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viernes, 27 de noviembre de 2015

Un día especial

Aquella mañana, mucho antes de que la noche terminara de desangrarse, las tazas del desayuno ya humeaban en el comedor. La casa olía a café, colacao, zumo de naranja, tostadas recién hechas y a un insistente olor dulzón. Sobre la mesa, toda la panoplia de cubiertos, recipientes y alimentos estaba perfectamente colocada, como los utensilios de un forense listo para hacer una autopsia. Aquella mañana, mucho antes de que las alarmas de relojes y móviles decretaran la muerte del sueño, Gabriel ya estaba perfectamente trajeado, peinado y aseado. La gomina de su pelo, sus dientes blanqueados y el betún de sus zapatos competían por absorber la mayor cantidad posible del brillo que arrojaba la mortecina luz que velaba al comedor. Aquella mañana, mucho antes de que las calles se llenaran de autobuses con niños y coches con padres, Gabriel había recorrido ya sigilosamente los dormitorios. En silencio, sin encender ninguna luz, como un animal habituado a las sombras, se había cerciorado de que todos seguían en sus camas: Verónica en la de matrimonio, los mellizos Carlos y Esteban en su menuda litera y la pequeña Jimena en la cuna. Aquella mañana, mucho antes de que la ciudad se llenara de ruido y colores, en la casa todo era silencio y penumbra. Sólo las gárgaras de las cañerías y el enjambre de la cabeza de Gabriel rompían el sepulcro. Aquella mañana, mucho antes de que los informativos inocularan las noticias que debían interesar, Gabriel ya estaba plenamente convencido de que ese día iba a ser especial. 

Se acarició su barbilla recién afeitada. Miró la hora en su reloj. Se arregló por enésima vez el nudo de la corbata. Comprobó que la pantalla del teléfono móvil no presentaba ninguna novedad. Se humedeció los labios con la lengua. Escudriñó el silencio. Carraspeó. Se colocó los puños de la camisa. Miró hacia la puerta de la vivienda. Con sus ojos inquietos hizo inventario de todo el desayuno que había preparado y servido. Inspiró intentando meter dentro de sí más pausa que oxígeno. Volvió a mirar la puerta. Y su móvil. Y su reloj. Nada. Hurgó en su bolsillo. Sacó un caramelo de menta y empezó a masticarlo como quien intenta triturar el frenesí de una sangre que corría histérica por la ratonera de sus venas. En su cabeza, la tormenta. Ya no estaba aquella voz paternal, engolada y buenista que desde niño le empujó a llevar una vida como Dios mandaba y a dar parte en confesionarios de todo lo que hacía y pensaba y a buscar la constante aprobación de una moral que lo inundaba todo y a sentirse culpable por el vicio de vivir y a acudir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y a no tener sexo hasta después del matrimonio y a poner la otra mejilla ante todas las hostias del porvenir y a soportar con una sonrisa en la cara los cuchicheos y las chanzas a su costa y a tener todos los hijos con los que el Padre quisiera bendecir a su familia y a desterrar cualquier deseo, impulso o esfuerzo que no fuera "ad maiorem Dei gloriam" y a dedicar buena parte de sus ingresos, tiempo y pensamientos a consolidar su obra en la tierra y a perpetuar esta concepción de la vida en su mujer y sus tres hijos. Ahora, había otra voz. Una voz más recóndita, autoritaria y hostil. La voz que le había enseñado el auténtico camino para evitar el sufrimiento de un mundo podrido y sin esperanza. La voz que le había revelado el plan para brindar a los suyos el mayor regalo de todos. La voz detrás del olor dulzón.

Minutos más tarde, las tazas habían dejado de humear. El amanecer ya era un reguero de bronce derramándose entre los edificios. Sus sienes brillaban con el sudor. Su corazón centrifugaba dudas. Su mente se llenaba de reproches. Por eso, cuando llamaron a la puerta, una sonrisa se arqueó en su rostro. Por eso, cuando la policía y los paramédicos entraron como un torrente por el piso, les atendió con esa educación y templanza que más tarde llevaría a sus vecinos a comentar "Quién iba a pensar que él...". Por eso, cuando los cuatro cuerpos salieron por la puerta, su rostro no se había roto en despedida ni culpa. Al contrario. Estaba contento. La voz no le había engañado. Le prometió un día especial. Y así fue.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Fuga

La tormenta emborronaba la ciudad convirtiéndola en una burda acuarela. La gente aún expuesta a la lluvia corría a refugiarse en medio de una esquizofrenia de paraguas, los coches bautizaban rítmicamente las aceras con agua estancada, las fachadas se llenaban de voyeurs de aquella ducha furiosa y las apps discutían si el tiempo previsto era poco nuboso o despejado. Abrió la ventana al gris, cerró los ojos y dejó que el mundo se redujera al siseo del aguacero estrellándose contra el suelo,a los aullidos de los árboles azotados por el viento, al bramido del cielo desgarrado por los relámpagos, al olor germinal de la tierra enfangada, al frío escupiéndole su pureza a la cara, a los relojes yéndose alcantarilla abajo, a los calendarios deshaciéndose en papel mojado, a la esperanza desangrándose en ceniza, al llanto musitado de mejillas rotas, al grito histérico de la vida dándole un portazo. Cerró la ventana. Se colocó el traje que ella le regaló hacía años. Se repeinó las canas con las manos temblando por el miedo más que por la edad. Se abrochó los zapatos cuarteados. Se puso el abrigo. Se guardó en el bosillo la disculpa que había tardado en escribir una noche y cuatro líneas. Y salió dejando atrás el paragüas y una casa aún por pagar.

Cuando el cielo reconquistó el azul, la tormentaba ya se lo había llevado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Distancia

La inauguración había sido un éxito: los cuerpos chocaban en brindis, las sonrisas se intercambiaban como tarjetas de visita, las bocas centrifugaban canapés, los zapatos bailaban el chotis del espacio menguante, los ojos escrutaban las extrañas esculturas con un afectado voyeurismo y el aire se llenaba de palabras donde antes había oxígeno. La mayoría de los presentes apenas se conocían entre sí pero todos tenían el nexo común del artista taciturno que ahora surfeaba por la galería entre saludos comprometidos y elogios de garrafón mientras su ego declaraba el estado de obesidad mórbida. Fuera, la noche de julio llevaba el agosto a las terrazas y el sudor a los recovecos corporales.

Allí, en esa sofisticada sala convertida en caja de gusanos engalanados, se vieron. Había pasado tiempo. No mucho. El suficiente. Semanas. Tal vez meses. La mirada apenas duró un segundo. No mucho. Lo suficiente. Ambos estaban enmarañados en esas conversaciones en las que la gente acostumbra a dejarse llevar por una inercia insustancial e inocua. Ambos escondieron bajo su rostro cualquier gesto o expresión que delatara sorpresa, pensamiento, sentimiento o intención. Ambos siguieron dialogando mecánicamente con sus aledaños como si aquel cruce de miradas hubiera sido un choque fortuito del que no había necesidad de dar parte. Ambos decidieron no volver a mirar para evitar verse. Ambos trataron de autoconvencerse de la ausencia de toda importancia. Pero la tenía. No mucha. La suficiente.

Mientras se afanaban en su disimulo, sus respectivas mentes volvieron al pasado. Al penúltimo capítulo. Dos versiones de un mismo hecho. Una conversación en la que la lejanía física disfrazó de valentía a la cobardía. Un diálogo en el que la imposibilidad de ver y oír al otro desnudó las palabras en toda su crudeza. Una reyerta librada entre pantallas y teclas. Una inesperada tormenta textual de metralla sentimental. Un trapicheo febril de culpas y reproches. Una pirotecnia de palabras difíciles de olvidar. Un brusco y tosco lavado de conciencia propia con sangre ajena. El atronador naufragio de una relación desorientada hasta aquel momento por la ambigüedad y el ajedrecismo de quien no queriendo perder se olvidó de ganar. El estrépito antes del silencio. El hundimiento en el pasado de todo presente y, quizás, de todo futuro. Una herida a cobro revertido. La sangre, el pus y la lágrima.

