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jueves, 18 de agosto de 2016

Lorca: la muerte nunca será el olvido

Esta madrugada, la del 18 de agosto, se cumplen 80 años de una de las mayores tragedias culturales, escondida dentro de uno de los muchos capítulos repugnantes de la Guerra Civil española: el asesinato de Federico García Lorca, el escritor en lengua española más importante del siglo XX y uno de los grandes nombres de la Literatura universal.   

Quizá podría dedicar este artículo a glosar las circunstancias concretas de su muerte pero eso sería dar atención y espacio a una banda de malnacidos que espero se estén pudriendo en el infierno. Baste decir que el atroz fusilamiento de Lorca es una más de las muchas teselas que integran el horrendo mosaico que legó para eterna vergüenza la Guerra Civil, junto a otras salvajadas como la matanza de Paracuellos del Jarama, el bombardeo de Guernica, la masacre de la cárcel Modelo o el fusilamiento de las "Trece Rosas", por citar sólo alguno de los muchos espantos con los que ambos bandos compitieron por ver quién era más abominable. Ya hablé hace unas semanas del tema de la Guerra Civil española en este mismo blog, así que, para todo lo referente a ese asunto, me remito a lo que escribí entonces. Lo que es del todo inadmisible es que, tantas décadas después, el cuerpo de Lorca, igual que el de muchísimos represaliados a un lado y otro de las trincheras, siga sin tener una sepultura no ya digna sino siquiera localizada. Eso, señores políticos, es también un crimen, una absoluta vergüenza.

De todos modos, estando FGL por medio, no hay mejor manera de honrar su memoria que celebrar su vida más que atender su muerte, porque fue su vida, lo que hizo en la vida y con su vida, lo que le llevó a ser la figura admirada, magnética e inmortal que fue, es y será.

Como persona, Lorca encarnó un constante y atormentado anhelo de vida; una sed insaciable e insaciada de todo aquello que nos hace sentir vivos, aunque eso lleve a confrontar dictados, paradigmas, prejuicios y convenciones de los que no tienen más vida que la cuadrícula o el adoctrinamiento. Lorca fue pura fiesta y tragedia, como la propia vida. Por eso, también, debe ser recordado. Por atreverse a "vivir pese a todo".

Como escritor, Lorca puso en castellano algunos de los mejores pasajes de la poesía y el teatro universales. Respecto a lo primero, todo aquel que haya tenido la suerte de leer el "Romancero gitano" o "Poeta en Nueva York" (por mencionar sólo dos ejemplos) sabe o, al menos, intuye que ha entrado en ese pequeño terreno del alma íntima e intransferible donde sólo consiguen escribir los grandes genios. En cuanto al teatro, FGL legó dos obras maestras ("La casa de Bernarda Alba" y "Bodas de sangre"), una maravilla ("Así que pasen cinco años") y varias genialidades: pocos dramaturgos sean de la lengua o el tiempo que
sean pueden presumir de algo así; en este sentido cabe decir que si Shakespeare supo radiografiar inmejorablemente el alma humana en sus obras teatrales, Lorca se atrevió a engarzar en las suyas con un talento inigualable la pasión, el misterio y la tragedia, que son al fin y al cabo de lo que está hecha la vida. Por todo ello decía al principio que Federico García Lorca es el mejor escritor del siglo XX en lengua castellana y uno de los grandes de la Literatura universal. Y cuestionar eso es directamente quedar en evidencia: Lorca te podrá gustar más o menos, pero escatimar su valía y su huella es querer ser tonto a conciencia.

Acabo ya, porque no hay mejor homenaje a Lorca que dedicar tiempo a (re)leerlo, ya que así es como uno se encuentra con ese arte íntimo e ilimitado, con ese duende extraordinario y trágico, con ese torrente de vida y muerte que era el genio granadino. Y es que a Lorca no lo hicieron inmortal las balas de unos hijos de puta: Lorca conquistó la innmortalidad con el puño y la letra de un ser humano irrepetible. Por eso, aunque FGL le alcanzó la muerte nunca le alcanzará el olvido.

martes, 2 de agosto de 2016

Nuevas formas de contar

La escritura no acabó con la creación literaria. Ni la invención de la imprenta. Ni la aparición de la máquina de escribir. Ni tampoco lo han hecho las nuevas tecnologías. Simplemente, hoy como entonces, los avances técnicos han cambiado la metodología en lo que a las circunstancias y herramientas se refiere, pero no la esencia del proceso creativo en sí mismo considerado.

No obstante, la irrupción digital en el mundo literario, más allá de democratizar (es decir, universalizar) el acceso como creador o como lector y variar las forma de leer (no es lo mismo leer un libro que leer una pantalla), también han generado una serie de cambios o de nuevas posibilidades que, si bien se podrían dar por sobrentendidas, conviene la pena resaltarlas aunque sea de forma concisa, ya sea para valorar el ingenio de sus protagonistas como para ampliar los horizontes lectores.

Por ese motivo, este artículo está dedicado a analizar de forma muy breve algunos de los principales efectos de lo tecnológico en la creación literaria así como citar algunos de los ejemplos en lengua española que merece la pena conocer al respecto. Para ello, vertebraré el post en tres epígrafes: lo digital como herramienta de creación literaria, lo digital como forma y, por último, las historias contadas para pantallas. Antes de seguir he de advertir y reconocer en lo que a los ejemplos concierne que no están todos los que son pero sí son todos los que están y que algunos pueden tener ya sus años, pero es lo que tiene hablar en este ámbito: que el tiempo pasa demasiado deprisa porque la tecnología no espera a nadie. Dicho lo cual, al grano.

