Ayer vi el estreno de "Batman vs Superman", secuela de "El hombre de acero" y debut del cruzado de Gotham en el universo cinematográfico de DC "post-Nolan". La película ha venido precedida de unas expectativas bastante grandes tanto por su condición de blockbuster como por su naturaleza de crossover y el hecho de suponer la aparición de un nuevo Batman. Si a eso le añadimos que, más que como una película autónoma con entidad propia, ha sido concebida como la antesala de la "Liga de la Justicia" (la anunciada y esperada respuesta de Warner/DC a "Los Vengadores" de Disney/Marvel) pues el hype y la presión que han rodeado esta producción han sido y son más que considerables, lo cual siempre es un arma de doble filo.
En ese sentido, conviene adelantar que "BvS" no es ni un rotundo fiasco ni tampoco un incontestable cénit del género porque atesora las suficientes virtudes y los defectos justos para quedarse a medio camino entre la decepción y la gloria, si bien, teniendo presentes las posibilidades que tenía y las expectativas que deliberadamente se han creado y propagado, el resultado puede estar más cerca de la frustración que del nirvana.
El argumento
Tomando como premisa de fondo el clásico debate de "quién vigila al vigilante", la película gira en torno a tres ejes argumentales: El primeroaborda cómo, tras los sucesos de "El hombre de acero" (film cuya mayor proeza fue eliminar del recuerdo el bodrio que supuso "Superman returns"), el mundo intenta asimilar la presencia de alguien tan poderoso como Supermán, que actúa por encima de fronteras, jurisdicciones, leyes y críticas, causando inconscientemente daños colaterales que perjudican/encabronan a personas como Bruce Wayne...El segundo eje trata cómo la figura de Batman es percibida por algunas personas (Clark Kent entre ellas) como la de alguien que, lejos de ser un héroe idílico, es un justiciero siniestro que no tiene reparos en ser ser juez, jurado y verdugo. Y el tercer eje nos muestra cómo la presencia de héroes tan poderosos como Superman y Batman supone una amenaza para la megalomanía esquizoide de Lex Luthor, quien desarrolla una enfermiza y criminal obsesión por/contra todos ellos. Tres interesantes ejes que darían de sobra para tres películas separadas, lo cual supone un handicap a la hora de cuadrar tramas, guión y ritmo en un solo film, como es el caso de "BvS".
A lo anterior hay que añadir que, ante la apabullante competencia de las películas Marvel, esta producción está concebida, quizás con cierta urgencia o imprudencia, como un colosal tráiler que preceda a "La Liga de la Justicia". Por eso, "BvS" está también diseñada para servir de escaparate para todos los héroes que integran dicha Liga, ya sea mediante roles protagonistas (Superman y Batman), secundarios (Wonder Woman) o brevísimos cameos (Flash, Cyborg y Aquaman), lo cual, al mismo tiempo que supone un aliciente es un problema más con el que hacer malabares en lo que a guión y montaje se refiere. Quiero remarcar aquí lo que digo sobre la urgencia e imprudencia, puesto que mientras que Marvel/Disney se tomó su tiempo (años) para escalonar (en varias películas) la llegada de "Los Vengadores", DC/Warner quiere hacer la puesta de largo de "La Liga de la Justicia" en apenas tres películas.
Los "pros" de BvS
Dicho todo esto, pasaré a hablar de los principales puntos fuertes o positivos de "Batman vs Superman":
- El "Batffleck": Es decir, el nuevo Bruce Wayne/Batman encarnado
por Ben Affleck. Si bien supone un estilo distinto, en fondo y forma, al ya mítico Batman de Christian Bale, lo cierto es que Affleck consigue que no se eche de menos a aquél y eso ya son palabras mayores. Y lo consigue gracias a construir un personaje inquietante, hierático, vengativo, brutal y con menos escrúpulos que sus anteriores encarnaciones cinematográficas. A ello hay que añadir un Alfred (estupendo Jeremy Irons) con un cinismo y sentido del humor que convierten sus escasas intervenciones en momentos francamente buenos. En definitiva, decir que todo lo referente a Batman es lo mejor de "BvS" sería seguramente injusto pero muy próximo a la realidad.
- El tema de fondo: El tratamiento de los superhéroes como dioses de nuevo cuño y los tradicionales dilemas asociados a las figuras todopoderosas: admiración/temor, agracedimiento/culpa, aceptación/insumisión, etc. Un tema éste de los "nuevos dioses"
que casi orbita en exclusiva en torno a la figura de Supermán y sin apenas disimulo tanto en el guión como en lo visual (esos picados y contrapicados...), presentándolo primero como un dios tan bondadoso como temible (muy Antiguo Testamento) y luego como una divinidad de carácter mesiánico y redentor encarnada en un ser humano, con los conflictos que todo ello conlleva (vamos que Supermán y Cristo, primos hermanos). Así las cosas, Supermán funciona como un totémico Jesucristo mientras que Lex Luthor lo hace como un Satanás que lo único que quiere es postrar a sus pies a todo lo humano y lo divino (¿una crítica encubierta a la soberbia de las grandes corporaciones y multinacionales de nuestro tiempo?). Lo cierto es que es precisamente en este tema donde encontramos una de las frases más interesantes y provocativas de la película, cuando Luthor dice que no se puede ser todopoderoso y todobondadoso simultáneamente. Ello nos lleva a las clásicas polémicas entre el poder y la responsabilidad, la capacidad y la ética, lo necesario y lo justo, el querer y el deber.
