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lunes, 1 de enero de 2018

Frankenstein 200

Se cumplen 200 años del nacimiento editorial de Frankenstein, obra que Mary W. Shelley regaló a la Cultura universal un 17 de junio de 1816 (fecha de escritura, que no de publicación, de la novela) en Villa Deodati, a orillas del lago Ginebra. Dejando al margen la curiosa y azarosa vida de su autora y cómo a una mujer tan joven y refinada se le ocurrió semejante monstruosidad (cuestiones ambas que están más relacionadas de lo que podría pensarse), creo que el gran magnetismo de esta famosísima obra, más allá incluso de ese grial que es el triunfo sobre la muerte, está en su protagonista, la criatura "fabricada" por Víctor Frankenstein

Ese monstruo, indudablemente icónico pero devaluado hasta casi la caricatura en las diversas e innumerables adaptaciones del original novelesco, representa la quintaesencia del paria, lo marginado llevado a su paroxismo, la orfandad definitiva. Feo, culto, incomprendido, desubicado, freak, extranjero en cualquier tierra, víctima constante de prejuicios e infundios...todos los atributos de la criatura conforman un solo collage de los distintos parias que aún hoy podemos encontrar por desgracia en cualquier sociedad. Una abominación que resulta más humana que los humanos, pues su indudable anhelo de comprensión, aceptación, conocimiento y amor resulta tan absolutamente humano que es insaciable por una sociedad perdida entre la ciencia, la hipocresía y la superstición.
Por eso, por esa confrontación entre el deseo y la realidad, entre la necesidad y la frustración, entre la carencia y el rechazo, entre el marginado y la impermeable e insensible sociedad, se desencadenan el conflicto y la tragedia que hacen de la criatura de Frankenstein no tanto un monstruoso villano de novela gótica como un antihéroe trágico, víctima de ese fatum que es la condición humana. Él es un monstruo no por su origen sino porque la sociedad lo ve y lo trata como tal, rechazándolo, aislándolo, arrinconándolo hasta más allá de los márgenes que delimitan la "polis social", arrojándolo a una intemperie existencial donde sólo le espera la depresión, la locura y la muerte.

Así las cosas, pasados dos siglos desde que vino a este mundo, la novela de Mary W. Shelley sigue siendo brutalmente moderna no tanto por su indudable valor como simple ficción sino por su calidad como tétrica alegoría del ser humano en su búsqueda del sentimiento de pertenencia, de arraigo, de hogar emocional. Y es que, como los valleinclanescos espejos del callejón del Gato, Frankenstein o el moderno Prometeo, en el fondo, no es más que el reflejo deforme de una sociedad dispuesta a rechazar la disonancia, a castigar a cualquiera que lleve consigo el divino fuego de la diferencia. 

viernes, 15 de diciembre de 2017

"Los últimos Jedi": entre lo mejor y lo peor

Hoy se ha estrenado el episodio VIII de la saga más famosa y galáctica del cine: Star Wars. Hoy he visto Los últimos Jedi. Lo más honesto que se puede decir de esta película es que es muy irregular, tanto que no dejará a nadie indiferente. En lo bueno, está cerca de El Imperio contraataca y en lo malo está a la misma altura (o incluso peor) que La amenaza fantasma. En ese sentido, hay que decir que la película es bastante coherente con uno de los temas que se tratan en el film: el equilibrio entre la luz y la oscuridad. ¿Por qué? Porque Los últimos Jedi tiene lo mejor y lo peor de lo que va de nueva trilogía. Por eso, se hace difícil discernir si esta película está en el lado luminoso o en el oscuro, aunque creo que, conforme pasa el tiempo, el lado oscuro de esta película crece más que en Kylo Ren.

