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viernes, 19 de diciembre de 2014

"El Hobbit": un viaje agotador

Esta semana, el viaje por la Tierra Media llega a su fin. Esta semana se ha estrenado la última parte de la trilogía cinematográfica de El Hobbit, precuela a su vez de otra trilogía, la de El Señor de los Anillos.

Hace dos años, por estas mismas fechas, escribí sobre su primera parte. Ahora que escribo sobre la conclusión tengo una sensación agridulce. 
Quizás por el vacío y la extrañeza que deja un viaje así: largo (trece años desde si contamos desde el estreno de La comunidad del anillo), intenso, emocionante, impresionante y épico. Un viaje que parecía impensable dada la enorme dificultad que entraña adaptar acertadamente al cine algo tan vasto, especial y espectacular como las obras más famosas de J.R.R.Tolkien. Un viaje en el que hemos conocido personajes, interpretaciones y secuencias que quedarán para la historia del cine y la cultura popular igual que sucedió en su día con sagas como Star Wars. Un viaje lleno de talento, esfuerzo y fantasía que ha sido merecidamente premiado tanto en taquilla como con galardones y opiniones. Un viaje que, en definitiva, ha valido la pena. 
O quizás, y aquí viene la parte amarga, porque esta conclusión, este desmesurado, irregular y fallido desenlace ha demostrado que el viaje, ha sido, en todos los sentidos, agotador. Y de ello es buena muestra esta película, muy por encima de la media en cuanto al género fantástico o de aventuras se refiere pero claramente por debajo del nivel marcado por Peter Jackson en esta titánica hexalogía. Un desenlace en el que se nota algo parecido a "desgaste", a "fatiga" y que, a su vez, genera algo parecido a "decepción", a "expectativa no saciada", a un "me esperaba más" o, tal vez y muy probablemente, "me esperaba algo mejor".

De acuerdo que El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos tiene todo aquello que ha hecho de Peter Jackson el Steven Spielberg o George Lucas del siglo XXI y que podemos reconocer fácilmente en todas sus películas ambientadas en la Tierra Media: un don para recrear personajes y escenarios magníficamente, una habilidad para llevar el concepto "épico" a un nuevo nivel cinematográfico, un espectacular uso de los recursos digitales, una acertada selección de actores, un talento para combinar la emoción y la acción...Pero esta tercera y última parte de El Hobbit tiene varios problemas y que se podrían resumir en "el lastre de las licencias". Y es que, si en otras películas de la saga el hecho
de introducir modificaciones respecto al original no chirriaba demasiado o, incluso, funcionaba bien, aquí sí chirría y, además, lastra imperdonablemente el metraje y el tempo narrativo. Es lo que tiene, principalmente y por citar los casos más dañinos, meter al personaje de Légolas (que no estaba en el libro) y crear al personaje de Tauriel (ocurrencia de Jackson): tienes que darles tramas y secuencias que ¿justifiquen? su presencia y es por ahí por donde esta película echa a perder buena parte de su potencial. Si a eso se le une la excesiva duración de la batalla
(y eso que a mí me encanta la épica), la extrañeza o confusión que dejan ciertas lagunas de mayor o menor calado (hay cosas que parecen suceder porque sí o cuya explicación se debe haber quedado en la sala de montaje...), forzar las conexiones-puentes con La comunidad del anillo (tan poco sutiles como fallidas) y la atención que reciben tramas y personajes que poco o nada importan pues...la película está más cerca de la decepción de la apoteosis. ¿La culpa de todo ello? Haber rozado la perfección en las películas anteriores: a la mínima que te descuidas...

No obstante y pese a todo, hay que ser agradecido al equipo liderado por Peter Jackson por haber llevado a la gran pantalla lo que antes sólo estaba en la imaginación. Hacer lo que han conseguido Jackson y compañía sólo está al alcance de muy pocos y, en el cine actal, de casi nadie. Así que..ya quisieran muchos fallar de esta manera. Ya quisieran muchos despedirse así.

Por todo ello y a pesar de este desenlace, sólo cabe una palabra para despedirse, al menos de momento (¿Silmarillion?), de la Tierra Media: Gracias. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Los Sherlock antes de Holmes

Todo el mundo sabe quién es Sherlock Holmes. Casi todo el mundo ha leído alguna de las novelas por él protagonizadas. Muchos habrán visto alguna película o serie de televisión que adapte las aventuras del inquilino del 221B de Baker Street. Bastantes sabrán que el creador de este personaje fue el médico escocés Arthur Conan Doyle. Algunos incluso creerán (como quienes aún hoy le escriben cartas o como más de la mitad de los adolescentes británicos) que se trata de una persona real. Pero muy pocos sabrán identificar los antecesores tanto reales como de ficción del detective más famoso de todos los tiempos.

En cuanto a los precedentes en el mundo de la ficción, el nombre está claro: Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe y que debutó en "Los crímenes de la calle Morgue" (1814, esto es, 73 años antes de "Estudio en escarlata", la obra en la que apareció por primera vez Sherlock Holmes).

Respecto a los hombres reales, el rastro de los Sherlock de carne y hueso no hay que buscarlo en Londres sino en Edimburgo, Manchester y París. En la primera de esas ciudades, vivieron en el XIX los doctores Joseph Bell (una auténtica eminencia de la medicina, pionero de las ciencias forenses, colaborador de la policía, profesor de Doyle e inspiración confesa de éste a la hora de crear a Holmes) y Henry Littlejohn (cuya influencia también fue reconocida por el autor de "El sabueso de los Baskerville"). 
Sin cambiar de siglo pero sí de ciudad, en Manchester encontramos a Jerome Caminada, un policía que años antes de que Arthur Conan Doyle publicara la primera aventura de Holmes había alcanzado gran fama por combatir eficazmente el crimen y resolver casos utilizando las mismas técnicas y recursos (disfraces, informadores, etc) que Sherlock mostró en la ficción y que también cayó rendido ante su particular Irene Adler
Por último, más alejado en el tiempo y el espacio, hallamos a Eugène-François Vidocq, maestro del disfraz, uno de los primeros investigadores privados, pionero de la criminología e inspiración de Poe para escribir a su detective Dupin.