- Las escenas de acción: "BvS" tiene dos grandes batallas, en fondo y forma, en las que se nota la mano épica y operística de Zack Snyder para estos menesteres, como ya demostró en "300" y "Watchmen". Una, la esperada entre el héroe de Metrópolis contra el guardián de Gotham, alentada por Lex Luthor pero abonada por rencillas y antipatías previas entre los dos grandes emblembas de DC. La otra, que supone el clímax final de la película, la que enfrenta a la "Trinidad" (Supermán, Batman y Wonder Woman) contra Juicio Final(que, dicho sea de paso, comparado con su diseño y tamaño en los cómics, en esta película parece un troll de Moria con exceso de anabolizantes y esteroides).
- Wonder Woman: Pese a que pudiera parecer que iba a ser mero relleno, florero o comparsa, este personaje luce mucho y bien aunque sea de forma secundaria.
- Los cómics en los que se basa: En el trasfondo creativo de "Bvs" resultan innegables las influencias tanto argumentales como estéticas de ya legendarios cómics como "El regreso del caballero
- Los guiños: Hay tanto que es obligatorio seleccionar sólo los mejores y más interesantes para las posibles tramas futuras. Así, son tres los guiños que harán las delicias de los más frikis. Uno, a la historia de "Injustice: Gods among us" (disponible tanto en videojuego como en cómic). Otro, al crossover "Crisis en tierras infinitas" y, por último, otro al villano más peligroso que hay en todo el universo DC, cuyo símbolo y ejército aparecen en la distópica visión que tiene Batman...
Los "contras" de BvS
Como no todo son buenas noticias en "BvS", hablaré ahora de los puntos negativos o fallos que, a mi entender, tiene esta película:
- Los fallos de guión: Si bien el guión tiene cosas elogiables
(el tratamiento de los personajes, el tema de los héroes como divinidades y algunos diálogos francamente ingeniosos), también tiene fallos de bulto que no sé bien si deben a cortes en el montaje final, licencias demasiado creativas u olvidos de los guionistas. Habrá quien diga que son detalles menores pero, para mí sí, teniendo en cuenta que los guionistas de "BvS" no son precisamente unos paisanos recién llegados (David S.Goyer es uno de los guionistas de los míticos Batman de Christopher Nolan y Chris Terrio es el guionista de la oscarizada "Argo"). Hay cosas que se pueden pasar por alto y cosas no se pueden dejar a la libre interpretación del espectador o creer que el público va a rellenar los huecos por ti o fiarlo todo a una hipotética edición extendida que aclare las dudas porque una cosa son las licencias creativas (lógicas y respetables porque cada autor tiene una visión distinta), otra las elpisis (útil recurso narrativo) y otra muy distinta pasarse por el forro explicar sucesos, tramas o escenas que así por las buenas chirrían bastante. A qué fallos me refiero (ojo que hay spoilers): ¿Por qué culpan a Supermán de la masacre en el poblado africano cuando toda la matanza la desencadenan los sicarios paramilitares de Luthor y hay indicios suficientes de ello (casquillos, heridas de bala, etc)? ¿Por qué Luthor primero dice y demuestra que ha hecho experimentos con kryptonita con el cuerpo del general Zod y más tarde pide su cadáver para poder hacer pruebas con él?, ¿Por qué Supermán llama "Bruce" a Batman cuando en ningún momento se muestra en la película cómo llega a descubrir su identidad secreta?, ¿Por qué Supermán pregunta a Batman si ha encontrado la lanza de kryptonita al regresar a la batalla contra Juicio Final si la decisión de encontrar y utilizar dicha lanza la toma Batman mientras Superman estaba KO en el espacio exterior?, ¿Cómo sabe Luthor que Darkseid (al que no cita explícitamente) está de camino a la Tierra ahora que sabe que ha quedado desprotegida si en ningún momento se aprecia contacto alguno de Luthor con alguien de Akopolips ni con ninguna Caja Madre (hola, escenas eliminadas)? Estos son para mí los errores que más chirrían en un guión que, quitando estos patinazos, es más que aceptable, dejando aparte licencias perdonables como que las ciudades de Metrópolis y Gotham estén tan cerca que una parezca un barrio de la otra o que Batman tenga visiones.
- Lex Luthor: La nueva concepción de Luthor como un melenudo y megalómano niño de papá, más próximo a un genio precoz de Silicon Valley que a un villano maduro y ricachón, es más que original e
interesante. Lo que no es en absoluto interesante es lo que hace Jesse Eisenberg encarnando a este icónico villano. Y eso que comienza muy bien pero, a medida que avanza el metraje, el Luthor de Eisenberg cae en el histrionismo, la sobreactuación y finalmente en el bochorno autoparódico. Esa desmesura y falta de contención le irían genial al Joker, el personaje más lunático e histérico de todo el universo DC, pero no a alguien tan cerebral como Luthor (ya hablemos de Luthor Sr o Luthor Jr). En definitiva: un despropósito que deja dos noticias; una, que desestimar a Bryan Cranston para este papel fue una de las grandes torpezas de Snyder y otraque, comparado con Eisenberg, Michael Rosenbaum es Marlon Brando.
- La propia naturaleza de la película: Pretender que una sola película funcione como secuela (de "El hombre de acero"), blockbuster autónomo, película de transición-puente, precuela (de "La Liga de la Justicia") y primera entrega de películas protagonizadas por otros héroes distintos a Supermán es algo francamente complicado y dudo que exista algún director o guionista capaz de hacer tantos malabares. Si a eso se le añade la presión que implica competir contra Marvel/Disney pues es casi una misión suicida.
En resumen
"Batman vs Superman: el amanecer de la Justicia" no es ni un fiasco ni el no-va-más del cine superheroico. Es una película muy entretenida que podría haber sido gloriosa si no se viera lastrada por los fallos y los handicaps que tiene.