Dudaban. Dudaban si dejarse llevar por el rencor y apostar por la indiferencia o bien dejarse llevar por la sensatez y apostar por la educación. Dudaban si mantener en pie las trincheras de los reproches o bien construir un puente de entendimiento. Dudaban si tomar la iniciativa o bien quedarse a la espera de lo que hiciera el otro. Dudaban si recuperar el ayer o sentenciar el mañana. Y mientras dudaban, no dejaban de pensarse. Y mientras dudaban, conversaban, sonreían, comían y saludaban con las personas de su alredor como si en su cabeza estuviera sonando Vivaldi en lugar de Marilyn Manson.

De pronto, la especulación terminó. Él dejó la copa en una bandeja, se despidió de los hombros que lo rodeaban y atravesó la sala convertido en la proa de un barco con la mirada clavada en ella. Ella miró con el rabillo del ojo e intentó fingir que lo que se aproximaba era un fantasma, alguien del pasado, incorpóreo, invisible, muerto. Conforme la distancia y las personas entre ellos menguaban, la sangre se volvió una riada que descosió cualquier guión. Bienvenidos al punto de no retorno. Dos metros. Un metro. Un segundo. Ella se giró hacia él con toda la serenidad de la que fue capaz y mantuvo su boca cerrada a la espera de que él abriera la suya. Él siguió caminando hacia ella, pasó a su lado y la dejó atrás. Luego, desapareció por la puerta de salida y no volvió.

viernes, 14 de agosto de 2015

Estrellas

Ni una. Ni una sola. Llevaban un buen rato tumbados, con sus menudos cuerpos perdidos en un mar de hierba y sus ojos intentando abrazar más cielo del que podían. La madrugada había traído una brisa agradable que limpiaba el recuerdo del sofocante bochorno diurno. Sus bocas no paraban de enredarse en un zigzag de palabras aún frescas por el regusto del helado de chocolate con el que habían finiquitado la cena. Siguiendo los consejos de los mayores, que los vigilaban como faros desde el cobertizo, se habían colocado en la zona menos iluminada para ver mejor eso que unos llamaban "lágrimas de San Lorenzo", otros "Perseidas" y la mayoría "estrellas fugaces". Pero ni una. Ni una sola...de momento. No desesperaban. Sobre ellos, el cielo nocturno de agosto desplegado hasta donde se acaban los adjetivos.

Él estaba vestido como una versión en miniatura de su propio padre. Aún era demasiado joven para analizar esa extraña obsesión con la que algunas madres visten así a sus retoños. Ella estaba vestida como si fuera a ser expuesta en un escaparate de alguna carísima juguetería. Aún era demasiado joven para darse cuenta de que las mujeres nunca dejan de jugar a las muñecas. Ambos deshilvanaban el mundo en una crónica atolondrada e ingenua en la que la risa y la bobada forman todo un corpus filosófico. Lejos, el enjambre de la conversación de los mayores, con sus fachadas y sus silencios.

Habían perdido la noción del tiempo que llevaban tumbados a la espera de que alguna estrella fugaz picara el anzuelo. Quince minutos. Media hora. Tal vez más. Lo único que sentían pasar eran las nubes espectrales a la carrera. No les importaba. Toda su ilusión se concentraba en ver el arañazo plateado de una estrella camino a ninguna parte. Y mientras esperaban a quedarse sin palabras, rellenaban con ellas todas las costuras del reloj, intentando ignorar la creciente amenaza de una voz adulta finiquitando la magia con un "Chicos, nos vamos".

De pronto, él calló. Sus ojos se abrieron como un bostezo perezoso y se incorporó bruscamente.
- ¿La has visto?
- ¿El qué?
- Una estrella. ¡Una estrella fugaz!
- ¡¿Dónde?! - dijo ella mientras se levantaba sorprendida.
- ¡Allí! Entre esas dos.
- ¿Allí?
- No, ahí.
- No.
- ¡Ja! ¡He visto una!
- Pues yo no.
- No pasa nada. Habrá más. Dicen en la tele que hay muchas.
- Vaya chasco. Qué rabia...
- Si veo otra te lo digo.
- ¿Seguro que era una estrella fugaz?
- Yo creo que sí.
- ¿Crees o estás seguro?
- Creo que estoy seguro.
- Bueno, sigamos mirando.
- Eso.
- El truco es tener los ojos abiertos.
- ¿Tú puedes estar mucho sin parpadear?
- Sí. ¿Y tú?
- Yo también.
- Guay.
Se quedaron sentados en silencio y el aire se llenó de voces de padres y grillos. 

Cuando llegaron a recogerlos, se habían quedado dormidos. La noche era demasiado grande y ellos demasiado pequeños; lo suficiente como para ignorar que las estrellas, fugaces o no, no solamente las podemos encontrar en el cielo; lo suficiente como para, aun desconociendo todo eso, evitar que la vida les arruinara una buena sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2015

Calor nocturno

Antes del clic: la ciudad declarando el estado de ebullición, el bostezo alquitranado de la madrugada, el réquiem enlutado del viento, los hielos deshaciéndose en sueños etílicos, el tango siniestro de las cucarachas, los dedos hundiéndose en la raíz del suspiro, el blues insomne de los relojes, el sudor encendiendo pieles de neón, la baliza remota de un avión evaporándose, las camas rumiando cuerpos en centrifugado, la luna derritiéndose en un espejismo de vainilla, el aleteo sin vuelo de los abanicos, las sábanas devorando secretos de ojos cerrados, el jazz fantasmal de los grillos, la Navidad en los labios de tacón y esquina, la alarma incansable de la chicharra, los televisores entonando la letanía de la silicona entre ruletas y abdominales, las farolas arrullando el frenesí de los mosquitos, el jadeo de pechos como calderas heridas, la geometría sedienta de las terrazas varadas a la orilla del asfalto, la deserción de los cuerpos fundidos, los pies hinchados como ballenas putrefactas, la luz mesiánica de las neveras abiertas, los ecos de sirenas quebrando en colores la tranquilidad de las siluetas, el aire llenándose de postales del desierto, los guiños de las estrellas en un mar de tinta, la desnudez violada por lenguas de fuego y sal, las horas derramándose como condenas sobre el precipicio del olvido, las miradas abiertas como ventanas asfixiadas, el magma errático de la vigilia, el deshielo púbico de las pasiones mentales, el callejero de los silencios cartografiado por coches sonámbulos, los gatos doblando las esquinas del tiempo en oscuridad infinita, las almohadas empapando el sabor de imposibles, el hedor espectral de la basura en su nicho de plástico, el soul negro de las pesadillas para noches en blanco, el sordo griterío de las ventanas abiertas, el tic y el tac de las miradas perdidas, el espacio detenido en la pausa ahogada del sofoco.

Después del clic: tocata y fuga del infierno, el gol de Iniesta, el Mesías de Händel, la dimisión del volcán, Disneylandia a flor de piel, el primer beso, "You win", el Calderón cantando victoria, Lázaro bailando por boreales, el exorcismo del hielo susurrado, la carga de la brisa ligera, el rumor glacial del alivio, julio es el nuevo enero, próxima estación: Groenlandia, el ronroneo del vello acariciado por el frío, la declaración de indiferencia, el orgasmo narcótico de los ojos cerrados, el oasis ártico de una ciudad disfrazada de trópico, la sonrisa de nieve y tiza, la existencia desaparecida en el lienzo del relax, el aire como página en blanco en que reescribir el tiempo perdido, el paraíso en un zumbido, la tregua polar de una noche en llamas.

