miércoles, 23 de julio de 2008

Sancho (1993-2008)

Querido Sancho,


Estas son las palabras que siempre te has merecido y nunca habría querido escribirte, pero creo que es el mejor regalo que te puedo dar de todos los que ya no podré ofrecerte.


Estoy seguro de que, como siempre, no te hará falta comprender el castellano para entenderme a la perfección. Espero que, una vez más, sepas qué te quiero decir, porque pocas veces diré palabras como éstas en toda mi vida.



¿Sabes? Es curioso: en muy poco lapso de tiempo pasé de enseñarte cosas a aprenderlas de ti. Es sorprendente haber aprendido tanto y durante tanto tiempo de alguien que jamás escribió ni dijo ni leyó una sola palabra. Sin embargo, gracias a ti, a ti y sólo a ti, he aprendido hasta dónde llega el significado de términos que nosotros, los humanos, nos empeñamos en empañar, ningunear o mancillar. Hablo de palabras como "lealtad", "entrega", "bondad", "nobleza", "altruismo", "cariño", "valentía", "alegría", "empatía", "amor"...y tantas otras que tú has escrito, día tras día, en nuestro pequeño e íntimo diario común. Es asombroso que todo esto lo haya aprendido de ti mejor que de ninguna otra persona, tal vez es que tú, Sancho, tenías más humanidad de la que mucha gente llegará a tener o conocer a lo largo de su vida. Tú has conseguido convencerme de que un simple animal puede ser mejor humano que muchas personas que a tu lado quedan reveladas como bestias. Supongo que el secreto de esto que nos has regalado durante todos estos años te lo quedas para ti. Creo que es justo. Me gusta tener la idea de que al final te has dejado algo para ti, después de volcarte con nosotros desde el primer al último minuto de aparecer en nuestras vidas.


Ahora que de ti no resta más que un vacío, dos fechas y un millón de recuerdos, me vienen a la cabeza todos los momentos que hemos compartido juntos: las mañanas en que te acercabas a mi cama para despertarme con tu simpático olisqueo o tus tiernos lametones, la eterna expresión sonriente de tu cara al vernos entrar en casa, las veces en que te acurrucabas a nuestro lado cuando nos veías decaídos o enfermos, la forma de devorar la alegría correteando en el césped cuando te sacábamos, las ocasiones en las que escondías tu cabeza en nuestros brazos cuando tenías miedo, los momentos de antaño en los que te escondías reptando debajo de camas, sillas y sofás como si fueras un marine en pleno entrenamiento,la compasión que implorabas a la perfección con un arqueo de cejas cuando habías hecho alguna trastada, el júbilo que sentías al vernos a todos juntos, el coraje colosal que mostrabas cuando las circunstancias lo requerían, tu curiosa forma de comer con nosotros, la verdad incontestable de que jamás quisiste aprender a hacer pis en el papel de periódico, las curiosas conversaciones que teníamos haciendo de las palabras, los gestos y los ladridos toda una tierna y divertida gramática, el pundonor que escogiste como emblema para el cócker con el lucero más bonito del mundo...y todos los demás recuerdos que callo pero no olvidaré mientras viva.


No, Sancho, no estoy intentando llenar tu ausencia con palabras. Estoy tratando de hacer justicia a un ser que sin levantar apenas dos palmos del suelo, creció como un coloso en el corazón de todos los que hoy te lloramos, siempre te quisimos y nunca te olvidaremos.


Si pudiera resumir todo lo que siento ahora mismo en una sola palabra, sería "Gracias". Gracias por todo lo que nos regalaste y enseñaste desde que entraste en nuestras vidas hasta que saliste de la tuya. Gracias, gracias, gracias, gracias...de verdad. Es precioso saber que habrá pocas, muy pocas personas a las que echaré de menos tanto como te echo a ti. Es fantástico ser consciente de que, gracias a ti, terco y peludo maestro, he aprendido a ser mejor persona y a querer serlo aún más.

Acabo de escribir que, si pudiera, sintetizaría todo esto en una palabra. Creo que lo mejor será que lo haga en dos: Te quiero. Descansa, Sancho, descansa que te lo has ganado más que nadie y haz lo que quieras en el Cielo, que pocos seres se merecen tanto estar allí.



Hasta siempre, Sancho, el menor de mis hermanos, el mejor de mis amigos.

De Operación Triunfo 2008...

Anoche acabó la edición de este año de Operación Triunfo y lo hizo con Virginia como ganadora. En 2008, OT ha sido desquiciantemente paradójico: la elegancia y la buena educación ha convivido con la grosería y el marrullerismo, la humildad ha estado hombro con hombro con la vanidad, el talento ha respirado el mismo aire que la necedad, la sinceridad más cruda ha recorrido el mismo camino que los eufemismos más almibarados, el esfuerzo ha visto cara a cara a la dejadez, la seriedad ha ido de la mano con el cachondeo...En fin. Quien esto escribe está en las antípodas del fanatismo adolescente de chillidos con acné y soponcios catódicos tanto como del conocimiento musical esencial para criticar constructiva y fundamentadamente OT en su aportación al cuarto arte. Así que, este artículo lo escribo como persona y espectador. Para facilitar la agilidad en su lectura y la claridad en el entendimiento, analizaré todo en los siguientes puntos:


  • Motivo por el que veo OT: La primera y mítica edición, por la novedad. En los últimos años, por Risto Mejide. Y en las ediciones que median, no lo vi; había cosas mejores a las que dedicar el tiempo.


  • Quien ganó: Virginia podrá gustar o no como canta, podrá enamorar o no su forma de ser, pero no deja a nadie indiferente y tiene algo que la diferencia: su peculiar voz y su angelical "contención". Si a esto añadimos el arduo camino de esfuerzo, aguante y superación que ha recorrido desde el primer día del programa, tengo argumentos más que de sobra para decir: ¿Y por qué no debería haber ganado?


  • Quienes no perdieron: Pablo; podría decir de él que podría ser algo más que el coplero del siglo XXI, pero prefiero destacar que si su humildad fuera directamente proporcional a su talento, habría ganado de calle este concurso. Chipper; ha sido, es y será siempre un despropósito que un sujeto con mejores cualidades y trayectoria profesional que bastantes profesores de la Academia compita con personas que en el mejor de los casos tienen un nivel amateur. Además de sus incontestables tablas, tenía bazas políticamente correctas a su favor (extranejero, homosexual y negro), pero eso no fue suficiente para ganar. OT es lo que es: un premio a la progresión y al mérito en un ambiente de homegeneidad de condiciones.


  • Quienes perdieron: Exceptuando a Manu, el diamante peleado con la madurez, el resto de concursantes se pueden considerar a sí mismos como los perdedores de esta edición. Unos perdedores, en toda la extensión de la palabra, que en algunos casos han demostrado ser peores personas aún que cantantes y, por eso, me cebaré con ellos: Sandra, la mengana arrabalera; una necia soberbia y sobrevalorada con look "calle Montera" que hace parecer a Amy Winehouse una lady de la alta sociedad. Mimi, la diva de todo a un euro; una barbie morena que debió perder la humildad al mismo tiempo que la virginidad, una modelo a evitar que demostró que a buen seguro hay cien cosas que hace mejor que cantar. Iván, el esquizofrénico gallo arcoiris con el ego camino de Marte; un individuo al que me extrañaría menos verle con sífilis, gonorrea o VIH que triunfando en el mundo artístico, una alimaña vestida de "movida madrileña" cuyo mayor logro ha sido hacer perder la cabeza al director de la Academia. Anabel, la imposible mezcla entre una gogó de regional y Rocío Jurado; con su edad, que tenga como referente artístico a la Jurado, es para hacérselo mirar. Noelia, el mayor descubrimiento reciente de la zoología patria, nunca antes se había visto un elefante marino con una laringe tan evolucionada; está claro que la dieta a base de envidia y complejos no le sienta bien a su silueta. ¿Y del resto de concursantes qué? Pues que son tan fácilmente olvidables que lo único que podrían hacer para seguir siendo foco de atención sería posar en cueros en alguna revista...