Los países, como las personas, sólo acostumbran a tener memoria para aquello que les interesa y cuando les interesa. En este punto, conviene aclarar que cuando hablo de "memoria" no me refiero obviamente a la capacidad cognitiva que te permite interiorizar y despachar cual Rainman una lección en el examen de turno sino de la capacidad ética que te permite convertir lo vivido, bueno o malo, en una lección para el continuo presente. Dicho lo cual, para tener memoria, sea cual sea el tipo o sentido, no todo el mundo vale ni, visto lo visto, tampoco todos los países ni, a tenor de los últimos meses, la Unión Europea.
El último y más vergonzante ejemplo de todo ello es la crisis de los refugiados, una tragedia que creó Europa en diferido por su pereza, desidia, inacción, menosprecio o cobardía ante el sindiós que se vive en Siria y demás abrevaderos del Mediterráneo. Un problemón humanitario que, por su perduranza en el tiempo, ya hemos asimiliado y, por tanto, ignorado como parte del ecosistema informativo rutinario. El arte del mirar hacia otro lado es un arte tan humano como la pintura o la escultura pero de bello no tiene absolutamente nada. Pero, volviendo al tema, cuesta digerir, al menos para los que aún tenemos escrúpulos con los que espolear esa leyenda urbana llamada "conciencia", que la Unión Europea como artificio y los países que la conforman en el terreno fáctico estén actuando de una manera que sólo se puede achacar bien a una esquizofrenia un tanto jodida, bien a una hipocresía difícil de disimular. Sólo así se explica que, cuando los muertos aún están lejos y por enfriarse, el personal se venga arriba y empiece a utilizar grandes palabras y apelar a grandes valores y cuando toca remangarse y lavar la conciencia opten por la "patada a seguir", el "pío-pío-que-yo-no-he-sido" y otros grandes hits de la desfachatez humana. Y cuesta aceptarlo o entenderlo no tanto por esa actitud insolidaria, insensible, xenófoba y clasista en sí misma considerada sino por cuanto
demuestra la ferocidad del olvido. Yo me pregunto qué habría pasado si los países no contendientes hubieran demostrado semejante pasotismo o desconsideración cuando la Guerra de los Balcanes. O qué habría sido de los miles de migrantes-exiliados europeos movilizados forzosamente por la II Guerra Mundial si las naciones hubieran colgado el "Reservado derecho a admisión". La solidaridad y la sensibilidad tanto a nivel nacional como personal salvaron cientos de miles de vidas en el pasado y ojo que no hablo de un pasado a tomar por saco en el tiempo sino uno bien fresco en términos cronológicos. No sé qué ha sucedido para este cambio tan drástico en lo temporal y cruel en lo humano. Quizás es que se ha pasado de contar con las personas a echar cuentas. O que el mundo se ha ido a la mierda hace tiempo y el personal sigue viviendo en un Matrix cortoplacista y miope. No lo sé. Lo que sí se sé es que me da pena, rabia y asco por igual.
No estoy diciendo ni mucho menos que nos volvamos harekrishnas, convirtamos todo en una barra libre y que salga el sol por Antequera, porque ese extremo sería tan perjudicial como el actual, que no es otro que convertir a los refugiados en equivalentes a bolsas de basura amontonadas cuya única solución viable pasa por externalizar su recogida y reciclaje, que es lo que parece que pretende pactar la UE con ese orinal democrático llamado Turquía. Siempre hay un término medio entre un despropósito y otro y se llama sensatez. Dicho lo cual, no me quiero aventurar a afirmar rotundamente lo que pasará con los refugiados pero muy seguramente tarde o temprano quedarán apeados de la escaleta informativa, varados en el olvido y ninguneados como fantasmas. Lo que sí puedo afirmar con total tranquilidad y certeza es que, una vez más, un problema más, la Unión Europea ha mostrado sus incapacidades tanto resolutivas como éticas y se ha revelado por enésima vez como un proyecto absolutamente fallido en lo político, en lo económico y en lo social. Cuesta creer que una iniciativa de semejante calibre germinara con la intención de aplicar lo aprendido tras el pavor de la Segunda Guerra Mundial y, con el paso del tiempo, se haya mostrado como una mentira torpemente adornada con una parafernalia burocrática tan hipertorfiada como inútil que apenas ya disimula la vocación de la UE de ser poco más que aquellos exclusivísimos clubs victorianos en los que los jerifaltes y vips de turno intercambiaban puros, copas, fanfarronadas y tarjetas. Dicho de otra manera y más simple: la Unión Europea es una tomadura de pelo de punta a cabo.
Claro que esto no importa a nadie. Ni a los Jefes de Estado y de Gobierno que se sienten y sientan como reyes del mambo. Ni a los que les votan. Ni a los refugiados que se juegan la vida en llegar a las tierras del Premio Nobel de la Paz 2012 porque alguien, alguna vez, los convenció de una mentira: que en Europa les esperaba una vida mejor.
El problema no es que unas personas sin ingenio ni buen gusto ni
sensibilidad ni gracia ni habilidad ni respeto dediquen su vida a
mancillar el arte de los títeres, porque cada cual está legitimado para
malgastar su existencia como le salga de los mismísimos, especialmente si tu valía ética o intelectual no da para más que para servir de mal ejemplo, de pésimo ejemplo, de hostiable ejemplo.
El problema no es debatir si la libertad de expresión es la barra libre
del ordenamiento legal y cívico, porque ese debate hace tiempo que lo solucionaron el sentido común y las leyes aunque muchos no quieran darse por enterados.
