viernes, 27 de noviembre de 2015
Un día especial
Se acarició su barbilla recién afeitada. Miró la hora en su reloj. Se arregló por enésima vez el nudo de la corbata. Comprobó que la pantalla del teléfono móvil no presentaba ninguna novedad. Se humedeció los labios con la lengua. Escudriñó el silencio. Carraspeó. Se colocó los puños de la camisa. Miró hacia la puerta de la vivienda. Con sus ojos inquietos hizo inventario de todo el desayuno que había preparado y servido. Inspiró intentando meter dentro de sí más pausa que oxígeno. Volvió a mirar la puerta. Y su móvil. Y su reloj. Nada. Hurgó en su bolsillo. Sacó un caramelo de menta y empezó a masticarlo como quien intenta triturar el frenesí de una sangre que corría histérica por la ratonera de sus venas. En su cabeza, la tormenta. Ya no estaba aquella voz paternal, engolada y buenista que desde niño le empujó a llevar una vida como Dios mandaba y a dar parte en confesionarios de todo lo que hacía y pensaba y a buscar la constante aprobación de una moral que lo inundaba todo y a sentirse culpable por el vicio de vivir y a acudir a la iglesia todos los domingos y fiestas de guardar y a no tener sexo hasta después del matrimonio y a poner la otra mejilla ante todas las hostias del porvenir y a soportar con una sonrisa en la cara los cuchicheos y las chanzas a su costa y a tener todos los hijos con los que el Padre quisiera bendecir a su familia y a desterrar cualquier deseo, impulso o esfuerzo que no fuera "ad maiorem Dei gloriam" y a dedicar buena parte de sus ingresos, tiempo y pensamientos a consolidar su obra en la tierra y a perpetuar esta concepción de la vida en su mujer y sus tres hijos. Ahora, había otra voz. Una voz más recóndita, autoritaria y hostil. La voz que le había enseñado el auténtico camino para evitar el sufrimiento de un mundo podrido y sin esperanza. La voz que le había revelado el plan para brindar a los suyos el mayor regalo de todos. La voz detrás del olor dulzón.
Minutos más tarde, las tazas habían dejado de humear. El amanecer ya era un reguero de bronce derramándose entre los edificios. Sus sienes brillaban con el sudor. Su corazón centrifugaba dudas. Su mente se llenaba de reproches. Por eso, cuando llamaron a la puerta, una sonrisa se arqueó en su rostro. Por eso, cuando la policía y los paramédicos entraron como un torrente por el piso, les atendió con esa educación y templanza que más tarde llevaría a sus vecinos a comentar "Quién iba a pensar que él...". Por eso, cuando los cuatro cuerpos salieron por la puerta, su rostro no se había roto en despedida ni culpa. Al contrario. Estaba contento. La voz no le había engañado. Le prometió un día especial. Y así fue.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Fuga
Cuando el cielo reconquistó el azul, la tormentaba ya se lo había llevado.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Distancia
viernes, 14 de agosto de 2015
Estrellas
Él estaba vestido como una versión en miniatura de su propio padre. Aún era demasiado joven para analizar esa extraña obsesión con la que algunas madres visten así a sus retoños. Ella estaba vestida como si fuera a ser expuesta en un escaparate de alguna carísima juguetería. Aún era demasiado joven para darse cuenta de que las mujeres nunca dejan de jugar a las muñecas. Ambos deshilvanaban el mundo en una crónica atolondrada e ingenua en la que la risa y la bobada forman todo un corpus filosófico. Lejos, el enjambre de la conversación de los mayores, con sus fachadas y sus silencios.
Habían perdido la noción del tiempo que llevaban tumbados a la espera de que alguna estrella fugaz picara el anzuelo. Quince minutos. Media hora. Tal vez más. Lo único que sentían pasar eran las nubes espectrales a la carrera. No les importaba. Toda su ilusión se concentraba en ver el arañazo plateado de una estrella camino a ninguna parte. Y mientras esperaban a quedarse sin palabras, rellenaban con ellas todas las costuras del reloj, intentando ignorar la creciente amenaza de una voz adulta finiquitando la magia con un "Chicos, nos vamos".