Claro que él no pensaba en nada de esto. Con la ropa naufragada en alguna parte de la habitación, sentado en total oscuridad, frente al aparato encendido del aire acondicionado, sujetando su mando como un cetro, dejando que su cuerpo desnudo se bebiera todo el frescor, lo único que él tenía en su mente era "¡Joder, qué gusto!".

viernes, 29 de mayo de 2015

Tras la cena

Fuera, al otro lado de las cortinas cruzadas y la persiana bajada, el aire gélido vaciaba las calles mientras las nubes manchaban el cielo como brujas a la carrera. Dentro, los restos naufragados de la cena. Frente a ellos, el televisor encendido, iluminando el pequeño salón con un halo azulado y eléctrico. Ellos, sentados uno junto a otro, descomponían la jornada en una reyerta de anécdotas y comentarios sin más importancia que la de poner pausa y complicidad a un día a punto de echar el telón. En la trastienda de sus preocupaciones, la incertidumbre de un futuro inconcreto en el que había las suficientes amenazas como para no fiarlo todo a las certezas. No era un diálogo memorable pero era un diálogo necesario, útil, balsámico. Hablaban intercambiando palabras, miradas y pequeños gestos de los que escriben grandes historias en notas a pie de página. Dialogaban al mismo tiempo que intentaban espantar fantasmas o quizás haciendo de esto la excusa para aquello. Conversaban para saberse el uno al lado del otro, para sentirse juntos pese a todo y por encima de todo. Utilizaban aquella agradable palabrería para dar un barniz de normalidad a una vida en la que cada noche velaban armas para el día siguiente, para vestir de rutina la épica de salir adelante en un mundo que no acababa de amanecer, para amansar un tiempo encabritado como un animal herido. Se daban palabras con la misma honestidad que un beso porque en ocasiones el silencio es un lujo que una pareja feliz no se puede permitir.

Y así estaban, zigzagueando en la frontera entre lo mundano y lo íntimo, cuando la televisión empezó a susurrar una ventana hacia otra de esas tantas vidas que caben en la vida. Una ventana hacia una tragedia de esas que hacen tambalear cualquier creencia en cualquier Dios. Una ventana hacia una historia que, teniéndolo todo para acabar mal, merecía acabar bien. Una ventana hacia la intimidad de una pareja muy joven, humilde, anónima hasta entonces cuya valentía y compromiso les libraba de cualquier posible juicio o consejo o nada que no fuera enmudecer y conmoverse. Una ventana hacia una de esas epopeyas que lo mismo sirven para cebar programas sensacionalistas que para descartar el destino como animal de compañía o para aleccionar sobre en qué consiste esto de la vida. Una ventana directa hacia una moraleja agridulce, impertinente y cierta: vivir es reaccionar. Pero también es creer no tanto en un Dios como en quien te hace sentir como si lo fueras; creer en quien con una sola sonrisa pinta de luz la más profunda oscuridad; creer en quien espera de ti lo imposible que sólo tú eres capaz de hacer; creer en quien da sentido y significado a cualquier sacrificio por exigente, duro o desagradable que sea; creer en quien convierte el amor en la mejor excusa para no renunciar a nada; creer en quien, desde que entra en tu vida, se convierte en ella.

Pasaron varios minutos en los que sólo el televisor hablaba. Ambos estaban completamente sumergidos en la historia de aquellos jóvenes que habían convertido el tártaro en una declaración de amor apabullante e incontestable. En un ejemplo. En una lección. 

Cuando desaparieceron de la pantalla, ellos seguían allí, en el salón. Apagaron el televisor. Recogieron la cena. No hablaban. No hacía falta.

viernes, 2 de enero de 2015

Principio y final

El suelo yermo, blanco y helado de la tundra se extendía en todas direcciones. Sólo la rugosidad de las compactas nubes permitía distinguir con claridad el cielo de la tierra. No había camino ni referencia natural o artificial que permitiera orientarse. El horizonte, cualquier horizonte, era difuminado constantemente por la gélida ventisca. El tiempo y el espacio se disolvían en la nieve. Ni día ni noche. Ni cerca ni lejos. Ni comienzo ni fin. Aquella inmensa nada blanca era la única respuesta a cualquier pregunta. El principio y el final de todo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Los dos lados de la ventana

Fuera, tras la ventana, una luz ahogada en blanco sepulcraba el teatrillo de un otoño que ensayaba un día más la despedida. Fuera, tras la ventana, la neblina emergía espectral desde el río, desvaneciendo los huesos roídos de los árboles. Fuera, tras la ventana, decenas de suelas machacaban la hojarasca que amortajaba las calles como los jirones de un diario obsoleto. Fuera, tras la ventana, el viento olía a brindis y derrota, a telón a punto de caer. Fuera, tras la ventana, la orquesta desafinada de la ciudad rompía el réquiem con su enjambre de ruidos. Fuera, tras la ventana, el mundo seguía su locura de peonza. Dentro, tras la ventana, el tiempo suspendido en la penumbra era el principio y el final de toda esperanza. Dentro, tras la ventana, el espeso silencio velaba el derrumbe de un aliento que se apagaba como el sol en el oeste. Dentro, tras la ventana, las palabras se disolvían en recuerdo y en nada dejando en el aire un amargo olor a nostalgia. Dentro, tras la ventana, los sueños por vivir, las promesas por cumplir y los proyectos por hacer se habían disuelto como sueños separados de la almohada. Dentro, tras la ventana, la vida se escapaba como un castillo de arena asediado por la espuma salada. Dentro, tras la ventana, el teléfono permanecía enmudecido por los vivos que no quieren saber nada de la muerte. Dentro, tras la ventana, los vestidos de las grandes ocasiones colgaban resignados al nunca más. Dentro, tras la ventana, las lágrimas abrillantaban unos labios combados en sonrisa. Dentro, tras la ventana, un coqueto pañuelo coronaba un cuerpo a punto de implosionar. Dentro, tras la ventana, ella miraba la vida marchar.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La última hoja

Edward Barrons peinaba funerales, tenía la vida sin planchar y la sonrisa cerrada por derribo. Pero eso no le importaba. Vivía en una urbanización de las afueras donde nunca pasaba nada que no fuera el tiempo. Pero eso no le importaba. Tenía setenta y ocho años y murió a los setenta y tres. Y eso sí le importaba. Porque hacía cinco inviernos que ya nadie le llamaba “Eddie” ni le despertaba con olor a tostadas y café recién hecho ni le abrazaba por las noches en la cama aunque no hiciera frío. Aquella mañana, con la madrugada aún en retirada, se puso la bata que ya no olía a ella, dejó encendida la radio en la cocina y salió al cobertizo. Frío y viento para un hombre hueco. Otoño en el jardín. Y en el jardín, un roble. Y en el roble, una hoja. Una que bailaba su muerte como un ahorcado. Durante un instante, Edward Barrons pidió a Dios que esa hoja fuera la suya. Cinco minutos después, entró en la casa y subió el volumen de la radio. Música clásica para un mar de silencio.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Último servicio

Tenía el pelo cobrizo, la piel lechosa y el corazón podrido. Se llamaba Dana Rouge y no había puta que la superara a ese lado del Misisipi. Por su cama lo mismo pasaban hombres de negocios que magos vudú, casados cincuentones que estudiantes con acné, sacerdotes descarriados que diablos con las ideas claras, cuerpos atléticos que engendros vomitivos, blancos que negros, chicanos que chinos, dotados que micropenes. Si tenías el dinero suficiente, su vagina era universal. Se llamaba Dana Rouge y a sus más de cincuenta años ya era una puta leyenda. Aliviar los genitales y la cuenta corriente de los hombres era su profesión pero lo suyo, además, era auténtica vocación: disfrutaba jodiendo. No había postura ni gemido ni mirada ni exclamación ni perversión ni enfermedad venérea que no conociera. No había ninguna petición a la que se negara si alguien estaba dispuesto a pagar el precio. Su precio. Se llamaba Dana Rouge y a su edad ya había ganado y gastado más dinero que muchas familias en toda su vida. 