El problema no es si ser un miserable o un estúpido debería ser
tipificado como delito en el Código Penal, porque la estupidez y la
vileza no son enmendables sino simplemente humanas.
El problema no es que la actitud de la izquierda y la progresía adjunta ante sus errores y bochornos sea exactamente la misma que la que demuestra la derecha y la mojigatería aledaña ante los suyos, porque en la política española la autocrítica se perdió justo después de que la vergüenza se marchara a por tabaco.
El problema no es que los políticos de este país crean que los problemas se solucionan con postureo y palabrería o que los hechos se borran con titulares y 140 caracteres, porque pretender que los políticos solventen los problemas que hay en España es como esperar que los nazis solucionaran el problema del antisemitismo.
El problema no es que la Alcaldía de Madrid siga siendo tan bochornosa que
deberían rodar urgentemente algún "Shore" allí, porque los madrileños debemos asumir que
tenemos con nuestros alcaldes un karma jodido nivel "Soy Leticia
Sabater".
El problema no es que Ahora Madrid no se moleste lo más mínimo en disimular lo que es porque, en política, ingenuidad poca y, en España, menos.
El problema no es que los partidos de izquierdas y derechas hayan regresado
al 36 sin pasar por la Transición, porque todos sabemos a estas alturas
que unos y otros han perdido hace tiempo la guerra, sí, pero la de la legitimidad.
El problema no es que muchos medios de (contra)información y tertulianos a sueldo estén
abordando la actualidad con la misma prudencia que unos solteros en un
showgirls, porque tener fe en el periodismo español está dentro de la categoría de "Cosas que se puede hacer con una máscara en la cara y una fusta en la mano".
El problema es que los ciudadanos españoles hemos dejado/consentido/permitido/aguantado/soportado/tolerado que políticos y medios, siglas y titulares nos alteren el orden de prelación de preocupaciones, nos cambien la escala Richter de las prioridades, nos embriden la sensibilidad, nos dirijan las conversaciones y jueguen al trile con nuestra atención. Una vez. Y otra. Y otra. Y las que hagan falta con tal de que la ciudadanía olvide que somos quienes tenemos la sartén por el mango (aquello de "soberanía nacional" que pone en la Constitución), que somos quienes debemos exigir responsabilidades y pedir que nos rindan cuentas, que somos los que merecemos que nos vengan con soluciones y no con problemas, que somos los que debemos rechazar cualquier polémica o debate que no sea conducente a mejorar el bienestar nuestro y futuro, que somos los que de verdad sufrimos cada día la falta de vergüenza, de sentido, de justicia, de dignidad, de excelencia y de esperanza que abonan una jornada tras otra quienes hacen montañas de granos al tiempo que transforman las montañas en granos. Así nos va. Que nos liamos a hablar de unos gilipollas y sus marionetas cuando España hace tiempo que no está ni para pantomimas ni para pintamonas y todo porque sus ciudadanos hemos dejado que los políticos y los medios de comunicación nos conviertan en sus títeres.
Aquella mañana de sábado, cuando apenas quedaban unos minutos para las ocho y media, Carmelo Lasaga descubrió que Heineken y Heisenberg no se llevaban bien. Heineken, la cerveza holandesa. Heisenberg, el físico alemán. Fue justo el día después de averiguar que el gato de Schrödinger no era un gato de ficción, como pudiera serlo el de Chesire, ni tampoco era la mascota del tal Schrödinger, sino todo lo contrario. Así, tirado en el sofá, hundiendo su humanidad en los cojines moteados de extintos y distintos líquidos, con algunas gotas de cerveza aún cayendo desde su barba desaliñada hasta la chaqueta del chándal que embutía sus cien kilos de grasa, hueso y algo de carne, los únicos signos de vida que ofrecía Carmelo Lasaga se reducían al parpadeo que interrumpía una mirada perdida en la nada. Mientras, su barriga sostenía el libro de física recién terminado de leer y su mano diestra hacía lo propio con una lata de cerveza mutada en cetro de un reino de ebriedad que cuatro horas y nueve latas antes había comenzado como república sobria. Podría decirse que estaba en trance o absorto en sus pensamientos o en modo stand by o de viaje astral hacia el infinito y más allá o al borde del coma etílico. Cualquiera de esas posibilidades era verosímil a juzgar por el aspecto de cetáceo varado en playa que ofrecía Carmelo. Lo cierto es que su mente estaba al borde del colapso, con las ideas comportándose como groupies histéricas y la sinapsis próxima a tomarse unas vacaciones indefinidas. Así, mientras un hilillo de baba hacía rafting carrillo abajo, la mente de Carmelo andaba enredada en distinguir la diferencia entre el ser, el estar y el existir, en sobrevivir a una espiral nihilista de origen cuántico y escala cósmica y en intentar autoconvencerse de que era tan real como cuando emergió como el octavo pasajero de su difunta madre hacía cuarenta y seis años y una cesárea, de que Heisenberg y cía eran gente que necesitaban haber "follado más y pensado menos" (sic). Lo cierto es que una reacción así no era extraña en él, porque desde bien niño Carmelo había sido propenso a los dilemas y las calenturas intelectuales. Tanto que la psicóloga del colegio hizo años extra con