De pronto, él calló. Sus ojos se abrieron como un bostezo perezoso y se incorporó bruscamente.
- ¿La has visto?
- ¿El qué?
- Una estrella. ¡Una estrella fugaz!
- ¡¿Dónde?! - dijo ella mientras se levantaba sorprendida.
- ¡Allí! Entre esas dos.
- ¿Allí?
- No, ahí.
- No.
- ¡Ja! ¡He visto una!
- Pues yo no.
- No pasa nada. Habrá más. Dicen en la tele que hay muchas.
- Vaya chasco. Qué rabia...
- Si veo otra te lo digo.
- ¿Seguro que era una estrella fugaz?
- Yo creo que sí.
- ¿Crees o estás seguro?
- Creo que estoy seguro.
- Bueno, sigamos mirando.
- Eso.
- El truco es tener los ojos abiertos.
- ¿Tú puedes estar mucho sin parpadear?
- Sí. ¿Y tú?
- Yo también.
- Guay.
Se quedaron sentados en silencio y el aire se llenó de voces de padres y grillos.
Cuando llegaron a recogerlos, se habían quedado dormidos. La noche era demasiado grande y ellos demasiado pequeños; lo suficiente como para ignorar que las estrellas, fugaces o no, no solamente las podemos encontrar en el cielo; lo suficiente como para, aun desconociendo todo eso, evitar que la vida les arruinara una buena sonrisa.
viernes, 10 de julio de 2015
Calor nocturno
Después del clic: tocata y fuga del infierno, el gol de Iniesta, el Mesías de Händel, la dimisión del volcán, Disneylandia a flor de piel, el primer beso, "You win", el Calderón cantando victoria, Lázaro bailando por boreales, el exorcismo del hielo susurrado, la carga de la brisa ligera, el rumor glacial del alivio, julio es el nuevo enero, próxima estación: Groenlandia, el ronroneo del vello acariciado por el frío, la declaración de indiferencia, el orgasmo narcótico de los ojos cerrados, el oasis ártico de una ciudad disfrazada de trópico, la sonrisa de nieve y tiza, la existencia desaparecida en el lienzo del relax, el aire como página en blanco en que reescribir el tiempo perdido, el paraíso en un zumbido, la tregua polar de una noche en llamas.
Claro que él no pensaba en nada de esto. Con la ropa naufragada en alguna parte de la habitación, sentado en total oscuridad, frente al aparato encendido del aire acondicionado, sujetando su mando como un cetro, dejando que su cuerpo desnudo se bebiera todo el frescor, lo único que él tenía en su mente era "¡Joder, qué gusto!".
viernes, 29 de mayo de 2015
Tras la cena
Y así estaban, zigzagueando en la frontera entre lo mundano y lo íntimo, cuando la televisión empezó a susurrar una ventana hacia otra de esas tantas vidas que caben en la vida. Una ventana hacia una tragedia de esas que hacen tambalear cualquier creencia en cualquier Dios. Una ventana hacia una historia que, teniéndolo todo para acabar mal, merecía acabar bien. Una ventana hacia la intimidad de una pareja muy joven, humilde, anónima hasta entonces cuya valentía y compromiso les libraba de cualquier posible juicio o consejo o nada que no fuera enmudecer y conmoverse. Una ventana hacia una de esas epopeyas que lo mismo sirven para cebar programas sensacionalistas que para descartar el destino como animal de compañía o para aleccionar sobre en qué consiste esto de la vida. Una ventana directa hacia una moraleja agridulce, impertinente y cierta: vivir es reaccionar. Pero también es creer no tanto en un Dios como en quien te hace sentir como si lo fueras; creer en quien con una sola sonrisa pinta de luz la más profunda oscuridad; creer en quien espera de ti lo imposible que sólo tú eres capaz de hacer; creer en quien da sentido y significado a cualquier sacrificio por exigente, duro o desagradable que sea; creer en quien convierte el amor en la mejor excusa para no renunciar a nada; creer en quien, desde que entra en tu vida, se convierte en ella.
Pasaron varios minutos en los que sólo el televisor hablaba. Ambos estaban completamente sumergidos en la historia de aquellos jóvenes que habían convertido el tártaro en una declaración de amor apabullante e incontestable. En un ejemplo. En una lección.
