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lunes, 12 de junio de 2017

El Olimpo bien vale un Hades

Estúpido. Parece estúpido escribir un artículo para alguien que agota el diccionario con la misma voracidad con la que extingue tópicos y apea a rivales. Y lo es. Estúpido, quiero decir. Especialmente cuando hay mejores manos para jugar esa baraja (léanse maestros como Uría y Jabois). Simplemente cabe decir que hace tiempo que Rafa Nadal cruzó el Rubicón de lo legendario. Hace años que pelotea en el campo de los inmortales, aquellos que hacen de lo extraordinario mantra y de lo inverosímil guión, aquellos llamados Jordan, Alí, Comaneci, Senna, Bolt, Brady, Phelps...Por eso, no extraña esa hazaña, esa gesta, esa proeza, esa salvajada, esa barbaridad, esa marcianada de lograr 10 campeonatos de Roland Garros. No extraña que sólo el admirable Roger Federer le anteceda en el puesto de "mejor tenista de todos los tiempos"...de momento, porque no es una locura pensar que este Nadal es capaz de aumentar esos quince grand slam que ya atesora. Por lo pronto, Rafa Nadal es ya con todo merecimiento el mejor deportista español de la Historia y en eso ayuda bastante ser el gran dominador de la tierra batida; "King of the Clay" que dirían en Juego de Tronos.

Lo que no es tan estúpido es ver en Nadal un émulo de los grandes héroes de la épica clásica, esos que sí o sí debían pasar por el Hades para volver transformados, mejorados, al mundo de los simples mortales. Y ahí reside principalmente la gran virtud de Rafa Nadal: una fortaleza mental a prueba de Hades, lesiones, rachas, rivales, resultados, alabanzas y críticas. Una fortaleza mental que es al mismo tiempo bastión y trampolín. Una fortaleza mental espartana pero made in Mallorca que arrolla más aún que su portentoso físico o sus increíbles raquetazos. Si a ello se le unen una humildad y sensatez tan sobrenaturales como su trayectoria tenística pues...este tipo sólo puede ser una cosa: admirable.

Porque este chico, este hombre con sangre de Fénix, brío de estampida y mente de adamantium es un ejemplo a seguir dentro y fuera del deporte no sólo por su saber estar, ganar y perder sino porque demuestra que por muy oscuro que sea el túnel, por muy profundo que sea el pozo, la luz siempre acaba por venir al rescate de quien no se rinde, de quien sabe creer, de quien apuesta todo por sí mismo, de quien lucha y resiste con el convencimiento de que no hay oscuridad ni sufrimiento que dure para siempre, de que lo hecho en el pasado (malo o bueno, pésimo o grandioso) no cuenta tanto como lo que estés dispuesto a hacer en el presente, de que no importa lo que otros piensen, crean, o digan de ti sino lo que tú estés dispuesto a demostrar sobre ti mismo. Y eso lo sabe bien Nadal, al que muchos dieron por finiquitado y ha vuelto de esa apresurada tumba como un titán y con un juego que, respetando sus esencias, es distinto y mejor: ya no parece el demonio de Tasmania de los Looney Tunes sino más bien el tenista de Vitrubio, valga la comparación, toda vez que a su increíble potencia y resistencia física ha incorporado un patrón de juego mucho más cerebral que le hace aún más peligroso que antes. Que se lo digan a Stan Wawrinka, al que primero Nadal aplastó este domingo psicológicamente y, en segunda instancia, tenística y físicamente. Este chico mallorquín es Conan pero su cerebro no es el de ningún bárbaro, por muchas barbaridades que salgan de su raqueta.

En fin. Faltan las palabras así que mejor concluyo con esta reflexión a propósito de "lo de Nadal": la gloria sabe mejor cuando viene precedida del sufrimiento. La luz se valora más cuando vienes de la oscuridad. Y el Olimpo bien vale un Hades. Viva Rafa Nadal.

lunes, 3 de abril de 2017

Rest in glory

Hulk Hogan, Ultimate Warrior, Randy Savage, Ric Flair, Roddy Piper, André El gigante, Shawn Michaels, The Rock, Mick Foley, Steve Austin, Triple H, los hermanos Hardy, John Cena...la historia del wrestling está plagada de tipos con nombres y aspectos rimbombantes que han dejado su impronta dorada en la retina y la memoria de varias generaciones de aficionados en todo el mundo pero pocos o ninguno ha habido con el carisma, la trascendencia, el impacto, el respeto y la honorabilidad de quien anoche, en Orlando, Florida, puso fin a su extraordinaria y longeva carrera: Mark Calaway o, como es más conocido por niños y quienes un día lo fueron: The Undertaker (en castellano, El Enterrador). Y lo hizo donde forjó su tenebrosa y espléndida leyenda: Wrestlemania, que viene a ser el 6 de enero para cualquier aficionado al pressing catch y no en vano es llamado "escenario de los inmortales", un buen lugar para la despedida del apodado "hombre muerto", el icono fúnebre que ha demostrado durante más de dos décadas que lo que se dice de él es cierto: no hay tumba que lo pueda retener, como cantó Johnny Cash. 

Lo de menos fue quién lo derrotó anoche (Roman Reigns, el nuevo niño mimado de la compañía) porque todo el mundo sabe que a Taker lo ha retirado lo mismo que a cualquier ser humano: la edad, esa que va apilando lesiones, impedimentos y dolores junto a hitos y logros que tejen el material de las leyendas. El tiempo se lo dio, el tiempo se lo quitó: pura ley de vida. No obstante, hablando de quien hablo, una derrota como la de la madrugada del domingo, esperable y casi anunciada tras un combate claramente crepuscular, no se salda con reproches ni enfados ni penas sino con un absoluto agradecimiento a quien encarnando una figura de pesadilla protagonizó muchos sueños de ojos abiertos. Y es que en el ocaso de Undertaker hay más brillo que en todas las carreras juntas de muchísimos otros wrestlers

Muy probablemente fue, tras 27 años, la última noche de Taker sobre un ring de WWE, al menos en Wrestlemania. Seguramente no fue su última aparición ante las cámaras, aunque sólo sea porque el Salón de la Fama le espera con las puertas abiertas de par en par desde hace años tras dejar un puñado de duelos simplemente antológicos contra rivales ya míticos como Kane, Mankind o HBK. Pero aunque así fuera, aunque nunca más se escuche el lúgubre "Rest in peace" ni suenen las tétricas campanas en el WWE Universe, Calaway, El Enterrador, es ya y para siempre parte de la videoteca, de la Historia y de nuestra memoria. Y ese creo que es el mejor homenaje que se puede hacer a quien nos enseñó desde un cuadrilátero que los cuerpos caen, lo imposible es cuestión de tiempo, las rachas terminan y las carreras se acaban pero las leyendas siempre quedan en pie, con el puño en alto. Por eso, sólo cabe añadir una cosa más: Rest...in...glory.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Con el escudo o sobre él

En la antigua Esparta, las mujeres despedían a los hombres antes de que partieran a la batalla con una frase que resume la esencia de ese apasionante pueblo: "Vuelve con el escudo o sobre él".  Es decir: hagas lo que hagas, honra a Esparta: vuelve victorioso o cae en el intento. Anoche, los jugadores del Atlético de Madrid volvieron sobre el escudo. Y así, derrochando coraje, corazón...y juego, honraron el orgullo de la hinchada rojiblanca, que es la única contraprestación que ésta exige a cambio de demostrar urbi et orbe cuál es la mejor afición del mundo.