Lo digital como herramienta de creación literaria
Las nuevas tecnologías del presente han permitido que la creación literaria se abra a este concepto-fenómeno tan de moda ya desde hace años como es "lo colaborativo". En ese sentido, la tecnología actual permite no sólo escribir una novela junto a otra persona que está a horas y kilómetros de distancia (como es el caso de Milagros del Corral y Óscar da Cunha, quienes utilizaron twitter para crear conjuntamente su obra Mi infierno eres tú) sino también abrir en canal las puertas del proceso creativo a cualquier persona que esté dispuesta a cooperar con el escritor, ya sea mediante las redes sociales (como hizo Javier Muñiz con su novela colaborativa La chica del zapato azul) o exponiéndola en "la nube" (como sucedió con Jordi Cervera y su Serial Chicken).

Lo digital como forma
Del mismo modo que la tecnología ha abierto nuevos cauces en lo que a la autoría se refiere, también ha introducido nuevas opciones en lo que al estilo se refiere. Así, dentro del repertorio "clásico" de estilos y voces narrativas, se han hecho un hueco los servicios de mensajería instantánea (ahí está la novela Pulsaciones de Francesc Miralles y Javier Ruescas como ejemplo), Twitter (pudiendo citar en este ámbito a Francisco Balbuena, autor de No hay perro que viva tanto, y a Rosa del Blanco, participante española en el Twitter Fiction Festival) y, obviamente, el correo electrónico (como muestra Mónica Gutiérrez en su Un hotel en ninguna parte).

Historias contadas para pantallas
Sería absurdo obviar en un repaso como éste que una de las grandes novedades en la relación tecnología-creación literaria tiene que ver precisamente con aquellos autores que evidencian la plena vigencia del célebre "el medio es el mensaje". Así, los soportes tecnológicos se han transformado no sólo en un medio sino también en un fin en sí mismo, en algo que funciona simultáneamente como condicionante pero también como estimulante para el ingenio de quien tenga la habilidad suficiente tanto en lo técnico como en lo creativo. En este sentido, merece la pena destacar el trabajo realizado por Jordi Muñoz,autor de la exitosa novela interactiva La App maldita, o por Josué Monchán, quien con su trabajo en los ya míticos Péndulo Studios ha dado vida a muchos de los mejores videojuegos españoles de los últimos lustros.    

En definitiva, la Literatura, como cualquiera de las otras artes, no depende tanto del "cómo" sino del "quién", del ingenio que cada uno tenga para crear, para contar, para transmitir sensaciones, ideas o recuerdos a perfectos desconocidos. Para ello, las herramientas nunca han sido un problema como tampoco lo fueron los sucesivos avances tecnológicos que fueron transformando la vida de las sociedades y las personas. Las nuevas tecnologías, en este sentido, no son, afortunamente, ninguna excepción.

martes, 12 de julio de 2016

85 años de "Bodas de sangre"

Este año se cumplen 85 desde la escritura de la tragedia Bodas de sangre, obra del malogrado y genial Federico García Lorca.

Para mí, su mejor obra. Una creación que inspirándose en lo concreto (el "crimen de Níjar") alcanza lo universal mientras, simultáneamente, trasciende el realismo costumbrista para enroscarse en lo onírico y lo legendario. Una tragedia que partiendo de la piel (la sensualidad, el deseo, la pasión, el enamoramiento) llega hasta el terreno totémico donde el ser humano queda empequeñecido ante palabras como "amor", "dolor", "muerte".  Un

texto que aunque puede rastrearse en él el eco atronador de la tragedia clásica (el destino fatal e inexorable, los personajes como meros peones de un ajedrez cruel e inaprensible, etc), está
en mi opinión cargado más y mejor que ningún otro texto lorquiano de ese duende magnético, hipnótico, desgarrador y monumental que hizo de Lorca un genio con derecho a la inmortalidad. Una obra en la que las palabras y las imágenes que evocan son auténticos vendavales para la mente y los sentidos. Mi Lorca favorito, en definitiva, sin menoscabo de obras monumentales como La casa de Bernarda Alba o poemarios como Romancero gitano o Poeta en Nueva York.

Mi relación con Bodas de Sangre viene ya de hace muchos años, cuando de crío comencé a leer a quien es desde entonces uno de mis escritores preferidos. Por ahorrar tiempo y espacio: he leído todo de Lorca. Sin embargo, la erupción no llegaría hasta años después, cuando de adolescente fui a ver junto a unos compañeros de grupo de teatro una representación de esta obra en la RESAD: la recuerdo como una de las mejores funciones que he visto. Poco más tarde, de nuevo con los colegas del grupo (que no se llamaba "La fragua y la luna" por azar), tuve la oportunidad/suerte de idear y adaptar la escena referente a Bodas de Sangre dentro de la obra que dedicamos a la vida y creaciones de García Lorca. Por tanto, no hablo por hablar ni por postureo ni por petulancia. Escribo desde la admiración y el cariño inquebrantable por esta extraordinaria tragedia.  

Por todo lo anterior, creo que es una pena que este 85 aniversario haya quedado huérfano de toda conmemoración oficial (aunque teniendo en cuenta cómo se ha tratado a Cervantes...). Igual que es una pena que el teatro no se haya acordado debidamente de esta obra esta temporada. Igual que es una pena que la reciente adaptación cinematográfica, "La novia", resultara tan valiente como fallida.

Lo que no es ninguna pena y sí una gran suerte es tener al alcance de la mano la oportunidad de encontrarse o reencontrarse, según el caso, con personajes tan redondos y colosales como "La Madre", que para mí es sin duda uno de los personajes femeninos más difíciles e importantes que se puede recrear sobre unas tablas, o "Leonardo", quien está más cerca del destructivo Heahtcliff que del ingenuo Romeo y que, por encima de todo, es uno de los personajes masculinos más bestiales de todo el teatro en español. Como suerte igualmente es poder leer pasajes como éste, inserto dentro de uno de los diálogos más impresionantes escritos por Lorca:
LEONARDO:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
Lo dicho, una pena...y una suerte, porque bodas como ésta no se pueden disfrutar todos los días ni en la literatura ni en ningún sitio. Es lo que tienen las obras maestras.

sábado, 21 de mayo de 2016

Ponga un clásico en su vida

En esta orilla de la existencia, hay que tener cuidado con cómo y cuándo llegan ciertas cosas a tu vida. Por ejemplo, el gore, el porno, la política y el test de Cooper. Si te pillan demasiado tierno, te crujen. Si arriban de cualquier manera, el shock anafiláctico puede hacer que la cosa no acabe precisamente en boda. Con lo clásico y los clásicos pasa exactamente lo mismo.