Es indudable que esta nueva entrega tiene más entidad propia que el episodio VII (y eso es muy bueno) pero la contrapartida es que Los últimos Jedi se ha tomado tantas libertades en esa emancipación identitaria respecto a lo propuesto en su predecesora por J.J.Abrams que (nos) ha dejado a muchos fans desconcertados por lo hecho por Rian Johnson, director y guionista de la película. Es cierto que corrige algunas cosas y aporta otras nuevas respecto a El despertar de la fuerza pero no menos verdad es que esa evidente autonomía creativa ha perjudicado no sólo a la solemnidad habitual sino también a la coherencia y calidad narrativa. Por eso, el libertinaje creativo de Johnson ha dejado varios daños colaterales: personajes ridiculizados, devaluados o eliminados casi de forma caprichosa; situaciones que rozan el bochorno (lo de Hux-Poe y Chewbacca-Porgs es inenarrable); cuestiones importantes no resueltas o resueltas de manera burda, tramas directamente abandonadas o redirigidas de forma más arbitraria que coherente; excesiva importancia (en metraje) a subtramas y personajes secundarios que tampoco son para tanto...Al terminar la película y hacer balance, me queda la sensación de que faltan argumentos o alicientes para creer que el episodio IX será el merecido clímax de esta nueva trilogía. Hoy por hoy parece que dicha película será un "más de lo mismo" porque, tras Rian Johnson, el enfrentamiento entre Kylo-Rey es casi el único (y reiterativo) reclamo que le queda ya a esta trilogía y porque veo muy difícil superar el listón emocional dejado en esta película por Luke y porque las decisiones creativas han dejado poco margen de maniobra para dar cierto empaque al noveno episodio (apenas quedan tramas que desarrollar o personajes con peso). Espero y deseo equivocarme. Y ojo: con esto no estoy criticando el hecho de que se haya entronizado a Kylo y Rey como los máximos protagonistas, antagonistas y líderes de la función ni el cambio de tono ni que la película sea de facto el gran homenaje a Luke Skywalker. Simplemente digo que todo esto que acabo de mencionar es compatible con hacer bien las cosas y evitar los daños colaterales que he citado antes. En ese sentido, comparativamente, la trilogía original (episodios cuatro a seis) demuestra tener una habilidad narrativa y una consistencia y coherencia que no han sido alcanzadas ni por la trilogía de las precuelas (episodios uno a tres) ni, de momento, por esta trilogía de las secuelas.

En relación con lo elogiable del episodio VIII, la nueva entrega de La guerra de las galaxias tiene algunas escenas a la altura de las mejores de la franquicia (por ejemplo, la adrenalítica batalla contra el destructor que abre la película, la pelea en el salón del trono de Snoke o el duelo-casi-western de Kylo Ren - Luke Skywalker que pone el broche al film); algunas líneas de guión bastante ingeniosas e incluso memorables (la mayoría de ellas, dicho sea de paso, en boca del gran Mark Hamill); temas más sólidos que los del episodio VII (la superación del pasado, la búsqueda de la identidad, la aceptación del fracaso o la valentía ante los miedos son algunos de los temas basales de este film que, por otra parte, entronca una vez más con la famosa estructura del "viaje del héroe" que ideó Joseph Campbell y sublimó George Lucas en la trilogía primigenia); un ritmo y un tempo muy acertados que evitan cualquier bostezo; unos giros en las tramas tan inesperados como atinados que te hacen disfrutar de una agradable incertidumbre y tensión durante buena parte del metraje y algunos planos que son todo un homenaje a los seguidores de la saga y a cualquier amante del cine como arte (ej: los de Luke en los últimos minutos de la película son maravillosos).

En cuanto a lo criticable de esta película, pues, lamentablemente, hay cosas que son difíciles de defender o entender: la evidente y excesiva carga humorística de la que hace gala este octavo episodio torpedea la solemnidad habitual de la saga por culpa de escenas bastante estúpidas y diálogos más propios de una spoof movie (el peor parado y mejor ejemplo de esto que digo es el ridiculizado general Hux); el maltrato que reciben ciertos personajes (Hux, Snoke, Phasma y Chewbacca deberían reclamar alguna indemnización por esto) es tal que en algunos casos se acaba incluso literalmente y de mala manera con el propio personaje; la ausencia de respuestas a varias preguntas y expectativas generadas desde El despertar de la fuerza (ej: quién es Snoke y cómo llegó a ser el nuevo Palpatine) o la manera burda y rápida de resolver algunas de esas cuestiones aparentemente importantes (ej: los padres de Rey, siempre y cuando nos fiemos de Kylo, claro), y ello a pesar de que, siendo justos, hay otros asuntos pendientes que sí quedan aceptablemente resueltos (ej: qué pasó entre Ben Solo y Luke Skywalker). Para gustos, los colores, pero a mí estos defectos que acabo de decir me parece que lastran una película que, de no tenerlos, sí estaría, tal y como dicen algunos comentarios, en el podio de esta saga galáctica. 