él. Tanto que sus padres se plantearon seriamente si estaban ante un caso de niño superdotado o de desastre en ciernes. Tanto que su primera novia lo dejó a la media hora, cinco minutos y seis segundos de relación. Tanto que en la universidad aún había catedráticos de filosofía que pronunciaban su nombre entre susurros. Tanto que su único gato empleó seis vidas en irse a por tabaco y no volver. Tanto que tenía decenas de cuadernillos de notas repletos de reflexiones garabateadas que harían palidecer a Fernando Arrabal. Tanto que había optado por el enclaustramiento físico, social y emocional como forma de crear un sistema de certezas manejable aunque eso le hubiera acarreado una estela de cuchicheos. Hubo quien achacó todo ello a una curiosidad y afán de conocimiento que dejaba en cueros la proverbial inquietud intelectual renacentista...y quien lo explicó con un prosaico: "es tonto a conciencia". Para que tú, sí, tú, que estás leyendo esto, te hagas una idea de lo que hablo, en el largo historial de dilemas que había atravesado Carmelo Lasaga durante su vida estaban algunso como ¿Colacao o Nesquik?, ¿Cocacola o Pepsi?, ¿Héroes del Silencio u Hombres G?, ¿Sony o Nintendo?, ¿Sabina o Aute?, ¿Liga o Champions?, ¿Nike o Adidas?, ¿Beatles o Rolling?, ¿Con vello o sin vello?, ¿Star Wars o El Señor de los Anillos?, ¿Shakespeare o Cervantes?, ¿Sobremesa o portátil?, ¿Playa o montaña?, ¿Atom o Lenders?, ¿Solo o con hielo?, ¿Tyrion o Daenerys?, ¿Versión original o doblada?, ¿Gratis o pagando?, ¿En color o en blanco y negro?, ¿Rocky o Rambo?, ¿Antena Tres o Telecinco?, ¿Jordan o Lebron?, ¿Con la luz encendida o a oscuras?, ¿Javier Sardá o Andreu Buenafuente?, ¿Naturales o siliconadas?, ¿Nicholson o Ledger?, ¿Monkey Island o Maniac Mansion?, ¿Al aire libre o en cinta?, ¿Ascensor o escaleras?, ¿Follamigos o pareja?, ¿Haneke o Von Trier?, ¿Casillas o Mourinho?, ¿Cuchilla o maquinilla?, ¿Windows o Linux?, ¿Explorer o Firefox?, ¿Ronaldo o Messi?, ¿Whisky o gin?, ¿Apple o Samsung? Y como éstas, decenas más. Claro que, como su curiosidad era insaciable, Carmelo gustaba de distraer esos difíciles dilemas intentando resolver por sí solo cuestiones en las que cualquier mortal repara en su vida cotidiana como ¿Por qué son tan equívocos los anuncios que simplemente rezan "Alquilo"?, ¿Qué había en el universo antes de que hubiera algo?, ¿De dónde sale la voz femenina del tapicero?, ¿Quién y en qué momento llena los parabrisas de los coches aparcados de flyers de prostitutas orientales?,¿"Antes" se refiere al tiempo o al espacio?, ¿Por qué la jerga de actividades sexuales está llena de eufemismosmetafóricos?, ¿De dónde saca Mediaset a los concursantes de sus realities?, ¿Por qué motivo siempre hay un refrán que valide justo lo contrario que propugna otro?, ¿La vida es lo que pasa mientras Antena 3 emite anuncios?, ¿La pervivencia de Kiko Rivera y Leticia Sabater es argumento suficiente para cuestionar el evolucionismo darwiniano?, ¿Por qué mucha gente utiliza la primera persona del plural para hablar de sus equipos deportivos favoritos?, ¿Existen seres inteligentes en el universo fuera del planeta tierra?, ¿Quién escribe a esos chats que surgen en la madrugada en algunos canales de televisión?, ¿Sueñan los votantes del PP con ovejas eléctricas?, ¿Cuánto material genético podría encontrarse en el teclado de un ordenador?, ¿Por qué produce placer una taza de retrete caliente?, ¿Cuál es la razón por la que ya no se hacen películas ni series "de negros"?, ¿Sería bueno ser inmortal si el resto del mundo no lo fuera?...y en este plan.
Así estaba Carmelo Lasaga aquella mañana de sábado, dudando de si existía la propia existencia, de si todo dependía de ser contemplado para poder ser real, de si la mera observación de algo ya altera la realidad, de si no había certeza absoluta posible, de si quizás una lata de cerveza más solucionaría definitivamente el embrollo...cuando desapareció. Pero no en el sentido de irse ni morirse sino en el de desintegrarse como si jamás hubiera existido, dejando que la lata que sostenía hacía unos segundos en su mano entonara un réquiem breve, ruidoso y desagradable contra el parquet. Y todo porque Dios había dejado de mirar a Carmelo Lasaga en ese preciso instante.
Entró en su cuarto.
Cerró la puerta. Bajó la persiana. Echó la cortina. Se desvistió. Se quitó el
reloj. Apagó el teléfono móvil. Se tumbó bocarriba sobre la cama. Cerró los
ojos. Y dejó que los pensamientos se fueran, que las imágenes vinieran, que el
pasado volviera, que el presente se deshiciera, que el futuro no fuera, que la
piel se erizara, que las lágrimas asomaran, que la vida desanduviera, que el
lugar no importara, que el tiempo su respiración contuviera, que el silencio
fuera callándola, que la oscuridad la sumergiera, que el dolor la descosiera,
que la pena la traspasara, que el recuerdo como un rosal de risa y llanto floreciera,
que los sentidos fantasmas dibujaran, que las palabras se desvanecieran, que el
sueño la reclamara, que el vacío la besara, que la caída no encontrara el
final, que ya no hubiera próximo capítulo, que todo se volviera nada, que nada
importara todo, que el punto dejara de ser y seguido, que la luz se le escapara
por las venas, que la vida llegara a la última estación donde en el andén sólo
espera ya el olvido.