El acceso a "lo clásico" (ya hablemos del pensamiento, la literatura, la Historia o el arte) puede facilitarse o perpetrarse. En ese sentido, pienso que hay demasiados casos en que se perpetra, por culpa de la desidia, la ineptitud o la falta de inteligencia (emocional y de la otra) del cicerone de turno. Creo que muchos de nosotros podemos recordar una materia o asignatura que se nos atragantó por causas ajenas. A mí, por ejemplo, me pasó con la Filosofía, con quien tuve una relación tóxica en la etapa escolar por culpa del tipo que nos la impartía, que gastaba una pasión casi funcionarial y una sensibilidad nivel Leatherface. Esto pasa a menudo con "lo clásico". Y no sólo es una pena y un error sino también un problema porque supone convertir en garrafón algo que no sólo nos ayuda a adquirir consciencia y conciencia sino que contribuye decisivamente configurar la identidad desde el sótano al ático. Dicho de otra manera: la utilidad de adentrarse en "lo clásico" va mucho más allá de convertirte en un serio aspirante a concursante de Saber y Ganar

Pero ¿qué es "lo clásico"? Lo más común es asociar y cobijar bajo este concepto a Sócrates, Platón, Aristóteles, Homero, Parménides, Esquilo, Séneca y demás all stars de la Antigüedad. Para mí, sin embargo, "lo clásico" es todo aquello que siendo antiguo no caduca y siendo pasado nunca deja de estar presente. Por tanto, va más allá, en el tiempo y el espacio, de Grecia, Roma y demás lugares comunes. Es decir: lo clásico tiene mucho de universal. Por eso, negar la pertenencia a "lo clásico" del pensamiento hebreo u oriental, por citar sólo dos ejemplos, es ponerse más estupendo que un portero de discoteca con exceso de celo profesional. Otro error bastante común es limitarse a estudiar lo clásico tirando de nómina de filósofos. Hay pensamientos monumentales que no están en ensayos ni digresiones sino en boca de personajes, esculpidos en piedra o pintados en un lienzo. 

De todos modos, el problema fundamental es que hoy en día "lo clásico" está travestido por prejuicios y clichés cuando no directamente marginado institucional, académica y socialmente. Por eso, creo que actualmente pocas cosas hay más transgresoras, provocadoras e interesantes que volver la mirada a aquellos que pensaron y escribieron mucho antes de que "lo políticamente correcto", el sindiós educativo y el postureo cultural hicieran acto de presencia. En ese sentido, atreverse a reconectar con el pensamiento de los clásicos a través de la lectura de sus obras desde un actitud reflexiva y crítica me parece un triple salto mortal en los tiempos que corren y, por eso mismo, tan valiente como necesario. Porque, en el fondo, atreverse a hacer eso no es otra cosa que plantarse delante de espejos dispuestos a decirnos la verdad no sólo de qué somos como sociedad sino como individuos. Es un ajuste de cuentas con nuestra forma de pensar, ser y estar en el mundo que pocos tienen el coraje ético e intelectual de hacer. De ahí la importancia de leer a los clásicos o de enrolarse en un seminario tan peculiar y contracorriente como "Los antiguos y nosotros", que propopone desde su tranquila disidencia la Escuela Contemporánea de Humanidades

Nunca es tarde para espabilar ni para descubrir que no hay nada más moderno que lo clásico. Ni más necesario.

sábado, 23 de abril de 2016

Entre Miguel y William

Hoy es el día del libro o, lo que es lo mismo, el cuarto centenario de la muerte de los dos autores más grandes de toda la Literatura universal(con permiso de Homero): Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Muy seguramente, hoy las librerías y los centros comerciales provistos de ellas se llenarán en toda España de gente dispuesta a comprar al menos un libro en la mayoría de los casos y a leérselo en el mejor de los mismos. Muy seguramente, hoy Barcelona estará a tope de rosas, libros y firmas, que para eso es San Jordi y el tedio es un dragón que bien merece ser lanceado hasta la muerte. Muy seguramente, hoy los informativos expedirán una catarata de imágenes y testimonios que hagan parecer que España está reconciliada con la Cultura a pesar de Montoro. Muy seguramente, hoy olvidemos con tanto postureo y agitación cultural que el número de homenajes que ha recibido Cervantes en nuestro país por el aniversario de su muerte es similar a los que hemos dedicado a Shakespeare. Muy seguramente, hoy pase todo eso. Mañana ya...

Pero, volviendo al tema, toca hablar de Cervantes y Shakespeare. Para ello, creo que debo remontarme unos siglos más atrás en el tiempo, hasta la Antigüedad concretamente, porque, en mi opinión, tras los clásicos (Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Homero, Jenofonte, Virgilio, Apuleyo...) poco o nada más quedaba por descubrir en Literatura pero ese "poco o nada" quedó subsanado con la aparición Cervantes y Shakespeare. Tras ellos, creo que el resto de autores se limitaron a intentar brillar a su sombra, intentando desmarcarse o imitarlos. Algunos lo consiguieron. Y así hasta hoy.