La noche en que se retiró de la profesión, Dana Rouge estaba sentada en su tocador, junto a la cama de cuatro metros cuadrados y sábanas de importación, esperando la llegada del último cliente de la jornada. Una elegante bata de seda color burdeos cubría su enjuto cuerpo al tiempo que empababa el sudor y el olor de un hombre cuyo nombre ya había olvidado. Como siempre, entre servicio y servicio, se acicalaba su largo cabello, se pintaba los labios, se perfilaba los ojos y mascaba compulsivamente un chicle de menta para eliminar de su aliento el olor a nicotina y semen. Penetrando la ventana, el viento nocturno llenó la habitación del húmedo calor del pantano y una lejana canción de jazz. Fuera, en el porche, junto al embarcadero, una orgía de mosquitos acosaba un farol destartalado. Llamaron a la puerta. Dana se echó dos gotas de perfume detrás de los oídos. Volvieron a llamar a la puerta. Dana se incorporó y recorrió el espeso silencio de su casa hasta el recibidor. Justo cuando estaban a punto de llamar por tercera vez, abrió la puerta, dejando que una sonrisa, dos pezones y un kilo de silicona dieran la bienvenida al último cliente. Era un hombre de pelo cano, piel curtida, traje sobrio negro y gafas de sol. Ninguno de los dos dijo nada. El cliente entró antes de que Dana pudiera invitarlo a pasar. En el aire, flotando como un ahorcado, dejó un olor a incienso y carne podrida. Dana disimuló el asco y le sonrió. ¿Quieres una copa? ¿Vino? ¿Gin? El cliente no contestó y se encaminó al dormitorio sin esperar a Dana. De acuerdo, Romeo. Para cuando Dana llegó a su cuarto, el cliente se había sentado a los pies de la cama, con una pose tensa, hierática. Relájate, cariño, y dile a Dana qué va a ser: fránces, griego, completo, lluvia, bondage...Pide y Dana te lo dará si tú puedes dar a Dana. El cliente la miró fijamente pero sus labios macilentos no se despegaron. ¿Te gusta sólo mirar? ¿Quieres que Dana haga un striptease para ti? La única respuesta que se escuchó en la habitación fue la de los animales del pantano follándose al silencio. Muy bien, cariño, puedo quedarme aquí toda la noche sin mover un músculo mientras pagues por ello pero creo que es hora de que abras la boca o la cartera. El cliente miró hacia la ventana. Dana sonrió y se acercó a él. Lo entiendo, cielo. Tranquilo. Déjate hacer por Dana. El cliente alzó su mano derecha y la detuvo. Oye, mira, encanto, soy puta pero no idiota. Dana Rouge no está para perder el tiempo. O pagas y jodemos o ya te estás largando. El cliente se incorporó y el olor a putrefacción se hizo insoportable. Dana retrocedió dos pasos y sofocó una arcada mientras el cliente se aproximó hacia ella con tranquilidad. El farol del porche comenzó a parpadear y un silencio atronador quebró toda la normalidad de la noche. Con un suave y delicado gesto, el cliente retiró la mano de Dana de su boca y acarició su mentón. La respiración de Dana se despeñó. Los labios del cliente se abrieron y dejaron escapar una voz como el eco enfurecido de decenas de niños llorando. Dana Rouge, hoy vas a aprender una cosa: la muerte nunca viene a que la jodan sino a joder.

Se llamaba Dana Rouge y nadie supo qué fue de ella.

viernes, 31 de octubre de 2014

A su lado

Podía quedarse mirándola así, en silencio, todos los segundos que le quedaran al mundo. Podía quedarse mirándola así, en silencio, hipnotizado por su serenidad. Podía quedarse mirándola así, en silencio, imaginando la posibilidad de despertarla con un beso lleno de luz. Podía quedarse mirándola así, en silencio, pensando en si en ese preciso instante estaría soñando con él. Podía quedarse mirándola así, en silencio, sonriendo al recordar el trueno feliz de su risa. Podía quedarse mirándola así, en silencio, resctando el sabor salado y fresco de su cuerpo en sus labios. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, bajándose del tren del tiempo y renunciando a todos los mapas y coordenadas. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, expulsando de su memoria todos los recuerdos grises. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reviviendo en sus ojos la primera vez que la vió. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, recordando en su pulso la primera vez en que ella lo miró. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, aguantándose las ganas de cartografiar su piel con sus dedos. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, conspirando con el azar para regalarle un nuevo momento de felicidad. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, volviendo al instante en que un beso lo cambió todo. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, esperando el momento de volver a acunarla en un abrazo. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reinventándola en su nariz en un agradable olor a champú y perfume. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, reviviendo el terremoto del primer orgasmo compartido. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, dejando que su mano sobrevolara su precioso pelo negro y surfeara el horizonte delicado de su delgadez. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, disfrutando con la oportunidad de volver a sentir su piel como pan recién hecho sobre su pecho. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, deseando escuchar su respiración calmada y sutil. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, cambiando las palabras por sensaciones y el pasado por el presente. Podía queda quedarse mirándola así, en silencio, a su lado, para siempre...y así lo había decidido. El ataúd era incómodo y el aire escaso. Nada de eso le importaba. El mundo y su lógica quedaban varios metros por encima y tenía toda la eternidad para acostumbrarse. Lo importante era ella. Siempre lo había sido. Lo importante era que iba a estar a su lado. Como siempre. Para siempre.

Cambio de planes

Para cuando amaneció, Jerónimo Peñazar ya tenía los ojos abiertos. Su cara, encallada junto al mirador que dominaba el ático, se convirtió en un farolillo de verbena low cost mientras el sol se encaramaba por el horizonte con la agilidad de un guiri asalmonado de cien kilos. Siempre le había gustado pensar que Dios ayuda a quien madruga, sin importar qué ocurría con los que tenían turno de noche. Aquel día tenía una agenda bastante completa: treinta y seis correos electrónicos por enviar, dieciséis llamadas telefónicas que hacer, cuatro reuniones presenciales a las que asistir, dos audioconferencias en las que participar, una videoconferencia en la que dejarse ver, asistir a la presentación de un libro sólo para intercambiar tarjetas de visita, declinar la invitación a una conferencia, humillar a un becario sólo por diversión de cabrón alfa, dejarse a medio beber cinco cafés, almorzar con su jefe para abrillantarse los egos, hacer cinco chistes sin gracia, comer en una hamburguesería con la secretaria postuniversitaria a la que quería ascender en la escala de personal adjunto a la cama, recoger el chaqué del tinte, llamar a su exmujer y enviar recuerdos a sus tres hijos, pasarse por el ginclub para hacerse una transfusión de Bloody mary, enviar un sms a su examante preguntándole por su pequeño bastardo de seis meses, pagar un cuarto de su sueldo a "La fabulosa Candice" (nacida Cándida) por descontracturarle los genitales, comprar kebab para cenar, sentarse a contemplar en su pantallón de plasma cómo el Real Madrid masacraba a un equipo de segunda división, escribir un par de tuits discutiblemente ingeniosos, teñirse las canas, untarse la pomada quemagrasa en el vientre y quedarse dormido desnudo escuchando a Frank Sinatra. 

