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miércoles, 6 de enero de 2016

"Star Wars": el poder de la...mezcla

Ahora que todo el mundo está volviendo a sentir el poder de la Fuerza, creo que no vendría mal hacer con Star Wars un ejercicio similar al que hice en su día con las películas de Indiana Jones. Es decir, intentar definir de la forma más clara y amena posible los diferentes ecos e influencias que se aprecian en la Guerra de las Galaxias trascendiendo lo puramente cinematográfico. Dicho de otra manera: hacer un recorrido por la trastienda creativa de la madre de todas las sagas cinematográficas. Un análisis exhaustivo y poliédrico pero que espero resulte entretenido e interesante. Por eso, para hacer ese recorrido más sencillo, lo segmentaré en ocho puntos. Allá vamos:

Referentes en lo cinematográfico:
Por un lado, es evidente la influencia en esta franquicia del "space opera", subgénero de la ciencia-ficción en el que habría que encuadrar a la propia Star Wars y que contó con un enorme éxito "transmedia" durante la infancia y juventud de George Lucas, gracias por ejemplo a uno de los seriales favoritos del cineasta como fue "Flash Gordon conquista el universo" (1940), en el que el icónico héroe creado por Alex Raymond lidera una rebelión contra un malvado emperador galáctico (Ming, El Despiadado) y donde ya se hace uso de los peculiares títulos iniciales tan asociados hoy a Star Wars. Por otro lado, esta saga (especialmente los episodios IV a VI) sería impensable imaginarla de forma ajena al film "La fortaleza escondida" (1958) del magistral cineasta japonés Akira Kurosawa, en el que un variopointo grupo de (anti)héroes protege a una princesa rebelde sorteando todo tipo de aventuras narradas desde el punto de vista de los campesinos Tahei y Matashichi (que son, directamente, la "versión japón feudal" de C3PO y R2-D2) y donde (oh, sorpresa) ya se utilizan esas cortinillas tan emblemáticas hoy en la franquicia galáctica o, por ejemplo, podemos ver una escena final en la que la princesa premia a sus "héroes" en un cuadro muy similar pero mucho más modesto que el ofrecido posteriormente por Lucas, ya que éste prefirió dotar a dicha escena del aire multitudinario e imponente de la convención nazi en Nuremberg mostrada por Leni Riefensthal en la película propagandista "El triunfo de la voluntad" (1935). Igualmente, sería un tanto extraño imaginar las célebres batallas de Yavin y Endor contra la Estrella de la Muerte sin recordar la existencia de dos películas bélicas no muy conocidas (excepto por George Lucas) como las británicas "The Dam Busters" (1955) o "Escuadrón 633" (1964).

Referentes en lo musical:
Que John Williams es un absoluto genio en lo que a bandas sonoras se refiere nadie se atreve a discutirlo. Que la archifamosa música de Star Wars está influenciada por las creaciones de los compositores Gustav Holst (valga como muestra el tema "Marte, el que trae la guerra" de su suite "Los Planetas") y Erich Korngold (escúchese por ejemplo su tema central de la película "King's Row" de 1942), tampoco es algo que nadie debería atreverse a discutir...especialmente cuando el mismo Williams ha reconocido tal influjo.

Referentes en lo narrativo:
Que Star Wars ya partía de una base muy buena para ser algo mítico no se le escapa a nadie que se haya dado cuenta de que tanto la saga en general como la trilogía original en particular encajan y reproducen a la perfección el esquema del "monomito" o "viaje del héroe" ideado por el antropólogo y mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904-1987) en su famosa (y muy recomendable) obra "El héroe de las mil caras"(1949), influencia capital en esta franquicia y cuya importancia George Lucas ha admitido siempre. Sin ánimo de extenderme demasiado, puesto que el tema del periplo heroico daría para varios y kilométricos ensayos, se podría decir que el "monomito" es un modelo o patrón de validez universal en el que se asentarían muchos de los mitos y las leyendas más famosas de todos los tiempos pero, muy especialmente, las de la Antigüedad. Una "plantilla" que no sólo funciona en lo narrativo sino también en lo conceptual y que responde a algo que trasciende cualquier concreción geográfica, temporal o cultural y remite a eso que algunos llaman el "inconsciente colectivo" y otros la "cultura compartida". Grosso modo, el viaje del héroe consiste en la transformación que sufre una persona "ordinaria" para acabar convertida en una figura heroica. Dicha transformación se produce de forma progresiva a través de una "aventura" graduada en varios estadios que, en líneas generales, obedecería al siguiente esquema: una persona normal y corriente ve interrumpida su rutina habitual por un suceso (la "llamada a la aventura") que, pese a un rechazo inicial, acabará suponiendo para él el caos y el descubrimiento de un mundo nuevo (literal o figuradamente) en el que tendrá que sortear diferentes tipos de pruebas de la mano de un mentor (un sabio o maestro que le "enseña" el camino a seguir) y diversos aliados en las que tendrá que hacer frente a varios enemigos hasta sufrir una muerte (real o íntima) que le permitirá renacer (real o íntimamente) con un nuevo conocimiento gracias al cual podrá superar con éxito la prueba definitiva (vencer a la "muerte segura") y volver a recuperar la armonía perdida pero no siendo el mismo que fue sino alguien distinto, mejor, más sabio: el héroe. En línea con esto, conviene remarcar que el sentido último, el verdadero significado, la auténtica importancia del "viaje del héroe" no hay que ubicarlos en el recipiente epopéyico sino en la transformación que trasciende lo interior hasta llegar al exterior provocada por el aprendizaje, por el saber, por el descubrimiento de la frontera entre lo cognoscible y lo inaprensible. Así, el monomito no deja de ser una esquematización de la resiliencia como catalizador del conocimiento profundo y
auténtico que es el que dota a cualquier persona de la aptitud y la actitud necesarias para salir bien parado de todas las pruebas que encuentre a su paso por la vida. Por eso, todo viaje del héroe está constanemente funcionando en dos niveles, uno externo (el epopéyico, el de las hazañas heroicas en sentido estrico, el del periplo físico) y otro interno (el introspectivo, el iniciático, el del descubrimiento de uno mismo) que interaccionan y se reflejan mutuamente. Teniendo esto presente, todas las películas de Star Wars son un auténtico festival de referencias y ecos de este modelo, que, por cierto, está trufado de arquetipos que funcionan fenomenalmente en lo literario (el "viaje iniciático" se podría considerar casi un subgénero), en lo mítico y en lo psicológico (Campbell estuvo influenciado por C.G.Jung en este sentido). En ese sentido, creo que una de las mayores originalidades y virtudes de la saga de Star Wars es conformar un viaje del héroe que contiene a su vez muchos otros viajes del héroe, lo que contribuye a convertir toda la franquicia en una enorme caja de resonancia de este esquema mítico, potenciando aún más sus efectos en el inconsciente y la memoria del espectador. Así, en mi opinión, los episodios I a VI no son otra cosa que el viaje del héroe de Anakin Skywalker, que a su vez contiene, en la trilogía de las precuelas, el viaje del héroe de Obi-Wan Kenobi y, en la trilogía "clásica", los viajes de Han Solo y de Luke Skywalker, quien, por cierto, no es el auténtico protagonista de Star Wars pero sí la figura decisiva para dar sentido y completar el viaje de su padre Anakin. Por otra parte, conviene resaltar la importancia del "viaje al Hades" en el esquema del monomito, pues el acceso al mundo de la Muerte, la exploración de la tierra de los no vivos (trasunto del inconsciente), tiene una importancia decisiva a la hora de operar esa transformación que dota al personaje de la aptitud necesaria para ser un héroe. Un descenso a las profundidades que no es más que el correlato objetivo de la introspección definitiva y que es un episodio de capital importancia no sólo en la mitología clásica (esta "nekyia" se puede apreciar en los mitos de Heracles, Teseo, Orfeo, Odiseo, Eneas...) sino también en lo filosófico (para muestra, el célebre "Poema del ser" de Parménides), en lo mistérico (muchos son los ritos de iniciación que pasan por simular o representar la muerte del iniciado para renacer con una nueva visión y sabiduría) y en las propias películas de Star Wars, en las que Anakin desciende al Hades al caer en el lado oscuro (episodio III) mientras que su hijo Luke hace lo propio al internarse en la inquietante cueva de Dagobah (episodio V).