Dicho esto, intentar quedarse con uno me parece una estupidez. ¿Con qué te quedas? ¿Con el Atlético del Cholo o con el Barça de Guardiola? ¿Con los Bulls de Jordan o los Warriors de Curry? ¿Con Alí o con Tyson? ¿Con Nadal o con Federer? ¿Con Rossi o con Márquez? ¿Con los 49ers de Steve Young o con los Patriots de Tom Brady? ¿Con Velázquez o con Goya? ¿Con De Niro o con Pacino? ¿Con Wilder o con Kubrick? ¿Con Spielberg o con Lucas? ¿Con Chaplin o con Groucho? ¿Con Marvel o con DC? ¿Con los Beatles o con los Rolling?...Hay muchos debates que llevan a ninguna parte porque cuando algo o alguien entra en la leyenda a golpe de excelencia no se trata de elegir sino de disfrutar. Lógicamente, esto no quiere decir que no se tengan preferencias. En mi caso, por ejemplo, aunque no quede muy "españolamente correcto", prefiero a William Shakespeare, pero eso no quiere decir ni remotamente que no reconozca que Cervantes y su monumental (en fondo y forma) innovación del Quijote dejaron al resto de narradores simples migajas con las que intentan llegarle a la suela del zapato. "Don Quijote de la Mancha" es uno de los motivos más objetivos que tenemos los españoles para sentirnos orgullosos sin ninguna clase de complejo o matiz, por mucho que la imposición de leerlo a según qué edad sea casi tan contraproducente como leer ese infumable tostón que es, fue y será el "Ulises" de Joyce. No obstante, como digo, prefiero a William Shakespeare, quizás por mi natural simpatía por el teatro, quizás porque pienso que no ha habido autor capaz de reflejar con tanta contundencia e ingenio el alma humana. Tal vez el inmortal García Lorca se le acerque en ese sentido pero...acercarse a Shakespeare es pese a todo quedarse muy lejos, puede que porque alcanzarle sea sencillamente imposible. Al fin y al cabo, mientras Cervantes sólo parió una obra maestra (la del caballero de la triste figura), Shakespeare tiene, bajo mi humilde punto de vista, unas cuantas colocadas en ese estratosférico estante ("Hamlet","MacBeth","El Rey Lear"...).

Podría extenderme más, pero creo que acabaría por caer inevitablemente en la petulancia o el postureo. Así que mejor termino con un consejo para ti que estás leyendo esto: busca un libro, uno bueno, uno que merezca la calificación como "obra literaria" (no todo lo encuadernado la merece) y concédete el gustazo de leerlo. Viajes como los que ofrecen los libros nos reportan ese 21% de evasión onanística tan necesaria en una existencia tan puta y puteada como la nuestra. Y para viajes así, nada mejor que las agencias de Cervantes o Shakespeare.

domingo, 24 de enero de 2016

El penúltimo canto del cisne

Cuesta encontrarlas en un mundo en el que el avance tecnológico ha deslocalizado la distribución y la lectura físicas de libros. Cuesta encontrarlas en una sociedad en la que se ha extendido el vicio de considerar que la compra de un libro no significa necesariamente su lectura. Cuesta encontrarlas en un contexto editorial como el actual con exceso de marketing, excedente de famoseo y saturación de obras y autores de pésima calidad que perjudican la visibilidad o siquiera el desembarco impreso de obras y autores mejores. Cuesta encontrarlas en un país en el que el Ministerio de Cultura es puro atrezzo, en el que no hay mas plan de Educación que el de formar a cretinos en serie que el día de mañana puedan ser pisoteados alegremente por sus superiores políticos o laborales, en el que la Cultura (como industria y como concepto) ha sido menospreciada oficial y políticamente y penalizada fiscalmente. Cuesta encontrarlas en ciudades como Madrid donde la frenética rutina convierte las calles en una máquina de pinball y en la que la gente sólo se acuerda de ellas cuando truena el regaleo navideño o cumpleañero. Cuesta encontrarlas pero las hay. Cada vez menos. Pero las hay. Librerías, digo. Pero no las franquiciadas tipo "La Casa del Libro", "La Central" o "Top Books" ni las engullidas por centros comerciales como El Corte Inglés o FNAC. Hablo de las librerías "de toda la vida". Aquellas en las que convergen un proyecto profesional y un proyecto personal. Aquellas en las que todo depende del buen gusto y el buen tratar de la persona al mando. Aquellas en cuyos escaparates es raro encontrar el típico petardeo pseudoliterario que, en otros sitios de venta de libros, te meten casi por embudo según pones un pie dentro. Aquellas cuyos dependientes sólo te los puedes imaginar haciendo eso: repartiendo experiencias y conocimientos en forma de libro. Aquellas cuya clientela apenas van más allá de los límites de un barrio y los mentideros lectores. Aquellas que tienen un encanto añejo y mágico para quienes gustan de la lectura, como la ficticia librería del Sr. Koreander. Aquellas que, por vivir en los tiempos que vivimos, tienen mucho de búnker ante el mal gusto, de espigón ante la incultura, de malecón temerario en un mar embravecido de ineptitud, de refugio para los amantes de la literatura convertidos gracias a la estupidez mercantil y al bochorno gubernamental en una suerte de partisanos. Aquellas que hoy forman parte más de un pasado al que añorar que de un presente que lamentar. 

Como digo, cuesta encontrarlas, pero las hay. Cada vez menos, eso sí. Yo, que no soy precisamente Gandalf, he visto ya desaparecer en Madrid librerías excelentes como la de "Rubiños 1860" en la calle Alcalá, la de "Méndez" en la calle Ibiza o la de "Gabriel Molina" en la Travesía del Arenal, por citar sólo algunos ejemplos. En ese sentido, yo no sé si las librerías son los nuevos cines en lo que a extinción se refiere o incluso si su ocaso se inició mucho antes que el de las salas de proyecciones, pero uno, cuando entra en librerías como las que digo, tiene la extraña y contradictoria sensación de estar paladeando un espejismo, un fantasma que vive de prestado, un placer con la caducidad de un orgasmo. La verdad es que la alegría y la pena de estar dentro de estos locales son grandes por igual para los que disfrutamos con y de la literatura, la de verdad, digo, no "la otra" que no es ni literatura ni es nada más que memeces impresas y encuadernadas cuando no simple y pura basura con un maquillaje más o menos engañoso. Claro que esa agridulce sensación se alivia bastante con el clima de complicidad propician el buen trato y el criterio que dispensan los libreros, lo que sin duda constituye el otro gran valor añadido de estos bastiones contra la mediocridad. Quien quiera comprender o experimentar lo que digo, puede darse una vuelta por librerías como que Visor (en Isaac Peral 18), Gulliver (en la calle del León 32), Antonio Machado (en Fernando VI, 17), Gaztambide (en el 6 de la calle homónima), Sin Tarima (en la calle del Príncipe 12), Galdós (Hortaleza 5) o en la Librería Española e Internacional (en Narváez 7), donde es imposible que quepa más buen gusto en menos espacio. 