Podría hablar de las evidentes pifias arbitrales, de la flor del Barça, de la patente desigualdad entre plantillas, de la sonrojante ineficacia ofensiva, de la crueldad de la lógica resultadista...pero eso sería conceder demasiado tiempo a las excusas y quitárselo a lo que de verdad importa: anoche, el Atleti, una vez más, volvió a dignificar su rol de antihéroe trágico y a llenar de orgullo el corazón y la memoria de los aficionados rojiblancos. Los espartanos que se inmolaron en las Termópilas cayeron con más grandeza que la que demostraron sus vencedores persas. Lo mismo sucedió ayer con el equipo entrenado por "Cholo" Simeone. Una exhibición de valentía, orgullo, dignidad y fe que no tendrá más premio que la de ser recordada por mucho tiempo.

Ya habrá momento y motivos (o no) para las críticas y las "listas negras". Ahora toca sentirse, con todo derecho, enormemente orgullosos de quienes lo dieron todo por honrar un escudo y volvieron sobre él. Además, como dicen en la genial Batman begins: "¿Por qué caemos? Para aprender a levantarnos". El Atlético de Madrid anoche cayó...y no me cabe duda de que se levantará. Siempre lo ha hecho. Siempre lo hará. ¡Aúpa Atleti!

martes, 10 de enero de 2017

¿The best?

Los deportes, más allá del relato competitivo, siempre han funcionado como coartada para la difusión de unos valores con los que educar a la ciudadanía, cumpliendo así una función silenciosa y capital, la misma, por cierto, que los antiguos griegos depositaron en manos del teatro. No obstante, la salvaje mercantilización de lo deportivo ha traído consigo un vaciamiento en lo que a su labor pedagógica y preservativa de valores se refiere. Esto es especialmente evidente en el llamado "deporte rey": el fútbol.

En este contexto hay que enmarcar los pretenciosos premios de la FIFA y más concretamente el "The Best", que ha recaído en el jugador del Real Madrid, Cristiano Ronaldo. Dado que se premia teóricamente lo estrictamente deportivo, dejaré orillada mi opinión respecto a su egocentrismo, megalomanía, soberbia, narcisismo, devoción por lo hortera y novias tapadera. Por eso, sí que voy opinar de Ronaldo como deportista: tiene unas condiciones físicas portentosas y es un voraz goleador. Dudar eso es ser imbécil. Como lo es dudar que este chaval es un jugador chulesco, provocador, egoísta, faltón, prepotente, antideportivo, irrespetuoso, abusivo contra rivales inferiores e irrelevante ante los superiores. Un jugador que, por ejemplo, humilla deliberadamente con regates a otro sabiendo que está lesionado o cuyos inmediatos argumentos son presumir de riqueza o estatus no puede ni debe ser nunca considerado el mejor.

Por eso, la concesión de este galardón a Ronaldo sólo se puede entender en un mundo, un mundillo, donde los valores hace tiempo que son polvo en el suelo y la podredumbre ética lo infecta todo. Un mundo grandilocuentemente vacío donde jugadores como Ronaldo, clubs como el Madrid y personajes inquietantes como Florentino Pérez se mueven con eficaz soltura. Y esto conviene no perderlo de vista porque tanto o más peso tienen en estos premios los intereses creados que los estrictos méritos objetivos. Claro que todo esto les da igual a los propagandistas y demagogos asalariados que mancillan al periodismo en los medios de comunicación con su falta no ya de imparcialidad sino de pura sensatez.

Por eso, este reconocimiento a Ronaldo es el enésimo clavo en el ataúd del deporte como recipiente de valores, un nuevo despropósito en el altar del negocio y un disparate de mal gusto. El día que el Aquiles portugués tenga la misma maestría que Messi, la capacidad de sacrificio de Griezmann  y la humildad de Iniesta sí merecerá ser "the best". Mientras tanto, no dejará de ser una vedette sobrevalorada a la que nadie le dio dos merecidas hostias en su momento.

domingo, 11 de diciembre de 2016

El panda, el madroño y el escudo

Suena a libro de Las Crónicas de Narnia, y aunque también es un cuento, éste no va de alimentar la inocencia sino de erradicarla a cambio de "llevárselo fresco". Porque, en el fondo, se trata de eso: de llevárselo fresco, de hacer negocio con intangibles, de rentabilizar económicamente elementos cargados de un valor no cuantificable desde lo monetario, empresarial o financiero, de hacer caja a pesar de las sensibilidades y los sentimientos. La denominación del nuevo estadio del Atlético de Madrid y el rediseño del escudo obedecen a todo esto y por eso se ha originado una polémica desagradable, gratuita y desaconsejable en el seno de la hinchada rojiblanca (que es la auténtica esencia y el verdadero patrimonio del club); una controversia de la que hay que culpar a los mismos tipos que representan las páginas más bochornosas de la historia del club, es decir, a los rescoldos del gilismo, a los herederos de Jesús Gil, a los "delincuentes prescritos" (que no proscritos), al infumable dúo tragicómico que rige los destinos de la entidad colchonera, a los dos bomberos pirómanos parapetados tras esa mesiánica casualidad llamada Diego Pablo Simeone. Lo que ha pasado es una muestra más (y van...) de que Cerezo Torres y Gil Marín representan la bicefalia de un despotismo nada ilustrado pero sí bastante lucrativo que parece tener como lema "todo por el aficionado pero sin el aficionado".

A nadie escapa que vivimos en una época donde el deporte se ha visto despojado de buena parte de su épica y autenticidad en aras del mercantilismo más desvergonzado. Por eso, ahora, a las entidades deportivas les importa más que nunca la cuenta de resultados, los ingresos, el marketing, la publicidad y la comunicación corporativa más que lo estrictamente deportivo. Hoy el deporte es más negocio que ocio; el fútbol es el mejor exponente de eso y la última muestra de ello la ha dado el Atlético de Madrid. En este contexto, puedo llegar a entender lo que ha pasado, pero de ahí a defenderlo o justificarlo va un trecho oceánico.