  • La Academia: el claustro. Aun con menos currículum que Chipper en algunos casos, los profesores de este año han sido notablemente mejores que los de ediciones anteriores (y eso que había varios rostros ya conocidos, como el gran Manu Guix). Un lujo para unos alumnos que no siempre se han preocupado de aprender de verdad. Tan importante es enseñar como dejarse enseñar. Tiempo tendrán de darse cuenta de ello. No obstante, el favoritismo, el babeo o la predilección nada escondida de ciertos profesores por ciertos alumnos ha deslucido en no pocas ocasiones su excelente labor docente.


  • La Academia: el director. Ángel Llácer, uno de los mejores profesionales que ha pisado el claustro de OT. Histriónico, ingenioso y brillante, es en mi opinión, un excelente maestro a la hora de convertir a simples aficionados en intérpretes capaces de entender, sentir y transmitir una canción. Lástima que este año, en la edición en la que ha ostentado el cargo de director de la Academia, haya querido explicitar la diferencia entre un histrión, en el sentido dramático del término, y un payaso, en el sentido despectivo de la palabra. Ha solucionado los problemas de convivencia y actitud con toneladas de buenrollismo vacío y una férrea hipocresía de mundo feliz. Ha apostado más por su faceta de payaso mediático que por la de magister. Y, por último, ha dejado la imparcialidad y ecuanimidad en el armario para dar paso a un desaforado y bochornoso favoritismo por algunos alumnos, en especial, Iván, con el que ha protagonizado escenas y diálogos homoeróticos de auténtica vergüenza ajena (a mí me da igual la tendencia sexual de la gente; lo que no soporto es la vulgaridad). Un partidismo que ha desembocado en el hecho innegable de que su relación y trato con la ganadora del concurso ha constituido todo un gélido tratado de hipocresía. En definitiva, a Ángel Llácer, este año, se le ha visto el plumero, en todos los sentidos.


  • El presentador: Jesús Vázquez. Salvando el hecho de que cada año que pasa lo veo más cerca del gay amanerado que del gay comedido, me parece que si se mantiene en el candelero televisivo tanto tiempo y al frente de programas en los que se invierte mucho dinero es por la sencilla razón de que es, innegablemente, un buen profesional del medio, al menos en lo que se refiere a shows de esta índole. En esta edición, se ha contagiado del populismo minoritario y la demagogia buenrollista que ha afectado a la Academia y ha perdido el norte y los papeles (como, por ejemplo, en la última gala). Programa tras programa, su imparcialidad como presentador ha sido relevada por sus filias (y fobias) personales. ¿Algo que objetar? Nada. Cada cual que haga lo que quiera, pero, a un presentador, se le paga por presentar de la forma más objetiva y atractiva para el espectador, y nada más. Los plumeros, para limpiar el polvo, Jesús.


  • El Jurado: Este año, ha sido más parcial que nunca y eso ha incrementado notablemente el rentable espectáculo de grescas, discrepancias, dimes y diretes. Noemí Galera, deliciosamente dura y sensata cuando está en su papel, parece estar encantada cuando ella es el centro de atención y se mosquea cuando no lo es. A mí eso me suena a rabieta de niña, más que a jurado, pero como esto es televisión, quizás ella sepa muy bien que sus "piques" con el gran surtidor de audiencia que se sienta a su derecha le van genial al programa y de paso alivian su agrietada imagen de persona justa e imparcial. Empezó el programa como buena jueza y acabó como una fan hormoneante de algunos concursantes (y no precisamente de la ganadora). En cuanto a Javier Llano, en cuanto descubra que valorar como jurado no significa otorgar una gratuita sesión de baño y masaje verbal a los concursantes, sus intervenciones dejarán de parecer adulaciones sin fundamento y el ego de algunos podrá caminar con los pies en el suelo. Si hablamos de Cocó Comín, hablamos de una señora que, pese al nombrecito que gasta, ofrece un repertorio de valoraciones bastante certeras y constructivas, aderezadas con bombonas de oxígeno para el amor propio de los criticados. Y, por último, si hablamos de Risto Mejide...


  • Risto: Aviso para navegantes: En todas las versiones de OT que circulan por el mundo, siempre hay en el jurado alguien que hace de la antipatía y las críticas más crudas sus señas de identidad. Estamos, por tanto, ante un arquetipo de "jurado desagradable" estandarizado y extrapolado junto con el "formato" Operación Triunfo. Eso es Risto Mejide...y mucho más. Quienes critican a Risto con argumentos basados en antipatía, desagradable, rudeza, etc, etc,etc, demuestran que, además de caer en la demagogia más fácil, tienen una miopía intelectual de primer orden. ¿Por qué? Porque Risto es alguien que trasciende el rol anteriormente señalado para ofrecer un ejercicio de sinceridad, honestidad, talento e ingenio (aunque sea de forma mordaz) al que no estamos acostumbrados, al menos, en la televisión española. No obstante, dejando mi filia personal aparte (de la que daré buena cuenta en otro artículo), quizás sea oportuno destacar que Risto es, sin lugar a dudas, el mayor reclamo y principal generador de audiencia de las tres últimas ediciones de OT. Y esto no es un comentario subjetivo y baladí: quien quiera, puede molestarse en mirar los datos de audencia de OT y contrastar en qué momentos tiene los llamados "picos" y verán que, casi siempre, coinciden con las intervenciones de Risto. El impacto de Risto, tanto en audiencia como mediáticamente, es incontestable y muy superior al de cualquier otro integrante del concurso. Por todo ello, se puede decir que Risto necesita OT como mero escaparate, pero OT necesita a Risto como un asmático el ventolín. Así de sencillo. En resumen, no me extraña que el señor Mejide genere tanta controversia y animadversión, porque, la envidia es muy mala y la sinceridad, duele.


En fin. Se acabó Operación Triunfo: el concurso que ganó Virginia, perdieron unos indeseables y conquistó Risto. La televisión, a veces, tiene mucho de justicia poética.

sábado, 19 de julio de 2008

La noche del fin del mundo: Un reportaje inolvidable

Anoche tuve la suerte, la inmensa suerte de ver "La noche del fin del mundo" en Cuatro. Un documental conmovedor, contundente, sobrecogedor, honesto, valiente, impecable y, por todo ello, inolvidable. Un reportaje sensacional que constituye un colosal ejercicio de excelencia profesional y humana con el que Íker Jiménez se quitó de encima el sambenito de periodista friki y bizarro, con el que le visten sus detractores, para revelarse como lo que es: un profesional de raza y con valores innegables.
"La noche del fin del mundo" aborda una de las mayores catástrofes vividas por la Humanidad en los últimos siglos: la tragedia nuclear de Chernobyl. El documental habla de lo que se dijo y lo que no, de lo que ya se sabía y lo que deberíamos saber, de lo que se había olvidado y de lo que nunca tendremos que olvidar. Y lo hace a través de datos apabullantes, testimonios desgarradores e imágenes que retuercen el alma sin clemencia alguna. Todo ello gracias a dos factores clave demostrados por los responsables de este extraordinario producto televisivo: el ansia infatigable por contar y descubrir la verdad y el respeto a la inteligencia y madurez del espectador. Por todo esto, no miento si digo que "La noche del fin del mundo" es el mejor reportaje que he visto en muchos años; incluso, me atrevería a decir que es el mejor que recuerdo.


