tanto, gracias a Aura Garrido, Rodolfo Sancho, Nacho Fresneda, Hugo Silva, Jaime Blanch, Cayetana Guillén Cuervo, Juan Gea, Francesca Piñón, Natalia Millán, Julián Villagrán, Susana Córdoba, Ramón Langa, Mar Saura, Mar Ulldemolins, Miguel Rellán, Víctor Clavijo, Jimmy Shaw, Hovik Keuchkerian, Josep Linuesa, Joan Llaneras, Eusebio Poncela, Michelle Jenner, Roberto Álvarez, Cristina de Inza, Francesc Orella, David Luque, Manolo Solo, Ángel Ruiz, Sécun de la Rosa, Jordi Coll, Enrique Alcides, Antonio Velázquez, Sergio Peris-Mencheta, Luis G. Gámez, Fernando Cayo, Nadia de Santiago, Pere Ponce, Elena Furiase, Miki Esparbé, Gary Piquer, Miguel Hermoso, Juan Carlos Sánchez, Juan Antonio Quintana, Maru Valdivieso, Pedro Alonso, Paco Marín, Aitor Merino, Jordi Vilches, Alberto Jiménez, Juan José Ballesta, Joan Carles, Suau, Borja Maestre, Nieve de Medina, Fernando Conde, María Álvarez, María Rodríguez, Alexandra Jiménez, Roberto Drago, Anna Castillo, Joan Carreras, Alba Rivas, Nancho Novo, Patrick Criado, Raúl Cimas, Carlos Hipólito...y todos los demás espléndidos artistas que han convertido la serie en un auténtico "All Star" en lo interpretativo y en una galería de personajes llenos de piel y alma, de esos que se quedan contigo.

En quinto lugar, gracias a las productoras Cliffhanger y Onza Partners por conseguir sacar esta serie de la chistera y meterla en nuestro corazón.

En sexto lugar, gracias a los directores y guionistas, o, lo que es lo mismo, gracias a los extraordinarios Marc Vigil, Abigail y Anaïs Schaaff, Jorge Dorado, José Ramón Fernández, Paco López Barrio, Diana Rojo, Javier Pascual, Peris Romano, Carlos de Pando, Juanjo Muñoz, Paco Plaza, Javier Ruiz Caldera, Borja Cobeaga, Diego San José y David Sáinz. Contáis historias como pocos. Como muy pocos.

Y en séptimo lugar, gracias a Pablo y Javier Olivares. Porque, por si no tenían suficiente con ser del Atleti, se atrevieron a crear esta maravillosa serie y, no contentos con ello, convencieron a las hermanas Schaaff, Marc Vigil y compañía para escribir su propia página no sólo en la historia televisiva española sino en la memoria íntima e intransferible de muchas, muchas, muchas personas. Os habéis ganado el Cielo. Pablo ya está allí. Javier sigue dando guerra aquí, porque todo sueño necesita un capitán. 

Acabo ya. Gracias. A todos. Os admiro. Os respeto. Y tanto si hay nueva temporada como si no...ya os llevo conmigo. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

"The Newsroom": ¡Es el guión, estúpido!

Una buena serie, como cualquier obra de ficción, necesita unos buenos personajes (buenos = definidos, carismáticos), unas buenas tramas (buenas = interesantes y bien desarrolladas) y una buena forma de contar y decir (buena = con personalidad y eficaz).
Una buena serie de televisión, como cualquier producto de ficción audiovisual, necesita un buen casting (bueno = interpretativamente solvente y creíble), una buena producción (buena = no cutre ni pretenciosa), un buen timing (el equivalente en televisión al tempo narrativo, un no-sé-qué que ya sea a través de las historias, los personajes, la estética o los actores consiga conectar/enganchar a una audiencia considerable, y, por encima de todo, necesita un buen guión.