Así las cosas, no deja de ser curioso cómo la realidad supera la ficción y cómo las influencias ajenas (conscientes o no) juegan un papel decisivo en la creación artística. Porque, sin los Dupin, Bell, Littlejohn, Caminada y Vidocq quizás Sherlock Holmes no hubiera sido como lo conocemos o, simple y llanamante, no habría ni sido. Elemental.   

domingo, 30 de diciembre de 2012

"El Hobbit": Un regreso esperado

J.R.R. Tolkien vuelve a la gran pantalla, Peter Jackson a la Tierra Media y Gandalf, Bilbo y demás tropa vuelven a nuestras vidas. Eso es lo que supone El Hobbit: un viaje inesperado, primera entrega de la nueva trilogía con la que el director neozelandés vuelve a llevarnos a ese universo que adoptó y magnificó para el cine con su ya mítica, archipremiada y taquillerísima El Señor de los Anillos.

Compartiendo todas las virtudes-aciertos y los defectos-errores que se le podían atribuir a aquélla, El Hobbit, es una película que completa y expande (a todos los niveles) la saga cinematográfica sobre la Tierra Media que Peter Jackson.

Basado en la obra homónima que, con permiso de El Silmarillion, El Hobbit constituye la precuela de referencia para todo lo visto (y lo no visto, que dirán los detractores) en El Señor de los Anillos cinematográfico. Ambientada sesenta años antes de los hechos por ¿casi? todos conocidos (ya sea por los libros o por las películas), esta película supone una antesala ideal para poner en mejor contexto, perspectiva y valor todo lo que ocurre después con Frodo, Aragorn y compañía. En ese sentido, creo que funciona perfectamente con los cometidos de toda precuela: conocer más y mejor; descubrir algunas preguntas e interrogantes que quedaron/quedarán resueltas en la historia central y explicar algunas cuestiones del pasado que implícita o explícitamente configuran la intrahistoria que integra todos los sucesos ocurridos desde Bilbo hasta Frodo Bolsón. Todo ello siguiendo un esquema muy similar: tenemos nuevamente una misión que parece suicida-imposible (en esta ocasión, recuperar el tesoro de Erebor), una pintoresca compañía de héroes dispuestos a emprender ese viaje (el del héroe), un mentor-padre-guía que vale más por lo que calla que por lo que dice/hace (Gandalf), un mal acechante y polimórfico (los trolls, El Gran Trasgo, Azog el Profanador, El Nigromante, Smaug, Gollum...) y un hobbit Bolsón como catalizador de todo.

Pero es que, aparte de ser una estupenda “expansión del puzzle” de El Señor de los Anillos, El Hobbit: un viaje inesperado supone un acierto en lo que se diferencia de las otras tres películas. Es más cuento que cantar de gesta, al cambiar la épica mayestática, colosal y adrenalítica (aquí más presente en flashbacks que en la acción del presente) que caracterizaba a la trilogía original por una aventura más modesta, cómica, entrañable y volcada al entretenimiento para todos los públicos. Es más una película de grandes huidas más que de grandes batallas. Incluso los personajes-puente entre ambas historias como Gandalf, Saruman, Galadriel, Elrond, Gollum y el propio Bilbo aparecen de una forma que, aunque sea con un sutil detalle, es distinta a como los conocimos, lo que contribuye a dar una sensación de marco evolutivo-histórico bastante logrado. ¿Esta diferenciación es mejor? ¿Es peor? Ni una cosa ni otra: es enriquecedor, necesario y original, en tanto que no ofrece “más de lo mismo”. Y todo ello sin perder una sensación de homogeneidad en contenido, forma y calidad con respecto a las tres películas protagonizadas por Frodo Bolsón. Y eso es una cuadratura del círculo al alcance de muy pocos: mérito de Peter Jackson. Supongo que algo ayuda el derroche de ingenio y pasión que Jackson evidencia, una vez más y licencias aparte (que las hay), por lo que imaginó y escribió J.R.R.Tolkien.

Si a todo eso le añadimos que Martin Freeman compone un Bilbo Bolsón a años luz en cuanto a talento y matices interpretativos de su sucesor Frodo (interpretado por Elijah “Carapasmo” Wood), que Ian McKellen parece disfrutar como un cabrón actuando magistralmente y que el resto del elenco no desmerece en ningún momento a las estrellas de la trilogía previa, esta película es a las precuelas lo que El Padrino II es a “Segundas partes nunca fueron buenas”

Por otra parte, me gustaría decir algo respecto a la polémica y críticas que hay en torno a esta película acusándola de "blanda", "simplona", "infantil", "menor", etc. La historia (literaria y cinematográfica) de la Tierra Media que comienza con El Hobbit y finaliza con El Retorno del Rey tiene mucho de paso de la infancia a la madurez. Es el relato de cómo todo un mundo y quienes lo habitan pierden la tranquilidad, seguridad y felicidad y de cómo las recuperan. Es una historia iniciática en tanto que cuenta la pérdida de la inocencia y la conquista de la experiencia. Es el relato del descubrimiento del mal y la oscuridad, de cómo llegan las tinieblas a nuestras vidas y qué hacemos cuando eso pasa, de cómo la vida cambia y nos cambia. Es una historia que, en el fondo, de lo que nos está hablando es de qué es crecer y madurar, influida eso sí por la filosofía cristina de Tolkien (mejor explicada en los vicios y defectos de los enemigos y némesis que en las virtudes de los héroes). Por todo ello, lo más lógico es que El Hobbit constituya, ya desde su base literaria, un inicio más virginal y simple donde se nos presenten personajes y tramas propias de un estadio "infantil" para irse adentrando poco a poco en un desarrollo más oscuro, complejo y dramático, propio del mundo "adulto", que es lo que representa y culmina El Señor de los Anillos. De no haber sido así, de haber tenido todo el mismo tono desde el principio no habría habido evolución, crecimiento ni, por tanto, credibilidad ni enseñanza que extraer de esta historia de la Tierra Media. ¿Es El Hobbit más simple e "infantil" que El Señor de los Anillos? ¡Claro! No podía ni tenía que haber sido de otro modo.