Así las cosas, asumido que estamos ante una extinción no sólo de un modelo de negocio sino de una forma de entender la cultura y, por tanto, la vida, sólo cabe invertir el tiempo y el dinero suficientes para hacer que este crepúsculo, que este morir desgranado en el tiempo, que este desvanecimiento con sabor a réquiem, que la desaparición de este mundo entre mundos, que el desmoronamiento de esos puntos de encuentro entre forajidos de las majaderías, que este penúltimo canto del cisne haya merecido la pena.

miércoles, 6 de enero de 2016

"Star Wars": el poder de la...mezcla

Ahora que todo el mundo está volviendo a sentir el poder de la Fuerza, creo que no vendría mal hacer con Star Wars un ejercicio similar al que hice en su día con las películas de Indiana Jones. Es decir, intentar definir de la forma más clara y amena posible los diferentes ecos e influencias que se aprecian en la Guerra de las Galaxias trascendiendo lo puramente cinematográfico. Dicho de otra manera: hacer un recorrido por la trastienda creativa de la madre de todas las sagas cinematográficas. Un análisis exhaustivo y poliédrico pero que espero resulte entretenido e interesante. Por eso, para hacer ese recorrido más sencillo, lo segmentaré en ocho puntos. Allá vamos:

Referentes en lo cinematográfico:
Por un lado, es evidente la influencia en esta franquicia del "space opera", subgénero de la ciencia-ficción en el que habría que encuadrar a la propia Star Wars y que contó con un enorme éxito "transmedia" durante la infancia y juventud de George Lucas, gracias por ejemplo a uno de los seriales favoritos del cineasta como fue "Flash Gordon conquista el universo" (1940), en el que el icónico héroe creado por Alex Raymond lidera una rebelión contra un malvado emperador galáctico (Ming, El Despiadado) y donde ya se hace uso de los peculiares títulos iniciales tan asociados hoy a Star Wars. Por otro lado, esta saga (especialmente los episodios IV a VI) sería impensable imaginarla de forma ajena al film "La fortaleza escondida" (1958) del magistral cineasta japonés Akira Kurosawa, en el que un variopointo grupo de (anti)héroes protege a una princesa rebelde sorteando todo tipo de aventuras narradas desde el punto de vista de los campesinos Tahei y Matashichi (que son, directamente, la "versión japón feudal" de C3PO y R2-D2) y donde (oh, sorpresa) ya se utilizan esas cortinillas tan emblemáticas hoy en la franquicia galáctica o, por ejemplo, podemos ver una escena final en la que la princesa premia a sus "héroes" en un cuadro muy similar pero mucho más modesto que el ofrecido posteriormente por Lucas, ya que éste prefirió dotar a dicha escena del aire multitudinario e imponente de la convención nazi en Nuremberg mostrada por Leni Riefensthal en la película propagandista "El triunfo de la voluntad" (1935). Igualmente, sería un tanto extraño imaginar las célebres batallas de Yavin y Endor contra la Estrella de la Muerte sin recordar la existencia de dos películas bélicas no muy conocidas (excepto por George Lucas) como las británicas "The Dam Busters" (1955) o "Escuadrón 633" (1964).

Referentes en lo musical:
Que John Williams es un absoluto genio en lo que a bandas sonoras se refiere nadie se atreve a discutirlo. Que la archifamosa música de Star Wars está influenciada por las creaciones de los compositores Gustav Holst (valga como muestra el tema "Marte, el que trae la guerra" de su suite "Los Planetas") y Erich Korngold (escúchese por ejemplo su tema central de la película "King's Row" de 1942), tampoco es algo que nadie debería atreverse a discutir...especialmente cuando el mismo Williams ha reconocido tal influjo.