Dos horas más tarde, José Peñazar seguía allí. Solo. Junto al mirador de cristal tornasolado. En su sofisticado ático. Con el sol bronceando su cara y los ojos llenándose de ciudad esquizofrénica. Junto a su enorme cama deshecha, en la que un tanga granate había naufragado en una tormenta nocturna de alcohol y ADN. A dos pasos de su mesilla, en la que las llamadas y mensajes se apilaban en su smartphone como una partida de tetris. Quizás debería haber avisado en su trabajo. Quizás debería haber comunicado a alguien que se encontraba tremendamente indispuesto. Quizás lo habría hecho de haber podido. Quizás alguien a esas horas ya debería saber que una cabeza decapitada no iría a ninguna parte. Quizás alguien debería saber ya que la noche había traido consigo un inesperado cambio de planes.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Todo por celebrar

Aquel día tampoco hubo nada que celebrar. Ni cumpleaños ni aniversarios ni premios de lotería ni ofertas de trabajo ni triunfos deportivos ni mapas del tesoro ni genios de la lámpara ni superhéroes al rescate. Otra jornada más llena de nada. Como el día anterior. Como el día siguiente. Como todos los días en los que la incertidumbre transformaba las cuentas bancarias en relojes de arena y el futuro en un lugar sospechoso. Como todos los días en los que vivir era sobrevivir en el alambre en un tiempo en el que llovían funambulistas. Como todos los días en los que tener más de treinta años era respirar en tierra de nadie. Como todos los días en los que el desempleo acortaba la vida más que el tabaco. Como todos los días en los que la felicidad era la última especie en extinción. 
El descansillo de la escalera olía a televisores cenando mientras la noche se desparramaba por el cielo como una caricia de azúcar. Dentro, en la cocina, duchada por una luz azulada que sacaba un brillo lunar a los azulejos negros, ella terminaba de fregar los cacharros. Sólo el siseo del grifo convertía al silencio en espuma. En su mente, las nubes por despejar. Al sentir sus manos rodeándola como la marea, se sobresaltó. La preocupación siempre es un buen silenciador. Él no dijo nada; apoyó la boca en su nuca y dejó que su nariz se llenara de ese perfume que siempre tendría para él ninguna marca, un nombre y dos apellidos. "No hagas el tonto" dijo ella sin volverse. La calidez de sus manos desapareció de su vientre y su aliento se despegó de su larga cabellera castaña. Sacó en silencio el iPhone de su bolsillo. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Una canción comenzó a sonar y la cocina se vistió de bolero. Él volvió a rodearla con sus brazos, la giró suavemente y la estrechó contra sí. No hubo palabras en ninguna boca. Él comenzó a moverse lentamente al son de aquella melodía color de ron. Ella sonrió, acunó su cabeza en su pecho y dejó perderse en su abrazo. Primero desaparecieron las sartenes y los platos. Luego el fregadero y la nevera. Después los armarios. Y los azulejos. Y la luz. Y las paredes. Y el suelo. Y el resto del piso alquilado. Y el edificio de maderas canosas y vecinos crujientes. Y la ciudad encendida en siluetas. Y el país al borde de la desesperanza. Y el mundo al filo del colapso. Y el tiempo mismo. Todo desapareció hasta que sólo quedaron ellos dos, bailando aquella canción con sabor a atardecer. Ella lo abrazó más fuerte y él la besó suavemente en la cabeza. Y así se quedaron aún mucho después de que el bolero acabara.

viernes, 1 de agosto de 2014

Estamos bien jodidos

Hay recuerdos y lugares que es mejor dejarlos varados en la infancia. Hay recuerdos y lugares que sólo conservan su magia y esencia en la mirada ingenua, grandilocuente y complaciente de un niño. El Zoo es uno de esos recuerdos. El Zoo es uno de esos lugares.

Conforme avanzaba hacia la entrada del recinto, la algarabía y el hormigueo multicolor de los visitantes insuflaban la pretensión de revivir un sueño, de colorear una foto en blanco y negro, de retroceder en el tiempo para reencontrarse con el asombro perdido, de darse de bruces con el cachorro que una vez fue. La magdalena de Proust convertida en un parque zoológico. Enredado en expectativas y nostalgias, los pasos me llevaron mecánicamente hasta la cola de la taquilla. Arriba, el sol de julio encendía los colores y abrillantaba las frentes. 

Con la entrada ya en la mano y la ligera sospecha de que el Zoo había cambiado el romanticismo por el capitalismo, comencé a deambular, rodeado de familias arrastradas por niños que llameaban sorpresa y gritaban como groupies. En esos primeros metros e instantes, lo más llamativo no fueron los animales o quizás "no esos animales" sino varios de los que caminaban sobre dos piernas y se hacen selfies, seres vivos que daban una nueva dimensión a la palabra "vulgar": padres cretinos y madres gañanas con vástago/s a juego. A los niños se les perdona. A los que les parieron no. Riñoneras imposibles, gafas de sol modelo afterhour, chanclas de hortera sin playa, camisetas dañinas para la retina, nikis que realzaban barrigas y tetas flácidas, sobacos lustrosos, bocas centrifugando chicles, voces molestas como el chillido de un cerdo en la matanza...Bienvenidos al zoo, la vida en estado salvaje. Era fácil querer centrarse sólo en los animales que había al otro lado de las vallas. Fácil e higiénico para los sentidos.

Según fueron pasando los minutos, los letreros rimbombantes y las especies, la ilusión se desvaneció como lo que siempre fue: un espectro, un eco, un espejismo, un engaño. En su lugar, emergió la realidad con toda su crudeza, con toda su capacidad frustante, con toda su voluntad de abrir ojos y despertar conciencias porque lo cierto es que el Zoo, más que un lugar donde maravillarse asomándose a la vida salvaje y olvidarse de la ciudad y creerse en África, la Antártida, Alaska o el Amazonas, se reveló como un lugar con el ¿encanto? decrépito de una residencia de ancianos o, si se prefiere, de una prisión al aire libre y de look postapocalíptico en la que poder contemplar a animales que, en el
mejor de los casos, habían olvidado cómo era la vida en libertad: animales confinados, animales resignados, animales que respiraban pero carentes de vida, animales vaciados de cualquier sentido, animales naufragados en un laberinto de hormigón, animales a los que les habían cambiado un destino por otro. Así las cosas, por mis ojos pasaron cabras con síndrome de abstinencia, rinocerontes sin cuernos pero con el entusiasmo de un desempleado, tigres tomando el sol como jubilados en Benidorm, leones durmiendo la siesta a las doce de
la mañana, bisontes con el aspecto de un adicto al crack, hipopótamos a los que les habían cambiado un río por una charca, jirafas en modo photocall, elefantes anquilosados por la apatía, chimpancés hasta los huevos de visitas, águilas reales cuyo cielo azul era una reja de color negro, mandriles misántropos, osos pardo completamente aburguesados pidiendo comida como aristócratas caídos en desgracia, tiburones en bucle, lobos tirados por el suelo como yonquis...

Es curioso cómo nos dejamos llevar por la sugestión. Somos consumidores de eufemismos. Somos maestros a la hora de tolerar algo que está mal sólo porque es "nuestra" cagada. Somos especialistas en travestir lo desagradable, en ningunear lo que nos recrimina con el dedo y en acostumbrarnos a lo que no tiene nada de natural, sano o lógico. Y lo somos porque somos culpables de ello, partícipes de nuestra propia mediocridad, responsables de nuestro fracaso como especie dominante. Y el Zoo es una buena muesta de ello porque, romanticismos aparte y nostalgias naif al margen, el Zoo no es...
  • Una "experiencia de la naturaleza o de lo natural" sino una "vivencia de lo artificioso y de lo forzado".
  • Una oportunidad para disfrutar de animales salvajes sino para observar animales enjaulados.
  • Una ventana al mundo en que vivimos en toda su plenitud sino un muestrario de los jirones en los que lo estamos convirtiendo.
  • Un ejemplo de cómo el ser humano está ayudando a la conservación de la fauna sino el máximo exponente de su fracaso en tal empeño. 
De regreso ya a las taquillas, con la mañana tan finiquitada como la nostalgia, en mi cabeza se había enmarañado la mirada fugaz pero intensa de un gorila. Una mirada que seguramente para él no significara nada en absoluto pero cuya profundidad removió algo en mí. Una bofetada a la conciencia. Una mirada que me hizo cuestionarme quién estaba más jodido: si los animales a un lado de la jaula o los que estaban al otro. Con el Zoo, su decadencia travestida, su cacofonía multicolor y su felicidad sugestionada ya a mis espaldas, supe la respuesta a esa mirada: estamos bien jodidos.