Así las cosas, está claro que el director y guionista Rian Johnson ha hecho lo que ha querido con esta película...Eso en sí no es malo. Al contrario. Lo malo es hacerlo a costa de, quizá, demasiadas cosas. Tener personalidad también implica saber cuándo descartar ciertas ocurrencias o cuándo no pasarse por el forro según qué cosas. Y, vistas las declaraciones de Johnson, creo que el tipo se tiene en demasiada buena estima a sí mismo porque sus explicaciones denotan bastante arrogancia o ensimismamiento. Que sí, que la película va de que lo nuevo rompa con lo viejo, pero...hay formas de romper. Y la de Johnson creo que no ha sido la más afinada, por muy buena intención que tuviera. ¿Es Johnson el Jar Jar Binks de la nueva trilogía? Puede que sea un candidato muy sólido a tal deshonor. Lo que sí parece cada día más notorio es que el plan de esta nueva trilogía consiste en la inexistencia de un plan premeditado y bien trenzado; cada película parece únicamente supeditada al ingenio y capricho del director de turno: máxima libertad creativa, máximo riesgo. Entiendo que esta barra libre entusiasme a Johnson pero también entiendo perfectamente a esos miles de fans que miran a este nuevo tríptico con cierta inquietud por su inconsistencia narrativa y su volátil coherencia. ¿Se vengará J.J. Abrams en el episodio IX de Johnson por lo que ha hecho en este episodio VIII con las tramas y los personajes del episodio VII? ¿Remendará sus fallos? ¿Será peor el remedio?

Más allá de todos estos detalles, la película me ha parecido interesante porque, por un lado, en lo espiritual es una curiosa mezcla entre El imperio contraataca y Una nueva esperanza, y, por otro lado, porque enfatiza bastante la penumbra de la condición humana, demostrando casi obsesivamente que en toda persona hay luz y oscuridad, el yin y el yang que conforman nuestra identidad, matices que nos hacen carne de dilema y contradicción, rasgos que hacen desaconsejable cualquier certidumbre y prejuicio y nos empujan a caminar por el alambre de lo inesperado (Ben Solo es, en este sentido, uno de los personajes mejor construidos de esta nueva trilogía).

Dejando todo lo anterior al margen, Los últimos Jedi es la clásica película bisagra en una trilogía y supera ese difícil reto (aunque condiciona demasiado al episodio IX) pero, por encima de todo, es un estupendo homenaje no tanto a Leia Skywalker (y ojo que tiene una escena que está dando mucho que hablar) como a su hermano Luke (que es el pu*o amo de la función). Y es que, cada vez tengo más claro que esta nueva trilogía no va tanto de presentar unos nuevos héroes como de otorgar un final digno a aquellos que han dado forma y fondo a los sueños de unas cuantas generaciones. Creo que con estas secuelas se intenta poner el cierre a una historia: la de los Skywalker. Al fin y al cabo, desde el episodio I hasta el VIII, lo que se nos está contando es básicamente cómo era "el mundo" antes de llegar los Skywalker, cómo los Skywalker lo cambiaron y qué mundo dejaron a aquellos llamados a recoger la antorcha o, en este caso, el sable láser. Es, en resumen, la epopeya del cambio de lo viejo a lo nuevo (concepto por cierto que está muy presente en esta película), una traslación que, sin los Skywalker, sería tan inconcebible como una galaxia sin Jedi, una orden que, por suerte, aún no ha dicho su última palabra. ¿Son Rey, Kylo, Poe, Finn y cía un macguffin? Afirmarlo rotundamente sería tan desaconsejable como negarlo categóricamente.