Referentes en lo narrativo:
Que Star Wars ya partía de una base muy buena para ser algo mítico no se le escapa a nadie que se haya dado cuenta de que tanto la saga en general como la trilogía original en particular encajan y reproducen a la perfección el esquema del "monomito" o "viaje del héroe" ideado por el antropólogo y mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904-1987) en su famosa (y muy recomendable) obra "El héroe de las mil caras"(1949), influencia capital en esta franquicia y cuya importancia George Lucas ha admitido siempre. Sin ánimo de extenderme demasiado, puesto que el tema del periplo heroico daría para varios y kilométricos ensayos, se podría decir que el "monomito" es un modelo o patrón de validez universal en el que se asentarían muchos de los mitos y las leyendas más famosas de todos los tiempos pero, muy especialmente, las de la Antigüedad. Una "plantilla" que no sólo funciona en lo narrativo sino también en lo conceptual y que responde a algo que trasciende cualquier concreción geográfica, temporal o cultural y remite a eso que algunos llaman el "inconsciente colectivo" y otros la "cultura compartida". Grosso modo, el viaje del héroe consiste en la transformación que sufre una persona "ordinaria" para acabar convertida en una figura heroica. Dicha transformación se produce de forma progresiva a través de una "aventura" graduada en varios estadios que, en líneas generales, obedecería al siguiente esquema: una persona normal y corriente ve interrumpida su rutina habitual por un suceso (la "llamada a la aventura") que, pese a un rechazo inicial, acabará suponiendo para él el caos y el descubrimiento de un mundo nuevo (literal o figuradamente) en el que tendrá que sortear diferentes tipos de pruebas de la mano de un mentor (un sabio o maestro que le "enseña" el camino a seguir) y diversos aliados en las que tendrá que hacer frente a varios enemigos hasta sufrir una muerte (real o íntima) que le permitirá renacer (real o íntimamente) con un nuevo conocimiento gracias al cual podrá superar con éxito la prueba definitiva (vencer a la "muerte segura") y volver a recuperar la armonía perdida pero no siendo el mismo que fue sino alguien distinto, mejor, más sabio: el héroe. En línea con esto, conviene remarcar que el sentido último, el verdadero significado, la auténtica importancia del "viaje del héroe" no hay que ubicarlos en el recipiente epopéyico sino en la transformación que trasciende lo interior hasta llegar al exterior provocada por el aprendizaje, por el saber, por el descubrimiento de la frontera entre lo cognoscible y lo inaprensible. Así, el monomito no deja de ser una esquematización de la resiliencia como catalizador del conocimiento profundo y
auténtico que es el que dota a cualquier persona de la aptitud y la actitud necesarias para salir bien parado de todas las pruebas que encuentre a su paso por la vida. Por eso, todo viaje del héroe está constanemente funcionando en dos niveles, uno externo (el epopéyico, el de las hazañas heroicas en sentido estrico, el del periplo físico) y otro interno (el introspectivo, el iniciático, el del descubrimiento de uno mismo) que interaccionan y se reflejan mutuamente. Teniendo esto presente, todas las películas de Star Wars son un auténtico festival de referencias y ecos de este modelo, que, por cierto, está trufado de arquetipos que funcionan fenomenalmente en lo literario (el "viaje iniciático" se podría considerar casi un subgénero), en lo mítico y en lo psicológico (Campbell estuvo influenciado por C.G.Jung en este sentido). En ese sentido, creo que una de las mayores originalidades y virtudes de la saga de Star Wars es conformar un viaje del héroe que contiene a su vez muchos otros viajes del héroe, lo que contribuye a convertir toda la franquicia en una enorme caja de resonancia de este esquema mítico, potenciando aún más sus efectos en el inconsciente y la memoria del espectador. Así, en mi opinión, los episodios I a VI no son otra cosa que el viaje del héroe de Anakin Skywalker, que a su vez contiene, en la trilogía de las precuelas, el viaje del héroe de Obi-Wan Kenobi y, en la trilogía "clásica", los viajes de Han Solo y de Luke Skywalker, quien, por cierto, no es el auténtico protagonista de Star Wars pero sí la figura decisiva para dar sentido y completar el viaje de su padre Anakin. Por otra parte, conviene resaltar la importancia del "viaje al Hades" en el esquema del monomito, pues el acceso al mundo de la Muerte, la exploración de la tierra de los no vivos (trasunto del inconsciente), tiene una importancia decisiva a la hora de operar esa transformación que dota al personaje de la aptitud necesaria para ser un héroe. Un descenso a las profundidades que no es más que el correlato objetivo de la introspección definitiva y que es un episodio de capital importancia no sólo en la mitología clásica (esta "nekyia" se puede apreciar en los mitos de Heracles, Teseo, Orfeo, Odiseo, Eneas...) sino también en lo filosófico (para muestra, el célebre "Poema del ser" de Parménides), en lo mistérico (muchos son los ritos de iniciación que pasan por simular o representar la muerte del iniciado para renacer con una nueva visión y sabiduría) y en las propias películas de Star Wars, en las que Anakin desciende al Hades al caer en el lado oscuro (episodio III) mientras que su hijo Luke hace lo propio al internarse en la inquietante cueva de Dagobah (episodio V).

Referentes en lo temático:
Si en lo narrativo, el uso del modelo del viaje del héroe ya era una base muy sólida para tener éxito, en lo temático sucede algo similar. En este ámbito, La Guerra de las Galaxias no es más que un pintoresco recipiente en el cual George Lucas vierte temas totémicos de la literatura universal en general y del género teatral en particular. En este sentido, no resulta difícil encontrar en la raíz de las numerosas tramas que se intrincan en la franquicia los motivos más imponentes y trascendentales que han anidado en los textos teatrales desde la Antigüedad hasta nuestros días. Por eso, Star Wars no deja de contarnos de una forma relativamente nueva temas tan clásicos como la búsqueda de la identidad en contraposición a la inercia del destino que parece asignar el contexto del personaje (algo apreciable no sólo en las tramas de Anakin Skywalker sino también en las de Luke Skywalker, Han Solo, Kylo Ren, Rey, Finn...), el conflicto padre-hijo (tanto en lo biológico como en lo didáctico: Anakin vs Luke, Obi-Wan vs Anakin, Darth Sidious vs Anakin, Han Solo vs Ben Solo, Snoke vs Kylo Ren, etc), la hibris como motor de desgracia del protagonista y aledaños (nada mejor que esa desmesura para caer en el lado oscuro), el peso erosivo del legado (como ejemplifican bien las historias de Luke Skywalker y Kylo Ren), el incesto (Luke y Leia), la colisión entre querer y deber (perfectamente trazada en la figura de Anakin), la gestión de la culpa (en la trilogía de precuelas, Anakin comienza su descenso a la oscuridad por culparse de la muerte de su madre; en la trilogía primigenia, Luke es casi llevado en volandas a la aventura por imputarse de las tragedias que acontecen a su paso; y, en la trilogía nueva, Han Solo y los hermanos Skywalker son víctimas de su propia gestión de la culpa por la siniestra implosión de la academia jedi de la que se sienten responsables), la ingobernabilidad de nuestros sentimientos y pasiones, el crecimiento como pérdida, la redención como restablecimiento del equilibrio interior y exterior...En definitiva, lo que cuenta Star Wars no es nada que no se pueda rastrear, por ejemplo, en las célebres tragedias de la Antigua Grecia o en los grandes dramas de William Shakespeare. La originalidad, por tanto, radica en el envoltorio, que, siendo éste a priori chocante e incluso inapropiado (el mundo folletinesco y "frívolo" de la space opera) se revela como una estupenda manera de contar de forma nueva algo tan antiguo y universal como los temas que brotan de la propia naturaleza humana. 