Referentes en lo temático:
Si en lo narrativo, el uso del modelo del viaje del héroe ya era una base muy sólida para tener éxito, en lo temático sucede algo similar. En este ámbito, La Guerra de las Galaxias no es más que un pintoresco recipiente en el cual George Lucas vierte temas totémicos de la literatura universal en general y del género teatral en particular. En este sentido, no resulta difícil encontrar en la raíz de las numerosas tramas que se intrincan en la franquicia los motivos más imponentes y trascendentales que han anidado en los textos teatrales desde la Antigüedad hasta nuestros días. Por eso, Star Wars no deja de contarnos de una forma relativamente nueva temas tan clásicos como la búsqueda de la identidad en contraposición a la inercia del destino que parece asignar el contexto del personaje (algo apreciable no sólo en las tramas de Anakin Skywalker sino también en las de Luke Skywalker, Han Solo, Kylo Ren, Rey, Finn...), el conflicto padre-hijo (tanto en lo biológico como en lo didáctico: Anakin vs Luke, Obi-Wan vs Anakin, Darth Sidious vs Anakin, Han Solo vs Ben Solo, Snoke vs Kylo Ren, etc), la hibris como motor de desgracia del protagonista y aledaños (nada mejor que esa desmesura para caer en el lado oscuro), el peso erosivo del legado (como ejemplifican bien las historias de Luke Skywalker y Kylo Ren), el incesto (Luke y Leia), la colisión entre querer y deber (perfectamente trazada en la figura de Anakin), la gestión de la culpa (en la trilogía de precuelas, Anakin comienza su descenso a la oscuridad por culparse de la muerte de su madre; en la trilogía primigenia, Luke es casi llevado en volandas a la aventura por imputarse de las tragedias que acontecen a su paso; y, en la trilogía nueva, Han Solo y los hermanos Skywalker son víctimas de su propia gestión de la culpa por la siniestra implosión de la academia jedi de la que se sienten responsables), la ingobernabilidad de nuestros sentimientos y pasiones, el crecimiento como pérdida, la redención como restablecimiento del equilibrio interior y exterior...En definitiva, lo que cuenta Star Wars no es nada que no se pueda rastrear, por ejemplo, en las célebres tragedias de la Antigua Grecia o en los grandes dramas de William Shakespeare. La originalidad, por tanto, radica en el envoltorio, que, siendo éste a priori chocante e incluso inapropiado (el mundo folletinesco y "frívolo" de la space opera) se revela como una estupenda manera de contar de forma nueva algo tan antiguo y universal como los temas que brotan de la propia naturaleza humana. 

Influencias en "la Fuerza":
Este es quizás uno de los aspectos donde mejor se note el peso de y el poso de lo oriental en George Lucas a la hora de idear Star Wars. La Fuerza, esa energía invisible que impregna todo lo existente y es la fuente del poder y base de toda la filosofía de los Jedi y los Sith, supone en mi opinión un perfecto trasunto del tao chino y el akasha hinduista. Respecto al tao, las semejanzas con "la Fuerza" son más que llamativas toda vez que aquél se podría definir como el flujo constante y universal de una energía poderosa e invisible (el chi) que cohesiona y equilibra todo lo existente y que es percibido en lo filosófico y espiritual como "el gran camino" a recorrer (para los taoístas el aprendizaje y el descubrimiento del verdadero conocimiento es un camino de desprendimiento y revelación, igual que, por ejemplo, ocurre con la preparación de los Jedi, desde que son padawan hasta que alcanzan el grado de maestro). Por si esa similitud no bastara, conviene decir que el tao se asienta en el principio de "dualidad en la unidad" según el cual el tao cohesiona y engloba dos fuerzas opuestas y complementarias en constante interacción: el yin y el yang...exactamente igual que sucede con la Fuerza y sus respectivos lado oscuro y luminoso, aspecto este que conectaría a su vez con la doctrina del maniqueísmo, según la cual todo se reduce a la eterna lucha entre dos principios contrapuestos: el Bien o la luz (Zurván) contra el Mal o las tinieblas (Ahrimán). En cuanto al akasha del hinduismo, es uno de los cinco grandes elementos, el éter; una sustancia eterna, omnipresente e imperceptible creada por Brahma. Por cierto, el akasha también está presente en otras creencias, como, por ejemplo, en la Wicca, donde constituye "el espíritu", uno de los cinco elementos representados en el clásico pentagrama mágico y que es una energía unificadora presente en todos los seres vivos.