Igualmente, tanto el documental como la tragedia que analiza, nos hablan sin rubor ni tibieza alguna de lo mejor y lo peor del ser humano: del silencio asesino oficial de la URSS y del altruismo suicida de miles de personas, del orgullo trágicamente mal entendido y de la valentía y la cooperación más desgarradoramente humana, de los olvidados y de los que no olvidan. Es imposible ver este gran reportaje sin aguantar un nudo en el estómago o una lágrima en los ojos. Se queda grabado a sangre y fuego en el alma y mejor que sea así, porque lo que ocurrió en Chernobyl, sus causas y consecuencias, así como la impresionante inmolación voluntaria de miles de seres humanos por salvar a miles más, no merecen ser olvidados jamás. El silencio y el olvido son castigos demasiado infames para todo lo que pasó aquel día de 1986 y en jornadas posteriores.


Por todo ello, mi mayor reconocimiento y agradecimiento a Íker Jiménez y su equipo por regalarnos ese magistral reportaje. Nadie debería dejar pasar la oportunidad de verlo de nuevo, ya sea en televisión, dvd o en Youtube, porque, documentales como "La noche del fin del mundo" hacen grande la televisión, el periodismo y el ser humano.




Por último, gracias, gracias a todos aquellos que murieron en Chernobyl por comportarse como les dictaban sus corazones y conciencias. Sus vidas, por mi parte, superarán por siempre la vanidad del olvido.

viernes, 18 de julio de 2008

Funny games: Thriller para gafas de pasta negra

Recientemente, he visto la película "Funny games", remake "americano" de una película filmada en 1997 por el mismo director que firma ésta: el alemán, Michael Haneke. Las críticas de ambos films loaban el personalísimo sello del director, su innegable olor a cine "de autor", la originalidad del planteamiento...Por esos motivos, fui a verla, con bastante interés y curiosidad. Pero, en el cine, como casi todo en la vida, lo importante no es cómo entras, sino cómo sales. Y salí frío de ánimo y con un regusto a tomadura de pelo en el paladar. ¿Por qué? Bueno, para eso escribo este artículo que, como siempre, estructuraré en varios puntos:

* El director: Sin duda, Michael Haneke es uno de los directores europeos más interesantes, personales y menos conocidos por el populacho. Su película más emblemática, "La pianista", es una magistral síntesis de sus filias y fobias que ofrece al espectador, además de una gran interpretación de Isabelle Huppert, el crisol de elegancia, violencia y morbo que son la firma cinematográfica por excelencia de Haneke. Digo todo esto para que nadie tenga el error de pensar que Haneke es un cualquiera, un advenedizo con suerte o un cineasta sin talento más propenso a "perpetrar" que a "dirigir". Nada de eso. Gustará o no, pero este alemán hace exactamente el cine que él quiere y como él quiere.



*La película: Con una premisa tan simple como chocante y verosímil, la película comienza muy bien, prometiendo un thriller original, inteligente y que no trata al espectador como un asiento con ojos. La posibilidad de encontrarte a la vuelta de la esquina y en el lugar menos esperado con una violencia demencial e imparable es algo que acongoja en sí mismo y, de la forma que lo plantea Haneke, más. A esto hay que añadir el hecho de que el director tiene el suficiente gusto como para obviar las escenas más sanguinolentas y escabrosas, condenándolas al limbo implícito del "fuera de plano". La afinación de la orquesta, por tanto, prometía un gran concierto. Y ahí está el problema de esta película: va de más a menos, de lo deliciosamente aceptable a lo difícilmente soportable, de la brillantez al despropósito. A medida que avanza el metraje (que por cierto, tiene un "tempo" que coquetea con el hastío), el sufrimiento de la familia feliz a manos de la pareja de angelicales y lozanos asesinos da pie a que Haneke cuele escenas y diálogos que rozan el surrealismo más irrisorio o, hablando en plata, la tomadura de pelo. Escenas como las del absurdo y tedioso diálogo metido con calzador sobre ficción y realidad de la sádica e impoluta pareja a bordo del barco de vela, mientras ponen proa a sus próximas víctimas, o, especialmente, como la escena en la que uno de los asesinos, Paul, rebobina literalmente la película utilizando un mando a distancia para rescatar de la muerte al otro efebo homicida, Peter. Un giro indudablemente original, sí, al igual que los ocasionales guiños directos de Paul al espectador, pero que, a diferencia de éstos, constituye un ejercicio de onanismo cinematográfico gratuito tan irrespetuoso con quien mira como el onanismo sexual. La reacción, en mi caso, fue que varias personas abandonaran la sala farfullando (y con razón) juramentos y malsonancias con sabor a cabreo. La película es demoledora en su mensaje (la violencia y la muerte son difícilmente postergables en nuestra sociedad) pero aún más en el ánimo de un espectador que no se siente decepcionado tanto por el hecho de que el film no acabe "bien" (En "Sospechosos habituales", "Seven" o "SaW", por citar algunos thrillers magníficos del cine reciente, no son precisamente los "buenos" los que cantan victoria al final de la película y el espectador queda encantado), sino que las "delicatessen" que Haneke ofrece en esta película son difícilmente justificables y digeribles, salvo que se sea un zote sin sentido crítico o un snob de gafas de pasta negra que aplaudiría en la soledad de una V.O.S. cualquier cosa que se salga de "lo habitual".



*El reparto: Junto a la originalidad de la premisa, es lo único que merece la pena de verdad en "Funny games", recordándonos que detrás de este producto hay un buen director. Todos los intérpretes están sensacionales en sus papeles: convincentes y comprometidos con unos personajes propios del universo particular de Michael Haneke. Especial mención merecen a mi entender la extraordinaria Naomi Watts y el soberbio Michael Pitt, que hace de "Paul" uno de los asesinos más inquietantes del cine actual, por su exquisita educación, tibieza, elegancia y perversión: todo un Julien Sorel del sadismo, un Valmont del asesinato, un Gatsby de la muerte.



En resumen, "Funny games" me decepcionó bastante, quizás por las altas expectativas con las que fui a verla. No la recomendaría a nadie que quiera pasar casi dos horas aguantando un "thriller de autor" a la europea (por muy remake "americano" que sea), soportar la gratuita ofensa a los tímpanos de los títulos de crédito, o sufrir estoicamente en sus carnes y bolsillo la enervante autocomplacencia de Haneke embutida en escenas y diálogos que sólo se justificarían por el consumo de opiáceos y alucinógenos. "Funny games" es una película que sólo maravillará a la minoría exquisita de gafas de pasta negra. Para todos los demás, de Haneke siempre nos quedará "La pianista".



Si alguien quiere ahorrarse el coste actual de ir al cine y disfrutar de un thriller violento, delirante, demoledor, con calidad en todas sus facetas, original, con un humor negro envidiable y que no falte al respeto al espectador en ningún momento, Cuatro está emitiendo la absolutamente genial "Dexter", que es tan buena que, más que comentada, merece ser vista.

martes, 15 de julio de 2008

Un discurso memorable y necesario

A veces, la realidad te sorprende brindándote noticias que te devuelven la esperanza de que la sociedad no acabe como el Titanic. Por lo general, son noticias escasas y venidas allende nuestras fronteras, pero, aun así, son todo un bálsamo reconfortante. Hace pocos días, se produjo una de estas noticias: el protagonista, David Cameron, líder del partido conservador británico. ¿La noticia? Lo que dijo o, mejor dicho, la valentía, sensatez y contundencia que rezuman todas las palabras que se atrevió a decir alto y claro el señor Cameron. ¿Qué dijo? Esto:

"I think the time has come for me to speak out about something that has been troubling me for a long time. I have not found the words to say it sensitively. And then I realised, that is the whole point.
We as a society have been far too sensitive. In order to avoid injury to people's feelings, in order to avoid appearing judgemental, we have failed to say what needs to be said. We have seen a decades-long erosion of responsibility, of social virtue, of self-discipline, respect for others, deferring gratification instead of instant gratification.
Instead we prefer moral neutrality, a refusal to make judgments about what is good and bad behaviour, right and wrong behaviour. Bad. Good. Right. Wrong. These are words that our political system and our public sector scarcely dare use any more.
Of course as soon as a politician says this there is a clamour - "but what about all of you?" And let me say now, yes, we are human, flawed and frequently screw up.
Our relationships crack up, our marriages break down, we fail as parents and as citizens just like everyone else. But if the result of this is a stultifying silence about things that really matter, we re-double the failure. Refusing to use these words - right and wrong - means a denial of personal responsibility and the concept of a moral choice.
We talk about people being "at risk of obesity" instead of talking about people who eat too much and take too little exercise. We talk about people being at risk of poverty, or social exclusion: it's as if these things - obesity, alcohol abuse, drug addiction - are purely external events like a plague or bad weather.
Of course, circumstances - where you are born, your neighbourhood, your school, and the choices your parents make - have a huge impact. But social problems are often the consequence of the choices that people make.
There is a danger of becoming quite literally a de-moralised society, where nobody will tell the truth anymore about what is good and bad, right and wrong. That is why children are growing up without boundaries, thinking they can do as they please, and why no adult will intervene to stop them - including, often, their parents. If we are going to get any where near solving some of these problems, that has to stop.
(…)
Changing our culture is not easy or quick. You cannot pull a lever. You cannot do it top-down. But you can give a lead. You can give a nudge. You can make a difference if you are clear where you stand.
(…)
Above all, I believe that this cultural change needs to start at home. The values we need to repair our broken society and to build a strong society are values that should be taught in the home, in the family."


Este discurso, grande en la oratoria y colosal en su honestidad, está disponible también en la lengua que lustraron Cervantes, Quevedo, Delibes y cía. Si bien sus palabras van dedicadas a la sociedad británica, Cameron hace un preciso y rotundo diagnóstico de tres de los peores males de la sociedad actual global: la mordaza de lo "políticamente correcto", la neutralidad moral y la infame negligencia por mutismo.

No voy a redundar en lo dicho por este político (es sorprendente que un político hable tan claro y tan bien en estos tiempos que corren), porque suscribo punto por punto todo lo que ha dicho el líder conservador. No obstante, sí quiero destacar lo siguiente: La sociedad en que vivimos ha convertido la sinceridad en un lujo y la honestidad en algo enterrado bajo toneladas de pudor mal entendido. Y de eso somos culpables todos: los que convierten y los que se dejan/nos dejamos convertir. Una sociedad en la que los blogs se reproducen como pandemias de la libertad y en la que causan furor gente como los geniales Risto Mejide o el doctor Gregory House (o su alter ego, Hugh Laurie), que lo "único" que hacen es decir siempre lo que piensan, es una sociedad en la que algo va mal...bastante mal. ¿Nos encandila que alguien sea sincero, que diga aquello que le dicte su conciencia más íntima y que casi siempre se ajuste a una verdad ampliamente consensuada y total y sistemáticamente ninguneada en nuestra vida pública? Vivimos en un mundo de paños calientes y boquitas pequeñas donde la honestidad se relaja en la tibieza de una corrección impuesta por el miedo a que alguien muera de shock anafiláctico por alergia a la sinceridad. Vivimos en una sociedad de retóricas artificiales que marginan y minan las diferencias, discrepancias y altisonancias. Vivimos en una sociedad en la que ejercer el derecho moral a ser sincero reporta el morbo de lo prohibido. Vivimos, en definitiva, en una sociedad en la que la mayor y mejor forma de expresar nuestra individualidad , nuestros pensamientos y sentimientos, está supeditada demencial y desquicidamente al "qué dirán", "qué pensarán" y demás eufemismos utilizados para referirse a la dictadura tácita y consensuada de "lo correcto" según los cánones y modas sociales. Vivimos en una sociedad en la que da pánico llamar a las cosas por su nombre, en la que hemos hecho de "al pan, pan, y al vino, vino" un mero refrán entrañable en fase terminal. Vivimos en una sociedad en la que cualquiera tiene fácil perder el norte o el paso en el dédalo de eufemismos y circunloquios. Vivimos en una sociedad que ha hecho del lenguaje un pajar, de la verdad una aguja y de la conciencia un pecado a disfrutar en la intimidad.


En definitiva, hoy, ser sincero no es normal, es un rasgo de distinción y valentía, es querer ataviarse con un halo de admiración y polémica, rodearse de una primavera de dedos índices erectos y cargarse a la espalda cuchicheos de hiel y vestiduras rasgadas de demagogos en cueros. Por todo ello, yo sólo puedo aplaudir desde este blog lo dicho por David Cameron, esperando que nunca, nunca, pueda darme por aludido por su certera, memorable y necesaria crítica.

lunes, 7 de julio de 2008

Campeón

Podría dedicar este artículo a glosar la espectacular victoria de Rafa Nadal en la épica final del torneo de Wimbledon. Podría regodearme en el ascenso al olimpo inmortal de los tenistas míticos del jugador con cara de indio y brazo de Conan el Bárbaro. Podría glosar hasta el hastío qué supone este triunfo y cuán merecido es. Podría hablar de principio a fin del mejor tenista español de la historia. Pero, en lugar de eso, quiero dedicar este artículo al que ha demostrado ser un magistral jugador y un caballero dentro y fuera de la pista: el tenista más grande que ha conocido el tenis en toda su historia, Roger Federer, un campeón ejemplar, irrepetible e inigualable.

Federer es un deportista que hace del tenis algo cercano al arte: elegante en todos sus movimientos, magistral en sus decisiones, inimitable en sus golpes...el tenista suizo es lo más parecido a una deidad con raqueta en ristre. Por eso es el número 1 y será para muchos el mejor de todos los tiempos. Por eso y porque, como persona, es aún mejor que como tenista. Educado, deportivo, honesto, humilde y elegante,el suizo es una persona modélica, un campeón incontestable que brilla en las victorias pero aún más en las derrotas, como la que cosechó ante Rafa Nadal ayer en un partido memorable por el despliegue físico y tenístico de ambos. Roger Federer, con o sin raqueta, representa la esencia de lo que significa el deporte y el espíritu olímpico, y exhibe una panoplia de virtudes que hacen grande al ser humano. Ante gente así, cualquier loa, alabanza, elogio, reverencia, agradecimiento o aplauso está más que justificado.

Aspirar a parecerse a alguien tan elegante y excepcional en todas sus bondades es una meta tan inalcanzable como exigible, ya estemos hablando del terreno deportivo o del meramente humano. Por todo ello, este artículo va para el caballero blanco, el excelso Federer, mito, maestro e icono. Alguien que sintetiza en todas sus acciones uno de los poemas que deberían estar en cualquier casa de gentes de bien y que paso a citar, como cierre del artículo:

"Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor / todos la pierden y te echan la culpa; / si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti, / pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda; / si puedes esperar y no cansarte de la espera, / o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras, / o siendo odiado no dar cabida al odio, / y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría... / Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen; / si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo; / si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso / y tratar a estos dos impostores de la misma manera; / si puedes soportar oír la verdad que has dicho: / tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios, / o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida / y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas... / Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos / y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, / y perder, y comenzar de nuevo por el principio / y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida; / y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos / a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza, / excepto la voluntad que les dice ¡continuad! / Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud / o caminar entre reyes y no cambiar tu manera de ser; / si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte, / si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado; / si puedes emplear el inexorable minuto / recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos / tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, / y lo que es más, serás un hombre, hijo mío". (Poema IF de Rudyard Kipling)

viernes, 4 de julio de 2008

Vaya, vaya, aquí no hay...crisis (ni playa)