Si me apuras, lo del nombre del nuevo estadio (que haya gente que lo llame "naming" da una idea de que esto no va ni con el deporte
ni con los sentimientos) es lo menos escandaloso. Primero, porque es cierto que hay una creciente tendencia al "patrocinio" de recintos deportivos (mal de muchos...). Y segundo, porque, estando el club en manos de quien está, lo sucedido no es ninguna sorpresa. Yo, como muchísimos otros aficionados, era partidario de haber homenajeado en el nombre del próximo feudo al atlético más laureado e importante en la historia no sólo del club sino del fútbol español: Luis Aragonés. Pero pedir a los mandatarios del club un signo de decencia, agradecimiento o complicidad con el sentir de la afición es perder el tiempo y amargarse el día. Aquí compensan más los diez millones de "euros chinos" por temporada que cualquier otra cosa. De ahí lo de "Wanda". Lo de añadir "Metropolitano" es una maniobra de distracción, una forma de intentar maquillar el asunto al apelar a la nostalgia, la melancolía y lo sentimental; en la misma línea, por cierto, habría que situar el spot publicitario creado ad hoc y que es puro efectismo. El resultado es un nombre transexual, valga el calificativo: "Wanda Metropolitano". Habrá a quien le guste y lo respeto. A mí no me gusta porque supone prostituirse: dejar que alguien te meta mano durante un tiempo pactado a cambio de dinero.

Pero, como digo, lo del nombre no me parece tan grave. Al menos no en comparación con lo del escudo. En este caso, la cuestión no es si estéticamente convence o no al personal. No, aquí la cuestión y el gran error consiste en excusar tras un rediseño ligado al estreno de un nuevo estadio lo que es una nueva y errónea conceptualización, una desacertada redefinición de lo que significa el escudo, el blasón, el emblema del Atlético de Madrid. Un escudo no es un logo, por mucho que el origen de los logos se pueda rastrear hasta los escudos y blasones familiares del Medievo. Un escudo no es un elemento a manejar por el marketing, el merchandising o la comunicación corporativa. Un escudo no es algo que se pueda entender ni gestionar desde el diseño ni desde la publicidad ni desde la comunicación. Un escudo es algo que conecta íntimamente a personas de distintas generaciones porque remite a algo que está por encima de lo cronológico y lo geográfico. En ese sentido, es cierto que el escudo del Atlético ha sufrido cambios a lo largo de la historia del club pero no menos cierto es que durante décadas el escudo ha sido fácilmente reconocible a pesar de ligeros cambios y matices. Lo que ha pasado es que ahora ha pasado de ser un escudo a ser, de facto, un logotipo. Las "explicaciones" dadas por el responsable van en esa línea aunque, por prudencia, cobardía o jeta, no lo diga abiertamente. A mí me parece fenomenal que el Atleti tenga un logo pero no por eso había que cepillarse el escudo. De todos modos, vuelvo a lo de antes: este despropósito se entiende si tenemos presente que los clubs deportivos funcionan actualmente como empresas puras y duras, orillando así todo lo emocional, sentimental o subjetivo. Los clubs hoy se pasan por la quilla lo que piensa o sienta la afición y para muestra, el Atlético. Por suerte para sus dirigientes, el "Cholismo" ha permitido durante los últimos años compensar esa deficiencia a base de títulos y emociones capaces de distraer la mirada del aficionado de esta realidad tan fría y deshumanizada. En resumen: la nueva insignia como logo me parece aceptable pero como escudo me resulta una tomadura de pelo.

Que el club sabía que estaba haciendo algo polémico, por decirlo eufemísticamente, se evidencia en el hecho de parapetar a Cerezo (a Gil Marín lo enviaron a China directamente) detrás de un plantel de gente que, a diferencia de él, sí a honrado al club y es motivo de orgullo para toda la hinchada. En ese sentido, lamento el "papelón" que hicieron las leyendas atléticas al refrendar con sus palabras o presencia el disparate del nombre y el escudo. Es indudablemente cierto que el romanticismo ya no gana títulos ni sanea cuenta de resultados pero también lo es que el respeto al legado y al aficionado hay que tenerlo siempre en mente y éste no ha sido el caso.

Dicho todo esto, lo más criticable no es lo concreto del nombre o del escudo sino el generar una controversia absolutamente innecesaria en un momento delicado de la temporada y que desvía la atención de lo verdaderamente importante: el equipo. Y es que propiciar discusiones entre aficionados no es la mejor idea de gestionar un club ni de centrarse en lo que importa realmente. Si lo que quieren los ¿responsables? del club es preocuparse por la futura temporada, mejor harían en asegurar la existencia de formas de acceso dignas al nuevo estadio en lugar de meterse en jardines como el que ha generado esta gresca, que de lo meramente estético y superficial ha trascendido a lo ético e íntimo. Además, si lo que de verdad se pretende es "renovar", "actualizar" o "abrir una nueva etapa" en la entidad (argumentos todos ellos utilizados estos días), mejor sería empezar por cambiar a la directiva, pero esto tampoco es lo prioritario ahora mismo. Lo que importa es hacer la mejor temporada posible. Todo lo demás es secundario, aunque duela o indigne. ¡Aupa Atleti!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Película rusa con final feliz

Anoche, la persona que montó la película del partido de Champions en el Vicente Calderón se pasó con los carajillos para combatir el fresco. Así, el público vio desde sus asientos "El acorazado Potemkin" aderezado con secuencias de "Óliver y Benji" pero, todo hay que decirlo, con más acorazado que tiro del halcón.

Y es que sobre el césped, el Rostov demostró, como ya hizo en la ida, por qué es famoso en el mundo entero el sentido del humor ruso o, dicho de otra manera, con ellos bromas las justas. El equipo de Rostov del Don planteó un encuentro a cara de Putin tan animado y vistoso como una película soviética de arte y ensayo pero sin subtítulos, lo cual provocó que ni los jugadores ni los aficionados rojiblancos tuvieran claro qué iba a pasar. 

Con el transcurso de los minutos, la tentación de relamerse recordando el partidazo ante el Bayern fue en aumento a medida que el partido se sumergía en ese estado de "ni sí ni no ni buenas noches". Un estado propiciado por la espartana actitud del Rostov, la bajamar de algunos jugadores y las grietas en la proverbial solidez defensiva del Atlético, que encajó un gol inverosímil siendo un equipo acostumbrado a defenderse como Rambo panza arriba. El problema es que también empezó a cundir la sensación de "verás tú...", ese nosequé tan colchonero que suele preceder a cualquier empate o derrota y que en la era Simeone es tan habitual como Leticia Sabater recogiendo un Grammy.