Cuando desaparieceron de la pantalla, ellos seguían allí, en el salón. Apagaron el televisor. Recogieron la cena. No hablaban. No hacía falta.
viernes, 2 de enero de 2015
Principio y final
viernes, 28 de noviembre de 2014
Los dos lados de la ventana
viernes, 21 de noviembre de 2014
La última hoja
sábado, 1 de noviembre de 2014
Último servicio
La noche en que se retiró de la profesión, Dana Rouge estaba sentada en su tocador, junto a la cama de cuatro metros cuadrados y sábanas de importación, esperando la llegada del último cliente de la jornada. Una elegante bata de seda color burdeos cubría su enjuto cuerpo al tiempo que empababa el sudor y el olor de un hombre cuyo nombre ya había olvidado. Como siempre, entre servicio y servicio, se acicalaba su largo cabello, se pintaba los labios, se perfilaba los ojos y mascaba compulsivamente un chicle de menta para eliminar de su aliento el olor a nicotina y semen. Penetrando la ventana, el viento nocturno llenó la habitación del húmedo calor del pantano y una lejana canción de jazz. Fuera, en el porche, junto al embarcadero, una orgía de mosquitos acosaba un farol destartalado. Llamaron a la puerta. Dana se echó dos gotas de perfume detrás de los oídos. Volvieron a llamar a la puerta. Dana se incorporó y recorrió el espeso silencio de su casa hasta el recibidor. Justo cuando estaban a punto de llamar por tercera vez, abrió la puerta, dejando que una sonrisa, dos pezones y un kilo de silicona dieran la bienvenida al último cliente. Era un hombre de pelo cano, piel curtida, traje sobrio negro y gafas de sol. Ninguno de los dos dijo nada. El cliente entró antes de que Dana pudiera invitarlo a pasar. En el aire, flotando como un ahorcado, dejó un olor a incienso y carne podrida. Dana disimuló el asco y le sonrió. ¿Quieres una copa? ¿Vino? ¿Gin? El cliente no contestó y se encaminó al dormitorio sin esperar a Dana. De acuerdo, Romeo. Para cuando Dana llegó a su cuarto, el cliente se había sentado a los pies de la cama, con una pose tensa, hierática. Relájate, cariño, y dile a Dana qué va a ser: fránces, griego, completo, lluvia, bondage...Pide y Dana te lo dará si tú puedes dar a Dana. El cliente la miró fijamente pero sus labios macilentos no se despegaron. ¿Te gusta sólo mirar? ¿Quieres que Dana haga un striptease para ti? La única respuesta que se escuchó en la habitación fue la de los animales del pantano follándose al silencio. Muy bien, cariño, puedo quedarme aquí toda la noche sin mover un músculo mientras pagues por ello pero creo que es hora de que abras la boca o la cartera. El cliente miró hacia la ventana. Dana sonrió y se acercó a él. Lo entiendo, cielo. Tranquilo. Déjate hacer por Dana. El cliente alzó su mano derecha y la detuvo. Oye, mira, encanto, soy puta pero no idiota. Dana Rouge no está para perder el tiempo. O pagas y jodemos o ya te estás largando. El cliente se incorporó y el olor a putrefacción se hizo insoportable. Dana retrocedió dos pasos y sofocó una arcada mientras el cliente se aproximó hacia ella con tranquilidad. El farol del porche comenzó a parpadear y un silencio atronador quebró toda la normalidad de la noche. Con un suave y delicado gesto, el cliente retiró la mano de Dana de su boca y acarició su mentón. La respiración de Dana se despeñó. Los labios del cliente se abrieron y dejaron escapar una voz como el eco enfurecido de decenas de niños llorando. Dana Rouge, hoy vas a aprender una cosa: la muerte nunca viene a que la jodan sino a joder.