Lo que es evidente al menos para mí es que, hasta el momento, de todas las nuevas películas de la franquicia Star Wars, la única a la altura de la trilogía inicial sigue siendo Rogue One, por mucho que lo de Luke en Los últimos Jedi sea algo tan memorable como ver dos soles en el mismo horizonte. ¿Cambiará esto en el siguiente y último episodio? Veremos...

domingo, 12 de noviembre de 2017

Los árboles y el bosque

No. Que no te engañe el título. Este no es un artículo sobre flora. Más bien es un artículo sobre fauna; sobre cerdos concretamente, pero no esos de los que se sacan jamones y demás productos como si fueran una mágica chistera de charcutería sino de los que son un manantial de marranadas difíciles de comer y digerir para cualquiera con un mínimo de estómago moral. Como la foto ayuda, imagino que ya sabes de qué y de quiénes estoy hablando. Sí. Este artículo surge a propósito de la inesperada primavera de depravados que ha llegado este otoño, de esa repentina floración de guarros, salidos, obsesos y miserables en plena época en la que muchos árboles hacen un fúnebre striptease desnudándose de hojas. Los yanquis tienen una poética expresión para el otoño: "the fall" y, ciertamente, estas semanas han sido para Harvey Weinstein, Kevin Spacey y otros ilustres del cine -se habla de Dustin Hoffman, Ben Affleck, Louis C.K., Brett Ratner y Matthew Weiner, entre otros- una auténtica fall (caída) que en algunos casos tiene pinta de perpetuo nocaut profesional. ¿Por qué entonces he titulado el artículo así? Porque creo que, con toda esta desagradable polémica, se están cometiendo dos errores de atención que casan bastante bien con el popular consejo "que los árboles no te impidan ver el bosque". Y es que, en mi opinión, este nauseabundo caos ha desviado la atención de ciertas personas hacia los árboles y no hacia el bosque.

Por un lado, está el tema del silencio de las víctimas. Es decir: hay gente que, una vez que se ha descubierto este estercolero, están más pendientes de debatir sobre el silencio de las personas afectadas por las cerdadas que por los hechos en sí o sus responsables. A mí, honestamente, me da igual si el silencio de las víctimas se ha mantenido imperturbado en el tiempo por un lógico bloqueo psicológico, tacticismo profesional, miedo laboral, culpa judeocristiana, fobia al "qué dirán", vergüenza con efecto retardado u oportunismo ventajista. A mí lo que me interesa es que ese silencio se rompa sin importar el cuándo y lo que me preocupa verdaderamente es quién causa ese silencio, porque en este sentido creo que no sólo hay que culpar al repugnante homo genitalis de turno que considera que su pene es un cetro al que rendir pleitesía sino que también merece una crítica esta sociedad (o, al menos, a una porción no pequeña de la misma) que trata a las víctimas de estos abusos como si fueran apestadas, cómplices o carne de condescendencia. Callar no siempre denota consentimiento y por eso hay que respetar la intimidad que ampara ese silencio con la misma rotundidad que hay que abrigar sin miramientos a quien tiene la valentía de quebrarlo voluntariamente. Dicho de otra manera: el problema no está en callar sino en lo que provoca ese legítimo mutismo; el problema no está en el armario sino en lo que te obliga a resguardarte en él. Por eso, mejor preocupémenos de poner el foco crítico en los culpables y no en quienes les culpan, incluso aunque lo  hagan desde el oportunismo. Además, puestos a fijarnos en el silencio, me parece aún más escandaloso y grave el silencio de quienes, sin ser víctimas pero sí conocedores, prefirieron callar a pedir la voz y la palabra para dar la cara: eso sí que es grave y cobarde porque en ese silencio sí es el mejor cómplice para esos monstruos y el peor desamparo para sus víctimas. En definitiva: que las consecuencias no te impidan ver el problema.