Por suerte para el Atlético y desgracia para el Rostov, anoche Griezmann demostró por qué es hoy por hoy el jugador franquicia del equipo. No sólo es un jugadorazo que se desvive en cada partido a la hora de ayudar a sus compañeros a defender o elaborar jugadas sino que, además, es un fuera de serie con una incidencia en su equipo tan decisiva como la de Messi y un instinto depredador como el de Cristiano Ronaldo pero con una humildad directamente proporcional al narcisismo del metrosexual blanco. Que no marque en cada partido no significa que no esté porque su presencia se nota y mucho. Pero es que anoche, D'Artagnan marcó. Dos veces (un golazo y un gol). Las suficientes para añadir belleza y alegría a un partido tosco e incómodo. Las suficientes para recordar que, tenga o no un balón de oro, cualquier pelota que toca muy probablemente acabe valiendo su peso en ídem. Las suficientes para colocar al Atlético de Madrid matemáticamente en octavos de final de esa competición en la que, entre tanto trasatlántico pretencioso, el Atleti se mueve con el desparpajo y la ética contestataria de la Perla Negra. Las suficientes para poner un final feliz a una noche fría. 

domingo, 30 de octubre de 2016

Un bufón en la corte de Simeone

Hay árbitros y árbitros. Hay árbitros que se limitan a arbitrar y árbitros que tienen alma de folclórica on fire. Los primeros tutelan partidos de fútbol; los segundos los convierten en un esperpento. Los primeros son olvidados por los aficionados en cuanto pitan el final del partido; los segundos son recordados vehementemente junto a su linaje pretérito y venidero por la hinchada. Anoche, el Vicente Calderón sufrió la actuación de un árbitro de estos últimos. Uno de esos que transforman un partido sin sobresaltos en una montaña rusa mientras al público se le va poniendo semblante de xenomorfo cabreado y al árbitro rictus de marine espacial sin GPS.
Así, el Atleti-Málaga pasó de ser un encuentro entretenido entre un equipo en auge (el colchonero) y otro bien trabajado (el boquerón) a ser un espectáculo tan bochornoso como una gala de José Luis Moreno. Y todo porque un árbitro, Estrada Fernández, decidió sustituir el reglamento oficial por el co*o de la Bernarda como criterio a la hora de desempeñar su función. Especialmente irritante fue su baremo para sacar (o no) tarjetas, alcanzando su cénit al mostrar la segunda amarilla a Savic por resbalarse en plena carrera y derribar sin querer en la caída a un jugador del Málaga. No extraña por tanto que el Calderón en la segunda parte (cuando el soplapitos decidió destaparse como Priscila, Reina del desierto) entrara en estado de incandescencia por lo que estaba pasando sobre el césped, que era un circo con un bufón como jefe de pista con momentos de buen fútbol por parte de ambas escuadras.

Fue tan malo el arbitraje que casi eclipsa el gran partido de Yannick "The man" Carrasco y La Marsellesa (Griezmann y Gameiro) y el oficio que demostró el Atleti para solventar contratiempos propios o arbitrales y así alzarse con una merecida victoria (4-2) que por momentos peligró. Casi.

domingo, 16 de octubre de 2016

Fiesta en el Calderón

Hay partidos irrelevantes que marcan la diferencia entre ganar o perder un campeonato. Hay partidos irrelevantes que toman el pulso al hambre de un equipo. Hay partidos irrelevantes en los que rivales que no pintan nada te pueden pintar la cara. El de ayer fue uno de esos partidos.
Antaño, partidos como el de ayer en los que, por diversas razones, los colchoneros esperábamos que Charlize Theron saliera de la tarta, solían acabar como si nos hubiéramos quedado encerrados en el ascensor con Leticia Sabater. Antaño quiere decir "antes del Cholo" porque lo cierto es que desde la llegada de Simeone el Atleti es tan pasota e inofensivo como un Terminator. El entrenador, los jugadores y la afición tienen claro el objetivo (ganar) y el método (dejarse el alma en el césped y la grada) con independencia de la competición o el rival de que se trate. Y eso quedó demostrado ayer: a este equipo lo mismo le da luchar contra un aspirante a la Champions que contra un aspirante al descenso.

Por eso, el Atleti ayer, pese a un inicio en el que Godín demostró que es humano, pasó por encima del Granada, que es todo un poema y no precisamente de García Lorca. Por eso, el Atleti ayer, pese a tener que remontar, brindó al Calderón la mejor fiesta por su 50 y último cumpleaños gracias a Hattrick Carrasco, enésimo milagro del Cholo, que ayer se puso en modo Stephen Curry y sembró el pánico en el conjunto nazarí como si hubieran invitado a Jason Voorhees a una fiesta de springbreakers. Por eso, el Atleti ayer, decidió convertir un partido peligrosamente irrelevante no sólo en un hito para las estadísticas y la historia colchonera sino en un mensaje para el resto de gallos de la competición: "Alégrame el día".

Según la mitología griega, la granada te ata al Hades. Según la mitología cholista, te lleva al Olimpo. Y es que ayer, en el cumpleaños en diferido del Calderón, todo el estadio acabó con esa sonrisa irremediable y tonta de post-orgasmo que provoca sentirse parte de un momento memorable y difícilmente repetible.

domingo, 21 de agosto de 2016

Yo no soy de Bolt

Terminan ya los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, que han transcurrido mejor que lo esperado y peor que lo deseable y que, en España, hemos tenido la oportunidad de ver de forma un tanto aparatosa por obra y desgracia de RTVE.
Estos JJOO, que no han sido nada del otro jueves, sí han cumplido con su cometido como surtidores de anécdotas, decepciones y alegrías. Pero eso no me interesa. Doctores tiene la Iglesia para comentar todo eso más y mejor que yo. Lo que sí me interesa es explicar el título de este artículo.

Siempre he pensado que la excelencia no está reñida con la humildad de la misma forma que la modestia no es incompatible con la ambición. Por eso, si eres el mejor en algo (afirmación que ya por definición es ya relativa y discutible) enunciarlo me parece no sólo algo estúpidamente redundante sino chapotear en la más repugnante soberbia. Véase Usain Bolt. Uno no se imagina a Richard Ford diciendo "Soy el número uno de la narrativa" ni a Rafael Álvarez "El Brujo" afirmando "Soy el mejor comediante español" ni a Aaron Sorkin soltando "El mejor guionista vivo soy yo" ni a Joaquín Sabina declarando "Ni hubo ni hay ni habrá otro cantautor como yo", pese a que muy probablemente tengan motivos sobrados para decirlo.

Supongo que la presencia o no de soberbia en la sangre tiene que ver con la educación adquirida o con lo que has aprendido de la vida. O tal vez se deba a que el mal de altura del Olimpo sólo afecta a quienes tienen la sesera por amueblar o la ética por descubrir o la vergüenza en busca y captura. Y en esto Bolt no está solo (ahí están Cristiano Ronaldo, Connor McGregor y todo un etcétera de portentosos bocazas). El caso es que los grandes de verdad no lo dicen, lo demuestran: nada mejor que los hechos hablen por ti. Todo lo demás es un infantil afán de protagonismo o una mal disimulada necesidad de parchear con notoriedad alguna tara afectiva o psicológica.