Por eso, entre otras cosas, "The Newsroom" es una muy, muy buena serie. Por eso, no es casual que se emitiera en una cadena como HBO, madre de seriones como The Wire, Los Soprano o Juego de Tronos. Por eso, no es casual que su actor protagonista, Jeff Daniels, además de recibir nominaciones y premios por su interpretación, haya regalado al acerbo televisivo a uno de los personajes más carismáticos de la televisión con su magistral encarnación del periodista Will McAvoy. Por eso, no es casual que su creador, productor y guionista sea Aaron Sorkin, responsable de la también exitosa El Ala Oeste y problabemente uno de los mejores de su gremio y el más brillante(ex aequo con Tarantino) escritor de diálogos vivo, como ha demostrado tanto en cine como en televisión, del que esta serie es su penúltimo y sobresaliente ejemplo.

Pero...¿qué es/era "The Newsroom"? Es un dramedia (mezcla de drama y comedia) que sumerge al espectador en los avatares personales y profesionales del staff de un telediario nocturno que decide olvidarse del circo de la audiencia para centrarse en su responsabilidad de cara a la sociedad. Así, por sus tres únicas temporadas, junto a sucesos más o menos inventados, desfilan otros por todos conocidos: el desastre de la plataforma petrolífera de BP en el Golfo de México, la polémica ley inmigratoria de Arizona, la revuelta en Egipto contra el (ex)presidente Mubarak, el desastre nuclear de Fukushima, la muerte de Bin Laden, la crisis del techo de deuda, la reelección de Obama como presidente, los atentados de Boston…Hechos que escena a escena nos permiten descubrir la personalidad y la profesionalidad del mordaz y carismático presentador-editor Will McAvoy y de todo su joven equipo a la hora de lidiar con los desafíos puramente periodísticos pero también con los éticos (o deontológicos si se prefiere) ya que esta serie también cuenta los retos que suponen las influencias, injerencias y presiones ajenas a lo estrictamente informativo y procedentes de ámbitos tan fáusticos como el empresarial, el político, el gubernamental, el judicial o el marquetiniano. Todo ello mientras los diversos personajes intentan llegar a buen puerto o, al menos, no hundirse en lo que se refiere a su vida estrictamente personal.
Si a esto se le añade el hecho de contar con unos variopintos personajes ¿secundarios? (MacKenzie, Jim, Don, Sloan, Neal, Sloan, Charlie...) cuya carencia de matices se suple con un magnetismo descomunal, con un impecable factura técnica y con un respeto (también llamado sentido común) hacia los espectadores y hacia sí misma fuera de toda duda (por eso, como dijo Daniels, "acaba cuando debe"), "The Newsroom" está bastante lejos de ser una serie del montón. Si ya metemos en la ecuación sus diálogos...es simplemente una de las mejores series en ese aspecto de los últimos años/lustros/décadas.

Decía al comienzo que "The Newsroom" es una muy, muy buena serie por varias cosas. Esas "otras cosas" tienen que ver con el Periodismo. Con lo que debería ser el Periodismo. Porque en esta serie, desde McAvoy hasta el último personaje sirven para recordar, a un lado y otro de la pantalla, que el buen periodismo no es sólo decir la verdad (aunque duela o tenga consecuencias negativas), sino también atacar la mentira, ser la molesta voz de la conciencia para ese magma de personas tan acostumbradas a olvidarla que reciben el nombre genérico de “poderosos” y no caer en el juego del "todo por la audiencia". Porque el Periodismo, más que una profesión, es un ejercicio de honradez, una responsabilidad. Es practicar la "religión de la decencia" (por citar al propio McAvoy). Algo que resulta evidente desde el comienzo con aquella memorable escena de "América no es el mejor país del mundo"). Una pretensión tan idealista como no disimulada pero francamente necesaria e inspiradora y que lleva a esta serie a ser más verosímil que realista y a emanar un espíritu quijotesco que impregna a todos sus protagonistas. No en vano, las referencias al Quijote, tanto en la propia ficción como en las declaraciones de Sorkin, son claras y decisivas, como muy bien remarca su excelente episodio final (por cierto, toda una lección de narrativa televisiva). Por eso, "The Newsroom" debería ser una serie de obligada consulta en las facultades de Periodismo y en las redacciones informativas de todo el mundo: porque lo que se hace actualmente, salvo raras y contadas excepciones, no es Periodismo ni se le parece. En el mejor de los casos, es fast food mediático (y así nos va). 