Cinco minutos más tarde,
su madre abrió la puerta. Su silueta quedó recortada en el umbral, proyectándose
como una lengua funesta sobre su hija. Al ver la escena, dudó si llamar a
gritos a su marido o afrontar aquello ella sola. Contuvo la respiración, buscó
las palabras adecuadas y dijo: “Tienes dieciséis años. El mundo no se acaba
porque dejes de salir con un chico. Y ponte la ropa, que vas a coger
frío”.
Cuesta encontrarlas
en un mundo en el que el avance tecnológico ha deslocalizado la distribución y
la lectura físicas de libros. Cuesta encontrarlas en una sociedad en la que se
ha extendido el vicio de considerar que la compra de un libro no significa necesariamente
su lectura. Cuesta encontrarlas en un contexto editorial como el actual con
exceso de marketing, excedente de famoseo y saturación de obras y autores de
pésima calidad que perjudican la visibilidad o siquiera el desembarco impreso
de obras y autores mejores. Cuesta encontrarlas en un país en el que el
Ministerio de Cultura es puro atrezzo, en el que no hay mas plan de Educación
que el de formar a cretinos en serie que el día de mañana puedan ser pisoteados
alegremente por sus superiores políticos o laborales, en el que la Cultura
(como industria y como concepto) ha sido menospreciada oficial y políticamente
y penalizada fiscalmente. Cuesta encontrarlas en ciudades como Madrid donde la
frenética rutina convierte las calles en una máquina de pinball y en la que la
gente sólo se acuerda de ellas cuando truena el regaleo navideño o cumpleañero.
Cuesta encontrarlas pero las hay. Cada vez menos. Pero las hay. Librerías,
digo. Pero no las franquiciadas tipo "La Casa del Libro", "La
Central" o "Top Books" ni las engullidas por centros comerciales
como El Corte Inglés o FNAC. Hablo de las librerías "de toda la
vida". Aquellas en las que convergen un proyecto profesional y un proyecto
personal. Aquellas en las que todo depende del buen gusto y el buen tratar de
la persona al mando. Aquellas en cuyos escaparates es raro encontrar el típico
petardeo pseudoliterario que, en otros sitios de venta de libros, te meten casi
por embudo según pones un pie dentro. Aquellas cuyos dependientes sólo te
los puedes imaginar haciendo eso: repartiendo experiencias y conocimientos
en forma de libro. Aquellas cuya clientela apenas van más allá de los límites
de un barrio y los mentideros lectores. Aquellas que tienen un encanto añejo y
mágico para quienes gustan de la lectura, como la ficticia librería del Sr. Koreander. Aquellas que, por vivir
en los tiempos que vivimos, tienen mucho de búnker ante el mal gusto, de
espigón ante la incultura, de malecón temerario en un mar embravecido de
ineptitud, de refugio para los amantes de la literatura convertidos gracias
a la estupidez mercantil y al bochorno gubernamental en una suerte de partisanos.
Aquellas que hoy forman parte más de un pasado al que añorar que de un presente
que lamentar.
Como digo, cuesta
encontrarlas, pero las hay. Cada vez menos, eso sí. Yo, que no soy precisamente
Gandalf, he visto ya desaparecer en Madrid librerías excelentes como la de "Rubiños 1860" en la calle Alcalá,
la de "Méndez" en la calle Ibiza o la de
"Gabriel Molina" en la Travesía
del Arenal, por citar sólo algunos ejemplos. En ese sentido, yo no sé si las
librerías son los nuevos cines en lo que a extinción se refiere o incluso si su
ocaso se inició mucho antes que el de las salas de proyecciones, pero uno,
cuando entra en librerías como las que digo, tiene la extraña y
contradictoria sensación de estar paladeando un espejismo, un fantasma que vive
de prestado, un placer con la caducidad de un orgasmo. La verdad es que la
alegría y la pena de estar dentro de estos locales son grandes por igual para
los que disfrutamos con y de la literatura, la de verdad, digo, no "la
otra" que no es ni literatura ni es nada más que memeces impresas y
encuadernadas cuando no simple y pura basura con un maquillaje más o menos
engañoso. Claro que esa agridulce sensación se alivia bastante con el clima de
complicidad propician el buen trato y el criterio que dispensan los libreros,
lo que sin duda constituye el otro gran valor añadido de estos bastiones contra
la mediocridad. Quien quiera comprender o experimentar lo que digo, puede darse
una vuelta por librerías como que Visor (en Isaac Peral 18), Gulliver (en la calle del León 32), Antonio Machado (en Fernando VI, 17), Gaztambide (en el 6 de la calle
homónima), Sin Tarima (en la calle del Príncipe
12), Galdós (Hortaleza 5) o en la Librería Española e Internacional (en
Narváez 7), donde es imposible que quepa más buen gusto en menos espacio.
Así las cosas,
asumido que estamos ante una extinción no sólo de un modelo de negocio sino de
una forma de entender la cultura y, por tanto, la vida, sólo cabe invertir el
tiempo y el dinero suficientes para hacer que este crepúsculo, que este morir
desgranado en el tiempo, que este desvanecimiento con sabor a réquiem, que la
desaparición de este mundo entre mundos, que el desmoronamiento de esos puntos
de encuentro entre forajidos de las majaderías, que este penúltimo canto del
cisne haya merecido la pena.