No, hoy no voy a hablar de la canción de "Los Refrescos", no. Hoy toca hablar de cómo está al patio nacional, que está perfecto. Dejando a un lado que todos los datos e indicadores apuntan a lo contrario, en España no hay crisis. En serio. Hay “situación ciertamente difícil y complicada”, “tiempos difíciles y complicados”, “momento adverso”, “coyuntura económica claramente adversa”, “sensación de deterioro”, “brusca desaceleración”, “disminución de la liquidez”, “un claro y rápido empeoramiento de la situación”, “crecimiento debilitado”, “situación actual y complicada”, “rápida evolución, a la baja, de la economía”, “frenazo económico”, “un período de serias dificultades”, “debilidad del crecimiento económico”, “difícil momento coyuntural”, “fuerte ajuste del crecimiento”, “dificultades endurecimiento de las condiciones crediticias”, “algunos problemas específicos o que padecemos con mayor intensidad”, “condiciones adversas”, pero no crisis. Lógicamente, esto no lo digo yo, que de eso no entiendo, sino alguien que sabe muy bien lo que se dice: el señor POE, cuyos conocimientos económicos, como todo el mundo sabe, son excepcionales, al igual que su magistral habilidad para hablar la lengua de Shakespeare. Después de su última intervención, lo tengo claro: El señor POE, Premio Nobel de Economía, y George W. Bush, Premio Nobel de la Paz. En fin. La magnitud que alcanza nuestro omnisciente líder en el manejo de los eufemismos es sólo comparable a su indudable estulticia. La crisis es tan "discutible" como la necedad de quien afirma eso. Me temo que lo próximo será sostener que el cielo es rojo, el sol gira alrededor de la Tierra y que Ortega y Gasset era un dúo de humoristas. Tiempo al tiempo. Cualquier cosa puede salir de la chistera de quien, como los adictos a las sustancias alucinógenas, le ha encontrado el gusto a enrocarse en una dimensión distinta de la realidad.

De todos modos, para mí, la crisis tiene cosas buenas. Sólo tres, pero las tiene. A saber: La crisis señala conceptos y paradigmas a corregir para evolucionar positivamente, desgasta corrosivamente a un Gobierno infame y vergonzoso, y zarandea como un gorila cabreado a los constructores y promotores inmobiliarios. Por todo ello, me alegro profundamente. Sobre la primera ventaja no me detendré, puesto que doctores tiene la Iglesia para ese menester. En cuanto a la segunda, mi blog ha sido y es, para quien lo lea, una declaración de mi rotunda admiración y manifiesto amor por el Gabinete del señor POE, así que no merece la pena que redunde en ello hoy. Pero la tercera ventaja del thriller económico que vivimos bien vale que me regodee.


Vaya por delante que no estoy de acuerdo con quienes afirman y acusan a los constructores y promotores inmobiliarios de ser unos auténticos mafiosos. ¡Per favore! La Mafia por lo menos tenía educación, valores y clase. Salvando las escasas y honrosas excepciones de mi andanada, he de decir que para mí estos especuladores de sueños ajenos, traficantes del ladrillo, proxenetas de la vivienda y caníbales del suelo, se merecen que, de vez en cuando, algo o alguien les desvista de su halo de rey Midas para que el resto de los mortales les podamos mirar a esos ojos ególatras y decirles: "Bienvenido al club. Sufre, sufre, mamón". Estos jerifaltes del pelotazo, grandes maestres de la chapuza dorada, que construyen sus imperios con penurias y explotaciones ajenas, deben y merecen desaparecer del panorama económico y social del país para dejar paso a gente que asuma sus funciones pero sin convertir en un filántropo altruista a Gollum ni adoptar la ética de un negrero o la compasión de un jefe de obra del Antiguo Egipto. Y digo esto no sólo por su decisiva aportación a la sempiterna primavera de estratosféricas hipotecas que azota España desde hace demasiados años y su papel clave en la reclusión de muchos jóvenes en casas paternales. Lo digo también porque estos mastuerzos de cheque en blanco están cargándose el paisaje y la naturaleza, con la connivencia de los políticos y la pasividad de los jueces. El último ejemplo de ello viene de la mano de Greenpeace, que ha puesto de manifiesto que, gracias a estos mentecatos de ladrillo en ristre, en España, la virginidad del litoral patrio se aproxima peligrosamente a la de Nuria Bermúdez.


Gracias a estos chulos con posibles y afición al Lego a escala demencial, se va a terminar el problema, proverbial en el Levante, de tener que poner la toalla debajo del sobaco del vecino o adivinar la arena o el mar entre masas fondonas y horteras de bañistas. Y se va a acabar porque ya no va a haber playa...Ya saben. ¡Vaya, vaya, aquí no hay...vergüenza! Ni crisis, por supuesto.

lunes, 30 de junio de 2008

La épica de la elegancia

Ni crisis, ni hipotecas, ni contratos basura, ni llegar a fin de mes, ni lunes por la mañana, ni hambre en el mundo, ni guerras injustas, ni jefes en el trabajo, ni POE en la Moncloa ni Mariano en el PP. Conseguir que todo esto, no sólo deje de importar sino que incluso se olvide, tiene mérito. Tanto como ganar una Eurocopa de fútbol 44 años después del testarazo de Marcelino. No obstante, antes de proseguir con este artículo, quiero pedir perdón por el maltrato que di a la selección de fútbol en artículos publicados hace dos años (uno sobre balompié y otro sobre baloncesto). Quiero retractarme porque, si bien las críticas de entonces estaban bastante justificadas, también lo están las alabanzas y parabienes que se merecen buena parte de quienes convertí en dianas de esos artículos. Por todo ello, perdón, de corazón, a todos los que desde anoche me han dado motivos para dar gracias.

La Eurocopa de Austria y Suiza ha sido un monumento al buen fútbol, a la épica de la elegancia, al glamour de la gesta. La única salvedad, respecto a otros campeonatos internacionales de fútbol de los últimos lustros, es que esta vez sí ha ganado la selección que mejor fútbol ha hecho: la española. Y lo hemos hecho apostando por un fútbol de toque (el tiki-taka, el "tocamos, tocamos, tocamos"...) que se diferencia en un importante matiz del que propugnan los apóstoles del sobeteo del balón: No tocamos para inducir el suicidio por hastío ni ver cuántos pases seguidos son capaces de dar correctamente los defensas. Tocamos para bailar y desesperar a los rivales, tocamos para que los equipos que se enfrenten a nosotros vean la pelota pasar delante de sus narices sin que puedan hacer otra cosa para remediarlo que no sea falta. Y, para eso, la selección se ha desprendido de futbolistas de saldo que lastraban o mermaban este concepto futbolístico y ha apostado por pequeños grandes genios que han demostrado, una vez más, que el tamaño no importa.

Yo he de reconocer que era bastante escéptico al comienzo de la Eurocopa ante el futuro de la selección. Con mi resignación colchonera, estaba convencido de que, una vez más, tendría que flagelarme con aquello de: "Jugamos como nunca, perdimos como siempre". Y así seguí cuando apabullamos a las sparrings del grupo inicial: Rusia, Suecia y Grecia. Mas, cuando mandamos a comer pizza a una de las escuadras cuyo palmarés da tanto miedo como su proverbial suerte en competición, algo empezó a moverse dentro de mí. "Oye, que sí, que a lo mejor este año...sí". Luego volvió a cruzarse en nuestro camino Rusia, a ver si a la segunda vez iba la vencida, y los mandamos a tocar la balalaica con tres goles bajo el brazo. "¡Jobar tú! ¡Que estamos en final!". Y ahí, en la final, nuestro rival, el fútbol hecho Terminator, me los puso de pajarita. De Alemania sólo hay una cosa que da más miedo que la masa muscular y el apellido de los que llevan su camiseta: su excepcional efectividad. Volvía otra vez la incertidumbre a mi sesera y otra vez, como un león en ayunas, frente al televisor y a un reloj que coqueteaba con el paro cardíaco. Fue una final a medio camino entre una película de Tarantino y otra de Hitchcock: Acción, sangre, momentos brillantes, tensión y mucho suspense. Suspense con empate a cero y suspense con un gol de ventaja porque Alemania será muchas cosas, pero desde luego no es una selección cobarde y sólo la mata el pitido final de un árbitro: nadie más.