En definitiva, El Hobbit más que un viaje inesperado ha sido una espera que ha merecido (y mucho) la pena. Tanto como la segunda entrega que llegará el año que viene por estas fechas. Seguro.

viernes, 23 de noviembre de 2012

El aniversario del mejor detective

Este mes de noviembre se cumplen 125 años de la aparición en la escena criminal, ficticia, editorial, literaria y cultural del detective más célebre, impecable, implacable, inteligente y peculiar de todos los tiempos: Sherlock Holmes.

Sería absurdo recopilar aquí todo lo que se ha dicho de un personaje tan icónico, transmedia y popular como éste, porque sería un crimen robar las ideas y los méritos de otros.

Así que simplemente diré que yo soy de aquellos que cuando leyeron por primera vez Estudio en escarlata me engancharon tanto el carisma y la singularidad de Sherlock Holmes y sus adictivas tramas detectivescas que no pude más que hacerme un verdadero fan del resto de novelas y relatos en los que Sir Arthur Conan Doyle acotó su vida.

Hoy se puede descubrir o reencontrar a Sherlock Holmes no ya en las novelas, sino en cómics, películas, dibujos animados, series de televisión, videojuegos...y de eso hay muy pocos personajes (reales o no) que puedan presumir de ello. Por eso, no voy a perderme ahora en discusiones sobre la calidad de ese tipo de literatura o género, igual que no voy a entrar en la polémica de qué es cultura o si la denominada "cultura popular" no es Cultura, etc.  

Es absurdo discutir la vigencia y la relevancia de un personaje que ha cumplido los 125 años de "actualidad". Aunque estaba claro que si un cabrón con calzas como James Moriarty no pudo acabar con él, no lo harán las críticas ni el paso del tiempo.

Y si alguien aún tiene reticencia o pereza para leer las aventuras de Holmes...mejor será que empiece a leer Estudio en escarlata, aunque sólo sea para criticar o para saber lo que se estaba perdiendo.   

domingo, 7 de octubre de 2012

El talento de mentir verdades

Contar una mentira y que la crean como verdad. Contar una ficción y que la asimilen como real. Crear pensamientos, sensaciones, recuerdos y sentimientos con algo que no existe ni jamás lo hará. Todo ello es cuestión de talento o de "ingenio", o de "creatividad" o de "imaginación" o de cualquiera de sus trasuntos. Exactamente lo mismo que se le presupone y exige a los artistas. Así que se podría decir que engañar es todo un arte o, siendo más transgresor, que el arte es saber mentir.

Quizás por todo ello, de todas las Artes, la Literatura y la Cinematografía sean las que más puramente trabajan con la mentira. Y lo hacen para contar verdades porque, en ocasiones, la ficción es el camino más corto a la realidad. A la más íntima, esencial y depurada: la que hay dentro de cada uno de nosotros. Tal vez esa sea la razón por la que hay libros y películas, pasajes, escenas y personajes que nos acompañan durante toda la vida. Porque esa ficción, esa mentira que unos contaron y otros leyeron o vieron, una vez dentro de nosotros se desnuda quedándose en certeza, en verdad, en real. Y así se queda para siempre.

Al leer una novela o ver una película se produce un juego de engaños: el del autor (escritor/director) al disfrazarnos de mentiras cosas que en esencia son reales y el del receptor (lector/espectador) al desconectar el piloto automático de su propia consciencia para dejarse llevar. Quizás este juego de engaños acerca el arte de contar historias a la magia. Quizás es que contar historias, narrar ficciones, ya se literaria o cinematográficamente, tiene mucho de mágico. Puede ser. Sólo así se explicaría que alguien, mientras lee una novela o ve una película, sienta lo que siente y llene su mente de pensamientos y reflexiones con algo que simplemente no ha ocurrido ni ocurrirá pero que nos hace entender mejor el mundo en que vivimos y la vida en la que estamos.

Porque tal vez el mayor propósito de la ficción, literaria o cinematográfica, sea ése: revelarnos qué somos, cómo somos y dónde estamos. Es decir, dar cuenta de la vida en toda su contundente e infinita ambigüedad, reflejar toda la luz y la sombra que hay en la vida y en nuestras vidas. Y hacerlo a través de una mentira para así sortear la trinchera de los prejuicios, las filias y las fobias que filtran y componen el mundo a nuestro gusto.

Y eso, mentir verdades, engañarnos para enseñarnos, perdernos para encontrarnos, mostrar la vida como es y no como nos gustaría que fuera es algo que, además de talento, requiere valentía y honestidad. Talento, valentía y honestidad. Cualquiera de esas tres cualidades convierten al artista que narra ficciones novelescas (escritor) o cinematográficas (director) en alguien interesante. Tenerlas las tres, lo convierten en alguien especial. Si además de eso le añades juventud, lo acercan al terreno de los genios. 