Cuando le despertó aquel zumbido, en su boca emergió un fantasma de
alcohol caro y sexo gratuito. Cuando le despertó aquel zumbido, la luna
hacía rato que se había quitado sus tacones de neón color pecado. Cuando
le despertó aquel zumbido, la habitación era una escombrera de siluetas
apenas perfiladas por la luz ahogada que filtraba en morse la persiana. Cuando
le despertó aquel zumbido, sus ojos se le llenaron de postales de una
noche y dos cuerpos. Cuando le despertó aquel zumbido, el cuarto aún
estaba caliente y flotaba una sensación agradable, como de pan recién
hecho. Cuando le despertó aquel zumbido, notó la casi imperceptible
respiración de ella, a su lado, cosquilleando cálidamente su espalda
desnuda en un siseo de mar en calma. Cuando le despertó aquel zumbido,
no sabía qué hora era, tan sólo que había un zumbido, un rumor molesto,
como el eco de un enjambre enfurecido, llenando el aire que hacía unas
horas habían cartografiado los suspiros y los gemidos de dos personas
colisionando sus soledades en el Big y el Bang de la carne encendida. A
esas horas, las gárgaras arrítmicas de las cañerías y el clinclán lejano
del ascensor ya habían empezado a colorear la rutina del edificio. Y el
zumbido seguía ahí. Con cuidado, se deslizó por el lateral de la cama y
se levantó, paseando a tientas su fibrada desnudez hasta la cocina mientras
decidía qué hacer de desayuno. Y el zumbido seguía ahí. Se apoyó en la
encimera, esperando que la cafetera estuviera lo suficientemente
caliente para derramar su orgasmo de cafeína en las dos tazas que
aguardaban a su lado como dos estoicas groupies. Y el zumbido seguía
ahí. Apuró el café de un trago y, en lugar de ir a asearse, o vestirse, o comprobar en el móvil la cotización de sus acciones, o chequear su cuenta de Twitter en busca críticas positivas a su última obra, o a cualquiera de las otras cosas que engarzaban su mantra mañanero, claudicó ante la curiosidad por el zumbido. Y lo buscó. Cerró los ojos y sus oídos se convirtieron en dos sabuesos buscando la trufa más molesta del mundo. Empezó a deambular lentamente de un rincón a otro, de una pared a otra, como un péndulo de Foucault con problemas de alcoholemia. Conforme pasaban los minutos el zumbido había mutado en la orquesta y coro de lo insufrible. A cada segundo, su habitual templanza y raciocinio se desvanecían para dejar paso a un Ulises obsesionado con meter billetes en el tanga de las sirenas. A cada segundo, todo lo que no fuera el zumbido le era ajeno. Como la chica que, ya despierta, sin más vestuario que un reloj comprado en Portobello, bebía en silencio el café mientras contemplaba la escena con una sonrisa en una mano y cierta incredulidad en la otra. A esas alturas, el zumbido había ganado la batalla de la atención a ese cuerpo de aspecto engañosamente delicado asentado sobre unos pies pequeños y coronado por una sonrisa traviesa que sólo hacía unas horas había sido laberinto, principio y fin. Minutos más tarde, ella estaba en la ducha, dejando que el agua tibia mandara por el sumidero los recuerdos de una noche que comenzó hablando por Chopin y acabó follando por Metallica. Pero él seguía buscando el zumbido. Minutos más tarde, ella estaba ya maquillada y vestida como recién salida del bohemio París del 68, llenando toda la casa de un aire très chic y un no-sé-qué muy cool. Pero él seguía buscando el zumbido. Perdido en su cacería de aquel horror lovecraftiano que moraba sonoro y esquivo tras las paredes. Absorto en una quimera de decibelios informes que afilaban su histeria. Ella puso su mano sobre su hombro. - Me voy. - ¿Eh? Ah, perdona. Ya estás vestida. ¿Te vas? - Sí. - ¿Al trabajo? - ¿Dónde si no? - ¿Lo oyes? - ¿El qué? - El ruido. - No. - Es como una batidora, quizás como una thermomix, parecido pero no igual. ¿Lo ves? Ahí está otra vez. Escucha. - Yo no oigo nada. - ¿Que no lo oyes? Por Dios. Lo único que no sé es de qué vecino saldrá el ruido. Es como un zumbido. ¿Me explico? Quizás sea del vecino de arriba. El runner. Quizás se esté haciendo algún batido de esos de proteínas con anabolizantes de esos. Lleva así media hora. O a lo mejor son los veganos de enfrente haciéndose un zumo. No sé. Pero de algún sitio sale. - Me voy. - Sí. Claro. Venga, te llamo luego. - De acuerdo. - Oye. - ¿Sí? - ¿De verdad que no lo oyes?
La puerta al cerrarse fue el único sonido que ambos oyeron.
En España, la Cámara Baja, la más importante de las dos que integran nuestro parlamentarismo bicameral, primero se llamó "El Congreso de los Diputados", luego se transformó en "La Zona Cero de la Vergüena Ajena" y desde esta semana que hoy termina ha mutado en "El Plató de los Diputados". Esta mutación se veía venir desde que las pantallas auparon a los nuevos partidos que han rajado el casco del bipartidismo con la misma frialdad y contundencia que cierto iceberg a cierto barco insumergible. Desde que las pantallas decretaron la muerte de una concepción rancia y ensimismada de la oratoria y la retórica políticas. Desde que las pantallas decidieron que la política se convirtiera en el nuevo reality con el que cebar el share. Desde que las pantallas propiciaron que los votantes pasaran a ser followers y las ideas, hashtags. Desde que las pantallas quitaron el "Reservado derecho de admisión" de las puertas del parlamento. Desde que las pantallas estimaron que, después de "salvamizar"el mundo del cotilleo (hola Jorge Javier) y del deporte (hola Pedrerol), había llegado el momento de convertir el debate político en un O.K. Corral entre opinadores y líderes de nuevo cuño por un puñado de likes. Desde que las pantallas dieron a la expresión "de cara a la galería" una dimensión nueva. De aquellos polvos, lodos como el de la inauguración de la XI Legislatura.