Y se cumplió el minuto 93 y yo rompí a gritar, saltar y llorar de emoción y, al igual que yo, toda España, desde sus casas, bares o plazas o desde el estadio que coronó uno de los mayores logres del deporte español de las últimas décadas: que la selección de fútbol gane, con merecimiento, una competición. Orgía en rojo y amarillo, cacofonía atronadora, júbilo multidisciplinar...Ni con Franco se habían visto tantas banderas rojigualdas ni escuchado tantos vivas a España, y eso que en aquel entonces era casi por imposición...

Si una cosa está clara es que Luis Aragonés, el seleccionador, el pararrayos nacional, el humilde Matusalén, el sabio no ya de Hortaleza sino de España, sabía lo que se hacía. Sabía lo que se hacía no convocando a Raúl ni a otros jubilados idolatrados. Sabía lo que se hacía apostando por el toque con sentido. Sabía lo que se hacía sacando a pitufos frente a colosos. Sabía lo que se hacía desde hacía mucho tiempo, aunque muchos no lo creyéramos...La historia de España está llena de ingratitud para sus mayores héroes. Somos así. ¡Qué le vamos a hacer...excepto pedir disculpas!

Podría destacar ampliamente a cualquiera de mis favoritos del equipo español (Iker Casillas, Cesc Fábregas, Marcos Senna), pero volvería a cometer una injusticia con la selección nacional porque si algo han demostrado estos chicos es que no son una constelación de "estrellitas" que hacen la guerra por su cuenta en el césped sino que son un gran equipo de fútbol y mejor grupo de amigos. Y eso, se nota. Y mucho. Que se lo digan a Italia, Rusia o Alemania. Una selección excelsa en el juego y perfecta en los detalles, incluso en la celebración (Palop con la elástica de Arconada y Ramos con la camiseta en recuerdo de Puerta...se comentan por sí solos).

España ha encontrado en el fútbol, como ya hiciera en baloncesto, la piedra filosofal que convierte el compromiso innegable en talento arrollador. Nos han regalado muchos minutos de recuerdos imborrables que quedarán para la historia nacional y la memoria íntima y personal de quienes nos emocionamos cuando las cosas bien hechas tienen su recompensa.


Podría extenderme oceánicamente entrando en vericuetos de afinidades e impresiones personales, mas todo cuanto siento creo que es compartido por quienes hoy se han levantado con la voz ronca, los ojos irritados y una sonrisa tonta. Por ese motivo, lo justo es que cierre este artículo con la siguiente frase, dirigida a todos los integrantes de la selección española de fútbol: Habéis conquistado la gloria; me habéis regalado uno de los mejores recuerdos que tendré en mi vida. ¡GRACIAS, CAMPEONES!

lunes, 23 de junio de 2008

Que le vote su PPadre

Decía Cicerón que "Todos los hombres pueden caer en un error, pero sólo los necios perseveran en él". Mariano Rajoy, que de listo tiene lo mismo que de atractivo, lo sabe bien y por eso, lejos de perseverar en el error, lo ha modificado por completo y redimensionado hasta unos parámetros lo suficientemente grandes como para que de un simple error estemos ahora ante un error colosal.
Este fin de semana se ha celebrado el XVI Congreso del PP, que pone punto y seguido al descenso abisal de este partido. ¿Sabían ustedes que la hendidura más profunda del mundo son las Fosas de las Marianas? Curiosas similitudes nos brinda la naturaleza, ¿verdad? Mas, volviendo al partido de Rajoy, otrora Partido Popular, hora es ya de que me desahogue, pues por mesura y fútil esperanza, he esperado todas estas semanas a que finalizara el congreso de marras. Como siempre hago y por evitar enseñamientos que me llevarían a superar la extensión de "Guerra y Paz", resumiré mi parecer en pocos puntos, de menor a mayor importancia o de lo malo a lo peor, como prefieran:

  • La hobbit de Rajoy: Mucho se habló durante las pasadas elecciones de la payasada de "la niña de Rajoy". Como la cera que recibió Mariano por ello le daba para abastecer de velas a todas las iglesias europeas durante un año y la guasa que suscitó semejante memez no la genera ni un congreso internacional de humoristas, el brillante Rajoy decidió presentar a su niña en sociedad y así sacudirse de encima tanta crítica injusta. Lo que pocos, poquísimos sabían es que, en lugar de referirse a una niña, el gallego tenía en mente a una hobbit. Soraya Sáenz de Santamaría, flamante portavoz del PP en el Congreso, cuyo principal mérito es dar mimos y babas a granel a su idolatrado Mariano. Yo he de reconocer que ignoraba que, además de conocedor del bestiario de Tolkien, Rajoy era aficionado a las miniaturas y hete aquí que me nombra como espolón de proa a una mujer a la que Velázquez habría llamado Maribárbola. ¡Sí, señor!¡Con un par! ¡Que no se diga que los políticos del PP no están a la altura de las circunstancias! Yo, desde luego, estoy convencido de que Heidi Sáenz de Santamaría puede ser una excepcional política, de la misma forma que estoy seguro de que sería una excepcional pívot en la WNBA.


  • El dream team: Yo pienso, especialmente en los últimos años, que el PP ha tenido buenas ideas pero le han fallado las personas. Por eso abogué en su día por relevar a las "caras visibles" del PP por otras más eficaces, fiables y carismáticas. De ahí que tuviera una tímida ilusión cuando empezaron a desfilar Acebes, Zaplana, etc. Ilusión que por supuesto ha quedado triturada en las últimas fechas. Se ha dicho que la nueva cúpula directiva del Partido Popular es un "dream team", un equipo de ensueño, en lengua de Quevedo. De ensueño no sé, pero de desvelo seguro. A mí, la nueva nao popular me recuerda a las tripulaciones que se solían embarcar hacia el nuevo mundo, con el ansia de mejorar trayectoria profesional o llenar los bolsillos de limosnas de El Dorado: gente prescindible que nadie echaría en falta en su casa a la hora de comer, bellacos, arribistas, zánganos duchos en la coba...Dicen que es un equipo de integración. Totalmente de acuerdo. Integra a melifluos palmeros y aviesos aduladores de todo a un euro. Vale, me he pasado. No todos los miembros de la cúpula son así. Casi todos. Y digo casi porque Rajoy ha querido maquillar a su clac y aderezarla con alguien del gusto del "jefe" (Ana Botella), otro con el beneplácito de Aguirre (Juan José Güemes) y una (Mª del Mar Blanco) para apaciguar a los exaltados por los justificados portazos de María San Gil y Ortega Lara. Es decir, ha querido o pretendido o simulado - vaya a usted a saber - apaciguar a todo el mundo y lo que ha hecho sin embargo es dar "una de cospedal y otra de arenas". Un maquillaje que buscaba presentar a la Gioconda y ha acabado en fulana de Montera. Lo único que integra la nueva cúpula del PP es a todos los que han defendido interesadamente a Rajoy, porque a este tío, desinteresadamente, sólo le defendería un familiar suyo (y cercano). El PP está ahora en manos de un coro griego de pelotas y advenedizos como el que tuvo Julio César. Y, hablando de Bruto, ahí está Albertotep y su amado y leal chiguagua de pelea, Manuel Coba, perdón, Cobo. Mariano ha configurado una corte donde nadie le critique y todo el mundo le ría las gracias, quizás pensando que un partido político es algo similar al show de un humorista en el que, diga lo que diga el cómico, el público tiene que partirse las manos a aplaudir y desencajarse la mandíbula por las carcajadas. Ni un tablao flamenco tiene tanta gente dispuesta a dar palmas: ¡Ozú qué arte tiene er Mariano pa dar er cante, quillo! Quizás por eso, la última gracia del gallego ha sido nombrar Secretaria General a una mujer que es la encarnación viva de una de las soflamas de la infame Dolores Ibárruri: "¡Hijos sí, maridos no!". Es tronchante poner a una mujer así al frente de un partido que, hasta ahora, defendía el modelo de familia tradicional, etc, etc. Lo único bueno que tiene Mª Dolores de Cospedal, además de su sutil atractivo físico, es ser una de las más furibundas cheerleaders del presidente de su partido. ¡Viva Mariano! ¡Viva su barba! ¡Vivan sus huesos!¿El motivo de todo esto? No es enajenación mental, no. Es más sencillo: Rajoy no quiere cerca a nadie que le pueda hacer sombra. Está claro. Cuando su carrera política acabe (que no tardará mucho), su biografía estará al caer en las librerías: "Mariano Rajoy: Los complejos de un bonsái".