Los Jedi como trasunto:
Por una parte, parece más o menos evidente que la Orden Jedi es la traslación al mundo de la "ópera espacial" de los Caballeros de la Tabla Redonda. Al igual que los protagonistas del ciclo artúrico, constituyen unos paladines vitalicios del orden, la paz y la justicia; los guerreros más virtuosos en lo bélico y en lo ético; los mejores de los mejores procedentes de diferentes partes del mundo conocido. Otra semejanza entre los Jedi y los caballeros del Rey Arturo la encontramos precisamente en la figura de éste último, cuyas similitudes con Anakin Skywalker no son muchas pero sí rotundas: ambos confirman con sus hazañas una profecía (Arturo al extraer a Excalibur y Anakin al traer el equilibrio a la Fuerza); ambos tuvieron un tutor decisivo en su formación (de manera que Obi-Wan Kenobi sería un reflejo de Merlín) y ambos supusieron el germen o el detonante de su propia destrucción (Pendragón al engendrar a su némesis Mordred y Skywalker al caer en el lado oscuro). Por otra parte, ya en el mundo "real", creo que los Jedi se pueden percibir como un eco ficticio de los históricos caballeros de la Orden del Temple, no sólo por su condición de monjes-guerreros o su habilidad para la estrategia política y militar o su rol de protectores de un frágil equilibrio sino por el destino que tuvieron: tanto templarios como jedi llegaron a alcanzar tal cota de poder e influencia que se convirtieron en un problema para los que aspiraban a ser los únicos reyes del mambo; así, ambas órdenes fueron víctimas de una infame conspiración de origen político que acabó con la desaparición de la orden como tal y el exterminio, la clandestinidad o el exilio de sus miembros. De este modo, podríamos identificar la figura del repugnante Felipe IV de Francia con la del siniestro canciller Palpatine (Darth Sidious). Remontándonos en el tiempo y el espacio, encontramos otra de las
grandes influencias en Star Wars: el Japón feudal y, más concretamente en este caso, los samuráis, puesto que, como los Jedi, fueron formidables guerreros regidos por un código ético muy estricto (el "bushido" sería el mejor equivalente histórico al ficticio Código Jedi, que, por cierto, estaría más próximo a los Cuatro Libros del confucianismo o a las "Cuatro Nobles Verdades" del budismo que al decálogo judeo-cristiano), profesaban un gran respeto y veneración por lo que podría denominarse "cultura de la espada" (para un samurái su katana era algo tan especial como un sable láser lo es para un jedi) y la presencia incluso de mujeres en sus filas. Por último, yendo aún más atrás en el tiempo, podríamos hallar otras dos influencias, en este caso, de la tradición judía: Por un lado, el Consejo Jedi tiene importantes elementos en común con el antiguo Sanedrín judío, un consejo de sabios en el que se tomaban decisiones de capital importancia siempre en aplicación de una doctrina (aquél el Código Jedi y éste la Torá) y que también fue anquilado por un imperio (el galáctico en el caso de Star Wars, el romano en el de los judíos). Por otro lado, jedi y judíos practican constantemente un culto a los antepasados, traducido no sólo en la invocación de los predecesores sino además en la conservación documental de su sabiduría (de ahí, por ejemplo, el uso de los holocrones por los jedi); un "religar" continuo con los que "están tras haber sido" y con sus enseñanzas, de forma que su ética y conocimiento conforman un constante bucle renovado en el que lo pasado y lo presente se funden en una eterna pervivencia del saber sedimentado generación tras generación. No obstante, este culto a los ancestros también entroncaría con otro de los grandes referentes en lo filosófico y espiritual latentes en Star Wars como es el confucianismo

Anakin, el Mesías redimido:
Al hablar del jedi Anakin Skywalker, esto es, del sith Darth Vader, estamos hablando de la figura de Star Wars más compleja e interesante no sólo desde el punto de vista dramático-literario sino también en lo que a referencias o ecos culturales se refiere. Primero, está razonablemente claro que el rol de Anakin es esencialmente mesiánico en la medida en que sobre él recae el papel de restaurar el equilibrio, de derrotar al Mal identificado con todo lo que se opone a la armonía, la luz, el orden natural o el "Bien". Así, la figura de este Skywalker habría que vincularla a las de otras deidades como Jesús (cristianismo), Horus (mitología egipcia), Krishna (hinduismo), Mitra (mitología persa), Balder (mitología nórdica) o a la de héroes legendarios como los griegos Perseo, Teseo o Cadmo; el hebreo Moisés o el rey Arturo Pendragón en el ámbito céltico. Segundo, con su conversión en Vader, Anakin encarna una de las mejores ejemplificaciones de lo que Joseph Campbell definió como el "monstruo-tirano", figura de poder que constituye la clave del caos, la némesis del héroe (que actuaría como contra-poder), la encarnación del Mal y que, pese a sus diferentes encarnaciones en el ámbito de las leyendas y los cuentos (dragón, ogro, monarca malvado, etc) es un arquetipo detrás del cual se esconde la figura del "padre" como obstáculo definitivo a superar para alcanzar la plena consciencia, autonomía y desarrollo como individuos desde el punto de vista psicológico, lo cual, por cierto, vincularía a Anakin/Vader con la figura del "padre diablo" de la que hablaría Sigmund Freud en su obra "Una neurosis demoníaca del siglo XVII". Tercero, la caída del mesías Anakin en el lado oscuro no deja de ser una suerte de ejercicio de "historia alternativa" que aborda el
clásico "what if (qué habría pasado si...)" aplicado, sin ir más lejos, a Jesucristo en la medida en que esta trama de Star Wars es un trasunto de lo habría pasado si Jesús (Anakin) hubiera cedido a las tentaciones del diablo (Palpatine), tal y como le ocurre al futuro Vader. En ese sentido, Anakin se asemeja al Rey Arturo, cuyos errores conllevan no sólo el cuestionamiento de la profecía a él asociada sino la destrucción de toda la cosmovisión que él encarnaba. Cuarto, es bastante curioso pero coherente que la perversión y la redención de Anakin Skywalker tengan un mismo origen: el amor a su mujer Padmé (su deseo por salvarla de la muerte que ha visto en sueños) le lleva a abrazar el lado oscuro de la Fuerza, mientras que el amor a/de su hijo Luke es que el que consigue darle las fuerzas suficientes para redimirse (matando a Darth Sidious), cumplir la profecía (traer el equilibrio a la Fuerza) y reconciliarse con sus seres queridos
(es decir, con su propia familia y con los jedi, como se demuestra en el desenlace de El retorno del Jedi). En este sentido, parece quedar claro que, tal y como decía anteriormente, los episodios I-VI son, esencialmente, el viaje del héroe de Anakin Skywalker, funcionando a la vez como aventura iniciática y como historia de redención de quien, visto todo en perspectiva, es el personaje con más matices y contradicciones de todos y, por ende, el más humano, convirtiéndolo en la auténtica figura central (y la más carismática) de todo Star Wars. Por último, sólo remarcar que la concepción del amor como elemento catalizador de la armonía, fuente de sanación o sentimiento iluminador sobra decir que no es un hallazgo de George Lucas sino que está muy presente en las principales religiones y filosofías desde antiguo.