Y tal vez este artículo no sea más que un laberinto de ideas y reflexiones de quien tiene en la literatura y el cine sus dos mayores pasiones. La cháchara de alguien que sueña con escribir novelas o dirigir películas. Pero sí sé que si alguien quiere entender qué estoy diciendo, lo tiene muy sencillo: leer cualquier novela de Andrés Barba, que se adentra con sencillez y gran belleza en algunos de los rincones más sórdidos de la existencia, o ver cualquier película de Rodrigo Cortés, cuyos films son una frenética aventura en busca de la verdad como forma de rebelarse contra un mundo cada vez más deshumanizado. O si, lo prefiere, que se pase el 9 de octubre por el coloquio en el que intervendrán en el Espacio Fundación Telefónica. Y, quizás, aprenda a mentir verdades o, en el peor de los casos, a dejarse convencer por el talento.

viernes, 3 de agosto de 2012

"El enigma del cuervo": Matar a Poe

Hace no muchas semanas se estrenó en España la película El enigma del cuervo, film que ficciona los últimos días del genio Edgar Allan Poe, convirtiéndolos en el clásico thriller con asesino en serie, transformando a Poe casi en su personaje Auguste Dupin. Su título original, The Raven, evidencia desde el principio el ánimo de homenajear a este fabuloso escritor, al compartir título con su poema más célebre. Así las cosas, esta mezcla entre thriller y homenaje se presenta como una apuesta tan arriesgada como interesante. Si a eso le añades que la dirección está en manos de James McTeigue (V de Vendetta) y que el protagonista (Poe, obviamente) está encarnado por John Cusack, el interés, al menos en mi caso, no se resiente.

No se puede decir que El enigma del cuervo sea una película magistral ni siquiera una muy buena, pero sí bastante entretenida. ¿Por qué? Porque a pesar de que meter a Poe en un thriller hollywoodiense es devaluar casi por definición su figura; que el guión es más efectista que trabajado; y que la película, como thriller, no aporta nada nuevo al espectador acostumbrado a ese género, sí que cumple con su principal cometido: entretener. Aunque parezca un contrasentido, es "cine palomitas" con un poso cultural. Ni más ni menos. Y es quizás ese poso cultural lo (único) que hace que merezca la pena verla. 

Que un asesino (real o inventado) se inspire en hechos históricos o ficcionados, como hace el de esta película al tomar como referencia los relatos de terror y misterio de Poe, no es algo nuevo. Valga como buena muestra lo que hizo Matthew Pearl en El club Dante (en esa novela, el asesino se inspiraba en los castigos descritos por Dante en el Infierno de su Divina Comedia). Tampoco es un hito el hecho de meter a Poe en un producto de "cultura popular" ni de elucubrar/novelar qué ocurrió en sus misteriosos últimos días, cosa que, por ejemplo, hizo el citado Pearl en La sombra de Poe. Ni lo es revisitar en clave videoclipera y canallesca a un icono de la literatura; ahí está el Sherlock Holmes de Guy Ritchie o  el de la fantástica serie de la BBC.Igual que no es una novedad ofrecer al espectador una película de misterio y época con un potencial visual bastante atractivo (Ej:Vidocq, Sleepy Hollow, Desde el infierno). Por tanto, uno de los grandes méritos de esta película es su ausencia de pretensiones y su eficiencia.

El otro mérito es conseguir que la muerte de Poe lleve a interesarse por él. Con un poco de mala leche, se podría decir que el valor de esta película es despertar el interés por la vida y obra de un autor fundamental en la literatura universal...a pesar de la película. La muerte de E.A.Poe, por tanto, no sólo da pie a The Raven, sino que le otorga sentido, porque, ya sea por morbo o curiosidad, no serán pocos los que descubran a Poe gracias a esta película (lo cual, de paso, no es que sea una buena noticia).

Así pues, teniendo en cuenta el mundo en que vivimos y el nivel educativo/cultural, a lo mejor sí es necesario matar a Poe haciendo una película como ésta...si alguien, movido por el entretenimiento, se anima a leer sus geniales escritos. Y a quien no le guste nada el tema cultural, siempre le quedará la opción de entretenerse un buen rato con esta película cuyos crímenes empiezan por la traducción del título.

viernes, 27 de julio de 2012

La canción de George R.R. Martin

Hace casi una semana, Madrid estuvo, gracias a los eventos organizados por el Espacio Fundación Telefónica, un poco más cerca de Poniente, el continente imaginario donde tiene lugar la ficción de Canción de hielo y fuego, de la que ya hablé en otro artículo.Por no extenderme demasiado y puesto que la mayoría de dichos eventos se pueden ver en diferido en internet, los comentaré muy brevemente.

Gracias a la proyección del capítulo Aguasnegras descubrimos que una serie ya no tiene nada que envidiar a una película y que el valor no depende del tamaño, aspecto o linaje de un personaje sino de sus decisiones, de sus acciones.

En el coloquio sobre el fenómeno de Juego de tronos entendimos que sólo dentro de mucho tiempo se podrá tasar el verdadero valor de los libros de Canción de hielo y fuego y la serie de ellos derivada; que ser lo más vendido o visto no significa obligatoriamente ser lo mejor; que uno de los grandes méritos de esta obra de George R.R. Martin es cómo aglutina elementos y trucos narrativos ya clásicos; que lo importante no es distinguir entre lo bueno y lo malo sino entre lo bueno y lo excelente; y que Internet y las redes sociales han sido una enorme caja de resonancia que ha aumentado decisivamente los efectos del tradicional boca-oreja.

Y en el encuentro con George R.R. Martin, Alejo Cuervo y Cristina Macía comprendimos (más de 5.900 personas) que el éxito no por tardío es menos merecido; lo bueno (y valiente) que es apostar por algo antes que nadie (y esto se puede aplicar a Gigamesh, a HBO y a Canal Plus); que la frase de Martin de "Si no puedes complacer a todo el mundo; por lo menos complácete a ti mismo" es una excelente filosofía; que detrás de un éxito y un fenómeno como éste hay cientos y cientos de horas de trabajo y esfuerzo; que nunca hay que confundir ganar un premio con la calidad literaria; que todo empezó con un poema de Robert Frost; que la humildad es algo que caracteriza a los verdaderos triunfadores; que traducir bien (olé Cristina Macía, olé Diego García Cruz) es algo no suficientemente bien valorado; que el personaje favorito de Martin es Tyrion Lannister y su casa/familia preferida son los Stark...y decenas de anécdotas y secretos más.