Influencias en "la Fuerza":
Este es quizás uno de los aspectos donde mejor se note el peso de y el poso de lo oriental en George Lucas a la hora de idear Star Wars. La Fuerza, esa energía invisible que impregna todo lo existente y es la fuente del poder y base de toda la filosofía de los Jedi y los Sith, supone en mi opinión un perfecto trasunto del tao chino y el akasha hinduista. Respecto al tao, las semejanzas con "la Fuerza" son más que llamativas toda vez que aquél se podría definir como el flujo constante y universal de una energía poderosa e invisible (el chi) que cohesiona y equilibra todo lo existente y que es percibido en lo filosófico y espiritual como "el gran camino" a recorrer (para los taoístas el aprendizaje y el descubrimiento del verdadero conocimiento es un camino de desprendimiento y revelación, igual que, por ejemplo, ocurre con la preparación de los Jedi, desde que son padawan hasta que alcanzan el grado de maestro). Por si esa similitud no bastara, conviene decir que el tao se asienta en el principio de "dualidad en la unidad" según el cual el tao cohesiona y engloba dos fuerzas opuestas y complementarias en constante interacción: el yin y el yang...exactamente igual que sucede con la Fuerza y sus respectivos lado oscuro y luminoso, aspecto este que conectaría a su vez con la doctrina del maniqueísmo, según la cual todo se reduce a la eterna lucha entre dos principios contrapuestos: el Bien o la luz (Zurván) contra el Mal o las tinieblas (Ahrimán). En cuanto al akasha del hinduismo, es uno de los cinco grandes elementos, el éter; una sustancia eterna, omnipresente e imperceptible creada por Brahma. Por cierto, el akasha también está presente en otras creencias, como, por ejemplo, en la Wicca, donde constituye "el espíritu", uno de los cinco elementos representados en el clásico pentagrama mágico y que es una energía unificadora presente en todos los seres vivos.

Los Jedi como trasunto:
Por una parte, parece más o menos evidente que la Orden Jedi es la traslación al mundo de la "ópera espacial" de los Caballeros de la Tabla Redonda. Al igual que los protagonistas del ciclo artúrico, constituyen unos paladines vitalicios del orden, la paz y la justicia; los guerreros más virtuosos en lo bélico y en lo ético; los mejores de los mejores procedentes de diferentes partes del mundo conocido. Otra semejanza entre los Jedi y los caballeros del Rey Arturo la encontramos precisamente en la figura de éste último, cuyas similitudes con Anakin Skywalker no son muchas pero sí rotundas: ambos confirman con sus hazañas una profecía (Arturo al extraer a Excalibur y Anakin al traer el equilibrio a la Fuerza); ambos tuvieron un tutor decisivo en su formación (de manera que Obi-Wan Kenobi sería un reflejo de Merlín) y ambos supusieron el germen o el detonante de su propia destrucción (Pendragón al engendrar a su némesis Mordred y Skywalker al caer en el lado oscuro). Por otra parte, ya en el mundo "real", creo que los Jedi se pueden percibir como un eco ficticio de los históricos caballeros de la Orden del Temple, no sólo por su condición de monjes-guerreros o su habilidad para la estrategia política y militar o su rol de protectores de un frágil equilibrio sino por el destino que tuvieron: tanto templarios como jedi llegaron a alcanzar tal cota de poder e influencia que se convirtieron en un problema para los que aspiraban a ser los únicos reyes del mambo; así, ambas órdenes fueron víctimas de una infame conspiración de origen político que acabó con la desaparición de la orden como tal y el exterminio, la clandestinidad o el exilio de sus miembros. De este modo, podríamos identificar la figura del repugnante Felipe IV de Francia con la del siniestro canciller Palpatine (Darth Sidious). Remontándonos en el tiempo y el espacio, encontramos otra de las
grandes influencias en Star Wars: el Japón feudal y, más concretamente en este caso, los samuráis, puesto que, como los Jedi, fueron formidables guerreros regidos por un código ético muy estricto (el "bushido" sería el mejor equivalente histórico al ficticio Código Jedi, que, por cierto, estaría más próximo a los Cuatro Libros del confucianismo o a las "Cuatro Nobles Verdades" del budismo que al decálogo judeo-cristiano), profesaban un gran respeto y veneración por lo que podría denominarse "cultura de la espada" (para un samurái su katana era algo tan especial como un sable láser lo es para un jedi) y la presencia incluso de mujeres en sus filas. Por último, yendo aún más atrás en el tiempo, podríamos hallar otras dos influencias, en este caso, de la tradición judía: Por un lado, el Consejo Jedi tiene importantes elementos en común con el antiguo Sanedrín judío, un consejo de sabios en el que se tomaban decisiones de capital importancia siempre en aplicación de una doctrina (aquél el Código Jedi y éste la Torá) y que también fue anquilado por un imperio (el galáctico en el caso de Star Wars, el romano en el de los judíos). Por otro lado, jedi y judíos practican constantemente un culto a los antepasados, traducido no sólo en la invocación de los predecesores sino además en la conservación documental de su sabiduría (de ahí, por ejemplo, el uso de los holocrones por los jedi); un "religar" continuo con los que "están tras haber sido" y con sus enseñanzas, de forma que su ética y conocimiento conforman un constante bucle renovado en el que lo pasado y lo presente se funden en una eterna pervivencia del saber sedimentado generación tras generación. No obstante, este culto a los ancestros también entroncaría con otro de los grandes referentes en lo filosófico y espiritual latentes en Star Wars como es el confucianismo