Por suerte, en estos mismos JJOO hemos tenido la oportunidad de disfrutar de ejemplos de lo contrario, de campeones consagrados en lo deportivo que, al mismo tiempo, son auténticos modelos de sensatez, prudencia y humildad. Véase Pau Gasol, Rafa Nadal o Mireia Belmonte. El placer de ver en acción a prodigios de este calibre sólo es comparable al placer de ver, leer o escuchar sus magistrales declaraciones. Son gente que no pierde el norte con la euforia ni se deslumbra con los triunfos ni considera la modestia un lastre ni es alérgica a la honestidad. Son personas que, en lugar de enarbolar el "discurso del yo" y perderse en una retórica onanista, apuestan por el mensaje del esfuerzo, de la perseverancia, del inconformismo constructivo. Campeones que, ganen o pierdan, siempre lo dan todo. Iconos que consiguen formar un todo coherente y elogiable tanto con lo que hacen como con lo que dicen. Quizás por ello ya están en el terreno de las leyendas. Ésas que perduran en el tiempo y la memoria porque no sólo dejan una estela de logros o premios extraordinarios sino porque legan algo valioso, ejemplar, útil, positivo, interesante, modélico.

Por eso, prepotentes como Bolt harían bien en saber o recordar que en el deporte no todo se reduce a una genética afortunada o a una técnica excepcional o a unos resultados asombrosos. Para pasar a la posteridad, hace falta algo más. Algo imponderable. Algo que no todo el mundo tiene. Algo que me hace admirar y aplaudir a cualquier Gasol, Nadal, Belmonte o similar. Algo que me lleva a repudir a cualquier divo como Bolt, por muchas medallas que le cuelguen del ego.

domingo, 29 de mayo de 2016

El verdadero premio

Ahora que las calles de Madrid guardan un resacoso silencio tras la berrea de los ganadores. Ahora que la noche del 28 de mayo ya es sólo un mal recuerdo en el retrovisor de millones de colchoneros. Ahora que mis ánimos están más serenos, puedo escribir lo que tenía pensado hacer ayer antes de la final de la Liga de Campeones.

Hay equipos y equipos. En concreto, por un lado, está el Atlético de Madrid y, por otro, todos los demás. Para estos últimos, los premios se exponen en vitrinas y se utilizan como arma de prepotencia masiva. Para el Atleti, los verdaderos premios no se exponen en vitrinas ni se convierten en enfermizas obsesiones ni dictan la historia del club ni se cacarean en portadas de panfletos deportivos.

Cuando uno habla del Atleti sabe o debería saber que está hablando de algo más que un club. Mucho más. Nosotros, los atléticos, solemos tener cierta propensión a hablar en primera persona del plural al comentar algún partido o al tirar de hemeroteca o al festejar o al lamentar. Eso es porque el Atlético de Madrid, más y mejor que ningún otro club, nunca juega con once jugadores. Siempre somos más. Miles más. Otra cosa es cuántos estén sobre el césped.

Por eso, el verdadero premio no es levantar tal o cual campeonato o tener en las vitrinas un trofeo u otro sino ser del Atleti. ¿Qué es ser del Atleti? Algo que va mucho más allá de la elección deliberada y consciente de un equipo al que animar. Es tener un sentimiento de pertenencia que auna una conciencia y emotividad colectivas como ningún otro club consigue o, al menos, demuestra. Es, por encima de una forma de vivir el deporte, una forma de estar y ser en la vida, una ética que comprende desde lo comprensible hasta lo sensible, desde lo deportivo hasta lo íntimo. Es saber que "triunfo" y "fracaso" son conceptos relativos, traicioneros, engañosos. Es recordar que si alguien se acuerda del todopoderoso Jerjes es porque trescientos espartanos decidieron hacer lo impensable para conseguir lo increíble. Es tener la certeza de que podrán ganarte pero no derrotarte, de que el único plan ante una caída es levantarse, de que los sueños se sudan, de que los milagros se entrenan, de que la vida es una cuestión no tanto de aptitud como de actitud, de que no hay mejor ética que poner el corazón en cada cosa que hagas, de que la última frontera siempre está un paso más allá de la anterior. Es tener presente en cada momento de tu vida que querer algo o alguien no se debe basar en qué esperar a cambio sino en qué estás dispuesto a dar por ello. Es saber y sentir que formas parte de un equipo capaz de dar sentido a cada verso del poema "Desmayarse" de Lope de Vega, de llevarte al cielo o al infierno sin término medio ni paradas en grises, de hacerte vibrar sentimental y emocionalmente como el mejor de tus seres queridos, de conseguir que te sientas la persona más afortunada del mundo, de saber que aun en las noches más oscuras siempre va a brillar la luz del orgullo. El orgullo de ver a jugadores dejándose el alma sobre el campo y a aficionados dejándose la garganta en las gradas sin importar el rival y la competición de que se trate. El orgullo de saber que donde otros ponen millones y prepotencia, nosotros ponemos coraje y humildad. El orgullo de tener claro que no importa ganar o perder si lo das todo. El orgullo de estar seguro de que si alguien menciona el nombre de algún jugador presente o pasado del Atlético vas a pensar "Uno de los nuestros" mientras el pelo se te eriza. El orgullo de pertenecer a un equipo en el que jugadores y afición exhiben una convicción titánica e inquebrantable tanto si el cuerpo acompaña como si no. El orgullo de sentir que otros te sienten y así dar sentido a ese no-sé-qué capaz de hacer que una niña pequeña que apenas acaba de aterrizar en el mundo rojiblanco diga que, al ver a gente del Atleti por la calle, siente "naturaleza pura" en el pecho.

Por eso, tras un partido como el de anoche en el que la victoria se decidió por pura y simple suerte, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche que culminó una temporada extraordinaria, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que el Atleti volvió a demostrar que hay vida más allá de los talonarios y la vanidad, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que la pena inmensa apenas pudo disolver el orgullo y la dignidad en los rostros de miles de atléticos, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Por eso, tras un partido como el de anoche en el que el Atlético volvió a escribir la enésima carta de amor a la épica, no tengo claro quién obtuvo el verdadero premio. Miento. Lo tengo clarísimo. Por eso, muchas, muchísimas gracias a los jugadores, al cuerpo técnico y a la afición. ¡Aupa Atleti!

domingo, 20 de septiembre de 2015

Yo vi jugar a España

Antes, las grandes gestas y sus protagonistas legendarios quedaban escritos en los susurros de los ancianos, en la piedra mordida por el viento de los días, en los papeles olvidados por el tiempo, en las estrellas donde los inmortales velan los sueños de los que no lo son.
 