En lo personal, sólo tengo unos apuntes respecto a este asunto:

  • Poniente es un mundo hijo de nuestro tiempo: el efecto mariposa de cualquier acción es multilateral; no importa tanto en qué o en quién creas sino qué haces; todo cuanto sucede responde a unos intereses; la comunicación es instantánea (los cuervos funcionan como e-mails); las mujeres tienen un poder que, si bien puede ser distinto, no es menor que el de los hombres; la política es un juego de traiciones; el Muro encarna ese miedo/aversión a lo foráneo; el peso de la religión se ha disipado; el poder y el manejo de la información (Baelish/Varys) son fundamentales; la amenaza del inminente invierno es el clásico recordatorio conservador que advierte de las penurias económicas o bélicas; todo lo que no se puede solucionar con el dinero o las armas se puede resolver con el sexo; lo que mueve el mundo no es tanto lo que se sabe como lo que no se sabe...
  • Pese a la calidad y el atractivo de la adaptación televisiva, los libros que integran Canción de hielo y fuego son mucho más interesantes y divertidos.
  • Juego de tronos demuestra que, actualmente, las series de televisión ya pueden superar la calidad de muchas películas.
  • El peso de la violencia y el sexo explícito es mucho mayor en la televisión que en los libros, haciendo evidente que la adaptación televisiva es eso: una adaptación para televisión (con todo lo bueno y malo que ello conlleva). 
  • En Canción de hielo y fuego se mezclan unos personajes de una calidad casi Shakespeariana (Tyrion) con otros que se salvan del arquetipo gracias a unos matices que no los hacen puramente buenos o malos.
  • Mi personaje favorito es Tyrion Lannister con mucha, muchísima diferencia.
  • Mi familia favorita son los Stark, por su nobleza, su firmeza, sus vínculos afectivos; su austeridad...y por tener como símbolo a mi animal favorito.
  • No todo lo que se clasifica como "cultura de masas" tiene una calidad mediocre y éste es un buen ejemplo.
  • George R.R. Martin es un tipo muy agradable, simpático, divertido y cordial. De divo, sólo debe tener la cuenta corriente. Es algo así como un "Santa Claus de lo friki" (y ojo que no estoy utilizando "friki" peyorativamente).
En definitiva, el paso del cometa Martin por Madrid ha sido un auténtico placer para aprender, conocer y descubrir que a la cultura le sobran etiquetas y que, aunque no sea Tolkien, vale la pena adentrarse en la fantasía que George R.R.Martin escribe y Gigamesh publica. En serio. 

jueves, 12 de julio de 2012

"Juego de tronos": Un éxito de hielo y fuego

Hielo y fuego. Mundanidad y fantasía. Drama y aventura. Intimidad e infinitud. Idealismo y pragmatismo. Nobleza y vileza. Armas y palabras. Lo cerebral y lo visceral. Amor y odio. Suerte y fatalidad. Elegancia y brutalidad. Victoria y derrota. Vida y muerte. Tolkien y Shakespeare...Son muchas las dialécticas que componen los engranajes de la exitosa saga de libros Canción de hielo y fuego y su no menos celebrada traslación televisiva, Juego de tronos. Un crisol de opuestos que ha dado como resultado un auténtico e incontestable fenómeno global, no sólo en términos geográficos, sino también generacionales y de soporte. Un éxito propio de la sociedad y el mundo en que vivimos.

Porque, la verdad es que las luchas de poder, venganza y supervivencia entre las familias más poderosas de los Siete Reinos atraen por igual al niño, al adolescente, al adulto y al que peina canas y son seguidas no sólo en las páginas publicadas en España por la editorial Gigamesh, sino también en los capítulos televisivos que en nuestro país emite en primicia CANAL +, en el videojuego desarrollado por Cyanide Studios, en las viñetas del cómic publicado en España por Planeta DeAgostini...

Casos como La Guerra de las Galaxias, El Señor de los Anillos, Harry Potter, Las Crónicas de Narnia, o Batman son buenos ejemplos de cómo el éxito hace trascender una ficción más allá del soporte original en el que fuera contada: Libros, películas, televisión, videojuegos, cómics...e internet y las redes sociales. En el siglo XXI, el triunfo de un producto de ficción ha disipado las fronteras entre los distintos soportes y formatos. Y el mejor exponente de todo ello, son quizás los libros que allá por 1996 comenzó a escribir George R.R. Martin. Obras que hoy, dieciséis años más tarde, son esperadas, compradas, leídas, reclamadas y reivindicadas por miles de fans en todo el mundo.

Desconozco la respuesta a cómo algo que comenzó en el siglo pasado ha explotado triunfalmente en éste, convirtiendo a George R.R. Martin de un autor de culto entre los amantes del género fantástico en un escritor de fama internacional. Quizás la solución al enigma haya que buscarla en el impulso definitivo que ha supuesto la serie de televisión Juego de tronos, producción que, tomando como título el del primer libro de Canción de hielo y fuego, ha vuelto a situar a HBO (tras genialidades como Roma, The Wire, Los Soprano, Hermanos de sangre, The Pacific o Boardwalk Empire) como un canal de referencia en cuanto a la calidad y/o el entretenimiento televisivo.

Dudas aparte, lo que es seguro es que Internet y las redes sociales son imprescindibles a la hora de comprender el impacto y la expectación que genera esta ficción. El diálogo y el intercambio continuo que habilita la Red han logrado que Poniente sea más real y noticiable que muchos continentes reales y que lo que sucede en torno al Trono de hierro interese más que muchas noticias extraídas de la realidad. Algo que es muy positivo…siempre y cuando obviemos el componente enfermizo que, usualmente y por desgracia, tiene cabida en fenómenos tan grandes como éste y que encuentra en internet el lugar perfecto para dar rienda suelta a un fanatismo que no es inocuo ni sano.