Referencias en lo visual:
En el plano estético, la franquicia es todo un crisol en lo cronológico y en lo geográfico. Esto se deja notar no sólo en la indumentaria y el "look" de los personajes sino también en la arquitectura de los edificios. Así, a lo largo de la saga, podemos ver construcciones de distinto tipo que, dependiendo del lugar/planeta, nos recuerdan al estilo bizantino (Naboo), al art nouveau (Coruscant), al Lejano Oeste (Tatooine), a la monumentalidad de la Antigüedad...Mientras que, en lo que a vestidos se refiere, la influencia de lo oriental es más que notoria no sólo en el aspecto de Padme Amidala (inspirado en referencias tanto de Mongolia como de Corea) o de los Jedi (un híbrido entre un samurái sin armadura y un proto-cristiano de la antigua Judea) sino también y muy especialmente en el emblemático y ya legendario look de Darth Vader (nuevamente inspirado en el Japón feudal, puesto que su armadura es la "versión space opera" de las impresionantes armaduras samuráis y su icónico casco es una puesta al día de las legendarias mengu que completaban a los kabutos). No obstante, la otra gran influencia en cuanto a la ropa la encontramos en la Segunda Guerra Mundial, ya que los "imperiales" recuerdan (especialmente cuando están dentro de alguna nave o de la Estrella de la Muerte) al austero y siniestro atuendo del ejército nazi mientras que los "rebeldes" evocan el aspecto de los pilotos aliados y los partisanos.

Por todo lo dicho, y ya a modo de conclusión, parece evidente que el mérito y la maestría de George Lucas no consiste en crear ex nihilo sino en conseguir mezclar y equilibrar con acierto multitud de influencias, herencias, referentes y ecos. Así, Star Wars funciona como una vorágine de eclecticismo, como un complejísimo juego de malabares en el que lo clásico se fusiona con lo nuevo y lo oriental con lo occidental en un mestizaje que los más ortodoxos podrían calificar de irreverente o kamikaze pero que es profundamente coherente con la posmodernidad en la que nació y que, lejos de encapsularse, lo tiene todo a su favor para perdurar en el tiempo y el espacio indefinidamente como sucede con los grandes clásicos universales que, en el fondo, es lo que es Star Wars.

(PD: Si alguien quiere reproducir total o parcialmente este artículo, ruego que me lo comunique y, en todo caso, que incluya un vínculo a este post. Muchísimas gracias). 

lunes, 12 de enero de 2015

Yo no soy Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada es un hombre atractivo, esbelto, apolíneo, moderno, tolerante, carismático, divertido, ingenioso, prudente, mesurado, coherente, intelectualmente brillante, de voz varonil, de look a la última  y, además, un articulista como no hubo desde Larra y un escritor seguido por millones de personas en todo el mundo y cuyo talento literario ha sido reconocido con premios como el Cervantes y el Nobel, entre otros cientos. En un universo paralelo al nuestro, obviamente. En este universo, Juan Manuel de Prada es un hombre cuya estética es tan repelente como su ética; un individuo repugnante en forma y fondo; un cebón cursi, trasnochado, intolerante, deprimente, imprudente, exagerado, hipócrita, mediocre, de voz de matasuegras, de look "+70 años" y, además, un articulista cuya lectura invita a sacarse los ojos y un escritor que, en algún momento de su mantecosa existencia, dejó ser una discutible promesa de las letras para ser un innegable ultraconservador, un indiscutible reaccionario y un estridente hooligan del catolicismo de tal calibre que hace que el ideario carlista parezca el programa de Podemos. Ése es Juan Manuel de Prada: un adefesio del periodismo, la literatura, el pensamiento y la religión. Un hombre que cada vez que ejerce su libertad de expresión ofende al silencio o mancha una página en blanco. La ballena blanca del mal gusto. El King Kong del despropósito. El Godzilla de la intransigencia. El Hombre de Malvavisco del conservadurismo. El Hulk Hogan de la derecha más rancia.

Y lo es porque él lleva años esforzándose por romper todos los límites del patetismo, la intolerancia, la provocación y la mediocridad. Ahí están como muestra de todo ello sus artículos y libros. De sus "novelas" no hablaré, a la espera de que alguien escriba su tesis doctoral sobre si las obras literarias de Prada
son letales para los enfermos de diabetes o si perjudican neurológicamente a cualquier persona alfabetizada. Así que volveré a lo que escribe en el diario ABC: artículos indefendibles estilística y conceptualmente por cualquier persona normal. Artículos donde Juan Manuel de Prada exhibe orgulloso su disparatado cóctel de estilo rococó, fundamentalismo religioso, mentalidad retrógrada y majadería de baratillo. Artículos como el que motiva que hoy esté escribiendo sobre él: "Yo no soy Charlie Hebdo" (10-1-2015). Porque artículos como ése convierten a Juan Manuel de Prada en una mancha de grasa en la historia del periodismo y la literatura en lengua española y en un presunto canalla en el plano intelectual, ético y humano.