Se llamaba Dana Rouge y nadie supo qué fue de ella.
viernes, 31 de octubre de 2014
A su lado
Cambio de planes
Dos horas más tarde, José Peñazar seguía allí. Solo. Junto al mirador de cristal tornasolado. En su sofisticado ático. Con el sol bronceando su cara y los ojos llenándose de ciudad esquizofrénica. Junto a su enorme cama deshecha, en la que un tanga granate había naufragado en una tormenta nocturna de alcohol y ADN. A dos pasos de su mesilla, en la que las llamadas y mensajes se apilaban en su smartphone como una partida de tetris. Quizás debería haber avisado en su trabajo. Quizás debería haber comunicado a alguien que se encontraba tremendamente indispuesto. Quizás lo habría hecho de haber podido. Quizás alguien a esas horas ya debería saber que una cabeza decapitada no iría a ninguna parte. Quizás alguien debería saber ya que la noche había traido consigo un inesperado cambio de planes.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Todo por celebrar
El descansillo de la escalera olía a televisores cenando mientras la noche se desparramaba por el cielo como una caricia de azúcar. Dentro, en la cocina, duchada por una luz azulada que sacaba un brillo lunar a los azulejos negros, ella terminaba de fregar los cacharros. Sólo el siseo del grifo convertía al silencio en espuma. En su mente, las nubes por despejar. Al sentir sus manos rodeándola como la marea, se sobresaltó. La preocupación siempre es un buen silenciador. Él no dijo nada; apoyó la boca en su nuca y dejó que su nariz se llenara de ese perfume que siempre tendría para él ninguna marca, un nombre y dos apellidos. "No hagas el tonto" dijo ella sin volverse. La calidez de sus manos desapareció de su vientre y su aliento se despegó de su larga cabellera castaña. Sacó en silencio el iPhone de su bolsillo. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Una canción comenzó a sonar y la cocina se vistió de bolero. Él volvió a rodearla con sus brazos, la giró suavemente y la
estrechó contra sí. No hubo palabras en ninguna boca. Él comenzó a moverse lentamente al son de aquella melodía color de ron. Ella sonrió, acunó su cabeza en su pecho y dejó perderse en su abrazo. Primero desaparecieron las sartenes y los platos. Luego el fregadero y la nevera. Después los armarios. Y los azulejos. Y la luz. Y las paredes. Y el suelo. Y el resto del piso alquilado. Y el edificio de maderas canosas y vecinos crujientes. Y la ciudad encendida en siluetas. Y el país al borde de la desesperanza. Y el mundo al filo del colapso. Y el tiempo mismo. Todo desapareció hasta que sólo quedaron ellos dos, bailando aquella canción con sabor a atardecer. Ella lo abrazó más fuerte y él la besó suavemente en la cabeza. Y así se quedaron aún mucho después de que el bolero acabara.
viernes, 1 de agosto de 2014
Estamos bien jodidos
- Una "experiencia de la naturaleza o de lo natural" sino una "vivencia de lo artificioso y de lo forzado".
- Una oportunidad para disfrutar de animales salvajes sino para observar animales enjaulados.
- Una ventana al mundo en que vivimos en toda su plenitud sino un muestrario de los jirones en los que lo estamos convirtiendo.
- Un ejemplo de cómo el ser humano está ayudando a la conservación de la fauna sino el máximo exponente de su fracaso en tal empeño.
viernes, 18 de julio de 2014
El empleado número 4376
Tres horas y cinco visitas a la web más tarde, llegó la hora del
café. Estampida. La conquista del Oeste bajo luces alógenas. La cafetería como el Dorado. Pero él no: el empleado número 4376 seguía en su puesto, como si fuera el vigía encargado de avisar de cualquier incursión de alienígenas seguidores de Charles Manson. No pasarán. Sus ojos permanecían atentos a la pantalla, listos para detectar cualquier cambio que elevara a seis el número de visitas de la web. Mientras, en el abrevadero de cafeína, sus compañeros de trabajo seguían tejiendo cotilleos, quejas y leyendas urbanas a la velocidad de la luz. Veinte minutos más tarde, el aire de la oficina volvió a llenarse de dedos que martilleaban teclados y teléfonos que ululaban como dragqueens en primavera. Y el empleado número 4376 seguía ahí, con sus cinco visitas, su web de mierda y su cara de nerd caído en desgracia. Una hora más tarde, la vejiga del empleado número 4376 amenazaba riada y se levantó en dirección al baño, mientras sus compañeros de oficina cuchicheaban a su paso. Cuatro segundos antes de alcanzar la Meca alicatada donde peregrinan los sufridos seguidores del retrete, la puerta de la directora de departamento se abrió y le engulló como un tiburón blanco con síndrome de abstinencia. Reunión urgente. Urgente no es sinónimo de rápida. Tampoco de eficaz.