Sea como fuere, lo cierto es que el éxito de Canción de hielo y fuego (A Song of Ice and Fire) es un premio al trabajo bien hecho: el de George R.R. Martin por su dedicación e indiscutible oficio a la hora de contar las historias que él quiere contar; el de Cristina Macía por traducir con criterio, calidad y constancia las palabras que hoy muchos ya recuerdan; el de Gigamesh por apostar en España por un tipo de literatura que algunos denostan y a muchos hace felices gracias a autores como el propio Martin o Tim Powers; y el de CANAL + por esforzarse año tras año en ser los primeros en traer a España las mejores series. Un triunfo, en definitiva, más que merecido para todos los implicados.

Por eso, tiene sentido que festivales como Celsius 232 o centros como el Espacio Fundación Telefónica se hagan eco de un fenómeno que, gustará más o menos, pero cuyo éxito, relevancia y actualidad son tan innegables que cuestionarlo supone un ejercicio de ignorancia.

sábado, 16 de junio de 2012

Reescribir y desaprender

Escribir es como vivir. Como vivir de verdad, esto es, sabiendo que, a  veces, para descubrir, tienes que olvidar; para avanzar, retroceder; para hacer, rehacer; para actuar, pensar; para conseguir, sufrir; para creer, dudar; para mejorar, errar; para saber, preguntar; para disfrutar, sudar; para ser, sentir; para ordenar, desordenar; para construir, partir de cero...

Vivir es como escribir. Como escribir de verdad, esto es, siendo humildes para librarnos de todo lo que no importa; honestos para admitir nuestros errores; sinceros para aceptar qué y quiénes somos; valientes para atrevernos a ir un paso más allá de lo fácil y seguro; originales para hacer las cosas como nadie más las haría; críticos hasta con lo que más nos gusta...

Todas estas reflexiones y enseñanzas no son el efecto de ninguna droga ni el resultado de una borrachera ni la consecuencia de un golpe en la cabeza. Son parte del legado que ha dejado en mí el paso por la Escuela Contemporánea de Humanidades (ECH). Un lugar que, del mismo modo que este blog me sirve para recordar mi verdadera profesión (el periodismo),ha servido para recordarme mi auténtica vocación: la de ser escritor. Un lugar al que entré como de puntillas, casi con miedo a delatar mi presencia o a cometer una equivocación y que ahora,casi nueve meses después, se ha convertido en algo bastante especial y significativo.

Accedí a "la escuela" (como solemos llamarla) con la intención de desempolvar mi gusto por la escritura, comprobar mi valía como escritor, mejorar mi estilo, obligarme a leer autores y libros que de otra forma no conocería nunca, seguir explorando mi creatividad tras abandonar el grupo de teatro, enmendar el error que supuso el abandono forzoso de la carrera de Teoría de la Literatura y Literatura comparada, y desintoxicar mi mente de todo estrés y mediocridad. Ahora que mi paso por la ECH ha terminado, creo que mis intenciones no sólo se han visto cumplidas, sino superadas.

Mi estilo ha cambiado tanto como yo. Ha sido todo un viaje personal y literario de descubrimiento y aceptación construido de forma muy original: reescribiendo, desaprendiendo, desordenando y compartiendo. Compartiendo creaciones, reflexiones y recuerdos con profesores tan cercanos que los sientes como compañeros y con compañeros con tanto talento y experiencias que aprendes de ellos como profesores. Unos y otros, singulares y peculiares. Unos y otros, maestros todos. Maestros que hoy siento, aprecio y respeto como amigos.

Del mismo modo que cuesta explicar con palabras qué es "la escuela", también cuesta transcribir qué ha significado para mí. Lo que está claro es que es uno de los mejores consejos que me han dado y una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida.

Ahora la ECH ha cambiado de sede. Supongo que extrañaremos ese peculiar chalet en la calle del Oria, tan lleno de ideas, creaciones y anécdotas. Pero tengo la convicción de que "la escuela" no es un lugar físico que se pueda condensar en unas coordenadas postales. Es un espacio de creación, reflexión y encuentro donde la genialidad y la anécdota están tan cerca como el éxito y el error: a un pensamiento de distancia.

De lo que estoy seguro es de que voy a pasar una buena temporada echando de menos a los profesores: a José Luis y sus contundentes y necesarias enseñanzas, a Tomás y su espídica brillantez, a Jesús y su increíble mundo de los sentidos. Y también a los almunos: a Elías y su universo ateo, caribeño y freak; al antihéroe poético, críptico y maldito de Guille; a la frescura, la agudeza y la provocación de Fernando; a la borrasca de ideas, conocimientos y tacos de Nines; a la escritora que hay más allá de la ciencia que es Cata; a la espontaneidad y creatividad de Martina; a la templanza y sabiduría de Cristina; a la cantante cubierta de palabras que es Evita; a la agradable Agnes, perdida en el wonderland de la moda...

Voy a extrañarlos. A todos. En el peor de los casos, siempre me quedará el consuelo de tener casi la certeza que volveré a saber de ellos, espero que leyendo un libro suyo. Y, en el mejor de los casos, sé que el curso que viene, cuando vuelva a "la escuela", podré ver caras conocidas y amigas. Y eso, para qué engañarnos, me encanta.

martes, 8 de mayo de 2012

¿La cultura del espectáculo?