viernes, 18 de julio de 2014

El empleado número 4376

Después de pasar por el arco antimetales, validar inalámbricamente su tarjeta, superar el escáner de retina y conseguir aguantar el tacto rectal sin poner cara de “Por ahí no, gracias”, el empleado número 4376 entró en el edificio de oficinas como cada mañana en los últimos diez años. En el ascensor, de camino a la séptima planta, bajo un narcótico hilo musical, el empleado número 4376 intentó vaciar su mente de cualquier cosa que pudiera entorpecer su trabajo: hipoteca, rubias con pecho natural y las palabras “orgullo” y “dignidad”, como cada mañana en los últimos diez años. Planta 7. Abriendo puertas. Caminó cuarenta y cinco pasos y medio hasta su puesto con la discreción ninja de una monja mientras su mirada araba una moqueta de azul desvaído con tantos gérmenes y tan antiguos que tenían sus propios cantares de gesta. Al paso de sus mocasines, veinticuatro cámaras de seguridad se giraron como si Charlize Theron hubiera entrado en un penal mientras las miradas del resto de personal afloraban por encima de los monitores con el disimulo de un hombre-orquesta, como cada mañana en los últimos diez años. Encendió el ordenador, se cercioró de estar correctamente peinado, introdujo la contraseña número uno, se colocó sus gafas de concha negra, introdujo la contraseña número dos, comprobó que su aliento olía a "menta ventisca glacial", introdujo la contraseña número tres y ya pudo empezar a trabajar, como cada mañana en los últimos diez años. Welcome to the Matrix. Después de tres títulos universitarios, dos cursos superiores y un máster, el empleado número 4376 había encontrado su lugar en el mundo como "técnico analista de fluctuación cuantitativa en tiempo real de tráfico online en el portal corporativo", es decir, se dedicaba a contar el número de visitas que recibía la web de la entidad sin ánimo de lucro (excepto para sus directivos) en la que trabajaba desde que un buen día decidió probar suerte en un lugar en el que no se habrían adentrado ni Ulises con sus amigos ni Dante con Virgilio ni Rambo son sus flechas. Un lugar en el que ni la luz, ni el aire ni la propia naturalidad eran naturales. Un lugar en el que tres mil cien hombres y mil doscientas setenta y seis mujeres trabajaban con la mecánica alegría de quienes antaño remaban en galeras. Un lugar cuyo ambiente era tan sano que hacía que El paraíso perdido pareciera Woodstock. Un lugar en el que los seres humanos se dividían en dos castas: los cabrones que mandan y los sumisos que obedecen. Un lugar en el que el síndrome de Estocolomo era una buena alternativa a quemarse a lo bonzo o a saltar desde la azotea. Un lugar en el que las copas de Navidad provocaban el vómito antes de que cualquier mojara su lengua en alcohol. Un lugar que recomendar a tus peores enemigos. Un lugar contra el que sólo había dos vacunas posibles: la lobotomía o el desempleo.

Tres horas y cinco visitas a la web más tarde, llegó la hora del
café. Estampida. La conquista del Oeste bajo luces alógenas. La cafetería como el Dorado. Pero él no: el empleado número 4376 seguía en su puesto, como si fuera el vigía encargado de avisar de cualquier incursión de alienígenas seguidores de Charles Manson. No pasarán. Sus ojos permanecían atentos a la pantalla, listos para detectar cualquier cambio que elevara a seis el número de visitas de la web. Mientras, en el abrevadero de cafeína, sus compañeros de trabajo seguían tejiendo cotilleos, quejas y leyendas urbanas a la velocidad de la luz. Veinte minutos más tarde, el aire de la oficina volvió a llenarse de dedos que martilleaban teclados y teléfonos que ululaban como dragqueens en primavera. Y el empleado número 4376 seguía ahí, con sus cinco visitas, su web de mierda y su cara de nerd caído en desgracia. Una hora más tarde, la vejiga del empleado número 4376 amenazaba riada y se levantó en dirección al baño, mientras sus compañeros de oficina cuchicheaban a su paso. Cuatro segundos antes de alcanzar la Meca alicatada donde peregrinan los sufridos seguidores del retrete, la puerta de la directora de departamento se abrió y le engulló como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Reunión urgente. Urgente no es sinónimo de rápida. Tampoco de eficaz. 

Dos horas y media más tarde, el empleado número 4376 salió del despacho de su jefa con una idea muy clara: su jefa tenía que cambiar la medicación, visto que la medicación no le cambiaba a ella: alguien tenía que ganar aquella batalla. Por fin, llegó al baño y puso en marcha el aspersor de orina. Volvió a su puesto, dejando un un reguero de comentarios en el que “despido” era trending topic. Cinco visitas. 

A la hora de la comida, todos los morlocks se marcharon. Todos menos el empleado número 4376, que seguía en su puesto. Las cámaras de seguridad le observaban con el detenimiento con el que un adolescente mira un vídeo porno. Cinco visitas. De pronto, su teléfono móvil vibró. “Casa”. Una gota de sudor hizo rafting por su frente. Dilema: Cumplir con su trabajo o hablar con su mujer. Inspiró.
- Hola. ¿Qué tal?
- ¡Hola! ¿cómo estás?
- Bien, todo bien. Ya sabes, mucho lío.
- ¿Vendrás pronto esta tarde?
- Me encantaría. ¿Por qué?
- Me gustaría que me ayudaras a escoger el color de unas cortinas que he visto.
- Haré todo lo posible por salir pronto.
- ¿Estás liadísimo, no?
- Un poco…estamos inmersos en una campaña y hay muchos nervios.
- ¿Qué campaña? ¿La de la cerveza coreana?
- No, esa no. Otra.
- Bueno, tú tranquilo, mi vida. Eres el mejor publicitario de España.
- Publicista.
- Eso. Publicista, pero tranquilo, cariño, saldrá todo bien.
- Oye, te tengo que dejar, ¿vale? Tengo jaleo.
- ¡Ánimo! Un beso. Hablamos luego.
Cuando todo el mundo regresó envuelto en olor a fritanga y puchero, el empleado número 4376 seguía ahí, en su puesto. Cinco visitas. Sin novedad en el Tártaro.

A las ocho menos veinte de la tarde, a veinte minutos de que la oficina adquiriera la paz de los cementerios, el teléfono móvil del empleado número 4376 volvió a vibrar. “Casa”, se imaginó. Error. “Seguros Mapfre”. Su corazón se convirtió en un tambor tirado ladera abajo y su paquete se agigantó como una vela con viento a favor. No había dilema posible. El empleado número 4376 levantó sus setenta kilos de traje y salió disparado al descansillo de la escalera de incendios, mientras todos sus compañeros empezaron a tejer en su imaginación una historia de emergencia casera con final dramático en el hospital y las cámaras de seguridad le miraron como aliens al paso de Ripley. Dos minutos y una erección más tarde, al volver a su puesto, la mente del empleado número 4376 ya no estaba preocupada por las cinco visitas ni por la web ni por su jefa ni por su trabajo ni por la esposa que le esperaba en casa para elegir el color de unas cortinas ni por la carpa de circo emergida en su entrepierna: todo lo ocupaba la amante cuarentona que le había nombrado sustituto oficial de un ramillete de consoladores ordenado por colores; la misma mujer que creía que el toy boy al que se estaba tirando en ausencia de su marido era un prometedor broker; la misma "Seguros Mapfre" que acababa de conseguir que, una noche más, el empleado número 4376 tampoco llegara a tiempo de dar las buenas noches a su hijo; la misma loba que, en apenas media hora, iba a estarse follando al más capullo de todos los corderos. Apagó su ordenador. Tragó saliva y se encaminó al despacho de su jefa. La conversación duró poco. El empleado número 4376 salió con su entrepierna convertida en una anaconda mientras su jefa se autoconvencía en su despacho de la bondad de permitir salir a un empleado para velar en urgencias por el cuidado su suegra nonagenaria tras ser mordida en la yugular por un Schnauzer enano.