Por otra parte, está el asunto de identificar en términos valorativos al artista y a su obra, dejando que la valoración de la persona se extienda o confunda con su trabajo. Esto quizá puede resultar bastante polémico o controvertido pero espero explicarme bien. Creo que es un error juzgar para bien o para mal un trabajo por quien lo hace del mismo modo que es un error valorar a alguien en lo personal por su desempeño profesional. Quiero decir: puede haber bellísimas personas cuyo legado profesional sea pura bazofia igual que puede haber excrementos antropomórficos capaces de dejar para la posteridad auténticas obras maestras de la misma manera que puede darse la circunstancia de que la valía humana y la profesional estén perfectamente alineadas, aunque esto último es algo infrecuente en un mundo lleno de matices y contradicciones. Estoy pensando por ejemplo en Kevin Spacey, un tipo netamente despreciable que sin embargo es un actor que ha dejado para la posteridad en varias ocasiones interpretaciones magistrales. ¿Qué hacemos con películas como American beauty o Se7en o La vida de David Gale? ¿Quemamos todas las copias que existan de ellas? ¿Quitamos a Spacey todos los galardones que ha recibido como actor por ser un "presunto" acosador sexual? No se trata de dejar que la obra exculpe al artista sino de saber colocar en compartimentos estancos lo personal de lo laboral. Yendo un poco más allá y trascendiendo el tema del escándolo sexual: para mí es un error dejarse llevar por filias o fobias personales o morales respecto al artista a la hora de afrontar su obra. Sería algo semejante, salvando las distancias, a culpar a los hijos por los pecados de sus padres. Por eso, me parece una estupidez dejar que la opinión o la impresión que tengamos de un artista nos influya a la hora de disfrutar o no de su obra, lo mismo que me parece una majadería ensalzar o vituperar a un artista como persona basándonos en su obra. Esto en España, por desgracia, se da mucho y desde hace siglos: lo de llevar en hombros o a rastras a un artista (ya sea escritor, actor, pintor, cineasta, etc) sólo por razones de afinidad o discrepancia política, intelectual o sexual. Por eso, por ejemplo, no puedo más que sentir profunda pena por aquellos que desdeñan la poesía y el teatro de Federico García Lorca por ser de izquierdas y/u homosexual (razones por cierto de las que se valieron  unos hijos de puta para asesinarlo), igual que siento lástima por quienes ensalzan estratosféricamente la poesía de Miguel Hernández sólo por comulgar con sus ideas políticas. En EEUU, cuna de la polémica que propicia este artículo, también saben mucho de esto, valga como botón de muestra el deleznable macartismo. Creo que, en este ámbito, abstrarse del artista resulta decisivo para disfrutar incondicionadamente de su obra porque estoy convencido que, de conocer los vericuetos biográficos de célebres escritores, pintores o cineastas, a lo mejor caían unos cuantos pedestales y se elevaban otros. Si nos dejáramos llevar únicamente por la catadura moral del artista, habría libros que quitar de bibliotecas, películas que eliminar de filmotecas y cuadros que descolgar de museos. Al hilo de esto, si alguien está interesado en conocer entresijos biográficos de grandes artistas, recomiendo la lectura (bajo su responsabilidad) de estos libros Vidas secretas de grandes escritores, Vidas secretas de grandes maestros de la pintura y la escultura y Vidas secretas de grandes directores de cine. Volviendo al tema del artículo, yo soy partidario de que sólo la Justicia juzgue a los artistas cuando toque (ya está tardando en poner en su sitio a Weinstein y cía) y que sólo la libertad de pensamiento y expresión juzgue a sus obras. Por eso no soy especialmente partidario de boicots sociales o profesionales a ningún artista por cuestiones personales: si tiene que ser retirado de la circulación, que sea por la vía penal, no por la moral. Ahí está por ejemplo Roman Polanski, un director en activo bastante interesante que sin embargo jamás logrará quitarse de encima el sambenito de la infame pederastia. En definitiva: que lo personal no te impida ver lo profesional.