En definitiva, que ahora que hace poco ha salido a la venta su tercera temporada y faltan días para el aniversario de su desenlace, cualquier seriéfilo, guionista o periodista ya sabe qué hacer: honrar el recuerdo de una serie simplemente estupenda.

viernes, 15 de mayo de 2015

"True detective": En la brillante oscuridad

Inquietante, realista, perturbadora, adictiva, oscura, impecable, sugerente, extraña, llena del carisma de las series de culto… Lo que consiguieron Nic Pizzolatto (creador) y Cary Fukunaga (director) con la primera temporada de True detective (que desde anoche disfrutamos en abierto en La Sexta, que hace meses que podemos disfrutar en casa vía DVD o Bluray y que llegó en 2014 a España gracias a Canal +) tiene todas las papeletas para convertirse en historia de la televisión, si es que no lo es ya. Un mérito que conocen de sobra en la HBO (gracias a “The wire”, “Los Soprano” o “Juego de Tronos”, por citar algunos ejemplos) y que, más allá de su perfección técnica y su excelente reparto, se asienta en tres pilares: la narración, el ambiente y Matthew McConaughey.
La narración. Mezclando hábilmente el género policiaco y el drama, “True detective” nos cuenta la caza durante 17 años de un raro asesino en serie por parte de Martin Hart (Woody Harrelson) y Rustin “Rust” Cohle (Matthew McConaughey) dos detectives del Departamento de Policía de Louisiana, al mismo tiempo que nos adentra en las miserias personales de ambos investigadores, convirtiendo así la serie en un lento y tenso viaje hacia el lado oscuro del ser humano. Para ello, la narración combina el pasado y el presente gracias a que son los propios detectives los que,
en sendas entrevistas, recuerdan (cada uno a su peculiar estilo) el caso investigado. Una original estructura que explota magistralmente los flashbacksel tempo narrativo” y las elipsis argumentales para poner en la estratosfera el interés del espectador no sólo por resolver el misterio detrás de los asesinatos sino también por completar el dramático “puzzle biográfico” de los dos protagonistas, cuyas vidas personales no tenemos claro si están en caída libre o han terminado de caer… Porque lo cierto es que, más allá del asunto detectivesco, “True detective” es una serie que nos dice que la inocencia es una leyenda urbana, que vivimos en un mundo roto, que hace tiempo que perdimos el tren a ninguna parte, que hay más verdad en el lado de la locura que en el de la esperanza, que el alma está en la sección de objetos perdidos, que el infierno cabe en un silencio, que no hay luz sin oscuridad y que, para creer, hay que temer y para temer, hay que haber sufrido.

El ambiente. True detective” está ubicada en ese sur profundo, primario y decadente de los EEUU en el que Dios y el Diablo juegan al escondite y donde el fango y la herrumbre no son algo sólo material. Una atmósfera mostrada conun magnetismo enfermizo, propio de maestros como David Lynch y David Fincher.
Matthew McConaughey. Magistral encarnando al taciturno, brillante y nihilista detective “Rust” Cohle, un hombre definido por un profundo infierno interior que sólo atisbamos superficialmente y que se convierte, gracias a la impresionante interpretación del actor, en quizás el mayor punto de interés de la serie, al ser un personaje con una capacidad de atracción tan oscura e irresistible como la de un agujero negro.
En definitiva, "True detective" es una serie que, al menos en su primera temporada (la segunda, con nueva historia y reparto, está ya en camino), entretiene e inquieta por igual, incluso ya desde sus magistrales créditos iniciales. Es una serie de ese selecto grupo de las que o las ves o te las cuentan. Es una serie que, más allá de gustos televisivos, merece la pena ver porque pocas, muy pocas veces, un viaje hacia la oscuridad fue tan indiscutiblemente brillante.