Ahora, hay grandes gestas y protagonistas legendarios que no necesitan ni los susurros ni las piedras ni los papeles ni las constelaciones. Basta con cerrar los ojos e invocar al recuerdo, con consultar archivos para remontar hasta llegar al escalofrío, con dejar que tus oídos te cuenten el eco de noches de risas
inmensas, ojos llorosos, corazones revolucionados y puños apretando la felicidad entre los dedos. Ahora, basta con ellos, con la selección de baloncesto, con los que vencieron en la titanomaquia mundial, los que prevalecieron tras el ragnarok europeo, los que siguieron en pie tras el armagedón olímpico. Ahora basta con ellos, con la selección de baloncesto, con los que tienen el esfuerzo como hoja de ruta, la humildad como mantra y la magia como arma secreta. Ahora basta con ellos, con la selección de baloncesto, el principal exponente de la mejor generación de deportistas españoles de toda la Historia, con los más grandes de todos los increíbles. Ahora basta con ellos, con la selección de baloncesto, con nuestras armas de satisfacción masiva, con los que dan lecciones magistrales dentro y fuera de la cancha. Ahora basta con ellos, con la selección de baloncesto, con el equipo liderado por un héroe inolvidable que nació en Sant Boi para vivir en la eternidad.

Ahora basta con ellos, con quienes nos han enseñado que en el deporte, como en la vida, lo importante no es cómo se empieza
sino cómo se acaba; que el premio no está en la meta sino en lo que aprendes y (te) demuestras hasta que llegas a ella; que las limitaciones y carencias nos ayudan a reconocer las cualidades sobre las que construirnos; que ningún camino fácil lleva a algún sitio que merezca la pena; que el futuro nunca se ha escrito en el pasado; que no hay que tener miedo a los grandes retos porque son los únicos que te hacen mejorar; que es en los momentos de dificultad donde se plantan las semillas de las alegrías; que el éxito no depende del marcador sino de la actitud; que juntos siempre se llegará más lejos y más alto de lo que podría llegarse solo; que la felicidad no te la regala nadie sino que hay que sudarla, pelearla, conquistarla campeonato a campeonato, partido a partido, cuarto a cuarto, jugada a jugada, segundo a segundo, décima a décima.

Así que por lo que nos/me habéis hecho ver, sentir, vivir y aprender, gracias. Gracias por darnos, por darme, otra vez (y van...) un motivo más para poder decir que yo tuve la suerte, el honor y el placer de ver jugar a España. Muchas, muchas gracias, campeones.

domingo, 12 de julio de 2015

Mi capitán

Nunca he sido ni seré del Real Madrid, pero Iker Casillas siempre será mi capitán. Y lo será por algo más allá de los números y estadísticas que lo ubican en el terreno de lo extraordinario. Y lo será por algo más allá de esas actuaciones más propias de un partido de "Óliver y Benji" que de una persona de carne y hueso. Y lo será por algo más allá de todos los hitos y trofeos conseguidos que lo sitúan en el ámbito estrictamente reservado a las leyendas. Y lo será por algo más allá del gracejo, naturalidad y espontaneidad que lo han convertido en una persona entrañable. Y lo será por algo más allá del hecho de ser capitán, líder y corazón de la mejor Selección española de fútbol de todos los tiempos. Y lo será por algo más allá de ser el mejor portero español de todos los tiempos y uno de los mejores cancerberos de toda la historia del fútbol mundial. Lo será por los valores que él ha encarnado mejor que nadie en el fútbol español de las últimas décadas: la humildad, la nobleza, la disciplina, el esfuerzo, la profesionalidad, la constancia, la educación, el respeto, la sensatez, la templanza, la elegancia, la valentía ante la adversidad...Lo será por todas esas virtudes y cualidades que lo han aupado con todo merecimiento en ese altar laico que es el deporte.

Sin duda que sus condiciones físicas ya no son las de antaño; de lo contrario estaríamos hablando de alguien simplemente no humano. No obstante, siendo objetivos, el paso de "portero increíble" a "portero muy bueno" no creo que sea como para
llevarse las manos a la cabeza, rasgarse las vestiduras, reclamar su finiquito, etc, etc. Por eso, es especialmente llamativo, ridículo y patético que haya gente que critique a Casillas por el declive físico al que toda persona se ve abocada conforme va cumpliendo años. Y aún más particularmente despreciable que haya gente gente que aproveche ese ocaso físico para dar rienda suelta a comentarios y críticas que no tienen nada que ver ni con lo físico, ni con lo futbolístico, ni con lo deportivo y sí mucho con la ingratitud, la estupidez y la carencia de memoria, ética y escrúpulos.

Dicho lo cual, creo que la salida de Casillas de su club de toda la vida (25 años), del equipo en el que siempre quiso retirarse, no hay que entenderla tanto en el plano físico o deportivo como en el personal y ajeno a lo futbolístico. La marcha del capitán del Real Madrid no se entiende sin José Mourinho ni Florentino Pérez. O, mejor dicho, sin su mal fondo y peores formas, sin la persecución extradeportiva, el ensañamiento infundado, la obsesión enfermiza, la presión psicológica y la envidia personal que esos dos repugnantes divos que nada tienen que ver con el fútbol como deporte han dedicado al mejor estandarte de los valores e ideales de los que supuestamente presume el Real Madrid (risas enlatadas). En definitiva, la salida de Casillas no se puede entender sin el descomunal, descarado e inmerecido mobbing que ha sufrido por culpa de Mourinho entonces, de Pérez siempre y de sus respectivas camarillas de impresentables jugadores (Arbeola, Xabi Alonso, etc) y voceros mediáticos (Pedreroles y cía). Un despropósito amargo y cruel que acabó por trasladarse a la grada, donde una parte no pequeña de la ¿afición? del Real Madrid demostró que tiene una memoria a la altura de su educación y ética, demonizando a quien hasta hace nada veneraban como "santo". Una situación así, tan injusta, inmerecida, indefendible y erosiva como mantenida en el tiempo, acaba con la moral, la ilusión, la concentración y la motivación de cualquiera, se llame o no Iker Casillas. Quizás no debería haber aguantado tanto, ni en tiempo ni en forma. En ese sentido, no creo que Iker Casillas se haya rendido sino que hace mucho, mucho tiempo el club y buena parte de su afición dejó de merecerlo y hoy por fin ha quedado absolutamente claro. Lo que está fuera de toda duda es que Casillas, en toda esta desagradable situación, es el único que siempre ha estado muy por encima de las circunstancias, incluso en su magistral despedida. Del resto de protagonistas e intervinientes sólo cabe expresar que han quedado retratados como lo que son.

Así las cosas, sólo se puede decir que el Real Madrid y el madridismo han perdido el único espejo en el que mirarse mientras que el Porto ha ganado un porterazo y un jugador ejemplar dentro y fuera del campo. Un tipo al que cualquier amante del fútbol y el deporte puede, debe y tiene que estar agradecido. Siempre. Y esto lo digo yo, que nunca seré madridista, que nunca fui "Casillista" pero que siempre fui, soy y seré de las buenas personas. ¡Hala Iker! 

domingo, 31 de mayo de 2015

119 decibelios

119 decibelios es el ruido de un avión al despegar. Y el de un concierto de rock. Y el de un trueno. Y el de decenas de miles de personas demostrando a los cuatro vientos sus complejos y su falta de formación, educación, respeto y sentido común, como una vez más (y van tres) se encargaron de demostrar esta noche y en su mayoría las aficiones de Barça y Athletic en su tercera final de Copa de los últimos seis años.