Y luego, por último, está el tema de quienes abordan esta polémica como un problema meramente sexual. No. Esto, por muy repugnante, vergonzoso y decadente que resulte, va más allá de lo genital, lo físico, lo sexual y las filias y las parafilias. Esto no tiene que ver tanto con el pene y lo que se hace con él como con el poder y lo que se hace desde él. Ningún abuso, sea de la clase que sea, se produce desde una posición de inferioridad sino desde una posición de superioridad. Por eso, me parece que todo abuso ejercido por quien se vale de su fortaleza física, profesional, jerárquica o social se merece idéntica reprobación, censura, denuncia y persecución social, mediática y judicial. ¿Acaso no te jode la vida igual un abuso sexual que uno laboral? Y ojo que tampoco es una cuestión de género porque lo mismo te puede amargar la existencia él que ella. Creo que este tema tiene más que ver con nuestra relación con el poder y con nuestra percepción del mismo, una percepción que a menudo roza la impunidad y la inmunidad no sólo porque la Justicia no haga su trabajo sino por herencia de una mentalidad anticuada, patriarcal y servil, alentada en parte por la religión, según la cual quien está arriba tiene toda la razón y el poder y el derecho y quien no está arriba tiene que agachar la cabeza y perpetuar así un vasallaje psicológico y funcional que no pocas veces deriva en un síndrome de Estocolmo social que se torna en paradigma dominante y del que se nutre la pervivencia de ciertas instituciones o prácticas. Es contra eso contra lo que hay que luchar, contra el mal uso y concepción del poder. En definitiva: que lo concreto no te impida ver lo global. 

De todos modos, por desgracia, toda esta polémica no es nueva y menos en Hollywood; ahí está el escándalo de Roscoe Arbuckle para muestra de ello. Lo que sí espero y deseo, aunque sea ingenuo, es que estos desgradables sucesos sirvan de una vez por todas para que nadie se calle pero también para que nadie deje de ver el bosque por culpa de los árboles.                

miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Handia": Entre Baroja y Malick

Recientemente he visto la película Handia, producción vasca que se estrenó a finales de octubre y cuenta la historia de Miguel Joaquín Eleicegui Arteaga, el llamado "Gigante de Alzo", sobrenombre que casi es un microcuento en sí mismo y que permite sintetizar lo que es la trama principal de este film: cómo un mozo de dicha localidad guipuzcoana tuvo en el gigantismo su principal penitencia pero también su pasaporte a la posteridad y la fama más internacional, ya que la celebridad de Miguel Joaquín (1818-1861) fue tan grande en su época (siglo XIX) como sus fenomenales dimensiones (casi 2,4 metros de alto y más de 200 kilos de peso), siendo objeto de atención incluso de las principales cortes europeas de la época.

He de reconocer que no vi Loreak, la aclamada anterior película de los responsables de Grande (así sería el título en castellano de esta cinta): Jon Garaño, Aitor Arregui y José Mari Goenaga. Y me arrepiento. Porque Handia es una narración que combina el costumbrismo preciso y entrañable de Pío Baroja (patente en estupendas novelas como Las inquietudes de Shanti Andía, Zalacaín el aventurero o La casa de Azigorri) con el buen gusto estético y la poética plasticidad de Terrence Malick (constatable en obras maestras como El árbol de la vida). Y eso, fusionar lo mejor de dos contadores de historias tan distintos como portentosos, no es algo al alcance de cualquier paisano. Todo en esta producción rezuma sensibilidad y preciosismo; es una magnífica muestra de artesanía cinematográfica que bien vale el precio de la entrada, aunque sólo sea por disfrutar de planos que, de ser pinturas, estarían en museos casi con toda seguridad. 

Para mí, precisamente esa belleza formal y espiritual que hay en Handia disculpa el quizás excesivo metraje para contar una historia indudablemente curiosa pero que quizás en sí misma no para esas cerca de dos horas. Y es que, en el fondo, esta película no deja de ser un íntimo y agridulce "cuento real" que seduce progresivamente al espectador con su calidad estilística y humana hasta sumergirlo en ese ambiente casi mágico en el que tanto lo rural como lo urbano respira un aire finisecular (la segunda mitad del siglo XIX) y donde todo cambia antes de lo imaginado, incluso la suerte. Esa fortuna que, con su presencia y ausencia, marca la vida de los hermanos Martín y Joaquín Eleicegui, protagonistas del film.

Por poner una pega a este excelente drama y así no pecar de fanatismo, tal vez señalaría esa secuencia que muestra el encuentro entre el Gigante de Alzo y la niña-reina Isabel II, momento que, para no destriparlo, me limitaré a decir que me recordó a esa hilarante escena de El jovencito Frankenstein donde Igor dice un genial "Pues va a ser muy popular" y que creo que chirría con el tono dramático que baña esta estupenda producción. Cuestión de gustos supongo.