¿Quién es capaz de criticar a unas personas que acaban de morir asesinadas? ¿Quién es capaz de escribir como opinión propia unos argumentos que coinciden en esencia con la justificación
utilizada por los terroristas yihadistas para matar a inocentes? ¿Quién es capaz de calificar como "paparruchas hijas de la debilidad mental" todo lo dicho en memoria y defensa de los trabajadores del Charlie Hebdo? ¿Quién es capaz de meter en un mismo saco terrorismo, laicismo, violencia y libertad de expresión? ¿Quién es capaz de ver como algo decadente y pestilente el multiculturalismo, la libertad sexual o la sátira? ¿Quién es capaz de calificar el laicismo como un "delirio de la razón" al mismo tiempo que aboga por un integrismo católico?  ¿Quién es capaz de utilizar en el siglo XXI una jerga ("culto impío", "temor de Dios", "nos ha conducido al abismo"...) propia de un incendiario sermón medieval? ¿Quién es capaz de afirmar sin descojonarse que las religiones fundan las civilizaciones?  ¿Quién es capaz de ser más papista que el Papa? ¿Quién es capaz de actuar como si el credo religioso fuera incompatible con la esencia democrática? ¿Quién es capaz de quedar en ridículo a la velocidad de la luz? Juan Manuel de Prada, una auténtica vergüenza y un ser que me daría pena si no me diera asco. Quizás alguien que aprecie a este miope intelectual debería decirle que ir de ultracatólico siendo la misma persona que se dio a conocer con una obra erótica titulada Coños o habiéndose casado dos veces rima bastante con hipocresía. Quizás alguien que tenga en estima a este cetáceo de secano debería decirle que a lo mejor él estaría más conforme viviendo en una teocracia y no en una democracia donde cualquier persona inteligente puede y debe respetar aquello que no le gusta o no entiende o, en su defecto, acudir a los tribunales. Quizás alguien que quiera a este troll de nuevo cuño le debería decir que la libertad de expresión, como cualquier otra libertad y derecho, sólo se ve limitada por ley no por el gusto personal de cada uno ni por el libro sagrado de turno. Quizás alguien que mire con afecto a este seboso vocero del Apocalipsis debería decirle que antes de quedar como un cretino mejor haría en repasarse la Historia universal y la Constitución Española. Quizás alguien que quiera a este ogro apolillado debería...replantearse si está prestando su tiempo y atención a alguien que merezca la pena porque este Juan Manuel...de Prada, nada, y de despreciable, mucho. 

viernes, 9 de enero de 2015

El mejor abono

Todas las religiones, los credos, las creencias se basan en última y definitiva instancia en lo mismo: en la fe, en creer en lo inexplicable, en asumir lo injustificable, en aceptar lo inverosímil, en abrazar lo imposible, en enterrar las dudas, en no cuestionar lo cuestionable, en sugestionar a la consciencia para que no se chive al cerebro de que nos estamos saliendo del guión; es decir, se basan en lo irracional, en lo visceral. De lo irracional, de lo que no se piensa, de lo que se escapa a la razón surgen cosas maravillosas como el amor, la pasión, la alegría, el placer, la felicidad...pero también cosas terribles como el odio, los celos, la tristeza, el dolor, la depresión...y el miedo y el terror. Por eso hay que tener cuidado con lo que se cree y, más todavía, con aquellos que nos dicen cómo y en qué creer: del paraíso al infierno sólo hay un segundo de estupidez distancia. Porque el verdadero peligro no está en el tonto sino en aquel que dirige al tonto. Igualmente, hay que tener cuidado con ideologías o creencias de tipo "político" (nacionalismos exaltados, independentismos, populismos, etc) que, como ocurren con las religiones, deben su arraigo y proliferación en lo irracional, en pasarse por el forro el "logos" para camelarse al "pathos", en conseguir que el tipo de turno actúe más como "homo" que como "sapiens". Por tanto, cuidado con aquello en lo que decidimos creer, no vayamos a levantarnos un día dispuestos a hostiar a gigantes que son sólo molinos.

Quizás por todo ello, las creencias, ya sean religiosas o políticas, están tan relacionadas con la intolerancia. No hay ni una sola de las grandes religiones o de las principales ideologías políticas que no haya escrito un perverso y siniestro capítulo en la historia universal de la intolerancia, o, lo que es lo mismo, en la historia universal de la negación del diferente, de la cosificación del discrepante, del exterminio físico o intelectual del contrario. Y si hay alguien dispuesto a olvidar o excusar esto es un perfecto majadero o un notable aspirante a hij@ de put@. Por suerte o por desgracia, ahí están la "Santa Inquisición", las "guerras santas" (llámense cruzada o yihad), los totalitarismos, las Guerras Mundiales, el terrorismo de estado israelí o las matanzas islamistas para recordárselo a todo aquel que sea lo suficientemente estúpido o miserable como para olvidar tanta infamia.

Y, también quizás por todo lo anterior, las creencias, ya sean religiosas o políticas, tienen una alergia tremenda a las críticas, provengan de donde provengan, aunque sean hechas en
forma de sátira o viñeta. Las creencias no admiten preguntas y sólo se interesan por quienes quieren obedecer sus respuestas. O, dicho de otra manera: a la hora de la verdad, su concepto del "respeto" sólo funciona en una dirección. Cualquier otra cosa supone una amenaza para una cosmovisión que sólo busca perpetuarse, enquistarse, fosilizarse pero nunca jamás abrirse ni evolucionar. En resumen, no les interesa lo que tu cerebro puede decirles sino lo que pueden decirle a tu cerebro. Una filosofía interesante...siempre y cuando tu mayor aspiración en la vida consista en ser un perfecto tonto del culo.