Esta semana se han producido dos enormes polémicas. Ambas basadas en un malentendido. Ambas diferentes. Ambas dignas hijas de este nuevo tiempo en la que la imagen y la forma han quitado el foco a la esencia y el fondo. Ambas demostrativas de que aún queda mucho por hacer para que la credibilidad de la clase política se parezca más a Charlize Theron anunciando perfumes que a Leticia Sabater poniéndote ojitos.
La primera de ellas tiene que ver con la relación o, mejor dicho, la confusión entre la estética y la ética. Muchas personas esta semana, dentro y fuera del Congreso, han demostrado que creen que la fisionomía y el look de una persona son indicativos de su ética y que, a su vez, ello puede ser utilizado como argumento o arma arrojadiza en un debate que se supone intelectual en tanto que ideológico como el político. Error. Ni parecer Patrick Bateman te convierte en la quintaesencia de la honradez y la bondad humanamente alcanzables ni ir hecho un Tarzán es signo innegable de ser la versión desaliñada de Dorian Gray. Del mismo modo, ni ir hecho un Gatsby te transforma automáticamente en castacorrupto ni ir como un extra de En busca del fuegote acredita como paladín de la democracia y único mesías verdadero de los derechos y libertades ciudadanas. La estética puede influir en nuestras preferencias de apareamiento o en las fantasías onanísticas de cada cual pero nunca jamás en un ámbito, como es el político, donde la ética puede y debe ser una Línea Maginot. Lo importante no es lo que una persona parece sino lo que una persona demuestra. Juzguemos pues basándonos en actos, no en impresiones ni prejuicios. Lo importante no es el exterior sino el interior de un individuo. Juzguemos pues la ética y no lo estética. Moraleja: mucha gente en España debería releer El asno de oro y La Bella y la Bestia, si quiereevitar quedar a medio camino entre tonto y cretino. De todos modos, por no culpar de toda esta polémica a la estupidez humana made in Spain, hay que reconocer que tenemos en nuestro país casos que hacen buena la discutible vinculación establecida antaño por el pensador austríaco Ludwig Wittgenstein (resumida en el famoso aforismo "no hay ética sin estética") como por ejemplo, por no irme muy lejos, el kennediano Albert Rivera y el cutre Pablo Iglesias, quienes, aunque sea por motivos obviamente opuestos, contribuyen a alimentar claramente ese erróneo silogismo.Por tanto, donde esté el célebre refrán castellano "el hábito no hace al monje" que se quite Wittgenstein.
La segunda de las polémicas que decía antes tiene que ver con la relación o, mejor dicho, la confusión entre la acción y el postureo. En este sentido, a nadie se le escapa que en una sociedad como la actual en la que las televisiones han transformado la política en el nuevo fútbol y las redes sociales han declarado la campaña electoral permanente, la delgada línea roja que separa la democracia de la demagogia, la seriedad del espectáculo, lo hecho por convicción de lo hecho por y para la galería está anoréxica. Teniendo esto presente y que vivimos en el país donde programas como Sálvame, Mujeres, hombres y viceversa, Gran Hermano o Cámbiame "lo petan", podemos entender cosas como las vistas en el inicio de esta legislatura. El espectáculo que dieron sus señorías en general y los de Podemos en particular (y casi en exclusiva) fue de los de echarte unas risas con los amigos cerveza en ristre...si no fuera porque se supone que se ha inaugurado un nuevo tiempo donde se va/iba a devolver la dignidad, la credibilidad y la utilidad al Congreso. No voy a entrar a juzgar el hecho de que Podemos interprete las fórmulas para tomar posesión como si fueran Elige tu propia aventura, o que Carolina Bescansa confunda deliberadamente la conciliación entra la vida personal y la laboral con la fusión entre ambas, o que Pablo Iglesias haga el vistoso número de "me enfado y no respiro" porque nadie más quiera pasarse por el arco genital el reglamento del Congreso, o que los parlamentarios aliendrados en la coleta más famosa de España se hayan autoerigido como únicos tasadores de la calidad democrática. Uno de los privilegios de vivir en libertad y no en Venezuela o en Siria, por citar dos ejemplos al azar, es que cada cual está en su legítimo derecho de actuar y quedar como un perfecto paria sináptico. Lo único que voy a decir es que, con independencia del signo político o credo ideológico, el eslogan y el postureo son herramientas legítimas en un contexto electoral en tanto que sirven para ganar votos o, al menos, mantenerlos, pero, fuera de dicho ámbito, el futuro no se gana con palabrería ni shows ni viajes a ninguna parte. Yo a los políticos, les haya votado o no, no les pido que me hagan reír ni que me exciten ni que me hagan llorar ni que me acojonen; les pido y exijo que trabajen por el mejor porvenir posible para todos. En política, el jaleo y el vodevil están bien para un "one-night-shag" pero no para acabar en un "...y comieron perdices". Algo que harían bien en recordar todos nuestros políticos en general y los de Podemos en particular, ya que las mayores tragedias y los peores desastres de nuestra historia siempre han venido precedidos del barullo y el tumulto parlamentario...a no ser que exista gente interesada en rememorar el 80 aniversario de la vergonzosa y monstruosa Guerra Civil de una forma muy inquietante. Moraleja: el Congreso de los Diputados no es un plató ni la célebre zona púbica de "La Bernarda"; es la casa de todos los españoles donde todos debemos sentirnos representados, no avergonzados.
Por eso, si queremos que política, social y cívicamente España alcance "la petite mort", mejor haríamos en dejar de confundir y mezclar churras y merinas. Los políticos los primeros.