La pita no por esperada ha dejado de ser menos bochornosa y repugnante. Un espectáculo vomitivo por varias razones:
- Es una acción inconstitucional al ir contra el himno estatal, que forma junto a la bandera y el escudo los símbolos del país. Por tanto, es un delito y como tal viene tipificado en el Código Penal, en su artículo 543, dedicado a los "ultrajes a España" y que dice lo siguiente: Las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad, se castigarán con la pena de multa de siete a doce meses.
- Es una indefendible falta de respeto para todos los demás españoles que no piensan como los españoles que esta noche han pitado el himno.
- Es un descarado desprecio a todos los valores que comparten tanto el deporte como la vida en democracia.
- Es una evidente demostración de que siempre habrá malnacidos dispuestos a utilizar un acto que nada tenga que ver con la política para mezclar churras con merinas y reivindicar su condición de gilipollas virgen extra. ¿Qué tendrá que ver un partido de fútbol con las majaderías y los delirios políticos de los iluminados separatistas? Aparte de nada, quiero decir.
- Es una nueva muestra de cómo se ha extendido a ámbitos no políticos la perversa hipocresía que manejan las ideologías nacionalistas e independentistas en España: convertir en objeto de crítica aquello de lo que al mismo tiempo estás obteniendo un beneficio inmerecido, obsceno y constante.

En línea con esto último, creo que sería una muestra de sensatez, coherencia y, por qué no, valentía que el F.C. Barcelona y el Athletic Club de Bilbao renunciaran voluntariamente a seguir formando parte de toda competición nacional y a cualquier ingreso económico de procedencia española. ¿Lo van a hacer? Lo dudo. A menudo, la estupidez y la cobardía van de la mano. Es más cómodo seguir pataleando y, simultáneamente, beneficiándose económicamente. Quizás ha llegado el momento de que si dichos clubes no toman la puerta de salida se les conduzca a la misma, con o sin el consentimiento de estos jetas.

Por otra parte, creo que es totalmente absurdo el debate sobre si la pita está dentro de la libertad de expresión o es simplemente intolerencia en estado puro. Convendría recordar a esa legión de meapilas, demagogos y cretinos que entienden la pita amparada por
la libertad de expresión que, tal y como dice la Constitución española, los derechos y libertades fundamentales tienen sus límites no sólo en lo que disponga el ordenamiento sino en el respeto al resto de derechos y libertades (ver artículo 20.4). Así que, si quieren defender, matizar o excusar el asqueroso espectáculo que han ofrecido los "pitantes", mejor harían en esgrimir como argumento el respeto que se merece todo animal, que es lo que son.

No obstante, lo más deprimente de toda esta noche ha sido la vergonzosa reacción de las autoridades, tanto institucionales como gubernativas y deportivas a lo que es sin duda un ataque al himno y, por tanto, al conjunto del Estado. Tal vez es que Felipe VI confundió entereza con tibieza o que el Presidente del Gobierno tenía el plasma averiado o que el Ministro de Interior estaba rezando el rosario en ese preciso instante o que la Delegación del Gobierno en Cataluña se cogió la noche libre o que la Fiscalia General del Estado estaba cazando gamusinos o que el Presidente de la Real Federación Española de Fútbol entienda que la Constitución no va con él. No lo sé. Lo que sí sé es que hoy nadie ha defendido no ya la pura legalidad sino el respeto debido al conjunto del pueblo español. Y eso da pena. Mucha. Y también rabia. Y ni la una ni la otra se me van a ir por muy acertado que sea el contenido del tardío comunicado del Ministerio de Presidencia. Así las cosas, ya que la ofensa es irreparable, lo único que espero es una sanción ejemplar y contundente contra ambos clubes que evite que ese disparate se repita en el futuro. 

Por todo ello, no es de extrañar que lo ocurrido en el partido en el plano estrictamente deportivo haya quedado muy mermado en su relevancia. En ese sentido y en mi opinión, esta noche en el Camp Nou sólo ha habido una cosa digna de ser admirada, elogiada y recordada: el orgullo que ha demostrado el Athletic. Todo lo demás, se merece el olvido pero no el perdón.

miércoles, 1 de abril de 2015

Del Bosque como metáfora

Anoche volvió a quedar claro (y van...) que Vicente del Bosque no es un buen seleccionador, al menos en lo referente a la selección española de fútbol. Y no lo es simple y llanamente porque no es buen entrenador, al menos en lo que respecta a dicho deporte. Quiero dejar la puerta abierta a la esperanza y creer que quizás este individuo orondo, lisiado y tristón encierra un buen seleccionador de trufas o un extraordinario entrenador de orugas procesionarias. Pero "fútbol" y "Del Bosque" guardan entre sí la misma relación que "belleza" y "Leticia Sabater" o "educación" y "Belén Esteban". Con esto no estoy queriendo decir, ni mucho menos, que Vicente del Bosque sea un completo inútil porque, haciendo bueno el dicho, sí es un estupendo mal ejemplo. Y de eso trata este artículo: de lo que Vicente del Bosque tiene de ejemplo, de metáfora, de trasunto, de correlato objetivo o de como lo quieras llamar. Porque, para mí, Del Bosque es...

...el Mariano Rajoy del fútbol patrio: un individuo que al nacer debió perder junto a la placenta el atractivo físico, la sinapsis y la capacidad de autocrítica. Una persona que eligió un mal día para meterse en faena. Un hombre que en situaciones de crisis es incapaz de tomar una sola buena decisión. Un mandamás que mandar,
lo que se dice mandar, manda poco y mal. Un tipo que sabe poner excusas pero no pedirlas. Un gestor que a los jóvenes con mejor formación y talento en muchas generaciones las únicas alternativas que les ofrece son la puerta de salida o la mediocridad. Un ser que proyectaría el No-Do e intentaría convencer al personal de que aquello es Blade Runner. Un paisano cuyas declaraciones hacen sospechar que debe estar censado en Marte. Un representante de cómo en este país el peor de los tarugos puede llegar a lo más alto. Un tío cuyos logros han contribuido a consolidar en España el estado de frustración. Un error en sí mismo considerado. Alguien, en definitiva, que mejor habría hecho no saliendo jamás de su casa o, en su defecto, dedicándose a otra que no fuera a lo que se dedica.