¿Qué es cultura? ¿Qué se puede calificar como "cultural" hoy en día? ¿Hay varios tipos de cultura? ¿Cuál es la situación de la cultura actualmente? ¿Es la cultura uno de los pilares de la libertad y la democracia? ¿Hay felicidad sin cultura?...éstas y otras cuestiones fueron abordadas por el escritor Mario Vargas Llosa y el sociólogo Gilles Lipovetsky en un interesante y reciente coloquio en el Instituto Cervantes a propósito del nuevo ensayo escrito por el primero y que se llama La civilización del espectáculo

 
Resumiendo mucho, se podrían extraer dos grandes conclusiones del debate:
  1. Para el literato peruano, el camino más corto a la infelicidad es la ignorancia (entendida como la carencia de conocimientos y experiencias culturales) mientras que para el intelectual parisino lo es la pasividad (la dejadez, sea cual sea la actividad a la que nos refiramos).
  2. El Nobel latinoamericano es un firme defensor de una cultura totémica, canónica, elevada y se podría decir que hasta elitista. El pensador francés es más partidario de hablar de una "cultura a la carta".
Personalmente, creo que me convencieron más (y mejor) las ideas y los razonamientos de Lipovetsky. Quizás porque, como demuestran sus libros y entrevistas, es para mí el mejor sociólogo y analista de nuestro tiempo por la claridad, la precisión y el realismo de sus planteamientos.Vamos que, para mí, Lipovetsky es un auténtico manual de instrucciones para comprender nuestra época y nuestra sociedad. En cuanto a la actitud y los postulados mostrados por Vargas Llosa, me parecieron bastante tremendistas y que huelen a postura dogmática, a divismo intelectual. Es decir, que, en mi opinión, la concepción de cultura de Vargas Llosa es muy subjetiva y exageradamente purista y grandilocuente. Por ejemplo, decir que la libertad y la democracia dependen de la cultura o que todo el mundo debería leer a Joyce (cuyo Ulises, como obra literaria, es uno de los mayores coñazos jamás escritos) es, cuando menos, discutible.

Por ello, estoy más cerca de pensar que hoy existe una "cultura a la carta" (cada cual elegimos de la cultura aquello que más nos interese o guste) como dice Lipovetsky que de vivir en una sociedad donde se ha banalizado la cultura y se ha convertido en un circo, como sostiente Vargas Llosa. Claro que en este aspecto importa mucho qué se entienda por cultura: en un sentido restrictivo y purista, se podría decir que cultura es el "conjunto de expresiones y conocimientos derivados de las distintas Artes y el pensamiento" o bien, de manera más amplia, cultura es el "conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc" (tercera acepción del DRAE). Si yo tuviera que definir qué es cultura, diría que es todo aquello que define a un colectivo y que éste nutre y lega de generación en generación.

De todos modos, definiciones aparte, tengo que reconocer que aunque no comparto la visión tremendista de Vargas Llosa sobre la situación de la cultura en la actualidad (para mí no está moribunda ni hueca), sí es cierto que se puede hacer más por mejorar el acceso a los conocimientos culturales y que hoy más que nunca la cultura, en según qué ámbitos (ej: Arte), se está viendo cada vez con más frecuencia perjudicada por un exceso de ínfulas-pretenciosidad-esnobismo, convirtiéndola en una cutrez exhibicionista sostenida por una legión de cretinos. ¿Por qué? Porque hay gilipollas que entienden la cultura como el escenario perfecto para dar rienda suelta a sus egos  y pajas mentales y que han hecho del respeto ajeno un cheque en blanco para realizar soplapolleces.

En definitiva, que el problema de la cultura actual no es si la gente lee a Joyce o no, o si hay mucho ignorante, sino que hay mucho gilipollas metido a artista, intelectual, crítico o promotor. Es decir: a la cultura le sobra parafernalia y tontería y le falta sentido común.

lunes, 22 de agosto de 2011

75 años sin el genio de Granada

Hace escasos días se conmemoró el 75 aniversario de la muerte de Federico García Lorca. Una ausencia que por trágica se sigue llorando hoy y se llorará siempre.

García Lorca, como ya dije hace tiempo en este mismo blog, es uno de mis autores favoritos y uno de los literatos que más profundamente me ha marcado, como lector y escritor, por su talento, sensibilidad, originalidad y su habilidad para conjugar el sueño y la sangre, lo bello y lo trágico, lo cotidiano y lo  mítico, lo local y lo universal con una facilidad y excelencia tan insuperables que casi se podría decir que después de él, todos los poetas escribieron a la sombra. Lorca es, por todo ello, uno de mis padres literarios.

El autor de obras, para mí, tan conmovedoras y magistrales como "Bodas de sangre" (junto a "Hamlet", mi obra de teatro favorita) o "Romancero Gitano" nació para ser él, escribió para encontrarse y murió por ser él. Y murió en ese contrasentido feroz y cainita que es cualquier guerra civil, la fiesta letal de la sinrazón humana. ¿El motivo de la muerte? Ser García Lorca, ser un literato, ser un genio, ser un espíritu libre y tener un ansia de vida que le colocaba por definición fuera y frente a los corsés y paradigmas conservadores de aquel entonces. Los que utilizaban el cerebro, tuvieron opiniones; los que empleaban el corazón, impresiones; y los que no utilizaban ninguna de las dos cosas, sentencias. Fue asesinado por el bando nacional, el mismo bando que idolatraba a José Antonio Primo de Rivera, admirador y amigo del granadino como lo fue también la conservadora familia del poeta Luis Rosales, que amparó inútilmente a Lorca antes de que la muerte lo arrancara de Granada. Un ejemplo que, unido a los de otras barbaridades cometidas por el bando republicano, sostiene mi opinión de que en aquella Guerra que hoy unos quieren olvidar y otros quieren ganar todos tienen, tenemos, muchas vergüenzas que llorar.

Lorca, como cualquier artista, encontró dentro y fuera de sí todo lo que necesitaba para el arte de escribir. Por eso es fácil vislumbrar al hombre y a su tiempo en su poesía y teatro. Pero dudo que su vocación fuera más allá, porque los genios no pierden el tiempo con pretensiones. Fue su don, su duende, su alma lo que llamó a las puertas universales de la eternidad que se abrieron para siempre con una ráfaga de disparos. La pena es que Lorca no necesitó que lo universalizaran, porque, para eso, ya se bastó el sólo.