Dos horas y media más tarde, el empleado número 4376 salió del despacho de su jefa con una idea muy clara: su jefa tenía que cambiar la medicación, visto que la medicación no le cambiaba a ella: alguien tenía que ganar aquella batalla. Por fin, llegó al baño y puso en marcha el aspersor de orina. Volvió a su puesto, dejando un un reguero de comentarios en el que “despido” era trending topic. Cinco visitas.
A la hora de la comida, todos los morlocks se marcharon. Todos menos el empleado número 4376, que seguía en su puesto. Las cámaras de seguridad le observaban con el detenimiento con el que un adolescente mira un vídeo porno. Cinco visitas. De pronto, su teléfono móvil vibró. “Casa”. Una gota de sudor hizo rafting por su frente. Dilema: Cumplir con su trabajo o hablar con su mujer. Inspiró.
Ya en el ascensor, el empleado número 4376 sonreía triunfal y excitado, mientras el hilo musical le amenizaba el descenso al mundo real con grandes éxitos new age…hasta que la luz parpadeó y el ascensor se detuvo entre la tercera y la segunda planta. "Por favor, conserve la calma. En breves minutos, un operario cualificado resolverá esta incidencia". El empleado número 4376 miró su reloj. Las ocho menos cinco.
viernes, 11 de julio de 2014
Un fallo tonto, un simple error
Pero, como decía, para cuando te quieres dar cuenta, ya es demasiado tarde. Las 00:05, concretamente. Hace un minuto, estabas subiendo en el ascensor futurista, colocándote la corbata roja comunista y tarareando esa canción de AC/DC de la que nunca te preocupaste por recordar el título. Hace dos minutos, entrabas en el lujoso vestíbulo del edificio con el sudor convirtiendo tu espalda en las cataratas del Niágara mientras te esforzabas por parecer un auténtico exterminador sin sangre en las venas. Hace dos minutos y cuarenta segundos, despedías al taxista después de un trayecto de media hora bajo neones amarillos y semáforos en ámbar escuchando los grandes éxitos de Julio Iglesias. Hace treinta y tres minutos, parabas un taxi en plena Gran Vía y te sentabas con cuidado de que la pistola no hiciera un doble tirabuzón desde el interior de tu abrigo hasta el suelo. Hace cuarenta minutos, apuntabas en un post-it las señas de tu primer encargo. Hace cuarenta y cinco minutos, terminabas de vestirte y, aunque te apretaba un zapato, te gustabas tanto en el espejo que te sentiste todo un Corleone. Hace cincuenta y seis minutos, te enjabonabas en la ducha al ritmo de Lady Gaga. Hace tres horas, tocabas la pistola alquilada como si fuera el Santo Grial. Esta mañana, te sentías invencible. Pero ahora, puto cretino, ahora estás a punto de cagarla. Una cagada tamaño familiar. Primero, porque has llamado al timbre. Segundo, porque no te has puesto guantes. Tercero, porque te ha abierto la puerta un tío que hace que los espartanos de las Termópilas parezcan hare krishna. Y cuarto, oh, bendito imbécil, porque al disparar el gatillo con una sonrisa diabólica en los labios te das cuenta de que tienes el cargador en el bolsillo del pantalón. Un fallo tonto. Un simple error. La primera hostia te despeina la gomina ultrafuerte antes de pedir tiempo muerto. La segunda convierte tu cara en cuadro cubista. Y la tercera…bueno, para cuando te viene la tercera hostia ya estás viendo pasar tus cuarenta años de vida a ritmo de videoclip. Y entonces, antes de llegar al "The End", recuerdas el momento en blanco y negro en el que tu abuela, toda pellejo y bondad, te acariciaba la nuca diciendo: "Estoy convencida de que llegarás a ser un gran hombre". Lástima. Para cuando te quieres dar cuenta de que eso no será así, ya es demasiado tarde.