...el José Luis Moreno del mundo FIFA: una persona capaz de coger la Roja y convertirla en una alfombra lista para ser pisoteada o, directamente, masacrada. Un hombre para el que cualquier tiempo pasado fue mejor. Un hacedor de esperpentos que invitan a "hacerse un Edipo" y arrancarse los ojos con tal de no sufrir
más. Un individuo al que ya no le funcionan sus sketches. Un espabilado al que ya no le salva esconderse detrás de unos muñecos que hoy no causan otra cosa que no sea pena o irritación. Un trabajador que mientras haya alguien dispuesto a pagarle siempre tendrá a bien torturar al personal con la brillantez de su desempeño. Un tipo que está descubriendo la diferencia de matiz entre "reírse con" y "reírse de"...o quizás la está enseñando al resto del país. Un personaje soberbio e impermeable a las críticas vengan de donde vengan. Un ser desconectado del espacio, del tiempo y del sentido común. Un reincidente en el bochorno. Una puerta al Tártaro. Alguien, en definitiva, que lo mejor que puede hacer es dejar de ser el abajo firmante de cosas que, vistas en televisión, avergüenzan a todo un país.

En resumen: Vicente del Bosque no es un buen entrenador de fútbol ni, por tanto, un idóneo seleccionador pero sí es una magistral metáfora de la mediocridad, de lo caduco, de lo erróneo, de lo irresoluble, de lo deprimente, de lo inaguantable, de lo indefendible, de la falta de genio, de la inoperancia, de la negligencia, de la carencia de vergüenza. Es un correlato deportivo de la política de Rajoy y de la televisión de Moreno. Para eso sí vale Del Bosque, para reflejar lo que es esta España actual...tan necesitada de cambio.     

lunes, 15 de diciembre de 2014

Mala hierba

Desde que tenía diez años, soy fan y seguidor del Atlético de Madrid. No soy un asesino. Ni un violento. Ni un radical. No soy gentuza. Y como yo decenas de miles de personas dentro y fuera de España que sienten al Atleti de una manera pasional y sana. Es decir, como la mayoría de atléticos, colchoneros, indios o como se nos quiera etiquetar.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, los aficionados del Atlético parece que estamos bajo sospecha por culpa de un grupo de salvajes, de la demagogia barata de algunos periodistas y opinadores, y de la torpeza de quienes velan por la seguridad ciudadana.

Por culpa de un grupo de salvajes que no conocen ni la educación ni el respeto ni el honor ni la vergüenza ni la valentía ni la inteligencia. Salvajes que, valiéndose de pertenecer a un grupo llamado "Frente Atlético" (no todos los del FA son salvajes pero sí que todos los salvajes forman parte del FA) y con la excusa del fútbol, dan rienda suelta de forma masiva y cobarde a toda la basura que tienen en el lugar donde el resto de personas tienen el alma. Salvajes que no tienen reparo alguno en atemorizar, apalear o asesinar tanto a inocentes como a escoria como ellos en defensa de no se sabe bien qué pero seguro que no el Atleti, ni el deporte ni nada que sea digno de otra cosa que asco. Salvajes que por ser como son y negarse a ser de otra forma han envenenado un graderío, un estadio y una afición. Salvajes que han dado argumentos a quienes, movidos por la idiotez o la envidia, están deseando confundir al todo con la parte y mezclar churras con merinas. Salvajes que han dado motivos objetivos para vomitar sandeces a todos los que tienen ganas al Atleti por lo que ha conseguido en el campo. Salvajes incapaces de entender que a un campo de fútbol se va única y exclusivamente a animar con fines y argumentos estrictamente deportivos. Salvajes que, siendo pocos, se lo están haciendo pagar a muchos. Salvajes que se creen en posesión de un club y del derecho a animar mientras se encargan de escribir las páginas más negras tanto del club como de la afición. Salvajes que lo único que hacen bien es causar vergüenza, pena y asco. Salvajes capaces de aplaudir y festejar los errores y los tropiezos del equipo al que dicen animar. Salvajes cuyo sitio está en una cárcel, un reformatorio, una selva o el cubo de una clínica abortista pero desde luego no en un campo de fútbol ni en una sociedad civilizada y de gente de bien. Salvajes que, como la mala hierba, hay que erradicar de raíz.

Por culpa de la demagogia barata de algunos periodistas y opinadores de plató o barra de bar que no hacen nada por templar la discusión y sí mucho por verborrear alegremente y alargar el incendio. Periodistas y opinadores que prefieren el jaleo a la pausa y la polvareda al análisis. Periodistas y opinadores que, quizás llevados por sus filias futbolísticas, por su frustración vital o por su majadería personal, prefieren alimentar el morbo, el escándalo y la animadversión sin más intención que la de aprovechar la carroña hasta que no dé más de sí. Periodistas y opinadores que en lugar de utilizar las neuronas recurren a la demagogia. Periodistas y opinadores expertos en meter a todo el mundo en el mismo saco. Periodistas y opinadores que se ensañan con el Atleti como si fuera el único club afectado de este problema cuando el asunto de los ultras radicales afecta aún hoy a muchos clubs (que, por cierto, no han movido un dedo para solucionarlo o tienen una permisividad inquietante con los ultras). Periodistas y opinadores que, si quisieran ayudar, no dedicarían ni un minuto de atención a lo que hagan o dejen de hacer los responsables directos de esta situación. Periodistas y opinadores que en el fondo lo que hacen, quieran o no, es ayudar a criminalizar injusta e indiscriminadamente. Periodistas y opinadores que han contribuido y contribuyen a desestabilizar y demonizar a toda una afición y a un club tanto como los salvajes que comentaba antes.

Por culpa de la torpeza de quienes deben velar por la seguridad que, cuando tenían que estar, no estaban o no se enteraron y, cuando no hacen falta, montan un desmesurado dispositivo que convierte a un estadio en Guantánamo y a todos los espectadores en sospechosos, sin hacer distinción entre el abuelo y el skin, entre el niño y el radical, entre el padre de familia y el gorila con exceso de adrenalina y alcohol. 

¿Qué hacer para solucionar este problema? Creo que entre la tolerancia cero y el "matar moscas a cañonazos" (como se está haciendo ahora) hay un término medio que los responsables de solucionar el asunto (el club, la policía y las autoridades deportivas) deberían encontrar, porque no puede ser que por una escoria minoritaria pague una mayoría de gente que sólo busca y quiere animar al equipo de sus amores (y ataques al corazón).

Así las cosas, sólo puedo decir que el Atlético sólo es patrimonio de quienes estamos dispuestos a ir al Calderón a reír, llorar, aplaudir, ovacionar, gritar, festejar, lamentar o levantarnos del asiento por lo que pase en el campo, por lo que hagan en el terreno de juego quienes se enfundan la rojiblanca. De quienes sentimos cierta entrañable complicidad por los extraños que tengamos sentados al lado por el mero hecho de compartir una ilusión y afición común. De quienes sentados en el estadio nos sentimos en casa. Eso es el Atleti. Esos somos el Atleti. No los asesinos ni los violentos ni los ultras, por mucho que salvajes, periodistas, opinadores y responsables de seguridad quieran hacer parecer lo contrario.