  • Marianiño: Es innegable que las aportaciones de Galicia a la política española sólo son comparables a la contribución del sida a la salud mundial: Franco, Manuel Fraga, BNG, Pepín Blanco, y, sí, amigos, sí: Mariano Rajoy. A este gallego le he defendido tanto como criticado, pero desde el cariño y porque quería lo mejor para él y para el PP como votante suyo que era. Todo tiene un límite. Ya me ha hartado. Sus defectos menos importantes - para mí - son ya los que le han condenado electoralmente: que tenga menos carisma que George Bush en Irán y con un gracejo por descubrir (si se ahogara en el mar, seguiría siendo soso). Si me he hartado de Rajoy es por ser, y tiro de diccionario, un pelele, tarugo, ruin, pusilánime, hipócrita, desleal, engreído, acomplejado, cretino, cobarde, ingrato, vanidoso, caciquil, altivo y mentiroso. Todos ellos adjetivos, según la RAE y que, lejos de insultar, retratan con hiperrealismo al mentecato de Génova 13. Me siento defraudado por el último error de Aznar, por el paladín de Fraga (un vegestorio bamboleante al que ya le deben estar preparando vitrina en el Museo de Ciencias Naturalres) y por el nuevo ídolo de cierto alcalde de cabellera púbica que convierte en hombres de bien a rufianes como Efialtes, Bruto, Judas Iscariote o Vellido Dolfos. Me siento defraudado por Mariano Rajoy, al que, por sus méritos, más me vale rebautizar como Marianulidad. Pero es que ya ni siquiera le aprecio como diana de críticas. Me parece, desde ya, una pérdida de tiempo. Si, como has dicho, querías arreglar las cosas y romper con el pasado, Mariano, Marianecio, Marianulidad, deberías haber empezado por coger las maletas y no salir de la Galicia que te parió.


Por todas estas razones, hoy puedo decir con dolor y orgullo que no volveré a votar al PP mientras sean Rajoy y su séquito de babeantes quienes lo dirijan y encarnen. Se acabó. A partir de hoy, pido el voto para UPD. Y a Mariano, que le vote su PPadre.

viernes, 20 de junio de 2008

Más allá de "La Niebla"

En ocasiones, la línea que separa el Bien del Mal, el éxito del fracaso, la alegría del llanto, el acierto del error, el éxtasis de la tragedia es confusa, borrosa, como si estuviera inmersa en una densa y misteriosa niebla...De eso, en esencia, nos habla el nuevo film resultante de la brillante colaboración entre Stephen King, indiscutible maestro del terror escrito, y el director Frank Darabont, que ya nos regalaron años ha las excelentes "Cadena perpetua" y "La milla verde". La película "La Niebla" (The Mist) gira en torno a una trama que nos remite a las añejas películas de ciencia ficción y a dignos títulos de serie B: un experimento militar sale mal (como en tantas y tantas películas de este corte) y gracias a ello una pléyade de criaturas y engendros de pesadilla se dan un sanguinolento garbeo por una modesta localidad estadounidense, amparados por una densa niebla. Con esta premisa, se puede hacer bien un bodrio, bien una entretenida película de terror o bien una película muy interesante. Hablando de la sociedad King-Darabont (donde los guiños de este último hacia el primero son más que claros en la escena inicial), este film es cualquier cosa menos un bodrio. ¿Por qué? Porque el pavor y el asombro no vienen en esta película tanto de los monstruos como de los propios humanos, quienes, víctimas del miedo, la incertidumbre, la desesperación y el ancestral temor a lo desconocido, liberan la caja de pandora que contiene todo aquello de lo que es capaz una persona en situaciones tan críticas como las que presenciamos en "La Niebla". Por decirlo de forma pueril, el verdadero "malo" de esta película es el ser humano. Por poner un ejemplo: la señora Carmody (sensacional interpretación de Marcia Gay Harden) y sus acólitos dan más miedo, infinitamente más miedo que todas las criaturas de ultramundo que pululan en la niebla.


Bien rodada y mejor interpretada, este film nos pone frente a la esencia de nosotros mismos, esa que presenta descarnada sólo cuando las circunstancias mandan al garete la educación, los convencionalismos, lo políticamente correcto y la rutina diaria, esa que se presenta cuando somos conscientes de que nuestra vida puede desaparecer inmediata e incontestablemente. Si a eso añadimos que el intenso y creciente drama que viven los personajes de "La Niebla" hace incluso olvidar el espanto desatado por el cataclismo interdimensional, nos encontramos no sólo ante una película de terror atípica por la inteligencia, calidad y humanidad que rezuma, sino ante un film que es digno de aplauso y atención, especialmente porque no trata a los espectadores como si fueran anormales, porque nos habla mirándonos a los ojos y nos muestra cosas que preferimos obviar por miedo o vergüenza pero que han estado, están y siempre estarán ahí, en lo más hondo de cada uno de nosotros.

Estamos por tanto ante una película "realista", contundente, inmisericorde y sin concesiones de ningún tipo, que destruye los patrones habituales que rigen el cine comercial y que descuartiza con sadismo cualquier atisbo de final "made in Disney". Y es precisamente eso, el final, lo más conmovedor y destacable de "La Niebla": agridulce y enormemente desolador, no apto para públicos acomodados y autocomplacientes pero sí para personas que sean conscientes de que en el mundo real, en la vida diaria, las cosas no salen nunca como uno quiere o presupone. El desenlace, una auténtica bomba de hidrógeno para el ánimo de quien lo ve, es un digno, dignísimo broche para una muy recomendable película que, más allá de la niebla del terror, nos habla con una poco frecuente sinceridad de algo tan primario, tan humano y tan real que causa verdadero horror ignorarlo.

miércoles, 11 de junio de 2008

Elegía a un piquete

Ayer murió un piquete de la huelga de transportistas que colapsa las carreteras, asedia mercados y crispa a la gente de bien por culpa de la "no-crisis" económica (hay más dificultades y desaceleración que en un paso de Semana Santa en Sevilla, pero crisis no).
No entraré aquí a valorar la legitimidad de la huelga, a la que cualquier persona tiene derecho, ni si tienen motivos justos o no, que los tienen.

Hoy quiero hablar de ese colectivo anónimo y eufemístico que responde al nombre de "piquetes" que ayer perdió a uno de sus integrantes. Esta guardia pretoriana de los sindivagos (los sindicatos dejaron de serlo desde el momento en que pasaron de luchar por los derechos de los trabajadores a querer vivir del aire y el incordio) en primer lugar le hace un flaco favor al oceánico léxico castellano, pues ceñirse a la etiqueta "piquete" para referirse a quien se puede citar como vándalo, asilvestrado, cafre, gañán, bruto, mastuerzo, energúmeno, zote, salvaje, animal, rudo, bárbaro, basto, chusma o turba, por decir sólo unos ejemplos, no deja de ser una gesto de deslealtad y minusvaloración no ya al sentido común sino a la lengua que honraron Cervantes, Quevedo y compañía.