viernes, 4 de julio de 2014
Preparativos
Aquel iba a ser un día importante. Con el cuerpo aún húmedo tras la ducha caliente, alzó la mano, descolgó el albornoz de algodón egipcio y se sumergió en la neblina vaporosa que desdibujaba su cuarto de baño minimalista. Limpió de vaho el espejo, encendió un pequeño halógeno, cogió del estante su cepillo de dientes, aplicó sobre las cerdas su pasta dentífrica blanqueadora, la humedeció bajo el hilo de agua del grifo y se cepilló enérgicamente la boca cuatro veces, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Llenó un vaso con agua y se enjuagó la boca mientras contaba mentalmente diez segundos. Escupió. Volvió a beber, volvió a enjuagarse durante diez segundos y volvió a escupir. A continuación, aplicó nuevamente la pasta sobre el cepillo y se lavó la boca cuatro veces otra vez y repitió los enjuagues. Seguidamente, limpió el cepillo y lo colocó dentro del vaso. Cogió su colutorio de sabor mentolado, bebió un sorbo e hizo un último enjuague durante treinta segundos antes de escupirlo. Se quitó con cuidado el albornoz, lo colgó en el perchero junto a la ducha y así, desnudo, volvió ante el espejo. Buscó su aceite hidratante y empapó y masajeó todo su cuerpo con él. Mientras su piel asimilaba la loción, acercó su rostro al espejo y escudriñó cualquier imperfección que detectara en su piel, ya fuera vello no rasurado o un punto negro. Descartó afeitarse pero sí cogió su gel facial tonificante con efecto exfoliante y se lo aplicó concienzudamente por toda la cara. Durante cinco minutos, se quedó completamente inmóvil. Luego, una vez el gel ya había hecho efecto, se lavó en el lavabo con agua fría, empapó delicadamente su rostro en la toalla bordada con sus iniciales y limpió con ella las salpicaduras que había en el espejo y alrededor del lavabo. Tras doblarla perfectamente, dejó colocada la toalla en el toallero. Cogió su desodorante con olor a polvos de talco y se impregnó con él axilas y pecho. Dejó el spray en el estante y tomó su gel fijador con efecto mojado. Se empapó con él las palmas de las manos y untó con él su suave y largo cabello negro. Finalmente, se peinó escrupulosamente hacia atrás sin dejar ni un solo pelo al azar. Se lavó las manos con alcohol desinfectante dos veces. Apagó la luz. Salió del baño y sus pasos se perdieron por la tarima del pasillo, apenas alumbrada por las primeras luces del amanecer que se filtraban por el ventanal que daba acceso a la piscina del jardín. En su vestidor, rodeado de decenas de corbatas, camisas, trajes, zapatos, gemelos, relojes...hasta la ropa interior aparecía iluminada como un objeto de museo. Sus pies cruzaron la moqueta de aquí para allá intentando configurar el conjunto que llevaría aquella mañana. No podía ser cualquiera. Ese día no. Aquel iba a ser un día importante. Le iba a conocer mucha gente. Escogió la corbata de seda roja que había comprado en Milán el verano pasado, la camisa blanca que había pagado con tarjeta en Londres durante las rebajas, el traje gris perla con el que festejó la pasada Nochevieja en Nueva York, los mocasines que había comprado en París la última primavera y los gemelos de plata que le había regalado su mujer por su sexto aniversario de boda. Impecable. Perfecto para un día tan importante como aquel. Sólo quedaba un detalle más. Entró en su despacho, cogió su teléfono móvil y llamó a la oficina. Pidió a su secretaria que cancelara todas sus reuniones y que se disculpara en su nombre sólo con quien fuera estrictamente necesario. Se despidió amablemente y colgó. Aquel iba a ser un día importante. No convenía que en el trabajo se enteraran. Aún no. Metió su móvil en el bolsillo y fue al salón. Se sentó en el chesslong de cuero negro, se descalzó y encendió su televisor de plasma de ciento veinte pulgadas. Aún no habían comenzado los informativos matinales. Sonrió. Entonces, se dio cuenta de que había olvidado algo. Volvió al aseo, cogió el exclusivo frasco de colonia que había comprado previa reserva por internet y se perfumó el cuello y las manos. Ahora sí. Ya estaba preparado. Retornó al salón, se sentó en el chesslong y apagó el televisor. No quería distracciones. Sacó su teléfono móvil, marcó y con una voz serena y cordial dijo: "Policía, he matado a mi mujer". Un minuto más tarde, la conversación había terminado y él seguía sentado en su chesslong, mascando pausadamente chicle con sabor a menta polar mientras contemplaba el cuerpo decapitado de su mujer, caído junto a sus zapatos, tal y como lo había dejado anoche. viernes, 27 de junio de 2014
Karen
viernes, 20 de junio de 2014
23:05 gin-tonics
viernes, 13 de junio de 2014
Madre Humo

No quedan secretos en esta casa. Ni risas. Ni pasos.