Por eso, no me extraña aunque me espante lo que ha sucedido en Francia estos últimos días. Por eso no me extraña aunque me espante que haya alguien que entienda el mundo sólo en negro o en blanco, en "o conmigo o contra mí". Por eso no me extraña aunque me espante que haya alguien dispuesto a recurrir a la violencia como respuesta al ingenio. Por eso no me extraña aunque me espante que haya alguien capaz de emplear el terror para coaccionar la libertad. Por eso no me extraña aunque me espante
que haya alguien preparado para sembrar sangre y miedo en nombre de un dios supuestamente grande, misericordioso y compasivo. Por eso no me extraña aunque me espante que en pleno siglo XXI haya alguien dispuesto a matar por las mismas absurdas, repugnantes y miserables razones por las que se mataba hace siglos. Por eso no me extraña aunque me espante que haya alguien que quiera dar un sentido a su mierda de vida mediante la atrocidad y el disparate. Por eso no me extraña aunque me espante que alguien siga haciendo de los libros sagrados su infalible manual de instrucciones para la vida. Por eso no me extraña aunque me espante que el radicalismo islamista sea actualmente la mayor y peor amenaza para el mundo libre porque, peores aún que los terroristas, son los que desde mezquitas, publicaciones y páginas web siembran los vientos que ellos transforman en tempestades de dolor.

Así que, por todo ello, mi total solidaridad y sincero afecto con los parisinos, con los franceses, con los humoristas, con los periodistas críticos, con los inocentes, con los libres.

No obstante y para terminar, cuatro moralejas entre tanto horror y desolación. La primera: la libertad es el único concepto o idea por el que merece la pena vivir y dar la vida. La segunda: el ingenio y la libertad siempre van de la mano...como van de la mano la locura y el terror. La tercera: el mejor destino para un terrorista no es ni la cárcel ni la redención: es una bolsa en una morgue. Y la cuarta: el mejor abono, el de yihadista.

domingo, 13 de abril de 2014

"Noé" o el diluvio universal según Aronofsky

Suele pasar. Llega la Semana Santa y todo se vuelve bíblico. Hasta las decepciones. Anoche vi Noé, la película del siempre interesante Darren Aronofsky (director, guionista y productor del film) que gira en torno al Génesis en general y al diluvio universal en particular. Decir que Noé naufraga sería un chiste fácil, pero merecido por los tres grandes errores que comete el director de peliculones como Cisne negro o El luchador:
  • El excesivo metraje (más de dos horas) para un hecho/relato que no da para tanto ni en su versión original ni en la propuesta de Aronofsky. Un defecto que no se justifica sino que se agrava con las aburridas tramas, el ritmo (se debió ahogar) y las (es)forzadas interpretaciones de un elenco que seguramente deba tachar esta película a la hora de repasar su brillante filmografía.
  • Las fallidas y chirriantes licencias: Antes de meterme con dichas licencias, conviene aclarar que no me parece mal innovar a la hora de contar algo ya sabido. La creatividad siempre es bienvenida. Y más si hablamos de algo que tan manido y esencialmente mítico como es el Antiguo Testamento/Tanaj en general y el diluvio universal en concreto (mito presente no sólo en la mitología judeo-cristiana sino también en la mesopotámica, griega e hindú, por citar algunos ejemplos). Así pues, no hay nada malo en "hacer tu propia versión" del mito del diluvio porque, para empezar, eso mismo hicieron los hebreos con el mito babilónico de Utnapishtim. El problema, como en toda adaptación, viene a la hora de decidir y justificar qué respetas, qué aportas y de qué prescindes. Y es ahí donde Aronofsky mete la pata: dejando a un lado la discutible y sorprendente utilización de "Los Vigilantes" (criaturas gigantescas de origen básicamente apócrifo y denominadas Grigori o Nefilim), la película descarrila gracias a la anacrónica vestimenta del personal(chupa y pantalón de cuero incluidos...), la modificación de la edad de los hijos (que originalmente ya eran hombres casados cuando empezó a llover), la supresión de personajes (si quitas las esposas a dos de los tres hijos, la repoblación mundial se complica), la inclusión de personajes bíblicos que nada tienen que ver con la trama (Matusalén y Tubalcaín) sólo para intentar cebarla, el insípido añadido de conflictos inexistentes en el mito original (la guerra por el Arca, la natalidad de la chica estéril, etc), la demencial conversión de Noé en el Jack Torrance del Antiguo Testamento o la decisión de que los primeros nietos de Noé sean un par de gemelas (¿repoblación universal in vitro? ¿incesto?).
  • La contradictoria mezcla de intenciones: Tanto el excesivo metraje como el popurrí de licencias fallidas son víctimas directas de las cinco incoherentes intenciones que maneja Aronofsky a la hora de contar la historia. La primera es querer ser más mitológico y doctrinario que la propia Biblia. La segunda, intentar conciliar el creacionismo con el evolucionismo (¿?) La tercera, meter con calzador un discurso ecológico-vegano. La cuarta, convertir la situación pre-diluvio en una crítica ¿encubierta? a la desquiciada sociedad actual. Y la quinta, intentar convertir el mito en un espectáculo hollywoodiense mezclando para ello (sin criterio ninguno) la épica, la fantasía, el drama y el romance.

Por todo ello, a pesar de la innegable potencia visual de ciertas escenas (ej:los sueños, las escenas en time-lapse) y de demostrar claramente la devastadora e inexplicable actitud del Dios del Antiguo Testamento, Noé está más cerca de aburrir y desconcertar que de cualquier posible virtud exigible a una ficción. Y es que esta película es un arca que en lugar de estar llena de animales, está llena de errores.

sábado, 15 de marzo de 2014

Maquillaje Papal

Anda el mundo celebrando el primer cumpleaños del Papa Francisco, el jesuita latinoamericano que sucedió a Renunciatus VI. Doce meses en los que, gracias al ingenio y la habilidad retórica propia de los argentinos, el Papa ha disparado su popularidad ofreciendo urbi et orbe un cambio de imagen a una Iglesia muy necesitada de ello por haber estado demasiado tiempo enredada en complejas cuestiones teológicas, preocupaciones endogámicas y posturas inmovilistas o reaccionarias. Una operación estética que, para algunos, marca un viraje de rumbo, una nueva tendencia, una esperanza de renovación. Y es que son muchos los que creen que una variación en las formas provoca un cambio en el fondo. Un silogismo que resulta tan acertado como pensar que si Belén Esteban se opera de arriba abajo va a dejar de ser Belén Esteban (cosa que, por cierto, se ha demostrado falsa). Y es que ya lo dice el refrán: Aunque la mona se vista de seda...