lunes, 13 de abril de 2015

Yo ministérico

Tras un fenomenal y conmovedor capítulo, acaba "El Ministerio del Tiempo". La serie que no sólo ha sido la revelación sino la rebelión de la temporada. La rebelión de quienes creen que otro tipo de series es posible en España. De quienes piensan que la cultura siempre se merece una oportunidad. De quienes opinan que la Historia es un arma de divulgación masiva. De quienes defienden que a veces es necesario cambiarlo todo para que todo siga igual. De quienes saben que cuando una puerta se cierra, otra se abre. De quienes conocen que la riqueza está en la mezcla. De quienes tienen la curiosidad como pasaporte. De quienes prefieren vivir una buena historia a que se la cuenten. De quienes recuerdan que, en la vida como en las series, lo mejor siempre empieza con un buen guión.

En mi opinión, "El Ministerio del Tiempo" debe parte de su éxito a su valentía. La valentía de apostar por la cultura y la Historia españolas como pretexto, trasfondo y trama de una ficción. La valentía de ofrecer una serie que no sólo se atreve a mezclar y fundir géneros (comedia, intriga, aventura, acción, drama, historia...) sino a que la ciencia ficción sea uno de
ellos. La valentía de situar la llamada "Historia contrafactual" o "Historia virtual" como premisa creativa. La valentía de acercarse de forma desenfadada pero sin perder rigor a épocas, hechos y personajes que algunos erróneamente consideran totémicos e intocables. La valentía de hacer por el acceso de los más jóvenes a la cultura más que muchos ministros, catedráticos, profesores y padres. La valentía de sacudirse de encima buena parte de los complejos (televisivos y no televisivos) que tenemos en España. La valentía de atreverse con todo. Y la valentía de salir con ello a prime time estando las audiencias como están. 

Otra parte de su éxito se debe al fenomenal trabajo realizado a un lado y otro de las cámaras. Empezando por el ingenio y la destreza de los hermanos Olivares a la hora de imaginar y
escribir la serie, pasando por la eficaz e impecable labor de dirección, montaje y dirección artística, y acabando por un reparto coral y solvente que, sencillamente, se limita a bordar unas interpretaciones que sirven para dar voz, cuerpo y verdad a unos personajes quizás no muy complejos pero sí lo suficientemente creíbles y distintos como para conectar afectivamente con espectadores de todo tipo. Un trabajo, como decía, fenomenal pues sin él sería impensable el fenómeno en que se ha convertido "El Ministerio del Tiempo".

Un fenómeno en el que, por cierto, tiene buena parte de responsabilidad la inteligente, intensa y cómplice utilización de la parte online por los responsables de la serie, especialmente lo que a redes sociales se refiere; una "explotación 3.0" gracias a la cual no sólo se han conseguido trending topics que antaño serían inverosímiles sino que además salgan a la luz la pasión, el talento y la curiosidad de los millones de fans de la serie, esos que han conseguido que "El Ministerio del Tiempo" llegue a buen puerto, que obtenga una segunda temporada y que, por encima de porcentajes y audiencias, sea, sin duda alguna, la serie del año.

Así las cosas, ahora sólo puedo decir que echaré de menos no ver cada semana las aventuras de Amelia, Julián, Alonso y compañía. Que echaré de menos esas tramas que no sólo hacen reír sino
también recordar y aprender. Que echaré de menos esas escenas en las que la cultura académica se fusiona magistralmente con la cultura pop(ular). Que echaré de menos la envidiable habilidad de sus guionistas para incluir el chascarrillo o la crítica cómplice sin que chirríe. Que echaré de menos esas geniales frases de guión capaces de justificar todo un visionado. Que echaré de menos esa serie que parece un "all star" de los actores españoles de televisión. Que echaré de menos a Garrido, Sancho, Fresneda, Blanch, Gea, Guillén, Piñón, Millán y demás haciendo disfrutar al espectador con el difícil arte de ser otro. Que echaré de menos esa ficción que me ha enganchado como sólo lo habían conseguido las mejores producciones extranjeras. Que echaré de menos a esa serie postmoderna, intergeneracional y brillante que es "El Ministerio del Tiempo"...hasta que estrenen la nueva temporada, porque, al fin y al cabo, si no la echara de menos, no sería lo que soy: un ministérico.