No obstante, y por rematar, he de admitir que Handia me ha gustado más de lo que pensaba. Es una de esas raras veces en que las altas expectativas se ven incluso superadas. Tal vez porque demuestra con talento que hasta las más absolutas grandiosidad y universalidad caben dentro de las pequeñas cosas. Y esta película, la del gigantesco Miguel Joaquín Eleicegui, está llena de esas pequeñas cosas.  

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Honor y reputación

Fin. El Ministerio del Tiempo ha concluido. Y lo ha hecho con un capítulo nostálgico, entrañable, cómplice y autorreferencial; el complemento perfecto a ese otro desenlace, el del penúltimo capítulo, que, más allá del cierre de las principales tramas, fue un auténtico muestrario de calidad y calidez humana.

Finaliza así una producción que empezó teniendo espectadores y acabó por tener cómplices, partes indispensables de esta ficción a la que los contratiempos y las puñaladas domésticas han convertido en una epopeya casi subversiva contenida en una serie de culto y de culturas con proyección intergeneracional (e internacional gracias a Netflix). Una ficción que ha ido creciendo y arriesgando en cada paso sin prejuicios ni miedos, apoyándose para ello en el impagable pundonor de un sensacional equipo y el aliento de esa magmática, creativa y apasionada soldadesca llamada "ministéricos".

Foto: Tamara Arranz
Tras 34 capítulos y tres temporadas, El Ministerio del Tiempo ha enseñado que hay otra forma de contar la Historia y contar historias; que la mezcla y el mestizaje tienen mucho de tesoro; que la dignidad no se negocia; que pocas cosas hay más poderosas que el talento puesto al servicio del esfuerzo; que derrochando coraje y corazón siempre se compite como el mejor; que "Olivares" a muchos ya nos suena más a dos formidables cracks que a cierto Conde Duque; que la narrativa transmedia está aquí para quedarse; que hay otras formas de consumir televisión; que los audímetros son como teléfonos de cabina; que el Arte puede estar a la vuelta de un fotograma; que el riesgo siempre merece la pena; que el entretenimiento puede ser un arma de divulgación masiva; que la Cultura puede ser trending topic; que el orgullo de ser español no está en iconos ni emblemas oficiales ni en argumentarios patrioteros destilados de propaganda inflamada sino en dos cosas que hoy parecen en extinción tanto en la esfera pública como en la privada: tener la valentía suficiente para ser honesto y tener la honestidad suficiente para ser valiente. Dos cualidades que brillan con luz propia en ese trasfondo ético, moral e íntimo que ampara las tramas y los personajes de esta excepcional serie.

Foto: Tamara Arranz
Por si esto fuera poco, esta temporada, la tercera, además de realzar las virtudes de sus predecesoras, ha remarcado algo que creo que es muy importante y novedoso: que el significado está más allá de los significantes, que el concepto sobrevive a los nombres, que el espíritu trasciende lo particular. Por eso, las variantes en la configuración de "la patrulla", motivadas en parte por bajas en principio tan notorias como las de Julián y Amelia, han servido para enriquecer y ampliar lo que ya había, como quien añade nuevos matices a un cuadro pincelada a pincelada. Algo que, por cierto, los que conocemos tebeos de La Patrulla X, Los Vengadores o La Liga de la Justicia o series como Doctor Who, ya teníamos aprendido. Estar abierto al cambio es un buen remedio para evitar quedarte atrás. Y eso es una de las muchas lecciones que El Ministerio del Tiempo nos ha legado. Por eso, no cabe más que dar gracias a Aura, Rodolfo, Nacho, Hugo, Macarena, Jaime, Cayetana, Juan, Francesca, Susana, Julián, Natalia y ese estupendo y entrañable "etcétera" que ha consolidado a la serie como hito. El mismo agradecimiento debido a los hermanos Olivares, las hermanas Schaaff, Marc Vigil y todos y cada uno de los directores y guionistas que han hecho posible este milagro de la resiliencia contra viento y marea.

El Ministerio del Tiempo no es la serie que esta TVE merece pero sí es la serie que toda televisión pública necesita por su calidad, honradez, talento e interés. Lo que es seguro es que se trata de una producción que, pase lo que pase, no olvidaremos quienes ya la tenemos en un lugar privilegiado de esa videoteca que es el corazón.