Yo no voy a negar el mérito de la performance cosmética del Papa Francisco, quitando el maquillaje previo, eliminando impurezas y y maquillando a la Iglesia para mitigar el rechazo que sufría y sufre tanto por deméritos propios como por prejuicios ajenos. Pero, dicho esto, si alguien se preocupa por ir más allá del gesto y la palabrería desplegada por el Pontífice, descubrirá que, tanto en las grandes cuestiones como en los grandes problemas que debe afrontar la Iglesia, el Papa Francisco o no se ha mojado de verdad o, si lo ha hecho, ha sido por meterse en un decepcionante charco (como su vergonzosa e hipócrita declaración sobre la pedofilia...). Cambiarlo todo para que todo siga igual, como decían en El Gatopardo.

Así las cosas, el Papa Francisco parece haber apostado por una via superficial, buenista y populista como salvoconducto para un Pontificado agradable y sin turbulencias. O, dicho de otra forma, el jesuita argentino parece haber apostado por una postura comodona, efectista y cobarde destinada a deleitar sólo a los ya convencidos cuando lo cierto es que, si la Iglesia quiere dar un auténtico cambio, no debe dirigirse a los convencidos sino a quienes esperan de la Iglesia al más que buenas palabras y viejas respuestas, esto es, a quienes nos encantaría que la Iglesia abandone esa postura acomodada en la retaguardia y pase a liderar la vanguardia en la lucha contra las exclusiones y en defensa de quienes, por cuestión de edad, sexo, ideología, sexualidad o credo, son víctimas de la maldad humana. Hubo un tiempo, hace muchos, muchos siglos (21 para ser exactos), en el que la Iglesia fue perseguida y criticada por su valentía, por transgredir, por integrar sin miedo, por ser abierta, por atreverse a marcar la diferencia, por ir un paso más allá, por ser y no por parecer. ¿Qué ha quedado de esto? Pues, de momento,ha quedado un Papa que cae más simpático pero que cambiar, lo que se dice cambiar, no ha cambiado nada.

lunes, 11 de febrero de 2013

Renunciatus VI

"Lo dejo", "Me voy", "No puedo más", "Ahí os quedáis", "Dimito", "Renuncio", "Desisto", "Paso", "Yo me bajo aquí", "Que pase el siguiente", "No contéis conmigo", "Que lo haga otro", "Me piro", "Chao", "Nos vemos"... Dios se acaba de quedar sin jefe de prensa. El Papa Benedicto XVI se prejubila, por voluntad propia. El anuncio-renuncia, honesto, valiente e inesperado a partes iguales (la honestidad es un acto de valentía actualmente inesperable), ha conseguido, como no podía ser menos, un milagro: que nadie hable de política ni economía hoy.

Benedicto XVI ya no puede más, al menos con la Iglesia, y no me extraña. Tras ocho años de pontificado, deja el papelón a otro, porque, sinceramente, el puesto de Papa hace tiempo que dejó de ser el chollo proverbial que era para convertirse en una piñata, en una diana, en un puteo de baja intensidad, por toda la tela que tiene para cortar y la mierda que hay para limpiar. Eso desgasta a cualquiera, por muchas ganas que le pongas, como venía evidenciando el aspecto físico de Benedicto XVI en los últimos años, más cercano al del Emperador Palpatine que al de un hombre sano.

De todos modos, pese a la sorpresa, el hecho en sí no supone un hito histórico, en la medida en que antes que él ya hubo cinco Renunciatus: Clemente I, Ponciano, Silverio, Celestino V y Gregorio XII dejaron en vida el cargo (por diversas razones). No obstante, no deja de ser chocante cómo en una institución milenaria y tradicional como pocas alguien en su posición decide salirse del guión e ir por libre. Máxime si es un Papa que, de puro conservador, muchos pensaban que le tendrían que quitar del Vaticano con espátula.

Así las cosas, la noticia no es tanto que el Vaticano huele a casting como el incierto futuro de una institución/comunidad/religión que parece abocada a decidir entre colgar el cartel de "Cerrado por cese de actividad" o bien el de "Próxima reapertura". Veremos qué pasa...

martes, 25 de diciembre de 2012

Verdades y mitos navideños

Las Navidades están cargadas de costumbres y mitos asumidos de generación en generación...¿Pero por qué hacemos todo esto? ¿De dónde vienen estos rituales y toda la imaginería asociada? En una fecha tan señalada como hoy, 25 de diciembre, me propongo alejarme de los tópicos y descubrir qué hay detrás de muchas de las ideas y tradiciones navideñas. Así que si alguien es demasiado purista o llega tarde a misa o no quiere tener la misma decepción que cuando descubrió la identidad secreta de los Reyes Magos, mejor que deje de leer.

El 25 de diciembre...¿Navidad? Del mismo modo que los antiguos romanos adoptaron con poca vergüenza y mucha naturalidad creencias, mitos y celebraciones de otros pueblos; lo mismo hicieron los cristianos con festividades paganas romanas. Así, los primeros cristianos, en una labor de canibalización cultural y marketing religioso bastante impresionante (con los papas Julio I y Liberio como estrellas de la campaña), decidieron celebrar el nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre. Hasta entonces, esa fecha, en pleno solsticio de invierno, era conocida y celebrada por los romanos como la fiesta del Sol Invictus. Ésta exaltaba el nacimiento del Sol, encarnado en el dios Mitra (culto que "importaron" los romanos de los persas), y suponía el broche a unas celebraciones muy importantes en la Antigua Roma: las Saturnales, en honor al dios Saturno, deidad de la agricultura. Esas fiestas de Saturnalia empezaban el 17 de diciembre y duraban siete días durante los cuales los romanos organizaban bulliciosas reuniones y banquetes fraternales con regalos y ofrendas por medio. ¿Banquetes? ¿Reuniones familiares? ¿Regalos?...El caso es que allá por los siglos III y IV los mandatarios cristianos decidieron suplantar la fiesta del Sol Invictus por la Navidad, de modo que en lugar de festejar el nacimiento del dios Sol se festejara el nacimiento de Jesucristo, el verdadero "Sol invencible" para los creyentes. ¿Por qué? Para favorecer el tránsito del paganismo al cristianismo. Algo así como "Pagano, conviértete al cristianismo sin dejar de celebrar tus fechas favoritas". Tampoco se les puede culpar ya que la fecha concreta para conmemorar el nacimiento Cristo no está muy clara: Parece más o menos consensuado por los expertos que nació entre marzo y mayo (con lo que su nacimiento y muerte estarían muy cercanas en el calendario), pero la imprecisión de la Biblia y el lío de calendarios judío, griego, romano y cristiano hacen imposible atinar (inclusive con el año del nacimiento, que parece que fue seis o siete antes). Lo que sí resulta curioso es que los primeros discípulos y comunidades cristianas no celebraban la Navidad como actualmente. Por cierto, hablando de fiestas familiares con banquetes monumentales en invierno, los antiguos pueblos nórdicos también celebraban durante el solsticio de invierno la Fiesta de Yule de una forma que nada tenía que envidiar a las típicas reuniones familiares de Nochebuena y Navidad de hoy en día. En resumen, que naciera o no Cristo un 25 de diciembre, parece claro que es una fecha en la que siempre ha habido algo que celebrar.