martes, 2 de diciembre de 2014

"Isabel": una serie para la Historia

Anoche, después de tres temporadas, terminó "Isabel". Una serie con la que TVE ha comprobado que la ficción histórica puede ser un éxito de audiencia y críticas; que la divulgación de calidad en televisión no está reñida ni con el prime time ni con el entretenimiento; que una cadena pública no sólo puede sino que debe poner en valor la cultura y la Historia de un país; que otro tipo de series hechas en España es posible. Una serie con la que millones de españoles hemos comprobado el enorme talento artístico y técnico que hay en nuestra industria del cine y la televisión; la riqueza, complejidad y profundidad de un pasado que ha sido a menudo víctima de sesgos, simplificaciones, filias y fobias que nada tienen que ver ni con la Historia, ni con la educación ni con la realidad; el magnetismo de unos personajes que antes de ser leyenda fueron carne y hueso. Una serie con la que se ha demostrado que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ya sea individualmente o como Reyes Católicos, fueron, son y serán los mejores y más importantes monarcas que tuvo y tendrá esta nación. Una serie, en definitiva, necesaria.

Y todo ello pese a ser imperfecta e irregular y estar condicionada por una coyuntura económica y mediática muy
complicada. Lo cual deja otra importante lección: no hace falta ser perfecto para ser inolvidable. En ese sentido, para mí, "Isabel" tiene dos grandes méritos que destacan por encima de otros como la dirección artística, el vestuario, la fotografía, la música o el manejo del tempo narrativo. Uno de esos grandes méritos es su combinación de rigor, ingenio y buen gusto a la hora de recrear la Historia que permite que "Isabel" no sólo sea excelente para descubrir o redescubrir nuestro pasado sino también para asimilarlo y sentirlo, para hacerlo presente en nuestros intereses, afectos y emociones. El otro gran mérito que en mi opinión atesora esta serie es la oportunidad para que espectadores de todas las edades y condiciones hayan/hayamos sido
testigos del descubrimiento, la confirmación o la redención de actores y actrices que, gracias a "Isabel", se han ganado muy merecidamente (si es que no lo tenían ya antes) el conocimiento, el respeto, la admiración y el cariño de millones de personas. Que "Isabel" sea lo que es y será ya para siempre sería impensable sin el excelente desempeño de Pablo Derqui, Bárbara Lennie, Ginés García Millán, Pedro Casablanc, William Miller, Ainhoa Santamaría, Pere Ponce, Javier Rey, Daniel Albadalejo, Roberto Enríquez, Raúl Mérida, Úrsula Corberó, Francesc Garrido, Iván Hermes, Jorge Bosch, Héctor Carballo, Jacobo Dicenta, Marta Belmonte, Abel Folk, Borja Luna, José Pedro Carrión, Julio Manrique, Lluís Soler, Fernando Guillén-Cuervo, Eusebio Poncela, Irene Escolar, Jordi Díaz, Ramón Madaula, Sergio Peris-Mencheta...y el resto de un amplísimo elenco en el que brillan por méritos propios Rodolfo Sancho y Michelle Jenner, que han dado cuerpo y alma a unos personajes monumentales con unas interpretaciones simplemente impresionantes. Cuando un personaje se queda en la memoria y en el corazón de un espectador, un actor ha hecho muy bien su trabajo. Y el reparto de "Isabel", salvo escasas y perdonables excepciones, lo ha bordado.

En resumen, esta producción de Diagonal TV capitaneada por Jordi Frades, eclipsa con una sólida aleación de talento, pasión y profesionalidad delante y detrás de las cámaras cualquiera de los defectos que se le podrían buscar.

Por todo ello, creo que el más honesto cumplido que se puede hacer a quienes han hecho posible "Isabel" es que es una serie de la Historia, por la Historia y para la Historia. Y, ante algo así, todo empieza y acaba con una misma palabra: gracias.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Batman: 75 años de un icono

Hoy se celebra en España el "Día de Batman" un festejo que sirve para celebrar el 75 aniversario de uno de los personajes no ya de los cómics sino del ámbito de la ficción en general con más difusión y arraigo social: Batman, o, lo que es lo mismo, Bruce Wayne.