En ese sentido, me encantaría que alguien me explicara por qué en no pocas ocasiones se habla de "piquetes informativos". ¿De qué informan estos bufones del paleolítico? ¿De que te van a fastidiar el día, desgraciar la cara o jorobar el negocio? En todo caso, te informan de los motivos de la huelga entre insulto e insulto, mientras cogen resuello para calzarte un hostión o zarandearte como si fueras una actriz porno en una convención de obsesos sexuales.

Pero, disquisiciones léxicas aparte, vayamos al meollo de la cuestión. Dicen por ahí, que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Una gran verdad que, aplicada a este caso, viene a resultar en: "Tú tienes tanto derecho a hacer huelga como yo a trabajar". Un axioma que le cuesta entender pero no olvidar al tropel de homínidos que salpican las huelgas con su verborrea, su berrea y sus "incidentes" tan democráticos. Estas personas de ínfima ralea y menor educación son quienes, con su sola presencia, desacreditan y echan por tierra los motivos para holgar y reivindicar, por muy honestos o sensatos que sean (lo cual no ocurre a menudo). Si alguna vez entienden esto, se habrá dado un paso enorme.

En cuanto al fenecido, no voy a decir que me alegre, porque sería incierto, pero sí que me produce una contundente indiferencia. Lo siento más por su familia que por él. Honestamente, me importa bastante más el infortunio que le pueda ocurrir a un perro abandonado, un niño perdido o un enfermo en situación precaria que lo que le ocurra a una persona exaltada que se enganche simiescamente a la ventanilla del vehículo de alguien que comete la osadía de querer trabajar. Todo el mundo sabe del mortal peligro de combinar mal genio y automoción desde la carrera de cuádrigas entre Messala y Ben-Hur. Si alguien decide arriesgarse, allá películas, nunca mejor dicho. Dios me libre de justificar nada y menos un atropello mortal, pero todo el mundo es mayorcito para distinguir hasta dónde es razonable y humanamente sensato llevar una protesta.

Así pues, es una pena, una verdadera pena que una persona muera por hacer el cafre, jaleado por una horda de discutibles valientes que holgazanean por culpa de una crisis que el Gobierno se niega a reconocer. He ahí un ejemplo claro de cómo malgastar radicalmente una vida. Por tonto y bruto, has concertado una cita con la desgracia, querido piquete. Por tonto y bruto, has dejado rota a tu familia, querido piquete. Por tonto y bruto, has puesto tu granito de arena para la extinción del ser humano, querido piquete. Por tonto y bruto, has restado una cabeza a la hidra de energúmenos, querido piquete (gracias). Guardaré un instante de silencio por ti...Vale. Ya está. A otra cosa, mariposa.

sábado, 24 de mayo de 2008

Indiana Jones: En busca de la nostalgia perdida

Ayer vi la cuarta y ¿última entrega? de la saga de aventuras más famosa de la historia del cine: "Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal". Una película que no juega tanto con la espectacularidad y los sensacionales guiones de sus predecesoras como con un casi permanente guiño a los nostálgicos fans de lo que hasta el jueves 22 de mayo fue una trilogía. Como siempre hago en estos casos, haré un resumen por puntos:



  • El director: Steven Spielberg. Con eso ya está casi todo dicho. Es uno de los pocos directores que puede permitirse el lujo de, cuando se lo toma en serio, bordar un drama de lo más conmovedor o una espectacular película de fantasía y aventuras. En este caso, la película denota todo el oficio (que es muchísimo) de Spielberg, si bien no puede presumir del ritmo y el asombro que mostraban los tres films previos. Una dirección impecable que, sin embargo, hace añorar al Spielberg de otros tiempos.


  • El reparto: Tan acertado en su elección como viene siendo costumbre en la saga, cumple con eficaz solvencia sus cometidos, si bien hay varios personajes que son meros clichés del género de una forma tan clara y simple que roza lo pueril (Irina Spalko y "Mac" George Michale, por poner unos ejemplos). En lo referente al joven lugarteniente del arquélogo más famoso del cine, Shia LeBouf ofrece una actuación en la que, además de constituir un calco estético al Marlon Brando de "Salvaje", evidencia que como intérprete es simplemente correcto pero que tiene un carisma que brilla enormemente en películas de este tipo...como le ocurrió al hombre detrás de Han Solo y Rick Deckard. En cuanto a Indy, Harrison Ford borda ese Indiana Jones crepuscular que se sabe observado por fans de todas las edades. Es quizás una de las mayores virtudes de la película: que Indiana Jones es humano y por el pasa el tiempo y la vida, con todo lo que eso significa.


  • El guión: Tras una elección llena de vericuetos y contratiempos propios del protagonista de la película, el guión está firmado por David Koepp, el hombre que perpetró uno de los mayores sinsentidos y de las más estúpidas adaptaciones que ha visto (o, mejor dicho, sufrido) el cine reciente: "La guerra de los mundos". Si poner al responsable argumental de semejante sandez es la mejor elección consensuada por George Lucas, Steven Spielberg y Harrison Ford, me cisco en el consenso. La premisa no está mal, pese a que mezcle churras precolombinas con merinas extraterrestres. Lo peor es la propia forma de contar la historia, con menos gracia que Paquirrín desfilando en Pasarela Cibeles y con más cabos sueltos que la investigación del 11-M. Si a eso unimos unos diálogos no excesivamente brillantes y a menudo desafortunados, el guión de esta película es el verdadero enemigo de Indiana Jones y no Irina Spalko. Así de claro.
  • La música: Salida de la chistera de uno de los mejores compositores de todos los tiempos cinematográficos: el gran, gran, grandísimo John Williams. Por él sí que no pasan los años ni la calidad.

  • La película: En sí misma, es un homenaje a los seguidores de la trilogía, pues ofrece muchos guiños a los fans más avispados (el "Arca perdida" guardada en el área 51, las fotos de Henry Jones Senior y Marcus Brody, el recordatorio del miedo a las serpientes, el propio personaje de Marion Ravenwood...). Es una estupenda película de aventuras de un Indiana Jones otoñal que, por mucho que se empeñen, no está a la altura de los tres títulos que la antecedieron. No obstante, fue el propio George Lucas quien ya avisó a los entusiastas (entre los que me incluyo): "Cuando haces una película como ésta, una secuela tan, tan esperada, la gente espera que se trate de algo muy grande, como la segunda venida de Jesucristo. Y no lo es". No, no lo es, George, pero tampoco está al mismo nivel que las otras, que era lo mínimo que se podía pedir. Una cosa es hacer una película donde la aventura, la acción y el humor bueno constituyan un film increíble (que eso es lo que son las tres anteriores entregas), y otra muy distinta es realizar una película de aventuras que cuesta creer y en la que se utiliza la nostalgia como cheque en blanco para inflar una producción cuyo principal valor es la buena fe y predisposición de quien va a verla, una benevolencia que hace pasar por alto los ya incluso entrañables fallos de racord, obviar el tufo a plató de muchos escenarios y pasar de puntillas por absurdos diálogos y escenas o tramas de lo más inverosímiles sin más justificación que el "porque sí".

En definitiva,"Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal" es una entretenida película hecha para nostálgicos que colmará y frustrará simultáneamente a los fans de la saga. A esta película la salva Indiana. En tiempos en los que por el cine se pasean sagas herederas directas del arqueólogo Jones como son "La búsqueda" o "La momia", que recuperan y potencian las mejores virtudes de la otrora trilogía, cuesta creer que Lucas, Spielberg y Ford hayan apostado tanto por una película que, al terminar de verla, hace echar de menos el empaque añejo y colosal de "En busca del arca perdida", "El templo maldito" y "La última cruzada". En fin, menos mal que Indiana Jones ya es mito e icono, que si no...