Ya en el ascensor, el empleado número 4376 sonreía triunfal y excitado, mientras el hilo musical le amenizaba el descenso al mundo real con grandes éxitos new age…hasta que la luz parpadeó y el ascensor se detuvo entre la tercera y la segunda planta. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un operario cualificado resolverá esta incidencia". El empleado número 4376 miró su reloj. Las ocho menos cinco.

A la mañana siguiente, el empleado número 4376 seguía allí. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un operario cualificado resolverá esta incidencia".

viernes, 11 de julio de 2014

Un fallo tonto, un simple error

Para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Sería un buen resumen para mi lápida. La otra opción que se me ocurre es “Esto me pasa por gilipollas” y, entre tú y yo, tampoco hay que excederse. Fue un simple error. Como votar a un partido político convencido de que es lo mejor. Un fallo tonto. Como creer que los cuentos con suegra tienen final feliz. Un simple error. Como apuntarte a “Gran Hermano” para darte a conocer como compositor. Un fallo tonto. Como pensar que leer muchos libros de dietas milagrosas científicamente probadas te ayudará a rebajar tus ocho milagrosos kilos de grasa científicamente probados antes de sentirte como un perfecto imbécil. Un simple error. Como estar convencido de que Leticia Sabater es un ser humano. Un fallo tonto. Como tener los oídos despiertos cuando tus padres se ponen tiernos. Un simple error. Como decidir salir del paro trabajando como sicario cuando tu único contacto previo con las armas fueron las escopetas de feria. Un fallo tonto. Como pensar que ese trabajo te ayudaría a recuperar tu cuenta corriente y el siliconado corazón de esa gogó a la que llamas “ex”.

Pero, como decía, para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Las 00:05, concretamente. Hace un minuto, estabas subiendo en el ascensor futurista, colocándote la corbata roja comunista y tarareando esa canción de AC/DC de la que nunca te preocupaste por recordar el título. Hace dos minutos, entrabas en el lujoso vestíbulo del edificio con el sudor convirtiendo tu espalda en las cataratas del Niágara mientras te esforzabas por parecer un auténtico exterminador sin sangre en las venas. Hace dos minutos y cuarenta segundos, despedías al taxista después de un trayecto de media hora bajo neones amarillos y semáforos en ámbar escuchando los grandes éxitos de Julio Iglesias. Hace treinta y tres minutos, parabas un taxi en plena Gran Vía y te sentabas con cuidado de que la pistola no hiciera un doble tirabuzón desde el interior de tu abrigo hasta el suelo. Hace cuarenta minutos, apuntabas en un post-it las señas de tu primer encargo. Hace cuarenta y cinco minutos, terminabas de vestirte y, aunque te apretaba un zapato, te gustabas tanto en el espejo que te sentiste todo un Corleone. Hace cincuenta y seis minutos, te enjabonabas en la ducha al ritmo de Lady Gaga. Hace tres horas, tocabas la pistola alquilada como si fuera el Santo Grial. Esta mañana, te sentías invencible. Pero ahora, puto cretino, ahora estás a punto de cagarla. Una cagada tamaño familiar. Primero, porque has llamado al timbre. Segundo, porque no te has puesto guantes. Tercero, porque te ha abierto la puerta un tío que hace que los espartanos de las Termópilas parezcan hare krishna. Y cuarto, oh, bendito imbécil, porque al disparar el gatillo con una sonrisa diabólica en los labios te das cuenta de que tienes el cargador en el bolsillo del pantalón. Un fallo tonto. Un simple error. La primera hostia te despeina la gomina ultrafuerte antes de pedir tiempo muerto. La segunda convierte tu cara en cuadro cubista. Y la tercera…bueno, para cuando te viene la tercera hostia ya estás viendo pasar tus cuarenta años de vida a ritmo de videoclip. Y entonces, antes de llegar al "The End", recuerdas el momento en blanco y negro en el que tu abuela, toda pellejo y bondad, te acariciaba la nuca diciendo: "Estoy convencida de que llegarás a ser un gran hombre". Lástima. Para cuando te quieres dar cuenta de que eso no será así, ya es demasiado tarde.

viernes, 4 de julio de 2014

Preparativos


Aquel iba a ser un día importante. Con el cuerpo aún húmedo tras la ducha caliente, alzó la mano, descolgó el albornoz de algodón egipcio y se sumergió en la neblina vaporosa que desdibujaba su cuarto de baño minimalista. Limpió de vaho el espejo, encendió un pequeño halógeno, cogió del estante su cepillo de dientes, aplicó sobre las cerdas su pasta dentífrica blanqueadora, la humedeció bajo el hilo de agua del grifo y se cepilló enérgicamente la boca cuatro veces, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Llenó un vaso con agua y se enjuagó la boca mientras contaba mentalmente diez segundos. Escupió. Volvió a beber, volvió a enjuagarse durante diez segundos y volvió a escupir. A continuación, aplicó nuevamente la pasta sobre el cepillo y se lavó la boca cuatro veces otra vez y repitió los enjuagues. Seguidamente, limpió el cepillo y lo colocó dentro del vaso. Cogió su colutorio de sabor mentolado, bebió un sorbo e hizo un último enjuague durante treinta segundos antes de escupirlo. Se quitó con cuidado el albornoz, lo colgó en el perchero junto a la ducha y así, desnudo, volvió ante el espejo. Buscó su aceite hidratante y empapó y masajeó todo su cuerpo con él. Mientras su piel asimilaba la loción, acercó su rostro al espejo y escudriñó cualquier imperfección que detectara en su piel, ya fuera vello no rasurado o un punto negro. Descartó afeitarse pero sí cogió su gel facial tonificante con efecto exfoliante y se lo aplicó concienzudamente por toda la cara. Durante cinco minutos, se quedó completamente inmóvil. Luego, una vez el gel ya había hecho efecto, se lavó en el lavabo con agua fría, empapó delicadamente su rostro en la toalla bordada con sus iniciales y limpió con ella las salpicaduras que había en el espejo y alrededor del lavabo. Tras doblarla perfectamente, dejó colocada la toalla en el toallero. Cogió su desodorante con olor a polvos de talco y se impregnó con él axilas y pecho. Dejó el spray en el estante y tomó su gel fijador con efecto mojado. Se empapó con él las palmas de las manos y untó con él su suave y largo cabello negro. Finalmente, se peinó escrupulosamente hacia atrás sin dejar ni un solo pelo al azar. Se lavó las manos con alcohol desinfectante dos veces. Apagó la luz. Salió del baño y sus pasos se perdieron por la tarima del pasillo, apenas alumbrada por las primeras luces del amanecer que se filtraban por el ventanal que daba acceso a la piscina del jardín. En su vestidor, rodeado de decenas de corbatas, camisas, trajes, zapatos, gemelos, relojes...hasta la ropa interior aparecía iluminada como un objeto de museo. Sus pies cruzaron la moqueta de aquí para allá intentando configurar el conjunto que llevaría aquella mañana. No podía ser cualquiera. Ese día no. Aquel iba a ser un día importante. Le iba a conocer mucha gente. Escogió la corbata de seda roja que había comprado en Milán el verano pasado, la camisa blanca que había pagado con tarjeta en Londres durante las rebajas, el traje gris perla con el que festejó la pasada Nochevieja en Nueva York, los mocasines que había comprado en París la última primavera y los gemelos de plata que le había regalado su mujer por su sexto aniversario de boda. Impecable. Perfecto para un día tan importante como aquel. Sólo quedaba un detalle más. Entró en su despacho, cogió su teléfono móvil y llamó a la oficina. Pidió a su secretaria que cancelara todas sus reuniones y que se disculpara en su nombre sólo con quien fuera estrictamente necesario. Se despidió amablemente y colgó. Aquel iba a ser un día importante. No convenía que en el trabajo se enteraran. Aún no. Metió su móvil en el bolsillo y fue al salón. Se sentó en el chesslong de cuero negro, se descalzó y encendió su televisor de plasma de ciento veinte pulgadas. Aún no habían comenzado los informativos matinales. Sonrió. Entonces, se dio cuenta de que había olvidado algo. Volvió al aseo, cogió el exclusivo frasco de colonia que había comprado previa reserva por internet y se perfumó el cuello y las manos. Ahora sí. Ya estaba preparado. Retornó al salón, se sentó en el chesslong y apagó el televisor. No quería distracciones. Sacó su teléfono móvil, marcó y con una voz serena y cordial dijo: "Policía, he matado a mi mujer". Un minuto más tarde, la conversación había terminado y él seguía sentado en su chesslong, mascando pausadamente chicle con sabor a menta polar mientras contemplaba el cuerpo decapitado de su mujer, caído junto a sus zapatos, tal y como lo había dejado anoche. 