Creado por Bob Kane y Bill Finger, Batman se dio a conocer en mayo de 1939, en el nº 27 de la publicación Detective Comics. Desde entonces, su carisma e interés han ido creciendo constantemente hasta convertirlo junto a Superman (o tal vez incluso superándolo) en el gran exponente del universo superheroico ideado por DC Comics.  Un logro que no es de extrañar dado el potente magnetismo que tiene este personaje: la dualidad de identidades, la ausencia de cualquier tipo de superpoder, el aura trágica que envuelve y define su vida, el uso del ingenio y la voluntad como mejores armas contra el crimen, las complicadas relaciones afectivas que tiene, las taras emocionales y sentimentales que padece, la tentación de dejarse llevar... son muchos los alicientes de una creación que con el paso de los años y de los autores (Dennis O'Neil, Steve Englehart, Frank Miller, Alan Moore, Jeph Loeb, Grant Morrison...) ha ido ganando en profundidad y matices hasta el punto de que, en mi opinión, está más cerca de los grandes personajes de las tragedias griegas o Shakespearianas que de la simplicidad casi naif que define a la mayoría de superhéroes comiqueros. 

El detective enmascarado, el vengador nocturno, el protector de Gotham, el cruzado de la capa, el vigilante de la noche, el caballero oscuro...son muchos los sobrenombres utilizados para referirse a Batman. No obstante, creo que, por encima de indumentarias y sobrenombres, lo que mejor define a Bruce Wayne es su personalidad. Una manera de pensar, ser y actuar marcada por el sustrato trágico que late en la condición humana: Batman
está definido por la pérdida y la contradicción, por el recuerdo y el dolor, por las distancias y las ausencias tanto físicas como íntimas, por la fatalidad y la convicción, por la fricción entre los principios y las pulsiones, por la confrontación entre el orden y el caos, por la castración del deseo, por el complejo de culpa, por la lucha entre el símbolo y la persona. Es un personaje al que la amargura y el sufrimiento no le son ajenos sino identitarios. En ese sentido, Batman es quizás el héroe más sombrío de todos los de DC Comics (y quizás también de Marvel). Es un agujero negro. Es un hombre que combate el miedo con el miedo. Es un personaje definido por la oscuridad, tanto interior como exterior. Es un héroe que hace justicia en nombre de la venganza y cuya mayor heroicidad consiste en sacrificar constantemente "lo personal" para alcanzar "lo necesario". Es alguien que teniendo toda clase de motivos para ser oscuridad decide ser luz. Ése es Batman.

Pero también está definido por sus enemigos. Los rivales de Batman contribuyen a perfilar su identidad mediante la contraposición. Un juego de paradojas que podría resumirse así: El Joker es un hombre devorado por el caos mientras que Batman es
un hombre devorado por el orden; El Pingüino utiliza su poder económico con fines egoístas y delictivos mientras que Batman emplea su riqueza en preservar el bien común; Dos Caras representa la equidistancia entre la Justicia y la venganza mientras Batman supone la renuncia a la venganza en favor de la Justicia; Bane es lo que sería Batman si se dejara llevar por sus deseos y pasiones; Catwoman encarna la libertad del ser mientras que Batman constituye la necesidad del deber; Manbat es el reverso físico y psicológico de Batman...Quizás por eso es tan interesante la pintoresca galería de villanos que ofrecen las aventuras de Batman: ayudan a establecer un duelo de contrarios, una simetría inversa e inquietante que ayuda a subrayar y definir al héroe.