Anakin, el Mesías redimido:
Al hablar del jedi Anakin Skywalker, esto es, del sith Darth Vader, estamos hablando de la figura de Star Wars más compleja e interesante no sólo desde el punto de vista dramático-literario sino también en lo que a referencias o ecos culturales se refiere. Primero, está razonablemente claro que el rol de Anakin es esencialmente mesiánico en la medida en que sobre él recae el papel de restaurar el equilibrio, de derrotar al Mal identificado con todo lo que se opone a la armonía, la luz, el orden natural o el "Bien". Así, la figura de este Skywalker habría que vincularla a las de otras deidades como Jesús (cristianismo), Horus (mitología egipcia), Krishna (hinduismo), Mitra (mitología persa), Balder (mitología nórdica) o a la de héroes legendarios como los griegos Perseo, Teseo o Cadmo; el hebreo Moisés o el rey Arturo Pendragón en el ámbito céltico. Segundo, con su conversión en Vader, Anakin encarna una de las mejores ejemplificaciones de lo que Joseph Campbell definió como el "monstruo-tirano", figura de poder que constituye la clave del caos, la némesis del héroe (que actuaría como contra-poder), la encarnación del Mal y que, pese a sus diferentes encarnaciones en el ámbito de las leyendas y los cuentos (dragón, ogro, monarca malvado, etc) es un arquetipo detrás del cual se esconde la figura del "padre" como obstáculo definitivo a superar para alcanzar la plena consciencia, autonomía y desarrollo como individuos desde el punto de vista psicológico, lo cual, por cierto, vincularía a Anakin/Vader con la figura del "padre diablo" de la que hablaría Sigmund Freud en su obra "Una neurosis demoníaca del siglo XVII". Tercero, la caída del mesías Anakin en el lado oscuro no deja de ser una suerte de ejercicio de "historia alternativa" que aborda el
clásico "what if (qué habría pasado si...)" aplicado, sin ir más lejos, a Jesucristo en la medida en que esta trama de Star Wars es un trasunto de lo habría pasado si Jesús (Anakin) hubiera cedido a las tentaciones del diablo (Palpatine), tal y como le ocurre al futuro Vader. En ese sentido, Anakin se asemeja al Rey Arturo, cuyos errores conllevan no sólo el cuestionamiento de la profecía a él asociada sino la destrucción de toda la cosmovisión que él encarnaba. Cuarto, es bastante curioso pero coherente que la perversión y la redención de Anakin Skywalker tengan un mismo origen: el amor a su mujer Padmé (su deseo por salvarla de la muerte que ha visto en sueños) le lleva a abrazar el lado oscuro de la Fuerza, mientras que el amor a/de su hijo Luke es que el que consigue darle las fuerzas suficientes para redimirse (matando a Darth Sidious), cumplir la profecía (traer el equilibrio a la Fuerza) y reconciliarse con sus seres queridos
(es decir, con su propia familia y con los jedi, como se demuestra en el desenlace de El retorno del Jedi). En este sentido, parece quedar claro que, tal y como decía anteriormente, los episodios I-VI son, esencialmente, el viaje del héroe de Anakin Skywalker, funcionando a la vez como aventura iniciática y como historia de redención de quien, visto todo en perspectiva, es el personaje con más matices y contradicciones de todos y, por ende, el más humano, convirtiéndolo en la auténtica figura central (y la más carismática) de todo Star Wars. Por último, sólo remarcar que la concepción del amor como elemento catalizador de la armonía, fuente de sanación o sentimiento iluminador sobra decir que no es un hallazgo de George Lucas sino que está muy presente en las principales religiones y filosofías desde antiguo.

Referencias en lo visual:
En el plano estético, la franquicia es todo un crisol en lo cronológico y en lo geográfico. Esto se deja notar no sólo en la indumentaria y el "look" de los personajes sino también en la arquitectura de los edificios. Así, a lo largo de la saga, podemos ver construcciones de distinto tipo que, dependiendo del lugar/planeta, nos recuerdan al estilo bizantino (Naboo), al art nouveau (Coruscant), al Lejano Oeste (Tatooine), a la monumentalidad de la Antigüedad...Mientras que, en lo que a vestidos se refiere, la influencia de lo oriental es más que notoria no sólo en el aspecto de Padme Amidala (inspirado en referencias tanto de Mongolia como de Corea) o de los Jedi (un híbrido entre un samurái sin armadura y un proto-cristiano de la antigua Judea) sino también y muy especialmente en el emblemático y ya legendario look de Darth Vader (nuevamente inspirado en el Japón feudal, puesto que su armadura es la "versión space opera" de las impresionantes armaduras samuráis y su icónico casco es una puesta al día de las legendarias mengu que completaban a los kabutos). No obstante, la otra gran influencia en cuanto a la ropa la encontramos en la Segunda Guerra Mundial, ya que los "imperiales" recuerdan (especialmente cuando están dentro de alguna nave o de la Estrella de la Muerte) al austero y siniestro atuendo del ejército nazi mientras que los "rebeldes" evocan el aspecto de los pilotos aliados y los partisanos.

Por todo lo dicho, y ya a modo de conclusión, parece evidente que el mérito y la maestría de George Lucas no consiste en crear ex nihilo sino en conseguir mezclar y equilibrar con acierto multitud de influencias, herencias, referentes y ecos. Así, Star Wars funciona como una vorágine de eclecticismo, como un complejísimo juego de malabares en el que lo clásico se fusiona con lo nuevo y lo oriental con lo occidental en un mestizaje que los más ortodoxos podrían calificar de irreverente o kamikaze pero que es profundamente coherente con la posmodernidad en la que nació y que, lejos de encapsularse, lo tiene todo a su favor para perdurar en el tiempo y el espacio indefinidamente como sucede con los grandes clásicos universales que, en el fondo, es lo que es Star Wars.

(PD: Si alguien quiere reproducir total o parcialmente este artículo, ruego que me lo comunique y, en todo caso, que incluya un vínculo a este post. Muchísimas gracias).