Se levanta del viejo de sillón de orejas que rompe la
linealidad del parquet. En lugar de encaminarse hacia la cocina y comprobar el rigor mortis del fogón y el rítmico babeo del grifo, avanza lenta y
silenciosamente hacia el pasillo, entre los rectángulos claros que motean las
paredes amarillentas del salón. Se mueve con la pausa y la indiferencia propias
de un espectro, impregnando los muros a cada paso con un penetrante olor a tabaco. En el pasillo, la penumbra. A su izquierda, un gran espejo
cuadrado cubierto de tiempo. A su derecha, tres puertas. Vaga hasta detenerse
un instante en la primera. Cerrada. La habitación de Jonás, el hijo mayor; el
último en escapar. Dentro, en el suelo, dos cajas de cartón repletas de libros
de Derecho y cedés de música abandonados hace tres años en una huida
apresurada. "Me mudo a vivir con Laura". Como cada día, roza su puerta con
amargura, como si lo maldijera, y continúa. La siguiente puerta está entornada.
Así ha estado los últimos cinco años. El dintel revela la luz del atardecer que
baña el cuarto de Candela, suspendido en la noche cuando arrojó veintiséis años
por la ventana. Pasa de largo. Hoy tampoco hay lágrimas. El aire se ha vuelto
amargo y denso a su espalda. No se inmuta. Aguarda ante la tercera puerta. Está
abierta. Es el dormitorio. La lámpara de la mesilla arroja acostumbrada un halo de luz mortecina. El armario está abierto pero apenas hay vestidos.
Hay paquetes de tabaco tirados entre pelusas de polvo. Unas bragas grasientas
cubren el cuello de una botella de ginebra a los pies de la enmarañada cama de
matrimonio. Poco más allá, un vaso roto por el que corretea una cucaracha. Sobre el cabecero, una foto de familia: dos padres posando sonrientes junto a
sus dos hijos pequeños. Los buenos tiempos; antes de que todo fracasara. No
entra. El intenso olor a humedad anticipa la proximidad del lavabo y la gotera
que reblandece su techo cada día. Antes de doblar la esquina y divisar el baño se disuelve como una espuma fantasmal reapareciendo de nuevo en el viejo sillón del salón para, sentada en su trono de un reino baldío, dejar que los minutos se caigan marchitos como hojarasca.
Tiempo después, quizás dos horas, quizás seis, Mercedes rompe su inercia y aplasta su octavo
cigarrillo en el cenicero de cristal que reposa en el brazo derecho del sillón
de orejas. Busca el mechero entre los pliegues de su camisón, hurga en la
cajetilla que sostiene su vientre y enciende un nuevo cigarro. Una nueva
bocanada recorre la casa dispuesta a borrar con su aliento de ceniza las
palabras “esposa”, “madre” y “familia” de todos los muros. Mientras, sus ojos,
duros, indolentes, vuelven a perderse en la nada.
Dos años más tarde, el trajeado vendedor de una
agencia inmobiliaria entra en el piso flanqueado por una joven e ilusionada
pareja de posibles compradores. Todo el domicilio está diáfano pero ella sigue
allí. Su alma de humo lo envuelve todo.