Por eso, por todo lo vivido hasta aquí, por todo lo aprendido hasta hoy, por todo lo compartido hasta ahora, por todas las aventuras dentro y fuera de la serie de las que nos hemos sentido parte en estas tres temporadas, sólo queda la opción de poner la gratitud en la garganta y despedirla con esa proclama que empezó siendo de Spínola y hoy es santo y seña de los entusiastas tercios ministéricos: ¡Honor y reputación!

domingo, 24 de septiembre de 2017

"Los Médici": los padrinos del Renacimiento

Recientemente he terminado de ver, gracias a Movistar +,  la serie Los Médici: Señores de Florencia, una producción simplemente impecable en sus formas y más que interesante en su fondo. La ficción cuenta la vida de Juan y Cosme de Médici, bisabuelo y abuelo de Lorenzo, el magnífico y máximos responsables de que los Médici no fueran un linaje del montón en la apasionante y apasionada Italia del siglo XV sino uno de los apellidos a citar cuando se habla del Renacimiento. 

A lo largo de tramas y subtramas en las que la realidad histórica se entrevera con evidentes licencias creativas que poco o nada tienen que ver con lo ocurrido realmente, Medici: Masters of Florence nos muestra el alzamiento de la familia Médici, alternando para ello los flashbacks en los que el protagonista es Juan de Médici (un estupendo Dustin Hoffmann) con los sucesos en los que el eje es su hijo y sucesor Cosme (un sorprendentemente solvente Richard Madden).

Si bien esta serie creada por Frank Spotnitz y Nicholas Meyer es un excelente ejemplo de Historia ficcionada y un fenomenal estimulante para conocer más y mejor los personajes y la época que nos muestra (efecto similar al que consiguió por ejemplo la estupenda serie Isabel o la saga de Ezio Auditore en el videojuego Assassin's Creed), no deja de ser llamativa la influencia de El Padrino II en esta producción. Un buen referente (es un peliculón) que encaja perfectamente con el tratamiento que da la serie a esta familia, a la cual concibe como unos sofisticados Corleone renacentistas (la evolución de Cosme en esta primera temporada es muy parecida a la de Michael Corleone). Lo cierto es que en una época llena de luchas caníbales por el poder entre apellidos y blasones, los Médici supieron hacer lo necesario (Maquiavelo estaría encantado con su modus operandi) para ser los capo di tutti capi en lo que a mecenazgo artístico e influencia política y social se refiere. Y esta serie lo sabe mostrar fenomenalmente, valiéndose eso sí de licencias que renuncian abiertamente al rigor histórico para alentar aún más el atractivo de los avatares de esta familia que entendió que el arte es una excelente herramienta de poder (afortunadamente para los amantes de la cultura) y las finanzas una lucrativa forma de hacerse con él. Habrá quien piense que estos banqueros florentinos son primos lejanos de esos gerifaltes actuales del IBEX y aledaños: ya quisieran esos ricachones ensimismados pasar a la Historia como lo lograron los Médici.

Yendo al terreno puramente personal, el personaje más interesante de la serie me parece Contessina de Bardi, la esposa de Cosme, quien hace bueno aquello de "detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer". También me resultó curioso, como seguidor del serión Juego de tronos, el reencuentro en esta serie entre "Rob Stark" (Richard Madden interpreta a Cosme) y "Walder Frey" (David Bradley encarna a Alejandro de Bardi, suegro de Cosme) en ese banquete que mantienen los Médici y los Bardi para celebrar el casamiento de sus primogénitos Cosme y Contessina; de hecho, hay una secuencia en la que al conocerse suegro y yerno por primera vez se miran de una forma un tanto extraña, que no sé si es un guiño precisamente a esta casualidad friki de la que hablo.

En definitiva, tras ver esta magnífica primera temporada estoy deseando que llegue la segunda, centrada ya en la figura de Lorenzo, el magnífico. Y es que los Médici, siglos después de su esplendor, siguen teniendo un magnetismo sensacional para quienes amamos la Historia y la Cultura. Y para muestra, esta seriaza.