viernes, 27 de junio de 2014

Karen

Media hora. No me dejo nada. Bueno. Ya está. Dios. Qué gusto. Ojalá siempre hubiera sido así. Todo tranquilo. Todo en su sitio. Todo en orden. Todo bien. Qué gusto. Es preciosa. Es una casa preciosa de verdad pero una casa preciosa no hace un hogar precioso y lo sabes, a quién engaño, nunca lo ha sido y tal vez el problema no es suyo ni siquiera nuestro sino mío por no querer darme de cuenta de eso o a lo mejor pensé que todo era cuestión de tiempo pero el tiempo no cura nada. Espero que lo entienda. Seguro que contaba con ello y si no tampoco es el momento de pararme a pensar en eso. Bastante tengo con lo que tengo. ¿Llevo todo? Debería quedarme. Quizás hablando lo arreglemos y él me entienda y podamos hacer las cosas bien. Pero qué estoy diciendo. Le he dado ochocientas oportunidades, a él, a mí, a todo. A lo mejor si no hubiera dado tantas vueltas al tema antes no habría llegado a este punto. ¡Tengo que pensar en mí por una puta vez en la vida, joder! Da gusto cómo huele. Qué maravilla. Míranos. Tan jóvenes. Qué estúpidos. Estúpida, estúpida, estúpida. Le quedaba genial ese traje. Qué guapo eras, bueno, y eres, cabrón. ¿Quién nos la sacó? ¿Fue su tío? Debería dejársela. No. Me la llevo, es lo poco bueno que queda aquí. Lo entenderá. Espero que lo entienda. Sería lo primero que entenderías, ¿verdad? Creo que llevo todo. Gafas, dinero para el taxi, billete, vale, todo. Joder, las llaves. Que haga lo que quiera con ellas. Bueno. Tranquila. Eso es Karen. Ya está. Ya lo has decidido. Es lo mejor. Va a ir todo bien. Va a ir todo bien y si no pues ya veremos. Aquí no hay nada por lo que luchar. Tienes que mirar por ti porque él no lo hará ni lo ha hecho nunca. Ya está. Ni lágrimas ni nada. Media hora. Vamos, Karen. ¡Vamos! Puedo. Puedo. ¡Puedo! ¡Vamos!

viernes, 20 de junio de 2014

23:05 gin-tonics

Las once y cinco gin-tonics de la noche. Sepultado por el tintineo de copas, silenciado por la estridencia de carcajadas impostadas, asediado por enjambres de ojos, acosado por la alegría très chic, atrapado en trincheras de corbatas y tacones, naufragando en un sofisticado mar de desinterés, arrinconado por el anonimato, paralizado por la mascarada, aferrado a la barra libre en extinción, aplastado por una anodina bóveda de escayola, difuminado en una niebla de cigarrillos, ninguneado por un bosque de espaldas de seda, perdido en un salón de cien metros cuadrados, asfixiado por la corbata del compromiso, desterrado a ninguna parte y encadenado a la cortesía, Dylan Wright miraba la puerta de salida a un millón de excusas de distancia.

viernes, 13 de junio de 2014

Madre Humo


No quedan secretos en esta casa. Ni risas. Ni pasos.
Se levanta del viejo de sillón de orejas que rompe la linealidad del parquet. En lugar de encaminarse hacia la cocina y comprobar el rigor mortis del fogón y el rítmico babeo del grifo, avanza lenta y silenciosamente hacia el pasillo, entre los rectángulos claros que motean las paredes amarillentas del salón. Se mueve con la pausa y la indiferencia propias de un espectro, impregnando los muros a cada paso con un penetrante olor a tabaco. En el pasillo, la penumbra. A su izquierda, un gran espejo cuadrado cubierto de tiempo. A su derecha, tres puertas. Vaga hasta detenerse un instante en la primera. Cerrada. La habitación de Jonás, el hijo mayor; el último en escapar. Dentro, en el suelo, dos cajas de cartón repletas de libros de Derecho y cedés de música abandonados hace tres años en una huida apresurada. "Me mudo a vivir con Laura". Como cada día, roza su puerta con amargura, como si lo maldijera, y continúa. La siguiente puerta está entornada. Así ha estado los últimos cinco años. El dintel revela la luz del atardecer que baña el cuarto de Candela, suspendido en la noche cuando arrojó veintiséis años por la ventana. Pasa de largo. Hoy tampoco hay lágrimas. El aire se ha vuelto amargo y denso a su espalda. No se inmuta. Aguarda ante la tercera puerta. Está abierta. Es el dormitorio. La lámpara de la mesilla arroja acostumbrada un halo de luz mortecina. El armario está abierto pero apenas hay vestidos. Hay paquetes de tabaco tirados entre pelusas de polvo. Unas bragas grasientas cubren el cuello de una botella de ginebra a los pies de la enmarañada cama de matrimonio. Poco más allá, un vaso roto por el que corretea una cucaracha. Sobre el cabecero, una foto de familia: dos padres posando sonrientes junto a sus dos hijos pequeños. Los buenos tiempos; antes de que todo fracasara. No entra. El intenso olor a humedad anticipa la proximidad del lavabo y la gotera que reblandece su techo cada día. Antes de doblar la esquina y divisar el baño se disuelve como una espuma fantasmal reapareciendo de nuevo en el viejo sillón del salón para, sentada en su trono de un reino baldío, dejar que los minutos se caigan marchitos como hojarasca.
Tiempo después, quizás dos horas, quizás seis, Mercedes rompe su inercia y aplasta su octavo cigarrillo en el cenicero de cristal que reposa en el brazo derecho del sillón de orejas. Busca el mechero entre los pliegues de su camisón, hurga en la cajetilla que sostiene su vientre y enciende un nuevo cigarro. Una nueva bocanada recorre la casa dispuesta a borrar con su aliento de ceniza las palabras “esposa”, “madre” y “familia” de todos los muros. Mientras, sus ojos, duros, indolentes, vuelven a perderse en la nada.

Dos años más tarde, el trajeado vendedor de una agencia inmobiliaria entra en el piso flanqueado por una joven e ilusionada pareja de posibles compradores. Todo el domicilio está diáfano pero ella sigue allí. Su alma de humo lo envuelve todo.