Hay desde hace años una polémica en torno al paradero de los restos del poeta que cada vez dista más de la sensibilidad por la dignidad de los muertos y se acerca infamemente al negocio, al politiqueo y al pelotazo autopromocional. Pero, dejando esto a un lado, me gustaría lanzar al lector esta reflexión: ¿Acaso no es simbólicamente coherente que alguien para el que misterio, tragedia, naturaleza y muerte fueron elementos capitales de sus obras no se haya fusionado con ellas para siempre en idéntica manera? Hoy García Lorca es muerte y tragedia y misterio y paisaje.

Pero si alguien quiere que resuelva al enigma de dónde está Lorca, la respuesta es sencilla: Está en sus palabras, en sus obras y en quien quiera que tenga el placer de leerlas. Ahí está Federico García Lorca. Ahí vive y espera por siempre el genio.

viernes, 17 de junio de 2011

Los cuentos no son (sólo) cosa de niños

Hace casi cinco años hablé breve y socarronamente en este mismo blog sobre el tema de hoy, pero en esta ocasión me gustaría hacerlo con algo más de profundidad y seriedad. ¿Alguien se ha parado a pensar seriamente en los cuentos que escuchábamos de niños y leemos de adultos a los que heredarán la tierra? ¿En qué es lo que verdaderamente quieren decir los cuentos de hadas?

Vaya por delante que no pretendo menospreciar ni desconsiderar el importante papel que la imaginación, el contexto, las vivencias, las filias y las fobias de los Grimm, Perrault, Andersen y compañía desempeñan en la creación y composición de sus célebres obras literarias, pero...tampoco hay que perder de vista lo siguiente:

  •  La mágica chistera de los cuentos: Así se podría denominar al inconsciente colectivo, perfectamente perfilado por Carl Gustav Jung, pensamiento constante, implícito y compartido por toda la Humanidad, enriquecido y utilizado por todos los seres humanos durante miles de años, que nutre universalmente de símbolos, arquetipos y estereotipos cualquier creación artística y sin el cual es imposible entender la aceptación indiscriminada y el arraigo secular de los cuentos. Éstos no tienen éxito sólo por su calidad literaria, el carisma de sus personajes o el interés de su trama. Tienen éxito principalmente porque en el fondo hablan de algo que a todos nos suena conocido y asumimos como propio, sin importar fechas ni lugares. En este sentido, los cuentos se podría decir que son los distintos vestidos que los autores suelen elegir para vestir símbolos y arquetipos tan viejos como el hombre, significantes y significados anidados en esa mente. Siguiendo en esta línea, se podría decir que la creatividad, la imaginación no es otra cosa que la facilidad que tiene un autor (en este caso, un cuentista) para acceder a ese infinito desván que es el inconsciente colectivo con el fin de extraer lo que más le guste de cuanto allí vea para transmitir algo de una forma nueva. En definitiva: El inconsciente colectivo es la chistera con la que el escritor obra la magia de extraer historias y personajes.
  • Un mensaje nada pueril: Deleitarse exclusiva y literalmente con las peripecias fantásticas narradas en los cuentos de hadas no deja de ser un error disculpable en el caso de los más pequeños pero lamentable en el caso de los adultos. Los cuentos distan mucho de ser ficciones sólo aptas para niños, puesto que, más allá de lo narrado, allende el entretenimiento más literario y literal, subyace un mensaje que cala inconscientemente en el infantil lector y que puede ser fácilmente detectable por el adulto. ¿Qué quiero decir? Pues sencillamente que estas creaciones literarias no sólo cuentan sino que enseñan, adoctrinan o aleccionan con brillante sutileza. Así, el lector, obnubilado con el disfrute de la ficción, queda inoculado inconscientemente con un mensaje que se conforma por tres componentes que pueden estar o no relacionados entre sí: 1) La propia formación y educación del autor, 2) El canon ético del ambiente (tiempo y espacio, región y época, etc) en la que se escribe y 3) El canon ético del ambiente en el que se lee. Los mensajes subyacentes en los cuentos derivan de cualquiera de estas tres variantes y, si bien puede haber divergencias y excepciones, normalmente obedecen a un tipo de educación, moral y ética de corte tradicional. De ahí que muchas de las lecciones o enseñanzas encriptadas en estas ensoñaciones literarias vayan destinadas a preparar al bisoño lector para una correcta adecuación a los estándares morales y cívicos de la sociedad en la que deberá integrarse en un futuro; es decir, predisponen o dirigen al niño en lo que el autor o la sociedad del momento consideren el buen camino. Por eso,  mensajes como "No confíes en extraños", "No te dejes llevar por las apariencias", "No permitas que las pasiones te dominen", "No des de lado a tus allegados", "No seas cobarde",  "Piensa antes de actuar", "No seas vanidoso", "No mientas", "No desobedezcas lo que te ordenen" y cientos de preceptos similares, moldean (o castran, según se mire) la actitud del niño en aras a convertirlo en lo que el canon del momento establezca como buena persona o buen ciudadano. Gracias a la perpetuación mediante la "transmisión" de padres a hijos como lectores de cuentos, las lecciones en ellas contenidos conforman un corpus de "valores universales" que responden directamente a lo que está considerado adecuado por la sociedad.
¿Es esto algo nuevo? En absoluto. Ya en la Antigüedad los mitos desempeñaban una función muy similar, al igual que hoy el cine (las películas infantiles y las de terror) realizan una tarea casi idéntica a la de los cuentos como manipuladores de la conducta de sus receptores.

El mejor ejemplo para darnos cuenta de todo ello lo tenemos en la sensacional película de "Shrek", que al mismo tiempo que subvierte hilarantemente los arquetipos, estereotipos y roles más típicos de los cuentos de hadas, pone en solfa las reglas y los "mandatos" que comentaba anteriormente.

En definitiva, invito al lector a que piense en cualquier cuento de los que han trufado su infancia y medite si no encierra algo más que una simple aventura de seres fantásticos...Y es que, en el fondo, los cuentos no son (sólo) cosa de niños.

Dedicado a quien me hace entender y disfrutar de este cuento que es la vida.