No obstante, dejando a un lado todo esto, Batman es quizás el más "transmedia" de todos los héroes de ficción ya que hace tiempo trascendió el mundo del noveno arte para adentrarse en...
  • La televisión: Tanto con la serie sesentera protagonizada por Adam West que hoy es objeto de culto (y parodia) como por varias series animadas entre las que destaca muy especialmente aquella que en los noventa demostró que una serie de ese estilo podía tener una calidad e intensidad dramática igual o superior a muchas protagonizadas por actores de carne y hueso. A esto habrá que sumar la serie de próximo estreno "Gotham", una precuela que ha generado bastante expectación.
  • El cine: En este ámbito, cabe decir que si con Tim Burton se convirtió en icono pop y con Joel Schumacher en un motivo para arrancarse los ojos (o la cabeza, directamente), Batman se transformó gracias a Christopher Nolan en tres películas monumentales de una calidad extraordinaria e indiscutible que obligan a poner en cuarentena al nuevo Batman ideado por Zack Snyder...
  • Los videojuegos: Apartado éste en el que, pese a encontrar juegos de diferentes épocas, plataformas y dispositivos (incluso teléfonos móviles), Batman ha alcanzado la perfección en los últimos años con la impresionante y espectacular saga "Batman: Arkham".
Por todo ello, no cabe más que celebrar la excelente salud de un personaje que, 75 años después de aparecer por primera vez, tiene un impacto social, cultural y generacional tan profundo como innegable. Batman rules!

martes, 15 de julio de 2014

Las manos que mecen las series

En los últimos años, algo está cambiando en el mundo de las series de televisión. Hasta hace no mucho, una serie se conocía casi exclusivamente por las estrellas que lideraban su reparto o por los personajes que se ganaban la atención del público, eclipsando así el mérito de las personas que, detrás de las cámaras, conseguían que una serie fuera un éxito o un fracaso. Gente con un talento innegable que sin embargo no tenía ni de lejos la repercusión mediática o el reconocimiento popular que tienen los actores pero a los que tanto los actores como los amantes de las series, debíamos y debemos mucho. Son las personas que se pueden etiquetar como los “creadores” o “responsables” de las series de TV, independientemente de si su función es la de guionista, productor, director o la de “showrunner”, término por cierto cuyo uso se ha disparado de un tiempo a esta parte. Son las manos que mecen las series y los grandes sufridores durante mucho tiempo de una situación de marginación, de desconsideración bastante injusta: ¿a alguien le cabe en la cabeza que todo el mundo recordara a Romeo, Julieta o Hamlet pero no a William Shakespeare? ¿O que alguien fuera fan de Don Quijote sin saber quién fue Miguel de Cervantes? Pues precisamente eso es lo que estaba ocurriendo en el mundo de las series hasta hace nada.

Pero, como digo, las cosas están cambiando. Y mucho. Tanto que ahora no es nada extraño no ya que los responsables sean
conocidos más allá del ambiente seriéfilo sino que sean utilizados como reclamo mediático del mismo modo que antaño se utilizaban a los actores. Es decir, ahora ya no es inusual que se promocione una serie o se hable bien de ella utilizando el cada vez más frecuente “Una serie de…”. Y esos puntos suspensivos hoy se pueden rellenar con nombres que hoy son la referencia de la industria televisiva en lo que a la ficción se refiere y a los que muchos en todo el mundo veneran como si fueran genios (cosa que, en la mayoría de los casos, está bastante justificada). ¿Qué nombres? Pues, por citar sólo algunos ejemplos: David Simon (The wire, Treme), Matthew Weiner (Mad men), David Chase (Los Soprano), David Benioff y D.B.Weiss (Juego de tronos), Frank Darabont y Glen Mazzara (The walking dead), Vince Gilligan (Breaking bad), Nic Pizzolatto (True detective), Ryan Murphy (Glee, American Horror Story), Jenji Kohan (Orange is the new black), Bryan Fuller (Hannibal), Lena Dunham (Girls), Alex Gansa (Homeland), Damon Lindelof (Perdidos), Steven Moffat (Sherlock), David Shore (House), Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca, The Newsroom)… 

Por todo ello, aunque resultaría exagerado decir que vivimos en una época de “series de autor” no sería tanto afirmar que nunca antes los creadores de las series han tenido un reconocimiento y una visibilidad tan grandes. Y merecidamente. Hay que ser agradecidos con quienes nos hacen disfrutar durante tantas horas.