El Belén, cogido con pinzas: El gran resumen iconográfico y tradicional de las Navidades es el Belén...aunque puede que en realidad fuera bien distinto a como imaginamos. O, al menos, eso piensa el papa actual, Benedicto XVI (quien validó hace años la inexistencia del limbo pero sí la del infierno) al afirmar en su último libro que de mula y de buey, rien de rien ("en el portal no había animales"); que la estrella que habitualmente se coloca como si fuera un neónprobablemente fuera una supernova, esto es, una explosión estelar; y que los Reyes Magos no eran reyes ni venían de Oriente (sino de Andalucía). Así que o el Belén de Benedicto XVI tiene mucho espacio libre o la tradición belenística está asentada sobre puras pajas mentales.

Sus ¿Majestades? de ¿Oriente?: Curiosa trastienda la de uno de los tríos más famosos de la Historia. Los Reyes Magos son el resultado de lo que dice la Biblia (que es bastante poco si nos ceñimos al Evangelio de San Mateo), los evangelios apócrifos (que son un filón a la hora de rellenar) y luego los añadidos populares que se han sucedido siglo tras siglo. Una miscelánea muy variopinta pero efectiva. En el siglo III se establece que son reyes (hasta entonces eran considerados poco menos que unos sacerdotes con mucha sabiduría y posibles). En el siglo V, el Papa León I El Magno fija su número en tres. También en ese mismo siglo se conocen sus nombres originales: "Melichior, Gathaspa y Bithisarea", según el Excerpta latina barbari, o "Melchior, Gaspard y Balthazard", según el Evangelio armenio de la infancia; teniendo ya en el siglo VI los nombres que todos conocemos gracias al mosaico que hay en la basílica de San Apolinar Nuovo en Rávena (Italia). En el siglo XV los Reyes Magos tienen ya el aspecto actual, estableciéndose que encarnan las tres edades del ser humano y las tres razas conocidas en aquel entonces (europeos-Melchor, asiáticos-Gaspar y africanos-Baltasar), dado que hasta el momento eran tres tipos barbudos casi clónicos y vestidos a la persa. Y ya en el siglo XIX (al menos en España) surge la moda, hoy tradición, de convertir la Noche de Reyes en la respuesta festiva a la Nochebuena del mundo adorador de Papá Noel, teniendo lugar la primera cabalgata en 1866, en la localidad de Alcoy, y es que en España los Reyes Magos llevaban siglos muy presentes, por ejemplo, desde el XII, centuria en la que se escribió un Auto de Reyes Magos, considerado la primera obra teatral española. Lo de sus tumbas móviles (de Saba a Constantinopla, de Constantinopla a Milán y de allí a Colonia) o el asunto del "sueño de los Reyes Magos" (¿están Sus Majestades dentro o fuera del armario?). 

El verdadero origen del árbol de Navidad: Supongo que no soy la única persona a la que nunca le ha terminado de encajar qué pinta un árbol de aspecto más nórdico que judío dentro de toda la parafernalia ornamental navideña. Pues bien, rascando un poco, salí de mi ignorancia: Es pagano, concretamente, procede de la mitología nórdica y, antaño, representaba a Yggdrasil, el árbol perenne del que brotaba toda la existencia y que contenía en él todo el Universo (sus raíces y ramas unían todos los "mundos" existentes en los mitos escandinavos). Parece ser que, cuando llegaron los primeros cristianos a las tierras nórdicas descubrieron que sus pobladores,en una fecha muy próxima a la Navidad, adornaban su "árbol de Yggdrasil" con objetos que representaban y sacralizaban elementos de la naturaleza para festejar el nacimiento del dios Frey, dios del Sol (¿he oído Sol invictus?) y la fertilidad. ¿Qué hicieron los cristianos entonces? Despojar al árbol y sus ornamentos de cualquier significado pagano y sustituirlo por otro más acorde a su religión. Lo de poner regalos en su base ya es posterior, cuando el árbol de navidad ya era "cristiano de toda la vida".

San Nicolás y su versión Coca-Cola: San Nicolás (de Bari), alias "Papá Noel" o "Santa Claus", comenzó su fama como santo para el cristianismo por haber provocado el milagro de revivir a tres niños que habían sido descuartizados y conservados en un barril salazón por un mesonero con vocación de Caradecuero. Su imagen actual de "guiri bonachón con sobrepeso de kilos y años y vestido con los colores del Atlético de Madrid" se debe principalmente (pero ni mucho menos exclusivamente, ojo) a Coca-Cola, empresa que a comienzos del siglo XX (en 1931, aproximadamente) encargó a Haddon Sundblom remodelar gráficamente a este personaje (que ya formaba parte del folclore popular en aquel entonces) para una campaña publicitaria que, probablemente, sea de las más exitosas de la Historia, a tenor de los resultados.

Así las cosas, parece claro que nuestras tradiciones navideñas tienen que agradecer al mundo mitológico pagano y a leyendas/creencias de varias culturas tanto como a lo expuesto en la Biblia y lo dicho por la Iglesia. Son el resultado de la mezcla y evolución de creencias cristianas, paganas y mundanas a lo largo de siglos. Algo que puede resultar paradójico pero que no lo es tanto porque todas las celebraciones y tradiciones coinciden en lo fundamental: estas fechas son desde siempre una época dedicada a festejar la vida rodeándote de quienes más quieres, sea cual sea el motivo o el nombre que se le dé a la celebración.

Y eso, verdades y mitos, es lo realmente importante. ¿O no? ¡Feliz Navidad a todos!